Capítulo 1
¡RHIA! tengo que verte! Rhia suspiró resignada ante la perspectiva de otra desagradable situación en la que Valentina estuviera mezclada.
—-Esta noche no, Val —dijo con firmeza—. Tengo que quedarme para redactar las notas de la reunión del consejo y Simón pasará a recogerme a las siete y media.
— ¡Simón! —le reprochó—. Puedes disculparte con el, sabes que le puedes ver en otro momento.
Rhia se controló para no contestarle de las mismas malas maneras.
—Sin embargo, tengo planes y preferiría no posponerlos.
—Pero, ¿es que no comprendes? —Gritó con desesperación—. ¡Rhia, ha sucedido algo horrible y. . no sé qué voy a hacer!
—Mira, Val, ya no eres una niña; tienes dieciocho años, una edad suficiente como para resolver tus propios problemas. Sólo porque soy mayor que tú. .
—Pero te necesito, Rhia.
Valentina rompió en sollozos y Rhia se dio cuenta de que debía ayudar a su hermana. Esta situación era absurda pues entre las dos Sólo había tres años de diferencia y cuando Rhia tenía la edad de su hermana, tuvo que enfrentarse a muchos problemas ya que desde que su madre murió, en un levantamiento en África Central donde su padre estaba trabajando, tuvo que ocupar su lugar. . por lo menos ante los ojos de Valentina.
Las dos muchachas estaban en un internado cuando sucedió todo y Valentina, por su edad, había sido la más afectada. Cuando cumplió quince años, para ella el mundo carecía de sentido y Rhia había tenido que ocultar su dolor e infundirle valor.
Su padre regresó a Londres para estar con sus hijas, pero le aburrían los problemas familiares. Mientras tanto, Rhia veía truncadas sus esperanzas de seguir asistiendo a la universidad al tener que trabajar en una oficina y hacer a! mismo tiempo un curso de secretariado en una escuela nocturna. El señor Mallory aceptó otro puesto en Sudáfrica y dejó a la muchacha a cargo del pequeño apartamento que había alquilado en Hammersmith. ,
Por supuesto, Valentina tenía que continuar sus estudios, pero cuando tuvo dieciséis años le suplicó a Rhia que la dejara regresar a casa y como su padre no puso objeción alguna, ella no tuvo más remedio que aceptar.
Ahora Rhia reconocía que había sido un gran error pues Valentina había demostrado ser independiente y rebelde y no la escuchaba cuando la suplicaba que buscara un empleo estable.
El resultado de todo eso fue que Valentina hacía seis meses se había matriculado en una escuela de enfermeras de uno de los hospitales locales. Parecía que le agradaba y Rhia estaba contenta pues deseaba que Val aprendiera a ser responsable. Después de todo, ya tenía dieciocho años y novio. Rhia no le conocía, pero sabía que era alumno de la Facultad de Ciencias Económicas de Londres. Era canadiense, y se llamaba Glyn Frazer. Rhia tenía sus dudas respecto al tiempo que duraría esa relación, sin embargo a pesar de eso estaba contenta porque Valentina parecía haber sentado la cabeza.
Incomprensiblemente, en aquel momento, su hermana le había llamado por teléfono a las nueve y media de la mañana, a causa de un nuevo desastre. Rhia utilizaba la palabra «desastre» a sabiendas de que todos los problemas de Valentina parecían adoptar tales proporciones.
— ¿Para qué quieres verme Val? —preguntó—. Si es tan importante, dímelo y veré qué puedo hacer.
—No puedo. . es que, no puedo decirlo por teléfono —insistió Valentina con desesperación—. Rhia, por favor, necesito verte y tengo que trabajar hasta las ocho.
Rhia exhaló un suspiro con resignación, por lo menos Val no había perdido el empleo, reflexionó agradecida. Cualquier cosa que fuera, no tenía que ver con el hospital, de manera que no sería de tanta importancia.
—Val..
—Rhia, por favor. .
— ¡Está bien! —Aceptó, como de costumbre—. ¿Qué te parece si nos vemos a la hora de comer?
__De acuerdo—respondió.
__ ¿y no tienes que descansar? —Rhia sospechó algo—. Quiero decir. . como trabajas por la noche. .
__Anoche no fui a trabajar —explicó Valentina con impacienta . Te veré luego y colgó antes de que Rhia hiciera más preguntas.
No obstante, eso no impidió que su hermana se pasara el resto de la mañana preguntándose para qué quería verla Valentina y el porqué de la urgencia.
Cuando salió de la oficina, estaba lloviendo. Esperó un rato pero no pasó el autobús.
Así que, andando por una avenida fue a una estación de metro.
