5

Mientras Pitt estaba en el despacho de Cornwallis escuchando a Smithers, Dominic conversaba con Vita Parmenter en el salón principal de Brunswick Gardens. Las criadas ya habían quitado el polvo y barrido, y el fuego comenzaba a arder bien. Era una mañana soleada pero fría, y Vita temblaba un poco y, demasiado nerviosa para permanecer quieta, iba de un lado a otro.

—Me habría gustado saber qué pensaba ese policía —comentó, y con el rostro contraído por la ansiedad, se volvió para mirar a Dominic—. ¿Adónde habrá ido? ¿Con quién estará hablando?

—No lo sé —respondió Dominic con franqueza, deseando poder darle consuelo en lugar de contemplar impotente su miedo—. Apenas conozco sus métodos de trabajo. Quizá se haya dedicado a recabar información sobre Unity.

—¿Por qué? —Vita estaba confusa—. ¿Qué importancia puede eso tener? —Sus movimientos eran bruscos. Tan pronto extendía las manos como las cerraba con tal fuerza que las uñas debían de clavársele dolorosamente en las palmas—. ¿Quiere decir que por haber sido una mujer de vida relajada en el pasado, quizá él piense que ha podido comportarse así en esta casa?

Dominic quedó perplejo. Pensaba que Vita nada conocía sobre el pasado de Unity. Resultaba perturbador, pero debería haber caído en la cuenta de que Vita había oído hablar a Unity de libertad moral, el derecho a actuar conforme a las emociones y apetitos, los disparates que con frecuencia decía acerca de la influencia liberadora de las pasiones y el constreñimiento en el que vivía la gente, en especial las mujeres, a causa de los compromisos. En una o dos ocasiones Dominic había intentado hacer entender a Unity que los compromisos en realidad protegían a las personas, muy particularmente a las mujeres, y ella había arremetido contra él con ira y desprecio. Pensándolo ahora, resultaba absurdo suponer que Vita no había visto u oído al menos parte de esas declaraciones.

Vita estaba en el borde de la alfombra de Aubusson, mirando a Dominic con verdadero temor en sus grandes ojos. Parecía muy vulnerable, pese a la fortaleza interior que a Dominic le constaba que poseía.

—Ni siquiera sé si realmente es eso lo que el superintendente está haciendo —contestó Dominic con voz serena, acercándose un poco a ella—. Es sólo una posibilidad. Parece lo más sensato investigar la vida de una persona que ha sido… asesinada… cuando se intenta descubrir al responsable.

—Supongo que sí. —Vita tenía la voz empañada—. ¿Significa eso que… cree usted… que quizá no fue Ramsay? —Miró fijamente a Dominic, la cara pálida, la expresión oscilando entre la desesperación y la esperanza.

Sin pensar, Dominic alargó el brazo y la cogió de la mano, sosteniéndosela con ternura. Los dedos de Vita permanecieron inertes por un momento y luego se aferraron a la mano de él.

—Lo siento —susurró Dominic—. Ojalá pudiera hacer algo. Lo que fuera. Estoy tan en deuda con esta familia…

Vita esbozó una débil sonrisa, apenas un imperceptible movimiento en las comisuras de los labios pero suficiente para dar a entender que el apoyo de Dominic era importante para ella.

—Ramsay me ayudó cuando más hundido estaba —prosiguió Dominic—. Y ahora, al parecer, soy incapaz de ayudarlo a él.

Vita bajó la mirada.

—Si Ramsay mató a Unity, nada podemos hacer por ayudarlo ninguno de nosotros. Es… —tragó saliva—… es la incertidumbre lo insoportable. —Negó con la cabeza—. Eso que acabo de decir es una estupidez… y una muestra de debilidad. Debemos soportarlo. —Su voz se apagó—. Pero el dolor es inmenso, Dominic.

—Lo sé…

—Ideas espantosas se arremolinan en mi mente. —Vita seguía hablando en un susurro, como si le costara reunir ánimo suficiente para expresar sus pensamientos con claridad, pese a que no había nadie más en el salón—. ¿Es una deslealtad de mi parte? —Escrutó la mirada de Dominic—. ¿Me desprecia usted por ello? Creo que quizá yo me desprecio a mí misma. Pero me corroe la duda de si Ramsay sentía atracción por ella. Unity era… era una mujer tan… tan apasionada, tan rebosante de ideas y emociones. Tenía unos ojos bonitos, ¿no cree?

Dominic no pudo evitar sonreír pese a lo ingrato de la situación. Los ojos de Unity eran mucho menos bonitos que los de Vita. Unity era voluptuosa. Dominic recordó su cuerpo y sus labios con un estremecimiento.

—Nada excepcional —contestó, ateniéndose a la verdad en un sentido literal—. Los tenía mucho menos bonitos que usted. —Dominic no prestó atención al rubor que asomó a las mejillas de Vita—. Y me cuesta creer que Ramsay la encontrara atractiva. Sus opiniones le desagradaban demasiado. Como usted ya sabe, ella tenía una actitud muy crítica. —Sostenía aún la mano de ella en la suya, y ella se la agarraba con fuerza—. Si Unity sorprendía a alguien en una equivocación, se lo reprochaba sin reprimirse, y generalmente con regodeo. Eso predispone poco a un hombre a concebir sentimientos románticos.

Vita lo miró fijamente durante unos segundos.

—¿De verdad lo piensa? —dijo por fin—. Unity era un poco brusca, ¿no? Hacía comentarios un tanto crueles…

—¡Muy crueles! —corrigió Dominic, soltándole la mano—. En mi opinión, debe desechar ese temor. La mera posibilidad es impropia del hombre que yo conozco.

—Trabajaban juntos mucho tiempo. —Vita no podía desprenderse plenamente de su recelo—. Unity era joven y… muy…

Dominic adivinó qué quería decir, pese a que ella se resistía a expresarlo con palabras. Unity poseía un gran atractivo físico.

—En realidad no trabajaban tanto juntos —señaló él—. Ramsay trabajaba siempre en el gabinete, y ella a menudo se instalaba en la biblioteca. Se reunían sólo cuando surgía la necesidad. Y siempre había criados cerca. Y de hecho Mallory y yo estamos aquí casi desde la llegada de Unity. La casa está llena de gente. Sin contar a Clarice y Tryphena. Eso es algo que Pitt también debe de saber.

Vita no parecía muy reconfortada. Entre sus ojos seguía habiendo arrugas de ansiedad y estaba aún muy pálida.

—¿Alguna vez vio usted algo que justifique esas sospechas? —preguntó Dominic, casi seguro de que la respuesta sería negativa. No imaginaba a Ramsay en una relación con Unity que no fuera el trato formal y harto crispado que él mismo había presenciado. Siempre que los había observado juntos bien estaban trabajando, y su conversación giraba en torno a cuestiones académicas, por lo general marcada por el desacuerdo, o bien se hallaban en público y se trataban con frialdad. Existían entre ellos muchas divergencias de opinión, enmascaradas a menudo tras una apariencia de urbanidad pero derivadas siempre claramente de la necesidad de Unity de demostrar que ella tenía la razón. Unity obviamente se complacía en defender a capa y espada sus posturas. Nunca dejaba escapar la menor oportunidad de hacerlo. No tenía contemplaciones con los sentimientos de nadie. Quizá fuera una forma de integridad intelectual, pero Dominic opinaba que más probablemente se trataba de un deseo infantil de ganar.

Ramsay, por su parte, aceptaba mal sus derrotas en cualquier discusión. Aunque lo disimulaba mediante una fingida indiferencia, saltaba a la vista en sus labios apretados y largos silencios. Y la pasión física entre ellos era inimaginable.

—No… —Vita movió la cabeza en un gesto de negación—. No…, nunca vi nada.

—Entonces no piense en esa posibilidad —dijo él con tono tranquilizador—. No la conciba siquiera. No es digno de usted ni de Ramsay.

Una sonrisa volvió a asomar fugazmente a los labios de Vita. Respiró hondo y miró a Dominic.

—Es usted muy amable conmigo, Dominic. Muy atento. No sé qué haríamos sin su fortaleza. Confío en usted como en nadie más.

