12

Pitt yacía en la cama, incapaz de conciliar el sueño por la sensación de sorpresa que el día le había dejado. Dominic había ido a verle esa tarde para contarle que Mallory no era culpable, que en modo alguno podía serlo. Pitt conocía ya los hechos y su significado; Tellman los había investigado por orden suya unos días atrás. Su asombro se debía, pues, a que Dominic hubiera encontrado por su cuenta las pruebas y, voluntariamente, hubiera acudido a informarle, aun conociendo las consecuencias que eso tendría en su propia posición. Y sin embargo lo había hecho, con mirada sincera y sin subterfugios. Le había representado un notable esfuerzo, eso se veía claramente en su rostro. Parecía temer que Pitt lo detuviera allí mismo, en aquel instante. Aunque tembloroso, había mantenido la cabeza en alto. Había escrutado la mirada de Pitt esperando ver desprecio… y no lo había encontrado. Curiosamente, su gesto había suscitado en Pitt sólo respeto. Por primera vez desde que se conocían, Pitt había sentido de pronto una profunda y genuina admiración por él.

Dominic lo había notado, y un ligero rubor de satisfacción había teñido sus mejillas; rubor que la conciencia de su presente situación había borrado de inmediato.

Pitt lo había escuchado sin revelarle que ya lo sabía. Luego le había dado las gracias y lo había dejado marchar, diciéndole sólo que seguiría investigando el asunto.

En ese momento, a punto ya de dormirse, Pitt continuaba tan confuso como al principio. El caso no estaba resuelto. Mallory no podía haberla matado. Pitt no creía que el culpable fuera Dominic, Pese a que tenía sobrados motivos y había dispuesto de la oportunidad. En cuanto a la culpabilidad de Ramsay, existían demasiadas contradicciones para aceptarla sin más. Pero ¿realmente podía haber sido Clarice? Era la única solución, y sin embargo tampoco parecía la correcta. Cuando Pitt se la sugirió a Charlotte, ella la desechó en el acto, calificándola de ridícula. La opinión de Charlotte no era por supuesto un argumento para descartar esa posibilidad, pero sí para considerarla improbable.

Pitt entró en un desapacible duermevela, interrumpido con frecuencia, hasta que poco antes de las cinco de la madrugada despertó por completo y volvió a concentrarse en las cartas de amor entre Ramsay y Unity Bellwood. No les encontraba explicación. No concordaban en absoluto con la imagen que él se había formado de uno y otra.

Permaneció en la cama a oscuras durante media hora, buscando algo que les diera sentido, intentando imaginar las circunstancias en que habían sido escritas. ¿Cuáles podían ser los sentimientos de Ramsay para arriesgarse a llevar al papel tales palabras? Debía de sentir una intensa pasión para incurrir en tal temeridad. ¿Y por qué le escribía si ella vivía en la misma casa y él sabía que a lo sumo tardaría unas horas en volver a verla? Era la conducta de un hombre que había perdido totalmente el sentido de la proporción, un hombre al borde de la locura.

Los razonamientos de Pitt desembocaban una y otra vez en ese mismo punto: la locura.

¿No estaba Ramsay en su sano juicio? ¿Era la solución así de simple y trágica?

Se levantó de la cama, estremeciéndose al tocar con los pies descalzos el frío suelo. Tenía que examinar de nuevo esas cartas. Quizá le proporcionaran alguna explicación si las estudiaba a fondo.

Cogió su ropa para ir a vestirse a la cocina y no despertar a Charlotte. Era demasiado temprano para molestarla. Cruzó la alcoba de puntillas y abrió la puerta. Los goznes produjeron un leve chirrido, pero Pitt, tras salir, consiguió cerrarla casi en silencio.

Abajo hacía frío. El templado ambiente de la noche anterior se había disipado, y sólo junto al fogón de la cocina se notaba aún algo de calor. Afortunadamente Gracie había dejado lleno el cubo del carbón para ahorrarse ese trabajo por la mañana. Primero encendió la lámpara y se vistió. Luego retiró la ceniza que cubría las brasas del fogón y no tardó en avivar el fuego. Añadió trozos de carbón con cuidado. Si uno se precipitaba al echarlo, sólo conseguía apagarlo por completo. Sin duda era un arte.

Cuando empezaba a arder, llenó de agua el hervidor y sacó del armario la tetera y la caja del té. Cogió la taza de desayuno más grande, colgada de un gancho sobre el aparador, y el platillo correspondiente. El fuego ardía ya bien. Agregó otros dos trozos de carbón y cerró la tapa. Momentos después el fogón comenzó a caldear el ambiente. Pitt colocó encima el hervidor y fue a buscar las cartas y la libreta de Ramsay al salón.

De vuelta en la cocina, se sentó a la mesa y empezó a leer.

Cuando había terminado de leerlas e iniciaba ya una segunda lectura, el zumbido del hervidor penetró en sus pensamientos. Dejó las cartas y echó las hojas de té y el agua hirviendo en la tetera. Había olvidado la leche, así que se acercó a la alacena, sacó una jarra y retiró el pequeño círculo de muselina orlado de cuentas que la cubría. Se sirvió una taza y tomó un sorbo con cuidado. Estaba demasiado caliente.

Las cartas seguían sin encajar en el esquema general de la situación. Se sentó con las hojas extendidas ante él y se concentró en la lectura, tomando algún que otro sorbo de té y soplando de vez en cuando para enfriarlo. No estaba llegando a ninguna conclusión, y era consciente de ello.

No sabía cuánto tiempo llevaba allí sentado, pero tenía la taza casi vacía cuando oyó entrar a Charlotte. Alzó la vista. Ella iba aún en camisón, y se había puesto encima una gruesa bata. Pitt se la había comprado cuando los niños eran muy pequeños y ella debía levantarse varias veces todas las noches, pero conservaba aún un aspecto sedoso y le sentaba muy bien. Sólo tenía un par de remiendos y una zona un poco descolorida en un hombro, donde Jemima le había vomitado una vez, pero se veía sólo bajo una luz intensa.

—¿Ésas son las cartas de amor? —preguntó Charlotte.

—Sí. ¿Te apetece una taza de té? Aún está caliente.

—Sí, por favor —aceptó Charlotte, y se sentó mientras él se levantaba por otra taza y se la llenaba. Empezó a leer la carta más cercana, frunciendo el entrecejo.

Pitt dejó el té junto a Charlotte, pero ella, absorta en la lectura, no se dio cuenta. Cogió una segunda carta, y una tercera, y una cuarta, y una quinta. Pitt observó su rostro y vio aparecer una expresión de incredulidad y asombro a medida que ella leía cada vez más deprisa.

—Se te enfría el té —avisó Pitt.

—Mmm… —respondió ella, ensimismada.

—Extraordinarias, ¿no?

—Mmm…

—¿Qué debió de empujar a Ramsay a escribir cosas así? —dijo Pitt.

—¿Cómo? —Charlotte alzó la vista por primera vez. Cogió distraídamente la taza y se la llevó a los labios. Hizo una mueca de asco—. ¡Está frío!

—Ya te lo he advertido.

—¿Qué?

—Te he dicho que estaba enfriándose —recordó Pitt.

—¿Ah, sí?

Pacientemente, Pitt se levantó, cogió la taza de Charlotte y vertió el té tibio en el fregadero. A continuación volvió a llenar la tetera de agua caliente, la dejó reposar un momento y le sirvió otra taza.

—Gracias —susurró ella, y la aceptó con una sonrisa.

—Servicio completo —masculló Pitt, sentándose de nuevo y rellenándose también la taza.

—Thomas… —dijo Charlotte, pensativa. Ni siquiera había oído el comentario de Pitt. Estaba emparejando las cartas sobre la mesa.

—¿Carta y respuesta? —preguntó Pitt—. Parecen ir de dos en dos, ¿no?

—No… —contestó ella con creciente intensidad en la voz—. No, no son cartas y sus correspondientes respuestas. Fíjate. Obsérvalas atentamente. Mira cómo empieza ésta. —Empezó a leer en voz alta—: «A ti que tan querida eres para mí, ¿cómo puedo expresarte la sensación de soledad que me invade cuando nos separamos? La distancia entre nosotros es inconmensurable, y sin embargo los pensamientos la salvan y puedo llegar a ti en mi mente…».

—Ya sé lo que pone —la interrumpió Pitt—. Una sarta de tonterías. La distancia entre ellos era nula, habitaciones distintas en la misma casa cuando más.

