Capítulo Tres

Al día siguiente Kathy volvió a levantarse temprano para desayunar con Patsy.

Pero en aquella ocasión, a diferencia del día anterior, el sonido de sus pasos al bajar la escalera llamó la atención de Thomas que, procedente de la cocina, fue a buscarla.

—Espera un minuto, Kathy —le dijo, tomándola de un brazo.

La chica sintió en la piel el calor de sus dedos, acelerándole el corazón. Por un instante, se sintió indignada; simplemente no estaba acostumbrada a reaccionar con tanta intensidad ante un hombre.

—Buenos días, Thomas. Perdona por no haberte saludado antes —le dijo, tranquilizándose.

—Buenos días, Kathy —repuso él, riendo.

La excitación que a la joven le producía su cercanía la dejaba sin aliento. La conciencia de lo mucho que le gustaba Thomas era otro problema. «Al fin y al cabo, también me gustaba mi ex marido», se recordó a sí misma. Rhys, un actor consumado, había representado muy bien el papel de hombre tierno y cariñoso; pero Kathy no había tardado mucho tiempo en descubrir el engaño. Tenía que admitir que se había comportado como una estúpida, pero incluso una estúpida podría reconocer el peligro de aceptar a alguien sólo por su apariencia exterior. Ese momento de reflexión le permitió recuperarse y, apoyando una mano en el vano de la puerta, sonrió y le dijo:

—Tendrás que excusarme, pero esta mañana tengo prisa.

—¿Ni siquiera tienes tiempo para desayunar?

—Me temo que no.

—De acuerdo, ¿qué me dices de quedar para comer juntos en el pueblo?

—Eso suena muy bien —respondió Kathy exhalando un involuntario suspiro.

«Pero es imposible. Ya has aceptado una invitación de Patsy para comer con ella, y cancelarla sería una grosería», pensó antes de añadir—: Pero ya he hecho otros planes.

Thomas no replicó nada. Kathy levantó la mirada hacia sus ojos azules y sintió que le temblaban las rodillas. Una ola de resentimiento la invadió al recordar que Rhys había sido un maestro en conmover a las mujeres. Thomas todavía seguía agarrándola de un brazo, y la chica bajó la mirada a su mano de manera intencionada. Al fin la soltó, mirándola con cierta frialdad.

—Ya veo. Bueno, entonces, que pases un buen día, Kathy.

La chica vaciló, consciente de que había malinterpretado sus palabras. Al cabo de un momento añadió, tocándole una mano:

—Tú también, Thomas —lanzándole una rápida sonrisa, se apresuró a salir de la casa para dirigirse hacia su coche.

Le parecía extraño que últimamente pensara tan a menudo en su ex marido. Y

siempre lo hacía en los momentos en que alcanzaba mayor intimidad con Thomas.

«Bueno, al fin y al cabo simplemente utilizas la única vara de medir que tienes», pensó. Desafortunadamente, su pragmática conclusión poco podía hacer para atenuar la confusión que sentía. Para cuando llegó a la casa de Patsy, su ánimo había decaído mucho.

Pero el humor de la pelirroja era contagioso, y Kathy no tardó en reír otra vez.

Mientras desayunaban, le habló con total confianza de su vida, de su trabajo y de sus esperanzas para el futuro. Y con mayor dificultad, le habló del precioso apartamento que Karin y ella habían compartido.

—Lo pondré en venta cuando vuelva. Nell está de acuerdo conmigo; es demasiado grande para las dos. Y, además, ese lugar me trae demasiados recuerdos de Karin —forzó una sonrisa mientras Patsy le acariciaba una mano, con gesto compasivo—. Pero seguramente lo peor ya ha pasado —añadió—, excepto esos sueños… todavía me asaltan, algunas veces relativamente agradables, y otras, sencillamente aterradores.

La mirada de Patsy la invitaba a continuar y las dos amigas siguieron hablando durante buena parte de la mañana, interrumpidas solamente por la ocasional entrada de algún turista interesado en comprar cerámica. De repente, y con demasiado retraso, Patsy recordó los planes que habían hecho para ese día.

