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—¡El camino del pantano! —Kane miró fijamente al muchacho.

Era un hombre alto y delgado, era Solomon Kane, con su rostro sombríamente pálido y sus profundos ojos taciturnos ensombrecidos aún más por el traje puritano que vestía, de color marrón oscuro.

—Sí, señor, es más seguro —respondió el jovencito a su sorprendida exclamación.

—Entonces el camino del páramo debe ser frecuentado por el mismo Satanás, porque los de tu aldea me advirtieron que no atravesara el otro.

—Es por los cenagales, señor, que usted no podría ver en la oscuridad. Más vale que vuelva a la aldea y continúe su viaje por la mañana, señor. —¿Tomando el camino del pantano?

—Sí, señor.

Kane se encogió de hombros y meneó la cabeza: —La luna sale casi al mismo tiempo que termina el crepúsculo. Con su luz puedo llegar a Yorkertown en pocas horas, cruzando el páramo.

—Señor, es mejor que no lo haga. Nunca va nadie por ese camino. No hay ninguna casa en el páramo, mientras que en el pantano está la casa del viejo Ezra que vire allí completamente solo desde que su primo loco, Gideon, se perdió y murió en el pantano y nunca fue encontrado; y el viejo Ezra, aunque es un avaro, no le negaría hospedaje si usted decidiera detenerse hasta la mañana. Ya que usted tiene que ir, más vale que vaya por el camino del pantano.

Kane clavó una mirada penetrante en el muchacho. Éste se movió, molesto, y restregó los pies.

—Puesto que este camino del páramo es tan difícil para los viajeros —dijo el puritano— ¿por qué los aldeanos no me contaron toda la historia, en vez de tanto vano palabrerío?

—Los hombres no quieren hablar de eso, señor. Esperábamos que usted tomara el camino del pantano después que los hombres se lo aconsejaron; pero cuando lo observamos y vimos que usted no doblaba en la encrucijada, me mandaron que corriera tras de usted y le suplicara que lo piense de nuevo.

—¡En nombre del Demonio! —exclamó vivamente Kane, mostrando su irritación con el desacostumbrado juramento—; el camino del pantano y el camino del páramo, ¿qué es lo que me amenaza y por qué debo apartarme varias millas de mí camino y exponerme a los pantanos y cenagales?

—Señor —dijo el muchacho, bajando la voz y acercándose—, somos unos simples aldeanos que no queremos hablar de esas cosas para que no nos alcance la desgracia; pero el camino del páramo es un sendero maldito y no ha sido atravesado por ningún hombre de la región desde hace un año o más. Andar por esos páramos de noche equivale a morir, como lo comprobaron una cantidad de infortunados. Algún horror maligno frecuenta el camino y reclama hombres como víctimas.

—¿Ah, sí? ¿Y cómo es eso?

—Nadie lo sabe. Nadie que lo haya visto ha vivido para contarlo, pero viajeros retrasados han oído una terrible risa muy lejos sobre el pantano y hay quienes han escuchado los horribles gritos de sus víctimas. Señor, en nombre de Dios, vuelva a la aldea, pase allí la noche, y tome mañana el sendero del pantano para Yorkertown.

Muy adentro de los sombríos ojos de Kane había comenzado a brillar una luz centellante, como los reflejos de la antorcha de una bruja bajo varias brazas de hielo gris.

Su sangre se aceleró. ¡La aventura! ¡La tentación de exponer la vida y luchar! ¡La emoción del drama excitante y peligroso! No es que Kane comprendiera así sus sensaciones. Creía sinceramente que expresaba sus reales sentimientos cuando dijo: —Estos hechos son obra de alguna fuerza del mal. Los señores de las tinieblas han lanzado una maldición sobre la región. Hace falta un hombre fuerte para combatir a Satanás y a su poder. Por eso voy yo, que lo he desafiado muchas veces.

—Señor —comenzó el muchacho, cerrando luego la boca cuando vio la inutilidad de sus argumentos. Sólo agregó—: Los cadáveres de las víctimas están golpeados y despedazados, señor.

Y se quedó quieto en la encrucijada, suspirando con pena mientras contemplaba la figura alta y de largos miembros que se internaba en las curvas del camino que llevaba hacia los páramos.

El sol se ponía cuando Kane cruzó la cima de la cuesta baja que desembocaba en el marjal de las tierras altas.

