I

PAULOS firmó la instancia dirigida a los Excelentísimos Señores Cónsules Patentados de la Ciudad. Dudó si escribirla en latín o en el idioma urbano oficial, y al fin se decidió por este último. Solicitaba que le fuese concedido el ingreso en el Colegio de Astrólogos, atendiendo a los estudios realizados en Milán, en la Academia Sforzesca, ocupando la vacante del horoscopista Severo López, quien por nombre de oficio tenía el de Lupino Aleálogo, Lupino por el lupus que esconde el López, y Aleálogo por un tratado en dos tomos en el que dilucidaba en qué tipo de suerte o dado podía estar pensando César cuando pasó el Rubicón y dijo aquello de alea iacta est. En los últimos años de su vida, Lupino estaba lo más del tiempo de vacaciones, y se limitaba a hacer cada trimestre el horóscopo de los verracos de las paradas. Los paradistas le pagaban con unas libras de tocino, y una cesta de higos en su tiempo, que era muy del país el tener en las paradas dos o tres higueras para que se pusiesen a su sombra las cerdas que llevaban al padre. Se estimaba que las beneficiaba. Paulos liberado, pupilo de Fagildo, de ser admitido se llamaría simplemente, en el ejercicio de la plaza, Paulos Expectante. Paulos alegaba su experiencia infantil de las estrellas, método griego, por ejemplo, relación entre la navegación y las Pléyades, si matutinas o vespertinas, la Rubia y las cosechas, Aldebarán y los suicidios, etc., y más tarde estudios de haruspicini et fulgurales et rituales libri, con su tutor Fagildo, y ya en la Academia Sforzesca, disertaciones sobre la fúlgura entre los etruscos, de alfitomancia, sobre el cometa del año cuarenta y cuatro antes de Cristo, décimo y último siglo de los etruscos; sobre lo que Plinio el Viejo en Hist. Nat., II, 140, cuenta de Porsena, rey taumaturgo, quien suscitó un rayo contra el monstruo Volta, que depredaba en Volsinios, y finalmente una tesis, maxime cum laude, sobre el buey que en el año 192 a. C., bajo el cónsul Cn. Domitii, habló y dijo: Roma, cave tibi, «Roma, cúidate». Animales como estos, que habían hablado y sus palabras habían sido escuchadas distintamente por varios testigos, eran conservados preciosamente, y nutridos a costa de la República, pues se estimaba que tenían algo divino en su naturaleza. Finalmente Paulos aludía a su conocimiento de hierbas medicinales, y a la amistad suya con diversos mánticos de lejanos países, a los que había visitado en sus islas, y con los que había hablado, especialmente de las profecías de san Malaquías y las de Nostradamus.

A la misma plaza de Lupino Aleálogo aspiraba un racionero de la Basílica, quien decía haber encontrado en la bóveda del claustro de su iglesia unas piedras rosadas, colocadas a espacios irregulares y siempre en combinación con otras piedras suavemente azuladas, y que después de largos estudios había caído en que no era casual la colocación románica de las susodichas piedras, sino bien adrede, y para que en su día fuese leído en ellas un secreto que atañía al futuro de la ciudad. Él había llegado a leer, por —.— —..— —..— —, es decir, método telegráfico morse. Precisamente, comunicaba que se titularía en el oficio Morsenius Videns. El profesor de Historia de los Galos y Gentes de Dudoso Origen, miembro del jurado que estudiaba las instancias a la plaza de Lupino, planteó una excepción que exigía una investigación profunda del que ya se llamaba en el casino, en las barberías y en las tertulias, el secreto de la bóveda. Pues si estaba el secreto en morse, esto suponía que el maestro Froila, constructor del claustro en el siglo XII, se había adelantado en siete siglos a su tiempo, y era él el inventor del lenguaje telegráfico, y del telégrafo mismo, aparte del conocimiento de la energía eléctrica. Aceptada la excepción, como los cónsules querían completo el Colegio de Astrólogos para el momento de la presencia en el cielo, sobre la ciudad, del cometa, el racionero quedó fuera, y Paulos Expectante fue admitido al sillón de Lupino Aleálogo por unanimidad. El racionero hizo a su cuenta un andamio con ruedas, y subido a él paseaba por el claustro, empujado el ingenio por dos monaguillos. En tres meses de sesión continua había logrado leer sicut, ayudado por el repartidor de telegramas de la ciudad, que había aprendido el alfabeto morse por libre.

