La Revolución francesa
Resulta fácil comprender, como dice R. Tucker, «que un acontecimiento histórico como la Revolución francesa, que tuvo una influencia tan poderosa sobre la formación de la sociedad europea, tenía que producir en el celo investigador de Kropotkin la atracción más persistente».
«Desde su niñez, desde los días de su tutor M. Poulain, la revolución francesa fascinó la mente de Kropotkin» (Woodcock y Avakumovic, op. cit., pág. 339). Durante casi tres décadas se dedicó a estudiar los orígenes populares de la misma, las insurrecciones campesinas de 1789, las luchas contra los derechos feudales, etc., y poco después de llegar a Inglaterra, en 1886, concibió y planeó una extensa obra que había de titular La gran revolución francesa.
Las fuentes de la misma, según explica el propio autor, son los libros y folletos, muy numerosos por cierto, que sobre el tema se encuentran en el British Museum. El material manuscrito, inédito o cuasi inédito, de los Archivos Nacionales de Francia no pudo ser utilizado.
El punto de partida historiográfico parecen ser Michelet y los primeros historiadores de la Revolución, pero Kropotkin tiene también presentes las últimas investigaciones de la escuela histórica, representada por Aulard y la Sociedad de la Revolución francesa, y, sobre todo, la extensa obra de Luis Blanc. Tampoco deja de tener muy en cuenta la interpretación socialista que hace Jaurès de la Revolución.
Este libro que, como hacen notar Woodcock y Avakumovic (op. cit., pág. 306), es el único de Kropotkin que no apareció en su mayor parte en forma de ensayos o artículos periodísticos, fue publicado en francés e inglés en 1909. Gustav Landauer lo tradujo pronto al alemán; A. Jense, al sueco; Benito Mussolini, al italiano; y Anselmo Lorenzo, al español. El mismo se diferencia profundamente de las demás historias de la revolución francesa de la época: 1º) por dar a los hechos económicos y sociales más importancia que a los hechos políticos y militares, 2º) por poner de relieve el papel de las masas populares en la gestión y desarrollo de la revolución, frente a quienes consideran a la burguesía intelectual como único protagonista de la misma, y 3º) por señalar el carácter espontáneo o, a lo menos, no dirigido desde arriba, de la acción popular revolucionaria.
Por otra parte, la relación de las «res gestae» y la investigación de las causas próximas dan pie a generalizaciones filosófico-sociales, y la historia de la revolución social se eleva al plano de una teoría de la revolución. Se tiende a señalar el origen, la naturaleza, las causas, el curso o los fines de todos los cambios radicales y subitáneos de una determinada estructura socio-política.
Para que se produzca una verdadera revolución no basta un movimiento de ideas críticas y renovadoras ni tampoco una serie de motines populares: es preciso que la acción insurreccional coincida con el pensamiento revolucionario. Esto sucedió en la Inglaterra de 1648-1688 y en la Francia de 1789-1793.
Resulta, sin embargo, que de las dos corrientes que hicieron la Revolución francesa, «la del pensamiento es conocida, pero la otra, la acción popular, ni siquiera ha sido bosquejada».
La burguesía apunta tenía ideas muy claras y un plan bien definido: aspiraba a la formación de un Estado centralizado, a la liquidación del poder feudal y de las autonomías locales, a una monarquía constitucional de estilo inglés, con un rey estrechamente vigilado por el Parlamento (donde estarían representados los propietarios), a la libertad de industria y de comercio, lo cual significaba «libertad entera de las transacciones para los patronos y estricta prohibición de coaliciones entre trabajadores».
Por otra parte, Kropotkin se enfrenta al problema (ya planteado antes por varios historiadores, como Jaurès y Luis Blanc) de los elementos socialistas de la Revolución francesa. No sin razón señala que ideas tales como la propiedad común de la tierra y el comunismo encontraron ardientes defensores entre los enciclopedistas y los escritores populares de la época, como Mably, D’Argenson, etc. Pero al mismo tiempo no deja de recordar que la acción de las masas se expresaba por lo general en simples negociaciones, que «mientras en la burguesía las ideas de emancipación se traducían por un programa completo de organización política y económica, no se presentaban al pueblo más que bajo la forma de vagas aspiraciones las ideas de emancipación y de reorganización económicas, y frecuentemente no eran más que simples negaciones».
Sin embargo, aunque el pueblo carecía de ideas claras respecto a lo que debía hacer, sabía muy bien lo que debía destruir. Sus negaciones eran, en todo caso, muy claras: «Ante todo, el odio del pobre contra la aristocracia ociosa, holgazana, perversa, que lo dominaba, cuando la miseria negra reinaba en los campos y en los sombríos callejones de las grandes ciudades. Después, el odio al clero, el cual pertenecía por sus simpatías más a la aristocracia que al pueblo al que debía la vida. El odio a todas las instituciones del antiguo régimen, que hacían la pobreza mucho más pesada, puesto que negaban al pobre los derechos humanos. El odio al régimen feudal y a sus censos, que reducía al labrador a un estado de servidumbre respecto del propietario territorial, cuando la servidumbre personal había sido abolida. Y, por último, la desesperación del campesino, cuando en aquellos años de escasez veía la tierra que permanecía inculta en poder del señor o sirviendo de recreo a los nobles cuando el hambre reinaba en las villas y en las aldeas».
Y ésta es precisamente una de las tareas principales que Kropotkin asigna a su obra historiográfica: revelar el papel protagónico del pueblo de París y de los campesinos pobres en todo lo que hubo de social y políticamente trascendente en la gesta revolucionaria.
Por una parte, después de haber señalado las terribles condiciones de vida del pueblo antes de la Revolución, subraya la importancia de los motines populares durante el reinado de Luis XVI, de la sublevación campesina en los primeros meses de 1789 y de los movimientos insurreccionales en París y en sus inmediaciones; por otra, hace notar la timidez, «la carencia de protestas serias, de afirmación del individuo; hasta el servilismo de la burguesía»
La burguesía, en su lucha contra la realeza y la aristocracia feudal, se apoyó en el pueblo; más aún, lo utilizó, pero nunca dejó de desconfiar de él y, en el fondo, siempre prefirió una moderada monarquía, según el estilo del constitucionalismo inglés, antes que una verdadera democracia.
La Revolución francesa tuvo, para kropotkin, un alcance mucho más profundo y universal que la inglesa (1648-1657). Esta última se limitó a asegurar los derechos individuales en materia económica y religiosa. Aquélla, en cambio, no sólo proclamó la libertad sino que plantó «los primeros jalones de un régimen igualitario», desarrolló el espíritu republicano y llegó hasta «proclamar los grandes principios del comunismo agrario, que veremos surgir en 1793».
La Revolución inglesa constituyó el poder político de la burguesía y le proporcionó a ésta una era de prosperidad mercantil e industrial, pero todo ello a condición de compartir poder y prosperidad con la nobleza. Esta era el modelo que tenía delante de su la alta burguesía francesa. Pero en Francia y ésta es una de las tesis historiográficas capitales en Kropotkin el movimiento revolucionario no se limitó a la postulación de la libertad religiosa o de la libertad industrial y comercial para el individuo o a la constitución de la autonomía municipal en manos de algunos burgueses, sino que «fue sobre todo un levantamiento de los campesinos: un movimiento del pueblo para entrar en posesión de la tierra y librarla de las obligaciones feudales que pesaban sobre ella; y aunque había en esto un poderoso elemento individualista el deseo de poseer la tierra individualmente había también el elemento comunista: el derecho de toda nación a la atierra, derecho que veremos proclamar altamente por los pobres en 1793».
