CUADRO TERCERO
Claro de bosque en el camino de Coímbra a Montemor. Luna. Un tronco en el pastizal.
Un rabel lejano toca la melodía con que se acompaña tradicionalmente el viejo «Romance del Palmero» En escena PEDRO, el Maestre y dos SOLDADOS a cada lado.
PEDRO, el MAESTRE, SOLDADOS.
MAESTRE:
Esperemos el amanecer aquí. Que dejen sueltos los caballos y enciendan una buena hoguera. (Salen los SOLDADOS) ¿Tienes frío otra vez?
PEDRO:
Escalofríos.
MAESTRE:
Seguramente un poco de fiebre. ¿No vas a descansar?
PEDRO:
Me crispa esa música desgarrada.
MAESTRE:
Algún pastor tocando el rabel.
PEDRO:
Cuando la oía de niño siempre soñaba cosas tristes. Tiene algo de mal presagio. (La música va perdiéndose.)
MAESTRE:
No es la música. Lo llevas dentro desde que salimos de Coímbra.
PEDRO:
Quizá un remordimiento. No debimos dejarla de ninguna manera en Santa Clara.
MAESTRE:
El rey prohibió terminantemente acercarse al Pazo.
PEDRO:
¿Qué importan órdenes para dejar sola a una mujer rodeada de enemigos?
MAESTRE:
Nadie se atreverá. Ten fe y espera.
PEDRO:
¡No puedo! Al empezar este viaje era sólo una impaciencia del instinto; después, la angustia y la fiebre… ¡Ahora es como estar atado en un lecho de hormigas! ¡No puedo más! Maestre, me duele decirlo, pero por primera vez en mi vida, voy a faltar a mi palabra.
MAESTRE:
¿Qué palabra, señor?
PEDRO:
Te prometí obedecerte como prisionero, y no puedo cumplirlo. Necesito ir a buscar a Inés ahora mismo.
MAESTRE:
¿Una fuga? ¿Has pensado que toda la responsabilidad caerá sobre mí?
PEDRO:
Eso es lo que me detenía, pero te juro que no puedo más. Si me pones delante a tus soldados pasaré sobre ellos. Si te pones tú pasaré por encima de ti. Perdóname pero me comprenderás, ¿verdad?
MAESTRE:
Comprendo, señor. La locura es lo que comprendemos mejor en Portugal.
PEDRO:
Gracias, maestre.
MAESTRE:
El bosque es espeso y está empezando a bajar la niebla. ¿Necesitas compañía?
PEDRO:
Ninguna. Mi caballo conoce a ciegas todos los caminos que van a casa de Inés.
MAESTRE:
Yo mismo te lo traeré. Un instante. (Sale. Vuelve a oírse el rabel.)
(PEDRO se sienta fatigado en el tronco con la cabeza entre los brazos. Pausa, oyéndose la triste melodía lejana. Luz intensamente azul. Entre los árboles aparece Inés con el cabello suelto y el brial blanco de su último momento. Lleva anudado al cuello un largo chal rojo sangre. Queda en silencio contemplando a PEDRO. Solamente una rítmica lentitud de movimiento y una ligera salmodia en la voz acusan la irrealidad de su presencia. La melodía se acerca. PEDRO parece sentir la proximidad del misterio. Alza la cabeza mirando a un lado y a otro, y luego da unos pasos hacia ella.)
INÉS y PEDRO.
PEDRO:
¿Quién…? ¿Quién anda ahí…?
INÉS (avanza con las palabras del romance):
(Baja la cabeza ofreciendo el cuello. Los tres hidalgos avanzan en conmovido silencio, lentamente. No llegan a levantar las armas. Empieza a oírse la melodía desgarrada del rabel. Ha caído el telón.
PEDRO:
¿Quién eres?
INÉS:
¿No me conoces ya?
PEDRO:
Oigo un rumor de voz, pero no sé si es el viento… Veo una sombra blanca y roja, pero no sé si es niebla …
INÉS:
Lo blanco me lo regalaste tú; lo rojo me lo pusieron tus amigos.
PEDRO:
No distingo apenas las palabras… ¿Es que estás muy lejos?
PEDRO:
¡Aquí mismo, pero tan separados! Tú en el lado de todas las preguntas; yo en el de la única contestación.
PEDRO:
Tienes triste la voz. ¿No has sido feliz?
