Adriana Lunardi (1964)

Soñadora

Sonhadora

Traducción de Elkin Obregón

El faro que hasta hace poco derrotaba las tinieblas, extendiendo los largos brazos hacia los navíos más distantes para traerlos de regreso al muelle, gira ahora como un borracho sin gracia. El foco ambulante, recto como un deseo, palidece y cae en el vacío de la aurora.

Ecos de la borrasca que barrió el mar abierto durante la madrugada llegan a las playas. Las olas lanzan un humor de resaca sobre las piedras, engullendo gruesas camadas de arena y tufos de vegetación. Hacia los lados del continente, el cielo nocturno retrocede, acosado por la luz de la mañana. Sobre la bahía de Babitonga, la bruma de julio anula definiciones. Tierra y mar, península y continente, todo se esfuma en el velo vaporoso y glauco que enmascara la agonía del faro. Acostumbrados a leer las nubes, los pescadores se tomarán el día para desembarazar redes y hacer reparaciones en sus barcas. El invierno es la estación de la paciencia, aprendieron desde niños. Y saben que tendrán que guardar mucha templanza, hoy, pues son las corrientes frías las que traen los cardúmenes más maduros.

En la zona portuaria, la humedad es visible en todos los maderámenes. Barcos, combeses y almacenes están encharcados de sereno y de mal tiempo. Un guardia nocturno, sin función más importante que la de conservar el empleo, duerme un sueño pesado bajo el ala del sombrero. El gozque lo acompaña, hasta en el sueño es fiel a su dueño. El único movimiento allí es el de las gaviotas, que sumergen las patas y el pico en las aguas heladas.

Subiendo la calle de piedra lavada, se entra al corazón de la aldea. Una cruz de madera apunta al sur y al norte, mostrando de dónde vienen los vientos, e indica el fondo incógnito de la tierra —a donde iremos todos—, y también el firmamento, que pocas almas alcanzarán.

En la iglesia Matriz, la campana comienza a llamar a maitines. Impulsada por manos poco adiestradas, el badajo choca contra el bronce sin inspiración musical ni mística. Es la única señal de que la aldea despertó, ésta y la humareda solitaria que escapa de una chimenea, subiendo valiente por los aires hasta mezclarse con el manto lechoso que flota sobre los tejados ennegrecidos.

Ningún color participa del paisaje. Si fuera verano, San Francisco estaría anclada en el azul. El sol subrayaría el tono ferruginoso de los barcos y animaría el rojo de los racimos que estallan entre el verde aireado de los flamboyants. Por ahora, la isla se cierra en un gótico rudimentario, adecuado al paraíso de sirenas y tritones que suben a la superficie en los días nublados, según las leyendas de la población.

María Preta se bendice. Espía el pueblo a través de la ventana empañada por el vapor. Día aciago, dice para sí misma, dando la espalda al paisaje. Al voltearse, tropieza con el balde donde se acumulan cenizas de tizones muertos. Mala suerte, repite, paralizada por las señales. Izidia entra a la cocina, los ojos enrojecidos de sueño, el delantal blanco aún sin atar. Pregunta si el agua ya hirvió, y abre la tapa de la tetera. Murmurando una respuesta evasiva, María Preta trata de avivar el fuego con pedazos de leña. Hace semanas que el fuego permanece siempre encendido. A la patrona le ha dado por pasar las noches en claro, dibujando, sin importarle si la luz es poca o el frío extremo.

En la sala, Julia oye el repicar de la campana y suspende la crayola en el aire. Si para otros enfermos la llegada de la mañana es un aliento, en ella anuncia horas de terror, palpitaciones descontroladas, fugas de conciencia.

Es hora de un descanso, admite ella, a su pesar. Acerca el rostro hasta un palmo de la página, como si la oliera. Las manos abiertas inspeccionan la superficie recamada de cera hasta concluir que se llenaron las zonas apropiadas. Detestaría haber sobrepasado los límites del dibujo por descuido o falta de pericia, sobre todo ahora, cuando está casi listo. Acaricia por última vez el papel brillante y sonríe, misteriosa.

Usando los pulgares y los índices a modo de pinza, toma las dos puntas inferiores del papel y las une a las puntas superiores, haciendo que el dibujo se doble gentilmente sobre sí mismo. Tanteando, encuentra el tubo de goma arábiga y lo cierra con diligencia. Comprueba que al lado estén las tijeras y las hojas de seda. El orden del material es esencial para ella, aunque hace muchos años que nadie entra en aquella habitación, amenazando cambiar de sitio las cosas. Izidia y María Preta no cuentan. Son las primeras en preservar ese sagrario, robándose a sí mismas el tiempo para limpiar y sacudir, oficios que siempre han ejercido con esmero y aplomo.

