Trabajo manual y trabajo intelectual

En Campos, fábricas y talleres, obra que complementa a La conquista del pan, y de la cual dice Colin Ward que «es una de las grandes obras proféticas del siglo XIX, cuya hora está aún por llegar», crítica Kropotkin el ideal, proclamado por Adam Smith y la Economía política, de la división del trabajo (Cfr. Woodcock y Avakumovic, op. cit. págs. 321-322). A este ideal opone el de la descentralización de la producción industrial, lo cual significa para él la integración y totalización del trabajo. La división permanente de las funciones ha sido llevada en la sociedad moderna tan lejos que se ha logrado separar a los miembros de ésta en castas tan rígidas como las de la India: «Tenemos, primero, la división en productores y consumidores; después, la de productores que consumen poco, y consumidores que producen poco; y luego, entre los primeros, una serie de nuevas subdivisiones: el trabajador manual y el intelectual, profundamente separados, en perjuicio de ambos; el trabajador del campo y el de la fábrica; y entre la masa de los últimos, nuevas subdivisiones, tan minúsculas, que la idea moderna de un trabajador parece ser un hombre o mujer, y hasta una niña o un muchacho, sin el conocimiento de ningún oficio, sin la menor idea de la industria en que se emplea, no siendo capaz de hacer en el curso de su vida entera más que la misma infinitésima parte de una cosa: empujando una vagoneta de carbón en una mina, desde los trece a los sesenta, o haciendo el muelle de un cortaplumas o “la decimoctava de un alfiler”. Meros sirvientes de una máquina determinada, simples partes de carne y hueso de alguna maquinaria inmensa, no teniendo idea de cómo y por qué la máquina ejecuta sus ordenados movimientos».

[488]

Difícilmente podría explicase mejor el carácter deshumanizante de la moderna industria y la alienación que la subdivisión del trabajo produce en el obrero con respecto a su trabajo mismo.

Frente al hombre-mecanismo, que la moderna producción crea y que la economía política propicia, levanta Kropotkin el ideal del artista creador, que experimenta en su trabajo un placer estético, del artesano medieval y hasta del viejo agricultor, que hallaba en su íntima relación con la naturaleza un consuelo a las penalidades de su vida diaria.

Más aún, no conformes con atomizar las funciones de los individuos, proclaman los economistas la necesidad de subdividir el trabajo de las naciones: Rusia y Hungría están destinadas a producir trigo, Inglaterra tejidos, carbón y ferretería, Bélgica géneros de lana, etc. Y hasta dentro de cada país, las diversas regiones deben especializar su producción. Esta es la base de las grandes fortunas, puesto que lo ha sido ya en el pasado.

[489]

Tal deshumanización del trabajo, implica en la súper-especialización, deriva, según Kropotkin, de la mezquina concepción de la vida según la actual el fin único de la misma ha de ser el lucro, y de la obstinada idea de que todo lo que ayer fue ha de ser para siempre. Es cierto que la división del trabajo condujo a un gran incremento de la producción, pero es evidente que, a medida que el trabajo de cada individuo se torna más fácil, más simple y, por consiguiente, más monótono y mecánico, la necesidad que aquél siente de variar y de ejercitar las diferentes facultades de su espíritu se hace sentir con mayor fuerza. El trabajador se niega a ser reducido a la condición de máquina, desea un libre contacto con las cosas, siente la necesidad de crear y de poner algo de su ser en los objetos que produce, quiere ser parte conciente en el gran todo social y participar en los goces del arte y de la ciencia. Algo semejante sucede con las naciones, que se niegan a ser especializadas (Cfr. Woodcock Avakumovic, op. cit. pág. 326).

La agricultora exige la industria, ésta sustenta a aquélla, de sus simbiosis surgen los más deseables resultados: «A medida que el conocimiento técnico se hace del dominio general; a medida que se convierte en internacional y no es posible tenerlo oculto por más tiempo, cada nación adquiere los medios de aplicar toda la variedad de sus energías a la variedad de empresa industriales y agrícolas».

