El teatro macabro: El exilio oscuro
James Waugh
—¡Confesarás lo que has hecho o te lo sacaremos a golpes! —insistió el alguacil, dándole un puñetazo al prisionero en la mandíbula.
La celda era una cámara fría y húmeda de suelos empedrados, impregnada de un fuerte y agrio olor a muerte. El reducido espacio que había entre sus muros estaba completamente a oscuras. Sólo se colaba un rayo de luz por una pequeña ventana con barrotes, que proyectaba una extraña luminiscencia de color ámbar sobre el hombre esposado a una de las dos sillas que rodeaban la mesa de madera.
Bueno, bueno, alguacil… no necesitamos usar la violencia. Tengo que escuchar todo el relato. Por lo que sabemos, este hombre afirma estar confundido por influencias demoníacas.
Desde que había entrado en la celda, el sacerdote de Zakarum no se salía de las esquinas oscuras, mantenía su rostro de lado escondido dentro de la capucha, estudiaba al prisionero y observaba cada uno de sus gestos.
—Maldita sea. Este hombre debería estar colgado de una horca.
—No me importa lo que piense… Tiene unas órdenes.
—Sí, padre, si el juez dice que tengo que escucharlo, lo haré. Pero no tenga piedad de este demonio. Es un mentiroso. Mintiendo es como se gana la vida.
Tienen que entender —interrumpió el prisionero desesperadamente—, que hay un vacío que lo envuelve todo. Algún tipo de manipulación siniestra que se ha alimentado de mi… mi debilidad… Tienen que saberlo. ¡Tienen que saber a lo que me he visto obligado!
El alguacil levantó su puño para encajarle un nuevo golpe.
—Si quisiera escuchar tu palabrería, te…
—¡Alguacil Rantz! Deje que el hombre hable, por favor. —El sacerdote avanzó ligeramente, ahora el sol besaba su capa.
—Venga, ahora, Samuel Drest, si tengo que averiguar si había o no influencia maléfica en tu crimen, debo escucharlo todo… desde el principio, como dicen en tu profesión…
Drest estaba sudoroso, tenía el pecho agitado y respiraba con dificultad. Lanzó una tímida mirada hacia arriba, anhelante por saciar el hambre de su adicción.
—Es posible… Estoy pidiendo… Sería de ayuda… Si pudiera contar con un poco de… humo de pipa. Me ayudaría a concentrarme.
Los nudillos de Rantz golpearon la cara de Drest tan rápido como un látigo. El prisionero gritó y la sangre comenzó a fluir, goteando desde el fresco corte encima de su ojo.
—¡Criminal… estás en la cárcel! ¿Cómo te atreves a pedir una cosa así?
Es sólo… Estoy enfermo, eso es todo, señor. Creo que tengo ganas de vomitar.
—Yo no te voy a dar la cura —dijo Rantz desde la silla que estaba delante de Drest.
—Explica tu historia, dramaturgo. Libérate de tu pesada carga. Deja que el alivio sea el bálsamo para tus dolores. —La voz del sacerdote era temperada, tranquila e incluso fría.
Drest inclinó la cabeza hacia atrás y se apoyó sobre la pequeña mesa, como aceptando tristemente su destino. Había llegado a esto. Sabía que así sucedería desde el momento en que el abismo entró a formar parte de su plan. Respiró hondo y trató de concentrarse y encontrar la elocuencia por la que era conocido, la elocuencia que una vez había sido tan aclamada.
—Es una tragedia en estado puro, ya ven. Un hombre que cae en desgracia por su único y fatal defecto… tal y como los maestros de Skovos enseñan. Estábamos Marlowe y yo… Marlowe con su cabello oscuro como el azabache y sus penetrantes ojos verdes, que todas las mujeres decían que parecían esmeraldas diminutas. Marlowe, el chico de oro. El sabio. El fraude. Recuerdo la primera vez que apareció por el Grand Desote… mi teatro, no el suyo. Fue durante el ensayo de mi obra Los cuatro rotos. Estaba en un excelente momento de mi carrera: un dramaturgo cuya obra había encontrado comprador, cuyas creaciones no eran entrañas en el cerebro de un escritor maldito muerto de hambre, sino que vivían en las mentes de una audiencia que me adoraba…
—¿Qué es esa tontería poética? Tu enemistad con Marlowe es bien conocida. No soy un recién llegado a Westmarch… Ve al grano.
—Agente… —Las palabras del sacerdote sonaban como un rumor gutural—. He dicho que tenía que escucharlo todo y así lo haré. Las raíces de la influencia demoníaca pueden remontarse a años atrás. Todo es relevante.
Drest dejó ver una sonrisa canalla al arrugar una de las comisuras. Era una pequeña victoria sin importancia.
—El día que Marlowe entró en Desote sosteniendo su poco original manuscrito con aquellos largos y esqueléticos dedos fue el día en que mi vida cambió para siempre. Es el día que entendí la palabra némesis. Es el momento en el que aprendí el verdadero significado del deseo… deseo de querer ser mejor que otro. Deseo de ver mi fama crecer, aunque sólo fuera para superar la suya.
»Ya ven, fue cuestión de meses para que fuera a hablar con su pico de oro con nuestro jefe, lord Barimos, y su obra, ¡oh, su obra, puro cliché, todo redundancia, pura basura! Desacreditó el escenario. Mi escenario. Recuerdo sentarme detrás de la multitud durante su primera actuación; mi boca temblaba de vergüenza de ver lo trivial y pueril que era. Pero entonces ocurrió algo divertido. Como mi mentor, el gran Samus Aritos, venido de Skovos y considerado un dios del arte dramático dijo, nunca se puede explicar el gusto de los espectadores. Tenía razón. Cuando acabó, el público, esos locos, se pusieron de pie y lo aclamaron. Aplausos ensordecedores, una cacofonía que resonaba y que me rodeaba. Gritos de jubilo. Y él se levantó, inclinándose ante ellos como un falso mesías que había olvidado que estaba solo en el teatro. Mi teatro… Era la gota que colmaba el vaso. En mi vida había llegado a sentir una rivalidad de esa manera. No sabía qué historia me proporcionaría mi musa ahora ni qué tema necesitaba mi impaciente pluma expresar. Lo que sí sabía era que debía ser mejor que las tonterías de Marlowe. Tendría que representar sus obras en otro teatro… Pero la fama de Marlowe creció y creció.
—A tus expensas, claro —apuntó el alguacil con cierto humor sarcástico.
En efecto, señor. Pero no al principio. Debería confiar más en mí… Ambos estuvimos batiéndonos en duelo durante tres años. Su actuación y luego una de las mías honraron ese viejo escenario, nuestras historias eran como dos serpientes encerradas en una espiral de muerte. Yo dejé de ir a ver sus representaciones. No quería perder el tiempo. Además, sólo conseguían enfurecer mi alma. En cambio, aprovechaba ese tiempo para escribir febrilmente durante la noche, pensando únicamente en cómo ganarme de nuevo al público. Utilizaba innumerables velas y las manos se me entumecían… con cada espectáculo importaba menos lo que quería decirle a la humanidad. Era como si la única satisfacción de escribir fuera provocar celos en Marlowe, su ira. Si una de mis obras cautivaba a la audiencia o conseguía una sonrisa o una alabanza de nuestro lord Barimos, esperaba que eso lo enfadara… Era lo que más importaba. Y pensar que una vez creí que tenía una visión que ofrecer a este reino.
—De la forma que lo describes, parece que la gente iba a ver tus obras, Drest. Lo último que oí era que, antes de El Exilio Oscuro, estabas acabado. Arruinado.
Drest respiró hondo. Sintió cómo el sudor le caía por la frente otra vez, la agonía de su adicción arrastraba todos sus pensamientos.
