La vida de un revolucionario

Cuando se concibe al socialismo como una aspiración moral y como un ideal ético, resulta imposible dejar de pensar, ante todo, en Kropotkin y en su obra. Y, sin embargo, casi paradójicamente, esta obra es la obra de un hombre que confía ante todo en la ciencia y en sus métodos y al cual difícilmente se podría adscribir a una forma cualquiera del idealismo filosófico.

El mismo se declara materialista y ateo, y sus concepciones filosóficas y sociales sólo pueden comprenderse en un ambiente impregnado de cientificismo y de naturalismo, como el de la segunda mitad del siglo XIX.

Pero en Kropotkin, como en otros muchos pensadores socialistas y anarquistas del siglo pasado o de comienzos del presente, materialismo y cientificismo son, principalmente, formas de reaccionar no sólo contra la religión, estrechamente vinculada en la mayoría de los casos de la explotación y la servidumbre humana, sino también contra una filosofía idealista puesta al servicio de las clases dominantes y del Estado absolutista.

Es interesante observar, en todo caso, que lo que Dilthey denomina «idealismo de la libertad» coincide en sus consecuencia, ya que no en sus premisas, con muchas posiciones del socialismo de esta época. En ella, por lo demás, se producen intentos como el de J. Jaurés, que pretende conciliar a Marx con Kant.En el caso de Kropotkin podrían señalarse, inclusive, diversas analogías con su cristiano compatriota y contemporáneo Tolstoi.

Lo más característico del pensamiento kropotkiniano no es, en efecto, el comunismo anti-estatal o anárquico (ideal del cual, por otra parte, tampoco se halla muy lejos Tolstoi), sino la ética del apoyo mutuo, que puede interpretarse como una versión naturalista del amor fraterno tolstoiano, aunque Kropotkin prefiera hablar de «instinto de sociabilidad» antes que de amor o simpatía. En todo caso, el entusiasmo ético y el mesianismo ideológico «que recuerda la fe de las primeras comunidades cristiana» en los anarquistas, según expresión de Helenio Saña (El anarquismo de Proudhon a Cohn-Bendit, Madrid, 1970, pág. 191), pueden atribuirse a Kropotkin mejor quizás que a ningún otro de los pensadores de esa tendencia.

Ambos aspectos del ideario de Kropotkin, ética del apoyo mutuo y comunismo anárquico, se vinculan, de todas maneras, como antecedentes y consecuente.

Para poder captar su sentido histórico se hace necesario tener en cuenta la vida y época del mismo kropotkin.

Una autobiografía admirable, no sólo por su calor y su color, sino, sobre todo, por se la menos egocéntrica de cuantas conoce la literatura europea, obre en la que, decía Brandes «se encuentra la Rusiaoficial y la vida de las masas que bajo ella vegetan», pueden servirnos de guía.

En el barrio Moscovita de Stáraia Koniúshennaia (esto es, de las «Viejas caballerizas», situado a espaldas del Kremlin (cerca de la actual plaza Kropotkinskaia), barrio donde, a comienzos del siglo XIX, se había refugiado la antigua nobleza de la ciudad, desplazada por «los hombres de todas las procedencias» que, desde Pedro I, se encumbraron en el gobierno y la administración, nació el 9 de diciembre de 1842, el príncipe Piotr Alexevich Kropotkin. Huérfano de madre desde los tres años, encontró en los siervos de la familia, que amaban a la bondadosa princesa muerta, otros tantos padres y madres.

«Ignoró qué destino hubiera sido el nuestro, dice el propio Kropotkin en sus Memorias de un revolucionario de no haber hallado entre los siervos dedicados a los trabajos domésticos esa atmósfera de cariño que necesitan los niños a su alrededor».

[1] He aquí, sin duda, una de las claves psicológicas de la vida y obra del gran revolucionario: la idea del amor y de la bondad se vincula en su mente, desde la más tierna infancia, con la imagen de los siervos, y en general, de las clases oprimidas.

En páginas conmovedoras relata la triste vida de los siervos, aun entre amos relativamente benignos, como su propio padre. Se los humillaba, se los insultaba, se los azotaba por cualquiera motivo, se los enviaba a servir de carne cañón en el ejército o en la marina, se los casaba contra su voluntad. «No se reconocía, ni aun se sospechaba, que los siervos tuvieran sentimientos humanos; y cuando Turguenev publicó su pequeña historia Mumu, y Grigorovich comenzó a dar luz a sus novelas sentimentales, con las que hacía llorar a sus lectores sobre la desventura de los siervos, para mucha gente aquello fue una inesperada revelación».

[2]

En agosto de 1857, próximo ya a los quince años, ingresó Kropotkin en el cuerpo de pajes de la corte imperial de San Petersburgo. Su permanencia allí, hermosamente narrada en la parte segunda de la autobiografía, determinó el definitivo cauce de sus inclinaciones intelectuales (hacia la geografía y las ciencia de la tierra) y de su ideología (el socialismo anti-estatal).

Para formar un revolucionario difícilmente podía haberse encontrado mejor escuela que el ejército y la corte; sobre todo, tratándose de un adolescente cuya niñez había transcurrido, como vimos, un contacto con la servidumbre.

Al acabar, a mediado de 1862, sus estudios en el cuerpo del pajes, la mayor aspiración del joven príncipe consistía en poder inscribirse en la universidad. Pero ante la imposibilidad de hacerlo sin romper con su padre, pidió que lo destinaran a Siberia, a donde lo atraían tanto su interés por la geografía y los paisajes exóticos como la posibilidad de realizar una serie de reformas sociales.

[3]

Antes de cumplir veinte años viajó, pues, al remoto Amur. En Siberia permaneció cinco años, durante los cuales el contacto con la naturaleza casi virgen y con hombres de las más variadas condiciones, maduró en él al científico y al revolucionario. «Me vi puesto en contacto con hombres de todas las condiciones, los mejores y los peores; aquellos que se encontraban en la cúspide de la sociedad y los que vegetaban en el fondo; esto es, los vagabundos y los llamados criminales empedernidos. Tuve sobradas ocasiones para observar los hábitos y costumbres de los campesinos en su labor diaria, y aún más, para apreciar lo poco que la administración oficial podía hacer en su favor, aun cuando se hallará animada de las mejores intenciones. Finalmente, mis largos viajes, durante los cuales recorrí más de85.000 kilómetros en carros, en vapores, en botes, y principalmente a caballo, fueron de un efecto maravilloso en el mejoramiento de mi salud. Enseñándome al mismo tiempo a lo poco que se limitan realmente las necesidades del hombre, desde el momento que sale del círculo encantado de una civilización convencional. Con algunas libras de pan y unas onzas de té en una bolsa de cuero, una tetera y una hacha colgada de la silla, bajo ésta una manta para extenderla ante el fuego sobre una cama de ramitas de pinabete, recientemente cortadas, se disfrutara de una admirable independencia, aun en medio de las montañas desconocidas, densamente cubiertas de bosque o coronadas por la nieve».

[4]

De sus largos y accidentados viajes por el territorio siberiano y de sus diversas tareas civiles y militares extrajo la convicción de la absoluta imposibilidad de hacer algo verdaderamente útil para la masa del pueblo por medio de la máquina administrativa. Tal ilusión la perdió definitivamente; pero, en cambio, comenzó a comprender «no sólo al hombre y su carácter, sino el móvil interno de la vida de las sociedades humanas».

[5] Se convenció de que el trabajo anónimo de la masa, del cual raras veces hablan los historiadores, es factor fundamental en el desarrollo de toda sociedad. Consecuentemente, se dio cuenta de la inutilidad del mando y del castigo, para lograr los fines colectivos. «Habiendo sido criado en el seno de una familia propietaria de siervos, entré en la vida activa, como todos los jóvenes de mi tiempo, con un gran convencimiento de lo necesario que es mandar, ordenar, reprender, castigar y demás; pero cuando, en la primavera de la vida, tuve a mi cargo empresas de importancia y tratos con los hombres, y cuando cada error hubiera podido tener en el acto graves y serias consecuencias, empecé a apreciar la diferencia que existe entre servirse del principio de mando y la disciplina o valerse del mutuo acuerdo. El primero es de gran efecto en un desfile militar; pero carece de valor allí donde se trata de la vida real, y sólo se puede obtener el éxito por el esfuerzo supremo de muchas voluntades convergentes a un mismo fin. Aun cuando no formulé entonces mis observaciones en términos análogos a los usados por los partidos militares, puedo decir ahora que perdí en siberia toda la fe que antes pudiera haber tenido en la disciplina del Estado, preparándose así el terreno para convertirme en anarquista».
[6] Hacia aquella época el desterrado poeta M. L. Mikhailov lo puso en contacto por primera vez con las ideas de Proudhon (Cfr. G. Woodcock - I. Avakumovic, The anarchist prince London -1950 - págs. 57-58).