[490]

Así como la razón no distingue las arbitrarias fronteras que separan entre sí a los Estados, la economía tampoco admite límites nacionales, y la tendencia general consiste en que cada país reúna la mayor variedad posible de actividades productivas. Con las sociedades acontece lo mismo que con los individuos: una división temporal del trabajo es prenda de éxito en una determinada empresa; una divisiónpermanente o perpetua necesariamente tiene que ser superada, ya que cada individuo, y también cada país, tiene a ejercitar todas sus capacidades físicas e intelectuales para realizarse a sí mismo y satisfacer por sí mismo sus propias necesidades.

Kropotkin no pide la total supresión de la división del trabajo, cosa que sabe imposible en una sociedad moderna, pero, a la par que desea la conservación de los beneficios deparados por una división temporal del trabajo, reclama también los que corresponden a la integración del mismo: «La economía política ha insistido hasta ahora principalmente en la división. Nosotros proclamamos la integración y sostenemos que el ideal de la sociedad, el estado hacia el cual marcha ésta, es una sociedad de trabajo integral, una sociedad en la cual cada individuo sea un productor de trabajo manual e intelectual; en la que todo ser humano que no esté impedido sea un trabajador, y en la que todos trabajes lo mismo en el campo que en el taller industrial; donde cada reunión de individuos, bastante numerosa para disponer de cierta variedad de recursos naturales, ya nación o región, produzca y consuma la mayor parte de sus productos agrícolas e industriales».

[491]

Semejante integración del trabajo y de la producción es imposible mientras permanezcan en manos privadas la tierra y los instrumentos de trabajo, mientras los capitalistas, con la protección del Estado, se apoderen del sobrante de la producción (la plus-valía, en términos de Marx). Pero, por otra parte, todo intento de socialización y todo esfuerzo por acabar con el actual sistema capitalista fracasará, si no se tiene presente la exigencia de la integración, la cual no ha sido, por cierto, demasiado señalada, según Kropotkin, por las diversas escuelas socialistas.

[492]

La constante preocupación de éste por una realización integral del hombre, su concepción del socialismo como un estado de plenitud humana y de total despliegue de las posibilidades físicas y espirituales de individuos y comunidades es lo que hace posible considerar su pensamiento como la más cabal manifestación del humanismo socialista.. Lejos de considerar a la sociedad socialista como un paraíso de consumidores o como una dictadura de los trabajadores industriales, Kropotkin la piensa como una comunidad humana donde no se diferencien ya los productores de los consumidores ni los productores manuales de los intelectuales (así como tampoco los gobernantes de los gobernados).

«Cada nación sostiene debe ser su propio agricultor y manufacturero; cada individuo debe trabajar en el campo y en algún arte industrial; cada uno debe combinar el conocimiento científico con el práctico».

[493] «Al adelantar estos puntos de vista sobre la integración de la vida rural y la urbana, Kropotkin fue el precursor de todo un movimiento que se ha vuelto hoy mucho más consiente de sí mismo que hace cincuenta años y que abarca no sólo las teorías de hombres como Patrick Geddes y Lewis Munford, sino también los experimentos con las ciudades-jardines de Ebezer Howard y los esquemas de las ciudades satélites que constituyen el rasgo distintivo de los planes de reconstrucción de la post-guerra», escribían Woodcock y Avakumovic (op. cit. pág. 329) en el año 1950.

En efecto, Lewis Mumford en su obra La ciudad en la historia, dice: «Con casi medio siglo de anticipación respecto al pensamiento técnico y económico contemporáneo, él (Kropotkin) había intuido que la ductilidad y la adaptabilidad de las comunicaciones y de la energía eléctrica, unidas, unidas a las posibilidades de una agricultura intensiva y biodinámica, habían sentado las bases de una evolución urbana más descentralizada a desarrollarse por medio de pequeñas comunidades basadas en el contacto humano directo y provistas de las ventajas de las ciudades, además de las del campo… Kropotkin se dio cuenta de que los nuevos medios de transporte y de comunicación, unidos a las posibilidades de transmitir la energía eléctrica a través de una red y no mediante una línea unidimensional, ponían a las pequeñas comunidades en el mismo plano que la súper-congestionada metrópoli en lo referente a disponibilidad de los enseres técnicos esenciales. De la misma manera las actividades rurales, en una época aislada y constreñidas a un nivel económico y cultural inferior al de las ciudades, podían ahora valerse de la inteligencia científica y de la organización colectiva que habían cesado de ser un monopolio urbano; y con esto había desaparecido también la neta división tradicional entre lo rural y lo urbano, entre trabajador del campo y trabajador de la industria. Kropotkin captó estas implicaciones antes de que fueran inventados el automóvil, la radio, el cine, la televisión y el teléfono como instrumentos de comunicación para todos, pero cada uno de estos inventos confirmó la exactitud de su diagnóstico, trayendo iguales ventajas a las metrópolis centrales y a las pequeñas comunidades, antes totalmente dependientes de las primeras. Tomando como base las pequeñas comunidades, comprendió la posibilidad de una vida local más responsable y más sensible, que dejase mayor campo de acción a aquellos aspectos humanos descuidados y frustrados de las organizaciones de masa».