Julia empuja hacia atrás la silla de imbuia. Cada día se siente más pesada. El esfuerzo de levantarse también es costoso. Los pies están dormidos a causa del frío y la espalda se ha puesto tiesa tras una noche entera inclinada sobre la mesa. Es necesaria una ayuda.

Antes incluso de que se la llame, Izidia anuncia que está en la habitación, puntual como los deseos de la patrona. Siempre que entra allí, la vieja gobernanta se detiene, como hipnotizada, ante las gigantescas ilustraciones que forran las paredes de arriba abajo y transforman la sala en una colección de imágenes. Elige una, atraída por el color vibrante o por el tema retratado. Observa. Poco a poco el dibujo le va despertando recuerdos. Un lugar visitado, una historia oída en la infancia o incluso uno de esos sueños que perduran hasta que el día empieza a clarear. Pasan por su mente palabras, elevadas como oraciones, sin ser oraciones. Al principio, le hacía gracia, juzgaba una especie de sonambulismo esa sensación extraña de quedarse ausente, recordando cosas que habían existido y cosas que no. Podría pasarse el día así, contándose a sí misma lo que sucede en aquel universo de papel, olvidada de sus obligaciones. Izidia se acuerda del primer cuadro, colgado años antes. Había entrado a la habitación, así como hoy, para ofrecer un té a la patrona. Encontró a Julia metida entre papeles coloreados, cintas doradas, tubos de tinta. Sobre la mesa, recortaba pequeños pedazos de paño para abastecer de cortinas el inmenso caserón que se erguía en medio de una cerca de arbustos vivos. En primer plano, un jardín de vivísimos colores parecía saltar del cuadro. Decenas de flores de papel de seda habían sido dobladas y después aplicadas, una a una, con el fin de dar volumen y relieve al conjunto.

Encantadas como ante un pesebre, Izidia y después María Preta alternaron exclamaciones.

Es el escenario de la novela que escribiré, explicaba la patrona, indicando el sitio exacto donde debía colgarse el cuadro.

¿Un escenario, como en el teatro?, preguntó María Preta, los ojos ansiosos de entendimiento, divididos entre apreciar el cuadro y alcanzar el material a la compañera que, desde lo alto de una escalera, fijaba con tachuelas el borde del papel.

Excitada, la patrona no prestaba atención a los anhelos de María Preta. Se desplazaba de un lado a otro, como si fuera a redecorar la casa entera. Transformaré este lugar en un estudio, decía, vislumbrando una nueva función para la sala, donde hacía tiempos no se efectuaba una recepción. La última había sido el velorio del comendador. Desde entonces, las cortinas se habían cerrado, la lámpara central no se encendía y hasta la platería había perdido el brillo. Viuda, Julia ya no circulaba entre convidados, haciéndolos suspirar de orgullo por verse en la compañía de persona tan famosa en toda la provincia. Desde Destierro hasta la intendencia de Paraná eran bien conocidas las excentricidades de doña Julia da Costa.

¡Una poetisa! ¡De versos publicados en libro! Se decía en tono a veces admirativo, a veces insinuando la inmoralidad de la artista, siempre vestida de blanco, los labios escarlatas y, osadía mayor, los cabellos teñidos de negro.

Mezclado a la fama conquistada en los periódicos y en los salones, se oía un relato susurrado que aún hoy medra como tema de bailes y llega hasta las cocinas. Julia tuvo un amor y había sido abandonada; era un tal Carvolina. A causa del desamor, se había convertido en ese volcán en medio de la nieve, explicaban algunos, intentando justificar la personalidad feérica que, apostaban, irrumpiría un día y lo asolaría todo con su lava hirviente.

Sin saber más que otros de cuánto de verídico había en esas murmuraciones, Izidia vuelve los ojos hacia aquella mujer marchita, que mezcla ideas como mezcla tintas, y empequeñece cada día, perdiéndose entre los brocados del vestido. ¿Cuál de ellas vino a dar en esto?, se pregunta la empleada. ¿La Julia herida de muerte por el joven poeta, o la que había decidido alejarse del mundo y vivir para la escritura?

