Esencia y funciones del Estado moderno
En el capítulo anterior estudiamos la génesis histórica del Estado, en el pensamiento de Kropotkin. En el presente analizaremos los caracteres principales que, según éste, presente el Estado moderno. Nos basaremos para ello principalmente en un estudio que lleva este nombre, del cual se puede decir, como dijo M. Barrés de todos los panfletos de Kropotkin, que nace «de una bella lógica y de una fuerte generosidad».
Toda la historia europea, desde el siglo XII, constituye una continua lucha por liberara a los campesinos y a los artesanos del yugo del trabajo obligatorio, impuesto por la ley en beneficio de éste o aquel patrón: «reconocer al hombre el derecho de disponer de sí mismo y trabajar en lo que quiera y cuando quiera, sin que nadie tenga el derecho de imponérselo, es decir, manumitir al campesino y al artesano, tal fue el objeto fundamental de todas las revoluciones populares: del gran levantamiento de las comunas en el decimosegundo siglo, las guerras de campesinos en el siglo XV y XVI en Bohemia, en Alemania y en los Países Bajos, las revoluciones de los años 1381 y 1684 en Inglaterra, y la Gran Revolución de Francia».
Esta libertad sólo ha sido muy parcialmente conquistada. Hoy, el trabajo no es legalmente obligatorio para nadie, no hay ya en Europa esclavos y servios que se ven constreñidos a matarse para un amo y, en teoría, cada uno es libre para trabajar cuando quiere y durante el tiempo que quiere. Pero, en la práctica, como cotidianamente lo demuestran los socialistas de todas las corrientes, tal libertad es, en gran medida, ilusoria. Los trabajadores se ven obligados, de hecho, por el hambre a enajenar su libertad. En forma de venta, de alquiler y de interés en general, obreros y campesinos siguen entregando a sus amos capitalistas los mismos tres días de labor semanal que se imponían a los antiguos siervos y a veces todavía más. Si calculáramos lo que los diferentes patrones (capitalistas, intermediarios, rentistas, Estado) sustraen del salario del trabajador moderno, quedaríamos asombrados de la exigüidad de lo que a éste le queda para pagar, a su vez, a los otros trabajadores que producen sus alimentos, sus vestidos, sus muebles, etc.
Bajo este régimen, que es a menudo más cruel e implacable que el antiguo, el proletario conserva, sin embargo, un sentimiento de libertad individual, en el cual, por más limitado que sea, se cifra todo el progreso conquistado y se fundan todas las esperanzas del futuro: «el hombre más miserable y en los momentos de más negra miseria no cambiaria su lecho de piedra bajo las arcadas de un puente por un plato de sopa diario, si con ello se pretendiera encadenarlo a la esclavitud. Este sentimiento, este principio de libertad individual es tan grato al hombre moderno que continuamente vemos poblaciones enteras de trabajadores aceptar meses de miseria y luchar contra las bayonetas por el solo hecho de mantener los derechos adquiridos. En efecto, las huelgas y las revueltas populares más obstinadas se originan hoy día por cuestiones de libertad o derechos adquiridos, más que por cuestiones de salarios».
Si el derecho que tiene todo hombre a trabajar cuando quiera, cuanto quiera y en lo que quiera es el principio de la sociedad moderna, lo que a esta sociedad se le ha de reprochar, sobre todo, es el haber tergiversado dicho principio, haciendo ilusorio aquel derecho: «El reproche más grande que dirigimos a la sociedad moderna no es por el hecho de haber equivocada la ruta al proclamar que cada una trabajará en lo que quiera, sino por hacer creado tales condiciones de propiedad que no permiten al obrero trabajar mientras quiera y en lo que quiera. Llamamos madrastra a esta sociedad porque, después de haber creado el principio de libertad individual, ha situado a los obreros del campo y de la industria, Porque reduce al obrero a un estado de servidumbre disimulada, al estado del hombre que la miseria obliga a trabajar para enriquecer a sus amor y para perpetuar en sí mismo un estado de inferioridad al forjar sus propias cadenas».
En definitiva: lo que Kropotkin considera positivo en la sociedad moderna es el principio de libertad; lo que considera negativo y condenable no es otra cosa más que la anulación práctica de dicho principio. En otras palabras, lo malo del liberalismo es que no llega a ser absolutamente liberal. Su pecado es la inconsecuencia, que aquí puede llamarse igualmente hipocresía y fraude criminal.
De tales conclusiones no le resulta difícil extraer una norma y un programa de acción para el trabajador y el revolucionario: «rechazará todas las formas de servidumbre disminuida y trabajará para que dicha libertad ni sea solamente una fórmula, Buscará las causas que impiden al obrero ser dueño verdadero de su capacidad y de sus brazos y trabajará para abolir sus trabas, por la fuerza, si es necesario obteniéndose al mismo tiempo de crear otras que, aun cuando le procurasen un acrecimiento de bienestar, conduzcan de nuevo al individuo a la pérdida de su libertad».
Es claro que la lucha contra el liberalismo de la sociedad capitalista, que es una ideología de la pseudos-libertad, no puede comportar, para Kropotkin, la aceptación de un socialismo autoritario, que no sería sino una ideología de la pseudos-igualdad.
