La residencia campestre del eparca de Constantinopla se alzaba en un amplio claro, abierto en los espesos bosques que crecían fuera de las murallas. Era un gran edificio de estilo griego, con sus clásicas formas policromadas, sin renunciar a las doradas cúpulas orientales. Delante del palacio se extendía un prado, donde se elevaba una gran tienda sostenida por largas varas recubiertas de plata. En torno a ella, un regimiento de criados se esforzaba en poner todo a punto para los invitados que comenzaban a llegar.
Fulmaro se frotó las manos al contemplar las mesas donde estaban ya dispuestos los manteles sobre los que se exhibían numerosos platos con exquisitas viandas. Y Asbag se dio cuenta en aquel momento de lo difícil que le sería controlar la glotonería del grueso obispo y la avidez de mujeres de los caballeros lombardos, como una semana antes en la fiesta del salón Dorado.
Luitprando había empeorado desde el Domingo de Resurrección, y su parálisis se había acentuado, hasta el punto de torcérsele algo la boca hacia un lado y casi cerrársele el ojo izquierdo.
Cuando Asbag le dejó en su lecho aquella mañana su aspecto era verdaderamente lamentable, pero su estado de creciente incapacidad física no le impedía mantener la mente perfectamente despierta y ocupada en la obsesión que le había llevado a embarcarse en aquella misión.
–Ve allí en mi nombre -le había pedido a Asbag-. Y no escatimes ningún esfuerzo para conseguir a la princesa. Recuérdalo bien, la que nos interesa es Ana, la hija de Romano II, basileus legítimo, ella es Porfirogéneta, es decir, nacida de la púrpura, hija del emperador. Y está en edad aún de ser fértil…
–No te preocupes por nada -le tranquilizó Asbag-. Haré todo cuanto esté en mi mano para ganarme la confianza del eparca y del patriarca. Ellos me conducirán hacia Juan Zimisces.
–¡Gracias a Dios que estás aquí! – exclamó trabajosamente Luitprando, fijando en el techo el único ojo que tenía sano-. Si Dios no te hubiera mandado…
–Bueno, bueno. Descansa ahora. Confía en mí.
–Acércate un momento -le pidió todavía Luitprando-; he de decirte algo.
Asbag acercó su oído a la boca del malogrado obispo, el cual casi entre dientes, le dijo:
–Cuidado con esos dos. Me refiero a Fulmaro y Raphael. No es que sean malas personas, pero no se enteran de nada… El gordo sólo piensa en su estómago y me preocupa que alguno de los caballeros pueda cometer algún desatino. La corte de Constantinopla es muy compleja; no es oro todo lo que reluce… ¿Me comprendes? Y esos lombardos son tan ardientes…
–Sí, sí -respondió Asbag para tranquilizarle-. Estaré en ello. Lo prometo. Te ruego que no te preocupes tanto; si no descansas no te recuperarás. Ya te he dicho que confíes en mí.
Por eso, al llegar a la villa del eparca, Asbag se preocupó sinceramente. Enseguida se dio cuenta de que el ambiente allí sería mucho más distendido y de que, al no tener cada uno un sitio fijo asignado, pues la fiesta transcurriría por los jardines con plena libertad de los invitados, le sería mucho más difícil vigilar a los caballeros de la escolta, que podían andar a su aire detrás de las bizantinas.
El eparca se encontraba frente a las blancas escalinatas de mármol que daban acceso al edificio principal del palacio, recibiendo a cada uno de los recién llegados, junto a su esposa y a sus diez esclavos eunucos de confianza.
–¡Ah, los legados del Papa! – exclamó cuando llegaron a su lado-. ¿No ha mejorado Luitprando?
–No -respondió Asbag-. Su salud es cada vez peor. Pero una vez más me pidió que transmitiera al emperador y a vuestra dignidad sus saludos y sus disculpas.
–Bien. En ese caso, entiendo que debemos considerarte a ti el legítimo representante -concluyó el eparca.
Asbag se percató de que el eparca se sentía aliviado al no tener que tratar con Luitprando, con el que había tenido frecuentes enfrentamientos en su anterior embajada. En general, el obispo de Cremona no era bien visto en Constantinopla, porque no había sabido mantener una actitud diplomática y había expresado frecuentemente su opinión acerca de los griegos.
Asbag, en cambio, por haberse formado en el ambiente cosmopolita de Córdoba, sabía bien cuan necesario era conocer primeramente las características de los hombres de otras culturas cuando se pretendía negociar algún asunto con ellos. Por eso decidió no perder el tiempo y buscar la manera de irse ganando a las autoridades.
Estaba claro que debía comenzar por el anfitrión de aquella fiesta campestre: el eparca Digenis. Él era el hombre más importante de Constantinopla después del basileus y el patriarca, y tenía a su favor el hecho de servir de nexo entre uno y otro, pues gobernaba la ciudad y era el responsable de la organización de las grandes ceremonias en las que ambos habían de participar forzosamente. Al mismo tiempo, era el mayor potentado de Bizancio, puesto que sumaba a su propia fortuna la de su esposa, la singular Danielis.
Bastaba con estar con él un momento para darse cuenta de que Digenis era un vano presuntuoso cuya única ocupación era hacer que todo el mundo girase a su alrededor. Era un hombre pequeño de estatura, que lucía una brillante calva y una permanente sonrisa de intención indescifrable. Jamás daba la impresión de alterarse, pero su fina ironía estaba siempre en funcionamiento. No obstante, su inteligencia y su capacidad estaban a la vista y eran sin duda la causa de que Juan Zimisces le hubiera aupado a un cargo tan elevado cuando fue proclamado emperador, tras haber contado durante años con sus servicios como mayordomo y administrador de sus posesiones. Ahora, dueño de sus propias casas, tierras, criados, esclavos y, además, sabedor de que desempeñaba el cargo de más alta responsabilidad de Constantinopla, estaba muy pagado de sí mismo y casi no prestaba atención a nadie, pendiente únicamente de que se le escuchase a él.
Asbag concluyó que ante un hombre como Digenis la única táctica posible era la de la adulación; la única que Luitprando jamás habría puesto en práctica. Alabó el buen gusto de la decoración, la exquisitez de los platos y las ropas de los criados; y aprovechó la ocasión para colar algunas referencias a Córdoba.
–¡Ah! ¿Conoces Córdoba? – se sorprendió el eparca.
–Naturalmente -respondió Asbag, esforzándose en hacerse el interesante-. Me eduqué allí, en la corte del califa; serví en su biblioteca y fui consejero de Alhaquen II.
–¡ Ah, qué maravilla! – exclamó Danielis, la mujer de Digenis-. ¡Cuánto me gustaría conocer Córdoba!
En ese momento, Asbag descubrió la manera de irse adentrando entre los bizantinos relevantes para alcanzar su propósito. La mujer del eparca, Danielis, era todo lo contrario de su marido: culta, refinada, aristócrata de una vieja dinastía, pero despierta a la vez, amante de la poesía y de todo lo que resultara ajeno a lo práctico. Aprovechando que Digenis se encontraba como casi siempre enfrascado en su petulante monólogo para despertar admiración entre un corro de aduladores invitados, el obispo se fue apartando un poco con ella, hablándole de Córdoba.
Le estuvo contando cómo era la vida en Medina al-Zahra, las costumbres de las mujeres, las ceremonias de palacio, el complicado mundo de los eunucos y los harenes; aderezado todo con ciertas dosis de fantasía y sin dejar de exagerar en los detalles. El primer paso se había dado. Pero no pudieron continuar con su animada charla, porque alguien reclamó la atención de todos los presentes.
–¡Señores, atención! – gritó uno de los mayordomos-. ¡Es la hora del juego de los leopardos!
En ese momento, aparecieron doce lacayos a lo lejos, acercándose con un leopardo cada uno sujeto por una cadena. Un gran murmullo de admiración se elevó entre todos los presentes.
–¿De qué se trata? – le preguntó Asbag a Danielis.
–¡Oh, cosas de mi esposo! – respondió ella con cierto desdén-. Ahora soltarán a unas pobres gacelas y tendremos que ver cómo los leopardos las atrapan después de perseguirlas por el prado. ¡En todas las fiestas hay que atender al dichoso numerito! Y más tarde, cuando llegue el emperador, repetirá de nuevo la exhibición. Aquí no se concibe una reunión campestre sin un juego de leopardos.
–¡Ah! ¿Entonces, vendrá el emperador? – se apresuró a preguntar Asbag.
–Sí, claro, está confirmada su asistencia. En realidad esta fiesta es para él. Le encanta reunirse a beber vino con sus antiguos compañeros y apostar en las competiciones de leopardos adiestrados.
Electivamente, al cabo de un rato se presentó Juan Zimisces, acompañado por todo el esplendor de su parentela y sus eunucos de confianza. Digenis corrió hacia él y se postró reverentemente en su presencia. Los invitados también se inclinaron y prorrumpieron en aplausos y aclamaciones.
El emperador traía sus propios leopardos. Y lo primero que se hizo fue ordenar que diera comienzo la cacería. Desde unos cajones que se encontraban en un extremo del prado, los lacayos soltaron a unas gacelas que fueron perseguidas por las fieras, por parejas, en diferentes carreras, mientras los espectadores apostaban por unas u otras identificándolas por los colores de sus collares.
Mientras todo el mundo contemplaba el espectáculo, Asbag se fijó en la gran cantidad de hermosas damas que habían llegado en el séquito del basileus. Al igual que las otras que estaban invitadas a la fiesta, todas bebían vino, charlaban con los caballeros y reían con naturalidad.
–Aquí las mujeres viven con mucha libertad -le comentó a Danielis-. Esto en Córdoba sería impensable.
–Oh, sí -respondió ella-. No podemos quejarnos. Hay mujeres que incluso viven solas, gestionando ellas mismas sus propiedades y gobernando a su servidumbre. Y, naturalmente, escogen a los hombres con los que quieren relacionarse. Así es Constantinopla. Supongo que ello no te causará escándalo.
–No, no. Cada pueblo tiene derecho a regirse por sus propias costumbres. Pero dime una cosa: ¿es alguna de esas damas la princesa Ana?
–No, ninguna de ellas -respondió Danielis-. Esas mujeres pertenecen a la familia de Juan Zimisces y Ana es de otra línea.
–¿Tú la conoces? – le preguntó Asbag. – Sí, claro. Es amiga mía. ¿Por qué? – Oh, por nada, por nada…
Cuando finalizó la cacería, la fiesta continuó. El emperador y los demás invitados se acercaron entonces a las mesas para comer y beber algo, y Asbag aprovechó la ocasión para aproximarse. Reclamó un momento la atención de Juan Zimisces y, llevándolo aparte, le expresó una vez más los deseos cordiales de Otón I y la bendición especial del papa Juan XIII. El basileus hizo un gesto prepotente y dijo: -No fue así como se expresó Luitprando en la anterior embajada. ¿Sigue el viejo obsesionado con llevarse ala princesa Ana para el sajón?
Asbag comprendió que la cosa sería mucho más difícil de lo que pensó en un principio y decidió andarse con suma cautela.
–Bueno -respondió-, la princesa es para su hijo. Si el Papa bendice esa unión, Otón estaría dispuesto a retirarse de Apulia y Calabria.
Había oído comentar eso a Luitprando, aunque sabía que éste no se rebajaría jamás a proponer una negociación. – ¡Vaya, vaya! – exclamó sonriente el emperador-. Eso ya es otro cantar. Pasa mañana por mi palacio y hablaremos del asunto. Y, ahora, vayamos a brindar con los demás.
Asbag se quedó encantado al comprobar que las cosas empezaban a solucionarse. Seguro como estaba de que Luitprando difícilmente se recuperaría del todo, decidió seguir haciendo las cosas a su modo. Al fin y al cabo, se trataba de conseguir como fuera la mano de la princesa Ana para Otón el joven, y ésa era en definitiva la única manera de poder regresar a Roma y, desde allí, a Córdoba.
Sin embargo, a medida que avanzaba la jornada de fiesta, no se dio cuenta de que estaban surgiendo complicaciones. Hasta que repentinamente reparó en la necesidad de ir a ver cómo se encontraban Fulmaro y Raphael.
Al primero lo encontró repantigado sobre la hierba, completamente ebrio y ahíto de comida, y tuvo que ir en busca de los criados para que lo transportaran hasta la mula y lo sacaran de allí cuanto antes. Por otro lado, en lo que a los lombardos se refería, la cosa era mucho más complicada, puesto que andaban por ahí, dispersos, borrachos también unos e ilocalizables otros. Fue preguntando por Raphael, pero nadie lo había visto por ningún sitio, por lo que empezó a preocuparse seriamente.
