Capítulo Cuatro
Kathy lo miró fijamente con el corazón acelerado. No podía creer que Thomas diera tan poca importancia a sus miedos como para despreciarlos de esa forma. No podía creer lo mucho que aquello le dolía.
—Así de sencillo, sin más. Salto a tu avión y adelante, ¿verdad?
Thomas se estremeció. Había pensado que el riesgo merecía la pena, pero ahora ya no estaba tan seguro.
—No —replicó—. Yo te ayudaré, Kathy.
—Tú no puedes ayudarme —levantó la barbilla, desafiante—. Además, yo no te he pedido ayuda alguna. Mis problemas no te conciernen. ¿Así que por qué te tomas la confianza de meterte en mis asuntos personales…?
—Dios santo, Kathy, te despertaste chillando y llorando en la madrugada; no tenías necesidad de pedirme que te ayudase. Te abracé y te consolé, y por eso me concierne lo que te pase, me importa mucho, ¡maldita sea! —Después de tranquilizarse un poco, añadió—: Y realmente puedo ayudarte.
—Seguro que sí —repuso Kathy; a pesar de su calma exterior, se sentía desgarrada por dentro—. ¿Simplemente agitarás tu varita mágica y todos mis miedos desaparecerán, Thomas? Porque, por supuesto, sólo se trata de unos pequeños y estúpidos miedos.
—No, ni son pequeños ni estúpidos.
—Eso es lo que tú crees.
—¡Maldita sea, Kathy! —Exclamó furioso al detectar la frialdad de su voz—. No era mi intención que lo interpretaras así. Sólo quería decir…
—Sé lo que querías decir. Ya lo he oído muchas veces —comentó con amargura
—. Oh, vamos, Kathy, no hay nada que temer… —se burló—…¡la posibilidad de sufrir otro accidente es de una entre un millón!
—Hay algo de verdad en eso —replicó Thomas—. Volar es mucho más seguro que conducir. Se producen quinientas veces más accidentes mortales de coche que de avión. Comparando un promedio de noventa accidentes de avión al año con cien por día en las carreteras nacionales…
—Otra vez con las estadísticas, ¡como si eso supusiera alguna diferencia para mí! —Kathy apuró de golpe su taza de café—. ¿Sinceramente crees que puedo superar lo que meses de terapia intensiva no han podido?
—¿Te has sometido a alguna terapia?
—Sí. Horas y horas de terapia, pero no funcionó. Cada vez que intento volar, siento verdadero pánico —lo fulminó con la mirada—. ¿Sabes lo que es el pánico, Thomas? Es una intensísima y abrumadora sensación de inminente peligro —a cada momento aumentaba su dolor, y su tono de voz era desesperado—. ¡Y yo tengo todo el derecho a sentirme así!
—Lo sé, Kathy —Thomas levantó las manos en actitud de súplica—. Sólo escúchame, déjame que te diga por qué…
—¡No, escúchame tú! —exclamó, irguiéndose—. Tus preciosas estadísticas también demuestran que hay al menos veinticinco millones de personas que tienen miedo de volar, así que no estoy sola. Pero en mi caso, mi miedo está basado en un hecho real, el accidente que sufrió mi hermana. Que sufrí yo, Thomas. No en ningún periódico del día o en el telediario de la noche. No puedes imaginarlo… —añadió con voz estrangulada por la emoción—. ¡No puedes imaginar lo que significa asistir impotente a la muerte de un ser amado, y ver cómo arde hasta morir! Así que puedes guardarte tus estadísticas y tus consejos… ¡y dejarme sola!
Giró sobre sus talones y salió corriendo de la cocina para subir a su habitación.
Oyó cómo Thomas la llamaba por su nombre con tal tono de urgencia que se habría detenido de no haber estado a punto de llorar. Pero ya había terminado con él, pensó furiosa.
—¡Oh, Kathy, eres una completa idiota! ¿Cómo puedes haber terminado con él, cuando ni siquiera has empezado? —gruñó.
