Introducción

Por desgracia Alberto Rabadá (nacido en 1933) y Ernesto Navarro (nacido en 1934) no escalaron juntos mucho tiempo. Aunque sólo les separara un año de edad, entre ellos había diez de diferencia como escaladores. «Pertenecían a generaciones de escalada diferentes» apunta Gregorio Villarig. Más joven que Ernesto y a la vez más veterano, fue el mentor de Navarrico, quien se aficionó durante la mili. Alberto llevaba despuntando casi desde sus principios. En 1950, al poco de empezar a escalar, sorprendió a Félix Méndez —«había que pararle, quería subirse por todos los lados»— durante el Primer Curso de Escalada de Gredos.

Gracias sobre todo a Villarig, Navarro se afianzó en las técnicas de la época, basadas en la doble cuerda —el asegurador, o aseguradores ya que a veces cada segundo maneja un cabo, ayuda al primero tensando la cuerda— cuando había que recurrir al artificial, técnica facilitada encordándose con el nudo Edil, el más conocido de los apodos de Rabadá, su inventor. Con él mejoraron el encordamiento tradicional con el as de guía porque, como explica Villarig —quien lo «homologó» con caída en el Puro— ganaron movilidad lateral y vertical, tanto para «apurar los estribos» y alejar la distancia entre pitones como para alcanzar una presa y salir en libre.

Artistas del pitonaje, su primera apertura conjunta data de 1959. La última actividad, de 1963 cuando fallecieron en la Norte del Eiger. En esos años se convirtieron en la cordada española más puntera con cuatro grandes vías sobresaliendo sobre el resto y una aún más. Son Gallinero, Mallo Firé, Tozal de Mayo y Naranjo de Bulnes… La vía soñada.

Alberto comenzó a soñar esta vía cuando vio una foto en un libro de Agustín Faus a mediados de los años 50. En 1959 estaba en los planes, «no como complemento sino como pieza fundamental», que el catalán Domingo Arenas urdía para formar una cordada —«Cerdá, El Bilbaíno, tú y yo»—, apta para la Oeste. El intento se frustra debido a un accidente laboral que sufre el promotor.

En 1961 se sobresaltaba leyendo un artículo de la revista Peñalara que, con una vía directa marcada sobre foto firmada por José María Galilea, relataba el ascenso de la cara para, sólo al final, darse cuenta de que era un relato inventado, El sueño de una noche de verano. En julio de 1962, viaja a Picos por primera vez para escrutar por dónde abrirá la «cara del Picu» —como la llaman allí, dice en su diario— y asciende por la normal. En agosto acude con Navarrico —y 180 clavijas, 15 tacos, microclavijas expansivas, un ramplús, tres cuerdas de 60 m y una de 40 m—, en el coche del amigo francés Pachi Casterán, quien no duda en dar un «rodeo» para volver a casa desde la boda de sus amigos José Antonio Bescós y Rosario Roi.

Durante la transcripción de sus diarios, que se reproducen aquí, se intercalan sus dos voces mientras se suceden los días de escalada; se ha corregido la ortografía y prescindido de lo tachado por sus propios autores, así como de una frase de Rabadá que, en mitad de la travesía, dirige aparentemente al principio de su relato. El relato de Navarro es íntegro, mientras que en el caso del diario de Rabadá arrancamos en el momento en que Ernesto ve la pared.

Recuperado un legado

Le llamaban, además de Edil (de Edilberto, galán de la época), Filmoberto. Alberto Rabadá tenía obsesión por filmar, fotografiar, y divulgar sus escaladas. Párate aquí, repite allá recuerda Gregorio Villarig que les obligaba, tanto a él como a Navarro. A la tercera, o si el paso no era de los que se dejan, le mandaban a tomar vientos. En Miguel Vidal, apodado el tercero de cordada, tenía al realizador y apoyo que necesitaba. El tomavistas que llevan en la cara oeste del Picu se lo había prestado él. Esa película, junto con otras dos, fue recuperada por Jesús Bosque e incluida en el DVD del libro La cordada imposible.

La mayor parte de las imágenes que aquí se incluyen proceden del archivo de Félix Méndez, quien se hizo cargo de ellas cuando fallecieron. Fue él —presidente de la FEM— quien viajó hasta el Eiger para traer a España los cuerpos recuperados de la pared por tres alpinistas suizos. A pesar de conservar las diapositivas Kodak Ektachrome en condiciones razonables y en un ambiente seco como es el de Madrid, hubo que restaurarlas.

Imagen que fue portada en el nº 214 de la revista Desnivel, Especial 100 años del Naranjo, publicada en agosto de 2004.