Luciérnaga
Michael Chu
Imploro tu perdón, pues hay mucho que contar sobre la maga, y yo soy el único que puede relatar toda su historia. Ésta es mi carga, al igual que lo que viene a continuación. El final no es ningún misterio. Está escrito en las piedras despedazadas y muros destrozados que nos rodean, y se susurra en los rumores que se transmiten de boca en boca.
Pero en asuntos de magia nada es tan sencillo, y ten por seguro que lo que has visto y escuchado no es toda la historia.
Mientras convalecía en cama después de que los médicos me asegurasen que sobreviviría, poca cosa podía hacer salvo escudriñar los debilitados recuerdos de días pasados en busca de un patrón que anunciase esta gran catástrofe. La conozco mejor que nadie, mejor aún de lo que se conoce a sí misma, aunque ella nunca sería capaz de admitirlo. Puede que se trate de la maga más poderosa de nuestra época. Posee un corazón puro y sólo desea hacer el bien, pero la caracterizan esa estupidez e invencibilidad intrínsecas a la juventud y la genialidad. No hay regla que no rompiese y nunca ha entendido el significado de las palabras no se puede y no se debe. Así ha sido desde la primera vez que nos vimos, hace años.
Un día muy parecido al de hoy.
La maga Isendra entró rápidamente en mis aposentos, empujando a una joven delante de ella. Las dos eran tan diferentes como lo son el fuego y el hielo. Isendra aparecía majestuosa y resplandeciente con su toga verde y sus joyas de oro, mientras que la chica me recordaba a un pájaro, moviendo la cabeza hacia adelante y atrás y escudriñándolo todo, fascinada por las cosas presentes a su alrededor: los libros de las estanterías, las hileras de botellas con extraños líquidos y sustancias en polvo, y los dispositivos arcanos cuya utilidad suponían un misterio para mí. La toga de la chica no era más que unos harapos con jirones, manchas de sudor y suciedad. Podría haber pasado por uno de esos niños mendigos que persiguen a los ricos mercaderes en el Zoco de Caldeum. Su largo y oscuro pelo era una maraña de enredos seca y quebradiza, tan cubierta de polvo y barro como el resto de su ser. Tenía la piel muy bronceada y los labios cortados.
—¿Así que ésta es la chica? —pregunté a Isendra mientras dirigía la vista hacia la niña despeinada que estaba frente a ella.
Isendra observó con dudas a la muchacha.
—La encontré en el patio, batiéndose con Mattiz, Allern y Taliya. —La voz de la maga destilaba desagrado—. Estaban dispuestos a aceptar su reto.
—No parece haber salido mal parada de la experiencia —dije—. ¿Y el resto?
Mattiz y Allem están siendo atendidos. A Taliya sólo le hirió el orgullo.
—La muchacha esbozó una sonrisa al escuchar la historia.
—Puede que sea lo mejor —añadí—. Es probable que esos tres hayan recibido una buena lección de humildad. Me ocuparé de ellos más tarde.
—Pero ahora te ocuparás de mí, anciano —dijo la chica. Tenía una voz clara y altiva, reforzada por la confianza proveniente de la seguridad de un niño.
—Conque sabe hablar. —Lancé una mirada de complicidad a Isendra.
—Puedes estar seguro —dijo Isendra con sequedad—. No para.
—¿Quién eres? —inquirió la muchacha—. ¿Por qué me has traído aquí?
—Soy Valthek, consejero supremo de los Vizjerei y maestro de los clanes de magos del Sagrario de los Yshari.
La chica se mantuvo en silencio durante un largo rato, observándome.
—¿Tú? —preguntó finalmente.
Solté una carcajada.
—Dime, muchacha, ¿quién eres y qué te trae hasta aquí? Estoy convencido de que tienes mayores propósitos que el de enviar a mis aprendices a la enfermería.
—Me llamo Li-Ming. Y no soy una muchacha —dijo—. Soy una maga.
—Una afirmación harto atrevida —dije. Me costó ocultar mi divertimento porque la muchacha se arrogase el título de maga, un término reservado para los mayores hechiceros de la historia, del que el común de los mortales hablaba con miedo y los familiarizados con lo arcano mencionaban con pavor.
—Mi afirmación se basa más que en palabras —dijo Li-Ming con tono atrevido.
Alcé mi mano para tranquilizarla.
—En ese caso, muéstramelo.
Apenas había terminado de hablar cuando una fuerte ráfaga de viento atravesó mi mesa y barrió todos los papeles, libros, frascos de tinta y otras rarezas allí presentes, haciendo que se amontonasen en el suelo con gran estruendo. Mi expresión permaneció neutra y la muchacha lo entendió como una invitación a proseguir su demostración. Li-Ming extendió los brazos a ambos lados y sobre las palmas de sus manos hizo aparecer dos pequeñas esferas de llamas idénticas que se elevaron hacia el techo. La explosiva ráfaga de aire caliente hizo que su cabello se proyectase en dirección opuesta a las columnas de fuego, cuyo reflejo titilaba en sus ojos marrones.
Me encogí de hombros.
—Trucos de prestidigitador.
La boca de Li-Ming dibujó una mueca de frustración. Cerró sus manos y las llamas desaparecieron, aunque la sensación de calor se mantuvo. Con otro movimiento de su brazo, lazos de llamas incandescentes de color rojo y naranja surgieron y comenzaron a danzar en formas serpentinas en el centro de mi escritorio. Volvió a agitar el brazo, y las hileras de libros abandonaron mis estantes y comenzaron a levitar. Hizo que flotasen en línea a través de la habitación hasta que formaron una espiral alrededor de ella, como si se encontrasen en el interior de un torbellino, para después apilarlos formando un trono. Se sentó sobre él, frente a mí.
Li-Ming arqueó una ceja y yo le respondí con un lento y mesurado aplauso.
—¿Eso es lo mejor que sabes hacer, muchacha? —pregunté. Agité la mano con desprecio; las llamas de mi escritorio se esfumaron y los libros sobre los que se sentaba cayeron al suelo. Li-Ming se levantó de un salto antes de caer con ellos—. La gente temía a los hechiceros a los que llamaban magos. Llevaron al mundo al borde de la destrucción una vez tras otra y disponían de un poder tan salvaje que la tierra temblaba con cada una de sus maquinaciones. Trataban con los demonios de los Infiernos Abrasadores y firmaban pactos que nos conducían a la ruina. Engañaban a la muerte y rompían el mismísimo tejido de la creación. Lo único que has hecho tú ha sido revolver las pertenencias de un anciano y prender fuego a su escritorio.
—Puedo hacer más —dijo ella a la defensiva—. Algún día seré la maga más poderosa.
—Mi experiencia me dice que uno puede esperar un día durante mucho tiempo y, aun así, sentirse decepcionado cuando llega.
—¿Has oído hablar del milagro del Valle del Río Heron? —preguntó ella.
