V
PAULOS había encontrado a María, pero ella no lo recordaba. Tomó su propia cara entre las manos, e intentó hacer memoria. Los ojos azules miraban lejos, por encima de la cabeza de Paulos.
—Tú estabas entre la criada morena y yo, del lado de acá del pozo.
—No recuerdo nada. Ni a Fagildo. Solamente sus palabras: «¡Tendrás todo cuanto sueñes! ¡Tendrás todo lo que sueñes, María!».
María deshacía las doradas trenzas, dejaba que la ondulada cabellera rubia le cayese por la espalda. Ponía el cuenco de sus manos bajo el chorro de todas las fuentes. La primera vez que fue a casa de Paulos tuvo miedo.
—Dicen que dentro del autómata negro de Fetuccine se escondía un diablo cojo. ¿Lo encontraste tú alguna vez?
—En las noches de luna llena escucho su bastón en las escaleras del desván. ¡Tac! ¡Tac! ¡Tac! Nueve veces, los nueve escalones.
María tuvo miedo y se escondió en la jaula de las palomas de Fetuccine, el único recuerdo del mago que se conservaba en la casa. Era una jaula alta dos varas, de mimbre, ovalada. Los mimbres estaban pintados de blanco y de rosa. Dentro de la jaula, la cabeza de María tropezaba contra los columpios de las palomas. Paulos se rió, y llenó el comedero con galletas y el bebedero con málaga virgen.
—Me proteges del diablo asegurando la puerta de la jaula con doble tranquillo, y al tiempo me haces tu prisionera.
Paulos acercó un taburete a la jaula, cruzó una pierna sobre otra, miró con inmenso amor a María.
—¡Dame la mano!
—Que devenir si cette main presse la mienne d’une certaine façon?
—¿Qué lengua es?
—¡Francés! En una novela, un joven se preguntaba qué sería de él si una mujer hermosa un día le apretaba la mano de una cierta manera.
—¿La conocía o la soñaba?
—La conocía soñando.
—¿Y la apretó la mano de esa cierta manera?
—Aún no he llegado a ese paso en la novela.
—¿La tenía prisionera? ¿Aprieto yo tu mano de cierta manera?
Paulos creyó que iba a echarse a llorar.
—¿Y qué quiere decir?
—¡Que estamos solos en el mundo, dueños del mundo, María!
—¿Una paloma prisionera dueña del mundo?
—En Italia, a dos leguas de donde yo vivía, había una torre, una torre redonda. En lo más alto, le salían unas planchas de hierro, horizontales, haciendo un alero, para evitar que alguien pudiese entrar por allí. La misma invención que usamos para evitar que los ratones vayan a un queso que seca en la tabla, colgada de una viga, en el desván. La torre no tenía puerta ni ventana, sino dos o tres agujeros como de entrada de zurita en palomar. Por esos agujeros le pasaban pan hojaldrado e hilos a la prisionera. El pan para comer y los hilos para que tejiese sus ropas. Ella dejaba papeles plegados diciendo, por ejemplo, seis madejas de hilo rojo y cuatro de negro. Esos agujeros tenían puertas dobles, con cuatro candados, que solamente sabían abrir los carceleros del duque de allá, un hombre pequeño, siempre armado, con un parche en la nariz, que no le acababa de curar una herida de flecha turca. Nadie sabía quién fuese la prisionera. El signor Calamatti creía que una mujer adúltera.
—¿Hay mujeres adúlteras?
