Tabajara Ruas (1942)

Lagoa Blues

Lagoa Blues

Traducción de Elkin Obregón

Era raro encontrar a alguien que amara tanto como él a Chet Baker. Pensó en ello porque el equipo de sonido colgado en un rincón del café tocaba un cd de Stan Getz. Al menos parecía de Stan Getz, pues una voz brasilera emitía un lalalá sincopado y afinadísimo, y él cometió la tontería de confesar a la clienta de la mesa vecina su odio por esa lechada acuosa que servía Stan Getz.

El café era minúsculo, en una esquina del puesto de gasolina frente a la Lagoa, y se llamaba Café de Tom, lo cual lo estimuló a hacer aquel comentario a la clienta. Ella alzó hasta su frente los anteojos oscuros y lo contempló con todo el desprecio de sus ojos verdes.

Sabía que aquellos ojos eran verdes. Era experto en facciones, se había preparado científicamente en la academia en Washington y había desarrollado esa cualidad durante doce años de actividad permanente en la Policía Federal.

Cuando la mujer alzó sus lentes, saboreó su pequeño triunfo, ignorando el desprecio. La clienta tenía piernas largas y bronceadas, el short cortísimo y decenas de pulseras en los brazos. Podría ser paulista, paranaense o gaúcha: la mayoría de los frecuentadores del café venía de esos estados, tal como lo indicaban las placas de los carros estacionados al frente. La fiesta de Finados estaba encima y el pequeño centro de la Lagoa de la Concepción hervía de turistas.

La mujer de los ojos verdes no tenía aspecto de turista. Desde hacía mucho la Lagoa no era sólo el paraíso buscado por los visitantes de las ferias, sino también por personas que buscaban evadir el estrés de los grandes centros. La pacata villa de pescadores se había transformado rápidamente en un barrio de clase media internacional. No sólo paulistas y gaúchos habían abierto sitios comerciales o bares o restaurantes o escuelas de todo tipo —de idiomas, de karate, baile, meditación trascendental—, sino que además una gran cantidad de argentinos, uruguayos, chilenos e incluso ingleses y alemanes habían decidido irse a vivir a la Lagoa.

El sujeto que él buscaba era francés.

Miró el reloj. Once y veinticinco. Tenía cinco minutos para abordar la barca.

Pagó el café, echó una última mirada a las piernas de la mujer y salió, procurando conservar cierta dignidad. Caminó hasta el puente, comenzando a llenarse de un sentimiento de vaga y no premeditada euforia.

Era una mañana de primavera, el viento había cesado y el sol caía de lleno sobre la laguna, que brillaba como un diamante.

Aquello era todo lo que quería. Había buscado mucho la transferencia a ese puesto, que sólo había conseguido gracias a su hoja de vida y a amigos influyentes. Había nacido y vivido en Porto Alegre, y, como buena parte de los portoalegrenses, alimentaba una secreta fantasía hacia Florianópolis, sus playas y sus cerros.

En ningún momento sintió decepción. El trabajo era fácil: la burocracia cotidiana con los extranjeros, sellar documentos, certificar que los pasaportes y los vistos buenos estaban al día.

El asunto con ese tal francés sí que se salía un poco de la rutina, pero hasta le servía de pretexto para un revigorizante paseo por la laguna.

La barca de la línea llegó, los pasajeros desembarcaron, y él subió en compañía de una docena de turistas y de habitantes de la Costa de la Lagoa.

La travesía hasta la Costa duraba cuarenta minutos, y allí sólo se llegaba en barca o a pie, por una senda escarpada. Las potentes lanchas particulares, las «voladoras» según los nativos, se tomaban si acaso quince minutos, y pasaban raudas cerca a ellos, levantando olas. Pero él apreciaba esa lentitud. Allí de pie, en la proa, gozando del sol y de la brisa, siguiendo el vuelo circular de las gaviotas, contemplando a los adeptos del wind surf con sus enormes velas multicolores pasando al lado de la barca y pensando en lo duro que había sido dejar el cigarrillo al advertir ese deseo que lo asalta de repente, mientras observa las recién construidas casas de los ricachones invasores manchando el verde de los cerros.

Antes de hablar con la vieja pasaría por el restaurante del Indio y encargaría un almuerzo, tal como le recomendara Tomás, veterano frecuentador de los restaurantes de la Costa.