Charlotte movió la cabeza en un impaciente gesto de negación.

—Y ahora escucha esto: «Adorado mío, mis ansias de ti no pueden expresarse con palabras. Cuando estamos separados, me ahogo en un vacío de soledad, envuelta por la noche más cerrada. Y sin embargo me basta con pensar en ti, y ni el cielo ni el infierno podrían interponerse en mi camino. El vacío desaparece y tú estás conmigo». —Se detuvo y miró fijamente a Pitt—. ¿No te das cuenta?

—No —admitió él—. Sigue siendo absurdo, pero expresado con más vehemencia. Todas las cartas de Unity son más intensas que las de Ramsay, y más explícitas. Ya te lo había dicho.

—¡No! —replicó Charlotte con tono perentorio, inclinándose sobre la mesa—. Me refiero a que es casi el mismo pensamiento, sólo que expuesto con un tono más apasionado. Todas están emparejadas, Thomas. Cada par expresa lo mismo, idea por idea, incluso en idéntico orden.

Pitt dejó la taza.

—¿Qué quieres decir?

—No creo que sean cartas de amor… o para ser más exactos, no en el sentido de que ellos se las escribieran el uno al otro —explicó Charlotte con total seriedad—. Los dos estudiaban la literatura clásica: él sólo textos teológicos, pero ella de todo tipo. Creo que estamos ante traducciones distintas de los mismos originales.

—¿Cómo?

—Las que muestran un tono más seco son de él, escritas de su puño y letra. —Charlotte las señaló—. Las más explícitas, más apasionadas, son de ella. Unity percibió connotaciones sexuales, o las añadió de su propia cosecha; él era mucho más metafórico o espiritual. Te apuesto lo que quieras a que si buscamos en la casa, probablemente en el gabinete, encontraremos el original latino, griego, hebreo, o lo que sea, de estas cartas. —Volvió a señalarlas en conjunto con un amplio gesto del brazo, rozando su taza con la manga de la bata—. Probablemente la escribió alguno de los primeros santos que se descarnó o fue tentado por alguna mujer depravada, presentada ya para siempre como una pecadora por su habilidad para apartar momentáneamente al santo en cuestión del camino de la santidad. Pero quienquiera que fuese, encontraremos los originales en que se basa cada par de cartas. —Las deslizó sobre la mesa hacia Pitt con un resplandor de certidumbre en el rostro.

Pitt las cogió lentamente y las colocó por pares, comparando los párrafos tal como ella había indicado. Charlotte tenía razón. De principio a fin se trataba en esencia de las mismas ideas expresadas de manera distinta, o tamizadas por dos personalidades que diferían en todas sus percepciones, sus emociones, su sentido del lenguaje, y en suma en su visión del mundo exterior y anímico.

—Sí… —admitió Pitt, también él cada vez más convencido—. ¡Sí…, es verdad! Ramsay y Unity no estaban enamorados. Estos textos son sólo un elemento más de sus discrepancias. Él los consideraba declaraciones de amor divino; ella los interpretaba como manifestaciones de un apasionado amor entre un hombre y una mujer. Guardaba Ramsay todas las cartas porque formaban parte del trabajo que estaba desarrollando.

Charlotte le sonrió.

—Exacto. Ahora todo tiene mucho más sentido. La idea de que Ramsay fuera el padre del niño puede descartarse por completo. —Surcó el aire con la mano y estuvo a punto de tirar al suelo la jarra de leche.

Pitt la colocó en lugar más seguro.

—Y eso nos lleva a pensar en Mallory —prosiguió Charlotte con expresión ceñuda—. Y él asegura que no salió del invernadero, ni vio a Unity. Y sabemos que Unity entró allí por la mancha en la suela de su zapatilla.

—Y no salió del invernadero durante ese tiempo —añadió Pitt—, porque no tenía manchados los zapatos.

—¿Lo has comprobado?

—Claro que sí. Tellman se ocupó de eso.

—Así pues, Unity entró… y Mallory no salió…, así que mintió. ¿Por qué? Si podía demostrar que no abandonó el invernadero en ningún momento, ¿qué importancia podía tener si ella había entrado y hablado con él o no?

—Ninguna —convino Pitt. Apuró el té. Empezaba a tener hambre. Levantándose, dijo—: Pondré a tostar unas rebanadas de pan.

—Las quemarás —advirtió ella, poniéndose también en pie—. ¿Y si preparo ya el desayuno? ¿Te apetecen unos huevos?

—Sí, por favor —respondió Pitt, sonriente, y se apresuró a sentarse.

Lanzándole una mirada, Charlotte dejó claro que había advertido su maniobra; obviamente Pitt se había ofrecido a preparar las tostadas para que fuera ella quien terminase haciéndolo. Aun así, a Charlotte no le importó cocinar, pero antes ordenó a Pitt que avivara otra vez el fuego.

Una media hora después, cuando se deleitaban ya con el beicon, los huevos, las tostadas, la mermelada y el té recién hecho, Charlotte volvió a abordar el tema.

—Hasta el momento nada tiene demasiado sentido —dijo con la boca llena—. Pero si encontráramos los originales de esas cartas, como mínimo estaríamos seguros de que Ramsay y Unity no mantuvieron una aventura. Dejando de lado el hecho de que así nos acercaríamos a la verdad, ¿no crees honradamente que deberíamos hacerlo? Su familia está destrozada. La señora Parmenter se siente sin duda engañada. Yo no soportaría la sola idea de que pudieras escribir cartas como ésas a otra mujer.

Pitt se tragó casi sin masticar el trozo de beicon que tenía en la boca.

Charlotte se echó a reír.

—De acuerdo, no son muy de tu estilo —concedió Charlotte.

—No mucho… —Pitt tomó aire con dificultad.

—Pero deberíamos ir a comprobarlo —instó Charlotte mientras cogía la tetera.

—Sí, mañana mismo enviaré a Tellman.

—¡Tellman! No distinguiría una carta de amor religioso aunque la tuviera ante los ojos.

—No, no es muy probable —admitió Pitt con tono sarcástico.

—Creo que debemos ir nosotros. Hoy es buen día.

—¡Hoy es domingo! —protestó Pitt.

—Ya lo sé. Probablemente no habrá nadie en la casa.

—¡Estarán todos en casa!

—No, no estarán. Son una familia creyente. Habrán ido al oficio dominical. Seguramente se celebrarán las honras fúnebres por Ramsay. Por fuerza tienen que asistir.

Pitt vaciló. Quería pasar el día tranquilamente con su esposa e hijos. Por otra parte, si encontraban las cartas, quedaría demostrado que Ramsay era inocente al menos de eso. Aunque en realidad no serviría de gran ayuda.

Pero cuanto más pensaba en ello, mayor era su deseo de averiguar la verdad inmediatamente. Podía dejarlo para el día siguiente cuando toda la familia estuviera en casa. Pero con eso sólo conseguiría aumentar su malestar. Y él mismo no disfrutaría del domingo, porque no podría apartar a Ramsay Parmenter de su mente hasta salir de dudas.

—Sí…, supongo —accedió, terminándose el beicon y cogiendo una tostada y la mermelada—. Lo mismo da hacerlo ahora que esperar a mañana.

Charlotte no contempló siquiera la posibilidad de quedarse en Keppel Street mientras Pitt iba a Brunswick Gardens. Sin su ayuda, él no podía llevar a cabo satisfactoriamente la búsqueda de los originales, así que la cuestión ni tan sólo se planteó.

A las once menos cuarto se hallaban ante la puerta de la casa, una hora ideal, ya que estarían todos en la iglesia o de camino. Emsley los dejó pasar, revelando sólo una leve sorpresa al ver a Charlotte.

—Buenos días, Emsley —saludó Pitt con una fugaz sonrisa—. Esta mañana, durante el desayuno, he caído en la cuenta de que ciertas cartas que parecían delatar una conducta indigna por parte del señor Parmenter podrían tener una explicación muy distinta, y de hecho inocente.

—¿De verdad, señor? —El semblante de Emsley se iluminó.

—Sí. Ha sido mi esposa quien ha sugerido la idea. Se trata de algo con lo que ella está familiarizada, y por eso me ha acompañado, para identificar con mayor seguridad los textos originales en que se basan esas cartas. Si puedo entrar en el gabinete del señor Parmenter, buscaré dichos originales entre sus papeles. De ese modo tendré la prueba que necesito.