Cuando tenía veinticinco años resolvió dejar el servicio militar. A comienzos de 1867 se puso en marcha hacia la capital del Imperio. En el otoño comenzó a estudiar matemáticas en la Universidad, con lo cual realizó una vieja aspiración. Y preparo una Memoria, acompañada por un mapa, acerca de las montañas de Asia, que la Sociedad geográfica publicó en 1873.

Por otra parte, en esta época se interesó mucho en la exploración científica del ártico. Llegó a sugerir la existencia de una región desconocida cerca de Nueva Zemlia, sobre la base de un estudio de las corrientes marinas.

Una expedición austriaca, dirigida por Payer y Weyprecht, siguiendo las indicaciones de Kropotkin, descubrió, dos años más tarde, un archipiélago, que bautizó con el nombre de «Tierra de Francisco José» (en honor al emperador de Austria).

Un autor soviético contemporáneo, Anisimov, movido por sin duda por sentimientos patrióticos, dice que aquella región polar debería llamarse «Kropotkin», aunque, si atendemos a las ideas del propio Kropotkin al respecto, como bien anotan Woodcock y Avakumovic (op. Cit. Págs. 83-84), habrá que reconocer que inventos y descubrimientos se deben, más que a los individuos, a la atmósfera intelectual de la época.

En 1871 fue enviado por la Sociedad Geogr afía a Finlandia y Suecia, con el objeto de explorar los depósitos glaciares. En el informe que presentó al regresar sostenía que una capa de hielo, a veces de mil metros de espesor, había cubierto a Europa hasta el sur de Rusia, durante el período glaciar. Se le ofreció el cargo de Secretario de la misma corporación científica, pero no lo aceptó, decidido ya a dedicar su vida a la acción revolucionaria. Ningún goce humano reconoce Kropotkin es superior al de la investigación y la creación científica. Pero ¿es lícito ese goce se pregunta cuando la mayoría de los hombres no sólo viven en la más completa ignorancia sino que deben luchar duramente por su sustento diario?: «Pero ¿qué derecho tenía yo a estos goces de un orden elevado, cuando todo lo que me rodeaba no era más que miseria y lucha por un triste bocado de pan, cuando por poco que fuese lo que yo gastase para vivir en aquel mundo de agradables emociones, había por necesidad de quitarlo de la boca misma de los que cultivan el trigo y no tienen suficiente pan para sus hijos? De la boca de alguien ha de tomarse forzosamente, puesto que la agregada producción de la humanidad permanece aún tan limitada».

[7]

Hacer posible para todo el goce del saber y de la cultura, lograr que la ciencia sea patrimonio de todos los hombres y no de una ínfima minoría de privilegiados es la tarea que Kropotkin se impone, mientras medita a solas, entre los promontorios y los lagos de Finlandia. Y para ello, no ve otro camino más que el de la lucha social. «Todas esas frases sonoras sobre el progreso de la humanidad, mientras que, al mismo tiempo, los encargados de realizarlo permanecen alejados de aquellos quines pretenden mejorar, son meros sofismas, forjados por imaginaciones deseosas de librarse de una irritante contradicción», dice:

[8]

«La ciencia podía hacerse en Rusia, pero la conciencia no», comenta C. Díaz (Tres biografías: Proudhon, Bakunin, Kropotkin - Madrid - 1973).

En la primavera de 1872 emprendió Kropotkin su primer viaje a Europa Occidental. En suiza entró en contacto con grupos de estudiantes rusos y se enteró con ávida curiosidad de la vida de la Asociación Internacional de Trabajadores. La fe ardiente, el espíritu de sacrificio y el deseo de aprender de los obreros lo entusiasman, pero el oportunismo de los jefes pequeño-burgueses y las tendencias para él autoritarias y centralistas de hombres como Marx y Engels empiezan a decepcionarlo muy pronto. De Zurich pasó a Neuchatel donde conoció a Guillaume y a los bakuninista de la federación del Jura. En ellos encontró, definitivamente, los camaradas que habían de acompañarlo en sus largos años de lucha revolucionaria. «Los aspectos teóricos del anarquismo, según empezaban a expresarse en la federación del Jura, particularmente por bakunin; las críticas del socialismo de Estado el temor del despotismo económico, más peligroso todavía que el meramente político que oí formular allí, y el carácter revolucionario de la agitación, dejan honda huella en mi mente. Pero las relaciones de igualdad que en contre en las montañas jurasianas, la independencia de pensamiento y de expresión que vi desarrollarse entre los trabajadores y su limitado amor a la causa, llamaron con más fuerza aún a mis sentimientos, y cuando dejé la montaña, después de haber pasado una semana con los relojeros, mis ideas sobre el socialismo se habían definido: era un anarquista, escribe en Memorias de un revolucionario»

[9]

Después de un corte viaje a Bélgica para conocer las actividades del movimiento socialista en aquel país, retornó a su tierra, con el pesar de no haber podido ver a Bakunin (tal vez porque éste, como sugiere Woodcock, no se mostró muy interesado en encontrarse con el joven príncipe).

Al regresar a Rusia, llevó consigo un cargamento de libro y periódicos socialistas, literatura proscrita que introdujo a través de la frontera, con la ayuda de honrados contrabandistas judíos.

[10] (Los anarquistas, como nota Unamuno, siempre se han llevado bien con quines se dedican al contrabando).

Durante dos años, como miembro del círculo Chaikovski (un típico narodnik), tomo parte activa en la propaganda socialista y revolucionaria.

[11] Detenido en 1874 y encerrado en la fortaleza de San Pedro y San Pablo, donde había estado antes de Bakunin, Chernichevski, Dostoievski y Pisarev, permaneció allí durante dos años, hasta que, con la ayuda de un grupo de amigos y compañeros, logró huir espectacularmente. Atravesó Suecia y embarcó en Cristianía (hoy Oslo) hacia Inglaterra.
[12]

Tratando de eludir a los espías del gobierno zarista, vivió durante un tiempo en Edimburgo. De allí pasó a Londres donde, con el seudónimo de Lavashov, empezó a escribir para la revista Nature y para el periódico Times. Pero pronto volvió a Suiza, atraído por la posibilidad de colaborar con el movimiento obrero. Ingreso en la Federación del Jura, que formaba parte de la Internacional y se instalo en la localidad de La Chaux-de-Fonds.

En ese momento la lucha ideológica dentro de la Internacional iba llegando a su apogeo: por un lado la «democracia socialista» (es decir, el marxismo y los grupos afines a él); por el otro, los federalistas (esto es, los bakuninistas, los proudhonianos y, en general, los anti-autoritarios). Kropotkin interpreto así la situación: «La división entre las dos ramas del movimiento socialista se hizo aparente inmediatamente después de la guerra franco-alemana. La asociación, según tengo ya manifestado, había creado una especie de gobierno, bajo la forma de un consejo general con residencia en Londres; y siendo los inspiradores de éste dos alemanes, Engels y Marx, el fue la piedra angular del nuevo partido; en tanto que las federaciones latinas seguían los consejos de Bakunin y sus amigos y se dejaban guiar por ellos. El conflicto entre los partidarios de Marx y los de Bakunin no tenían un carácter personal; era el resultado inevitable del antagonismo entre los principios federales y los centralizadores, el municipio libre y la paternal tutela del Estado la acción espontánea de las masas y el mejoramiento de las condiciones capitalistas existentes por medio de la legislación; conflicto entre el espíritu latino y el «Geist» alemán que, después de la derrota de Francia en el campo de batalla, reclama la supremacía en el terreno de la ciencia, en el de la política y también en el del socialismo, calificando de «científica» su concepción de estas ideas y de «utópica» la de todos los demás».

[13]

Según Kropotkin, en 1872, durante el congreso celebrado por la Internacional en la Haya, Marx, apoyándose en el consejo que el mismo había organizado en Londres, y en una amañada mayoría (donde no había casi más que alemanes y algunos ingleses), se las arreglo para hacer expulsar a Bakunin y a Guillaume, representantes de la auténtica mayoría obrera, puesto que detrás de ellos se alineaban españoles, italianos, suizos, belgas y gran parte de los franceses y holandeses. Con esto no logró cosa sino la liquidación de la internacional, ya que el nuevo consejo general que se instituyó en Nueva Cork tuvo el carácter de un organismo fantasma.

En Suiza entro Kropotkin en contacto con las principales figuras locales del movimiento anarquista, como James Guillaume, editor del Bulletin de la Fédéretion Jurasienne, así como con varios refugiados dela Comuna de París, entre los cuales el más notable era, sin duda, Eliseo Reclús, «tipo del verdadero puritano en sus costumbres, y del filósofo enciclopedista francés del siglo XVIII por su entendimiento; hombre capaz de inspirar a los demás, pero no dispuestos a gobernarlos ni a dirigirlos».