El poeta necesita experimentar un poco de todo —incluyendo el dolor—, porque, en su fuero íntimo, lo que importa es alimentar su poesía, siempre había oído que respondía su patrona al marido, cuando él le pedía menos entusiasmo en las opiniones y menos exceso en las melancolías que sucedían a las noches de fiesta.

Un pájaro desplumado es lo que ella recuerda, se apiada la gobernanta, sin poder encontrar una línea recta entre la patrona y los cuadros vivaces, llenos de color, que siguen multiplicándose mágicamente en sus manos, sin dejar siquiera un pedazo desnudo para mostrar el color original de las paredes.

Es verdad, la razón acude a Izidia, haciendo que el alma vigilante se imponga sobre la que divaga.

Doña Julia, ¿qué vamos a hacer con este último dibujo? En la sala ya no hay más espacio.

Lo pensaremos después. Ahora, ayúdame aquí, oyó como respuesta, antes de correr hasta la patrona y prestarle fuerzas para ayudarla a ponerse en pie.

No me siento nada bien, Izidia.

Es este clima. Vamos, vamos a calentarnos.

¿Qué día es hoy?

Señora, ¿cuál es la diferencia? Hace ocho años que usted no sale de casa, cambia la noche por el día, ya no ve a nadie.

¿Cómo está el día?

Feo. Cerrado.

Muy bueno.

¿Bueno? ¿Para qué?

Para el último día. Hay siempre un último día, Izidia. En las historias, en la vida. El mío, bien podría ser hoy.

Acostumbrada a las rarezas de la patrona, la empleada la reprende, simulando disgusto, aunque no sin pensar que podría caber una verdad en lo que oía.

No diga bobadas, doña Julia. Lo que la señora necesita es descanso y un buen café caliente.

Las dos avanzan despacio, Izidia maniobrando para no tropezar en la tapicería que forra de papel todas las paredes. Apoyada en su brazo, Julia se detiene, como si oyera algo.

¿Estamos delante de cuál?

El de la torre.

Descríbemelo, Izidia.

Está bien, sentémonos aquí, en la poltrona. Es preciso cambiar las medias por otras más calientes.

Julia obedece. Después de dejarse caer en el asiento blando, siente que sus pies son rápidamente desnudados y luego recubiertos. Enseguida, una colcha de lana se extiende suavemente sobre ella.

La torre es alta —comienza Izidia—, casi toca el cielo, pintado de añil, me parece.

Cerúleo, corrige la patrona, el color de algunos días de otoño. Aquí comienza mi historia. Es domingo. La iglesia está llena. Todos los que hay allí son viejos conocidos, por eso las muchachas se codean, curiosas, preguntándose las unas a las otras quién es el joven extraño de la tercera fila. Al llegar a Lucía —nuestra protagonista— el turno de reparar en el desconocido, la madre, que todo lo percibe, pide discreción. Obediente, Lucía vuelve sus ojos al misal, y sigue el coro de las oraciones. A la salida, no obstante, la oportunidad de ver al extranjero resurge, gracias a un accidente fortuito. Un jinete, novato, ha perdido el control de su caballo, que relincha, aturdido, amenazando invadir el atrio de la casa parroquial. El pequeño espectáculo atrae la atención general. Mientras los hombres intentan ayudar, las mujeres, impresionadas por la violencia, se toman de las manos y reprimen ayes debajo de sus rebozos. Y es allí, en medio de aquella confusión, cuando Lucía ve a José y José ve a Lucía, por primera vez. Son los únicos ajenos al episodio que animará las conversaciones del final del día. Se preocupan apenas en saber si se causaron una mutua impresión.

Julia calla, de repente. Parece distraerse, o dormitar. Pero se aclara la garganta y pregunta qué cuadro viene enseguida.

Los sobres de donde salen pedazos de papeles de colores.

Son poemas, los muchos que José y Lucía se envían, y también partituras escritas para ella. En la secuencia, hay una escena campestre, donde describiré el paseo en el que se cambiaron promesas de amor eterno.

¿Es aquél, el de los baúles y maletas sobre un tapete de cintas?

Es el día en que José se marcha. El mar está tan verde que parece un prado. La madre de Lucía la encierra en casa, pero ella puede ver al amado por última vez, cuando pasa bajo la ventana del caserón. Con los hombros curvados, José lleva en las manos la maleta casi vacía, que mece de un lado a otro, como si saltara. Atrás de los postigos, Lucía presencia todo con los ojos secos. Pero las lágrimas resbalan por sus poros, en un sudor febril, y ella entiende que su vida ya no le pertenece: partió, acomodada junto a la pobreza, único bien que José lleva en su equipaje.

