I

LA ciudad fue fundada en una colina, que por la parte Sur descendía suavemente hacia el río, mientras que por el Norte y el Oeste habían cortado su expansión rápidos desniveles peñascosos. Al Este, una estrecha llanura la unía a otra colina que los de la ciudad llaman simplemente el Monte, porque es más alta que aquella en la que se asienta su ciudad. El Monte es un robledal, y a los llanos les llamaron las Huertas, que lo son. Aquí y allá se ven casas de labradores, construidas con la piedra oscura del país y techadas con pizarra. Todas las calles que llevan al río, se juntan en la puerta del Puente. Aunque ya no se cierra nunca, se conservan las dos grandes hojas de la puerta, de roble, forradas con planchas de cobre, pintadas de verde, erizadas de clavos puntiagudos, pintados de negro. El puente, decían los cronistas titulados, había sido construido por los romanos, destruido por los suevos, reconstruido por el Diablo y volado por los franceses. La ciudad lo reconstruyó a sus expensas y puso en él un león de mármol, que levantaba graciosamente la cola, y una lápida en latín. Los eruditos discutían la fecha de fundación de la ciudad, y qué había sido primero, si el puente o la ciudad. Había un tercer partido, el que sostenía que primero había sido la fuente, es decir, el culto a las aguas de la gran fuente que brota en la falda de la colina, y alrededor de la cual, pacientes investigaciones habían descubierto restos prerromanos y romanos. La fuente da todo el año la misma cantidad de agua, y a la misma temperatura, un agua delgada con un leve sabor, un algo que otras aguas no tienen, que no es propio de las aguas, y cuya definición ha agotado la imaginación de los poetas. El agua, la fuente, habría atraído a los primeros pobladores. Se habían encontrado en las excavaciones realizadas por los arqueólogos en las inmediaciones de la fuente, varios exvotos de barro o de bronce, que eran cabezas a las que ceñía una banda que les cubría los ojos. Algunos arqueólogos sostuvieron que, la más probable, era que la fuente fuese considerada medicinal para las enfermedades de los ojos, pero otros, en cambio, sostenían que la fuente había sido un espacio sacro en el que se realizaban misterios: las cabezas, casi infantiles, de barro o de bronce, serían exvotos de los que acudían, revelando su ignorancia, antes de la iniciación en los ritos reveladores, con la banda que les cubría los ojos. En la patética de los partidos políticos tuvo una gran importancia la interpretación de estos temas, que apasionaban a las gentes. Los reaccionarios, generalmente, defendían la fuente como origen de la ciudad, mientras los progresistas sostenían que la ciudad nació de una feria junto al puente, construido por los romanos por necesidades militares. La condición castrense del puente no dejó de crear ciertas dificultades a los jefes de las milicias, quienes diciendo siempre en sus arengas que descendían de los valerosos namasinos que siguieron a César y estrenaron el puente con su largo y pesado paso cuasi legionario, se veían obligados a reconocer, a causa de su tradicional vinculación con los reaccionarios, a la fuente como origen de la ciudad. Naturalmente, surgieron pronto los irenistas, que lo conciliaron todo. Fue este el partido de los comerciantes, pero en las barberías continuó hasta nuestros días la polémica tradicional. Dos o tres apariciones en la fuente, no fueron aceptadas por las autoridades eclesiásticas. Una de ellas fue la de san Juan a un soltero rico, don Julián, de los que llamaban del vizconde. Le entró sed al pasar cabe la fuente, sacó su vasito de plata, plegable, y bebió. Y no bien terminó de beber, se le apareció el Bautista, desnudo, cubriéndose los riñones con una piel de cordero, y con una jarra en la mano.

—¡Acércate! —le dijo, con una voz muy triste y dulce.

No le dijo precisamente «¡acércate!», que lo dijo en otra lengua, pero don Julián lo entendió. Y se acercó, quitándose la boina, que la llevaba muy encasquetada porque era muy dado a los catarros de relente. Eran las once de la noche, y don Julián regresaba a su casa después de echar una partida de tute en el Casino. Se acercó, y el Bautista vertió sobre su cabeza el agua de la jarra.

—¡Adiós! —dijo el Bautista.

—¡Buenas noches tenga usted! —respondió don Julián.

