Capítulo  1

 

 

                                                                                   Eugenio Bustos, 19 de noviembre de 2012

 

—Junto a aguas de reposo me pastoreará, confortará mi alma…—la voz del pastor se pierde en mi mente y por un breve minuto puedo descansar de tanta presión. Mis ojos recorren los rostros conocidos que nos acompañan. Mucha gente se ha acercado hasta aquí a presentar sus respetos, es lo que pasa en un pueblo chico donde todos se conocen. Mi papa nació en este lugar. Siempre fue un padre cariñoso, hasta que la bebida lo enredo por completo. Sin embargo aún en los momentos de ebriedad nunca fue violento ni nada por el estilo. Lo voy a extrañar.

El discreto llanto de mi mama se escucha apagado por el pañuelo que tiene en su mano. Esta mas demacrada que de costumbre, los ojos rojos de tanto llorar. La verdad es que no la entiendo, de verdad que no, intento pero no puedo. Toda su vida estuvo quejándose del hombre que fue mi papa.  Primero porque era un inútil que no sabía mantener un trabajo, después porque tomaba mucho y a menudo tenía que ir a buscarlo al bar de José. Y ahora llorando como una magdalena porque ya no está. ¿Quién la entiende?

La mañana se me antoja calurosa, estamos a mediados de noviembre y ya no se soporta el calor y menos aquí en el cementerio a pesar de que hay árboles que dan sombra a lo largo de los pasillos empedrados. La tía Miriam sostiene a mi mama del codo y murmura palabras de consuelo a su oído. Mi hermana aprieta con fuerza mi mano, los nudillos se le ven blancos de tanto apretar. Me lastima pero no importa. Los demás escuchan con atención las palabras del pastor. Están las mujeres de la congregación, algunos hombres vestidos de manera informal y muchos vecinos del barrio. A mi papa le hubiese encantado ver esto. Tanta gente reunida por él.

Cuando el pastor Ricardo termina con el servicio varios pares de ojos se posan en nosotras. Somos un trio de lo más extraño. Nadie diría que Ema y yo seamos muy parecidas. Ema es mi hermana, medimos lo mismo pero hasta ahí llego el parecido. Ella tiene el pelo lacio y rubio, casi del color de las chalas del maíz. Lo heredo vaya a saber de quién porque mi mama tiene el pelo negro aunque ahora se le ve gris por las canas. Lleva el pelo recogido en un rodete. Se le notan más las canas. Mi papa era bien morocho. Nadie sabe de dónde salió Ema rubia y de ojos azules, algún antepasado seguro era así. En cambio mi pelo es castaño rojizo, ni lacio ni rizado, más bien revuelto. Igual que mi abuela Mabel. Lo odio. Nunca puedo mantenerlo peinado, así que siempre lo llevo atado con una cinta para no quebrarlo. Como ahora.

Yo soy la mayor, tengo veintidós años, Ema tiene diecinueve y a pesar de que es más joven puedo asegurarles que es muy madura. Bueno, a veces no tanto. A principios de este año se fue a vivir a Italia, está estudiando pintura. Trabajó durante toda la secundaria a medio tiempo, ahorró lo más que pudo y se fue del pueblo.  No la culpo. Siempre soñó a lo grande. Yo me conformo con menos, trabajo en una de las  bodegas que hay en Altamira. Soy secretaria de Adriana, la gerente de ventas. Es buena. Me gusta trabajar ahí. Hacen cuatro años que estoy en ese lugar.

—Lo siento mucho. — me dice Estela, la que fuera mi maestra dominical. Y una punzada de nostalgia se cuela por mi pecho sin poder contenerla. Ya es tarde. Nunca voy a volver. La iglesia no es para mí. Los ojos suplicantes de Estela me preguntan en silencio. Pero no puedo. La culpa es más fuerte que el deseo de volver.

—Gracias. — contesto con un nudo en mi garganta. Pero hasta ahí llegó todo. Le tomo la mano a Ema y tironeo de ella para que salgamos del lugar.

El sol calienta y por momentos la brisa arrastra oleadas nauseabundas de algún mausoleo. El estómago se me revuelve y tiro más fuerte para que ella se apure. Antes de salir me permito dar una última mirada hacia atrás. Chau papa, de verdad que te voy a extrañar.

Tengo que levantar el asiento del Spazio para que mama pueda sentarse atrás. Ema arruga la nariz al subir y tengo que contenerme para no decirle algo.

