II
El hombre del sombrero verde se había sentado en el banco, junto a la puerta, y había pedido un porrón de vino. Probó, bebiendo de largo, y lo encontró frío. Puso el porrón entre los pies, donde daba el sol de la tarde. Se recostó en el ancho y viejo banco de roble, cerró los ojos, y apoyando las manos en las rodillas, adormiló un poco. Debía estar ensoñando algo sabroso, que sonreía. Toqueó dos veces seguidas, y el vuelco hacia atrás de la cabeza lo despertó. Miró a la tabernera, que había salido a la puerta, y echó otro trago. La tabernera se fijaba ahora en el sombrero verde, un sombrero puntiagudo, con ala doblada, bordada con hilo de oro en la orilla. Un imperdible de plata sujetaba unas pequeñas plumas azules y rojas, puestas en abanico en la parte derecha del sombrero. La tabernera se dirigió al forastero.
—Ha de perdonarme, Señoría. El sombrero, ¿es de cazador o es de moda?
Antes de responder, el forastero, que bebía muy bien del porrón, le dio fin al vino. Había levantado el porrón a dos cuartas de la boca, dejando el chorro golpear, y lo había ido bajando poco a poco, buscando que se le inundase la boca antes de tragar, y para el hilillo final había vuelto a levantarlo. El porrón era de barro, oscuro, pero alrededor del pito y de la culata tenía pintadas unas onduladas líneas blancas, y en la panza, una T. Sobre una de las barricas había otros porrones, todos del mismo barro, con el mismo dibujo, con la misma letra T. En alguna de las barricas también lucía, blanca, la susodicha T. Si le daba el sol al porrón, se reconocían en el barro, quizá negruzco de la excesiva cochura, unas manchas verdes. En algún lugar, en algún porrón, las manchas eran de un verde vivo, como de hierba fresca, o mapa coloreado de un país redondo. Podía ser Sicilia, o Provenza. En el porrón más cercano de los que estaban sobre la barrica, el mapa del país verde dejaba ver un ancho golfo, abierto en un mar levemente rojizo. El forastero se dijo que sería un golfo al Oeste, y estaría poniéndose el sol en el Océano. Un golfo en Irlanda, por ejemplo.
—Le preguntaba si el sombrero es de cazador o de moda.
El forastero se quitó el sombrero y se lo ofreció a la tabernera, que lo admirase. Estaba forrado de seda blanca, y en la badana tenía por marca de fábrica una luna nueva en azul.
—Es de moda en algunas ciudades.
—¿En la nuestra también?
La tabernera era una mujer pequeña y gruesa, pecosa, con un moño estrecho, levantado perpendicular al occipital, en el que lucía dos pequeñas peinetas blancas. Tenía un mirar inquieto, quizá nacido del oficio, de atender a la clientela, al número de porrones en juego o de vasos, a la rápida cobranza; mirar que contrastaba con aquella cara redonda, los labios gruesos, la doble papada, la sonrisa adormilada.
—En la nuestra también, pero solamente lo usamos un hijo de banquero y servidor.
—¿Hay que pedir permiso?
Le devolvía el sombrero, y estaba atenta a cómo se lo ponía, ladeado.
—No. El que no haya más que dos sombreros verdes en la ciudad pende en que vienen de muy lejos, y son caros. En el país donde los hacen, solamente hay tres maestros sombrereros que tienen el arte de la punta delantera, que es por donde, cuando voy por la calle, lo levanto para saludar. Los que entendemos de sombreros, sabemos que ahí está oculto uno como juego de bisagra.
La tabernera atendía, estupefacta, a la doctrina.
—Un juego de bisagra hecho, naturalmente, de aire, de un espacio hueco que dobla suavemente.
Se había levantado el bebedor que estaba sentado en una banqueta, al fondo de la taberna, cabe la puerta del horno. Vestía una levita vieja, rozada y lustrosa, y se había desabrochado el cuello de la camisa. En una mano traía el porrón y en la otra un plastrón azul con flores rojas. Había estado bebiendo y dormitando toda la tarde en aquel rincón, buscado porque el horno todavía daba del calor que le quedara de la hornada matinal. Posó en el banco el porrón y el plastrón, y respetuosamente solicitó admirar el sombrero verde. Flaco, ojos claros, la acaballada nariz rojiza, algo metido de hombros, alargaba una mano pilosa. Eructó, se llevó la mano a la boca, y volvió a tenderla, en demanda del sombrero. Cuando lo tuvo en la mano, hizo que saludaba con él.
—Sí, algo juega dentro en el saludo. ¿Cómo lo logra el sombrerero?
—Por geometría.
—¡Ah!
