El caminante de las dudas
Matt Burns
La guerra comenzó al amanecer, como siempre.
Benu y otros diez médicos brujos del clan de las Siete Piedras acechaban el corazón de Teganze con la velocidad y el silencio de las panteras. Sólo el leve ruido de los dijes de hueso y hierro, colgando de sus máscaras tribales, avisaba de su presencia. Con franjas blancas, amarillas y rojas, y ataviados con brillantes plumas de bokai, sus cuerpos se fundían con la vibrante selva de su alrededor.
Pronto el dosel forestal de color esmeralda se hizo más grueso, dejando la maleza en una penumbra perpetua. Benu aguzó sus oídos frente a cualquier sonido, escuchando cualquier signo de movimiento… cualquier señal de su presa humana.
El Igani Bawe, la Cosecha de almas, había llegado.
Era la primera guerra ritual de Benu y su corazón retumbaba a la expectativa como un tambor. En algún otro lugar de la selva, puede que cerca, médicos brujos rivales de las Cinco Colinas y del Valle Nublado también estaban cazando, llamados a la acción por sus sumos sacerdotes al igual que Benu y sus compañeros.
La expedición de guerra de las Siete Piedras paró para descansar en la frontera de las Cinco Colinas. Dos médicos brujos se deslizaron por entre los árboles que se encontraban más adelante en busca de señales de sus enemigos.
—¿Tiemblas por la batalla que se avecina? —susurró a su oído Ungate, que era mayor que Benu. Un único cuerno de marfil, coronado por plumaje color púrpura, se extendía desde la parte superior de su temible máscara de madera.
—No —respondió Benu.
—Muéstrame tu mano.
Benu cogió aire para calmar sus nervios antes de obedecer. Se mostró satisfecho al ver que su mano estaba inmóvil.
—¿Temes la batalla que se avecina? —Ungate se acercó y bajó la voz.
—Todos los hombres tienen temores. Así es este mundo de sombras. Mi mano es firme porque conozco esta verdad. Si me escondo de ella, esa emoción me controlará a mí —respondió el joven médico brujo.
Ungate agarró suavemente el hombro de Benu en señal de aprobación. Benu lanzó un suspiro de alivio. No tenía miedo, pero estaba ansioso. Había estado esperando ese día durante todos los años de su entrenamiento. No había mayor honor que luchar en el Igani. Esa antigua ceremonia había permitido a su pueblo y a su fe sobrevivir durante generaciones. A la puesta de sol, cuando la caza llegase a su fin, Benu volvería a su hogar triunfante o moriría a manos de una tribu rival.
Cualquiera de los dos resultados era honorable a su manera. Si conseguía tributos, se ganaría los halagos y la admiración de los suyos. Si era capturado, su espíritu se liberaría de este mundo de sombras y accedería a la verdadera realidad de Mbwiru Eikura, la Tierra Informe.
Ése era su destino como médico brujo, un guardián de la herencia umbaru y un nexo viviente entre este mundo y el siguiente. Así había sido siempre para los de su condición. Así sería siempre.
—La vida es sacrificio. —Alzó su cabeza mientras su pecho se henchía con orgullo.
Ungate completó las antiguas palabras umbaru.
—El sacrificio es vida.
Un explorador salió con sigilo de la jungla circundante, haciendo gestos con las manos para indicar lo que había visto: un médico brujo de las Cinco Colinas. A solas.
Los guerreros saltaron como un resorte. Avanzaron por entre la maleza, extendiéndose en un estrecho semicírculo. La selva se hizo menos densa hasta que aparecieron en una zona conocida como las Colinas de la Bruma. No mucho después, encontraron al hombre rodeado por las bajas nubes: un médico brujo anciano, con su máscara tribal tan agrietada y erosionada como su piel.
Ungate se arrodilló mientras sacaba de su cinto una cerbatana de la longitud de su antebrazo y la situaba en una apertura de su máscara. Disparó un dardo impregnado con el veneno de los sapos uapa que silbó hacia el enemigo. Perforó la espalda del hombre antes de que éste supiera que lo habían descubierto. La parálisis fue rápida, y el anciano cayó de rodillas en apenas unos instantes. Ése era el límite de los efectos del veneno. El propósito era herir y capturar. Matar a oponentes en esta fase del Igani era un tabú censurable.
Claramente superado en número y derrotado, el médico brujo enemigo se rindió tal y como ordenaba la tradición.
—Siete Piedras —dijo—. Os habéis adentrado mucho en mis tierras.
—En busca de un tributo honorable —respondió Ungate—. Eres el gran Zuwadza, ¿verdad?
—Así es. —El viejo hombre inclinó su cabeza.
Benu contempló el intercambio de palabras en la distancia, asimilando los movimientos de sus compañeros más experimentados. Había estudiado a fondo las reglas de la batalla, pero ver cómo se desenvolvían ante sus ojos le provocaba una sensación de plenitud, de culminar todo lo que había aprendido y lo que creía que era correcto.
—Tú eres mejor guerrero que yo. —Ungate dio un paso hacia adelante y abrazó a Zuwadza—. Aquí somos enemigos, pero en Mbwiru Eikura somos hermanos para el resto de la eternidad. Aguardaré la oportunidad de encontrarme contigo allí.
Zuwadza se levantó por su propio pie, pues los efectos del veneno ya estaban menguando. Benu inclinó hacia abajo la cabeza como signo de respeto cuando se acercó. Tenía envidia del anciano. Hoy los sumos sacerdotes acabarían con su sufrimiento. Se ofrecerían la sangre y los órganos del anciano a los espíritus de la Tierra Informe no sólo para nutrir ese reino pensando en aquéllos que llegarían luego, sino también para fortalecer este mundo. El tener buenas cosechas, el cambio de las estaciones y las propias vidas de los umbaru dependían de su sacrificio. A ojos de Benu, él era un héroe.
La expedición de guerra partió de vuelta a casa. Zuwadza veía con buenos ojos la Te WokNu’chu, la Marcha Final. Irguió su cabeza, en paz con el destino que lo aguardaba.
—¡Dejadlo! —Una voz cortó la niebla justo cuando Benu y los suyos alcanzaron uno de los extremos de la selva. Todo el grupo, Zuwadza inclusive, giraron sobre sí mismos confusos, intentando averiguar de dónde provenía la voz.
—Dejadlo y marchaos. No hay razón para acabar con su vida. Aún tiene mucho que enseñar. —Un médico brujo emergió de entre las nubes bajas, ornamentado con pinturas, plumas y una máscara, al igual que todos los participantes del Igani. Benu supo, por las marcas dibujadas en su cuerpo, que se trataba de un integrante de las Cinco Colinas.
Les pertenezco por ley —dijo Zuwadza. Por su tono, parecía que no estuviese sorprendido por el giro de los acontecimientos—. Sólo están haciendo lo que se les ha enseñado.
—Los espíritus no quieren tu vida, maestro —respondió el otro médico brujo de las Cinco Colinas.
Ungate apuntó al rival con una daga ceremonial.
—Haces mal en interrumpir la Te WokNu’chu.
—Eso es lo que te dicen los sumos sacerdotes. Ellos, y no los espíritus, están al mando de estas guerras. La vida en este reino no debería abandonarse tan rápidamente. No hay necesidad de realizar este sacrificio… este Igani. Es una herramienta para controlar e infundir miedo.