—Primero bajaremos al horno y recogeremos unas piezas. Luego iremos a comer con Ken, en su restaurante. Después de eso, tú y yo saldremos por ahí, para que hagas unas buenas fotografías…

Durante el corto trayecto en coche, Kathy llegó a la conclusión de que la vida nocturna brillaba por su ausencia en la isla. Recientemente Ken había abierto un club-restaurante, un negocio arriesgado en una zona tan tranquila.

—Aquí disfrutamos de una vida muy relajada —le comentó Patsy.

—Ya lo he notado. Con Thomas, quiero decir. Parece un hombre relajado, de trato fácil.

—Ahora sí. Pero deberías haberlo visto cuando se vino a vivir aquí: tenso, nervioso… lo contrario que ahora. Y lo mismo me ha sucedido a mí. Creo que deberías quedarte durante unos meses aquí, Kathy. Quizá perderías tu extrema delgadez… —suspiró Patsy—. Cada vez que intento ponerme a dieta, me pongo a pensar en la comida.

Kathy se echó a reír. Sabía que estaba bromeando, ya que Patsy tenía una espléndida figura. Y también Ken, según pudo observar más tarde durante la comida. Evidentemente Patsy lo adoraba, e incluso Kathy no podía evitar sentirse cautivada por un hombre tan encantador.

Su club se hallaba en un viejo edificio restaurado. Era cómodo, y la comida era muy buena. Sinceramente Kathy deseaba que Ken tuviera suerte en sus esfuerzos. A eso de las cuatro, volvió a la pensión para tomar un baño y cambiarse para la cena.

No vio por ninguna parte a Thomas y no pudo evitar sentirse algo decepcionada cuando se marchó de nuevo para cenar con Patsy y con Ken. Después de la cena, se quedaron en el club a charlar un rato.

Durante el trayecto de vuelta a la pensión, Kathy pensó en lo rápido que había pasado el tiempo; sólo llevaba dos días allí, y le parecía que habían sido años. Se preguntó si Thomas habría llegado ya. Cuando entró en la casa, experimentó la excitación nerviosa de costumbre. Había abandonado temprano el club, aduciendo que se encontraba agotada, lo cual era verdad; estaba tan cansada que le temblaban las piernas. Pero no era la fatiga psíquica, vital, que había padecido durante tanto tiempo.

Se quedó inmóvil, escuchando; sólo el tic-tac de un reloj interrumpía el silencio.

Aparentemente, se encontraba sola. Fue a la cocina para tomar un refresco. Al mirar por la ventana del comedor advirtió que el garaje estaba vacío, y se preguntó con creciente curiosidad dónde estaría Thomas.

Se sentó en el sofá a hojear una revista, diciéndose que no tenía intención de esperarlo. Pero su mirada se vio atraída por el retrato que estaba colgado encima de la chimenea. Thomas, al igual que en la pintura, conservaba aquel aire de franqueza e integridad. Era un seductor por naturaleza, pero no presumía de ello. Aceptaba su propio encanto con la misma naturalidad con que las mujeres se le rendían por una sonrisa, pensó Kathy esbozando una mueca.

Volvió a la cocina para dejar el envase vacío del refresco. La habitación estaba muy limpia, como el resto de la casa; supuso que sería fruto del trabajo del ama de llaves. Todavía no había conocido a Maddie, ya que salía muy temprano por la mañana, y volvía muy tarde por la noche. Cada vez más inquieta, salió al porche.

Hacía suficientemente fresco para que se pusiera un suéter, pero se lo había dejado dentro, y se abrazó para entrar en calor. De repente vio luces en la carretera, y el corazón le dio un vuelco; tenía que ser él. Thomas metió el coche en el garaje y, por un momento, Kathy se imaginó que tenía derecho a estar allí, esperándolo; el derecho de darle la bienvenida a casa con los brazos abiertos. Pero cuando Thomas salió del coche, la joven desechó aquel pensamiento tan sugerente y seductor.

—Hola —la saludó—. ¿Qué estás haciendo aquí, en plena oscuridad?

—Disfrutando de la noche —le respondió ella, frotándose los brazos.

—Y congelándote —se colocó a su lado—. Toma mi chaqueta; llevo un suéter debajo.