Y así como en cada comunidad local debe diversificarse el trabajo, así en cada región o país debe unirse la agricultura con la industria.

El gran desarrollo económico británico, basado en el mecanismo (que hoy llamaríamos «imperialistas») de comprar materia prima barata para vender productos manufacturados caros, no pudo realizarse sino al doble precio de la explotación obrera en el interior y de la guerra por los mercados en el exterior.

[494] (Véase cap. VII).

Pero cada país siente la imperiosa necesidad de autoabastecerse y tener como base de su producción el consumo interior.

[495] Desde este punto de vista Kropotkin parece ser también, mucho más que Marx y Engels, un predecesor de las ideas de Mao Tse-Tung sobre la autosuficiencia, aunque pueda dudarse seriamente de que el líder chino haya leído alguna vez Campos, fábricas y talleres.

La exigencia actual de una educación técnica, dice Kropotkin, no significa en el fondo, sino la necesidad, cada vez más vivamente sentida, de unir el trabajo manual con el intelectual y de hacer desaparecer las barreras que separan al científico del ingeniero y a éste del mero operario.

[496] De hecho, los grandes hombres de ciencia del pasado tampoco menospreciaron el trabajo manual: Galileo hizo sus propios telescopios, Newton se ejercitó en la construcción de ingeniosos aparatos, Leibniz se preocupó tanto por la fabricación de molinos de viento y de carros sin caballos como de especulaciones matemáticas y filosóficas, Linneo se convirtió en botánico ayudando a su padre en el cultivo del jardín. Hoy, la división del trabajo tiende a alejar al obrero de toda posibilidad de comprender lo que hace y, por consiguiente, de mejorar su obra y de inventar, de modo que ya no se pueden dar en fábricas y talleres un Watt o un Rennie, un Smeaton o un Stephenson. Los científicos, por su parte, desprecian el trabajo manual, hasta el punto de tornarse incapaces no ya de construir sino hasta de dibujar los instrumentos que precisan. Esto no sólo redunda en perjuicio de la ciencia y de la industria sino que también contribuye a la deshumanización del hombre en aquello que le es más propio: el trabajo.
[497] Al denunciar los efectos alienantes del trabajo en la sociedad capitalista, Kropotkin no niega, por cierto, la necesidad de la especialización de los conocimiento, pero sostiene que ésta sólo debe venir después de la educación general, la cual ha de abarcar, al mismo tiempo, el saber científico y la destreza manual: «A la división de la sociedad en trabajadores intelectuales u manuales, nosotros oponemos la combinación de ambas clases de actividades; y en vez de “la educación técnica”, que impone el mantenimiento de la presente división entre las dos clases de trabajo referidos, proclamamos la educación integral o completa, lo que significa la desaparición de esa institución tan perniciosa».
[498] Un hombre no fragmentario (o, como se diría hoy, des-alineado) supone una educación tanto del cerebro (homo sapiens) como de la mano (homo faber).

Desde este punto de vista Kropotkin no hace sino continuar, tal vez sin conocerlas directamente, las ideas expuestas por Joseph Dejacque en El Humanisferio, pero sobre todo las que defendiera con tanta originalidad como calor Fourier, al describir su falansterio. En todo caso, ideas muy semejantes a éstas se enuncian también en News from Nowhere del poeta socialistas inglés William Morris. Y, antes todavía, las defiende Bakunin en los artículos publicados en julio-agosto de 1869 en L’Egalitè.