La piel de Benu se erizó, expresando su desaprobación. Benu se llenó de rabia. Nunca antes había escuchado a alguien desafiando las leyes sagradas del Igani. Estaba claro que este hombre había caído en la locura.
—¡Lárgate de aquí! —exclamó Ungate con un rugido.
El médico brujo más joven de las Cinco Colinas ignoró la orden y caminó hacia adelante con las manos en alto.
—Os ofrezco vida. Volved a vuestra aldea. Preguntad a los sumos sacerdotes qué es lo que realmente han visto en la Tierra Informe, qué es lo que han dicho los espíritus. Sólo quiero salvar a mi maestro.
Poseído por la rabia, Benu sacó su daga y se abalanzó sobre el hereje. El enemigo rápidamente extendió su mano y una voluta de energía azul verdosa surgió de su palma. El virote espiritual alcanzó su objetivo con sumo cuidado: golpeó el hombro de Benu tangencialmente y con suficiente fuerza como para derrumbarlo y dejarlo momentáneamente aturdido.
—Soltad a mi maestro. ¡Es lo único que os pido! —suplicó.
Ungate y sus aliados lanzaron una embestida al unísono. Con sus pupilas llenas de remordimiento, el intruso de las Cinco Colinas bajó de repente su mano y con un grito lanzó un maleficio letal, el cual estaba prohibido en el Igani. Los guerreros de las Siete Piedras cayeron de rodillas y se llevaron las manos a la garganta mientras una espuma de color morado claro salía hirviendo por sus bocas. Tras sólo unos segundos, los compañeros de Benu yacían inertes en el suelo.
—Tú eres joven. —El hereje se le aproximó—. Verás la verdad con mayor facilidad.
Benu intentó alcanzar su daga en el suelo, pero el otro médico brujo la apartó con una patada. A lo lejos se escuchaban voces que atravesaban la neblina. Gritos y llamadas sin duda iniciados por la batalla.
—Mis compañeros… —dijo el médico brujo enemigo—. Si te encuentran, te sacrificarán.
—¡Una muerte de la que estar orgulloso! —gritó Benu. Las lágrimas se acumularon en sus ojos ante la masacre que había presenciado, ante las muertes sin honor de los suyos—. ¡Algo que tú no conoces en absoluto!
—No. Tu vida apenas acaba de comenzar. No ves sus bendiciones. Estás ciego.
Esas últimas palabras resonaron en los oídos de Benu. Una maldición. Su vista se nubló y comenzó a revolcarse de manera salvaje.
Sigues las órdenes de los sumos sacerdotes. El miedo te somete.
Otra maldición se apoderó de Benu. Sus temores más íntimos salieron a la luz provenientes de su alma, inundándolo con un terror incontrolable. Aunque ciego, sentía cómo su cuerpo se movía, corriendo por la selva, y de algún modo sabía dónde posar sus pies. Durante todo ese tiempo, la voz del hereje, el hombre que había deshonrado el primer Igani de Benu, le susurraba como un fantasma a su lado.
—Ve. Vuelve corriendo a tu hogar. Examina sitios desconocidos. Haz preguntas que aún no se han contestado. Busca la verdad.
—No hables de esto con nadie —ordenó Guwate’ka. El más anciano de los sumos sacerdotes de las Siete Piedras estaba frente a Benu, con su tocado elevándose un metro entero por encima de sus arrugadas cejas. Estaba cubierto de pintura blanca desde la cabeza a los pies, preparado para los sacrificios rituales que se aproximaban.
—Los espíritus saben que has actuado con honor, Benu. No es culpa tuya —dijo otro sumo sacerdote. En total, cinco de los líderes más ancianos de las Siete Piedras se habían congregado en la choza. Benu acudió a ellos nada más volver a su aldea y les habló de los atroces sucesos que había presenciado.
Benu hizo un gesto de asentimiento con la cabeza, pero la rabia persistía en su interior. Se sentía sucio y se preguntaba si los espíritus realmente entendían que había intentado detener al hereje con todas sus fuerzas.
—Ven. —Guwate’ka se giró hacia la salida de la choza.
Fuera, una hoguera rugía en el centro de la aldea. Los médicos brujos bailaban en el borde de la hoguera, dando pisotones rítmicamente para regular los golpes de tambor y un evocador y rítmico canto que lanzaban a voz en grito una multitud de aldeanos que observaban. En otros lugares las antorchas revoloteaban entre chozas desperdigadas como enormes luciérnagas, las cuales eran transportadas por hombres y mujeres que estaban preparando jarras vacías con manchas de sangre para las ofrendas de la noche.
Benu pensó en los médicos brujos que habían vuelto y en los que no. Además del resto de su expedición de guerra, faltaban diez guerreros del clan. Se los imaginó en las aldeas de las Cinco Colinas y el Valle Nublado, recibiendo aceites rituales y preparándose para su viaje a Mbwiru Eikura, igual que estaban haciendo los propios tributos de su clan.
Toda la aldea comenzó un cántico de respeto y admiración mientras los asistentes a la ceremonia llevaban al primer cautivo a la hoguera. Guwate’ka se aproximó al tributo con una adornada daga metálica en su mano.
—¡Te celebramos! —gritó el sumo sacerdote—. Te ofrecemos a la gran tribu, donde todos los umbaru son un solo pueblo. Durante las próximas horas cantaremos en honor de tu sacrificio, pues es algo grandioso.
—Y, cuando tú también llegues a la Tierra Informe, yo estaré allí para recibirte —dijo con calma el tributo.
El brazo de Guwate’ka realizó un corte lateral, cercenando el cuello del médico brujo con sumo cuidado. El tributo no gritó ni se retorció de dolor. Murió con honor, como debía. ¿Qué era el dolor de este mundo comparado con la gloriosa eternidad que lo esperaba en el siguiente reino?
El sumo sacerdote dirigió su cabeza hacia el cielo y extendió sus brazos mientras su cuerpo temblaba con violencia. Poco después, una imponente aura azul celeste se formó a su alrededor e iluminó sus adornos.
Benu observó cómo el anciano entraba en el Trance de los Espíritus, un estado de la mente que permitía a algunos umbaru contemplar el Mbwiru Eikura. El joven médico brujo conocía bien el ritual. Como todos aquéllos con los que compartía vocación, él había nacido amarrado a la Tierra Informe. Su conexión era mayor que la de la mayoría, pero palidecía en comparación con la de los sumos sacerdotes. En el otro mundo, Benu sólo veía impresiones. Se decía que los líderes de su clan estaban en íntima comunión con los espíritus, de los cuales adquirían comprensión y recibían órdenes.
Los asistentes a la ceremonia corrieron para recoger la sangre del tributo en sus vajillas de barro. Destriparon el cuerpo y retiraron con cuidado, incluso con cariño, sus órganos para colocarlos en jarras.
Guwate’ka salió del trance en el que se encontraba poco después. Dirigió su mirada hacia los emocionados aldeanos con su visión desenfocada, como si tuviese que volver a aclimatarse al mundo físico. Benu había aprendido que el tiempo en la Tierra Informe era distinto al de aquí. Un trance podía durar minutos en el siguiente reino aunque sólo hubiesen transcurrido unos pocos segundos en este mundo.