—He escuchado una historia sobre ese lugar. Algo sobre una sequía y una joven que intentó solucionar las cosas —dije sin mostrar mucho interés—. Creo que la llamaban maga.
—Yo soy esa maga —dijo orgullosa Li-Ming—. Habían pasado meses desde las últimas lluvias; el Río Heron había menguado hasta convertirse en un simple arroyo y los campos estaban secos y marrones. La gente del valle pensó que no había nada que hacer, excepto esperar a que los dioses nos salvasen. Pero yo sabía que podía conseguir lo que los dioses no se dignaban a ofrecer.
—Deberías ser más prudente y no lanzar blasfemias contra los dioses tan a la ligera —dije.
Ella ignoró mi interrupción.
—Busqué toda el agua que pude. La saqué de las reservas subterráneas y recogí hasta la última corriente que discurría por la agrietada arcilla del lecho del río. La reuní y la lancé al aire para intentar crear una tormenta. Al principio no pasó nada y la gente decía que no era más que una tonta agitando los brazos y rezando para que lloviera. Pero yo sabía lo que iba a pasar. Las horas pasaron y el cielo azul se oscureció. Aparecieron unas débiles nubes grises donde antes no había ninguna, se extendieron en el horizonte y crecieron hasta que incluso el sol se ocultó tras ellas. Adquirieron el color de la noche, amenazaban una gran tormenta y sus sombras cubrían todo el valle. Aquéllos que antes reían empezaron a creer. El sonido de los truenos resonó en todas direcciones y los destellos de los relámpagos iluminaban las nubes desde su interior. El aire se empapó y sentí la humedad en mí piel mientras la niebla descendía sigilosamente desde las montañas. La niebla se convirtió en llovizna, la llovizna en chubasco y, después, en aguacero. La tierra absorbió toda el agua y el Río Heron volvió a fluir. Eso es lo que puedo hacer.
Isendra se mostró incrédula.
—Ninguna cría podría haber hecho eso.
—Que esté más allá de tus posibilidades no quiere decir que lo esté de las mías —dijo Li-Ming a la hechicera, que era dos décadas mayor.
Yo era tan escéptico como tú —le dije a Isendra—, pero me he enterado de la verdad del asunto y es tal y como ella dice. Aunque se ha dejado en el tintero ciertos detalles.
La sonrisa presente en la boca de Li-Ming desapareció, aunque su barbilla aún se alzaba desafiante.
Proseguí.
—Después de que la lluvia fuese y viniese, los meses siguientes fueron testigos de la vuelta de la sequía y ésta fue aún peor que antes. La gente señaló a la maga que había traído la lluvia y la cargó con toda la culpa.
Li-Ming dijo con tono suave.
—Aquéllos que me elogiaron exigieron que me marchase. Mis padres estuvieron de acuerdo. Yo sólo pretendía ayudar. No sabía lo que iba a suceder.
—La gente no confía en los magos. Temen lo que no comprenden. Cualquier mago entrenado en el Sagrario de los Yshari habría identificado el peligro que conllevarían tus acciones. —Esbocé una sonrisa—. Y aun así, si esos magos hubiesen intentado hacer lo mismo que tú, dudo mucho que hubiesen conseguido ni la mitad de lo que tú lograste.
Li-Ming percibió el cambio en mi actitud.
—En ese caso, enséñame.
—Lo he estado pensando, pero ahora que te conozco un poco más no sé si deberías convertirte en una de nuestras alumnas. Tienes mucho que aprender, aún más que desaprender, y me pregunto si tendrás la voluntad para llegar hasta el final.
—¿Cómo puedes decir eso? Soy más poderosa que cualquiera de tus alumnos. ¡Tráelos aquí y te lo demostraré! Lucharé contra ti si eso es lo que deseas, anciano. No importa. He cruzado mares y desiertos para estudiar aquí, y eso es lo que haré.
—No eres tú quien debe decidirlo. La decisión está en mis manos —dije.
—Deja que la entrene —exclamó Isendra repentinamente.
—¿Qué? —pregunté.
Li-Ming observó con recelo a la hechicera.
—Esta chica tiene algo. Tal y como dices, puede que resulte en vano pero, al igual que tú, veo su potencial, y quizás llegue un día en que la necesitemos y nos arrepintamos de haberla rechazado —Isendra sonrió—. Y también puede que me vea algo reflejada en ella.
Li-Ming sacudió la cabeza.
—No quiero que seas tú. Quiero que me enseñe el anciano.
Isendra frunció el ceño.
—Deberías estar agradecida. Yo luché contra los Señores del Infierno mientras tú no eras más que un pensamiento en la imaginación de tus padres. No he hecho todo esto para dar clases de magia a una niña insolente, pero ésta es mi oferta.
—Y mi respuesta es no —dijo Li-Ming.
Yo había guardado silencio mientras decidía si dar o no mi beneplácito a semejante colaboración. La habilidad de Isendra era incomparable, estaba casi a mi nivel, y su experiencia podría intrigar a la chica y mantener su atención. Pero tenía mis reparos.
—Silencio, las dos —dije mientras me levantaba—. Los conocimientos de Isendra sobre la magia elemental no tienen nada que envidiar a los míos, y creo que ambas os daréis cuenta de que tenéis mucho en común. No hay mejor profesor para ti. Yo en tu lugar rezaría para que no convenciese a Isendra de que se lo replantease. Será ella o veremos cómo te marchas de aquí sola. La historia está llena de magos olvidados que nunca llegaron a nada.
Li-Ming se mordió el labio.
—¿Mi palabra no cuenta para nada?
—No —respondí—. Ni lo más mínimo.
Ése fue nuestro primer encuentro y aún lo recuerdo como si de ayer se tratase. Isendra adoptó el papel de maestra de Li-Ming. Se convirtió en una mentora para la chica y Li-Ming cultivó un profundo respeto por la hechicera. Eran más parecidas de lo que Isendra o yo habíamos sospechado. Pero Li-Ming agotó rápidamente el caudal de conocimientos que Isendra poseía. Su relación cambió y Li-Ming comenzó a tratar a la hechicera como su igual más que como su maestra. Isendra también estaba cambiando y ésa era otra fuente de preocupaciones para mí. Era demasiado permisiva con respecto al comportamiento de Li-Ming. Sin nada más que aprender, Li-Ming se dejó llevar por esa ansia de curiosidad tan característica de ella y ahí fue donde comenzaron los problemas.
Cuando sorprendí a Li-Ming hurgando en las secciones de la biblioteca que contenían textos prohibidos y clasificados como demasiado peligrosos para ser estudiados, supe que debía actuar. Por tanto, asumí su entrenamiento a pesar de las protestas de Isendra y comencé a vigilarla. Traté de estructurar la vida de Li-Ming y le presenté un plan de estudios que dirigiría sus intereses hacia asuntos más aceptables.
