8
El lunes, aproximadamente una hora después del desayuno, Dominic subía por la escalera, molesto porque no encontraba su cortaplumas. Una y otra vez, olvidaba dónde dejaba las cosas. Debía de ser fruto de la tensión en que todos vivían. A media escalera, oyó un griterío procedente del gabinete de Ramsay. No distinguía las palabras, pero reconoció las voces de Ramsay y Mallory, y la discusión era en extremo enconada. Por lo visto, ambos cruzaban acusaciones y desmentidos. Cuando Dominic llegaba casi al rellano, la puerta del gabinete se abrió de par en par y Mallory salió hecho una furia. Cerró de un portazo. Estaba rojo de ira y tenía los labios apretados en una fina línea.
Dominic intentó pasar de largo, pero obviamente Mallory deseaba continuar con la pelea, y Dominic era un blanco perfecto.
—¿No deberías estar visitando feligreses o algo así? —preguntó—. Sería más provechoso que rondar por la casa tratando de consolar a mi madre. La situación no mejorará por lo que tú digas o hagas. —Enarcó exageradamente las cejas—. A menos, claro está, que te declares culpable de la muerte de Unity. Eso sí sería útil.
—Sólo temporalmente —replicó Dominic con tono cortante. En algunas ocasiones Mallory lo exasperaba sobremanera, como por ejemplo en ese momento. Mallory se sentía muy superior por pertenecer a la «única fe verdadera» y, sin embargo, adoptaba actitudes muy mezquinas y se dejaba llevar fácilmente por la malicia—. Ya que casi con toda seguridad la policía descubrirá la verdad tarde o temprano. Pitt es muy competente. —Habló con desdén y se vio recompensado con la súbita palidez de Mallory. Pretendía asustarlo. Una parte de él creía que Mallory era responsable de la muerte de Unity; en realidad, le costaba menos creer en su culpabilidad que en la de Ramsay.
—¡Ah, sí! —dijo Mallory con todo el sarcasmo que fue capaz de transmitir—. Me olvidaba de que estás emparentado con un policía. Por tu difunta esposa, ¿no? Una extraña familia para unirse por vía matrimonial. No fue una maniobra muy acertada de cara a tu futuro profesional. Me sorprende, viendo lo ambicioso que eres y los esfuerzos que haces por congraciarte con quien te conviene.
Se hallaban en lo alto de la escalera. Una criada pasó bajo ellos a través del vestíbulo con una fregona y un cubo de agua. Dominic vio sólo su cofia de encaje. Se volvió otra vez hacia Mallory.
—Me casé con Sarah por amor —respondió con voz ecuánime—. Eso ocurrió varios años antes de que su hermana se casara con un policía. Y sí, esa elección fue una rareza por su parte. Pero Charlotte nunca ha obrado movida por el deseo de mejorar su posición social. No espero que tú seas capaz de entenderlo.
—Tratándose de una familia semejante, sólo el amor podría explicar ese matrimonio —observó Mallory—. En todo caso, como coadjutor que eres, más valdría que fueras a hacer algo útil por la parroquia. No hay nada aquí de lo que yo no pueda ocuparme mejor que tú.
—¿En serio? —Dominic simuló sorpresa—. Y entonces ¿por qué no te ocupas de algo? Hasta el momento sólo te he visto refugiarte en tu habitación para estudiar.
—En los libros se encuentran grandes verdades —repuso Mallory con altivez.
—No lo dudo. Y esas verdades de poco sirven si es en los libros donde permanecen —contestó Dominic—. Ahora tu familia necesita consuelo, lealtad y palabras tranquilizadoras, no citas de libros, por sabias o veraces que sean.
—¿Palabras tranquilizadoras? —repitió Mallory con aspereza—. ¿Cómo voy a tranquilizarlos? —En sus labios apareció un conato de sonrisa que no llegó a formarse plenamente—. ¿Diciéndoles que mi padre no mató a Unity? De eso no estoy seguro. Ojalá lo estuviera. Pero alguien la mató, y yo no fui. Supongo que fuiste tú…, desde luego quiero pensar que fuiste tú. —De pronto una nota de auténtico terror vibró en su voz—. Unity andaba detrás de ti con frecuencia, siempre discutiendo contigo, burlándose, haciendo comentarios impertinentes y crueles. —Movió la cabeza en un gesto de asentimiento—. Más de una vez advertí las miradas que te dirigía. Sabía algo de ti, y quería que te dieras por aludido. Yo no sé nada de tu vida antes de que llegaras a esta casa, pero ella sí estaba enterada de algo.
Dominic notó que el color desaparecía de su propio rostro, y que Mallory lo veía. En los ojos de éste brilló una expresión de victoria.
—Eres tú quien debe temer a Pitt —añadió Mallory con tono triunfal—. Si es tan sagaz como tú afirmas, sin duda descubrirá qué sabía Unity de ti, fuera lo que fuese.
—Da la impresión de que eso te proporcionaría un gran placer, Mal. —La voz de Clarice se interpuso entre ellos desde la escalera, unos peldaños más abajo. No la habían oído subir pese a que no había alfombra—. ¿No es eso muy poco cristiano de tu parte? —Ella abrió mucho los ojos, como si la pregunta fuera inocente.
Mallory se sonrojó, más por indignación que por vergüenza.
—¿Tú posiblemente preferirías que fuera yo el culpable? —reprochó Mallory a su hermana con voz crispada—. Eso te parecería lo más conveniente, ¿verdad? Ni tu querido padre, que siempre estás dispuesta a proteger, ni el coadjutor que él sacó Dios sabe de dónde. Al fin y al cabo, yo sólo soy tu hermano. ¿Es eso lo que mejor concuerda con tu moralidad?
—Yo no pongo objeción alguna a que creas que el culpable fue Dominic —respondió Clarice con serenidad—. Puede que sea una opinión sincera, no lo sé. Lo que a mí me molesta es el placer que eso te produce, la sensación de victoria por verlo todavía atrapado en la oscuridad y la tragedia. No me había dado cuenta de que lo odiabas tanto.
—¡Yo… yo no lo odio! —protestó Mallory, pero de pronto se sentía acorralado y hablaba a la defensiva—. Ésa es una acusación monstruosa…, errónea… y… y falsa.
—No, no es falsa —insistió Clarice, llegando al rellano—. Si te hubieras visto la cara hace sólo un momento, no te molestarías en desmentirlo. Temes tanto las repercusiones que el asunto pueda tener en tu futuro que echarías la culpa a cualquiera, y además esto te brinda una excelente oportunidad de resarcirte de Dominic por el hecho de que Unity lo encontrara más atractivo que a ti.
Mallory soltó una risotada, un sonido desagradable y entrecortado que no reflejaba verdadero humor, sino sólo un cierto desgarro por algo que le producía un gran dolor pero no pensaba compartir con nadie.
—¡Qué necia eres, Clarice! —exclamó Mallory—. Te crees muy lista, y en realidad has sido siempre una necia. Manteniéndote al margen y observando, crees que lo ves todo…, y no ves nada. Estás ciega a la auténtica personalidad de Dominic. —El volumen de su voz aumentaba por momentos—. ¿Le has preguntado alguna vez dónde estaba antes de venir aquí? ¿Le has preguntado por su esposa y por qué decidió unirse a la Iglesia a su edad, a los cuarenta y cinco años, y no cuando correspondía? ¿Nunca has sentido curiosidad?
Clarice palideció pero no apartó la vista de Mallory.
