6

—¿Crees que fue Ramsay Parmenter? —preguntó Charlotte, empujando la mermelada hacia Pitt sobre la mesa del desayuno.

Era el cuarto día desde la muerte de Unity. Charlotte, naturalmente, había informado a Pitt de su visita a Brunswick Gardens, y él no había reaccionado bien. Charlotte había tenido que darle muchas explicaciones, y aun así no había salido muy airosa. Le constaba que él seguía disgustado, y no por la intromisión —a lo cual estaba ya más que acostumbrado—, sino por haberse apresurado tanto en ir a ver a Dominic.

—No lo sé —contestó Pitt—. Si me limito a los hechos, parece muy probable, y si juzgo por lo que he averiguado de la personalidad de Parmenter, resulta casi inverosímil.

—A veces las personas cometen actos impropios de ellas —adujo Charlotte, cogiendo una tostada.

—No, no es así —contradijo Pitt—. Cometen acciones impropias de la imagen que tenemos de ellas. Si Parmenter es un hombre capaz de eso, algo lo delatará.

—Pero si no fue él, tuvo que ser Mallory —señaló ella—. ¿Por qué haría una cosa así? ¿Por la misma razón? —Aunque Charlotte intentaba disimularlo, en el fondo de su mente albergaba el frío temor de que las sospechas recayeran en Dominic. Su cambio había sido tan radical que acaso Pitt no acabara de creérselo. Tal vez vería siempre a Dominic tal como lo había conocido en Cater Street, egoísta, fácil de adular, entregado a satisfacer sus apetitos al primer antojo, pese a que él mismo había admitido sus pasadas flaquezas.

—Lo dudo —contestó Pitt—. Unity lo exasperaba con sus opiniones, pero es hombre de firmes convicciones, y no se dejaba perturbar. Pero sí podría ser el padre de la criatura, si te refieres a eso.

Charlotte notó crecer la frialdad en su interior. Trató de recordar la imagen de Dominic cuando iban en el coche camino de la mercería. Él había ocultado algo, algo que lo inquietaba y guardaba relación con Unity.

—En ese caso, probablemente fue Mallory —insistió Charlotte, sirviéndole más té a Pitt sin preguntarle—. Sostuve una larga conversación con Dominic cuando lo visité. Tuve ocasión de quedarme a solas con él en el coche. Ha cambiado realmente, Thomas. Se ha desprendido del egoísmo de otro tiempo. Cree en lo que hace. Lo vive como una verdadera vocación. Su rostro se ilumina cuando habla de ello…

—¿Ah, sí? —dijo Pitt con tono cáustico, concentrándose en su tostada.

—Deberías hablar tú mismo con él —instó Charlotte—. Te darás cuenta de que es otra persona. Es como si de pronto hubiera madurado cuanto había de bueno en él. Ignoro qué le ocurrió, pero atravesó momentos de gran desesperación, y Ramsay Parmenter lo ayudó a salir de la crisis, y a través del dolor descubrió una bondad mucho mayor.

Pitt dejó el cuchillo.

—Charlotte, llevas todo el desayuno hablándome de lo mucho que ha cambiado Dominic. Alguien de esa casa mató a Unity Bellwood, e investigaré hasta que descubra quién fue, o hasta que agote todas las posibilidades y no tenga cómo seguir. Y eso incluye a Dominic en igual medida que a los demás.

Charlotte percibió crispación en la voz de Pitt, pero continuó discutiendo de todos modos.

—Pero no crees que pueda haber sido Dominic, ¿verdad? Conocemos a Dominic, Thomas. Es de la familia. —Se olvidó del té, que se enfriaba por momentos—. Quizá fuera un insensato en el pasado, de hecho nos consta que lo era, pero existe una gran diferencia entre eso y cometer un asesinato. Es imposible. Dominic teme por Ramsay Parmenter. Tiene toda su mente puesta en la deuda de gratitud contraída con él y en la manera de ayudarlo ahora que lo necesita.

—Nada de lo cual descarta la posibilidad de que conociera a Unity mejor de lo que ha dado a entender —repuso Pitt—. Ni de que ella lo encontrara muy atractivo y lo persiguiera, quizá más de lo que él deseaba, y lo tentara y finalmente lo chantajeara. —Apuró el té y dejó la taza—. Cuando un hombre toma el hábito, le está prohibido abandonarse a sus deseos naturales, pero eso no significa que deje de sentirlos. Adoptas una actitud tan idealista sobre Dominic como la que tenías en Cater Street. Es un hombre real, con debilidades reales, como todos nosotros. —Se levantó de la mesa, abandonando el resto de la tostada—. Voy a intentar averiguar algo más sobre Mallory.

—¡Thomas! —exclamó ella, pero él ya se había marchado. Había conseguido lo que menos se proponía. Lejos de ayudar a Dominic, sólo había logrado enfurecer a Pitt. Ella de sobra sabía que Dominic era tan humano y falible como cualquier otra persona. Ése era precisamente su mayor miedo.

Se puso en pie y comenzó a recoger la mesa.

Gracie entró con expresión de perplejidad, su delantal limpio y almidonado. Era aún tan baja de estatura que había que acortarle todas las faldas, pero había ganado peso, y nadie reconocería en ella a la niña abandonada que ellos habían acogido siete años atrás. Por entonces contaba trece años y buscaba empleo en el servicio doméstico, cualquier empleo. Estaba orgullosa de trabajar para un policía, además uno de alto rango que resolvía toda clase de casos importantes. Nunca permitía que el pescadero o el aprendiz del carnicero se tomaran libertades con ella, y se los quitaba de encima con cajas destempladas si se ponían impertinentes. Estaba perfectamente capacitada para dar instrucciones a la mujer que iba dos veces por semana a realizar una limpieza a fondo y lavar la ropa.

—El señor Pitt no se ha terminado el desayuno —dijo, mirando la tostada.

—Creo que no le apetecía —respondió Charlotte. De nada servía inventarse mentiras con Gracie. Guardaría silencio, pero era demasiado observadora para dejarse engañar.

—Probablemente está preocupado por ese reverendo que empujó a una chica por la escalera —comentó Gracie, asintiendo con la cabeza. Cogió la tetera y la colocó en la bandeja—. Otro asunto feo, ése. Estoy segura de que ella no era una mujer como Dios manda. Burlarse de un reverendo está muy mal, sabiendo que luego, si pecan, han de colgar la chaqueta o cosas así. —Se dispuso a acabar de recoger la mesa.

—¿Colgar la chaqueta? —dijo Charlotte con seriedad—. La mayoría de los hombres cuelgan la chaqueta…

—Claro que sí —la interrumpió Gracie alegremente, poniendo la mermelada y la mantequilla en la bandeja—. Quiero decir que el obispo los lleva ante un tribunal y los obliga a colgar la chaqueta para siempre. Y entonces ya no son reverendos. No pueden predicar ni nada.

—¡Ah! ¡Quieres decir colgar los hábitos! —Charlotte se mordió el labio para contener la risa—. Sí, exacto. Es un problema muy grave. —Pensó en Dominic, y el desánimo volvió a apoderarse de ella—. Quizá la señorita Bellwood no era una persona muy agradable.

—A algunas personas les gusta hacer esas cosas —continuó Gracie, cogiendo la bandeja para llevársela a la cocina—. ¿Irá la señora a averiguarlo todo sobre ellos? Yo puedo ocuparme entretanto de la casa. Si es un caso difícil, tenemos que ayudar al señor. Él confía en nosotras.

Charlotte le abrió la puerta.

—Debe de estar muy preocupado —prosiguió Gracie, volviéndose de medio lado para pasar por la puerta—. Se ha marchado muy temprano, y nunca deja el pan, porque le gusta la mermelada.

Charlotte no mencionó que Pitt se había ido enojado, porque ella había elogiado más de la cuenta a Dominic y reabierto torpemente viejas heridas.

Entraron en la cocina, y Gracie dejó la bandeja. Un gato rayado de pelaje rojizo con el pecho blanco se estiró lánguidamente junto al fuego y salió de encima de un rebujo de ropa.

—¡Deja mi guardapolvo, Archie! —exclamó Gracie—. Ya no sé de quién es esta cocina… de él o mía. —Movió la cabeza en un gesto de desesperación—. Y con él y Angus persiguiéndose todo el día por la casa, no sé cómo no se rompen más cosas. La semana pasada los encontré a los dos dormidos en el armario de la ropa blanca. A menudo se echan allí, estos dos. Había pelos negros y rojos por todas partes.

Sonó el timbre de la puerta, y Gracie fue a abrir. Charlotte la siguió hasta el vestíbulo y vio al inspector Tellman. Se detuvo en seco, conociendo las complicadas emociones de Tellman hacia Gracie, y la simple reacción de ella ante él.

—Si busca al señor Pitt, ya se ha ido —informó Gracie, observando el rostro enjuto de Tellman, la adusta expresión que lo caracterizaba suavizándose al verla.

Tellman extrajo el reloj del bolsillo del chaleco.

—Se ha ido temprano —confirmó Gracie, asintiendo con la cabeza—. No ha dicho por qué.

Tellman vaciló. Charlotte notó que deseaba quedarse un rato y hablar con Gracie. Tellman albergaba sentimientos hostiles respecto a la servidumbre. Despreciaba la aceptación del papel de criada que mostraba Gracie, y ella por su parte pensaba que él era estúpido y tenía poco sentido práctico si no veía las ventajas de ese trabajo. Gracie dormía en un sitio seco y caliente por las noches, disponía de comida más que suficiente, y no tenía que padecer la persecución de los alguaciles, ni otras indignidades que afligían a los pobres. Era una discusión en la que podrían haber estado enzarzados indefinidamente, sólo que ella consideraba que no merecía la pena molestarse.

—¿Ha desayunado ya? —preguntó Gracie, escrutando a Tellman de arriba abajo—. Juraría que tiene el estómago vacío. Aunque siempre trae ese aspecto de conejo desnutrido y esa cara de perro apaleado.