INÉS:
Diez años. Pero ¿sabes lo que son diez años felices de mujer? No, pobre Pedro, ni lo sospechas siquiera. Son tres mil días de angustia entre todos los miedos posibles: el de perder la juventud y la belleza, el de que tu amor se hiciera costumbre y tu placer cansancio, el de no encontrarte una mañana al despertar, el de sólo pensar que dejaras de quererme… Y a veces el más terrible y el más estúpido de todos: el miedo de que algún día, sin saber cómo, pudiera dejar de quererte yo.
PEDRO:
Perdóname. No imaginaba que te había hecho sufrir tanto.
INÉS:
¿Perdonarte? ¿Pero es que los hombres no acabaréis de comprendernos nunca? ¿Creés que si pudiera volver a vivir me dejaría quitar ni uno solo de los minutos que sufrí contigo?
PEDRO:
Ya no te oigo las palabras… pero tu voz parece más alegre cada vez.
INÉS:
Es que ahora empieza la otra gran felicidad. Porque lo que nos queda para siempre es el gesto que teníamos al morir. Y tú aún puedes cambiar. Tú pasarás por otros labios y otros brazos. ¡Pero yo ya no! ¡Ya estoy salvada! (Vuelve a oírse la melodía al otro lado del bosque. INÉS cruza siguiéndola.) ¡Benditos los tres puñales que me mataron joven y hermosa, porque ahora ya lo seré siempre! ¡Benditos los que me mataron enamorada, porque ahora tengo toda la eternidad para seguir queriéndote!
«¿Dónde vas, príncipe Pedro? ¿Dónde vas, triste de ti? Tu enamorada está muerta. Muerta está, que yo la vi».
PEDRO:
Espera, no me dejes…
INÉS:
No puedo…, me llama esa música… Adiós, mi amor querido. Gracias por todo lo que me diste, y gracias por cada vez que vuelvas a pensar en mí. (Se aleja lentamente con el romance.)
«Sus cabellos eran de oro, sus manos como el marfil; siete condes la lloraban, caballeros más de mil…»
PEDRO:
¡Inés…! ¡Inés…! (Parece despertar. Va a lanzarse tras ella. Entra el MAESTRE.)
PEDRO, el MAESTRE, luego FRAGOSO y SOLDADOS.
MAESTRE:
Señor… ¿Llamabas?
PEDRO:
¿No has visto cruzar una sombra brinca?
MAESTRE:
Un desgarrón de niebla.
PEDRO:
¿Y la voz?
MAESTRE:
El viento en las ramas.
PEDRO:
No. No entendí bien las palabras, pero esa voz…, ¡esa voz la he tenido mil noches, en mi almohada! ¡Era ella! ¡Inés…!
MAESTRE (le detiene):
Calma, señor. Una alucinación… Tienes fiebre.
PEDRO:
No basta la fiebre. ¿Y este cordel que me aprieta la garganta…? ¿Y estas rodillas que se me niegan…? ¿Y este frío en el tuétano…? ¡Que no lo sepa nadie, pero mírame! Yo, que no he tenido miedo nunca…, ¡tengo miedo en las manos!, ¡tengo miedo en la entraña!, ¡tengo miedo en los huesos…!(Se oyen voces confusas en el bosque dando el alto, y a FRAGOSO defendiéndose y llamando.)
VOZ DE FRAGOSO:
¡Suelten…! ¡Señor…! ¡Mi señor!
MAESTRE:
¡Alto! ¿Quién da voces ahí? (Aparecen dos Soldados forcejeando con Fragoso. Por el extremo opuesto acuden otros.)
PEDRO:
¿Fragoso…? ¡Quietos vosotros! (Lo sueltan. Fragoso cae sollozando a los pies de PEDRO.)
FRAGOSO:
¡Mi príncipe y señor…!
PEDRO:
¿Dónde está Inés? ¡Habla! ¿La has traído contigo? ¿Está presa…? ¿Desterrada…? ¡Habla! ¿Dónde está?
FRAGOSO:
Está muerta, señor.
PEDRO:
¡No, eso no! También yo lo creí un momento, pero fue un sueño de fiebre… ¿Quién la vio morir?
FRAGOSO:
Yo la vi. Al filo de medianoche…, rezando tu nombre.