Camarón, le había dicho Tomás, frito, en salsa, apanado, rebozado, como quieras. Y un mújol frito, que es pescado ahí mismo, frente al restaurante.

Los mújoles saltaban, de trecho en trecho, provocando exclamaciones de los turistas.

La charla con la vieja no tomaría más de algunos minutos. El tal francés había desaparecido, y se le había visto por última vez en la Costa, donde había alquilado un pequeño cuarto de la vieja. Eso era todo. El consulado había insistido, el caso había llegado a su despacho y ahora estaba allí, desembarcando en el trapiche de madera, donde neumáticos viejos servían de amortiguadores para el apoyo de la barca.

Entró al restaurante del Indio, bebió una gaseosa, encargó el almuerzo y averiguó dónde era la casa de doña Severina. Antes, preguntó por el francés. Sí, le conocían, era un buen chico, permanecía largos ratos con sus libros, le gustaba dar largas caminadas, nunca incomodó a nadie. Desde hacía algunas semanas no lo veían, ya debía haberse marchado.

Caminó varias cuadras constatando, admirado, que por las calles de la villa no circulaban automóviles. Se detuvo ante una casita algo apartada de las demás, a menos de cuatro metros de la orilla de la laguna. Golpeó el portal con la mano.

La vieja era bajita, le daba un poco por encima de su cintura, y lucía encorvada, como si fuera jorobada o tuviera algún grave defecto en la columna.

Lo invitó a entrar, que no se molestara por la simpleza de su vivienda, le ofreció un café que él aceptó, se sentó en la pequeña poltrona forrada de plástico, sintió el olor a frituras que venía de los fondos, oyó ladridos.

El joven se fue, sí, señor, canceló todo correctamente, era un muchacho muy bueno, nunca incomodó.

¿Desapareció? Virgen santa. Nunca le conocí ningún amigo, no señor.

Nunca recibió cartas, no señor.

¿Novias? La vieja soltó una risita maliciosa. Era joven, ¿no? Joven y bonito.

¿Si alguien vive conmigo? No, señor. Solamente la Inmaculada. Huésped, él fue el último. Y no me vendría mal otro. Mi esperanza es que ya viene el verano, tal vez alguien alquile la piecita.

Hizo algunas preguntas más, sin convicción, mirando a su alrededor y viendo cuadros de familiares en las paredes, un calendario, una imagen de Nuestra Señora de la Concepción.

La vieja tenía frente a ella una almohada con bolillos, y un mantel de encajes aún sin terminar. Posiblemente era ésa su principal fuente de ingresos. Terminó su café, puso el pocillo en la mesita de centro, se levantó.

Me dijo usted que vivía con alguien.

Ella ahora no está.

Bien…

Advirtió que tenía hambre, ya era más de mediodía, había camarones y un mójul esperando a la orilla de la laguna. Eligió una mesa al aire libre, cerca del trapiche, y se distrajo mirando a los turistas, que llegaban en grupos bulliciosos. La comida hacía justicia a su fama, piensa que abusó un poco, se sintió pesado y soñoliento. Tomó un café, pidió la cuenta y preguntó con quién vivía doña Severina.

Con nadie. Vive sola. Desde hace años vive sola.

Meditó mientras esperaba el vuelto y calculaba cuánto tiempo tendría antes de la próxima barca. Tal vez fuera un detalle sin importancia, pero un francés desaparecido puede traer complicaciones a todo un departamento. Necesitaba hacer un informe. Un detalle así no pasaría inadvertido a los policías del consulado y mucho menos a la embajada.

Volvió a llamar al portón de la casita.

Doña Severina no apareció. Esperó un poco, abrió el portón y avanzó por el pequeño patio. Espió por la puerta entreabierta. Nadie en la sala. Rodeó la casa, se vio de nuevo ante la inmensidad de la laguna, contempló los parapentes coloreados flotando en el cielo, se acercó a la puerta que debía ser la de la cocina, nadie allí adentro.

Pero había ruidos apagados, algo que crujía.

Introdujo la cabeza en la cocina, una puerta comunicaba con otra habitación. En la penumbra de esa habitación vio un pie, calzado con un botín, que colgaba de una hamaca, y no era el pie de doña Severina. Era de un hombre, y dormía una siesta pesada.

Volvió usted.

Doña Severina estaba a sus espaldas. Se asustó un poco, y se vio forzado a sonreír.

Debo preguntarle otra cosa más, si no incomodo.