Muchos economistas y sociólogos de nuestros días estarán prontos, sin duda, a considerar inactuales las ideas y programas expuestos por Kropotkin en La conquista del pan y Campos, fábricas y Talleres. Recordemos, sin embargo, con John Albery (Fields, factories and Workshops tomorrow «Anarchy» 41 pág. 206), que B. Russell, después de habaer hecho notar que socialistas y anarquistas son productos de la vida industrial y que pocos de ellos tienen un conocimiento práctico sobra la producción de alimentos, se muestra dispuesto a hacer una excepción a favor de Kropotkin y dice: «sus dos libros, La conquista del pan y Campos, Fábricas y talleres, están llenos de información detallada y, aunque hacen grandes concesiones al optimismo, no creo que se pueda negar que revelan posibilidades que de otro modo pocos de nosotros habríamos imaginado».

El mismo Elbery recuerda que Herbert Read, al publicar, en 1942, su analogía de Kropotkin sostuvo que «sus deducciones y propuestas siguen tan válidas como en el día en fueron escritas», y que Paul Goodman escribió en 1948, en ocasión del 50 aniversario de Campos, fábricas y talleres: «Los caminos que Kropotkin sugirió sobre cómo los hombres pueden empezar a vivir mejor de una vez por todas, son todavía los caminos; los males que atacó son todavía en gran parte males, los errores populares sobre las relaciones entre la maquinaria y la planificación social. Recientemente, estudiando los hechos modernos y los modernos autores, escribí un librito (Comunistas) sobre un tema conexo. No hay en mi libro ninguna proposición importante que no se halle en Campos, fábricas y talleres, a veces con las mismas palabras».

Cuando la obra, que originariamente se publicó en la prensa anarquista como una serie de artículos (entre 1888 y 1890), apareció en 1899 en un volumen, el Times opinó que su autor «está dotado de un genuino talento científico, y ninguno puede decir que no lleve las propias observaciones bastante lejos, ya que parece haber estado en todas partes y haberlo leído todo».

En el Apéndice editorial, que Colin Ward añade a Campos, fábricas y talleres, al comentar la idea de la abolición de la división del trabajo de Kropotkin, dice, tal vez con razón, que lo más cercano a las aldeas industriales que aquél concibiera son hoy las comunas chinas, y cita un pasaje que J. K. Galbraith en que éste subraya su significado para el Tercer Mundo.

En realidad, añade más adelante (Postcriptum editorial 5), si se nos pidiera que ejemplificáramos hoy las ideas expresadas por Kropotkin acerca de una sociedad con agricultura intensiva e industria en pequeña escala, que dedicase su trabajo a satisfacer necesidades locales, sobre un modelo descentralizado de comunidades, donde la división del trabajo fuera sustituida por la integración de trabajo manual y trabajo intelectual, «deberíamos de admitir que existen sólo tres modelos contemporáneos, y cada uno de ellos tan lleno de contradicciones como para mover al lector a pasarlos por alto». Esos tres modelos son, para Ward, la ya mencionada comuna china, la economía de Tanzania, y el Kibutz de Israel. Los tres adolecen del común defecto de ser más o menos dependientes del aparato estatal. Pero los tres en alguna medida ilustran la originalidad y, al mismo tempo, la factibilidad del modelo ideal Kropotkianiano. De un modo más cabal todavía lo ilustraron las comunidades agrarias del Alto Aragón (1937), hasta que el feroz centralismo stalinista-franquista las destruyó.

Refiriéndose siempre a Campos, fábricas y talleres, dice el mismo Colin Ward: «Como libro para hoy con un mensaje para mañana, el significado de la obra de Kropotkin es claro. En los últimos diez años nos hemos dado cuenta siempre más de que hay una crisis del ambiente natural, una crisis de los recursos, del consumo y de la población. No es preciso que descienda a detalles, desde el momento en que se han escrito sobre el tema bibliotecas enteras, y los diarios, cada día, siguen dándonos prueba de ello. El hecho incontrovertible es que lo recursos del mundo son limitados, que las naciones ricas han venido consumiendo recursos no renovables a un ritmo que el planeta no puede mantener, que economías “adelantadas” están disfrutando recursos de la economía “atrasada”, como las materias primas baratas. La consecuencia es que no sólo los países pobres no podrán esperar alcanzar nunca los niveles de consumo garantizados en los países ricos, sino también que no pueden esperar seguir adelante como hoy».