—No me complace tanto como a ti desenterrar la angustia y las flaquezas pasadas de los demás —contestó sin pestañear—. Ni siquiera he pensado jamás en eso.
Era mentira. Dominic lo veía en su mirada, como también veía el dolor que le causaba. Hasta ese momento nunca había notado la menor vulnerabilidad en Clarice. No se le había ocurrido siquiera que, tras las lealtades familiares y el disparatado humor que la caracterizaba, se escondiera una mujer capaz de tales sentimientos.
—No te creo —dijo Mallory con tono rotundo—. Tan desesperado es tu deseo de que el culpable sea cualquiera menos nuestro padre, que por fuerza has pensado también en Dominic.
—He pensado en todos —concedió Clarice con calma—. Pero básicamente he pensado en cómo vamos a sobrellevarlo cuando descubramos la verdad. ¿Cómo trataremos a esa persona? ¿Cómo nos trataremos mutuamente? ¿Cómo repararemos todo aquello que hemos pensado injustamente, que hemos dicho y ya no podemos retirar ni olvidar? —Arrugó la frente—. ¿Cómo viviremos en adelante con la conciencia de lo que hemos visto los unos en los otros a lo largo de esta semana, actitudes horrendas, interesadas y cobardes, que sin embargo antes nunca se habían puesto de manifiesto? Ahora te conozco mejor de lo que desearía conocerte, Mal, y no me gusta en absoluto.
Mallory estaba furioso, pero sobre todo dolido. Buscó algo que decir para justificarse, pero no encontró nada convincente.
Clarice debió de advertir el dolor de su hermano.
—Esto aún no ha terminado —dijo, encogiéndose de hombros—. Siempre cabe la posibilidad de que cambies… si te lo propones. Como mínimo…, la posibilidad existe.
—Yo no deseo que haya un culpable —dijo Mallory, tenso y ruborizado—. Pero debo afrontar la verdad. La confesión y el arrepentimiento son el único camino. Me consta que no la maté, así que el culpable tiene que ser Dominic o nuestro padre… o tú. ¿Y por qué no ibas tú a matarla?
—No tenía ningún motivo para hacerlo. —Clarice bajó la vista, y la confusión y el miedo demudaron su semblante—. ¿Me dejas pasar, por favor? Estás en medio, y quiero ir a ver a papá.
—¿Para qué? —preguntó Mallory—. No puedes ayudarlo. Y vale más que no entres ahí a decirle mentiras piadosas. Al final, sirven sólo para empeorar las cosas.
De pronto Clarice perdió la paciencia y se volvió hacia Mallory hecha una furia.
—¡Sólo voy a decirle que lo quiero! Es una lástima que tú seas incapaz de eso. Si pudieras hacerlo, serías mucho más útil para todos.
Al darse media vuelta, se golpeó el codo con el poste de arranque de lo alto de la escalera. Ajena a ello, cruzó el rellano y recorrió el pasillo hasta la puerta del gabinete. Abrió sin llamar y entró.
—Quizá sea mejor que vayas a leer otro libro —dijo Dominic con acritud—. Prueba con la Biblia. Busca, por ejemplo, el pasaje donde Dios anuncia: «Un mandamiento nuevo os doy, que os améis los unos a los otros». —Y a continuación bajó al vestíbulo.
Allí encontró a Vita, que salía del salón de mañana con una maceta de jacintos en las manos. Vita se detuvo frente a él, dirigiéndole una mirada firme y escrutadora. Dominic supuso que había oído parte de la discusión, como mínimo al subir de volumen las voces.
—Estaban marchitándose ahí dentro —explicó Vita por decir algo, sin mirar a los jacintos—. Imagino que se debe al calor del fuego. He pensado en devolverlas al invernadero por unos días. Quizá les siente bien el cambio.
—¿Me permite que se la lleve? —ofreció Dominic.
Vita le entregó la maceta, y entraron los dos en el invernadero. Ella cerró la puerta y lo guio hasta el fondo, donde había un banco con otras macetas de flores. Dominic dejó allí los jacintos.
—¿Durante cuánto tiempo va a prolongarse esta situación? —preguntó ella en un susurro. Parecía al borde del llanto, como si sólo un supremo esfuerzo le permitiera contenerse—. Esto está dividiendo a la familia, Dominic.
—Lo sé. —Dominic deseaba poder ayudar. Percibía en el aire el dolor y el miedo con igual nitidez que el aroma de los lirios.
—Discutía usted con Mallory, ¿verdad? —dijo Vita con la vista fija en las flores.
—Sí. Pero no era nada importante. Simplemente nos hemos dejado arrastrar por el nerviosismo.
Ella se volvió y le sonrió, pero en su semblante se advertía una expresión reprobatoria.
—Es usted muy considerado, Dominic —dijo con delicadeza—. Pero me consta que eso no es verdad. No intente protegerme. Me doy perfecta cuenta de lo que está ocurriéndonos. Tememos a la policía, nos tememos unos a otros…, tememos descubrir algo que cambie nuestro mundo. —Cerró los ojos y prosiguió con los párpados apretados y la voz trémula—. Se ha iniciado algo que no podemos detener, que no podemos controlar, y ninguno de nosotros ve aún el final. A veces siento tal miedo que tengo la impresión de que se me va a parar el corazón de un momento a otro.
¿Qué podía Dominic decir o hacer que no empeorara las cosas, ni sonara estúpido o insensible, ni ofreciera un falso consuelo que a ninguno de los dos servía?
—Vita… —Dominic la llamó por su nombre de pila sin darse cuenta—, sólo una cosa puede hacerse. Vivir cada momento tal como se presente de la mejor manera posible. Comportarse con honradez y amabilidad, y ponerse en manos de Dios confiando en que al final seamos capaces de soportar el desenlace.
Vita lo miró fijamente.
—¿Lo seremos, Dominic? Creo que Ramsay sufre una especie de crisis nerviosa. —Tragó saliva—. A veces es el hombre a quien estamos acostumbrados, paciente y sereno, y tan razonable que… casi parece aburrido. —Se estremeció—. Y de pronto pierde el control y se convierte en una persona por completo distinta. Da la impresión de que haya en su interior una rabia incontenible contra el mundo, contra… no sé… contra Dios…, porque ahora no percibe su presencia cuando Ramsay le ha dedicado tantos años de su vida, tanto tiempo y energía…
—Yo no he notado… ira en Ramsay —dijo Dominic lentamente, intentando recordar sus últimas conversaciones con Ramsay y las emociones que se habían puesto de manifiesto—. Creo que se siente decepcionado porque las cosas no son como él esperaba. Si estuviera iracundo, sería contra la gente, contra quienes lo han inducido a error. Pero si ciertas personas lo han inducido a error, eran ellas mismas quienes estaban equivocadas. Eso quizá sea motivo de tristeza…, pero uno no puede culparlas.
—Usted no, porque es honesto —continuó Vita con una sonrisa distorsionada en los labios—. Ramsay está muy confuso, muy… no sabría decir. Creo que asustado, en cierto modo. —Escrutó el rostro de Dominic para ver si la comprendía—. Siento tanta lástima por él… ¿Le parezco arrogante por decir una cosa así? No es ésa mi intención. Pero a veces veo miedo en la mirada de Ramsay. Está tan solo… y también avergonzado, creo, aunque él nunca lo admitiría.