Danielis, a la que no se le escapaba nada, advirtió desde lejos la inquieta búsqueda del obispo y se apresuró a ir adonde él estaba.
–¿Se puede saber por qué andas preocupado de aquí para allá? – le preguntó-. ¿Sucede algo?
Asbag decidió sincerarse. Danielis le inspiraba cierta confianza.
–Se trata de Raphael, uno de los miembros de la legación -explicó-; no consigo localizarlo. Estos hombres no están habituados a este tipo de reuniones y…
–¡Ah, el joven conde! – exclamó ella-. Yo te llevaré al lugar donde se encuentra.
Asbag siguió a Danielis por entre los setos de los jardines, hasta las traseras del palacio, donde había una hermosa laguna rodeada de sauces y surcada en todas direcciones por cisnes y gansos.
–Allí está -le dijo ella, señalando hacia unos matorrales.
Raphael estaba abrazado a una muchacha. Cuando Asbag llegó hasta ellos, se quedaron sorprendidos y abochornados. Ella era extraordinariamente hermosa: alta, esbelta, de cabello obscuro y brillantes ojos verdes. El obispo sintió que nunca había visto a un ser tan hermoso y se quedó como paralizado. Ella echó a correr y se perdió en las espesura del jardín, mientras las carcajadas de Danielis se oían desde lejos.
–Pero… ¿te has vuelto loco? – recriminó el obispo a Raphael-. ¿No quedamos en que seríais prudentes? Lo vais a echar todo a perder…
El joven conde, sin decir nada, corrió también en la dirección de la muchacha.
–¿Quién era esa muchacha? – le preguntó Asbag a Danielis.
–Es Teofano, una sobrina del emperador. Según la opinión de todo el mundo, la dama más bella de Bizancio. Tu joven y apuesto conde no tiene mal gusto… Pero que se ande con precaución. Juan Zimisces no tiene hijos y esa sobrina lo es todo para él…
En el gran patio de columnas del palacio resonaba el estruendo de las espadas. Abuámir sostenía un escudo redondo y paraba una y otra vez los golpes que le lanzaba un contrincante, en la sesión de entrenamiento que, como cada día, se desarrollaba ante la mirada supervisora de Ben Afla en las dependencias de su señorial residencia. Habían sido casi seis meses de maduración y ahora el verano llegaba a su fin, al tiempo que se apreciaba ya la soltura y la familiaridad que cada uno de los alumnos mostraba a la hora de sostener la ligera cimitarra de caballero o el circular escudo de resistente cuero de buey.
–¡Bueno, basta por hoy! – ordenó Ben Afla desde la galería.
Los aprendices de guerrero soltaron las armas y se fueron quitando los protectores. Se sudaba copiosamente en aquellas sesiones, por lo que después se iban directamente hacia el estanque del jardín para refrescarse.
–Tú espera un momento -le dijo Ben Afla a Abuámir-. Me gustaría hablar contigo.
Un criado acudió con una jarra de agua y Abuámir bebió con ansiedad. Después contestó: -Bien, tú dirás.
Ambos salieron a los jardines y comenzaron un calmado paseo por un delgado pasillo que discurría entre dos líneas de esbeltos cipreses. Ben Afla le habló pausadamente: -Querido amigo, el verano ya se termina. Cuando acudiste a mí a principios de año para pedirme que te adiestrara en el arte de las armas, antes de que llegara el próximo invierno, sinceramente, pensé que ese tiempo sería insuficiente. Pero no quise desanimarte, y decidí que mejor era eso que nada. Ahora veo con claridad que te minusvaloré en aquel momento. Suponía que, al no ser ya un muchacho, te resultaría difícil educar los reflejos y ganar agilidad.
–Entonces, ¿crees que estoy preparado? – le interrumpió Abuámir.
–Bueno, no voy a decirte que seas ya un guerrero -respondió Ben Afla-. Eso sólo se consigue después de haber estado en un verdadero campo de batalla; pero has adelantado mucho en poco tiempo y, sin duda, podrás desenvolverte frente a cualquier adversario adiestrado…
–¿Lo dices en serio? – se entusiasmó Abuámir.
–Sí, completamente. Por lo que a mí respecta, no tengo ningún inconveniente en certificar que tu preparación en mi escuela ha sido suficiente.
Abuámir besó las manos del veterano militar.
–Oh, no, no… -dijo Ben Afla-. No tienes nada que agradecerme. Agradece al Todopoderoso las cualidades con que te ha dotado. Y, ahora, sígueme; he de mostrarte algo.
Cruzaron todo el jardín y llegaron al final de la extensa propiedad que el noble tenía en el centro de Córdoba, a las caballerizas. En un rincón, colgado de unos clavos en las paredes de adobe, había algo cubierto con unas viejas mantas. Ben Afla las retiró y apareció una flamante armadura. Estaba confeccionada con flexibles piezas de cuero, con revestimientos metálicos, bien engarzados, pulidos y brillantes, cotas de malla, puntiagudo yelmo y una magnífica coraza.
–¿Eh…? – se maravilló Abuámir-. ¿Y esto?
–Es tuya -sentenció Ben Afla-. A partir de hoy podrás lucirla.
–¡Por Alá! ¡Es demasiado! Ahora comprendo; por esto mandaste que me tomaran medidas… Pero… ¡debe de valer una fortuna!
–Y yo debo ser honesto -contestó Ben Afla-. Aunque yo la mandé hacer a mi armero de confianza, y dispuse cómo tendría que confeccionarla, fue el gran visir al-Mosafi quien la costeó en su integridad.
–¿Al-Mosafi? – se extrañó él.
–Sí. Me visitó hace un mes para interesarse por tus progresos. Y yo le dije la verdad: que en breve serías un adiestrado caballero. Entonces se entusiasmó, y ambos acordamos que necesitarías pronto tu armadura para recibir el nombramiento de jefe de la shurta. Pues bien, ahí la tienes. Es digna del gran hombre que ha de llevarla.
Esa misma mañana, Ben Afla y Abuámir acudieron a la notaría del cadí, para extender el pliego de certificaciones que un caballero necesitaba para entrar a formar parte de cualquier cuerpo de armas del califa. Y por la tarde el flamante caballero, luciendo su brillante armadura, se dirigía hacia Zahra para recibir su nombramiento, acompañado por Ben Afla y por los jóvenes alumnos de su escuela de armas.
Al-Mosafi no pudo ocultar el entusiasmo que le causaba ver a su protegido convertido en un guerrero. Inmediatamente dispuso lo necesario para que prestara juramento y ocupara su nuevo cargo al frente de las fuerzas que se ocupaban de mantener el orden dentro de la ciudad de Córdoba y en el amplio territorio que la rodeaba, hacia las sierras y las murallas de Zahra por un lado y más allá del Guadalquivir, en la gran extensión de las munyas, por otro. Un nuevo poder que acudía a las manos de Abuámir, para sumarse al de tesorero, director de la Ceca y administrador de todos los bienes de la sayida y del heredero Hixem.
Después de tomar posesión de su cargo, Abuámir recibió los parabienes y felicitaciones de los más altos dignatarios y pasó revista a los destacamentos de guardias que habían de estar bajo su mando. Y con la última luz de la tarde se encaminó hacia los alcázares, como conducido mecánicamente por un impulso que le nacía muy dentro.
Hacía más de medio año que no veía a Subh. Había sido una separación muy dolorosa, pero sentía que había sido necesaria. Era como si hubiera percibido justo a tiempo que aquella relación era lo único que podía causarle problemas. Después de que se hubieran levantado contra él las iras de los eunucos de Zahra y de que el príncipe al-Moguira se hubiera sentido desairado, lo peor que podía sucederle es que empezaran a circular las habladurías. Sabía que el asunto de la litera de plata había levantado la polémica y que sus frecuentes estancias en la munya de Al-Ruh caldeaban un cierto ambiente de sospecha. ¿No habría sido el momento oportuno de retirarse prudentemente?
Subh le pareció más bella que nunca; sería por el tiempo transcurrido sin verla. Con frecuencia había querido recordar su rostro, cada facción, cada gesto, sus dulces ojos intensamente azules y el oro de su pelo; pero era como si se borrase de su mente cada vez que se esforzaba en retener la imagen. Ahora estaba ahí, con su suave túnica de lino verde, mirándole con gesto de asombro, en el pequeño patio de las enredaderas.
Ella soltó un tiesto que sostenía entre las manos y soltó un grito de emoción. Los loros se alborotaron en su jaula y sus familiares voces le devolvieron a Abuámir el recuerdo de los primeros días en el palacio. Sisnán y al-Fasí también se alborotaron y acudieron a manifestar sin reparos su alegría de verle.
–¡Ah, qué armadura! – exclamaban-. ¡Eres un mawala guerrero, señor Abuámir! ¡Pareces un gran general!
Ella le contempló primero, de arriba abajo, con extrañados ojos de sorpresa. Luego se abrazó a su cuello. El la abrazó sin contenerse; sintió el cuerpo frágil bajo la tersa tela de la túnica, la suavidad de su mejilla, el sabor salado de una lágrima de emoción que recogió con sus labios.
El pequeño Hixem ya estaba en la cama. Cenaron juntos los cuatro, unidos por la común alegría; no era momento de guardar las distancias. Subh y los eunucos disfrutaron con las aventuras que Abuámir les contó de sus pasados días en las sierras; historias de osos y de lobos, de noches de vagar perdidos por los montes, orientándose por las estrellas, padeciendo hambre y sed. Admiraron nuevamente la armadura, empuñaron con temor la afilada espada, tomaron en peso el escudo y se probaron el yelmo. Hubo risas, agudos chismorreos de Sisnán y atrevidos cuentos picantes de al-Fasí. Todos querían recuperar el tiempo perdido.
Más tarde Subh propuso subir a la torre. Los eunucos sintieron entonces que debían retirarse prudentemente y se perdieron por sus aposentos.
Arriba, un suave viento de otoño traía el aroma de la tierra removida en los campos. La ciudad brillaba abajo, iluminada por sus faroles recién encendidos. Un bello cielo rojo se extendía desde la línea del horizonte en el poniente.
–¿Sabes una cosa? – le dijo ella-, pensé que no ibas a volver.
–Pero… ¿por qué?
–No lo sé. No podía evitarlo. Sentía que toda aquella felicidad ya se había ido y no iba a regresar.
–Anda, ven aquí -le pidió él. La atrajo hacia sí y la estrechó dulcemente-. Ya ves que estoy aquí. ¿Por qué siempre has de temer a lo que ha de venir? ¿Por qué te atormentas? El tiempo se lleva las cosas, es cierto: pero él mismo trae otras. Así es la vida.
–Eso lo dices porque tu vida es diferente -repuso ella-. Pero para mí todo es igual. Los hombres vais y venís a vuestro antojo; sois los únicos dueños de cuanto ha de sucederos. A mí, en cambio, ¿qué me queda? Esperar, solamente esperar y esperar.
–Bueno, ahora estamos juntos. ¿Qué te preocupa?
–Que nunca podremos ser nosotros -respondió ella en tono triste.
–¿«Nosotros»? ¿Qué quieres decir con eso?
–Tú perteneces a tu propio destino. Te preocupa prosperar, ser cada vez más poderoso, acumular cargos… Y eso es comprensible. ¿Quién puede impedirte que construyas tu propia vida? Pero a mí, ¿qué me queda? Ser la sayida, es decir, la favorita del califa; de un hombre al que en el fondo no pertenezco. ¿Podría alguien cambiar eso? No. Mi vida es una permanente mentira. Soy de él, pero sé que no soy suya. Mi corazón te pertenece a ti; pero tampoco puedo ser tuya… ¿Entiendes ahora por qué nunca seremos «nosotros»?
Subh rompió a llorar. Y Abuámir sintió que algo había cambiado. Deseaba en aquel momento que todo fuera como siempre, que ella continuara confiando ingenuamente en cuanto él le dijera; pero percibió que ya no se podía volver atrás, que le empezaba a fastidiar aquella forma complicada que ella tenía de analizar las cosas últimamente. Creía que aún tendría la fuerza de animarla, de tornar las cosas del color que él quisiera, como siempre había sucedido entre ellos.