Inmenso y de color rojo sangre, se hundía detrás del sombrío horizonte de los páramos, como si tocara la espesa hierba con fuego; de modo que por un momento el observador parecía estar contemplando un mar de sangre. Luego las sombras tenebrosas se fueron deslizando desde el este, el resplandor del oeste se apagó, y Solomon Kane penetró audazmente en las tinieblas crecientes.

La senda era borrosa por falta de uso, pero estaba claramente definida. Kane iba rápidamente pero con cautela, con la espada y las pistolas a mano. Las estrellas titilaban y el viento nocturno soplaba entre la hierba como lamentos de espectros. La luna empezó a salir, enjuta y macilenta, como una calavera entre las estrellas.

Entonces, de repente, Kane se detuvo bruscamente. Desde alguna parte delante de él resonó un extraño y pavoroso eco, o algo parecido a un eco. Y de nuevo, esta vez más fuerte. Kane reanudó la marcha nuevamente. ¿Lo estaban engañando sus sentidos? ¡No!

Muy lejos, resonó el rumor de una espantosa risa. Y de nuevo, esta vez más cerca.

Ningún ser humano rió jamás de ese modo; no había allí alegría, sólo odio y horror, y un terror que partía el alma. Kane se detuvo. No tenía miedo, pero durante un segundo estuvo casi acobardado. Entonces, abriéndose paso entre esa espantosa risa, llegó el sonido de un alarido que era indudablemente humano. Kane reanudó la marcha, apurando el paso. Maldijo las luces engañosas y las sombras fluctuantes que cubrían el páramo a la luna naciente, y que volvían imposible la vista exacta. La risa continuaba, haciéndose más fuerte, lo mismo que los alaridos. Entonces sonó débilmente el redoble de unos frenéticos pies humanos. Kane se lanzó a correr.

Algún ser humano estaba siendo cazado a muerte allá en el marjal, y sólo Dios sabía en qué horrible forma. El ruido de los veloces pies se detuvo abruptamente y los alaridos aumentaron en forma insoportable, mezclados con otros sonidos innominables y espantosos. Evidentemente el hombre había sido atrapado, y Kane, sintiendo un hormigueo en su carne, pudo observar un horrible demonio de las tinieblas agazapado sobre la espalda de su víctima, agazapado y furioso.

Entonces se oyó claramente el ruido de una terrible y corta lucha a través del abismal silencio del marjal y los pasos recomenzaron, ahora torpes e irregulares. Los alaridos continuaban, pero con un gorgoteo entrecortado. Un sudor frío cubrió la frente y el cuerpo de Kane. Esto era una acumulación de horror sobre horror de una manera intolerable. ¡Dios, un momento de claridad! El espantoso drama se estaba desarrollando a muy corta distancia de él, a juzgar por la facilidad con que le llegaban los sonidos. Pero esa infernal penumbra velaba todo con sombras cambiantes, de modo que los páramos parecían una bruma de espejismos borrosos, y los árboles y arbustos achaparrados parecían gigantes.

Kane gritó, haciendo lo posible por aumentar la velocidad de su marcha. Los gritos del desconocido se convirtieron en un espantoso chillido agudo; hubo nuevamente ruido de lucha, y entonces de las sombras de las altas hierbas una cosa emergió tambaleándose —una cosa que alguna vez había sido un hombre— una cosa espantosa, cubierta de sangre, que cayó a los pies de Kane, se retorció, se arrastró y levantó su terrible rostro a la luna naciente, farfulló, gimió, y cayó nuevamente, y murió ahogado en su propia sangre.

La luna estaba alta ahora, y la luz era mejor. Kane se inclinó sobre el cuerpo, que yacía rígido en su mutilación, y se estremeció, cosa extraña en él, que había visto los procedimientos de la Inquisición española y de los cazadores de brujas.

Algún caminante, supuso. Entonces, como una mano de hielo sobre su espina dorsal: se dio cuenta de que no estaba solo. Alzó la vista, penetrando con sus fríos ojos las sombras de las cuales había salido tambaleando el muerto. No vio nada, pero supo —sintió— que otros ojos le devolvían la mirada, unos ojos terribles que no eran de este mundo. Se enderezó y sacó una pistola, esperando. La luz de la luna se extendió como un lago de pálida sangre sobre el páramo, y los árboles y las hierbas adquirieron su tamaño propio.