[14] Con el movimiento obrero suizo y, por consiguiente, con el propio Kropotkin, colaboraron por entonces también dos italianos, Cafiero y Malatesta. Del primero dice «era un idealista del tipo más puro y elevado, que había consagrado su considerable fortuna a la causa, sin preocuparse después de cómo podría vivir en el porvenir».
[15] Del segundo se expresa de esta manera: «era un estudiante de medicina que había abandonado su carrera y también su fortuna por dedicarse a la revolución; lleno de ardor e inteligencia, verdadero idealista que en toda su vida y ya se aproxima a los 50 no ha pensado jamás si tendrá un pedazo de pan para la cena y una cama donde pasar la noche».
[16]

Este período fue uno de los más activos de la vida revolucionaria de Kropotkin: participó en mítines y asambleas, distribuyó propaganda, predicó el anarquismo en las reuniones convocadas por los partidos políticos, visitó las diversas secciones de la Federación, colaboró con el taller cooperativo, tomó parte en manifestaciones de protesta. Pero, sobre todo, se ocupó en desarrollar entre los trabajadores las ideas del socialismo anárquico. He aquí cómo avizora, por entonces, la meta de los esfuerzos del movimiento obrero y el futuro más o menos próximo de la humanidad: «Veíamos que una nueva forma de la sociedad empezaba a germinar en las naciones civilizadas, la cual debía reemplazar a la antigua; una sociedad de iguales, donde nadie se verá obligado a vender sus brazos y su inteligencia a aquellos que quieren emplearlos cuando y como mejor les convenga, sino que todos podrán aplicar sus conocimientos y aptitudes a la producción, en un organismo de tal modo constituido, que al mismo tiempo que combine los comunes esfuerzos, a fin de procurar la mayor suma posible de bienestar para todos, deje a cada uno la mayor libertad imaginable, con objeto de que puede manifestarse sin obstáculos toda iniciativa individual. Esa sociedad se compondrá de una multitud de asociaciones federadas para todo aquello que reclaman esta forma de agrupación: federaciones de oficios para la producción general, agrícola, industrial, intelectual, artística; municipios encargados de organizar el consumo, proporcionando alojamiento, alumbrado, alimentos, servicios sanitarios etc.; federaciones de los municipios entre sí, y de éstos con las organizaciones del oficio, y, finalmente, grupos más extensos, abarcando una o varias regiones, compuestos de individuos encargados de colaborar en la satisfacción de aquellas necesidades económicas, intelectuales, artísticas y morales que no se hallan limitadas a un país determinado. Todo esto se combinará directamente por medio del concierto libre, del mismo modo que las compañías de ferrocarriles o las centrales de correos de diferentes naciones cooperan actualmente, sin tener un gobierno encargado de su dirección, y esto sucede a pesar de estar guiadas las primeras por móviles puramente egoístas, y pertenecer las segundas a diferentes y aun antagónicos Estados, o como los meteorólogos, los clubs alpinos, las estaciones de botes salvavidas en la Gran Bretaña, los ciclistas, los maestros y otros, se combinan para toda clase de trabajo en común, ya se trate de empresas intelectuales o simplemente de recreo y placer. Habrá libertad completa para el desenvolvimiento de nuevas formas de producción, inventos y organización, y la iniciativa individual será estimulada, haciéndose lo contrario con la tendencia hacia la uniformidad y centralización. Además esta sociedad no estará cristalizada en ciertas e invariables formas, sino que modificará continuamente su aspecto, porque será un organismo vivo y sujeto a la evolución, no sintiéndose la necesidad de tener gobierno, porque el libre acuerdo y la federación lo reemplazarán en todas aquellas funciones que el Estado considera suyas al presente, y porque también, habiéndose reducido las causas del conflicto, los que aún se vean surgir pueden someterse fácilmente al arbitraje

[17]».

En el otoño de 1877 asistió Kropotkin al congreso socialista internacional en Gante, Bélgica, y, junto con otros ocho anarquistas, consiguió frustrar el plan de los socialdemócratas alemanes, que pretendían establecer un comité central para todo el movimiento obrero europeo, reconstruyendo así, bajo otro nombre, el viejo Consejo General de la Internacional. La policía belga estuvo apunto de apresarlo (para entregarlo probablemente al gobierno ruso), pero con ayuda de camaradas y amigos logró escapar otra vez a Inglaterra.

[18] Después de una breve temporada en Londres, dedicado a estudiar, en el Museo Británico, la historia de la Revolución Francesa (más tarde publicaría una gran obra sobre el tema), pasó a París donde, por primera vez desde el trágico fin de la Comuna, empezaban a soplar vientos más propicios a la causa obrera y revolucionaria. Con el italiano Costa y con el grupo de Guesde (el cual todavía no era enteramente marxista), inició la labor de reorganización del movimiento socialista. Pero en abril de 1878 Costa fue detenido por la policía y Kropotkin debió escapar nuevamente a Suiza.
[19]

Una serie de atentados contra las cabezas coronadas de Europa hicieron por entonces que el gobierno suizo, acusado de dar asilo a numerosos refugiados socialistas y anarquistas, iniciaran contra éstos una política de persecución indirecta. Muchos de los principales militantes de la Federación del Jura se vieron obligados a emigrar o a retirarse del movimiento. Kropotkin quedó a cargo, entonces, del periódico de la Federación, y en febrero de 1879 inició la publicación de un quincenario titulado Le Revolté, que había de acoger algunos de sus más significativos trabajos. Este periódico (que más tarde pasó a París con el nombre de Temps nouveaux) siguió publicándose hasta 1917. Como los dueños de la imprenta, presionados por el gobierno («Para los trabajadores y sus periódicos la libertad de imprenta, escrita en la constitución, tiene más cortapisas de lo que parece»), se negaran a seguir imprimiéndolo, Kropotkin y sus compañeros adquirieron sus propias máquinas.

[20] De ellas salieron además numerosos folletos populares escritos por el propio Kropotkin, vendidos por millares a diez y cinco céntimos, traducidos a varias lenguas y recogidos en parte por Eliseo Reclús, bajo el títuloPalabras de un rebelde.
[21] En 1904 Benito Mussolini vertió esta obra al italiano.

Con excepción de las referencias a la madre y al hermano, pocas son las noticias que acerca de su vida privada y familiar de Kropotkin en Memorias de un revolucionario. Al revés, una y otra vez más, de lo que sucede en tantas autobiografías, hay allí no sólo una rara modestia sino también un pudor socialista, que le impide sacar a pública consideración las vicisitudes de su domesticidad. (Paul Goodman,Kropotkin at this moment -«Anarchy»- 98-1969 -pág. 128, prefiere interpretar esto como «reticencia sexual extraordinaria»). La verdad es, sin embargo, que tales vicisitudes fueron bien pocas. La vida afectiva de Kropotkin presenta muy escasas alternativas. Como a Marx, y a diferencia de Bakunin, se le puede considerar, desde este punto de vista, un individuo enteramente normal. Sabemos, aunque él mismo no lo diga en sus Memoria, que el 8 de octubre de 1818

[22], se casó con Sofía Ananiev, joven ucraniana, de origen judío, que estudiaba biología en Berna. Sofía, que había nacido en Kiev, en 1856, era también una rebelde. Indignada por la inicua explotación de los trabajadores en los yacimientos acuíferos que su padre dirigía en Tomsk (Siberia), huyó a los diecisiete años del hogar. No podía tolerar ser mantenida con el sudor y la sangre de los obreros.

Sus ideas y su interés por las ciencias naturales establecieron entre la joven judía y el descendiente de Rurik un lazo mucha más fuerte que el de la sangre, la raza, la religión o la clase social. Una inalterable armonía y un efecto recíproco, tan profundo como sereno, los unió hasta el fin, a través de circunstancias más impares, huyendo de espías y polizontes, en el destierro, en la agitación social, en la relativa paz de Inglaterra, en las prisiones de Francia, en el triste crepúsculo de la Rusia soviética.

Después de la muerte de Pedro, Sofía vivió casi veinte años, consagrada a perpetuar la memoria de su compañero.

En 1880 se traslado Kropotkin a Clarens, donde prosiguió su labor de propaganda y colaboró al mismo tiempo con Reclús en el tomo de su gran geografía referente a la Rusia asiática. Aquí escribió su famoso llamamiento A los jóvenes y trazó los lineamientos de toda su futura producción literaria.