—Bueno, señor, tiene usted razón. Nuestra rivalidad nos llevó a un extremo en el que no podíamos estar en la misma habitación o en la misma fiesta sin acabar discutiendo, incluso una o dos veces lle gamos a las manos. Pero todo cambió para Marlowe en el momento en el que amibos intentamos convencer a los actores de que no trabajaran para el otro. Mi obra La maldición de Rathma tuvo muy buena acogida, incluso llegó a desbancar los disparates más recientes de Marlowe. Ahora no soy capaz ni siquiera de recordar de qué iba la obra. ¿Acaso no es triste? Todo lo que recuerdo es que a esa chusma a la que llamamos público entrañable le gustó más que cualquier otra cosa que Marlowe había escrito hasta el momento.
—¿Y todo esto qué tiene que ver con la influencia demoníaca, señor Drest? ¿Cómo nos lleva esto hasta lo que ha hecho? —La voz del sacerdote desde la sombra provocó una sensación de terror; entonces, se acercó de nuevo a la luz dejando entrever su anciano y pálido rostro que asomaba desde la capa. Había algo enfermizo que Drest podía ver en él. Su piel era de color blanco marfil, translúcido y seco; era un hombre muy anciano y no estaba muy lejos de su final.
—Ya era hora de que hablara con sentido, sacerdote. ¿Podemos proceder con la ejecución?
—Señor —gritó Drest—. Esto es todo… todo parte de… lo que hace que la demonología sea tan evidente. Por favor… Marlowe se tomó un tiempo sabático, tres meses sin ninguna representación de sus obras. Tres meses en los que nadie escuchó ni vio nada de esa rata. Yo pensé que era su rendición y su aceptación de que Desote era en verdad mi teatro y que su material no sería aceptado allí.
—¿Pero eso no ocurrió así, no? —dijo el Zakarum volviendo a la oscuridad.
—No, señor. Cuando por fin regresó, colándose en uno de mis ensayos, se había reinventado en una especie de profeta oscuro del sino, un escritor de terror que se deleitaba en los cuentos de dominio demoníaco sobre la humanidad. ¿Cómo podía saber lo que había hecho? ¿En lo que realmente se había convertido? Vestía todo de negro, con anillos de plata trenzados y pendientes extraños, como si fuera un pirata común. Su piel era ahora de un color blanco alabastro, como si la luz no lo tocara jamás, y sus ojos estaban rodeados de unas profundas ojeras oscuras. Era como si la nueva forma de teatro macabro que iba a escribir lo hubiera absorbido por completo. Creíamos que las nuevas obras eran meras fantasías. Desesperados intentos de conseguir fama.
Drest empezó a reír, consumido por la locura de lo que había hecho, de todo lo que había experimentado. Ahora, al explicarlo, podía ver con gran ironía lo horrible que había sido el escenario en el que había estado todo este tiempo. Su risa sacudió su cuerpo y le provocó tos mientras continuaba hablando:
—Por los dioses, yo asumí que estaba actuando, el golpe maestro de Marlowe para llamar la atención de la gente de nuevo. Qué iluso era.
Paró de reír. Drest eliminó todo gesto frívolo de su rostro.
—Sí, agente. Funcionó. Este nuevo Marlowe tocado por la oscuridad se había convertido en un «genio irreverente», o al menos así empezaron a llamarlo de repente. Sus obras eran reflexiones siniestras sobre la insignificancia del hombre en el mundo y, sin embargo, el público, esa manada tonta, lo veían como carne roja para satisfacer sus propias fantasías lascivas de violencia y horror. Se alinearon alrededor de la manzana, en las calles lodosas, bajo la lluvia, para ver su explotación indiscriminada. Lo llamaron «teatro macabro», un nuevo género para saciar a la multitud famélica. Al ver esto, al verlos disfrutar de tan clara obscenidad, caí en el abismo de la depresión, sentí una tristeza absoluta al darme cuenta del tipo de audiencia para la que me había entregado tanto. Yo ya no podía escribir. Me sentaba con la pluma en la mano, observando el pergamino, y no venía nada. Mi musa me… me había abandonado, avergonzada por la falta de buen gusto en nuestro arte. Entonces recurrí a la pipa, esperando que al alcanzar un estado trascendental encontrara algo de inspiración, algún rayo de creatividad. Pero no hubo nada.
—Para mí, el caso está claro, sacerdote. Los celos son el motivo de todo.
—Los celos no… no guiaron mi mano, señor.
—Dinos, entonces. —Las palabras del Zakarum fueron enfriándose a medida que avanzaba lentamente hacia la ventana, mirando hacia la luz, aunque ésta no lo iluminaba lo suficiente como para que Drest pudiera ver la cara del hombre que estaba juzgando su destino.
—Yo no había escrito ninguna obra en casi un año y no había sido por falta de intentos. Ya ve, era como si mi mente se pusiera en blanco cada vez que lo intentaba. Ni siquiera el ardiente deseo de superar a Marlowe trajo palabras a la página. Iba más allá del dolor. Era magia negra.
—¿Magia negra? ¿Cómo? ¿Ahora vas a intentar hacemos creer que tu pereza la provoca algún tipo de hechizo?
Así es, agente. Es cierto. Yo no lo sabía entonces. Pero, ahora que lo he probado, ahora sé lo que Marlowe había hecho. Sus rituales y sus grimorios le habían proporcionado iluminación en la oscuridad… y yo era su víctima. Llegaré hasta ahí si me dan un poco más de tiempo. La clave es la paciencia.
—Me temo que no me queda mucha.
—Se necesita poca, agente. Un día mi jefe, lord Barimos, apareció por mi casa con el graznido de la mañana. Yo había estado la noche anterior en La Guarida del Camero y mi aspecto era…
—El aspecto desaliñado de un demonio de la pipa… De la misma forma que estás ahora, ¿no?
—Sí, agente… sí. Barimos tenía su nuevo premio. Él tenía a Marlowe, y yo no había creado nada. Después de que Barimos invirtiera un buen oro para mantener mi pluma creando personajes, quería ver en qué estaba trabajando. Me pidió que le entregara páginas para leer, un diálogo, una historia. Una luz de color gris apagado había comenzado a erosionar la noche, y yo podía saborear la dulzura añeja del vino de la noche anterior en mi paladar. Aún podía sentir la bruma de la magia de la pipa nublando mi mente. Barimos lo sabía. Había trabajado con artistas dolidos el suficiente tiempo como para aceptar las peculiaridades de los de nuestro tipo y era siempre flexible, o nos lo permitía, por así decirlo, siempre y cuando robáramos fuego de los Altos Cielos y lo utilizáramos para escribir obras para el Desote. Inmediatamente, le dije que llevaba toda la noche despierto, escribiendo… que estaba en medio de mi mejor trabajo. La obra que me colocaría de nuevo en lo más alto y que haría que valiera la pena su patrocinio hasta la última moneda de cobre y oro que había pasado por mis manos.
»Barimos es un tipo duro. Me sorprende que tenga corazón para el arte y todo eso, con su insensibilidad… sus pobladas cejas tejidas juntas. Inhaló profundamente mi olor. Sintió mi olor a pipa y alcohol. Pudo ver el pésimo estado de mi alojamiento, el desesperado nido de un creador que ha perdido su voluntad por producir. Supuse que me desahuciaría. Pero, para mi sorpresa, me ofreció un claro mandato, una alternativa a la vagancia.
—Drest —dijo lord Barimos con su voz ronca con tono baritonal—, eres un buen creador. O lo eras. Es la única razón por la que no te hemos echado de este edificio, mi edificio, esta mañana. Es la única razón por la que no te envío de vuelta al frío de las duras calles, mendigando y robando como cuando te encontré… cuando leí por primera vez tus obras. Si no me entregas una obra en una semana que pueda representar en un escenario, no tendré más necesidad de ti.