Era tarde cuando llegó a Balham, y todavía tenía que andar unos diez minutos para llegar al hospital. Se preguntaba si Valentina estaría esperándola en la puerta donde habían quedado cuando descubrió la figura de su hermana tan pronto como cruzó la calle Morton.
La lluvia había amainado un poco, pero la chaqueta de Rhia al igual que su cabello estaban empapados.
— ¡Rhia! —exclamó Valentina al verla—. Gracias por venir —dijo cogiéndola de un brazo—. Vamos a un restaurante allí podremos comer lo que queramos.
Rhia se limitó a seguir a su hermana sin hablar; hubiera preferido tomar una taza de té y un sandwich en la habitación de Val, donde con seguridad, hubieran podido charlar con tranquilidad.
— ¡Qué día! —Exclamó Valentina a la vez que iban hacia el restaurante—. Temía que no vinieras; no sabes en qué estado me encuentro —su voz se quebró.
Rhia estaba preocupada, pero no lo demostró abiertamente. Llegaron al restaurante. Se sentaron en la barra y pidieron un aperitivo y un Martini seco con soda.
Luego buscaron un sitio apartado, donde pudieran conversar sin ser interrumpidas.
— ¿Qué sucede? Parece como si no hubieras dormido durante toda una semana.
Valentina contuvo el aliento.
— ¡Oh, Rhia!, es horrible, ¡Glyn está mal herido! inconsciente.
— ¿Quieres decir que ha tenido un accidente! —Frunció el ceño—. Val, querida, comprendo que estés apenada pero tienes que contarme lo sucedido.
Valentina tenía un nudo en la garganta que le impedía hablar.
—Fue. . un choque.
— ¿Quieres decir, un accidente automovilístico?
Valentina negó con la cabeza y Rhia se humedeció los labios.
— ¿En dónde está él? —preguntó y Valentina parpadeó.
— ¿Que dónde está? —repitió—. ¿Por qué? En. . el hospital, por supuesto.
— ¿Pero en qué hospital? —insistió Rhia—. Supongo que no estará en St. Mary.
— ¡Oh, no! —Valentina se llevó una de las manos a la cabeza—. Está. . en Jude, le llevaron allí después del accidente —movió la cabeza—. Estaba muy mal, al principio pensé que. . estaba muerto.
Rhia cogió a su hermana una mano con cariño.
— ¡Pobre Val!, no me imaginaba en qué estado te encontrabas. ¿Pero cómo está?
Quiero decir. . ¿esperan los médicos que se recupere?
— ¡Tiene que recuperarse! —exclamó Valentina con furia—. ¡No sé qué voy a hacer si sucede lo contrario!
—No debes preocuparte —Rhia nunca había visto a su hermana tan angustiada—.
Estoy segura de que todo saldrá bien. La ciencia está muy avanzada hoy en día.
—Sí.
Valentina no parecía muy convencida a pesar de los esfuerzos de su hermana por animarla.
— ¿Cuándo sucedió? El accidente, quiero decir. ¿Por qué no me llamaste cuando te enteraste?
— ¿Enterarme? —Valentina palideció.
—Sí, ¿cuándo lo supiste? Supongo que anoche la familia de Glyn. .
— ¿Es que no lo entiendes, Rhia? —la interrumpió—. Sé que no me estoy explicando bien, pero es por lo nerviosa que estoy. Nadie me avisó del accidente porque yo estaba con él. ¡Fue por. . mi culpa!
Qué torpe había sido al no darse cuenta de que la preocupación de su hermana no se debía al estado de salud de Glyn Frazer. Valentina rara vez mostraba consideración por alguien.
—No te quedes así como si no comprendieras —gritó en un arranque de ira—. El accidente ocurrió anoche. . mi noche libre. Y.. yo conducía el coche.
— ¿Tú? Pero Val, si no tienes carnet de conducir.
—Oh, Rhia, ¿qué voy a hacer? ¡Glyn. . puede morir, y. . yo seré la culpable! —los ojos de la chica brillaban por las lágrimas—. Rhia, si no me ayudas, nadie lo hará. . y tengo. .
miedo.
Rhia dejó el vaso sobre la mesa y la miró fijamente.
—Tienes que darme tiempo, Val. En este momento no sé qué aconsejarte.
— ¿Y cómo crees que me siento? No he dormido nada en toda la noche —sollozó—; he paseado durante horas porque no quería regresar a casa.
—Espera un momento —la interrumpió—. ¿Qué quieres decir con eso de que has paseado durante horas? Pensé que habías dicho que llevaron a Glyn al hospital después del accidente.