La contradicción profunda que, en el seno del movimiento revolucionario, existió en todo momento se cifra, para Kropotkin, en la interpretación del concepto igualdad. La burguesía entendía por «igualdad» la igualdad ante la ley, la igualdad jurídica. Pero ésta era una igualdad abstracta y formal, que no podía satisfacer al pueblo, el cual exigía la igualdad social y económica, una igualdad concreta, que incluyera la propiedad común de la tierra o, por lo menos, la nivelación de las fortunas.
Los representantes de la aristocracia, presionados por el pueblo, consistieron, en el seno de la Asamblea (4 de agosto), en la supresión de los derechos feudales. Pero esta medida, importantísima en sí misma, resultaba inmediatamente minimizada por los mismos nobles y por los burgueses, que en muchos casos tenían propiedades con títulos. Para los burgueses, no menos que para los aristócratas, «toda propiedad es sagrada» y, por eso, los derechos feudales deben ser rescatados por los vasallos.
En la «Declaración de los Derechos del Hombre», la Asamblea consagró enfáticamente la igualdad civil y jurídica, esto es, la igualdad ante la ley, lo cual no es, por cierto, una conquista desdeñable, para Kropotkin. Sin embargo, al eludir por completo toda afirmación de la igualdad económica (es decir, de la igualdad de hecho), no sólo dejó truncada tal «declaración», sino que también tornó ridículamente ilusoria la misma igualdad jurídica consagrada.
La «Declaración» fue obra de una burguesía liberal que, al mismo tiempo que pretendía desterrar la arbitrariedad monárquico-feudal, estaba empeñada en defender, contra la masa de los campesinos y trabajadores urbanos, el carácter inviolable de la propiedad privada.
Pocos días después de la toma de la Bastilla, el abate Siéyes, célebre portavoz del Tercer Estado, había propuesto dividir a todos los franceses en dos clases: los ciudadanos activos, es decir los propietarios, a quienes se confería el derecho a elegir y ser elegidos, o, en otras palabras, de gobernar, y los ciudadanos pasivos, esto es, los proletarios, que estaban privados de todos los derechos políticos.
«Cinco semanas después, la Asamblea aceptaba esta división como fundamental para la Constitución. La Declaración de los Derechos, cuyo primer principio era la igualdad de los derechos de todos los ciudadanos, apenas proclamada era vilmente violada».
En términos generales, el esquema de la lucha de clases durante la Revolución francesa (aunque Kropotkin casi nunca utiliza explícitamente esta expresión) es el siguiente: Los aristócratas y el clero (aliado con aquéllos) eran dueños de la mayor parte de las tierras, sobre todo desde que, en el siglo XVII, se habían apoderado de las propiedades comunales. La monarquía absoluta aseguraba y defendía sus privilegios y era a la vez defendida por clérigos y nobles. Una nueva y pujante clase, la burguesía, pretende tener acceso a la propiedad del suelo y al poder político. Se declara entonces contraria al régimen tradicional, ataca las instituciones absolutistas, exige la constitución, proclama la libertad del individuo y la igualdad ante la ley. Apoyada en el pueblo de París y en los campesinos de muchas regiones, acaba con el antiguo régimen. Pero, una vez en el poder, se ve obligada por sus intereses a la lucha tanto contra los enemigos aristócratas y contra el clero refractario como contra los campesinos y los trabajadores de la ciudad. La lucha contra los segundos es, en realidad, más encarnizada que la librada contra los primeros. Los burgueses quieren la igualdad formal, el pueblo aspira a la igualdad real; los burgueses desean la libertad dentro de la ley, el pueblo quiere la libertad aun contra la ley; los burgueses consideran la propiedad privada como un derecho «sagrado», el pueblo no siente mayor respeto por ella y pretende, ya una retribución de la tierra, ya, entre sus más lucidos exponentes, la propiedad nacional o colectiva; la burguesía tiende a instaurar una república conservadora, o, mejor aún, una monarquía constitucional, el pueblo quiere la república popular o directamente socialista.
Hasta aquí la interpretación Kropotkiniana de la Gran Revolución coincide casi enteramente con la interpretación de los historiadores marxistas (salvó en la terminología). Esto explica, sin duda, al aprecio que Lenin y el gobierno bolchevique mostraron por el libro que comentamos, y su decisión de reimprimirlo en edición oficial.
Pero Kropotkin no era sólo comunista: era también libertario, y no podía dejar de mostrarse tal en su interpretación histórica de la revolución francesa.
La más auténtica fuerza revolucionaria no debe buscarse, según él, en los partidos y clubes. Ni siquiera los jacobinos dejaron tener sus vacilaciones y sus compromisos, como representantes que eran de la burguesía. Y, en general, no iban más allá de un igualitarismo formal ni postulaban otros cambios que los de carácter político. Demás esta decir que la Asamblea, dominada por los representantes de la burguesía acomodada del interior, fue durante todo el tiempo en que funcionó, una constante rémora a cualquier verdadero cambio revolucionario.
Inclusive «el mismo municipio, cuya elección se hacía únicamente por los ciudadanos activos, representaba a la burguesía con preferencia a la masa popular, y en las ciudades como Lyon y muchas otras, se convirtió en una centro para la reacción».
La revolución se inició con una serie de levantamientos populares en los primeros meses de 1789. «Sin embargo, no basta para una revolución que haya levantamientos populares más o menos victoriosos; es preciso que quede después de esos levantamientos algo nuevo en las instituciones que permita a la nuevas formas de vida elaborarse y afirmarse. El pueblo francés parecía haber comprendido bien esta necesidad, y ese algo nuevo que introdujo en la vida de Francia desde sus primeros levantamientos fue la Comuna popular. La centralización gubernamental vino después; pero la revolución comenzó por crear la Comuna, y esta institución le dio, como veremos, una fuerza inmensa».
«En efecto, en los pueblos, la Comuna de los campesinos reclama la abolición de los derechos feudales y legalizaba la negativa al pago de esos derechos, despojaba a los señores de las tierras que antes fueron comunales, resistía a los nobles, luchaba contra los curas, protegía a los patriotas y después a los descamisados, y detenía a los emigrados que regresaban y hasta al rey escapado».
Y lo que pasaba en la campiña sucedía análogamente en las ciudades y en París: «En las ciudades, la Comuna municipal reconstruía todo el aspecto de la vida, se arrogaba el derecho de nombrar los jueces, cambiaba por su propia iniciativa al plan de los impuestos, y después, a medida que la Revolución seguía su desarrollo, se convertía en el arma de los descamisados para luchar contra la monarquía, los conspiradores realistas y la invasión alemana. Más tarde aún, en el año 11, las Comunas se dedicaron a realizar la nivelación de las fortunas. Por último, en París, como es sabido, la Comuna destituyó al Rey, y después del 10 de agosto fue verdadero foco y la verdadera fuerza de la Revolución, y ésta no conservó su vigor sino mientras vivió la Comuna».
El alma, es decir, el principio motor y vivificante de la revolución francesa debe buscarse así, para Kropotkin, en este órgano eminentemente local y federal que es la Comuna urbana o rural: «El alma de la gran revolución se constituyó, pues, por las Comunas, y sin esos focos esparcidos sobre todo el territorio, la Revolución no hubiera tenido jamás la fuerza necesaria para derrocar el antiguo régimen, rechazar la invasión alemana y producir la regeneración de Francia».
La Comuna no era directamente un cuerpo representativo, producto de una elección más o menos popular: «La loca confianza en el gobierno representativo, que caracteriza a nuestra época, no existía durante la gran Revolución. La Comuna, formada por los movimientos populares, no se separa del pueblo por los movimientos populares, no se separaba del pueblo. Por intermedio de sus distritos, de sussecciones y de sus tribus, constituyendo otros tantos órganos de administración popular, permanecía siendo pueblo, y esto es lo que originó la potencia revolucionaria de esos organismos».