En el siglo XIX se produjeron continúa Kropotkin dos movimientos o procesos de signo contrario. El primero, que triunfó sobre todo en la primera mitad del siglo, tendía a liberar al obrero y al campesino de toda servidumbre personal; el segundo, que tuvo su auge en la segunda mitad, trató por todos los medios de poner a los ciudadanos al servicio del Estado. Mientras, por una parte, se manumitan los siervos en Europa oriental y se liquidaban en Occidente las últimas formas del trabajo servil, por la otra, en nombre del bien público se constreñía a los trabajadores a cumplir determinadas tareas (en los ferrocarriles o los llamados servicios públicos), se imponía el servicio militar obligatorio y, a través de la obligatoriedad de la enseñanza, se inculcaba a todos, desde la niñez, la idea de los sagrados derechos del Estado.
Como el carácter más sobresaliente del siglo XIX (recordemos que Kropotkin escribe esto en los primeros años del XX) debe señalarse, pues, la liberación del individuo frente al individuo y el fin del trabajo obligatorio, junto al sometimiento del individuo frente al Estado y el inicio de la servidumbre impersonal. Por otra parte, hay que advertir que, para Kropotkin, la servidumbre impersonal (y más o menos aceptada) del individuo con respecto al Estado implica una nueva servidumbre personal frente a los gobernantes y los representantes de la ley y también frente a los nuevos amos capitalistas, en cuyo provecho funciona evidentemente la impersonal (pero muy personal) maquinaria del Estado.
El instrumento por excelencia de que éste se vale, en nuestra época, para sojuzgar al individuo es el impuesto. Por medio del impuesto se crean los poderes del Estado y se consolida la fuerza del gobierno, pero también, por medio del impuesto el Estado enriquece a los ricos y empobrece a los pobres: «por medio de impuesto, la pandilla de gobernantes el Estado representa a la cuádruple alianza del rey, la iglesia, el juez y el señor militar no ha cesado de ensanchar la esfera de sus atribuciones, tratando al pueblo como a raza conquistada Y hoy, mediante este preciso instrumento que golpea sin que se sientan directamente los golpes, nos hemos convertido casi en tan vasallos como nuestros padres lo fueron antiguamente de sus señores amos».
Marx ha elaborado una teoría de la plus-valía como base de la formación del capital. Kropotkin lamenta que ningún economista haya intentado determinar la cantidad de trabajo que el Estado se apropia y arrebata a los obreros urbanos y rurales: «Ningún economista ha tratado nunca de evaluar al número de días de trabajo que el obrero del campo y de las fábricas da cada año a este ídolo babilónico. Sería inútil hojear los tratados de economía política para llegar a una evaluación aproximada de la parte de trabajo que cada productor da al Estado. Una simple evaluación basada en el presupuesto del Estado, de la nación, de las provincias y las comunas que también contribuyen a los gastos del Estado no nos enseñaría nada, dado que habría que considerar no sólo lo que entre en las arcas del tesoro sino lo que el pago de cada franco o el entregado representa como gastos reales hechos por el contribuyente. Todo lo que nosotros podemos decir es que la cantidad de trabajo dada cada año por el productor al Estado es inmensa. Y que ella debe sobrepasar, para ciertas clases, los tres días de trabajo por semana que el siervo daba antes a su señor».
El Estado aumento en cinco francos el impuesto que el propietario paga por cada inquilino; el propietario aumenta en treinta francos el alquiler. Igual cosa sucede con el impuesto indirecto: «Aquí el trabajador paga como consumidor de bebidas, de azúcar, fósforos y petróleo. Allá es el mismo que, pagando su alquiler, entrega al Tesoro el impuesto que el Estado descuenta sobre el propietario de la casa. Y más aún: al comprar el pan, paga los impuestos sobre los bienes raíces, sobre la renta de la tierra, el alquiler y los impuestos a la panadería, etc. En fin, comprándose un traje, paga los derechos sobre el algodón importado o el monopolio creado por el proteccionismo. Comprando carbón o viajando en ferrocarril, paga el monopolio de las minas y de los ferrocarriles creados por el Estado en favor de los capitalistas poseedores de minas y de líneas férreas, siendo siempre él quien paga toda la retahíla de impuestos que el Estado, la provincia, y la comuna descuentan sobre la tierra y sus productos, la materia bruta, la manufacturada, la renta del patrón, el privilegio de la instrucción, es decir, todo cuanto la comuna, la provincia y el Estado ven llegar dentro de sus arcas por conductos diversos».
Es claro, pues, que el obrero está obligado a dar al Estado moderno mucho más trabajo que el que el siervo daba, en el antiguo régimen, a su señor. Más todavía: «el impuesto da a los gobernantes el medio de hacer más intensa la explotación, de mantener al pueblo en la miseria y de crear legalmente sin hablar del robo o de los Panamás las inmensas fortunas que nunca el capital por sí solo hubiera podido acumular».
El Estado, por medio del impuesto, enriquece a las clases privilegiadas y empobrecer totalmente a los trabajadores. Un ligero aumento en un impuesto a los pequeños agricultores es capaz, por ejemplo, de arruinar a millares de ellos, al mismo tiempo que beneficia enormemente a los industriales, a quienes provee de mano de obra barata: «Esta proletarización de los más débiles por parte del Estado, por los gobernantes, se hace continuamente, de año en año, sin provocar la gritería de nadie, a excepción de los arruinados, cuya protesta no llega nunca a oídos del gran público. Esto lo hemos visto en Rusia durante los últimos cuarenta años, y sobre todo en Rusia central, en donde el sueño de los grandes industriales, de crear un proletariado, hace realizado silenciosamente mediante el impuesto».