[23]

La muerte del Zar Alejandro II a manos de un terrorista

[24] hizo que el gobierno ruso exigiera del de Suiza la expulsión de los refugiados políticos, a los cuales consideraba autores o inspiradores del atentado. Kropotkin se instaló entonces, por un tiempo, en Thonon, pequeña población francesa sobre el mismo lago de Ginebra, y desde allí pasó, a fines de 1881, otra vez a Londres.
[25] Durante un año se dedico a la propaganda entre los obreros de la capital inglesa. En el otoño de 1882 volvió a Francia. Se instaló nuevamente en el fronterizo pueblo de Thonon, donde lo asediaba un enjambre de espías rusos, y siguió publicando Le Revolté y escribiendo para la Enciclopedia Británica y para la Newcastle Chronicle
[26]. Sometido a juicio por participación en un supuesto atentado terrorista, fue condenado en Lyon y encerrado en la cárcel de esta ciudad hasta mediados de marzo de 1883 en que, junto con otros veintiún presos sociales, se lo trasladó a la prisión central de Clairaux (que en el pasado había sido la abadía de San Bernardo, el enemigo y perseguidor de Abelardo, y que había alojado a Blanqui durante los últimos años de su vida carcelaria).
[27]

La prisión de Kropotkin conmovió a los hombres más representativos de la intelectualidad inglesa y francesa: el biólogo Alfred Russel Wallace, el poeta Swinburne y muchos otros colaboradores de laEnciclopedia Británica firmaron un documento en que se solicitaba su libertad; Renan y la academia de Ciencias de París pusieron sus respectivas bibliotecas a disposición del sabio revolucionario encarcelado.

[28] (En cambio T. H. Huxley se rehusó a suscribir aquel documento; y, a pesar de lo que el propio Kropotkin afirma, tampoco figuraba en él la firma de H. Specer) (Cfr. Woodcock-Avakumovic, op. cit. pág. 194).

En enero de 1886, las continuas peticiones y campañas de prensa lograron por fin la excarcelación de Kropotkin, al mismo tiempo que la de Luisa Michel, condenada por haber distribuido entre los hambrientos algunos panes tomados de una panadería.

[29]

Junto con su mujer, que se había dado por cárcel voluntaria la aldea vecina al penal, se dirigió a París, donde vivió algunas semanas en casa del antropólogo fourierista Elías Reclús, hermano del geógrafo Eliseo, encargado, durante la Comuna, de la Biblioteca Nacional y del Museo de Louvre, autor de Los Primitivos de Australia y de una historia de las religiones, que Kropotkin considera como «la mejor obra sobre esta materia que jamás ha aparecido».

De París viajó a Londres, donde se reunió con sus viejos amigos Stepniak y Chaikovski. Hacia el fin del verano de aquel año recibió la triste nueva del suicidio de su hermano Alejandro, en la terrible soledad de su destierro siberiano. Pero, como por comprensión, la siguiente primavera le trajo la alegría de ver nacer a su hija, a la que puso el nombre del hermano muerto.

[30]

Junto con Merlino, Charlotte M. Wilson y algunos otros compañeros, fundó el grupo Freedom, al cual se unieron en seguida Cherkesof, T. Pearson, S. Mainwaring y, luego, T. Cantwell y T. H. Keell. «El grupo comenzó en octubre de 1886 la publicación del periódico mensual Freedom que apareció durante más de cuarenta años y fue uno de los mejores órganos del movimiento anarquista. El periódico publicó con el curso de los años una cantidad de excelentes artículos originales de Kropotkin, Merlino, Cherkesof, Turner, Nettlau y otros muchos compañeros conocidos. Además de los densos resúmenes de la redacción sobre los acontecimientos cotidianos importantes y de serie crítica bibliográfica de toda la literatura socialista contemporánea, publica Freedom también regularmente informes sobre el movimiento anarquista internacional, redactados por Nettlau o Kropotkin mismo», escribe R. Rocker en su obra auto-biográfica En la borrasca.

En marzo de 1887, reunió Kropotkin diversos artículos que había escrito sobre su experiencia carcelaria, en un libro titulo In Russian and French Prisions, el cual desapareció inmediatamente del mercado, gracias a los agentes zaristas que compraron y destruyeron toda la edición (Cfr. Woocock - Avakumovic, op. Cit. Pág. 198).

Al mismo tiempo continuaba sus ensayos «científicos» (según el mismo lo llama) sobre el anarquismo, lo cuales aparecieron más tarde reunidos en un volumen bajo el título de La Conquista del Pan. Así como en los anteriores trabajos, que Eliseo Reclús publicaría con el título de Palabras de un rebelde, desarrollaba la parte crítica del anarco-comunismo, aquí expone el aspecto constructivo. Al reaccionar contra la mayoría de los teóricos socialistas, según los cuales la producción de la época bastaba para asegurar el bienestar de todos y el mal estaba sólo en la distribución, Kropotkin (a quien se le reprocha por lo común un excesivo optimismo) hace notar que en la sociedad capitalista «la producción misma había seguido una sendo errónea, siendo completamente inadecuada, hasta respecto a las más apremiantes necesidades de la vida». Convencido de que la «propiedad privada y la producción con fines de especulación impiden directamente satisfacer las necesidades de la población, aunque éstas sean en el momento dado bien modestas», pero advirtiendo al mismo tiempo «que en todo país civilizado, la producción, tanto agrícola como industrial, se debería y fácilmente se podía aumentar extraordinariamente con objeto de asegurar el reinado de la abundancia para todos», se propone examinar los recursos de una agricultura moderna y de una educación que proporcione a todos los hombres por igual la posibilidad de realizar, junto a una labor manual agradable, un trabajo intelectual. Surgió así una serie de artículos publicados primero en Nineteenth Century y reunidos luego en un tomo bajo el título de Campos, fábricas y talleres.

En enérgica reacción contra el Darwinismo social, dominante entonces en Inglaterra, que Huxley, en su artículo La lucha por la existencia: un programa (publicado también en Nineteenth Century) había esgrimido hábilmente para atacar los ideales del socialismo, Kropotkin escribió para la misma revista una serie de artículos en los que, a partir de una conferencia del geólogo ruso Kessler, intentaba demostrar que el apoyo mutuo es una ley de la naturaleza, igual que la lucha mutua, y que aquél es todavía más importante que ésta en la evolución de las especies.

Alentado por el director de Nineteenth Century, James Knowles, y por el sabio H. W. Bates, autor de Un naturalista en el río amazonas, reunió una gran copia de materiales de donde se originó otra serie de artículos, luego reunidos en volumen con el título de El Apoyo Mutuo, un factor de evolución. La polémica contra lo que él juzga mala interpretación de la fórmula darviniana de la «lucha por la existencia» («No hay infamia alguna en la sociedad civilizada o en las relaciones de los blancos con las llamadas razas inferiores, o en las del fuerte con el débil, que no pueda encontrar su excusa en ella»), lo impulsa a la formulación de una ética del apoyo mutuo que, como veremos, juzga necesario fundar en la biología (El apoyo mutuo, Ética, Justicia y Moralidad, etc.).

Por otra parte, como la investigación del papel de la ayuda mutua pasa de las sociedades animales a las humanas, e implica el estudio de las instituciones primitivas, medievales y modernas, el autor es conducido naturalmente al examen del papel que representa el Estado en Europa durante los últimos tres siglos. (El Estado - Su rol histórico; el Estado Moderno).

[31]

Durante su larga permanencia en Inglaterra, Kropotkin participó también muy activamente en la vida del movimiento socialista y anarquista. Tomó parte en numerosos «meetings» y manifestaciones. Asistió a reuniones para conmemorar la Comuna de París o los mártires de Chicago. Intervino, aunque sin desempeñar un papel muy importante, en la huelga del sábado sangriento de 1887 y en la gran huelga de 1889 (Cf. Nicolás Walter, Kropotkin and his memoirs - «Anarchy» - 109 - pág. 86). «Sin ser verdaderamente un orador, sabía agradar y convencer, y era tanto mejor acogido cuanto que sus oyentes no ignoraban que él era un sabio, amigo, por ejemplo, del biólogo Patrick Geddes, del ilustre explorador polar Nansen y de Bernard Shaw», dice Georges Blond (La grande armée du drapeau noir - París - 1972 pág. 86).

Por otra parte, como antes de 1890 su actividad disminuyó un tanto. Escribía aún algún artículo para Freedom, pero no participó mucho en la agitación social. En 1896 habló en un «meeting» realizado para protestar contra la exclusión de los anarquistas de la segunda internacional. En 1912 se movilizó para defender a Malatesta, amenazado de deportación y, antes, en 1907, intervino para lograr la libertad de Lenin, detenido por la policía.

Durante este período llevó una vida tranquila, «de casi burguesa responsabilidad, con su mujer e hija y a veces una sirvienta en una serie de casas suburbanas (en Harrow, Acton, Bromley, Highgate, y luego Brighton Kemp Town)» (N. Walter, Ibíd.).

