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El ejemplo

La noche era fría y ventosa, de esas que duelen en la cara. Mediaba 2014, ya quedaba poco de Mujica como presidente y su fama internacional atravesaba por uno de los mejores momentos. Cuatro meses después se elegiría al ganador del Premio Nobel de la Paz y él era uno de los candidatos. Perfil bajo, le recomendaron sus consejeros más cercanos, pero él no escuchó. “Nos vamos al aeropuerto”, ordenó a su chofer. “Ahora mismo”. No preguntó ni siquiera si la hora era la correcta.

Cuando llegó al Aeropuerto Internacional de Carrasco a las ocho de la noche del jueves 26 de junio, esperó unos minutos y le avisaron que el futbolista Luis Suárez todavía no había iniciado su retorno desde Natal, en Brasil. La FIFA lo había suspendido por nueve partidos oficiales con la selección uruguaya y cuatro meses en cualquier actividad futbolística, incluso pisar un estadio. Como si fuera poco, lo había obligado a retirarse del hotel en el que estaba alojado con sus compañeros de la selección. Casi como a un delincuente. El motivo: la mordida a un jugador italiano durante un partido de la Copa del Mundo. Todos los uruguayos estaban indignados con la severa sanción, pero en el exterior el que generaba indignación era Suárez.

Poco le importó a Mujica lo que se dijera en el mundo. Decidió recibir al futbolista como si fuera una víctima o un héroe, apenas pisara suelo uruguayo. No llegó esa noche. Aterrizó al amanecer, pero el presidente igual estaba allí para darle la bienvenida al costado del avión. Ante la demora, Mujica fue hasta su casa, durmió unas horas y volvió. Quería verlo, fuera como fuera. Le dio un fuerte abrazo de bienvenida, tímido pero sentido, y hasta lo invitó para que se fuera con él unos días a la estancia presidencial de Anchorena.

—Se lo agradezco mucho, presidente. No puedo creer que esté acá con este frío. No era necesario —le dijo Suárez con sorpresa.

Estaba acongojado y hablaba con la voz cortada.

—Quería darte energías para atravesar la tormenta, botija. Porque mirá que todas las tormentas pasan. Todas. Necesitás estar tranquilo —lo alentó Mujica.

Una semana después, cuando la selección uruguaya volvió de Brasil tras haber sido eliminada en octavos de final por Colombia, Mujica retornó al aeropuerto para otra bienvenida. El periodista Sergio Gorzy, que viajó en el mismo avión que los futbolistas, se encontró con la pareja presidencial al salir de la manga. Su cámara estaba encendida y preguntó al presidente su opinión sobre la FIFA. “Son una manga de viejos hijos de puta”, respondió Mujica. No había registrado que lo estaban filmando. Se tapó la boca y sonrió con picardía, pero habilitó la difusión de lo que había dicho.

No pareció una decisión inteligente en ese año de apogeo internacional y hasta de posibilidad del Premio Nobel. La mayoría de los uruguayos pensaba como él y hasta compartía el insulto, pero para el mundo se desdibujaba el Mujica conciliador y pacífico. Por eso llegaron las recriminaciones de asesores y hasta la sugerencia de pedir disculpas. “No me entienden. Nunca voy a dejar a un botija como Suárez solo”, fue su argumento al negarse al arrepentimiento.

No es por el fútbol. Esa pasión no explica el desliz de Mujica. Disfruta del juego pero no lo siente con tanta intensidad como la mayoría de sus compatriotas. Es capaz de mirar un partido y hacer algún comentario interesante sobre jugadas y goles, pero lo que más le importa es lo que no se ve en la cancha: la movilidad social que permite ese deporte. En eso Suárez es un ejemplo, y de los mejores.

Mujica sabe la historia de vida del centrodelantero y por eso lo defiende y justifica. Le gusta ver cómo personas que nacieron en la pobreza llegan a ser los mejores deportistas del mundo y se burlan de su pasado, sentir cómo a veces la calle se impone a las grandes universidades. Respeta a los que muestran un camino alternativo, por más que ese camino no sea del todo recto.