—¡Este tributo ha llegado a Mbwiru Eikura y está entonando su canto de agradecimiento! —anunció Guwate’ka.
Los aldeanos aplaudieron con entusiasmo. Se podían ver lágrimas correr por algunos rostros.
Ya era medianoche cuando se liberó al último de los tributos. Los aldeanos se retiraron a unas largas cabañas hechas de madera para festejar y hablar sobre los médicos brujos cuyas vidas habían sido entregadas. La celebración continuaría hasta ya entrada la mañana. Benu se quedó junto al fuego mientras los suyos se dispersaban.
Algo lo atribulaba, un malestar distante. Aunque ya habían pasado horas desde su encuentro con el alumno de Zuwadza, la voz de ese idiota resonaba en su cabeza en contra de su voluntad.
Examina sitios desconocidos. Haz preguntas que aún no se han contestado.
Benu cerró con fuerza sus puños. Lo que lo molestaba no eran las palabras del médico brujo rival, sino la idea de que el hereje le había lanzado una maldición, a pesar de todo lo que hubiesen dicho los sumos sacerdotes.
El joven médico brujo caminó hacia el extremo de su aldea, lejos de las charlas y el coro de canciones retumbando, provenientes de las chozas en fiesta. Para aquéllos en la posición de Benu, entrar en un Trance de los Espíritus después del Igani estaba prohibido. Los sumos sacerdotes decían que eso desorientaba a las almas de los tributos recién sacrificados. Sin embargo, Benu quería, necesitaba saber cuál era su posición con respecto a los espíritus.
Deseó que su espíritu se separase de su cuerpo. Unas cálidas y lechosas lágrimas corrieron por sus mejillas. Con cada gota, el mundo a su alrededor se desvanecía y revelaba la topografía informe de Mbwiru Eikura. La energía resplandecía en el cielo, aunque no iluminaba la tierra en movimiento que se encontraba más abajo.
—¿Aún cuento con vuestro favor? —gritó.
Como respuesta, una docena de figuras con ojos blancos y terrosos y cuerpos hechos de pura oscuridad aparecieron frente a él. Sus rasgos eran imperceptibles pero, gracias a la extraña conexión que Benu tenía con la Tierra Informe, reconoció su identidad. Eran los espíritus de los tributos sacrificados, los hombres y mujeres que, según Guwate’ka, habían entrado en Mbwiru Eikura rebosantes de paz.
Excepto porque su tranquilidad brillaba por su ausencia. Los espectros extendieron sus sombríos brazos hacia Benu.
Aunque no podía escuchar sus palabras, su confusión perforó su alma como si de lanzas se tratasen. La Tierra Informe no era lo que las apariciones creían que iba a ser. La incertidumbre que sentían era devastadora. Era como si toda su cosmovisión se hubiese hecho pedazos.
Era como si todo lo que en algún momento hubiesen creído fuese una mentira.
—La vida es sacrificio. El sacrificio es vida —susurró Benu bajo el húmedo aire mientras cuerpos llenos de pintura corrían a su alrededor. El Igani Bawe había vuelto de nuevo, antes de lo esperado, y los habitantes de las Siete Piedras estaban ocupados con los preparativos para la guerra, que comenzaría al amanecer. Las batallas solían seguir el cambio de estaciones, pero sólo había pasado una semana desde el último Igani.
Benu se sentó dando la espalda a la hoguera en el centro de la aldea reflexionando sobre los acontecimientos recientes y observando cómo la sombra de su delgada figura se retorcía con las llamas intentando arañar el cielo. Guwate’ka y los otros sumos sacerdotes afirmaron que los espíritus exigían la guerra como respuesta a las acciones del médico brujo hereje de las Cinco Colinas. A pesar del silencio de Benu sobre el asunto, la historia sobre Zuwadza y su alumno se había extendido desde las Cinco Colinas como un fuego fuera de control a través de las rutas comerciales que existían entre los umbaru en tiempos de paz. Se rumoreaba que el hereje había asesinado a los de su propio clan cuando lo encontraron en la selva. Finalmente, él y su maestro habían desaparecido en tierras remotas y no se había vuelto a saber nada de ellos.
Los rumores seguían a los relatos. Algunos describían al médico brujo descarriado como un loco que había masacrado a los guerreros de las Siete Piedras por pura sed de sangre. Otros presentaban al hereje devorando la carne de los médicos brujos asesinados y convirtiéndose en caníbal: un kareeb. Semejante acto era inconcebible, pues aquéllos que lo cometían veían rechazada su entrada al Mbwiru Eikura. Benu rechazaba esas historias por considerarlas chismorreos infundados y sin sentido.
—¡En este Igani purificaremos aquello que ha sido contaminado! —exclamó Guwate’ka desde su lugar junto al fuego, rodeado por el resto de los sumos sacerdotes del clan—. ¡Mostraremos a los espíritus que seguimos siendo fieles!
Los aldeanos alrededor de Benu dieron su aprobación de manera atronadora, pero él permaneció en silencio. Su orgullo por el Igani se había desvanecido. La claridad que antaño le había proporcionado. Mi mente me está jugando una mala pasada, se intentó convencer a sí mismo, pero no podía apartar su malestar. El mundo lo oprimía, los cuerpos, la pintura y las plumas mezclándose en un agobiante mar de colores y sonidos.
Benu se alejó tambaleándose del fuego y caminó entre las cabañas vacías, buscando aire entre jadeos. Una fría mano surgió de entre la oscuridad y agarró su hombro. Benu se giró a la velocidad del rayo, sin saber qué le aguardaba. Allí, envuelta en sombras a excepción de su rostro, estaba una mujer. Una hermosa mujer.
—Benu —dijo ella—. Es extraño que no tomes parte del ritual en esta gloriosa noche.
—¿Quién eres? —dijo, con su voz recuperándose del sobresalto.
—Soy Adiya, mujer de Guwate’ka.
Benu bajó su mirada en señal de respeto. No era digno de mirar a los ojos a la mujer de un sumo sacerdote. Aquéllas con semejante posición rara vez abandonaban sus chozas, ni siquiera en las ceremonias.
Adiya situó su mano bajo la mandíbula de Benu, elevándola hasta que sus ojos se cruzaron.
—Tienes permiso para mirarme. He venido para ver si los espíritus dijeron la verdad sobre ti.
—Qué… —comenzó Benu, pero Adiya posó suavemente sus dedos sobre su boca, haciéndolo callar.
—Dicen que hay algo que te atribula. Una especie de enfermedad. Yo también lo percibo.
Benu miró hacia otro lado, angustiado por saber que uno de los suyos era consciente de la confusión que se apoderaba de él.
—No tienes de qué avergonzarte. Estás en buena compañía. Los sumos sacerdotes sostienen que soy una curandera. Ese veneno que anida en tu mente se puede purgar —dijo ella.
—¿Y tú me curarías?
—Lo haría —le aseguró con una energía indefinible que transmitía cariño. Adiya acarició el brazo de Benu con su mano y a continuación cogió su húmeda palma.
—Ven.