—Así haré, señor —dije, agarrando y sacudiendo con fuerza su mano—. Le entregaré la mejor obra que haya leído nunca, mi amo.
—Es divertido… Marlowe me dijo lo mismo ayer. Deberíamos ver cuál de los dos hará la mejor obra. Si no podéis competir, ¡id de vuelta a la calle! —respondió Barimos.
—No podía saber si lo que decía era verdad o si se trataba de un ardid para animar la vieja competición. Pero, en ese momento, estaba tan enfermo de humo que creí que lo que decía era cierto. ¿Adónde fui con esta oportunidad de oro que me ofrecía mi patrón y señor? De vuelta a la guarida, en busca de inspiración, en busca de mi musa.
—¿La Guarida del Camero? ¿Esa sucia cloaca de opio?
—La misma, agente. Es curioso; yo creo que tiene encanto… Un tugurio lleno de humo durante el día es un bastión de tristeza. La Guarida del Camero durante las horas de luz es incluso peor. Una casa del horror para enfermos amputados, niños desnutridos, asesinos exóticos, soldados que no pueden olvidar el horror de las guerras que han sufrido, locos, vagabundos delirantes que se proclaman profetas, profetas sin seguidores y ésos como yo, que han fracasado en la vida. La mayoría fuman para escapar de la realidad. Todos están perdidos en la oscuridad del santuario, la única salvación que el espejo del sol crea, el reflejo del mundo real, ésa que se burla de ellos en todo momento y les recuerda su estación. Me siento como en casa en ese lugar u otros parecidos a ése. Siempre lo hago. Nadie te mira en un lugar así. Puedes encontrar un rincón y hacértelo tuyo. Debes ser tú quien aparte las arañas o cualquier otro parásito… y luego, te pierdes en el mundo. O por lo menos así es como debería ser. Pero no fue así aquel día.
»Yo había encontrado un sitio en la parte de atrás; limpié las heces de ratas y preparé mi pipa. Pero tenía un presentimiento, la sensación de que había unos ojos clavados en mí, observándome. Fue cuando aquel hombre horrible, el monstruo que me llevó hasta el abismo, se me acercó. Su rostro pálido era repugnante. Era un hombre viejo y tenía un ojo de color blanco como la leche, y me miraba fijamente. Era un rostro forjado en los mismos Infiernos, quemado por la nieve del invierno. No dijo nada, sólo me miró… ese ojo blanquecino me buscaba.
—¡Aléjate de mí! —le dije. Al no responder nada, le di un fuerte puntapié en la espinilla. Pero no reaccionó. Al final abrió su pico del que brotó un hedor horripilante. Hubiera jurado que era el aliento del demonio, y quizás así lo era. Pero lo que me dijo… lo que me dijo era verdad.
—Marlowe te ha hechizado. Por eso tu musa no te visita más. —Su voz era una ronca exhalación. Di un salto hacia atrás contra la pared. Su tono era como la muerte misma susurrándome al oído.
—Eso era magia negra —intervino el Zakarum, muy interesado por el hecho.
—Venga ya… Más mentiras negras.
—Lo que os explico es lo que ocurrió. Al principio, mi reacción fue la misma que la suya, agente. Pero su mirada gélida hizo que se disiparan todas las dudas.
»Continuó hablando y dijo que Marlowe era un siervo de la oscuridad y que ese mal había inspirado su pluma y que debía ser expulsado. Luego añadió que hacía un año había hecho el pacto con los Infiernos, justo en el momento en el que yo había empezado a sufrir, y que debía detenerlo. No podía asegurar que no estaba alucinando. Teniendo en cuenta todo el pánico que había soportado durante los últimos meses y el humo que había consumido, quizás había perdido la poca cordura que me quedaba… Pero lo que dijo era verdad.
»Luego me dijo que me fuera y que fuera rápido, porque Marlowe estaba haciendo un ritual en ese momento, que lo podía sentir, que podía detenerlo, detener su locura antes de que siguiera adelante. Insistió en que fuera y lo viera por mis propios ojos, si no lo creía. Por último, añadió que el demonio le había enseñado el camino, el señor Samuel, y que sus ritos oscuros lo habían hecho talentoso y en cambio a mí me habían incapacitado para crear.
»Tenía que saberlo. Apenas había dormido. Podía sentir el humo filtrándose mientras aquel hombre se alejaba, y yo lo inhalaba. No tenía nada que perder. Me agarré a esa locura. Había algo de verdad en ello; sólo que no sabía cuánta. Marlowe se había mudado a una vivienda de lujo cerca de Desote, un trofeo por su serie de obras exitosas y mi fracaso. Me arrastré lentamente por la parte trasera. Había algunos viajeros rondando, mirándome, sospechando de mí. O, al menos, eso me pareció en mi estado de pánico. Algunos estaban armados: aventureros extranjeros, por supuesto. Su estirpe siempre prevalece. Nunca los ves dos veces. La mayoría no duran mucho tiempo… Los otros eran la chusma habitual, el negocio sigue avanzando hacia una vida que nunca llegaré a entender, una vida de redundancia. Finalmente, desde la parte trasera conseguí ver la casa de Marlowe. El cristal estaba manchado, y una cálida luz de velas parpadeaba, permitiéndome vislumbrar lo que había dentro. Empujé la ventana suavemente hacia arriba. Me dio un vuelco el corazón al sentir un fuerte crujido. Me metí dentro.
—¿Así que también eres un ladrón, eh? —dijo Rantz inclinándose hacia Drest, mirándolo fijamente a los ojos—. Los dramaturgos son gentuza como tal. De alguna manera te abrías camino hacia una sociedad decente, pero eso no quiere decir que cambie quien realmente eres.
—Nunca sugerí que fuera un modelo a seguir, señor. Lo que había dentro… lo que había dentro volvería locos incluso a los héroes más brillantes. Lo primero que noté fue un olor fétido. Tangible. Como leche podrida. Entonces vi algo que estaba más allá de lo macabro.
—¿Algo más macabro que lo que encontramos en tu casa? —preguntó Rantz—. Eso sería una verdadera hazaña.
—¡No tiene ni idea! —El estado de ánimo de Drest había cedido a la oscuridad de nuevo. Era como si toda la luz que había dentro de él hubiera sido derrotada, consumido por la idea de lo que había visto.
»Había charcos de velas calcinadas marcando los bordes de un sello extraño, evidencias de los ritos oscuros de los que me había hablado el hombre. No había muebles en la casa y estaba llena de cráneos por todos lados. Huesos. Cuencos de sangre. En medio de la habitación, vi de dónde procedía ese hedor. Entrañas sangrientas pudriéndose; podían ser de un becerro o de algo humano y estaban cubiertas de moscas hambrientas. Olía como si llevaran allí varias semanas. El hedor me provocó la tos… Tuve que contener el vómito que hervía dentro de mí.
—Con lo que vimos en tu casa… No creo lo que estás diciendo.
—Pero cerca de esas entrañas… cerca de esa enfermedad… había un manuscrito.
—¿Un qué? —bramó el Zakarum.
—Un manuscrito… el manuscrito, eso es. Cerca había un cuenco… donde la sangre de esas entrañas había sido drenada y se había coagulado formando una pasta espesa de color rojo.
—¿Qué quieres decir con el manuscrito? —presionó el sacerdote.
—El… Exilio Oscuro, parte uno. Era… era de Marlowe.
—Entonces, ¿El Exilio Oscuro, tu obra maestra, es en realidad obra de Marlowe? —el alguacil casi se echa a reír—. Eres un plagiario al igual que…
—Explíquenos la obra. ¡El manuscrito! —interrumpió el Zakarum.