La tabernera empujó suavemente al hombre de la levita, quien recogió el porrón y el plastrón y se volvió a su nido. La tabernera se quitó el delantal, lo tiró en una cesta, y se sentó en el banco al lado del forastero.
—Puede decirse que por el precio, y por cómo hay que saber lucirlo, que se puede asegurar que es un sombrero de la nobleza.
—Sin duda.
—¿Atrae las miradas?
El forastero tenía el sombrero en las rodillas, y un poco más el abanico de las plumas en el ala.
—Precisamente —respondió—, el que yo haya venido de paseo hasta aquí hoy, es por usar unas horas un sombrero de tanto precio, sin llamar la atención de las gentes, sin que me sigan por calles y plazas, y si entro en la confitería y me siento junto al ventanal a tomar un helado de fresa, se agolpen curiosos por verme tan extrañamente ensombrerado. Hay damas en la ciudad que mandan espías por ver si salgo con el sombrero verde, y entonces ellas salen también a la calle, haciéndose las encontradizas, para que yo salude. Saludo solamente a las muy principales con el movimiento que hace trabajar el juego de bisagra, en parte por respeto a la gravedad de las clases, y en parte por el temor de que con el uso se gaste o quiebre. A las otras, saludo tocando con la mano el ala, y a alguna solamente llevando el índice de la derecha a la punta. Esto ha hecho nacer entre las señoras de la aristocracia grandes celos y polémicas, y me llegan recomendaciones de que salude con la máxima salva de respeto a dama Fulana, que teme un aborto, o a damita Zutana, que ha venido a verla un pretendiente veneciano. En estos casos soy servicial, pero en general me suelo atener a la antigüedad y nobleza de las familias. Alguna señora, y de buen ver, se me ha ofrecido, con cama deshecha, por tres saludos en días alternos en la plaza mayor, a hora de música.
La tabernera cruzó los brazos sobre el rotundo vientre. Sonrió, soñadora.
—Por aquí venía un coronel montado, que quería que yo le atase una servilleta blanca al cuello, cuando pedía de beber. Otros clientes me pidieron lo mismo, pero el coronel dijo que si les daba igual trato, no volvía a poner los pies en esta casa. En los días fríos, me pedía que me apoyase de pechos sobre su espalda. Era un hombre muy fino, perfumado con lima. Se sentaba siempre en el mismo sitio, y con la estrella de la espuela rayaba en la misma parte de un azulejo. Hasta que lo rompió, pero me trajo de regalo uno que representa a dos perdices dándose el pico, y exigió que lo pusiese en lugar del roto. ¡Lo cubro con un paño para que no me lo gasten con los zuecos!
La tabernera miraba a hurtadillas al forastero.
—¿A qué interés prestaría el sombrero por una tarde? No es para usar aquí, sino en la ribera, más allá de la Selva, en una aldea de doce casas y un palacio. Le ponemos un forro interino, para que no se lo sude.
—¿Quién?
—Un hijo, que casa allá.
—Este sombrero, si se usa en bodas, hay que ponerle unas campanillitas de plata por atrás.
La tabernera ya estaba tanto en la ilusión de ver al hijo con el sombrero verde en la boda como en el trato.
—¿A cuánto más sube con las campanillas?
—También habrá que enseñarle a ponerlo y quitarlo, a saludar, a darle a la cabeza el temblor que hace sonar las campanillas.
—¿Subirá a cien reales?
—¿Para cuándo es la boda?
—Para Pascua Florida.
—Faltan seis meses. ¡A lo mejor la moda ya es de sombreros amarillos, redondos, con toquilla!
—Entonces, me hace una rebaja sobre lo tratado.
—O le regalo el sombrero.
—¿Cuándo ha de pasar a buscarlo? ¿Dónde lo encontrará?
La tabernera ya veía el sombrero como suyo. No se atrevía a decirle al forastero que no lo usase mucho, no fuera a estar, cuando llegara la ocasión de llevarlo el hijo, descolorido el verde, o deformado, o perdido el juego aquel de bisagra, secreto. ¿A cuenta de quién correrían las campanillas de plata?
—Me encontrará en los soportales de la plaza, la víspera de domingo de Ramos, rizando una palma, a eso de media tarde. Tendré a mi lado una caja, en la que estará guardado el sombrero, con un letrero que diga Frágil.
—¿Y cuándo le pregunten a mi hijo de dónde le vino el sombrero?
El forastero sonreía jugando.
—¿Cómo es?
—Es alto y rubio, baila muy alegre y canta de barítono. De vez en cuando se va al mar, a pescar, con un tío suyo. ¡Le aburre la taberna! Entonces, cuando regresa, veo que a su rubiez le va muy bien el soleado del rostro. Les gusta a las mujeres.