La vida de los distritos y secciones de París, más conocida sin duda que la de las comunas interiores, le sirve de punto de partida para el estudio de la vida de la comuna revolucionaria en general.
Al comenzar la revolución dice el pueblo se organizó de una manera espontánea pero estable para la lucha, cuyos alcances con peculiar instinto presentía. «La ciudad de París había sido dividida para las elecciones en sesenta distritos que habían da nombrar los electores de segundo grado. Una vez nombrados, los distritos debían disolverse; pero continuaron viviendo y aplicaron su actividad a organizarse por sí mismos, por su propia iniciativa, como órganos permanentes de la administración municipal, apropiándose diversas funciones y atribuciones que antes pertenecían a la policía, a la judicatura o a diferentes ministerios del antiguo régimen».
De tal modo, en vísperas del 14 de julio empezaron a distribuir armas entre el pueblo para defender París contra un ataque de Versalles. Después de aquella fecha, se convirtieron en verdaderos órganos de la administración municipal, organizándose cada uno de ellos a su manera, pero coordinando su acción a través de una oficina central de correspondencia.
Por otra parte, el principio federativo y la libre asociación empezó a extenderse al plano nacional. Las ciudades del interior se ponían en contacto con la Comuna parisiense para toda clase de asuntos, y se vinculaban al mismo tiempo entre sí, estableciendo lazos extra-parlamentarios. «Y esta acción directa, espontánea, dio a la Revolución una fuerza irresistible».
Oponiéndose a la historiografía oficial, Kropotkin sigue los pasos de Michelet al señalar la potencia de la acción espontánea del pueblo frente a la anemia de la Asamblea, que se ha intentado hacer pasar como símbolo y representación de la unión nacional.
Pero además Kropotkin sostiene: «Nos hemos dejado ganar de tal modo por las ideas de servidumbre hacia el Estado centralizado, que las mismas ideas de independencia comunal (“autonomía” sería decir demasiado poco), corrientes en 1789, nos parecen irregulares y extrañas».
Una cuestión que hoy preocupa mucho, como es la delimitación de los poderes, parecía entonces a todo el mundo inútil y, más aún, atentatoria a la libertad. Anticipando las ideas de Proudhon («la comuna será todo o nada»), los hombres de la época pensaban que una Comuna es una sociedad de co-propietarios y de co-habitantes que tienen colectivamente los mismos derechos que un ciudadano (libertad, propiedad, seguridad, resistencia a la opresión) y que detenta, por lo tanto, todo el poder de disponer de sus bienes, de asegurar su administración, de proveer a la seguridad de los individuos, de organizar su policía y su fuerza militar, ejerciéndolo por sí misma, directamente en cuento es posible y lo menos posible por delegación.
Las secciones de París, verdaderas comunas incipientes, se apoderaron de diversas funciones económicas importantes, como la alimentación y la venta de los bienes nacionales, y esto les concedió, a su vez, gran importancia en la discusión de los problemas políticos.
«Convertidas en órganos importantes de la vida pública, las secciones trataron necesariamente de establecer un lazo federal entre sí, y en diversas ocasiones, en 1790 y en 1791, nombraron comisarios especiales con objeto de entenderse para la acción común, aparte del Consejo Municipal regular».
Al declararse la guerra (abril de 1792), las secciones se atribuyeron otras muchas funciones, como el alistamiento, la selección de voluntarios, el equipamiento de los batallones que marchaban al frente, la comunicación administrativa y política con los mismos, etc., sin contar la continua vigilancia sobre los conspiradores realistas. «Cuando se examinaba hoy esa correspondencia de las secciones y esa vasta contabilidad, no puede menos de admirarse el espíritu de organización espontánea del pueblo de París y el entusiasmo de los hombres de buena voluntad que realizaban esas tareas después de terminado su trabajo diario. Por ese examen puede apreciarse la grandeza de la devoción más que religiosa suscitada en el pueblo francés por la Revolución. Po rque no ha de olvidarse que, su cada sección nombraba su comité militar y su comité civil, todos los asuntos importantes se trataban y resolvían en las asambleas generales nocturnas».
Las secciones fueron según Kropotkin las verdaderas protagonistas de la toma de las Tullerías, del destronamiento del rey, del inicio de la revolución popular e igualitaria. Y el Municipio de París, aliado a la Montaña, resultó el motor principal en la proclamación de la República.
Una vez destronado el rey e instaurada la Convención, ésta se debatió durante largos meses en la lucha por el poder. Los girondinos, que predominaban en su seno, no fueron capaces de hacer nada más que «perora», pero no dejaron de atacar violentamente a los que hacían algo y, en especial, al «triunvirato» de Danton, Marat y Robespierre, y al Municipio de París.
Cuando las monarquías germanas, deseosas de aplastar el impulso revolucionario y de arrebatar a Francia provincias y colonias, reunieron su ejército sobre el Rhin y, guiadas por los nobles emigrados, se aprestaron a invadir el territorio francés, fue sobre todo el pueblo de París (movidos por las secciones y la Montaña) y el de los departamentos orientales quien mostró una más decidida voluntad de enfrentarles militarmente y un más ardiente entusiasmo guerrero.
La Convención dejó pasar mucho tiempo antes de tratar el problema del rey y la familia real, encerrados en el Temple. Sólo ante la denuncia del cerrajero Gamain, que demostraba la traición de Luís XVI, el asunto fue debatido, y el monarca condenado y ejecutado.
«Actualmente, ala vista de tantos documentos que demuestran la traición de Luís XVI, y que se ven en las fuerzas que se opusieron a pesar de todo a su castigo, se comprende cuán difícil fue a la Revolución condenar y ejecutar un rey. Todo lo que había respecto a preocupaciones, a servilismo abierto y latente en la sociedad, a miedo por las fortunas de los ricos y a desconfianza hacia el pueblo, todo se reunió para dificultar el proceso. La Gironda, fiel reflejo de esos temores, hizo todo para impedir, primeramente la celebración del proceso, después que llegara a la sentencia, luego que la sentencia fuera a muerte y por último la ejecución de la sentencia. París amenazó a la Convención con la insurrección para obligarla a pronunciar su fallo y a no diferir su ejecución».
Con certero criterio revolucionario reconoce Kropotkin así el signo político de los partidos y grupos en juego, y justifica, al menos en lo esencial, el proceso y la muerte del rey.
Kropotkin, de cuya natural bondad ninguno de cuantos le conocieron pudo dudar; Kropotkin, que intentó explicar el socialismo como la culminación de la ética, no deja de mostrar su repugnancia frente a las palabras altisonantes y el barato sentimentalismo derrochado es este propósito por los historiadores realistas y burgueses.
Situándose en los presupuestos de los mismos historiadores burgueses que repudian el juicio y la condena del rey, argumenta Kropotkin: «Según todas las tradiciones y todas las ficciones que sirven a nuestros historiadores y juristas para establecer los derechos del “Jefe del Estado”, la Convención era el soberano en aquel momento, y a ella sola le correspondía el derecho de juzgar al soberano que el pueblo había destronado, como a ella sola correspondía el derecho de legislación escapado de sus manos».
En lo que toca al hecho mismo de la traición del rey y de su mujer, si se tienen en cuenta la correspondencia de María Antonieta y Fersen y las cartas de éste a diferentes personajes, «debemos reconocer que la convención juzgó bien, dice Kropotkin a pesar de no tener las pruebas tan evidentes que poseemos hoy». En efecto, en los últimos años había reunido tantos hechos (declaraciones de los realistas, actos del rey desde su huida a Verennes, etc.) que bien puede decirse que tenía la certidumbre moral de su traición.