Ahogando una risa histérica, se sentó en la mecedora y empezó a llorar; parecía como si le resultase más fácil en aquellos días. Durante meses después del accidente, había retenido las lágrimas en un doloroso nudo en la garganta, hasta que creyó que se había tragado un nudo de hielo. Entonces se había sentido helada, vacía, sin alegría. Pero ahora…
—Bueno, al menos ahora no me siento helada —murmuró irónica: incluso la piel le ardía.
Tranquilizada por el rítmico movimiento de la mecedora, pudo pensar con mayor claridad. ¿Pensaría Thomas que ella disfrutaba sintiendo ese miedo?, se preguntó desconsolada. Porque además de tratarse de un comportamiento cobarde, era una enorme inconveniencia. El trabajo de Kathy la obligaba a menudo a hacer largos viajes, y el avión era el medio de transporte más razonablemente eficaz.
El problema radicaba en que ella no se mostraba razonable con respecto a volar en avión. La terapia le había dado una clara comprensión de su problema y una gran dosis de paciencia para consigo misma. Pero incluso así, no era fácil vivir con aquellas auto impuestas limitaciones. De repente, un suave golpe a la puerta la hizo tensarse.
—¿Kathy? —la llamó Thomas.
—¿Sí? —instantáneamente se vio envuelta de nuevo en un tempestuoso remolino de emociones.
—Me gustaría terminar lo que te estaba diciendo. Por favor, ¿puedes abrir la puerta?
Kathy se levantó de la mecedora, cruzó la habitación y abrió la puerta con expresión desconfiada. Cuando Thomas entró, ella volvió a sentarse y entrelazó las manos en el regazo.
—No me lo pones fácil —comentó él. No le gustaba el silencioso mensaje que le estaban transmitiendo sus ojos—. Kathy, la razón por la que «me he tomado la confianza de meterme en tus asuntos personales» es que tus problemas me afectan.
Creo que tú estás aquí por una razón.
—Oh, vamos, Thomas…
—Por favor, ¿quieres escucharme? —Le pidió, al tiempo que se pasaba una mano por el cabello—. Siento que tu decisión de venir a las islas, a mi casa, no es una coincidencia. Una coincidencia es algo accidental, pura casualidad, y yo no creo en nada de eso. Yo creo en la sincronización, en un orden natural de las cosas —suspiró
—. Y para mí, nada puede ser más natural que el hecho de que hayas entrado en mi vida en este momento. Porque puedo ayudarte, Kathy. Estoy convencido de ello.
—Oh, Thomas —exclamó la joven, levantando la mirada hacia él—. Sé que lo estás, y sé que eres sincero. Pero yo me conozco a mí misma. Mi propósito al venir a estas islas es exactamente el que te conté, ni más ni menos. Eso es todo —esbozó una leve sonrisa—. De todas formas, aprecio tu interés, y te doy las gracias.
—Ya sabes que eres bienvenida aquí —Thomas volvió a pasarse una mano por el pelo, suspiró y miró su reloj—. Tengo que marcharme ahora, pero estaré en casa a eso de las cinco y media. Seguiremos entonces con esta conversación.
—No tengo por qué seguir hablando de esto contigo —repuso tensa. Luego se levantó y abrió la puerta de par en par, en evidente invitación a que saliera del cuarto.
—Yo creo que los dos debemos hacerlo —se dirigió hacia la salida—. Te veré sobre las cinco y media.
—Todavía no sé qué planes voy a hacer para la tarde, pero probablemente la pasaré con Patsy. Adiós, Thomas —y cerró la puerta detrás de él.
Frustrado, Thomas apretó los labios; le dolía su rechazo. Le dolía mucho más de lo que debería. «Dios mío, estoy encaprichado de esa mujer», pensó cerrando los ojos.
Parecía un adolescente enamoradizo, a su edad…
—Bueno, si estás aquí, bien, si no… —dijo a través de la puerta.