—¿Podría aprender una prosa?
—¿Un papel como en el teatro? ¡Salió de Herodes en el auto de los Inocentes! Se ponía la corona, daba la orden de la degollina, y después se quedaba pensativo, sentado en el trono. Luego, pedía un vaso de vino y echaba una carcajada. La gente no aplaudió porque le daba miedo aquel rey tan absoluto.
El forastero posó el porrón en el banco, y a su lado el sombrero verde. Se levantó y se apoyó contra la puerta, dejándose envolver por los dorados rayos del sol poniente.
—Puede decir que, yendo por el mar, les amaneció una isla a estribor, y desde una pequeña playa blanca, un hombre les hizo señas. En una mano un pañuelo blanco, en la otra el sombrero verde. El hombre era un caballero enamorado que estaba haciendo penitencia en aquella soledad marina. ¿Oíste alguna vez hablar de don Gaiferos? Pues ese era. La barca se acercó lo que permitía la marea, que no era mucho, que bajaba, y se veía la mar romper en unos bajos. Don Gaiferos hizo bocina con las manos y preguntó si podían llevar un recado a la princesa de París.
—… ¡París! —dijo el hombre de levita que bebía en el rincón, junto al horno.
Había sacado papel y lápiz, y se había puesto a escribir la prosa que dictaba el forastero.
—Sí, de París. Los de la barca dijeron que no, que era muy lejos, pero tu hijo dijo que sí.
—¿Y qué recado era?
—Entregar un pañuelo bordado y decir: «Señora, aquel que ama, vive y volverá». Y como pago del servicio que iba a hacerle tu hijo, por dos gaviotas le mandó el sombrero a la barca. Lo sujetaban con los picos y lo pusieron en sus manos. Dentro, estaba doblado el pañuelo bordado. Lo bordado era un lirio de oro.
—… oro —repitió, como eco, el copista—. ¡Punto y aparte!
La tabernera miraba preocupada para el forastero.
—¿Tendrá que ir mi hijo a París?
—Sin duda alguna. Dos o tres semanas después de la boda. Yo vendré a decirle los pasos más fáciles de los ríos, y cómo entrar en París por una puerta almenada, y cruzando un jardín, llegar a donde está la princesa haciéndole un abrigo de felpa a un mirlo viejo, que ya olvidó las músicas y mezcla las canciones que supo en la juventud. La princesa también es una anciana, pero como sus amores son de ópera, aparece moza. Tu hijo pedido para el encargo, ya que dices que canta de barítono. Llega y canta el recado, y mejor que le añada por dos veces un refrán en italiano, verbigracia:
Vive e ritornerà!
Ritornerà, signora!
Y ella, entonces, recoge el pañuelo, se levanta, avanza hacia el público de París, que ha acudido porque se corrió la noticia de que llegara un mozo con un sombrero verde, y canta su parte, que se titula: al di là del mare. Mientras ella canta, tu hijo se retira en silencio.
—¿Y vuelve a casa?
—Eso, cuando uno va por el mundo llevando tales recados, nunca se sabe.
—Es mucho precio por el sombrero verde…
—Sí, mucho.
El forastero abrió los brazos, confesando su impotencia ante los grandes secretos del mundo.
—¡Mucho! —repitió.
Y echó a andar rápido por el camino real. Avanzaba contra el sol rojizo, que se ponía tras los oteros plantados de viñas. Daban las palomas el vuelo vespertino, tras beber, antes de entrar en el palomar a dormir. Se mezclaban los silencios del cielo y de la tierra. En el banco, a la entrada de la taberna, al lado del porrón, estaba el sombrero verde. El bebedor del rincón, le leía la prosa dictada por el forastero a la tabernera. Esta se enjugó una lágrima. El bebedor, que también sabía de ópera, le puso una mano en el moño a la tabernera, y solemne, exclamó:
—La forza del destino!
Junto al león del puente, el desconocido tenía de las manos a una muchacha.
—¿Y el sombrero verde? —le preguntaba ella.
—Bajando del monte, me encontré en los rastrojos, en las eras del llano, una liebre que iba a parir. No me huyó. Estaba echada, con las orejas gachas y los ojos entreabiertos. Le pregunté si le dolía, y me dijo que echaba de menos una cama verde y fresca. Le dije que probase si le servía mi sombrero, lo posó a su lado, se entró en él, y dándome las gracias me pidió que la dejara, que era costumbre entre liebres el parir en soledad, como las emperatrices de Grecia, antiguas.
Los amantes se abrazaron. Algo les gritó un barquero que pasaba con su barca bajo el puente. Pero ellos se abrazaban y besaban, y estaban solos en el mundo.