Kathy se quedó perfectamente inmóvil cuando él le echó la ligera prenda sobre los hombros, y al reconocer su aroma en ella, la invadió una oleada de placer.

Delicadamente, Thomas le deslizó el sedoso cabello fuera del cuello de la chaqueta y, después de aspirar deleitado su perfume a rosas, se apoyó en una columna para contemplar la luna. Había intentado convencerse de que había exagerado la poderosa atracción que sentía hacia Kathy y, evidentemente, se había equivocado. Sintió la urgente necesidad de abrazarla y saborear aquella magia que hervía entre los dos, pero era un hombre sensible y sabía que se encontraba muy cansada.

—He cenado esta noche con Patsy y con su amigo Ken —Kathy rompió el tenso silencio.

—Conozco a Ken.

—Supongo que conocerás a todo el mundo en la isla.

—A casi todos.

—¿Has tenido una cita esta noche? —le preguntó ella, sin amilanarse por su laconismo.

—Sí.

—¿Es algo serio?

—No —con expresión ausente, Thomas le acomodó la chaqueta sobre los hombros—. ¿Por qué me has estado evitando? —le preguntó con brusquedad.

Kathy se tensó, y respondió suspirando:

—Tú sabes por qué, Thomas.

—Quizá. Pero me gustaría que me lo dijeras tú.

—Es por lo que sucede cuando estamos juntos —le explicó ella sin alterarse.

—¿Y qué es lo que sucede? —inquirió Tomas, acercándose más.

—No juegues conmigo, Thomas. Sabes de lo que te estoy hablando; tú también lo has sentido.

—Sí. Pero no le tengo miedo.

—Yo tampoco.

—¿Ah, no? —la desafió Thomas con voz ronca y la mirada fija en aquella suave y deliciosa boca.

—No. Simplemente soy reacia a… seguir con eso hasta llegar a su natural conclusión.

—Ya veo.

La tensión hervía entre ellos, ardiente y excitante. «Demasiado excitante», pensaba Kathy, inquieta por la cercanía de Thomas.

—Bueno, al menos admites que esa sería la natural conclusión de lo que nos sucede —comentó él después de una pausa, sujetándole un mechón de cabello detrás de la oreja—. ¿Mantienes alguna relación seria en California?

—No —contestó con demasiada rapidez—. Quiero decir, sí. Eh… la decisión está todavía pendiente.

—Lo que quiere decir que no es serio. Si lo fuera, ahora mismo estarías allí con él, y no aquí, conmigo —sonrió Thomas, irónico—. Quizá él no sea adecuado para ti.

—Es perfectamente adecuado —replicó Kathy. Después de haberse inventado a un pretendiente imaginario, se sentía impulsada a defenderlo—. Es un hombre maravilloso y tenemos muchas cosas en común.

—Quizá, pero sigo manteniendo mi opinión. Ese hombre es un loco por haber permitido que lo abandonaras y te separaras de él.

—Bueno, Thomas —Kathy esbozó una juguetona sonrisa—, yo no recuerdo haberle pedido permiso alguno.

Él se echó a reír, sin esforzarse por disimular el placer que le producía su despreocupada recriminación.

—Ah, reconozco mi error. ¿Le quieres?

—No —respondió ella, suspirando; aquella pregunta le había quitado el aliento

—. En realidad, no tengo ningún amor, ni en California ni en ninguna otra parte —le confesó, sincera.

—¿Por qué?

—Quizá la culpa sea de un instinto o una prevención inconsciente… —levantó la mirada hacia él con una expresión dulce, pero a la vez muy seria—. Quizá esté equivocada, pero creo que estás llegando a interesarte por mí y eso me inquieta.

Bueno, yo no puedo corresponder a ese interés, Thomas. Maldita sea, sé que esta es una situación violenta —suspiró—. Mira, pareces un buen tipo, pero yo… yo no quiero que nadie sufra, eso es todo.

—¿Así que hace un momento te inventaste a un pretendiente serio para pararme los pies, por decirlo así? —le preguntó Thomas, con un brillo divertido en los ojos.

—Sí, en efecto —Kathy se alegraba de que no se lo hubiera tomado a mal—.