Desde el punto de vista jurídico nada se puede reprochar a la Convención. «En cuanto a saber si la ejecución del rey causó más daño de lo que hubiera producido su presencia en los ejércitos alemanes o ingleses, sólo puede hacerse una observación: en tanto que el poder real era considerado por los poseedores y los curas (y lo es todavía) como el mejor medio de tener sujetos a los que quieren desposeer a los ricos y rebajar la potencia de los curas, el rey, muerto o vivo, preso o libre, decapitado o canonizado o caballero errantes detrás de otros reyes, sería siempre objeto de una leyenda triste, propagada por el clero y todos los interesados».
«Por el contrario, viendo a Luís XVI en el cadalso, la Revolución acabaría de matar un principio que los campesinos habían comenzado a matar en Varennes. El 21 de enero de 1973, la parte revolucionaria del pueblo francés comprendió perfectamente que el punto culminante de aquella fuerza que a través de los siglos había oprimido y explotado las masas había desaparecido al fin, y había comenzado la demolición de aquel poderoso organismo que estrujaba al pueblo; su arco estaba roto, y la revolución popular tomaba un nuevo impulso».
Que esto fue así lo demuestra, para Kropotkin, el hecho de que, desde aquel momento, nunca pudo restablecerse en Francia una monarquía absoluta, y que aun las monarquías surgidas de las barricadas o de golpes de Estado no pudieron sobrevivir, según se vio en 1848 y 1870. «La superstición de la monarquía, muerta, es un beneficio obtenido», dice, aun sin admitir que la república sea un bien en sí misma
Los girondinos hicieron todo lo posible para evitar el juicio del rey por la Convención. Vencidos por los montañeses, Luís XVI compareció al fin ante sus jueces, y sus respuestas le enajenaron todas las simpatías que aún podía conservar allí. Citando a Michelet, señala Kropotkin el descaro con que el monarca mentía y supone que tan torpe malicia sólo puede explicarse «por el hecho de que toda traición de los reyes y toda la influencia de los jesuitas, a quien Luís XVI había estado sometido, le habían inspirado la idea de que La razón del Estado lo permitía todo a un rey».
Las intrigas para salvar al indigno soberano, fomentadas por la burguesía rica, por los aristócratas emigrados y por el oro extranjero (las pesetas españolas, en particular), no evitaron finalmente la ejecución de la sentencia capital. «Con su muerte desaparecía uno de los principales obstáculos a toda regeneración social de la República».
Impedir el desencadenamiento del pueblo, constituir un gobierno fuerte y hacer respetar las propiedades era, en aquel momento, lo esencial para los girondinos.
Los girondinos repudiaban la ley agraria (es decir, el derecho de todo ciudadano a la tierra, la limitación de la propiedad territorial), se negaban a reconocer la igualdad como principio de la legislación republicana y juraban el respeto de las propiedades. Los montañeses, en cambio, o por lo menos el grupo que dominó momentáneamente sobre la fracción moderada de Robespierre, esbozaban ya las bases de una sociedades socialistas, aunque esto advierte Kropotkin puedan desagradar «a aquellos contemporáneos nuestros que reclaman indebidamente la prioridad».
Esta interpretación histórica de Kropotkin parece de gran importancia para nuestra época, en la que muchos socialistas y aun algunos anarquistas, justamente horrorizados por el rumbo que asumió, por ejemplo, la revolución rusa con el stalinismo, se muestran proclives a fáciles alianzas con los girondinos actuales, como si las inhumanas (y antisociales) cárceles de Castro justificaran la alianza con los «emigrés» de Miami (y con Pinochet).
De hecho, los girondinos, por boca de Brissot, no cesaban de clamar con ira inextinguible (que no extendían, por cierto, a los patricios enemigos de la república) contra los «anarquistas».
Estos, como aclara Kropotkin en seguida, aunque a veces podía marchar junto con algunos jacobinos, no constituía un partido dentro de la Convención; eran, más bien, «revolucionarios diseminados por toda la nación; hombres completamente dedicados a la Revolución, que comprendían su necesidad, que la amaban y por ella trabajaban».
Lo que no podían perdonarles era, en definitiva, la exigencia constantemente mantenida de la igualdad de hecho, más allá de la igualdad de derecho
Los girondinos, en su trágica lucha contra los montañeses durante el año de 1793, agitaron con frecuencia la consigna del «federalismo», cosa que la mayoría de los historiadores ha puesto de relieve. Sin embargo, tal palabra advierte Kropotkin no era sino un grito de guerra para atacar al partido contrario y consistía sobre todo, como lo observó ya Luís Blanc, en su odio a París y en el intento de oponer la provincia reaccionaria a la capital revolucionaria.
Kropotkin, teórico y propagandista del federalismo, no puede dejar de desenmascarar el carácter pseudo-federalista del partido burgués, aunque se muestre conciente también del centralismo dominante entre los montañeses. «Tan distantes se hallaban de la idea federal, que en todo lo que hicieron los girondinos se mostraron tan centralizadores y autoritarios montañeses».
En nuestro siglo, los seguidores de Maurras, anacrónicamente monárquicos y absolutistas, precursores del fascismo, quintaesencia de la reacción europea, se proclamaron también «federalistas», y alguno de ellos tuvo la osadía de llamarse «proudhoniano», cuando, en verdad, su «federalismo» era, más que girondino, feudal: lo que les molestaba del centralismo no era la concentración del poder sino el carácter relativamente democrático del Estado republicano, su laicismo, sus libertades públicas, su leve tolerancia del socialismo y del movimiento obrero organizado, etc.
La caída de los girondinos, el 31 de mayo de 1793, es considerada con razón por Kropotkin, como «una de las grandes fechas de la Revolución», ya que en ese día el pueblo de París hizo «su último y supremo esfuerzo para imprimir a la Revolución un carácter verdaderamente popular».
En efecto, después de excluir de su seno a los principales representantes de la Gironda, la Convención emprendió una vasta obra legislativa de signo claramente popular: estableció un empréstito forzoso a los ricos para subvenir los gastos de la guerra, fijó precios máximos a los artículos de primera necesidad, devolvió a las comunas rurales las tierras que los aristócratas usurpaban desde 1669, abolió definitivamente y sin indemnización alguna los derechos feudales, promulgó una serie de leyes sucesorias, destinadas a repartir e igualar las fortunas, promulgó, en fin, la constitución democrática de 1793.
Para Kropotkin, el período que transcurre entre el 31 de mayo de 1793 y el 27 de julio de 1794 es, por eso, el más fecundo en realizaciones y el más importante de toda la Revolución. «Los grandes cambios en las relaciones entre los ciudadanos, cuyo programa bosquejó la Asamblea Constituyente en la noche del 4 de agosto de 1789, se realizaban al fin después de cuatro años de resistencia, por la Convención depurada, bajo las presiones de la revolución popular».
Con un acertado análisis de las causas y factores en juego, refiere asimismo nuestro historiador los intentos contrarrevolucionarios de realistas y de girondinos coaligados, en Bretaña, y el asesinato de Marat, por Carlota Corday d’Armont
Aguadamente descentraña Kropotkin el carácter conservador del proyecto de Constitución presentado por los girondinos (señalando, sobre todo, la intención de sustituir los municipios, que tomaban el partido de los campesinos y de los ciudadanos pobres, por unidades burocráticas, llamadas «directorios de cantón»), y, al mismo tiempo, pone de relieve el vago «socialismo» implícito en los discursos de Robespierre y algunos montañeses.