—¡Sí, sí, señor, no faltaría más! —respondió Emsley, expectante—. Lamentablemente toda la familia está en la iglesia, señor Pitt. Hoy se celebra un oficio de difuntos por el alma del señor Parmenter, e imagino que se prolongará bastante. Lo siento, señor. ¿Desea tomar algo el señor? —Se volvió hacia Charlotte—. ¿Señora?

Charlotte le dirigió una encantadora sonrisa.

—No, gracias. Pero creo que deberíamos ponernos manos a la obra de inmediato. Si terminamos antes de que vuelva la familia, sería la noticia más alentadora que podríamos darles.

—Sin duda, señora. Ojalá que así sea. —Aun mientras hablaba, Emsley retrocedió hacia la escalera, impaciente por retirarse para que ellos acometieran su tarea, y se excusó con una ligera inclinación de cabeza.

Pitt empezó a subir y Charlotte lo siguió, echando un vistazo al extraordinario vestíbulo con su mosaico en el suelo, vistosos azulejos en una pared, y las columnas corintias que sostenían el rellano. En comparación, la enorme palmera alineada verticalmente con el pilar de llegada de la barandilla casi parecía normal y corriente. Se hallaba justo debajo del lugar donde debía de estar Unity cuando la empujaron. Charlotte, indecisa, se detuvo allí mientras Pitt cruzaba el rellano con determinación camino del gabinete. Iría a reunirse con él en un momento.

Se volvió y contempló el vestíbulo. Era precioso, pero le costaba imaginarlo como parte de un hogar. ¡Qué devoradora pasión debía de haberse desencadenado en aquella casa para provocar tan violenta erupción y dos muertes! ¡Qué amor… y qué odio!

Entre Pitt y Dominic, le habían ofrecido un retrato bastante completo de Unity, y estaba casi segura de que aquella mujer no le habría inspirado mucha simpatía. Pero Charlotte admiraba ciertos aspectos de la personalidad de Unity, y comprendía en parte su frustración, y la hostilidad que había generado en ella la arrogancia y condescendencia de los hombres. La injusticia era intolerable.

Pero Unity había decidido abortar el hijo concebido en la relación con Dominic. Eso Charlotte era incapaz de entenderlo, habida cuenta de que Dominic estaba dispuesto a casarse con ella. No lo había hecho por miedo, desesperación, o la sensación de haber sido traicionada.

¿Y el niño que llevaba en su vientre al morir? ¿También se proponía abortarlo? Estaba embarazada de tres meses. Sin duda conocía ya su estado. Charlotte recordó sus propios embarazos, primero el de Jemima, luego el de Daniel. Había vomitado sólo unas cuantas veces, pero el mareo y las náuseas eran demasiado acusados para pasar inadvertidos o dejar lugar a dudas. Al principio, apenas había aumentado de peso, pero hacia el tercer mes notaba ya claramente un mayor volumen en torno a la cintura, así como otras alteraciones de carácter más íntimo.

Pitt salió del gabinete, buscándola.

Charlotte subió el último peldaño y cruzó el rellano.

—Perdona —se disculpó, entrando detrás de él y cerrando la puerta.

Pitt la observó.

—¿Te encuentras bien?

—Sí. Sí, sólo pensaba… en Unity, en cómo debía de sentirse.

Pitt la tocó con ternura, cogiéndola del brazo por un momento, mirándola a los ojos, y luego volvió junto a la estantería, donde ya había empezado a buscar los originales de las cartas.

Charlotte comenzó por los estantes inferiores, hojeando un libro tras otro y dejándolos a un lado a medida que los descartaba.

—Voy a mirar en la biblioteca —dijo al cabo de quince minutos—. Si Unity trabajaba allí, podría ser que se hubiera bajado los textos.

—Buena idea —convino Pitt—. Yo terminaré de revisar éstos y los que están detrás del escritorio.

Pero cuando Charlotte salió del gabinete, se le ocurrió otra idea y, echando un vistazo alrededor para cerciorarse de que no había nadie cerca, siguió sigilosamente por el pasillo hacia las habitaciones. Probó en la primera, y supuso que era la de Tryphena por el libro de Mary Wollstonecraft que había en la mesilla de noche. En la decoración predominaban los tonos rosados, en armonía con la tez y el pelo claros de Tryphena.

La siguiente habitación era más amplia y muy femenina, pese a ser los colores más atrevidos y presentar un aire exótico y muy moderno, afín al del vestíbulo. Aquél era el gusto de Vita: detalles árabes y turcos, e incluso una caja china lacada junto a la ventana.

Charlotte entró y cerró la puerta, el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. Si la sorprendían allí, no había excusa posible. Rogó a Dios que todas las criadas hubieran asistido al oficio de difuntos.

Caminando de puntillas, se acercó al tocador y echó una ojeada a los frascos de lavanda y agua de rosas, a los cepillos y peines. A continuación abrió el primer cajón. Contenía varios pastilleros, algunos dorados y esmaltados, uno de esteatita labrada, otro de marfil. Abrió uno de ellos. Media docena de píldoras. Podía ser cualquier cosa. Destapó otro. Un par de gemelos de oro con unas iniciales grabadas: «D. C.», ¡Dominic Corde!

Volvió a enroscar el tapón con manos trémulas. Siguió buscando. Encontró un pañuelo con una «D» bordada en una esquina. Había también un gemelo nacarado de cuello de camisa, un pequeño cortaplumas, un guante, unas anotaciones para un sermón escritas al dorso de una carta de restaurante. Era la letra de Dominic. Charlotte la había visto muchas veces en Cater Street. No había cambiado.

Cerró el cajón, y ahora las manos le temblaban de tal modo que tuvo que sentarse y respirar hondo durante unos minutos para serenarse y poder cruzar la habitación hasta la puerta. Los recuerdos se agolparon en su mente, y notó que le ardían las mejillas. Diez años atrás ella estaba obsesionada con Dominic, tan enamorada de él que podía repetir palabra por palabra todo lo que le decía incluso varios días después. Cuando coincidían en un mismo lugar, ella se quedaba casi muda de emoción. Conocía todos sus gestos, sus miradas, sus expresiones. Pasaba por donde él había pasado, tocaba las cosas que él había tocado como si pensara que de algún modo él continuaba presente en ellas. Coleccionaba pequeños objetos que él había perdido o tirado: un pañuelo, una moneda, una pluma vieja.

Charlotte no necesitó deducción alguna para saber con toda certeza qué había hecho Vita, y por qué.

Abrió lentamente la puerta y echó un vistazo. No había nadie. Salió con cautela, cerró la puerta y volvió al rellano. Aparte de Tryphena, Vita era la única que no podía haber empujado a Unity. ¿Tenía Dominic la menor idea de lo que Vita sentía por él?

Cualquiera habría pensado que por fuerza debía de haberse dado cuenta. Pero Charlotte sabía que, diez años atrás, él no sospechaba ni remotamente los sentimientos que ella albergaba. Aún recordaba con toda claridad el horror e incredulidad de Dominic cuando se enteró.

Una vez era posible… pero ¿podía repetirse dos veces ese mismo grado de ignorancia? ¿Acaso lo sabía y se sentía…? ¿Qué? ¿Adulado, asustado, avergonzado? ¿O fue Unity quien lo notó y amenazó con revelarlo, con contárselo a Ramsay?

Se detuvo nuevamente en lo alto de la escalera y miró hacia abajo. La casa estaba en silencio. Emsley no debía de haberse ido muy lejos por si Pitt lo llamaba; probablemente esperaba en el lugar donde sonaban las campanillas, que solía ser en el tinelo y la despensa. Quizá había también alguna criada en la cocina, preparando un almuerzo frío. Al parecer, no había nadie más, excepto Pitt en el gabinete.

Unity había discutido con Ramsay, como tantas otras veces antes. Ella había salido furiosa del gabinete, recorrido el pasillo y cruzado el rellano para bajar. Había llegado hasta lo alto de la escalera, donde Charlotte se hallaba en ese momento. Quizá se había detenido un instante para decirle algo más a Ramsay, levantando la voz para que él la oyera desde el gabinete, y luego se había vuelto dispuesta a continuar escalera abajo. Posiblemente se había sujetado al pasamano. ¿Y si había tropezado?

Pero allí no había nada con lo que tropezar o resbalar.

¿Y si se le había roto un tacón?

Pero no era así. Sus zapatillas se encontraban en perfecto estado, salvo por la mancha de una sustancia química que había pisado en el invernadero.