—No… eso no —insistió Rantz—. Espera. Espera un maldito segundo. No quiero oír hablar de esa obra. Quiero saber cómo el cadáver en descomposición del señor Marlowe acabó en el suelo de tu casa, un saco de carne rancia pudriéndose desde hacía meses. ¿Cómo consiguió llegar hasta tu domicilio? ¡Al grano, hombre!
—Yo… yo…
—Eres un monstruo. Dime por qué el cuerpo en descomposición de tu rival ha estado en tu casa durante meses. Viviste con él, ¡en tu propia casa! ¡Dinos cómo asesinaste a Marlowe!
—Eso… yo… yo no quería hacerlo. ¿No lo veis? Es mucho más que eso. Un diseño. Un plan. Cogí el manuscrito. Debía ser del que Barimos había estado hablando, la obra maestra de Marlowe. Marlowe no estaba allí, así que me fui a casa, tropezando a través de la luz del día, un día que sentía cada vez más frío. Mi corazón estaba acelerado, latía fuertemente contra mis costillas mientras entraba en mi residencia. Sostuve el manuscrito entre mis brazos como si acunara a un bebé. Lo sostenía con fuerza. Bloqueé las puertas y empecé a leerlo. Las páginas estaban manchadas de sangre… pero el texto estaba limpio, escrito con claridad, un guión que juraría no era de Marlowe. Y las palabras… los personajes y las palabras. Era El Exilio Oscuro. Era la obra que me traería de vuelta.
—Querrás decir la obra de Marlowe.
—¡Qué va! —espetó Drest con un tono sarcástico—. Una obra que le dio algún maestro maléfico. Canalizado a través de él, ahora lo sé. Por qué motivo, no lo sé. Pero las palabras… ese brillo oscuro era lo más horrible que había leído nunca… y lo más inspirador.
—Háblame de él —le pidió el sacerdote.
—Es la historia de una familia… todos Señores del Infierno. Demonios, monstruos… dioses, hasta meros mortales como nosotros. Sean lo que sean esos seres, hay verdad para ellos… Esas entidades manipulan todo lo que sabemos. Hay Demonios Mayores, un triunvirato de poder. En la obra son Terror, Odio y Destrucción. Y hay Demonios Menores, Dolor, Pecado, Angustia y Mentira. Los siete Demonios son la encamación de lo peor de nosotros, amplificado, y se alimentan de lo que podríamos llegar a ser.
—Bien. Ya he escuchado esas historias antes. Historias de fantasmas para asustar a los niños.
—Son mucho más que eso, agente. En la obra, hay divergencias entre las filas de demonios. El mal comienza a rebelarse contra sí mismo. Los Menores están cansados de su servidumbre. Ya ve, con la ascensión del hombre y la subsecuente parada de la guerra cósmica, llamada el Conflicto Eterno, los tres Mayores empezaron a dedicar sus energías a la perversión de las almas mortales, es decir, a nosotros. Eso provocó que los Demonios Menores cuestionaran la autoridad de los tres, provocando una brecha entre los Demonios Mayores y sus servidores. Dos de los Demonios Menores hicieron un pacto e intentaron poner a los otros dos de su lado. Conspiraron, tramaron, lloriquearon… al mismo tiempo que el Señor del Terror, conocido como Diablo, observaba sus maniobras insignificantes. Iba por la mitad de la obra, incapaz de apartar los ojos de la página; los Menores habían organizado y formulado un plan para levantarse en contra de sus hermanos, derrocarlos y desterrarlos de los Infiernos Abrasadores, desterrarlos a nuestro mundo… al… ¡al mundo de los hombres! Entonces, oí golpes en mi puerta. Un aporreo. Toe. Toe. Toe. Seguido de chillidos furiosos: «¡Abre, bastardo! ¡Ábrela!».
»Sabía quién era antes de ir a mirar. Podía oír su voz nasal. Podía oír la desesperación en su tono. Era Marlowe. De alguna forma, se había enterado de que había cogido su obra, instintivamente o quizás haciendo uso de sus artes oscuras. Cubrí el manuscrito rápidamente y abrí la puerta. No podía esconderme. Él sabía que yo estaba dentro. Si hubiera vuelto a gritar, probablemente hubiera llamado la atención de toda la ciudad… Y allí estaba, despeinado, vestido con su traje negro, mirándome con los ojos en fuego y el ceño fruncido.
—Dámelo, Drest —sus palabras eran un escalofrío helado—. Dámelo. Estás tratando con un poder que no entiendes. —Continuó, abalanzándose hacia la puerta, obligándome a retroceder—. He cometido un grave error que estoy intentando rectificar. No hagas lo mismo.
—Cerró la puerta detrás de él, y yo me deslicé hacia la pared, mirándolo. Mirando cómo el pánico lo hacía temblar y cómo desesperadamente estiraba sus largos dedos hacia mí, echando espuma por la boca, antes de que volviera a gritar, «¡Dámelo! Nos ha hecho daño a ambos. ¡No tienes ni idea de los horrores que he visto y los que tú verás si no lo dejas ahora y me ayudas a poner fin a esto!».
El agente escuchaba atentamente, inclinado hacia delante, esperando la confirmación que había estado esperando. El Zakarum se puso detrás de Rantz esperando la misma revelación.
—Era un placer. No podía evitar disfrutar de ese momento, viendo la desintegración completa de Marlowe… viendo su fracaso. El que él supiera que yo conocía el motivo de sus éxitos, de sus logros, y de que sus victorias sobre mí no habían sido gracias a un talento mejor que el mío, sino por otros medios. En ese momento, se dio cuenta de que lo había ganado. No lo pude evitar. Cogí el manuscrito y lo puse delante de él. «¿Es esto lo que quieres, Marlowe?». Le dije.
—Y entonces… —intervino el sacerdote con ansiedad.
—Y entonces —continuó Drest casi perdido en el ensueño del recuerdo; el sudor le recorría el rostro, estaba empapado y la adicción le provocaba temblores, pero no conseguía extraerlo de sus pensamientos—, no soportó presenciar mi mofa. Yo no había dicho ni una palabra más, pero pudo ver la felicidad perfilada en la expresión de mi rostro, una máscara de la victoria. Corrió hacia mí, con los brazos extendidos hacia mi garganta.
—Ahora estamos llegando a alguna parte —dijo el agente Rantz.
—Se movió a la velocidad de la luz. Más rápido de lo que esperaba. Un loco poseído por la voluntad, ¡una mano fue a por mi garganta y la otra, a por la obra! Pude empujarlo hacia un lado utilizando mi peso contra él. Me dio un puñetazo en la frente y empecé a verlo todo de color rojo. No puedo describir lo que ocurrió después. Es como si… como si me poseyera algún tipo de espíritu de ira… un ser que no era yo. Yo… estaba encima de él. Increíblemente fuerte. Alzó las manos con los dedos irregulares extendidos, intentando taparme los ojos. Pero no pudo evitar que agarrara un candelabro que estaba cerca de mi cama y golpeara su cabeza con fuerza. Más fuerte, una vez y otra. La sangre salpicó mi cara, coloreando mi amarillenta came de un color violáceo. Lo golpeé de nuevo… hasta… hasta que ya no pude decir que era Marlowe. Delante de mí tenía un rostro del que sobresalía un hueso de color marfil cubierto de sangre.
—¡Listo, entonces! Admites haberlo matado. No he oído nada de demonios, sólo algo de un adicto al opio. ¿Podemos ir a la parte de la horca, por favor?
—¡Espere! No, señor. Escuche… Todavía hay mucho más. Por favor, déjeme acabar.
—¡No quiero oír nada más! Es un asesino, sacerdote. Lo ha admitido. ¿Podemos seguir adelante?
—No —dijo el sacerdote con firmeza y, con un gesto cauto, ordenó a Drest que continuara.