Como ella no contestó, Thomas se volvió y bajó los escalones de dos en dos.
Para cuando Kathy llegó a casa de Patsy, estaba de un pésimo humor. Cada vez que recordaba la escena que había tenido con Thomas, se sentía como si hubiera fracasado en una importante prueba. La idea de que había estado destinada a ir a las islas, con él, le parecía poco seria, pero Thomas la había expresado muy seriamente.
Cada vez más impaciente consigo misma, se olvidó de él y se concentró en la tarea que tenía entre manos, que consistía en arreglar la sala de exposición de la tienda de Patsy para que las cerámicas tuvieran una imagen más atractiva. Se echó a reír al oír la maldición que soltó Patsy, al pillarse los dedos con una tabla de madera.
—Maldita cosa —gruñó, frunciendo el ceño.
—Patsy, déjame eso a mí. Vamos a organizar bien todo esto —dijo Kathy.
«¡Ojala Thomas no vuele hoy!», exclamó para sí. Disgustada por el rumbo que estaban tomando sus pensamientos, concentró su atención en las cerámicas de su amiga, cambiando cada pieza de lugar hasta que quedó satisfecha con el resultado final.
Patsy no tardó en retirarse a la cocina para preparar una ensalada de marisco.
Kathy comió sin apetito; se preguntaba si estaría en casa esa tarde, cuando volviera Thomas. «No es tu casa», se recordó con severidad. «Y tampoco es tu hombre».
Se acordó de que la había llamado «cariño»; era curioso que un tópico semejante la hubiera conmovido tanto. Y ella le había hecho daño; de eso estaba segura, pero no había sido ésa su intención.
Después de dejar los platos en el fregadero, Kathy se quedó por un momento mirando por la ventana; la niebla se cernía sobre las cumbres de las colinas, refugiándose en los valles. No pudo evitar preguntarse si sería peligroso volar con ese tiempo, y sintió un escalofrío. Frunció el ceño; se estaba preocupando por un hombre al que apenas conocía.
—¿Thomas siempre vuela cuando hace este tiempo? —le preguntó a Patsy con aire indiferente.
—Sí. Le encantan los desafíos.
—¡Oh, Dios mío! Así que es un temerario…
—Hey, vamos —Patsy la miró con ternura—, cariño, anímate. Thomas no es nada temerario, sino un excelente piloto. Y también muy responsable. De verdad, Kathy.
—No quería afirmar que era un temerario, simplemente… me lo preguntaba.
—Te tiene preocupada, ¿verdad? —Le dijo suavemente Patsy—. Me refiero a que sea piloto.
—Bueno, no es algo con lo que me sienta muy cómoda —respondió ella—. Pero difícilmente puede preocuparme, Patsy. No voy a quedarme aquí el tiempo suficiente para que me preocupe seriamente por Thomas o por cualquier otro hombre…
—Kathy, él es el hombre adecuado para ti; puedo intuirlo —afirmó muy seria.
—¡Ambas sabemos lo infalibles que son tus intuiciones! —Exclamó la joven para después dirigirse a la sala de exposición, que estaba toda revuelta—. Bueno, dame esas piezas pequeñas, a ver si arreglamos esto.
A regañadientes, Patsy la obedeció. Las dos mujeres continuaron trabajando hasta que Kathy quedó satisfecha con el aspecto de la sala. Luego sacó una fotografía de cada pieza, prometiéndole a su amiga que le entregaría copias.
—¡Estupendo! Enviaré algunas a la tienda de mi amiga, en Friday Harbor. Hey, esta noche podríamos cenar todos juntos, con Ken y Thomas —le sugirió Patsy—.
¡Nos lo pasaremos muy bien!
—Sí —Kathy fingió divertirse con la idea—. Pero… ¿qué te hace pensar que quiero cenar con Thomas?
—¿De verdad no te gusta?
—Bueno, claro que me gusta, es una persona agradable. De acuerdo, de acuerdo, muy agradable —concedió—. Pero yo, bueno, creo que sería mejor que no lo tratara mucho…
—Yo no diría que es «mejor». En todo caso es más seguro —se burló Patsy.