“Suárez es un gurí bárbaro, que se hizo de abajo. Lo conozco bien y tiene la picardía del pobrerío. Es un buen tipo”, nos dijo en 2010, cuando hacía poco que había asumido como presidente y Uruguay había clasificado cuarto en el mundial de Sudáfrica. En esa oportunidad, Suárez evitó un gol en el último minuto del partido contra Ghana al atajar una pelota con su mano. Uruguay ganó luego en la ronda de penales y los africanos acusaron al delantero de antideportivo y lo compararon con el diablo. “No saben lo que dicen. Al hablar con él te das cuenta de sus buenos sentimientos. Lo que hubo ahí fue viveza pura”, opinó en aquel momento Mujica.

La viveza, la ventajita y hasta la concepción de la cancha como un campo de batalla son características del fútbol. Eso también cuenta con la simpatía de Mujica, que lo interpreta como una singular manifestación del que creció sufriendo la exclusión. Los más vivos pueden llegar. Tienen como alternativa correr tras una pelota, ganar millones y conservar esa fortuna. A los vivos hay que respetarlos y aprender de ellos, dice Mujica. Por eso también se siente cerca del empresario de fútbol Francisco Paco Casal.

Casal es un personaje cuestionado para muchos uruguayos, sinónimo de los negocios millonarios y extraños que se levantan alrededor del fútbol. Empezó como un niño que se metía sin permiso en las canchas de barrio y terminó decidiendo qué jugadores debían ser titulares en un mundial. Representa casi todo lo relacionado con el fútbol en Uruguay: lo bueno y lo malo.

Es un personaje de película, un hijo del sistema, una mente torturada. Tiene el olfato de los gurises de la calle. Alcanzaba las pelotas durante los partidos en las canchas más humildes y un día entró a vender pelotas firmadas por Pelé, que firmaba él.
Me junté solo algunas veces con Paco. Los abogados que lo defendían en sus líos con el Estado fueron los que hicieron el vínculo. Le tiene una bronca bárbara a la aristocracia y siente gusto por pisarle la cabeza. Tiene un sentimiento de clase fuerte, un resentimiento importante y banca pobrerío. Quiere aplastar a los que están arriba y alguna vez lo cagaron.

Mujica lo conoce bien. Es cierto que no se reunió más de una decena de veces con él, pero siempre tuvieron afinidad. También Lucía le tiene mucho aprecio. “Lo quieren como a un hijo”, decían dirigentes de fútbol en los años del gobierno, una afirmación que parece exagerada. Ni Mujica ni Lucía lo quieren como a un hijo, pero sí lo respetan y valoran.

Cuando hacía menos de un año que era presidente, Mujica viajó un fin de semana a Madrid a sugerencia de Casal. El objetivo era que conociera al entonces presidente del Real Madrid, Florentino Pérez, para ofrecerle negocios. Pérez es uno de los principales empresarios españoles en el rubro de la logística y energía y luego de la visita invirtió en molinos de viento en Uruguay.

“Es un tipo al que admiro mucho”, nos dijo Casal sobre Mujica durante ese viaje, alojado en uno de los hoteles más caros de la capital española y vestido con más de USD 10.000 entre ropa y alhajas. Mujica quedó muy entusiasmado con el poder de Paco en Europa aunque no volvió a repetir la experiencia.

Tiene amigos pesados en serio. Es brutal. El presidente del Real Madrid, el del Milan. Es amigo de esos tipos. Quisiera tener un embajador de Uruguay así. ¡La puta! Tiene habilidad para hacer negocios y eso genera enemistades terribles. Yo viví el poder que él tiene afuera del país. Eso la gente no lo entiende. Acá genera un “estás conmigo o contra mí”. PeroPaco es necesario. El capitalismo genera al intermediador. Si no era él, era otro. Es cierto que genera polémica pero no por eso le voy a cerrar la puerta.

Casal estaba muy poco en Uruguay y hablaba en forma esporádica con Mujica en esos años, pero el vínculo entre ambos era evidente y generó críticas de todo tipo y más de un problema al oficialismo. Hay pocas fotos de ellos juntos y casi ninguna después del viaje a Madrid, aunque todos sabían acerca de los códigos compartidos. Había algo que gustaba a Mujica de ese ejemplo de nuevo rico, de empresario prepotente en el mundo del fútbol, de compadrito de barrio que defiende en las grandes ligas a los jugadores semianalfabetos.

