Capítulo 5

Roxana trabajó toda la mañana, pero no hubo señales del conde.

Geertruida le preparó una comida ligera, cerca del mediodía y entonces, mientras la mayoría de la gente descansaba porque el sol era muy intenso, Roxana volvió a su labor de tallado.

Por primera vez no podía concentrarse como acostumbraba hacerlo siempre.

De hecho, todos los nervios de su cuerpo estaban alertas, esperando el sonido de un caballo que se acercaba, para después escuchar las pisadas que cruzaban el patio.

Pero, al mismo tiempo, nunca había trabajado mejor, porque cada marca y cada muesca del cincel estaba hecha con amor.

Durante largo rato permaneció contemplando el tronco en el que ella había visto las figuras de un hombre y una mujer abrazados.

Tal vez fue profético que el tronco le hubiera sido llevado en ese momento en particular; pero no, la claridad de su visión se debía a sus profundos sentimientos.

Así era como ella y el conde había estado la noche anterior, con los brazos de él rodeándola, sus labios en los de ella, sus cuerpos uno cerca del otro y la mente inundada de la luz proveniente del cielo.

«¡Nunca hubiera adivinado que el amor sería tan hermoso!».

Entonces pensó que tal vez sí lo sabía.

Tal vez porque el conde la había amado en otra vida, eso le había dado una apreciación de la belleza y un séptimo sentido que le decía que todo era parte de un amor universal, algo que muy pocas personas parecían percibir.

Roxana estaba convencida, desde que llegó a Bali, de que los dioses adorados con tanto fervor y devoción por los nativos eran en realidad los mismos que el Dios de los cristianos, el Alá de los mahometanos y el Buda de los budistas.

Qué tonto era, pensó con frecuencia, que hombres como su tío, impulsados por un deseo casi fanático de propagar su fe, intentarían cambiar a la gente y quitar lo que había estado sembrando profundamente en su conciencia por generaciones enteras.

Todas las religiones que luchaban contra el mal debían ser buenas y era la forma en que la gente vivía y actuaba lo que importaba, no el credo que debía tener, de dientes para afuera.

Roxana concluía que todo lo que los balineses hacían, como la unión de su vida familiar, la bondad que se demostraban entre ellos y que tenían reservada de manera especial a los niños y a los ancianos, era un ejemplo viviente de lo que debía ser la religión.

Eran mucho más santos, se dijo, que los holandeses con sus barreras sociales y su intolerancia hacia cualquier persona que no fuera como ellos. Ella había observado que los holandeses, ciertamente, no poseían el secreto de la vida armoniosa.

Ese día, sin embargo, no quería pensar en nada negativo, ni en los holandeses que habían menospreciado a su tío, ni en el inglés Patrick Grenton, que se había casado con su madre.

En esos momentos su corazón dio un vuelco porque oyó que alguien entraba en el patio.

Debido a que la emocionaba tanto pensar en que volvería a ver al conde, pero al mismo tiempo a la avergonzaba un poco recordar la pasión que habían compartido al besarse, se abstuvo de correr a sus brazos, como hubiera querido. Permaneció de espaldas a él, tratando de continuar su trabajo en el torso masculino.

Entonces, con un estremecimiento repentino, oyó una voz que había aprendido a temer, que decía:

—Me imaginé que le encontraría trabajando aquí cuando todos duermen.

Ella levantó la mirada y vio al gobernador, con su estatura impotente y su rostro y su rostro enrojecido, de pie junto a ella. Estaba tan sorprendida, ya que no lo esperaba, que le fue imposible moverse.

Quiero hablar con usted, Roxana.

—¿Sobre qué?

—Sobre su solicitud de quedarse en Bali, entre otras cosas.

Ella sabía que estaba tratando de asustarla, lo cual esperaba que hiciera, pero ya no tenía miedo.

—Su visitante, el Conde van Haan, cree que mi trabajo es importante —dijo en voz baja, sin mirarlo.