—La duda no es razón para avergonzarse —contestó Dominic sin elevar la voz. No quería que algún sirviente oyera sus palabras si pasaba cerca de allí—. En realidad, se requiere un gran valor para seguir comportándose como si uno conservara la fe cuando ya la ha perdido. Probablemente no existe mayor soledad en el mundo que la que se deriva de perder la fe cuando se ha tenido.
—Pobre Ramsay —musitó Vita, entrelazando las manos y contemplándoselas—. Cuando la gente tiene miedo, actúa de manera extraña, hace cosas que nos parecen impropias de ellos. Recuerdo que una vez mi hermano estaba muy asustado…
—No sabía que tuviera un hermano.
Vita rio con delicadeza.
—¿Cómo iba a saberlo? Casi nunca hablo de él. Era mayor que yo, y durante una época su comportamiento dejó mucho que desear. Mi padre estaba muy preocupado y decepcionado. Cuando Clive contrajo deudas de juego y se vio incapaz de pagarlas, perdió el juicio por completo y se llevó la plata de la casa para venderla. Por supuesto, no recibió ni la mitad de lo que había costado, y mi padre tuvo que desembolsar el doble para desempeñarla. Fue espantoso, e impropio de Clive. Pero lo hizo movido por el miedo.
Dominic sintió un gran peso en su interior.
—Cree que Ramsay mató a Unity, ¿verdad?
Vita cerró los ojos.
—Me temo que… sí. Estoy convencida de que usted no fue. —Lo dijo como si afirmara un hecho irrefutable, sin más—. Y no creo que fuera Mallory. Yo…, Dominic, oí gritar a Unity. —Se estremeció—. Eso en sí mismo no sería prueba suficiente, pero también lo he visto perder el control. —Casi inconscientemente se llevó la mano a la mejilla, donde la magulladura seguía aún negra e inflamada—. Estaba enajenado. Era otra persona. En su estado normal, no me habría tratado así. Nunca me había levantado la mano en toda nuestra vida juntos. Algo le ocurre a Ramsay, Dominic. Algo horrible… como si se hubiera roto algo dentro de él. No… no sé qué hacer.
—Yo tampoco —admitió Dominic con tristeza—. Quizá debería tratar de hablar con él otra vez. —Era el último de sus deseos, y la sola idea le producía una sensación de entrometimiento, pero ¿cómo podía dejar que Vita se enfrentara sola con aquella situación? Ramsay era el nombre a quien amaba, y de pronto él se hundía en un torbellino emocional que ella no comprendía ni podía contrarrestar. Un torbellino que lo alejaba de ella, lo alejaba de todos. Dominic sabía bien lo que era sentirse arrastrado y asfixiado por la desesperación. Él había deseado quitarse la vida durante las semanas que pasó en Icehouse Wood. Sólo la cobardía se lo había impedido, no la esperanza ni el amor por la vida. Pero Ramsay no se había apartado de él ni se había abstenido de tenderle la mano por vergüenza.
—No… —dijo Vita con dulzura—. Al menos, todavía no. Ramsay lo negará…, y se alterará aún más. Sin duda ya lo ha intentado…, ¿no es así?
—Sí, pero…
Vita apoyó una mano en el brazo de Dominic.
—En ese caso, querido, lo mejor que puede hacer es visitar a las personas que esperan a Ramsay. Cumpla con las obligaciones de las que él por ahora es incapaz de ocuparse personalmente. Conserve la dignidad y el respeto que él mostraba antes por la gente, y no deje que nadie vea en qué se ha convertido. Hágalo también en beneficio de los feligreses. Necesitan lo que Ramsay habría podido ofrecerles si continuara siendo él mismo. Hay asuntos que organizar, decisiones que tomar, tareas que exceden su actual capacidad. Hágalo por él…, por todos nosotros.
Dominic vaciló.
—Lo cierto es que no dispongo de autoridad…
—Debe asumirla —afirmó Vita con voz clara y la cabeza en alto, sin el menor asomo de incertidumbre.
Dominic deseaba hacerlo, encontrar una excusa honorable para abandonar la casa, distanciarse de los recelos, la ira y el miedo que parecían penetrar en todas partes como el frío en los huesos. No quería volver a discutir con Mallory, ni presenciar el dolor de Tryphena, ni buscar una forma de dirigirse a Ramsay sin importunarlo, sin dar la impresión de que se entrometía o lo acusaba, dejándolo después aún más solo que antes.
Para su sorpresa, la única persona de la casa en quien podía pensar con cierta sensación de alivio era Clarice. Su actitud resultaba extravagante. Algunos de sus comentarios eran monstruosos. Pero Dominic podía entender por qué decía aquellas cosas y, a su pesar, las encontraba graciosas. Clarice expresaba sus emociones con una sinceridad que él respetaba.
—Sí —dijo Dominic con firmeza—. Sí, eso será lo mejor.
Y sin dar tiempo a mayores deliberaciones, se despidió de Vita y, una vez reunidas las direcciones e información necesarias, cogió el abrigo y se fue.
Era uno de esos días de primavera en que las nubes se deslizan rápidamente empujadas por el viento, y tan pronto aparece todo bañado por la luz del sol, como se encapota el cielo y refresca, para instantes después verse todo de nuevo de colores plata y oro mientras los rayos oblicuos del sol atraviesan una ligera cortina de lluvia. Dominic caminó con paso enérgico. Tal era su momentánea sensación de libertad, que habría echado a correr si no hubiera resultado ridículo.
Realizó todas las visitas, alargándolas tanto como le fue posible. Aun así, a las cinco y media no tenía ya motivo alguno para permanecer lejos de Brunswick Gardens, y llegó allí a las seis.
Clarice fue la primera con quien se encontró. Estaba sola en la terraza a la luz de media tarde. La terraza se hallaba al abrigo del viento y el frío, y Clarice disfrutaba de unos momentos de soledad. Por un instante Dominic tuvo la sensación de que la importunaba.
—Lo siento —se disculpó, e hizo ademán de darse media vuelta para marcharse.
—¡No, por favor! —se apresuró a decir ella. Llevaba un vestido de muselina casi blanco y un chal verde y blanco sobre los hombros.
Dominic contempló con asombro lo mucho que la favorecía. Aquel vestido le hizo evocar las mañanas frescas de verano, cuando la luz es clara y nadie se ha planteado aún qué hará durante el día.
Clarice sonrió.
—Quédate, te lo ruego. ¿Cómo te han ido las visitas?
—Sin nada digno de destacar —respondió Dominic con sinceridad. Con Clarice, ni siquiera se le habría ocurrido no ser sincero.
—Pero ha sido agradable salir un rato —comentó ella con perspicacia—. Ojalá yo tuviera algún pretexto para escapar. La espera es lo peor, ¿no crees? —Volvió la cabeza y contempló el césped y los abetos—. A veces pienso que el infierno no es algo horrendo que ocurre en realidad, sino la espera de algo sin saber con certeza si ocurrirá, de modo que uno pasa continuamente de la esperanza a la desesperación. Durante un tiempo uno está tan exhausto que deja de preocuparse, y luego todo vuelve a empezar. La desesperación permanente sería casi un alivio. Sería posible sobrellevarla. La esperanza, en cambio, requiere tanta energía…
Dominic guardó silencio, intentando pensar.
Clarice lo miró.
—¿No vas a decirme que pronto todo terminará?
—No sé si terminará algún día —contestó Dominic. De pronto se avergonzó de su franqueza. Debería haber intentado ofrecerle consuelo en lugar de buscar desahogo. Estaba comportándose como un niño, y tenía casi veinte años más que ella. Clarice merecía algo más de él. ¿Por qué la consideraba más fuerte? Si podía proteger a Vita, con mayor razón debía tratar de proteger a Clarice—. Lo siento. Confío en que esta situación no se prolongue mucho más. Pitt descubrirá la verdad.
