Capítulo 3
Hoy es viernes. Mañana es la fiesta de fin de año. Ema está más entusiasmada que yo. Me convenció de que la invitara a la cena. Le encanta esos eventos más que a mí. Nos ha pedido turno en la peluquería. Me estremezco de solo pensar lo que tiene planeado hacerme. No me gustan los peinados elaborados. Tampoco el maquillaje excesivo. Tengo un nudo en la panza de puro nervios. Ema tiene ese efecto en mí.
El día ha pasado sin pena ni gloria. Termine de mandar los últimos emails de confirmación para los clientes rezagados de la temporada. Siempre hay alguno. Los rayos del sol entran a través de las persianas en mi oficina. Afuera hace calor. Pero adentro se está fresco. Es agradable. No me gusta mucho el calor. Prefiero el frío. Me encanta el invierno. La montaña nevada es uno de los paisajes más fascinantes. Definitivamente el verano no es para mí. He perdido la cuenta de cuanto hace que no voy a una pileta pública. Creo que desde mi niñez. No me gusta exponerme. Creo que ya lo he dicho. Me da vergüenza. No me gustan los picnics. Tampoco tomar sol. No soporto el sol fuerte. En fin, nada de lo que tenga que ver con el verano es bueno para mí. Bueno sí. El helado. Eso sí que me gusta.
Suspiro. ¡¡¡Ay!!! Un helado estaría bien para esta hora de la tarde. Mi estómago protesta de hambre. Se me pasó el almuerzo.
Llamo a la puerta de Adriana.
—Si adelante. — ella está mirando el monitor de su computadora y comparándolo con algunos papeles que descansan en su escritorio.
— Quería avisarte que termine antes. Voy al bufet a tomar algo. No he almorzado. ¿Querés que te traiga algo?
—No gracias estoy bien así. — me mira con curiosidad. — ¿estás bien? — ladea su cabeza. La curiosidad brilla en su mirada.
—Si ¿por? — mi corazón da un brinco.
—Mm….por nada. — baja su mirada a los papeles que tiene en su mano.
Aprovecho para huir. Prefiero no insistir.
Camino por el sendero empedrado hasta llegar al bufet al otro extremo de las oficinas. El camino discurre por entre pimientos que brindan apenas una sobra a medias. Uf!! El calor espesado. El lugar esta desierto. Pido una gaseosa con un tostado. La verdad es que estoy famélica. Es una suerte que no se me haya bajado la presión. No he comido nada desde el desayuno. Son las cuatro. Mucho tiempo. Me permito relajar un poco mi cuerpo.
La semana se me pasó volando, es increíble cómo transcurre el tiempo sin importar lo que hagamos para detenerlo. Vuela sin respiro. No se recupera aunque queramos.
Y en ese tiempo no he vuelto a verlo. No regreso a la bodega en ningún momento. Fue como si nunca lo hubiese conocido. Como si se lo hubiese tragado la tierra. O como si nunca hubiese existido. Sebástian no regreso. Aunque no pude sacármelo de la cabeza. El chocolate de sus ojos sigue grabado indeleble en mi memoria. Estos últimos cuatro días han sido los más largos de mi corta vida. ¿Qué te pasa Isabel? ¡¡No es propio de vos!!Grita mi subconsciente. ¡¿Que qué me pasa?! Bueno señoras y señores creo que este hombre me ha afectado más de lo que me gustaría admitir. Esa es la pura verdad.
¡Aunque no lo reconocería delante de nadie ni por todo el oro del mundo! ¡¡Típico!! Enamorarse del patrón. ¡¡Ja!! Isabel ni que fueras la heroína de una novela de Corín Tellado!!Bueno al menos puedo soñar por unos días ¿no? ¿A quién le importa si vuelo un poquito? ¡¡No le hago mal a nadie!! ¡¡Te estás haciendo mal a vos misma!! Mi subconsciente menea la cabeza con preocupación.
—¿Puedo sentarme?
La voz me saca de mis pensamientos no tan agradables. Es Luciano, del departamento de publicidad.
Suspiro con resignación aunque trato de disimularlo un poco. No sé si puedo. Este hombre es de lo más insistente. No entiende cuando una mujer le dice que no. No hay nada más desagradable y fastidioso que un tipo tirándote los galgos todos los santísimos días y que no entienda que no querés saber nada con él. Le he dicho de una y mil maneras que no me interesa para nada. Pero el muy bellaco insiste como si lo estuviera alentando a hacerlo.
Lo miro con una falsa sonrisa en mi rostro.
—Ya me iba. — le corto. Al tiempo que me pongo de pie.
—Bueno te acompaño. — sus pequeños ojos turbios me miran con insistencia.
Le hago una mueca a ver si entiende. Sí, creo que me entiende pero no le importa. O a lo mejor no entiende. ¡Qué sé yo! Me parece que le falta una corrida de ladrillos.