Tampoco se le escapa que, después de la abolición de la monarquía y de los derechos feudales, la Revolución comenzó a detener su marcha. «La masa del pueblo quería ir más lejos; pero aquellos a quienes la revolución misma puso a la cabeza del movimiento no se atrevieron a dar in pasó más; no quisieron que la Revolución atacara las fortunas de la burguesía, como atacó las de la nobleza y el clero, y emplearon todo su ascendiente en detener, en contener y en destruir esa tendencia. Los más avanzados y los más Cisneros entre ellos, al acercarse al poder, respetaron a la burguesía, aunque la detestaban; pusieron sordina a las oposiciones igualitarias; se detuvieron ante la consideración de qué diría de ellos la burguesía inglesa; se convirtieron a su vez en hombres de Estado, y trabajaron para construir un gobierno fuerte, centralizado, cuyos organismos les obedecieran ciegamente. Y cuando lograron constituir ese poder sobre el cadáver de aquellos que juzgaron demasiado avanzados, aprendieron, al subir ellos mismos al cadalso, que matando al partido avanzado había matado a la Revolución».
El establecimiento de un gobierno fuerte y centralizado, aun cuando reconozca como causa la necesidad de defender a la Revolución contra sus enemigos, acaba siempre devorando a la misma Revolución y a sus mejores partidarios, parece concluir Kropotkin años más tarde el curso bolchevique de la Revolución Rusa.
A diferencia de la historiografía oficial, nuestro autor concede gran importancia al movimiento comunista durante la Revolución francesa. Según él, filósofos del período de la Ilustración, tales como Rousseau, Helvecio, Mably, Diderot y otros habían presentado ya las desigualdades económicas y la acumulación de riquezas por parte de unos pocos como el mayor obstáculo para las libertades democráticas, y esas ideas salieron a relucir desde los primeros días de la Revolución. Así, Turgot, Sèyes y Condorcet sostuvieron que la mera igualdad jurídica y política nada significaba sin la igualdad de hecho, que es la igualdad económica
Pero después de la toma de las Tullerías y de la ejecución del rey (febrero-marzo 1793), comenzó realmente la propaganda de las ideas que hoy llamaríamos «socialistas» (clases distintas con intereses opuestos, oposición entre cuestión social y cuestión política, lucha contra el «dejar hacer» de los economistas burgueses, etc.).
Pero los verdaderos corifeos del movimiento comunista y comunalista (términos que, para Kropotkin, no deberían separarse, pues no hay verdadero comunismo que no sea comunalista) han de buscarse no en el seno de la Convención ni tampoco en el club de los jacobinos, sino en las secciones y en el club de los franciscanos.
Al insistir en este hecho, pone de relieve el carácter popular y, hasta cierto punto, espontáneo de aquel socialismo gremial, y el origen no oficial y apolítico del movimiento igualitario y comunista de 1793 y 1794. Hasta hubo señala una tentativa de los «rabiosos» por organizarse libremente.
En realidad, no se conocen lo suficiente los movimientos confusos que durante aquellos años agitaron al pueblo de parís y de las grandes ciudades reconoce Kropotkin y su importancia, ignorada al comienzo, recién fue entrevista por Michelet. El movimiento comunista, gestado en la calle y en las secciones, estuvo representado por Jacques Roux, Varlet, Dolivet, Chalier, Leclerc, L’Ange, Rosa Lacombre, Boissel, etc. Pero, junto a éste, o por debajo de éste, hubo otro movimiento subterráneo, que Krootkin ve con menos simpatía, no tanto por su carácter oculto y conspiratorio cuanto por su naturaleza elitista y autoritaria: el de las sociedades secretas comunistas, promovidas en 1974 por Buonarroti y Babeuf.
En general, Kropotkin parece contraponer, aunque no lo haga explícitamente, el comunismo de las secciones y el de las sociedades secretas, considerando al primero como predecesor del socialismo libertario y del anarquismo, y al segundo como predecesor del Blanquismo y del marxismo. Esta contraposición resulta aceptable si se consideran globalmente las ideas y los hechos, pero el juicio acerca de Babeuf y de los «iguales» merece ser matizado, ya que en ellos podemos descubrir también (igual que en Blanqui después) ciertos elementos libertarios, que a primera vista no se manifiestan.
Con evidente simpatía se refiere Kropotkin a hombres como Sylvain Meréchal (en quien «se halla una vaga aspiración hacia lo que llamamos actualmente el comunismo anárquico»), como Jacques Roux (ex-cura, sumamente pobre, que «predicaba el comunismo en los barrios obreros») como Chalier («todavía más amigo del pueblo que Marat, y adorado por sus discípulos»), como Boissel (autor de unCatecismo del génerohumano), como Dolivier, cura de Mauchamp (que escribió un notable Ensayo sobre la justicia primitiva, para servir de principio generador al único orden social que puede asegurar al hombre todos sus derechos y todos sus medios de felicidad), como L’Ange (a quien, de acuerdo con Michelet, considera como un verdadero precursor de Fourier).
En cambio, opina que la idea de Babeuf de llegar al comunismo por medio de una conspiración desarrollada a partir de una sociedad secreta no tomó cuerpo sino en 1795, es decir, cuando la reacción termidoriana acabó con el impulso progresista de la Revolución, y «fue un producto del agotamiento, no un efecto de la savia ascendente de 1789 a1793».
No sin razón concede Kropotkin especial atención al análisis de las ideas de la época sobre la socialización de la tierra, de las industrias, de las subsistencias y del comercio.
El pensamiento dominante del movimiento comunista de 1793 anota fue que la tierra es propiedad de la nación y que todos los ciudadanos tienen derecho a usar de ella y a proveer así a su subsistencia sin necesidad de vender a otro su trabajo. «La igualdad de hechos» se traducía «de hecho» en igual derecho de todos a la tierra
Otros, en cambio, fueron más radicales. Así, Souhair, quien combatió el reparto definitivo de las tierras, y exigió que el mismo, hecho por partes iguales entre todos, fuera sólo temporal y pudiera rehacerse en determinado momento. Tal propuesta obtuvo según Kropotkin el apoyo de millones de campesinos pobres.
También la socialización de las industrias tuvo sus defensores, sobre todo en la región lionesa: se pedía ante todo que el municipio fijara salarios tales que garantizaran la existencia de los obreros; y además la nacionalización de ciertas industrias (como la minería) y la toma por parte del municipio de las que habían sido abandonadas por patronos contrarrevolucionarios.
Kropotkin subraya el hecho de que en París se pensara en convertir los jardines de los ricos en huertos comunales (idea propuesta por Chaumette, que preanuncia los proyectos agrarios del propio Kropotkin en La conquista del pan y en Campos, fábricas y talleres), pero igualmente significativo le parece que Cusset, comerciante elegido por Lyon como convencional, hablara ya de la nacionalización de las industrias y, sobre todo, que L’Ange, quien desde 1790 había hecho en dicha ciudad una activa propaganda comunista, desarrollara un proyecto de falansterio donde se practicarían al mismo tiempo la agricultura y la industria.
El mismo L’Ange, según la interpretación kropotkiniana, concebía con exactitud la plus-valía, y llegó a proponer, a propósito de la crisis de subsistencias que atravesaba el país, un sistema de abono de los consumidores, a fin de adquirir en ventajosas condiciones toda la cosecha, y la institución a de almacenes comunes a los cuales llevarían los agricultores sus productos. De tal modo, propiciaba un sistema igualmente ajeno al monopolio individualista y al estatismo de la Revolución.