Los padres de María decidieron recibir a Paulos, que ahora ya tenía oficio remunerado, figuraba en el escalafón, y en su día tendría jubilación, y si moría, le quedaba a María la viudedad reglamentaria. Los padres de María vivían en la plaza, en una casa con cinco balcones y una enredadera que llegaba hasta el alero del tejado, una enredadera de grandes hojas rojas en los primeros días del otoño. Le abrió la puerta la anciana criada Clotilde y lo guió hasta el salón. Habían quitado las fundas a las sillas tapizadas de raso color piel de pera, y junto al balcón, en un sillón, hacía que bordaba la madre de María, y tras ella el padre, de chaqué, se apoyaba con una mano en el respaldo, como si fueran a fotografiarlo, mientras que en la otra sostenía un cuadrado sobre blanco. Paulos fue presentado por su nombre de astrólogo, por la voz tímida, y en la ocasión ronquezuela, de María. El padre hizo una leve inclinación de cabeza; la madre se quitó los lentes y suspendió el bordado. Posó el bastidor a su lado, en el suelo, tras clavar en el acerico que colgaba del aro las agujas con sus hilos de diferente color. María, nerviosa, no sabía cómo romper el silencio. Se sentó en el taburete del piano y anunció otra vez:

—¡Este es Paulos Expectante!

Le hubiese gustado atreverse a girar en el taburete y enfrentarse con el teclado, pulsando con fuerza algo allegro, allegrissimo, tan súbito y enloquecedor que obligase a todos a bailar. Paulos la miraba como si la viese por primera vez, y le parecía que se había sentado en el aire, lloviendo sus pequeños pies, calzados con calcetines blancos y zapatos de charol.

—Soy Paulos, muy señores míos, y amo a María desde la más tierna infancia. Cuando viajé a Milán, ya llevaba conmigo su imagen en un pequeño espejo encantado. En Irlanda, en las pequeñas lagunas que se forman en las fuentes, al pie de las colinas, después de beber dejaba aquietarse el agua, y se me aparecía María sonriendo, como formando parte del agua misma que yo necesitaba para apagar mi sed. Ya me conocían las perdices y no huían cuando me acercaba a beber. Una mañana de mayo, después de mí, bebió toda una pollada, y al beber se llevaron en sus picos la imagen de María. Tuvo que reñirles a los perdigones la madre, y obligarles a volver del brezal a la fuente, y cada uno restituyó el pedacito de María que se había llevado. Las otras perdices madres acudieron a contemplarla, y se posaron en mis hombros.

—¡Muy romántico! —dijo una voz emocionada desde la puerta.

Era tía Eudoxia, quien acudía a la presentación del pretendiente, con la jaula del canario flauta en las manos.

—¡Eudoxia, no dejes de vigilar las manzanas que están en el horno! —le gritaba la madre de María, colorada como un pimiento, abanicándose furiosa.

—¡Nunca creí que en la presentación de un pretendiente se escuchasen cosas tan hermosas!

Eudoxia hizo una reverencia de Corte, y se retiró con el canario. Desde más allá de la puerta del salón, desde el fondo del pasillo, venía ahora el canto de este, muy modulado, la frase balanceándose en el aire antes de que surgiese, como una saeta de oro, el trino, el larguísimo trino.

—¡Es tía Eudoxia! —explicó María.

—Viuda de un marino, la recogimos por caridad. ¡Todo antes de que se dedicase al teatro! —dijo la madre, tapándose el rostro con el abanico.

—Una cosa es salir de ángel o de peregrina en una procesión, o hacer el papel de pastora en un pesebre de Navidad, y otra recitar diálogos amorosos en las tablas, enseñándolo todo —dijo el padre, ofreciéndole una silla a Paulos.

—¡Las hijas del rey Lear no enseñaban nada! —aseguró María.

—¡Habla tu padre!

Se sentó a su vez, al lado de su mujer, y se alisó con cuidado, con ambas manos, la barba recortada. La cabeza era muy grande para su cuerpo, y los brazos en demasía cortos —el mismo distingo que da Lavater, fisonomista, para las familias de los burócratas de la Hansa.

—Nosotros —le explicaba a Paulos—, desde hace siete generaciones, nos dedicamos al comercio del lino y del cáñamo en el Báltico. ¡Tenemos crédito en Tilsit!