Tellman decidió pasar por alto el insulto, pese a que le representó un notable esfuerzo.

—Todavía no —contestó.

—Bueno, pues si le apetecen un par de tostadas y una taza de té caliente, las encontrará en la cocina —ofreció ella con tono de indiferencia.

—Gracias —accedió Tellman, y entró—. Luego mejor será que me vaya a buscar al señor Pitt. No puedo quedarme mucho rato.

—Nadie le ha pedido que se quede mucho rato. —Gracie se dio media vuelta y se encaminó hacia la cocina con paso enérgico, la falda agitándose en torno a ella—. Tengo trabajo. No puedo tener delante a un estorbo como usted media mañana.

Charlotte regresó al salón y simuló no haberlos visto.

Ella misma se marchó poco después de las nueve, y a las diez ya había llegado a la casa de su hermana Emily en Mayfair. Naturalmente, sabía que Emily estaba en Italia. Había recibido frecuentes cartas de ella narrándole con todo detalle el esplendor de la primavera napolitana; la más reciente, entregada el día anterior, procedía de Florencia. Por lo visto, la ciudad era de una belleza extraordinaria y estaba llena de gente fascinante, artistas, poetas, expatriados ingleses de muy diversa índole, por no hablar de los italianos, a quienes Emily encontraba corteses y más cordiales de lo que esperaba.

Las propias calles florentinas la entusiasmaban. En el mercado de objetos artesanales, en contra de lo que era habitual en ella, se había interesado más en una soberbia estatua de san Jorge esculpida por Donatello que en el género puesto a la venta.

Charlotte envidiaba a su hermana esa aventura del cuerpo y el espíritu. Pero había prometido a Emily que, en su ausencia, visitaría como mínimo una o dos veces a la abuela, que se había quedado allí prácticamente sola, al menos por lo que se refería a la familia. Caroline iría a verla en alguna ocasión, pero estaba demasiado ocupada para acudir con frecuencia, y cuando Joshua actuaba fuera de Londres, cosa que ocurría esporádicamente, ella lo acompañaba. La abuela no estaba aún preparada para recibir visitas, y la doncella pidió a Charlotte que esperara, como ella había previsto. Fuera a la hora que fuera, nunca era la indicada, y las diez de la mañana no podía ser demasiado tarde, así que debía de ser demasiado temprano.

Se concentró en la lectura de la edición matutina del periódico, que el lacayo le ofreció en una bandeja. Charlotte lo aceptó con una sonrisa y buscó los comentarios acerca de la muerte de Unity Bellwood. Afortunadamente, no lo presentaban aún como un escándalo, sino como una tragedia sin una explicación satisfactoria. Probablemente no la habrían mencionado siquiera de no haberse producido en la residencia del futuro obispo de Beverly.

La puerta se abrió y la anciana se quedó parada en el umbral. Como de costumbre, vestía de negro. Se obstinaba en guardar luto desde el fallecimiento de su esposo hacía ya treinta y cinco años. Si la propia reina lo consideraba lo más correcto, era sin duda una pauta digna de emulación.

—Leyendo los escándalos otra vez, ¿no? —reprochó la anciana—. Si ésta fuera mi casa, le prohibiría al lacayo darte los periódicos. Pero no lo es. Yo ya no tengo casa. —Adoptó un tono de autocompasión—. Soy una huésped, una carga. Nadie tiene en cuenta mis deseos.

—Estoy segura de que puedes hacer lo que te plazca, tanto si lees los periódicos como si no, abuela —respondió Charlotte, plegando el diario y dejándolo sobre la mesa. Se puso en pie y se acercó a la anciana—. ¿Cómo estás? Tienes buen aspecto.

—No seas impertinente —replicó la anciana, torciendo el gesto—. No estoy bien. Apenas he dormido.

—¿Estás cansada? —preguntó Charlotte.

La anciana le lanzó una mirada iracunda.

—Si digo que sí, me sugerirás que vuelva a la cama; si digo que no, contestarás que entonces no necesitaba dormir más. Diga lo que diga, habré hecho mal. Hoy te noto muy discutidora. ¿Para qué has venido si tu única intención es contradecirme? ¿Te has peleado con tu esposo? —Una expresión esperanzada se reflejó en su semblante—. Seguramente está ya cansado de tus intromisiones en asuntos que no son de tu interés y de los que una mujer decente ni siquiera tendría noticia. —Avanzó hacia Charlotte blandiendo su bastón y se dejó caer en uno de los sillones situados junto a la chimenea.

Charlotte volvió a su sillón y se sentó también.

—No, no me he peleado con Thomas —dijo. Era la verdad, si no literalmente, sí al menos en el sentido al que se refería la abuela. E incluso si Pitt le hubiera dado una paliza, no se lo habría contado a la anciana—. He venido a verte.

—No tenías otra cosa mejor que hacer, supongo —comentó la anciana.

Charlotte estuvo tentada de responder que tenía muchas cosas mejores que hacer y había ido allí por obligación, pero decidió que no conseguiría nada con ello y se contuvo.

—Por el momento no.

—¿Ningún asesinato en el que entrometerte? —preguntó la anciana, enarcando las cejas.

—Dominic es ahora ministro de… —empezó a decir Charlotte, cambiando de tema.

—Una vulgaridad, en mi opinión —la interrumpió la anciana—. La mayoría de ellos son corruptos, siempre intentando ganarse el favor de los ciudadanos, que son tan ineptos como ellos. El gobierno debería estar en manos de caballeros, nacidos para el mando, y no de individuos elegidos al azar por las masas sin criterio. —Plantó el bastón ante sí y cruzó las manos sobre la empuñadura, tal como solía hacer la reina. A continuación anunció—: Yo estoy en contra de las elecciones. Ese sistema saca a relucir lo peor que llevamos dentro. Y en cuanto al voto femenino, lo considero un disparate. Ninguna mujer decente querría votar, porque comprendería que carecía de los conocimientos necesarios sobre los que basar su decisión. Lo cual deja el voto al resto… ¿y a quién le interesa poner el destino de la nación en manos de rameras y «nuevas mujeres»? Aunque, dicho sea de paso, tanto unas como otras van detrás de lo mismo.

—Un ministro de la Iglesia, abuela, no del gobierno —corrigió Charlotte.

—Ah, bueno, eso ya está mejor, supongo. Pero no imagino cómo espera mantener a Emily con el sueldo de un párroco. —Sonrió—. Tendrá que dejar de ponerse esos vestidos tan elegantes, ¿no? Se acabaron para ella las sedas y los rasos. Y también los colores indecorosos. —Parecía complacerle la perspectiva.

—Dominic, abuela, no Jack.

—¿Quién?

—Dominic, el hombre que estaba casado con Sarah.

—¿Y entonces por qué no lo decías? ¿Dominic? ¿Aquel Dominic de quien tú estabas tan enamorada?

Charlotte tuvo que realizar un notable esfuerzo para controlarse.

—Ahora es coadjutor.

La anciana se dio cuenta de que había puesto el dedo en la llaga.

—¡Vaya, vaya! —Dejó escapar un suspiro—. No hay nadie más recto que el pecador reformado, ¿no es así? Se terminaron para él los devaneos, pues, ¿no? —Abrió desmesuradamente sus ojos negros—. ¿Qué lo impulsó a eso? ¿Perdió sus encantos, quizá? ¿Qué ocurrió? ¿Contrajo la viruela? —Asintió con la cabeza—. Vivir para ver. —De pronto entornó los ojos en una expresión de suspicacia—. ¿Y tú cómo te has enterado? Has ido a buscarlo, ¿verdad?

—Dominic conocía a la mujer cuya muerte investiga Thomas actualmente. Fui a darle la enhorabuena por su ordenación —explicó Charlotte.

—Fuiste a entrometerte —corrigió la anciana con regodeo—. Y porque querías ver otra vez a Dominic Corde. Siempre dije que no era de fiar. Se lo advertí a Sarah, la pobre, cuando se prometió con él. También a ti te avisé, pero ¿me escuchaste? ¡Claro que no! Nunca escuchas. Y ya ves en qué situación te encuentras. Casada con un policía. No me extrañaría que fregases tú misma el suelo. Y metida en sitios a los que una mujer decente no debería ni acercarse. Compadecería a tu madre si su caso no fuera aún peor. Caroline debió de trastornarse con la muerte de mi querido Edward. —Volvió a asentir con la cabeza, todavía con las manos apoyadas en el bastón—. ¡Contraer matrimonio con un actor que podría ser su hijo! Lo sentiría por ella si me lo permitiera la vergüenza. No me atrevo ni a salir de casa por el bochorno que siento.

Lamentablemente, no había mucho que decir a ese respecto. Varios antiguos amigos de Caroline habían decidido retirarle la palabra. Y a ella no le importaba ya lo más mínimo. Por otra parte, disfrutaba aún de la amistad de quienes habían superado el inicial sobresalto por su excentricidad.

—Es muy triste para ti. —Charlotte decidió probar un nuevo enfoque—. Lo siento mucho, de verdad. Seguramente ya no te habla ninguno de tus amigos. Es una deshonra.

La anciana la miró con ira admonitoria.

—Eso que has dicho es una atrocidad. Mis amigos son de la vieja escuela. Ninguno participa del egoísmo moderno. Un amigo es un amigo para toda la vida. —Puso énfasis en la última palabra—. Si no mantuviéramos firmes lazos de lealtad, ¿qué habría sido de nosotros? —Sorbió por la nariz y se inclinó un poco sobre el bastón—. Tengo mucha más experiencia de la vida que tú, y te vaticino que esta nueva idea de que las mujeres quieran ser como los hombres acabará en una tragedia. Debes quedarte en casa, hija mía, y cuidar de tu familia. Mantén tu casa limpia y bien organizada, y también tu mente. —Asintió con la cabeza—. Un hombre tiene derecho a esperar eso de su esposa. Él te mantiene, te protege y te instruye. Así debe ser. Si de vez en cuando no cumple como es debido, has de tener paciencia. Ésa es tu obligación. Todo se basa en los privilegios y la fortaleza del hombre, y en la humildad y la virtud de la mujer. —Volvió a sorber por la nariz. Con toda intención, añadió—: Eso debería haberte enseñado tu madre… si atendiera sus responsabilidades.