Benu accedió, seducido por la confianza de la mujer. Cuando las formas iluminadas de la aldea no eran más que estrellas inalcanzables en la distancia, Adiya se detuvo, haciendo señas al joven médico brujo para que se arrodillase sobre una alfombra. Frente a él se encontraban extendidas las herramientas de su oficio: su pintura corporal, su daga ornamentada, su temible máscara con cuernos, adornada con plumas y moldeada para asemejarse a un rostro frunciendo el ceño de manera inhumana, y un surtido de pociones y talismanes.
Adiya sólo parecía un poco mayor que Benu. Era seductora y fuerte, aunque sus definidas caderas le aportaban un tono de suavidad. Su rostro bronceado era rico en colores, como la corteza de un sano árbol sin hojas. El viento hacía ondear el salvaje plumaje adosado a las pulseras que rodeaban sus muñecas y sus tobillos.
—La pintura —dijo ella mientras cogía un puñado de la pasta veteada— de la médula de las fieras más temidas de la selva. Que te proporcione valor cuando te enfrentes a tus enemigos. —Embadurnó la cara de Benu con la fría mezcla.
—Una daga hecha con una garra, letal como el monstruo que la perdió. Que guíes con cuidado y precisión su hambriento filo. —La mujer colgó el arma de Benu en su costado.
El médico brujo se quedó de piedra cuando Adiya de repente se inclinó hacia adelante. Sus labios se juntaron con los de Benu antes de que pudiese apartarse.
—Un beso, para mostrar que estamos juntos en esto —añadió después.
—Una máscara, extraída de las pesadillas de nuestros ancestros —prosiguió Adiya mientras elevaba el rostro de madera y se lo colocaba a Benu— para ahuyentar a los espíritus que conspiran contra nuestra buena caza.
Adiya lo observó atentamente.
—El honor es más que una simple muerte en una batalla.
Los ojos de Benu saltaron frente a la repercusión de esas palabras.
—En el Igani no hay muerte simple.
—¿Eso es lo que crees o es lo que te han enseñado? —preguntó Adiya—. Los espíritus dicen que recorres dos caminos y vacilas entre los destinos. A un lado, el eterno niño de las Siete Piedras, buscando una bendición que los sumos sacerdotes no otorgan jamás. Al otro lado, un incendio incontrolado, implacable y brillante, trayendo vida y novedad a esta selva estancada. Mañana tendrás que elegir.
Sus palabras rozaban la herejía, pero Benu no podía ignorar el hecho de que, de alguna manera, reflejaban su reciente confusión interna.
—¿Cuál es el correcto? —preguntó él—. ¿Qué tiene de bueno cada uno de ellos?
—No estoy aquí para responder a esas preguntas. Únicamente doy consejo. Pero has de saber esto: los espíritus están preocupados. Dicen que los umbaru ya no somos únicos o dignos de celebrar. Dicen que nos mentimos a nosotros mismos cuando afirmamos que nuestros sacrificios se hacen para todo nuestro pueblo. Dicen… —Adiya dudó un instante—. No. No es mi deber. No soy un sumo sacerdote.
—Habla. No te juzgaré. —Benuse tambaleó sobre sus pies, fascinado. Adiya susurró algo apenas audible—: Dicen que estamos ciegos.
El pulso de Benu se aceleró mientras los recuerdos del médico brujo hereje se agolpaban en su mente.
Los sumos sacerdotes actúan como si estuviesen en contacto con los espíritus a diario, pero no es así —prosiguió Adiya—. A menudo Guwate’ka y sus iguales apenas atisban la Tierra Informe. El Igani, las leyes que gobiernan nuestras vidas, existen para que los sumos sacerdotes nos controlen, para reprimir lo que somos.
—He jurado defender nuestras costumbres —respondió Benu, aunque a su voz le faltaba convicción.
Has visto pruebas de que en Mbwiru Eikura las cosas no son como dicen los líderes, ¿verdad?
Benu tragó saliva, dudando de si era seguro hablar sobre lo que había visto.
—He visto muchas cosas en la Tierra Informe. Algunas son ciertas; otras son meras interpretaciones. Tal es la naturaleza de ese sitio.
Adiya examinó los ojos de Benu aguzando los suyos. Su boca dibujó una gran sonrisa y a continuación dio una palmada.
—Sí, sí. Has visto algo. Los espíritus tenían razón.
De repente se escucharon voces cercanas fuera de la choza. Dos hombres estaban andando por las afueras de la aldea. Adiya se agachó, y Benu la imitó. Su vello se erizó por el temor a ser capturado no sólo con la mujer de un sumo sacerdote, sino también cuestionando las enseñanzas de los venerados líderes. Después de un momento, las personas que estaban hablando pasaron y continuaron su camino.
—Conozco el precio de pertenecer a otra clase —dijo Adiya—. Conozco la carga que soportas por el mero hecho de ser un médico brujo. —Frunció el ceño con rabia.
Es una esclavitud encubierta. Vengo a ti con la esperanza de una liberación, de que tú puedas transformar nuestras costumbres.
Benu observó la daga de su costado y la máscara esculpida.
—No lo comprendo. ¿Por qué me ayudas a prepararme para el Igani si crees que nuestras costumbres están equivocadas?
—Es necesario ver el camino equivocado para poder ver el correcto. Cuando amanezca llevarás a cabo la cosecha como se te ha enseñado, pero lo harás con los ojos abiertos. Esto es lo que los espíritus predijeron.
Adiya dio un paso atrás y observó su obra.
—Ante mí no hay un hombre, sino un médico brujo. Un guerrero de Mbwiru Eikura. Un paladín, no un siervo. Nunca lo olvides.
Benu se incorporó, con su mente repleta de ideas sobre cambios radicales. Las posibilidades de lo que pronto aprendería lo llenaban de energía. Tenía un propósito. No se había sentido así de completo en días.
—Buena caza —dijo Adiya.
Horas después, las expediciones de guerra de las Siete Piedras se dispersaron por los matorrales y enredaderas de su selva natal. Benu llevaba la delantera en solitario, con la esperanza de que el ir solo le daría mayor claridad. Llevaba un par de perros enjutos y demacrados. Eran criaturas sobrenaturales, despiadadas y precisas, creadas a partir de carroña y antigua magia umbaru.
Cada temporada, después del Igani, los cuerpos vaciados de los tributos se cosían con sumo cuidado en forma de perros, y sus cuerpos se llenaban con abonos de hierbas y hojas secas. Una calavera hervida de una fiera se utilizaba como cabeza, la cual se pegaba justo por encima de una mata de plumas. Con la bendición de los espíritus, estos seres zombificados servían como fieles esbirros a la entera disposición de un médico brujo.
Los sumos sacerdotes habían concedido dos a antes de su primer Igani, pero él no los había utilizado aún. Su orgullo lo había hecho enfrentarse al ritual armado únicamente con su ingenio y su fuerza. En ese momento sólo pensaba en la supervivencia. Puso a los perros los nombres de Chena (que significaba fiebre) y Owaze (vuelo). Entre la densa y salvaje maleza formaban un tándem perfecto, corriendo al mismo ritmo al que latían sus corazones fantasmales.
A través de las hojas estalló una carcajada aguda e inquietante, cuyo origen era incierto. Chena y Owaze se detuvieron de repente, lanzando miradas en todas las direcciones. Deteniéndose con un resbalón, Benu se giró para averiguar el origen del sonido. Agarró la daga de su cinturón, escuchando es familiar y agudo sonido al hacerlo.