Drest estaba agotado. Relatar su historia era visceral. Resonaba profundamente en su interior.
—Sigue entonces, dramaturgo —dijo Rantz y le dio una patada al prisionero.
—Yo… No sabe lo enfermo que me siento, señor. Ne… necesito realmente un…
—No recibirás nada de eso. Ahora, continúa.
—No podía creer lo que había hecho. No era yo. Tienen que creerme. Soy bueno por naturaleza. Un artista, un amante de la belleza, de los sentidos. Ese acto fue… estaba más allá de mí. Me había dejado llevar por mis instintos más bajos. Me habían consumido.
—No eres más que un hombre. Es lo que los hombres hacen. No hay que fantasear con ello. En este mundo, no hay nada más aterrador que el hombre. —Rantz estaba cansado de todo este proceso. Tenía una confesión. ¿Qué más necesitaba? El resto era palabrería para llamar la atención de Malchus, el sacerdote Zakarum.
—El hedor del cuerpo abofeteó mi nariz obstruida. Estaba agotado. Hice lo único que podía. Lo único que tenía sentido. Acabé de leer la obra.
—Cuéntanos —presionó el sacerdote.
—No sabía que era tan seguidor de mi obra, sacerdote.
—O seguidor de la obra de Marlowe, quizás —bromeó Rantz.
—Un cuento clásico de codicia y tradición. Juntos, los Demonios Menores atacan a los Mayores en un conflicto que está a punto de destruir un tercio de los Infiernos. ¡Un levantamiento, una guerra en los Infiernos! Pero ya no se pone más dramático. El segundo acto narra in crescendo cómo Azmodan y Belial, el Señor del Pecado y el Señor de la Mentira, respectivamente, se reúnen con Andariel y Duriel para hablar de un golpe maestro. Los dos instigadores creen que las elecciones de los Demonios Mayores son una locura y creen que los Demonios Menores saben qué es lo mejor. Duriel, Señor del Dolor, es escéptico. Afirma que se trata de un intento equivocado y que contradecir los deseos de Diablo, el Señor del Terror, es una tontería. Pero Duriel se da cuenta de que es más peligroso para él llevarle la contraria a los otros. A medida que la historia continúa, se organizan los ejércitos de ambos bandos. Los Demonios Menores, después de haber conspirado, se preparan para la guerra; están preparados para llevar a cabo su plan. Con la guerra a punto de estallar, la obra se acaba. Justo en un momento de suspense. Al público le encanta eso. Pero, aún más, a los propietarios del teatro también les gusta. Lo que significaba que, si salía bien, habría una oleada de venta de entradas al acabar. Además, teniendo en cuenta que Marlowe había estado cultivando el gusto más oscuro del público con su brujería, sabía que esta producción iba a ser un éxito total. Era todo lo que necesitaba.
»Aunque claro, tenía un pequeño obstáculo: mi némesis muerto. No había forma de sacar el cuerpo de mi casa. Sentía una rabia frenética por el lío que había montado con Marlowe; no habría ninguna duda de que se trataba de un cadáver, un cadáver asesinado… si la gente era capaz de darse cuenta de que se trataba de un cuerpo humano. Y así… Marlowe, mi viejo amigo, se vino a vivir conmigo. Juntos al fin. Quitar las tablas del suelo no es tan fácil como podría parecer, agente. Pero conseguí colocar el cuerpo debajo. Comida para arañas, serpientes y las ratas que me quitaban el sueño por la noche.
»Coloqué a mi nuevo inquilino en la cama, me cambié de ropa y fui directo a Desote, aferrándome al manuscrito como si mi vida dependiera de él. A Barimos le encantó. Le recordó al estilo de Marlowe; sin embargo, me felicitó por mi capacidad de adaptarme a los nuevos gustos del público. Estaba seguro de que su blasfemia alertaría a los clérigos, tal y como ha hecho, pero decía que siempre había creído que la controversia ayuda a promocionar las obras.
»Sin embargo, la obra… El Exilio Oscuro estuvo maldita desde el principio. Durante los primeros ensayos, dos actores que habían hecho la audición para los papeles de Demonios Mayores fueron víctimas de horribles accidentes.
—Los accidentes ocurren, asesino.
—¿Pero dos? ¿Los dos que habían preparado el papel del Señor del Terror, Diablo? Geoffrey de Caldeum se cayó por una trampilla rota, desplomándose unos ocho metros hasta ensartarse en unas lanzas. Su cuerpo parecía un alfiletero retorcido. Vincent Didier, el orgullo de Westmarch, del que muchas camareras decían que era el hombre más hermoso del mundo, murió al día siguiente. Después de hacer la audición para Diablo, Vincent, que tenía predilección por el whisky, tropezó en las escaleras del escenario y se rompió el cuello.
—Parece que a los borrachos les pasa más y más estos días.
—Pero, agente, lo siguió un mal presagio. Una bandada de cuervos se abatió hacia el cuerpo desde las vigas y empezaron a picotearle el rostro. Su cuerpo estaba todavía caliente. No había visto nunca nada así. Nadie.
Barimos casi cancela la producción; como los actores, empezó a creer que estaba maldita. Por otro lado, empezó a hablarse del paradero de mi querido colega Marlowe. Sin embargo, estrenamos la obra con un recién llegado; Thomas Burn, un antiguo suplente, tomó el papel de Diablo, retando descaradamente la maldición con tal de aprovechar la oportunidad que tenía. Los actores hacen cualquier cosa con tal de tener atención, lo que sea por lo que ellos llaman «oportunidad». Incluso retan a la muerte… o incluso peor, son capaces de perder su orgullo personal.
El Zakarum salió forzado de la oscuridad y dio un puñetazo sobre la mesa.
—¡Háblame de la influencia oscura! ¡Hazlo, ahora! Estoy cansado de todo esto.
—Ahí está, sacerdote. Ahora está entrando en razón.
—S… sí, señor.
Había algo absolutamente intimidatorio en el gesto del sacerdote, algo tan contundente en su tono y certeza que Drest titubeó por un momento, intentando de forma desesperada organizar sus pensamientos dentro de la bruma oscura que le provocaba la necesidad de la droga. Apenas podía ver el rostro del hombre; vislumbró un destello pálido de la vieja piel blanca, el clérigo se retiró hacia la esquina sombreada de forma sigilosa, escondiendo su rostro tras la capucha.
—F… Fue durante la noche del estreno, cuando eso… él empezó.
—¿Quién? ¿El asesino?
Marlowe. Estaba poniéndome mi mejor traje, uno hecho por Samwise, el sastre extravagante, con una delicada corbata. Yo estaba preparado para mi regreso al escenario. A continuación, ¡noté un temblor bajo las tablas del suelo! Seguido de golpes, PUM… PUM… PUM. ¡Se me salió el corazón del pecho! Con el ruido en mis oídos me quedé de pie, caminando lentamente hacia el ruido. PUM. Una vez y otra. Las manos me temblaban. Sentía que el frío terrible del miedo me inundaba. Y entonces escuché la voz… una voz que conocía bien. Una que había odiado durante años.
—«Dreeeeest», dijo alargando la palabra, pero era incomprensible, como si la tráquea del orador estuviera rota. Que, por supuesto, lo estaba. «Dreeeeest, no sabes lo que estás a punto de hacer». No podía creer lo que estaba oyendo. Era la voz de Marlowe, que provenía de abajo.
—¡Estás loco!
—Es verdad, señor.
—Prosigue —la cadencia del Zakarum denotaba cierta impaciencia.
«Dreeeeest», volvió a llamar. Al principio pensé que me estaba volviendo loco, como creen ustedes. Asumí que era por todo el humo que había consumido. Pero entonces, justo en el lugar en el que lo había enterrado, las tablas del suelo empezaron a repiquetear, ¡pum, pum, PUM! Como si el cadáver estuviera empujándolas. Me arrastré hacia delante, mirando hacia abajo, temblando de terror todo el tiempo.