«Por primera vez desde su niñez gozaba de una existencia más o menos estable y, aunque nunca se preocupó mucho por la comodidad material, es indudable que apreciaba la relativa tranquilidad de una vida familiar retirada, dedicada en bien balanceadas proporciones al estudio y al trabajo manual. A esto debe añadirse el hecho de que Inglaterra era su último refugio y no estaba ansioso por desempeñar innecesariamente un papel que pudiera crearle conflictos con la autoridades» (Woodcock - Avakumovic, op. cit. Pág. 219).

En ningún momento, sin embargo, contradijo sus convicciones. En cierta ocasión, durante un banquete que le ofrecía la Real Sociedad de Geografía, se negó a brindar por la salud del rey; se rehusó a ingresar a ella bajo el patronato real, y no quiso considerar siquiera la sugestión de ser nombrado profesor de geografía en Cambridge. Jamás aceptó ningún trato con los gobiernos de Rusia y de Francia (Cf. N. Walter, op. cit. Págs. 87-88.).

La última década del siglo produjo un singular florecimiento del ideario comunista en Inglaterra, pero también el europeo y en América: «Toda Europa está pasando ahora por una fase bien oscura del desarrollo del espíritu militar», escribía el propio Kropotkin al finalizar, en 1899, sus Memorias. Y agregaba: «Esto fue inevitable consecuencia de la victoria obtenida por el imperio militar alemán, con sus sistemas de servicios general obligatorio, sobre Francia, en 1871, habían sido ya desde entonces prevista y anunciado por muchos, y de un modo particularmente expresivo por Bakunin. Pero la contracorriente se hace actualmente sentir en la vida moderna. Las ideas comunistas, despojadas de su forma monástica, han penetrado en Europa y en América de un modo extraordinario durante los últimos veintisiete años en que he tomado parte activa en el movimiento socialista y he podido observar su desarrollo».

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Durante este período dedicó buena parte de su esfuerzo al movimiento internacional: escribió asiduamente para Le Revolté y para Temps Nouveaux, se interesó por el movimiento anarquista ruso e hizo cuanto estuvo en sus manos por los revolucionarios refugiados en Inglaterra. Por otra parte además de colaborar regularmente con tres periódicos anarquistas y ocasionalmente con otras publicaciones de diverso tipo (tales como The Speaker, The Forum, The Atlantic Monthly, The North American, Review, tec.), dio una serie de conferencias sobre los más diversos temas (desde los problemas de las prisiones hasta la organización industrial) en Londres y varias ciudades inglesas y escocesas. Durante el año de 1899, por ejemplo, habló en Londres, Glasglow, Aberdeen, Dundee, Edimburgo y la zona de Manchester. Y el año siguiente, en Darlington, Leicester, Plymouth, Bristol, Manchester, Walsall y otras ciudades. (Cf. Woodcock - Avakumovic, op. cit págs. 219-220).

En tales conferencias demostraba siempre gran información y fino juicio, «y cuando abordaba algún tópico insólito, como La Poesía de la naturaleza, que desarrolló en Londres en 1892, demostraba una amplia erudición literaria, al ilustrar un tema casi panteísta mediante el estudio de los poetas griegos y de Byron, Shelley, Goethe y Whitman» (Woodcock - Avakumovic, op. cit págs. 220).

Durante el año 1890, un grupo de anarquistas judíos de Nueva York, cuyo vocero era Alejandro Berkman, resolvió invitar a Kropotkin, a quien consideraba su maestro, para que viajase a Norteamérica. Pero éste se rehusó por considerar que no podía distraerse en gastos de viaje los escasos recursos económicos del movimiento obrero.

Sin embargo, cuando al año siguiente, un agente de conferencias le ofreció una gira por los Estados Unidos aceptó gustoso, pues sentía vivó interés por conocer las formas de vida y la organización social del nuevo mundo. Antes de partir, en una reunión de despedida que los anarquistas londinenses le ofrecieron en el Athenaeum Hall, de Tottenhamm Court roas, Kropotkin expresó: «América es precisamente el país que demuestra cómo todas las garantías escritas de libertad en el mundo no constituyen una protección contra la tiranía y la opresión de la peor especie». (Woodcock - Avakumovic, op. cit págs. 268-269).

Estas palabras provocaron probablemente la cancelación de la gira por parte del agente yanqui. El hecho es que tampoco en 1891 pudo kropotkin viajar a América del Norte.

Cinco años más tarde, en 1896, las autoridades francesas, por medio del «solidarista» Leon Bourgeois, y presionadas, sin duda, por los aliados zaristas, frustraron un viaje a París, donde Kropotkin debía hablar, invitado por Grave, en un mitin multitudinario (Cf. Woodcock - Avakumovic, op. cit págs. 271-272).

En 1897, en cambio, pudo realizar finalmente su viaje a Norteamérica. Invitado por su amigo James Mavor, profesor de economía en la universidad de Toronto, presentó dos ponencias en la reunión anual dela British Association, que tuvo lugar en dicha ciudad canadiense.

Desde allí viajó hacia el oeste, y en transcurso de este viaje realizó numerosas observaciones tanto de carácter geográfico como sociológico, que consignó en sus artículos para The Nineteenth Century. De un modo particular se interesó en la vida y costumbres de los menonitas, cuya prosperidad agraria atribuyó fundamentalmente a sus tendencias comunistas. Esta secta disidente, originaria de Holanda (ya en el siglo XVII había tenido buenas relaciones con el excomulgado filósofo Baruch de Spinoza), después de haber habitado las estepas rusas, se había trasladado a Canadá (y más tarde al Chaco paraguayo), en busca de la libertad necesaria para desarrollar una vida fundada en el cristianismo, entendido como anti-estatismo pacifista y comunitario.

De Canadá pasó liego Kropotkin a los Estados Unidos, donde tuvo ocasión de visitar Chicago, Nueva York, Filadelfia, Washington, y Boston.

En esta última ciudad habló sobre la ayuda mutua en el Lowell Institute; en Filadelfia presentó a un auditorio de más de dos mil personas, reunidas en el Oddfellows’Hall, una interpretación sociológica de la historia universal; en Nueva York disertó sobre la literatura rusa en el Chickening Hall de la Quinta Avenida, y luego, ante un vasto auditorio, en el Cooper Union, sobre las ideas fundamentales del anarquismo. En Nueva York tuvo también ocasión de conocer al agitador alemán Johannes Most, ex socialdemócrata dedicado luego de lleno a la causa del colectivismo anárquico, que terminó coincidiendo casi en todo con las ideas anarco-comunistas del propio Kropotkin, y el anarco-individualismo de Benjamín Tucker, representante de una corriente libertaria autóctona, fundada presuntamente en Thoreaucon el cual no pudo llegar, según parece, a ningún acuerdo ideológico. De hecho y Kropotkin lo vio siempre muy bien las ideas económicas de Tucker conducían, a breve o largo plazo, al liberalismo burgués y al sistema capitalista. (Cf. Woodcock - Avakumovic, op. cit págs. 277-281).

El instituto Lowel de Boston volvió a invitar a Kropotkin en m1901, para dar una serie de conferencias sobre la literatura rusa, las cuales aparecieron ampliadas en forma de libro en 1905 (traducidas al italiano por E. Lo Gatto en 1921). Durante esta segunda visita a Boston habló también en la universidad de Harvard, en el Welley Collage e inclusive en el salón de actos de una iglesia liberal. Sobre literatura rusa y sobre anarquismo disertó asimismo en el Chikening Hall, en la «Liga para la educación política» y en el Cooper Union de Nueva York. En el Hull Hause de Chicago habló para la Arts and Crafts Society; en la universidad de Illinois trató sobre «El desarrollo moderno del socialismo», y en la Madison sobre «Turguenev y Tolstoi». Interesado en los métodos de cultivo de trigo, aprovechó su viaje a Ohio para recoger numerosos datos al respecto, que luego utilizaría en su obra Campos, fábricas y talleres. Su amigo, el profesor Mavor, lo esperaba en Buffalo, para pasar dos días con él, antes de que volviera a Inglaterra. Poco después de su partida, un obrero polaco, sedicente anarquista, dio muerte al presidente McKinley, lo cual provocó una violenta represión y frustró toda posibilidad de un tercer viaje de Kropotkin a los Estados Unidos (Cf. Woodcock - Avakumovic, op. cit págs. 284-287).

Por otra parte, durante los años subsiguientes fueron muchos los viajes que se frustraron para él, entre ellos el que debió realizar en mayo de 1904 a Suiza, para asistir al congreso internacional de Filosofía. En cambio, en junio del mismo año no pudo visitar a su gran amigo Reclús, que se hallaba ya muy enfermo. Dos meses más tarde se encontró también con Guillaume y Brupbacher en Etables, Bretaña, y luego continuó con el primero a París, donde fue huésped, al parecer, del pintor Camilla Pisarro, y departió largamente con Grave.