—O prudente.
—¿Prudente? Oh, por el amor de Dios, Kathy, el hecho de que hayas tenido un mal matrimonio no tiene por qué convertirte en una mártir. Mírame, yo he pasado por dos, y sinceramente no me preocupa la prudencia.
—Bueno, quizá yo no me tome las cosas tan a la ligera como tú, Patsy.
—Bueno, pues quizá deberías hacerlo —replicó ella.
—De acuerdo, quizá sí, pero… —Kathy se echó a reír y sacudió la cabeza—. No estoy hecha para eso. De todas formas, esta discusión es puramente teórica. Thomas y yo hemos tenido una discusión esta mañana, así que dudo que quiera salir conmigo a cenar.
—Seguro que querrá.
—¿No has oído lo que he dicho? —le preguntó la joven, exasperada.
—Claro que sí. Pero Thomas no es rencoroso. Además, le gustan las buenas discusiones.
—¿Sí? Pues a mí no —replicó Kathy—. Además, tiene la extraña idea de que me enviada aquí por el destino, así como suena. Porque él puede ayudarme a resolver mis problemas —añadió, fingiendo una actitud divertida.
—Quizá pueda. Nuestro Thomas es tan sagaz como sexy.
—Bueno, lo de sexy no puedo discutirlo. ¿Sabes? Quizá ya ha hecho planes para esta noche.
—Dile que los cambie —repuso Patsy con tono razonable.
Consciente de la inconsistencia de sus propios argumentos, Kathy replicó con tono cortante:
—Dudo que Thomas Logan reciba órdenes de nadie.
Patsy simplemente adoptó una expresión desconfiada. Mordiéndose el labio, Kathy se dio cuenta de que estaba perdiendo aquella discusión. Sin darse cuenta, sonrió al pensar que Thomas se había mostrado tan amable con ella, que podría considerar su invitación a cenar fuera como un sencillo detalle de agradecimiento.
—De acuerdo, se lo pediré —suspiró—. Supongo que será mejor que hacer de carabina con Ken y contigo otra vez.
Patsy le lanzó una mirada sesgada, pero se mordió la lengua. Convinieron en verse en el club de Ken a las siete, con o sin Thomas.
—Será divertido —se aventuró a comentar Patsy.
—¡Ya lo creo! —riendo, Kathy dio un fuerte abrazo a su amiga antes de dirigirse apresurada hacia su coche.
Era tal la distracción de Kathy mientras conducía, que fue un milagro que no equivocara el camino de vuelta a la casa de Thomas. El ama de llaves estaba a punto de marcharse cuando ella llegó; era una mujer alta y corpulenta, de cabello rizado y ojos negros de mirada penetrante que parecían leerle el alma.
—Así que tú eres Kathy —dijo—. Yo soy Maddie Wills. He oído hablar de ti…
realmente eres muy guapa.
Kathy se preguntó quién le habría contado eso sobre ella, y qué más le habrían dicho. ¿Habría sido Thomas? Ese pensamiento la hizo estremecerse de emoción.
—Te gusta ese chico mío, ¿no? —le preguntó Maddie.
—¿Se refiere a Thomas? —inquirió Kathy, confundida.
—Sólo tengo un chico. Lo conozco desde que era un niño, cuando venía aquí con sus abuelos. Era el niño con más mal genio que he visto en mi vida —explicó, y un brillo asomó a sus ojos negros—. Aunque se ha convertido en una bellísima persona, ¿no te parece?
—Sí. Bueno, me alegro de haberla conocido al fin, Maddie —dijo Kathy con tono ligero—. Si me disculpa, tengo que vestirme para la cena.