¿Podía haberse mareado? Estaba embarazada de tres meses. ¿Podía haber sufrido un mareo lo bastante intenso para caer por la escalera?

No era probable.

Charlotte se inclinó sobre la barandilla y miró hacia abajo. La palmera se alzaba justo debajo de ella. Como elemento decorativo, le resultaba poco acertada. No le gustaban las palmeras dentro de las casas. Siempre ofrecían un aspecto un tanto polvoriento, y en aquélla en particular sobresalían numerosas puntas donde se habían podado las frondas viejas. Probablemente estaba infestada de arañas y moscas muertas. ¡Repugnante! Pero ¿cómo podía limpiarse una cosa así?

De pronto vio algo atrapado en ella. Algo de color claro y unos cinco centímetros de longitud. Sabía Dios qué podía ser.

Charlotte bajó unos cuantos peldaños, otra vez de puntillas sin saber por qué. Escudriñó la palmera desde una posición más próxima. El objeto estaba encajado entre el tronco y una de las puntas podadas. Era de forma casi cúbica.

Se desplazó un poco para verlo desde otro ángulo. La parte superior parecía de madera sin pulir. El costado en cambio, como pudo comprobar cuando se agachó para mirar entre los balaustres, reflejaba la luz como el satén. ¿Qué podía ser?

Descendió hasta el pie de la escalera, se metió en el estrecho hueco que quedaba tras la enorme tina negra y, apretando los dientes al recordar la posible presencia de arañas, introdujo la mano entre las frondas. Tuvo que buscar a tientas por un momento para localizar el objeto con las yemas de los dedos y sacarlo. Era un tacón de un zapato de mujer.

¿Cuánto tiempo llevaría allí?

¿Desde que se le rompió a Unity al caer? Quizá estaba un poco mareada, se volvió bruscamente, se le rompió el tacón y, viendo que perdía el equilibrio o incluso precipitándose ya escalera abajo, pidió auxilio instintivamente, aterrorizada.

Pero cuando la encontraron, no tenía rota ninguna zapatilla.

Y de pronto dio con una respuesta que lo aclaraba todo. Con el tacón en la mano, corrió escaleras arriba y entró en el gabinete.

—¡Ya lo tengo! —exclamó Pitt antes de que ella pudiera hablar. Con expresión triunfal, sostenía en alto un delgado libro—. Aquí están.

Charlotte abrió la mano y le enseñó el tacón.

—Lo he encontrado en la palmera del vestíbulo —dijo, mirándolo a la cara—. Y eso no es todo. He… he entrado en la habitación de Vita. Ya sé que no debería haberlo hecho, Thomas, no es necesario que me lo digas. Thomas… Thomas, tiene escondidas en el tocador varias cosas de Dominic, objetos personales. —Notó que le ardían las mejillas. Hubiera preferido no decirle aquello, pero no le quedaba alternativa—. Thomas…, está enamorada de él. Obsesivamente enamorada.

—¿Está…? —dijo Pitt lentamente—. ¿Está enamorada?

Charlotte asintió con la cabeza y le tendió el tacón.

Pitt lo cogió y lo examinó detenidamente.

—¿En la palmera del vestíbulo? —preguntó.

—Sí.

—¿Justo debajo del pilar de llegada de la barandilla?

—Sí.

—¿Quieres decir que Unity cayó por la escalera porque se le rompió un tacón?

—Es muy posible. En esa etapa del embarazo podría haberse mareado.

Pitt la miró fijamente.

—Sugieres, pues, que cuando Vita la encontró allí tendida, ocultó ese hecho cambiando sus zapatillas por los zapatos de ella. Fue Vita quien entró en el invernadero y pisó la sustancia química. Mallory dijo la verdad. Unity murió accidentalmente, y Vita hizo que pareciera un asesinato para que se acusara a Ramsay.

—Y Unity le dio en parte la idea al llamar a Ramsay… pidiendo auxilio —añadió Charlotte.

—Quizá. Pero me inclino a pensar que fue la propia Vita quien gritó al ver a Unity al pie de la escalera —corrigió Pitt.

—¡Oh! —exclamó Charlotte, horrorizada ante tal premeditación, tan intencionada crueldad. ¡Qué sangre fría se necesitaba para actuar con tal oportunismo, para aprovechar las circunstancias sin necesidad de pararse a pensar! Si Vita hubiera vacilado mínimamente, habría perdido la ocasión. Miró a Pitt sintiendo que un gélido abismo se abría ante ella, atemorizada por tan profundo egoísmo.

Pitt debió de notarlo también; en su mirada se reflejó el horror de ella.

—¿Realmente crees que Vita hizo una cosa así? —susurró Charlotte—. Quería que se acusara a Ramsay. Pero ¿cómo se explican las agresiones de él contra ella? ¿Crees que Ramsay conocía las intenciones de su esposa? En ese caso, ¿por qué no dijo nada? ¿Porque no podía demostrarlo y pensaba que nadie le creería? Pobre Ramsay…, perdió el juicio y arremetió contra ella. Pero nunca sabremos qué le dijo ella, cómo lo provocó… —Su voz se desvaneció.

—Quizá… —dijo Pitt lentamente con expresión pensativa—. O quizá sí. Reconstruyamos la escena.

—¿Qué escena? ¿La muerte de Ramsay?

—Sí. Tú haz el papel de Vita, y yo haré el de Ramsay. Hasta el momento no había dudado de la versión de Vita porque no tenía motivos para ello. Me sentaré tras el escritorio. —Pitt se puso en movimiento mientras hablaba y señaló hacia la puerta—. Tú entras por ahí.

—¿Y el cortaplumas? —preguntó Charlotte.

—Está en la comisaría. —Echó un vistazo al escritorio y cogió una pluma—. Usa esto. De momento improvisa. Luego preguntaremos a la criada que hace la limpieza si recuerda dónde solía estar exactamente.

Charlotte, obediente, retrocedió hasta la puerta, quedándose junto a ella como si acabara de entrar. Debía pensar en algo que decir. ¿Qué habría dicho Vita al entrar? Cualquier cosa servía. Había sido una conversación normal hasta que vio las cartas.

—Creo que deberías desayunar con nosotros mañana —empezó.

Pitt la miró sorprendido, pero enseguida comprendió.

—Ah. No, creo que no será posible. Estaré ocupado. El libro está dándome mucho trabajo.

—¿Qué haces ahora? —Charlotte se acercó al escritorio.

—Traducir unas cartas —contestó Pitt, observándola—. Naturalmente, la conversación pudo prolongarse mucho más.

—Lo sé. —Charlotte cogió una hoja y la leyó. Era sólo una nota acerca de una reunión con el consejo parroquial. Fingió asombro e indignación—. ¿Qué es esto, Ramsay?

Pitt frunció el entrecejo.

—Es la traducción de una carta escrita por uno de los primeros santos —contestó—. En eso estamos trabajando ahora. ¿Qué creías que era?

Charlotte buscó una respuesta que hiciera subir de tono la discusión.

—Es una carta de amor. Los santos no escribían cartas como ésta.

—Es metafórica —repuso Pitt—. Por Dios, no ha de interpretarse desde un punto de vista romántico.

—¿Y esto? —Charlotte cogió otra hoja y la agitó con furia. Era una notificación del obispo referente a un cambio de hora en el oficio de vísperas—. ¿Otra carta espiritual, supongo? —añadió un marcado tono de sarcasmo.

—Es la traducción que ha hecho Unity de la misma carta —explicó Pitt con actitud razonable—. Discrepo profundamente de ella. Como puede verse por mi traducción, Unity ha malinterpretado el sentido.

—Esto no funciona —dijo Charlotte, encogiéndose de hombros—. No puedo discutir por una cosa así. Ni yo ni nadie. Sería ridículo. El motivo debió de ser otro.

Pitt se puso en pie.

—Bueno, supongamos que hubo otro motivo, quizá demasiado personal para contárnoslo, y ella eligió las cartas como alternativa.

—Me cuesta creerlo —respondió Charlotte.

—A mí también, pero en cualquier caso, reconstruyamos la pelea. Mejor será que te coloques cerca del escritorio para poder coger el cortaplumas.

—Tampoco creo que funcione —objetó ella—. Tú eres más alto que Ramsay.

—Unos ocho centímetros, diría —convino Pitt—. Y tú eres unos ocho centímetros más alta que Vita. Las proporciones son prácticamente las mismas. —Extendió los brazos y le rodeó el cuello con las manos, delicadamente pero obligándola a retroceder hasta quedar reclinada contra el escritorio.