Sin la responsabilidad de instruir a Li-Ming, no había nada que retuviese a Isendra en el Sagrario de los Yshari, así que pasaba pocos días aquí. No obstante, siguió siendo una gran amiga y siempre la he considerado una consejera inestimable. Cuando los tres nos volvimos a reunir varios años después, Isendra había adaptado su vida lejos del Sagrario y de su antigua alumna.
Ojalá pudiese contar con su consejo ahora.
El verano debía dejar paso a los días más fríos del otoño y el invierno, como siempre había sucedido, pero transcurrió un año y el bochornoso calor se mantuvo en el ambiente, desde las tierras del sur del imperio hasta las Estepas Adustas del norte. Aún transcurrían los primeros años del reinado del emperador Hakan II, y los supersticiosos cuchicheaban sobre el pronóstico de un oscuro presagio que se cerniría sobre su mandato. Incluso en el desierto, el clima no se parecía al de ninguna época pasada. Un implacable calor lo envolvía todo, y las tormentas de arena y los tomados de las dunas segaban el rostro de los ardientes páramos. Los inmensos mares de arena hacían honor a su nombre. Las dunas se desplazaban, creando un paisaje en constante cambio y desenterrando inmensas formaciones rocosas con bordes tan afilados que cortaban hasta los huesos. Parecían monstruosos dientes que emergían de la arena, la cual había cambiado de color amarillo a rojo como si estuviese teñida de sangre. El desierto engulló aldeas enteras, dejando al desnudo cimientos de piedra o un puñado de ladrillos de barro allí donde antes se levantaban casas.
Transcurrió otro año y el verano no dio ninguna señal de terminar. El imperio se marchitaba. Envié un mensaje a Isendra pidiéndole que investigase las causas posibles de semejante clima mientras yo me llevaba a Li-Ming en dirección a Caldeum. Nos adentramos en el corazón del desierto para ver qué podíamos descubrir por nosotros mismos.
Sin embargo, varios meses después del inicio de nuestro periplo, regresamos a casa con más preguntas que respuestas. Li-Ming y yo íbamos montados en camellos cuando vimos aparecer lentamente por el horizonte Lut Bahadur, una de las mayores ciudades de las Tierras Fronterizas donde la habitabilidad era factible, aunque no sencilla. Parecía como si el calor tuviera vida propia. Te impregnaba, se filtraba por debajo de tu piel y acababa con todos los recuerdos que pudieses tener sobre el frío. Yo vestía una ligera toga de algodón con una capucha sobre la cabeza y me cubría el rostro con una tela que me protegía de las huracanadas tormentas de arena y dejaba mis ojos al descubierto. Por aquel entonces, Li-Ming había crecido hasta convertirse en una joven mujer. Los índices de inocencia infantil se habían esfumado y, en esos momentos, solía mantener una expresión seria que a veces daba paso a una más que ensayada sonrisa de suficiencia. Vestía sus mejores atuendos a pesar del calor y recurría a una pequeña cantidad de magia para mantenerse en condiciones.
—El fin de nuestro viaje se aproxima, Li-Ming, y aun así no parece que estemos más cerca de desentrañar el misterio de este interminable verano —dije mientras avanzábamos.
—No me lo explico, maestro. Creo que hay algo que está consumiendo el desierto. Parece como si los límites de la realidad se estuviesen debilitando, como cuando observas el horizonte en un sueño —dijo ella.
—Puede que percibas el océano de fuego y roca fundida que yace bajo nuestros pies.
—¿O el sol que amenaza sobre nuestras cabezas? —preguntó exasperada—. Restas importancia a lo que digo, pero estoy convencida de que este clima no tiene una causa natural. Cuando indagué en los archivos de la ciudad…
—Todo un logro, teniendo en cuenta que tienes prohibido abandonar el Sagrario de los Yshari…
Me dirigió una mirada fulminante.
—He consultado los registros sobre el clima. Nunca antes había tenido lugar un período de calor tan interminable. El Oasis de Dahlgur podría secarse si esto no acaba pronto.
—Estoy de acuerdo.
—Pero hay algo más —dijo Li-Ming—. El ambiente está impregnado de algo que no he sentido nunca. Debería ser fresco y, sin embargo, no lo es. Los vientos deberían soplar tranquilos y, aun así, no lo hacen.
—¿No crees que quizás estés buscando una explicación donde no la haya? A pesar de todo lo que conocemos sobre este mundo y más allá de las estrellas, puede que esto sea tan natural como una edad de hielo y nieve. No has vivido tanto como yo y los misterios del universo deben parecerte nuevos.
—Si lo crees así, ¿para qué hemos venido, maestro? —preguntó. En ese momento lancé una risotada—. Ahí me has pillado.
Li-Ming dirigió su mirada hacia la ciudad que se acercaba sigilosamente a nuestro encuentro.
—Nuestro mundo alberga una magia grandiosa. Mira las Tierras del Terror. Una tierra destruida por completo y, sin embargo, ¿quién podría afirmar que no comenzara de esta manera? Han pasado casi veinte años desde que los Señores del Infierno pisaran este suelo. Isendra me habló de esa invasión que nunca tuvo lugar. Puede que ahora esté ocurriendo.
—A veces me pregunto si estás tan ansiosa por cumplir con tu sino como por presenciar la ruina de nuestro mundo —dije.
—Es mi destino. Y se presentará más pronto que tarde —respondió ella.
Ésa era la idea de Li-Ming, la cual también compartía Isendra. Li-Ming creía que protegería al mundo de una invasión del Infierno como una vez hizo Isendra. Dicha idea provenía de un libro que Li-Ming había leído: una profecía escondida en uno de los tomos de la biblioteca que detallaba las señales que auguraban el retomo de los Señores del Infierno. Isendra había intentado convencerme a menudo de que la profecía era cierta y, pese a conocer el peligro que podría entrañar, permanecí escéptico.
Li-Ming tenía muchos talentos, pero el mayor de ellos era la lectura de la magia. Era una chica perspicaz y encontraba con facilidad la estructura oculta de los hechizos. Una vez le pregunté cómo veía las cosas desde su perspectiva. Ella describió los hilos invisibles de la magia, los giros de las auras de poder arcano alrededor de los magos mientras lanzan sus hechizos y me habló de una imagen remanente, como las manchas verdes y rojas que se ven después de mirar fijamente al sol. Podía oler, saborear, ver y sentir la magia. Así que, si Li-Ming me decía que el interminable verano se debía a alguna mano mortal o a algún otro poder superior, me sentía inclinado a creerla, pues también era mi propia opinión. Pero eso me lo guardaba puesto que, si bien era cierto, me preocupaba lo que pudiese significar.
Caldeum estaba situada sobre una larga y plana llanura que se elevaba por encima del resto del desierto. La llanura acababa en escarpados acantilados y en su base se erigía Lut Bahadur. Sobre las murallas de la ciudad los molinos de viento giraban plácidamente, pero los feroces vendavales habían desgarrado y roto muchos de ellos. En busca de alguna protección contra el sol, se habían instalado toldos de tela descoloridos y hechos jirones entre las vigas de madera que sobresalían de los tejados de barro. Sin embargo, de poco valían, pues en la sombra la tregua era insignificante. Casi todo el mundo había acabado cubriendo sus rostros al igual que yo había hecho, así que no podía ver nada más que las expresiones de sus ojos: ojos repletos de temor o, por lo menos, de total desesperanza.