Cuando entró en la casa, esbozó una sonrisa al recordar lo que había dicho Maddie de Thomas cuando era un niño. Vio flores frescas en el aparador, y supuso que las habría colocado allí el ama de llaves, quizá siguiendo órdenes de Thomas…
sentándose en la cama para quitarse las zapatillas, se puso a rememorar lo sucedido la pasada noche, y la invadió una deliciosa sensación de calidez. Distraída con esos pensamientos, se puso la bata y fue al cuarto de baño.
Media hora más tarde, ya en su dormitorio, se puso una falda de lino y una blusa blanca, sin mangas, con un cinturón azul lavanda. Cuando se miró en el espejo, las dudas la asaltaron de nuevo, y volvió a hacerse las preguntas que antes había desechado. ¿Y si Thomas no quería salir a cenar con ella? ¿Y si realmente tenía otros planes?
—¡Oh, por el amor de Dios, Kathy! —Exclamó para darse ánimos—. No es algo tan grave.
Si Thomas no quería salir con ella, iría sola sin problemas; su rechazo no la mataría. ¿Pero y si Thomas volvía a la casa con la idea de hacer lo que le había prometido que haría: hablar con ella? No se sentía con ánimo para hablar, y menos de eso. Miró su reloj; eran las seis y media. De nuevo sintió otro estremecimiento de ansiedad. ¿Dónde estaría Thomas? ¿Sería puntual o se retrasaría? ¿Se habría cancelado su vuelo debido al tiempo? ¿Habría tenido un vuelo sin problemas? La última pregunta le provocó un escalofrío, y se esforzó por no pensar en ello.
De repente, cuando oyó acercarse su todo terreno suspiró aliviada. Intentando dominar el acelerado latido de su corazón, salió y bajó las escaleras. Al llegar abajo, lo vio entrando por la puerta trasera, y se encontraron en el comedor.
—Te has puesto muy elegante —comentó Thomas, admirado de su apariencia
—. ¿Vas a salir?
—Sí.
—¿A dónde?
—Voy a sacarte a cenar.
Su tono era ligero y sus maneras reflejaban una gran confianza, pero la expresión vacilante que él podía ver en sus ojos la traicionó. El propio Thomas estaba asombrado de la confusa mezcla de sentimientos que agitaba su cuerpo.
—¿A dónde me vas a llevar? —preguntó, sonriendo estúpidamente.
—Primero al restaurante de Ken, donde nos encontraremos con Patsy, y luego iremos a un lugar que conoce ella, donde sirven un salmón estupendo. Tienes veinte minutos para ducharte y vestirte —dijo con decisión.
Thomas quedó encantado con la firme mirada de advertencia que ella le dirigió.
Repentinamente, se inclinó para darle un leve e impulsivo beso en los labios.
—Gracias —repuso ella, aspirando profundamente; luego, apartándose de él, señaló su reloj indicándole que tenían prisa.
—Me vuelves loco, ¿lo sabías? —riendo, Thomas se encaminó hacia su habitación. Se sentía maravillosamente feliz, y todo a causa de ella.
Se preguntó por qué aquella mujer le cautivaba y conmovía tanto. Pero más tarde intentaría encontrar una respuesta; tenía que darse prisa. Mientras se estaba duchando, pensó en la discusión que había mantenido con Kathy esa mañana. Había llegado a la conclusión de que había cometido un error al enfrentarse con ella de esa manera. Kathy había malinterpretado su actitud, pensando que él había querido burlarse de sus terrores.
Thomas amaba tanto volar que le había resultado difícil concebir que algunas personas sintieran miedo de hacerlo; por eso había intentado sofocar sus protestas a base de razonamientos y estadísticas, y había vuelto a cometer otro error. Mientras se secaba, se dijo que más tarde se explicaría con ella, quizá incluso le pediría disculpas.
Pero en aquel momento tenía una velada entera por delante, en su compañía. ¿Y
quién sabía cómo podría terminar?
En su habitación, decidió ponerse una camisa blanca, unos pantalones grises y una chaqueta ligera de color azul pálido. Primero se puso una corbata, pero después cambió de opinión y se la quitó. Delante del espejo se echó a reír; ¡se estaba comportando como un adolescente en su primera cita! No, peor que eso. Nunca había sido tan quisquilloso con su ropa, pero el caso era que quería agradar a Kathy.