–Vamos, no llores -le dijo-. ¿Por qué te empeñas en estropear este momento? Es inútil recordar continuamente lo que no se puede cambiar. Las cosas son así. ¿Las he hecho yo de esa manera? Estamos aquí y eso es lo que ahora importa…
–¡Jura que no me dejarás nunca! – le pidió ella de repente.
–¡Eh! ¿A qué viene eso ahora?
–Júralo! – insistió ella.
–Sí, claro, lo juro. ¿Crees que podría olvidarme de ti fácilmente?
La brisa fue volviéndose más fresca. Ya no era una noche de verano, sino que el ambiente anunciaba otra estación, más fría y de noches más largas.
Hacía semanas que Luitprando permanecía postrado en su lecho, sumido casi permanentemente en un profundo sueño, con una bronca respiración que brotaba de su acartonada boca, entreabierta, torcida. Les costaba despertarlo una vez al día para suministrarle algún alimento líquido que tragaba con gran dificultad. Luego comenzaba a rezar el padrenuestro, pero casi ningún día conseguía completarlo antes de volver a caer en brazos de la inconsciencia.
Asbag y Fulmaro, como cada mañana, permanecieron rezando el oficio junto a la cama del obispo enfermo; confiando en que le pudieran llegar los ecos de los salmos hasta donde quiera que le tuviera retenido su somnolienta enfermedad.
Al finalizar la oración, ambos se santiguaron y rociaron a Luitprando con agua bendita. Fulmaro dijo en tono resignado:
–Tendremos que ir pensando en algo. Éste se muere y no vamos a quedarnos aquí toda la vida…
–Tengamos paciencia -dijo Asbag-. He conseguido hablar ya un par de veces con el basileus y parece inclinado a conceder la mano de la princesa Ana.
–¿Más paciencia? – replicó el grueso obispo-. Llevamos meses aguardando esa respuesta. Después de la fiesta de la casa campestre del eparca aseguraste que la cosa se solucionaría en breve. Aquello fue en la Pascua. Y, ya ves, el verano se va. Dentro de poco más de un mes cerrarán los puertos. ¿Pretendes acaso que permanezcamos aquí un año más? ¡Yo, desde luego, no estoy dispuesto!
–¡Por favor! – repuso Asbag-. Es cuestión de un par de semanas. Déjame hacer a mí. Danielis, la mujer del eparca, me está ayudando mucho en este tema. Me ha garantizado que las cosas marchan muy bien.
–¡Y digo yo! – protestó Fulmaro-: ¿para qué diantres necesitamos a esa princesa griega? ¿No puede el emperador casarse con una princesa sajona, franca o italiana? Si, de todas formas, ése se muere…
–¡Cállate! – gritó de repente Luitprando, incorporándose en su lecho con un rostro crispado y con su único ojo gris abierto y clavado en Fulmaro-. ¡Glotón y perezoso saco de grasa! ¡Todavía estoy vivo!
Fulmaro cayó hacia atrás desde su asiento y quedó sentado en el suelo con el pánico grabado en el semblante.
–¡Luitprando! – exclamó Asbag-. ¡Gracias a Dios!
El obispo de Cremona pidió agua y, cuando se la acercaron a los labios, la bebió con avidez. Luego se dejó caer en los almohadones y comenzó una especie de monólogo delirante:
–La princesa debe ser llevada a Roma… Hay que unir el imperio… Un Augusto, necesitamos un Augusto… Alguien debe convencer a los francos, alguien debe convencer al rey sajón… Alguien tiene que convencer a esos griegos… Si alguien no lo hace, el mundo terminará siendo sarraceno.
–¡Luitprando! – le decía Asbag-. ¡Eh, Luitprando! Abre los ojos. Soy Asbag.
–¿Eh…? – exclamó él, abriendo de nuevo el ojo sano-. ¡Ah, Asbag! ¡Dios sea loado! ¡Me voy, he de descansar! Tengo que marcharme ya…
–¿Qué dices? ¿Adonde piensas ir? – le preguntaba Asbag desde su confusión.
–A la casa de mis padres; ellos me esperan…
–No, no, nada de eso -le dijo Asbag, pasándole un paño húmedo por la frente-. Antes has de concluir tu misión. Necesitas reponerte. Se trata sólo de eso. Estás fatigado, nada más.
El obispo se incorporó de nuevo y aferró la túnica de Asbag con la mano que no tenía paralizada. Como haciendo un gran esfuerzo, dijo:
–¡No! He de irme, lo sé; acaban de decírmelo. Pero prométeme que te llevarás contigo a la princesa… ¡Júralo! ¡Júralo por tu sagrado ministerio!
–Pero… ¿Qué dices? Basta, cálmate y descansa…
–¡Júralo! ¡Júralo! ¡Júralo! – insistía Luitprando como fuera de sí.
–Sí… Lo juro -respondió Asbag con un hilo de voz.
–¡Sostén tu pectoral y díselo al crucifijo! – exigió el obispo-. ¡Tú también, Fulmaro!
Asbag cogió su pectoral y Fulmaro hizo lo mismo.
–Lo juro. Juro que llevaré a la princesa bizantina a Roma -dijo Asbag.
Al oír aquello, Luitprando se desplomó y volvió a sumirse en un profundo sueño.
Fulmaro, que había observado aterrorizado toda la escena, se hincó entonces junto a la cama y comenzó a hacerse cruces, gimoteando y exclamando:
–¡Santísimo Cristo! ¡Ha vuelto desde las regiones del sueño para traer una encomienda! ¡Tú lo has escuchado! ¡Debemos llevarnos a la bizantina o perderemos nuestras almas! ¡Lo hemos jurado en su lecho de muerte!
–¡Bien, basta ya! – trató de calmarle Asbag-. Dejémosle sólo, debe descansar. Se pondrá bien. Son cosas de la enfermedad.
Pasaron dos semanas más sin que Luitprando volviera a recobrar la consciencia. Ya no podían alimentarlo, y sólo se mantenía con el poco líquido que conseguían introducirle en la garganta. Su cuerpo era un manojo de huesos que se había contraído hasta que las rodillas se le habían juntado con el pecho, en una rigidez que les impedía enderezarlo.
Desde el día de la fiesta campestre, Asbag no había dejado de visitar a la mujer del eparca al menos un par de veces a la semana. Ahora, transcurridos seis meses, podía decirse que había una verdadera amistad entre ellos. Al principio hablaron de libros, de arte, de astronomía; contrastaron los conocimientos que ambos tenían en estas y otras materias. Luego hablaron del mundo, de la filosofía y de los viejos saberes olvidados. Asbag descubrió más tarde en Danielis a alguien a quien poder confiarse. Le contó su aventura, las calamidades pasadas; le comunicó la experiencia vivida, sus temores, sus sueños, sus incógnitas acerca de la vida. Él no sabía por qué, pero ella le inspiraba el deseo de abrir su alma. Nunca antes le había sucedido algo así.
Danielis también le contó su historia personal. Era la única hija de un magnate armenio que se había trasladado a Constantinopla en tiempos del emperador Romano II. No sólo había heredado la fortuna de su padre, sino también una profunda tradición de sabiduría, de la que aún pervivía en algunos lugares de Siria como legado del viejo mundo griego. Había vivido siempre en la corte, pero se había sentido distinta. Era una mujer grande y hermosa todavía, a pesar de sus cincuenta años, que se había desposado con Digenis recientemente. Le confesó a Asbag que, al no tener necesidad inminente de unir su vida a un marido en su juventud, había dejado pasar los años esperando a que apareciera la persona ideal. Pero por delante de su vida sólo habían pasado los libros y los años. Por eso, cuando Digenis le propuso el matrimonio lo aceptó, porque el eparca le pareció un hombre divertido, ideal para mitigar la soledad que había empezado a sufrir. No habían tenido hijos, pero ella aprendió a tolerar la descendencia que las concubinas le proporcionaban a su marido. Ahora era una genuina matrona, de vasta cultura cimentada en la Grecia de siempre, pero de serena imaginación y sensibilidad oriental.
Cuando Asbag se presentó aquel viernes por la mañana en su casa, la encontró como otras veces, con su larga bata de color violeta y dedicada a las plantas medicinales que cultivaba con esmero en su jardín. El cielo estaba cubierto de nubes, y unas primeras gotas de lluvia les obligaron a guarecerse bajo una especie de templete formado por un tejadillo de tejas verdes sostenido por seis marmóreas columnas dispuestas circularmente.
–El otoño ya está aquí -comentó Danielis.
–Sí -dijo él-. De eso quería hablarte. Pronto cerrarán el puerto y hemos de ir pensando en regresar a Roma.
–¿Cómo se encuentra Luitprando? – preguntó ella.
–Morirá en cualquier momento. Lo asombroso es que viva aún. Se sustenta de aire y de agua.
La lluvia empezó a arreciar, las gotas repiqueteaban en el tejadillo y en las hojas de los árboles. Un delicioso aroma empezó a desprenderse de la tierra húmeda y de las plantas aromáticas. Los dos aspiraron profundamente y saborearon aquel aire limpio y perfumado. Permanecieron un rato sin decir nada, como unidos en la agradable experiencia que no precisaba ser comentada. Al cabo, Danielis dijo:
–Seguís empeñados en llevaros a la princesa Ana a Roma. ¿No es así?
Asbag asintió con un movimiento de cabeza. Ella prosiguió:
–Pues siento decirte que será difícil. He hablado frecuentemente de ello con mi marido y él a su vez ha hecho las gestiones oportunas ante el basileus.
–¿Y bien? – se impacientó Asbag.
–Bueno -respondió ella sin ocultar su desilusión-. Hay muchas cosas que están por medio… y que tú no conoces. He de decirte la verdad, puesto que confío en ti plenamente. Pero nadie, absolutamente nadie, debe saber jamás lo que voy a contarte… Y mucho menos en Roma.
–¡Por favor! No conozco a nadie en Roma. Ya sabes que me embarqué en esta empresa únicamente para acompañar a Luitprando, y ¿podría decirle ahora algo a él?
–Bien, confío en ti. Es una historia larga que trataré de resumir. Ana es hija de Romano II, ya lo sabes, un emperador, digamos, «legítimo» por ser descendiente de Constantino. Cosa que no sucedía con el anterior, Nicéforo, que no era más que un general aupado a emperador. Al igual que el actual Juan Zimisces, que le sucedió después de asesinarle en complicidad con la esposa de aquél. Que a su vez era amante de éste…
–¡Dios mío!-exclamó Asbag.
–Sí, ya ves, por eso te dije que todo es muy complicado. Pues bien, para poder restablecer la legitimidad, Juan Zimisces se casó con la actual emperatriz Teodora, hermana del genuino Romano II y tía por tanto de Ana. Como comprenderás, después de todo ese lío, es lógico que la verdadera dinastía se cuide mucho de guardar la sucesión legítima. Y ahí juega un papel importantísimo el patriarca Polyenctos, que, además de no tragar a Juan Zimisces por considerarlo un pecador y un corrupto, es radicalmente partidario de que no reinen otros que los legítimos sucesores.
–¿Y eso qué tiene que ver con que la princesa Ana se case con Otón?
–Tiene que ver muchísimo. Si Polyenctos no reconoce otra dinastía de emperadores romanos que la que desciende de Constantino, ¿cómo va a reconocer a los sajones, que para él son bárbaros?
–Comprendo -dijo Asbag-. ¿Y si hablara yo con él? – No te recibirá. Es un anciano testarudo que vive enclaustrado en uno de los monasterios de la ciudad. Y, además, desde que Luitprando se enfrentó a él, no quiere oír hablar de Roma.
–Entonces, Danielis, ¿qué me queda por hacer? – le preguntó Asbag, desolado.
–Todavía queda una posibilidad. Ir a ver a la propia Ana. Es libre, por ser mayor. Y, aunque debe obediencia al basileus, Juan Zimisces nunca se atreverá a contrariarla; tiene mucho que callar.
–¡Vayamos ahora mismo! – propuso él con ansia. El obispo y la mujer del eparca salieron en dirección al gran palacio, acompañados por los eunucos, que sostenían dos grandes sombrillas. Llovía a ratos y el sol salía de vez en cuando haciendo brillar las piedras mojadas de los grandes edificios. Todas las calles eran una exposición de frutas de todo tipo, aunque resaltaban especialmente los jugosos racimos de uvas blancas o negras y las grandes granadas abiertas que mostraban sus atractivos corazones.