Clarice le sonrió.
—Me estás mintiendo…, sin mala intención, claro. Una mentira piadosa. —Se encogió de hombros, arrebujándose en el chal—. No lo hagas, por favor. Sé que pretendes ser amable. Cumples con tu misión pastoral. Pero olvídate del alzacuello por unos minutos y habla como un hombre corriente. Puede que Pitt averigüe la verdad, o puede que no. Cabe la posibilidad de que tengamos que vivir así siempre. Lo sé. —Sus labios formaron una débil sonrisa, como si se burlara de sí misma—. Ya he decidido qué creer o, mejor dicho, con qué debo aprender a vivir de ahora en adelante, así que no me quedo en vela por la noche atormentándome, dándole vueltas y más vueltas al asunto.
Media docena de estorninos alzaron el vuelo desde las ramas de los árboles que se alzaban al fondo del jardín, y sus siluetas negras, elevándose en espiral, se recortaron contra el cielo.
—¿Aunque no sea verdad? —preguntó Dominic, incrédulo.
—Pienso que probablemente es verdad —contestó Clarice con la vista al frente—. Pero, en cualquier caso, debemos seguir adelante. No podemos detenerlo todo y abstraemos de manera indefinida en este horrendo rompecabezas. Uno de nosotros mató a Unity. Eso es ineludible. No podemos escapar a ese hecho; vale más que lo aceptemos. No tiene sentido quedarnos atascados en la idea de que es un acto espantoso. Por las noches, despierta en mi cama, he pensado mucho en ello. El culpable es alguien a quien yo conozco y quiero, sea quien sea. No puedo dejar de quererlo por lo que ha hecho. Eso no estaría bien. Si dejáramos de querer a los demás porque obran mal, ningún amor duraría. Nadie sería amado, porque todos actuamos alguna vez con mezquindad, estupidez o malicia. Debemos querer a los demás con comprensión, o incluso sin ella.
Clarice contemplaba la luz decreciente del sol y las sombras cada vez más largas que se proyectaban sobre la hierba.
—¿Y qué has decidido? —preguntó Dominic en un susurro. De pronto temió que Clarice hubiera centrado en él sus sospechas. Con asombro, descubrió el profundo dolor que la sola idea le causaba. Deseaba de todo corazón que ella no lo considerara capaz de haber tenido una aventura amorosa con Unity allí, en la casa de su padre, y haberla empujado después por la escalera, aunque fuera sin querer, movido por la rabia y el pánico. Ese deseo equivalía a dejar que la culpa recayera en Ramsay. Y después de lo que Ramsay había hecho por él, eso era inconcebible.
Aguardó la respuesta, notando un sudor frío en su piel.
—He decidido que Mallory tuvo una aventura con Unity —respondió en voz baja—. No existió amor entre ellos. Para él fue una simple tentación. Y Unity, por su parte, lo deseaba porque él había hecho voto de castidad y creía en algo que a ella le parecía absurdo. —Los estorninos descendieron de nuevo y desaparecieron tras los álamos—. Ella quería demostrarle que era incapaz de contenerse y que, en todo caso, no tenía sentido, y lo consiguió. Para ella fue una especie de triunfo… no sólo sobre el propio Mallory, sino sobre un mundo eclesiástico dominado por los hombres que la trataba con condescendencia y la excluía por ser mujer. —Dejó escapar un suspiro—. Y lo malo es que no puedo culparla por ello. Fue una conducta cerril y destructiva, pero si una persona se ve rechazada una y otra vez, al final está tan dolida que arremete contra cualquier cosa. Y no elige necesariamente a quienes la han rechazado, sino a la gente más vulnerable. En cierto modo, Mallory representa el punto más débil de la religión: la vanidad y el apetito humanos. También puso a prueba la fe de mi padre, pero en ese terreno era más difícil ver o medir la victoria.
Dominic la observaba en un extraño estado de incredulidad, y sin embargo Clarice hablaba con pleno sentido. Lo extraordinario era el hecho mismo de que lo dijera.
—¿Por qué iba a matarla Mallory? —preguntó con la voz entrecortada y la boca seca.
—Porque Unity lo chantajeaba, lógicamente —dijo Clarice como si la respuesta cayera por su propio peso—. Estaba embarazada. Pitt se lo comunicó a mi padre, y él me lo ha dicho a mí. Posiblemente ahora ya todos lo saben. —Una ráfaga de viento le agitó el cabello e hizo ondear las puntas del chal—. Una cosa así le arruinaría la vida, ¿no? No puede iniciarse una ambiciosa carrera en el sacerdocio católico dejando atrás a una mujer embarazada a quien se ha seducido y abandonado. Aunque en realidad fuera ella quien lo sedujese a él.
—¿Ambiciona una gran carrera, Mallory? —preguntó Dominic, sorprendido. Carecía de importancia, pero nunca había considerado ambicioso a Mallory. Más bien pensaba todo lo contrario, que utilizaba la fe católica a modo de tabla de salvación para mantenerse a flote, para llenar el vacío en cuestiones de certidumbre y autoridad que creía ver en la Iglesia de su padre.
—Quizá no —aceptó Clarice—. Pero con una lacra así en el pasado no podría aspirar ni a una carrera mediocre.
—¿En qué te basas para pensar eso? —preguntó Dominic, sin saber qué respuesta esperaba oír de ella. Se dio cuenta de lo poco que la conocía en algunos aspectos. ¿Se aferraba a una esperanza o era por completo realista? Dominic llevaba meses en aquella casa y conocía a Ramsay desde hacía años. Obviamente no había sabido valorar a Clarice—. Si tienes una prueba… —empezó a decir, sin pensar, acercándose a ella. Al instante cayó en la cuenta de que Mallory era su hermano. Sus lealtades debían de hallarse en conflicto. De pronto vio en su mirada la complejidad del dilema y el dolor que le producía.
—El modo en que se comporta —se apresuró a contestar Clarice. Ha cambiado mucho desde la muerte de Unity, lo cual no es muy inteligente de su parte. Pero no creo que la inteligencia sea el fuerte de Mallory, al menos en su vida cotidiana y el trato con los demás. —Se miró los brazos, arropados por el chal. Sin duda tenía frío. El sol se había puesto tras los álamos—. Se le dan muy bien los libros, como a mi padre —continuó, hablando para sí—. Dudo que tanta lectura vaya a servirle de algo como sacerdote. Pero, claro está, hay muchas cosas sobre la Iglesia que yo no entiendo. Estoy convencida de que lo obligaba a hacerle favores. —Obviamente se refería de nuevo a Unity—. Le divertía. Lo veía en su cara. Cuanto menos le gustaba a Mallory, más satisfacción le proporcionaba a ella. Lo comprendo. —Se esforzaba por ser justa—. A veces Mallory es muy pomposo, y tan condescendiente que dan ganas de echarse a gritar. Probablemente yo misma lo pondría en evidencia de vez en cuando si supiera cómo.
El viento susurraba entre los árboles, y ninguno de los dos había oído salir a Tryphena por la cristalera del salón principal. Vestía de negro y estaba muy pálida. Su indignación era palpable.