El sistema de venta de los bienes nacionales creó una nueva clase de grandes arrendadores, cuya actividad monopolista no supo detener la Convención sino por la guillotina, la cual dice Kropotkin no supo suplir, sin embargo, «la falta de una idea constructiva comunista».
Los montañeses halagaron a los «rabiosos» y a los comunistas mientras necesitaron de ellos en su lucha contra los girondinos; pero, una vez eliminados estos últimos, se volvieron contra aquéllos y los aniquilaron a su vez. Aun los mejores entre los montañeses, como Hebert, estaban demasiado imbuidos de los prejuicios burgueses como para convertirse en defensores del «anarquismo», y hasta un hombre como Billaud-Varenne, que parecía comprender, mejor que los otros miembros de la Montaña, «la necesidad de profundos cambios en sentido comunista», pasó a formar parte del gobierno y, como otros miembros de su partido revolucionario-burgués, se propuso afianzar primero la república (es decir, las conquistas políticas), suponiendo que los cambios sociales vendrían más tarde. Esta estrategia, que seria luego propia de los partidos social-reformistas y, en gran medida, de los frentes populares, y de los partidos comunistas independientes de la URSS, condujo entonces, y en casi todas las ocasiones en que se practicó, a la pérdida de las mismas conquistas políticas. Buen ejemplo de ello es la actuación del partido comunista durante la guerra civil española.
«La Revolución, desde su principio, puso en juego demasiados intereses que luego impidieron desarrollarse al comunismo. Las ideas comunistas sobre la propiedad de la tierra suscitaron la oposición de los inmensos intereses de la burguesía que se dedicó a apropiarse los bienes del clero, puestos en venta bajo el nombre de bienes nacionales, para revender después una parte a los campesinos. Esos compradores, que al principio de la Revolución fueron los más firmes sostenedores del movimiento contra la monarquía, una vez propietarios y enriquecidos por la especulación, se convirtieron en encarnizados enemigos de los comunistas que reclamaban el derecho a la tierra para los campesinos pobres y los proletariados de las ciudades. Los legisladores de la Constituyente y de la Legislativavieron en esas ventas el medio de enriquecer la burguesía a expensas del clero y de la nobleza, olvidando completamente al pueblo».
Hombres como Jacques Roux, que denunciaron constantemente el agiotaje y que consideraban a «la aristocracia mercantil más terrible que la nobiliaria», fueron perseguidos, expulsados de la Convencióny calumniados hasta después de su muerte. «Como el comunismo criticaba los resultados nulos de la Revolución para el pueblo, lo mismo que al gobierno republicano (como hacen los socialistas en nuestros días), demostrando que bajo la República el pueblo sufría más que bajo la monarquía, Robespierre no cesó de tratar a Roux, hasta después de muerto, de “innoble cura” vendido a los extranjeros y de “malvado” que “quiso suscitar perturbaciones funestas” para perjudicar la República».
De hecho el antiguo régimen conservaba una enorme fuerza, aumentada ahora por el apoyo de los beneficiarios de la Revolución, y para quebrar dicha fuerza era necesaria una nueva revolución popular e igualitaria, que la mayoría de los revolucionarios de 1792-1793 no aceptaba. «La mayoría de la burguesía, antes revolucionaria, creía que la Revolución había ido demasiado lejos. ¿Impediría a “los anarquistas” “nivelar las fortunas”? ¿Daría a los campesinos tanto bienestar que se negarían a trabajar para los compradores de bienes nacionales? ¿Dónde se hallarían brazos para trabajar esas tierras? Porque si los compradores habían pagado millones al Tesoro por la posesión de esas tierras, era indudablemente para hacerlas producir; ¿y qué se haría con ellas si no hubiera proletarios desocupados en las poblaciones rurales?».
En la lucha de las fracciones políticas por apoderarse del poderoso instrumento que era el gobierno fuerte, quedaron triunfantes Robespierre y su partido del justo medio revolucionario. Apoyado a la vez por los jacobinos y por la derecha, aquél apareció como una fuerza capaz de dominar tanto a la Convención como a los Comités.
Aunque Kropotkin considera justificada la ejecución de María Antonieta, convicta de propiciar la invasión alemana, y cree que «no vale la pena de refutar las fábulas de sus modernos defensores, que quieren elevarla casi a la categoría de santa»
Con entusiasmo refiere nuestro historiador los intentos realizados en medio de estas luchas por fundar la instrucción sobre bases igualitarias
La reforma del calendario, las medidas contra los curas refractarios y aun contra los juramentos, la prohibición del culto y del uso de vestimentas sacerdotales fuera de los templos, la secularización de los cementerios, y, en general, las medidas de descristianización adoptadas en 1793, fueron, según Kropotkin, consecuencias naturales y nada sorpresivas de los principios revolucionarios.
No sin emoción narra el acto por el cual el obispo de París, seguido por once de sus vicarios, se despojó de sus títulos y atributos eclesiásticos, y expresó «en dignísimo lenguaje» que, habiendo adherido desde siempre «a los principios eternos de la igualdad, de la moral, bases necesarias de toda constitución republicana», obedecía a la voz del pueblo y renunciaba a ejercer «las funciones de ministro del culto católico», tras lo cual se despojó de su cruz y su anillo y se cubrió con un gorro frigio.
Contra lo que se han empeñado en sostener muchos historiadores, liberales o no, Kropotkin afirma que «el sentimiento anticatólico, en que se confundía una “religión de la naturaleza” con el entusiasmo patriótico, parece haber sido mucho más profundo que lo que hubiera podido suponerse sin haber consultado los documentos de la época».
El hecho de que la Fiesta de la Libertad y de la Razón, celebrada en Nôtre Dame el 20 de brumario, y promovida por Cloots, Hebert y Chaumette, lejos de resultar, como debía esperarse, una ceremonia alegre y festiva, fuera, según palabras de Michelet, una «ceremonia casta, triste, seca, aburrida», lo explica Kropotkin, siguiendo al mismo Michelet, por el carácter ya decrépito de la Revolución, demasiado cansada para procrear.
Pone de relieve asimismo que mientras la Convención se negaba a tratar la cuestión del suelo de los curas, el Municipio de París y las secciones practicaban una franca política de descristianización
Al finalizar el año 1793 dos fuerzas rivales se oponían en el seno de la Revolución: por un lado, el Comité de Salud Pública y el de Seguridad general; por otro, el Municipio de París, cuya alma eran las secciones. La Convención despojó a éstas de su derecho a convocar asambleas generales tantas veces como desearan, y como consecuencia surgieron una serie de «sociedades populares» o «sociedades seccionarias», las cuales disgustaron profundamente a los jacobinos, convertidos ya en hombres de gobierno.
Al establecer el gobierno revolucionario dominado por los jacobinos, se les quitó a las secciones el derecho, conquistado en 1789, de nombrar jueces de paz y hasta de designar los comités seccionarios de beneficencia. «El organismo popular de la Revolución quedó así esterilizado en su base fundamental».
A la revolución rusa habría de aplicar lo que dice de la francesa, amenazada ya en 1793, por el terror y el centralismo jacobino: «Toda revolución que se detiene en la mitad de su camino inicia necesariamente su pérdida».
Inclusive heberistas como Anacharsis Cloots, y el propio Hebert, que alguna vez se había mostrado proclive a las ideas comunistas, pero que creía más importante apoderarse del gobierno que plantear la cuestión de la tierra o del trabajo organizado, cayeron víctimas del terror jacobino.
A la caída de los hebertistas siguió la ejecución de Danton.