—Sí, abuela.

—¡No seas impertinente! Sé que no estás de acuerdo conmigo. Lo adivino en tu cara. Siempre he pensado que eras más sensata, pero veo que no.

Charlotte se puso en pie.

—Salta a la vista que estás muy bien, abuela. Si vuelvo a hablar con Dominic, le transmitiré tu enhorabuena. Estoy segura de que te alegra que haya encontrado el camino de la rectitud.

La anciana soltó un gruñido.

—¿Y ahora adónde vas?

—A ver a la tía abuela Vespasia. Almorzaré con ella.

—¿Ah, sí? No te has ofrecido siquiera a almorzar conmigo.

Charlotte la miró con atención. ¿Tenía algún sentido decirle la verdad? ¿Decirle que su compañía resultaba insufrible a causa de sus interminables críticas, que la única manera de soportarla sin llorar era tomárselo a risa? ¿Que por estar con ella nunca se había sentido más contenta, más animada o más ilusionada?

—Cabría pensar que prefieres a tu propia familia en lugar de a una señora con la que estás emparentada sólo por el matrimonio de tu hermana —prosiguió la abuela—. Eso dice mucho de tus valores, ¿no crees?

—Sería lo deseable, sin duda —convino Charlotte—. Pero la tía Vespasia siente simpatía por mí, y no creo que pueda decir lo mismo de ti.

La anciana, sobresaltada, se sonrojó.

—¡Soy tu abuela! De tu misma sangre. Eso es muy distinto.

—En efecto —concedió Charlotte con una sonrisa—. Los lazos familiares vienen dados por el nacimiento; gozar de la simpatía de alguien hay que ganárselo. Te deseo que pases un buen día. Si quieres enterarte del escándalo por el periódico, está en la página ocho. Adiós.

Salió de allí con sentimiento de culpabilidad, y enojada consigo misma por caer en la provocación de la anciana. Paró otro cabriolé y ocupó el asiento hirviendo de cólera y preguntándose si Unity Bellwood habría sufrido a algún familiar como la abuela. Conocía su propia rabia y el ardiente deseo de reafirmarse que ésta engendraba. Padecer continuas frustraciones, tener que oír una y otra vez que no era apta para los sueños que acariciaba, que su papel en la vida sería siempre limitado, hacía aflorar lo peor de ella, un deseo de justificarse a cualquier precio. Concebía ideas de una crueldad que la habría horrorizado en momentos de mayor tranquilidad.

Pitt le había explicado las actitudes del académico eclesiástico con el que había hablado, el modo en que había denigrado la capacidad de Unity, declarando, como si fuera un hecho constatado, que por su condición de mujer poseía forzosamente menos estabilidad emocional y no estaba por tanto capacitada para los estudios superiores. La necesidad compulsiva de demostrar lo contrario respecto a eso y a todo lo demás debía de haber sido abrumadora.

Se apeó del cabriolé frente a la casa de lady Vespasia Cumming-Gould, pagó al cochero y subió por la escalinata al tiempo que la criada le abría la puerta. Vespasia era la tía abuela del primer marido de Emily, pero había tomado un especial cariño por Emily y Charlotte que había perdurado tras la muerte de George y crecido con cada encuentro. Pasaba ya de ochenta años. En su juventud había sido una de las mujeres más hermosas de su generación. Seguía siendo exquisita y vestía con elegancia y estilo, pero ya no le importaba lo que la alta sociedad pudiera pensar de ella, y expresaba sus opiniones con ingenio y franqueza, lo cual despertaba la admiración de muchos, la ira de algunos, y terror en otros.

Aguardaba a Charlotte en el espacioso salón principal de la mansión, que con sus colores pálidos y superficies despejadas producía una gran sensación de calma. La recibió con satisfacción e interés.

—Pasa, querida, y siéntate. Creo que quizá sea una estupidez decirte que te pongas cómoda. —Escrutó a Charlotte con una sonrisa—. Se te ve demasiado indignada para eso. ¿A qué se debe? —Señaló a Charlotte una butaca tapizada, de madera tallada, y ella ocupó un diván. Llevaba un vestido de tonos marfil y crema, sus colores preferidos, y un largo collar de perlas que caía casi hasta la cintura. Todo el canesú era de encaje de guipur sobre seda, con una pieza triangular de seda en el cuello. El polisón era casi inexistente, tan ajeno a la moda que parecía adelantarse a modas futuras.

—Vengo de visitar a la abuela —respondió Charlotte—. Estaba insoportable, y yo no me he portado bien. He dicho cosas que debería haberme callado. La detesto cuando saca lo peor que hay en mí.

Vespasia sonrió.

—Un sentimiento muy familiar —dijo con tono comprensivo—. Es asombroso que la familia nos lo produzca tan a menudo. —Una expresión jocosa asomó por un instante a sus ojos de un gris plateado—. En particular Eustace.

Charlotte notó que se diluía su tensión. En los recuerdos de Eustace March, el yerno de Vespasia, se mezclaban la tragedia, la ira y el regocijo, y en fecha más reciente una absoluta farsa y una precaria alianza que había acabado en victoria.

—Eustace posee ciertas cualidades positivas —dijo Charlotte, forzada por su sinceridad—. La abuela es imposible. Supongo que ha removido en mi mente determinados aspectos del último caso de Thomas —se interrumpió, preguntándose si Vespasia desearía oír o no los detalles.

—El almuerzo puede esperar —comentó Vespasia con un destello en la mirada—. Te aprecio mucho, querida, pero me niego a hablar del tiempo con nadie, ni siquiera contigo. Y no tenemos conocidos comunes a cuya costa divertirnos, y no me gusta hablar de los amigos salvo para dar noticias. Emily me ha escrito, así que no tengo necesidad de preguntarte por ella. Sé que le va muy bien.

—De acuerdo —asintió Charlotte con una sonrisa—. ¿Crees que un hombre cuya fe religiosa es la base de su profesión y su posición social, así como de su código moral, podría trastornarse tanto por la duda, los ataques o las burlas de los ateos como para perder el dominio de sí mismo y matar… en un arrebato de ira?

—No —respondió Vespasia casi sin pensar—. Si da la impresión de que así ha sido, yo buscaría un motivo fundado más en el hombre real, no tanto en el cerebro como en las pasiones. Los hombres matan por miedo a perder algo sin lo que no pueden vivir, sea amor, prestigio o dinero. O matan para conseguir esas mismas cosas si no las tienen. —Su semblante revelaba interés pero no duda—. A veces es por vengar un agravio que les parece intolerable o por envidia de otra persona que posee lo que creen merecer ellos. En ocasiones es por odio, basado normalmente en el sentimiento de que los han despojado del amor o el honor… o el dinero. —Esbozó una leve sonrisa, curvando apenas las comisuras de los labios—. Por una idea, pelean, pero sólo matan si se ve amenazada su posición social, su percepción de sí mismos en el mundo, en cierto modo su vida… o lo que la hace valiosa para ellos, su concepción de su propia importancia.

—Ella se convirtió en una amenaza para la fe de él —dijo Charlotte con un estremecimiento. No deseaba que fuera verdad, pero de hecho no había ninguna respuesta que deseara, ninguna que fuera posible—. ¿No equivale eso a su posición como clérigo?

Vespasia se echó a reír, sacudiendo ligeramente sus delgados hombros bajo la seda y el encaje. En su mirada se advertía ira y compasión, así como humor.

—Querida, si todos los clérigos de Inglaterra con dudas respecto a su fe renunciaran a su medio de vida, quedarían muy pocas iglesias abiertas. Y las que quedasen, estarían principalmente en aldeas donde el pastor viviría tan dedicado a las víctimas del miedo, las enfermedades y la soledad que leería sólo los Evangelios y no dispondría de un solo instante para debates eruditos. Esa clase de pastor no se pregunta quién es Dios, porque ya lo sabe.

Charlotte guardó silencio. Presentía que Ramsay Parmenter no poseía ese tipo de conocimiento. Quizá era esa ausencia, ese vacío en el centro de sus creencias, lo que había provocado el trágico desmoronamiento de su fe.

—Veo que el asunto te inquieta —dijo Vespasia con ternura—. ¿Por qué? ¿Es Thomas quien te preocupa?

—En realidad no. Él hará lo que tenga que hacer. Será desagradable, desde luego, pero estas cosas siempre lo son.

—¿Quién te preocupa, pues?

Charlotte nunca había mentido a Vespasia, ni siquiera indirectamente o por omisión. Hacerlo destruiría algo que nunca podría reemplazar y que tenía para ella un valor inconmensurable. Cambió ligeramente de posición en su asiento.

—En la casa hay tres hombres, y cualquiera de ellos podría haberse hallado en el rellano de la escalera cuando Unity cayó —explicó lentamente—. El segundo es Mallory, el hijo, que está a punto de ordenarse sacerdote católico… —Pasó por alto la expresión de asombro que apareció de pronto en el rostro de Vespasia, sus cejas enarcadas, elegantes, de color gris plata—. El tercero es el nuevo coadjutor…, mi cuñado Dominic. Estaba casado con mi hermana mayor, Sarah, que fue asesinada en Cater Street.

—Continúa, querida…

Charlotte no podía escapar de la atenta mirada de Vespasia, ni de la sensación de calor en sus propias mejillas.