Charlotte trató de empujarlo, pero fue inútil dadas las diferencias de estatura, peso y fuerza. Y Pitt ni siquiera le oprimía el cuello.

—Coge el cortaplumas —indicó él.

Charlotte echó atrás la mano y buscó a tientas sobre el escritorio. No consiguió encontrar la pluma, pero eso era simple cuestión de azar.

Pitt la cogió por ella y se la entregó.

—Gracias —dijo Charlotte irónicamente.

Pitt la empujó aún un poco más contra el escritorio.

Charlotte alzó la pluma y la mantuvo en alto por un momento a modo de advertencia para que él tuviera tiempo de moverse, como había hecho Ramsay según la versión de Vita, y luego golpeó con fuerza, pero sujetando la pluma casi por su extremo inferior para que fuera en realidad su mano lo que entrara en contacto con el cuerpo de Pitt. Le alcanzó en la mejilla, y él hizo una mueca de dolor, pero podría haber sido en la garganta. Charlotte lo intentó de nuevo, y esta vez el golpe fue a dar en el cuello, por debajo de la oreja.

Pitt retrocedió y se frotó con la mano la zona donde ella le había golpeado, quizá con más fuerza de la que pretendía.

—Es posible —dijo Pitt con tristeza—. Pero la discusión no. Eso no tiene sentido. ¿Crees que Ramsay realmente intentó matarla? ¿Qué razón habría para ello? No hay nada comprometedor en las cartas, una vez que se sabe lo que son, y teniendo los originales es bastante fácil darse cuenta. Incluso si dejamos éstos de lado, existen otros ejemplares. En cierto sentido es algo de dominio público. Cualquier especialista en literatura clásica los encontraría. Ramsay sabía que tenía asegurada la defensa.

—¿Pudo haber otro motivo? —preguntó Charlotte, mirándolo a los ojos.

—Quizá no —contestó Pitt—. Quizá ella entró con intención de matarlo. Tanto en esa agresión como en la anterior, no existe más prueba que la palabra de Vita. —Alargó el brazo hacia el cordón de la campanilla y tiró de él.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Charlotte, sorprendida.

—Averiguar dónde estaba el cortaplumas —contestó Pitt—. A juzgar por donde cayó Ramsay, el cortaplumas tenía que estar por aquí. —Señaló un extremo del escritorio—. Es decir, a la izquierda de Ramsay desde su posición de trabajo. Ramsay era diestro. Así que el lado izquierdo no es el sitio natural para dejarlo. Resulta incómodo. Si él se hallaba de pie frente a ella, como tuvo que ser para caer donde cayó, ella estaba inclinada hacia atrás tal como estabas tú. Era necesario que el cortaplumas estuviera a mano, porque obviamente no tuvo ocasión de volverse para buscarlo. Eso es imposible cuando alguien te tiene agarrado por el cuello e intenta matarte, o hace algo que te induce a pensar, erróneamente o no, que intenta matarte. Así que el cortaplumas sólo podía estar cerca del borde delantero de la mesa, el lado más alejado de Ramsay cuando estaba sentado en su butaca.

—¿Y en definitiva dónde estaba? —preguntó Charlotte.

—No lo sé, pero no estaba, creo, donde ella dijo.

Se abrió la puerta y Emsley asomó la cabeza con expresión interrogativa.

—¿Sí, señor?

—Emsley, usted debe de entrar aquí con frecuencia, ¿no?

—Sí, señor, varias veces al día… cuando aún vivía el señor Parmenter. —El dolor ensombreció su semblante.

—¿Dónde solía estar exactamente el cortaplumas? Indíquemelo si es tan amable.

—¿Cuál, señor?

—¿Cómo?

—¿Cuál, señor? —repitió Emsley—. Hay uno en el vestíbulo, otro en la biblioteca y un tercero aquí.

—El de aquí —precisó Pitt con un asomo de impaciencia.

—En el escritorio, señor.

—¿En qué parte del escritorio? —insistió Pitt.

—Ahí, señor. —Emsley señaló el ángulo derecho—. Era muy bonito, una réplica supuestamente de Excalibur, la espada del rey Arturo.

—A mí me dio la impresión de que se parecía más a un sable francés.

—¿Un sable francés, señor? Ah, no, perdone el señor que lo contradiga pero es sin duda una espada inglesa antigua, recta y con una empuñadura celta. La espada de un caballero. No tiene nada de francés. —Estaba indignado, y dos manchas rojas habían aparecido en sus pálidas mejillas.

—¿Algún otro cortaplumas representa también una espada?

—Sí, señor. El de la biblioteca se ajusta más a lo que usted ha descrito.

—¿Está seguro? ¿Totalmente seguro?

—Sí, señor. De joven, yo era muy aficionado a la lectura, señor. Leí varias veces La muerte de Arturo. —Inconscientemente, cuadró los hombros—. Sé distinguir un sable francés de la espada de un caballero.

—Pero ¿está seguro de que el sable estaba siempre en la biblioteca y la espada aquí? ¿No podrían haberse cambiado de sitio en algún momento?

—Podrían, señor, pero no se cambiaron de sitio. Recuerdo que vi la espada del rey Arturo en el escritorio aquel mismo día. De hecho, el señor Parmenter y yo mantuvimos una breve conversación sobre esa espada.

—¿Está seguro de que fue aquel mismo día? —insistió Pitt.

—Sí, señor. Fue el día en que murió el señor Parmenter. Eso nunca lo olvidaré. ¿Por qué lo pregunta? ¿Tiene alguna importancia?

—Sí, Emsley, la tiene. Gracias. La señora Pitt y yo nos marchamos ya. Le agradezco su ayuda.

—Gracias a usted, señor. Señora.

Ya en la calle, a la luz del sol, Charlotte se volvió hacia Pitt.

—Vita llevaba consigo el cortaplumas, ¿no? Tenía planeado matarlo. No hubo discusión. Eligió el momento en que los criados cenaban y la familia estaba en el invernadero o el salón principal. Incluso si hubiera habido gritos, nadie los habría oído.

Pitt se colocó a su lado, y juntos se encaminaron hacia la iglesia.

—Sí, eso parece. Creo que desde el instante en que vio a Unity tendida al pie de la escalera, incluso antes de saber con certeza que había muerto, planeó cargar a Ramsay con la culpa. Lo preparó todo para que diera la impresión de que él estaba perdiendo el control de sí mismo, hasta que al final enloqueció por completo y trató de matarla. De ese modo ella podía matarlo a él, en defensa propia, y aparecer luego como la viuda afligida e inocente. Pensaba que a su debido tiempo podría casarse con Dominic, y que todo saldría según sus deseos.

—¡Pero Dominic no la ama! —objetó Charlotte, apretando el paso para no rezagarse.

—Posiblemente ella cree lo contrario. —Lanzó una mirada fugaz a Charlotte—. Cuando alguien está enamorado, apasionada y obsesivamente, ve lo que quiere ver. —Se abstuvo de recordarle sus propios sentimientos en el pasado.

Charlotte mantuvo la vista al frente, ligeramente ruborizada.

—Eso no es amor —musitó—. Quizá Vita se engañaba con la idea de que actuaba pensando en el bienestar de Dominic, pero no era así. No le informó de sus planes, ni le dio la oportunidad de decir qué quería él y qué no quería. Lo hizo todo única y exclusivamente por sí misma. A eso se le llama obsesión.

—Lo sé.

Continuaron en silencio hasta las puertas de la iglesia.

—No puedo entrar con este sombrero —dijo Charlotte, alarmada—. No llevamos la indumentaria apropiada para la iglesia. No vamos de negro, y es un oficio de difuntos.

—Ahora ya es demasiado tarde para eso.

Pitt subió a zancadas la escalinata, y Charlotte corrió tras él.

Un ayudante de la parroquia les salió al paso, mirándolos con franca desaprobación al advertir el desaliñado aspecto de Pitt y el sombrero azul con plumas de Charlotte.

—Superintendente Pitt y señora —anunció Pitt con tono imperioso—. Estoy aquí por un asunto policial, y de la máxima urgencia, o de lo contrario no habría venido.

—Ah…, ah, entiendo —respondió el hombre, aunque era evidente que no entendía nada. No obstante, se apartó para dejarlos pasar.