La ciudad se estaba muriendo.
Li-Ming estaba usando uno de sus encantamientos predilectos: una fina capa de hielo que rodeaba su cuerpo. El hielo se derretía en el aire en cuanto lo creaba, así que daba la impresión de que tenía una especie de aureola a su alrededor hecha de una fina niebla. Cuando se bajó del camello, hizo caso omiso de los estribos y descendió sobre corrientes invisibles hasta que posó suavemente los pies en la tierra. Eso hizo que la poca gente presente en la calle dirigiese su atención hacia nosotros.
—¿Tienes que usar la magia tan a la ligera? —pregunté enojado.
—Este calor es insoportable, maestro. No entiendo cómo lo aguantas —dijo ella.
—Lo aguanto porque debo —dije mientras descendía de mi camello—. Tu comportamiento no favorecerá que hagamos demasiados amigos.
—Sólo te preocupas por mi comportamiento cuando es conveniente reprenderme —dijo Li-Ming.
—¿Acaso soy digno de culpa porque suceda con tanta frecuencia?
A pesar de las quejas, Li-Ming dejó que su hechizo se disipase mientras caminaba hacia mí. La ligera humedad a su alrededor se evaporó, absorbida por el aire del desierto.
—Hemos venido a observar y a hacer preguntas, nada más —le recordé a Li-Ming.
—Observar y hacer preguntas. Nada más —repitió Li-Ming.
—Ocúpate de los camellos —dije sin picar el cebo.
—Creía que estaba observando.
—Eso será después de que te ocupes de los camellos —respondí—. Voy a buscar a Isendra.
—¿Isendra está aquí? —A Li-Ming se le iluminaron los ojos.
—Así es. Y ahora, quédate aquí —añadí—. Y… ¿Li-Ming?
—¿Sí, maestro? —preguntó solícita.
—Intenta no meterte en líos.
Li-Ming esbozó una sonrisa burlona.
Guarecida por uno de los flancos del cañón, la ciudad estaba protegida frente al hirviente viento cuando soplaba de oeste a este, pero cuando venía de otra dirección Lut Bahadur se encontraba indefensa. Era evidente que los habitantes habían intentado levantar un cortavientos, pero hacía ya mucho que se había venido abajo. Ese día el viento soplaba desde el este, pero no tan fuerte como para considerar peligroso salir afuera. Li-Ming amarró a los camellos cerca del pozo y se asomó a echar un vistazo. Yo no necesitaba mirar para saber que estaba vacío. Toda el agua se almacenaba en jarrones, aunque había pocas probabilidades de que quedase mucha. Me dirigí hacia uno de los hombres sentados bajo la inútil sombra de un toldo roído y lleno de jirones a través del que se filtraba la luz con el propósito de preguntar dónde podría encontrar a la hechicera.
De repente, la tierra convulsionó. Temblaba como si hubiese olas bajo nuestros pies y una violenta sacudida me tiró al suelo. Mientras alzaba la vista observé que Li-Ming levantaba los brazos a la altura de los hombros y sus dedos se movían como si estuviese manejando los hilos de alguna marioneta.
Ella era la responsable.
—¡Li-Ming! ¿Qué has hecho? —grité mientras continuaban los temblores.
—Ven y lo verás tú mismo —dijo orgullosa al tiempo que señalaba el pozo. Me levanté y me dirigí hacia allí mientras el suelo aún se estremecía. Cuando me asomé al borde, vi el tenue resplandor del agua filtrándose a través de la seca corteza en el fondo del pozo. Li-Ming había llevado agua a la ciudad: el agua que necesitaba para sobrevivir.
—He encontrado agua en las profundidades; quizás se trate de un río subterráneo que nutre al Oasis de Dahlgur. He variado su curso para llenar el pozo. Esta ciudad…
Basta —respondí con tono severo—. Te dije que habíamos venido a observar y a hacer preguntas. Nada más.
—Pero podríamos hacer más, maestro. Podríamos construir un nuevo cortavientos o reparar lo que han destruido las tormentas de arena. Siempre dices que no hagamos nada. ¿Para qué se nos concedieron estas habilidades si no ayudamos a la gente? —dijo ella—. He estado pensando, maestro, que quizás con nuestra magia podríamos detener el calor y poner fin a este verano.
—No vamos a hacer nada. No es nuestro cometido, y tú mejor que nadie deberías saber lo que podría pasar si intentamos modificar el clima a una escala tan inmensa —le dije con tono de reprimenda—. ¿Acaso has olvidado lo que te pasó?
—No soy la niña de antaño. He aprendido. ¡Y no permitiré jamás que la gente sufra! —dijo Li-Ming—. Dime por qué no podemos ayudarlos. Dime qué tiene de malo.
Apunté al pozo en el que en ese momento gorgoteaba el agua.
—¿De dónde viene esta agua? ¿Adónde se dirigía? ¿Acaso el agua que iba al oasis fluirá hacia aquí sin ninguna contrapartida? No puedes crear a partir de la nada. Puede que soluciones un problema, pero estarás creando diez más. —Li-Ming era joven y no se preocupaba por los detalles. Era impulsiva y sólo se daba cuenta de lo que sucedía en ese momento.
—El agua estaba ahí, maestro. La gente podía haber cavado el pozo más profundo. Yo sólo la he sacado.
—Tu altruismo es algo que te debe llenar de orgullo, pero los magos no podemos hacer este tipo de cosas. Sí, hay momentos en los que podemos utilizar nuestra magia para ayudar a la gente, pero eso no puede suceder siempre, y debemos calibrar con sumo cuidado las consecuencias de nuestros actos. Esto no es debatible. Tienes que obedecer.
—Sin embargo, Li-Ming tiene razón —respondió la voz de una mujer.
—¡Isendra! —gritó Li-Ming mientras corría hacia la hechicera, quien la abrazó con cariño.
—Esto no nos concierne ni a nosotros ni a ti —dije—. Li-Ming, deja que Isendra y yo hablemos. A solas.
Li-Ming frunció el gesto e hizo ademán de hablar, pero se contuvo y se unió a los hombres y mujeres que cogían jarras y otras vasijas para llenarlas con el agua recién aparecida. Observé cómo se iba con ellos.
—Si los problemas de esta gente no nos conciernen, ¿por qué estamos aquí? —preguntó Isendra.
—Algunas veces vosotras dos os parecéis demasiado —refunfuñé—. Ella dijo lo mismo.
—¿Qué tal le ha ido?
Los años cambian pocas cosas. Es tan impetuosa como el primer día que la conocimos. Me pregunto si nos equivocamos al decidir ser sus maestros.