—La decisión no dependerá del conde, que según tengo entendido no permanecerá aquí mucho tiempo, sino de mí.

—Entonces sólo puedo suplicar a su excelencia que sea generoso.

—Eso, como usted bien sabe, es algo que deseo ser, pero, como todos los seres humanos, yo tengo un precio.

Se hizo el silencio por algunos momentos. Roxana lo rompió diciendo:

—Ya le he dicho antes que no tengo deseos de trabajar en una oficina, no tendría tiempo de hacerlo, si quiero continuar tallando.

—Eso lo entiendo bien, y por eso quiero hacerle otra sugerencia. No es correcto que viva usted sola aquí, sin más compañía que la de una sirvienta —dijo el gobernador después de un momento—. Ya he dicho eso antes, pero usted no ha querido escucharme; ahora varios de mis ministros me han informado que consideran que hay que hacer algo sobre usted.

—Como soy inglesa, no veo por qué debo preocupar a sus ministros, ni a nadie más —replicó Roxana en actitud desafiante.

—Me preocupa a mí. Creo que es del todo inadecuado que viva usted en lo que no es más que un balé nativo.

—Si fue lo bastante bueno para mis tíos, no veo por qué no habría de serlo para mí.

—Pieter Helderik era un misionero —contestó el gobernador con menosprecio—. Usted, Roxana, es muy diferente.

—No soy más que un ser humano, con mis gustos y mis inclinaciones, y soy muy feliz aquí.

—Lo que estoy dispuesto a ofrecerle es una casa adecuada —insistió el gobernador—. Está vacía por el momento debido a que uno de los funcionarios que llegó de Holanda, hace tres años, tuvo que volver a casa.

Roxana no dijo nada. Sabía a quién se refería el gobernador.

—Es una casa muy agradable —continuó diciendo él—, con todas las comodidades occidentales, de las cuales carece un lugar como éste. Además, está dentro de los terrenos de la Casa del Gobierno.

Había una nota en su voz que era imposible pasar inadvertida.

Ahora, ella sentía que era imperativo que lo desafiara; se levantó del banquillo en el que había estado sentada y preguntó, levantando la barbilla frente al gobernador:

—¿Es eso importante?

—¡Lo es para mí! —contestó él.

—Me temo que no entiendo lo que su excelencia está diciendo. Ya le he aclarado que no tengo tiempo para trabajar con usted.

—Creo que sabes muy bien lo que estoy tratando de decir —murmuró él en tono ya familiar—. ¡Te deseo, Roxana, y por Dios que voy a poseerte!

Ella no parpadeó siquiera, aunque sentía como si estuviera enfrentándose a una fiera salvaje.

—Su excelencia es casado —dijo ella con voz helada y tranquila—. Como no puede ofrecerme matrimonio, no puedo creer que me insultaría ofreciéndome otra cosa.

—Te daré lo que tú quieras —dijo el gobernador—. No sólo una casa, sino dinero, joyas. Pídeme lo que quieras.

—¿Cree usted, de veras, que yo me degradaría aceptando una posición así en su vida o en la de otro hombre?

—¿Qué otra alternativa tienes? ¿Seguir viviendo como una campesina? ¿Ser ignorada por cuanta persona civilizada hay aquí?

—¿Está usted sugiriendo que sus compatriotas me aceptarían si me convirtiera en su… amante?

—¡En ese caso no necesitarías a nadie más que a mí! —replicó el gobernador.

—Usted debes estar loco para pensar que yo aceptaría algo así, o que podría usted significar algo en mi vida. ¡Como considero la sugerencia que me ha hecho y la forma en que me ha hablado un claro insulto, sólo puedo rogarle que salga de mi casa!

El gobernador produjo un sonido muy similar a un gruñido.

—No deberías tratarme así. Si no haces lo que yo quiero por tu propia voluntad, entonces tomaré otras medidas.

—Me está usted amenazando —dijo Roxana—, y eso no me gusta.