—Creía estar enamorada de él antes de conocer a Thomas —admitió—. No, miento: estaba enamorada de él, obsesivamente. Lo superé, claro está. Me di cuenta de lo… lo superficial y frágil que era Dominic, lo fácilmente que cedía a sus apetitos. —Hablaba muy deprisa, pero no podía evitarlo—. Era muy apuesto. Ahora lo es aún más. Esa despreocupación de la juventud ha desaparecido…, esa inmadurez. Su rostro ha sido… perfeccionado… por la experiencia. —Clavó la mirada en los ojos claros de Vespasia, obligándose a sonreír—. Ahora sólo siento por él amistad… ahora y desde hace mucho tiempo. Pero tengo miedo por él. Unity estaba embarazada, y conozco bien las debilidades de Dominic. Desea fervientemente realizar su vocación, estoy convencida, lo veo en su cara y lo oigo en su voz. Pero la fuerza de voluntad no basta para dominar las tentaciones y necesidades del cuerpo.

—Comprendo —dijo Vespasia con gravedad—. ¿Y los otros dos sospechosos, Mallory y el hombre del que has hablado primero? ¿No podrían también ellos caer en la tentación?

—Mallory…, es posible. —Charlotte se encogió de hombros—. Pero no el reverendo. ¡Tiene por lo menos sesenta años!

Vespasia rio. No fue un murmullo contenido y elegante sino sonora hilaridad.

Charlotte se sonrojó.

—Quería decir…, no quería decir… —balbuceó.

Vespasia se inclinó y apoyó su mano en la de Charlotte.

—Sé qué querías decir exactamente, querida. Y supongo que a los treinta y tres años, los sesenta parecen una edad senil, pero cuando tú llegues, cambiarás de idea. Y también a los setenta… e incluso a los ochenta si tienes suerte.

A Charlotte le ardían aún las mejillas.

—No creo que el reverendo Parmenter sea muy afortunado. Está tan reseco como una rama muerta. Vive sólo para sus divagaciones mentales.

—Siendo así, si algo despierta finalmente sus pasiones, será mucho más peligroso —respondió Vespasia, reclinándose de nuevo—. Porque no está acostumbrado a ellas y no tendrá experiencia en controlarlas. Es entonces cuando más probabilidades hay de acabar en un desastre como ése.

—Supongo que sí… —dijo Charlotte con una mezcla de dolor y alivio. Esa posibilidad exoneraba a los demás, pero dejaba una mayor carga sobre los hombros de una persona. Aun así, pese a la lógica del razonamiento, le costaba creerlo—. No percibí pasión en él. Sólo duda. Aunque soy consciente de que casi todo lo que sé a ese respecto me lo contó Dominic, creo que la duda es ciertamente la emoción dominante del reverendo Parmenter. Él y Unity mantenían acaloradas discusiones. Se enzarzaron en una pelea espantosa sólo unos minutos antes de que ella cayese por la escalera. Los oyeron varias personas. Hazte cargo, ella cuestionó su convicción en todo aquello a lo que había dedicado la vida entera. Es terrible hacerle a alguien una cosa así. De hecho, es como decirle que no vale nada, que todas sus ideas son estúpidas y erróneas. Si uno se deja influir por eso, puede llegar a odiar a la otra persona.

—Si fue ella realmente quien hizo tambalearse su fe, él en efecto podría aborrecerla —convino Vespasia—. No hay nada tan aterrador como una idea o una libertad que niega tu propio sacrificio y obediencia cuando es ya demasiado tarde para cambiar. Pero a juzgar por lo que dices, no es ése el caso del reverendo. Seguramente odia a los iniciadores de la idea, no a los seguidores. —Dejó escapar un suspiro—. Aunque desde luego tienes razón. Era esa desdichada joven quien se hallaba en lo alto de la escalera, y no el señor Darwin, que no estaba a su alcance. Lo lamento mucho. Parece un asunto muy triste.

Vespasia se levantó con dificultad, un tanto entumecida, y Charlotte también se puso en pie de inmediato, ofreciéndole el brazo, y juntas entraron en el pequeño comedor del desayuno. El sol entraba a raudales y en el aire flotaba el aroma de los narcisos en flor que había en un jarrón verde. El salmón ahumado y unas finísimas rebanadas de pan moreno estaban ya servidos, y el mayordomo esperaba para retirarle la silla a Vespasia.

Charlotte sintió la necesidad de regresar a Brunswick Gardens. El cerebro le decía que no serviría de mucho, pero no podía quedarse de brazos cruzados. Si volvía, quizá averiguase algo más, y la información tal vez le permitiera actuar.

La recibió Vita Parmenter, con cierta frialdad.

—Muchas gracias por visitarnos de nuevo —dijo—. Es muy generosa concediéndonos su tiempo. —«Y robándonos el nuestro», quería dar a entender.

—Las lealtades familiares son muy importantes en los momentos difíciles —respondió Charlotte, odiándose por expresar tales trivialidades.

—No dudo que es usted una esposa muy fiel —comentó Vita con una sonrisa—. Pero no podemos decirle nada que no hayamos dicho ya a su marido.

Aquello era espantoso. Charlotte notó el rubor en sus mejillas. Vita era una adversaria más poderosa de lo que había imaginado, y tan resuelta a proteger a su esposo como Charlotte a proteger a Dominic. Charlotte debería haberla admirado por ello, y en parte así era, pese a su propio malestar. Se hallaban cara a cara en el refinado y moderno salón principal, Vita, de corta estatura, elegantemente ataviada con un vestido azul ribeteado de negro; Charlotte, mucho más alta, con un vestido de tenue color ciruela del año anterior que realzaba su cabello castaño rojizo.

—No he venido a indagar los detalles de su tragedia, señora Parmenter —aseguró con cortesía—. He venido a interesarme por su bienestar y ver si puedo ayudar de alguna manera.

—No se me ocurre cómo podría usted ayudarnos. —Vita mantenía un tono correcto, pero en grado mínimo—. ¿En qué había pensado?

Charlotte la miró a los ojos y sonrió.

—Conozco a Dominic desde hace muchos años, y hemos pasado juntos tragedias y penalidades. He pensado que quizá él encuentre consuelo en el hecho de hablar con entera libertad, como uno sólo puede hacer con los viejos amigos y con las personas que no se hallan directamente implicadas y por tanto no están expuestas al mismo dolor. —Charlotte quedó satisfecha de su razonamiento. Sonaba muy juicioso y era casi verdad.

—Entiendo —dijo Vita lentamente, su expresión algo más dura, algo más fría—. En ese caso, debemos llamarlo y preguntarle si puede abandonar sus obligaciones por un rato. —Alargó el brazo y tiró bruscamente del cordón de la campanilla. No volvió a despegar los labios hasta que se presentó la criada, a quien le pidió simplemente que informara al señor Corde de que su cuñada estaba allí y deseaba ofrecerle su compañía si él no tenía inconveniente.

Hablaron del tiempo hasta que se abrió la puerta y entró Dominic. Pareció alegrarse de ver a Charlotte, iluminándose su semblante de inmediato, pero ella reparó en sus ojeras y en las finas arrugas que la tensión dibujaba en torno a su boca.

—Te agradezco que hayas venido —dijo con sinceridad.

—Estaba preocupada por ti —contestó ella—. Es difícil no estar alterado en estas circunstancias.

—Todos lo estamos —intervino Vita, apartando la vista de Charlotte y mirando a Dominic. Su expresión había cambiado al entrar él en el salón, suavizándose, revelando un respeto rayano en admiración—. Es el peor momento de nuestras vidas. —Se volvió hacia Charlotte como si su anterior frialdad no hubiera existido. Su rostro reflejaba tal inocencia que Charlotte se preguntó si ella misma, movida por su propia culpabilidad, había imaginado el inicial rechazo—. Pero también nos hemos descubierto mutuamente fuerzas que no conocíamos. Me ha dicho, señora Pitt, que usted misma padeció penalidades en el pasado. Estoy segura de que pasó por la misma experiencia. Uno se da cuenta de que aquéllos a quienes consideraba amigos y personas de indudable entereza no tienen… el carácter que se esperaba de ellos. Y que otros, en cambio, poseen compasión, valor y una bondad que supera todas nuestras previsiones. —No dio nombres, pero su fugaz mirada a Dominic hizo ruborizar de placer a éste.

Charlotte lo notó. Era un halago sutil, dirigido con toda precisión al punto donde él era más vulnerable. Dominic no anhelaba que lo desearan ni lo encontraran divertido, romántico o ingenioso, sino que lo consideraran bueno. Tal vez había sido sólo cuestión de suerte que Vita acertara a traspasar uno de los orificios de la armadura de Dominic, pero Charlotte estaba convencida de que en aquello no había intervenido en modo alguno el azar. Y sin embargo, aunque Charlotte hubiera querido advertir a Dominic de ello, no habría podido. Sería cruel e inútil. Serviría sólo para herirlo y volverlo en contra de Charlotte. Observando los ojos de Vita por un instante, Charlotte supo que también ella era consciente de eso.

—Sí, en efecto —asintió Charlotte con una sonrisa forzada—. Es lo único que queda incluso cuando se resuelve el resto del misterio, el nuevo conocimiento que uno adquiere sobre las personas que creía conocer. Las cosas ya nunca vuelven a ser como antes.

—Estoy segura de que no volverán a serlo —convino Vita—. Aparecen nuevas deudas… y nuevas lealtades. Es un momento decisivo en nuestras vidas, creo. Por eso mismo resulta tan aterrador… —Dejó las palabras flotando en el aire—. Uno hace todo lo posible por mantener viva la esperanza, y eso también duele, por la trascendencia que tiene. —Miró a Dominic con una sonrisa y enseguida desvió la vista de nuevo. Bajó la voz—. Gracias a Dios, no tenemos que soportarlo todo en soledad.

—Claro que no —dijo Dominic con firmeza—. Eso es lo único bueno a lo que podemos aferrarnos, y yo doy mi palabra de que así será.

Vita pareció relajarse. Se volvió hacia Charlotte y sonrió, como si acabara de tomar una importante decisión.

—Quizá le apetezca quedarse para el té, señora Pitt. Sería bienvenida. Quédese, por favor.

Charlotte se sorprendió. Se había producido en Vita un repentino cambio de actitud, y si bien tenía toda la intención de aceptar el ofrecimiento, también la llenaba de intranquilidad.