—Gracias —dijo Dominic con una súbita satisfacción que ni siquiera las circunstancias pudieron empañar. Inspirar confianza era uno de sus más fervientes deseos. En el pasado nadie confiaba en él, ni de hecho lo merecía. Con demasiada frecuencia anteponía sus necesidades y apetitos a todo lo demás. Rara vez obraba con malicia; simplemente pensaba sólo en sí mismo, sin la menor consideración hacia nadie, y actuaba de una manera impulsiva, como un niño. Desde que Ramsay lo encontró y le impartió sus enseñanzas, los deseos de Dominic no eran ya los mismos. Experimentó la más absoluta soledad al tomar conciencia de que quienes lo valoraban sólo tenían en cuenta su atractivo rostro y la satisfacción de sus propios apetitos. Dominic era como una sabrosa comida, intensamente deseada, devorada y luego olvidada. Por aquel entonces todo carecía de sentido, de durabilidad.

Ahora, en cambio, Vita confiaba en él. Ella conocía a un gran número de hombres buenos y cultos consagrados a ayudar al prójimo, y sin embargo percibía en Dominic fortaleza y honor. Dominic no pudo menos que sonreírle.

—Nada deseo más que servirle de consuelo en estos difíciles momentos —aseveró Dominic con hondo fervor—. Si puedo hacer algo por usted, sea lo que sea, no tiene más que decírmelo. Ignoro qué nos deparará el futuro, pero le prometo que, pase lo que pase, permaneceré a su lado y le brindaré mi apoyo.

Vita pareció relajarse por fin, desapareciendo la tensión de sus hombros y la rigidez de su espalda. Incluso recobró ligeramente el color de las mejillas.

—Cuando entró usted en esta casa, fue un día muy afortunado —dijo Vita con dulzura—. Voy a necesitarlo, Dominic. Me da miedo lo que el policía pueda averiguar. Sí, creo que tiene usted razón: Ramsay nunca mantuvo una relación romántica con Unity. —Sonrió—. Cuanto más pienso en lo que acaba de decirme, más absurda me parece la idea. Le desagradaba demasiado para eso. —Estaba muy quieta, a unos dos pasos de él. Dominic percibía el aroma de su perfume—. A decir verdad, creo que la temía. Por su mente rápida y su lengua afilada, pero sobre todo por los comentarios que hacía respecto a la fe. Unity era una mujer sumamente destructiva, Dominic. Podría aborrecerla por eso. —Tomó aire y lo dejó escapar en un trémulo suspiro—. Hace falta perversidad para burlarse a propósito de la fe de una persona y destruirla sistemáticamente, dejándole sólo los pedazos rotos. Debería lamentar su muerte, ¿no? Pero no puedo. ¿Está muy mal eso de mi parte?

—No —se apresuró a responder Dominic—. No, es muy comprensible. Ha visto los perjuicios que ha ocasionado, y la situación le da miedo. También a mí. La vida es ya bastante difícil para la mayoría de nosotros. La fe es lo único que nos permite sobrellevar las penalidades con dignidad y fortaleza. Gracias a la fe, cicatrizan nuestras heridas, somos capaces de perdonar y concebimos esperanza cuando no alcanzamos a ver el final de las dificultades o el dolor. Despojar a alguien de su fe es monstruoso, y si la víctima es un ser querido, cuánto mayor no será nuestra aflicción.

—Gracias. —Vita le rozó la mano con delicadeza, y a continuación enderezó los hombros, se dio media vuelta y se encaminó hacia las dependencias del servicio para hablar con el mayordomo. Las necesidades domésticas no se detenían a causa del duelo, ni del temor, ni de una investigación policial centrada en las tragedias de la vida de uno.

Dominic subió a ver a Ramsay. Debía de haber tareas prácticas en las que echar una mano. Quizá también hubiera alguna manera de ofrecer, si no consuelo, como mínimo amistad. Ramsay debía saber que no lo abandonaría ni por una sospecha ni por cobardía.

Se metió la mano en el bolsillo para sacar el pañuelo, pero no lo encontró. Debía de habérsele caído, una circunstancia molesta porque era de buena calidad, de hilo y con las iniciales bordadas, un vestigio de la época en que disfrutaba de una situación económica más saneada. Aun así, poca importancia tenía en aquellos momentos.

Llamó a la puerta del gabinete, y cuando oyó contestar a Ramsay, abrió y entró.

—Ah, Dominic —dijo Ramsay con forzado ánimo. Presentaba un aspecto enfermizo, como si hubiera dormido poco y su cansancio no fuera meramente físico. Tenía los ojos hundidos y la mirada vacía—. Me alegro de que hayas venido. —Revolvió con gestos enérgicos los papeles esparcidos sobre el escritorio, como si buscara algo de la máxima importancia—. Me gustaría que fueras a ver a unas personas. —Alzó la vista con una escueta sonrisa—. Viejos amigos, en cierto sentido, feligreses que necesitan unas palabras de consuelo y orientación. Te estaría muy agradecido si pudieras encontrar tiempo hoy mismo. Aquí está. —Levantó una hoja de papel donde constaban cuatro nombres y sus respectivas direcciones. Extendió el brazo por encima del escritorio y se la entregó—. Ninguno vive lejos de aquí. Si hace buen día, puedes acercarte a pie. —Echó un vistazo por la ventana—. Sí, parece que luce el sol.

Dominic cogió la lista, la leyó y se la guardó en el bolsillo.

—Claro que iré. —Deseaba añadir algo, pero ahora que estaba a solas con Ramsay no sabía qué decir. Una generación los separaba. Ramsay lo superaba con creces tanto en edad como en experiencia. Había rescatado a Dominic cuando éste se hallaba sumido en la desesperación y se aborrecía a sí mismo de tal modo que incluso se había planteado quitarse la vida. Fue Ramsay quien, pacientemente, le enseñó un camino distinto y mejor, quien lo introdujo en la fe verdadera, y no la insípida y rutinaria práctica dominical a que él estaba acostumbrado. ¿Cómo podía ahora confrontar a Ramsay con aquella tragedia y presionarlo para que hablara cuando era evidente que no deseaba hacerlo?

¿O quizá sí? Sentado en su enorme silla, se le notaba turbado. Manoseaba los papeles, levantaba la vista para mirar a Dominic, volvía a bajarla y la alzaba de nuevo.

—¿Quieres hablar del asunto? —preguntó Dominic. No sabía si aquello era una intromisión imperdonable, pero quedarse sentado en silencio se le antojaba una cobardía.

Ramsay no simuló incomprensión.

—¿Qué puede decirse? —Se encogió de hombros. Parecía desconcertado, y Dominic percibió que tras el esfuerzo de mostrarse ocupado, de aparentar normalidad, estaba también muy asustado—. No sé qué ocurrió. —Contrajo el rostro—. Discutimos. Salió de aquí irritada, gritándome. Me avergüenza admitir que yo le grité a ella en términos igualmente ofensivos. Luego volví a mi escritorio. No oí nada más. Nunca presto atención a los ruidos de la casa, algún que otro portazo o chillido. —Por un instante se interrumpió su concentración en el presente—. Recuerdo que en una ocasión una criada volcó un cubo de agua en la alfombra de la biblioteca. Estaba limpiando las ventanas. Gritó como si la atacara un ladrón. —Parecía perplejo—. ¡Menudo alboroto! Todos acudieron corriendo. Y también están los ratones.

—¿Los ratones? —repitió Dominic, desconcertado—. Los ratones son muy pequeños. Apenas se les oye.

Una sonrisa iluminó los ojos de Ramsay por un instante.

—Dominic, las criadas gritan cuando ven ratones. Una vez Nellie lanzó tal alarido que creí que iban a romperse los cristales de las arañas de luces.

—Ah, ya, claro. —Dominic tuvo la sensación de que había hecho el ridículo—. No pensaba…

Ramsay exhaló un suspiro y se reclinó en la butaca.