—Así fue, yo misma llamé a la ambulancia.
— ¿Y no te pidieron que los acompañaras? La policía, supongo. . tomó cartas en el asunto. . ¿no te llevaron a declarar?
—No. . no fue así —titubeó—. Cuando tuvimos el accidente, no había nadie en la calle. Oh, no sé cómo sucedió. Conducía tranquilamente por la avenida y de repente un gato cruzó por delante del coche, entonces Glyn me dijo que frenara y en lugar de obedecer le pisé el acelerador y nos. . estrellamos contra una farola.
— ¡Oh, Valentina!
—Fue horrible. Glyn se debió dar contra el parabrisas pues estaba. . cubierto de sangre y yo. . muy asustada —su voz se quebró— Sabía que tenía que salir de allí porque si alguien me veía o me identificaba. .
—Espera, has dicho que tú misma habías llamado a la ambulancia.
—Sí, así lo hice. Llamé desde una cabina de teléfonos y. . después huí.
— ¡Val! —exclamó Rhia horrorizada.
—Ya sé —Valentina jugaba nerviosa con el cabello—, pero Glyn estaba tan mal, que no podía arriesgarme a que me detuvieran.
Rhia bebió el resto de su bebida tratando de analizar las cosas con más calma.
—Val, la policía va a saber que alguien conducía ese coche. . Tenemos que dar la cara ya que por ser la novia de Glyn, tú eres la más sospechosa. Seguramente le comentaría a sus amigos que iba a salir contigo. .
— ¡No! Era ya muy tarde e íbamos al hospital. Tomamos esa ruta para que yo pudiera conducir. Nadie nos vio, así que bien podrían suponer que Glyn regresaba ya a su apartamento.
— ¡Pero no ¡o hizo! —exclamó Rhia, molesta—. Val, enfréntate a los hechos. .
—Nadie sabe eso.
—No estás siendo realista —agitó la cabeza—. ¡Glyn no iba en el asiento del conductor!
—No lo sabrán —argüyó.
— ¿Qué quieres decir?
Rhia se sentía mal.
—Ya te dije que Glyn se golpeó con el parabrisas, estaba destrozado. Traté de poner sus piernas. .
— ¡Oh, Dios mío! —La observó con asombro—.
Pensé que habías dicho que estabas asustada.
— ¡Sí lo estaba! —el corazón de Valentina parecía querer salírsele del pecho—.
¡Rhia, no sabes cómo me sentía en medio de la oscuridad, pensando que Glyn podía estar muerto!
— ¿Te das cuenta de que pueden acusarte de homicidio premeditado?
—Sé que ante tus ojos soy un monstruo; tú no tienes esa clase de problemas. Tu vida es tan. . aburrida que a veces me pregunto si has conocido el verdadero amor que por supuesto no ha de ser el de Simón. ¡Es tan altanero y arrogante!
— ¡Val! No te voy a permitir que hables mal de Simón Travis; él es un buen amigo y. . estoy encariñada con él. Me pregunto qué dirá de todo esto.
—No se lo vas a contar, ¿verdad? —preguntó ansiosa.
«Encariñada», pensó, «que palabra tan simple para describir una relación entre un hombre y una mujer».
Rhia pasó por alto sus preguntas y se concentró en lo que Valentina le había contado. No hablaba en broma y era más serio de ¡o que suponía. Y lo más terrible era que no sabía cómo aconsejarla.
— ¿Quieres tomar algo más? —ofreció Valentina.
—No, gracias —contestó pensativa—. Tengo que irme pronto.
— ¿Rhia? —la cogió del brazo.
— ¿Cómo sabes que Glyn aún está inconsciente? ¿Has llamado al hospital?
—No —respondió Valentina—. Ellos me llamaron.
—Pero. . —Rhia frunció el ceño.
—Dejé mi bolso en el coche —la joven se encogió de hombros.
— ¡Val!
—Por eso quería verte —sollozó—, ¿no entiendes? Quiero que les digas que pasé la noche en casa.
— ¿Pero. . por qué? —palideció—. ¿Eso de que serviría?
—La casa de Glyn no está muy lejos del hospital y como te dije él pudo haberme dejado y regresar a su apartamento.
— ¿Dejarte en. . el apartamento?
-¡Sí!
— ¿Por qué? ¿Por qué no en el hospital?
Valentina suspiró con impaciencia.
— ¿No ves que así tengo una coartada? Recuerda que estuve paseando durante horas y no regresé al hospital hasta esta mañana. Entonces fue cuando descubrí que estaban tratando de localizarme.
— ¿Qué les dijiste? —preguntó con dureza.