Le habían gustado muchas mujeres en su vida, y había querido agradarlas, pero Kathy era la única importante. ¿Por qué? ¿Acaso estaba enamorado? Se contestó que aquello era un absurdo; nadie se enamoraba tan rápido. Pero por otro lado tenía la sensación de conocerla desde hacía años, muchos años. «Cálmate, Logan», se amonestó. Nunca había creído en el amor a primera vista, a pesar de las sensaciones que había experimentado cuando vio a Kathy por primera vez. Pero creía en el amor verdadero. ¿Con sus padres y abuelos como ejemplos, cómo podía no creer? Sin embargo, a la edad de treinta y cinco años, dudaba seriamente que eso pudiera sucederle a él. Y, de hecho, no le había sucedido. Se trataba simplemente de un caso de puro deseo, mezclado con un intenso apasionamiento.
—Puede que sea doloroso, pero no te matará —se aseguró a sí mismo con tono reflexivo.
Luego bajó al comedor, donde lo esperaba Kathy hojeando una revista.
—¿Lista? —le preguntó, tendiéndole la mano.
—Lista —repuso sonriendo encantada al fijarse en su apariencia, y un brillo travieso apareció en sus ojos cuando aceptó su mano—. Estás fantástico, Thomas.
—Gracias —sonrió, halagado—. Tú también estás fantástica—. ¿Amigos, Kathy? —le preguntó con tono suave, expectante.
—Amigos, Thomas —respondió ella con un dulce sentimiento de alivio; luego se puso un chal de lana y salieron de la casa.
Caballerosamente, Thomas le abrió la puerta del otro coche que guardaba en el garaje, un deportivo, y se sentó al volante. Durante el corto trayecto, la conversación giró en torno a temas intrascendentes. Thomas tenía un millón de preguntas que hacerle, pero se contuvo. Kathy había bajado la guardia, y él estaba decidido a no darle motivos de que se arrepintiera. El club de Ken ya estaba lleno cuando llegaron.
—Dios mío, cuánta gente —comentó Kathy cuando se reunieron con sus amigos.
—Turistas. ¡Que Dios los bendiga! —exclamó Patsy, y luego se dirigió a Thomas, sonriendo—. Estás muy guapo.
Thomas se echó a reír y la besó en las mejillas. Kathy no pudo evitar sentir cierta envidia, e incluso algunos celos mientras los veía saludarse con la intimidad de dos viejos amigos. Una camarera les sirvió un exquisito vino blanco de la bodega de Ken.
—Es delicioso —comentó Kathy mirando a la camarera, después de probarlo.
Empezó la música. Kathy intentaba mirar a la orquesta, pero una u otra vez su mirada volvía a Thomas. La súbita visión de su cuerpo desnudo, con su brillante piel bronceada, asaltó su imaginación provocándole un estremecimiento de placer.
—¿Más vino? —le preguntó Ken.
—Por favor —respondió ella, sonriendo. El vino la ayudaba a templar la inquietud que le atenazaba la garganta.
Patsy dirigió con soltura la conversación, pero Kathy estaba demasiado distraída. Cuando la orquesta ejecutaba una balada, Thomas le tomó una mano con naturalidad. En ese instante se le aceleró tanto el pulso que se quedó desconcertada y, delicadamente, tuvo que retirar la mano. Para cuando terminaron sus bebidas se sentía como embriagada, pero no era a causa del vino. Thomas era tan atractivo, tan sexy… y Kathy no era indiferente a las femeninas miradas de admiración que suscitaba.
En cierto momento Thomas buscó su mirada y le hizo un guiño; ella se sintió como si un fino dardo de plata le hubiera atravesado el corazón. Ya había oscurecido cuando abandonaron el club y se dirigieron al restaurante. Normalmente, en verano hasta las diez no anochecía, pero en el cielo podían verse unas nubes negras que presagiaban tormenta.