Quiero ser completamente sincera contigo, ¿de acuerdo? Me gustas, te encuentro atractivo, pero no estoy dispuesta a empezar ninguna relación, por muy corta que pueda ser —se estremeció de frío, subiéndose el cuello de la chaqueta—. ¿Te parece que entremos? Tengo frío.

Una vez que entraron en la cocina, Kathy le devolvió la chaqueta murmurando unas palabras de agradecimiento y se dispuso a subir a su habitación.

—¿Sabes? Creo que tienes razón —le dijo Thomas apoyándose en la reluciente barandilla de madera—. Estoy interesado en ti. Muy interesado. Y no creo ni por un minuto que tú no correspondas a ese interés.

Kathy se quedó muy rígida y Thomas pudo ver cómo asumía una postura altiva, orgullosa. «Ah, el eterno miedo al encanto», pensó. ¿Acaso desaparecería alguna vez? La manera en que se volvió para mirarlo con aquel gesto tan aristocrático fue sencillamente estimulante. Le encantaba.

—Ya te he dicho —los ojos de color violeta de Kathy registraron todos sus rasgos, con aparente tranquilidad— que te encuentro atractivo. Sexy, para ser más precisa. Hasta ese nivel, sí correspondo a ese interés que demuestras por mí. Pero ese no es un nivel muy alto, Thomas. Todo lo que quiero es paz y tranquilidad.

Su rechazo había producido su efecto sobre Thomas, pero no demasiado; podía leer entre líneas. Cuando sus miradas se encontraron, tuvo que dominar el ardiente impulso de aceptar el reto que le transmitían sus ojos, de besar aquellos labios que le desafiaban, de saborear su dulzura. «Cuidado», se advirtió. Sabía que se estaba moviendo en aguas profundas, aguas en las que podría ahogarse. Y lo peor de todo era que sabía que le encantaría.

—Mensaje recibido, Kathy —respondió con tono suave, sonriendo.

La joven asintió y subió apresurada las escaleras. No confiaba lo bastante en sí misma ni para quedarse un solo instante más en su compañía. No se molestó en cerrar con llave la puerta; todavía no lo había hecho desde que llegó, así que suponía que se trataba de una muestra de confianza. Con una sonrisa, se dio cuenta de que no tenía ningún miedo de que Thomas la violentara.

Pero la diversión desapareció cuando se desnudó y se miró en el espejo. Tenía las mejillas ruborizadas y le brillaban los ojos de deseo. La piel todavía le ardía en aquellas zonas donde había ansiado que la tocara. Suspiró al tomar conciencia del verdadero mensaje que le había transmitido a Thomas, y que él había recibido. Sabía perfectamente que ella lo deseaba. Confusa, se metió en la cama.

—No te hagas esto a ti misma, Kathy —se ordenó, aunque de nada le servía.

Cerrando los ojos, bostezó y se colocó en su posición favorita. California estaba llena de hombres atractivos, pensó adormilada. ¿Por qué Thomas tenía que ser diferente? Tan diferente de todos los hombres que había conocido.

En medio de su sueño, empezó a tensarse y a dar vueltas en la cama. Abrió la boca en un silencioso grito cuando los recuerdos invadieron su cerebro.

«Era Karin, y a la vez ella misma. Era ambas, sintiéndolo todo, el horror en las entrañas, la sensación de caer, caer, la tierra acercándose, el sonido del frágil metal al chocar contra ella, destrozando el pequeño avión al estrellarse contra el suelo. La parte de ella que era Kathy corría por la pista, salvaje, desesperadamente sabiendo que nunca llegaría a los restos del avión a tiempo para salvar a Karin, sabiendo que iba a…

Y entonces ocurrió, ¡una columna de fuego elevándose contra el cielo! La poderosa explosión la derribó como una muñeca rota… sentía terror, dolor… pero tenía que levantarse, llegar al avión, ¡tenía que ayudar a su hermana! ¡Karin! ¿Dónde estaba Karin?»

—¡Karin!