Un canónigo defendió la veracidad de los hechos basándose en su simplicidad. Le objetaban con el argumento de necesidad, famoso en las escuelas. Don Julián salía sin boina a pasear en las noches de helada, probando que había sido definitivamente curado de catarros de relente por el agua que la aparición le vertiera por la cabeza. Un historiador probó que no podía haber sido el Bautista, porque en sus días en Palestina no eran conocidas las jarras. Entonces, alguien sugirió que podría tratarse del antiguo genio de aquellas aguas, quien echaría mano del recipiente que tuviese más a mano. El dueño de una taberna, la de la esquina de la plaza, llamado el Pelado, aseguró que a él, misteriosamente, le había desaparecido una jarra cuya asa figuraba una serpiente, y que la echó de menos la misma noche del prodigio. El señor obispo prohibió que se utilizase la palabra «bautismo» al hablar del asunto, que don Julián ya había sido bautizado al nacer, y que la aparición, si la hubo, no dijo las palabras rituales. El Pelado aseguraba que fue aquella misma noche la de la fuga de la jarra, porque, confidencialmente, tenía la visita de una viuda, y para comenzar el doñeo con la prójima, había preparado un discurso que lo soltaría cuando le sirviese moscatel en la jarra del asa serpentina, sacando argumentos de la tentación de Adán por Eva, y por ellos deslizándose hasta la cama, que la tenía en la trastienda, calentita con dos canecos que fueran de ginebra holandesa. Don Julián decía que no se había fijado bien si fue jarra o vaso, o concha venérea, de donde cayó el agua sobre su cabeza. Al poco tiempo, una pulmonía acabó con él. Dejó toda su fortuna para ampliación de la fuente, con un pilón con una guirnalda de rosas y jarras con asa en forma de serpiente. En las jarras de ambos extremos de la guirnalda, el escultor labró a don Julián arrodillado. Como sobró dinero, la ciudad acordó gastarlo en dotes para doncellas pobres, con lo cual, durante cierto tiempo, se consiguió que descendiese el número de hijos ilegítimos en la ciudad.

La ciudad celebra cada quince de marzo el paso por el puente de Julio César, en marcha contra las tribus de los laquerones monocéfalos, para distinguirlos de otras tribus ulteriores que eran bicéfalas. Los historiadores explicaban que habiendo tenido los laquerones lacustres un antepasado bicéfalo, inventor de la red y de la hoz —con lo cual se explicaba la unión de las tribus pescadoras con las agrícolas—, lo imitaban los adultos llevando, en la guerra y en las ceremonias, al lado de la natural, otra cabeza de madera de abedul, pintarrajeada con grandes dientes hostiles. Se aceptaba que César había detenido en el puente, justamente en el tercer arco, donde ahora se alzaba el león, y había esperado a que le trajesen agua de la fuente para su sed. Era una mañana lluviosa y fría. Dos generales de César tenían ante él desplegado el mapa del país de los laquerones monocéfalos, desde las montañas Nivosas hasta el Océano. César ejercitaba su poderosa mirada en el mapa, y el Océano se retiraba, dejando una larga y estrecha franja de rojiza arena que permitía alcanzar el país de los laquerones bicéfalos lacustres sin necesidad de atravesar la selva ni cruzar las montañas. César bebió, paladeó el agua, volvió a beber, y sonrió.

—¡Sabe a recuerdo! —exclamó.

Cesó de llover, se fueron las nubes, salió el sol, cantaron mirlos en los chopos, y mismo bajo el puente saltó un salmón. ¡Felices augurios! Julio César, en su caballo Primaleón, cruzado de celta y de griego, pío, colicorto y meano, reemprendió la marcha.

El seis de diciembre es otra fiesta, la conmemoración del paso de san Goar Alpino. El pobre monje descendió de las Nivosas y al llegar al puente se detuvo, no osando pasar, porque nunca había visto nada semejante. Las gentes bajaron desde la ciudad a la entrada del puente para ver a aquel hombrecillo, flaco, los ojos llenos de luz, vestido de pieles, arrodillado, las manos apoyadas en un báculo de madera. Sobre su cabeza temblaba una luz dorada. El obispo de la ciudad, también con su báculo, algo cohibido porque sobre su mitra no se balanceaba ninguna luz, acudió a saludar a aquel insólito peregrino. Este dijo su nombre, Goar Alpino, de oficio encargado por Dios en las montañas Nivosas de guiar a los caminantes despistados, y explicó que nunca había visto obra parecida, y que oraba antes de aventurarse en ella, no fuese demoníaca.