»«¡Basta, Marlowe! ¡Basta ya!». Grité, perdiendo el control de mi cordura. Podía ver entre las tablas. El hedor del cuerpo putrefacto flotaba hacia arriba. Pude ver su piel gris, las ratas dispersándose y chillando. Podía ver su ojo, aplastado, y lo que quedaba de su cráneo moviéndose. Estaba… estaba vivo.
»«No permitas que se vea la oooobra. Nooo sabes lo que vas a desatar, Dreeeest. Tendrás que hacer lo que yo hice. Tendrás que…». No pude aguantar más, así que empecé a golpear con fuerza el suelo. Las ratas chillaban debajo. «¡CÁLLATE! ¡Cállate! No eres real. ¡No eres real!». Salí corriendo de mi morada. Corrí tan rápido como pude hacia el estreno.
—¿Estás diciendo que Marlowe te habló desde la muerte?
—Así es. Muchas veces, tal y como oirá.
—¡Estás completamente loco!
—No, agente. El mal y la oscuridad nos rodean. Oscuridad que preferiría no conocer. Pero la noche del estreno no era oscura para mí. En vez de escuchar el consejo que provenía desde la muerte, observé el teatro totalmente lleno. Vi que Barimos estaba acompañado por mujeres exóticas de Lut Gholein en la primera fila, haciendo gala de su estatus. Estaba lleno. Cuando la obra comenzó, miré al público y no el escenario. Era lo que siempre había hecho. Ya sé lo que hay en el escenario, pero lo que hay en esos asientos es siempre nuevo. Pero lo que vi allí, no lo había visto nunca. Hombres y mujeres fascinados, con las manos agarradas a los brazos de las sillas de madera. Exclamaciones, conmoción. No parpadeaban. Las mujeres parecían que estuvieran a punto de desmayarse. El miedo se instaló en lo más duro de los hombres.
—Entonces, Marlowe hizo un buen trabajo, ¿no?
—Agente, esa obra no era de Marlowe.
Ya. Es algún tipo de obra dirigida por un demonio. Claro…
Al acabar, se hizo el silencio. Se oyó el colectivo e ininteligible ah de reverencia. Lo que un dramaturgo sueña toda su vida. Finalmente, una palmada abrió la veda para el resto, envolviendo el teatro con un sonido atronador de aplausos. Cuando los actores acabaron de saludar a los espectadores, se alzó un canto desde la multitud: «Drest. Drest. Drest. Drest». Música para mis oídos. Un sonido que había anhelado durante tanto tiempo como puedo recordar. Me subí al escenario con los actores y observé el júbilo del público. Yo también hice una reverencia. Me sentía como en la eternidad. Un instante perfecto capturado en el tiempo.
—Pero ellos no estaban celebrando tu trabajo —se burló Rantz.
A pesar de ello… Ya ven, señores, los creadores somos una raza patética en nuestro corazón. Despreciamos pero al mismo tiempo veneramos las opiniones de nuestro público. Creamos para poder recrear esos pequeños momentos de nuestra vida cuando nuestras madres nos decían: «Buen chico. Lo has hecho bien». Eso es lo que buscamos eternamente. Algunos de nosotros sabemos lo triste que eso es en realidad, incluso peor, ya que acaba siendo una adicción de otro tipo. Podría decir que ésa fue mi primera maldición… una que he cargado toda mi vida.
—Esa maldición no conseguirá que te libres de la horca, Drest. Háblame más de la maldad.
—Esa noche, a pesar de todo, fue la mejor noche de mi vida. Las mujeres exóticas de Barimos me rodeaban como si yo fuera una estrella caída del cielo y hacían cualquier cosa para estar cerca. Tenía todo lo que deseaba. Estatus, licor, opio, mujeres… y alabanzas. ¡Validación! Creían que era un genio. Regresé a mi morada dos días más tarde… dos días de celebración. Había casi empezado a creer que la voz que había oído no era más que un sueño, parte de un engaño, pero al abrir la puerta lo volví a oír. «Dreeeest». Seguido de una risa, la más horripilante que jamás haya llegado a mis oídos. Profunda, fuerte. Una burla, como si las tablas se hubieran puesto a favor de Marlowe.
»«¡Cállate! ¡CÁLLATE! ¡Vuelvo a ser amado! ¡Tú… eres un monstruo!». No respondió, sólo se rio. Todo mi domicilio estaba ruborizado con su inquietante júbilo. Y sabía que así sería durante el resto de mis días. Mi inquilino siempre presente, siempre ahí para recordarme que estábamos atados… Y entonces, llegó usted, señor Malchus… Usted y sus sacerdotes Zakarum. El Desote tenía colas en los caminos embarrados para ver El Exilio Oscuro. Se anunció en todas las tierras como la obra más truculenta y horrible jamás puesta en escena. Lo último en teatro macabro. Se acercaron a ver mi… a verla; hombres y mujeres de todas las formas, tamaños y credos provenientes de Westmarch. Entonces, llegaron ustedes, usted y su banda de clérigos, para protestar contra la blasfemia. Usted tenía razón, señor. Tenía razón. Pero sus protestas sólo le hicieron un flaco favor a su causa. Cuanto más protestaban sus clérigos fuera del teatro, más gente asistía a ver la obra.
—Quizás.
—Por supuesto, yo estaba disfrutando de mi recién inaugurada fama. Las mujeres, los hombres de la alta sociedad. Todos ellos. Todo menos mi residencia… un lugar en el que estaba el menor tiempo posible. Un lugar que no podía abandonar. Si me mudaba, temía que alguien encontrara el cuerpo. Y, si intentaba mover el cuerpo, me inquietaba que alguien de la concurrida calle lo descubriera. El olor era bastante malo, pero la compañía era lo peor… La voz de Marlowe susurraba durante toda la noche, «Dreeeest», llamándome. «Dreeeest, ahora debes completar lo que has empezado, maldito seas… Dreeeest».
»Es curioso lo que puede soportar un hombre. Después de un tiempo, el miedo que me había causado la fría voz se disipó, era como el sonido ambiente de la cercana calle bulliciosa. Una molestia, pero no una que fuera insoportable. Era un ruido de fondo. Hasta… hasta que llegó un mensajero que me convocaba a la oficina de Lord Barimos.
—Es cierto. Fue la mañana en que nos conocimos, ¿no es así? —La sonrisa de Rantz brillaba con sarcasmo.
—Sí. Fue esa mañana.
—Una mañana que me dijiste que no tenías ni un segundo para mí debido a la reunión que tenías. Es curioso que, cuando eres alguacil… la gente se ve obligada a tener prisa. Sobre todo, cuando se pronuncian las palabras «juego sucio».
—Sospechó de mí desde el principio, Rantz. Es usted un buen sabueso.
Rantz se tocó la nariz.
—Tengo un buen olfato, ¿no? Pude oler la traición desde el primer momento en el que te conocí. Es un olor típico de los fumadores de opio.
—Aun así, no tenía pruebas.
—No entonces.
—Sigue hablando. ¿Qué pasó con Barimos? —espetó Malchus.
—Hay otro dicho en las comunidades teatrales de Skovos que dice que eres tan bueno como tu última obra. Lord Barimos vive con ese principio.
—Ahh, quería que hicieras la otra mitad, ¿no? ¿La segunda parte?
—Sus poderes de deducción son de nuevo impresionantes, agente.
A Rantz no le gustó el tono del dramaturgo. Estaba pensando en asestarle otro golpe, pero Drest siguió hablando antes de que procediera.