No se conforma con dejar las cosas como están. Quiere que la gente viva mejor.
—Li-Ming no piensa nunca en las consecuencias. Vive el presente, mientras que gente como tú y como yo tenemos que pensar más allá. Ésa es nuestra carga, guiar a los clanes de los magos.
Puede que Li-Ming tenga razón. Nosotros tres somos los magos más poderosos a día de hoy. Entre nosotros, ¿por qué no deberíamos poner fin a este verano y restablecer el orden de las estaciones?
—Ese es un pensamiento movido por los sentimientos, no por la razón —respondí—. No podemos modificar el clima. No funcionaría.
—Li-Ming no diría eso —comentó Isendra.
Tú no eres Li-Ming. Ella es una muchacha insensata.
—Tú ves a una muchacha. Yo veo a una mujer que podría salvar el mundo.
—Profecía. Destino —dije mientras me encogía de hombros—. ¿Quién puede decir lo que pasará mañana? Pase lo que pase, tú y yo nos enfrentaremos a ello, y puede que Li-Ming luche a nuestro lado. Pero ella sola no puede. ¿Y cómo podemos saber que esas profecías son ciertas? Los Señores del Infierno deberían haber actuado hace veinte años. Es a nosotros mismos a quien más debemos temer.
—Los años te han convertido en un pusilánime —dijo Isendra.
—Y a ti en una insensata —respondí yo—. No quiero que intervengas.
—Haré lo que deba —respondió Isendra mientras emprendía la marcha—. Al igual que lo harás tú.
Después de que Isendra se marchase, observé a Li-Ming. Estaba cuidando de un niño que se había desmayado por el calor. Tenía fiebre. Sus pómulos estaban rojos y el sudor empapaba su piel. Li-Ming lanzó un hechizo y el aire alrededor de sus manos se enfrió. Cuando las posó sobre el rostro del chico, éste lanzó un suspiro de alivio mientras la más fina de las brisas corría entre el cabello enmarañado de su frente.
—Gracias —dijo la madre del muchacho—. He oído los rumores de la gente, pero nos has devuelto el pozo y has salvado a mi hijo. A mí no me pareces tan mal.
Li-Ming esbozó una sonrisa mientras se levantaba, pero su expresión se oscureció cuando se dirigió hacia mí.
—Esta gente morirá —dijo Li-Ming.
—Es posible. Pero nuestra intervención no garantiza que lo evitemos.
—Nunca lo sabremos, ¿verdad? —dijo Li-Ming, dirigiendo sus ojos marrones hacia los míos—. ¿Verás sus rostros en tus sueños?
—No sólo los suyos. Es nuestra maldición, Li-Ming, y volverás a sentir este dolor en muchas más ocasiones. —Posé mi mano con cuidado sobre su hombro—. Vámonos.
Sé que te conté gran parte de esta historia la última vez que hablamos, pero dejé de lado la parte de Li-Ming, ya que en su momento era Isendra quien me preocupaba. Sin duda, supongo que juzgarás que mis acciones fueron las correctas, pues no soy ningún monstruo. Al igual que sucede siempre que me enfrento a situaciones similares, sentí una profunda tristeza por no poder hacer lo que Li-Ming deseaba y ayudar al pueblo de Lut Bahadur. Era un debate consabido y recurrente. Yo la comprendía más de lo que se pensaba.
Fue poco después cuando tú y yo nos encontramos, puesto que me preocupaba Isendra y lo que pudiese hacer. Algo en mi interior me decía que el asunto aún no estaba zanjado.
Supongo que conoces parte de lo que vino después, aunque yo desconozco los detalles. Fue cuando, en mi opinión, Li-Ming comenzó a desviarse hacia el camino que nos ha llevado a este desastre.
Pasaron meses hasta que, ya de noche cerrada, mi puerta chirrió y Li-Ming entró en los aposentos. No solía llamar a la puerta, una peculiaridad de su carácter con la que había aprendido a vivir, aunque últimamente no me había visitado en demasiadas ocasiones. Daba la impresión de que se había despertado de repente. Parecía haberse puesto la toga a toda prisa, cuando habitualmente la vestía impecable, y pude ver en su mirada furtiva que algo la atribulaba.
—¿Tú también lo has sentido? —preguntó.
—No sé a qué te refieres.
—Alguien ha lanzado un poderoso hechizo al este, no muy lejos de aquí. Tenemos que ir —dijo Li-Ming—. Algo ha pasado.
—Podemos ir por la mañana.
—¿Tal necesidad tienes de descansar, anciano? —dijo irritada antes de que su semblante se tomase serio—. Es Isendra, maestro.
Permanecí en silencio, dudando si hablar, pero acabé cediendo.
Abandonamos el Sagrario de los Yshari en dirección a Lut Bahadur. En ese momento deberíamos haber estado en invierno, el tercero desde que el verano comenzó, pero el aire nocturno era tan seco y caliente como el del mediodía y la ausencia del astro rey nos privaba de la más nimia comodidad. Me sentía como si tuviera al lado un homo de soplado de vidrio. El sudor resbalaba por mi cuerpo y la toga se me adhería a la piel.
Li-Ming permaneció callada durante el viaje.
En Lut Bahadur reinaba el silencio cuando llegamos. Exceptuando el viento, que incluso en ese momento desplazaba arena y polvo a través del desierto, no había sonido alguno aparte del oscilar de las pieles y ropa colgada en cuerdas al lado de cada cabaña. No había ningún alma en las calles, pese a que los faroles aún crepitaban. Pero algo más se apoderó de mi mente.
El aire era frío.
Un escalofrío recorrió mis hombros y mis brazos cuando entramos en la ciudad. El frío viento envolvió mi piel y hacía tanto que no sentía algo así que, en un principio, mi cuerpo lo rechazó. Sin embargo, podía sentir cómo mis músculos se iban relajando, como si la tensión provocada por el incesante calor pudiese desvanecerse gracias a la suave caricia de esa leve brisa.
Li-Ming invocó varios orbes de luz que envió a través de la ciudad. Al desaparecer de nuestra vista, su parpadeante luz iluminaba el suelo y las paredes de los edificios que dejaban atrás. Eso era nuevo para mí. Jamás había visto ese hechizo.
—¿Qué es eso? —le pregunté.
Li-Ming hizo caso omiso a mi pregunta.
—¿Sientes el aire?
—Es frío —afirmé.
—No, no me refiero a eso —dijo Li-Ming—. Está lleno de electricidad. Nunca lo había sentido con tanta fuerza, así que no sabía si lo había provocado un hechizo o algo totalmente distinto. —Permaneció en silencio y me resultó imposible no sentir la preocupación que invadía a mi estudiante.