PEDRO:
¡No puede ser! ¡Te digo que no puede ser! ¿Muerta Inés y la tierra no se abre…? ¿Y la luna en su sitio…? ¿Y yo aquí de pie…? Pero, entonces…, ¿es que todo en el mundo es mentira?
FRAGOSO:
Eran tres puñales y una tropa de escolta…
PEDRO:
Los nombres. ¡Dilos en voz alta!
FRAGOSO (levantándose):
Coello, Alvargonzález, Pacheco…
PEDRO:
¡Óiganlo mis soldados! Coello, Alvargonzález, Pacheco… ¡Que no los olvide nadie…! ¡Pero que nadie se atreva a tocarlos! ¡Tengo que ser yo solo! ¡Yo y mis perros persiguiéndolos por bosques y montañas…! ¡La mejor cacería de mi vida …! ¿Quién más fue?
FRAGOSO:
Los tres solos.
PEDRO:
Mientes, ellos solos no tendrían coraje. Alguien más alto les guardaba la espalda. ¿Quién?
FRAGOSO:
Por tu alma, no me obligues a decirlo.
PEDRO:
Dilo. Dilo aunque te queme la boca como a mí. ¿Fue mi padre?
FRAGOSO:
Fue.
PEDRO:
Júralo.
FRAGOSO:
¡Lo juro por la Santa Cruz! ¡Fue el rey nuestro señor!
PEDRO (retrocede un instante sin aliento):
¿Has oído maestre? ¡Sí ese hombre ha mentido arrástrenlo a la cola de un caballo al galope! Pero si es verdad…, ¡arda la tierra por los cuatro rumbos! (Avanza febril llamando en todas direcciones.)
PEDRO:
¡Aquí mis capitanes! ¡Mis peones de espada, mis hidalgos de lanza!… ¡Todas mis armas contra mi padre! ¡Pescadores del Douro…, labradores del Miño…, pastores de Tras-os-Montes…! ¡Todo mi pueblo contra mi padre! ¡Y tú, brazo rabioso; y tú, pecho de hieles; y vosotras, entrañas!… ¡Toda mi sangre contra mi padre! (Levanta la espada desnuda.) ¡Portugal contra el rey!
MAESTRE (lo mismo):
¡Portugal contra el rey!…
SOLDADOS:
¡Portugal contra el rey!
(Oscuro sobre el último grito, al que contesta el pueblo. Sin pausa, en la oscuridad, se oyen los clarines y tambores de la rebelión, galopadas a caballo, y finalmente la triste melodía de rabel en crescendo solemne hasta disolverse en música sacra de órgano. Vuelve la luz lentamente en el salón del trono, adornado con banderas y escudos en doble perspectiva heráldica sobre un fondo de vitral gótico. Inmóviles y armoniosos como figuras de tapiz, Damas CABALLEROS, REYES-DEARMAS, SOLDADOS, IGLESIA y PUEBLO, En el trono, INÉS tal como apareció en el bosque —sin el chal rojo— cubierta de velos blancos. No tiene crespón ni una sola nota lúgubre. Es una muerte bella y joven, vestida de novia. PEDRO, con un sencillo manto sobre los hombros Un PAJE, de rodillas, sostiene la corona en un cojín de púrpura. La música va esfumándose sin llegar a perderse. El MAESTRE lee la proclama:)
MAESTRE:
Pueblo y señores nuestros: Terminada la guerra entre hermanos…, castigados los culpables del crimen y llamado a su eterno descanso nuestro gran rey Alfonso que Santa Gloria haya…, alzamos y proclamamos por señor de estos reinos a su hijo Pedro Primero, al que juramos servir y obedecer como fieles vasallos. (Deja de leer.) ¡Que Dios bendiga sobre su cabeza la herencia de siete reyes!
(Monseñor toma la corona y la presenta a PEDRO.)
PEDRO:
No soy yo quien tiene derecho a esta corona. Otras sienes más dignas la tendrán más allá de la muerte. Que esta mujer, que hemos matado entre todos, nos dé a todos una vida nueva. Que su imagen de amor nos devuelva a todos el amor… y la paz. (Todos se arrodillan mientras PEDRO ciñe la corona a INÉS.) ¡Dios te salve, doña Inés, reina de Portugal! (con la rodilla en tierra le besa la mano. Campanas de Gloria.)
TELÓN.