Ana le pareció a Asbag una mujer extraña; no podía decirse que fuera fea, pero tampoco resultaba hermosa. En la larga conversación que mantuvieron sólo decía «sí», «no» o «no sé». Pero finalmente se le escapó un dato que vino a desbaratar por completo toda posibilidad de seguir adelante con el plan de Danielis: los búlgaros se habían adelantado y habían solicitado su mano para el rey Boris II. El arzobispo de Kiev había estado allí una semana antes y Ana se había comprometido. No había nada que hacer.
Esa misma tarde, Danielis sonsacó a su marido que el propio eparca y el basileus, con la mediación del patriarca, habían estado de acuerdo en concertar el matrimonio entre el príncipe de Kiev y la princesa bizantina. Cuando le comunicó a Asbag sus últimas averiguaciones, éste se sintió desolado.
–Lo siento, Asbag -le dijo ella-. Lo siento muchísimo. Mi esposo me ocultó todo, aun sabiendo que yo trataba de ayudarte. Digenis ha jugado contigo y conmigo; pero él es así. Le debe todo a Juan Zimisces y jamás haría nada que pudiera contradecirle.
–Y yo lo siento por Luitprando -repuso Asbag-. Le prometí que haría lo posible para llevar a buen fin su misión; y he fracasado. Ahora no me queda más remedio que embarcarme con él, moribundo, y regresar a Cremona. En fin, Dios ha querido que las cosas sucedieran de esta forma. Lo único que me preocupa ahora es que Otón se sienta ofendido y se desencadene de nuevo la guerra en los territorios bizantinos de Italia.
–Admite un consejo -le rogó Danielis-. Tú lo has intentado, no te sientas ahora desolado. Regresa a tu tierra; vuelve a Córdoba. Que el obispo de Colonia se lleve a Luitprando, y tú embárcate directamente. Conozco a viajeros que siguen esa ruta antes del invierno; puedo garantizarte un rápido regreso a Hispania. Al fin y al cabo, ¿qué pintarás en Cremona cuando el anciano haya muerto?
–No sé -respondió él-. Tendré que pensarlo. Me sabe muy mal dejarle ahora solo. Es un hombre que ha luchado mucho y no se merece eso. Confió plenamente en mí y siento que debo acompañarle hasta el final.
En el puerto de Constantinopla la nave italiana estaba dispuesta para zarpar. Lo último en subir por la pasarela había sido la litera que transportaba al moribundo Luitprando, que fue acomodado en un resguardado camarote interior, donde habían de viajar los otros dos obispos.
Asbag y Fulmaro se impacientaban en el muelle, llenos de preocupación porque el conde Raphael no llegaba. Ambos interrogaban al caballero que ejercía de lugarteniente.
–Pero, vamos a ver, ¿dices que lo viste camino del gran palacio? ¿Que iba a ver a alguien?
–¡Ya os lo he repetido diez veces! – respondió él-. Me dijo anoche que iba a despedirse de alguien, y que estaría aquí a primera hora… ¿Cuánto tiempo necesita ése para despedirse?
–Si no lo habéis visto esta mañana es porque no regresó anoche -concluyó Asbag-. Le ha debido de suceder algo.
–¡Que se quede aquí! – sentenció Fulmaro-. ¡El se lo ha buscado!
–¡De ninguna manera! – negó enfurecido el caballero lombardo-. Hay que ir a buscarlo. No nos moveremos de aquí sin él.
En esta discusión estaban cuando apareció un destacamento de guardias del palacio real con un oficial al frente.
–¡Vosotros, latinos! – llamó la atención el heraldo.
–¿Qué ha sucedido? – se apresuró a preguntarle Asbag.
–Por orden del eparca, debéis comparecer en el palacio imperial. Uno de vuestros hombres ha sido hecho preso.
–¿Eh…? – se extrañaron-. ¡Raphael! ¡Lo han detenido! – concluyeron.
–¡Lo sabía! – se enardeció Fulmaro-. ¡Ese endiablado lombardo ha liado alguna! ¡Vaya por Dios! ¡Precisamente hoy! ¡Tenía que ser cuando íbamos a dejar este fastidioso país!
Se dirigieron a toda prisa a la parte alta de la ciudad y se presentaron llenos de preocupación en los cuarteles de la guardia, donde les aguardaba el eparca. Cuando le preguntaron por lo sucedido, Digenis dio las explicaciones pertinentes:
–Ese joven de vuestra legación, Raphael, ha sido sorprendido dentro de las dependencias del palacio, en las habitaciones de las mujeres. No podemos consentir que os marchéis mientras el asunto está en manos de nuestros jueces. Tendréis que dar una explicación al basileus.
–Pero ¡cómo es posible! – exclamó Asbag, sorprendido.
–Nadie podía negarle la entrada -prosiguió el eparca-. Entró ayer tranquilamente, puesto que era miembro de vuestra embajada y los guardias supusieron que se trataba de una visita oficial, y se quedó en el palacio durante toda la noche. Y lo peor es que fue hallado nada menos que en la habitación de la sobrina del basileus.
–¿Qué? – dijo Asbag.
–¡Maldito lombardo! – exclamó Fulmaro con un resoplido de furia.
Pidieron ver al preso, pero el eparca no lo permitió. El basileus se encontraba fuera de Constantinopla y no regresaría hasta pasados un par de días.
–Mientras el basileus no esté aquí -concluyó Digenis-, yo no puedo hacer nada. Se trata de un asunto muy serio y él es el único que puede decidir lo que los jueces han de hacer. ¡Tened en cuenta que se trata de una grave ofensa a la familia imperial!
Hubieron de volver a la residencia en la que se habían hospedado antes. Luitprando empeoraba; a veces su respiración se cortaba y parecía que había expirado. Pero su malogrado cuerpo seguía aferrado a la vida. Asbag llegó a pensar que había en él una oculta energía que le impedía dejar este mundo sin que la misión mera llevada a buen fin, y que algo de él seguía obrando para impedir que dejaran Bizancio sin llevarse a la princesa.
Se sintió desolado y sumido en una total confusión. No sólo habían fracasado en la misión sino que habían provocado un grave incidente diplomático. ¿Con qué cara podían regresar a Roma llevando a Luitprando moribundo y un conflicto con el basileus? Una única idea le rondaba la cabeza: regresar a Córdoba y verse libre de todas aquellas complicaciones que de ninguna manera se había buscado. Pero seguía siendo incapaz de sacudirse el pacto que había hecho con Luitprando.
Por la tarde montó en su mula y fue a la casa campestre del eparca. Pensó que Danielis sería la única capaz de comprenderle y de darle ánimos en aquel momento.
–¡Cómo! ¿Todavía aquí? – se sorprendió ella al verle, pues se habían despedido el día anterior.
Ella escuchaba el relato de Asbag con la respiración contenida, tan nerviosa como el propio obispo.
–… De manera que pasó toda la noche con Teofano en su dormitorio -decía Asbag-. Y de madrugada los sorprendió una de las ayas, que fue corriendo a comunicárselo a la hermana del emperador. Ya te puedes imaginar lo que debió de suceder.
–¡Ah, Teofano! – exclamó Danielis, muy consternada-. ¡Esa cabeza de chorlito! Se ha enamorado locamente de tu conde. Debí suponer que sucedería algo así.
–¿Sabías lo que estaba pasando entre ellos? – preguntó el mozárabe con gesto de pasmo.
–¡Claro! ¿Eres tonto? ¿No recuerdas lo que sucedió en el jardín el día de la fiesta?
–¡Ah, era ella! – recordó Asbag.
–¡Vamos allí! – propuso Danielis con resolución, poniéndose en pie-. Conozco muy bien a la muchacha; mejor que su propia madre. Siempre la he querido como a una hermana o una hija. Yo misma le enseñé a leer y a escribir, y todo cuanto ella sabe lo aprendió de mí.
La mujer del eparca se echó una capa sobre los hombros, y el obispo y ella salieron a paso ligero en sus mulas con destino al gran palacio.
Fueron directamente a las dependencias de las mujeres. El dormitorio de Teofano era un caos. La joven estaba acurrucada en el regazo de una enorme aya, llorando, mientras criadas y damas entraban y salían sin parar, alborotadas, con el constante griterío de fondo de la madre, que estaba hecha una furia. Al ver a Asbag, empezaron todas a increparle, pero él no comprendía nada, puesto que lo hacían en su lengua armenia.
–¡Bueno! ¡Basta, basta! – dijo Danielis con autoridad-. ¿Queréis dejarme a mí con ella? ¡Vamos! ¡Por favor! Salid todas. El obispo romano y yo solucionaremos esto.
Las mujeres se hicieron las remolonas, pero al cabo salieron una a una. Respetaban a Danielis porque representaba a la vieja nobleza de Constantinopla y porque era una mujer culta y temperamental, cuyo prestigio estaba por encima del de la familia armenia de Juan Zimisces, que al fin y al cabo era un hatajo de advenedizos.
Cuando Asbag y las dos mujeres se quedaron solos, Teofano se arrojó en los brazos de Danielis deshaciéndose en lágrimas.
–¡Ay, qué vergüenza, Danielis! ¡Qué horror! ¿Por qué ha tenido que ocurrir esto?
–Bueno, bueno, mi pequeña -la consoló Danielis-. Eso ya pasó. Ahora lo importante es hallar un remedio.
Teofano pareció calmarse al momento. Asbag se fijó en ella. Sin duda era la mujer más hermosa que podía encontrarse en lugar alguno. Casi llegó a comprender en aquel momento la obcecación y la imprudencia del joven Raphael. Era esbelta, de largo y delicado cuello, de sedosos cabellos castaños y labios finos que dejaban ver unos perfectos dientecillos blancos; pero sus ojos verdes bastaban para hacer enloquecer a cualquiera.
–Tú le quieres, ¿no es verdad? – le preguntó Danielis.
–Sí, mucho, muchísimo -respondió ella-. Pero ¿qué puedo hacer yo? Vinieron los guardias y se lo llevaron…
–No te forzaría…, ¿verdad? – le preguntó Asbag.
Ella bajó la cabeza, avergonzada.
–Bien, bien, mi querida -le dijo Danielis-. Lo siento, pero tengo que decirte esto: no querrás que le corten la cabeza…
Ella rompió a gritar en un ataque de nerviosismo. Danielis le dio una bofetada para hacerla volver en sí.
–¡Bueno! ¡Ya está bien! – le dijo-. Si has consentido, debes asumir tu parte de culpa. Pobre, pobre niña -dijo ahora para tranquilizarla-. Ya sé cuánto quieres a Raphael. No te preocupes. Lo arreglaremos…
–¿Cómo? – decía ella, llorando-. Danielis, ¿cómo?
Mientras la tenía abrazada, acariciándole el pelo, Danielis se dirigió a Asbag:
–Cuando se produce una deshonra, las leyes de Bizancio establecen dos soluciones, para el caso de que se trate de solteros: si ambos son consentidores, que se casen y aquí no ha pasado nada…
–¿Y si no? – preguntó Asbag con ansiedad.
–Si él la ha deshonrado, se le corta la cabeza sin más contemplaciones.
–Pero éste no es el caso -repuso Asbag-, puesto que ambos consintieron.
–Sí, pero ¿crees tú que Juan Zimisces estará dispuesto a admitir que su sobrina preferida estaba prendada de un conde latino? Te recuerdo que él no tiene hijos y que ella es como su hija…
–Entonces, ¿qué se puede hacer? – dijo él, y mirando a Teofano añadió-: ¿Querrías tú casarte con Raphael y vivir en Lombardía el resto de tu vida?
–¿Querrá él? – preguntó ella a su vez.
–¡Ya lo ves! – le señaló Danielis a Asbag-. Tienes que hablar con el conde, y decirle lo que ha de hacer si quiere conservar su cabeza.
–¡Pero no me dejan verlo! – replicó Asbag.
–¡Bah! – dijo la mujer del eparca-. Déjalo de mi cuenta. Digenis estará de acuerdo en que será mejor presentarle al basileus el problema con una solución.
Danielis habló con su marido y, efectivamente, éste consintió enseguida en que Asbag se entrevistara con el preso. Un oficial condujo hasta una obscura y pestilente mazmorra al obispo mozárabe y a Fulmaro.
Raphael, que estaba encogido en un rincón, dio un salto hacia ellos al verlos entrar. Pero Fulmaro lo sujetó por el pecho y comenzó a abofetearle, gritando:
–¡Idiota! ¡Cómo se te ha ocurrido! ¿No tenías tú que protegernos a nosotros? ¡Mira la que has armado! ¡Te van a decapitar!