—¿Cómo ibas a pensarlo? Intentabas ayudarme. Me doy cuenta de ello y te lo agradezco. Querías darme la oportunidad de hablar si tenía algún peso abrumador en la conciencia…, si realmente empujé a Unity por la escalera, fuera a propósito o accidentalmente. No debe de haberte sido fácil plantearme el tema, y soy consciente del valor que requiere. —Miró a Dominic a la cara—. Quizá hablar de ello sirva de desahogo…

Dominic notó crecer el pánico en su interior. No estaba a la altura de las circunstancias. ¿Y si Ramsay admitía su culpabilidad? ¿Estaba Dominic obligado a guardar silencio por algún juramento de confidencialidad, o aunque fuera por un acuerdo tácito? ¿Qué debería hacer en ese caso? ¿Convencer a Ramsay para que se entregara a Pitt? ¿Por qué? ¿Ayudarlo a arrepentirse ante Dios? ¿Comprendía siquiera Ramsay lo que había hecho? Sin duda eso era lo más importante. Dominic lo observó y no advirtió en él una expresión de desgarradora culpabilidad. Temor sí, desde luego, y también cierto grado de culpabilidad, cierta conciencia de la enormidad de la situación. Pero no la culpabilidad del asesinato.

—Sí… —Dominic tragó saliva y casi se atragantó. Entrecruzó las manos con fuerza sobre el regazo, bajo el escritorio, donde Ramsay no las veía.

Ramsay sonrió más abiertamente.

—Tu expresión lo dice todo, Dominic. No voy a cargar en ti el peso de la culpabilidad. Lo peor que puedo admitir es que no siento dolor por su muerte…, al menos no el que debería sentir. Era otro ser humano, joven y lleno de energía e inteligencia. No debo suponer que, pese a que su comportamiento indujera a veces a pensar lo contrario, no era capaz de sentir ternura y esperanza, amor y dolor como el resto de los mortales. —Se mordió el labio, la confusión patente en su mirada—. El cerebro me dice que es una tragedia que su vida se haya truncado. Y por otro lado, las emociones me dicen que es un enorme alivio no tener que oír ya su arrogante convicción sobre la superioridad de la especie humana sobre todo lo demás, y en particular sobre la superioridad del señor Darwin. Un alivio profundo… intenso… —Cerró los dedos en torno a la pluma con tal violencia que la dobló—. ¡No deseo ser un organismo aleatorio que desciende del mono! —Se le empañó la voz, cercana al llanto—. Quiero ser la creación de Dios, un Dios que ha creado todo cuanto me rodea y se preocupa por ello, que me redimirá de mis flaquezas, perdonará mis errores y mis pecados, y de algún modo desenmarañará el enredo que son nuestras vidas humanas y al final les dará sentido. —Bajó la voz hasta hablar en un susurro—. Y ya no puedo creer en eso, salvo en momentos de soledad, por las noches, cuando el pasado parece volver a mí, y puedo olvidarme de los libros, los razonamientos, y sentir como en otro tiempo.

La lluvia azotó las ventanas y al cabo de un momento el sol hizo resaltar las gotas brillantes en los cristales.

—Unity no es la causa de todas las dudas del mundo —prosiguió Ramsay—. Claro que no. Ya había oído esos argumentos antes de que ella viniera a Brunswick Gardens. Todos los conocíamos. Habíamos hablado de ellos. He tranquilizado a muchos feligreses confusos y alarmados, como sin duda habrás hecho tú mismo, y tendrás que seguir haciendo. —Tragó saliva, juntando los labios en una fina línea de dolor—. Pero en ella se concentraron todas las dudas, tan grande era su certidumbre. —Ahora Ramsay tenía la mirada fija más allá de Dominic, en la estantería con puertas de cristal donde en ese momento se reflejaba el sol—. La raíz del problema no es ninguno de sus comentarios en particular, sino esa apariencia de seguridad en sí misma que mantenía un día tras otro. Nunca perdía ocasión de burlarse. Su lógica era implacable. —Calló por un instante. Dominic buscó algo que decir, pero comprendió que no debía interrumpirlo—. Era capaz de demoler la mía en cualquier discusión. —Se encogió de hombros—. A veces conseguía que me sintiera ridículo. Lo admito, Dominic, en esos momentos la odiaba. Pero no la empujé por la escalera, eso lo juro. —Miró fijamente a Dominic, suplicándole con los ojos que lo creyera, sin querer no obstante violentarlo expresando su ruego abiertamente. Y quizá temía oír la respuesta.

Dominic se sentía incómodo. Deseaba creerle, y sin embargo ¿cómo podía ser verdad? Cuatro personas habían oído gritar a Unity: «¡No, no, reverendo!». ¿Acaso no había sido una queja sino una llamada de socorro? En tal caso, el culpable sólo podía ser Mallory.

¿Por qué? Unity no había sacudido los cimientos de su fe. Mallory se reafirmaba en sus creencias ante cualquier oposición. Para él, eso era una prueba más de que se hallaba en el buen camino. Cada vez que ella se mofaba de él o rebatía sus ciegas declaraciones aplicando la lógica, él se limitaba a mantenerse en sus trece. Si ella no lo comprendía, pensaba Mallory, se debía a su falta de humildad. Si sus propios razonamientos eran defectuosos, o incluso totalmente circulares, era porque en eso residía el misterio de Dios, que el hombre no debía comprender. Si Unity hacía una afirmación científica que no era del agrado de Mallory, él la contradecía sin más. Podía encolerizarse, pero nunca se alteraba internamente.

—Dominic, yo no la maté —repitió Ramsay, y esta vez el miedo y la soledad afloraron claramente a su voz, irrumpiendo en las emociones de Dominic.

Dominic tenía una deuda con él que debía saldar. Pero ¿cómo sin ponerse él mismo en peligro? Y sin duda Ramsay, que lo había convertido en lo que era, no desearía deshacer su creación forzándolo a renunciar a su honestidad.

—En ese caso, fue Mallory —dijo Dominic, obligándose a mirar a Ramsay a los ojos—. Porque yo tampoco la empujé.

Ramsay se cubrió la cara con las manos y agachó la cabeza sobre el escritorio.

Dominic permaneció inmóvil. No sabía qué hacer. La angustia de Ramsay parecía llenar el gabinete. Era imposible que pasara inadvertida. Fingir era inconcebible. Ramsay nunca había fingido ante él, nunca había eludido una cuestión ni ofrecido palabras insinceras. Ése era el momento, en aquella habitación silenciosa, de pagar la deuda contraída. Había llegado la hora de poner en práctica las ideas, los principios por los que había trabajado con tanto ahínco. ¿De qué servían las teorías si, por incapacidad o renuencia, no afrontaba la realidad? Se convertían en una farsa, tan hueras e inútiles como Unity Bellwood afirmaba.

Dominic no podía permitirlo.

Pensó en inclinarse sobre el escritorio y tocarle la mano, cogérsela, pero al instante abandonó la idea. Se conocían tan bien en algunos sentidos… Ramsay había visto en toda su profundidad la confusión y desesperanza de Dominic. Entonces incluso lo había abrazado sin el menor reparo.

Pero aquello era distinto. Al mismo tiempo que forjaba un vínculo entre ellos, los había separado, dejando a Ramsay para siempre en el papel del guía, el invulnerable, el rescatador. Pretender invertir los papeles equivaldría a arrebatarle lo que le quedaba de dignidad. Dominic no lo importunaría.

Mantuvo las manos en el regazo.

—Si fue Mallory, debemos afrontarlo —dijo—. Debemos ayudarlo de todas las formas posibles. Debemos ayudarle a admitir lo ocurrido y, si podemos, comprenderle. Tanto si fue un accidente como si fue intencionado. —Su voz sonaba fría, en extremo racional. No era ése su propósito—. Si actuó a propósito, debía de tener una razón de peso. Quizá ella lo provocó más de la cuenta, y al final Mallory perdió el control. Imagino que ahora lo lamenta amargamente. Todos los hombres perdemos el control en algún momento de la vida. Es fácil comprenderlo, y más siendo Unity la causa.

Ramsay levantó lentamente la cabeza y miró a Dominic. Estaba lívido, y su mirada destilaba angustia.

