08

Economía

¿Para qué sirve un economista? Mucha gente compara a este profesional con un aficionado al fútbol: conoce el juego perfecto en teoría, pero no salta al campo de juego. El economista, tampoco.

Esto es cierto en el sentido de que los economistas, como el resto de las personas, no lo saben todo, unas veces son bastante ignorantes y otras son tan arrogantes que no reconocen su propia ignorancia. Sin embargo, no es verdad que los economistas tengan teorías perfectas y tampoco que no salten al campo de juego. Al contrario, saltan bastante, y con alguna frecuencia los resultados de ese salto de la teoría a la práctica no son todo lo buenos que cabría esperar a tenor de la buena opinión que algunos economistas tienen de sí mismos. Un economista es una persona que estudia la acción humana desde el punto de vista de los recursos que utilizamos para mejorar nuestra propia condición, que es algo que hacemos todos; por eso el economista está todo el rato fijándose en precios y costes, en valores y en productos. Sus teorías no son perfectas, como tampoco lo son las de ninguna otra disciplina, en particular las que se ocupan de la conducta de los seres humanos. Esa imperfección es lo que debería sustentar la modestia de los economistas, virtud que por desgracia no todos ostentan. Si son arrogantes y además pasan por así decirlo de las musas al teatro, o de la teoría a la práctica, los economistas pueden ser peligrosos. Si vemos dónde están los economistas, comprobaremos que en un porcentaje nada despreciable están en la Administración y en la política. ¡Hasta hay un Ministerio que lleva su nombre! Un economista ignorante y arrogante que haga tonterías en su casa con su dinero causará daño a su familia y a pocas personas más. Pero un economista ignorante y arrogante que intervenga en la economía de un país entero puede causar un daño enorme a mucha gente. En el medio está el caso del economista que asesora a empresas o a inversionistas. Él también puede perjudicar a la gente, pero en este caso se trata de gente que se juega su propio dinero, y por eso mismo tenderá a ser cuidadosa con él, y a no creerle al economista todo lo que dice.

¿Qué son la micro y la macroeconomía?

La microeconomía estudia el comportamiento de los consumidores y de las empresas. La macroeconomía estudia la economía en su conjunto, y analiza agregados. Fijándose en la oferta, la demanda, los precios y los costes, la microeconomía analiza la asignación de recursos por parte de individuos y empresas, buscando los primeros la utilidad y las segundas los beneficios, alcanzando diferentes situaciones de equilibrio. Las variables que suele estudiar la macroeconomía son el nivel de renta nacional, el consumo, el ahorro, la inversión, la inflación, el tipo de cambio, etc. La macroeconomía está asociada al nombre de John Maynard Keynes, cuyo famoso libro de 1936, La teoría general del empleo, el interés y el dinero, es considerado el punto de partida de esta nueva rama. Keynes pensaba que el ajuste de los mercados, que estudia la microeconomía, no se daba a escala macro, con lo que los mercados no funcionaban y era necesario una política macroeconómica para resolver el problema del paro a través de medidas que impulsaran la demanda global. Los críticos de Keynes, por su parte, intentaron defender el buen funcionamiento de los mercados y sostuvieron que los fundamentos de la macroeconomía no eran diferentes de los de la microeconomía. Después de todo, la macro está en realidad compuesta por elementos individuales.

¿Qué es un ciclo económico? ¿Duran todos lo mismo?

Un ciclo económico es una fluctuación regular en la actividad económica, que en teoría tiene cuatro fases que se van repitiendo: la expansión, la crisis, la depresión y la recuperación. Hay muchas teorías sobre el ciclo, y varias de ellas sostienen que su origen no es económico, puesto que es claro que hay factores no económicos que influyen sobre la actividad. Pensemos por ejemplo en la meteorología, que fue importantísima durante casi toda la historia económica mundial, puesto que durante miles de años el sector económico más importante, con diferencia, fue la agricultura. Pero también influye sobre la economía el cambio tecnológico, la demografía, la salud de la población, la expansión de los mercados (pensemos en el descubrimiento de América) y, por supuesto, la política (pensemos en las guerras). Entre las teorías que se fijan en las razones estrictamente económicas para los ciclos, los economistas han prestado atención sobre todo al dinero y al crédito, al ahorro y a la inversión. No hay ciclos de la misma duración, y hay diversas teorías sobre cuánto duran: un economista ruso llamado Kondrátiev llegó incluso a plantear la idea de que los ciclos son muy prolongados y habló de unas ondas largas con fluctuaciones que duraban 50 años.

¿Qué es el crecimiento económico y de qué depende?

El crecimiento económico es el incremento de la renta nacional o el PIB por persona de un país o una región o un grupo de países, como en el caso de la Unión Europea, en un plazo de tiempo. Lo más habitual es medirlo de forma anual, para comparar cómo ha crecido o no cada año. Hacerlo por persona o per cápita sirve para poder establecer comparaciones razonables entre países, porque si nos limitáramos a la renta total o el PIB en su conjunto, entonces resultaría que China es el país más rico del mundo, no porque sus habitantes sean ricos sino porque son muchísimos. ¿Por qué crecen los países? Lo primero es constatar que lo hacen, y lo han hecho de modo muy acentuado desde la llamada Revolución Industrial del siglo XIX. Los datos del economista Angus Maddison indican que el crecimiento económico en los últimos 200 años ha sido espectacular: la población mundial se multiplicó por cinco, la renta por persona lo hizo por ocho, el PIB mundial por 40 y el comercio mundial por 540. En todo este período los mejores años son los que van desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta la crisis del petróleo en la década de 1970. El segundo mejor período para el crecimiento fue de 1870 a 1913, y, el tercero, el período actual hasta la crisis. Las cifras de los últimos dos siglos son muy superiores a toda la historia anterior. Los países que más crecen son los de Europa Occidental y sobre todo algunas de las antiguas colonias como Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda. Algunos continentes cambian de ritmo de crecimiento. Por ejemplo, Asia ha crecido mucho más rápido que África en el último medio siglo (esto explica por qué África es ahora el continente de la pobreza). Las razones del crecimiento económico son diversas, pero entre ellas destacan el progreso técnico, la inversión y la acumulación de capital, tanto capital físico como humano. También cuenta la apertura a los mercados exteriores y son de sobresaliente importancia las características de lo que se llama el marco institucional: en esencia el mantenimiento de unos mínimos imprescindibles en términos de seguridad física y jurídica, paz y libertad.

¿Qué significa economía del bienestar?

La economía del bienestar, que está asociada al título de un libro del economista inglés A. C. Pigou de 1920, estudia la forma de organizar la economía de modo que resulte socialmente deseable. Se dirá: esto no es necesario, basta con dejar que cada individuo actúe de forma libre. Pero lo que sucede es que un individuo puede perjudicar a otro actuando de esa manera. Un ejemplo clásico es la contaminación, un caso de lo que llaman los economistas efectos externos o externalidades, que se producen cuando las acciones de un agente económico afectan a las decisiones de otro. También están los llamados bienes públicos o bienes preferentes, que tienen características especiales (por ejemplo, se brindan para todos sin distinción, como la defensa nacional, o tienen general aceptación social, como la educación), que se considera que o bien los individuos y las empresas no van a suministrar libremente en absoluto, o bien que no lo harán en la cantidad deseable. El lado práctico de esta teoría de la economía del bienestar, por supuesto, es el Estado del bienestar, que pretende ser una organización socialmente deseable de la economía. Todo esto ha sido sometido a mucho debate y cuestionamiento, tanto desde el punto de vista teórico como desde el punto de vista práctico y político, y ha habido críticas y defensas tanto de la labor y la eficacia del Estado moderno en la provisión de servicios y prestaciones de toda índole, como del inevitable peso que todo ello hace recaer sobre los bolsillos de los contribuyentes.