El silencioso grito de su sueño se hizo realidad, con una angustia que la hizo despertarse, sobresaltada de terror. Al oírlo, Thomas saltó de la cama y subió corriendo las escaleras antes de darse cuenta de lo que sucedía. Cuando corría por el pasillo, tuvo tiempo para un único pensamiento… afortunadamente solía dormir en pijama. Pero a aquella idea siguió de inmediato otra: Kathy. Podía escuchar sus sollozos a través de la puerta y la abrió sin vacilación alguna.

A la luz de la luna pudo verla en la cama, llorando. Encendió la lámpara, se sentó a su lado y la abrazó con ternura. La apretó emocionado contra su pecho, reconfortándola, consolándola con cariñosas palabras.

—No pasa nada, tranquilízate —murmuraba Thomas una y otra vez; la sentía tan pequeña en sus brazos, tan frágil… se preguntaba qué era lo que la había aterrado tanto—. Sssh, ya ha pasado todo.

Al fin cesó de sollozar, aunque todavía temblaba. Cuando Thomas aflojó su abrazo, ella le echó los brazos al cuello.

—Ya ha pasado todo… —musitó él contra su pelo, aspirando su limpio y fresco aroma.

El silencio se extendió sobre ellos. Thomas se las arregló para alcanzarle unos pañuelos sin apartarse de ella. Podía sentir cómo se enjugaba las lágrimas, y sonrió cuando la oyó sonarse la nariz. En silencio, esperó. Sus propias emociones eran demasiado intensas y desconcertantes.

Seguían en silencio. Cuando Kathy se refugió más en sus brazos, Thomas se encontró en una violenta situación. Al principio sólo había querido consolarla, pero en ese momento era plenamente consciente de que estaba abrazando a una mujer atractiva, apenas vestida con una breve prenda de satén. En el momento en que ella le tocó el pecho desnudo con los labios, se estremeció intensamente.

Thomas había perdido incluso toda capacidad de razonar, y apenas fue consciente del intento que hizo Kathy de besarlo en los labios. Sabía que ella sólo estaba reaccionando ante la situación, pero tendría que haber estado muerto para no responder. Y se apoderó de sus labios con una pasión arrebatadora.

Kathy emitió un gemido, y él se preguntó si sería de protesta. La besó en las mejillas, en los párpados, y después volvió a apoderarse con urgencia de sus labios.

Ella gimió de nuevo; estaba medio echada sobre Thomas, con los senos apretados contra su pecho desnudo, y su vientre contra sus muslos. El deseo conmovía todo su cuerpo obligándola a apretarse más contra él, como si quisiera fundirse con su piel.

Aquellos besos la enloquecían. Toda precaución quedaba olvidada; quería más y más…

Thomas seguía sembrándole el rostro de besos, en los párpados, en los labios.

Ella murmuró su nombre sólo una vez, pero fue suficiente para hacer que tomara conciencia de la situación. La apartó de sí y los dos se miraron fijamente. Kathy estaba estupefacta ante su propia respuesta y, confundida, se sentó en la cama. Se preguntó si Thomas se habría sentido tan abrumado por la pasión como ella, después de aquellas caricias. Su expresión se mantenía impasible, pero sus ojos eran intensamente azules, oscurecidos por el ardor de su abrazo. Kathy le sostuvo la mirada, esperando que comprendiera.

—Ahora mismo soy muy vulnerable, Thomas.

«¡Yo también, Kathy!», estuvo a punto de replicarle él mientras se abismaba en sus enormes ojos de color violeta, y suspiró profundamente. Luego tomó la caja de pañuelos que estaba sobre la mesilla y se la entregó.

—Gracias. Parece que siempre te estoy agradeciendo algo —dijo ella con una temblorosa sonrisa.

—No te preocupes —Thomas le acarició una mejilla húmeda con las puntas de los dedos—. ¿Cuál ha sido la causa de estas lágrimas?

—Una pesadilla.

—Lo suponía. ¿Cómo era?

—Oh, sólo era un sueño…

—Cuéntamelo.

Kathy bajó la mirada y se apoyó en la almohada. Con lo que le pareció un esfuerzo sobrehumano, Thomas se levantó y la cubrió con el edredón.

—Cuéntamelo, Kathy.

—Eres muy persuasivo —sonrió.

—Eso dicen —Thomas se sentó en el borde de la cama—. ¿Te gustaría que me quedara un rato contigo?