—Barimos me abrazó y me felicitó por mi éxito y luego me dijo que estaba preocupado por la desaparición de Marlowe. Sin Marlowe, el Desote ahora confiaba en mí. Era lo que había querido… pero debía de presentar algo. Insistió en que fuera pronto.
—¿Y usted lo escribió? —Preguntó Malchus.
—No… al principio, no. De nuevo, no podía escribir. Volví a casa para reírme. La más cruel de las risas. Marlowe lo sabía. De alguna forma, desde el más allá lo había sabido. Lo sabía por el tono de su voz antes de que dijera una palabra. Pero su risa, chillona y rota, resonaba en mis oídos desde la tierra que pisaba. Me senté a escribir y, como Marlowe sabía, nada vendría. Me habían arrebatado mi musa. Asesinada, quizás. Era el hechizo malvado de Marlowe, su juego perverso era completo.
»Después de dos noches frente al escritorio, garabateando notas pero sin tener la menor idea de hacia dónde debía ir la obra o cómo podía llegar al nivel divino de maestría que había alcanzado con la primera parte, empecé a planear una huida. Coger mi dinero y mi fama, y salir corriendo, dejando la obra en el misterio. Pero, antes de que el pensamiento se pudiera cristalizar, Marlowe, mi viejo amigo, por fin volvió a hablar.
«Ahora, tienes que acabar lo que empezaste. Tienes que hacer lo que yo hice. Todo lo que tienes que hacer es pedirme ayuda, Drest, todo lo que tienes que hacer es pedirme ayuda». Y las risas siguieron.
»La voz me angustiaba. Me tapé los oídos. Golpeé las tablas, suplicándole que dejara de reírse. No me dejaría en paz y no importaba lo mucho que intentara ignorarlo… Sabía que decía la verdad.
—Esto es una locura. Estás muy enfermo, Drest. La fantástica mente que te permitió ser un aclamado escritor te ha llevado a un camino trágico. Pero no es una excusa para salvarte de lo que has hecho. Sacerdote, aquí no hay más evidencia que la de que éste no es más que un loco, un enfermo.
—Está poniendo a prueba mi paciencia, agente. Si quiere salir, adelante, yo le entregaré mi informe más tarde.
—No, me quedo hasta el final. Continúe, escritor.
—Es simple. Le pedí a Marlowe que me ayudara. Él me respondió que debía enseñarme el ritual y que para ello tenía que liberarlo de allí.
»Y eso es lo que hice. Saqué las tablas del suelo para encontrar el cuerpo infestado de pus y gusanos blancos, que cubrían la mayor parte del cuerpo de Marlowe. Las ratas habían raído sus órganos. Sólo el olor casi me hace vomitar. Pero la imagen era incluso peor y se quedó indeleblemente grabada en mi mente. Marlowe se levantó del suelo, saliendo del agujero en el que lo metí. Había gusanos por todas partes; a cada paso que daba se oía el sonido de gusanos aplastados bajo sus botas. Era un espectáculo horrible; su rostro estaba gris, hinchado y deformado. Finalmente, se dio la vuelta hacia mí y me dijo; «Ahora, estamos trabajando juntos, Drest. ¿Quién lo hubiera dicho?». Luego empezó a reírse de forma exasperada.
—¿Y el ritual?
—Empezamos. El pesado cuerpo de Marlowe colocó velas y extraños sellos en el suelo. Yo tuve que taparme la nariz para no vomitar, su cuerpo olía fatal. Eso parecía divertir a mi antiguo rival infinitamente. Me dijo que íbamos a canalizar un gran poder de los maestros oscuros, poder de los propios Belial y Azmodan… No importaba. Era la única manera de volver al escenario y escuchar el aplauso de nuevo, sentir la emoción del éxito. Puso la pluma en mi mano y me indicó que me sentara en medio del círculo que había dibujado. Coloqué el pergamino delante de mí. Las velas ardían, la llama de luz me rodeaba, las sombras producían terribles imágenes en las paredes. Empezamos a cantar. Me dijo que pronunciara las mismas palabras que él. No sabía qué querían decir. Lo único que sé es que pude reproducirlas. Entonces, antes de que pasara, oí que decía: «Ya está hecho, Drest. Tú y yo estamos unidos para siempre… eres tan fracasado como yo».
»Se puso a reír, mientras yo me preparaba para lo que estaba por venir. Cuando lo hizo, era como si el mundo se desvaneciera, como si la luz de las velas cegara mis ojos. Podía sentir un calor inimaginable. Grité todo tipo de horrores mientras las sombras de las paredes formaban figuras siniestras que saltaban hacia mí. Esas extrañas formas demoníacas me agarraron la mano y la apretaron contra el pergamino, que yo ya no podía ver. El humo obstruía mi visión, susurros ininteligibles pululaban a mi alrededor, chirriando en mi mente.
»Vi destellos de una guerra en los Infiernos. Los grandes Demonios Mayores estaban desconcertados por el descaro de los Demonios Menores. Los demonios luchaban unos contra otros, reinaba el dolor y la agonía. ¡Gritos de angustia! Podía ver la furia guerrera de los seres más allá de mi comprensión, destellos entrecortados de bestias demoníacas luchando en un pozo de fuego. Hacía calor. Mucho calor. Sentía que mi piel ardía. Y entonces el calor desapareció y las imágenes se fusionaron hasta que me encontré en la cámara de los Demonios Menores y la serenidad de un momento libre de guerra.
»Andariel y Duriel estaban discutiendo, querían romper el pacto con los otros Demonios Menores. Podía oír sus voces. «¿Qué es lo que hemos hecho?». Preguntó Duriel con una voz temblorosa. «Nos destruirán a todos. No pararán hasta que…».
»Belial, podía verlo, delgado, con la mandíbula llena de dientes afilados, repugnante pero poderoso, entrando en la caverna. «¡Cómo os atrevéis a cuestionamos! ¡Cómo os atrevéis a negar nuestra victoria! El liderazgo de los Demonios Mayores ha sido extenso, al igual que el tiempo que han creído ser mejores que nosotros. Diablo… Diablo caerá, como el resto. No lo temáis, no dejéis que os influencie. Cada uno de vosotros reinará. Cada uno de vosotros compartirá el poder que hemos ganado». Yo podía oler sus mentiras. En mi mente, veía que Belial hablaba por su propio interés y que él tenía otras maquinaciones más allá de lo que mostraba a su familia.
»Entonces, la sombra de la llama giró a mi alrededor. Se convirtió en un torbellino enloquecedor. Los susurros aumentaron. Sentí que me observaban. Mi mano ardía como si estuviera en llamas. De vez en cuando, podía ver debajo de mí las páginas moviéndose vigorosamente, llenándose de tinta. Escenas quemadas por imágenes de guerra catastrófica en los reinados de los Infiernos, tan vastos y diferentes que no existen palabras para describirlos.
»Apareció un nuevo escenario. Yo estaba allí, sentado en esa cámara sombría con un trono negro y una tela de araña. Los Demonios Mayores estaban alados. Habían perdido. Luchaban contra algún tipo de atadura espectral que apretaba más cuando los Tres se resistían.
»Diablo habló. Sus palabras sonaron en mis oídos, retumbando y resonando.
»«No sabéis lo que vuestro desafío os puede suponer, Belial, Azmodan. El castigo por esto está más allá de lo que podáis llegar a imaginar». Diablo, la bestia con cuernos, miraba fijamente a los Demonios Menores. Duriel temblaba, el miedo lo estaba consumiendo Podía sentir cómo ese terror me estaba consumiendo a mí también, un baño de pánico frío… Podía ver al resto de los Menores despreciando su miedo.
»«Sufriréis, todos. ¡Os destruiré a todos!». Dijo con rabia Baal, Señor de la Destrucción.