—¡No, no las hay! Si las hubiese, ¿a qué fidelidad nos referiríamos para juzgarlas? Hablo de las grandes pasiones. Como hubo dos revoluciones, la del impuesto sobre la mantequilla y la de no poder escribir más que por una cara en el papel sellado, la gente se olvidó de la prisionera. Lo más para que servía era para dar la hora. Pasaban los carceleros, cada uno con su llave, camino de la torre, a las doce de la mañana, y la gente del barrio que llaman Romano, como si oyeran fajina, se decían que era hora de almorzar. Si algún forastero pasaba cerca de la torre y se detenía a echarle un vistazo, la policía lo interrogaba: «¿Es usted entendido en torres?». Algunos, por darse mérito, decían que sí, y citaban la inclinada de Pisa, un castillo redondo en Sicilia, la Torre de Londres, otra en Chipre… Entonces, empezaban los inacabables interrogatorios, desde qué es una torre hasta: «¿Estuvo usted prisionero alguna vez? ¿Cómo era la torre? ¿Cuánto tiempo? ¿Intentó alguna vez la fuga? ¿Cuándo sentía más intensamente la necesidad de fugarse, en verano, en invierno? ¿Consideraba alguna vez que merecía la prisión? ¿Aunque no fuese por el delito de que era acusado? ¿Escuchó a otros prisioneros planes de fuga? ¿Qué técnica utilizarían? ¿Alguno sería adecuado para salir de nuestra torre? ¿Y para entrar por la única entrada, la parte superior, descendiendo por el hueco del patio? ¿Había escalera o no había escalera?».
—¿Había escalera?
—No, no la había. El forastero se marchaba a su país, huyendo atemorizado de la tiranía de los Visconti, y contaba de la torre, y de que en ella debía guardarse un terrible secreto de Estado. Un día, en una ciudad lejana, o en varias a la vez, alguien dijo en la plaza: «En la Torre Senza Porta está encerrada una mujer muy hermosa».
—¿La más hermosa?
—¡Sí, la más hermosa!
—Y varios jóvenes, cada uno sin saber del otro, corrieron nocturnos a Lombardía con el propósito de librar a la hermosa de su prisión, y casarse con ella. Alguien, curioso de las pasiones, pudiera haberlos reconocido en las posadas, en las encrucijadas, en las fuentes en que se detenían a beber, por la luz dorada de su mirar, lo apresurado e incoherente de su charla.
—¿Tú no estabas entre ellos?
—Lo supe demasiado tarde, María. ¿Cómo puedes pensar que no hubiese estado? Solamente uno llegó al pie de la torre sin ser visto. ¡La Torre Senza Porta estaba allí, negra, el viento de aquella terrible noche haciendo rechinar en sus tornillos las planchas de hierro allá en lo alto!
—¿Cómo se llamaba?
—Luchino delle Fiore della Chiaranotte.
—¡Dímelo en lo nuestro!
—¡Luchino de las Flores de la Claranoche!
—¿Logró entrar en la torre?
—¡No le hizo falta! Se le ocurrió lo que hasta entonces no se le había ocurrido a ninguno. Corrió una larga hora alrededor de la torre, bajo la lluvia, iluminado por los relámpagos, gritando los nombres todos de las mujeres de allá. Al fin, cuando ya fatigado de las carreras enfebrecido, loco, se disponía a dejarse caer en el lodo y morir, un nombre halló respuesta: «¡Vannaaa!». Y desde el corazón de la torre vino la respuesta, como si vibrase un vaso de fino cristal de Sajonia.
—¡Sí!
—Y entonces la torre se abrió en dos partes iguales, y Luchino pudo tender la mano derecha a Vanna. Brillaba tanto la sonrisa de ella que no permitía reconocer el rostro. Luchino galopó horas y horas con ella en la grupa de su caballo. Vanna apoyaba su cabeza en las espaldas de Luchino. Pero, atravesando una selva, al amanecer, cabalgando entre la espesa niebla, Luchino perdió a Vanna. De pronto notó que arrancaban de él aquel calor que le entraba por la espalda, un calor de sangre y de cabellos tiernos. No, Vanna no estaba. La buscaron días y días en la selva. De tanto escuchar a su amor llamarla, «¡Vanna!, ¡Vanna!, ¡Vanna!», el propio caballo aprendió a gritar el nombre de la hermosa. Pasaron años, quizá siglos. Dicen que Luchino delle Fiore della Chiaranotte todavía busca a Vanna en la selva aquella. La explicación científica es que Vanna era niebla y se incorporó a la niebla. Como prueba de la veracidad de la historia que te cuento, queda el eco del desfiladero de la selva, al que digas lo que digas, siempre responde «¡Vanna!», y la torre derribada, partida en dos, como cortada con un cuchillo. Dicen que estaba la torre por dentro forrada de plumas, pero ahora no se ve ni rastro del forro, que todo es piedra oscura. En las junturas nace la valeriana.