—No me extraña que desees ponerlo en evidencia —reprochó Tryphena con encono—. Como no sabes qué hacer con tu vida, siempre has sido envidiosa. Mallory ha encontrado algo que le interesa apasionadamente, algo a lo que consagrarse. Sé que ha elegido un camino ridículo, pero a él le importa. —Avanzó hacia ellos—. También yo lo he encontrado. Tú, en cambio, no tienes nada. Con todos esos estudios que te empeñaste en realizar, y ahora no haces más que ir de un lado a otro criticando y estorbando.
—Poco partido puedo sacar a mis estudios —replicó Clarice, volviéndose hacia su hermana—. ¿En qué puede trabajar una mujer si no es como institutriz? Así ha sido generación tras generación, cada una enseñando a la siguiente, y ninguna mujer aprovecha sus conocimientos, excepto para transmitirlos una vez más. Parecemos niñas jugando a pasarnos la pelota.
—En ese caso, ¿por qué no luchas por la libertad como hacía Unity? —preguntó Tryphena, dando unos pasos más hacia ellos. Se había puesto un vestido de lana poco acorde con la suave temperatura—. ¡Porque te falta valor! —añadió, contestando ella misma su pregunta—. Quieres que otras luchen por ti y te lo den todo hecho cuando la batalla termine. Sólo porque crees que eras tan buena estudiante como Mallory…
—¡Y lo era! De hecho, era mejor.
—No, eso no es verdad. Simplemente eras más rápida.
—Era mejor que él. Tenía calificaciones más altas.
—Da igual, porque como mucho puedes aspirar a ser la esposa de un clérigo…, si es que hay algún clérigo dispuesto a aceptarte. Pero para eso no se necesitan conocimientos. —Hizo un gesto de desdén—. Basta con un poco de diplomacia, una sonrisa amable y la facultad de escuchar a todo el mundo y aparentar interés por estúpido o aburrido que sea lo que oyes… y nunca repetir los comentarios de los demás. Y tú serías incapaz de eso aunque te fuera en ello la vida. —Tryphena clavó en Clarice una mirada fulminante—. Ningún clérigo quiere a su lado una esposa capaz de escribirle los sermones. Y difícilmente podrás dar clases de teología…; al fin y al cabo, según la Iglesia, eres incapaz de comprenderla. Si poseyeras un mínimo de fortaleza espiritual, lucharías por la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, en lugar de lanzar acusaciones absurdas contra Mallory. —Volvió la cabeza y contempló la mortecina luz del atardecer—. Unity jamás se habría rebajado a la mezquindad de chantajear a alguien. Esa afirmación sólo demuestra lo poco que la conocías.
—Demuestra lo poco que alguno de nosotros la conocía —rectificó Clarice con tono mordaz—. Alguien la dejó embarazada. Si la conocías tan bien, supongo que sabes quién era el padre.
El rostro de Tryphena se tensó. Si la luz no hubiera sido ya demasiado tenue para percibir los colores, se habría visto el intenso rubor que teñía sus mejillas.
—No hablábamos de esas cuestiones. Nuestras conversaciones discurrían a un nivel mucho más alto. No espero que tú lo entiendas.
Clarice rompió a reír, dejando entrever un asomo de histeria.
—O dicho de otro modo, no te contó que, por mera diversión, había seducido a Mallory y luego lo había chantajeado —se burló—. No me sorprende. No se habría correspondido con la imagen que, en tu idolatría, te habías formado de ella. Ésas no son las gestas por las que se distinguen las mujeres mártires. Engañar a los de tu propio bando es un tanto… repugnante. Si nos detenemos a pensarlo…
—¡Me das asco! —dijo Tryphena entre dientes—. Estás dispuesta a responsabilizar a cualquiera menos a tu adorado padre. Siempre has sido su preferida, y odias a Mallory porque, en tu opinión, traicionó a papá convirtiéndose al catolicismo. —Soltó una estridente carcajada—. Con eso, le arrojó a la cara todo su amor. Le demostró lo débil que era su fe, tan débil que ni siquiera había podido convencer a su propio hijo, así que no digamos ya a todos los feligreses de su parroquia. Eres incapaz de admitir la verdad. Tanto es así que preferirías ver en la horca a tu hermano a tener que afrontarla. Nunca lo has perdonado porque crees que él ha disfrutado de las oportunidades que tú merecías y que habrías aprovechado mejor. Tú nunca habrías defraudado a papá. Es muy cómodo pensar eso cuando no tienes que hacer nada para demostrarlo.
Clarice se mordió el labio, y Dominic advirtió que sólo un esfuerzo supremo le permitía mantener la compostura, y que quizá la inicial conmoción la había dejado sin habla por un momento. Una cólera como la de Tryphena equivalía casi a un golpe físico.
Incluso el propio Dominic temblaba, como si también él fuera blanco del ataque. Intervino sin pararse antes a pensar. Sus argumentos no guardaban relación alguna con la razón o la moralidad, sino que surgían simplemente de la indignación y el deseo de proteger. Se volvió hacia Tryphena.
—La aptitud de cada cual para los estudios no tiene nada que ver con la muerte de Unity. Alguien la dejó embarazada, y obviamente no fue Clarice. Estás furiosa porque creías que Unity te lo contaba todo, y ahora resulta evidente que no era así. Como ves, omitió algo fundamental. —Mientras hablaba, era consciente de que se adentraba en un terreno sumamente peligroso, pero siguió adelante de todos modos—. Te sientes excluida porque no confió en ti lo suficiente para decirte una cosa así, y tú ahora intentas desahogarte con todos los demás.
Tryphena se volvió hacia él con fuego en la mirada.
—¡No con todos los demás! —precisó—. La conocía de sobra para saber que no habría chantajeado a nadie. No habría caído tan bajo. Ninguno de vosotros tenía nada que a ella le interesara. Os despreciaba. No se habría… ensuciado de ese modo.
—Claro —dijo Clarice con tono sarcástico—. El Segundo Advenimiento. ¿Otra Inmaculada Concepción? Pero si hubieras leído un poco más de teología, si hubieras sido tan buena estudiante como Mal, por no decir ya como yo, sabrías que la próxima vez el Señor descenderá de los cielos, no volverá a nacer hecho hombre. ¡Ni siquiera del vientre de Unity Bellwood!
—¡Eso es una estupidez! —replicó Tryphena—. ¡Y una blasfemia! Puede que estudiaras mucha teología, pero no tienes la menor noción de ética.
—¡Y tú no tienes la menor noción de qué es el amor! —repuso Clarice—. Tú sólo entiendes de histeria, autocompasión y… y obsesión.
—¿Y a quién has amado tú? —Tryphena se echó a reír sin control—. Unity sí sabía qué era el amor, y la pasión y la traición, y el sacrificio. Ella amó más en su vida, pese a ser breve, de lo que tú amarás en la tuya. Tú estás viva sólo a medias. Estás muerta de envidia; das lástima. Te desprecio.
—Desprecias a todo el mundo —observó Clarice, agarrando el chal para que no se lo llevara el viento—. Toda tu filosofía se basa en el hecho de que te crees mejor que los demás. Imagino el horror de Unity por quedar embarazada… de un simple mortal. Probablemente se tiró ella misma por la escalera para perder el hijo.
De pronto Tryphena, con los ojos desmesuradamente abiertos, se volvió y abofeteó a Clarice con tal fuerza que la desequilibró y la lanzó contra Dominic.