—¡Por Dios! ¿Por qué estamos riñendo? —preguntó el gobernador, furioso—. No quiero amenazarte. Te estoy ofreciendo cuanto cualquier mujer pudiera desear.

—¡Usted no me ha ofrecido nada! Y si quiere hacerme realmente un favor, déjeme en paz.

—¡Yo sólo tengo que decir una palabra y tendrás que dejar la isla!

—Entonces, cuando menos, no tendría que escuchar sus insultos.

Lo miró desafiante y percibió claramente que le furia se estaba intensificando en la expresión del gobernador.

—¡No debes hablarme así! —protestó él, en alta voz.

Dio un paso hacia ella, que levantó el cincel que tenía en la mano hacia él y lo sostuvo al nivel de su hombro.

Era un instrumento delgado y puntiagudo que ella usaba para realizar las partes más complicadas del trabajo. Era tan peligroso como una daga.

El gobernador pareció comprender esto y aunque se acercó más a ella, no la tocó.

—¿Te atreverías a atacarme? —preguntó después de un momento.

—Si usted me toca no vacilaría en hacerlo.

—¿Y sabes lo que te sucedería después?

—No lo sé, pero estoy segura de que ansía usted amenazarme con algún terrible castigo.

—Nuestras prisiones no son lugares particularmente cómodos.

—Eso puedo fácilmente imaginarlo —replicó Roxana con desprecio.

—Y una vez que cumpla la sentencia en prisión, será deportada a su país.

Por primera vez desde que lo había estado desafiando, Roxana pensó en Karel. Demasiado tarde comprendió que debió haberse mostrado conciliadora, haber tratado de ganar tiempo.

Ella comprendió que él notaba que empezaba, en ese momento, a flaquear.

—¡Veo que empiezas a pensar con un poco de sensatez! —dijo el gobernador en un tono más tranquilo—. Decide entre la prisión, o una vida muy cómoda y agradable en la casa que he escogido para ti.

—¡Eso es imposible… completamente imposible! —contestó Roxana, sintiendo que no debía hacerle suponer siquiera que aceptaría su proposición.

Bajó la mano que sostenía el cincel.

—No lo atacaré —dijo—, pero todavía tengo la libertad de rechazar lo que me está ofreciendo.

—¿Intentas seguir viviendo aquí, sin importar lo que yo piense?

—Sí.

—Entonces déjame dejar bien en claro que no permitiré que lo hagas —dijo el gobernador—. Te deseo, Roxana, y tú has jugado ya conmigo durante demasiado tiempo. Enviaré sirvientes y un carruaje a recogerte a ti y a tu equipaje mañana en la mañana. Si te niegas a venir, es posible que decida usar la fuerza.

—¿Cómo se atreve a darme órdenes, como si fuera una esclava? —dijo Roxana perdiendo los estribos y dando una leve patada en el suelo—. Soy inglesa y si trata de portarse de esta manera conmigo, provocaré un incidente internacional que usted sin duda alguna lamentará.

—¿A quién pretendes apelar? —preguntó el gobernador, con una sonrisa desagradable en los labios—. ¿El cónsul británico en Djakarta? Te aseguro que ninguna carta tuya llegará a él. ¿O preferirías apelar al gobernador de Malasia?

—Sin importar lo que usted diga, no necesita perder su tiempo enviando un carruaje por mí o preparando una casa que no voy a habitar. Preferiría dormir en el suelo antes que someterme a sus exigencias.

Casi escupió estas palabras y ahora volvió la furia al rostro del gobernador, aunque sus ojos conservaban la misma lujuria que brillaba siempre en ellos cuando la miraban.

Inesperadamente se adelantó y, antes de que ella tuviera tiempo de volver a levantar el cincel, sus brazos la habían rodeado e inmovilizado.

Ella lanzó un leve grito. Se asustó ante la abrumadora proximidad, y la aversión violenta que sentía por él la hacía sentir a punto de desmayarse.

—¡Suélteme! —gritó.

Los brazos de él la estrecharon con más fuerza y su boca buscó la de ella.