Como las autoridades no pusieron desde entonces trabas a su ingreso, Kropotkin volvió varias veces a Francia. Estuvo en Bretaña en el verano de 1906, en París en enero de 1907 y, de nuevo, en el verano del mismo año junto con su mujer. Sin embargo, no asistió al Congreso Anarquista Internacional, celebrado en Ámsterdam, la más grande reunión de este tipo habida hasta entonces. Tal vez se lo impidió su salud, tal vez su deseo de no enfrentarse con la mayoría de los delegados en la cuestión del militarismo y de la guerra, pues para entonces sustentaba ya Kropotkin la tesis francófila y anti-germánica que había de llevarlo a apoyar a los aliados durante la primera guerra mundial.

En el verano de 1908 hizo un viaje a Ascona, en la ribera del lago Maggiore, por motivos de salud; en octubre estuvo otra vez en París; y para diciembre se hallaba en Locarno. Recién en mayo de 1909 retornó a Inglaterra. El verano siguiente pasó, escribiendo para The Nineteenth Century, en Rapallo; y desde fines de 1912 estuvo nuevamente en Locarno, hasta junio del año siguiente. Por entonces eran ya tan frecuentes como dolorosas las discusiones del viejo luchador con sus camaradas acerca de la guerra. Mientras Benito Mussolini traducía La Gran revolución, y admiraba a Kropotkin por su valentía antimilitarista y anti-nacionalista, el mismo Kropotkin chocaba con Grave, Dumartheray, Bertoni y Malatesta, que rechazaban su relativo apoyo a la causa nacional de Francia.

Durante el invierno de 1913-1914 pasó aún seis meses en Bordighera, sobre la costa marítima septentrional de Italia, donde recibió la visita de la señora Lavrov, de Grave y de Max Nettlau (Cf. Woodcock - Avakumovic, op. cit. Pág. 293-303).

En aquellos días, pese a todas las dificultades internas del movimiento socialista y a las divisiones que separaban entre sí a los anarquistas mismos, vivían aún un clima de optimismo revolucionario y estaba casi inmerso en la expectativa del milenio.

He aquí cómo en las postrimerías del siglo XIX veía Kropotkin el presente y el futuro del socialismo: «No hay época en la historia si se exceptúa tal vez el período de insurrección en los siglos XI y XII, que dieron por resultado el movimiento de los municipios medioevales durante la cual un cambio de la mismo índole, y tan profundo, se haya hecho sentir en las concepciones corrientes de la sociedad, y ahora, a los cincuenta y siete años de edad, estoy más profundamente convencido que antes, si es posible, de que una combinación cualquiera de circunstancias accidentales puede hacer estallar en Europa una revolución que se extienda como la del 48 y sea mucho más importante, no el sentido de mera lucha entre partidos diferentes, sino en el de una profunda y rápida reconstrucción social, y tengo el convencimiento de que, que cualquiera que se el carácter que semejante movimiento pueda tomar en diferentes países, en todas partes se manifestará un conocimiento más profundo de los cambios que se necesitan de lo que jamás se ha dado a conocer durante los seis siglos últimos, en tanto que la resistencia que el movimiento encuentre en las clases privilegiadas apenas tendrá el carácter de obtusa obstinación que hizo tan violentas las revoluciones de los tiempos pasados. La obtención de este gran resultado justifica bien los esfuerzos que tantos millares de seres de ambos sexos, y en todas las naciones y clases, han hecho en los últimos treinta años».

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Menos de dos décadas después Kropotkin (como tantos otros socialistas y «hombres de buenas voluntad» en todo el mundo) creyó ver realizadas tales esperanzas de regeneración y construcción humanas en la revolución rusa. No tardó en sufrir, como veremos, una profunda decepción. Esto no obstante, su optimismo, que trascendía las circunstancias históricas y las coyunturas sociales e ideológicas, no quedó aniquilado, ni habría desaparecido aun de haber vivido él en nuestros días. Formaba parte de su personalidad y se fundaba probablemente en las experiencias de su infancia y de su adolescencia, en su contacto con los siervos y con el pueblo trabajador, al que había vivido como esencialmente bueno y justo. «Kropotkin dice Rudolf Rocker era una naturaleza combativa por esencia, distante de todo escepticismo». Y, pocas líneas más adelante, explica: «El escepticismo era para él un adormecimiento de la conciencia, un cansancio de las cualidades morales a las que debe la humanidad todo ascenso en su historia».

Cuando el mismo Rocker lo visitó, en agosto o septiembre de 1896, Kropotkin estaba ya preocupado por el peligro de una guerra europea, preparada por las ambiciones imperialistas de Alemania y por la carrera armamentista que tales ambiciones desencadenaba en las otras potencias. Al estallar, dieciocho años más tarde, la primera guerra mundial, tomó partido, inesperadamente para la mayoría de sus compañeros y amigos, por los aliados.

En 1916, junto con un grupo pequeño muy cualificado de intelectuales y militantes anarquistas, entre los cuales estaban Cornelissen, Malato, Cherkesof y Jean Grave, firmó una proclama a favor de Francia, que es, sin duda, más que nada, una exhortación y un grito de alerta contra el militarismo prusiano: el manifiesto de los 16.

Esto provoco la airada reacción de la mayoría anarquista y también de los socialistas internacionales y de los bolcheviques. Refutaron la posición kropotkiniana, en nombre del tradicional anti-belicismo libertario, que ve en toda guerra entre Estados una lucha por los intereses de las clases gobernantes, Domela Nieuwenhuis, Sebastián Faure, Rudolf Rocker, Emma Goldman, Alejandro Berkman, Emilio Armand, Luís Bertoni y enrique Malatesta. Por otra parte, Lenin, Trotski, Stalin y los más importantes dirigentes del bolcheviquismo no escatimaron sus ataques contra la toma de posición kropotkiniana. Aleksandr Ge, un anarquista ruso que llegó a ser alto funcionario de la cheka, y miembro del Comité Ejecutivo Central de los soviets, publicó una Leerte ouverte à P. Kropotkine, donde fustigaba con vigor dicha posición. Y es indudable que, puestos a considerar las cosas desde el ángulo de la escrita coherencia ideológica, esta actitud del ya anciano príncipe parece carecer de justificación. Baste recordar lo que él mismo escribiera tres décadas antes en Le Revolté de Ginebra, en un artículo titulado precisamente La Guerra: «No están luchando (los Estados) por un supremacía militar sino por una supremacía económica; el derecho de imponer sus manufacturas, sus derechos arancelarios, sobre sus vecinos; el derecho de desarrollar los recursos de los pueblos atrasados en industrias, el privilegio de construir ferrocarriles a través de aquellos países que no los tienen, y bajo este pretexto lograr la demanda para sus mercados; el derecho, en una palabra, de robarle aquí y allí, al vecino, un puesto que estimule el comercio y una provincia que les absorba el exceso de producción. Cuando luchamos, hoy en día, lo hacemos para asegurar a nuestros reyes industriales un bono de treinta por ciento, para fortalecer a los «varones» de las finanzas en su control de mercado del dinero, y para conservar elevado el porcentaje de interés para los accionistas de minas y ferrocarriles. Si fuéramos concientes, deberíamos reemplazar el león de nuestras banderas por el becerro de oro, sus emblemas por sacos de monedas, y el nombre de nuestros regimientos, copiados originalmente de la realeza, por los títulos de los reyes de la industria y de la finanza: Rothschild III, Baring X, etc. Así conoceríamos, por lo menos, para quiénes nos matamos» (Cit. Por V. García, en Ruta N. º 21, segunda época).

Sin embargo, si dejando de lado la tarea de absolver y condenar, tratamos simplemente de comprender, pronto advertimos que, para Kropotkin la primera guerra mundial tuvo como lo tendrá más tarde para la casi totalidad de los socialistas, comunistas y anarquistas la segunda el carácter de una cruzada contra el militarismo, el imperialismo y la prepotencia. Es verdad que no eran en 1914 tan claros como en 1939 los rasgos de la abominación totalitaria, y que entre el Kaiser y Hitler mediaba aún la diferencia que hay entre un ladrón de guanto blanco y un salteador de caminos, pero la aguda percepción que Kropotkin había desarrollado para captar ala autocracia y el culto a la fuerza por la fuerza misma, lo obligaban a oponerse activamente a todos los avances del prusianismo. Cabe, por esto, preguntarse si, en caso, más que error, no hubo profecía.

Parece conveniente transcribir, a este propósito, algunos pasajes de dos cartas, hasta hace poco inéditas, que Kropotkin dirigió al químico costarricense Elías Jiménez Rojas, al comienzo de la primera guerra mundial (Traducción e introducción por Alain Vieillard - Baron - Revista de filosofía de la Universidad de Costa Rica - Vol. II Núm. 7 - 1960).