—Gracias —se apresuró a decir—. Agradezco su generosidad, especialmente en las actuales circunstancias.

Vita sonrió, inundándose su semblante de convicción y calidez. Saltaba a la vista que en otras circunstancias habría sido una mujer de un encanto extraordinario, dotada tanto de inteligencia como de vitalidad, y también casi con toda certeza de un ingenio agudo.

—Y ahora, por favor, pase un rato con Dominic, que es a lo que ha venido, y estoy segura de que él sabrá valorar su consideración. El té se servirá a las cuatro.

—Gracias —dijo Dominic, y en su rostro se advirtió cierta ternura. Luego se dirigió a Charlotte—: ¿Salimos a pasear al jardín?

Charlotte, cogiéndolo del brazo, lo acompañó, consciente de que Vita los observaba alejarse. Vita había cambiado por completo de comportamiento. Era una mujer distinta cuando Dominic estaba presente. ¿Era confianza, aunque sabía que Charlotte era la esposa del policía que investigaba la muerte de Unity y por tanto estaba inevitablemente vinculada a la acusación de asesinato que pesaba sobre Ramsay? Vita difícilmente podía evitar ciertas suspicacias respecto a Charlotte, incluso desagrado al margen de cuáles fueran sus impulsos naturales. Charlotte habría detestado a quienquiera que representara una amenaza contra Pitt, aun sabiendo que era injusta.

Y Vita debía de conocer la lealtad de Dominic hacia Ramsay, su inmensa sensación de gratitud y deuda. Podía contar con que Dominic hiciera cuanto fuera humanamente posible por ayudar.

Salieron al jardín por la puerta lateral. Los árboles estaban aún deshojados, las campanillas de invierno se habían marchitado ya y los tallos de los narcisos se doblaban bajo el peso de los capullos a punto de abrirse. Si Charlotte hubiera dispuesto de un terreno como aquél, habría plantado prímulas, celidonias y anémonas bajo aquellos árboles. Los jardineros habían sido poco imaginativos con la hierba doncella y los helechos, que apenas afloraban sobre la tierra.

Dominic hablaba de algo y Charlotte no lo escuchaba. Tenía la mente puesta en la emoción que había visto en el rostro de Vita mientras miraba a Dominic. Reflejaba una gran admiración. ¿Acaso se aferraba a él porque Ramsay era más débil, y ella lo sabía? Charlotte recordó que Ramsay, sentado a la mesa, había permanecido en silencio y permitido que Tryphena hiciera comentarios ofensivos sin defenderse. Daba la impresión de que en cierto modo se hubiera ya rendido.

Vita no parecía una mujer que cejara fácilmente en sus empeños. Por más que la vencieran las circunstancias, seguiría intentándolo. No era extraño que se sintiera atraída por Dominic, que admirara su energía espiritual y su convicción. Armonizaba con su propia fuerza de voluntad. Charlotte la había visto halagar esos aspectos de la personalidad de Dominic, y el inmenso valor que eso tenía para él. Sin duda Vita lo sabía también.

Con la mente puesta sólo a medias en las palabras de Dominic, Charlotte dio una respuesta apropiada a una pregunta suya. Hablaba del pasado, de los recuerdos comunes. No requería toda su atención. Se hallaban bajo los árboles, contemplando las azaleas. Aún tardarían dos meses en florecer. Ofrecían un pésimo aspecto, casi como si estuvieran marchitas sobre la tierra desnuda, pero a finales de la primavera se produciría en ellas un estallido de color, brotando en sus ramas flores anaranjadas, doradas y rosadas. Ahora costaba imaginar que llegaría ese momento. Pero en eso estribaba la jardinería.

Caminaron juntos en amigable silencio, haciendo algún que otro comentario no por el significado sino por corroborar la sensación de compañía. Todo aquello que tenía importancia debía quedar sin expresar. Sólo eran conscientes de los recelos y el miedo ensombrecedor, la convicción de que algo horrendo e irreversible aguardaba en el futuro, y se acercaba más y más a cada hora.

Todavía charlaban cuando Tryphena atravesó el césped con un mensaje para Dominic. Algún asunto reclamaba su presencia. Dominic se excusó y dejó solas a las dos mujeres. Para Charlotte, era una ocasión de conocer mejor a Tryphena, oportunidad que acaso no volviera a repetirse, y demasiado idónea para no aprovecharla.

—La acompaño en el sentimiento, señora Whickham —dijo Charlotte—. Cuanto más oigo hablar a mi esposo de los logros de la señorita Bellwood, más convencida estoy de que ha sido una lamentable pérdida para todas las mujeres en general.

Tryphena la miró con escepticismo. Veía en Charlotte a una mujer de poco más de treinta años que había asumido el papel más habitual, más cómodo y más fácil para las mujeres. El desdén que eso le inspiraba quedaba patente en su mirada.

—¿Le interesa el estudio? —preguntó, manteniendo apenas las formas.

—No especialmente —contestó Charlotte con igual franqueza, mirándola a los ojos—. Pero me interesa la justicia. Mi cuñado es miembro del Parlamento, y albergo la esperanza de influir en sus puntos de vista, pero preferiría actuar de una manera más directa, sin depender de un pariente, lo cual es bastante azaroso y arbitrario.

Había logrado captar el interés de Tryphena.

—¿Se refiere al voto?

—¿Por qué no? ¿No cree que las mujeres poseen la inteligencia y el discernimiento necesarios para ejercer ese derecho por lo menos con la misma sensatez que los hombres?

—¡O aún más! —se apresuró a responder Tryphena, deteniéndose al instante y volviéndose de cara a Charlotte—. Pero es sólo un minúsculo primer paso. Hay libertades mucho mayores que no podemos legislar. La libertad respecto a los convencionalismos, a la gente que decide qué debemos querer, qué debemos pensar e incluso qué debe hacernos felices. —La emoción se adueñaba por momentos de su voz. Permanecía inmóvil bajo el sol, rígida a causa de la indignación—. Es el orden patriarcal de la sociedad lo que nos oprime. Si hemos de gozar de libertad para usar nuestras aptitudes intelectuales y creativas, y no simplemente nuestras habilidades físicas, debemos romper con los férreos lazos del pasado y con la dependencia económica y moral que hemos padecido durante siglos.

Charlotte rara vez se había sentido coartada o dependiente pero, siendo sincera consigo misma, debía reconocer que pocas mujeres disfrutaban de matrimonios tan satisfactorios como el suyo, o que les permitieran tal grado de libertad. Dada la diferencia de extracción social entre ella y Pitt, en su pareja existía mayor igualdad que en la mayoría. Y puesto que Pitt le consentía ayudarlo o entrometerse en sus casos, confiando siempre en sus opiniones, la vida de Charlotte tenía más interés y diversidad, y le permitía realizarse en aspectos de su personalidad que las labores domésticas habrían dejado insatisfechos. Incluso Emily, pese a su dinero y posición, se aburría con frecuencia debido a la estrechez de miras de sus conocidos y a sus limitaciones, a la monotonía de un día tras otro.

—Creo que sólo conseguiremos cambiar las cosas paso a paso —dijo con diplomacia y sentido realista—. Pero no podemos permitirnos perder a personas como la señorita Bellwood, si es cierto lo que he oído decir de ella.

—¡Es cierto eso y mucho más! —respondió Tryphena de inmediato—. No sólo tenía una visión del mundo; tenía también el valor de llevarla a la práctica a cualquier precio. Y podía costarle muy caro. —La impaciencia y el desdén asomaron de nuevo a su rostro, y empezó a caminar por la hierba, no con un rumbo determinado, sino por el desahogo que le producía moverse—. Pero en eso consiste el valor de afrontar la vida, ¿no? Aferrarse a ella aunque a veces el dolor le traspase a uno el alma.

—¿Se refiere a su muerte? —preguntó Charlotte, sin separarse de ella.

—No, me refiero a la vida en sí, el hecho de vivirla —dijo Tryphena con expresión sombría—. Era la persona de corazón más valeroso que he conocido, pero aquellos que aman apasionadamente pueden ser heridos de muchas maneras por quienes son indignos de ellos, de maneras que la gente inferior ni siquiera concebiría. —En su cólera, se movía con brusquedad, como si pensara en esa gente y sus vidas, considerando superficiales sus sentimientos.

Charlotte deseaba hacer el comentario adecuado. No debía exasperar aún más a Tryphena, dejando que su curiosidad la delatara. ¿Sabía Tryphena que Unity estaba embarazada? Debía decir algo inteligente, comprensivo, algo que la incitara a la confidencialidad. Sin rezagarse, Charlotte cruzó el césped con Tryphena en dirección al camino de grava que discurría junto al arriate de plantas caducas, sus matas aún poco más que montículos oscuros en la tierra húmeda, unos cuantos tallos verdes aquí y allá.

—Bueno, si ello no implicara dolor, ni riesgo —musitó Charlotte—, cualquiera podría hacerlo. No se necesitarían cualidades especiales.

Tryphena permaneció en silencio, absorta en sus pensamientos, y quizá en sus recuerdos.

—Cuénteme algo de ella —rogó Charlotte por fin cuando llegaron al camino y la grava crujió bajo sus botas. La sutileza no iba a surtir efecto—. Debía de ser una mujer muy admirada. Supongo que tenía muchos amigos.

—Docenas —confirmó Tryphena—. Antes de venir aquí vivía con un grupo de personas de mentalidad afín que creían en la libertad de vivir y amarse a voluntad, sin someterse a los condicionantes impuestos por las supersticiones e hipocresías de la sociedad.

Charlotte pensó que eso se asemejaba mucho al libertinaje, pero no lo dijo. Con frecuencia, lo que una persona consideraba libertad, a otra se le antojaba egoísmo e irresponsabilidad. A veces la diferencia residía sólo en el paso del tiempo, y en tener hijos propios para quienes uno veía todos los peligros del mundo; el deseo de protegerlos era abrumador.

—Hace falta mucho valor —dijo Charlotte—. Los riesgos son enormes.