Con espíritu Kropotkiniano, actuales y multidisciplinarios estudios como Blueprint for Survival («The Ecologist» enero de 1972), surgieron (junto con otros muchos autores que inclusive se oponen a sus conclusiones, como Meter Self) que el orden de prioridades debe ser el siguiente:

(Kropotkin Campi, Fabrriche, oficien edizione ridotta ed aggiornata a cura di Colin Ward Milano 1974).

La diferencia con la propuesta de Kropotkin consiste no tanto en el anti-malthusianismo de éste, sino, sobre todo, en el hecho de que aquellos agudos críticos y científicos sociales siguen apelando, en los radicales cambios que propician, a la intervención del Estado y del gobierno central, mientras nuestro autor sostiene siempre, como en Palabras de un rebelde, que «es imposible realizar una revolución de esta clase por medio de la dictadura y del poder estatal».

Es verdad que todo tiende en el mundo actual a seguir línea de acción y a perseguir metas contrarias a las señaladas aquí por Kropotkin, tanto en las naciones industrializadas del mundo capitalista y en los países del así llamado mundo «socialista», como en los que constituyen el tercer mundo. En general, todos los gobiernos, sea cual fuera su signo ideológico, saben que sólo podrán conservar y acrecentar el poder que detentan, mediante la centralización. Su concepción de la riqueza los obliga a enfatizar la importancia de los triunfos de trabajo, en detrimento del adiestramiento profesional. Todos aspiran vehementemente a elevar el producto nacional bruto, olvidando por completo o relegando a un segundo término los problemas de la calidad del ambiente. A ninguno le interesa la idea de una comunidad equilibrada o sólo le interesa (China, Tanzania, Israel) de un modo occidental. En los países capitalistas (y, por reflejo, en los del Tercer Mundo y en muchos de los llamados «socialistas») el logro de un máximo de consumo se antepone absolutamente a la consecución de una satisfacción intrínseca en el trabajo realizado. La sociedad de consumidores predomina en casi todas partes sobre la comunidad de productores. En casi todas partes la producción de objetos de rápida sustitución es preferida a la creación de productos duraderos. Más aún, cualquier intento de contradecir estas tendencias es considerado como una regresión o como una «fuga» idealista hacia el pasado. Y en cierta medida es verdad que las ideas de Kropotkin son del pasado, en cuanto alcanzaron su máxima resonancia histórica hace tres cuartos de siglo, y también en cuanto desde ciertos puntos de vista representan un retorno analógico a forma de organización social que se dieron hace muchos siglos (ciudad griega, comuna medieval), pero, al mismo tiempo, es cierto que pertenecen al futuro, en cuanto cualquier real solución de los gravísimos problemas sociales, económicos, bio-ambientales, y éticos que hoy confronta la humanidad deberán necesariamente contar con ellas en lo esencial. El capitalismo y el socialismo de Estado representan hoy callejones sin salida.

Pero volvamos ahora al concepto que Kropotkin tenía del trabajo dentro de la sociedad capitalista.

En el año de 1880 publicó en Le Revolté un artículo titulado A los jóvenes, que nos permite comprender fácilmente su concepción del papel de los intelectuales en la sociedad burguesa, y al mismo tiempo, su modo de juzgar el trabajo intelectual.

Supongamos dice a los jóvenes que aspiran a ser médico, investigadores científicos, abogados, ingenieros, educadores o artistas.

[499] En todos esos casos la sociedad en que vivimos los obligará a elegir entre la abjuración de nuestros ideales profesionales, con el consiguiente conformismo y la inevitable mediatización de su labor creadora, y la afirmación de tales ideales, con la consiguiente ruptura y la afirmación de tales ideales, con la consiguiente ruptura y rebeldía, y la necesidad identificación con el ideario socialista. En otras palabras: se debe escoger entre un buen trabajo intelectual (para lo cual es preciso ser socialista) y un mal trabajo (para lo cual basta con adaptarse a las pautas vigentes).