La voz desconocida soltó una carcajada socarrona. En la oscuridad de la selva, las sombras tenían su manera de esconder las cosas. De repente, una bolsa de tamaño no mayor al de la mano de un niño cayó desde el dosel forestal. Benu la esquivó de manera instintiva, pues sabía que debía temer a las miles de maldiciones que podía contener.
Sus perros, sin embargo, no. Lanzados como un rayo hacia el objeto como si de un hueso se tratase, desgarraron con sus colmillos la bolsa, de la cual salió una asquerosa nube de polvo. Los perros se tambalearon como si estuviesen desorientados por el vértigo.
Mientras luchaban por recuperar la orientación, Benu sólo pudo mirarlos y preguntarse qué les sucedería.
La invisible voz lanzó un rápido conjuro:
—¡Gowaia fen! ¡Bo’ta! —El bufido de un traqueteo distintivo realzó el grito. Eso hizo que Benu lo comprendiese. Juntos, el hechizo y la bolsa eran una chapucera intentona de control mental.
Habría fracasado en Benu o en cualquier otro médico brujo mínimamente capaz, pero los perros eran simples criaturas, con una voluntad débil.
—¡Cobarde! —gritó Benu hacia la selva.
Chena y Owaze gruñían con sus fauces desprovistas de carne. Saltaron y se dirigieron con sus dientes y sus garras retorcidas a las partes del cuerpo de Benu expuestas entre los atuendos ceremoniales.
Esquivando su fiereza, el médico brujo cogió una calavera atada a su cinturón, que contenía aceites incendiarios y magia. Lanzó el objeto a sus sirvientes, y éste entró en combustión al producirse el contacto. Con una llamarada surgió la afligida figura de un hombre, engullendo a sus objetivos. Las hambrientas llamas rodearon a las bestias, pero éstas insistieron, con sus cuerpos hechos a partir de cadáveres, insensibles y sin inmutarse.
Benu evitó su avance. Lanzó una contramaldición melódica que formó motas de energía azul provenientes de su boca; Benu las hizo jirones y se las lanzó a los perros como si fuesen trapos fantasmales. Esa acción se mostró inútil contra el hechizo de la voz invisible. Incluso aunque pudiese evitar a los perros, Benu sabía que su enemigo estaba preparando otro ataque.
Rendirse haría que todo fuese como debería ser, tal y como los umbaru habían puesto en práctica durante miles de años. Pero él no podía comprender el doblegarse por propia voluntad.
—La vida en este reino no debería abandonarse tan rápidamente. No hay necesidad de realizar este sacrificio… este Igani —había dicho el hereje. Aquellas palabras no sonaban tan deshonrosas como lo habían parecido anteriormente.
Benu agarró con firmeza su daga, desesperado por encontrar una salida. Mientras Chena y Owaze aullaban con cada paso, la voz situada por encima no dejaba de reír, satisfecha consigo misma. La garganta de Benu se puso tensa. Su pecho palpitaba mientras su respiración se hacía más forzada. Realizó un corte con su daga, abriendo la piel de Chena justo cuando Owaze se abalanzaba sobre él. El médico brujo se lanzó al suelo, esquivando por muy poco el ataque. Los perros lo rodearon, preparados para golpear.
Sin previo aviso, la maleza de color esmeralda situada detrás de Owaze se abrió y dejó paso a una hermana de las Siete Piedras. Su mera visión era amenazadora, con su vestimenta repleta de plumas. Cuatro retorcidos cuernos salían de su máscara, coronados por un plumaje de color carmesí oscuro. La recién llegada extendió su mano ante sus labios, los cuales eran visibles a través de un corte realizado en la parte inferior de su disfraz de madera. Entonces, con una tos larga y gutural, vomitó un enjambre de langostas que se abrió paso por entre los árboles, hacia arriba.
El médico brujo escondido gritó, y los perros embrujados se desplomaron sobre el suelo con sus cuerpos aún en llamas.
Pocos segundos después los insectos encontraron a su objetivo, acabando con su camuflaje y su equilibrio. Una caída. Un grito de dolor. El cuerpo inerte de un hombre sobre el suelo cubierto de enredaderas. Las langostas, provistas de infinidad de dientes y con su victoria asegurada, dispersas en mil direcciones como si fuesen humo.
Benu, aunque agradecido por conservar su vida, no podía evitar sentirse culpable mientras observaba el cuerpo. La piel de su enemigo estaba inflamada y presentaba una especie de ronchas, furúnculos rojos que se habían formado a consecuencia de los feroces mordiscos del enjambre.
—¿Lo ves? Otro umbaru muerto sin ningún motivo —dijo la mujer enmascarada—. Pese a que no estemos hechos para este mundo de sombras, tenemos que hacer todo lo que podamos para sobrevivir en él.
Benu reconoció esa voz de inmediato.
—¿Adiya? —respondió, al mismo tiempo estupefacto y horrorizado—. ¡Tú no eres un médico brujo! ¿Por qué estás aquí?
—Los espíritus me pidieron que te siguiera, y es bueno que haya obedecido. —Ladeó la cabeza.
—Las reglas del Igani prohíben matar al médico bru…
—¿Reglas? —gruñó Adiya—. ¿Me hablas de reglas después de todo lo que has visto? Mbwiru Eikura no es algo que uno se gane; es lo que aguarda a todos los umbaru. Eso lo sabes bien. Los sumos sacerdotes comenzaron estas cacerías. El hereje de las Cinco Colinas pudo observar la verdad. ¿Por qué la niegas?
—Yo… —comenzó Benu, pero no tenía ningún argumento que ofrecer, al menos ninguno en el que creyese de verdad. Ella tenía razón. El hereje tenía razón.
Abrumado por una inundación de emociones, Benu se abrió por completo a Adiya y a sus palabras. Era más que simple deseo; era la emoción de desobedecer las férreas leyes de los sumos sacerdotes. Mientras los cadáveres de Chena y Owaze iluminaban el pequeño enclave, Benu retiró la máscara de Adiya y recorrió suavemente sus labios con su dedo. La besó sin previo aviso y a continuación se retiró hacia atrás y dijo:
—Para mostrar que estamos juntos en esto.
Adiya esbozó una sonrisa de complicidad. Ella cerró sus ojos como invitación a una mayor complacencia y Benu se inclinó. Cuando sus labios se tocaron, él se sorprendió por el ruido de gritos y aullidos de una banda de hombres de una tribu que salieron en tromba de la selva que los rodeaba. Ambos miembros de las Siete Piedras habían cometido el error de no reconocer el peligro, inmersos en su distracción.
El grito que soltó el enemigo al morir y las bengalas en las que se habían convertido los otrora fieles perros de Benu habían atraído a los médicos brujos de la tribu del Valle Nublado.
Solemnidad era lo único que podía reunir Benu mientras sus captores lo conducían hacia la noche que todo lo devoraba. Ante ellos se encontraba el hogar del Valle Nublado. A sus ojos, tenía el mismo aspecto que la aldea de las Siete Piedras. Las chozas con tejado de paja se arremolinaban alrededor de un área central abierta donde crepitaba una hoguera. Había jarras con manchas de sangre en las proximidades, anhelando las ofrendas que pronto las harían rebosar.