—¡Mujer perversa! —exclamó Tryphena—. ¡Ser despreciable! Dirías cualquier cosa por proteger a alguien que amas, sin importarte lo que haya hecho. No tienes honor, ni sentido de la verdad. ¿Te has preguntado alguna vez dónde encontró papá a tu adorado Dominic? —Lo señaló con la mano sin mirarlo—. ¿A qué se dedicaba? ¿Por qué un hombre de su edad ha tomado de repente el hábito? ¿Qué atrocidades puede haber cometido para querer entregar toda su vida a modo de penitencia? ¡Míralo! —Volvió a señalar a Dominic—. Mira bien su cara. ¿Crees que realmente ha renunciado a las mujeres y el placer? ¿Eso crees? Ya es hora de que veas el mundo tal como es, Clarice, y no como te lo presentan tus estudios teológicos.
Dominic notó que un escalofrío recorría su cuerpo, un miedo gélido creciendo en su interior. ¿Qué había contado Unity a Tryphena? ¿Qué pensaría Clarice de él? Y peor aún, un peligro más real y terrible, ¿qué averiguaría Pitt? No podía ya engañarse por más tiempo pensando que Pitt no descubriría como mínimo una parte de su pasado que le daría la satisfacción de acusarlo del crimen. Pitt no había conseguido olvidar por completo los sueños románticos de Charlotte respecto a Dominic, pese a que sólo habían sido sueños.
Deseó defenderse, pero ¿cómo? ¿Con qué armas?
Tryphena, al borde de la histeria, se echó a reír.
—Por eso eres atea —dijo Clarice con serenidad, atajando la risa de su hermana—. No te gusta la gente, y no crees que una persona pueda cambiar y desprenderse del pasado. En realidad, no crees en la esperanza. No la comprendes. Ignoro dónde encontró papá a Dominic y a qué se dedicaba. Tampoco me importa. Sólo me importa lo que es ahora. Si su cambio fue suficiente para papá, lo es también para mí. No necesito saber más. No es asunto mío. Alguien dejó embarazada a Unity… en los tres últimos meses. Sólo salía de aquí para ir a la biblioteca, la sala de conciertos o aquellas horribles reuniones políticas. Y a las reuniones siempre la acompañabas tú. Así que casi con toda seguridad el padre es alguien de esta casa. Tú conocías a Unity. ¿Quién crees que era el padre?
Tryphena la miró fijamente, y de pronto sus ojos se anegaron en lágrimas. Volvía a sentirse totalmente sola, sin el sostén de la ira, sumida en el dolor de la pérdida. La rabia no conseguía alejar el vacío por mucho tiempo, y cuando la rabia se desvanecía, Tryphena se quedaba aún peor que antes.
—Disculpa —susurró Clarice, acercándose a ella—. He dicho que fue Mallory porque cierto grado de certidumbre es mejor que atormentarse con un temor tras otro. En mi opinión, es lo más probable. Y si deseas saber qué pienso en realidad, diría que fue un accidente. Posiblemente discutieron y la situación se les escapó de las manos, y ahora Mallory está aterrorizado y es incapaz de admitirlo.
Tryphena se sorbió la nariz. Tenía los ojos enrojecidos.
—Pero yo oí gritar a Unity: «¡No, no, reverendo!» —insistió, y tragó saliva.
Dominic le ofreció un pañuelo, y ella lo cogió sin mirarlo a la cara.
—Pedía auxilio —afirmó Clarice con tono concluyente.
Tryphena parpadeó. Se encogió de hombros en un gesto de dolor más que de aceptación, y se marchó sin dirigir la mirada a Dominic.
—Lo siento —dijo Clarice, volviéndose hacia Dominic—. Dudo que piense realmente lo que ha dicho. No… no lo tengas muy en cuenta. Y ahora si no te importa, subiré a ver a mi padre. —Y sin aguardar la respuesta, entró también en el salón.
Dominic bajó de la terraza y paseó despacio por el césped en la creciente oscuridad. La hierba estaba húmeda y le empapaba los zapatos, y en las franjas exteriores, donde aún no había sido segada, le mojaba también los bajos de los pantalones. Apenas se daba cuenta. No debería haberle sorprendido que un arrebato de ira removiese viejas heridas. Eso ocurría cuando se era presa del miedo. Quedaban al descubierto desagradables emociones que de otro modo habrían permanecido latentes toda la vida. Sacaba a la luz rencores que nadie quería admitir. Inducía a expresar pensamientos que en momentos de mayor cordialidad o sensatez se habrían reprimido y, en todo caso, eran sinceros sólo en parte, nacidos sobre todo de los temores y necesidades personales.
Había cosas que era mejor no conocer.
Hasta ese instante Dominic no era consciente del inmenso dolor que Tryphena debía de sentir, ni del total aislamiento y soledad en que vivía desde la muerte de Unity. Clarice sí lo había notado. También ella estaba asustada, por su padre y por Mallory, pero poseía una mayor bondad. Atacaba para defender, no por el placer de causar daño. Y ciertamente lo había defendido a él. Dominic nunca lo habría esperado, y le producía una honda satisfacción que ella lo hubiera hecho por propia voluntad.
Alzó la mirada en el preciso momento en que aparecía un claro entre las nubes, y una pálida luna en cuarto creciente le hizo tomar conciencia de que ya casi había oscurecido por completo. Apenas veía la hierba a unos pasos por detrás de él, y la casa y las ramas de los árboles eran meras siluetas negras recortándose contra el cielo, desprovistas de color.
Clarice lo había sorprendido. Pero volviendo la vista atrás y escarbando en sus recuerdos de ella desde que la conocía, comprendió que rara vez había sido capaz de predecir sus palabras o sus actos. Clarice carecía de sentido del ridículo hasta un límite alarmante. Hacía comentarios escandalosos, se reía en situaciones violentas, consideraba cómicas cosas a las que nadie más veía la menor gracia.
Recordó casos concretos, esbozando una mueca de espanto ante algunos de ellos, inmóvil en la casi total oscuridad sin darse cuenta de que sonreía. Al pensar en una o dos de las ocurrencias de Clarice, incluso se le escapó una sonora risotada. Eran vergonzosas. Absurdas. Pero rememorándolas, vio claramente que no había conocido a ninguna mujer capaz de atraer la atención de aquel modo o mostrarse tan superior. Desde luego sus salidas no eran siempre amables; si consideraba a alguien un hipócrita, lo ponía en evidencia sin compasión. La risa podía ser tan destructiva como saludable.
Se metió las manos en los bolsillos y se encaminó hacia la casa. Subió a su habitación con el propósito de estudiar un rato. Prefería estar solo, y ésa era la mejor excusa. Sin embargo, después de cerrar la puerta y elegir un libro, descubrió que era incapaz de fijar la mirada en la página. Pensaba en Mallory, y cuanto más analizaba la hipótesis de Clarice, más verosímil la encontraba. Sabía que él no era el padre del niño de Unity, y le costaba creer que pudiera serlo Ramsay. No era que imaginara a Ramsay demasiado ascético o disciplinado para sentir los apetitos de la carne, o considerara que Unity era incapaz de tentarlo. Pero creía que si Ramsay hubiera sucumbido a esa flaqueza, se hubiera sentido después de un modo tan distinto que Dominic como mínimo habría notado algo. Y para ser sinceros, creía que también Unity se habría comportado de otra manera. Su continua necesidad de obtener pequeñas victorias sobre Ramsay no habría sido tan intensa. Una situación así habría demostrado a ambos sobradamente la vulnerabilidad de él. No habría hecho falta seguir poniéndola a prueba en igual medida.