Dominic apenas podía dominar su voz. Se oía hablar como si oyera a otra persona, lejos de allí. Parecía aún extraordinariamente sereno.

—Después le ayudaremos a enfrentarse con la policía y la ley. Debe saber que no le abandonaremos, que no le condenaremos. Sin duda comprenderá la diferencia entre condenar el pecado y condenar al pecador. Debemos mostrarle esa realidad.

Ramsay respiraba despacio.

—Mallory dice que no fue él.

Dominic no se movió. ¿Acaso pensaba Ramsay que había sido él, Dominic? Sería natural. Al fin y al cabo, Mallory era su hijo, por profundas que fueran sus diferencias.

—¿Crees que pudo ser Clarice? —preguntó Dominic, esforzándose por razonar. Debía hablar con sensatez.

—¡No, claro que no! —exclamó Ramsay, revelándose en su semblante lo absurda que le parecía la idea.

—Yo no fui —repitió Dominic con firmeza—. No sentía especial simpatía por ella, pero no tenía motivos para matarla.

—¿No fuiste tú? —preguntó Ramsay con una inflexión de curiosidad en la voz—. No estoy ciego, Dominic, aunque dé la impresión de que vivo abstraído en mis libros y papeles. Noté lo mucho que le atraías, cómo te miraba. Se burlaba de Mallory, lo provocaba, pero él era demasiado vulnerable para que ella lo viera como un verdadero desafío. Tú, en cambio, sí representabas un reto. Eres mayor que Mallory, y más juicioso; has conocido mejor a las mujeres, a muchas mujeres, como tú mismo me dijiste en una de nuestras primeras conversaciones. Y lo habría adivinado aunque no me lo hubieras dicho. Se nota en la seguridad con que te comportas ante ellas. Entiendes demasiado bien a las mujeres para ser un inexperto. Rechazaste a Unity, ¿verdad?

Dominic, incómodo, se sonrojó.

—Sí…

—En ese caso eras el desafío perfecto para ella —concluyó Ramsay—. Le fascinaba luchar por algo, y la victoria era su mayor placer. La victoria intelectual era muy dulce, y sabe Dios que la buscaba a menudo conmigo, y la encontraba con demasiada frecuencia… —Contrajo el rostro en un pasajero visaje de ira y humillación—. Pero la intensidad de una victoria emocional era mayor. ¿Estás seguro de que no te provocó más allá de lo tolerable, y fuiste tú quien perdió momentáneamente el control con ella? No es difícil imaginar que la apartaras de ti, literalmente, físicamente, causando el accidente que le costó la vida.

—No, no es difícil imaginarlo —concedió Dominic, sintiendo crecer el miedo en su interior. Tampoco a Pitt le sería difícil. A Pitt, de hecho, le convenía creer en esa posibilidad. Representaba una escapatoria para Ramsay, y para Vita. Eso exactamente pedía Clarice en sus plegarias, una escapatoria tanto para su padre como para su hermano. Y Mallory recibiría de buen grado la noticia, por supuesto. En cuanto a Tryphena, tanto le daba siempre y cuando apareciera un culpable.

Dominic tragó saliva, notando tensa la garganta. Él no había empujado a Unity. Ni siquiera estaba cerca del rellano cuando ella cayó por la escalera, e ignoraba quién lo había hecho. Aquello era aún peor que Cater Street. Por entonces, todo era nuevo, y Dominic no sabía qué esperar. Tenía la mente ofuscada por la conmoción de la muerte de Sarah. Ahora estaba mucho más alerta, cada uno de sus nervios consciente de las temibles posibilidades. Había presenciado ya una vez el proceso.

—Pero yo no la empujé —repitió—. Estás en lo cierto: tengo experiencia con las mujeres. —Volvió a tragar saliva. Tenía la boca seca—. Sé rechazar a una mujer sin dejarme llevar por el pánico, sin provocar una discusión, y menos aún una pelea violenta. —Eso era verdad sólo en parte, pero no era momento para entrar en matizaciones.

Ramsay guardó silencio.

Dominic pensó qué debía decir a continuación. Ramsay prácticamente había sido acusado del homicidio. Si era inocente, debía experimentar la misma sensación de terror que por un momento había asaltado a Dominic. Todo el mundo había implicado a Ramsay, incluso su propia familia, y en apariencia la policía daba crédito a esas declaraciones. Debía de sentir una soledad inimaginable.

De manera instintiva, Dominic tendió una mano y la apoyó en la muñeca de Ramsay. Cuando tomó conciencia de lo que había hecho, era ya demasiado tarde para echarse atrás.

—Pitt descubrirá la verdad —dijo con firmeza—. No permitirá que se acuse o detenga a un hombre inocente. Por eso lo han enviado a él. No cederá a la presión de nadie, y nunca se rinde.

Ramsay lo miró vagamente sorprendido.

—¿Cómo lo sabes?

—Está casado con la hermana de mi esposa. Lo conocí hace mucho tiempo.

—¿Tu esposa?

—Murió. Fue asesinada… hace diez años.

—Ah…, sí, claro. Lo siento. Por un momento me había olvidado —se disculpó Ramsay. Con delicadeza, apartó su mano de la de Dominic y se atusó el cabello, demasiado ralo para necesitarlo—. Estos últimos días me cuesta mucho concentrarme. Tengo la sensación de avanzar a oscuras en un sueño. Continuamente tropiezo con algo.

Dominic se puso en pie.

—Iré a visitar a estas personas. Por favor…, por favor, no te dejes vencer por la desesperación…

Ramsay esbozó una sombría sonrisa.

—Resistiré. Supongo que eso te lo debo, ¿no?

Dominic no contestó. Era él quien estaba en deuda, y lo sabía. Salió del gabinete y cerró la puerta con cuidado.

En primer lugar visitó a la señorita Edith Trethowan, una mujer de edad difícil de determinar porque la mala salud la había privado de la vitalidad de la que habría disfrutado en condiciones normales. Tenía la tez pálida y el cabello casi blanco. Al conocerla, Dominic había calculado que pasaba de los sesenta años, pero luego, basándose en un par de referencias surgidas en la conversación, dedujo que probablemente no tenía más de cuarenta y cinco, avergonzándose de su propia torpeza. Era el dolor, no el tiempo, lo que había dejado huella en su rostro y encorvado sus hombros.

Aunque totalmente vestida, yacía en un diván, como acostumbraba en sus mejores días. Obviamente se alegró de verlo.

—¡Pase, señor Corde! —se apresuró a decir, y sus ojos se iluminaron. Alzando una mano surcada de finas venas azules, señaló un sillón—. Me complace verlo. —Lo examinó con la mirada—. Pero lo noto cansado. ¿Otra vez ha estado trabajando más de la cuenta?

Dominic sonrió y se sentó donde ella le había indicado. Estuvo a punto de explicarle el verdadero motivo de su cansancio, pero serviría sólo para alarmarla. A la señorita Trethowan le gustaba oír buenas noticias. Tenía ya bastante con sus propios sufrimientos.

—Sí, posiblemente —respondió él, con un gesto de indiferencia—. Pero no importa. Aunque quizá debería usar más el sentido común. En todo caso, hoy es un día para visitar amigos. ¿Cómo se encuentra?

También ella ocultó la realidad.

—Ah, muy bien, gracias, y con un ánimo excelente. Acabo de leer unas cartas preciosas de una mujer que ha viajado por Egipto y Turquía. ¡Qué vida tan agitada! Yo disfruto leyéndolo, pero creo que me daría un miedo atroz hacer cosas así. —Se estremeció—. ¿No es una suerte poder participar de esos sucesos gracias a las experiencias de otras personas? En sus escritos hallamos todo lo interesante, y no tenemos que soportar las moscas, el calor, las enfermedades.

—En eso le doy la razón —convino Dominic—. También nos libramos de los mareos, los vaivenes de viajar a lomos de una mula o un camello, y las noches al raso. Admito, señorita Trethowan, que para mí no hay nada más importante que un buen cuarto de baño.

Ella rio.