—¿qué? — le pregunto al fin.

—Nada. —  Contesta. Pero no se contiene. — Sabes que con lo que ganas podrías comprarte algo mejor.

— Si, pero no me interesa. Este auto me lleva a cualquier lado y es barato. —

Suspira. No digo más.

Doy arranque y salgo marcha atrás. Mama esta callada perdida en sus pensamientos.

—Mañana podrían acompañarme a la iglesia. Las dos no van desde hace mucho tiempo.

—Yo paso. — contesta Ema.

—Mama, ya hemos hablado de esto. La iglesia no es para mí. — le digo mirándola por el retrovisor.

—El Señor es para todos los pecadores.— sentencia.—Él va a venir pronto y ustedes se van a quedar. — agrega.

Prendo el estéreo para no escucharla. La música de Il Divo empieza a sonar llenando el interior con una melodía maravillosa.

—Caruso siempre me pareció la más hermosa de las canciones. — comenta Ema con los ojos cerrados. El pelo se le vuela por el viento. Se lo acomoda detrás de la oreja.

—Si, a mí también. — le contesto y me mira aliviada de que no esté enojada con ella. ¿Cómo podría? La quiero.

—Pero Isabel te va más. — continua sonriendo.

Sonrío también. Isabel es mi nombre.

Disfruto del viaje mientras nos dirigimos hasta la finca. La ruta 40 se extiende delante nuestro bordeada de innumerables álamos verdosos. Siempre quedo admirada de esta parte del camino. Es como dice la canción, no es lo mismo el otoño en Mendoza aunque yo agregaría también  el verano.

La casa se encuentra al final de un callejón. Los árboles frondosos forman un túnel verde oscuro hasta el final. El sol se cuela por entre las ramas arrojando haces de luz. Al final del túnel se vislumbra la entrada a la casa. El  parral que la rodea fue plantado por mi abuelo paterno hace ya muchos años. El olor a lavandas nos recibe en un suave abrazo y por un breve momento me permito recordar mi infancia en este mismo lugar.

 

La brisa acaricia mi cara. El mismo aroma a lavandas envuelve mis sentidos. Estoy corriendo detrás de Ema intentando alcanzarla. Ella ríe con alegría infantil. Quiero alcanzarla pero no puedo. Justo en el segundo en que mi mano roza su brazo Ema salta y chilla de gozo al caer en el agua helada de la represa. No lo dudo ni un instante y salto detrás de ella. Al subir a la superficie me acuerdo de que estamos vestidas. Mama se va a enojar. Chapoteo hasta llegar a Ema.

—te alcance. — le digo con alegría.

—¡el agua esta helada! — se queja ella.

—si, y  nosotras estamos vestidas. — le digo—

—¡huy! mama se va a enojar. Salgamos antes de que venga a buscarnos.

—vos primero.— le digo.

—¡serás babosa! — contesta  salpicándome en la cara.

Sonrío con deleite.

 

—¡he! ¿Dónde estás? — pregunta Ema mientras chasquea su dedos frente a mi cara. Esta parada del lado de afuera del auto. Mama entra a la casa.

—Aquí. Me estaba acordando. ¿Te acordáis el día que nos largamos a la represa vestidas?

—Sí, nos ligamos un reto de película. — me contesta poniendo los ojos en blanco. — hiciste que yo saliera primero del agua. Mama estaba mirándonos desde la ventana. No me voy a olvidar nunca. Estuvimos una semana entera sin poder salir a jugar ni ver dibujos animados. Fue la semana más larga de mi vida.

—Sí, es cierto.

—¿Queréis unos mates? — pregunta terminando con los recuerdos.

—Bueno dale, pero con azúcar. Yo te espero aquí. — le digo mientras bajo del auto y camino con paso lento  hacia la sombra del parral. Me siento en un sillón de mimbre viejo y suspiro profundo.

Ya casi es mediodía pero a la sombra la temperatura es fresca. Mama está cocinando. Lo sé porque se escucha el sonido de las ollas y cacerolas. Y porque además está tarareando una de esas canciones que cantan en la iglesia.  Siempre canta cuando cocina. No le gusta que le ayuden así que cierro mis ojos y me relajo.

Me permito llorar un poco. Mama sigue con su tarareo. Alguien pone un pañuelo en mis manos. Es Ema. Mis sentimientos oscilan desde el alivio hasta el dolor por la pérdida. Y es un consuelo  tener con quien compartirlos.