Roxana volvió la cabeza de un lado a otro, con desesperación, jadeando ante el horror de lo que estaba pasando. Le era imposible gritar o hacer nada más que tratar de luchar, aunque estaba indefensa en sus brazos.

Entonces, de improviso, una voz detrás de ellos, dijo con toda calma:

—¡Así que aquí está usted, su excelencia! Me pareció que era su carruaje el que vi afuera.

Para Roxana fue como si un ángel hubiera bajado del cielo para liberarla. Su corazón dio un vuelco, no sólo porque había sido salvada, sino porque el conde estaba ahí.

Con un juramento lanzado entre dientes, el gobernador la soltó y se dio la vuelta.

El conde se encontraba de pie, un poco más abajo en el patio. El gobernador se volvió hacia él, con una expresión belicosa en el rostro enrojecido, mientras el conde continuaba diciendo en tono natural y cortés:

—La junta que usted arregló para mí terminó antes de lo que me imaginaba y como tengo varias preguntas que quiero hacerle, creo que lo mejor será que volvamos juntos.

Por un momento pareció como si el gobernador fuera a decir algo brusco y grosero. Enseguida pareció recordar la importancia del conde, su relación con la Reina y su propia posición como gobernador como gobernador.

Además, esperaba que el conde no hubiera alcanzado a ver lo que estaba sucediendo entre Roxana y él, dado que estaba de espaldas al patio.

Con evidente esfuerzo respondió:

—Sí, como usted sugiere, será mejor que volvamos juntos.

—¡Excelente! —exclamó el conde. Entonces, mientras el gobernador bajaba del estudio, el conde fingió ver a Roxana por primera vez, y se quitó el sombrero—. ¡Buenos días, señorita Barclay! —exclamó—. Espero que su trabajo siga avanzando, a pesar del calor.

A Roxana le fue imposible contestar. Se quedó mirándolo, con sus ojos enormes reflejando tanto el alivio que sentía ante su presencia como su amor por él.

—Espero ver cómo va progresando en otra ocasión —continuó el conde—. Ahora va usted a perdonarme, pero, como comprenderá, tengo asuntos importantes que discutir con su excelencia, así que voy a llevármelo.

Por un momento sus ojos se encontraron y Roxana supo, sin que hubiera necesidad de palabras, que él entendía cómo se sentía.

El conde se dio la vuelta y caminó junto al gobernador, que ya empezaba a cruzar el patio. Roxana lo escuchó dar al gobernador sus comentarios sobre la junta de esa mañana.

Los dos hombres salieron de la casa y sus voces se perdieron a medida que se alejaban. Roxana se sentó en su banquillo de madera, porque sus piernas se negaban ya a sostenerla.

Esta vez había sido salvada a tiempo, pero el gobernador no cesaría en sus intentos, y tal vez la próxima vez no fuera tan afortunada.

Para alejar de su mente tan negros pensamientos, se dirigió hacia la casa y comprobó con alivio que Geertruida, concentrada en la preparación de la comida, no se había dado cuenta de lo ocurrido.

Conversando alegremente sobre la forma en que había cocinado el pollo en esa ocasión, Geertruida empezó a servir el almuerzo a Roxana y ésta trató de contestar con naturalidad a sus comentarios. Sin embargo, apenas Geertruida volvió a la cocina, Roxana volvió a la fuente la mayor parte de la comida que le había servido en el plato.

¿Cómo podía comer, se preguntó, cuando se estaba enfrentando a tantas dificultades? Aunque contaba con la protección de conde, era indudable que el gobernador iba a seguir molestándola.

Tenía, además, que pensar en Karel. Debía llevarse a Karel a un lugar seguro y por primera vez se preguntó si el conde no consideraría al niño un estorbo.

Ése sólo pensamiento la aterraba tanto que, Roxana sintió la urgente necesidad de ir al bosque, en ese mismo momento, para ver si Karel estaba bien.

Lo tomaría en sus brazos y tal vez con su simple cercanía encontraría respuesta a las preguntas que martillaban su mente.