–¡Déjalo! – exclamó Asbag, interponiéndose entre los dos-. ¡No es momento ahora de discutir!
–¡La culpa la tiene el Papa! – dijo el grueso obispo-. Por mandar a niños hacer tareas de hombres.
–¡Claro, si hubiera estado comiendo y bebiendo a todas horas como tú…! – protestó Raphael-. ¿Qué has hecho tú en todo este tiempo? ¿De qué ha servido esta misión? ¿Habéis logrado acaso algo de lo que Luitprando os encomendó?
–¡He dicho basta! – zanjó Asbag la cuestión-. No podemos estar divididos ahora. Lo único que podemos hacer es tratar de solucionar este asunto lo mejor posible. A ver, tú -dijo dirigiéndose a Raphael-: quieres a esa muchacha, ¿no?
–Sí -respondió él con rotundidad.
–¡Pues ya está! – sentenció Asbag-. Se vendrá con nosotros a Italia y te casarás con ella, así salvarás tu cabeza y su honra. ¡No se hable más!
–¡Ah, eso es muy fácil de decir! – replicó Fulmaro-. Sólo hay un inconveniente: que éste se casó el año pasado con la hija del duque de Verona.
–¡Oh, no, no, no! – exclamó Asbag llevándose las manos a la cabeza-. ¡Has engañado a esa pobre joven! ¡Te mereces lo que va a sucederte!
Salieron de la prisión y Asbag regresó a las dependencias de las mujeres donde aguardaban Teofano y Danielis. Llevó aparte a esta última y le contó lo sucedido. Ella le escuchó con perplejo interés. La expresión de su rostro era tensa. Se volvió y, mirando hacia el vano de una ventana, dijo:
–¡Es terrible! No lo siento sólo por él, que morirá sin remedio; me preocupa ella, puesto que una mujer deshonrada y encima por un adúltero tiene por delante un negro futuro en la corte. Deberá regresar a Armenia, donde la familia la tratará peor que a una criada.
–¡Pero ella no lo sabía! – repuso Asbag-. Cedió a la seducción, pero no sabía nada…
–Sí -comentó ella-. Eso es lo malo. Raphael es muy hermoso y no ha pasado inadvertido que andaban prendados el uno del otro. ¿Crees que alguien se va a creer aquí que él la forzó aunque Juan Zimisces le corte la cabeza? ¡Vamos! No conoces cómo es Constantinopla. Esa pobre está perdida para siempre.
Asbag la miraba con los ojos muy abiertos, espantado, como aguardando a que ella propusiera alguna salida.
–Lo siento -prosiguió Danielis-, no se puede hacer nada. Pero más vale no decirle a nadie que él está casado. Siempre será mejor una deshonra sin adulterio… Lo digo por ella.
–Confía en mí -dijo Asbag-. En fin, si no se puede hacer nada, esperaremos a la decisión del basileus y regresaremos a Roma.
Junto al lecho donde Luitprando agonizaba, Asbag rezaba en voz alta uno de los salmos:
–¡Luitprando, Luitprando!
La vida del obispo de Cremona seguía latente, por más que intentara comunicarse con él. Aun así, como otras veces, Asbag le habló:
–Luitprando, por favor, dondequiera que se encuentre tu espíritu, mándame una señal. Ya ves lo que sucede. Tú me metiste en esto. Te lo suplico, ayúdame. Todo está resultando un fracaso. Hoy regresará el basileus y condenará sin duda a muerte a ese muchacho. Teofano será siempre una desgraciada. Y… -suspiró- he de regresar a Roma con las manos vacías… Te he fallado. Confiaste a este pobre mozárabe una empresa demasiado elevada. Si se hubiera tratado de Recemundo, seguro que todo habría funcionado…
Más tarde se llegó hasta Santa Sofía. La gran catedral le inspiraba tranquilidad y confianza, que en esos momentos era lo que más necesitaba. Paseaba por la inmensa basílica central, oyendo sus propios pasos en el misterioso silencio, sumido en sus cavilaciones, dejando que las enigmáticas miradas de las imágenes de los mosaicos le penetraran, sin pedirles nada, percibiendo el inescrutable vacío de creer.
De repente, oyó unas pisadas aceleradas que resonaban en el enorme espacio de la catedral, bajo la cúpula principal. Se volvió y vio acercarse a Danielis acompañada por una criada. Al llegar a él, ella se santiguó a la manera griega, de derecha a izquierda. Después sonrió con un gesto luminoso y dijo:
–¡Lo tengo!
–¿Eh? – dijo él, sorprendido.
–Tengo la solución a todos tus problemas. Tengo a tu princesa bizantina. Podrás llevarle a Otón una esposa griega.
–¡La princesa Ana! – exclamó Asbag en alta voz.
–¡Chsss…! – susurró ella-. Calla, pueden oírnos… Vayamos a un lugar más discreto.
Danielis tiró de él y le llevó hasta una de las capillas laterales, donde, en penumbra, siguieron hablando.
–Escucha con atención sin interrumpirme -le pidió ella. Luego, prosiguió en voz baja-: Te digo que tengo a tu princesa. Teofano es la mujer que necesitas. ¡Cómo no hemos caído en ello antes!
–¿Eh? ¿Teofano…?
–¡He dicho que no me interrumpas! – se enojó ella-. Sí, Teofano es la princesa ideal. Es de sangre Porfirogéneta, puesto que es sobrina directa de un emperador reinante que no tiene descendencia. ¡Está clarísimo! En vez de quedarse aquí a soportar todas las habladurías de la corte, se irá contigo y será la emperatriz de Occidente. Juan Zimisces estará de acuerdo, pues nadie sabrá lo del adulterio. Raphael salvará su vida y… ¡Todos contentos!
Asbag se hincó de rodillas y, con los brazos extendidos, exclamó mirando al cielo:
–¡Dios sea loado! ¡Dios sea bendito, alabado, ensalzado! ¡Por siempre y para siempre…!
Después, se levantó de un salto y se arrojó hacia Danielis para abrazarla y cubrirla de besos.
–¡Eh…! – exclamó ella-. ¡A ver si vamos a organizar un lío peor todavía nosotros dos, ahora que todo se ha solucionado!
Danielis se encargó de organizarlo todo. Ella misma convenció a su marido y después al basileus, que, pasado el disgusto inicial, estuvo plenamente conforme con el plan. Ahora, sólo quedaba hacer los trámites lo antes posible para evitar que se levantara mayor revuelo. Se redactaron las cartas correspondientes con los permisos del emperador y los de los padres de la joven; se fijó la dote, con los regalos, vestidos, joyas, damas de compañía, esclavos; y en tres días todo estaba dispuesto para zarpar.
Cuando Asbag tuvo los documentos en su mano, con las firmas, los sellos y todas las formalidades, acudió al lecho de Luitprando y se los leyó como si él pudiera escucharlo. Después le besó el anillo al obispo agonizante y le dijo:
–Te saliste con la tuya, viejo testarudo. El emperador del año 1000 será de sangre griega y romana.
Esa misma noche, Luitprando expiró. Asbag concluyó que su espíritu se iba al fin a descansar, conforme con el modo en que se había resuelto la misión.
Las honras fúnebres se hicieron en la basílica del Pantocrátor, que era la favorita del difunto, primero en el rito bizantino y después en el rito romano. Finalizadas las celebraciones, unos embalsamadores prepararon el cadáver con diversas sustancias conservantes y lo introdujeron en un ataúd de madera, revestido por dentro con plomo y perfectamente sellado.
Sin embargo, todavía les aguardaba un inconveniente. Cuando fueron a cargar el sarcófago en el barco, el capitán y toda la tripulación se negaron en redondo a hacer el viaje llevando un cadáver a bordo. Eran unos sicilianos supersticiosos.
Asbag y Fulmaro tuvieron que ordenar que trasladaran de nuevo la caja al palacio.
–Me sabe mal enterrarlo aquí, en Constantinopla -comentó Asbag-; ya sabes cómo él detestaba este país.
–Sí, tienes razón -asintió Fulmaro-; pero no podemos hacer nada. Ya has visto cómo se han puesto los marineros. Además, la tierra es tierra; aquí, en Roma, en Cremona y en cualquier otro lugar. Le pondremos su mejor casulla, pagaremos una tumba digna en una de las iglesias de la ciudad y ya está. ¿Qué otra cosa podemos hacer por él?
–¡Claro! – exclamó Asbag-. ¡Las casullas, eso es! ¿Dónde están las casullas de lujo que trajimos para la Pascua?
–En el barco -respondió Fulmaro-. Los criados las embarcaron en el gran baúl donde iban también las mitras, los báculos y los demás objetos de culto.
–¡Ordena inmediatamente que los descarguen otra vez y que los traigan aquí!
–¿Para qué? – se extrañó el obispo de Colonia.
–¿No comprendes? Diremos que los necesitamos para el entierro. Meteremos en el gran baúl el cuerpo de Luitprando y lo subiremos al barco como si tal cosa. Y en esa iglesia que has dicho enterraremos el ataúd vacío. Así podremos enterrar en Cremona a su obispo. Es lo que él se merece.
Al día siguiente, una caja vacía quedaba tapiada en la pequeña iglesia de un monasterio de Constantinopla, y el cadáver de Luitprando descansaba en postura fetal dentro del baúl, totalmente cubierto por ornamentos litúrgicos, en la bodega del barco italiano que se disponía a zarpar de un momento a otro.
En la cubierta, la princesa Teofano fue acomodada por sus criados bajo un baldaquino aislado con cortinas de seda. Raphael y sus hombres se esforzaban con el resto de la tripulación por disponer todo para la partida. Fulmaro aguardaba aún en tierra, sentado en su butaca al pie de la pasarela, para no alargar su estancia en el temido barco ni un momento más de lo estrictamente necesario.
Danielis había acudido a despedirlos y conversaba con Asbag a cierta distancia. La suave brisa del Bosforo agitaba el sencillo velo de tul que caía prendido de los cabellos de la dama, en los cuales brillaban las horquillas de plata. Su sonrisa era espléndida y luminosa, como siempre, pero un fondo triste se reflejaba en sus ojos obscuros.
–Nunca podré agradecerte cuanto has hecho por nosotros -le decía Asbag.
–Sólo he sido un instrumento -respondió ella-. ¿Iba a consentir acaso que muriera ese joven? ¿Y que Teofano fuera una desgraciada el resto de su vida? Tú también eres un instrumento. Agradezco a Dios el haberte conocido.
–Dios se sirve de nosotros -repuso él-. Pero eso es algo difícil de apreciar algunas veces.
–Sí, estoy convencida de ello. Cuando me narraste las peripecias que habías vivido en esos viajes en los que te viste transportado, sin que ésa fuera tu voluntad, comprendí que nuestras calamidades siempre tienen un sentido. Si no te hubiera sucedido todo eso, nunca se habrían solucionado estos problemas. Ya sabes, Dios les complica siempre la vida a los que ama. A ti debe de quererte mucho.
–Ja, ja, ja…! – rió él-. Si de complicaciones se trata… no puedo quejarme.
–Yo he aprendido mucho gracias a ti. A mí, ya ves, me suceden tan pocas cosas interesantes…
La trompeta que anunciaba la partida sonó en ese momento. Las velas se desplegaron y el piloto les apremió desde el barco.
–Bueno, hay que despedirse -dijo Asbag-. ¡Que Dios te bendiga, Danielis! Rezaré siempre por ti.
–Yo también -dijo ella-. Cuida de Teofano. Y, recuerda, si te sucede todavía algo, será porque Dios espera más de ti.
–¡No lo olvidaré!
El barco empezó a retirarse del muelle, y las velas se hincharon, al tiempo que los remeros lo hacían avanzar veloz con rítmicas paladas. Salir del Cuerno de Oro y dejar la ciudad atrás era una imagen que difícilmente se podría olvidar. Danielis seguía inmóvil en el puerto, junto a su criada de confianza que sostenía la llamativa sombrilla anaranjada. Mientras su imagen desaparecía en la distancia, agitaba la mano en un adiós que Asbag sintió para siempre.
Según había jurado solemnemente antes de ser liberado, Raphael no volvió a acercarse a Teofano. No obstante, como Asbag se había temido, la presencia de los dos enamorados en el reducido espacio del barco empezó a acarrear complicaciones. Tal vez la joven había imaginado que las cosas iban a ser de otra manera al dejar Constantinopla; pero una severa aya que habían puesto a su cargo, bien aleccionada, estuvo constantemente pendiente de que ni siquiera sus ojos buscaran al conde. Nada más perderse Bizancio en el horizonte, la princesa dio rienda suelta al llanto y cundió el desconcierto entre sus damas de compañía.