—Yo no puedo llorar. — Confiesa Ema—  es un alivio ver que alguien de esta familia lo haga. Se sienta a mi lado.

—A ella no le quedan lágrimas. —le digo mirando hacia la cocina.—  Lloró mucho cuando nos enteramos de la enfermedad de papa. Y de a poco nos fuimos acostumbrando a la idea de que él iba a morir.  No la culpo. Aunque a veces tampoco la entiendo.

—¿Cómo fue? Me refiero a cómo llegó papá a ese estado.

—Ya sabes que tomaba.

—Bueno, pero no me acuerdo de que tomara tanto.

—Sí, pero empezó a tomar más. A veces nos avisaban de que lo habían visto caminando a orillas de la ruta totalmente borracho. Todavía no entiendo cómo hizo para que no lo atropellaran.

— ¿Pero por qué? ¿Qué le pasó?. Cuando me fui no estaba así.

—No sé. Pero se fue agravando cada vez más. Ha sido una larga pesadilla. Mamá lo sermoneaba constantemente. Y a veces la sorprendía llorando con mucha amargura. Algo pasó entre ellos que hizo que papá tomara más. Le pregunté una vez a ella pero no quiso decirme nada. Le insistí pero no cedió. Al final dejé de preguntar.

—Sea lo que sea que haya pasado entre ellos la verdad es que ya no importa. Papá ya no está. Y enterarnos ahora no va a hacer que él vuelva. — se lamenta mi hermana.

—¿Y si de verdad importa? ¿Y si fue algo que nos involucra a una de nosotras? — le pregunto.— ¿O a las dos?

—¿Qué tenemos que ver nosotras? Esos eran sus problemas Isabel, no nuestros. La gente casada se pelea por infinidad de cuestiones y casi siempre nada tiene que ver con los hijos.  

—Sí, pero ahí  había algo más. — le digo segura.

—Es tu imaginación.

—No, yo escuche a papá una vez que estaba sobrio decirle a mamá algo que jamás me hubiera imaginado. — le digo bajando la voz más convencida. — para mí eso fue lo que empeoró todo.

Ema se inclina para escuchar lo que le iba a decir.

—¿Qué?— pregunta con ansiedad.

—Él le dijo “que Dios te perdone por haberme mentido todos éstos años Elena porque yo no voy a perdonarte nunca”. Me acuerdo patente de eso.

—¿Eso le dijo? ¿Estás segura? — contesta con sorpresa en su mirada.

—Sí, muy segura. Mamá no supo que decir. Estaban en la cocina y lo vi cómo la miraba. Podría decir que se sentía defraudo, dolido o  incluso humillado. ¡Humillado! Pero ¿por qué? Pensé en ese momento. —  Ninguno de los dos me vio. Desde ese día las cosas se pusieron peores. Papa empezó a sentirse enfermo, adelgazó mucho. Cada día estaba más débil. Decidimos internarlo para hacerle algunos estudios pensando que no era algo tan grave. El médico nos explicó que al parecer papá había tenido hepatitis de niño. Tenía el hígado muy dañado, seguramente no lo habían cuidado como se espera en esta clase de enfermedades. Le dio cirrosis. Los médicos intentaron de todo pero nada pudo hacerse.

—Hepatitis. — dice Ema pensativa como si fuera eso el meollo de la cuestión.

—Sí, hepatitis. Parece que la abuela no le prestó mucha atención.

Ema se paró de la silla con aire cansado.

—Hubiese querido estar acá con ustedes. Haberme despedido de él. — llora Ema. — ¡no tendría que haberme ido nunca! — se lamenta.

—Igual se hubiera enfermado. No podrías haber hecho nada. Era como si ya no le interesara vivir. — Miro a Ema con pesar. ¿Cómo decirle que su padre no preguntó nunca por ella? ¿Cómo explicarle que cuando queríamos llamarla papá no nos dejaba? ¿Qué cuando hablábamos de ella en su presencia el semblante se le desfiguraba y con profundo desprecio miraba a mamá y apartaba la vista? Ema su querida Ema. No podía entender ese cambio de actitud hacia mi hermana. La regalona y consentida de papá ahora era la que causaba rechazo en él.