—Sí. —Tryphena mantenía la mirada fija en el suelo mientras paseaba despacio por el camino hacia la escalera de peldaños bajos—. A veces me hablaba de esa experiencia: la sensación de euforia, la intensidad de la pasión cuando es auténtica, cuando uno no está sujeto a ninguna ley, ni inhibido por temores supersticiosos, ni estorbado por rituales que obligan a esperar o a contenerse hasta que la pasión y la sinceridad se han consumido.

Su voz destilaba tal amargura, tan profunda emoción, que Charlotte no pudo menos que sentir curiosidad por la experiencia conyugal de la propia Tryphena. Escrutó su semblante y no vio ternura en sus ojos ni en su boca, ni afecto en sus recuerdos. ¿Habría ido voluntariamente al matrimonio? ¿O había sido una boda pactada por su familia, a la que ella, de buena o mala gana, había dado su consentimiento?

—Es todo tan… —Tryphena arrugó la frente, buscando la palabra exacta—… tan puro. No hay falsedad alguna. —Apretó los labios, y en sus ojos apareció un destello de furia—. Nadie es propietario de nadie, no se produce una lenta pérdida de la independencia, del amor propio, de la conciencia de uno mismo. Nadie dice: «Debes pensar de tal manera, porque así es como pienso yo», «Debes creer esto porque yo lo creo», «Ahí es adonde quiero ir, así que debes venir». Un matrimonio entre iguales es el único que merece la pena. Es la única forma de unión donde prevalecen el honor, la decencia y la pureza interior. —Tenía los brazos rectos junto al cuerpo y los puños cerrados—. No estoy dispuesta a ser de segundo nivel… de segunda clase… la segunda en todo.

Charlotte se preguntó si Tryphena era consciente de hasta qué punto sus palabras revelaban su propio dolor. Quizá parte de aquello fueran las ideas de Unity, pero la pasión brotaba del alma de Tryphena.

—Creo que cuando alguien nos ama, desea que estemos lo mejor posible —dijo Charlotte con delicadeza, subiendo por los peldaños junto a ella—. ¿No consiste en eso el amor, en desear que alguien haga realidad lo mejor que lleva dentro? Y una desearía lo mismo para la otra persona, ¿no es así? ¿Y para conseguirlo estaría dispuesta a renunciar a algo quizá muy preciado?

—¿A qué? —Tryphena volvió la cabeza, sorprendida.

—Cuando se ama, una permanece al lado de la persona amada incluso cuando no es cómodo, o divertido, o fácil —explicó Charlotte—. Si una abandona en el momento en que ya no le apetece seguir con la otra persona, ¿no es acaso egoísmo? Está usted hablando de ser libre para hacer lo que le plazca, libre del dolor, o el aburrimiento, o las obligaciones. La vida consiste en dar y ser vulnerable, y por eso precisamente exige valor y autodisciplina.

Tryphena la miró con fijeza, deteniéndose en la grava cerca del invernadero exterior, independiente de la casa.

—Tengo la impresión de que no ha entendido nada, señora Pitt. Quizá crea que lucha por la libertad, pero habla como cualquier mujer tradicional, dispuesta a obedecer primero a su padre y después a su marido. —Sus palabras encerraban tal rabia que por fuerza tenían que derivarse de su propia experiencia—. Las mujeres como usted son las que representan un verdadero lastre para nosotras. Unity amaba muy sinceramente, y le hicieron mucho daño. Lo advertía en sus ojos, y a veces en su voz. —Miró a Charlotte con expresión acusadora—. Habla usted de ella como si hubiera sido una mujer egoísta, como si su forma de amar hubiera sido inferior a la de usted, sólo porque usted está casada y ella no lo estaba. Pero se equivoca. Eso es falso, fruto de su ceguera. ¡No se obtienen grandes victorias jugando sobre seguro! —Su desdén era tan visible como el sol que bañaba la hierba—. No me cabe duda de que sus intenciones son buenas, y seguramente creía apoyar a las mujeres de la nueva generación, pero en realidad no ha entendido nada en absoluto. —Movió la cabeza en un vehemente gesto de negación, y el viento agitó los mechones sueltos de su cabello—. Usted desea seguridad, y eso no es posible cuando se presenta una gran batalla. Unity era una de las mejores… y ha caído. Discúlpeme, pero no quiero seguir hablando de ella con usted. —Y dicho esto, se dio media vuelta y se alejó entre los rosales con andar envarado, manteniendo la cabeza en alto como si intentara contener las lágrimas.

Charlotte permaneció donde estaba durante unos minutos, pensando en la conversación. ¿Conocía Tryphena una tragedia real en el pasado de Unity? ¿Había amado Unity intensamente a alguien, y el niño que llevaba en su vientre al morir era fruto de ese amor? ¿El niño de uno de los tres hombres que vivían en aquella casa?

¿Era ese hombre quien le había hecho daño? En tal caso, sería lógico que, como tantas otras antes que ella, hubiera reaccionado ciegamente como consecuencia del miedo y el dolor. ¿Estaba asustada? En su situación, la mayoría de las mujeres se aterrorizarían ante la ruina que les esperaba en su condición de madres solteras, pero Charlotte ignoraba si sería ésa o no la actitud de Unity. Si Pitt había explorado esa cuestión, no le había contado nada. Pero quizá él no concebía siquiera las emociones que experimentaría una mujer en tales circunstancias: por una parte, la euforia de saber que llevaba dentro una nueva vida, que pertenecía al hombre que amaba, que era en cierto sentido un lazo indisoluble entre ellos; y por otro lado, un recuerdo de él que ya nunca la abandonaría, y con ello el recuerdo de su traición… si es que él la había traicionado. Y a eso se añadía el propio temor del parto, de quedarse sola en uno de sus momentos más vulnerables tanto física como emocionalmente. Charlotte recordaba cómo se había sentido durante sus dos embarazos. Un día irradiaba felicidad y al siguiente se sumía en la depresión más profunda. Recordaba el entusiasmo, el dolor de espalda, el cansancio, la torpeza de movimientos, el orgullo, la timidez. Y ella contaba con unos padres estables y serenos, y con un esposo que la hacía reír y la trataba con una paciencia infinita cuando ella más lo necesitaba…, y con la aprobación de la sociedad. Unity hubiera estado sola. Su situación era muy distinta. ¿Había intentado chantajear a ese hombre? Hubiera sido comprensible.

Charlotte emprendió el camino de regreso a la casa, pensando en Dominic y en el amor que tanto daño había causado a Unity. Quizá esa información sirviera para descubrir al padre… y sin duda no era Dominic. ¿O sí lo era?

Ésa era una idea repugnante. ¿Qué temía averiguar acerca de Dominic? Y la sensación era intensa y demasiado conocida para desecharla. Recordaba haber estado enamorada de Dominic ella misma, comportándose como una estúpida, sintiéndose vulnerable, sufriendo cuando él parecía ignorarla, flotando en el aire si él le sonreía o dirigía la palabra, consumiéndose de celos si mostraba preferencia por alguna otra, soñando, imaginando las cosas más dispares. El solo recuerdo la hizo ruborizarse.

Pero así eran las obsesiones, la clase de amor que absorbe por completo la mente, no como el amor sólido y dulce que había compartido con Pitt. También esta otra forma de amor tenía su parte de sufrimiento y oscuridad, sus momentos de pulso acelerado y ardiente vergüenza, pero se basaba en la realidad, en la afinidad de pensamientos e ideas y, sobre todo, de pareceres en cuanto a las cosas más importantes.

Entró por la puerta lateral y recorrió el corto pasillo hasta el vestíbulo. En ese tramo, el suelo estaba alfombrado, amortiguando el sonido de sus pisadas. Vio a Dominic y Vita al pie de la escalera, muy cerca uno del otro, casi tocándose. Se hallaban prácticamente en el mismo sitio donde debió de yacer el cadáver de Unity. Vita lo contemplaba, sus ojos desmesuradamente abiertos, su expresión lánguida, como si él acabara de decir algo íntimo y muy tierno. Dominic hizo ademán de tocarla, pero se contuvo y sonrió; luego retrocedió un paso. Ella vaciló por un momento y después, tras encogerse de hombros, se marchó escaleras arriba.

La mente de Charlotte se aceleró. ¿Cómo podía Dominic ser tan absolutamente insensato, tan deshonesto? Vita era mayor que él, pero era asimismo encantadora, hermosa y muy inteligente, una mujer dotada de pasión e ingenio. No podía ser que él considerara la posibilidad de mantener un idilio con ella, ¿o sí? No, no con la esposa de su mentor, su amigo, el hombre bajo cuyo techo vivía.

¿Era posible?

El pasado se abalanzó sobre ella, reavivando el dolor y la decepción de entonces. Sí era imaginable…, sí era posible. ¿Era Dominic con quien Unity había forcejeado en lo alto de la escalera? ¿Era concebible que Vita mintiera para protegerlo?

No. No, porque otros habían oído gritar a Unity dirigiéndose a Ramsay. Tryphena lo había oído, al igual que la doncella y el ayuda de cámara. Charlotte notó una sensación de alivio.

Dominic se dio la vuelta. No se advertía en su semblante el menor bochorno, ni siquiera un atisbo de conciencia de haber sido sorprendido en una situación que debería haber permanecido en secreto.

—Perdona que te haya abandonado —se disculpó con una sonrisa—. Era un asunto urgente. Lamentablemente el reverendo Parmenter no puede ocuparse de sus responsabilidades como tiene por costumbre. —La preocupación ensombreció su rostro—. Dice la señora Parmenter que su esposo se encuentra muy mal. Tiene un intenso dolor de cabeza. Supongo que no es de extrañar que esté así, el pobre. —Miró a Charlotte con tristeza—. Resulta curioso pero, recordando en retrospectiva las tragedias de Cater Street, lo comprendo todo mejor que en su día. —Ahora estaba cerca de ella y hablaba en voz baja—. Ojalá pudiera volver al pasado y enmendar mi conducta de entonces, mostrar mayor sensibilidad con los temores y el dolor de los demás. —Dejó escapar un suspiro—. Y es absurdo, porque ni siquiera ahora sé cómo ayudar. Sólo puedo decir que aquí al menos estoy intentándolo, mientras que por entonces pensaba sólo en mí.