¿Qué es el Producto Interior Bruto? ¿Y el Nacional? ¿Y el Neto?

El PIB, es la medida más conocida de la riqueza de un país. Es la suma del valor de los bienes y servicios producidos en una economía durante un período determinado, en general un año o un trimestre. Pero no suma todos los bienes y servicios sino los llamados finales, porque considera que el valor de los llamados bienes intermedios, como las materias primas, por ejemplo, están incluidos en el valor o en los precios de los productos finales. El Producto Nacional Bruto (PNB), es el PIB más las rentas de las inversiones de los españoles en el exterior, y menos las rentas que los extranjeros obtienen en el mercado español. El Producto Nacional Neto (PNN) es el PNB menos el gasto destinado a cubrir la depreciación de los activos de capital utilizados en la producción. La idea de excluir el valor de los bienes intermedios parece en principio razonable: si sumamos el precio de la harina y el del pan estamos sumando dos veces, porque el precio de la harina ya está incluido en el precio del pan. Ahora bien, algunos economistas han sugerido que si excluimos los bienes intermedios estaremos dando mayor importancia al consumo y menor importancia a la inversión, porque después de todo la inversión se concreta sobre todo en bienes intermedios, como en la maquinaria, y así estaremos dando una imagen quizá distorsionada de la economía real, cuyo dinamismo en realidad depende sobre todo de la inversión y no del consumo.

¿Qué es la inversión y de qué depende?

La inversión es el acto de asignar recursos para la compra o creación de activos o de capital, es decir el acto de no consumir esos recursos ahora para satisfacer necesidades en el presente, sino de destinarlos a satisfacer necesidades en el futuro. Por eso la inversión está relacionada con el ahorro, que es la postergación del consumo presente en aras del futuro. Toda inversión, por tanto, se hace con la aspiración de beneficios que no existen en el presente. La inversión es la clave del crecimiento económico y el progreso. Imaginemos que no hubiese habido nunca inversión: en ese caso seguiríamos en las cavernas. Hemos progresado porque alguien en el pasado decidió no consumir lo que tenía y dedicarlo a crear un capital que pudiese darle un rendimiento mayor con posterioridad. La inversión puede ser en objetos físicos, en maquinaria o edificios para vivir o para producir, o en materias primas o bienes que sirven para producir otros bienes, y también puede ser financiera, como cuando sacrificamos el consumo para comprar acciones o bonos. Podemos decir que cuanto más invirtamos más ricos seremos nosotros y nuestro país. Sin embargo, así como podemos consumir mal, también podemos invertir mal, y entonces…

¿Qué es la crisis? ¿Por qué se produce y por qué acaba?

Una crisis es un proceso de inversión excesiva y equivocada. Si las inversiones fueran ajustadas al ahorro y a la demanda de los ciudadanos, serían inversiones acertadas, y todo lo que fuese producido sería vendido y no habría problemas. Si los hay, y claro que los hay, es porque no todo lo producido puede ser vendido, o no puede ser vendido a precios que cubran sus costes. Un ejemplo muy gráfico lo hemos visto en España y otros países en el caso de la vivienda, con millones de pisos que están ahí, que están construidos (algunos se han dejado a medio terminar) pero que nadie quiere comprar o no quiere salvo que los precios bajen mucho. Esto que se ve en los pisos también pasa en otras inversiones, porque muchos empresarios han expandido su actividad y después se han encontrado con que no pueden colocar lo que han producido. Eso es una crisis. Pero ¿por qué se produce? Seguro que actúan muchos factores, que además no son los mismos en todas las crisis: por ejemplo, en los años setenta un factor muy importante fue el súbito encarecimiento del petróleo. Pero un factor que suele repetirse es el crédito barato, que tiene una doble consecuencia. Por un lado, anima la inversión, pero puede animarla en exceso y llevar a conclusiones equivocadas. Por otro lado, desanima el ahorro. En efecto, ¿para qué ahorrar si los tipos de interés son bajos? Más bien conviene consumir y endeudarse para comprar, por ejemplo, viviendas, que además suben de precio, con lo cual la inversión es segura y siempre podremos vender la vivienda en el futuro a un precio mayor que el que hemos pagado para comprarla. Todo esto lleva a un desajuste que al final estalla cuando se comprueba que la inversión ha sido excesiva y equivocada. Conviene recordar que la crisis no empieza cuando estalla; digamos, si la actual surgió en 2007 o 2008 (¡a pesar de lo que nos decía el Gobierno!), eso quiere decir que se gestó antes, precisamente cuando se fueron realizando las inversiones que al final se vio que eran desacertadas. Y ¿por qué acaba la crisis? Acaba cuando esas inversiones han sido pagadas o absorbidas, y han sido reemplazadas por otras nuevas, más acertadas. Ese proceso es muy duro, porque comporta millones de empleos perdidos y cientos de miles de empresas que deben cerrar, como ha sucedido en nuestro país en estos últimos años. De ahí la importancia crucial del Go bierno que puede facilitar ese ajuste bajando los impuestos y flexibilizando los mercados, para que el ahorro se fortalezca y pueda financiar la inversión, las nuevas empresas puedan ser creadas y los trabajadores puedan pasar de un empleo a otro sin estar mucho tiempo parados. Si el Gobierno no lo hace, entonces contribuye a retrasar la recuperación. Esto dicho, sin embargo, esa recuperación tendrá lugar de todas maneras, tarde o temprano, y, lo mismo que la crisis se gestó mucho antes de su explosión, también la recuperación se origina mucho antes de que la veamos con claridad. De hecho, se gesta precisamente en los años del duro ajuste, en los que solo parece que hay malas noticias.

¿Qué es la balanza de pagos?

La balanza de pagos es el registro de las transacciones de un país, región o conjunto de países, como la Unión Europea, con el resto del mundo en un período determinado, generalmente un año. La balanza se basa en una contabilidad de partida doble, toda operación de entrega o recepción de un valor económico con el exterior se hace a cambio de otra operación. Si vendemos vehículos a un tercer país, este los pagará. Si España adquiere aviones de otra nación, tendrá que abonarlos. La balanza de pagos, cuyos datos facilita el Banco de España de manera trimestral y anual tiene dos cuentas principales: la balanza por cuenta corriente y la balanza de capital, o de movimiento de capitales. La balanza por cuenta corriente incluye las exportaciones e importaciones de bienes (que es lo que llama balanza comercial), y también los cobros y pagos por servicios y transferencias, como el turismo y las remesas de los emigrantes y los inmigrantes y los fondos europeos.

¿Qué significa exportar o importar?

Exportar es vender bienes o servicios producidos o generados en un país a compradores del exterior. Importar es lo contrario, comprar en un país bienes o servicios producidos y vendidos por un país diferente. Muchas naciones ponen barreras de diverso tipo a las importaciones, en general con el propósito de resguardar a los productores locales —aunque estas medidas siempre perjudican a los consumidores—. Son las llamadas medidas proteccionistas, que la Organización Mundial del Comercio intenta evitar para permitir un libre comercio igualatorio entre las naciones. Además del daño que el proteccionismo inflige a los ciudadanos del país que pone las trabas, forzándolos a pagar más por aquellos bienes objeto de la protección, al final el proteccionismo tiene una consecuencia paradójica, y es que pretendiendo dañar a los importadores acaba perjudicando a los exportadores, por dos vías. La primera, el proteccionismo encarece la producción local y vuelve a las exportaciones menos competitivas. La segunda, el proteccionismo suele provocar reacciones análogas en los países que ven dificultadas sus exportaciones en mayor o menor grado, y lo que hacen es poner las mismas trabas que ellos sufren en el exterior, lo que da lugar a una espiral o un círculo vicioso donde más protección lleva a más protección, en perjuicio de la mayoría de los ciudadanos. Allí es cuando entran los equilibrios políticos y las negociaciones diplomáticas y económicas para evitar las llamadas guerras comerciales.