Benu no celebró la Te WokNu’chu, pues el deseo de vivir de Adiya lo había traspasado por completo. Incluso en ese momento su nostálgica mirada le pedía que desafiase a su herencia y atacase a sus captores. Semejante acto estaba prohibido, era impensable.
Los capturados por el Valle Nublado sumaban únicamente tres cabezas: Benu, Adiya y un médico brujo mayor conocido como Edwasi. El grupo que se acercaba a la hoguera fue recibido por los asistentes a la ceremonia, mientras otros aldeanos cantaban, tocaban los tambores y bailaban conmemorando el ritual.
Despojados de sus máscaras y sus armas, los tres fueron colocados sobre unas mesas bajas dentro de una choza con paredes de hierba y, después, se les untó con aceites cítricos. Los cautivos recibieron un ungüento en forma de icor sembrado, un agente que evitaría que sus cuerpos se pudriesen durante las horas posteriores a la muerte. En uno de los extremos de la habitación, Edwasi, con el pelo gris, respiraba profundamente para aliviar su ansiedad.
Adiya observaba a Benu desde la mesa contigua con una mirada llena de impotencia, extendiendo su mano hacia él. En ese momento Benu se sintió realmente mal.
Tras completar su trabajo, los asistentes se marcharon y abrieron la puerta de la choza a un hombre grande y musculoso que llevaba una hoz en forma de media luna fabricada a partir de una mandíbula. Benu no sabía su nombre, pero su impresionante tocado dejaba claro que era un sumo sacerdote anciano. A su espalda se encontraba el resto de los integrantes de su casta, adornados con coloridas plumas y sujetando firmemente muñecas mojo.
El sumo sacerdote principal hizo un gesto con su barbilla y a continuación dio un paso hacia atrás y salió de la choza. Dos hombres ataviados con una falda entraron en la habitación y cogieron a Edwasi por las muñecas. El anciano médico brujo no ofreció resistencia alguna a sus escoltas, y lo condujeron fuera para que fuese presentado ante el sumo sacerdote. Edwasi aceptó su destino.
A través de la puerta abierta de la choza Benu observó la ceremonia como si fuese la primera vez que la veía. Los participantes realizaron las mismas acciones que había presenciado en los lgani durante toda su vida. Se dijeron las palabras. Se derramó la sangre de Edwasi. Los asistentes recogieron sus órganos en jarras mientras el resto de los aldeanos proseguían sus cantos. El ritual y todo su esplendor eran como siempre habían sido. Pero para el joven médico brujo parecían vacíos de sustancia.
—Nosotros, los umbaru, escondemos nuestra violencia sin sentido tras cantos entusiastas —exclamó Adiya.
En ese momento, aventuró Benu, el vaporoso espíritu de Edwasi ya se había retirado de este mundo. El joven médico brujo pensó de repente en los confundidos fantasmas que había visto en Mbwiru Eikura, destrozado por darse cuenta de que las cosas no eran como se les había dicho que eran.
—Una vida segada antes de tiempo, ¿para qué? —dijo Adiya entre dientes—. Necesitamos abandonar esta senda. Hay otro camino.
El corazón de Benu se aceleró. La cabeza le daba vueltas. Ellos son muchos, y nosotros somos dos ¿Qué camino hay?
—Aceptamos de buena gana el ofrecer carne umbaru a los espíritus, pero a nosotros se nos prohíbe comer de ese botín. ¿Alguna vez te has preguntado por qué?
Benu se estremeció frente a semejante propuesta.
—¡Los kareeb están condenados por los espíritus!
—Más historias fabricadas por los sumos sacerdotes —Adiya agitó su mano como muestra de negativa—. He oído secretos en compañía de mi marido. Él hablaba de leyendas que dicen que comer carne de médico brujo abre el camino prohibido a la divinidad. Se creaban mentiras para que nunca se descubriese la verdad. Pero tú, paladín, eres sabio y podrías utilizar ese poder para ponerlo a tu disposición. Con él, podrías reformar nuestra cultura, ahora rota. Nadie podría detenerte.
Benu miró fijamente a Adiya, cuyos ojos se mostraban imponentes y sinceros.
—Cuando nuestros asesinos se acerquen, hazles frente con rebeldía —susurró Adiya—. Sígueme, y los umbaru florecerán en una era de verdadera luz, no de oscuridad.
Tal y como esperaban, los hombres con falda volvieron, con sus brazos y pechos con restos de sangre. Se acercaron para coger a Adiya por las muñecas pero, de manera inesperada, se encontraron con un recibimiento repleto de fiera rabia.
La mujer saltó sobre la mesa y se propulsó hacia adelante, agarrando a uno de los hombres por la cabeza y girándola con el impulso de su ataque. Un mido seco anunció su éxito. Antes de que el escolta restante pudiese reaccionar, Adiya agarró la parte trasera de su cuello e hizo bajar la cabeza del hombre mientras su rodilla impactaba con su nariz. Cayó al suelo, inmóvil.
Benu no podía creer lo que acababa de suceder, del mismo modo que no podía concebir la velocidad y precisión con las que había perpetrado las muertes. Nunca había visto u oído hablar sobre semejante ferocidad. Adiya agarró su mano y tiró del médico brujo para emprender la huida saliendo disparados por la puerta de la choza.
Los habitantes del Valle Nublado estaban enfurecidos. Tras empujar al sumo sacerdote anciano, quien a pesar de estar armado se limitó a observar lo que estaba sucediendo estupefacto, Adiya se abalanzó sobre las jarras que contenían los órganos de Ldwasi. Una por una fue quitando las tapas mientras la multitud se alejaba, maldiciendo los actos de la mujer pero dudando sobre qué hacer.
—¿Ves lo patéticos que son y la dependencia que tienen de las reglas? —preguntó ella—. Los umbaru son muy débiles. Matamos y morimos no por honor, sino por miedo.
Adiya encontró el premio que había estado buscando en un jarrón de barro de color azul: el cálido e inmóvil corazón de Edwasi. Lo cogió y, levantándolo en el aire, dijo:
—Somos mejores que las injusticias que hemos cometido. Saborea tu recompensa, Benu. ¡Mata al servidor que llevas dentro!
Los miembros de Valle Nublado gritaron desde todas partes, su conmoción momentánea fue disipándose. Benu sabía que atacarían de nuevo muy pronto. Muchos de ellos estaban armados con puñales y lanzas. De pie, sin miedo entre la turba furiosa, Adiya acercó el corazón hacia Benu. Éste se percató que ése era el momento del que ella le había hablado.
Ésa era la promesa de una nueva vida, libre de mentiras, de guerras sin sentido y de las cargas de las costumbres. Recordó todo lo que había visto y sentido: los espíritus atormentados en la Tierra Informe, el médico brujo hereje que se había rebelado contra las viejas costumbres…
Pero ese hombre no se había hecho kareeb y tampoco había abrazado la lucha como la primera opción. Fue Benu quien atacó antes, convirtiendo en inevitable el derramamiento de sangre. El hereje había desafiado las leyes para salvar a su maestro, para salvar una vida, no para convertirse en un dios entre los hombres.