Charlotte no sabía qué decir. Deseaba creer sus palabras, pero la expresión que había visto en la cara de Vita Parmenter se lo impedía.

Volvió la cabeza para que él no pudiera interpretar su mirada y se dirigió hacia el salón principal. Faltaban cinco minutos para la hora del té.

Finalmente el té se sirvió con diez minutos de retraso, y Vita no estaba presente. El papel de anfitriona recayó en Clarice, y con él la responsabilidad de mantener viva la conversación del pequeño grupo allí reunido. Tryphena también estaba, pero no hizo el menor esfuerzo por entretener a Charlotte. Mallory entró, cogió un exquisito sándwich y se lo comió en dos bocados, sin molestarse en esperar la taza de té. Visiblemente nervioso, se quedó junto a la ventana, como si se sintiera excluido de la reunión y a la vez obligado a permanecer allí. Sin duda lo que lo aprisionaba no era la casa sino las circunstancias, y de éstas no podía escapar.

Clarice sorprendió a Charlotte hablando de diversos temas con tacto e interés. Comentó los estrenos teatrales como si la reciente muerte ocurrida en la casa fuera un hecho normal, parte de la vida cotidiana, y no hubiera necesidad de hablar en susurros o eludir cualquier mención a la felicidad o los acontecimientos sociales. Hizo referencia a una reciente visita de un monarca extranjero, recogida por extenso en el London Illustrated News. Hizo entrar a Charlotte en la conversación, y durante casi tres cuartos de hora habría podido confundirse la ocasión con una agradable reunión vespertina entre personas que acababan de conocerse y quizá llegaran a entablar amistad.

Charlotte miró varias veces a Dominic y advirtió la misma sorpresa en sus ojos, y también un creciente respeto por Clarice, que por lo visto no sentía hasta ese momento.

Pasaban ya de las cinco cuando de repente se abrió la puerta y apareció Vita en el umbral, el cabello alborotado, desprendido de las horquillas en su mayor parte y caído sobre los hombros. Tenía un corte en la mejilla y un ojo hinchado, amoratándose por momentos.

Mallory se sobresaltó.

Dominic, pálido, se levantó de inmediato.

—¿Qué ha pasado? ¿Esto qué es? —preguntó, acercándose a Vita.

Ella retrocedió, los ojos desorbitados de terror. Temblaba y parecía al borde de la histeria. Se tambaleó como si estuviera a punto de desplomarse.

Charlotte se puso en pie rápidamente y corrió hacia ella, rodeando la mesa del té y procurando no volcarla.

—Venga a sentarse —ordenó, rodeando a Vita con un brazo para darle sostén y guiándola hasta el sillón más cercano. Volviéndose hacia Dominic, dijo—: Sirve té en una taza y añade un poco de coñac. Y mejor será que alguien vaya a avisar a su doncella.

Dominic vaciló por un instante, mirando a Mallory.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Tryphena—. ¡Mamá, parece que alguien te haya atacado! ¡Te has caído!

—¡Claro que se ha caído! —espetó Clarice—. ¡No digas estupideces! ¿Quién iba a atacarla? Además, estamos todos aquí.

Tryphena miró alrededor, con los ojos muy abiertos, y súbitamente todos se dieron cuenta de que el único miembro de la familia que no estaba presente era Ramsay. Uno por uno fijaron de nuevo la mirada en Vita.

Se había acurrucado en el sillón y temblaba violentamente, su rostro lívido salvo por las magulladuras en torno al ojo y la herida sangrante de la mejilla. Charlotte le aguantaba la taza de té; en su estado, Vita era incapaz de sostenerla por sí misma.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Mallory con voz estridente y crispada.

Dominic se hallaba junto a la puerta, esperando a oír lo ocurrido antes de salir.

Vita respiró hondo y trató de hablar, pero un sollozo se lo impidió.

Charlotte la abrazó con delicadeza para no lastimarla si, como era más que probable, tenía otras heridas o contusiones.

—Quizá convenga avisar a un médico —dijo, y se volvió hacia Clarice, considerando que probablemente era quien mejor conservaba el dominio de sí misma y de la situación.

Clarice le devolvió la mirada pero siguió inmóvil.

Tryphena miraba a unos y a otros con expresión acusadora.

Mallory hizo ademán de moverse, pero en el acto quedó paralizado.

—¡Por favor! —apremió Charlotte.

Vita levantó la cabeza.

—No —dijo con voz ronca—. No…, no llaméis al médico. Es… es sólo un corte insignificante…

—Es más que eso —afirmó Charlotte con tono seno—. Esa magulladura puede empeorar mucho, y es imposible saber cuánto va a extenderse el moretón. Seguramente un poco de árnica le aliviará, pero opino que debería verla un médico de todos modos.

—No —respondió Vita con determinación. Realizaba un esfuerzo sobrehumano por recobrar el control de sí misma. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas, pero ella no se molestaba en enjugarlas. Probablemente le dolía demasiado la cara para tocarse. Todo su cuerpo se estremecía aún—. No, no quiero que se informe a ningún médico.

—¡Mamá, es necesario! —insistió Clarice, aproximándose por fin y quedándose a tres o cuatro pasos—. ¿Por qué no quieres? El médico no va a pensar que eres boba, si es eso lo que te preocupa. Muchas personas se caen… por accidente. Es muy fácil.

Vita cerró los ojos, su rostro demudado por una punzada de dolor.

—No me he caído —susurró—. El médico se daría cuenta si me examinara. No podría resistirlo… y menos ahora. Debemos… —Respiró hondo y casi se atragantó—. Debemos mostrar… lealtad…

—¡Lealtad! —prorrumpió Tryphena—. ¿A qué? ¿A quién? Cuando dices lealtad, ¿te refieres a mentir? Encubrir la verdad…

Vita comenzó a llorar calladamente, refugiándose en su aflicción.

—¡Ya basta! —Dominic acababa de aparecer de nuevo en el umbral de la puerta y lanzó una mirada fulminante a Tryphena—. Palabras como ésas no benefician a nadie. —Arrodillándose frente a Vita, la observó con expresión seria—. Señora Parmenter, creo que será mejor que nos diga la verdad. Eso nos permitirá decidir qué es lo más conveniente. Mientras nos basemos en imaginaciones o sospechas, probablemente cometeremos errores. Si no se ha caído, ¿qué ha pasado?

Vita volvió a levantar lentamente la cabeza.

—He discutido con Ramsay —reveló con la voz empañada—. Ha sido horrible, Dominic. Ni siquiera sé qué ha ocurrido. Estábamos hablando tranquilamente, y luego ha empezado a ojear su correspondencia, que el mayordomo le había dejado en el escritorio, y de pronto ha montado en cólera. Parecía haber perdido por completo el control. —No apartaba la vista de Dominic, pero debía de percibir claramente la presencia de Mallory, de pie a un lado del grupo, los hombros tensos, el rostro contraído en un visaje de ira y confusión.

Clarice hizo amago de interrumpir pero se abstuvo.

Vita apretaba la mano de Charlotte con tal fuerza que a ésta empezaba a dolerle; sin embargo no la retiró.

—Me ha acusado de abrirle las cartas…, lo cual es absurdo. Nunca se me ocurriría tocar nada dirigido a él. Pero una debía de haberse rasgado en el reparto, y él se ha puesto furioso y a decir que había sido yo. —Hablaba deprisa y en susurros, su voz marcada por el miedo. Había empezado a contar la verdad y ya no podía detenerse. Las palabras salían a borbotones de su boca—. Me ha gritado…, no, «gritado» no es la palabra. Estaba tan iracundo que ha sido más bien un gruñido. —Entrechocaba los dientes de tal modo que corría el riesgo de morderse la lengua.

—Tome un poco de té —sugirió Charlotte—. La tranquilizará. Está muy alterada, como es natural.

—Gracias —aceptó Vita, rodeando las manos de Charlotte en torno a la taza para mantenerla firme—. Es usted muy amable, señora Pitt.

—Llamaré al médico —dijo Mallory, encaminándose hacia la puerta.

—¡No! —insistió Vita—. ¡Lo prohíbo! ¿Me has oído, Mallory? Lo prohíbo tajantemente. —Se advertía tal tensión en su voz y tal angustia en su semblante que Mallory se quedó donde estaba, reacio a obedecer pero no deseando desafiarla.

Dominic empezó a decir algo, pero vio la mirada colérica de Mallory y se calló.

Vita cerró los ojos.

—Gracias —musitó—. Estoy segura de que no será nada. Basta con que vaya a acostarme un rato. Braithwaite cuidará de mí. —Intentó levantarse, pero las rodillas no la sostenían—. Perdón. Me siento tan… inútil. No sé qué hacer. Me ha acusado de socavar su autoridad, de degradarlo, de poner en tela de juicio sus decisiones. Yo lo he negado. En la vida he hecho algo así. Y entonces me… me ha pegado.

Clarice la observó por un momento y luego, pasando entre Tryphena y Dominic, se dirigió hacia la puerta. La dejó abierta, y oyeron sus pisadas a través del vestíbulo y escaleras arriba, ruidosas en la madera negra y desnuda.

—¡Esto es una atrocidad! —exclamó Mallory, desolado—. ¡Se ha vuelto loco! No tiene otra explicación. Ha perdido el juicio.

Dominic estaba consternado, pero tras una breve vacilación dominó sus sentimientos y se volvió hacia Mallory.

—Debemos respetar los deseos de tu madre. Será mejor no hablar más del asunto.

—¡No puedes permitir una cosa así! —protestó Tryphena—. ¿Vas a esperar hasta que la mate también a ella? ¿Eso es lo que quieres? Creía que te interesabas por ella. A decir verdad, creía que te interesabas demasiado.