Sin esperar a que Geertruida volviera, corrió a la cocina a buscarla.

—Voy a ir a ver a Karel —dijo—. No tardaré mucho tiempo. Si viene el conde a verme, por favor, pídele que me espere.

Vio que Geertruida apretaba los labios y se preguntó por qué detestaba al conde. Lo que él hubiese o no hecho en Holanda no le interesaba.

«Cambiará de opinión cuando lo conozca mejor», se dijo Roxana.

Partió hacia el bosque, caminando con rapidez, indiferente al calor y a todo lo demás, porque necesitaba ver a Karel.

Las cosas serían mucho más fáciles, pensó, si el niño pudiera vivir con ella y con Geertruida, pero era demasiado peligroso tenerlo en la casa, cuando el gobernador se presentaba inesperadamente, con tanta frecuencia.

«¿Qué pensará el conde…» se preguntó por milésima vez al llegar al bosque, «cuando le pregunte si podemos llevarnos a Karel con nosotros cuando abandonemos la isla?».

Casi como si pudiera escucharla de nuevo, en su mente surgía la voz de Geertruida preguntándole si el conde le había pedido que se casara con él.

«Él no puede estar pensando en otra cosa» se dijo con vehemencia. «Él no es el gobernador. Lo que nosotros sentimos el uno por el otro es sagrado y divino; es parte del sacramento del matrimonio».

Recorrió casi volando el serpenteante camino pedregoso que conducía a la casa de Ida Anak Temu.

Como ella esperaba, su maestro se encontraba sentado afuera, en un estrado levantado sobre el suelo, rodeado de sus artesanos, todos ellos con un trozo de madera sostenido entre los pies, tallando con la habilidad y la rapidez que es característica de los talladores balineses.

Ida Anak Temu había dicho a Roxana cuando ella le pidió que la enseñara, que cuando un hombre talla, su alma pasa a la madera y que no es necesario ningún modelo.

Hoy Ida Anak Temu estaba trabajando en una máscara.

Era un anciano atractivo, con una gorra batik ladeada sobre su cabello gris. Cuando Roxana llegó, él levantó la mirada hacia ella, con expresión sonriente. Su boca, como la de todos los hombres que trabajaban con él, estaba pintada de oscuro con betel, pero no había la menor duda de que su sonrisa bondadosa era de bienvenida.

Roxana lo saludó y con toda cortesía, porque es una grosería darse prisa en Bali, admiró la máscara que él estaba tallando en pule, una madera suave, ligera y fuerte.

Preguntó por la salud de su esposa y de sus hijos. Después, una vez cumplidas las exigencias de la etiqueta, Roxana pudo ir más allá del balé donde trabajaban los hombres, para entrar en el patio sombreado por los árboles que había detrás, donde Karel debía estar con los otros niños.

Cuando lo encontró estaba dormido, acostado a la sombra de un árbol. En su desnudez semejaba, más que nunca, un pequeño Cupido.

Se arrodilló junto a él y le pareció más hermoso y más dulce que nunca, con sus pestañas claras sombreando apenas sus mejillas sonrosadas. No pudo resistir la tentación de tocarlo, lo levantó con cuidado en sus brazos y sentándose con las piernas cruzadas, como las mujeres balinesas, lo oprimió contra su pecho.

El niño se movió un momento, se metió el pulgar en la boca y volvió a quedarse dormido.

Había algo en la tibia y confortante felicidad del niño que hizo que Roxana sintiera deseos de llorar. Tenía que protegerlo, cuidar de él y llevárselo lo más pronto posible a Inglaterra.

Ella había decidido ya quién lo adoptaría.

Su madre y su tía Agnes tenían una hermana mucho menor que ellas, que no había podido tener un hijo. Se había caído del caballo cuando cazaba, poco después de contraer matrimonio, y había estado a punto de morir. Pudo sobrevivir, pero los doctores le dijeron que no existía la menor probabilidad de que tuviera nunca un hijo.