Y sin embargo Dominic recordaba claramente la expresión de placer en el rostro de Unity cuando —incluso hasta un día antes de su muerte— encontraba un error en las traducciones de Ramsay. Eran detalles insignificantes, deslices que se habrían detectado y corregido en un segundo vistazo, pero la necesidad de Unity de señalárselos era evidente. Y eso mismo ocurría en diversas circunstancias. Dominic veía en su mente con tal nitidez la cara de Unity, cada una de sus expresiones, que resultaba difícil aceptar que hubiera muerto. Mostraba siempre tanto aplomo, tanta seguridad en todo lo que opinaba y creía saber…
¿Qué sentía Dominic ahora que ella había muerto? Por supuesto, tristeza. Unity había poseído un intenso deseo de vivir. Toda muerte era una pérdida, un apagamiento. La muerte en sí era un cambio aterrador, un recordatorio de la fragilidad de todas las cosas, de todas las personas a quienes uno amaba, y sobre todo de uno mismo.
Pero Dominic sentía a la vez un innegable alivio. Lo percibía en la relajación de los músculos, que inconscientemente había mantenido en tensión durante meses. Sentía asimismo cierta paz interior, a pesar de los temores, como si hubiera pasado una sombra.
Se levantó y fue hacia la puerta. No podía quedarse de brazos cruzados, refugiándose en la esperanza de que la vida de la familia volviera a la normalidad y Pitt hallara de algún modo la explicación y consiguiera demostrarla. Pitt era capaz de ello. Era capaz de dejarse llevar por sus recelos respecto a Dominic y, una vez obtenidas las pruebas —y sin duda tenía la sagacidad suficiente para encontrarlas—, convencerse de su culpabilidad.
Recorrió el pasillo y llamó a la puerta de Mallory. Lo hacía en parte por sí mismo, pero también se sentía obligado por su deuda con Ramsay a intentar averiguar la verdad, al margen de cómo la usara después.
Volvió a llamar. No hubo respuesta. Se dio media vuelta, sin saber si sentía alivio o decepción. Braithwaite, la doncella de Vita, se acercaba por el pasillo. Tenía arrugas de tensión en el rostro, como si apenas hubiera podido conciliar el sueño en los últimos nueve días. Llevaba el cabello muy tirante, como si se lo hubiera peinado con sumo cuidado. Dominic se preguntó si se arrepentía ahora de haber revelado lo que había oído.
—El señor Mallory está en el invernadero, señor Corde —informó servicialmente—. Ha bajado allí con sus libros.
—Ah. —Eso no le dejaba ya escapatoria—. Gracias.
Se dirigió a la escalera y descendió al vestíbulo. Siempre que pasaba por allí pensaba en Unity y se asombraba de lo ocurrido. Tras un breve instante de indecisión, entró en el invernadero. Estaba a oscuras, pero vio una luz entre las hojas y supo que provenía de la lámpara de la mesa de hierro situada al fondo, donde debía de hallarse Mallory.
Apartó las frondas de las palmeras y las hojas de los lirios, caminando con tal sigilo sobre los ladrillos ligeramente húmedos que el escaso ruido de sus pisadas quedaba ahogado por el gorgoteo del surtidor del estanque.
Mallory alzó la vista cuando Dominic se encontraba casi junto a él. Ocupaba la misma silla en la que debía de estar sentado cuando Unity murió, si su declaración era cierta. Pero la marca en la suela de Unity demostraba que había mentido como mínimo al negar que la hubiera visto esa mañana.
—¿Qué quieres? —dijo Mallory. No afectó la menor cordialidad. Le molestaba que Dominic gozara del favor de Ramsay, y que hubiera asumido cierto grado de autoridad en la casa desde la tragedia. Para Mallory, poco importaba que Dominic fuera mayor, y que él mismo se hubiera abstenido de intervenir.
Dominic se preguntó si Tryphena habría hablado a Mallory de su reciente discusión en la terraza, y de las sospechas de Clarice. Bajo la luz amarilla de la lámpara, tendría que haberlo podido adivinar con sólo mirar su rostro, pero no pudo. En el semblante de Mallory pugnaban ya demasiadas emociones: miedo, ira, rencor, el tenso esfuerzo por alcanzar una paz que creía propia de su condición, y la culpabilidad por no encontrarla. Su fe había flaqueado ante la prueba a que se había visto sometido. Dominic lo dedujo por el misal que Mallory tenía abierto en las manos.
Dominic se sentó en el borde del banco de trabajo del jardinero, indiferente a que estuviera húmedo o sucio.
—Pitt lo averiguará —declaró con tono grave.
Mallory lo miró fijamente, y Dominic supo de inmediato que iba a intentar engañarlo con una falsa actitud de aplomo.
—Probablemente —convino Mallory—. Pero si esperas que te ayude a proteger de algún modo a mi padre, olvídalo. No es sólo una cuestión de si me parece o no correcto; básicamente dudo que sirviera de algo. A la larga, no haría más que empeorar las cosas. —Irguió un poco más la espalda, pero continuó sentado en la silla, a la defensiva—. Afronta la verdad, Dominic. Sé que admiras a mi padre, probablemente porque te tendió una mano cuando más la necesitabas, y bien sabe Dios que la gratitud es una virtud que no abunda. Pero no puede reemplazar a la honestidad o la justicia. Cualquier ayuda a mi padre sería a costa de alguien.
Dominic estuvo a punto de decir «A costa de ti», pero comprendió que igualmente podía ser a costa de él mismo y guardó silencio.
—Tenemos fes distintas —prosiguió Mallory—. Pero en su esencia ambas deben de poseer elementos comunes. No puedes cargar a otro con tus pecados. Jesucristo es el único que puede redimir a los demás de sus pecados; nosotros debemos sobrellevar cada uno los nuestros. Eso nos incluye a ti y a mí…, y a mi padre. La ley no es el único problema, y no debería ser nuestra principal preocupación. ¿Coincidimos al menos en eso?
—Sí. —Dominic se inclinó, acodándose en las rodillas. La luz amarilla de la lámpara formaba un círculo en torno a ambos, aislándolos entre las plantas. El resto de la casa podría haberse hallado en otro mundo—. ¿Crees que tu padre era amante de Unity?
Mallory vaciló, y la culpabilidad destelló en su mirada. Por un instante dudó, pero sabía que Dominic lo había notado. Era ya demasiado tarde para echarse atrás.
—No. —Se miró las manos.
No se oía más sonido que el tenue borboteo del surtidor y un uniforme goteo en algún lugar entre las hojas.
—¿Te chantajeó ella por lo ocurrido? —preguntó Dominic.
Mallory alzó la vista lentamente. Por una vez, su semblante expresaba sólo miedo.
—¡Yo no la maté, Dominic! ¡Lo juro! Ni siquiera me hallaba cerca de la escalera cuando cayó. Estaba aquí, como ya dije. No sé qué sucedió, ni conozco la razón. Pensé sinceramente que la había empujado mi padre. Sigo pensándolo. Y si no fue él, sólo pudiste ser tú.
—No fui yo —respondió Dominic con calma—. ¿Sabía alguien más que Unity te chantajeaba?
—¿Quién? —Mallory parecía sorprendido—. ¿Clarice? Ella es el único otro miembro de la familia, porque me cuesta imaginar que algún criado pudiera ser culpable de la muerte de Unity.
—No la mató nadie del servicio —confirmó Dominic con pesar—. Sabemos dónde estaba cada uno de ellos en el momento en cuestión. Y no, no creo que fuera Clarice.