A cualquier tipo que tenga éxito en Uruguay lo matan y a él no lo van a perdonar porque además viene de abajo. Pero ojo, que él tampoco perdona. Si lo llevás a prepo te mata, pero también es un tipo muy solidario con los que quiere y eso hay que valorarlo.
No es ningún angelito porque los angelitos en ese medio no llegan a nada, pero hay que juzgarlo en su contexto. El fútbol es, entre otras cosas, un gran negocio capitalista en el que también hay una corrupción importante.

Casal ayudó mucho a Uruguay en ese aspecto, cuando estaba en su apogeo como empresario. Es más: a Mujica le llegó la versión de que la selección uruguaya clasificó a los mundiales de 2002 y 2010 en parte gracias a Casal. En el primero utilizó sus influencias para procurar que Uruguay y Argentina empataran en el último partido de las eliminatorias. Argentina ya tenía un lugar en el mundial y Uruguay no podía perder. Resultado final: 0 a 0 y las dos selecciones clasificadas. También se dice que distrajo todo lo que pudo en Montevideo a la selección de Costa Rica, con la que Uruguay definió la clasificación a Sudáfrica, y que llegó a tener misteriosos diálogos con algunos jugadores centroamericanos.

Como presidente, Mujica tuvo que tomar ciertas decisiones que involucraban a Casal en forma directa y siempre optó por el camino menos traumático, sin perjudicar demasiado a su amigo empresario. Le otorgó un canal de televisión satelital, aunque luego de que presentara una de las mejores propuestas ante un llamado público a interesados. También le perdonó una deuda que mantenía con la Dirección General Impositiva del Estado, pero porque los abogados estatales habían cometido un error importante: la calcularon en 290 millones de dólares cuando en realidad no era de más de 10.

Mujica optó por no cobrarla, en acuerdo con Tabaré Vázquez, con el argumento de que estaba salvando al Estado de un juicio millonario de Casal por daños y perjuicios. Es probable que ese juicio llegara tarde o temprano, pero el presidente eligió resolver el tema fuera de los tribunales. Evitó la confrontación.

No era fácil la disyuntiva. Estaban esperando que arreglara con Paco para decir que estaba comprado. Pero Paco le podía hacer un agujero al Estado. Estaba en un problema complicado. Cualquier decisión que tomara era una cagada. Por eso pedí que me asesoraran y me recomendaron llegar a un acuerdo. Fue la forma de generar el daño menor. Los informes que recibí de la Fiscalía de Gobierno me mostraron la magnitud del error cometido y el costo que podía llegar a tener un juicio contra el Estado. Fue la Fiscalía la que sugirió el camino y Vázquez fue consultado.

Como agregado, Mujica mantuvo siempre abiertas las puertas de la Torre Ejecutiva para Gustavo Torena, el Pato Celeste, hombre visto como de confianza del empresario futbolístico. Torena no tenía contacto frecuente con el presidente, pero sí con su entorno. Eso generó cierto fastidio en una parte de la opinión pública uruguaya, que no le tiene simpatía. El Pato Celeste aparecía en fotos detrás de Mujica durante reuniones importantes y los uruguayos lo asociaban cada vez más a Casal.

Pero Torena tiene un vínculo muy menor con el empresario futbolístico y la definición que mejor le cabe para Mujica es la de un “buscavidas”. Se hizo famoso con su sobrenombre de Pato Celeste luego de viajar con la selección uruguaya de fútbol e ingresar a distintas canchas en el mundo disfrazado de pato. Ese es su principal mérito, pero su incidencia en los negocios más importantes es menor.

Le han dado al pedo al pobre Pato. Se piensan que es el centro del universo y eso es un disparate. No es de confianza de Casal. Es un pobre loco que vive de pellizcar. Armaron toda una película con la incidencia del Pato en el gobierno y no se dan cuenta de que todo eso es una fábula inexistente.

De todas formas, Mujica sí intentó disminuir el poder de Paco pero no pudo porque nunca tuvo entrada en el mundo del fútbol. Procuró que se licitaran los derechos de televisación que manejaba en exclusividad Tenfield, la firma de Casal, y hasta evaluó la posibilidad de que la empresa estatal de telefonía pudiera participar en el negocio. Todo un cambio que nunca se concretó. No lo apoyaron ni los principales clubes de fútbol de Uruguay ni parte de su gobierno.