—¿El nombre de una mujer hermosa, dicho con fiebre de amor, puede partir una torre en dos?
—¡Y una jaula de mimbre también!
Paulos retrocedió hacia el fondo del salón y se detuvo junto al gran espejo redondo. Abrió los brazos, y paró la carrera de su corazón.
—¡María!
La jaula de mimbre de las palomas amaestradas de Fetuccine se estremeció, y le cayeron los aros paralelos, se deshizo todo lazo, se soltaron los meridianos, y la jaula se abrió en pétalos iguales. Lo blanco se juntó a lo blanco y lo rosa a lo rosa. María se recostaba en el aire, vestida de azul. La brisa la llevó a los brazos de Paulos, como si viento de mayo apresase con la punta de sus dedos una flor de cerezo. Los labios estaban en cualquier lugar de la luz y del aire, pero los de cada amante hallaban fácilmente los dulcísimos contrarios. Se abrían todas las puertas, y alguien, en el otro extremo de la ciudad, hizo música. El péndulo del reloj se detuvo, un péndulo de bronce dorado que figuraba una enredadera de rosas coloradas, y en su parte inferior terminaba en un óvalo de porcelana en el que una anciana, al amor del fuego, hilaba. Hilaba los siglos y los destinos.
Estos asuntos hay que contarlos así de una manera vaga y fantástica. La ciudad a lo suyo, a sus trabajos y sus días, pero en un rincón de ella, en un lugar secreto, alguien derrama gota a gota un perfume acabado de lograr. Las gentes en calles y plazas, saludándose, entrando en las tiendas a comprar zapatos, mermelada de naranja, cartuchos de escopeta, agua de colonia, vino dulce, papel y sobres, aceite de oliva, anillos, chuletas de cordero, y todo lo demás; los cónsules en el salón de sesiones, inclinados sobre los informes, discutiendo la conveniencia de abrir una nueva puerta en las de la ciudad; el comisario de Forasteros interrogando a un viajante de cuchillos:
—¿Nacionalidad?
—¡Alemana!
—¿Religión?
—¡Oh, la música!
Su criado entraba portando el gramófono con la gran bocina pintada de verde y rosa. Le daba cuerda, pasaba un pincelillo por la aguja, el disco empezaba a girar.
—¡La Séptima!
El viajante de cuchillos se quitaba la chistera y se arrodillaba. El comisario de Forasteros escuchaba, impaciente. Cuando terminó el disco, iba a decir que aquella pieza no era bailable, pero se lo impidieron las doce campanadas del reloj de la basílica de San Miguel. Pero, ¡si eran las cinco de la tarde en su reloj suizo!
—¿Hay trampa? —le preguntaba al viajante de cuchillos.
—¡Oh, la música!
En la escuela de Mayores, el profesor de Historia explicaba la invención del tonel por los galos.
—¡Nuestros antepasados! Con la invención del tonel pudieron envejecer los vinos.
Y mostraba a los alumnos la reproducción de un bajorrelieve del siglo II, en el que se veía una barca cargada de toneles, que se suponía que descendía por un río, al remo timonero un hombre barbudo.
—¡Puede ser nuestro río! ¡Puede ser el Ródano! ¡Fíjense en el timonel! Los días de mercado, ¿no hay en el ferial cien rostros iguales?
La mujer que vendía puntillas y entredoses conversaba con el viejo melero. Alrededor de las panzudas vasijas de latón revoloteaban abejas, avispas, moscas. El vendedor de ajos posaba las ristras en el banco de piedra, y se abanicaba con el sombrero de paja.
El capitán bajaba por la calle de los Templarios, camino de su casa. Regresaba, fatigado, de inspeccionar la instrucción de los reclutas. Se detuvo para saludar al juez sustituto, quien, en un descanso entre dos declaraciones, iba a la botillería a beber una horchata helada. Corrían unos niños golpeando con los pies una pelota de trapo.