Lo que difícilmente se atreve a hacer de un modo directo el gobernante o el legislador lo hace subrepticiamente el impuesto. La ruina y expropiación de los pequeños propietarios rurales, que en Inglaterra se inició durante el siglo XVII, y que Marx llamó recuerda Kropotkin «acumulación capitalista primitiva», prosigue hasta el presente, mediante el impuesto, cuya potencia fue señalada ya por Adam Smith (Cfr.The Nature and Causes of the Wealth of Nations, Works, Aalen, 1963, IV, págs. 255-394).
Los economistas insisten en hablar de las leyes inmanentes que hacen crecer al capital. Kropotkin, oponiéndose a ellos, hace notar que la fuerza del capital se paralizaría si no tuviera a su servicio al Estado, que por una parte, crea de conjunto nuevos monopolios, y por otra, arruina a los trabajadores al par que amasa grandes fortunas mediante el impuesto.
Entre capitalismo y Estado moderno establece así, Kropotkin una relación de causación recíproca: el capitalismo contribuye a la creación del Estado moderno, y éste, a su vez, contribuye al surgimiento y al desarrollo del capitalismo.
Otra de las armas que el Estado utiliza en provecho de las clases privilegiadas y en detrimento de los trabajadores es la creación de monopolios.
Investiga después el carácter de los nuevos monopolios, surgidos al amparo de la ley, desde la primera mitad del siglo XIX, «nuevos monopolios ante los cuales los antiguos eran simples juegos de niños».
La política imperialista (aun sin denominarla de este modo) y la explotación de los países de la periferia merecen también su atención: «Y que no se trate de justificar estos monopolios y estas concesiones, diciendo que de este modo pudo llegarse a ejecutar una cantidad de empresas útiles. Porque por cada millón de capital útilmente empleado en dichas empresas, los fundadores de las compañías hicieron figurar tres, cuatro, cinco y, algunas veces, hasta diez millones con los cuales se gravaban las deudas públicas. Y si no, acordémonos de Panamá, en donde se hundían los millones para poner a flote a las Compañías, y en donde sólo la décima parte del dinero entregado por los accionistas era destinado al trabajo de abrir el canal».
En realidad, todas las grandes fortunas de nuestra época, dice Kropotkin, «tienen su origen en los monopolios creados por el Estado». Y «si alguno hiciera un día el extracto de las riquezas que fueron acaparadas por los financieros y los manipuladores de negocios con ayuda de los privilegios y monopolios constituidos por el Estado, si alguien llegara a evaluar las riquezas que fueron así substraídas a la fortuna pública por todos los gobernantes parlamentarios, monárquicos y republicanos para darlas a los particulares, los trabajadores se sublevarían de indignación. Son cifras, sumas ignoradas, difícilmente concebibles para los que viven de su insignificante salario».
El verdadero origen de los grandes capitales debe buscarse, pues, según Kropotkin, en la apropiación de las riquezas nacionales (y coloniales), lo cual comprende obviamente la apropiación de la fuerza de trabajo nacional (y colonial), por parte de la clase privilegiada, con la ayuda del Estado: «Cuando los economistas quieren hacernos creer que en el origen del capital se encuentran los pequeños ahorros de los patronos, acumulados sobre los beneficios de sus establecimientos industriales, o bien estos señores demuestran ser unos perfectos ignorantes o dicen a sabiendas lo que no es verdad. La rapiña, la apropiación, el pillaje con la ayuda del Estado, de las riquezas nacionales, he ahí la verdadera fuente de las fortunas inmensas acumuladas cada año por los señores y los burgueses».
A decir verdad, el Estado nunca hubiera podido constituirse (ni en nuestra época ni en la Antigüedad) si no hubiera fomentado el desarrollo del capital inmueble y financiero, mediante la explotación de los pueblos pastores primero, de los agricultores después, y de los obreros industriales por último. Su espada protegió a quienes acaparaban la tierra o se procuraban ganancias con el pillaje y la explotación del trabajo ajeno. Obligó a quienes nada tenían a trabajar para quienes lo poseían todo y a través de tal tarea permanente se constituyó a sí mismo. Si es verdad, pues, que el capitalismo no hubiera llegado a ser lo que hoy es sin la colaboración asidua y ferviente del Estado, también lo que es éste no habría alcanzado la enorme fuerza que en nuestros días le permite controlar íntegramente la vida de cada individuo sin la ayuda del capital, que hizo posible la consolidación del poder real. Afirmar que el capitalismo data del siglo XV o XVI, como suelen hacer los autores marxistas y los economistas liberales, resulta para Kropotkin aceptable en la medida en que tal afirmación puede servir para subrayar la evolución paralela del capitalismo y del Estado. Pero en este caso convendría aclararse se trata del capitalismo «stricto sensu». En un sentido más amplio el capitalismo ha existido, para Kropotkin, donde quiera que hubo apropiación individual del suelo y desde el momento mismo en el que el comercio o trueque de los bienes salió de la esfera tribal y se estableció entre persona y persona.