—Para protegerme a mí, no, desde luego —aseveró Mallory con tono cáustico—. Tryph quizá sí lo hubiera hecho, pero Clarice no. Siempre ha pensado que sería mejor sacerdote que yo. No niego que es más inteligente, pero eso es sólo una pequeña parte de las cualidades que se requieren. He intentado hacérselo comprender muchas veces, pero se resiste a aceptarlo. Es una cuestión de fe, y más aún de obediencia. Clarice es incapaz de obedecer.
No era momento de debatir sobre los méritos relativos de la obediencia y la caridad.
—¿No podría haber sido un accidente? —sugirió Dominic, ofreciéndole una posibilidad de admitir un delito menor.
—Quizá sí —convino Mallory—. Claro que sí. —De pronto dio un respingo—. ¡Por Dios, yo no la maté…, fuera un hecho accidental o intencionado! —Su voz subió de volumen—. Yo no estaba allí, Dominic. Aunque se tratara de un accidente, tuvo que ser mi padre. —Extendió sus largos dedos y volvió a contraerlos—. Habla tú con él y prueba a persuadirlo para que lo admita. Yo no lo he conseguido, y sabe Dios que lo he intentado. Ni siquiera se digna escucharme. Es como si se hubiera aislado de todos nosotros. Por lo visto, lo único que le interesa es su condenado libro. Se pasa el día absorto en esas traducciones como si fuera lo más importante de su vida. Me consta que quiere publicar antes que el doctor Spelling, pero qué trascendencia puede esto tener en comparación con un asesinato en su propia casa, y cuando uno de nosotros es el culpable. —Se le veía profundamente abatido. Por una vez no pensaba en sí mismo, prescindía de toda simulación o cautela. Casi ofrecía un aspecto infantil con la frente y las lampiñas mejillas bajo la luz de la lámpara, en medio de las relucientes hojas de aquella selva artificial—. Dominic, creo que mi padre padece alguna clase de trastorno mental. Ha perdido el contacto con la realidad…
No pudo continuar. Se lo impidió un grito débil y agudo, bruscamente interrumpido.
Los dos se quedaron paralizados, aguzando el oído en espera de que volviera a producirse.
Pero, salvo por el sonido del agua, el silencio era absoluto.
Mallory tragó saliva y juró entre dientes, levantándose torpemente y tirando el misal al suelo con el codo.
Dominic lo siguió por el camino de ladrillo hacia el vestíbulo. Mallory abrió la puerta y avanzó a grandes zancadas por el mosaico blanco y negro en dirección al salón principal, cuya puerta estaba abierta de par en par. Dominic no se despegó de él.
Dentro se hallaba Vita, acurrucada en uno de los sillones. La sangre empapaba la pechera y la falda de su vestido gris. Oscurecía asimismo sus hombros y sus brazos, e incluso tenía las manos teñidas de rojo.
Tryphena yacía desmayada en el suelo, pero nadie había acudido a auxiliarla. Quizá había gritado ella.
Clarice, arrodillada ante su madre, le sujetaba los brazos. Las dos temblaban violentamente. Al parecer, Vita intentaba hablar, pero le faltaba el aliento y sólo podía jadear y sollozar.
—¡Dios mío! —Mallory se tambaleó como si estuviera a punto de perder el equilibrio—. ¡Mamá! ¿Qué ha pasado? ¿Habéis mandado a alguien a buscar al médico? ¡Necesitamos vendas, agua…, algo! —Se volvió instintivamente hacia Dominic.
Dominic se inclinó junto a Clarice y la cogió de los hombros.
—Déjanos ver, querida —dijo con delicadeza—. Para restañar la herida, primero debemos localizarla.
A su pesar, todavía temblorosa, Clarice permitió que Mallory la ayudara a levantarse, y él se aferró a ella con fuerza. Nadie se ocupaba aún de Tryphena.
—Déjeme ver —ordenó Dominic mirando a Vita a la cara, blanca como el papel.
—No estoy herida —masculló ella, su voz un ronquido gutural—. O no mucho, al menos. Alguna magulladura, quizá. Ni siquiera lo sé. Pero… —se interrumpió y contempló la sangre que la cubría, casi como si no la hubiera visto hasta ese momento. Luego alzó la vista y volvió a mirar a Dominic—. Dominic… Dominic… ha intentado matarme. He… he tenido que… defenderme. Yo sólo quería… —Trató de tragar saliva, pero tenía la garganta tan cerrada que se atragantó. Dominic la sostuvo mientras tosía, hasta que finalmente volvió a respirar con regularidad—. Sólo quería apartarlo de mí… para escapar. Pero no estaba en su sano juicio. —Levantó el brazo derecho, en cuya muñeca se veía claramente la huella de una mano ensangrentada—. Me tenía agarrada. —Parecía incapaz de salir de su asombro, como si aún no diera crédito a lo ocurrido—. He… —Volvió a tragar saliva—. He conseguido coger un cortaplumas, pensando que si podía clavárselo en un brazo, me soltaría y lograría escapar de él. —Mantenía la mirada fija en Dominic, los ojos desorbitados—. Él se ha movido… se ha movido, Dominic. Yo sólo quería clavárselo en el brazo.
Dominic se sintió mareado.
—¿Qué ha ocurrido?
—Se ha movido —repitió Vita—. He apuntado al brazo. Me tenía sujeta, con las manos alrededor de mi garganta… y esa expresión en su cara… No era el hombre que yo conozco. No era Ramsay. Era un ser espantoso, lleno de odio… y de una ira infinita…
—¿Qué ha ocurrido? —repitió Dominic con mayor firmeza.
—He intentado clavarle el cortaplumas en el brazo —dijo Vita con voz apagada—, para que me soltara, y él se ha movido. La hoja se ha hundido en su cuello…, su… garganta, Dominic. Creo que está muerto.
Todos permanecieron inmóviles por unos segundos. En la chimenea, un tronco se desplazó en medio de una lluvia de chispas. Clarice volvió la cabeza y la apoyó en el hombro de Mallory, echándose a llorar. Él la estrechó entre sus brazos, hundiendo la cara en su cabello.
Tryphena, aún tendida en el suelo, intentó incorporarse. Dominic dejó a Vita, se acercó al cordón de la campanilla y tiró de él con mayor insistencia de la que pretendía, pero sentía un cosquilleo en las manos, como si las tuviera dormidas, y temblaba.
—Dile a Emsley que traiga un poco de coñac y mande a alguien por el médico —indicó a Mallory—. Voy a echar un vistazo arriba. —No se molestó en preguntar a Vita si el forcejeo se había producido en el gabinete. Lo dio por supuesto. En la última semana Ramsay apenas había salido de allí.
Ya en el piso superior, avanzó por el pasillo y abrió la puerta del gabinete.
Ramsay yacía cerca del escritorio, casi de costado, con sólo parte de la espalda contra el suelo y una pierna doblada. Presentaba un profundo corte en la garganta, y un charco de sangre se extendía por la alfombra junto a él. Tenía las manos y los puños de la camisa manchados de sangre, y los ojos abiertos, con expresión de sorpresa.
Dominic se arrodilló y notó que una desesperada tristeza se apoderaba de él. Ramsay había sido su amigo, le había dado bondad y esperanza cuando las necesitaba. Y acababa de ahogarse en un mar que Dominic ni siquiera había llegado a comprender. Había sido testigo de ello sin poder hacer nada por salvarlo. Ante semejante pérdida, lo invadió un profundo dolor… y la amarga conciencia de su fracaso.