—Estoy de acuerdo con usted. No todos tenemos madera de exploradores.

—Y además si nadie se quedara en casa, ¿a quién contarían ellos sus peripecias al volver?

La señorita Trethowan encontró muy divertido el comentario. Habló durante media hora de todo lo que había leído, y él la escuchó atentamente, intercalando las observaciones pertinentes cada vez que las pausas de ella se lo permitían. Dominic prometió buscarle más libros sobre temas similares, y al marcharse, ella se quedó con un sentimiento de satisfacción. La charla no había incluido una sola alusión a temas religiosos, pero él no cayó en la cuenta hasta más tarde. No le había parecido oportuno.

A continuación visitó al señor Landells, un viudo que se sentía profundamente solo, y cuya amargura aumentaba por momentos.

—Buenos días, señor Landells —saludó Dominic alegremente cuando lo hicieron pasar al frío salón—. ¿Cómo está usted?

—El reuma me está matando —respondió Landells, malhumorado—. El médico no me sirve de nada. Éste es el año más lluvioso que recuerdo, y le aseguro que recuerdo muchos. No me extrañaría que también tuviéramos un verano frío; de hecho, es frío uno de cada dos. —Estaba sentado en una postura rígida, y Dominic tomó asiento frente a él. Era evidente que aquélla sería una ardua tarea.

—¿Le han llegado noticias de su hija desde Irlanda? —preguntó Dominic.

—Allí llueve más aún —contestó Landells con satisfacción—. No entiendo cómo se le ocurrió marcharse.

—Si no recuerdo mal, me comentó usted que el marido de su hija tenía allí un buen empleo. ¿O estoy equivocado?

Landells le lanzó una mirada de indignación.

—¡Creía que venía usted a levantarme el ánimo! ¿No es ésa la misión de la Iglesia, que todo esto es por nuestro bien, que algún día Dios hará que merezca la pena? —Con un airado gesto de su mano reumática, señaló el mundo en general—. Usted no puede explicarme por qué murió mi Bessie y yo estoy aquí solo, sin nada que hacer ni nadie a quien le preocupe si estoy vivo o muerto. Usted viene únicamente porque es su obligación. —Se sorbió la nariz y miró con rabia a Dominic—. ¿Por qué, si no? El reverendo me visita de vez en cuando porque es su deber. Me habla de Dios y la redención, y todo eso. Me cuenta que Bessie ha resucitado en algún sitio y volveremos a vernos, ¡pero ni él ni yo nos creemos una sola palabra! —Hizo un mohín de disgusto—. Lo veo en su cara. Nos sentamos uno frente al otro y hablamos de un montón de tonterías sin creernos nada. —Sacó un enorme pañuelo del bolsillo y se sonó ruidosamente—. ¿Qué sabe usted de lo que es hacerse viejo, descubrir que el cuerpo ya no responde, ver que los seres queridos han muerto, y no esperar ya nada salvo la muerte? No quiero oír su retahíla de frases hechas sobre Dios.

—No —convino Dominic con una sonrisa, pero mirando a Landells a los ojos—. Lo que usted quiere es alguien a quien echar la culpa. Se siente solo y asustado, y es más fácil dejarse llevar por la ira que admitir esa realidad. Es una buena válvula de escape. Si consigue que me marche de aquí absolutamente abatido, tendrá la sensación de que ejerce poder sobre alguien…, aunque ese poder le sirva sólo para herir. —Dominic no supo por qué dijo aquello. Oía sus propias palabras como si fueran de otro. Ramsay habría quedado horrorizado.

Landells también lo estaba. Se puso de mil colores.

—¡Usted no tiene derecho a hablarme así! —protestó—. Es un coadjutor. Debe tratarme con amabilidad. Es su trabajo. Para eso le pagan.

—No, ni mucho menos —rebatió Dominic—. Me pagan para decirle la verdad, y a usted no le gusta oírla.

—Yo no estoy asustado —replicó Landells con aspereza—. ¿Cómo se atreve a decirme eso? Informaré de su actitud al reverendo Parmenter. Ya veremos qué tiene él que decir al respecto. Él viene aquí y reza por mí, me trata con respeto, me habla de la resurrección, y me ayuda a sentirme mejor. No se sienta ahí y empieza a criticarme.

—Acaba de decirme que ni él ni usted se creen una sola palabra de todo eso —señaló Dominic.

—Sí, así es, pero ésa no es la cuestión. El reverendo al menos lo intenta.

—Yo sí creo en lo que digo. Creo que todos resucitaremos, incluidos usted y Bessie —contestó Dominic—. Por lo que he oído contar de ella, era una mujer adorable, generosa y sensata, honrada, alegre y feliz. Reía mucho… —Vio lágrimas en los ojos de Landells, pero las pasó por alto—. Ella lo habría echado a usted mucho de menos si hubiera muerto antes, pero no se habría quedado de brazos cruzados acumulando ira día a día y culpando de todo a Dios. Sólo imagine por un instante que existe la resurrección… Su cuerpo se regenerará y volverá a ser como era cuando se hallaba usted en la flor de la vida, pero su espíritu seguirá siendo el mismo. ¿Está dispuesto a reunirse con Bessie con ese ánimo… por no hablar ya de reunirse con Dios?

Landells lo miró fijamente. En el brasero apenas ardía el fuego. Era necesario avivarlo, pero no quedaba suficiente carbón en el cubo.

—¿De verdad lo cree? —preguntó lentamente el anciano.

—Sí, lo creo —declaró Dominic sin una sombra de duda. Sin saber por qué, albergaba una total certidumbre. Creía lo que había leído sobre el Domingo de Resurrección y la aparición del Señor a María Magdalena en el huerto. Creía asimismo en el episodio de la Biblia en que los discípulos, yendo camino de Emaús, se encontraron con el Cristo resurrecto y siguieron adelante en su compañía, reconociéndolo sólo en el último momento, cuando él partió el pan con ellos.

—¿Y qué me dice del señor Darwin y sus monos? —inquirió Landells, destellando en su mirada una expresión entre la esperanza y la desesperación, entre la momentánea victoria y la permanente derrota. Una parte de él deseaba salir vencedora de la discusión con Dominic; otra parte, mayor y más honesta, deseaba perder con toda su alma.

—No entiendo esas teorías —admitió Dominic—. Pero el señor Darwin se equivoca si sostiene que Dios no creó la Tierra y cuanto hay en ella, o que los hombres no somos algo especial para Él, sino simplemente una forma de vida accidental. Fíjese en los prodigios y la belleza del universo, señor Landells, y dígame si todo es fruto del azar y carece de un sentido profundo.

—Mi vida ahora no tiene sentido —declaró Landells, con el rostro contraído. Estaba ganando, y no quería.

—¿Desde la muerte de Bessie? —preguntó Dominic—. ¿Y tenía sentido antes? ¿No era ella algo más que un mero accidente, una descendiente de un mono convertida en un extraordinario acierto?

—El señor Darwin… —empezó a argumentar Landells, y de pronto, sonriendo por fin, se hundió en su butaca—. De acuerdo, señor Corde. Le creo. No le comprendo, eso desde luego, pero le creo. Y dígame: ¿Por qué el reverendo Parmenter no me habla así? Él tiene más experiencia que usted… mucha más. Usted es sólo un principiante, eso es.

Dominic conocía la respuesta a eso, pero no pensaba dársela a Landells. La fe de Ramsay partía de la razón, y la razón lo había abandonado al confrontarla con una argumentación más diestra que la suya, basada en un campo de la ciencia que no comprendía.

—Aun así, estoy en lo cierto —dijo Dominic con firmeza, poniéndose en pie—. Lea la Biblia, señor Landells… y sonría mientras lo hace.

—Sí, señor Corde. ¿Podría acercármela, si es tan amable? Estoy demasiado entumecido para levantarme de esta butaca. —Un atisbo de humor brilló en la mirada del anciano, una despedida final de la victoria.