—¡Los hombres del mañana! —dijo el capitán, quien siempre repetía las frases célebres en las arengas.
Dos mujeres volvían del río, en la cabeza las tinas de la ropa que acababan de lavar. Una viuda se daba polvos de arroz antes de vestirse para ir a la novena de San Goar. Un sastre, a la puerta de la tienda, extendiendo un corte de traje, le explicaba a un cliente la calidad de la tela y alababa el color. Aquel día hacía calor. Pero otros días hacía frío, otros llovía, o hacía viento. La campana Genoveva de la basílica tocaba a parto, a bautizo, a agonía, a muerto. Tras este último toque, las gentes atendían a la señal. Dos toques.
—¡Una mujer!
La familia Malatesta velaba el cadáver de la duquesa. Alguien recordó que la difunta a las cinco de la tarde decidía que era noche, y se retiraba a su dormitorio, un enorme salón cuadrangular, con las ventanas siempre cerradas. Por hacerle una fineza a la muerta, apagaron los enormes velones que ardían a la cabecera y a los pies del ataúd. Eran los velones hereditarios de la familia, cera del siglo XV, cera virgen de colmenar, y en cada velón, de una cuarta de diámetro, aquí y allá incrustadas piedrecitas de incienso, que cuando llegaba a ellas el fuego del pabilo, ardían vivaces regalando la sala de respeto y la casa toda con su perfume. Un perfume persistente. Los Malatesta olfateaban el aire y se decían:
—¡Hace veinte años que murió, y todavía se percibe el aroma del velorio de tía Severina!
Los Malatesta permanecían sentados y en silencio, velando, arrimadas las espaldas a las paredes de la sala de respeto, cubiertas con tapicerías de Flandes que representaban romerías.
—¡No se puede subir! —le decía el ama de llaves al vendedor de ajos.
—Pero, ¡si siempre me los elegía ella para la zorza! ¡Zamoranos, pequeños, con el bordillo del color de la violeta!
—¡Hoy sólo suben los titulados a dar el pésame!
El pintor terminaba de redondear con purpurina las letras de la cinta para la corona de flores: «Los Malatesta de Rímini a la Muy Alta, Noble y Poderosa Señora Isotta».
—¿Dónde se vio que se cobre un ataúd por adelantado? —discutía el ama de llaves con el de la funeraria, un cojo con una mancha que le iba desde la oreja derecha al mentón.
—¡Todo el mundo sabe que están tronados!
—¡Tienen joyas!
El vendedor de ajos se acercaba al pintor.
—¿Podrían ir en la corona estas dos ristras? Son los ajos que a ella le gustaban, zamoranos, pequeños, con el bordillo del color de la violeta…
—¡No cuadran los ajos con las rosas!
El ajero acariciaba las ristras. Caía la tarde. El zapatero remendón golpeaba unas mediasuelas y cantaba. También cantaban las pantaloneras del Cabildo, que estaban en la obra de los calzones de invierno de los canónigos, forrados de lana, atados con cintas en la pantorrilla.
—¡Callen, que hay difunto! —gritaba el ama de llaves, entreabriendo el portalón.
—¿Qué difunto?
Todos los habitantes de la ciudad creían que el palacio estaba vacío. Un año caía parte del tejado. Otro, se abría de pronto una ventana, se batía, y fracasaban todos los cristales.
La ciudad despertaba sus días todos desde el paso de Julio César, con todos los que la habitaron. O se dormía en la dulce noche de agosto con los que ahora mismo vivían en ella. Todo pendía en quién soñase y qué. Se mezclaban las edades, los dolores, las canciones, los nacimientos y las muertes. Los fantasmas se encontraban a sí mismos cuerpo humano, y los humanos presentes podían confundirse con la niebla que subía desde el río, lamiendo las fachadas de las casas. Los Malatesta se arrimaban a los tapices, se adentraban en ellos, se escondían tras los árboles del fondo en las romerías flamencas, y si uno de ellos llegaba a un desgarrón del viejo tapiz, donde las hilachas colgaban, también se desgarraba, deshilachaba y moría.