Fui tras ella mientras caminaba con determinación por aquellas tortuosas calles y doblaba las esquinas cada poco. Pese a que era tarde, había demasiada quietud para una ciudad durmiente. Los toldos de tela se balanceaban en silencio mientras el viento iba perdiendo intensidad. No había sonido alguno, excepto nuestras pisadas contra la tierra compacta. En mis oídos podía sentir los latidos de mi inquieto corazón. Li-Ming y yo anduvimos por esas calles abando nadas hasta que se aproximó a una puerta con rejilla y la abrió de un empujón.
—¿Qué haces? —dije entre dientes mientras atravesaba agachado el umbral de la puerta tras ella, consciente del crujido de mis botas al pisar el suelo.
Cuando me dispuse a soltarle un sermón y extendí una mano para agarrar su hombro, las palabras se ahogaron con mi aliento y mi mano se congeló de inmediato. Parecía que el tiempo se había detenido dentro de aquella casa. Un hombre, una mujer y un niño permanecían sentados alrededor de una gran mesa, pero no se percataron de nuestra súbita intrusión. En cambio, yacían fríos e inmóviles, como estatuas. Los labios de la mujer estaban abiertos y dibujaban una palabra que se había perdido en el aire sin que nadie la escuchase. A su lado, el hombre se había girado para observar al niño, que extendía el brazo sobre la mesa. Parecía que la comida había sido cocinada y servida muy poco antes, pero no emitía calor alguno. Era como si la luz de la luna hubiese succionado todo el color y la vida de la escena que se presentaba ante mí.
—¿Qué ha sucedido aquí? —susurré.
—No estoy segura —dijo Li-Ming mientras atravesaba la habitación. Sus ojos veían sin ver y seguían el rastro del inapreciable tejido de energías arcanas, completamente invisible a mis pupilas—. La forma del hechizo se desvanece con el tiempo. Es como intentar adivinar el tamaño de una tormenta una vez pasada utilizando los charcos del suelo y los rescoldos de las nubes como únicos indicios.
Salí de la estancia con el deseo de no ver nada más y esperé a que Li-Ming volviese. Pocos minutos después se reunió conmigo.
—Isendra intentó coger el calor del aire para enfriarlo, pero perdió el control del hechizo. El frío atravesó el aire y lo congeló.
—¿Isendra? —pregunté sorprendido, aunque ya sabía la respuesta.
—Sí, ella. Conozco el patrón de su magia, al igual que conozco el tuyo. Y hay pocos magos que puedan haber intentado lanzar este hechizo.
—¿Cómo ha ocurrido?
No tuvo la fuerza suficiente. Puede que en un principio funcionase pero, cuando se hizo demasiado poderoso para ella, la estructura del hechizo se debilitó y se deshizo. —La voz de Li-Ming flaqueó—. Todo esto es culpa mía.
—Puede que Isendra nos necesite —dije—. Tenemos que encontrarla.
Li-Ming invocó sus esferas flotantes de luz para facilitamos la búsqueda, pero la misma escena nos recibía en todas las casas: todas las almas congeladas, como si de una extraña colección de estatuas o un silencioso cementerio se tratase. Y ni rastro de Isendra.
Pasó una hora hasta que dimos con ella. La cabaña tenía un aspecto muy similar al resto, pero a Li-Ming no le cupo duda alguna. Se detuvo por un momento antes de abrir a empujones la puerta de tablas de madera. Yo la seguía.
Por dentro, aquella casa era distinta. Mientras que en el resto se había instalado una quietud sobrecogedora, allí estaba claro que había tenido lugar una violenta lucha. Había grandes marcas negras de quemaduras en las paredes, en las que el fuego había engullido los ladrillos de barro. Las mesas y sillas, al igual que el resto del mobiliario, se habían quemado y amontonado, y un fuerte olor a ceniza inundaba el ambiente. En ese lugar podía sentir algo, pero no eran los rastros de magia que percibía Li-Ming. Era una reacción primitiva e instintiva que hacía que el vello de mis brazos se erizase. Entonces vi lo que me temía encontrar: el cuerpo de Isendra tirado en el suelo como una muñeca a la que han abandonado sin cuidado alguno. La sangre de las heridas de los brazos y el estómago encharcaba el suelo de madera. Algunas partes de su piel estaban ennegrecidas, su cabeza reposaba girada de manera antinatural hacia un lado y sus ojos ausentes apuntaban al suelo.
Li-Ming se abalanzó sobre ella y se arrodilló a su lado. Acunó el cuerpo inerte de la hechicera con sus brazos mientras las lágrimas brotaban de sus ojos.
—¿Qué ha pasado aquí, maestro? —preguntó.
Sólo pude agitar mi cabeza. Permanecimos en silencio y apenados hasta que Li-Ming posó el cuerpo de Isendra con delicadeza y se incorporó.
No todo el fuego es fruto de la magia —afirmó Li-Ming—. La magia del hechizo de Isendra ya ha comenzado a desvanecerse, pero parte de lo que vemos aquí es nuevo. Esto ha sucedido después.
—Cuando un mago pierde el control sobre un hechizo, los resultados pueden ser caóticos —dije—. De ello he sido testigo en numerosas ocasiones.
—No ha sido la magia lo que ha acabado con su vida, maestro —dijo Li-Ming.
—Puede que no, pero su magia seguramente condujo a esta catástrofe. La ciudad está destruida y ella… muerta. ¿A quién ha protegido? ¿A quién ha salvado? ¡Respóndeme a eso! —Mi voz sonaba atronadora en medio de ese silencio antinatural.
—Estás ciego —dijo enojada Li-Ming—. Isendra trató de ayudar a esta gente. Eso es mejor que cualquier cosa que hayas hecho en toda tu vida. Yo no me quedaré viendo cómo sufre la gente. Se acabó, y más aún cuando ha llegado el momento en el que el mundo me necesita.
—¿Y la gente? ¿Pagarán tus errores con sus vidas, tal y como ha hecho esta ciudad con los de Isendra? ¿Sacrificarás a inocentes por tus propias ideas de heroísmo? —pregunté.
—No —dijo suavemente Li-Ming.
Por un momento, mi admirable estudiante aún seguía pareciendo una muchacha. Observé con tristeza la figura de mi amiga caída, que tenía el mismo aspecto que cualquier otra persona muerta, y no dije nada más.
Cuando llegó el momento de irnos, Li-Ming prendió fuego a la cabaña con un hechizo, mientras Isendra, otrora su maestra, yacía plácidamente en el suelo. Los ojos de Isendra estaban cerrados. Su deber había concluido. Mientras el fuego crecía y las llamas subían, se formaron gotas de agua que recorrieron su rostro como lágrimas. Agarré a Li-Ming del brazo y la saqué de aquella casa.
Sus ojos se encontraron con los míos. El dolor y la rabia seguían presentes, pero ante todo pude percibir una férrea determinación.
—Yo no fracasaré.
Atravesamos la silenciosa ciudad sumidos en nuestros propios pensamientos. Saber lo que había dentro de cada casa, oculto a la vista, me sobrecogía. Mientras nos marchábamos me giré para ver Lut Bahadur, con sus estrechas y accidentadas carreteras iluminadas por la luz de un millar de faroles parpadeantes que se desvanecían en la noche como un enjambre de luciérnagas.