—Mi familia —dijo Paulos— nunca se dedicó a nada, especialmente. Mi abuelo, que era muy amigo del mariscal Bernadotte, se pasaba lo más del año criando la cesta de caracoles que le enviaba por su cumpleaños. Mi padre, del que nada recuerdo, fue cazador. De mi tío y tutor Fagildo, ya han oído hablar. Mi madre, sonreía. Desde Viena le mandaban recados de que fuese allá, a enseñar la sonrisa a las archiduquesas. No, una sonrisa cualquiera no, una sonrisa que nace de la boca entreabierta, y se queda en el aire, visible, iluminando…

—¿La sonrisa de la Gioconda? —preguntaba desde el pasillo la voz curiosa de tía Eudoxia, quien había logrado atender a un tiempo a las manzanas en el horno y a la presentación del pretendiente.

—No, algo tan eterno, pero mucho más hermoso, tibio y acariciador.

—¡Ay!

—Pero, usted tiene fortuna.

—Acciones de la Compañía de Indias. Cobro los réditos el día de San Andrés Apóstol. Me los paga puntualmente el tesorero de la Compañía en Ruan, en un banco que pone en el puente que llaman Matilde.

—¿Va usted a cobrar personalmente?

—No. Desde el mismo puente me manda un pagaré que aceptan todos los banqueros de la ciudad. Lo único que exijo es que el pagaré venga en una cartera de cuero, y perfumado. Por ejemplo, si en la estación se dio bien la canela, con canela, y si se dio bien el té, con té. Hace cuatro años, estando yo en Milán como pupilo del signor Calamatti, del Scala, se produjo en el ducado la escasez de canela. ¡Hubo quien la falsificó con huesos de ciertas frutas silvestres o con tripas secas de pájaros emigrantes, cazados cuando venían del Sur, y que se sospechaba habían comido mosquitos que se endulzaban en los cinamomos! Pues yo abría la cartera del pagaré del año anterior, que fuera bisiesto, y cuando la cocinera del signor Calamatti hacía arroz con leche, la colgábamos al vapor sobre la tartera, y el arroz sabía como si le hubiesen echado canela en rama y aun espolvoreado después con canela molida. De vez en cuando, prestaba yo la cartera para la cocina del duque Galeazzo Visconti, y los convidados, que eran de todas las casas reales, se preguntaban de dónde habría sacado Su Excelencia la canela aquella.

—¿Cuánto cobraba por hora de uso de la cartera? —preguntó el padre de María, sacando lápiz tinta del chaleco, y dispuesto a echar la cuenta en el sobre blanco. Dos veces mojó la punta del lápiz en la boca.

—Nada, porque el duque me prestaba a cambio sus palomas mensajeras, que yo enviaba hasta los balcones de esta casa, a que dejasen caer de su pico violetas y pensamientos en el regazo de María.

—Se pudo aprovechar el viaje de regreso de las palomas, para los que quisiesen mandar una noticia urgente a Milán, a real la letra.

El padre de María reconvenía a esta con la mirada. Sosteniendo el sobre blanco con las dos manos, se dirigía ahora a Paulos.

—En vísperas de matrimonio, lo primero que tiene usted que aprender es a no despilfarrar. La virtud del ahorro es una virtud medicinal. ¡María, destapa la dote!

María corrió hacia la mesa redonda, y quito el paño blanco que tapaba la dote. Paulos, sin mirar las cuatro pilas de monedas de oro y las ocho de monedas de plata, la volvió a tapar.

—¡No debía haber hecho usted eso! —exclamó Paulos.

—¿Por qué? ¡La dote está bien contada! ¡La conté siete veces! ¡Dinero ganado honestamente con el tráfico del lino y del cáñamo! ¡Nunca se pasó del veinte por ciento! ¡Lo pueden atestiguar en Tilsit! Un tipo de nariz colorada que pasó por aquí en tiempos de mi abuelo, ese que está ahí retratado con monóculo porque se había casado con una portuguesa, se detuvo a la puerta del escritorio y gritó que sobornábamos a los subastadores para que nos mandasen la mejor mercancía. Después se supo que era de Burdeos, importador quebrado, y que corría la Europa insultando a los competidores. Fue detenido en Londres por la policía, sospechoso de que unas faldas de lino dulce que quería venderle a la reina Victoria tenían fulminante. La nariz era postiza, de cartón piedra, que le había prometido a su mujer que no sería reconocido en su viaje de protesta. ¡Único soborno, el pago al contado!