¿Qué es el tipo de cambio?

Es el precio de una unidad monetaria nacional, como el dólar estadounidense, en términos de otra unidad monetaria nacional o plurinacional, por ejemplo el euro. Así, decimos que el tipo de cambio del dólar con respecto al euro es de 0,74 euros por dólar, y podemos decirlo al revés y hablar de 1,35 dólares por euro. Como es lógico, este ejemplo dólar/euro se aplica al resto de divisas del mundo, porque los tipos de cambio son clave para las transacciones internacionales de todo tipo y para todos aquellos que viajen al extranjero por turismo o negocios y que deban cambiar la moneda de su país por la moneda de curso legal en la nación a la que se desplazan. Dada la importancia del tipo de cambio para las exportaciones y las importaciones muchas a veces los Gobiernos deciden manipularlo de manera artificial, en lugar de dejar que ese precio se establezca en los mercados cambiarios a través de la oferta y la demanda. Esta tentación es comprensible ya que si la moneda de nuestro país se devalúa, baja su valor con respecto al valor de las divisas extranjeras, con lo cual los productos que importamos nos saldrán más caros pero los que exportamos serán más baratos para nuestros compradores extranjeros porque la devaluación nos habría vuelto más competitivos internacionalmente. Pero por mucho que se hayan practicado, estos trucos no funcionan, puesto que la devaluación de la moneda suele terminar en un encarecimiento de los precios nacionales, es decir, en una mayor inflación, con lo cual la ventaja competitiva que provoca la devaluación desaparece. Si vemos los grandes países exportadores del mundo no son precisamente aquellos cuyas monedas son más débiles y se devalúan más.

¿Qué es la renta nacional? ¿Qué factores la forman?

La renta nacional es la suma de lo que la gente de un país cobra. Es decir, es el conjunto de retribuciones de todos los factores de producción de un país. Viene a ser la contrapartida del producto nacional; después de todo, lo que se produce y vende, también se cobra ¿no? Pues la renta nacional suma todo eso que se cobra: los salarios de los trabajadores, los beneficios de los empresarios, los alquileres, los intereses y dividendos que se obtienen por el dinero invertido en títulos de deuda pública o privada, acciones, depósitos bancarios, fondos de inversión, etc. Igual que en el producto nacional, se suman los cobros de los españoles por sus inversiones en el exterior, y se restan los cobros de los extranjeros por sus inversiones en España.

¿Qué es la inflación y la deflación? ¿Son fiables los datos? ¿El Índice de Precios al Consumo (IPC) mide la inflación?

La inflación es el aumento sostenido en el nivel general de precios. Y la deflación es lo contrario, es decir, la disminución sostenida de los precios. Si las vemos desde el punto de vista del valor del dinero, con la inflación el dinero vale menos, y con la deflación aumenta su valor. Curiosamente, la inflación tiene mejor prensa que la deflación; se dice que la deflación es lo peor de todo, y que la inflación es menos mala; de hecho, se acepta que una inflación del 2% anual es algo bueno. Esto puede tener que ver con el hecho de que asociamos la deflación con la recesión económica, pero no está claro, porque la recesión puede producirse con inflación (es lo que se llama estanflación) mientras que una economía puede prosperar sin que suban los precios. Hablando de prosperar, si usted tiene dinero la deflación resultará buena para usted, porque su dinero valdrá más, mientras que la inflación será mala porque su dinero perderá valor —un pensador español, Juan de Mariana, fue el que primero observó que la inflación es en realidad un impuesto, y lo hizo ¡hace 400 años!—. Una inflación del 2% puede que sea buena para las autoridades que recaudan ese impuesto, pero no para los ciudadanos. Es lógico que cuanto mayor sea la inflación también lo será el daño que sufra la población. En cuanto a los datos, todo el mundo identifica el nivel de precios con el IPC, que se elabora a partir de una cesta de bienes de consumo que representan la compra habitual de un hogar promedio en cada país. Este índice, que elabora el Instituto Nacional de Estadística (INE), está bien hecho, lo ajusta de forma periódica para que refleje con fidelidad lo que los españoles consumimos, que es algo que varía con el tiempo. Pero siempre cabe argumentar que el consumo no es el único destino de nuestro dinero, porque también compramos activos diversos. Aquí observamos una característica muy importante de los precios, y es que nunca cambian todos en la misma dirección y mucho menos en la misma proporción. Es decir, la inflación es el cambio en el nivel de precios pero ese nivel puede ocultar otros cambios en los precios de unas cosas con respecto a otras, que es lo que se denomina precios relativos. En la última burbuja lo hemos comprobado con toda claridad, porque la inflación medida por el IPC subió muy poco, pero en cambio los precios de los activos, desde las acciones de la bolsa hasta el suelo y las viviendas, aumentaron muchísimo.

¿Bajaría la inflación si no hubiera intermediarios?

La sospecha contra los comerciantes o intermediarios es muy antigua, y no tiene base alguna. Sin embargo, esta falacia se sigue repitiendo porque tiene mucho atractivo político, y de ahí que los políticos, los sindicatos y los grupos de presión arremetan de cuando en cuando contra los comerciantes, sobre todo los grandes supermercados (en especial los extranjeros), y lleguen a proponer el control de precios y márgenes, que en su larga historia nunca ha dado resultado. El comercio es una actividad muy útil tanto para los consumidores como para los productores. Lo primero es evidente, imaginemos lo que sucedería si los consumidores tuviésemos que ir a comprar directamente a los productores, nos pasaríamos la vida yendo de aquí para allí. Y lo segundo también, si no hubiese comercios ni mercados los productores tendrían que ir casa por casa ofreciendo sus bienes. Si lo que pagamos los consumidores es caro, que muchas veces lo es, no hay que buscar a los culpables en los intermediarios sino en las diferentes intervenciones de las autoridades que encarecen las cosas, como por ejemplo los impuestos, las regulaciones y otros costes.

¿Qué son los Presupuestos Generales del Estado?

Son las cuentas de la Administración central, es la predicción del conjunto de ingresos y gastos previstos para dicha Administración en un año natural dado. Estos presupuestos, según establece la Ley General Presupuestaria de 1988, deben recoger todas las obligaciones que tienen que atender, como máximo, el Estado y sus organismos autónomos, las sociedades estatales, todos los entes del sector público estatal, y la Seguridad Social, y asimismo recogen la previsión de lo que la Administración prevé cobrar durante ese año. En consecuencia, los presupuestos resumen por escrito la política fiscal del Estado en todos sus ámbitos. Como afirma el artículo 134 de la Constitución Española, el Gobierno elabora los Presupuestos Generales del Estado, y las Cortes los aprueban.

¿A qué se llama déficit público?

Es la diferencia negativa entre los ingresos y los gastos presupuestados por las Administraciones Públicas, que tienen tres niveles: la Administración del Estado, o el Estado central (que incluye la Seguridad Social), las comunidades autónomas y los ayuntamientos, o corporaciones locales. Esa diferencia puede ser positiva, en cuyo caso hablamos de superávit público. Pero puede haber situaciones diferentes según los distintos niveles de la Administración: así, puede existir déficit en las autonomías, por ejemplo, pero superávit en las cuentas de la Seguridad Social.

¿Qué es el gasto público?