Nunca pude entender los problemas del fútbol. Es cierto que tengo simpatía por Casal, pero me hubiera gustado sacarle un poco del negocio. Lo que pasa es que te metés ahí en el medio y te das cuenta de que ni siendo presidente de la República podés cambiar mucha cosa. Es brutal la guita y el poder que maneja el fútbol.

A Mujica no le interesa el dinero. No hay pose en esa actitud despojada, es auténtica. Gasta solo lo necesario y lo demás lo dona o lo ahorra para comprar material agrícola o tierras. Ni siquiera sabe lo que gana por mes. Pero tiene amigos que han hecho fortunas y a los que valora. Capitalistas en todo el sentido de la palabra. No los nuevos ricos vinculados al fútbol. Capitalistas con mayúscula. Burgueses uruguayos y extranjeros. A esos también los pone como ejemplo, aunque no por su dinero.

Hay estereotipos de lo que es el burgués. El burgués pide la suya y está para hacer más. Pero hay muchos que tienen códigos. Es cierto que hay otros que no, que son de lo peor, pero hay muchos que hay que escucharlos porque esa experiencia sirve.

Un discurso difícil de digerir para la interna de la izquierda y mucho más para algunos de los compañeros de Mujica, que mantienen una visión sesentista y contestataria de la burguesía.

—Estoy muy distanciado de mi sector político en todo esto. Vivo en una gigantesca soledad y la siento en serio a veces.

—Aquello de la oveja negra.

—Sí, y de las más resistidas. Por algunas de mis cosas, soy odiado por la derecha e incomprendido por la izquierda. Ahora todos me hacen la venia porque soy presidente, pero mirá que hay muchos de mi partido que me odian.

—Te puedo asegurar que muchos del otro lado también.

—Y otros son mis amigos. Ser amigo de un burgués es inconcebible para un tipo de esa izquierda. No ven lo que yo veo, que es la capacidad de gerenciar, de administrar, de generar trabajo, de todo eso. Es más complejo de lo que parece. Los capitalistas son la energía creadora del mundo. Estoy mirando a la humanidad que nos sacó de la caverna y fue capaz de crear el mundo actual. A veces hacerse entender es bravo. La creación de una sociedad nueva no es para estúpidos. Hay que tener mucha calle, filosofía y la cabeza muy abierta.

—¿No habrá un tema de interpretación también?

—¡Es claro! Yo defiendo la liberación nacional como etapa larga hacia un país desarrollado. Ese es mi principal objetivo. Y el concepto de liberación nacional es policlasista, necesita la participación de por lo menos una parte de la burguesía para que sea viable. No se puede hacer en contra de la burguesía. También tengo amigos burgueses para eso, porque los necesito de mi lado. Ese concepto no lo pueden entender.

Cerca de la casa de Mujica hay un empresario veterano que apenas terminó la escuela. Es un agricultor que puso un valor agregado importante a su producto. Vende, por ejemplo, los tomates envasados a los grandes supermercados y cadenas de comida multinacionales. Va sumando más y más ideas, cambia sobre la marcha a puro olfato. Su formación es la experiencia y los viajes. Todos los años visita distintos destinos y siempre se trae buenas ideas. “Es un viejo increíble”, lo define Mujica.

Algo similar recuerda del “viejo Gard”, dueño de una de las principales marcas de aceite del país. Noventa años tenía Romualdo Gard cuando falleció en diciembre de 2014. Estaba ciego y seguía yendo a trabajar todos los días. Inauguró una nueva planta industrial semanas antes de morirse. Un ejemplo recurrente para Mujica, al igual que otra decena de pequeños empresarios uruguayos que empezaron de cero.

Lo que tienen en común para él es el olfato, la inventiva, que “laburan como perros”, el coraje y la capacidad de arriesgar. También saben elegir muy bien a quienes los rodean. Ese es un aspecto fundamental para Mujica: estar dispuesto a contratar a los más inteligentes, aunque hagan sombra.

Varios empresarios locales me movieron el piso y no tienen nada que ver con la izquierda. Son productos de la economía burguesa, pero son tipos útiles en la sociedad, no son parásitos. Uno, por más de izquierda que sea, tiene que reconocer a esos tipos porque se rompen el alma laburando y dan laburo. Son burgueses admirables.