En 1883, cuando Inglaterra, Alemania, Austria y Rumania se aliaron con Rusia, aprovechando el aislamiento de Francia y una guerra europea estuvo a punto de estallar, Kropotkin había revelado, en su célebre periódico Le Revolté, los verdaderos móviles de la rivalidad entre los Estados y de los conflictos bélicos. Se trataba de la rivalidad por la conquista de los mercados y por el reparto de las colonias. Motivos eminentemente económicos sustituyen hoy, en el mundo capitalista, las antiguas razones dinásticas, y el honor de los reyes se olvida en nombre de la integridad de la renta de Rothschild o de Schneider: «Todas las guerras habidas en Europa, desde hace ciento cincuenta años, fueron guerras hechas por intereses de comercio, por derechos de explotación».
Con gran exactitud dentro de los límites de una exposición abreviada, hace Kropotkin la historia de los diversos imperialismos y de los conflictos que originaron. Muestra, por ejemplo, cómo el poderío naval inglés se constituyó hacia fines del siglo XVIII, después de aplastar a sus competidores, España y Holanda, y después de haber promovido contra Francia una serie de guerras terribles; cómo ésta, frustrada en sus proyectos colonialistas en Canadá y la India, pudo construir su imperio en África, sobre las espaldas de negros y árabes; cómo, en la segunda mitad del siglo XIX, Alemania, en ansiosa búsqueda de mercados para su creciente industria, declaró (1870) la guerra a Francia, que constituía su principal obstáculo, y levantó, a su vez, un imperio colonial; cómo, en fin, potencias cual Italia, Austria y Rusia, que entran en el camino de la industrialización, afirman ya su derecho colonialista en Asia y África.
En realidad, todos los Estados, en la medida en que se industrializaban, se ven obligados por los empresarios y hasta por los mismos obreros a entrar en guerra para conquistar una pandilla. Más aún, en cada Estado hay al presente una pandilla, infinitamente más poderosa que los industriales, que lo impulsa de continuo hacia la guerra: son los representantes de las altas finanzas y de la banca. Prestan dinero al Estado y llegan a tomar en hipoteca las rentas de éste. De tal manera arruinaron a Egipto y lograron hacer de él una colonia inglesa, arruinaron a Turquía y la despojaron paulatinamente de sus provincias, arruinaron a Grecia y la empujaron a una guerra contra Turquía para apoderarse de una parte de sus rentas, explotaron a Japón durante sus guerras con China y Rusia, y hace ya mucho que ahogan a China y se reparten sus despojos. En cada Estado prestamista existe una organización integrada por banqueros, gobernantes y promotores de empresa, que Zola describe magistralmente en su novela L’Argent y cuyo fin es la mutua ayuda para la explotación de Estados enteros. Resulta ingenuo apelar hoy a cuestiones políticas u odios nacionales para explicar las guerras. En el fondo de todas ellas no hay sino razones de predominio económico, conjuraciones de los filibusteros de las finanzas, que explotan y utilizan, ciertamente en provecho y hasta los conflictos religiosos. Baste pensar en la conquista de Egipto y de Transvaal, en la anexión de Trípoli, en las matanzas de Manchuria, en el pillaje internacional de China, en las guerras del Japón: en todas partes está mezclada la banca. Y si hasta ahora (Kropotkin escribe en vísperas de la Primera Guerra Mundial) no ha estallado la guerra europea, es porque las altas finanzas no están todavía seguras del lado hacia el cual se inclinará la balanza de los millones en juego.
«El Estado, aceptado por los pueblos con la condición de ser defensor de los débiles contra los fuertes, se ha convertido hoy en fortaleza de los ricos contra los explotadores, del propietario contra el proletario», dice en Palabras de un rebelde. Por otra parte, con el directo apoyo de los Estado, se ha creado una industria bélica, cuyos intereses no cesan de conspiran en cada momento contra la paz de los pueblos.
Kropotkin alude a los explotadores que especulan con las guerras coloniales (los fabricantes ingleses que enviaron cañones y municiones a los boers, etc.) y también a los hechos acaecidos durante la reciente (1905) guerra ruso-japonesa, en la cual los ingleses aprovisionaban a los japoneses para que destruyeran el poderío naval insipiente de Rusia en el pacífico, mientras, por otro lado, vendían a alto precio grandes cantidades de carbón a Rusia, para que ésta pudiera enviar su flota de guerra a Oriente.
Kropotkin que, como vimos, durante la primera Guerra mundial, oponiéndose a la mayoría de los anarquistas y de los socialistas revolucionarios, tomó partido por los aliados contra los imperios centrales (como si no hubiera podido desprenderse de la vieja inquina eslava, y aun bakuninista, contra todo lo germánico), hace un análisis completo e implacable del fenómeno bélico y de sus consecuencias.
Pera señalar la magnitud de la matanza colectiva se refiere (recuérdese otra vez que escribe poco después de la guerra ruso-japonesa y poco antes de la guerra europea de 19140) a las batallas de Manchuria y al sitio de Port-Arthur. Las grandes batallas históricas, como Gravelotte, Potomack y Borodino, que duraron cada una tres días y arrojaron un saldo de cincuenta a ciento diez mil muertos y heridos por cada bando beligerante, fueron dice Kropotkin verdaderos juegos de niños comparadas con las guerras modernas: hoy las grandes batallas durante no tres sino siete (Liao-Yang) o diez días (Mukden) y las bajas llegan a ciento cincuenta mil por cada parte.