Asbag lamentó tener que intervenir. Recordó entonces que ya una vez se había encontrado en una situación semejante, cuando tuvo que convencer a la vascona Subh de que se aviniese a la relación con Alhaquen. Muchas veces le había pesado aquella intervención. El obispo mozárabe había sido siempre partidario de que nadie debe mediar en las cosas del amor, por ser un sentimiento puro, ingobernable y misterioso; pero las circunstancias le empujaban entonces, como ahora, a dar explicaciones sobre lo más inexplicable.
Cuando Asbag, a petición de las damas, fue a consolar a Teofano, se dio cuenta de que además había otro inconveniente: ella apenas le conocía y no tenía por qué confiar en él. La cosa se presentaba difícil.
Cuando entró en la especie de dosel donde estaba echada suspirando sobre un montón de almohadones, ella le miró y él sintió un escalofrío al enfrentarse con aquellos hermosísimos ojos verdes cargados de desolación y de preguntas. ¿Qué podía decirle ahora?
–¿Te han explicado bien para qué vas a Roma? – decidió preguntarle el obispo.
Ella se llevó las manos a la cara y se dio vuelta. – ¿Qué quieres de mí? – dijo-. ¿Qué queréis todos de mí?
Él sintió que la cosa sería aún más difícil.
–Nada -le respondió-. Nadie te pide nada. Sólo quiero saber si puedo ayudarte de alguna manera.
–¡No! – le gritó Teofano a la cara.
–Bien -dijo él apesadumbrado-, veo que no quieres que te consuele nadie. Ahora mismo traeré a Raphael y, si es a él a quien quieres, por mi parte no hay ningún inconveniente. En este barco, una vez muerto Luitprando, yo soy el que manda. Ni tu aya ni nadie podrá impedirme que te junte con el hombre al que amas.
Asbag no sabía por qué había dicho aquello. El mismo se sorprendió en medio de su nerviosismo y su desconcierto, y una especie de vértigo le asaltó después de comprometerse con aquellas palabras. Pero se sorprendió aún más cuando, al hacer ademán de salir, ella se arrojó sobre él y le asió por la túnica diciendo:
–¡No, no! ¡No traigas a Raphael! ¡Ya no le quiero! Me engañó…
–Entonces -dijo el obispo-, ¿ya no habrá más vida para ti? ¿A Raphael era a lo único que aspirabas en este mundo?
Vio que ella se estremecía y advirtió que sus palabras surtían efecto y que empezaba a estar dispuesta a razonar.
–¿Conoces acaso al príncipe que te espera en Roma? – prosiguió.
–¡Bah, es un sajón! – refunfuñó ella.
–¡Vaya! – dijo él-. De manera que lo que habías soñado toda tu vida era tener a un lombardo, ¿no?
–Antes… de conocer a Raphael no sabía cómo eran los lombardos -respondió Teofano con un hilo de voz.
–¿Ves qué tonta eres? – le dijo el obispo.
Por fin, ella sonrió.
–Querida niña -prosiguió él-, tienes sólo dieciocho años. ¿Qué es eso en una vida? Todo lo que hayas podido oír acerca de la vida, del mundo, ¿qué es ante la realidad de lo que puede aguardarte? No tengas ningún miedo. Has sufrido un desengaño, un primer golpe, y te ha pillado por sorpresa. Pero eso no lo es todo. ¿Qué sabes tú de lo que Dios puede tenerte reservado? El príncipe Otón tiene ahora tu edad, y le aguarda ser el emperador de la cristiandad de Occidente. Cientos de princesas y damas de Europa sueñan con la suerte que a ti te ha correspondido…
–Sí, lo sé -le interrumpió ella-. Pero ¿puedes comprender tú acaso el vacío que siento yo aquí dentro?
–¡Bah! El tiempo todo lo cura. Cuando llegues a Roma y toda la corte esté pendiente de ti ni te acordarás del lombardo.
Teofano sonrió otra vez.
–Dime una cosa -preguntó-, ¿cómo es Otón? ¿Tú lo has visto?
–Sí, lo conocí en Aquisgrán. Es alto, rubio, fuerte y… Bueno, ya lo verás tú; por mucho que yo te cuente… Piensa que es un príncipe, educado en la corte del gran Carolo y coronado ya por el mismísimo Papa de Roma. Serás la emperatriz más importante del mundo. Pero eso has de ganártelo… ¿Te portarás bien ahora?
–Te lo prometo -respondió ella haciendo la cruz en su pecho.
–Así me gusta. Danielis estará contenta cuando le escriba y le cuente lo bien que te sentará ser emperatriz. Me pidió que cuidara de ti.
–Ella es lo mejor de Constantinopla -dijo Teofano.
–Sin duda -confirmó Asbag.
Al salir del baldaquino, el obispo mozárabe experimentó un gran alivio. Rezó: «Dios mío, ¿por qué has de meterme siempre en estos líos?».
Después de un viaje sin incidentes por el gran mosaico de las islas griegas, y cuando se sentían ya casi en casa por dejar atrás las últimas, que son las islas Jónicas, se levantó una imponente tormenta frente a Corfú. Resultaba peligrosísimo acercar el barco hasta tierra, puesto que las olas podían hacerlo pedazos, y permanecer en el mar implicaba estar a merced del impetuoso viento y del violento movimiento de las aguas que zarandeaban la nave como un insignificante cascarón.
La tripulación bregaba sobre la cubierta, mientras los pasajeros se aferraban a lo que podían dentro de la bodega, rezando a todos los santos y suplicando a voz en cuello a Dios para que los librara del trance. Todo rodaba por el suelo, los equipajes iban de un lado a otro y el agua entraba a chorros.
El capitán y un grupo de marineros bajaron para amarrar con maromas los bultos y evitar así males mayores. Entonces sucedió algo del todo desagradable: el baúl de los ornamentos volcó y apareció el seco cadáver de Luitprando en medio de las casullas, como una tétrica imagen a la luz inestable de los zarandeados faroles. Las damas lanzaron un agudo grito de terror.
–¡Es el obispo! – exclamó el capitán-. ¡Oh, Luitprando, es él! ¡El muerto!
–¡Hay que arrojarlo! ¡Fuera, hay que tirarlo al mar! – secundaron otras voces inmediatamente.
–¡No! – salió al paso Asbag-. ¡Nada de eso! – ¡Si no lo tiramos moriremos todos! – replicó el capitán.
–¡Tiradlo! ¡Fuera! ¡Al mar! – gritaron los marineros. Asbag, viendo que no podía detenerlos, miró a Fulmaro buscando su apoyo. El grueso obispo estaba en un rincón, acurrucado y dominado por el pánico. De repente, se puso en pie y se acercó hasta el cadáver, se lo cargó al hombro y subió con él las escaleras que conducían a la cubierta. – ¡No, Fulmaro! ¡No lo hagas! – le gritaba Asbag corriendo detrás de él.
Pero cuando llegó arriba, sólo tuvo tiempo de ver cómo el obispo de Colonia arrojaba el cuerpo por la borda y después se santiguaba mirando al cielo.
Pasadas una horas remitió la tormenta. Un encrespado cielo gris quedaba atrás sobre las costas griegas. De frente, se abría el mar Adriático con un hermoso sol de atardecer en el horizonte.
Asbag miró al mar plomizo que se extendía hacia oriente, en el lado contrario al bello poniente rojizo. Le habló a las aguas como si Luitprando pudiera escucharle desde ellas:
–Ni Grecia ni Roma, ni Oriente ni Occidente… Justo en el medio; ahí habías de reposar para siempre, en la mitad del camino que recorriste tantas veces para unir ambos extremos. ¡Dios lo ha querido así! ¡Que El te guarde en su Gloria!
Y envió una bendición al mar.
La estancia que Abuámir se había mandado construir en su nueva munya había sido ideada por él mismo, para satisfacer el deseo que había sentido siempre de habitar en un lugar hecho a su manera. Desde el balcón que daba al este se dominaba una gran extensión de la vega del Guadalquivir, con las mieses doradas y los verdes árboles frutales próximos al río. Desde la otra ventana se divisaba la mejor vista de Córdoba: el gran puente erigido por los romanos, cuya cabecera terminaba en la puerta de Alcántara; la mezquita mayor sobresaliendo por encima de las murallas; los alcázares y el apretado conjunto de edificios, con palmeras finas y enhiestas que salpicaban aquí o allá el panorama escapándose desde los patios.
La amplia habitación le servía de gabinete, lugar de descanso en la intimidad y dormitorio. Era una especie de torreta levantada en un tercer nivel, separada del segundo piso de la casa por un pasadizo al aire libre que volaba desde el salón principal. En ella tema sus libros, sus armas y sus halcones.
Echado en un diván, leyendo un viejo libro de crónicas de héroes y leyendas épicas, se estremeció de placer al ver su propia armadura, brillante, recién pulida, erguida frente a él en su soporte y aguardándole vacía, con las correas suaves y las hebillas dispuestas para ajustarse a su cuerpo. Era como si ya formara parte de él, como si le perteneciera como algo propio de su personalidad; lo mismo que la espada que descansaba en su funda al lado, lista para prolongar su brazo. «Ya soy un guerrero de Alá; un fiel hijo de hyihad», se dijo, dejándose invadir por un escalofrío extraño, por una energía que le nacía de dentro, le tensaba los nervios y le hacía sentirse llamado a algo; algo sublime, lejano y próximo a la vez.
Se levantó y se acercó a la armadura, la acarició; era como si ella le hablara, sin palabras, con un misterioso fluido de sentimientos. Extrajo la espada de su vaina; se fijó en la brillante hoja de acero, la acarició, y también el mango de bronce con delicadas palabras del Corán labradas en él. La empuñó y la extendió hacia la ventana. Un cálido sol anaranjado despedía sus rayos desde el naciente, y un dorado reflejo bañó el templado metal. Estiró el brazo y se fijó en él: con el entrenamiento se había fortalecido; le agradó contemplarlo y lo tensó aún más. «El brazo de Dios -pensó-. La espada de Alá.» Eran frases que había leído desde niño en los libros, en boca de implacables guerreros lanzados a extender la fe del Profeta. Frases que ahora, frente a aquella armadura y aquella espada, parecían pertenecerle a él como propias. El estremecimiento volvió ahora con mayor intensidad. «Las tierras de Alá son vastas hasta el infinito -le vino ahora a la mente-; ¿quién extenderá sus dominios?»
El misterioso sentimiento se hizo más fuerte y percibió que el alma le ardía dentro, como queriendo escaparse, como queriendo volar por encima de la extensa llanura de la vega.
Su halcón favorito estaba allí a un lado, sobre su alcándara, con los fieros ojos clavados en el pedazo de cielo que se veía desde la ventana; miró a Abuámir y ahuecó las plumas, como pidiéndole algo, y al momento volvió la mirada escrutando nuevamente el espacio abierto. Abuámir se fijó en un bando de palomas que acudían a posarse en los sembrados, y comprendió la inquietud del halcón. Soltó las pihuelas y el ave se subió en su puño. Lo acercó a la ventana. La primera paloma que alzó el vuelo hizo que la rapaz saltara como un resorte y volara como una veloz flecha hacia ella. Se produjo un impacto seco en el aire y una explosión de plumas desprendidas. Cazador y presa caían enlazadas en un baile mortal. «Así lo quiere Dios -pensó Abuámir-: hay halcones y palomas volando en un mismo cielo; pero a cada uno le corresponde un destino diferente.»
–¡Amo! ¡Amo Abuámir! – le sacó de sus cavilaciones una voz y un persistente golpeteo en la puerta.
Abrió y se encontró con el criado.
–Amo, en el recibidor te aguarda el gran visir.
Abuámir se sorprendió de aquella visita repentina.
–Bien, ahora bajo -dijo-. Acomódalo y ofrécele algún refresco. ¡Ah!, y recoge el halcón que está desplumando una paloma en el trigal.
Abuámir se puso el albornoz, se lió el turbante y bajó al salón principal de la casa, donde al-Mosafi degustaba un tazón de agua fresca perfumada con almizcle mientras miraba los campos desde una ventana.
–¡Magnífico halcón! – comentó al ver llegar a Abuámir.
–¡Ah, lo has visto! – dijo Abuámir.