En la primera del 30 de octubre de 1914, leemos: «Admiro a los belgas que han peleado heroicamente, y entre los cuales un alzamiento general fue parado solamente por el exterminio de aldeas enteras y la devastación completa del país: destrucción entera de ciudades, y cosechas llevadas a Alemania o destruidas por el fuego. Los alemanes, que habían preparado meticulosamente esta guerra, invadido los países que debían conquistar con decenas de miles de soplones (no lo disimula) en todas las capas de la sociedad (ellos sirven actualmente como guías experimentados para las tropas), previsto todo (todo el genio de las nación orientado hacia esa guerra), son tremendamente fuertes. Toda Bélgica y la parte invadida de Francia están cubiertas ahora por fortalezas o campos atrincherados (como…), levantados durante esos 2 meses; esto necesitará 2 años o más para reconquistarlo. Lo mismo la mitad occidental de Polonia… Ustedes comprenden que, en semejantes circunstancias, se necesitaríantodos los esfuerzos para impedir que el imperialismo militar estrangule Europa» (Ibíd. págs. 294-295).

En la segunda, de un modo aún más explicito y contundente, dice: «Pienso que es deber de todo el que tiene a pecho el progreso general, y sobre todo el ideal que fue inscrito por los proletarios en la bandera de la Internacional, hacer cuanto éste en su poder, según las capacidades de cada uno, para repeler la invasión de los alemanes en Europa occidental». Y poco más adelante, añade: «Desde 1871, Alemania paso a ser casi un amenaza para todo el progreso de Europa. Todas las naciones se vieron obligadas a mantener bajo las armas inmensos ejércitos y agotarse en armamentos. Peor aún. El absolutismo en Rusia y la reacción general en Europa, tenía su apoyo más fuerte en la estructura reaccionaria del imperio alemán. (Los «Negros» en Rusia lo confiesan abiertamente en los periódicos). Bakunin y tantos otros tenían razón de escribir en 1871 que si la influencia francesa desapareciese de Europa, Europa sería detenida en su evolución por medio siglo. Esto es lo que ocurrió. Y ahora, si la invasión alemana no es rechazada por un esfuerzo común de las naciones, incluso las de América, Europa recaería en una (reacción aún) más profunda, por medio siglo (o más)» (Ibíd. Págs. 295-296.). El juicio de Kropotkin sobre los métodos del ejército invasor alemán parece implicar una premonición de la barbarie, ciertamente mucho más sangrienta y generalizada, de las tropas nazis durante la segunda guerra mundial: «Lo que podemos esperar de Alemania, lo hemos aprendido, el corazón sangrante, al ver las atrocidades cometidas por la soldadesca alemana, bajo las ordenes de sus jefes superiores, “para sembrar”, (dicen) “el terror en el seno del pueblo belga” y quitarles (así) el valor de defender (con una guerra popular) sus campos y ciudades, invadidos sin ninguna apariencia de pretexto, exclusivamente porque Alemania quería conquistar Bélgica, con el fin de poder atacar más cómodamente a Francia e Inglaterra. Esta orgía de la Soldadesca (alemana) había que preverla, después de lo que (ya) habíamos visto de ella en 1870. (Desde entonces, había producido ya el sistema de fusilar a todos los habitantes, en el momento en que uno solo de éstos había disparado para defender su casa, su hermana o su madre. Me temo que en América y en España se ignoren todas estas atrocidades. Los que vivimos aquí, en medio de los refugiados belgas, y tenemos amigos, testigos oculares de lo que sucede en Bélgica, estamos horrorizados de los que pasa)» (Ibíd. Pág. 296).

Cuando en febrero de 1917 cayo la dinastía Romanoff y con ella el régimen zarista, Kropotkin, viajo ya, pero siempre entusiasta y deseoso de estar allí donde mejor se podía servir a la causa revolucionaria, se dirigió sin perdida de tiempo a la tierra natal, de la que tantos años atrás había huido. La guerra aún continuaba, pero ello no fue obstáculo que le impidiese llegar a Rusia, así como en otra época, guardias y murallas no lo fueron para que de ella escapase. Allí se puso en contacto no sólo con los grupos anarquistas, sino también con los social-revolucionarios y aun con los demócratas liberales (cadetes), buscando un entendimiento para lograr la instauración de una república democrática. Este era su juicio, un primer paso indispensable para una ulterior organización socialista y federal. Kerenski le ofreció una cartera en su ministerio, cosa que naturalmente rehusó.

En agosto de 1917 habló en la Conferencia de todos los partidos, reunida en Moscú. Su intervención constituyó un llamado a la proclamación de la república. Abogó asimismo por la renovación de la ofensiva contra Alemania (Cf. Walter, op. cit. Pág. 91).

Muchos anarquistas, pese al respeto que les inspiraba la trayectoria revolucionaria de Kropotkin, se apartaron de él, disgustados por esta actitud moderada en la política interna, y sobre todo, por su actitud frente a la guerra. Otros en cambio, seguían considerándose sus discípulos.

A poco de la revolución de octubre, los bolcheviques en el poder comenzaron a hacer difícil la actividad de los anarquistas rusos. Sin ser directamente molestado, Kropotkin se vio obligado a dejar Moscú por Dimitrov, pueblo situado a poca distancia de esta ciudad.

Emma Goldman refiere en su biografía (Living my life - New York - 1934 - págs. 769-770, que aun cuando se había dicho que Kropotkin vivía muy bien, sus raciones, provistas por la cooperativa de Dimitrov, pronto dejaron de llegarle, cuando esta asociación, como tantas otras semejantes, fue liquidada y la mayoría de sus miembros arrestados en la prisión moscovita de Butirky. Sofía, la mujer de Kropotkin, explicó a Emma Goldman que lograba subsistir gracias aun pequeño huerto y a la ayuda que a veces les venía de los compañeros de Ucrania y especialmente de Makhno. Cuando el gobierno bolchevique le ofreció 250.000 rublos en concepto de derecho de autor (en 1918 se editaron en ruso La gran revolución y Memorias de un revolucionario), Kropotkin los rechazó.

La misma Emma Goldman cuenta que, al hablarle Shasha (Alejandro Berkman) de las contradicciones del régimen revolucionario, y de la entrevista que él y Emma habían tenido con Lenin, replicó que todos los desastres y desviaciones no eran sino consecuencias del marxismo y de sus teorías, consecuencias que él, como todos los anarquistas, había previsto y denunciado de antemano.

Nadie, sin embargo, dice había calculado las proporciones de la amenaza de los dogmas marxistas: «Los bolcheviques estaban envenenados por ellos y su dictadura sobrepasa la autocracia de la inquisición».

Cuando poco antes de su muerte recibe la visita del anarquista Vilkens, le dice con amargura: «Los comunistas con sus métodos, en lugar de poner al pueblo en vía del comunismo, acabarán por hacer odioso hasta ese nombre».

Boris Yelenski, en su obra inédita In the Social Store, dedica el capítulo XII a recordar su visita a Kropotkin (Cfr. «reconstruir» - Buenos Aires - 85 -1973). Narra allí que, habiendo llevado para el anciano príncipe dos cajas de alimentos que le enviaba Makhno, sabedor de la difícil situación que se vivía en Dimitrov, aquél no quiso recibirlos sin antes cerciorarse de que no provenía del gobierno bolchevique: «pues yo no acepto nada de ellos» Rechazó inclusive, como recuerda Rocker, la «ración académica», que le había asignado Lunarscharski, a la cual tenía derecho como hombre de ciencia.

Desde su retiro escribió Kropotkin, según nos informa Valentina Tvardovskaya, «muchas cartas a los altos organismo de la autoridad soviética; unas veinte dirigidas personalmente a Lenin». (P. Avrich, Una nueva biografía soviética de Kropotkin. «Reconstruir» - 97 - 1975). Una de esas cartas a Lenin, fechada en Dimitrov el 4 de marzo de 1920, contiene estos párrafos que revelan el pensamiento de Kropotkin sobre el curso de la revolución soviética: «Viviendo en el centro de Moscú, no puede conocer usted la situación verdadera del país. Tendría que encontrarse en provincias, en estrecho contacto con las gentes, participando de sus anhelos, sus trabajos y sus calamidades; con los hambrientos adultos y menores, soportando los inconvenientes sin fin que se presenta incluso para proveerse de una miserable lámpara de petróleo… aunque la dictadura de un partido constituyera un medio útil para combatir el régimen capitalista de lo que dudo bastante, esa misma dictadura es completamente nociva en la creación de un orden socialista. Necesariamente, el trabajo tiene que hacerse a base de las fuerzas locales, y eso, hasta ahora, ni ocurre ni se estimula por ningún lado. En su lugar, se encuentran a cada paso individualidades que no han conocido nunca la vida real, y cometen los mayores errores, ocasionando la muerte de millares de personas y arruinando regiones enteras. Sin la participación de las fuerzas locales, sin la labor constructiva de abajo a arriba, ejecutada por los obreros y todos los ciudadanos, la edificación de una nueva vida es imposible. Una obra semejante podría ser acometida por los soviets, por los consejos locales. Pero Rusia, hay que decirlo, no es ya una república soviética sino de nombre, La influencia y el poder de los hombres del partido, que son frecuentemente advenedizos en el comunismo los devotos de la idea están, sobre todo, situados en el centro, han aniquilado la influencia verdadera y la fuerza de aquellas instituciones prometedoras: los soviets. Ya no hay soviets, repito, sino comités del partido que hacen y deshacen en Rusia. Y su organización adolece de todos los males del funcionarismo. Para salir del desorden actual. Rusia tiene que volver al espíritu creador de las fuerzas locales, que, se lo aseguro, son las únicas capaces de desarrollar los factores de una vida nueva. Y cuando antes se comprenda, mejor será. Las gentes se dispondrán a aceptar más fácilmente las nuevas formas de organización social. Pero si la situación actual se prolonga, la misma palabra “socialismo” se convertirá en una maldición, como ha ocurrido en Francia con la idea de igualdad durante los cuarenta años que siguieron al gobierno de los jacobinos».