Rodearon la casa, entraron otra vez a la sala, se sentó otra vez en la poltrona forrada de plástico, aceptó el café.

¿Durmiendo en la hamaca? Antonio.

No, él no es un huésped. ¿Más azúcar?

Ah, la Inmaculada. Sólo se aparece de noche.

Me ayuda un poco.

¿Más café? Señor, usted se está poniendo muy blanco.

El baño es aquí al lado. Vaya con toda confianza.

Se levantó maldiciendo el almuerzo, el café, el viento de la laguna que empezaba a soplar. El suelo parecía moverse, se agarró a la puerta del baño para no caer, vio al hombre en la hamaca, enorme, roncando. Un frío lo invadía, un frío enorme, un frío paralizante, y vio cómo su mano se deslizaba lentamente por la puerta del baño. Era patético, pero sintió que iba a desmayarse, abrió la boca para pedir ayuda, pero no logró decir nada.

El suelo se acercó rápidamente a su cabeza y oyó un estruendo mezclado con el grito de las gaviotas.

Abrió muy despacio los ojos, sintiendo alivio, siento la flojera de sus miembros. Estaba recostado en una cama en el cuarto en penumbra, el hombre aún roncaba en la hamaca, a tres pasos de él, pero tuvo la impresión de que había pasado bastante tiempo.

Por la ventana entreabierta vio que el cielo estaba rosado. ¡Ya era el crepúsculo! Movió el rostro. Doña Severina, en la sala, trabajaba en el mantel de encaje, moviendo con habilidad los bolillos. Abrió la boca para llamarla, pero no logró articular ningún sonido. Advirtió que estaba empapado en sudor, y que era un sudor frío, casi helado.

El hombre de la hamaca permanecía inmóvil. Vestía una ropa caqui, gruesa, y sus pesados botines pendían fuera de la hamaca. El hombre se movió. Usaba una chaqueta de cuero, forrada en lana, y una cosa extraña en la cabeza. El hombre se acomodó mejor. Vio entonces, asombrado, que el hombre usaba un capacete de aviador, uno de esos capacetes de pilotos de la Segunda Guerra, con anteojos grandes y correíllas a lado y lado del rostro.

Intentó hablar, intentó moverse, pero sentía una terrible debilidad, que lo dejaba inmóvil e indefenso. Doña Severina tejía su mantel. Un mosquito empezó a revolotear cerca de su cabeza. Una luna enorme, una luna llena, una luna amarilla y amenazadora apareció en la hendija de la ventana y desparramó su luz en la penumbra del cuarto.

El hombre de la hamaca tenía la cara de Saint-Exupéry. Nunca se engañaba con un rostro. Sabía que era una simpleza, pero nunca se engañaba con un rostro.

Intentó respirar hondo, intentó con toda calma articular algún sonido y mover al menos un dedo de la mano, pero era imposible. Fue entonces cuando percibió el leve crujido. Una figura reptaba en el suelo.

Doña Severina tejía su encaje. El piloto se movió en la hamaca. Una figura reptaba en el suelo, percibió pequeños brillos que se desplazaban. En la hendija de la luna apareció la cabeza de la cobra. Se arrastró hasta la pierna del piloto, que pendía de la hamaca, y se enroscó en ella, suavemente.

Ahora voy a levantarme, voy a gritar, voy a armar un alboroto, pero seguía paralizado, aterido de frío y empezando a pensar que era hora de despertar de esa pesadilla.

Doña Severina lo miró. Doña Severina dijo, llegó Inmaculada, sin abandonar el tejido de su mantel.

El piloto miró a su alrededor, tal vez sin saber por qué, se había despertado de repente.

¡Debía avisarle, debía avisarle! Con desespero, observaba al inmenso animal, que subía en dirección a la cabeza del piloto.

El piloto siente algo. Eso blando sube por su pierna, sin hacer presión ni vacilar, confiado. La cabeza es delgada y ancha, la lengua pequeña y puntuda, los ojos redondos, fríos, sin expresión. El piloto vaciló un momento entre tener miedo o aceptar al extraño compañero.

¡Cuidado —necesitaba gritar— la cobra! Un estirón, el recoger de la pierna como si un escorpión la hubiera picado, y el pequeño grito. Y, entonces, Inmaculada pasó de la languidez amorosa a la velocidad del cazador saltando sobre la presa.

Subió en el aire oscurecido, alta, curva, y durante segundos que parecen gotas de agua creciendo en la punta de un tanque, se inmovilizó, ahora amenazante.