–Sí. Llegaba justo en ese momento. Los guardias que me acompañaban y yo vimos la maravillosa escena a poca distancia.
–¿Y, bien, a qué debo esta inesperada visita? – preguntó Abuámir.
–Bueno, ha surgido algo que debía comunicarte inmediatamente. Pensé que lo mejor era que yo viniera en persona; se trata de un asunto que no admite demora y no quise perder tiempo en citarte. Además, así tengo la oportunidad de conocer tu casa, de la que tanto he oído hablar.
–¿Se trata de algún asunto grave? – se inquietó Abuámir.
–Según se mire -respondió el visir-. Pero no te sobresaltes. Lo que sucede no concierne directamente a tu función en Córdoba; se trata de un problema surgido en África.
–¿En Mauritania? ¿En los dominios africanos del califa?
–Exactamente. Los príncipes idrisíes han vuelto a rebelarse. Atacaron a nuestro ejército en Mahran y mataron a mil quinientos hombres, incluido el general Ibn Tumlus. Los supervivientes regresaron a Ceuta y han pedido refuerzos. El califa decidió enviar al general Galib, ya sabes, el que defiende la Marca del norte. Le ha ordenado venir desde Medinaceli, y en un par de semanas partirá con un gran ejército para cruzar el estrecho.
–Eso quiere decir que el problema es grave -observó Abuámir, meditabundo-, y que habrá una gran guerra. ¿No es así?
–Sí. Se trata de destronar definitivamente a los traidores idrisíes para evitar que entreguen Mauritania al califa de Egipto. Para ello, Alhaquen piensa repartir oro a manos llenas entre los señores que apoyan a los rebeldes, para comprarlos.
–¿Más dinero? – se sorprendió Abuámir-. ¡Pero si se han mandado cantidades enormes de monedas! Yo mismo ordené su embalaje en la Ceca.
–Ése es precisamente el problema -explicó al-Mosafi-. Todo ese dinero se ha derrochado sin sentido, y parece ser que no ha llegado a las manos de los mauritanos. Algo está sucediendo: o no saben administrarlo o…
–O alguien se ha quedado con él -continuó Abuámir.
–Eso mismo -confirmó el visir-. Y ahí precisamente comienza tu cometido. Se necesita un intendente hábil y experimentado que sea capaz de poner las cosas en su sitio. Alguien que, además de hacer de tesorero, sea un militar, capaz de asumir el sistema de vida de los hombres de armas.
–¿Quiere eso decir que he de ir a Mauritania?
–Sí, así lo ha dispuesto el califa. Te incorporarás al grupo de oficiales del general Galib y serás el encargado de que el oro llegue a su destino.
Cuando Abuámir le contó a Ben Afla el destino militar que le había encomendado el califa, el viejo general se entusiasmó.
–¡Alá sea ensalzado! – exclamó-. Al fin ha llegado tu momento. Ningún lugar como África para emprender la carrera de las armas. Allí empecé yo, y allí he enviado a mis hijos mayores, como bien sabes, gracias a la ayuda que tan generosamente me brindaste. Ahora, ellos se incorporarán inmediatamente a tu servicio con todos sus hombres. Además, te daré cartas para algunos viejos conocidos míos: el gobernador de Tánger y, sobre todo, para mi gran amigo al-Tuchibí, antiguo gobernador de Zaragoza; él te ayudará en cuanto necesites.
Inmediatamente, Ben Afla se sentó a su escritorio y escribió las cartas, las firmó, las selló y las enrolló cuidadosamente. Las puso en manos de Abuámir y añadió:
–Y, si no tienes inconveniente, me encargaré de que te acompañen mi hijo Hamed y un buen grupo de caballeros jóvenes que desean ardientemente una oportunidad como ésta.
–Noble Ben Afla, ¿no es demasiado todo eso? – le dijo Abuámir, emocionado.
–Es mucho menos de lo que te mereces -respondió el veterano-. Estoy seguro de que después de esta campaña se hablará de ti en todo el reino.
El propio califa salió a despedirlos a las puertas de Córdoba. Un gran ejército, con el general Galib al frente, tomaba el camino del sur para ir hasta Algeciras, donde había de embarcarse hacia Tánger. Córdoba entera cruzó el puente para ver partir a la gran fila de caballeros precedidos de los estandartes y seguidos por una infinidad de mulas que cargaban con toda la impedimenta.
Según le correspondía como jefe de la shurta cordobesa con poderes especiales del califa, Abuámir ocupaba un lugar preponderante junto a los guardias en la comitiva que iba al frente de las huestes. Su aspecto no pasaba desapercibido; con la ondulante capa de seda verde que se extendía hasta las ancas de su caballo negro, adornado con los bellos jaeces que heredó de su padre y con la brida de Ben Afla; su armadura impecablemente limpia y brillante; la loriga pulida, ajustada a su cuerpo; y su propio séquito de caballeros, mayordomos, criados, esclavos y maestros de armas, al frente de los cuales se incorporó Utmán. Y, como intendente militar y tesorero real, Alhaquen puso bajo su mando un importante contingente de la guardia especial de Zahra.
Antes de llegar al puerto de Algeciras, en la cuarta jornada de camino, el general Galib, que iba siempre a la cabeza del ejército, se apartó a un lado y aguardó a que Abuámir pasase para cubrir un trecho del camino cabalgando juntos. Se habían conocido una semana antes en Zahra, cuando el califa les había encomendado la campaña militar, exhortándolos a trabajar juntos y a entenderse, sobre todo en la forma de utilizar el tesoro que llevaban consigo para granjearse adeptos.
–¿Conoces Mauritania? – le preguntó Galib.
–No -respondió él-. Nunca estuve allí, aunque soy originario de la Axarquía y, como comprenderás, he conocido a muchos beréberes.
–¡Hummm…! Los africanos son gente complicada -explicó el general-. Tan pronto se unen como una pina como se disgregan y se despedazan entre sí como perros rabiosos. Cualquiera que pueda juntar a veinte hombres armados se erige en caudillo y pretende ser un príncipe. Siempre han vivido de esa manera.
–Bueno -repuso Abuámir-. Es algo que tendremos que aprovechar a nuestro favor.
–Sí. Lo difícil es saber por dónde se ha de empezar.
–Llevamos más monedas que puntas de lanzas y flechas -comentó Abuámir-, para arrojarlas en todas direcciones…
–¡Ah! ¿Crees que el califa de al-Qahira no habrá disparado ya sus dinares?
–Bien, si es así, habrá que ver si pesan más que los nuestros.
–¡Bah! – replicó Galib-. No soy partidario de solucionar las cosas con oro. Los rebeldes lo toman y se calman; pero cuando se lo gastan vuelven otra vez a las andadas. Es como dejar que el halcón devore la presa que ha cazado; se acostumbra a satisfacerse a sus anchas y luego obedece sólo cuando le interesa. No, al halcón hay que tenerlo siempre con hambre…
–Tienes razón, mawala -repuso Abuámir-. Pero, aunque al halcón no se le debe permitir que se coma a la presa, siempre se le da la parte más suculenta, que es el corazón o el hígado. Así, aunque se quede con hambre, se muestra agradecido y se siente importante ante el amo que premia su esfuerzo. Estimo que lo que hay que hacer con esos caudillos mauritanos es tenerlos permanentemente engolosinados con asignaciones frecuentes, pero no cuantiosas, y al mismo tiempo persuadirlos de que son dignos miembros de un gran imperio, no mercenarios asalariados.
–¿Y quién podrá convencerlos de eso? – dijo el general en tono escéptico-. Son incapaces de sentirse parte de nada; prefieren ser cabeza de ratón antes que cola de león. Ya lo verás. No entienden otra forma de vida que la que aprendieron de sus mayores.
–Habrá que intentarlo -contestó él.
–Sí, en eso tienes razón. Es lo que opina el califa y para ello llevamos ahí todo ese oro. Tú eres el encargado de hacer esas negociaciones. Si consigues convencerlos…
En el puerto de Algeciras aguardaba amarrada la gran flota de Alándalus, preparada para empezar a transportar al otro lado del estrecho a la nutrida hueste. Una importante cantidad de naves particulares, pesqueras y comerciales se sumó a las operaciones de trasladar soldados e impedimenta. Durante días, los barcos no descansaron ni de día ni de noche.
Cuando Abuámir divisó a lo lejos, sobre el horizonte azul del mar, la obscura línea de tierra africana, le invadió la emoción de la aventura y el deseo de triunfar en hazañas que luego fueran escritas en los libros.
El 14 de abril de 972, Roma bullía bajo un radiante sol de mediodía, después de que en la basílica de San Pedro el papa Juan XIII bendijera las bodas de Otón II con la princesa bizantina Teofano. Había sido una ceremonia grandiosa, celebrada en presencia de los emperadores Otón y Adelaida, así como de los representantes de los principales reinos de la cristiandad, que habían acudido a presentar sus parabienes y sus respetos, para acogerse a la sombra del poder del nuevo y flamante cesar que habría de heredar el cetro de su padre.
Después de seis meses, Asbag se había acostumbrado a la Roma que le sorprendió a su llegada, con las ruinas de sus foros desparramadas por todas partes, columnas, pórticos, callejuelas, bodegas, talleres y decrépitos caserones; la mayor amalgama de grandeza y miseria, pasado y presente, que pudiera llegar a encontrarse. Sin embargo, aunque todo se caía a pedazos, algo hablaba de eternidad en las calles abarrotadas de gentes diversas, en las plazas luminosas y en los puentes construidos sobre el lento y perseverante fluir del Tíber; y sobre todo, sus grandiosas basílicas, que se levantaban desafiantes junto al esplendor de otros edificios que el tiempo hacía desmoronarse.
El obispo mozárabe había sido tratado como un alto dignatario de la curia romana, después de que presentara a Teofano a la emperatriz Adelaida y luego al Papa. En los siete meses anteriores a la boda, a petición de la joven, él había sido su preceptor, su capellán personal y el encargado de estar presente en las entrevistas que ambos prometidos mantuvieron para conocerse. Había comprobado lleno de satisfacción interior la buena impresión que se habían causado mutuamente los dos jóvenes y cómo había nacido entre ellos una amistad primero y el amor después. Se sintió sinceramente feliz al ver que sus sacrificadas aventuras habían dado fruto. Y presintió que Luitprando se alegraba en el cielo.
En la corte imperial, Asbag se movía con naturalidad; no sólo por ser ya un experto en las lenguas al uso, sino porque su fama de clérigo instruido, conocedor del mundo y dotado de serena sabiduría le fueron acercando a los hombres célebres que por entonces se encontraban en Roma. Entre ellos, conoció a Mayólo, el abad de Cluny, un monje austero y piadoso, cuya santidad se predicaba de boca en boca y que había llegado a convertirse en el consejero personal de la emperatriz Adelaida.
Desde que el mozárabe y el abad se conocieron, surgió entre ellos un mutuo entendimiento que iba más allá de los meros asuntos concernientes a la educación y a la futura boda de Teofano. Hablaban de Dios, desde la experiencia de cada uno, de su misterio último y escondido por encima de las tradiciones y los ritos de los hombres. Fue Mayólo quien convenció a Asbag de que demorara su viaje de regreso a Córdoba, para acompañarle a él hasta su abadía, la más celebre en aquel tiempo, que se encontraba allende los Alpes. Asbag comprendió que no podía desaprovechar aquella oportunidad y accedió a la invitación, ilusionado por conocer la gran biblioteca que atesoraban los monjes cistercienses y deseoso de llevarse consigo a Córdoba todas las copias que pudiera.
Pero antes de que llegara el día del viaje, que estaba previsto para una semana después de la boda, Asbag conoció a un personaje singular. Se trataba de otro monje: Gerberto de Aurillac, que había venido a Roma acompañando al conde Borrell de Cataluña para servirle de intérprete ante los magnates del imperio y la curia romana, con la que el conde necesitaba realizar importantes gestiones.
Fue el joven Gerberto, espontáneo y directo, el que se presentó a Asbag de sopetón después de la ceremonia de la boda, cuando la comitiva nupcial se dirigía hacia la basílica de San Pablo Extramuros para orar ante la tumba del otro gran apóstol de Roma e impetrar su protección.
La multitud se había lanzado a la calle para aclamar a los nuevos esposos, formando un verdadero estruendo de gritos, palmadas y música, que no cesaba a los lados de la vía por la que transitaba el cortejo, mientras los encargados de distribuir limosnas arrojaban lejos monedas para apartar a la turba y abrir paso.