Las sombras se disiparon, y Kane ¡vio! Al principio creyó que era sólo una sombra de bruma, un fuego fatuo de la niebla del páramo que ondulaba en las altas hierbas, delante de él. Miró fijamente. Otro espejismo, pensó. Entonces la cosa empezó a tomar forma, vaga y confusa. Dos horribles ojos brillaban en ella, ojos que contenían todo el horror que es la herencia del hombre desde las terribles épocas primordiales, ojos horribles e insanos, con una insanidad que trascendía la insanidad terrenal. La forma de la cosa era brumosa y vaga, una espeluznante imitación de la forma humana, semejante a ella, pero horriblemente distinta. A través de ella se distinguían claramente la hierba y los matorrales situados más allá.

Kane sintió el fuerte latido de la sangre en sus sienes, a pesar de estar frío como el hielo. Cómo un ser tan inestable como ese que ondulaba ante él podía dañar físicamente a un hombre era algo que no llegaba a comprender, aunque el sangriento horror que yacía a sus pies pudiera dar mudo testimonio de que el demonio podía actuar con un terrible efecto material.

De una cosa estaba seguro Kane: no sería cazado a través de los sombríos páramos, ni gritaría y huiría para ser derribado una y otra vez. Si tenía que morir, moriría donde estaba, recibiendo los golpes de frente. En ese momento se abrió una indefinida y espantosa boca y estalló nuevamente la risa demoníaca, estremeciendo el alma por su proximidad. Y en medio de esa amenaza de muerte, Kane apuntó cautelosamente su larga pistola e hizo fuego. Un furioso aullido de rabia y de burla respondió al estampido, y la cosa lo atacó como una sábana de humo flotante, con largos e indefinidos brazos extendidos para derribarlo.

Kane, moviéndose con la dinámica velocidad de un lobo famélico, disparó su segunda pistola con idéntico resultado, sacó su largo estoque de la vaina y tiró una estocada al centro del brumoso atacante. La hoja zumbó cuando lo atravesó limpiamente, sin encontrar resistencia sólida, y Kane sintió que dedos helados agarraban con fuerza sus miembros, y garras bestiales rasguñaban sus ropas, y debajo de ellas su piel.

Soltó la espada inservible y trató de forcejear con su enemigo. Era como luchar contra una bruma fluctuante, o una sombra flotante provista de garras como puñales. Sus enfurecidos golpes chocaban con el aire vacío, sus brazos inútilmente poderosos, en cuyo abrazo habían muerto hombres fuertes, barrían la nada y apretaban el vacío. Nada era sólido ni real, excepto los dedos simiescos y desollantes, con sus garras curvas, y los enloquecidos ojos que ardían en las estremecidas profundidades de su alma.

Kane se dio cuenta de que estaba realmente en una situación desesperada. Sus ropas ya caían en jirones y sangraba de una veintena de heridas profundas. Pero no se acobardó, y la idea de huir no pasó por su mente. Nunca había huido de un enemigo solo, y si se le hubiera ocurrido la idea se habría sonrojado de vergüenza. Vio que su situación no tenía otra salida que dejar su esqueleto yaciendo allí junto a los restos de la otra víctima; pero la idea no lo aterrorizaba. Su único deseo era pelear lo mejor que pudiera antes que llegara el fin, y, si podía, infligir algún daño a su sobrenatural enemigo.

Sobre el cuerpo despedazado del muerto, el hombre luchaba contra el demonio bajo la pálida luz de la luna nacieron todas las ventajas de la parte del demonio, excedo una. Y ésta bastaba para superar a todas las demás. Ya que si el odio abstracto puede convertir en substancia material a una cosa fantasmal, ¿no puede acaso el valor, igualmente abstracto, constituir una arma concreta para combatir a ese fantasma?

Kane peleó con sus brazos, sus pies y sus manos, y finalmente se dio cuenta de que el fantasma comenzaba a ceder ante él, y que la espantosa risa se trasformaba en alaridos de furia contrariada. Porque la única arma del hombre es el valor que no retrocede ante las puertas del mismo infierno, y al que ni siquiera las legiones del infierno pueden hacer frente.

Kane no sabía nada de esto; sólo sabía que las garras que lo rasguñaban y laceraban parecían volverse cada vez más débiles y vacilantes, y que una feroz luminosidad crecía cada vez más en los horribles ojos. Bamboleándose y jadeando, se lanzó sobre la cosa, la aferró al fin y la arrojó, y mientras rodaban por el páramo y la cosa se retorcía y replegaba sus miembros como una serpiente de humo, su carne hormigueó y sus cabellos se erizaron, porque comenzó a comprender lo que aquélla farfullaba.

No oyó y comprendió como un hombre oye y comprende el habla de un hombre, sino que los terribles secretos que le comunicó entre susurros, gemidos, y silencios que eran gritos, deslizaron dedos de hielo en su alma, y entonces él supo.