—Lo fue —dijo el obispo—, pero ya no es, que yo mismo rocié cada piedra con agua bendita, y en nueve de ellas hice la señal de la cruz.

El obispo le explicó a Goar lo que era un puente, y cómo se construía. Viendo que Goar no le entendía muy bien el habla vulgar, se lo enunció en latín:

—Pons, pontis…

Goar sonrió y continuó la declinación:

—… Ponte, pontem.

Y sin que nadie le diese la mano pasó el puente con paso ligero, sonriendo a las gentes, tocando con el báculo la cabeza de los niños. En la fiesta de san Goar, se representa este suceso. Pons, pontis!, dicen unos. Ponte, pontem!, responden otros. Y se golpean amistosos, y ríen.

En la Alta Edad Media, por un nipote carolingio jorobado, el cual llegó a dominar las provincias que van desde el Océano hasta los ostrogodos, la ciudad fue dada como dote a una infanta llamada Berita, la cual odiaba a un hermano que le destripaba las muñecas cordobesas, y amaba a otro, que sólo viera una vez, y que la había besado en la boca, casualmente, con la prisa de despedirse para ir a la guerra. El hermano odiado puso cerco a la ciudad, por destriparle a Berita unas muñecas nuevas que sabía que había recibido hacía poco, y eran muñecas que andaban y sabían sentarse. Berita, ofreciendo su virginidad, logró que un caballero del séquito de su odiado hermano le diese muerte a traición, con lo cual salvó sus muñecas, y vio cómo la provincia del odiado, que quedaba así sin rey, pasaba al hermano amado. Para recibir en su cama al traidor, puso como condición que se bañase durante siete días seguidos en la fuente. Los paseantes se retiraban, se cerraban puertas y ventanas, y el traidor avanzaba desnudo hasta el pilón romano, donde se metía hasta el cuello, frotándose con hierbas de olor. Como era enero, y aunque por su ardor venéreo el traidor no notaba que el agua, después de salir de los caños a suave temperatura, en el pilón helaba, al quinto baño quedó tieso de la cintura para abajo, y casi impotente, tanto que no lo admitían en las mancebías, por el mucho tiempo que exigía de friegas variadas el ponerlo en servicio. Con lo cual Berita salvó su virginidad, que la ofreció perfumada a la memoria del amado hermano, al que nunca volvió a ver. Bajo Berita gobernaron la ciudad los flautistas provenzales que le quitaban la melancolía. Durante algunos años, por Carnaval, se echaba un muñeco siete veces en el pilón romano, figurando los baños del traidor, y las solteras hacían un corro. Pero los defensores de la fuente como origen de la ciudad, sosteniendo el carácter casi sacro de ella, lograron que se acabara aquella fiesta. Hasta el siglo XVIII, no se volvió a escuchar la flauta en la ciudad, por el mal recuerdo que había dejado el gobierno de los flautistas de Berita.

Las calles salen todas de la plaza de la fuente, y son estrechas, ya ambos lados hay antiguas casas con huertos, que dejan ver por encima de las paredes encaladas las camelias. En los desmontes sobre las murallas, se alzan cipreses. El camposanto está detrás de la catedral, en el vago que queda entre esta y los acantilados del Norte.