—Sí. Es estúpido, pero por dentro todavía sigo temblando.

—No es nada estúpido, es humano. ¿Con qué soñaste?

—Hace unos nueve meses tuve un accidente de avión, y en el sueño volví a ese avión —explicó, y un temblor hizo estremecer todo su cuerpo—. El avión cayendo del cielo, aterrizando sobre un ala, dando vueltas, estrellándose… en la pesadilla reviví el accidente, reviví la sensación de absoluta indefensión, reviví… —se interrumpió de repente.

—Dios mío —exclamó emocionado, al tiempo que le acariciaba el cabello—.

¿Resultaste herida?

—Sí —respondió con voz débil—. Pero tuve suerte: sobreviví.

—Gracias al cielo —musitó, impresionado. Ahora comprendía la angustia que había visto desde el principio en su mirada; todavía se estaba recuperando de aquel horrible trauma—. ¿Te encuentras bien? —le preguntó bruscamente.

—Sí; al menos físicamente —por un momento pareció que iba a continuar, pero después se limitó a sacudir la cabeza.

Thomas se preguntó qué era lo que había estado a punto de decirle; tenía la sensación de haberse perdido algo. Al fin, preguntó:

—¿Qué tipo de avión era?

—Uno pequeño. Parecido al que vi en la fotografía que tienes en el pasillo.

—Por eso viniste aquí en coche, en lugar de en avión.

—Sí. No he vuelto a acercarme a un avión… desde que sucedió aquello.

No añadió nada a ese comentario, pero sus manos entrelazadas con fuerza eran suficientemente elocuentes.

—Oh, Kathy, eso es perfectamente comprensible —se apresuró a decir Thomas

—. Viviste una experiencia única. Las estadísticas dicen…

—¡No me interesan las estadísticas! —Exclamó Kathy, para en seguida disculparse—. Lo siento, Thomas. Sé que estás intentando ayudarme.

—En efecto. Quiero ayudarte, Kathy, y creo que puedo hacerlo —repuso con un tono de urgencia en la voz.

Pero Kathy lo negó inmediatamente con un enérgico movimiento negativo de cabeza.

—Mucha gente ha intentado ayudarme, y ha fracasado. Tengo demasiado miedo incluso de pensar en volar —dijo como dando por cerrado el tema, y esbozó una sonrisa—. Supongo que te habrá despertado mi grito. Perdóname; no me sucede a menudo. Habitualmente soy capaz de despertarme antes de que el sueño se vuelva peor. De cualquier forma, está claro que eres mi héroe salvador. Gracias de nuevo, héroe —añadió en un valeroso intento de adoptar un tono desenfadado.

—Así que héroe, ¿eh? Tendré que tragarme eso.

Quería seguir hablando de su pesadilla, pero ella lo miraba con una advertencia en los ojos. Le estaba diciendo que se retirara, algo que Thomas no estaba dispuesto a hacer.

—Dijiste que el avión cayó. ¿Qué quieres decir? ¿Qué perdió velocidad, que falló el motor…?

—Un fallo mecánico, eso es lo que dijeron. Yo no estaba allí cuando… —se interrumpió, entristecida.

—¿No estabas allí? —Thomas le lanzó una penetrante mirada—. ¿Qué no estabas allí? No lo comprendo.

Kathy se mordió el labio al darse cuenta de lo que había hecho. Se había identificado tan completamente con su hermana gemela que había llegado a sufrir su trauma. Mentalmente, había estado a bordo de aquel avión.

—Thomas, yo… lo que te dije no era exactamente lo que sucedió. Quiero decir que… no era yo la que estaba a bordo de ese avión, pero podría haber estando,

¡porque puedo revivir cada segundo de aquel accidente! —Bajó la cabeza—. Es muy difícil de explicar.

—Inténtalo —la animó con tono suave.