Dominic visitó luego a los señores Norland, fue a almorzar y pasó el resto de la tarde con el señor Rendlesman. Volvió a Brunswick Gardens a tiempo de compartir con la familia Parmenter una cena temprana, que fue la comida más tensa que recordaba. Se hallaban todos presentes y muy nerviosos. El silencio de la policía parecía confirmar sus temores, y los ánimos estaban muy exaltados aun antes de retirarse el primer plato y servirse el segundo. La conversación fue entrecortada, hablando a menudo dos personas al mismo tiempo y quedando después en silencio, sin que nadie continuara.

Sólo Vita trató de mantener cierta apariencia de normalidad. Ocupó su lugar en un extremo de la mesa, y aunque estaba pálida y asustada, iba impecablemente peinada como de costumbre y llevaba un vestido gris claro guarnecido de negro, adecuado para guardar luto por alguien que, aun siendo cercano, no pertenecía a la familia. Dominic no pudo evitar darse cuenta una vez más de lo adorable que era, de una gracia y una actitud mucho mejores que la belleza convencional. Su encanto no se marchitaba, ni resultaba tedioso jamás.

Tryphena, por su parte, presentaba un aspecto desastroso. No se había molestado en arreglarse el cabello, por lo general precioso. En ese momento lo llevaba alborotado y sin brillo, y aún tenía los ojos hinchados y un poco rojos. Mantenía una actitud hosca, como si reprochara a todos los presentes su incapacidad de sentir el mismo dolor que ella. Vestía totalmente de negro, sin el menor adorno.

Clarice también mostraba cierto desaliño, pero en realidad ella nunca había poseído la sofisticación de su madre ni en el vestir ni en los modales. A menudo llevaba el cabello tan revuelto como en esa ocasión, pero su lustre y sus ondas naturales le conferían pese a todo cierta belleza. Estaba muy pálida y lanzaba miradas de inquina a unos y otros, y se dirigía a su padre con innecesaria frecuencia, como si realizara el esfuerzo sobrehumano de actuar con normalidad ante él pero no creyera lo que los demás parecían creer. Sin embargo sólo consiguió centrar más la atención en ese hecho.

Mallory se hallaba absorto en sus pensamientos y no decía una palabra a menos que alguien le hablara directamente. Fueran cuales fuesen sus preocupaciones, no las puso en conocimiento de nadie.

En la mesa, como siempre, había un centro de flores procedentes del invernadero.

Dominic buscó algo que decir que no resultara demasiado insensible, como si no se hubiera producido tragedia alguna. Deberían ser capaces de hablar entre sí con sensatez, intercambiar comentarios acerca de algún tema, aparte del tiempo, sin llegar a discutir. Tres de ellos eran hombres consagrados al servicio de Dios, y sin embargo todos alrededor de la mesa eludían mutuamente sus miradas y comían de manera mecánica. El miedo y la desconfianza podían palparse en el ambiente. Todos sabían que uno de los tres hombres presentes había matado a Unity, pero sólo uno de ellos sabía con absoluta certeza quién lo había hecho, y cargaba en su conciencia con el peso del terror y la culpabilidad.

Masticando un trozo de carne que se le antojaba una bola de serrín en la boca, preguntándose cómo tragárselo, Dominic escrutó a Ramsay sin apenas levantar la vista. Parecía más viejo, más cansado que de costumbre, también temeroso quizá, pero Dominic no percibió en él el menor rastro de culpabilidad, nada que lo indujera a pensar que era un hombre que había matado y negaba su delito, dejando que las sospechas recayeran en su amigo y, peor aún, en su hijo.

Dominic se volvió hacia Mallory y vio la tensión en sus hombros y su cuello, su mirada fija en el plato, evasiva. No había dirigido a su padre ni siquiera una fugaz ojeada. ¿Era eso culpabilidad? Dominic no sentía especial aprecio por Mallory Parmenter, pero siempre lo había considerado un hombre honrado, aunque aburrido y sin el menor sentido del humor. Tal vez su actitud se debía básicamente a la insensibilidad. Con el tiempo eso cambiaría, aprendería que era posible servir a Dios y a la par reírse, incluso saborear los aspectos hermosos y absurdos de la vida, la riqueza de matices de la naturaleza y de la gente.

¿Era Mallory tan cobarde como para permitir que su padre pagara en lugar de él por un crimen de… qué clase… de pasión?

—Imagino que hace mucho calor en Roma. —La voz de Clarice interrumpió los pensamientos de Dominic. Se dirigía a Mallory—. Llegarás allí a comienzos del verano.

Mallory alzó la vista, su semblante sombrío y malhumorado.

—Si es que llego…

—¿Por qué no ibas a llegar? —preguntó Vita, arrugando la frente como si no comprendiera el comentario—. Pensaba que estaba todo resuelto.

—Y lo estaba —contestó Mallory—. Pero no había previsto la muerte de Unity. Quizá allí vean las cosas de otra manera ahora.

—¿Por qué? —dijo Tryphena con descaro—. Esto no tiene nada que ver contigo. ¿Tan injustos son como para responsabilizarte de algo que no has hecho? —Dejó el tenedor, olvidándose de la comida—. Ése es el problema con tu religión; creéis que todo el mundo es culpable del pecado de Adán, y para colmo ahora parece que Adán ni siquiera existió, lo cual no impide que sigáis echándole agua a los niños para limpiarlos del pecado original… y los pobres no tienen la menor idea de qué les hacen. Ellos sólo saben que van vestidos de gala, los entregan a un desconocido que los sostiene en brazos y habla sobre ellos, no con ellos, y luego los devuelve a sus familias. ¿Y se supone que con eso se arregla todo? En la vida he oído una idiotez semejante. Pura superstición. Ésas son cosas propias de la Edad Media, como las ordalías, la costumbre de sumergir en agua a las brujas y la idea de que llega el fin del mundo cada vez que hay un eclipse de sol. No entiendo cómo puedes ser tan crédulo.

Mallory abrió la boca para replicar.

—Tryphena… —lo interrumpió Vita, inclinándose sobre la mesa.

—Cuando yo quería ponerme pantalones para montar en bicicleta —prosiguió Tryphena sin inmutarse—, simplemente porque era más práctico, a papá casi le dio una apoplejía. —Hizo un brusco ademán, y por muy poco no tiró su copa de agua—. Sin embargo a nadie le parece raro que vosotros os vistáis con largas faldas, os adornéis con sartas de cuentas colgadas del cuello, cantéis juntos, y bebáis algo que, según vosotros, es vino convertido en sangre, lo cual, además, resulta en extremo repugnante, por no decir blasfemo. Y a pesar de eso, opináis que los caníbales son unos salvajes que deberían…

Mallory tomó aire para responder.

—¡Tryphena, basta ya! —se anticipó Vita de nuevo. Con un ceño de irritación, se volvió hacia Ramsay—. ¡Por el amor de Dios, dile algo a tu hija! ¡Defiéndete!

—Me ha dado la impresión de que era a Mallory a quien atacaba —observó Ramsay sin alterarse—. La doctrina de la transubstanciación de la sagrada hostia es una creencia católica.

—¿Y para qué lo hacéis? —contraatacó Tryphena—. Algún sentido debéis de encontrarle. ¿O por qué os engalanáis con telas bordadas y representáis el número de principio a fin?

Ramsay la miró con tristeza pero guardó silencio.

—Eso es un recordatorio de quiénes somos y de las promesas que hemos hecho —explicó Dominic con toda la paciencia de que pudo hacer acopio—. Y desgraciadamente es necesario recordar.

—En ese caso, poco importaría si en lugar de pan y vino se usaran galletas y leche —repuso ella con tono desafiante y un brillo triunfal en la mirada.

—No importaría en lo más mínimo —corroboró Dominic con una sonrisa—. Siempre y cuando creyeras en tus palabras y acudieras con el espíritu adecuado, y sobre todo sin ira ni malicia.

Tryphena se ruborizó, sintiendo que se le escapaba la victoria.

—Unity decía que la misa no era más que una magnífica representación teatral, concebida para impresionar a los fieles y asegurarse su obediencia y su respeto —adujo como si citar una frase de Unity fuera en sí mismo prueba de algo—. No es más que un espectáculo sin contenido. Es fruto de un deseo de poder por parte del clero, y de una mentalidad supersticiosa por parte de los fieles. Se quedan más tranquilos si confiesan sus pecados y se los perdonáis; así, pueden empezar de nuevo. Y si no vuelven a pecar, es porque viven aterrorizados por vosotros.