El gasto público es el que realizan la Administración por todos los conceptos, desde los gastos de personal y corrientes hasta los de inversión. Sobre el gasto público, igual que sobre el gasto en general, se dice a menudo que un aumento del mismo producirá un aumento en el nivel de renta nacional, y una reducción tendrá el efecto contrario. Pero esto está lejos de ser evidente, por varias razones. La primera es que el gasto público no cae gratis del cielo como el maná: todo lo que los políticos gastan se lo quitan a los ciudadanos y, por tanto, el supuesto efecto positivo de un mayor gasto público debe ser compensado por el efecto negativo que tienen sobre familias y empresas los impuestos que han de pagar para financiar ese gasto público mayor. Además, si el gasto de las Administraciones Públicas es superior a lo que recauda, significa que aumentará el déficit y la deuda, que se financia con la emisión de letras y bonos. Como estamos viendo casi a diario en todos los medios, esta financiación tiene un coste y actualmente España debe pagar un alto tipo de interés, la famosa prima de riesgo, debido en parte a su deuda pública que, aunque no es muy grande en comparación con la media europea, sí ha crecido bastante en los últimos años. Y la deuda pública, no se olvide, hay que pagarla, y la pagan los ciudadanos a lo largo del tiempo, en el presente y también en el futuro. Por último, no cualquier gasto es necesariamente productivo e impulsa la economía. No es verdad que las personas y las naciones se vuelvan ricas invirtiendo, lo consiguen invirtiendo bien, que no es lo mismo. Y los políticos de todos los países tienen una larga tradición a la hora de no utilizar bien el dinero de los contribuyentes. En España hemos visto durante años unas inversiones públicas ridículas e inútiles. ¿Alguien se cree que el gasto público en unos aeropuertos sin aviones ni pasajeros ha aumentado de verdad la riqueza nacional?

¿Qué significa mercado de trabajo?

El mercado de trabajo, o mercado laboral, refleja las oportunidades de empleo y el conjunto de recursos humanos disponible en una nación, región o ciudad, tanto para las actividades privadas como para las públicas. El mercado de trabajo es la unión de la oferta y demanda de empleo, y su equilibrio marca el nivel de empleo y de paro de un país. A mayor demanda de trabajo por parte de los empresarios, menos paro. En algunos momentos puede suceder que esa demanda supere a la oferta disponible, y sea necesario importar trabajadores del exterior, como hemos visto en España en la última expansión económica, con la llegada de muchos inmigrantes. Por el contrario, si los trabajadores se ofrecen pero no hay demanda, entonces sube el paro. Los datos de este paro los conocemos de dos formas, mediante el servicio público de empleo, el antiguo INEM, y la encuesta de población activa (EPA). El primero refleja el número de ciudadanos inscritos para intentar buscar un puesto de trabajo, unos datos que se facilitan todos los meses. La EPA, que no es un registro sino una encuesta, informa sobre la población total en relación con el mercado de trabajo: los ocupados, activos, parados e inactivos. La EPA aparece trimestralmente, y su cifra no siempre coincide con la de los parados del servicio público de empleo, de hecho, en estos últimos años suele ser mayor.

¿Cuáles son los elementos básicos de una política de empleo?

Cabe de entrada dudar de su eficacia, a tenor de los datos del paro, pero esa política es lo que hacen las autoridades para promover el empleo. Esto dice la Ley 56/2003, de 16 de diciembre: «la política de empleo es el conjunto de decisiones adoptadas por el Estado y las comunidades autónomas que tienen por finalidad el desarrollo de programas y medidas tendentes a la consecución del pleno empleo, la calidad en el empleo, a la adecuación cuantitativa y cualitativa de la oferta y demanda de empleo, a la reducción de las situaciones de desempleo y a la debida protección en las situaciones de desempleo». Una medida que pueden adoptar es aprobar subvenciones para la contratación de colectivos de personas con alto porcentaje de paro. El problema es que estas ayudas pueden generar déficit público, que puede contrarrestarse si se produce la deseada colocación de los parados. Si están trabajando, cotizan a la Seguridad Social, pagan impuestos, y devuelven el dinero al Estado. También pueden aplicar medidas para facilitar la creación de empresas, como la tan traída y llevada ventanilla única, que aún no existe.

¿El desempleo es un mal colateral de las sociedades modernas?

La modernidad no tendría por qué haber producido un mayor desempleo como efecto secundario del progreso. Más bien debería haber sucedido lo contrario, puesto que el progreso tecnológico y la expansión del comercio dieron lugar a una notable creación y difusión de la riqueza que llegó a niveles inéditos y a poblaciones muy numerosas. Y, sin embargo, es verdad que hay paro en casi todos los países, y en algunos, como España, alcanza unas cifras intolerables y escandalosas, con tasas que superan el 20% de la población activa, y que trepan hasta el 50% en el caso de los jóvenes. ¿Cómo puede ser esto una consecuencia de que vivimos en sociedades modernas? No es posible. La explicación tiene que ser otra, pero ¿cuál? Hay mucho debate sobre el tema, pero es inevitable pensar que, dada la profunda intervención política y legislativa en este mercado, alguna responsabilidad debe tener.

¿Qué son el paro estructural, cíclico, estacional y encubierto?

El paro estructural es el que depende de cambios profundos en la estructura de la economía, por ejemplo cuando desaparece un sector productivo por cambios en la tecnología o en los gustos de los consumidores. El paro cíclico es el que está asociado con las fluctuaciones del ciclo económico, disminuyendo en las épocas de prosperidad y aumentando en las crisis y recesiones. El paro estacional tiene que ver con las subidas y bajadas que registra la demanda de empleo, y que se producen de modo más o menos regular en un determinado período del año, por ejemplo, en las cosechas en la agricultura o en la hostelería de las poblaciones costeras. Y el paro encubierto significa que hay más personas disponibles para trabajar que lo que indican las estadísticas de población y desempleo. Pensemos, por ejemplo, en jóvenes estudiantes o en amas de casa que no tienen empleo pero que no lo buscan porque están desanimados o creen que no hay oportunidades para ellos; al no solicitar empleo no entran en las estadísticas de la población activa, que mide la población que está en edad y en condiciones de trabajar, pero que además quiere hacerlo y lo busca.

¿Qué quiere decir sistema financiero y cuál es su función?

El sistema financiero de una nación, región o conjunto de Estados, los organismos supranacionales como la Unión Europea, está formado por el conjunto de instituciones, medios y mercados cuya finalidad es canalizar el ahorro de los ciudadanos, las empresas y las Administraciones Públicas, y dirigirlo hacia la demanda de préstamos para el consumo y la inversión. Las distintas instituciones financieras facilitan así la conexión entre ahorradores e inversores. Como en todo mercado, los deseos de los oferentes no tienen por qué coincidir con los de los demandantes. En este caso, ahorradores e inversores pueden no coincidir en nada, ni en el precio, ni en la seguridad, ni en la liquidez, ni en el tiempo a la hora de ofrecer o demandar dinero. Una gran complicación típica del sistema financiero moderno es que las cuentas de los bancos y demás entidades de crédito padecen un grave desequilibrio. Sus pasivos, es decir, lo que deben, se caracterizan por ser líquidos y de corto plazo; cuando usted deposita su dinero en una cuenta bancaria quiere que ese dinero esté disponible en cualquier momento si desea retirarlo, y además que sea totalmente seguro y, dentro de ciertos límites, quiere poder sacar el dinero en billetes físicos y no en talones o promesas de pago.