En ese momento de la narración, María Preta se une al grupo. Trae café y pan recién horneado, que deposita en el aparador. La espontaneidad propia de la juventud le permite indagar a la patrona abiertamente en cuanto a los planes para el libro. Por ejemplo, ¿qué quiere decir ese buqué sobre la cama?

Izidia, sintiéndose más responsable después de la invasión de la compañera, sugiere a la patrona que descanse. Quiere persuadirla de que vaya a su cuarto, pero Julia se afirma en la poltrona. Izidia suspira, cediendo a esa obstinada resistencia. Con el dedo en ristre, Julia da seguimiento a esa novela que nunca será escrita.

Es el buqué del matrimonio de Lucía, que desposó a un comerciante rico, influyente, y treinta años mayor que ella. Lo aceptó tras oír noticias del noviazgo de José, en Destierro. Fíjense en las flores coloreadas que se extienden, acentuando el blanco de los pañuelos. El capítulo revelará la combinación entre los contrayentes a la hora del convenio matrimonial.

Julia hace una pausa deliberada, auscultando la atención de las oyentes.

María Preta es la más curiosa:

¿Qué combinación?

Una exigencia, corrige Julia. Lucía le hace jurar a su futuro marido que no la tocará, ni esa noche, ni en ninguna otra.

¿Nunca, doña Julia? María Preta se ruboriza, al preguntar. Es decir, ¿ella sigue pura, aunque esté casada?

Sí, se guarda. Mi personaje no puede transfigurar el deseo en acuerdos espurios, como un matrimonio de conveniencia. El cuerpo es demasiado sagrado para eso. Lucía informó a su marido que sólo le interesaban las cosas del espíritu.

¿Y él aceptó?

El comerciante tenía sus razones. Confiaba, sin embargo, en la suavidad de los elogios y en la seducción de los mimos.

¿Fueron felices? María Preta sigue indagando, las manos apoyadas en el repostero, dispuesta a testificar los nuevos caminos de aquella historia.

Julia niega, primero con la cabeza, después verbalmente. Nunca. Lucía apenas si toleraba al marido. Cumplía el papel de anfitriona dedicada, organizando saraos célebres en los que se discutía tanto de política como de poesía. Pero el amor seguía latiendo en sus poemas y en las noches insomnes. En sociedad, Lucía era una, y otra en las horas de silencio. Cuatro años más tarde, José retorna. Está solo, sin compromisos. Le basta a ella oír el nombre bendito y la vida se yergue de su tumba mal cerrada. En un baile, los dos quedan frente a frente. Son presentados, como si nunca se hubieran visto. José deja que sus labios se demoren en las falanges blancas de Lucía, que siente que su pecho se rebela, no sabe si de odio o de nostalgia.

Aún soy tuya, murmura ella, mareada por el éxtasis, y le entrega la rosa que trae en el regazo, cuando el vals los empuja hacia lados opuestos.

Las cartas entre ellos vuelven a circular. Lucía las guarda escondidas entre el seno y el vestido; escribe casi todos los días páginas de amor y de celos, que el amante busca en lugares secretos. En casa, los pretextos comienzan a agotarse, la vigilancia crece. El comerciante, presintiendo ausencias, trata de excederse en los cariños y prodigarse en los obsequios. Pero es como si la mujer se le escapara por entre los dedos, diáfana y esquiva. Lucía padece la aflicción de los triángulos y corre los riesgos del adulterio. En un acto extremo, le propone a José que huyan. Es allí donde irían a vivir —el brazo de Julia se alza, apuntando al sur—. Si no me engaño, está retratado en el cuadro junto a la cortina.

Las dos empleadas se dan vuelta, seguras de que verán un lugar romántico, un castillo.

¿En medio de la selva?, protesta María Preta, decepcionada.

Julia sonríe, indulgente.

¡Qué importa dónde! Se irían al bosque, a una playa desierta, al fin del mundo, a donde fuera. Había deseo y había amor para ir incluso más lejos.

¿Y fueron?

En ese punto de la narración, Izidia, que se había conmovido con el relato, ya intuye la arqueología, la camada biográfica debajo de aquellas fantasías. Se levanta y dice a María Preta que es hora de preparar el almuerzo. Contrariada, la joven deja la sala, torciendo una servilleta, que bien podría ser el cuello de Izidia.