Por fortuna estaba casada con un hombre comprensivo, que la amaba demasiado para permitir que eso amargara su matrimonio.

Roxana estaba segura de que su tía Nancy se sentiría feliz de criar a su sobrino y que lo amaría tanto como le habría amado su madre.

Pero Inglaterra estaba muy lejos y ellos estaban en un mundo extraño y hostil, exceptuando la familia balinesa que estaba protegiendo a Karel y, desde luego, el conde.

«Él entenderá. Yo sé que entenderá» se dijo Roxana. Y, sin embargo, insidiosamente la duda empezaba a introducirse en su mente.

A pesar de todas sus resoluciones de no dudar del amor del conde, no pudo evitar preguntarse si de verdad estaría él planeando casarse con ella.

Roxana había vivido en Amsterdam el tiempo suficiente para darse cuenta de que el protocolo social era casi sagrado, tanto para los miembros de la corte, como para los burgueses holandeses.

El conde estaba muy cerca de la punta de la pirámide que se elevaba hacia la Reina. ¿Podía ella esperar, realmente, que él, familiar de la Reina, un hombre en extremo rico y sin duda alguna el soltero más codiciado de su país, estuviera dispuesto, sin importar cuán perfecto pudiera ser su amor, a casarse con una muchacha de la que no sabía nada excepto que era la sobrina política de un misionero?

Parecía que una mano helada oprimía el corazón de Roxana.

Al mismo tiempo, cierto orgullo de sangre la hizo jurarse que no le diría quiénes eran sus padres hasta que él la hubiera aceptado sólo por sí misma.

«¿Cómo puedo dudar de él?», se preguntó.

Pero sabía que, como la serpiente en el Jardín del Edén, la duda permanecía en el fondo de su mente.

Se apoyó en el tronco del árbol que les proporcionaba sombra y contempló por unos momentos a los niños que todavía jugaban cerca. Varios otros, de la edad de Karel, se habían quedado dormidos en el suelo, como él…

No había niños más hermosos en el mundo que los niños de Bali; pero era imposible no ver la diferencia que existía entre ellos y Karel, no sólo en el tono de la piel y el color del cabello, sino en la constitución de sus cuerpos.

Ya Karel era más ancho de hombros que los otros niños, más grueso y fuerte. Roxana vislumbró que un día sería como su padre: un hombre alto, en extremo apuesto.

Se le ocurrió que así serían sus hijos, hijos suyos y del conde, y sintió que un agradable calorcillo la recorría, pensando que un día tendría en sus brazos a su propio retoño.

Debió quedarse dormida, porque soñó no sólo con el conde, sino con sus hijos y cuando abrió los ojos fue como si siguiera soñando, puesto que él estaba allí.

Ella lo miró somnolienta, con la mente todavía confusa por el sueño.

Pero al ver la expresión de su rostro, despertó bruscamente a la realidad.

—¿De quién es ese niño? —preguntó con voz tan áspera que pareció no sólo perturbar el silencio que los rodeaba sino hasta la armonía misma del bosque.

Roxana lo miró un momento en silencio, sin poder contestar, tratando de decidir si aquello era parte todavía de su sueño. La sospecha que vio en los ojos del conde y la dureza de su voz la asustaron. Con pánico repentino, sin que interviniera su voluntad consciente, se oyó decir a sí misma:

—¡Es mío! ¡Mío!

Al decir eso estrechó a Karel con más fuerza y él, también, despertó con un leve murmullo y luchó por liberarse.

—¿Quién es su padre? —preguntó el conde con una voz que volvió a llenarla de miedo.

—¡No… lo… sé!

Ella vio que la expresión en el rostro del conde se transformaba en profunda aversión. Luego se dio la vuelta y se movió con tanta rapidez que, sus pisadas levantaron pequeñas nubes de polvo.

Y desapareció.