»«Quemaré esas casuchas a las que llamáis reinos. Regresaré, y mi ira será imparable». Dijo Mefisto, Señor del Odio.
»De repente, podía ver el suelo abierto debajo de los Mayores. Los señores, esos grandes demonios, estaban siendo expulsados; el suelo se estaba convirtiendo en carne que se rompía mientras éstos gritaban, arrojados del lugar al que una vez habían llamado hogar. Pero el Señor del Terror no gritó como el resto de sus hermanos, sino que actuó tal y como Marlowe me había atormentado a mí. Diablo rio. Su risa era terrible, destruía el sentido de victoria de los Menores.
»El torbellino de fuego volvió a girar ante mis ojos, dejándome ver el momento en el que los Demonios Mayores eran expulsados al mundo de los hombres. \Nuestras tierras! Podía ver sus formas emergiendo a través del suelo de Santuario como criaturas extrañas de la tierra hasta que se dispersaron, cada uno de ellos como una plaga para infectar nuestro mundo… Están entre nosotros. Pude ver a los Demonios Menores gobernando los Infiernos, traicionándose unos a otros, su pacto no duró mucho. Pero, peor aún, podía ver el dolor de los hombres y mujeres, nuestros hermanos y hermanas, atormentados por el mal que los Demonios Mayores habían desatado y que los Demonios Menores nos habían enviado. Ellos estaban… ellos están entre nosotros… aquí, en este mundo. Finalmente, una voz dominó todos los pensamientos de mi cabeza. Una figura tenebrosa me decía: «¡Ahora, eres mío!».
»De repente abrí los ojos. El azul temprano de la mañana se filtraba a través de las ventanas atrancadas. Las velas habían ardido y la cera se había amontonado sobre el suelo. Habían pasado horas. Toda una noche. Tenía frío, temblaba, mi ropa estaba empapada en sudor frío. No podía ver a Marlowe por ninguna parte. Las tablas de madera del suelo estaban en su sitio. Se había ido, como si el ritual nunca hubiera ocurrido. Sentía la mano dolorida. Miré hacia abajo, vi que estaba sujeto a una bola de cuerdas anudadas y, junto a ella, estaba el manuscrito: El Exilio Oscuro, Segunda Parte. Las hojas estaban ordenadas delante de mí, la pluma estaba casi destrozada.
—Entonces fue cuando llegamos nosotros —dijo Rantz.
—Exacto, usted y sus guardias aporrearon mi puerta.
—Tú saliste corriendo con el manuscrito.
—Así es.
—Pero sirvió de poco, pues aquí estás.
—¿Sabe lo que vi cuando hui de ustedes?
—¿Qué?
—Gusanos… un rastro de gusanos que llevaba hasta donde estaba Marlowe. Todo lo que le digo es cierto. Todo sucedió así. —Declaró Drest mientras sentía que ese momento iba a determinar todo su destino.
—Ah, es cierto, había gusanos. Gusanos y un cuerpo en descomposición y velas y el sinsentido que acaba de describir. Pero el cadáver no bailó para mí o para mis chicos, ni tampoco tenía mucho que decir. Lo que sí hacía era apestar y tener gusanos. Vivir con un cuerpo como ése es casi como llevar a un hombre más allá del límite, hace que crea que oye voces y que está bajo influencia demoníaca.
Malchus colocó el manuscrito de El Exilio Oscuro, Segunda Parte delante de Drest.
—¿Estás diciendo que es obra de los demonios?
—Así… es. ¿Cómo no puede verlo? ¡Es tan claro como el agua!
—Ya ha escuchado suficiente hasta aquí, sacerdote. Ahora le toca realizar un veredicto. Está oscureciendo. Hemos estado casi un día escuchando esta basura.
—Tiene que verlo, señor. Ahora lo ve, ¿no?
—Daré mi veredicto, agente Rantz. Pero necesito realizar una última tarea. Un rito mediocre. Uno de máximo secreto, por eso insisto en la privacidad.
Rantz miró la figura encapuchada durante un rato.
—Si eso quiere decir que podemos acabar con esta farsa, por mí bien. Prepararé la horca.
Antes de abandonar la celda, se giró hacia Drest.
—Hasta pronto, amigo. Eres un gran contador de historias. Tienes una imaginación desbordante. Tengo historias para toda la semana… Es una lástima que se desperdicie tu talento.
Una vez se quedaron a solas, Malchus se acercó a la luz y se sentó en la silla que el agente había estado usando, justo enfrente de Drest.
Drest empezó a temblar, un frío barrió todo su cuerpo.
—Creo que estoy enfermo, señor. Hace mucho que no fumo. Estoy asustado… Estoy tan asustado.
—Como debe ser.
—¿Ve la influencia demoníaca aquí, señor? ¿No ve que no puedo ser juzgado por lo que ha pasado, que el mal está detrás de todo? Soy… soy sólo una simple marioneta. ¿Van a dejar que me vaya? Les juro que nunca, nunca jamás cederé a mis emociones primarias. No permitiré que los celos me consuman o…
—¡Silencio!
Malchus retiró la capucha de su cabeza. Drest se quedó sin aliento. Lo primero que notó fue el ojo lechoso cubierto de una película. ¡El hombre del fumadero de opio!
—¿Qué es esto?
Puedo ver tu mente pensando, juntando las piezas del rompecabezas. Sin embargo, eres demasiado débil para ver lo grande que es el cuadro, Samuel Drest. Marlowe no pudo acabar lo que empezó. Marlowe intentó detener su viaje por nuestro camino. No deseaba que El Exilio Oscuro saliera a la luz y que la humanidad conociera la verdad, porque esta verdad es estremecedora para el ser humano. Iba a volver a su casa y quemar el manuscrito. Y entonces… te encontramos. Sabíamos que tus celos y tu fracaso te llevarían hasta nosotros. Al ritual. Y así ha sido.
—¿Quién eres?
Un sirviente de mi señor, Belial, que quiere que todos conozcan su gran victoria. Quiere que todo el mundo sepa que ha maldecido el mundo de los hombres con la presencia de su querida familia. Tu obra, o la suya, perdurará para siempre, de un hombre a otro. No se podrá borrar. Es como un gusano viviendo eternamente en la mente de su huésped… La tuya es una historia triste, Drest. Al parecer, Marlowe y tú sois parecidos.
—¿Pero… pero… por qué se quejaron de la obra si querían que se mostrara?
Malchus rio.
—¿No decías que la controversia produce dinero? Es la comidilla de las masas. ¡Mueve a los curiosos! Habrá incluso más controversia con esta obra, ¡la última obra de un ahorcado, un dramaturgo loco! Un asesino genial que le explicó al más cotilla de los agentes que había recibido la inspiración de los mismísimos demonios. Ese hombre de ley extenderá el rumor y, cuando la obra haga una gira, yo iré con ella. Vivirás en la infamia y la humanidad conocerá los horrores que están entre nosotros. O, aunque no se lo crean del todo, sentirán que hay algo de verdad en ello; la historia será parte de su vida para siempre y esas vidas no serán lo mismo.
Pero ¡AYUDA! ¡AYUDA! ¡AGENTE RANTZ, AYUDA!
Drest gritó y Malchus le tapó la boca con su palma arrugada.
—Hay un precio por tomar atajos, señor Drest. A veces te llevan por caminos por los que no deberías ir… ¡Que tengas un buen ahorcamiento!
Fuera, cerca de la horca, el agente Rantz podía oír los gritos desesperados de Drest. Tensaba la cuerda y la preparaba para el ahorcamiento; sonrió al recordar la confesión que acababa de escuchar. No podía esperar a contarles a los chicos de la taberna lo del dramaturgo loco y su historia de chalados e ilusos. No podía esperar a contárselo a su mujer y al carnicero y al panadero. Pero, por supuesto, primero debía atender al ahorcado.