También hay en él cipreses y dos pequeñas fuentes. En una pequeña plazuela que llaman de la Plata, está la casa de Paulos, de dos pisos, con grandes balcones, y una enorme chimenea rectangular, coronada por ocho canes de piedra, que avanza sobre la fachada. Durante muchos años estuvo deshabitada, hasta que llegó a la ciudad Paulos y la compró a la criada vieja de Fetuccine, que no osaba vivir en ella, y lo hacía en una cabaña que había en un rincón de la huerta, y en la que guardaban sachos, hoces, podadoras, la máquina de sulfatar y dos escaleras de mano. Guidobaldo Fetuccine fue un prestidigitador y mago italiano que decidió retirarse a la ciudad, atraído por la fama de las aguas de su fuente. El signor Guidobaldo era un hombre muy elegante, jugando siempre bastón de bola de cristal con la mano derecha. Pequeño, breve de cintura, fácil en reverencias, saludaba a todos pero no llegó a amistar con nadie. Alguna vez subía hasta la plaza, acompañado de un criado negro que tenía, y cuando se formaba un corro a su alrededor, que Fetuccine golpeaba avisando con la contera de hierro de su bastón en el enlosado, primero saludaba quitándose la chistera de doble hebilla, tocaba con la bola de cristal de su bastón la cabeza de su criado, soplaba, y de la boca del negro salían volando dos palomas blancas. Tendía el bastón, y las palomas se posaban en él. Las cogía con la mano izquierda, y las metía en el bolsillo. Saludaba, y se iba, seguido del negro. Cuando murió Fetuccine, encontraron al negro tendido en una mesa, con la espalda levantada, que era muñeco de resorte. Fetuccine muerto era por lo menos dos cuartas más largo que Fetuccine vivo. Lo encontraron desnudo en el baño, y toda la ropa que tenía, aquellas levitas de corte francés, burdeos, siena, verdemar, le quedaba corta. Lo envolvieron en una sábana. Las palomas estaban empeñadas en meterse con él en el ataúd, y hubo que encerrarlas en una jaula. Se negaron a comer y beber, y pocos días después de la muerte de su amo murieron. Cuando llevaban el ataúd con el cadáver de Fetuccine, se escucharon truenos en la casa, y la chimenea humeó dos horas seguidas, un humo rojizo y espeso, aunque no había fuego en el hogar. Gente invisible subía y bajaba las escaleras, mientras el comisario de Forasteros hacía el inventario. Fetuccine le dejaba la casa a la criada, una lyonesa que contratara para el planchado y que terminó haciendo todo servicio. También le dejaba a la criada, que se llamaba Felisa, el perro Tristán. El perro tenía su mérito: se sentaba al pie de un manzano que plantara Fetuccine y que no daba más que una manzana, la cual llegaba a perfecta madurez el día veintiuno de septiembre. El perro se sentaba ante el manzano, y esperaba a que la manzana cayese. La cogía en el aire con la boca, y se la llevaba a Fetuccine, el cual la comía goloso. Invitaba al público a que fuese a la huerta suya a contemplar la función. La gente tenía que esperar a veces una hora larga, pero la cosa merecía la pena. Fetuccine comía toda la manzana, y mostraba al público el carozo.

Giovinezza, primavera di bellezza! —canturreaba.

Se frotaba las mejillas con el carozo, y se le borraban al instante las profundas arrugas que surcaban su rostro aniñado, y que le habían ido naciendo desde el septiembre anterior. El perro siguió haciendo su trabajo cuando lo heredó Felisa, y se corrió por la ciudad que esta solamente comía un poco de la manzana, lo que bastaba a explicar su longevidad, y que el resto de la fruta de la juventud la vendía, la mitad secretamente a una rica señora, y la otra a una pupila de la Calabresa que llamaban la Joya, que estaba retirada por el Gremio de Pasteleros y no daba envejecido. Tristán cogía la manzana en el aire aunque ya estaba ciego, a causa de cataratas secas.

A poco de comprar la casa Paulos, quien no tuvo temor alguno en habitarla, murieron a la misma hora Felisa y Tristán. Aquel año la manzana no se logró, que pudrió en el árbol mismo, comiéndole la color rosa y lozana una mancha oscura. Paulos, en lugar de la manzana podrida, colgó en la rama una naranja que comenzaba a colorear.

«¡Hay que ayudar a la vida a continuar!», se dijo.

Paulos venía de la gente más antigua de la ciudad, y tenía en ella parientes. A Paulos, en las tardes de verano, cuando se ponía el sol, le gustaba sentarse en la muralla que llaman de la Batería. A sus espaldas está la ciudad, con las torres de sus iglesias, con los tejados de pizarra de las casas, muchos de ellos jardines de piripol y de valeriana, y los pequeños huertos entre las casas; con el rumor que le llegaba de la parla de la gente que refrescaba en la plaza, o sentada a puerta de casa en las calles, y ruidos de talleres, de un carpintero vecino que serraba o clavaba, del herrero que golpeaba sobre el yunque una herradura. El caballo relinchaba. Y frente a él, estaba el campo, en primer término la larga lanza del río que describía una curva antes de pasar bajo el puente, y más allá los maizales y patatales, y ya subiendo por la falda de las colinas vecinas, los viñedos, y más allá los bosques, castañares, robledas, y más arriba, los hayedos, y ya después los desnudos altos montes, coronadas las agujas con la nieve perpetua. Y entornando los ojos imaginaba países del otro lado, mares, islas, y caminos que dirían, en el inmenso silencio de la hora serotina, con su boca de polvo, a dónde llevaban.