—¡Con esto puedes rehacer el Teganze! —gritó Adiya—. Nunca más se acabará con la vida de manera gratuita. ¡Nunca más las mentiras envenenarán los corazones de nuestro pueblo!
Mientras observaba los rostros de los habitantes del Valle Nublado, una profunda sensación de claridad inundó a Benu. Aquella gente estaba equivocada en cuanto a sus costumbres, eso estaba claro, pero no eran sus enemigos. No deseaba luchar contra ellos, pues ése no era el camino de la verdad. Sólo deseaba ilustrarlos.
—No puedo —dijo Benu.
—¡Basura! —gritó Adiya, aplastando el corazón de su mano—. ¡Cobarde!
Una luz violeta manó de dentro de la compañera de Benu, iluminando el cielo gris y las sencillas chozas de paja que había a su alrededor. El cuerpo de la mujer se contorsionó. La piel de sus piernas empezó a desprenderse, dejando ver una docena de tentáculos atrofiados cubiertos de cientos de bocas biliosas. De su cabeza brotaron tres cuernos y su rostro estalló. Entonces, en lugar de una mandíbula, apareció un orificio que se había formado justo por encima de la garganta y que babeaba como si fuera a darse un gran banquete.
—Demonio…
Benu había oído hablar de las criaturas, del mal que había nacido de las sombras que estaban más allá de su comprensión. Nunca había visto ninguna. Se estremeció al recordar las caricias que le había dado poco antes.
Uno de los tentáculos de la criatura dio un azote y Benu dio un salto hacia atrás. El apéndice gritó en el aire, rebanando los torsos de dos umbarus que estaban cerca de la escena. El demonio gimió al ver que el resto de habitantes del pueblo salían corriendo, emanando unas ondas de energía de su cuerpo.
La descarga propulsó a Benu contra una roca. La cabeza le daba vueltas mientras rodaba hacía a un lado. Un puñado de aldeanos reunió una defensa, disparando dardos y lanzando dagas ceremoniales. Adiya, imparable en su verdadera forma, aplastó sin dificultad los ataques. Los aldeanos iban a morir, se dio cuenta Benu. Él iba a morir.
El joven hechicero se sentó y cerró los ojos, despejando su mente para alcanzar el Trance de los Espíritus. Buscaba la guía de los espíritus. Si iba a morir ese día, quería llegar a su fin sabiendo si la iluminación que había alcanzado era real o simplemente la astucia táctica de un demonio. El etéreo paisaje de Mbwiru Eikura llenó su visión en unos instantes. Decenas de espíritus se acercaban a él. En el centro de la reunión había una figura solitaria, su brazo sombrío hacía señales a Benu. Un pensamiento se formó en su mente, una impresión.
Ven.
Benu temblaba atemorizado. No importa. Para lo bueno y para lo malo, ya no habrá más miedo, ni más dudas. Éste dio un paso hacia el espíritu.
Eres Benu, te conozco. Eres el que camina con un demonio a su lado.
—Yo… —Benu agachó la cabeza avergonzado—. Así es. Creía que decía la verdad.
En parte lo hizo. El demonio enmascaró sus mentiras con la verdad para llevarte por el mal camino. Lo que es cierto es lo siguiente: la Tierra Informe no es tal y como la presentan los sumos sacerdotes. Aquél al que llamas hereje lo sabía. Por esa razón desafió la ley.
Las imágenes giraban y brillaban ante Benu como si de humo y rayos se tratasen. Pudo ver a aquél al que llamaba hereje caminando a través de extrañas tierras que el joven médico brujo no conocía. Una estrella fugaz alumbró el cielo nocturno, y Benu la siguió hasta el lugar de su impacto: un pequeño pueblo acosado por el mal.
—Si lo sabía, ¿por qué se marchó? ¿Por qué no enseñó a los suyos?
Todos los umbaru siguen su propio camino. No hay dos iguales. Él enseñará a su modo, y tú lo harás según el tuyo. Tú, Benu, te encuentras equidistante entre el mundo de las sombras y la Tierra Informe, como si hubieses nacido en la frontera entre ambas. Esta conexión será tu mayor arma.
—¿Qué es lo que pretendéis que muestre?
La vida en el mundo de las sombras es preciosa. No se debería malgastar. Las guerras umbaru no benefician a la Tierra Informe. Mbwiru Eikura es una tierra eterna, eso es cierto. Pero allí hay tanto alegría como dolor, al igual que en tu mundo. Estas son las verdades que mostrarás.
—Eso es lo que vi cuando observé a los espíritus sacrificados durante el Igani —respondió Benu.
Viste, pero no creíste.
Benu se quedó sin palabras. Aquellas frases eran agudas y ciertas.
El demonio sintió tu duda y fue atraído a nuestra selva secreta.
El fantasma hizo una señal por encima del hombro de Benu. El hechicero se giró y vio, detrás de un velo que separaba Mbwiru Eikura del mundo de las sombras, al demonio Adiya, congelado en el tiempo.
—¿Con qué propósito me persigue?
El espíritu elevó su brazo, creando nuevas imágenes. Benu se vio a sí mismo comiendo del corazón. A pesar de lo que Adiya afirmaba, no le garantizó poderes similares a los de los dioses. No provocó nada. La visión espectral se transformó de nuevo para mostrar a Benu exiliado de las Siete Piedras, abandonado a la suerte de vagar por el Teganze como un kareeb, solo y acosado por la miseria, consumido por la tristeza y la vergüenza. Durante todo ese tiempo Adiya lo seguía de cerca.
Habría conseguido que comieses del corazón y abandonases todo lo que eres. Sólo después te habrías dado cuenta del grave error que habías cometido. Durante los siguientes años, la criatura se habría pegado un festín con tu espíritu atormentado, pues tiene otros muchos más. Pero, cuando el demonio te tentó, rechazaste su oferta. ¿Por qué?
—Los umbaru no somos débiles ni miedosos, como dijo el demonio. Seguimos nuestras viejas tradiciones relativas al honor y al orgullo. Luchando contra aquéllos que se atienen de manera estrecha a las costumbres no conseguiremos nada. Debo enseñarlos.
En ese momento los pensamientos provinieron de todas las figuras, como si estuvieran comunicándose al unísono.
Exacto. Estabas ciego, pero ya no. Ante nosotros tenemos a un profesor. Un líder espiritual y un sanador. Un guerrero que defiende la vida pero conoce la necesidad de la muerte. Ante nosotros tenemos a un médico brujo.
—¿Y qué hay del demonio? —preguntó Benu. Esta vez sólo respondió el espíritu líder.
Fuiste tú quien lo condujo hasta aquí. Y eres tú quien debe expulsarlo. Esta tarea es dura, pero recuerda siempre que los espíritus estamos aquí para guiarte. Estamos unidos a ti de manera eterna por la Tierra Informe.
Benu inclinó su cabeza.
—Os doy las gracias.
Sin aviso alguno, la Tierra Informe desapareció con un impresionante fogonazo de luz. Benu abrió sus ojos como si estuviese despertando de un sueño, y se puso en pie.
El demonio se abría paso entre los aldeanos. De su cuerpo salían ondas de energía de color violeta, que derribaban chozas y lanzaban por los aires a los umbaru como muñecos de esparto. Los tentáculos de Adiya ceñían firmemente sus cuellos, piernas y torsos. Sus bocas biliosas consumían sus carnes y huesos.