Robespierre no fue, para Kropotkin, un dictador propiamente dicho, como se ha afirmado con frecuencia, pero reunió, sin embargo, un enorme poder en sus manos. Su influencia no puede explicarse sólo por la austeridad de su vida y la absoluta honradez de que dio muestras en una época en que tantos revolucionarios se dejaban tentar por los bienes nacionales y los despojos del clero y de la aristocracia. Hay que atribuirla sobre todo a su posición centrista, a su justo medio revolucionario, que lo ubica entre «moderados» y «exaltados», entre conservadores y comunistas, y al hecho de que la burguesía usara su prestigio ante el pueblo para contener a la vez al pueblo y a los reaccionarios. Lo cual no fue obstáculo para que, una vez pasado el peligro que para ella representaban la izquierda de los «rabiosos» y la derecha de los realistas, no lo liquidara a su vez en la guillotina.
El mayor error que se suele cometer al juzgar a este personaje es, para Kropotkin, el considerarlo como un verdadero revolucionario, cuando en realidad no fue sino un hombre de gobierno. «Por lo mismo, toda su política, desde la caída del Ayuntamiento hasta el 9 termidor, resulta absolutamente infructuosa. En nada se opone a la catástrofe que se prepara y hace mucho por acelerarla. No detiene los puñales que se afilan en la sombra para herir la República; hace todo para que sus golpes sean mortales».
Después de eliminar a sus enemigos de izquierda y de derecha, los Comités lograron concentrar el poder todavía más en sus manos.
La revolución tuvo un curso ascendente hasta agosto o septiembre de 1793; luego, con el régimen jacobino, cuyo principal exponente fue Robespierre, entró en una fase de decadencia, que acabó con la instauración de un gobierno de orden, dispuesto a reducir al mínimo las conquistas revolucionarias. «Entonces pudo sondearse todo el mal resultante de que la Revolución se hubiera fundado, en materia económica, sobre el enriquecimiento personal», dice Kropotkin. Y añade, a modo de conclusión general: «Una revolución debe tender al bienestar de todos, de lo contrario será necesariamente sofocada por aquellos mismos a quienes haya enriquecido a expensas de la nación. Cada vez que una revolución hace un cambio de fortunas, no debería hacerlo a favor de los individuos, sino siempre a favor de las comunidades».
«He ahí precisamente por dónde pecó la Gran Revolución: las tierras que confiscaba a los curas y a los nobles, las dio a los particulares, en vez de dárselas a las ciudades, a las villas a las aldeas, puesto que antiguamente eran tierras del pueblo, tierras de que los particulares de otras épocas se había apoderado a favor del régimen feudal».
Al fin y al cabo, podría decirse, no se trataba sino de devolver a sus legítimos dueños, que eran las comunidades agrarias, las tierras de que la multisecular rapiña del báculo y la espada las habían despojado. Por eso, aclara: «No ha habido jamás tierras originariamente señoriales ni eclesiásticas. Con excepción de algunas comunidades frailunas, jamás señor ni sacerdote roturó por sí mismo una arpenta de tierra. El pueblo, el siervo, el villano es quien roturó cada metro cuadrado de terreno; es el que lo hizo accesible, habitables y productivo; es el que dio a la tierra su valor, y a él debía haber sido devuelta».
Robespierre, apresado junto con Saint-Just y otros jacobinos en número de veintiuno, fue guillotinado con ellos, ante los insultos de los contrarrevolucionarios y el regocijo del gran mundo. «La reacción triunfaba. La Revolución había tocado a su fin».
Cuando una contempla el fin de la Gran Revolución francesa bajo «el régimen desmoralizador de Directorio» y, después, bajo «el yugo militar de Bonaparte», puede preguntarse dice Kropotkin para qué sirve la Revolución. «Y esta pregunta se ha repetido añade con certera observación durante todo el curso del siglo XIX, explotándola a sus gusto los tímidos y los satisfechos como un argumento contra las revoluciones en general».
Muy lejos está Kropotkin de la filosofía pesimista de los ciclos históricos y, firme creyente en la evolución, no puede dejar de considerar la Gran Revolución, con todos sus defectos y vicios y hasta con su lamentable final bonapartista, como un enorme salto hacia adelante.
No sólo se trabajo más, se roturaron más campos, se extendió con la primera buena cosecha el bienestar a las dos terceras partes del país, sino que también por vez primera el campesino se sintió libre y digno; no sólo saciaba por primera vez su hambre multisecular sino que también se erguía y osaba hablar.
Francia llevó los principios revolucionarios a toda Europa, se convirtió en el país rico por su alta productividad, y por la subdivisión de sus riquezas, y aun las guerras napoleónicas, en las que una mirada distraída no ve sino vano «amor a la gloria», tuvieron por objeto asegurar los frutos de la Revolución. «El antiguo régimen no fue ni será jamás restablecido».
Más aún, el siglo transcurrido desde la Revolución añade puede caracterizarse por dos grandes conquistas: la abolición de la servidumbre y la del poder absoluto, que confirieron al individuo libertades inimaginadas y desarrollaron la burguesía y el capitalismo. Ambas conquistas derivan de la Revolución francesa.
Con toda razón, desde su perspectiva de historiados social, Kropotkin reprocha a la mayoría de los historiadores, sumergidos en las cuestiones políticas, descuidar estos hechos trascendentes. «El campesino francés, dice al rebelarse hace cien años contra el señor que durante su sueño le mandaba batir los estanques para que las ranos no croaran, emancipó los campesinos de Europa; al quemar los palacios y los archivos en que constaba su sumisión y ejecutar los nobles que se negaba a reconocer sus derechos a la humanidad, dio durante aquellos cuatro años la voz de alarma a Europa, hoy completamente libre de la humillante institución de servidumbre».
Por otra parte, también gracias a la obra de la Revolución de 1789-1793, «el poder real de derecho divino sólo se ejerce hoy en Rusia, dice pero también allí se agita en sus últimas convulsiones» y «casi toda Europa tiene en sus códigos la igualdad ante la ley y el gobierno representativo».
Pero si bien la burguesía reina en Europa, la Gran Revolución nos ha legado también los principios que han de desplazarla, esto es, los principios comunistas. Kropotkin sabe bien que la burguesía fue la principal beneficiaria inmediata de la Revolución, pero se niega, a admitir que ésta haya sido en su contenido e ideales una revolución puramente burguesa. No sólo el fourierismo desciende de L’Ange y de Chalier, y las sociedades secretas de Babeuf y Bounaroti son el origen de las sociedades conspiratorias de Blanqui de donde por filiación directa nació la Internacional
Cada revolución ha tenido un rasgo original: la inglesa y la francesa abolieron el absolutismo, pero mientras la primera se ocupó sobre todo de asegurar los derechos individuales y municipales, la segunda se fijó principalmente en la propiedad de la tierra y en la abolición del feudalismo, lanzando la idea de la nacionalización del suelo y de la socialización del comercio y de la industria.
«¿Qué nación se pregunta nuestro autor tomará sobre sí la tarea terrible y gloriosa de la próxima Gran Revolución?». Se ha creído que será Rusia. No lo sabemos. «La positivo y cierto es que, sea cual sea la nación que entre hoy en la vía de los revolucionarios, heredera lo que nuestros abuelos hicieron en Francia. La sangre que derramaron, la derramaron por la humildad. Las penalidades que sufrieron, a la humanidad entera las dedicaron. Sus luchas, sus ideas, sus controversias constituyen el patrimonio de la humanidad. Todo ello ha producido sus frutos y producirá otros aún, más bellos y grandiosos, abriendo a la humanidad amplios horizontes con las palabras Libertad, Igualdad, Fraternidad, que brillaban como un faro hacia el cual nos dirigimos».