Del exterior, hay tres empresarios multimillonarios que han hecho inversiones en Uruguay y Mujica cita en forma frecuente como ejemplo: un griego y dos argentinos. Los tres son veteranos, los tres viven en la opulencia, los tres no dejan de sumar nuevos emprendimientos por más que ya lograron una fortuna.

El primero es Panagiotis Tsakos, uno de los principales navieros de Grecia. “Un personaje. Tiene como veinte barcos y una isla que es de él en Grecia. Es puro sentimiento ese viejo”.

Tsakos compró un importante edificio en la rambla portuaria de Montevideo para hacer un gran astillero. Tenía todo preparado, pero le fallaron los obreros locales. “Son inteligentes los uruguayos, el gran problema es que no quieren trabajar”, dijo Tsakos a Mujica. “Tiene razón”, contestó el presidente.

Dejó el astillero por el camino porque tampoco lo habilitaron a traer obreros desde Grecia. No podía montar su idea con unos pocos uruguayos. Entonces se compró una estancia y se dedicó a los negocios agropecuarios. Además, maneja una gran fundación en Uruguay con su nombre que fomenta el intercambio cultural entre los dos países.

El tipo se adaptó a lo que es Uruguay y empezó a hacer guita acá también con el negocio agropecuario. Trajo a la madre, una griega que nunca le dio pelota a las decenas de barcos de su hijo por todo el mundo pero cuando vio que acá tenía 1000 vacas y 3000 ovejas le dijo: “M’hijo, no sabía que éramos ricos”. No se puede creer.

El segundo es Samuel Liberman, empresario argentino dueño de medios de comunicación y cadenas hoteleras. Liberman se acercó a Mujica unos años antes de que fuera presidente, a través del exministro de Industria Jorge Lepra, y establecieron una muy buena relación. A Mujica le gustó su discurso emprendedor y la forma como fue construyendo, ladrillo por ladrillo, un pequeño imperio. Liberman registró al viejo exguerrillero como una persona auténtica pero extraña.

Unos meses antes de que asumiera como presidente, Liberman invitó a Mujica y Lucía a su mansión en Punta del Este, toda una manzana que sorprendió a la pareja. “Nunca terminábamos de entrar”, nos contó después.

El empresario argentino les preguntó cómo se habían conocido, aprovechando la intimidad de la sobremesa hogareña y luego de más de cuatro horas de charla y algunas botellas de vino. Mujica recordó que fue en la época en la que eran clandestinos, huyendo por los montes. “Nos juntó el miedo”, dijo con los ojos llenos de lágrimas. Se emociona seguido, pero solo con las personas con las que se siente cómodo. Deja fluir con mayor libertad su sensibilidad, aunque siempre de forma controlada.

Años después, ya siendo presidente, volvió a encontrarse con Liberman y le llamó la atención su nuevo proyecto. No podía creer que a su edad estuviera emprendiendo otro negocio.

Liberman le entregó todo al hijo porque él está viejo, pero se fue a Kenia a plantar flores y venderlas. Se llevó a gente de Ecuador, que son capos en rosas, y está haciendo negocios allá. Es brutal ese viejo. Empezar con 80 años un negocio de cero en Kenia. ¡No jodás, papáááá! A esos tipos hay que darles bola. Son viejos llenos de plata pero no se dedican solo a disfrutarla. Tienen esa energía creadora. Vos te quedás admirado, son realmente ejemplares.

La relación con el tercer empresario extranjero al que Mujica citaba como ejemplo en forma frecuente fue un poco más turbulenta: empezó muy bien y terminó mal. Su nombre es Juan Carlos López Mena y es el dueño de la empresa Buquebus, que se encarga de unir Montevideo con Buenos Aires a través del Río de la Plata, casi sin competencia.

López Mena siempre estuvo cerca de los gobiernos uruguayos y argentinos. Su negocio depende del poder de turno y él lo sabe y actúa en consecuencia. Es un empresario muy hábil, que inició su carrera como vendedor de camisas y terminó con una fortuna millonaria en dólares. Empezó en el Río de la Plata con barcos y siguió en España, Italia y Croacia. Hasta sondeó la posibilidad de instalar un ferry entre Miami y La Habana.

El tipo no para. Yo le dije una vez: “¿Usted no va a dedicarse a disfrutar un poco de la guita que hizo?”. Él me respondió que esa era su vida. Es la elección de la aventura y el riesgo. Lo ves y no das ni dos pesos por él. Pero personas así cambian al mundo.