Tomemos el caso de un médico. Se lo llama para asistir a una enferma, que vive en un tugurio de los arrabales, en un cuarto sórdido, rodeada de niños enclenques y semidesnudos, cuyo marido, que ha trabajado durante toda su vida doce o trece horas diarias, está ahora desempleado: «¿Qué le prescribirá usted a la enferma, doctor pregunta Kropotkin a su joven lector usted que ha visto en seguida que la causa de su enfermedad es una anemia general una carencia de buena alimentación, una necesidad de aire fresco? ¿Un buen bistec por día? ¿Un poco de ejercicio en el campo? ¿Un dormitorio seco y bien ventilado? ¡Qué ironía! ¡Si ella hubiera podido conseguir esto, no habría aguardado su consejo!» Y añade a continuación: «si tiene usted buen corazón, palabra sincera y rostro honesto, la familia le dirá que la mujer que está dentro, del otro lado del tabique, que tose con una tos que desgarra el corazón, es una planchadora asombradamente pobre; que la lavandera que ocupa la planta baja no verá otra primavera; y que en la casa vecina las cosas están peor».

[500]

Frente a este cuadro que alguien podría considerar hoy melodramáticamente sombrío, pero que para cualquier lector de Zola o de Dickens será apenas una fotografía, Kropotkin vuelve a preguntar al joven estudiante que aspira a convertirse en médico: «¿Qué le dirá a toda esta gente enferma? ¿Le recomendará dieta abundante, un cambio de clima, un trabajo menos agotador? Deseará sólo poder hacerlo, pero no se atreverá, y saldrá con el corazón enfermo y una maldición en los labios».

[501]

Mientras tanto continúa un colega visita a una dama que padece de insomnio, la cual emplea toda su vida en vestirse. Hacer visitas, bailar y reñir con el esposo estúpido. El amigo prescribe un régimen de vida menos absurdo, una dieta con menos calorías, paseos al aire libre y hasta un poco de calistenia en el dormitorio: «La una se está muriendo porque nuca tuvo bastante comida o bastantes descanso en su vida; la otra languidece porque nunca ha sabido lo que es el trabajo desde que nació».

Ahora bien, ¿qué puede hacer un médico frente a tan absurda contradicción?, cabe preguntar. Y Kropotkin contesta a su joven lector: «Si usted es uno de esos individuos sin carácter que se adaptan a cualquier cosa, que ante los más sublevantes cuadros se consuela con un suave suspiro y un vaso de cerveza, entonces poco a poco se acostumbrará a esos contrastes, la naturaleza del bruto contribuye a ello y su única idea será la de alcanzar el rango de los gozadores y la de no encontrarse nunca entre los miserables. Pero si usted es un hombre, si cada uno de sus sentimientos se traduce en un acto de la voluntad, si la bestia no ha matado en usted el ser inteligente, entonces volverá usted un día a casa diciéndose a sí mismo: No, no está bien, esto no puede seguir. Curar enfermedades no basta, debemos prevenirlas. Un poco de buena vida y de desarrollo intelectual borraría de nuestra lista la mitad de los pacientes y de las enfermedades. ¡Al diablo con los remedios! Aire puro, buena alimentación, un trabajo menos embrutecedor, por ahí es por donde debemos empezar. De otro modo toda la profesión médica no es otra cosa más que embrollo y engaño».

Pero si alguien llega a esta conclusión, ha renunciado ya a su condición de burgués conformista y ha empezado a entender el socialismo: «Ese día entenderá usted el socialismo. Deseará conocerlo más profundamente, y si el altruismo no es una palabra carente de sentido para usted, si se esfuerza usted por aplicar a la cuestión social la rígida inducción del científico natural, se encontrará eventualmente en nuestras filas y trabajará, se encontrará eventualmente en nuestras filas y trabajará, como lo hacemos nosotros, por el advenimiento de la revolución».

[502] (Recuérdese que, para Kropotkin, socialismo y anarquismo son teorías sociales fundadas en la ciencia de la naturaleza).

Una argumentación similar utiliza Kropotkin para dirigirse a quienes aspiran a otras profesiones o a otros tipos de trabajos intelectuales. Al que desea dedicarse a la investigación científica le dice: «Trataremos de entender primero qué es lo que usted busca al consagrase a la ciencia. ¿Es solamente el placer inmenso sin duda que nos proporciona el estudio de los misterios de la naturaleza y el uso de nuestras facultades mentales? En tal caso le pregunto a usted, ¿en que se diferencia el científico que se dedica a la ciencia para pasar agradablemente su vida del borracho que también busca sólo una gratificación inmediata y la halla en el vino? El científico ha escogido sin duda más sabiamente, puesto que ello le proporciona un placer más profundo y duradero. Pero eso es todo. El borracho y el científico tienen el mismo objetivo egoísta: el deleite personal».