He aquí cómo describe una de esas batallas: «Cuando el fuego de centenares de bocas de cañón se concentran en un cuadro de un kilómetro de lado, como se hace hoy, no quedan ni diez metros cuadrados de espacio sin recibir su correspondiente obús; ni una breña o un matorral que no hayan sido arrasados por los monstruos aullantes enviados de no se sabe dónde. La locura se apodera entonces de los soldados después de siete u ocho días de ese fuego terrible; y cuando las columnas de asalto después de ocho o diez asaltos rechazados, pero en los cuales ganaron cada vez algunos metros de terreno llegan al fin hasta las trincheras de los enemigos, iniciase entonces una lucha salvaje cuerpo a cuerpo. Después de haberse lanzado mutuamente granadas de mano y porciones de algodón de pólvora dos trozos de dicho algodón envueltos entre sí con hilo eran lanzados por los japoneses en forma de honda los soldados rusos y japoneses se revolcaban en el fondo de las trincheras de Port-Arthur como bestias feroces, estropeándose el cuerpo con la culata del fusil, con el cuchillo, cuando no se arrancaban la carne con los dientes».
En una Europa que había vivido casi medio siglo de paz (desde la guerra franco-prusiana de 1870), Kropotkin tenía razón para decir que «los trabajadores occidentales no sospechan siquiera este horrible retorno a la más espantosa salvajada que representa la guerra moderna». Muy pronto lo aprendieron, sin embargo, en carne propia durante la Primera Guerra mundial y, luego, mucho más duramente todavía, durante la Segunda. Hoy, ante la perspectiva de un conflicto nuclear, ante la suicida carrera armamentista de grandes y pequeñas naciones, la guerra que Kropotkin describe y condena nos parece casi un juego de niños, pero ello no invalida por cierto sus análisis, que en gran parte siguen siendo actuales en nuestro mundo, más tecnificado y letal, pero también más estatal y más capitalista. El surgimiento de siempre nuevos y cada vez más feroces nacionalismo (que a veces van unidos a un presunto «socialismo nacional» o capitalismo de Estado) después de la Segunda Guerra Mundial no presagia, por cierto, un futuro de paz (Cfr. Glen St. J. Barclay, Nacionalismo del siglo XX México 1975 pág. 99 sgs., 197 sgs.).
Pero la guerra continúa Kropotkin no significa sólo muerte y retorno a la barbarie; también presenta la destrucción en colosales proporciones del trabajo humano de decenas de años. Por otra parte, la necesidad de preparar material bélico y de acumular provisiones y pertrechos ocasiona en las industrias enormes trastornos económicos, que inciden particularmente sobre la clase obrera. Como reciente ejemplo, menciona lo que sucedía en Estados Unidos durante aquellos años de la inmediata pre-guerra: en previsión de un conflicto bélico entre los propios Estados Unidos y Japón se intensificó la extracción de mineral para fabricar acero, se amontonaron ingentes cantidades de trigo, carnes de conserva, pescado, legumbres, algodón, cueros, etc. Pero he aquí que de repente toda la producción se paralizó sin que nadie pudiera aducir una causa relacionada con las crisis anteriores. La verdadera causa era que la alta finanza se había convencido de que el Japón, arruinado por la guerra de Manchuria, no se atrevería a atacar a Estados Unidos, y ninguno de los Estados europeos se sentía tan seguro de la victoria como para entrar a la guerra. Inmediatamente se acabaron los créditos que alimentaban aquella superproducción. Fundiciones de acero, minas de cobre, altos hornos, astilleros, curtiembres, especuladores en artículos alimenticios, disminuyeron drásticamente sus operaciones, sus compras y sus demandas. Grandes fábricas y pequeños talleres cerraron sus puertas y millones de obreros quedaron en la calle, en la más espantosa miseria.
En términos generales puede decirse, pues, que para Kropotkin el fin constante y la misión esencial del Estado es someter la masa del pueblo a la minoría de los explotadores y otorgar a éstos, el derecho de explotación. Contra lo que afirman los juristas, jamás la legislación de los Estados se han propuesto asegurar a cada uno el producto de su trabajo, sino al revés, desposeer a la gran masa de los habitantes de una parte del producto de su trabajo en beneficio de un corto número de privilegiados. Mantener a las masas en un estado próximo a la miseria y entregarlas así al arbitrio de los poderosos: tal fue siempre la función del Estado, ya se trate de un Estado teocrático y oligárquico, ya de un Estado democrático. Mediante el impuesto, el monopolio y la guerra, el Estado, como hemos visto, asegura su propia existencia, al garantizar la explotación y la opresión de la mayoría laboriosa por parte de un núcleo de ociosos privilegiados: «en esta inveterada tendencia a enriquecer a ciertos grupos de ciudadanos a expensas del trabajo de la nación entera y de sus sacrificios reside la esencia misma de esta forma de organización política centralizada que lleva el nombre de Estado y que no tomó cuerpo en Europa entre las naciones que demolieron el Imperio Romano hasta después del período de las ciudades libres, es decir, en los siglos XVI y XVII».