Ahora vamos a ver el activo de los bancos, aquello por lo cual obtienen su rentabilidad; son, por supuesto, los préstamos que han concedido. Pero esos préstamos son justo lo contrario de los depósitos, porque se devuelven a muy largo plazo (pensemos en una hipoteca, por ejemplo), su liquidez puede ser baja o incluso nula, y su seguridad también puede resquebrajarse, como hemos visto en la crisis. A eso hay que añadir lo que se llama encaje o reserva fraccionaria, es decir que el banco solo conserva en billetes un porcentaje pequeño de nuestros depósitos, y presta el resto, confiando en que no vayamos todos al mismo tiempo a retirar el dinero. El sistema financiero en esas condiciones resulta delicado y frágil; por eso existen los bancos centrales en todo el mundo. En efecto, si las condiciones no cambian, y no parece que vayan a hacerlo ni siquiera tras la grave crisis que hemos padecido, el sistema no puede funcionar sin la intervención de esos organismos públicos que pretenden impedir que la inestabilidad inherente al esquema se traduzca en cierres masivos de bancos, carreras de la gente para retirar su dinero si no estuviesen garantizados los depósitos, colapsos financieros, etc.

¿Qué son activos financieros y para qué se utilizan?

Un activo es algo que tiene valor o puede generar ingresos. Un activo financiero es un documento o título emitido por una empresa, o banco, o institución privada o pública, cuyo comprador o propietario espera que le produzca un rendimiento. Así como para el comprador el título representa un activo porque es un derecho a cobrar alguna suma, para el emisor es un pasivo que representa una obligación de carácter económico con quien adquiere el activo y espera recibir una renta o un retorno por la inversión realizada. Vamos a pensar en los bonos o las acciones que una empresa emite para financiarse; en el primer caso la obligación del emisor es pagar un tipo de interés determinado y abonarlos al final de su plazo; en el caso de las acciones, que no tienen una rentabilidad asegurada, representan la propiedad de parte del capital de una empresa, y por tanto el derecho a esperar el cobro de unos dividendos. Los activos financieros, tanto privados como públicos, tienen también mercados donde se pueden negociar, y donde sus compradores originales pueden venderlos, o intentar hacerlo, como la bolsa y otros mercados.

¿Qué es el mercado interbancario? ¿Influye en el euribor?

Es el mercado donde los bancos se ofrecen y prestan dinero mutuamente para mantener equilibradas sus cuentas, hacer frente a necesidades inmediatas de liquidez u ofrecer liquidez si tienen demasiada. El tipo de interés promedio al que las entidades se prestan dinero en el mercado interbancario del euro se denomina euribor, y es muy importante porque el 91% de las hipotecas en España lo tienen como referencia en sus tipos a un año, y se contratan a «euribor más…» una diferencia que puede ser mayor o menor según sean las condiciones del mercado monetario, la evolución económica y la confianza o la desconfianza. En el mercado interbancario solo operan las entidades de crédito, no las otras empresas, ni los particulares, ni el Estado. Además de este mercado, los bancos se relacionan con la autoridad monetaria, que es el Banco Central Europeo, que organiza la política monetaria en la eurozona y para ello también utiliza un tipo de interés, llamado oficial, al que presta dinero a los bancos. Lo habitual es que el tipo del Banco Central Europeo y el euribor se muevan a la par, con este último siempre por encima.

¿El fondo de garantía de depósitos qué es y para qué sirve?

Es parte esencial del sistema financiero moderno y representa un seguro que protege a los depositantes en caso de que su banco quiebre. Existe en todos los países y siempre tiene un límite, en el caso de España son 100.000 euros para los depósitos en dinero y la misma suma también para las inversiones que los ciudadanos confíen a su banco en términos de acciones y otros instrumentos. El fondo se nutre de las aportaciones que hacen las entidades financieras anualmente aunque puede recibir también de modo excepcional aportaciones del Banco de España.

¿Qué es el FROB?

Son las siglas del Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria. Fue creado en 2009, después de la intervención del Banco de España en Caja Castilla-La Mancha, para reforzar los fondos propios de bancos y cajas, y gestionar la reestructuración del sistema financiero. Su capital inicial sumó 9.000 millones de euros, que aportaron el Estado (6.750 millones) y el fondo de garantía de depósitos (2.250). También hay que sumar los avales otorgados por el Estado. El FROB puede asumir la gestión de las entidades financieras, sustituir a su consejo de administración de forma provisional hasta que la entidad intervenida sea adquirida por otra, como sucedió por ejemplo con Unnim, en poder del BBVA desde marzo de 2012. El FROB también puede recapitalizar bancos utilizando diversos procedimientos, y prestar dinero a los bancos a los que ayuda, aunque son préstamos que esos deben devolver, y no a un interés reducido, en 2012 es del 7,90% anual.

¿Qué es un banco malo?

Esta expresión, que se ha difundido bastante en los últimos años, parece absurda. Si es malo ¿para qué crearlo? La idea es la siguiente: con la crisis los bancos han visto que en sus balances hay activos que no valen en absoluto su valor original, ¿qué valor tiene una hipoteca de una persona que no puede devolverla? ¿Cuánto vale una vivienda en un contexto de depresión inmobiliaria? Estos son los llamados activos tóxicos. Pues bien, un banco malo es un banco que agrupa los activos problemáticos de las entidades financieras. Si estas entidades se liberan de esos activos, entonces sus cuentas presentan un aspecto mucho mejor, más saneado, y están en mejores condiciones de volver a dar crédito. El problema, por supuesto, es que los activos tóxicos han sido extraídos de los balances de los bancos pero no han desaparecido: están todos en el banco malo, que es un banco que no puede funcionar de ninguna manera, salvo que reciba dinero público. A veces se justifica esto alegando que el Estado puede aguantar con esas malas inversiones a la espera de que la economía se recupere y los activos aumenten otra vez de valor, en cuyo caso podrían ser vendidos, recuperando su coste.

¿Qué es un banco central nacional?

Es el banco que regula la moneda y el crédito y supervisa el funcionamiento y la solvencia del sistema financiero. En el caso de España la introducción del euro como moneda única ha cambiado algunas tareas del Banco de España, que ya no fija la política monetaria de nuestro país sino que ejecuta la política de la zona euro, que tiene como objetivo mantener la inflación por debajo del 2% anual. Esa política se decide en el Consejo de Gobierno del Banco Central Europeo, en el que participa el gobernador del Banco de España. El banco central de cualquier nación es depositario de las reservas del Estado, emite billetes de curso legal y sirve a la Tesorería del Estado (esta es la razón fundamental por la que el Estado autorizó la creación de estos bancos centrales: para que le ayudaran a financiarse).

¿Qué funciones tiene el Banco Central Europeo?

Es el banco central de la moneda única europea, el euro, que define y ejecuta la política monetaria de la eurozona. Su función principal consiste en mantener el poder adquisitivo del euro y con ello la estabilidad de precios a medio y largo plazo en la zona del euro. Está dirigido por un Consejo de Gobierno, presidido actualmente por Mario Draghi (estará en el puesto ocho años, hasta octubre de 2019) y compuesto por seis miembros más los 17 gobernadores de los bancos centrales de la zona euro. Este Consejo adopta todas las decisiones del Banco Central Europeo, cuya sede está en Fráncfort, Alemania.

¿Qué es una agencia de rating?