Vamos, doña Julia, ahora descanse un poco.

Todavía no terminé. Por favor, no me dejes morir sin terminar mi obra.

La señora no va a morir. No ahora.

Sí, Izidia, voy a morir. Tú no puedes advertirlo, pero a cada tres latidos dentro de mi pecho siento un salto. Mi corazón perdió los frenos. En cualquier momento se dispara o revienta.

El médico le recetó unas píldoras, voy a buscarlas.

Julia medita en silencio. Después de tanto tiempo ciega, aún no ha perdido el hábito de buscar con los ojos. Se sabe de memoria cada imagen y el lugar en que está, pero no puede ver el brillo festivo de los cuadros que fabrica. Primero, perdió la noción de las formas, después los colores comenzaron a esfumarse. Una neblina espesa la separó para siempre de las cosas tangibles. Tuvo que aprender a mirar de nuevo, esta vez usando el tacto. Su suerte era la disciplina de las manos, heredada del piano. Llegó a la conclusión de que los gestos conservan la memoria con mayor integridad. Tal vez por eso logra todavía dibujar. No ocurre lo mismo con las palabras. Para escribir en prosa lo que está dicho en sus dibujos, tendría que valerse de una mano ajena. Aunque tenga a su lado dos pares ansiosas de brindarle comodidad y ayuda, las manos de Izidia y María Preta son patéticamente silvestres para las letras.

Las tres somos ciegas, acepta Julia haciendo una mueca.

No hay ya nada que esperar. Orientada por la memoria, se dirige al cuadro que exhibe un navío de pasajeros listo para partir. Figuras mínimas se agrupan alrededor de la escala móvil, que aún comunica al barco con el muelle. En medio de la claridad de la sala, Julia avanza como quien anda en la oscuridad, con pasos vacilantes y los brazos tendidos al vacío.

Toca la hoja lustrosa del papel y sonríe al reconocer su propia obra. Con la punta de los dedos, sigue el trazo del carboncillo que sube, peldaño a peldaño, nudo a nudo, hasta llegar a la proa de la embarcación. En el combés, alto como una estrella, el hombre la espera con flores en la mano. A lo lejos, ella escucha el resueno de un pito y siente la brisa soplar ligera, haciéndola temblar, no sabría decir con certeza si de emoción o de frío. Quitándose el sombrero, el joven la toma de la mano hasta que ella se siente firme en los tablones de la cubierta. El suelo se estremece, él le dice, no te asustes, es sólo el motor que hace mover el agua. Y le entrega el ramo, que Julia arroja al mar, dejando que las flores se dispersen.

Al entrar a la sala, Izidia encuentra a la patrona caída en el suelo, cubierta por un cuadro con el que, sin duda, había tratado de protegerse. A los gritos, llama a María Preta, que le ayuda a llevar a la patrona al sofá.

Las dos le toman el pulso, intentan oír el corazón, y finalmente se miran, admitiendo con espanto que nada se oye. El silencio expone la gravedad de la hora. María Preta lo rompe con un sollozo, repitiendo: se fue la señora, se fue la señora. Izidia, más acuciosa, pone a trabajar a su amiga. Le ordena que vaya a llamar un sacerdote, aunque su presencia ya no será necesaria. A solas con la muerta, dobla los brazos de Julia en cruz y, entonces, libera sus lágrimas. No sabe qué rumbo tomar ahora. ¿Qué será de ella, de María Preta, de la casa, de los cuadros? Mira a su alrededor, se aparta del cuerpo de la patrona y recoge la pintura que yace en el suelo, advirtiendo que necesita ser reparado. Logra ver más cosas allí, esta vez, como si todo encajara. La secuencia de escenas es la historia de la patrona, su tragedia contada desde el comienzo; un libro que Julia no escribió, pero que ella, Izidia, puede ahora leer con claridad.

Al acomodar el cuadro rasgado sobre la mesa, repara en el dibujo en el que hasta hace poco trabajaba la patrona. Con reverencia, separa las puntas del cuadro, que se abre, generoso.

En la seda púrpura del papel, los trazos del océano y del cielo indican tempestad. Un pequeño navío, plantado en mitad de dos olas tan altas como él, está a la deriva. Falta poco para que naufrague, podría decirse. En la orilla izquierda de la página, no obstante, un faro lanza sus largos brazos en dirección al mar. La luz disipa las tinieblas y, fuerte como un deseo, hace creer que llevará con seguridad al barco rumbo al mar abierto.

Vísperas (2002)