En contradicción con cuanto afirman muchos historiadores liberales y aun socialistas, Kropotkin insiste en sostener que el Estado no despojó de sus tierras a los campesinos (desde fines del medioevo en adelante) para beneficiar a la nación sino para otorgarlas a los acaparadores y para poner, al mismo tiempo, un vasto proletario hambriento a disposición de los industriales y de los financieros. Después, cuando esas masas explotadas intentaron sacudir el yugo, los Estados «civilizados» emprendieron, en beneficio de sus clases privilegiadas (ya que sus propias masas trabajadoras no ganaban nada con ello) la conquista de territorios coloniales, y llegaron a constituirse «en amos y explotadores de vastas poblaciones, además de conservar el dominio sobre sus queridos compatriotas». Pero Kropotkin no se contenta con señalar el fenómeno del colonialismo como servicio del Estado moderno a sus propias clases dominantes. Advierte también que en la explotación de las masas coloniales intervienen y participan, sacando provecho. Más aún, condena y denuncia la actitud de los trabajadores europeos que, dejándose engañar por las promesas de fácil rapiña de sus amos, se hicieron cómplices de la burguesía y del Estado, al solicitar la protección aduanera contra la concurrencia de la producción extranjera y, sobre todo, al mostrarse prontos para precipitarse sobre sus vecinos, disputándoles su afán de lucro, en una empresa criminal a beneficio de sus compatriotas explotadores, en lugar de rebelarse contra ellos y contra su todopoderoso instrumento, el Estado.
He aquí una de las causas de la impopularidad de Kropotkin en nuestros días: por una parte condena el imperialismo y el colonialismo; por otra, sin embargo, considera aberrante toda participación obrera en una política nacionalista. Capital y Estado contra clase trabajadora; estos son, para él, los verdaderos términos del ineludible conflicto. Cualquier intento de complicar la formula, mediante distinciones tales como las hay usuales entre países del centro y de la periferia, desarrollados y subdesarrollados, le parece una inconsecuencia y una traición. Cualquier intento de justificar el papel de la burguesía nacional y del ejército como factores revolucionarios le parece simplemente una aberración.
A la pregunta: «¿Puede el estado ser un instrumento de emancipación de los trabajadores?», responde con un «no» rotundo.
Cuando los marxistas proponen abolir primero las clases sociales para remitir después al Estado al museo de antigüedades; están invirtiendo el orden lógico e histórico de la acción. ¿Cómo puede hablarse pregunta de abolir las clases sin tocar la institución gracias a la cual las clases surgieron y se conservan como tales?
Los marxistas proponen tomar el poder y hacerse cargo del Estado para realizar después, a través de éste, la revolución social. Kropotkin les pregunta: «El Estado, que fue elaborado en la historia de las civilizaciones para dar un carácter legal a la explotación de las masas por las clases privilegiadas ¿puede ser el instrumento de su liberación?».
En lugar de trabajar para tomar el poder, hay que hacerlo inútil; en lugar de usar al Estado, hay que sustituirlo. ¿Acaso vuelve a pregunta «no se diseñan ya, en la evolución de las sociedades modernas, otras agrupaciones que el Estado, agrupaciones que pueden aportar a la sociedad la coordinación, la armonía en los esfuerzos individuales, y convertirse en el instrumento de emancipación de las masas, sin necesidad de recurrir a la sumisión de todos en aras de la jerarquía piramidal del Estado?
Es claro que tampoco esas ideas pueden resultar muy gratas a una sociedad como la nuestra, que revela a diario un desesperado culto al poder, y en la cual el poder, pese a todas las racionalizaciones, constituye un fin absoluto. La idea de disolver el Estado y de liquidar el gobierno les parecería absurda a los generales del Pentágono y a los inefables dictadores latinoamericanos, pero, significativamente, con ellos estarán de acuerdo casi todos los «revolucionarios» de nuestra América.
Cuando Kropotkin propone, por lo demás, sustituir el Estado por las comunas y las sociedades locales, no pretende expresar simplemente un ideal: fundamenta su propuesta en una serie de hechos históricos. Estos hechos, que la historia oficial y académica ignora o minimiza, revelan que toda verdadera revolución social implica la creación de nuevas formas de organización política. Así sucedió en la revolución de los siglos XI y XII, en la cual la abolición de la servidumbre y el advenimiento de una nueva clase social sólo se realizó a través del surgimiento de las ciudades libres, de las parroquias y de las guildas: «Los ciudadanos de las ciudades manumitidas procuraron, desde el primer día, crear, por medio de sus conjuraciones, es decir, por el juramento mutuo, nuevas instituciones dentro del perímetro de su ciudad. Fue la parroquia, reconocida como unidad independiente, soberana; a la calle, al distrito, a la sección federación de calles y por otro lado a la guilda, también independiente; a las artes organizadas y soberanas teniendo, por consecuencia cada una su justicia, su bandera y su familia y, en fin, al forum, a la asamblea popular, representante de la federación de las parroquias y de las guildas, a quines confiaron la organización de los diversos elementos de la ciudad. Toda una serie de instituciones, absolutamente contrarias al espíritu del Estado romano y del Estado teocrático de Oriente, fueron de este modo desarrolladas en el transcurso de los tres o cuatro siglos subsiguientes».