Las agencias de rating (las más famosas e influyentes son Moody’s, Standard & Poor’s, y Fitch) son instituciones que se ocupan de evaluar la solidez financiera de un Estado, región, ayuntamiento o empresa que emiten títulos que desean colocar en el mercado. Esta evaluación no se hace con aprobados, suspensos, notables y sobresalientes, sino mediante una escala preestablecida que se ha convertido en muy popular en los últimos años, y que va desde la triple A hasta la insolvencia o el impago, que es el nivel C o D, según la agencia de que se trate, y ya marcarían el nivel de bono basura. Según la calificación o nota que emiten las agencias, los inversores pueden saber el grado de capacidad de pago que tiene la institución en cuestión. Cuanto más alta es la nota, más bajo es el interés que tendrá que pagar el emisor del título, ya que con una nota alta se supone que el título es un valor seguro que pagará la rentabilidad que ofrece y será reembolsado cuando venza. Cuanto más baja sea la nota, mayor será la rentabilidad que el emisor tenga que ofrecer para compensar al comprador por el riesgo. Aunque hay más de 70 agencias de rating en el mundo, las tres que hemos mencionado representan el 90% del mercado. Ha habido en años recientes peticiones para crear una agencia oficial de calificación europea, pero la propuesta no se ha concretado. Las agencias de calificación perdieron mucho prestigio con la crisis actual porque en bastantes casos aseguraron que eran muy solventes unos títulos e instituciones que en realidad no lo eran.

¿Qué es la deuda soberana de un país y quién puede comprarla?

La deuda soberana es otra forma de llamar a la deuda pública, es decir, cuando el público le presta dinero a la Administración, que esta reconoce emitiendo y entregando unos títulos como bonos o letras. Se trata, pues, de unos contratos de préstamos mediante los cuales la Administración, en sus distintos niveles, se compromete a pagar al tenedor de títulos de deuda una rentabilidad en forma de intereses periódicos y, lógicamente, se también tiene que reembolsar el capital prestado al final del período del contrato. Todo el mundo puede comprar la deuda soberana de un país, y de hecho muchísimos ciudadanos lo hacen, directamente o a través de fondos de inversión o de pensiones u otros instrumentos financieros. Una razón fundamental para estas adquisiciones de títulos de deuda es que el Estado proporciona una gran seguridad a la hora de devolver el dinero que los ciudadanos le prestan: nótese que la deuda pública es un ingreso pero no es un impuesto, es decir, no es algo que la Administración pueda forzar sobre los ciudadanos sino que estos eligen de forma voluntaria (a grandes rasgos, porque los Estados también pueden presionar y de hecho lo hacen de diversas maneras para que sus títulos sean comprados por la banca y otras instituciones). Por lo tanto, tienen que confiar en que van a cobrar los intereses prometidos y el capital entregado va a ser pagado o amortizado cuando corresponda. Tradicionalmente se considera que los títulos de deuda soberana son seguros pero…

¿Qué es la quita de la deuda de un país y qué ocurriría si un Estado decide no pagar su deuda?

En principio la deuda pública debería ser lo más seguro que hay, porque el deudor es una institución única, que puede cobrar impuestos, es decir, puede obligar a la gente a que le entregue su dinero, y con él puede hacer frente a sus deudas y devolver sus préstamos. Solo el Estado puede hacer eso, con lo cual es lógico que brinde mayor seguridad que si se trata de una empresa o un particular. Y, sin embargo, la historia de la deuda pública es también la de su impago, ya que desde hace siglos los Estados de todo el mundo han registrado episodios de impago o default, que antes recibía el bonito nombre de repudio de la deuda pública. Los Estados deciden, de forma unilateral, dejar de pagar los intereses o el capital de su deuda, y no pagarlos del todo o en parte, en cuyo caso se habla de una quita, o forzar a los acreedores a negociaciones o canjes de deudas por otras a un plazo mayor y a un interés menor. Las consecuencias de los impagos de deuda son siempre negativas para los países pero no son negativas para siempre. Cuando un Gobierno deja de pagar su deuda se le restringe el crédito, o se le encarece considerablemente, tanto al Gobierno como a los ciudadanos del país, que se ven así perjudicados en sus estrategias de inversión. Solo con el paso del tiempo los países van recuperando su credibilidad y pueden volver a acudir a los mercados a pedir dinero prestado. La disposición de la gente a prestar dinero a las autoridades puede cambiar, y su mayor o menor desconfianza se refleja en la prima de riesgo.

¿Qué es la prima de riesgo?

El temor de la gente a que los países no devuelvan su deuda se refleja en la llamada prima de riesgo. Hemos visto que si los países no pagan o pagan mal, entonces su crédito se encarecerá, es decir, los ciudadanos pedirán un interés mayor a un país menos fiable que a uno más fiable. Esa diferencia entre los intereses es la prima de riesgo, que mide precisamente eso: el riesgo que según los prestamistas existe de que su dinero no sea devuelto por un Estado determinado en las condiciones pactadas, comparado con el menor riesgo que presenta el Estado más fiable. Así, en Europa las primas de riesgo se miden comparando los títulos públicos de cada país a 10 años con el bono alemán a 10 años, porque se supone que Alemania es el país más fiable de la zona, y su riesgo de impago es bajísimo o, incluso, nulo. Si el bono alemán paga un 1% y el español un 4,5% entonces la prima de riesgo es la diferencia entre ambas rentabilidades: 3,5 puntos porcentuales o 350 puntos básicos, que es como se suele hablar, multiplicando los puntos porcentuales por 100. La prima es una mezcla de datos y expectativas; de ahí que influyan en ella las perspectivas de crecimiento de un país y la situación de la Hacienda pública, muy dependiente del crecimiento económico. En el caso de Europa, esa prima es importante porque antes había un indicador de la situación relativa de cada país, que era el tipo de cambio; por eso todo el mundo se fijaba en la cotización de cada divisa con respecto al marco alemán, que era la moneda más estable. Con el euro todos tenemos en la eurozona la misma moneda, por lo tanto la señal de los tipos de cambio ha desaparecido para los países de la zona; la prima de riesgo es ahora la única señal que condensa las opiniones sobre la solidez de cada economía, sus posibilidades de crecer y de pagar su deuda.

¿Qué significa la unión fiscal en la Unión Europea y qué repercusiones tendría para nuestro país?

Cuando se creó el euro existía ya la conciencia de que se estaba creando una unión monetaria pero no una unión fiscal, es decir, que todos los países de la eurozona tendrían la misma moneda pero los impuestos serían cobrados por cada país por su cuenta. De hecho, la Unión Europea se financia con las contribuciones de los países de la zona pero no tiene capacidad de cobrar impuestos ella misma. Con el tiempo, y sobre todo a raíz de la crisis económica, se extendió la idea de que los problemas de la región derivaban en parte de esa situación y que, por tanto, la unión debería ser más completa, no solo monetaria sino también fiscal. Se plantearon en ese sentido argumentos razonables. Se dijo, por ejemplo, que si cada país mantenía su soberanía fiscal podría surgir un problema de riesgo moral, es decir, que los países podrían emprender políticas irresponsables de aumento del gasto público porque al final se sabía que como todos compartimos la misma moneda habría rescates, cuyos costes recaerían en especial sobre los países más ricos y estables, como Alemania. El caso de Grecia sería el ejemplo más claro de esto. Los países pagadores, lógicamente, vieron cómo sus opiniones públicas se rebelaban, y los ciudadanos alemanes se preguntaron con cada vez más insistencia: ¿por qué tenemos que pagar los desastres que hagan los políticos en otros países de la eurozona? La propuesta de una unión fiscal, sin embargo, tiene al menos tres problemas. El primero es que el fisco está muy relacionado con la política: no tendría sentido que la Unión Europea cobrara impuestos si no fuera vista como un poder autónomo, y no como un poder simplemente delegado por los poderes nacionales; en la medida en que más poder para la Unión Europea significaría menos poder para los países miembros, estos se resistirán, y los políticos dirán: «nosotros nos jugamos todo en las elecciones nacionales, mientras que la burocracia europea no se juega nada, y entonces ¿por qué vamos a sacrificarnos en beneficio de la Unión Europea?». El segundo es que la Unión Europea no cuenta con el respaldo popular, como se comprobó en el caso de la fallida Constitución Europea, que cuando fue sometida a referéndum fue rechazada en varios países. Y el tercero es lo que podría pasar si de verdad hubiera una unión fiscal y los países renunciaran a su soberanía para traspasar a la Unión Europea la capacidad de fijar impuestos y de cobrarlos, es decir, que los impuestos podrían aumentar aún más.