Bañado en el sudor de su terror, la vio como a un animal de otra época, un dragón acuático, verde oscuro y liso, casi rozando el techo de paja, curvado sobre la hamaca, comenzando a volverse fosfóreo, hinchándose de excitación o maldad o apenas susto. Y vio también el blanco horror del piloto, su contracción, la dentadura postiza que vomitó y el espasmo que lo acometió cuando vio la gran cobra inmóvil en el aire tibio, mirándolo con sus dos ojos perfectamente circulares. La cobra descendió sobre él antes de que pudiera hacer un gesto y lo envolvió en un abrazo apretado. Descubrió que no podía escapar. Descubrió que se orinaba y las vísceras se le aflojaban. Aulló. El piloto aullaba. Inmaculada lanzó con un suave sonido un nuevo abrazo y envolvió el tórax del piloto en un segundo anillo, grueso como un neumático de camión. La cabeza de Inmaculada se irguió amenazadora sobre la cabeza del piloto. El piloto liberó un brazo, el brazo se estiró como catapultado y la gran mano peluda la asió por un palmo debajo de la cabeza. El piloto era fuerte: la mano se aferró como una tenaza a la piel escamosa, el esfuerzo le hacía cambiar de color, los ojos parecían a punto de explotar. Cayeron de la hamaca con un sonido fofo, entremezclados. Inmaculada alivió la presión y el piloto liberó el otro brazo y se desenroscó con agitación histérica, chocó contra la pared y todo el cuarto tembló. Comprendió que no podía hacer absolutamente nada para salvar la vida, a no ser cerrar los ojos y permanecer totalmente inmóvil. El cuerpo vertebrado de Inmaculada apretó la pierna del piloto hasta hacerle temer que sería triturada y vio al animal erguirse a gran altura y preparar el salto. Estaba de nuevo fosforescente o tal vez fuera la luz de la luna entrando por las hendiduras de la pared. Los insectos de largas alas circulaban alucinados, Inmaculada dio un salto y enlazó la otra pierna. El hombretón cayó con estrépito, aullando otra vez, gritando papá, papá, como un niño, intentando morder la cabeza del bicho que lanzó un nuevo abrazo, aflojó y luego apretó con firmeza haciendo estallar algo dentro del piloto. Ahora aflojó nuevamente, se zafó de la pierna y volvió a dar un largo, silencioso abrazo, descendiendo lentamente en curva, envolvente y vivo, lleno de una energía ávida. El piloto empezó a ser estrangulado. La cobra hizo una nueva presión y otro estallido seco hirió su cerebro. ¡No quería seguir viendo aquello! Escondió la cabeza en el pecho. Inmaculada ahora envolvía, otra vez, y con cierta prisa en los movimientos, las piernas del piloto, haciéndole dar vuelta tras vuelta, ya con el rostro completamente rojo y los ojos desorbitados. Inmaculada fue aflojando la presión, el color rojo fue desapareciendo del rostro del piloto, soltó un brazo, soltó el otro. Abrió un ojo y no lo cree, pero parece que vio un brillo de satisfacción en la mirada del monstruo fosfóreo que susurraba suavemente en la habitación, zafándose del cuerpo del piloto que extendió los brazos ya libres y agarró con sus manos peludas dos palmos debajo de la cabeza sonriente del animal. Inmaculada abrió la boca y todo su largo y pesado cuerpo se contrajo como acumulando fuerzas. Las manos del piloto la levantaban, vagamente verde y vagamente luminosa en la penumbra surcada por grandes insectos y su boca fue creciendo. La vio crecer, paralizado en la cama. Ella abrió la bocaza con un crujir de muelas y la fue abriendo aún más de lo que él podía creer y la lengua puntuda y negra lamió las orejas del piloto y entonces las crujientes mandíbulas se cerraron y engulleron la cabeza erizada. Parecía que el monstruo se devorara a sí mismo. Un silencio absoluto envolvió el cuarto. Escuchó el zumbar de las alas de los insectos y el rumor de las hojas en el matorral distante. El monstruo era un cuerpo circular, grueso y fosforescente, inmovilizado en la penumbra del cuarto. El piloto era aquel cuerpo paralizado por los sucesivos abrazos del monstruo, el tórax jadeante donde el corazón latía apretado y los pulmones no bombeaban el aire. Inmaculada no había utilizado los dientes. Apretaba la cabeza del piloto con los músculos que circundaban su boca. El piloto comenzó a retirar las manos peludas del cuerpo de Inmaculada y las agitó en el aire, lentas y patéticas y sin uso. E Inmaculada entera se estremeció, recorrida por un escalofrío, y hubo una vertiginosa sucesión de contracciones, y cada contracción correspondió a un estallido en las piernas del piloto, que se retorció de repente en un furor apopléjico, volvió a aferrar con las manos peludas el cuerpo del animal y empezó a forcejear como si tuviera una estrecha caperuza embutida en la cabeza.