La iglesia no estaba llena. Por lo visto, mucha gente había dudado sobre la conveniencia de asistir al oficio, y al final buena parte había decidido no ir. Lógicamente, habían corrido rumores y especulaciones en cuanto a lo ocurrido, y más aún en cuanto a las causas. Pitt advirtió, sin embargo, que varios de los feligreses que él había visitado estaban allí, destacando entre ellos la señorita Cadwaller, sentada en uno de los últimos bancos con la espalda muy erguida, vestida con abrigo y sombrero negros, el rostro cubierto por un velo. También se hallaba presente el señor Landells, la cara trémula como si apenas pudiera contener las lágrimas. Quizá recordaba otra muerte con demasiada claridad.

El obispo Underhill ocupaba el púlpito, ataviado con magníficas vestiduras ceremoniales, casi resplandeciente. Si alguna duda había albergado sobre cómo tratar las exequias de Ramsay —bien con todos los honores clericales, o bien como una deshonra que era preferible mantener en secreto—, obviamente se había decantado por la pompa y la grandilocuencia. No decía nada de carácter personal, nada sobre las cualidades individuales de Ramsay Parmenter, pero su sonora voz retumbaba sobre las cabezas de los tensos feligreses y el eco parecía llenar las bóvedas.

Isadora estaba sentada en primera fila, a simple vista circunspecta y serena. Llevaba un hermoso vestido y un sombrero negro de ala ancha y vuelta hacia arriba en un lado, adornado con plumas negras. Pero observándola más atentamente se advertía desasosiego en su semblante. Tenía los hombros tensos y parecía contenerse, como si un dolor anímico amenazara con estallar en cualquier momento. Mantenía la mirada fija en el rostro del obispo, sin pestañear siquiera, no como si le interesara lo que decía, sino como si no se atreviera a mirar a otra parte.

Al otro lado del pasillo central, la luz oblicua que penetraba por las altas vidrieras proyectaba un prisma de colores sobre la cabeza de Cornwallis. También él miraba al frente.

Charlotte buscó el cabello oscuro de Dominic, suponiendo que estaría en las primeras filas. De pronto recordó con un sobresalto que él pertenecía al clero, no a la feligresía. Seguramente desempeñaba algún cometido propio de su cargo. Al fin y al cabo, hasta que designaran al sustituto de Ramsay, aquélla era su iglesia.

Por fin lo vio. Llevaba las vestiduras ceremoniales, advirtió Charlotte, sorprendida. Mostraba tal naturalidad que parecían más su traje de diario que unas prendas que se ponía sólo los domingos. Charlotte tomó plena conciencia en ese momento del profundo cambio que se había operado en él. No era el Dominic que ella había conocido en otro tiempo; era otra persona, tan cambiada internamente que se había convertido casi en un desconocido. La invadió un sentimiento de admiración por él, así como una viva esperanza.

Clarice también lo miraba. Charlotte veía su rostro de perfil, y naturalmente llevaba velo, pero era muy tenue y lo traspasaba la luz, reflejándose en las lágrimas que resbalaban por sus mejillas. En el ángulo de su cabeza, se advertía una actitud desafiante, y un considerable valor.

Tryphena ofrecía un aspecto más hosco, su piel clara en marcado contraste con el negro del vestido y el velo de encaje. Parecía mirar hacia el obispo, que seguía hablando.

Pero era Vita quien sobresalía entre todos. Al igual que sus hijas, iba de negro, pero su vestido era de un corte exquisito, ajustándose a la perfección a su esbelta figura, y ella lo lucía con un estilo y una elegancia únicos. El ala ancha de su sombrero formaba un ángulo impecable. Sin ser ostentoso, transmitía singularidad, gracia y distinción. Su velo era tan diáfano que oscurecía el rostro sin llegar a ocultarlo. Como Clarice, contemplaba a Dominic, no al obispo.

El obispo concluyó por fin. Se había limitado a hilvanar lugares comunes y generalidades. Sólo había pronunciado el nombre de Ramsay una vez. Aparte de esa alusión inicial, podría haber estado hablando de cualquiera: la fragilidad del hombre, la fe en la resurrección a una vida en Dios. Por su rostro casi inexpresivo era imposible saber cuáles eran sus propios sentimientos, o ni siquiera si creía en algo de lo que decía.

Charlotte sintió una intensa antipatía hacia él. Su mensaje debería haber sido glorioso, y sin embargo había resultado extrañamente vacío. No proporcionaba el menor consuelo, y menos aún júbilo.

Cuando se sentó, Dominic se levantó para hablar. Subió al púlpito, erguido, la cabeza en alto, media sonrisa en los labios.

—No tengo mucho que añadir a lo que ya se ha dicho —empezó, hablando con voz vibrante y segura—. Ramsay Parmenter era mi amigo. Me tendió la mano del amor cuando más lo necesitaba. Era un amor verdadero, un amor exento de egoísmo e impaciencia, un amor que veía con comprensión el fracaso y no buscaba satisfacción en el castigo. Juzgó mis flaquezas con la única intención de ayudarme a superarlas, pero no me juzgó a mí, salvo para considerarme digno de salvación y de amor.

En la iglesia no se oía ni un murmullo, ni siquiera el roce de la tela de los vestidos.

Charlotte nunca se había sentido tan orgullosa de nadie en su vida, y notó en los ojos el escozor de las lágrimas contenidas.

Dominic bajó un poco la voz, pero seguía llegando con toda claridad incluso hasta el último banco.

—Ramsay merece de nosotros idéntico amor, y si vamos a rogarle ese amor a Dios para nosotros mismos, como al final todos haremos, ¿no podemos acaso, por el bien de nuestras almas, ofrecérselo también al prójimo? Amigos míos, quizá vosotros no hayáis recibido de Ramsay la misma bendición que yo, pero os pido que recéis conmigo por su descanso y su goce eterno en el cielo, donde conoceremos a Dios como Él nos ha conocido siempre y lo veremos todo con claridad —hizo una pausa y después inició la oración, a la que se unieron todos los fieles.

Después de entonarse los himnos finales y pronunciarse la bendición, los asistentes se pusieron en pie.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Charlotte a Pitt en un susurro—. ¿No puedes detenerla aquí?

—No es ésa mi intención —musitó él—. Esperaré y la seguiré hasta la casa. Pero no la perderé de vista, por si intenta hablar con alguien, persuadir a Emsley para que cambie su declaración sobre el cortaplumas, o incluso destruir los originales de las cartas… o deshacerse de los objetos de Dominic que guarda en su tocador. No puedo…

—Lo sé.

Vita se aproximaba a ellos por el pasillo central, magnífica en su atuendo de viuda, y sin embargo desfilando más como una novia, con la cabeza en alto y los hombros rectos. Caminaba con una gracia extraordinaria, sin buscar apoyo en el brazo de Mallory ni prestar la menor atención a sus hijas, que la seguían hacia la salida. Se detuvo en la puerta y empezó a aceptar las condolencias de los feligreses mientras abandonaban la iglesia.

Charlotte y Pitt estaban cerca y oían los breves diálogos. Fue una interpretación soberbia.

—La acompaño en el sentimiento, señora Parmenter —dijo una anciana, visiblemente incómoda, sin saber qué añadir—. Cuánto debe de estar sufriendo… no alcanzo ni a imaginarlo…

—Es usted muy amable —respondió Vita con una sonrisa—. Ha sido muy doloroso, naturalmente, pero todos atravesamos alguna vez momentos difíciles, cada cual a su modo, y debemos resignarnos. Afortunadamente, cuento con el amor y el apoyo de mi familia. Y ninguna mujer podría aspirar a mejores amigos. —Lanzó una mirada a Dominic, que también se acercaba—. A amigos más fuertes, devotos y leales que los que yo tengo.

La anciana pareció un tanto desconcertada, pero a la vez contenta de librarse de una situación que normalmente habría sido mucho más violenta.

—Me alegro mucho por usted —susurró, sin advertir la expresión de incredulidad de Tryphena—. Me alegro mucho, querida —añadió, y se apresuró a marcharse.

Ocupó su lugar el señor Landells. Había recobrado la calma y habló con corrección.

—Mi más sentido pésame, señora Parmenter. Sé lo que es perder a un compañero muy querido. Nada puede compensarlo, pero estoy seguro de que, con entereza y el consuelo que llega con el paso del tiempo, encontrará de nuevo la paz de espíritu.

Vita necesitó unos instantes para formular una respuesta a eso. Miró al obispo, que se dirigía hacia ella por el pasillo, y luego se volvió otra vez hacia Landells.