¿Nos habría ido mejor económicamente sin adoptar el euro?

No lo sabemos porque ya lo hemos adoptado, y la respuesta no puede ser clara ya que existen argumentos a favor y en contra. Por una parte, sin el euro habríamos perdido todos los beneficios que hemos obtenido gracias a la moneda única, que son muchos, empezando por la facilidad y el menor coste de las transacciones, las operaciones comerciales y el turismo, y siguiendo por la estabilidad y la ayuda de los demás países. Por otra parte, sin embargo, podría argumentarse que sin el euro no habríamos tenido la burbuja que hemos vivido, o habría sido mucho más pequeña. En efecto, con una moneda propia los tipos de interés no habrían sido tan bajos durante tanto tiempo, la burbuja sería más pequeña y se habría pinchado antes, porque habríamos tenido la posibilidad de devaluar. El ciclo económico, en suma, habría sido más suave: el crecimiento en los años buenos hubiese sido posiblemente menor, pero la crisis y la recesión quizás hubieran sido más suaves. Algunos economistas sostienen que el balance debería ir a favor del euro, porque en la recesión dentro del euro los Estados deben ajustar sus cuentas, mientras que si tuviéramos aún la peseta, los Estados harían lo de siempre, o sea…

¿Qué consecuencias tendría para un país salir del euro?

Ningún país ha salido nunca del euro, así que no tenemos experiencia práctica de lo que podría pasar. Solo podemos especular sobre esa posibilidad. El pasado nos indica que cuando los Estados con moneda propia afrontan una crisis, muy a menudo provocada por sus propios errores de política económica, la solución clásica es devaluar la moneda, como tantas veces sucedió con la peseta. Por lo tanto, salir del euro significaría casi con toda seguridad recuperar una moneda nacional y a continuación devaluarla, lo que subiría la inflación y empobrecería a la población, en particular a los acreedores. Fuera del euro, además, tendríamos otra vez los costes de todo tipo en nuestras transacciones internacionales que teníamos cuando circulaba la peseta, como por ejemplo los costes de la conversión de la peseta en las demás monedas del exterior.

Si un Gobierno recoge dinero en las subastas públicas, ¿para qué es? ¿Podemos saber en qué se emplea?

Subasta pública es la venta de bienes muebles o inmuebles al mejor precio ofrecido. Hay distintos tipos de subastas públicas. Pueden ser particulares o administrativas. Los bienes que se sacan a subasta pública son muy variados: pisos, casas, chalés, apartamentos, viviendas en general, subastas de locales comerciales, naves, fincas rústicas, embarcaciones, coches, camiones, terrenos, edificios industriales, maquinaria, ordenadores, etc. También pueden salir a subasta usufructos y derechos varios, alijos decomisados o chatarra, entre otros. El Estado, cualquiera de sus Administraciones, puede subastar todo tipo de bienes que tenga en propiedad por la necesidad de desprenderse de los mismos y conseguir liquidez de manera inmediata. En el caso de locales o edificios, por ejemplo, si están sin un uso claro suponen un gasto de mantenimiento al Estado, que al subastarlo desaparece, a lo que habría que sumar el montante conseguido en la subasta pública. Sobre cuál puede ser su objetivo, este deberá ser aclarado por el Ministerio de Hacienda, consejería del ramo autonómico o concejalía del ayuntamiento al facilitar sus datos de contabilidad. Allí se confirmará la cifra conseguida tras una subasta pública. No hay transparencia de datos de manera automática sobre cuál será su destino.

¿Por qué nadie actúa contra los bancos que mueven dinero de procedencia dudosa?

Al contrario, los bancos están sumamente controlados por las autoridades y el dinero de procedencia dudosa está muy vigilado. Dirá usted: ¡pero existe! Pues claro, como también existen los asesinos, a pesar de que el asesinato es un delito gravísimo, y también los narcotraficantes, a pesar de que el tráfico de drogas está perseguido por las policías de todo el planeta. El crimen es también una actividad económica, y por lo tanto mueve dinero y en parte lo hace a través de circuitos bancarios. Pero no es casualidad que cada vez que la policía detiene a ladrones y mafiosos rara vez encuentra chequeras: lo que encuentra es dinero en efectivo. Y precisamente por la persecución policial del dinero de procedencia dudosa es por lo que los criminales tienen que lavarlo si lo ingresan en cuentas bancarias, lo que hacen con tapaderas de negocios legales, para procurar que no los descubran.

¿Compensa la austeridad económica impuesta por los Gobiernos a costa de entrar en recesión?

La una no es consecuencia de la otra. Más aún, puede ser necesaria la austeridad para salir de la recesión. Pensemos en que si la cosa fuera tan sencilla de modo que el mayor gasto garantizase una mayor actividad, entonces, primero, nunca habríamos entrado en crisis y, segundo, sería evidente que la austeridad nos hundiría más en la recesión. Por tanto, más bien parece que para salir de la crisis todos necesitamos ser austeros, empezando por quien menos suele serlo: la Administración.

Emprendedor es una palabra de moda. ¿Es una forma de denominar al empresario o tiene otras connotaciones?

No tiene por qué haber ninguna distinción entre empresario y emprendedor. Son la misma cosa: se refieren a una persona que arriesga su capital para montar un negocio, sin saber cómo le va a ir, y por tanto, como hemos visto, con el riesgo de perderlo todo, algo que sucede muchas veces. Sin embargo, en ocasiones la palabra emprendedor tiene dos connotaciones especiales. La primera connotación es que se supone que es el empresario pero de ahora, es decir no es el clásico empresario de toda la vida; vamos, que el emprendedor no usa corbata y en cambio vive por y para Internet. Esto, por supuesto, es una pura ficción porque hay empresarios con y sin corbata, e incluso sin Internet —aunque son la minoría, porque la red abarata los costes y amplía las oportunidades de negocio—. La segunda connotación es política, a los políticos les encantan los emprendedores, quizá porque suenan a algo moderno y porque de esta manera no utilizan la palabra empresario que desde siempre tiene, sin razón alguna, connotaciones peyorativas, y ya sea desde púlpitos, cátedras o tribunas sin fin se despotrica desde hace siglos contra los empresarios acusándolos de todos los males habidos y por haber. Por lo tanto, los políticos están encantados con los emprendedores, y montan organismos e instituciones variopintas para promoverlos y ayudarlos. Rara vez, en cambio, se dedican a otorgar lo que los propios empresarios y emprendedores suelen demandar cada vez que alguien les pregunta qué pueden hacer las autoridades por ellos; la respuesta suele ser: «¡que nos dejen en paz!».

¿Por qué la obsesión de reducir el déficit público?

Si de verdad los políticos estuvieran obsesionados por reducir el déficit, entonces el déficit habría desaparecido hace muchos años. Pero con los políticos pasa al contrario que con los ciudadanos y las empresas en el sector privado. Los ciudadanos nos ajustamos mucho y hablamos poco, mientras que los políticos hablan mucho y se ajustan poco. La explicación ya la hemos dado: los políticos pueden hacerlo, pueden vivir con déficit y con muchas deudas, y nosotros no, y pueden quitarle el dinero a la gente, y nosotros no. Esa es la diferencia entre los políticos y la gente corriente, entre el Estado y el mercado, entre la Administración y las empresas, entre la política y la sociedad civil. Los políticos no están obsesionados con reducir el déficit; lo que sucede es que se presentan como tales para tener una buena imagen, y para presumir de que hacen lo mismo que los ciudadanos cuando la situación viene mal dada. Pero no lo sufren como los ciudadanos, porque nunca se limitan a recortar el gasto, que es lo que hace la gente corriente. Siempre terminan subiendo los impuestos con la excusa del déficit, y eso es algo que los ciudadanos nunca pueden realizar.