El padre de María avanzaba hacia la mesa dispuesto a destapar la dote. La mesa era redonda, la tabla de caoba, y el pie, un bloque que terminaba en tres patas curvas que figuraban cabezas de leones, de negra madera de Guinea. La habían colocado arrimada a la pared, debajo de los retratos de los antepasados, del abuelo del monóculo, de otro abuelo de la barba rubia, de la tía Casimira Modesta que daba por olfato la humedad de los fardos del cáñamo, del abuelo pensativo que apoyaba el codo en la chistera que estaba sobre la mesa —la misma mesa en la que ahora estaba depositada la dote—, y la sien en los finos dedos de la mano, inclinándose melancólica. Toda la pared estaba cubierta con los retratos, que apenas permitían ver las flores rojas del empapelado. Sobre la mesa, al lado de los montoncitos de monedas de la dote, el padre de María había colocado un quinqué de gas, el pie de plata y el vaso de la llama de cristal de Murano en forma de tulipán. Había pensado, cuando María destapase la dote, acercarse y encender el quinqué, que iluminaría las monedas y así le mostraría a aquel viajero despilfarrador el resplandor del dinero. La mano del padre de María fue interrumpida en su viaje hacia el mantelillo de terciopelo rojo, que cubría la dote, por la mano de Paulos.

—¡Estoy en mi casa!

La mano del padre de María era una mano pequeña, pilosa, húmeda, fría.

—¡Escúcheme, por favor, futuro suegro!

Paulos se había colocado entre el padre y la mesa. Miraba para María, que había vuelto a sentarse en el taburete giratorio, ante el piano.

—¡Han olvidado ustedes la proximidad del cometa! ¡Los cometas patrocinan las transmutaciones, lo que se sabe desde Cleopatra a Paracelso y el conde Bálsamo! ¡No, no pongamos en peligro a María! Imaginen por un momento que su futuro yerno es un apetecido del oro y de la plata, y que al mostrarle la rica dote no puede resistir la tentación de acariciarla. Y acariciada la dote, contadas las monedas con el pretexto de ver si son todas de la misma emisión, o va entre ellas una rara de Carolus, efigie occipital, o un peso del Perú, o un tálero de María Teresa, se acerca a María, diciendo que por hacerse con aquella dulce sonrisa, aquel sedoso cabello dorado, la tibieza de aquellas manos, y si ustedes no se escandalizan, con sus besos, no le importa la dote. Hay gentes suasorias. Yo asistí en Verona al encuentro entre Romeo y Julieta, en el baile que daban por añinuevo los Capuleto. ¡Veintisiete palabras no más necesitó Romeo para que Julieta se dejase besar en la boca! ¡Véanlo en Shakespeare! Yo, diciendo lo de la sonrisa, lo del cabello, lo del amor de las manos y los besos, me acerco a María y la toco. ¡Pongo mis manos que vienen del oro y de la plata en sus hombros, en sus mejillas, y mis labios en sus labios! y el cometa, en aquel momento, hace su oficio de ayuda transmutatoria pneumática, y María deja de ser esa niña que se balancea en el aire y pasa a ser muñeca de plata sobredorada. Yo me retiraría en silencio, sollozando. A ustedes les quedaba, después de todo, y pese a la desgracia, el consuelo de una obra única de celestial orfebrería. No habiendo tocado ni el oro ni la plata, puedo acercarme sonriente a María…

Se acercaba. María, como siempre que Paulos le contaba historias en las que entraba la dulzura alegre de su amor, se descalzaba nerviosa, dejaba caer al suelo los zapatos de charol, se quitaba los calcetines, entregaba los pies desnudos a las manos de Paulos, quien había inventado que las princesas de Chipre recibían así a sus amantes, cuando regresaban de sus navegaciones a las Fortunatae Insulae. Y se besaron.

—¡El éxtasis! —exclamó la voz emocionada de Eudoxia desde el pasillo.

El padre de María puso sus dos manos sobre el mantelillo que tapaba la dote, y la madre se echó a llorar.

Paulos tomó en sus brazos a María, y Eudoxia sostendría hasta el final de sus días que salieron por la ventana, en vuelo, y no por la puerta, andando. La madre de María, resucitando en su corazón algún sueño de juventud, entremezclaba risas con su lloro.

—¡Serán muy felices! —dijo al fin, más suspiro que voz. Y se desmayó. El padre recogía la dote en una caja de lata que había contenido jalea de membrillo.

—¡No tendrá la desfachatez de pedir la dote después de esta broma!

Eudoxia, olvidada de las manzanas que se asaban en el horno, corría tras los novios para darle a María los zapatos de charol y los calcetines. Es decir, volaba sobre los naranjos de los huertos, y se posaba en las chimeneas para averiguar por dónde huían los amantes.