La reflexión fue anterior al incidente entre ambos. Lo que pasó después entre Mujica y López Mena tiene mucho que ver con el modo diferente en el que ambos ejercen el poder. El primero por desprolijo y el segundo por abarcativo. En mitad del gobierno, Mujica siguió un consejo de su entonces ministro de Economía, Fernando Lorenzo, y cerró Pluna, la compañía aérea de bandera uruguaya. Lorenzo realizó la recomendación porque el Estado era garante de los siete aviones de la empresa y podían ser confiscados por juicios millonarios que enfrentaba en el exterior.

El camino que utilizaron luego fue llevar los aviones a una subasta pública para recuperar parte del dinero invertido. Los interesados fueron cerca de una decena, pero al final solo quedó López Mena. Mujica puso a Lorenzo y a otros integrantes del gobierno a trabajar con él para buscar una salida. López Mena, que quería quedarse también con el puente aéreo entre Montevideo y Buenos Aires, consiguió a un oferente español, que participó del remate con un aval del Banco estatal uruguayo República, que tiene al dueño de Buquebus como uno de sus principales clientes.

El remate duró solo seis minutos, pero el plan no salió como fue previsto. La prensa se enteró de que el comprador estaba vinculado a López Mena y de que el aval para la operación lo había dado el Estado. El gobierno argentino reaccionó en forma inmediata, apostando con más fuerza a la compañía estatal Aerolíneas Argentinas para el puente aéreo entre Buenos Aires y Montevideo. López Mena se retiró del negocio y el Banco República le quiso cobrar el aval que le había dado por 14 millones de dólares, el 10% de la operación total.

El empresario argentino trató de evitar el pago de esa suma y negó estar asociado a los compradores. Mujica lo convocó a su despacho y lo invitó a cumplir con sus obligaciones, teniendo en cuenta todos los negocios que lo relacionan con el Estado. Después de muchas idas y venidas, López Mena accedió y hasta el día de hoy sigue pagando su deuda.

La alternativa sugerida públicamente en ese momento por senadores del Frente Amplio, para evitar la excesiva exposición pública de lo negociado, fue que el Estado pagara el boleto de reserva de los aviones. De esa forma se alejaba a López Mena del escenario. Mujica ni consideró esa posibilidad. No quería dar un paso más porque tenía miedo de que si lo hacía, su ministro de Economía y el presidente del Banco República terminaran presos por lo que podía ser interpretado como un perjuicio económico al Estado.

“No se abandona a los soldados en la mitad de la batalla”, nos dijo una mañana de noviembre de 2012 comiendo carne a las brasas en el quincho de su amigo el Gordo Sergio Varela, en la esquina de su casa. Nos confesó que había atravesado por una de las peores semanas de su gobierno. El error, reflexionó, fue la ansiedad por solucionar como fuera el tema de la subasta. “Acá nadie afanó nada pero hicieron cagadas por apurados”, fue su lectura.

Le preguntamos hasta qué punto él estaba involucrado. Quisimos saber si había sido él quien había armado la puesta en escena fallida para terminar con la compañía aérea. “Me hago responsable porque yo los dejé hacer. Es obvio que el presidente tiene la última palabra”, nos contestó con una mirada cortante, aunque nos dijo que la salida había sido diseñada por asesores del ministro de Economía.

Mujica resolvió que el Estado no volviera a intervenir y que actuara la justicia. Terminaron, el ministro de Economía y el titular del Banco República, procesados sin prisión en primera instancia, aunque por un delito distinto: el de abuso de funciones. Fue un golpe importante para el gobierno, y pudo haber sido peor. Mujica los defendió en público, asumió su responsabilidad política y pagó el precio.

El exceso de confianza en López Mena fue una de las causas de esa crisis. Lo volvió a ver en más de una oportunidad, pero el vínculo había cambiado. El empresario argentino ya no contaba con la aprobación del gobierno y tuvo algunas dificultades en sus negocios. Otro ejemplo para Mujica, aunque de los negativos, de los que le dejaron un sabor amargo. Lo expuso en su punto débil. A él y a su Gabinete.