—Fue mi hermana la que murió en aquel avión. Pero yo… yo estaba esperándola cerca de la pista de aterrizaje, esperando para recogerla y llevarla a casa

—Kathy estalló en lágrimas—. Éramos gemelas y, bueno, siempre había existido una relación especial de comunicación entre nosotras dos. En una ocasión ella se cayó rompiéndose un brazo y yo lo sentí, Thomas. El brazo me dolió tanto que tuvieron que sedarme hasta que su dolor desapareció. Así que cuando te digo que experimenté el accidente, te estoy hablando completamente en serio. Sentí su miedo, su horror. Y mientras tanto yo estaba corriendo, intentando llegar al avión antes de que explotara.

—¡Oh, Dios mío! ¿Explotó?

—Sí. Recibí las heridas de la onda expansiva de la explosión. Gracias al cielo, en ese instante perdí el conocimiento —Kathy bajó la cabeza—. ¡Oh, Dios mío, Thomas, debía haber estado con ella! Intenté tomar ese vuelo… habíamos planeado pasar la noche en Reno, y divertirnos un poco. Pero surgió una emergencia y tuve que cancelarlo. Así que murió sola. Y yo sigo viva.

—Y te sientes culpable, ¿verdad? —le preguntó él, sacudiendo la cabeza.

—Muchísimo —intentó sonreír, encogiéndose de hombros—, pero intento sobrellevarlo lo mejor que puedo. Gracias, Thomas, por la paciencia que has demostrado al escucharme.

—Cuando quieras —levantándose, le preguntó—: ¿Estás bien ahora?

—Sí, estoy bien —levantó la cabeza—. De verdad.

—Bueno —repuso Thomas—. A dormir —«lo cual no va a ser fácil», añadió para sí cuando apagó la luz y salió de la habitación.

Más tarde, cuando descansaba en su cama sumido en un mar de confusiones, su predicción se vio confirmada. Constantemente revivía la escena que había tenido lugar, pensando en lo que le había contado Kathy; con razón había visto desde el principio aquella mirada de angustia en sus ojos.

Tenía que intentar ayudarla, por supuesto. La llegada de Kathy a la isla, a su casa, no había sido accidental; estaba seguro de ello. Al día siguiente se lo diría. La convencería de que él podía ayudarla, si le dejaba… ¡Tenía que aceptar su ayuda! Lo invadió una oleada de ternura al recordar su llanto desesperado.

¡Y la forma en que se había abrazado a él! La sensación de su cuerpo entre sus brazos, increíblemente suave, su sabor, su aroma… en ese momento recordó las palabras que ella había pronunciado aquella tarde: «no estoy dispuesta a empezar ninguna relación, por muy corta que pueda ser. No me interesa, Thomas». Porque temía que llegara a resultar herida, pensó sonriendo al recordar su expresión, tan seria y a la vez tan vulnerable…

Decididamente, no podía dormir. Resignado, encendió la luz y tomó un libro.

Aquella mañana gris, asomada a la ventana, Kathy experimentaba una agradable sensación de ligereza. Su tristeza había menguado un tanto. Aunque le encantaban los días lluviosos como aquél, algo mucho más elemental le había levantado el ánimo. Cada vez que pensaba en la ternura que le había demostrado Thomas la pasada noche, la invadía una sensación de calidez. Había sido tan amable, tan considerado… era una tentación revivir cada una de las sensaciones que había experimentado en tan poco tiempo, explorar cada una de sus facetas.

Pero se resistió a esa tentación. Ya iba a ser bastante incómodo tener que enfrentarse a Thomas esa mañana. ¿Habría comprendido la necesidad que había sentido de refugiarse en sus brazos la pasada noche? ¿Se habría dado cuenta de que, de alguna forma instintiva, estaba reafirmando su propia vida simplemente sintiéndose viva?

Cambió de opinión respecto al tiempo; ese día quería dedicarlo a hacer fotos. Y

como si el cielo quisiera favorecerla, un rayo de sol bañó su rostro. Seguía lloviendo y lucía el sol. Riendo entre dientes, Kathy salió apresurada de la habitación para ir al cuarto de baño. Después de ducharse se puso unos vaqueros, una blusa blanca y una chaqueta, y bajó a la cocina.

El gato, que se llamaba Trouble, se hallaba descansando al lado de la mesa. «Al menos éste está domesticado», pensó al ver la alta figura de Thomas frente al fregadero.

—Buenos días —se volvió para saludarla—. El café está caliente.