—¡Unity era una necia! —exclamó Mallory con crispación—. Y una blasfema.

Tryphena se volvió de inmediato hacia él.

—¡Vaya, nunca te oí decirle eso a la cara cuando vivía! Ahora que no está para responderte, sacas de pronto la valentía. —Su desprecio era devastador—. Antes te faltaba tiempo para hacer todo lo que ella te pedía. Y no recuerdo que la contradijeras nunca en público con ese tono. ¡Qué convicción ha nacido en ti de repente, y qué ardor para defender tu fe!

Mallory palideció, mirándola con expresión airada y defensiva.

—No tenía sentido discutir con Unity —dijo con voz trémula—. Nunca escuchaba a nadie porque prejuzgaba las opiniones de los demás antes de que empezaran a hablar. Tenía las ideas muy claras.

—¿Y tú no las tienes? —replicó Tryphena.

—¡Claro que sí! —Mallory enarcó las cejas—. Mis ideas son una cuestión de fe, y eso es muy distinto.

Tryphena dejó el tenedor con un violento golpe. No rompió el plato de milagro.

—¿Por qué todos dais por sentado que vuestros principios se basan en algo virtuoso como la fe, algo digno de encomio, y que los principios de Unity, en cambio, eran perversos y falaces y se basaban en las emociones o la ignorancia? Esa superioridad moral da náuseas… y es ridícula. Si os vierais desde fuera, os echaríais a reír. —Les arrojó esas palabras con el rostro distorsionado por la furia y la conciencia de su propia impotencia—. Pensaríais que sois una parodia. Excepto por el hecho de que sois demasiado crueles para hacer gracia. ¡Y ganáis! Eso es lo más insufrible. Ganáis. Hay superstición, opresión e ignorancia por todas partes, y una injusticia catastrófica. —Se puso en pie, mirándolos con lágrimas en los ojos—. Estáis todos aquí sentados cenando, y Unity yace amortajada en una fría mesa, esperando sepultura. Os engalanaréis todos…

—¡Tryphena! —protestó Vita, en vano. Se volvió hacia Ramsay con desesperación, pero él permaneció impasible.

—… Con vuestros preciosos vestidos y trajes —continuó Tryphena con voz ahogada— y tocaréis el órgano y cantaréis y rezaréis por ella. ¿Por qué no podéis hablar con voz propia? —Miró a su padre con actitud desafiante—. ¿Cómo podéis hablar así si en realidad no os creéis una sola palabra de lo que decís? Seguiréis con vuestra cantinela como en un mal oratorio, y entretanto uno de vosotros es su asesino. Todavía espero despertar y descubrir que todo esto es una pesadilla, sólo que me doy cuenta de que se prolonga ya desde hace años de un modo u otro. ¿Acaso es esto el infierno? —Extendió los brazos, rozando la cabeza de Dominic—. ¡Todo esto es… una hipocresía! Aunque digan que en el infierno hace calor, quizá no sea así. Quizá simplemente sea algo luminoso e interminable…, nauseabundo. —Se volvió hacia Vita—. Y no te molestes en pedirme que abandone el comedor…, ésa es mi intención. Si sigo aquí un segundo más, vomitaré.

Volcó la silla al apartarla y corrió hacia la puerta.

Dominic se puso en pie y levantó la silla. Era inútil presentar excusas por Tryphena.

Ramsay estaba visiblemente abatido, con la mirada fija en el plato, la piel blanca en torno a los labios, manchas de rubor en las mejillas. Clarice lo observaba con manifiesto pesar. Vita mantenía la vista al frente, como si no pudiera resistir más aquella situación ni escapar de ella.

—Para hablar con tanto desdén del teatro —comentó Clarice con voz ronca—, se le da muy bien la interpretación dramática. Aunque quizá sobreactúa un poco, ¿no os parece? Lo de la silla estaba de más. A nadie le gusta una actriz que eclipsa al resto del reparto.

—Puede que ella esté actuando —replicó Mallory—, pero yo no.

Clarice exhaló un suspiro.

—¡Qué lástima! Hubiera sido tu mejor excusa.

Dominic le lanzó una mirada, pero ella se había vuelto ya hacia su padre.

—Una excusa ¿para qué? —preguntó Mallory, decidido a seguir con el tema.

—Para todo —contestó Clarice.

—¡Yo no he hecho nada! —dijo Mallory a la defensiva, y señaló a su padre con la cabeza.

En las mejillas de Clarice aparecieron dos círculos de intenso rubor.

—¿Quieres decir que no empujaste a Unity? He estado dándole vueltas al asunto. Quizá ella tenía una aventura con Dominic.

Vita miró con furia a su hija, los ojos desorbitados. Tomó aire como si se dispusiera a hablar, pero Clarice prosiguió con voz alta y clara.

—Recuerdo muchos detalles, ahora que lo pienso, momentos en que Unity buscaba la compañía de Dominic, miradas furtivas, acercamientos…

—¡Eso no es verdad! —la interrumpió Vita por fin con voz tensa, como si las palabras apenas pudieran salir de su garganta—. Eso es un comentario espantoso e irresponsable, y no quiero volver a oírlo. ¿Entendido, Clarice?

Clarice miró a su madre con sorpresa.

—¿No hay inconveniente, pues, en insinuar que papá asesinó a Unity, pero no puede decirse que Unity tenía una aventura con Dominic? ¿Por qué?

Dominic notó que le ardía la cara. También él recordaba esos momentos, con una claridad que le horrorizaba y le hacía desear hallarse en cualquier parte menos sentado a aquella mesa, viendo a Vita dolida y consternada, a Mallory con una expresión de desprecio en los labios, a Ramsay en actitud evasiva, sumido en su miedo y su soledad.

—Supongo que Dominic se cansó de ella —prosiguió Clarice, inexorable—. Toda esa palabrería política puede llegar a causar cierto tedio. En algunos momentos es muy previsible, y eso siempre aburre. Unity nunca escuchaba, y los hombres detestan a las mujeres que no fingen al menos beber sus palabras, aunque tengan la mente en otro sitio. Es un arte. Mamá sabe hacerlo como nadie. La he observado centenares de veces.

Vita se sonrojó y pareció a punto de decir algo, pero se había quedado muda de vergüenza.

Salvo Dominic, nadie advirtió que la puerta se abría y Tryphena aparecía en el umbral.

—Juraría que encontró más atractiva a mamá —continuó Clarice, rompiendo el tenso silencio—. Eso es. Dominic se enamoró de mamá…

—Clarice…, por favor… —dijo Vita con desesperación, pero apenas pudo levantar la voz.

Mallory miró fijamente a su hermana, prestando por fin verdadera atención.

—Me lo imagino perfectamente. —Clarice preparó el terreno para conseguir el efecto dramático que perseguía. Se recostó en la silla con los ojos cerrados y la barbilla en alto. También ella estaba ofreciendo una excelente interpretación—. Unity sigue locamente enamorada de Dominic, pero él empieza a aburrirse y desplaza su interés a una mujer más femenina, más atrayente. —Tenía una expresión de embeleso, profundamente concentrada—. Pero Unity no está dispuesta a renunciar a él. No puede resistir el rechazo. Lo chantajea, amenazándolo con revelar su pasada relación. Se lo dirá a todo el mundo. A papá, a la Iglesia. Lo expulsarán.

—¡Eso es un disparate! —protestó Dominic, indignado—. ¡Basta ya! Es una acusación irresponsable, y una falsedad.