Los procesados eran “soldados”, no amigos. Habían sido elegidos por el vicepresidente Astori y no integraban el círculo de mayor confianza de Mujica. Lo cierto es que son muy pocos los que están en ese grupo. De la oposición, el Guapo Larrañaga, y del gobierno los que trabajaron en su entorno, como Homero Guerrero, Diego Cánepa, su secretaria personal María Minacapilli, y algunos tupamaros, de antes y de ahora. También mantuvo una relación de confianza después de la campaña electoral con Pancho Vernazza y se sentía cerca de algunos ministros, como el de Desarrollo Social, Daniel Olésker, y el de Industria, Roberto Kreimerman. Los dos pertenecen al Partido Socialista, pero son en esencia mujiquistas.

Mujica no se siente cómodo con los integrantes del sistema político uruguayo. Son muy pocos los que colman sus expectativas. Como referente intelectual de sus opositores destaca a Ignacio de Posadas, un abogado católico que fue ministro de Economía a principios de la década de los 90, cuando Lacalle era presidente. De Posadas tiene más de 70 años. Creció en otra época.

—El viejo discurso: los políticos de antes eran mucho mejores que los de ahora…

—El problema es que ahora falta contenido. El descreimiento en la política es también por la falta de un discurso atractivo de los que ocupan los principales lugares.

—La falta de renovación puede ser por culpa de los más veteranos, que no dan un paso al costado.

—Eso suena a excusa porque el que tiene con qué, llega. También hay un tema de capacidades. Yo leo papeles políticos del 40 y me encuentro con tipos mucho más modernos que ahora. Había tipos que te dejaban pensando pero no lo encuentro hoy, ni en el Frente Amplio. Ese es el problema. Por algo se trancó el Uruguay. No era así. Se quedó.

—Haber hay. El tema es que no se dedican a la política.

—Es cierto que hay muchos que salen rajando. Cuanto más lejos de la política, mejor. Pero tampoco surge ningún nuevo músico como Zitarrosa o como los Olimareños. En el periodismo también pasa. El nivel bajó muchísimo. Uruguay siempre está recurriendo a su pasado, a reliquias, para mantenerse en pie. Falta mucha gente que haga pensar. No tengo claro qué fue lo que falló en las últimas décadas pero algo falló.

El día en el que tuvo lugar esta charla fue complicado para Mujica. Estaba muy decepcionado. Sentía que se había equivocado al impulsar a algunos dirigentes. Le pasó en la cúspide de su carrera, cuando estaba cerca de ser presidente. Apostó por la politóloga Constanza Moreira. La promovió como postulante para dirigir el Frente Amplio y después le dio un lugar en la Cámara de Senadores. Algo parecido hizo con el economista Alberto Couriel, que fue asesor de gobiernos de izquierda en Nicaragua y Perú.

Una vez electos senadores, ninguno de los dos hizo los aportes económicos al sector político que les dio el lugar. “El órgano más sensible que hay es el bolsillo”, dice Mujica con cierto enojo cuando recuerda la situación. Y le duele más si ocurre en la izquierda. Y más todavía con los suyos. Es cierto que no exige a los demás que vivan como él pero se ofusca cuando los que llegan gracias a él no retribuyen. Lo indigna. Allí no hay tolerancia. Le pasó con Moreira y con Couriel pero considera que es un problema más generalizado en la política.

En el Movimiento de Participación Popular hay un fondo para los compañeros cuando están enfermos y después está el fondo Raúl Sendic. Constanza no puso un peso. Me dicen que es de izquierda pero su corazón es más capitalista que la puta madre. Salió senadora de garrón, igual que Couriel. No ha puesto ni un peso en la vida. Se llevan todo de arriba. Al final te obligan a ser un hijo de puta, un sectario y no darle vida a nadie. ¿De qué izquierda nueva me hablás? Eso es todo una mentira.

Hay muchos que reciben la ira de Mujica. Desde los legisladores que se terminan haciendo sus casas gracias a los viáticos que no devuelven, hasta las que se dicen feministas pero no practican con el ejemplo.

El 60% del Plan Juntos14 son mujeres solas con hijos. ¿Vos creés que apareció una organización feminista para ayudar? No, esas son todas intelectuales con sirvientas. Y el Frente Amplio tiene el caudal más grande de esas intelectuales insoportables. Se pelean con Lucía porque Lucía les tira la de la sirvienta. Es preferible lidiar con una trituradora antes que con ellas.