Vita la miró con desesperación.

—¡Tryphena, por favor…!

Dominic se inclinó, levantó a Vita en brazos y fue cargado con ella hacia la puerta.

Charlotte se apresuró a abrírsela de par en par, y Dominic salió sin volver la vista atrás. Charlotte miró a los que quedaban en el salón.

—Creo que no puedo hacer nada por ayudar, excepto dejarlos en la intimidad de su hogar para que tomen las decisiones que consideren oportunas. Siento mucho lo ocurrido.

Mallory tomó el relevo como anfitrión en ausencia de sus padres y corrió a la puerta tras ella.

—Gracias, señora Pitt. No…, no sé bien qué decirle. Ha venido a vernos por amabilidad, y la hemos abochornado de una manera lamentable… —Se le notaba muy violento, pálido salvo por dos manchas rosadas en las mejillas. No sabía cómo ponerse ni qué hacer con las manos.

—No creo que me hayan abochornado —dijo ella, faltando a la verdad—. Yo misma he conocido la tragedia en mi propia familia, y sé cómo cambia las cosas. No se preocupe por eso.

Charlotte estaba ante la puerta de entrada. Trató de esbozar una sonrisa cuando él se la abrió, y por un instante sus miradas se cruzaron. Charlotte vio miedo en sus ojos, casi pánico, y vio asimismo que era un miedo a flor de piel, amenazando con desbordarse si se producía un solo desgarrón más en el tejido de su vida, por pequeño que fuera.

Charlotte deseó poder decirle unas palabras de consuelo, pero no tenía sentido prometerle que las cosas mejorarían. Probablemente empeorarían.

—Gracias, señor Parmenter —susurró—. Confío en que la próxima vez que nos veamos, lo peor ya haya pasado.

Charlotte se volvió, bajó por la escalinata y se acercó al bordillo de la acera para buscar un cabriolé de alquiler.

Aquel mismo día, unas horas antes, Cornwallis había recibido una inesperada visita en su despacho. El agente de guardia anunció que una tal señora Underhill deseaba verlo.

—Sí…, sí, por supuesto… —Cornwallis se puso de pie y accidentalmente tumbó una pluma con el puño de la camisa. Volvió a enderezarla—. Hágala pasar. ¿Ha… ha dicho a qué venía?

—No, señor. He preferido no preguntarle, siendo la esposa de un obispo, y todo eso. ¿Quiere que se lo pregunte ahora, señor?

—¡No! No, dígale que entre, por favor.

Inconscientemente, Cornwallis se arregló la chaqueta y se retocó el nudo de la corbata, dejándolo de hecho torcido.

Isadora entró al cabo de un momento. Llevaba un vestido oscuro entre azul y verde. A Cornwallis le recordó el color de la cola de un pato. Realzaba su tez clara y su cabello casi negro, con un mechón blanco sobre la frente. Cornwallis no se había dado cuenta antes, pero era una mujer hermosa. Su semblante se distinguía por la paz interior que reflejaba. Era un rostro que podría contemplar sin llegar a cansarse, o a tener la sensación de que conocía ya de memoria todas sus expresiones y era capaz de predecir su siguiente luz o sombra.

Cornwallis tragó saliva.

—Buenos días, señora Underhill. ¿En qué puedo servirle?

Una sonrisa pasó fugazmente por su cara. Era obvio que se sentía violenta por el asunto que la había llevado hasta allí, fuera el que fuese, y le desagradaba tener que planteárselo.

—Siéntese, por favor —ofreció Cornwallis, indicando la butaca próxima a su escritorio.

—Gracias. —Isadora echó una ojeada al despacho, reparando en el sextante colocado en la estantería y mirando por encima los títulos de los libros—. Perdóneme por hacerle perder el tiempo, señor Cornwallis —dijo, centrando la atención de nuevo en él—. Quizá sea una estupidez por mi parte venir a importunarlo. Se trata de un asunto personal, no oficial. Pero durante la cena me pareció que le causábamos una lamentable impresión. El obispo… —Utilizó el título en lugar de decir «mi esposo», que era lo que cabía esperar. Cornwallis percibió el titubeo—. El obispo estaba muy preocupado por el incidente —prosiguió con rapidez—. Y en su temor de que las repercusiones en sentido amplio puedan perjudicar a mucha gente, creo que mostró menos interés en el… bienestar… de Ramsay Parmenter del que en realidad siente.

Saltaba a la vista que le costaba mucho hablar, y escrutando su rostro, sus ojos ensombrecidos y evasivos, Cornwallis presintió que la conducta del obispo la había ofendido tanto como a él mismo. Sólo que a ella le producía además una honda vergüenza, porque no podía desvincularse de la actitud del obispo sin incurrir en una grave deslealtad. Había acudido a su despacho con la intención de mejorar la imagen de su esposo a los ojos de Cornwallis, y debía de disgustarle sobremanera hacerlo e irritarla la necesidad de hacerlo. ¿Acaso hubiera deseado expresar su propio punto de vista, pero se lo impedía el honor?

—Comprendo —dijo Cornwallis, rompiendo el incómodo silencio—. El obispo ha de tener en cuenta muchas cosas más importantes que lo puramente personal. Así ocurre a todas las personas con grandes responsabilidades. —Sonrió, mirándola a los ojos—. Yo mismo he capitaneado un barco, y al margen de cuáles fueran mis sentimientos hacia un miembro en particular de la tripulación, al margen de la simpatía o antipatía, de la lástima o el respeto, el barco tenía siempre prioridad sobre todo lo demás, o de lo contrario habríamos perecido. En ocasiones uno se ve obligado a tomar decisiones difíciles, y éstas no siempre parecen justas a los demás. —Dudaba que esas normas fueran aplicables al obispo Underhill. Su «barco» era de carácter moral, enfrentado a los elementos de la cobardía y el deshonor, y no un buque de madera y lona que tenía que luchar contra la fuerza del océano. La misión de Cornwallis en la marina incluía salvaguardar la vida de sus hombres; Underhill debía salvaguardar sus almas.

Pero no podía decirle a Isadora Underhill nada de aquello. Debía de saberlo tan bien como él, o al menos eso le parecía a él viendo sus manos nerviosamente entrelazadas en el regazo y el modo en que eludía su mirada; y no deseaba recordárselo.

—Todos debemos tomar las decisiones que consideremos más oportunas en circunstancias difíciles —prosiguió Cornwallis—. Es más fácil juzgar a los demás que ponerse en su lugar. Por favor, no piense que extraje conclusiones erróneas.

Isadora alzó la vista de inmediato y lo miró. ¿Notaba ella que Cornwallis pretendía ser amable más que sincero? Él no estaba acostumbrado al trato con mujeres. No tenía más que una vaga idea de cómo pensaban, de qué creían y sentían. ¿Acaso ella veía claramente sus intenciones y lo despreciaba por ello? Esa posibilidad resultaba en extremo desagradable. Isadora le sonrió.

—Creo que se muestra usted muy generoso, señor Cornwallis, y se lo agradezco. —Echó una nueva ojeada al despacho—. ¿Pasó mucho tiempo en el mar?

—Algo más de treinta años —respondió él, sin dejar de mirarla.

—Debe de echarlo de menos.

—Sí… —La respuesta surgió de él al instante, y con una convicción que él mismo no esperaba. Sonrió tímidamente—. En cierto modo, era mucho más sencillo que esto. Por desgracia, no estoy habituado a la política. Pitt se esfuerza en instruirme acerca del carácter de la intriga y de las posibilidades de la diplomacia… y más a menudo las imposibilidades.

—Supongo que en el mar no hay necesidad de mucha diplomacia —comentó Isadora pensativamente, desviando la mirada—. El capitán tiene el mando. Sólo ha de llevar sobre sus hombros la terrible carga de acertar en sus decisiones, porque de ello depende la vida de todos. Un gran poder conlleva responsabilidad en igual proporción. —Por el tono reflexivo de su voz, parecía hablarle tanto a él como a sí misma—. Antes yo imaginaba que la Iglesia era así…, una magnífica proclama de la verdad, como san Juan Bautista ante Herodes. —Se rio de sí misma—. Lo menos diplomática posible, capaz de echar en cara al rey públicamente que ha cometido adulterio y su matrimonio es ilícito, y exigirle que se arrepienta y pida perdón a Dios.

Cornwallis se tranquilizó y apoyó las manos relajadamente en el escritorio.

—¿Cómo puede decirse una cosa así de manera diplomática? —preguntó con una sonrisa—. «Su majestad, tengo la impresión de que sus relaciones conyugales son un tanto irregulares, y quizá debería replanteárselas o pedir consejo al Altísimo».

Ella se echó a reír, deleitada de pronto por lo absurdo de la idea.

—Y él contestaría: «Lo siento, pero estoy muy a gusto con la actual situación, gracias. Y si repite esa sugerencia en público, me veré obligado a encarcelarlo. Y cuando encuentre un buen pretexto, pondré fin prematuramente a su vida. Sería mejor que reconociera usted en público que todo está en orden y cuenta con su aprobación». —Isadora se levantó, repentinamente seria de nuevo, su voz llena de emoción—. Preferiría salir con las velas hinchadas y todos los cañones escupiendo fuego a ser marcado con un hierro candente por el enemigo y mancillado por su crimen, por sus propósitos. Disculpe la mezcla de metáforas y la apropiación por mi parte de sus imágenes navales.

—Lo considero un cumplido —respondió Cornwallis.

—Gracias. —Se acercó a la puerta—. Al principio me parecía una insensatez haber venido, pero me ha dado usted tranquilidad. Es muy cortés. Buenos días.

—Buenos días, señora Underhill. —Cornwallis le abrió la puerta y, con pesar, la observó marcharse. Estuvo a punto de añadir algo para retenerla un momento más, pero comprendió que no tenía sentido.

Cerró la puerta y volvió a su escritorio, pero permaneció durante casi un cuarto de hora sin moverse ni concentrarse de nuevo en sus papeles.