Creo que ése fue el momento en el que Li-Ming empezó a comprender el peligro de sus acciones y lo que podría significar su fracaso. No volvimos a hablar sobre la muerte de Isendra hasta la última vez que la vi. ¿Sabría ella por qué había muerto Isendra? ¿Sabría cómo había muerto?
Los sucesos de Lut Bahadur no atenuaron lo más mínimo la sed de conocimiento de Li-Ming. Estaba obsesionada con aprender más para poder tener éxito en la empresa en la que Isendra había fracasado. Pasaba la mayor parte de su tiempo en la biblioteca y siempre encontraba el modo de ir a los sitios a los que tenía prohibida la entrada; a pesar de mis esfuerzos, era imposible mantenerla al margen. Aprendió la magia del tiempo a través de los escritos de los magos que habían extendido su vida mucho más allá de la del común de los mortales y leyó sobre otros que habían acrecentado tanto su poder que la mirada de la muerte pasaba de largo; magos como el demente de Zoltun Kulle, que cambió su sangre por las arenas del tiempo y no se le podía matar, tan solo encerrar. Con su comprensión de la invisible red de poder arcano, se instruyó a sí misma en la habilidad de proyectarse de un lugar a otro con la magia de teletransporte. Dominó el truco de dar forma a ilusiones vivientes y fue capaz de crear dos imágenes perfectas de sí misma que imitaban sus acciones. Había pergaminos y diagramas que mostraban cómo desafiar y forzar las energías invisibles del universo. Su poder aumentó de manera exponencial, al igual que mis preocupaciones.
La primera vez que nos encontramos sólo te pedí que vigilases a Isendra por miedo a la locura que podría estar pensando en realizar. No cuestiono la decisión que tomaste.
Poco después, Li-Ming eligió su propio camino.
El gran salón del Sagrario de los Yshari era una enorme cámara octogonal con techos abovedados en los que se representaba la historia de los clanes de magos. Ocho grupos de puertas conducían a diversos pasillos y cámaras, aunque ninguna era tan grande como ésta. Cada centímetro de pared estaba cubierto con espectaculares tapices. Las baldosas de piedra del suelo procedían de las tierras situadas más allá de los Mares Gemelos.
Cuando entré, Li-Ming se encontraba en el centro de la sala, examinando los diseños del suelo. Exceptuando nuestra presencia, la cámara estaba vacía.
—No quería irme sin avisarte —dijo cuando escuchó mis pasos—. Creía que, al menos, te debía eso.
—¿Y adónde te diriges? —pregunté.
—Hoy una estrella ha surcado el cielo y ha caído al oeste. Es la señal que esperaba. Al igual que yo, has leído los libros de la profecía. Sabes lo que significa. Esperábamos la invasión del Infierno hace veinte años y nunca sucedió. Las historias que oigo cada día en el zoco albergando sombrías noticias me han convencido. Ha llegado mi momento.
—Tu lugar está aquí, como estudiante del Sagrario de los Yshari. Eres una chispa peligrosa, y el mundo está seco y preparado para incendiarse. No puedes controlarte y lo que podrías hacer si te permitiese marchar sería peor que cualquier otra cosa inimaginable.
—No hay nada más que me puedas enseñar —dijo ella.
—¿Recuerdas el primer día que nos vimos, Li-Ming? Tienes más conocimientos que entonces, pero sin embargo has adquirido poca sabiduría. Si partes, sólo serás una maga.
—No necesito tu sabiduría. Yo soy una maga y protegeré al mundo si no lo hacen los demás. —En ese momento me dio la espalda—. Deja que vaya a enfrentarme a mi destino. Tú estarás a salvo aquí, con tus libros y tus temores.
Alcé las manos y, canalizando un fino hilo de magia arcana, cerré las puertas del Sagrario. Una tras otra se fueron cerrando hasta que ambos nos quedamos atrapados dentro del salón.
—En ese caso, mi deber es detenerte. —Me arremangué con cuidado la toga—. Has sido mi mejor estudiante, Li-Ming, y creía que, llegado el momento, podrías sucederme y liderar los clanes de magos. Creí que podrías superarme. Siento que hayamos tenido que llegar a esto. Quizás haya sido mi propio fracaso.
—Has sido un buen profesor, maestro. Y he aprendido tus lecciones. Pero nunca podrás entender el don que me fue concedido. Ésa es la razón por la que te superaré —dijo. Sus palabras retumbaban por toda la sala.
Vi cómo sus ojos se estrechaban al concentrarse en su interior. Las antorchas comenzaron a titilar en sus candeleros, situados en lo alto de las paredes, y comenzamos a reunir energía a nuestro alrededor. Li-Ming extendió las manos hacia los lados y sus dedos se ensortijaban mientras nos encarábamos como dos rocas inamovibles en medio de un río. Hice descender mi bastón y lo situé frente a mí, utilizándolo como foco de mi propio poder.
—Maestro, ¿alguna vez te has preguntado si era más poderosa que tú? —preguntó.
—No —dije con una sonrisa—. Nunca.
Esperé a que Li-Ming tomase la iniciativa. Invocó unas esferas llameantes que absorbieron la luz de las antorchas y parecieron debilitar la luz del exterior, pero sólo era un truco que me jugaron mis ojos mientras se adaptaban a la oscuridad. Lanzó los orbes flamígeros contra mí. Los rechacé y los envié contra las baldosas, donde chamuscaron el mármol pero no me alcanzaron. El aire se inflamó y sentí que me faltaba el aliento. Li-Ming me miró con expresión divertida, pero preparó su siguiente ataque. Arrancó unas inmensas rocas del techo, les prendió fuego y las descargó contra el lugar en el que me encontraba. Alcé el bastón sobre mi cabeza y desaté una oleada de fuerza que creció hacia fuera y formó una cúpula resplandeciente que se expandió y entró en contacto con los restos que caían, convirtiéndolos en una capa de polvo y algunos fragmentos de mayor tamaño que impactaron contra el suelo. El escudo translúcido me había protegido del ataque, pero su resonancia retumbó con dolor por todo mi cuerpo. En épocas anteriores me habría afectado menos, pero en ese momento hizo que hincase una rodilla en el suelo. A mi alrededor, las baldosas de mármol se agrietaron y se hicieron añicos como un espejo roto a causa del golpe, e incluso Li-Ming se vio desplazada hacia atrás.
—Tendrás que hacerlo mejor —afirmé.