¿Cuándo un país es considerado rico, depende de sus recursos naturales?

Una de las fantasías económicas más viejas es que la riqueza de un país depende de sus recursos naturales. No es del todo cierto. Esos recursos cuentan, por supuesto, pero no son la clave y no sirven para explicar la riqueza. Se dirá que es mejor tener petróleo que no tenerlo. Pues claro, pero el mismo petróleo que ha beneficiado a los noruegos no ha enriquecido a los nigerianos o a los venezolanos. La tierra siempre ha sido muy fértil en Argentina, pero ese país, con la misma tierra, fue primero pobre, después rico, y después otra vez pobre con respecto al resto del mundo. África está repleta de recursos naturales, incluido el petróleo, y es el continente de la pobreza. Por cierto, antes lo era Asia, pero ahora no. Y ¿qué decir de España? Nuestro país es uno de los más ricos del mundo, y no solo no tiene muchos recursos naturales en comparación con los demás, sino que con esos mismos pocos recursos pudo pasar de una situación de pobreza y grandes privaciones en los años cuarenta a una gran prosperidad. En resumen, hay que buscar algo más, y eso siempre pasa por las condiciones en las cuales la gente trabaja. Porque el deseo de las personas de mejorar su propia condición es universal, y lo comparten los bolivianos y los canadienses; por lo tanto, si se vive mejor en Canadá que en Bolivia la clave no pasa ni por los recursos ni por los esfuerzos de las personas, sino por las condiciones que facilitan la posibilidad de que esos recursos y esos esfuerzos se conviertan en riqueza para los ciudadanos. Y esas condiciones pasan por unas dosis mínimas de paz, justicia y libertad. Si existen, todos los países pueden salir adelante. Si no existen, no habrá recursos ni esfuerzos suficientes para generar y fomentar la prosperidad de un pueblo.

¿Cuándo debe el Estado intervenir en la economía?

Esta pregunta tiene tantas respuestas como personas, y por eso no ofrece una solución clara y no reviste mucho interés. En efecto, hay personas más intervencionistas y otras más liberales. Esto es lógico. El problema estriba no tanto en las preferencias de la gente, que cada cual es muy libre de defender, sino en lo que el Estado hace en la práctica, pretendiendo actuar conforme a los valores del pueblo. Y aquí nos encontramos con problemas que sí tienen mucho interés. El principal es que el Estado no es una simple réplica de los deseos de los ciudadanos. Por ejemplo, cada vez que se pregunta en las encuestas si la gente quiere pagar más impuestos, sistemáticamente una gran mayoría dice que no. Y, sin embargo, en un régimen democrático donde se supone que los políticos hacen lo que la gente elige ¡hemos terminado pagando cada vez más impuestos! Esta contradicción se combina con un amplio cuerpo de teoría económica que insiste en que el Estado, con independencia de las opiniones de las personas, debe intervenir en la economía porque el mercado tiene fallos. Hay economistas, aunque no son mayoritarios, que refutan esta idea y sostienen que los supuestos defectos del mercado o no existen o existen tanto en el mercado libre como en el Estado intervencionista, o no son suficientes para justificar la intervención. La mayoría de los economistas y de la población, sin embargo, tiende a apoyar la intervención del Estado aunque, claro está, no quiere pagarla.

¿Cómo es posible que la desigualdad en el mundo sea tan grande y que haya cientos de millones de personas que apenas viven con un dólar por día?

Aquí hay dos ideas diferentes: la pobreza y la desigualdad. Suelen ser confundidas, pero no tienen nada que ver. En realidad, la desigualdad no tiene por qué ser un problema, pero la pobreza siempre lo es. Para comprenderlo imaginemos que la pobreza desaparece, que todos los pobres del mundo pasan a vivir como los ricos, pero que los ricos se hacen tanto más super ricos que la desigualdad del mundo aumenta. ¿Sería esa situación algo lamentable? Por supuesto que no, porque ya no habría pobres. Por tanto, la desigualdad es algo que puede tener mucho atractivo político, porque nuestros gobernantes siempre pueden subirnos los impuestos para luchar contra la desigualdad, pero el problema real es la pobreza. Ahora bien, sea cual sea el problema ¿qué ha pasado tanto con la pobreza como con la desigualdad? Por asombroso que parezca, ambas han disminuido, cada vez hay menos pobres y la desigualdad es menor. Se dirá: «¡pero si hay millones que viven con un dólar por día!». Es verdad, pero con dos matizaciones importantes: la primera es que un dólar no vale lo mismo en todas partes; y el poder adquisitivo de ese dólar es mucho más pequeño en Nueva York o París que en Nairobi o Quito; la segunda es que, aunque es cierto que hay millones de pobres en el mundo, el número ha ido disminuyendo con el tiempo. Según el Banco Mundial, entre 1980 y 2008 el número de personas que viven con menos de 1,25 dólares al día bajó en más de 700 millones. En cuanto a la desigualdad, su disminución se debe a la prosperidad relativa que han registrado los dos países más poblados del planeta: China e India.

¿Cómo conseguir un mundo más justo?

La justicia es que cada ser humano tenga lo que le corresponde y es suyo. Por lo tanto, conseguiríamos un mundo más justo si lográramos proteger mejor a cada persona para que nadie la amenace o le arrebate su vida, su libertad y sus bienes. Si vemos los regímenes políticos más injustos, desde las tiranías más antiguas a las dictaduras más criminales de nuestro tiempo —el nazismo y el comunismo— comprobaremos que sus infelices víctimas no tenían ninguna garantía de que su vida, su libertad y sus propiedades fueran suyas con seguridad, porque los jerarcas y burócratas de esos regímenes totalitarios podían quitárselos en cualquier momento. Un mundo más justo, pues, sería un mundo donde el Estado protegiese los derechos de los ciudadanos. Sin embargo, esta noción se ha ido complicando en nuestro tiempo. Así, se nos dice que la justicia no es que cada uno tenga lo que es suyo sino lo que merece, de acuerdo con criterios que no son fáciles de definir, y en todo caso los establecen las autoridades: de ahí la gran expansión de la palabra derecho. Si nos fijamos, cada vez hay más derechos, pero no surgen de las personas sino que son entregados por las autoridades, y son derechos que no se cumplen sin violar los derechos de otros, por ejemplo, si el Estado nos da una vivienda gratis es porque ha obligado a otras personas a pagarla. Asimismo, si el gobernante nos da un derecho (por ejemplo, cobrar una pensión o un seguro de desempleo), también nos lo puede quitar o recortar, como de hecho hacen, sobre todo en tiempos de crisis. Además, la justicia se ha confundido con la igualdad: lo justo es lo igual. Pero ya no es la tradicional igualdad ante la ley, el hecho de que la justicia no puede distinguir entre las personas y, por ejemplo, no puede tratar mejor a un asesino que a otro porque el primero sea más rico que el segundo. Hoy cuando se habla de justicia como igualdad se piensa en que los políticos tienen que imponer la igualdad. Por ejemplo, se cree que un mundo más justo es un mundo donde los países ricos transfieran a los países pobres todos los años el 0,7% de la riqueza que generan los ciudadanos. Así se entiende la lucha contra la pobreza. Y hay muchos ejemplos de ese tipo, dentro de lo que se denomina justicia social. Pero, claro, si la justicia es quitarles a unos para darles a otros, entonces los bienes de las personas no están seguros ¡y esa seguridad es la clave de la justicia!