—Les dije que había estado contigo —gritó Valentina con desesperación—. ¿Qué más podía decir?
—Así que eso es lo que quieres, no estás pidiendo mi ayuda sino exigiéndola.
—No lo tomes así.
— ¡Qué fácil es decirlo!
—Rhia, no tienes ni idea de cómo me siento. Tengo que pensar en algo que justifique mi ausencia del hospital. No podría decir la verdad.
—Hay ocasiones, Val..
—Lo sé —la interrumpió muy enfadada—. Por el amor de Dios, es sólo una pequeña mentira.
— ¿Una pequeña mentira? —Rhia apretó los puños—. Si Glyn muere seré tu cómplice.
—No morirá. .
—Espero que no —tomó aliento—, porque si es así, no tengo la intención de dar marcha atrás.
Esa tarde cuando volvió a la oficina, Rhia no podía concentrarse en su trabajo. En su mente resonaban las palabras de Valentina.
Su jefe, George Wyatt, no se mostraba comprensivo ante la falta de concentración de su secretaria. Era un hombre de edad mediana, y tenía las características típicas de un hombre de negocios: mal genio, obesidad y úlcera de estómago.
—Rhia, ¿está tratando de molestarme? —Preguntó, señalando el cajón del escritorio—; le he pedido dos veces el archivo de Mcdonald y parece no prestarme atención.
—Lo siento, señor Wyatt —se ruborizó—. Me temo que. . no me encuentro bien.
—Era lo único que me faltaba —contestó George Wyatt, molesto—. Este dolor de estómago me está martirizando y acaso, ¿ha oído una sola queja?
Con frecuencia, Rhia se sentía con ganas de contestarle, pero sólo movió la cabeza tratando de concentrarse en el dictado. Sin embargo, no fue fácil, porque por la tarde, al comprobar lo que había cogido en taquigrafía, lo único que esperaba era que el señor Wyatt no recordara cada palabra con exactitud.
Afortunadamente, la reunión del consejo fue muy breve, y Rhia - suspiró aliviada cuando salió del edificio para encontrarse con Simón que la esperaba en el aparcamiento.
— ¡Has salido temprano! —la saludó con un beso cariñoso.
—Tú también —añadió saludándole con cariño—. ¡Gracias a Dios es viernes! ¡Estoy exhausta!
—Estás un poco pálida —musitó Simón observando sus rasgos a pesar de la oscuridad del coche—. ¿Qué sucede? ¿Has vuelto a tener problemas con Wyatt? He oído que anoche su hijo fue arrestado por conducir en estado de embriaguez.
— ¿Sí? —se volvió—. ¡Vamonos. . tengo hambre!
En realidad, comer era lo último que deseaba hacer.
—Por cierto, —Simón se dio cuenta de que había olvidado algo—, tengo unas entradas para el concierto de Bartok el domingo, sé que no te vuelve loca, pero te gustará, ya lo verás.
— ¿Tú crees? —le observó detenidamente, ya que la idea de ir al concierto de Bartok le producía náuseas al igual que la comida.
— ¿Qué te pasa? —Al fin se había dado cuenta de que había un cambio en su actitud—. Pareces estar. . preocupada. ¿Sucede algo malo?
— ¡No! —sonrió forzada—. Es que no me atrae el fin de semana sin planes previos.
— ¿No estarás molesta por lo del miércoles? Tú sabes que esos azulejos de la cocina son difíciles de combinar, y luego, les ensayos para la obra de la escuela. .
— ¡Oh, no! No es eso —contestó Rhia para tranquilizarle. Simón se tomaba muy en serio su trabajo como maestro y no era culpa suya el que su madre tratara de aprovecharse de él en su tiempo libre. Después de todo, era una persona de edad avanzada y viuda.
—Sabes cómo es mi madre —continuó diciendo Simón mientras conducía—.Detesta el desorden y la cocina estuvo en ese estado más de lo que yo esperaba.
—También tienes que ir a trabajar —indicó Rhia agradecida de que la charla desviara sus pensamientos—. Creo que tu madre lo olvida.
—Lo sé —sonrió comprensivo—. Pero eso es ahora, en el futuro, pasaremos nuestras tardes libres juntos.
—Sí.
Rhia no sentía entusiasmo, y tuvo que hacer un gran esfuerzo para disimular sus temores mientras Simón hablaba de sus proyectos y del lugar donde cenarían más tarde.
La comida china era la favorita de Rhia, pero en esa ocasión le fue imposible disimular su falta de apetito. Sabía que Simón se había dado cuenta de ello y cuando se dirigían a su apartamento, él la miró preocupado.