La cena fue tan deliciosa como les había dicho Patsy. Dado que se le había abierto el apetito, Kathy dio buena cuenta de su plato de salmón, mientras que varias veces Thomas vio interrumpida su cena por gente que se acercaba a saludarlo, estrechándole la mano o besándolo en las mejillas. Al final se vio obsequiado por tantas mujeres que Kathy no pudo menos que sentir algo parecido a los celos, pero sobreponiéndose a esa emoción, tomó nota mental de asegurar sus propias defensas.
Ya había comenzado a llover y el viento soplaba con fuerza cuando salieron del restaurante. Kathy estaba inquieta y callada; el largo día que había tenido estaba empezando a pesarle. Ya dentro del deportivo, se apoyó cansada en el respaldo de su asiento. Thomas estaba concentrado en la carretera y el silencio que mantenían se estaba cargando de tensión. De repente, los dos dijeron al unísono:
—Thomas, yo…
—Kathy, yo…
Se echaron a reír. Divertido, Thomas la invitó a hablar primero.
—Sólo quería darte las gracias por esta velada tan agradable —explicó ella, sonriendo.
—El placer también es mío.
Volvieron a quedarse en silencio. Suspirando, Kathy entrelazó las manos y se puso a mirar por la ventana. Cada vez llovía menos, y amainó del todo para cuando entraron en el sendero de grava que llevaba a la casa.
—Kathy, acerca de lo de esta mañana…
—Oh, Thomas, por favor, no volvamos a eso.
—Oh, Kathy, volvamos, por favor.
—¿Es que no comprendes el significado de la palabra «no»? —le preguntó con tono irónico, mirándolo divertida.
—Depende de la ocasión —repuso con expresión grave—. Siento haberte hecho enfadar. No era esa mi intención… Dios sabe que ya has tenido bastantes problemas en tu vida como para que yo añada uno más —dijo con brusquedad—. Pensé que podría ayudarte, y estaba tan convencido de ello que me porté como un estúpido sin sentimientos.
—Yo también siento haberme comportado como lo hice —suspiró Kathy—. Me sentía dolida y furiosa y, desgraciadamente, fue así como reaccioné.
—Detesto haber sido la causa y no quiero volver a molestarte otra vez. Pero, de verdad, siento que puedo ayudarte a superar tu miedo a volar. Kathy, ven al aeropuerto conmigo…
—¡Oh, maldita sea, Thomas! No puedo, ¿vale? Te juro que no puedo, así que renuncia ya —le tocó una mano—. ¿Lo harás?
—No soy el tipo de hombre que renuncia fácilmente, Kathy —repuso él.
Un instante después frenó bruscamente; el viejo manzano de su jardín se había caído, y sus ramas obstaculizaban el paso por el sendero. Lentamente dieron un rodeo y se dirigieron al garaje.
—Qué desastre —exclamó Kathy mientras Thomas aparcaba el coche con expresión preocupada.
Temblando bajo el frío de la noche, lo precedió al entrar en la casa. Thomas fue directamente a su contestador automático, y ella se dirigió por el pasillo al cuarto de baño. No pudo comprender lo que decían las voces grabadas, pero sí las reconoció.
Una de ellas era femenina. Antes de salir, esperó a que los mensajes terminaran.
Thomas se encontraba en la cocina después de haberse cambiado de ropa. Se estaba poniendo un impermeable.
—¿Por qué no te tomas una taza de hierbas antes de acostarte? —Le sugirió mientras se subía la cremallera—. La tila te ayudará a relajarte —y abrió la puerta.
—¿Vas a salir? —le preguntó Kathy, incrédula. Soplaba un fuerte viento que hacía temblar los cristales de las ventanas.
—Sí, necesito hacer una cosa —le dio un leve beso en la mejilla—. Buenas noches, Kathy, que duermas bien.
Y desapareció en la húmeda y negra noche.