—Oh, estupendo —Kathy se detuvo en el umbral de la cocina para calmar los latidos de su acelerado corazón: Thomas tenía una apariencia maravillosa con su camisa y sus pantalones de color azul marino.

—No entiendo cómo has podido llamar Trouble a tu gato, cuando lo único que hace es dormir —comentó.

—Eso durante el día. Por las noches… —Thomas sacudió la cabeza, con un brillo divertido en los ojos—. Recorre montañas y valles en busca de su amor.

Kathy rió deleitada, y él le entregó una taza de café.

—Me temo que tendrás que prepararte tú misma el desayuno. Tengo una cita esta mañana. Hay huevos y beicon en la nevera.

Kathy asintió, tomando un sorbo de café y preguntándose cuál sería esa cita a una hora tan temprana. ¿Pilotaría un avión ese día? No quería saberlo.

—¿Quién pintó el retrato? —le preguntó con tono despreocupado—. El que está colgado sobre la chimenea.

—Mi abuela. Es bastante conocida por sus retratos. ¿Te suena el nombre de Nina Logan?

—Lo siento, no lo reconozco. Es muy bueno.

—Y también muy valioso —comentó él—. Si quieres esperar media hora, Maddie estará aquí para prepararte el desayuno. Siento lo de la lluvia; te va a estropear las vacaciones.

—Puedo prepararme mi propio desayuno —repuso Kathy mirándolo con un destello de humor en los ojos, por encima del borde de su taza—. Y me gustan los días lluviosos. Me encanta las sensaciones acogedoras que evocan.

Thomas apretó con fuerza su taza al imaginarse abrazando a Kathy, transmitiéndole las sensaciones acogedoras de las que hablaba. Se dio cuenta de que las cosas habían cambiado entre ellos, definitivamente. Que fuera para peor o para mejor, eso estaba por ver. Al acordarse de repente de su cita, se rascó la cabeza, preguntándose qué pensaría Kathy de que él fuera piloto…

—Thomas, te pido disculpas por lo de anoche.

—¿Cómo? —le preguntó él, ya que se había distraído.

—Que te pido disculpas por los problemas que te causé, y por haberte despertado. Estoy tan avergonzada…

—No seas ridícula.

—¿Qué?

—He dicho que no seas ridícula.

—No he sido consciente de que estaba siendo ridícula; sólo estaba disculpándome por haberte molestado la pasada noche —le espetó, molesta.

—¡Otra vez! —La miró fijamente, tensando la mandíbula—. No fue ninguna molestia. Tendría que ser un verdadero imbécil para encontrar en aquello algún tipo de molestia.

Kathy se preguntó sonriendo por qué estaban discutiendo de esa forma.

—Lo siento, yo sólo… —se encogió de hombros.

—Yo también. Habitualmente no estoy de este humor por las mañanas, pero no he dormido mucho esta noche.

—Por eso exactamente te estaba pidiendo disculpas.

—¡Kathy! —exclamó, riendo—. De acuerdo, acepto tus disculpas.

—Ya era hora —repuso ella riendo, mientras se servía otra taza de café—. ¿A dónde vas esta mañana? —le preguntó.

—Al aeropuerto. Tengo que volar a Portland. Un vuelo chárter.

«Por supuesto», pensó Kathy al darse cuenta de que la ropa de color azul marino que llevaba era un uniforme. Aturdida, lo observó mientras se ponía la chaqueta, y se preguntó qué se sentiría al ser la mujer de un piloto. «Terror y angustia cada vez que tuviera que salir al aeropuerto», se contestó. Ninguna mujer podría vivir con eso; al menos, ella no. Sintió un doloroso nudo en la garganta.

—¿Qué vas a hacer hoy? —le preguntó Thomas mientras tomaba su gorra de capitán.

—Oh, no sé, iré donde me apetezca, supongo. Donde me lleve mi humor…

—Asegúrate de que te lleve de vuelta aquí —Thomas vaciló por un momento, y luego cuadró los hombros—. Kathy, tengo algún tiempo libre. ¿Por qué no vas a buscarme al aeropuerto a eso del mediodía y así ves mi avión, y quizá montas incluso en él?