Bañado en el sudor de su terror vio, conmovido, horrorizado, ahogado por los sollozos trancados en su garganta, todo el cuerpo durmiente y helado, en un deslumbramiento vio al piloto arrancar de su cabeza la cabeza del monstruo como un ser que naciera de un parto fantástico. El piloto aspiró el aire y aulló con toda la fuerza de sus pulmones achatados un grito cavernoso y flameante y siguió gritando o tal vez ya no fuera el grito el que seguía resonando en sus oídos sino su propio grito de terror porque la cabeza del piloto había caído flácida hacia un lado aunque continuara emitiendo el resto del grito.

Dejó que su cabeza golpeara contra la baranda de hierro de la cama, exhausta por el horror. Descubrió el silencio de la pieza. Está el zumbar de las alas de los grandes insectos y está la selva inmóvil, plateada por la luna, y susurrando intrigas de lechuza a lechuza y de rama a rama. Está, todavía, el batir del corazón y el indiferente mosquito que busca con insistencia un blanco para su ávida aguja. Imaginó al animal (la cobra) tornándose más brillante, casi azul, e imaginó que sube de nuevo en el aire quieto. Una gota de sudor resbala por su frente, sabe cuando cae al suelo. El piloto está callado. Todo respira jadeante.

Una vez al año hay un crepúsculo en Porto Alegre que es el más bello de todos los crepúsculos habidos y por haber en el planeta y concibió para sí la pequeña leyenda de que el día que viera ese crepúsculo sentado en un banco de la Plaza Argentina y tuviera el valor de escoger ese crepúsculo como el más bello crepúsculo jamás habido sería honrado con un gracia y se volvería poderoso.

Ya escogió ese crepúsculo y tal vez haya habido un equívoco en la forma como recibió el poder, pues si acaso lo posee aún no descubrió la manera de utilizarlo. Sintió la picadura del mosquito chupando el lóbulo de su oreja derecha. Sintió unas ganas desesperadas de espantarlo, de darle una palmada, de rascarse la zona que latía como un nervio.

Porto Alegre completamente vacía en un jueves lluvioso a las cinco de la tarde. Nadie, ningún carro, ningún ruido a no ser el de la lluvia y el de mis pasos. Todos desaparecieron. Subo el cuello de mi impermeable. Miro a mi alrededor imaginando el crepúsculo que se desmaya en mi corazón.

Inmaculada está rodeando de nuevo el tórax del piloto y ahora lo comprime.

Cierra los ojos al mismo tiempo en que estallan las costillas. Inmaculada abre la gran boca con el crujir de muelas y la cierra suavemente sobre el rostro destrozado del piloto, sin hacer ningún movimiento brusco, sino con cierto cuidado y atención. Dio otras dos vueltas al cuerpo y de repente se contrajo en un imperceptible espasmo, triturando como en una piedra de molino los huesos de las piernas del piloto. Durante un largo rato permaneció inmóvil. El aura fosforescente se fue tornando más débil, el tono azulado fue dando lugar a una blancura menor y más fría, y el silencio fue restableciendo un orden nuevo y sosegado en el ámbito aún trémulo de la habitación.

Había larguísimos intervalos de silencio, cortados por el discreto estallar de huesos cuando Inmaculada acomodaba sus anillos mediante leves estremecimientos que se propagaban como una ola.

Doña Severina seguía tejiendo su mantel.

Se acordó de la mujer de ojos verdes que había encontrado esa mañana en el café y entonces alejó todo pensamiento de la cabeza mientras miraba los extraños y enigmáticos dibujos que la luna llena trazaba en la pared de bambú y mientras la dimensión de su odio por el minúsculo vampiro que daba vueltas en torno de su oreja crecía y mientras un pequeño lagarto verde estiraba la rápida lengua en dirección a los insectos, los agarraba y los engullía con un gesto de deleite.

¿O no?