La interpretación kropotkiniana de la Revolución francesa coincide, por una parte, con la interpretación socialista (Blanc, Jaurés, etc.), contra la interpretación liberal, y con una y otra contra la historiografía conservadora, ultramontana y reaccionaria. Por otra parte, sin embargo, se aparta de la versión socialista y se enfrenta a ella desde varios puntos de vista.
Se le puede caracterizar mediante las siguientes tesis fundamentales:
1º La verdadera fuerza revolucionaria no estuvo integrada por la burguesía sino por el pueblo (artesanos, campesinos). 2º El movimiento de 1789-1794 no constituyó en realidad una sino dos revoluciones diferentes: A) la burguesa (cuya meta era el establecimiento de la igualdad formal) y B) la popular (que se proponía conquistar la igualdad de derecho, esto es, la igualdad económica). 3º Desde los primeros momentos del estallido revolucionario se delineó en los sectores populares una fuerte tendencia hacia el comunismo. De hecho, todas las ideas esenciales del socialismo moderno fueron expuestas durante la Revolución francesa. 4º En la revolución desempeñaron un papel esenciadísimo los clubes y, sobre todo, los municipios y las secciones, es decir, los organismos de base. El espíritu revolucionario del pueblo se manifestó como un espíritu federalista, opuesto constantemente al centralismo burgués. 5º La espontaneidad revolucionaria del pueblo tuvo en los acontecimientos un peso mucho mayor que la acción legislativa o los planes del gobierno y de los partidos. 6º Los girondinos constituyeron el ala derecha de la burguesía revolucionaria, pero los jacobinos no pasaron nunca de ser demócratas burgueses, incapaces por lo general de ir más allá de la igualdad ante la ley y de comprender las aspiraciones del pueblo. 7º La revolución no cometió todos los excesos que los historiadores liberales y reaccionarios le atribuyen, pero no estuvo ciertamente libre de evitables violencias. 8º Las dos principales conquistas logradas en la Europa del siglo XIX: la abolición de la servidumbre y la supresión del absolutismo, son fruto de la Revolución francesa. Pese al bonapartismo y la restauración legitimista, nadie ni nada podrá borrar ya su impronta en la historia universal.
La historiografía marxista ha visto en general con simpatía la obra de Kropotkin sobre la Gran Revolución. El gobierno de Lenin decidió, como ya dijimos, reeditarla. Pero es interesante advertir que aquello en que los historiadores «soviéticos» más se alejan del príncipe Kropotkin es precisamente en el papel fundamental que éste atribuye a los «soviets» (es decir, a las comunas y secciones) en el desarrollo de la Revolución francesa.
En las últimas páginas de la obra dedicada a la Revolución francesa, esboza Kropotkin una interesante teoría histórico-filosófica de la revolución.
Para él, como para su amigo y colaborador Reclus, ésta no excluye la evolución sino que, por el contrario, se encuentra unida a la misma. Hay momentos de la historia en que se hace necesario un cambio total y profundo. Hasta un cierto instante la reforma todavía es posible, pero cuando la sangre llega a correr en la calle, la revolución se impone, como sucedió el 14 de julio de 1789.
La revolución, una vez desencadenada, debe desarrollarse necesariamente hasta sus últimas consecuencias, o sea, hasta donde puede llegar, aunque sólo sea por un tiempo. Antes hubo, sin duda, una larga evolución. Si representamos a ésta como una recta que sube gradualmente, la revolución, que sobreviene de golpe, habrá de dibujarse como una línea que, a partir de un determinado punto de la anterior, asciende repentina y verticalmente. Asciende, claro está, hasta donde puede ascender en aquel momento histórico (en Inglaterra, por ejemplo, hasta la República puritana de Cromwell; en Francia hasta la República descamisada de 1793). Pero en el punto más alto no puede sostenerse. Cede, gracias a las fuerzas reaccionarias que se unen contra ella, y la línea desciende. Sin embargo, poco a poco comienza otra ves la línea a subir; y al restablecerse la paz (en Inglaterra en 1688; en Francia en 1815), se encuentra siempre a un nivel mucho más alto que antes de la Revolución. Se reinicia el lento proceso evolutivo; la línea que asciende otra vez, alcanzará una altura muy superior a la de antes de la tormenta.
«La historia de la Revolución francesa de Kropotkin pertenece a las obras clásicas sobre esta materia; es imprescindible como obra de consulta, como motivo de inspiración y como base para un nuevo criterio historiográfico», dice Diego Abad de Santillán en su trabajo Pedro Kropotkin, historiador de la Revolución francesa (prólogo de la edición argentina, Buenos Aires, 1976).
Los historiadores profesionales y, sobre todo, los historiadores oficiales en general no suelen reconocerlo así. Sin embargo, el mismo Santillán aduce el juicio de algunos de ellos.
F. Von Aster, (Die französische Revolution und die Entwicklung ihrer politischen Ideen) antepone la obra de Kropotkin otro estudio sobre el tema, en cuanto la misma constituye la primera verdadera historia de la acción popular en la Revolución de 1789. Henri See (Science et Philosophie de l’histoire) opina que el libro de Kropotkin sobre la Gran Revolución «abunda en visiones profundas, en ideas de una notable precisión». Y, resumiendo su juicio sobre la obra, dice: «Ha comprendido el sentido profundo de los acontecimientos revolucionarios; ha visto que los hechos políticos no hacen a menudo más que recubrir los hechos económicos y sociales mucho más significativos. Las luchas de los partidos y de los personajes políticos no aparecen en el primer plano; el gran actor es el pueblo. Ha puesto admirablemente en claro la idea de que el triunfo de la revolución, incluso de la revolución puramente burguesa, no ha sido posible más que gracias a las insurrecciones populares… Los historiadores profesionales, por eruditos que sean, leerán y meditarán con provecho la obra de este espíritu, que, en muchos aspectos, e incluso en un dominio que no era de su especialidad, se nos aparece como un iniciador».
Es claro que, desde un punto de vista científico, la obra de Kropotkin adolece de una documentación parcial, según señalamos al principio, al decir que sus fuentes se reducen al material del British Museumy no incluyen los archivos franceses. En tal sentido, como dice A. Bonanno (Introducción a la edición italiana, 1975), puede considerarse superada por investigaciones, como las de Lefébvre, Mathiez, Soboul y otros, que «han reparado no pocas inadvertencias de los historiadores de la generación precedente».
Sin embargo, conforme a lo que añade el mismo Bonanno, «esta nueva generación con la excepción de Guerin y de otros menos notorios ha impuesto una interpretación de estrecha observancia marxista, cuando no se ha llegado a una visión directamente stalinista, de incondicionada exaltación del jacobinismo».
Aun al reconocer el carácter burgués de los grupos jacobinos, estos historiadores no pueden olvidar el jacobinismo de Lenin y ven en la acción centralizadora y violenta de aquéllos una anticipación de la dictadura del proletariado. Minimizan la acción y el pensamiento de los grupos que Kropotkin denomina, siguiendo a autores de la época, «anarquistas», y coincidiendo con la historiografía reaccionaria, tratan de disminuir el alcance de la tentativas de democracia directa (Cfr. A. Soboul, La Révolution française), igual que los historiadores stalinistas y liberales de la guerra civil española desdeñan o pasan por alto los intentos de organización libertaria de la sociedad en Cataluña, Aragón, Andalucía, etc. (Cfr. Gastón Leval, Colectividades libertarias en España, Madrid, 1977; Agustín Souchy Bauer, Entre los campesinos de Aragón, El comunismo libertario en las comarcas liberadas, Barcelona, 1973; José Luis Gutiérrez Molina, Colectividades libertarias en Castilla, Madrid, 1977; F. Mintz, La autogestión en la España revolucionaria, Madrid, 1977).