—Si insistís. — no me queda otra. Camina a mi lado arrastrando los pies. Agg!! ¡Es irritante!
—Que notición, ¿no? — intenta entablar conversación lo cual es una tortura. No tengo nada en común con este hombre.
—¿Qué? —suspiro. No quiero tener que aguantarme una charla insustancial.
—Lo del nuevo jefecito. ¡Ja! ¡Estos tipos se creen que se pueden llevar el mundo por delante!¡Dos mangos de más y ya se creen unos dioses! Me han dicho que va a dar vuelta la bodega.— la voz destila desprecio y un dejo de algo que no logro identificar. Mm… ¿Envidia? Sí, creo que es eso.
Frunzo el ceño. No me gusta lo que está diciendo. Siento un intenso deseo de defender a Sebástian.
—No me parece de buen gusto hablar mal del señor Weich. — mi voz lo desaprueba. — eso es ruin y despreciable. — lo censuro.
—¡Bah que importa! — contesta con más desprecio aun. — ¿Qué? ¿Vos también lo defendés?
Cabizbajo se aleja de mi con las manos en los bolsillos y murmurando algo como “esta también, son todas iguales”. O algo por el estilo. Bueno al menos me dejo tranquila. Bah. ¿Qué mosca le picó? Uf!! Al menos se fue. Es un alivio.
Me apuro a llegar a mi oficina. ¡¡No vaya a ser que se arrepienta y vuelva!!
—Eh! ¿Qué te pasa? — pregunta Adriana al verme entrar sin aliento.
—Nada, es el asno de Luciano, otra vez. ¡Ese tipo es insoportable! —
—¿Que te hizo esta vez? — pregunta cruzando los brazos. Su mirada brilla con diversión.
—Se me pegoteó en el bufet. — miento. Un poco, nada más.
—¿Y? no es la primera vez. Hasta donde te conozco siempre le has parado el carro perfectamente. ¿O hay otra cosa? — ¡Suspicaz como siempre!
Contengo el aliento. ¿Cómo sabe? La pausa me manda al frente. No me queda otra, tengo que contarle.
—Se puso a comerle el cuero a Sebast… al señor Weich. — corrijo a tiempo. O no tanto.
—¡¡Aja!! ¡¡Yo sabía!! ¡¡Ya me lo venía venir!!! Eso es lo que te estaba pasando — su dedo me acusa.
—No sé de lo que estás hablando. — intento ponerme seria, pero el rubor me delata. No se mentir.
—Enserio Isabel, ¿Justo de él? ¿No había nadie mejor? ¿Alguien que no te haga puré el corazón? ¿Alguien más joven quizás?— me regaña con preocupación evidente en sus ojos. Y de pronto esa muestra de cariño me desarma por completo.
—¡No es viejo! — lo defiendo.
Me siento. Las lágrimas calientes me dañan los ojos.
—¡¿Y qué se yo?!! ¿Te crees que lo hago queriendo? ¡No he podido sacármelo de la cabeza! —me lamento tomando mi cabeza entre mis manos.
Los brazos cálidos de Adriana son un consuelo para mí. Es un alivio poder soltarlo de una vez. No sirvo para guardarme nada. Esto ha estado angustiándome por cuatro largos días.
—Ya se nos va a ocurrir algo — alienta.
—Sí, claro. ¿Como qué? — su respuesta me causa gracia.
—Siempre hay un roto para un descosido. — contesta con una media sonrisa. Prefiero no preguntar a qué se refiere. Bueno, sí sé a qué se refiere. Lo que no quiero saber quién es el roto o descosido.
—¡¡Ay no Adriana, por favor eso no!! — rezongo.
Agg!! ¡¡Esto se va a complicar!!
Tomo una larga ducha en mi casa. ¡Que gusto! El agua caliente me relaja los hombros. Es una sensación deliciosa. Suspiro. El perfume a coco del champú me ayuda a calmar mis nervios acumulados de toda una semana. La casa está vacía. Mama se ha ido a la iglesia. Ema a tomar algo con unas amigas. Así que tengo la casa para mi sola. He puesto música. Me gusta escucharla a todo volumen cuando no hay nadie que me interrumpa. Lilly Goodman canta “Una vida”. La voz potente envuelve todos los rincones de la casa. Me gusta. Que no quiera ir a la iglesia no significa que no pueda escuchar música cristiana. Algunas me gustan. Pero eso es todo. No me pidan más. No estoy dispuesta a ceder. Y tampoco quiero que nadie se entere. ¿Ok?