Como consecuencia de las invasiones (mongólica, turca, etc.) y de la decadencia interna de las comunas (de cuyas causas hablamos en capítulo anterior) se estableció en Europa, durante los siglos XVI-XVIII, el Estado militar y monárquico. Al cabo de dos siglos, la burguesía mercantil e industrial llegó a comprender que con este régimen no podría nunca alcanzar su pleno desarrollo económico, técnico e intelectual. En Inglaterra en 1648 y en Francia en 1789 trató primero de anular la realeza y de transferir el poder de manos de los nobles y el clero a las del tercer Estado; más tarde, se dio cuenta de que era necesario demoler todo el antiguo régimen y cambiar enteramente las estructuras de la sociedad, y para ello no dudó en desencadenar las pasiones de los miserables contra la aristocracia y los sacerdotes, a fin de despojar a éstos de sus propiedades. Sin embargo, la burguesía de ninguna manera deseaba la destrucción del Estado y de las instituciones que habían de permitirle el acceso al poder. Se convirtió, sobre las espaldas del pueblo, en heredera de los privilegios y del poder de la nobleza y transformó el Estado absolutista en Estado constitucional. Solamente el pueblo (o sea parte del pueblo que Desmoulins consideraba como «más allá de Marat») pretendió la liberación completa sin opresión de nadie y, por eso, sólo el pueblo decidió la sustitución del Estado mismo por otra forma de organización diferente, que era la comuna. Puesto que la Asamblea Nacional, integrada en su mayoría por burgueses opuestos a todo cambio profundo y estructural, no podía ni quería llevar la revolución más adelante, fueron las comunas populares las que lo hicieron. En 1789 se llevó a cabo, como lo mostraron Michelet y Aulard (y el mismo Kropotkin, en su obra histórica La gran Revolución) una revolución municipal. Fueron las municipalidades o comunas las que abolieron de hecho los derechos feudales; fueron ellas las que proclamaron la confiscación de los bienes del clero y de la nobleza y efectuaron el traspaso revolucionario de las fortunas; fueron ellas, en fin, las que, al margen del Estado y de la Asamblea Nacional, organizaron la defensa del territorio contra las tropas extranjeras llamadas por la nobleza para sofocar la revolución.
Esta acción directa del pueblo, a través de las comunas y de las elecciones, que tan bien ha sido estudiada en nuestros días por Guerin, promovió el enrolamiento voluntario, aseguró el aprovisionamiento de armas, de municiones, de alimentos y de vestidos para la tropa, ilustró a los soldados, revelándoles los progresos de la Revolución y las intrigas de la Contra-Revolución y, sobre todo, les inspiró el fuego sin el cual no se logra lo imposible ni se alcanza la victoria: «fueron las secciones y las comunas quines cumplieron toda esta inmensa labor. Los historiadores estatales pueden ignorarlo; pero el pueblo francés los recuerda perfectamente y es él quien nos la ha enseñado».
Si se admite, pues, la idea de que para poder acabar con las formas capitalistas de la producción y el consumo es preciso acabar con las formas políticas actuales, se verá en seguida, dice Kropotkin, cuan equivocados están aquellos socialistas que pretenden reforzar al Estado, y hacer de él un súper-capitalista, esperando prepara de ese manera el advenimiento del colectivismo: «Esperar que este mecanismo de opresión así reforzado se vuelva un instrumento de revolución ¿no es desconocer lo que la historia nos enseña sobre el espíritu rutinario de toda burocracia y sobre el poder de resistencia de las instituciones?».
Es cierto que Kropotkin se refiere en estas líneas al fortalecimiento del Estado burgués, pero es también indudable que la cosa no cambiaría para él si se tratara del Estado surgido de una revolución socialista. La utopía consiste, para él, en definitiva, en la idea misma del Estado socialista.
En efecto, todo Estado implica un gobierno central. Pero es inherente a todo gobierno de este tipo, es decir, a todo gobierno propiamente dicho, la necesidad de fortalecerse, de expandirse y de perpetuarse, cosa que no puede hacer sino a expensas de sus propios súbditos. Más aún, es esencial a todo Estado el crear clases privilegiadas en detrimento de la mayoría.
Hablar de un Estado socialista parece entonces, más que una utopía, una «contradictio in terminis» una desoladora falta de imaginación. Quines lo propician dice Kropotkin «ni siquiera se han tomado la pena de discutir como me lo pidieron un día a mí los cooperativistas ingleses si no habría medio de entregar los ferrocarriles directamente a las uniones del transporte, para manumitir a dicha empresa del yugo capitalista, en vez de crear el capitalismo-Estado, más peligroso aún que las compañías burguesas». No son capaces de entrever otro camino más que el capitalismo privado y el capitalismo estatal. En realidad, estos intelectuales estatólatras «no aprendieron otra cosa en la escuela que la fe en un Estado salvador, el Estado omnipotente».
Desgraciadamente, esta mentalidad estatista se difunde hoy dice Kropotkin en vísperas de la guerra de 1914 no sólo entre los burgueses sino también entre los obreros. Y lejos de limitar la explotación del trabajo, ésta se coloca bajo la permanente tutela de la ley; se convierte en una institución, como el Estado mismo, y pasa a formar parte de la Constitución. Se consagra así legalmente «el deber se ser explotado». «He ahí concluye hacia donde marchamos con esta idea del Estado capitalista».