[503] (¿Podría haberse hallado una comparación más hiriente para el sabio burgués, encerrado en su torre de marfil?).

Los progresos de la ciencia, que Kropotkin será el último en menospreciar, no sirven en la presenta sociedad sino o a una minoría privilegiada. Las grandes masas humanas permanecen sumidas en la ignorancia y la superstición, y, por otra parte, los avances científicos no se aplican para nada a la solución de los múltiples problemas que las afectan (Véase Memorias de un revolucionario Madrid 1973 págs. 201-205).

Un entusiasta de la investigación científica, como es Kropotkin, llega, por eso, a decir: «Al presente no necesitamos ya seguir acumulando verdades científicas y descubrimientos. Lo que ahora importa sobre todo es diseminar las verdades antes de adquiridas, aplicarlas en la vida diaria, hacerlas de propiedad común. Tenemos que hacer posible que toda la humanidad las asimile y las aplique, de manera que la ciencia, no siendo ya un lujo, se convierta en la base de la vida cotidiana. La justicia así lo exige».

Pero el ideal de la torre de marfil es desechado por Kropotkin no sólo en nombre de la justicia y de la sociedad sino también en nombre de la ciencia misma. En efecto, una investigación desvinculada del medio es estéril y carece de eco: «La ciencia sólo hace verdaderos progresos cuando sus verdades encuentran un ambiente apto para recibirlas». (Hasta cierto punto, Kropotkin se acerca aquí al concepto marxista de la investigación científica).

Es necesario, pues, cambiar este estado de cosas en que el científico atesora para sí y pone al servicio de unos pocos los resultados de la ciencia, mientras casi todos los demás seres humanos viven igual que se vivía cinco o diez siglos atrás. Cuando se dé usted cuenta de esto, dice habrá perdido el gusto por la ciencia pura: «Se pondrá usted a trabajar para encontrar un camino que conduzca a esta transformación, y si aporta a tal búsqueda la objetividad que ha guiado sus investigaciones científicas, adoptará necesariamente la causa del socialismo; pondrá fin al razonamiento sofístico y se unirá a nosotros».

[504]

Al que desea cursar derecho y seguir la profesión de abogado para luchar contra la injusticia le demuestra que deberá atenderse a las leyes vigentes y que, de acuerdo con está, se verá obligado a dar la razón al patrono que reclama la protección pública contra los obreros en huelga y tendrá que aceptar la justicia de una sentencia que condena a un hambriento por robar un trozo de carne. A éste le dice: «Si usted razona, en lugar de repetir lo que se le ha enseñado, si analiza la ley y la despoja de la nube de ficciones que se ha acumulado sobre ella para ocultar su origen, que es el derecho del más fuerte, y su subsistencia, que ha sido siempre la consagración por su sangrienta historia, cuando haya comprendido esto, su desprecio por la ley será sin duda profundo. Entenderá que, al seguir como esclavo de la ley escrita, se sitúa en oposición diaria a la ley de la conciencia y la negocia; y puesto que este conflicto no puede seguir indefinidamente, tendrá usted que silenciar su conciencia y transformarse en un bribón o romperá con la tradición y trabajará junto a nosotros por la abolición de toda injusticia, económica, social y política. Pero entonces será usted un socialista, será un revolucionario».

[505]

Al que quiere ser ingeniero le demuestra que su esfuerzo técnico ha de servir para enriquecer a tres o cuatro capitalistas y pata enfermar o matar a miles de obreros

[506]; al que desea se maestro le hace ver que cuanto enseñe a los niños en la escuela será neutralizado por lo que se les inculca en el seno de la familia.
[507] Al que aspira a ser artista le revela que el sagrado fuego que inspiró a músicos, poetas y pintores en el pasado se ha extinguido en la sociedad burguesa y que el arte se reduce a la mediocridad fotográfica y al lugar común.
[508]

El trabajo intelectual sólo tiene, pues, para Kropotkin, un sentido auténtico cuando se inserta en el contexto de la lucha revolucionaria y cuando se pone al servicio de las clases oprimidas.

[509] No deja de surgir aquí (1880), de todas maneras, la importancia que pueden tener los intelectuales y especialmente los estudiantes y graduados universitarios en la revolución (Cfr. John Vane, Reflections on the revolution in France «Anarchy» 89 1968 pág. 195).