Poco a poco dejé de hablar de mi hermana en presencia de mi padre. En aquellos solitarios meses la añoré. Ningún correo electrónico compensaba su ausencia. Ningún llamado telefónico llenaba la necesidad de sentarme a charlar con ella como lo habíamos hecho hasta el día en que fui a despedirla al aeropuerto. Y ahora estaba aquí llorando y lamentándose por no haber podido llegar a tiempo para despedirse de su padre. ¡Y el murió despreciándola! ¡Qué raro se me hacía todo! ¿Alguna vez iba a saber la verdad?.

—Bueno ya nada se puede hacer! Ahora hay que concentrarse en mamá. Tenemos que acompañarla hasta donde más se pueda. Cuidar de ella.

—si es cierto. Aunque si antes hablaba de ir a la iglesia ahora va a insistir más. — le digo imaginándome el bombardeo.

—Bueno pero que conmigo no cuente!. — salta Ema enojada secándose las lágrimas. — esas son tonteras de ella. No tienen nada que ver conmigo. Si antes no fui menos ahora!. Que ni sueñe que voy a entrar alguna vez a una iglesia! —  sentencio cruzando los brazos como una niña empecinada. — y si insiste mucho no me va a quedar más remedio que irme antes de lo previsto. ¡Ja! ¡Son todos una sarta de fanáticos!.

Ema siempre se salía con la suya. No le importaba si en el proceso alguien salía lastimado. Yo en cambio lo pensaba mil veces antes de hacer. Aunque con la cuestión de la iglesia me había plantado. ¡No gracias! Pensé. ¡Era verdad! ¡Suficiente con las cargas propias de la vida para agregarle también un dios con látigo en mano para zurrarme cada vez que según sus estándares yo metiera la pata!¡No gracias de nuevo! Eso había quedado atrás. ¡Yo nunca iba a  volver a una iglesia! ¡NUNCA DIGAS NUNCA! Oí en mi mente.

—Ya está lista la comida. —dice mamá secándose las manos en el delantal.

— Yo no tengo hambre — la rabia de  Ema es palpable. Entra a la casa fulminándola con la mirada.

—¿Qué pasó? — pregunta mamá con cara de incredulidad.

—Nada. — niego. — vamos a comer. — apaciguo tomándola del brazo. ¡Los cambios de humor de Ema a veces desconcertaban hasta al más cauto! ¡Pobre mamá!

—¿Qué le pasa ahora a tu hermana? ¡No le habrás dicho algo! — la alarma  hace que sus ojos me observen brillantes.

—¿Qué le puedo decir que la ofenda? ¿Me perdí de algo? ¡Si yo no tengo idea! — le dijo encogiéndome de hombros.  — ¿Por qué tanta alarma?

—Por nada.

Paso a la cocina con más duda que nunca. Definitivamente algo raro había. Y al parecer mamá se creía que yo lo sabía. ¡Qué podía saber yo! ¡Me cachis!

 

Es de noche. El  aire nocturno sopla a través de la tela mosquitera. No me hace falta usar cortinas. No hay vecinos  a cientos de metros a la redonda. En el patio se escucha cantar a los grillos.  Miro a través de la ventana y puedo ver alguna que otra luciérnaga. Cuando éramos niñas Ema y yo perseguíamos luciérnagas y las guardábamos en un frasco de vidrio. Nos gustaba ver como se encendían y apagaban. A veces las colocábamos encima de la mesita de luz y nos dormíamos mirándolas embelesadas. Ahora ya casi no hay. Los pesticidas han ido acabando con algunos insectos. Es una lástima.

El cielo está despejado permitiéndome  ver un paisaje de puntos brillantes. Ema duerme en la cama contigua. Su respiración es lenta y acompasada.  Acomodo los auriculares de mi iPod y me acuesto encima del cubrecama. Rolling in thedeep suena en mis oídos. No entiendo mucho el inglés pero me gusta la canción. El ritmo es pegadizo. Los parpados me pesan. La música se aleja de mi mente.

Cuando abro los ojos de nuevo el sol ya entra por mi ventana. Me sobresalto. El reloj indica las ocho y dos minutos. ¡Voy a llegar tarde a mi trabajo! Adriana me va a matar. Dije que es buena pero también es exigente, no le gusta que llegue tarde a la oficina. En realidad jamás lo hago. A mí tampoco me gusta. Por lo general soy ordenada y puntual. Prefiero llegar diez minutos antes a cualquier cita. A decir verdad soy la primera en llegar a las oficinas de la bodega. Adriana me ha dado un juego de llaves de todo el edificio. Salvo Juan, el sereno, nadie se encuentra ahí cuando llego.