Kropotkin, que vivió en Rusia los primeros años del Estado soviético, pudo son duda verificar cómo sus previsiones se cumplían. Hoy no son pocos los marxistas (y entre ellos debemos contra a Fromm y a Mondolfo) que consideran el régimen soviético como un capitalismo de Estado. Más aún, entre los filósofos del grupo yugoeslavo «praxis» se ha sostenido la tesis (Cfr. Stojanovich, Crítica del socialismo de Estado) de que en la Rusia stalinista ni siquiera puede decirse que impera un «capitalismo de Estado», sino lo que más directamente se suele denominar un «estatismo», degeneración clasista y burocrática del socialismo de Estado (primera etapa, por lo demás necesaria, de la revolución). (Crf. H. Marcusa. Soviet Marxism 1971 págs. 86-100).
El Estado no es, pues, para Kropotkin, como enseña la ciencia universitaria, una administración organizada para establecer la armonía en la sociedad. Es, más bien, «una organización elaborada y perfeccionada lentamente en el transcurso de tres siglos para mantener los derechos adquiridos por ciertas clases, aprovechándose del trabajo de las masas laboriosas, para extender sus derechos y crear nuevos que traigan por consecuencia la enfeudación de los ciudadanos empobrecidos por la legislación, hecha a favor de determinados grupos llenos de favores por parte de la jerarquía gubernamental». Todo lo demás son vanas palabras que se repiten, porque el Estado mismo está interesado en ello o por inercia y pereza mental.
Pero ya es tiempo añade de someter a crítica dichas palabras y de preguntarse de dónde viene esa pasión de los radicales del siglo XIX y de sus continuadores socialistas por el Estado omnipotente. Se trata, para Kropotkin, de un mito fabricado por los historiadores burgueses de la Revolución francesa (con excepción de Michelet). Según ese mito, que hay que poner ya en su sitio (junto a otros mitos eclesiásticos y estatales), al Club de los jacobinos se le atribuye toda la gloria de los grandes principios revolucionarios y de las terribles luchas contra la monarquía. Pero la verdad es y Kropotkin lo explica así en su gran obra histórica sobre la Revolución Francesa que el Club de los jacobinos ni fue el club del pueblo, sino el de la burguesía que llegó al poder y a la fortuna, aprovechándose de la Revolución. Nunca estuvo a la vanguardia de ésta, sino que se limitó a canalizar las olas amenazantes, haciéndolas entrar en los cuadros del Estado y amortiguando todos los elementos audaces que iban más allá de las miras de la burguesía. De él salieron los funcionarios que el gobierno necesitaba; él fue «el refugió de la burguesía llegada al poder, contra las tendencia igualitarias del pueblo»; él fue quien impidió al pueblo marchar por el camino del comunismo. Su ideal estaba bien definido: el del Estado omnipotente, que no podía tolerar en su seno ningún poder local ni profesional, ninguna voluntad sino la de los mismos jacobinos de la Convección. Esto trajo como necesaria consecuencia la dictadura del Comité de Seguridad; más tarde, la del Consulado y, finalmente, el Imperio. He aquí por qué combatieron los jacobinos las comunas y, sobre todo, la Comuna de París.
«El estado soy yo» de Luís XIV dice Kropotkin no fue más que un juego de niños comparado con «Estado somos nosotros» de los jacobinos. Aquello fue la absorción de toda la vida nacional concentrada en una pirámide de funcionarios que sólo debía servir para enriquecer a una cierta clase de ciudadanos y mantener al mismo tiempo al resto, es decir, a la nación, salvo los privilegios, en la pobreza.
¿Cómo se explica, entonces, el Jacobinismo de los socialistas estatales del siglo XIX? Se explica sostiene Kropotkin porque todos ellos (Blanc, Cabet, Lasalle, los marxistas) parten de Babeuf, el cual, como descendiente directo de los jacobinos, había llegado a la conclusión de que un solo individuo, un dictador, «con tal de que tuviera la fuerza de voluntad para salvar al mundo», podía implantar el comunismo. Esta es la idea, transmitida en las sociedades secretas del siglo XIX, que permitió a los socialistas trabajar hasta hoy por la creación de un Estado omnipotente. Tal creencia mesiánica persistió sordamente a todo lo largo del siglo y prueba de ello son la fe en el cesarismo de Napoleón III y la presencia de Lasalle, después de una conversación con Bismarck, en la introducción del socialismo en Alemania por obra de una dinastía real.
He aquí las contradicciones del socialismo estatal: «Si los representantes de una doctrina piden de una parte la manumisión del trabajo de la explotación burguesa, y si por otro lado trabajan para reforzar el Estado, que es el verdadero creador y defensor de la burguesía, es porque poseen evidentemente la fe de encontrar un día su Napoleón, su Bismarck o su Lord Beaconsfield, que utilizará la fuerza unificada del Estado para hacerla en sentido contrario de su misión, de todo su mecanismo y de todas sus tradiciones».
En definitiva, el socialismo estatal desemboca siempre, para Kropotkin, en un mesianismo (que casi podría llamarse «bonapartismo») y en una servidumbre voluntaria que, al mismo tiempo que hace imposible toda verdadera igualación, obliga por principio a renuncia a toda verdadera individualización.