—Desde luego —dijo, levantando un poco la barbilla—. Todos debemos confiar en el futuro, por más penalidades que nos depare. Pero sin duda Dios proveerá no sólo a nuestras necesidades, sino también a aquello que mejor se ajuste a sus designios.

El señor Landells la miró con expresión de sorpresa.

—No puedo expresar con palabras mi admiración por usted, señora Parmenter. Es usted un ejemplo de fortaleza y fe para todos nosotros.

Vita le sonrió agradecida. Tryphena se hallaba ahora junto a ella, de espaldas a las grandes puertas, y Clarice estaba al otro lado. Mallory se movía incómodo a cierta distancia, sintiéndose culpable por haber asistido a un oficio protestante. No deseaba prolongar más de lo necesario ese acto de indisciplina. Si la ceremonia le hubiera sido totalmente ajena, le habría resultado más tolerable, pero por desgracia le era demasiado familiar, y cargada de recuerdos de indecisión, de una fe incompleta, unos rituales sin pasión, unas afirmaciones equívocas y carentes de certidumbre. Charlotte creyó advertir también en sus labios apretados cierto resentimiento, como si, pese a desear no estar allí, le indignara que Dominic hubiera oficiado, aunque sólo en parte, en un acto en que el protagonismo le habría correspondido a él. Aún tenía que madurar mucho para comprender la clase de amor a la que se había referido Dominic. Charlotte se preguntó qué heridas habría sufrido su fe en su juventud para que fuera todavía tan vulnerable. ¿Cuántas veces debía de haberse sentido abandonado?

Otra media docena de personas pasó ante Vita, balbuceando sus condolencias y marchándose apresuradamente. Se acercó otra anciana, que primero sonrió y saludó con un gesto a Dominic.

—Dudaba que alguien pudiera hoy apaciguar mi espíritu, señor Corde, pero lo ha hecho usted perfectamente. Recordaré sus palabras la próxima vez que sufra y me sienta confusa por las acciones de alguien. Me alegro mucho de que estuviera usted aquí para hablar en favor del pobre reverendo Parmenter.

—Gracias —respondió Dominic con una sonrisa—. Su aprobación significa mucho para mí, señora Gardiner. Me consta que el reverendo Parmenter la tenía en muy alta estima.

La anciana pareció complacida, y se volvió hacia Clarice y Tryphena. Mallory permaneció detrás de ellas, como si no deseara verse incluido.

El obispo no formaba parte del grupo. Aun así, inclinó la cabeza en un empalagoso gesto y dijo:

—Ha sido muy amable viniendo, señora…, esto…

—No he venido por amabilidad —repuso la anciana con aspereza—. He venido para presentar mis respetos por última vez a un hombre que admiré mucho por su bondad. La forma en que haya muerto me es indiferente. Mientras vivía, me demostró una gran generosidad. Me dedicó tiempo y apoyo. —Dicho esto, se desentendió del obispo, que se sonrojó. No vio iluminarse los ojos de Isadora, ni el cruce de miradas entre ella y Cornwallis—. Lamento mucho su pérdida, señora Parmenter —prosiguió la señora Gardiner, mirando fijamente a Vita—. Estoy segura de que siente un profundo dolor, y desearía poder ayudarla, pero me temo que sería una intromisión por mi parte. Sólo puedo garantizarle que también nosotros, a nuestra manera, lo echaremos de menos, y pensaremos en usted con la mejor voluntad.

—Gracias —respondió Vita en un susurro casi inaudible—. Es usted muy amable. Como ya le he dicho a otros, mi único consuelo ahora es que cuento con el apoyo de amigos extraordinarios. —En sus labios se dibujó una sonrisa tierna y ausente, pero en esta ocasión no miró a Dominic—. El tiempo todo lo cura. Debemos seguir atendiendo nuestras obligaciones y al final nos reharemos de la pérdida. Estoy plenamente convencida de ello. —Asintió con la cabeza—. Debemos seguir adelante, siempre adelante. El pasado no puede cambiarse, pero sí podemos aprender de él. Y no tengo la menor duda de que otros líderes aparecerán en el seno de la Iglesia, líderes espirituales cuyas palabras nos inspirarán a todos reafirmando nuestra fe. Vendrá un hombre cuyo fervor y pasión disipará todas nuestras dudas y nos enseñará de nuevo lo que significa pertenecer a la Iglesia.

—Eso es muy cierto —dijo la señora Gardiner con sinceridad—. Espero que todo eso se aúne en bien de usted.

Vita sonrió.

—Tengo una fe absoluta en que así será, señora Gardiner —contestó, alzando la voz con tal convicción que cuantos se hallaban alrededor volvieron la cabeza hacia ella.

El obispo parecía desconcertado. De hecho, dio la impresión de que estaba a punto de discrepar de ella abiertamente, pero Isadora lo miró con tal fiereza que el obispo volvió a cerrar la boca, no tanto en señal de obediencia como de preocupación por si ella había observado algo que a él le había pasado inadvertido.

Cornwallis miró de soslayo a Isadora, y por un instante Charlotte vio en su rostro una ternura, no velada por la discreción, que le cortó el aliento, dándose cuenta de que a sólo unos pasos de ella existía una intensa emoción de la que nadie más en la iglesia era consciente.

Los feligreses seguían desfilando ante Vita para darle el pésame, musitando palabras educadas, buscando torpemente algo que decir, cualquier cosa, para después escapar.

Cuando todos se hubieron marchado, Vita se volvió hacia Dominic con expresión radiante.

—Ahora, querido, creo que podemos regresar a casa considerando esta tragedia bien encaminada, y esta primera etapa ya zanjada.

—Sí…, sí, supongo —dijo Dominic, con cierto malestar por el modo en que ella se había expresado.

Ella le tendió la mano como para cogerse de su brazo, y él se mostró algo remiso a ofrecérselo.

Dominic lanzó una mirada a Pitt y Charlotte. Se advertía miedo en sus ojos, pero no se arredró.

—¿Tiene que ser aquí? —preguntó con voz ronca. Instintivamente, había buscado la mano de Clarice.

Ella se acercó a Dominic y entrelazó su brazo con el de él, quedándose a su lado, mirando a Pitt no con una franca expresión de desafío, pero sí con un vehemente afán de protección que no dejaba lugar a dudas.

Vita los miró con el entrecejo fruncido.

—Clarice, querida, tu comportamiento es en extremo inapropiado. Haz el favor de controlarte.

Clarice dirigió una mirada iracunda a su madre.

—Han venido a detener a Dominic —dijo entre dientes—. ¿Qué considerarías apropiado? A mí no se me ocurre nada. Todo mi mundo ha llegado a su fin. ¿Acaso debería clavar otra cruz en el cementerio, grabar en ella el epitafio «Aquí yacen mis sueños», e irme luego a acostar? No sé muy bien cómo debe comportarse una cuando cae en desgracia, pero supongo que hay algún manual sobre cuestiones de etiqueta para damiselas con el que puedo informarme.

—¡No digas estupideces! —replicó Vita—. Estás poniéndote en ridículo. El superintendente Pitt ha venido a presentar sus respetos a tu padre, no a detener a nadie. Todos sabemos quién fue el culpable, pero me parece deplorable, más aún, casi inexcusable, que elijas este oficio de difuntos pasar sacar a relucir el tema. —Se volvió hacia Pitt—. Gracias por venir, superintendente. Ha sido muy gentil de su parte. Y ahora, si me perdona, desearía regresar a casa. Esto ha sido una dura experiencia. ¿Dominic?

Dominic clavó en Pitt una mirada de asombro y esperanza. Clarice, aún aferrada a su brazo, no hizo ademán de desprenderse.

—No he venido a detenerte —dijo Pitt—. Sé que tú no mataste a Unity Bellwood.

Los ojos de Clarice se anegaron en lágrimas de gratitud y, por increíble que pareciera, de júbilo. Sin pararse siquiera a pensar en lo inapropiado del gesto, ni en la opinión de quienes pudieran verla, abrazó a Dominic con toda su fuerza y apoyó la cabeza en su hombro, torciéndose el sombrero.

—¡Clarice! —exclamó Vita, colérica—. ¿Has perdido la razón? Abandona esa actitud en el acto. —Avanzó hacia su hija en ademán de pegarle.

Pitt la agarró firmemente del brazo.

—¿Señora Parmenter?

Por un instante Vita quedó paralizada. Luego se volvió con rabia hacia Pitt, pese a que era obvio que mantenía toda su atención puesta en Dominic y Clarice.

—Suélteme, señor Pitt —ordenó.