Apurada me dirijo al baño para prepararme. Cuando estoy lavándome la cabeza me acuerdo que tengo una semana libre en mi trabajo. ¡Que cabeza la mía!

Adriana y algunos compañeros me llamaron para saludarme. “Tomate una semana”, me dijo ella. “Descansa. Cuando te sientas mejor volvé”. Pero yo no quería tomarme una semana. ¿Qué iba a hacer? Necesitaba estar ocupada. Volver a la rutina No quería tener tiempo libre, no me gustaba.Prefería hacer algo con el tiempo.

Entré a la cocina a desayunar. Ema no estaba por ningún lado. Miré hacia afuera. Busqué en el pequeño galpón donde guardo el auto. Tampoco estaba. Supuse que ella se lo había llevado. Mamá no sabe manejar. Resignada a desayunar sola pongo agua a hervir. Coloco el saquito de té en una taza y vierto el agua caliente. Me gusta el te fuerte así que dejo el saquito en la taza mientras lo tomo. Unto una tostada light con mermelada de durazno. Mama entra apurada.

—¿Ya te levantaste? Pensé que ibas a dormir un rato más. — su sonrisa no llega a sus ojos.

—Me desperté de repente. Me olvidé que hoy no voy a trabajar. — le digo mientras mastico una tostada.

—Cuando termines podrías ayudarme con las plantas. — sugiere.

—Bueno, ya voy. — le digo mirándola a los ojos.

Incómoda sale al patio. ¿Incómoda? ¡Pero si no le voy a decir nada! ¡Que miércoles está pasando aquí!

Suspiro resignada.

La jardinería es relajante aunque no es mi fuerte. Nunca prendió ninguna de las plantas que sembré. En cambio todo lo que Ema toca florece. Es la mano, querida. Solía decirme mi abuela. Bueno, no todos servíamos para todo. Me consolé. De a poco y con cuidado voy sacando los hierbajos de entre las calas. A mamá le gustan. A mí también.

La mañana transcurre sin ningún contratiempo. Cerca del mediodía Ema vuelve. Le pregunto dónde ha estado. Contesta que por ahí visitando sus amigas del secundario. ¡Ella tan sociable!¡A mí me tienen que sacar las palabras con tirabuzón! Saca unas bolsas del auto.

—Te traje algo. — me dice con la mirada brillante.

—¿Qué es? — le pregunto mientras me quito los guantes de jardinería. Sé que soy un desastre pero al menos me cuido las manos.

—Un regalo. — ¡¡me encantan los regalos!! Mis ojos buscan la bolsa indicada.

—¿Por qué? — pregunto frunciendo el ceño.

—Porque quise.

¿Porque quise? ¡Eso no es propio de ella! Algo está tramando. Ema me mira ofendida. Mi cara es demasiado transparente. No se esconder mis emociones.

—Lo vi y me gustó para vos. — me dice con gesto despreocupado. Así es ella, un momento enojada y al otro como si nada.

—Gracias. — le digo mientras me pasa una bolsa de una marca  conocida. La interrogo con la mirada.

—Tunuyán.

—Ah.

El vestido es hermoso. De un verde profundo como las esmeraldas. Tiene un corte debajo del busto con una ancha cinta de seda negra. Me lo pruebo por encima. El escote también es profundo. Mi ceño se arruga.

—Te vas a ver fabulosa con él. Te hace resaltar el verde de tus ojos. — aplaude Ema con entusiasmo.

—Y a dónde se supone que voy a ir con él. — le pregunto con sequedad.

—¡Hay! ¡Isabel no seas aguafiestas! ¿No tenías acaso la cena de fin de año en tu trabajo?

—Sí, pero eso es dentro de ¡dos semanas! — le digo.

—Bueno ¿y que se supone que hiciera? Dentro de dos semanas ese vestido ya no iba a estar ahí. ¡Tanto problema por un estúpido vestido! En serio Isabel ¿Qué te pasa?

—Papá no lleva ni dos días enterrado. No quiero hablar de cenas o fiestas. — me lamento. — No me apetece.

Ema me abraza.

—Perdóname. Tenés razón. No sé lo que me pasó. Si querés lo devuelvo. — sugiere no muy convencida.

Suspiro. No lo va a devolver.

—No, es muy bonito de veras. Me gusta. Gracias. — contesto aunque quisiera agregar algo mas pero no me animo.

—Dentro de dos semanas las cosas van a ser diferente.—concluye.