— ¿Estás segura de que no te sucede nada, Rhia? —Preguntó, cogiendo su mano—.
Quiero decir, si puedo ayudarte en algo, dónelo. Generalmente, estamos tan cerca. . —
apretó las manos de Rhia con emoción—. De hecho, es hora de que pensemos en el futuro, nuestro futuro.
Rhia evadió el problema dándole una ligera palmada.
—Esta noche no, Simón —murmuró esperando que él comprendiera—. Estoy muy cansada, creo que estaré en la cama hasta mañana a la hora de comer.
Simón aceptó su disculpa con su acostumbrado buen humor.
—De acuerdo, no te presionaré ahora, pero espero que mañana decidas confiar en mí.
— ¡Gracias, Simón! —esbozó una débil sonrisa.
— ¿No me invitas a pasar?
—No, esta noche no.
Simón movió la cabeza y después de un momento de vacilación, se acercó a ella y la besó.
—Vamos, por lo menos deja que te acompañe —suplicó, y sus labios rozaron la mejilla de la chica cuando salía y Rhia acarició su rostro con ternura antes de abandonar el coche.
—No te molestes —dijo cuando él cerró la puerta del coche—. Son sólo las diez y media y aún hay transeúntes.
—De cualquier modo, preferiría asegurarme —insistió Simón cogiéndola de la mano
—. ¡Estás helada! ¡Entremos!
El grupo de apartamentos donde vivía Rhia no era nuevo, sin embargo, no estaba del todo mal. El de ella tenía dos dormitorios, sala de estar, cocina y baño. Cuando su padre estaba en casa, Rhia y su hermana compartían la misma habitación, pero mientras él permanecía fuera, Valentina dormía en el cuarto de él.
— ¡Bueno, ya estamos aquí! —el ascensor los llevó hasta el sexto piso y Rhia señaló la puerta que estaba a unos cuantos metros de distancia a lo largo del pasillo—. No te molestes en pasar, Simón no hay necesidad. Te veré mañana.
—De acuerdo —aceptó, aunque un poco desalentado porque esperaba que ella le invitara a tomar un café, pero Rhia necesitaba estar sola—. Nos veremos mañana —le acarició una mano antes de que ella entrara—. ¡Te amo!
Rhia agradeció que las puertas del ascensor se cerraran sin darle oportunidad de contestar. Olvidando un poco sus problemas, reconoció que no estaba muy segura de sus sentimientos hacia Simón. Le gustaba, pero amor. . era algo de lo que había aprendido a prescindir.
Quiso a sus padres profundamente, pero ellos consideraban a sus hijas un obstáculo y de ahí que las hubiesen internado. Después, cuando su madre murió y pensó que su padre la necesitaría, había vuelto a desilusionarse al comprobar que él no la necesitaba. Y ahora, Valentina le estaba probando que no la conocía. Y la idea de entregarle su cariño a un hombre era algo que no concebía.
Con un ligero movimiento de hombros, caminó con dificultad hacia la puerta, buscando la llave en su bolso sin prestar atención a nada.
— ¿Señorita Mallory?
Al oír su apellido pronunciado con tal brusquedad, se volvió apretando el bolso, preparada para usarlo como arma si era necesario. Las rodillas le temblaban, sin embargo, trataba de aparentar calma.
— ¿Qué desea?
Hizo la pregunta involuntaria para ganar tiempo, pero el pasillo seguía vacío. El ascensor que había oído acercarse pasó sin detenerse y se sintió desalentada.
—No se preocupe, señorita Mallory, no soy un ladrón ni un criminal —le aseguró el hombre con acento extraño—. Disculpe si la he asustado, pero creí que había oído mis pasos. Este pasillo no está hecho a prueba de sonidos, ¿verdad?
—Pues, no sé —trataba con desesperación de mantener la calma—. Y además. . uno no espera visitas a las once de la noche.
—Lo sé y lo siento, pero mi llegada no coincidió con la suya y aunque no me sorprende su reacción, necesito hablar con usted. ¿Puedo pasar o debo quedarme fuera?
—Espere un momento. . —cogió su bolso un poco atemorizada, este hombre estaba yendo demasiado lejos y muy rápidamente. ¿Quién era él? ¿Qué estaba haciendo en ese sitio? ¿Y qué era lo que deseaba hablar con Rhia?
—Mi apellido es Frazer —dijo anticipándose a las preguntas de Rhia— Jared Frazer —frunció el ceño y sonrió al ver la expresión de la chica—. Veo que mi apellido le dice algo —se detuvo—. ¡Soy el tío de Glyn y quiero saber por qué está tan tranquila sabiendo que mi sobrino puede morir por culpa suya!