—No, señora Parmenter. Sintiéndolo mucho, no puedo soltarla —dijo Pitt con tono grave—. Verá, sé que su esposo no mató a Unity Bellwood. En realidad, no la mató nadie. Su muerte fue accidental, pero usted vio en ella la oportunidad de culpar del supuesto asesinato a un marido que la había defraudado y al que ya no amaba.

Vita palideció.

—Fue usted quien gritó, «¡No, no, reverendo!», y no Unity —prosiguió Pitt—. A Unity se le rompió el tacón del zapato en lo alto de la escalera. El tacón cayó en la palmera del vestíbulo, donde lo he encontrado esta mañana.

—Eso es absurdo —intervino de pronto Tryphena, acercándose a su madre—. Las zapatillas de Unity estaban perfectamente. Yo misma las vi. No había nada roto.

—No lo había cuando usted vio el cadáver de Unity —corrigió Pitt—. La señora Parmenter cambió los zapatos de Unity por las zapatillas que ella llevaba en ese momento; por eso la suela estaba manchada con la sustancia química derramada en el invernadero. —Miró a Mallory—. Usted declaró que Unity no entró esa mañana en el invernadero. Pero su madre sí estuvo allí, ¿verdad?

Mallory se humedeció los labios con la lengua.

—Sí…

—¿Y las cartas de amor? —preguntó Tryphena con la voz crispada—. ¿Mi padre tampoco estaba enamorado de Unity, supongo? ¿Qué eran, pues, esas cartas? Y si eran algo inocente, lo cual parece improbable, ¿por qué él intentó matar a mi madre?

—Eran traducciones de cartas de amor extraídas de un texto clásico —explicó Pitt—. Ramsay y Unity habían traducido las mismas cartas, cada uno con su peculiar estilo e interpretación.

—¡Tonterías! —dijo Mallory, ya con poca convicción. Estaba blanco como el papel—. Si eso fuera verdad, ¿qué motivo tenía para atacar a mi madre?

—Ninguno. —Pitt negó con la cabeza. Seguía sujetando a Vita por el brazo y notaba su rígida inmovilidad—. Ése fue el verdadero asesinato. Desde el principio la señora Parmenter planeaba matar a su esposo si yo no lo detenía y lo enviaba a la horca por la muerte de Unity. Detalle a detalle, ella creó la imagen de Ramsay como un hombre violento y desquiciado. Las cartas eran una excelente excusa, siempre y cuando no descubriéramos lo que eran realmente, y tanto Ramsay como Unity estaban muertos y no podían explicarlo.

—Pero… pero él la atacó —objetó Mallory.

—No, no la atacó —contradijo Pitt—. La señora Parmenter entró en el gabinete armada ya del cortaplumas, y de hecho fue ella quien atacó a Ramsay.

Dominic estaba atónito. Contempló a Vita como si acabara de transformarse ante sus propios ojos en algo inimaginable.

—¡Lo hice por nosotros! —afirmó con vehemencia, olvidándose de Pitt, sin intentar siquiera zafarse de él—. ¿No lo entiende, querido? Para que pudiéramos estar juntos, como era nuestro destino.

Mallory ahogó una exclamación.

Tryphena se tambaleó, yendo a tropezar con el obispo.

—¿Usted… usted y yo? —preguntó Dominic, horrorizado, quebrándosele la voz—. ¡Oh, no… yo…! —Se acercó más aún a Clarice—. Yo no…

—No finja —instó Vita, esbozando una sonrisa de complicidad—. Ya no es necesario, querido. Todo ha terminado. Ahora podemos hablar con sinceridad. Podemos revelárselo al mundo entero. —Hablaba con voz dulce y serena—. Puede usted ocupar el lugar de Ramsay. Puede triunfar donde él fracasó. Está usted predestinado al liderazgo, y yo permaneceré a su lado hasta el final. Soy quien le ha abierto el camino.

Dominic cerró los ojos como si verla le resultara insoportable. Todo su cuerpo se contrajo.

El obispo se tambaleó.

—¡Dios mío! —masculló, desvalido—. ¡Dios mío!

—No lo hizo por mí —respondió Dominic a Vita, consternado—. Yo nunca… nunca le pedí…

—Claro que me lo pidió —lo interrumpió Vita con tono tranquilizador, como si tratara de convencer a un niño—. Sé que me ama tanto como yo lo amo a usted. —Se encogió de hombros—. Me lo ha dicho de cien maneras distintas. Siempre pensaba en mí, se interesaba por mí, me proporcionaba consuelo y felicidad con pequeños detalles. Me ha dado mucho. Guardo en mi habitación todos sus recuerdos, donde nadie pueda verlos. Los saco cada noche y los tengo en mis manos, para sentirme cerca de usted…

El obispo entrechocaba los dientes en una expresión de asco.

Isadora le pisó los dedos del pie con el tacón. El obispo dejó escapar un ligero chillido, pero nadie le prestaba atención.

—Dominic, dígale a este hombre que se vaya —apremió Vita, señalando a Pitt con el codo—. Dominic, usted puede conseguirlo todo; tiene poder. Va a ser el mayor líder de la Iglesia en este siglo. —Un destello de anhelo y orgullo asomó a su mirada—. Va a devolverle a la Iglesia el lugar que le corresponde, para que todos muestren al clero el respeto que merece. La Iglesia volverá a ser la cabeza y el corazón de todas las comunidades. Usted se encargará de que así sea, adoctrinará a la gente. Dígale a este policía estúpido que se marche. Explíquele el motivo de lo ocurrido. No es un crimen. Simplemente era necesario.

—No era necesario, Vita —contestó Dominic, abriendo los ojos y obligándose a mirarla a la cara—. Era un grave error. Yo la amo del mismo modo que amo a todo el mundo, ni más ni menos. Voy a casarme con Clarice… si ella me acepta.

Vita lo miró con asombro.

—¿Clarice? —repitió como si la palabra careciera de sentido para ella—. No puede casarse con ella. No hay necesidad. Ya no tenemos por qué fingir. Además, no estaría bien. No podría hacerle a ella una cosa así cuando es a mí a quien ama. Siempre me ha amado, desde el momento en que nos conocimos. —Recobraba gradualmente el aplomo—. Recuerdo cómo me miró el día que llegó a nuestra casa. Incluso entonces sabía usted que Ramsay era un nombre débil, que había perdido la fe y no servía ya para guiar a los demás. Ya entonces advertí yo su fortaleza…, y supo que yo creía en usted. Nos comprendimos mutuamente. Nos…

—¡No! —atajó Dominic con firmeza—. Yo sentía simpatía por usted. Eso es algo muy distinto. Usted era la esposa de Ramsay, y para mí siempre lo será. No estoy enamorado de usted. Nunca lo he estado. Estoy enamorado de Clarice.

El semblante de Vita se demudó lentamente. La tierna sonrisa se desvaneció. Sus grandes ojos se entornaron, adquiriendo una expresión dura y hostil. Sus labios se contrajeron en una mueca de odio.

—¡Cobarde! —exclamó—. ¡Cobarde débil e indigno! ¡Yo he matado por usted! He corrido con todo el peligro, he soportado toda la pantomima, ese sinfín de absurdas preguntas y respuestas, para que usted pudiera realizar su destino, para que pudiéramos estar juntos. Concebí ese brillante plan y lo llevé a cabo. Pensé en todo. Y ahora ya ve cuál es su reacción. Le asusta la responsabilidad. ¡Me da lástima! —Su expresión se suavizó de nuevo, fundiéndose en una sonrisa—. Pero le perdonaría si…

Dominic se dio media vuelta, incapaz de resistir aquella escena por más tiempo. Clarice lo rodeó con los brazos, y muy juntos se alejaron entre los bancos hacia el fondo de la iglesia.

Pitt miró a Cornwallis, que asintió con la cabeza, profundamente afligido.

Pitt sujetó a Vita con más fuerza.

—Acompáñeme, señora Parmenter —dijo con voz ecuánime—. No hay nada más que decir. Todo ha terminado.

Vita miró a Pitt como si acabara de recordar que estaba allí.

—Nos vamos —repitió Pitt—. Ya no tiene nada que hacer aquí.

Tirando de ella, bajó por la escalinata hacia la calle. Cornwallis se adelantó para ir en busca del carruaje.

Charlotte contempló por un momento el umbral de la puerta por el que Dominic y Clarice habían desaparecido. Luego, sonriendo, invadida de pronto por una peculiar sensación de paz, siguió a Pitt.