—¿Por qué? —Clarice abrió los ojos y se volvió hacia él—. ¿Por qué no se puede echar la culpa a nadie más? Si es justo culpar a mi padre, ¿por qué no a ti, o Mallory…, o a mí, de hecho? Sé que no la empujé yo, pero no sé si fuisteis o no vosotros. ¿No es ésa la razón de que estemos aquí recelando unos de otros, intentando recordar algún detalle revelador para encontrarle sentido a esto? ¿No es ése el motivo de nuestro miedo? —Extendió los brazos en un amplio gesto, con los ojos muy abiertos—. Podría haber sido cualquiera de nosotros. ¿Cómo vamos a protegernos si no es demostrando que fue otra persona? ¿Hasta qué punto nos conocemos unos a otros, la personalidad oculta detrás del rostro conocido? ¡No me hagas callar, Mallory! —Apartó con impaciencia a su hermano, que se había inclinado hacia ella—. ¡Es la verdad! —Soltó una risotada histérica—. Quizá Dominic se cansó de Unity, se enamoró de mamá, y cuando Unity se resistió a dejarlo, él la mató. Y ahora se alegra de que acusen a papá, porque así escapa de la horca y de paso se deshace de él. De ese modo mamá queda libre para casarse con él, y…

—¡Eso es absurdo! —exclamó Tryphena desde la puerta con voz alta e iracunda—. Es imposible.

Clarice se volvió para mirar a su hermana.

—¿Por qué? No sería la primera vez que alguien mata por amor. Es mucho más lógico que pensar que la mató papá porque era atea. ¡Dios santo, el mundo está lleno de ateos! Se supone que los cristianos se dedican a convertirlos, no a matarlos.

—¡Cuéntale eso a la Inquisición! —replicó Tryphena, entrando en el comedor—. Es imposible porque Dominic no habría rechazado a Unity. Si ella se hubiera fijado en Dominic con esas intenciones, lo cual es muy improbable, habría sido ella misma quien habría acabado aburriéndose y rompiendo la relación. Y Unity nunca se degradaría al chantaje. Es impensable. —Miró a Clarice con desprecio—. Todo lo que dices demuestra únicamente tu pobreza de espíritu. He vuelto para disculparme por haber causado un alboroto durante la cena, lo cual es de muy mala educación. Pero ahora veo que era innecesario, puesto que Clarice acaba de acusar a uno de nuestros invitados de mantener una relación ilícita con la otra invitada y asesinarla después para cargar a mi padre con la culpa y casarse con mi madre. ¿Al lado de eso qué importancia puede tener algo tan insignificante como alterar la marcha de la cena?

—Unity no era una invitada —repuso Clarice con pedantería—. Era una empleada. Papá la contrató para ayudarlo con las traducciones.

Dominic se puso en pie. Advirtió con sorpresa que estaba temblando. Incluso le flaqueaban las piernas. Se agarró al respaldo de la silla y miró de uno en uno a los demás.

—Clarice ha dicho una cosa que sí es cierta: todos tenemos miedo, y eso altera nuestro comportamiento. No sé qué le ocurrió a Unity, salvo que está muerta. Sólo una de las personas aquí presentes lo sabe, y de nada sirve que nos declaremos inocentes o, a menos que tengamos una prueba concluyente, acusemos a otros. —Deseó añadir que no había mantenido una relación amorosa con Unity, pero sólo conseguiría desencadenar otra ronda de negativas, precisamente lo que les había sugerido que no hicieran—. Voy a estudiar un rato. —Y se dio media vuelta y abandonó la mesa, todavía tembloroso, notando en la piel el contacto frío del miedo. La insinuación de Clarice era absurda, por supuesto, pero no inverosímil. Era un motivo mucho más lógico que cualquiera de los que podían atribuirse a Ramsay.

A la noche de por sí espantosa se sumó la llegada del obispo Underhill a las nueve y cuarto. Tanto Dominic como Ramsay se vieron obligados a bajar al salón principal para recibirlo. Acudía en visita oficial para expresar sus condolencias y ofrecer apoyo a la familia en aquellos momentos difíciles y dolorosos.

En respeto a su rango en la Iglesia, la familia entera hizo acto de presencia. Todos se sentían incómodos por distintas razones. Tryphena lo observó con ira. Vita permaneció sentada con recato, pálida y temerosa. Mallory trató de afectar indiferencia. Clarice, afortunadamente, guardó silencio, quedándose inmóvil en un sillón y lanzando alguna que otra mirada a Dominic.

—Estoy seguro de que todos nuestros corazones están con ustedes durante esta difícil prueba —declaró el obispo con voz sonora, como si se dirigiera a una multitud de fieles—. Rogaremos por esta familia de todas las maneras… de todas las maneras posibles.

Clarice se cubrió la cara con las manos y ahogó algo que podía pasar por un estornudo. Dominic se dio cuenta de que intentaba disimular la risa y creyó adivinar qué imágenes rondaban por su mente. Deseó tener la libertad de poder hacer lo mismo en lugar de verse obligado a escuchar con seriedad y aparentar un profundo respeto.

—Gracias —susurró Vita—. Es todo muy confuso.

—Claro que lo es, mi querida señora Parmenter. —El obispo buscó alguna respuesta adecuada—. Para encontrar el buen camino, uno debe dejarse guiar por la honradez y la luz de la verdad. El Señor nos ha prometido ser un faro para alumbrar nuestros pasos. Debemos depositar nuestra confianza en Él.

Tryphena alzó la vista al techo en un gesto de desesperación, pero el obispo no la miraba.

Ramsay guardaba un patético silencio, y Dominic sentía lástima por él. Parecía una mariposa, aún viva, sujeta por un alfiler.

—Debemos tener valor —continuó el obispo. Clarice abrió la boca y volvió a cerrarla. En su rostro se reflejaba su esfuerzo por controlar el mal genio, y por una vez Dominic se identificó plenamente con ella. ¿A qué se refería el obispo? Valor ¿para qué? Para abstenerse de tender la mano de la amistad o hacer una promesa de lealtad o ayuda. El obispo se había guardado mucho de eso. No había pronunciado más que cautelosas frases hechas.

—Todos haremos lo que podamos —prometió Vita, mirando al obispo—. Ha sido muy amable de su parte venir a vernos. Sé que está muy ocupado…

—Nada de eso, señora Parmenter —respondió él, sonriente—. Es lo mínimo que podía hacer…

—Lo mínimo —dijo Clarice entre dientes. Luego, alzando la voz, añadió—: Sabíamos que no podía esperarse menos de usted, obispo Underhill.

—Gracias, querida. Gracias.

—Espero que nos ayude a comportarnos de manera honorable y a tener el valor de actuar como es debido —prosiguió Vita de inmediato—. Quizá una palabra de consejo de vez en cuando. Se lo agradeceríamos mucho. Yo… —Dejó las palabras en el aire, la frase inacabada testimonio de su malestar.

—Naturalmente —aseguró el obispo—. Naturalmente que lo haré. —Ojalá… ojalá supiera… mi propia experiencia…

Dominic sentía vergüenza ajena y se avergonzaba también de sí mismo por el desprecio que le inspiraba el obispo. Debería haberlo admirado, debería verlo como un firme sostén, más sabio que ellos, más fuerte, rebosante de compasión y honor. Pero el obispo había soslayado el conflicto, ofrecido vagos consejos que no necesitaban, y evitado comprometerse.

La visita del obispo se prolongó durante media hora, y cuando por fin se fue, Dominic experimentó un profundo alivio. Vita lo acompañó hasta la puerta, y cuando volvía, Dominic le salió al paso en el vestíbulo. Se la veía exhausta, casi afiebrada. Dominic no imaginaba de dónde sacaba fuerzas para mantener aquella compostura. Era difícil concebir un dilema peor que aquél ante el que ella se hallaba. Su admiración por ella era infinita. Buscó alguna manera de hacérselo saber que no resultara empalagosa ni aumentara su ansiedad y su bochorno.

—Demuestra usted una valentía extraordinaria —dijo con ternura, acercándose a Vita para hablar en voz baja y que nadie más lo oyera—. Todos estamos en deuda con usted. Creo que quizá esta situación sea tolerable sólo gracias a su fortaleza.

Vita sonrió con una repentina satisfacción que por un momento a Dominic le pareció genuina, como si él le hubiera dado un regalo pequeño pero precioso.

—Gracias… —susurró Vita—. Gracias, Dominic.