Aprovecho la soledad para revisar mis correos electrónicos. No lo hago muy seguido. Casi siempre se me olvidan. Puede pasar una semana entera sin que los vea. Así que cuando lo abro mi bandeja contiene 22 correos sin leer. La mayoría son solicitudes de Facebook sin responder. Eso es otra de las cosas que no miro muy seguido. ¿Qué para qué me abrí uno? Bueno, quería contactarme con una antigua amiga que tenía en mi adolescencia. Pamela y yo nos conocimos en un encuentro de jóvenes en la ciudad de San Rafael. Ella venia de Buenos Aires. Fue una buena amistad. Pero con el tiempo deje de escribirle. En esa época estaba muy enojada con Dios y todo lo que tuviera que ver con él. Pamela era una de esas cosas. No quise saber nada más de ella. Unos años después me di cuenta lo tonta que había sido al cortar con nuestra amistad. Un día me decidí y la busque. Debo decir que internet es uno de los mejores inventos de este mundo. Es una herramienta maravillosa si se sabe usar. Desde ahí en adelante nos escribimos seguido. Había dos correos de ella.
“Hola Isa, ¿Cómo has estado esta semana? Te extrañe. ¿Cómo está tu mama? Y Ema? Hace un tiempo que no sé nada de vos. Yo estoy bien. La facu va de maravilla. ¡¡Me encanta!! Te mande unas fotos del viaje a San Rafael cuando nos conocimos. La otra vez estaba haciendo limpieza en mi cuarto y las encontré. ¿Te acordás? Fue una gran sorpresa haberlas encontrado. Ja Ja me hicieron mucha gracia vernos tan chiquitas. ¡¡Qué tiempos aquellos!! Espero que estés bien, contéstame. Un besito.”
Era del Sábado. El otro del siguiente lunes decía:
“ISABEL ¿qué pasa que no me contestas? Me estas preocupando. Bueno en fin supongo que estarás muy ocupada con tus cosas y no te has puesto a revisar tus correos, como siempre. ¿Cómo estuvo tu fin de semana? Aquí estuvo genial. Tuvimos una reunión especial el domingo. Sé que no te gusta que te hable mucho de eso. ¡Pero es que enserio estuvo re linda! ¡Ay Isabel la presencia de Dios era maravillosa! ¿Cuánto hace que no vas a tu iglesia? Sabes que Dios te ama ¿no? Me harías muy feliz si volvieras a servirle. ¿Te acordás como era? Sabes que te quiero aunque no lo hagas. Pero me harías muy feliz si lo hicieras. No quiero abrumarte. Te he escrito porque quiero saber de vos simplemente. No te olvides de mí. Contéstame. Besitos. TKM”
PD: ¿Cuándo vas a venir a visitarme? Sabes de sobra que sos bienvenida en mi casa. Mi mama te manda saludos.
Bueno aquí vamos de nuevo. Pamela sí que sabía cómo ser pertinaz algunas veces. ¿Es que no me entendía? ¿A caso no me conocía? Le contesto porque no quiero lastimarla. Pero con el último correo me habían dado ganas de revolearle algo (si estuviera aquí en cuerpo presente, claro)
“Hola Pame. Estoy bien. Sabes como soy con los emails. Se me olvida revisarlos. Mi fin de semana estuvo igual que siempre. Supongo que eso significa que bien. Fuimos a Cacheuta, para variar, con Ema y un grupo de amigos. La pasamos bien. Me alegra mucho que tu fin de semana estuviera así de bien. Pero sabes lo que pienso de todo ello. ¿¿Dios me ama?? No lo creo, sin ofender, enserio. Prefiero no tocar ese tema, si no te importa. Yo también te quiero mucho. Nos vemos. En nuestro caso, nos escribimos pronto.”
PD: Sabes que me encantaría ir a tu casa, esperemos al mes de enero. Mis vacaciones empiezan el 15. Ya veremos. Dale saludos a tu mama.
Creo que con eso es suficiente. Reviso los demás correos. La mayoría es correo basura. Propagandas y cosas por el estilo. Elimino todo sin leerlo. Abro mi face. Ahí está la dichosa fotografía. En verdad que éramos re flacuchentas y gurruminas. ¡Ja! La verdad es que me hace reír. Si Pamela, tenés razón ¡¡qué tiempos aquellos!! La voz de Christina Perri suena en el equipo. Es una hermosa melodía. Me causa nostalgia y hace que me piquen los ojos. No quiero llorar.
Las luces de un auto se reflejan a través de la ventana del comedor. Miro para ver quien viene. Es un Dodge 1500 verde. Es mama. La puerta se abre y ella baja. Saluda a alguien. Esta oscuro. No logro ver quién es. Saluda con un toque de bocina y se va. Bajo el volumen del audio.
—Hola — saluda mama cuando entra. Su ceño se frunce. — ¿por qué no estas vestida?
Me había olvidado que estaba en bata y pantuflas.
—Me entretuve con mis correos. Voy a vestirme. — le digo poniéndome de pie.