Por un momento, Roxana se negó a creer que realmente había sucedido aquello. Que, debido a que no se atrevió a decir la verdad, su mundo se había derrumbado alrededor de ella. El dolor por lo que había sucedido era tan intolerable que se limitó a quedarse sentada, con los ojos cerrados, sabiendo que Karel se había bajado de sus brazos. Se sentía sola, intensamente sola… rodeada de una oscuridad impenetrable que la cubría como un sudario.

Por fin, comprendió que debía hacer algo. Se puso de pie, sintiéndose de pronto vieja y cansada. Con lentitud caminó hacia el balé donde Ida Anak Temu seguía trabajando.

—Quiero hablar con usted a solas.

Era difícil decir eso en balinés, pero el hombre entendió. Dejó su cuchillo a un lado, se levantó y caminó con ella hacia el patio.

—Ayúdeme… por favor, ayúdeme —suplicó Roxana—. Tengo que escapar, si me quedo, aunque no encuentren a Karel, me enviarán a prisión o me someterán a peores humillaciones.

Ida Anak Temu asintió con la cabeza como si reconociera, sin más explicaciones, que cualquier cosa podría esperarse de sus amos holandeses.

—¿A dónde puedo ir? ¡Dígame! —imploró Roxana—. ¿A qué lugar puedo ir donde el gobernador no me encuentre? —titubeó un momento y entonces añadió—: debo llevar a Karel conmigo.

El anciano la miró y ella comprendió, sin necesidad de explicaciones, que él sabía que el gobernador la estaba pretendiendo. Muy poco sucedía en Bali que no fuera sabido, aun entre quienes vivían aislados en el bosque.

—¿A dónde puedo ir? —preguntó Roxana con desesperación.

Ida Anak Temu se quedó pensativo un momento. Entonces dijo una sola palabra:

—¡Badung!

Roxana lo miró asombrada.

—¿Bali del sur? Pero ¿cómo puedo llegar allí?

Los holandeses impedían siempre que los balineses del norte pasaran al sur independiente, donde ellos no tenían autoridad.

—Hay un modo —contestó Ida Anak Temu.

Roxana lo miró llena de ansiedad.

—¿Usted me lo mostrará? ¿Me dirá cómo puedo hacerlo?

El anciano se quedó callado por un momento, concentrándose como lo hacía cuando trabajaba. Entonces dijo:

—Njoman la llevará.

Njoman era uno de sus hijos, un joven fuerte cuya ocupación principal era cortar y llevar la madera con la que trabajaban su padre, sus hermanos talladores y los aprendices.

—Es muy bondadoso de su parte —dijo Roxana—. ¿Cuándo podemos irnos?

—Al alba.

—Estaremos listos. Me llevaré ahora mismo a Karel.

De nuevo Ida Anak Temu asintió con la cabeza y Roxana miró hacia donde Karel jugaba con otro niño de su edad con unas hojas de árbol y unos cuantos trozos de madera pintados de colores.

—¿Cómo puedo… agradecer todas sus… bondades? —preguntó ella en voz baja.

Ida Anak Temu sonrió y aun con sus labios manchados de betel había algo muy cálido en su sonrisa.

—Usted tiene ojos en el alma —comentó—. ¡Alumnos así son muy raros!

Era un gran cumplido dicho en el idioma balinés. Roxana extendió la mano y tomó la vieja mano retorcida de él.

—Le estaré agradecida hasta el día en que yo muera —dijo—. Cuando me vaya, ¿cuidará usted de mis esculturas? —Él asintió con la cabeza y ella añadió—: todo lo que deje yo si le es de alguna utilidad, considérelo suyo. Sólo podremos llevarnos unas cuantas cosas.

Por primera vez, Roxana se preguntó si tendrían que viajar a pie. Como si él leyera su pensamiento, Ida Anak Temu dijo:

—Njoman llevará una carreta, pero estén listos al despuntar el alba.

—Dígale que esteremos esperándolo.

Al decir eso levantó a Karel, quien lanzó un leve grito de protesta, pues estaba muy contento jugando.

—¡Soka! —gritó Ida Anak Temu, y su hija mayor salió de un balé entre los árboles.