A comienzos de 1921, dice Paul Avrich (Los anarquistas rusos - Madrid - 1967 - pág. 230 sgs)- Lenin, alarmado por el renacimiento de las tendencias sindicalistas en el seno de su propio partido, comienza a tomar medidas para reprimirlas, y entre tales medidas se encuentra la supresión de ciertas obras de Bakunin y Kropotkin. Este último, «símbolo viviente de las ideas libertarias» y «centro de una gran corriente de simpatía y admiración en toda Rusia», había llegado a la convicción, tal como lo expresa Emma Goldman en 1920, de que sólo el sindicalismo podía dotar de una sólida base a la destruida economía soviética. Irritado por el autoritarismo y la violencia frecuentemente inútil del gobierno bolchevique, se opone primero a la disolución de la Asamblea Constituyente; después al terrorismo policíaco de la Cheka, y, en todo momento, a la dictadura del partido, que no es sino una reiteración del «intento jacobino de Babeuf». Esto no obstante, en carta abierta dirigida a los obreros europeos, les pide que presionen sobre sus gobiernos para que cese el bloqueo a Rusia y la intervención extranjera en la Guerra Civil, no porque el simpatice con el gobierno bolchevique o apoye el nuevo régimen dictatorial, sino precisamente porque «la intervención armada del exterior refuerza inevitablemente las tendencias dictatoriales del gobierno y paraliza los esfuerzos de los rusos que quieren colaborar con la restauración de la vida de su país, con independencia del gobierno».

En aquellos días contrajo Kropotkin una neumonía. Asistido por su mujer, Sofía, y por su viejo amigo, el doctor Atabekian, no resistió, sin embargo, el embate de la enfermedad, y el 8 de febrero dejó de existir.

Lenin, que pese a las diferencias ideológicas y a las graves críticas sufridas de parte del viejo príncipe revolucionario, sentía por el admiración, envió dice Rocker en sus «Memorias» los mejores médicos a Dimitrov, exigió que se le tuviera al tanto día por día del estado del enfermo ordenó que dichos informes se publicaran en la prensa. Sofía creyó siempre que Lenin ignoraba las presiones ejercidas por la Cheka contra Kropotkin.

El mismo Lenin propuso construirle un panteón estatal. Pero la familia y los amigos se opusieron a ello, como sin duda lo hubiera hecho el propio Kropotkin. Un comité de compañeros anarco-comunistas, «momentáneamente unidos por la muerte de su gran maestro», como dice Avrich, se hizo cargo de las exequias, A varios anarquistas presos, como Arón Barón, se les permitió salir de sus cárceles para participar en los funerales. «Desafiando el duro frío del invierno de Moscú, veinte mil personas marcharon hasta el monasterio de Novodévichii, el cementerio de los antepasados de Kropotkin. Los manifestantes llevaba pancartas y banderas negras en las que podían leerse peticiones de liberación de todos los anarquistas presos e inscripciones como “Donde hay autoridad no hay libertad” y “la emancipación de los trabajadores ha de ser obra de los trabajadores mismos”, mientras un coro cantaba “Memoria eterna”. Cuando la procesión pasó por delante de la prisión Butirky, los presos golpearon los barrotes de las ventanas y entonaron un himno anarquista a la muerte. Emma Goldman pronunció un discurso, y los trabajadores y los estudiantes llenaron su tumba de flores». (Avrich, pág. 232).

El gobierno ruso resolvió entregar a la viuda y a los compañeros de Kropotkin la casa en que este había nacido, en el barrio de las Viejas Caballerizas, de Moscú, a fin de organizar en ella un museo, con las obras, papeles, cartas y objetos que pertenecieron al extinto príncipe anarquista. El doctor Atabekian, Lebedev, Solonovich y otros amigos de Kropotkin, con la ayuda y el aliento de trabajadores e intelectuales de todo el mundo, mantuvieron la obra casi dos décadas. En 1938 poco después de la muerte de Sofía, la mujer de Kropotkin, el museo fue clausurado por orden de Stalin.

Cualquiera que sea el juicio que las ideas filosóficas y socio-políticas de Kropotkin hayan podido merecer en socialistas y no-socialistas, en anarquistas y no-anarquistas, muy pocos hombres hubo que, habiéndole conocido directa o indirectamente, hayan podido sustraerse a un sentimiento de admiración frente a la grandeza moral de su espíritu.

«El que ha conocido la acción intelectual de un hombre verdaderamente grande y ha abarcado plenamente la importancia de su obra, abriga a menudo el deseo de verle de cerca. Ocurre en ello con frecuencia que la realización de ese anhelo natural no corresponde siempre a las ilusiones internas; tal vez porque desde el comienzo fueron demasiado altas. No ocurría lo mismo con Kropotkin. El que tuvo la dicha de tener estrecha amistad con él, no ha sido decepcionado nunca. Cuanto mejor se le conocía, tanto más profunda era la impresión que se recibía de él. Entre el autor de El apoyo mutuo y el hombre kropotkin no ha habido ninguna distancia. Lo mismo que pensaba y sentía, así ha obrado en todas las fases de su larga y rica vida. Conocerle y quererle era una misma cosa. Era la armonía interna de toda su naturaleza la que irradiaba tal calor, tan hondo humanismo, que permanecía siempre él mismo y nuca dejaba surgir la menor duda sobre su honradez de su pensamiento. Kropotkin era un hombre de una pieza; en él no había nada de dudoso». Así se expresa Rudolf Rocker, un anarco-comunista.

Eduard Bernstein, ideólogo del reformismo marxista, dice, a su vez, que un libro tan excelente como El Apoyo mutuo, sólo puede ser escrito por un hombre que poseyese una necesidad de libertad tan arraigada y una conciencia ética como Kropotkin.

Oscar Wilde, poeta y esteta, escribe en su de profundis: «A las vidas humanas más perfectas que ha tenido ocasión de observar, pertenecen las de Verlaine y el príncipe Kropotkin».

El crítico e historiador de la literatura George Brandes lo juzga así: «Es un revolucionario sin énfasis. Se ríe de los juramentos y de las ceremonias por las cuales se asocian los conspiradores en dramas y operetas. Este hombre es la sencillez encarnada. Como carácter mantiene la comparación con los grandes combatientes de la libertad de todos los países. Ninguno fue más desinteresado que él, ninguno amó a la humanidad más que él».

Stepniak (Kravtschinski), un militante y escritor anarquista que lo conoció muy de cerca y mantuvo con él una prolongada amistad, dice en su libro La Russie souterraine (París - 1885): «Kropotkin es un hombre extremadamente sincero y franco. Dice siempre la pura verdad, sin rodeos ni consideraciones al amor propio de los que hablan con él. Este es el rasgo más saliente y simpático de su carácter. Se puede fiar absolutamente en sus palabras».

Bernard Shaw, autor de La imposibilidad del Anarquismo, socialista fabiano y crítico sagaz, escribe: «Kropotkin era una persona amable al punto de la santidad; con su gran barba rojiza y agradable expresión bien podría haber sido un pastor de la Montaña de las Delicias».

Romain Rolland, comparándolo con Tolstoi, dice de Kropotkin: «Simple, naturalmente, había realizado en su propia vida el ideal de pureza moral, de serena abnegación. De perfecto amor a la humanidad, que el atormentado genio de Tolstoi deseó toda su vida y que sólo realizó en su arte (si se exceptúan algunas felices y raros momentos, con fugas vigorosas y fallidas)». (Para todos estos juicios de personas contemporáneas sobre la personalidad de Kropotkin, véase Woodcock-Avakumovic, op. cit. passim).