Li-Ming gruñó, llena de frustración, y en esta ocasión el fuego surgió de las palmas de sus manos en forma de finos haces de llamas iridiscentes que tomaban forma según se acercaban a mí. Lo único que pude hacer fue esquivar y evitar sus arcos cercenadores. Al chocar contra la roca, realizaron un corte limpio, como el de un cuchillo. Desgarraron las baldosas de mármol y pude sentir cómo el suelo comenzaba a derrumbarse. Extendí mis brazos, encontré las piedras que amenazaban con desmoronarse y las uní con un hilo invisible. Si las soltaba, el suelo se derrumbaría y yo con él. Bajo el gran salón se encontraban las catacumbas, no tierra sólida, y no creí que pudiese sobrevivir a semejante caída. El esfuerzo por mantener todo junto era enorme, y mis nudillos se tomaron blancos mientras agarraba el bastón.
Li-Ming observó mi lado del salón, donde el suelo estaba agrietado y roto. Movió su mano y la roca que había bajo mis pies cedió, disolviéndose en la más absoluta de las nadas. Isendra me enseñó una vez un truco que en ese momento recordé de manera inconsciente. En un instante me encontré sobre la baldosa que se derrumbaba. Al siguiente aparecí un par de metros más allá, donde pude posar mis pies con mayor seguridad. La agonía del teletransporte, incluso a una distancia tan corta, fue inmensa. Sentí como si me hubiesen hecho jirones por mil sitios y después me hubiesen vuelto a coser con un hilo abrasador. Era difícil saber cuál de los dos procesos había sido más doloroso. Li-Ming destruyó metódicamente mi nuevo asentamiento y yo volví a cambiar de lugar. Repetimos este baile durante un rato más, pero mis reacciones iban ralentizándose con cada cambio y pude sentir cómo la batalla iba pasando factura a mi viejo y frágil cuerpo.
Dirigí mi bastón contra el suelo y un relámpago rugió con el impacto. En un abrir y cerrar de ojos, varios arcos de relámpagos salieron disparados por el salón; allá donde golpeaban, el suelo explotaba y salían disparados pedazos de baldosas de mármol. Un relámpago emitió una explosión fulminante y se abalanzó sobre Li-Ming. Pero no la golpeó. Los dentados rayos de luz estaban congelados en el aire y Li-Ming mantenía sus brazos extendidos, profundamente concentrada. Impertérrito, seguí invocando relámpagos y la tormenta fue haciéndose cada vez más grande. Los relámpagos colgaban suspendidos sobre Li-Ming como un abanico desplegado, hasta que no pudo mantenerlos a raya. La electricidad atravesó su cuerpo, por lo que cayó al suelo mientras una cascada de chispas y luz blanca se formaba a su alrededor.
Li-Ming desapareció.
Dudando de sus intenciones, prendí fuego a la tormenta. Ésta se transformó en un atroz infierno que inundó por completo el gran salón y quemó mi propia carne, lo cual amenazaba con extinguir mis últimos atisbos de fuerza. Cuando Li-Ming volvió a hacerse visible estaba envuelta en llamas. La escuché gritar mientras el fuego la consumía. Las baldosas se movían bajo mis pies según me acercaba a ella. Aferrado al hechizo que evitaba que el suelo se desmoronase, apunté con mi bastón a su figura maltrecha.
El suelo daba la impresión de solidez mientras estaba frente a Li-Ming, y me alivió saber que soportaba mi peso.
—Aún tienes mucho que aprender, Li-Ming.
La empujé con mi bastón pero, donde debería haber golpeado carne, el cuerpo de Li-Ming se desvaneció.
Me giré justo a tiempo para verla detrás de mí. Abrí mi boca para intentar pronunciar un hechizo, cualquiera, pero una explosión hizo que mi visión se estremeciera. Perdí el control del hechizo y el agarre con el suelo que yacía bajo mis pies. Éste tembló y se hizo añicos, y todo se derrumbó. Caí y seguí cayendo, descendiendo hacia la oscuridad, hasta que impacté contra el frío suelo de piedra de las catacumbas.
Una vez allí, con el cuerpo maltrecho, me vi envuelto por el olor de fuego y polvo. Li-Ming descendió suavemente y aterrizó arrodillándose junto a mí.
—Tú crees que no he aprendido tus lecciones, pero sí que lo he hecho. He aprendido la lección de la muerte de Isendra. Pero mi poder me fue concedido por una razón y es mi responsabilidad hacer uso de él. Lo utilizaré, no lo temeré como tú.
—¿Y si no puedes controlarlo? —dije con tono áspero—. Con tu poder, podrías destrozar el mundo.
—En ese caso, el mundo llorará. —Se dio la vuelta—. Hay una cosa que deseo preguntarte, maestro.
Permanecí en silencio, pues sabía lo que vendría a continuación. No había nada más que Li-Ming pudiese aprender de mí.
—¿Por qué murió Isendra? Dime la verdad —dijo.
—Sé lo mismo que tú.
Li-Ming asintió con la cabeza y comenzó a elevarse.
Abrí mi boca para volver a hablar, pero las sombras lo consumieron todo.
Cuando desperté varios días después, Li-Ming había abandonado la ciudad y nadie sabía hacia dónde se había dirigido. Me dijeron que fue imposible esconder lo que había sucedido, pues la columna de humo que ascendía desde el Sagrario se podía ver en todo Caldeum y, desde fuera, las cicatrices de nuestra batalla eran evidentes por las rocas cortadas y destruidas.
Aquí es donde termina mi conocimiento sobre la historia de la maga y donde empieza mi decisión. Cuando los magos amenazaban con hacer trizas nuestro mundo, un maestro Vizjerei fundó la orden de los asesinos, los cazadores de magos, para asegurarse de que nuestro poder no fuese tan grande como para poner en peligro toda la creación. Ese maestro estuvo en este mismo lugar, hablando con el primer asesino como hacemos tú y yo ahora, y envió a muchos grandes magos a la muerte.
Por mi parte, ésta será la segunda vez que lo haga.
Creo que ella sabía que fui yo quien te envió a espiar a Isendra y, a pesar de lo que eso ha de significar, me dejó con vida, sabiendo que del mismo modo que una vez decidí la muerte de Isendra, le haría lo mismo a ella.
Pero has de comprender lo siguiente: Li-Ming no mentía. Hay tomos en nuestra biblioteca que describen los sucesos que pueden llegar a tener lugar. Todo comienza con una estrella caída de los cielos y esa estrella cayó el día en el que me enfrenté a Li-Ming.
Conozco la verdadera naturaleza de la magia, quién soy y lo que soy. Li-Ming también conoce todas estas cosas, pero ha elegido un camino distinto. Éste es el rompecabezas que tenemos ante nosotros, asesino. No estoy ciego frente al mal que nos acecha, pero temo lo que Li-Ming pretenda emprender. Por esa razón, condeno a muerte a mi más brillante alumna, quizás la mayor esperan za que tiene el mundo para su salvación, y rezo por haber elegido lo correcto.
Sin embargo, recuerdo a una muchacha que estuvo frente a mí en esta misma estancia y no conocía el miedo. Recuerdo a una joven generosa que deseaba hacer el bien, para quien no había tarea demasiado grande ni hazañas imposibles. Una mujer que buscó en mí a un guía.
Ella tomó su decisión, y yo he tomado la mía.