Le dio rápidas instrucciones y ella volvió con un sarong con el que envolvió a Karel, cubriéndolo de tal manera que sólo se le veía la carita.

Roxana le dio las gracias porque era Soka quien había cuidado a Karel, junto con sus propios hijos. Deseó tener algo que darle de regalo; entonces recordó que traía puesto un pequeño broche de perlas en el escote del vestido. El adorno no tenía gran valor, pero para Soka era diferente a cuanto había poseído hasta entonces, y fue como si recibiera la más rara joya del mundo; le dio las gracias de forma muy efusiva.

Ida Anak Temu insistió en que una de sus nietas acompañara a Roxana. Ésta comprendió que lo hacía porque si algo sucedía, si alguien la interrogaba en el camino, la niña volvería a decir a su abuelo lo que había pasado.

De esta forma no sólo la protegía a ella, sino también a Njoman, porque al llegar a buscarlos en la carreta, alguien podría detenerlo y acusarlo por el intento de pasar gente de contrabando hacia el sur.

Roxana descubrió que Karel había crecido mucho en los dos meses que habían transcurrido desde que lo llevó a ese refugio en el bosque, después de la muerte de su padre: antes de que llegaran a la casa ya le dolían los brazos por el peso del niño.

Miró con desconfianza hacia el patio, antes de entrar, para cerciorarse si el gobernador o el conde estaban allí, esperándola; pero no había ningún carruaje, ni caballo alguno a la vista.

Geertruida salió corriendo de la cocina al verla llegar. El asombro se pintó en su rostro cuando vio lo que Roxana llevaba en sus brazos. Pero la joven pasó junto a ella no diciendo nada más.

—¡Dale a la niña unos huevos y un poco de fruta y cuando se haya ido, cierra y asegura la puerta!

Geertruida la miró sorprendida ante aquella orden tan extraña. Sin embargo, comprendió que la orden estaba relacionada con Karel y se apresuró a obedecerla. Algunos minutos más tarde volvió al balé que servía de sala y miró a Roxana llena de ansiedad.

—¿Qué sucedió? ¿Está enfermo Karel? ¿Por qué lo trajo a casa?

—Nos vamos mañana, al despuntar el alba.

—¿A dónde vamos?

—A Bandung, en el sur… el conde me siguió al bosque. ¿Le dijiste a dónde había ido?

—¡No, claro que no! —respondió Geertruida enfadada—. ¿Acaso me cree tan tonta? Ni siquiera lo vi. Me pareció que escuché un ruido de unas pisadas de caballo poco después de que usted se marchó. Me llevó unos minutos dejar lo que estaba haciendo y cuando me asomé, no había nadie.

—El conde debió venir a verme —murmuró Roxana, casi hablando consigo misma—. Supongo que preguntó a los niños que casi siempre están jugando afuera, y ellos deben haberle dicho adónde había ido.

—¡Eso es lo más probable! —dijo Geertruida con brusquedad—. En Bali no se puede hacer nada sin que todos los demás lo sepan.

Roxana estaba segura de que así había sido. Recordó que en alguna ocasión había dicho al conde el nombre de Ida Anak Temu. Él debió suponer que la encontraría en su casa.

Cualquiera en el bosque le diría de buena gana dónde vivía el más famoso de los talladores. Todos en esta parte de Bali se sentían orgullosos de su habilidad y admiraban sus obras.

«¿Por qué fui tan tonta para ir esta tarde?» se preguntó Roxana a sí misma.

Mas comprendió que no había tiempo para arrepentimientos, ni lamentaciones.

Ella había perdido al conde. Había perdido el amor que él le había dado.

Y una sola cosa debía preocuparle por el momento llevar a Karel a un lugar seguro.

Al mismo tiempo su cuerpo, su corazón, su mente y su alma protestaban porque había perdido lo que fue solo un breve sueño.

Pero el recuerdo de él permanecería siempre con ella, lo sabía, en los largos y solitarios años por venir.