—¿Querés unos mates? Tengo hambre. — su voz cargada de cansancio.
—Bueno, dale. Ya voy.
—¿Cómo estuvo el trabajo hoy? — su voz cansada se oye en la cocina. Ha puesto la tetera.
—Supongo que bien. — contesto. Busco rápido una muda de ropa. Cuando estoy en casa me gusta vestir cómoda. Un pantalón de jogging azul y una remera blanca está bien. Mama me lleva un mate a mi habitación. Me hago una cola bien alta.
Mama me mira raro.
—¿Qué?
—Nada. Te ves tan chiquita así vestida. — su mirada brilla con amor.
—Uff!! — le revoleo los ojos.
—Has estado un poco rara esta semana. ¿Estás bien? — pregunta con ansiedad.
—Sí. — encojo mis hombros para restarle importancia. — Pamela te manada saludos. Quiere saber si voy a ir a visitarla este verano.
—¿Que le dijiste?
—Que iba a ver.
—No te vendría mal tomarte unas vacaciones. Podrías aprovechar para ir a verla. — su mirada brilla con entusiasmo. Ella sabe que Pamela es una buena influencia para mí. Suspiro.
—Sí, puede ser, ya veremos cómo se dan las cosas. — ella también suspira. Sabe que es una batalla perdida.
En la cocina mordisqueo una galleta mientras me siento. Ella sigue cebando mates. Noto que duda.
—¿Sabes que me haría feliz? — pregunta con timidez.
—¿Qué?
—Que el domingo me acompañaras a la iglesia. Hay una….
—Mama, sabes que sobre ese asunto no quiero hablar. — La interrumpo. Mi voz es cortante. — que vos vayas está bien, pero a mí no me lo pidas.
Sus ojos se llenan de lágrimas. Odio ser la razón de sus lágrimas. Pero en esto no puedo dar marcha atrás.
—Dios te ama hija. Si por alguna razón te enseñé lo contrario. O no supe… — su voz se pierde en la pena.
—Mama, no quiero verte así.— Dios no me ama. Sé que es así pero prefiero no decir nada.— la abrazo para consolarla. Huele a jazmín y casa. Mi olor predilecto.
—Me duele el corazón verte de esa manera. Saber que de alguna manera yo tengo la culpa. — se lamenta con la voz contenida. — Que no supe… — intenta continuar.
—Mama, ya soy grande y tomo mis propias decisiones. Esto no tiene nada que ver con vos. Esto es mío. ¡Por favor no insistas! ¡Estemos en paz! — le urjo.
Le paso una servilleta de papel.
—Te quiero. — sus ojos me suplican en silencio.
—Yo también te quiero.— y con eso damos por terminada la charla.
Tomo aire para pasar el nudo que se me ha hecho.
Ema llega justo a tiempo para sacarme de este atolladero.
—He ¿Qué pasa? — pregunta mirándonos alarmada.
—Nada. — contesta mama.
Me mira buscando alguna explicación. No quiero hablar. Le niego con la cabeza de forma que mama no vea. Ema lo capta en el aire. Seguramente que esta noche me bombardea a preguntas.
—¿Cómo te fue? — pregunto para cambiar de ambiente.
—Bien. En el rato que estuve con Eva me entere de un montón de chismerío.
—Sí, me imagino. — suspiro con cansancio al tiempo que me pongo de pie.
—¿A dónde vas? —
—A mi habitación a escuchar música.
Encuentro que la voz de IlDivo me hunde más en mi amargo estado de ánimo. ¡No hace falta que me machaquen la cabeza con esta letra también! ¡Reconozco lo básico del inglés!
—¿Que escuchas? — pregunta Ema mientras me levanta uno de los auriculares asustándome. — ¡Puf! ¡Qué masoquista! — se queja revoleando los ojos.
La empujo con la mano. ¡¡Ya sé!! Apago el iPod con bronca. Salgo al jardín a caminar un poco. La luz se está yendo convirtiendo en las nubes en copos rosados semejantes al algodón de azúcar. El aire del crepúsculo me sosiega escasamente. Mi mente vaga por los acontecimientos de la semana. Y sin querer me encuentro pensando en él. Los ojos chocolates delineados por unas espesas pestañas. La línea fuerte de su mandíbula. La nariz recta. Labios firmes. Todo en él me pierde. Y mi corazón se hunde más, si acaso eso es posible. ¡¿A quién se le ocurre imaginarse que alguien como él se fije en alguien como yo?!Me burlo de mi misma. Y sin darme cuenta se apodera de mí una necesidad incontrolable de reír y llorar. Espesas lágrimas calientes ruedan por mis mejillas. ¿Quién iba a decir que la risa fuera catártica? Las carcajadas surgen de lo más hondo de mi garganta. Y son como una fuerza purificadora que lavan toda la amargura del año vivido.