El hechicero se dirigió hacia la criatura, cogiendo del suelo una espada ceremonial abandonada y una lanza.
—¡Demonio! —bramó Benu—. ¡Abandona este lugar!
Le arrojó la lanza, pero ésta apenas rozó el hombro de Adiya,
| aunque lo suficiente como para atraer la ira del demonio.
Adiya lanzó a un lado los cuerpos inertes que sostenían sus tentáculos y se giró. Los defensores del Valle Nublado lanzaban miradas arriesgadas desde detrás de las chozas en las que habían buscado refugio. Tal y como esperaba Benu, se fueron marchando poco a poco, desapareciendo en la seguridad de la densa selva.
Benu deslizó su filo a través de su mano abierta y después cerró el puño con fuerza, lo que hizo que brotase más sangre de la herida.
—Soy Benu, del Clan de las Siete Piedras. ¡En mí fluye el poder de mi pueblo!
—Tu pueblo te ha abandonado. —La risa ultramundana del demonio resonó por doquier—. Estás solo.
—Estoy eternamente unido a la Tierra Informe. ¡Soy el Puente viviente con Mbwiru Eikura! A mi lado están los espíritus del reino del más allá. Siempre me guían con su sabiduría. Y a veces…
El médico brujo abrió su mano y lanzó la sangre al demonio. Las múltiples bocas de Adiya salivaron por el aroma de su siguiente aperitivo.
—¡Me ayudan con su fuerza!
Un foco de energía de color verde pálido surgió alrededor de Adiya. En un instante surgieron cientos de brazos del más allá, extendiéndose a través del velo que separa este mundo de Mbwiru Eikura. Las furiosas extremidades agarraron y arañaron al demonio, haciendo que la criatura se viese despojada de su carne.
Antes de que Adiya pudiese ser descuartizada tuvo lugar una explosión de magia en su cuerpo, reduciendo los brazos de los espíritus a briznas de humo de color verde jade. Un tentáculo se enrolló alrededor del cuello de Benu y lo atrajo hacia adelante hasta que su rostro estuvo a escasos centímetros de la boca palpitante de la cabeza del demonio. Su pútrido aliento lo inundó por completo.
Benu se retorció mientras las fauces del tentáculo comenzaban a morder su cuello. Las bocas comenzaron a desgarrarlo todo, devorando toda la carne y sangre que encontraban. Las manos del médico brujo se quedaron sin fuerzas a causa del dolor y sólo era ligeramente consciente de la hoz que se resbalaba entre sus dedos. Haciendo uso de sus últimas fuerzas, afianzó su agarre. Benu propinó una potente patada contra el pecho del demonio, y la criatura retrocedió brevemente… lo suficiente como para que el joven umbaru encontrase su oportunidad.
Introdujo su filo en la frente del enemigo, empujándolo hasta la parte posterior de la testa del demonio. Una mirada de incredulidad se dibujó en sus ojos inhumanos antes de que su cuerpo se estremeciese como un árbol desnudo atrapado en un violento viento. Los tentáculos se sacudieron en el aire, lanzando a Benu a un lado.
La cosa llamada Adiya se atrofió y se derrumbó sobre el suelo, falta de vida.
El mundo alrededor de Benu pareció detenerse mientras cogió reposo sobre su espalda, con sangre manando de su cuello. Los árboles en uno de los extremos de la aldea se balancearon con una suave brisa. Los cantos de los pájaros y las bestias resonaban procedentes de la selva. El sol desapareció en el horizonte, señalando el fin de otro Igani.
La muerte se cobró su peaje sobre Benu poco después. En un principio se resistió a ella, confundido porque el destino lo había llevado a ese momento y sabiendo que nada de lo que había aprendido llegaría a oídos de los suyos. Pero, justo antes de que su corazón latiese por última vez, recordó las palabras de los espíritus…
Tú, Benu, te encuentras equidistante entre el mundo de las sombras y la Tierra Informe, como si hubieses nacido en la frontera entre ambas. Esta conexión será tu mayor arma.
… Y se fue en paz.
Los médicos brujos de las Siete Piedras se arremolinaron junto a la hoguera, preparándose para el Trance de los Espíritus. Había transcurrido menos de una semana desde el último Igani. Todos ellos habían oído hablar de Benu y de su lucha contra el demonio. Si las historias estaban en lo cierto, se había sacrificado para salvar a la Tribu del Valle Nublado.
Pero los rumores seguían a las historias, como siempre había sucedido. Así eran las cosas. Desde el Valle Nublado se decía que Benu había desafiado las leyes del Igani y que incluso había sido kareeb.
Los sumos sacerdotes de las Siete Piedras hablaron de la rabia de los espíritus por tales sucesos. Aunque tachaban a Benu de héroe, afirmaban que la presencia del demonio había mancillado la guerra ritual.
Por esa razón, se había ordenado otro Igani Bawe.
En busca de las bendiciones de los espíritus, los médicos brujos de las Siete Piedras entraron en el Trance de los Espíritus. El tiempo se ralentizó mientras se adentraron en el reino del más allá. La aldea se vio despojada de su cáscara exterior, y las retorcidas energías de la Tierra Informe se extendieron de manera interminable en todas las direcciones.
Normalmente los guerreros veían y escuchaban a diferentes espíritus, si es que veían o escuchaban algo. En esa ocasión, sin embargo, cada médico brujo presenció la misma figura negra como el carbón haciéndoles señas. Los pensamientos del espíritu formaron algo similar a palabras en sus mentes, claras como cristales y afiladas como dagas.
Estáis ciegos.
Los médicos brujos dudaban sobre cómo actuar frente a la acusación del espíritu. Pidieron perdón y solicitaron disculpas. Muchos de ellos abandonaron el trance, temiendo que hubiesen hecho enfadar de alguna manera a los espíritus.
Esos guerreros no estaban preparados, pero otros lo estaban.
—¿Qué es lo que deseas que veamos? —preguntaron los pocos médicos brujos restantes.
La verdad. Puede que muráis en este Igani. ¿Por qué razón?
—Para honrarte a ti y a los tuyos —respondió uno.
—Los sumos sacerdotes así lo ordenan. Ése es mi deber como médico brujo —dijo otro.
—La vida es sacrificio. El sacrificio es vida —mantuvo un joven guerrero.
El espíritu se aproximó a este último, reflexionando sobre tales palabras. Antaño, en el otro mundo, él las había llevado como armadura y blandido como espada. Pero las vidas no deberían otorgarse tan sencillamente, de manera tan innecesaria.
No quiero tu sacrificio. Esta tierra no lo necesita.
La confusión y el malestar se apoderaron del joven médico brujo. Dudó antes de hablar.
—En ese caso, ¿qué es lo que pides de mí? ¿Qué hay más allá del sacrificio?
Vida.
En última instancia sólo el joven guerrero había permanecido en el trance, pero el espíritu una vez llamado Benu no guardó rencor hacia aquéllos que habían huido. Los guiaría hacia la luz aunque le llevase días, semanas o incluso años. Todos los umbaru seguían su propio camino hacia la verdad. No había dos iguales.