Los resentidos también le provocan rabia. Le duele que lo critiquen por acercarse demasiado a sus enemigos del pasado. Hacia ellos aparece la cara oscura del liberal que acepta a los que opinan diferente. Él optó por no cobrar las viejas cuentas y no cree que haya otro camino posible. En eso no deja demasiado espacio para la discrepancia.

Fui al cuartel de Rocha en el que me tuvieron preso un tiempo. Vino el comandante a sacarse fotos y me preguntó si podía traer a la mujer. Las vueltas de la vida. Terminé poblando sus portarretratos. Pero no les tengo odio a los milicos. Hay compañeros de izquierda que no lo pueden entender, que no me lo perdonan. Duele, y por momentos, da bronca que lo vean como una traición. Intenté transformar el mundo y me hago cargo. Si no eran los milicos, eran otros. No los odiaba, fueron instrumentos. Debe ser horrible vivir toda la vida con ese resentimiento. Me dan lástima los que sienten eso. No se dan cuenta de que uno también peleó con aprehensión. Se quedaron en aquellos años y con ese discursito, peleando con los muertos. Les sacás eso y no les queda nada. No entienden que la vida continúa y vienen nuevas generaciones. Vivir envenenado es vivir al pedo.

Sin embargo, de la vieja época también conserva amigos y los mejores recuerdos. De los aljibes obtuvo la paciencia y la esperanza, que lo llevaron muy lejos, mucho más de lo que nadie imaginó.

“¡Ah, eso es de ciencia ficción! Pienso en cuando estábamos en las catacumbas de Paso de los Toros y nos hablábamos a golpe de nudillos. Todo esto deja a Ray Bradbury como un escritor naturalista de un pueblito de Uruguay o de algún otro perdido por ahí. Es insólito”, sostuvo el exguerrillero Mauricio Rosencof sobre la Presidencia de Mujica en el semanario uruguayo 7N.

Rosencof, el Ñato Fernández Huidobro y Mujica compartieron durante la dictadura militar los cubículos más oscuros, separados por paredes ciegas, de distintos cuarteles. Los tres están vivos, con todo el alcance de esa palabra. Se ven muy poco, pero saben que la distancia no cambia nada. Se comunican con solo mirarse. “Son mis hermanos”, dice Mujica.

Cuando andaba por los aljibes, tenía cerca al Ñato y a Rosencof.
Rosencof escribía poesía para las novias de los milicos y el Ñato hacía dibujos y los cambiaba por tabaco. Yo leía. Algunos de los más jóvenes la quedaron. Al final, los viejos fuimos los que resistimos más. Tenemos una multitud de sombras que quedaron por el camino. De pura casualidad, seguimos, y eso nos hace estar más vivos.

Todo lo vivido queda en Mujica. Sabe que está viejo, que ya pasó mucho y que no es tiempo de reciclaje ni de largas preparaciones. Ya piensa más en el pasado como historia y en el futuro como bronce. Dice que no quiere “discutir al pedo ni perder el tiempo”. Que lo que importa es lo trascendente y que fuera de eso es preferible la retirada. “Me acuerdo del Bebe. Discutía media o una hora y después se acostaba a dormir. No bancaba mucho. Yo hoy haría lo mismo”, asegura.

¿Qué lugar tendrá la Historia para él? El de “escritor hablador”, elige. Esa imagen es la que más le satisface. “Desarrollo el pensamiento así. A veces me sorprendo a mí mismo con lo que voy diciendo”, sostiene.

Cita al antropólogo Daniel Vidart.

Es un tipo para disfrutar y para leer. Le tengo mucho aprecio. Va a pasar a la Historia. Hoy, de los intelectuales que quedan vivos, es uno de los más potentes, un tesoro del Uruguay. Es un testimonio de una generación brutal de intelectuales. Hay algunos tipos de ese Uruguay que valen la pena por ahí. Hay muchos que no se están viendo tanto ahora y dentro de un tiempo se van a ver con más claridad.

Los años dirán si Mujica integra ese selecto grupo.

14. El Plan Sociohabitacional Juntos fue el encargado de construir viviendas para los sectores más pobres con dinero donado por Mujica de su sueldo y con aportes de algunos funcionarios públicos y empresarios privados. Al final del gobierno de Mujica, se habían entregado alrededor de 3000 casas.