Asbag iba en la fila que seguía al Sumo Pontífice, junto al resto de los cardenales, obispos y presbíteros, sobre una gran mula que conducía un palafrenero. Fue entonces cuando Gerberto se adelantó y se puso a su altura, incitando a su pequeño asno con los talones.
–¡Eh, padre! – le gritó-. ¡Oscuf! ¡Oscuf Asbag! – le gritó luego en árabe, lo cual significaba «obispo».
Asbag se sorprendió al escuchar aquello y se volvió sobre su montura. Entonces se encontró a su lado al joven monje, montado a una altura más baja en su inferior cabalgadura. Gerberto tenía unos treinta años y un vivo y sonriente rostro en el que destacaban sus abiertos e interrogantes ojos azules.
–¿Me conoces? – le preguntó Asbag.
–¡Claro! – respondió Gerberto-. Se habla mucho últimamente de vos en Roma. Trajisteis a la bizantina.
–¿Necesitas algo de mí? – le preguntó el mozárabe, sin salir aún de su sorpresa.
–Vengo de Hispania, ¿sabéis? – le dijo el joven monje.
–¿Eh? ¿De Hispania?
–Sí, de Cataluña, del monasterio de Ripoll -respondió Gerberto.
–¡Ah, de Cataluña!
A partir de aquel momento, hicieron juntos el recorrido que la comitiva había de seguir, cruzando la puerta Colina, junto al castillo de Santángelo, el puente sobre el Tíber y toda la ciudad, bordeando el Palatino y el Aventino, para llegar a la puerta de San Pablo y continuar por la vía Ostiense hasta la gran basílica en cuyo interior se veneraba el sepulcro del apóstol.
Allí, el Pontífice descendió de su litera y, teniendo a su derecha al emperador y a su izquierda al archidiácono, avanzó hasta el baldaquino que ocupaba el lugar central del crucero de la basílica. Detrás iban los nuevos esposos y todo el cortejo. Delante del altar, Otón II prestó el siguiente juramento sobre el Evangelio que sostenía el subdiácono: «Yo Otón, rey de los romanos y, Dios mediante, futuro emperador, prometo, aseguro, empeño mi palabra y juro delante de Dios y de san Pedro y san Pablo que seré protector y defensor de la santa y apostólica Iglesia romana y del actual Sumo Pontífice y de sus sucesores, amparándolos en sus necesidades y conveniencias, conservando sus posesiones, honores y derechos, cuanto con el favor divino me sea posible, según mi saber y poder, con fe pura y recta. Así Dios me ayude y estos santos Evangelios».
Dicho esto, todos se postraron en tierra y el archidiácono entonó las letanías, tras las cuales la schola cantonan inició el canto del gradual y después el aleluya.
Mientras sonaba el hermoso canto, Asbag se fijaba en todo, como queriendo retener aquel momento: el emperador sentado en su trono, con el cetro, el manto y el globo áureo; el Sumo Pontífice con las vestiduras de la ceremonia del pontifical; todos los signos visibles de la cristiandad estaban allí, frente a él, como queriendo expresarle algo.
Acabada la celebración, el emperador recibió reverencialmente la bendición papal e inmediatamente se dirigió hacia la salida, donde el Sumo Pontífice debía montar sobre su caballo, para tenerle el estribo y, sujetándolo del freno, una vez que el Papa hubo subido, lo guió un poco. Luego montó él en su propio caballo y se situó a la izquierda de Juan XIII para cabalgar con él en dirección a la ciudad, seguidos de la emperatriz Adelaida y de los recién casados. El resto de la comitiva se dispersó allí mismo. Unos acudían a los banquetes de boda y otros se distribuían por la ciudad para proseguir la fiesta, ahora en su lado profano, en la multitud de tabernas que Roma ofrecía a sus visitantes.
Asbag se sintió profundamente conmovido por la ceremonia que acababa de contemplar. Regresó al interior de la basílica. Necesitaba rezar. En ese momento acudieron a su mente los versos del Salmo 70:
Dios mío, confía tu juicio al rey, tu justicia al hijo de reyes: para que rija a tu pueblo con justicia, a tus humildes con rectitud.
No se había dado cuenta de que Gerberto estaba a su lado, respetando su silencio. Ahora continuó la oración en voz alta:
Que los montes traigan paz, y los collados justicia. Que él defienda a los humildes del pueblo, socorra a los hijos del pobre y quebrante al explotador.
–¿Por qué recitas ese salmo ahora precisamente? – le preguntó Gerberto.
–Me preguntaba si un solo rey sería la solución de los problemas del mundo -respondió Asbag.
–Hay un solo Dios… -repuso el monje.
–Sí, pero múltiples formas de entender Su misterio. Si la mayoría de los hombres estamos de acuerdo en que Dios es uno solo y, aun así, no nos ponemos de acuerdo en la forma en que debemos dirigirnos a Él, ¿cómo íbamos a aceptar a un único gobernante? ¿No es toda forma de imperio una falacia?
Gerberto se quedó pensativo ante estas palabras. La gran basílica dedicada a san Pablo estaba ya en silencio, después de que la muchedumbre hubiera salido. Sólo algunos pocos rezaban en el inmenso espacio vacío.
–¡Ah, eso que dices me suena a al-Farabi! – dijo al fin Gerberto.
–¿Conoces al filósofo persa? – se sorprendió Asbag.
–¡Naturalmente! Ya te dije que vengo de Cataluña, del monasterio de Ripoll, donde se traducen los principales libros que los mozárabes envían desde Alándalus. El kalam, al-Kindi, Rhazes o Las gemas de la sabiduría de al-Farabi, junto con las grandes obras de Platón y Aristóteles, son de uso normal allí.
–¡Vaya! – exclamó Asbag-. Muchos de esos libros que viste en Cataluña seguramente salieron de mi scriptorium de Córdoba.
–¡Claro! – se entusiasmó Gerberto-. Ya lo sabía, y por eso deseaba tanto conocerte. ¿Sería mucho pedirte que me contaras tu aventura? Me dijeron que los vikingos te mantuvieron preso en Jacobland tras capturarte cuando peregrinabas a la tumba del apóstol. ¿Querrías narrarme lo que viste en aquellas tierras?
–Con mucho gusto -respondió el mozárabe-. Pero salgamos de aquí. Pasearemos por Roma mientras te lo cuento todo. Y después tú me hablarás de Cataluña y de los conocimientos que allí adquiriste.
El obispo y el monje salieron de San Pablo Extramuros y pusieron rumbo a Roma por la vía Ostiense.
A ambos lados de la amplia calzada, se elevaban soberbias villas semiocultas entre espesos y umbríos jardines. Más adelante, emergían por encima de los pinos de densas copas los muros rojizos de la muralla, sobresaliendo detrás de ellos la gran pirámide de piedra que sirvió de mausoleo a Cayo Cestio. Grandes bandadas de pájaros retornaban a pernoctar en los álamos de las orillas del Tíber.
Asbag le contó al joven monje las peripecias vividas, y éste a su vez le explicó que de muchacho estudió en el monasterio de Saint-Géraud, reformado por Cluny, y que viajó después por Cataluña, una de las regiones más interesantes de la época desde el punto de vista intelectual, tanto por su cercanía a la culta Hispania musulmana como por la existencia del monasterio de Santa María de Ripoll, que poseía doscientos manuscritos aproximadamente y era frecuentado por monjes que conocían tanto el árabe como el latín. En Ripoll se encontraban, entre otros, una importante serie de tratados árabes de astronomía y aritmética. Llevado a Roma después, en una embajada catalana del conde Borrell, el joven Gerberto impresionó al papa Juan XIII por su doctrina, puesto que en Italia y en Alemania los conocimientos tanto musicales como matemáticos eran muy escasos.
Asbag también se impresionó ante la sabiduría de Gerberto de Aurillac. Y lo que no llegaría a saber jamás el obispo mozárabe es que el docto monje aquitano sería llevado después por los azares de la vida a seguir al archidiácono de Reims, excelente maestro de lógica en dicha ciudad, donde llegaría a ser preceptor de importantes personajes, entre los que estarían Riquer de Reims, Fulberto de Chartres y Juan de Auxuerre. Más tarde regresaría a Roma; el emperador Otón II le haría abad del monasterio de Bobbio, famoso por su biblioteca; y finalmente se convertiría en maestro y confidente de Otón III, hijo de Otón II y Teofano, de quien escribiría en el año 999: «Griego de nacimiento, romano por el imperio, vos reivindicaréis como derecho hereditario los tesoros de la sabiduría griega y romana; ¿no hay en ello algo de divino?».
Gerberto llegaría ser el Papa del año 1000, con el nombre de Silvestre II.
Por primera vez en su vida, Abuámir se halló en contacto con el ejército y con sus jefes. Era precisamente lo que deseaba; pero habría preferido, sin duda, que ocurriese en otras circunstancias y condiciones. Su tarea era extremadamente difícil y delicada. Había sido enviado al campamento para ejercer sobre los generales una vigilancia, siempre odiosa; y vio que su interés de ganárselos tendría que vencer el recelo con que ellos le miraron en un primer momento. Gracias a su singular destreza, cuyo secreto él sólo poseía, supo salir del apuro y conciliar sus ambiciones con el deber que le había llevado allí.
Desde que desembarcó en Casr-Masmuda, entre Tánger y Ceuta, tuvo la precaución de visitar a cada uno de los gobernadores de los territorios por los que fueron pasando. Como es natural, ante la llegada de un enviado tan directo del califa, los magnates se apresuraban a cumplimentarle para congraciarse; pero él, lejos de adoptar ademanes prepotentes y distantes, se prodigaba en simpatía con ellos y procuraba seducirlos exhibiendo el oro que llevaba, así como los soberbios vestidos, aunque sin darle aún nada de ello a nadie. De esta manera consiguió que se incorporara a las huestes cordobesas un gran número de señores que antes se habían mostrado tibios y reticentes. Y todo se desenvolvió después como él lo había previsto: enseguida corrió por los territorios de África la noticia de que el intendente general del ejército del califa traía un enorme y suculento tesoro para los que se sumaran a la causa de Córdoba. Pero de momento no tuvo que gastar un diñar en ganarse a aquellos jefes.
Mientras tanto, se informó bien de la situación, y concluyó que el rebelde Aben Kenun no tenía tantos partidarios como en un principio habían supuesto. La mayoría de los jefes africanos estaban vacilantes, y la sola presencia de la gran hueste cordobesa les impulsó a buscar la forma de llegar a un acuerdo.
De manera que, pasado poco tiempo, permanecían sólo fieles al rey idrisí su hermano Yusof y algunos parientes más. No obstante, el reducto que había escogido para refugiarse, en las escarpadas montañas que ellos dominaban a la perfección, hizo que el ejército detuviese su avance momentáneamente.
El idrisí permanecía en una fortaleza situada en la cresta más elevada, llamada Hachar al-Nasr. Y el campamento de los cordobeses tuvo que montarse en una amplia llanura, para esperar a que llegaran instrucciones de Galib, que se encontraba sometiendo a las regiones de la costa, con la ayuda de las tropas del visir Yahya ben Mohamed al-Tuchibí, virrey de la frontera superior.
Por fin, se presentó el general para ponerse al frente del asedio, y se llevó una gran alegría al comprobar que el único lugar que permanecía en rebelión era aquel escarpado picacho. Pero, desde luego, estaba decidido a poner el broche final a la campaña, lanzándose a toda costa a tomar la fortaleza de Aben Kenun para que en Córdoba se supiera que el general Galib había sido una vez más el que había alzado el estandarte victorioso del califa.
La roca de las Águilas sobresalía a lo lejos, con su inexpugnable alcázar encaramado en el imponente peñasco de laderas escarpadas que servía de refugio al rey idrisí y a los rebeldes que le seguían. La visión del baluarte resultaba desafiante, al frente de la gran llanura donde ya se habían asentado los campamentos del ejército cordobés.
Los altos mandos militares se habían reunido en la tienda del general Galib para analizar la situación y adoptar las primeras medidas frente a un asedio que se prometía largo. El jefe de los observadores terminaba de exponer su informe y concluía diciendo:
–Como podéis comprobar, la situación es muy complicada. Si nos lanzamos, a costa de lo que sea, a intentar el asedio, perderemos miles de hombres. Y si nos empecinamos en el sitio, las cosa puede prolongarse indefinidamente. Tienen un buen manantial, aparte de los aljibes repletos por las recientes lluvias, graneros que han ido llenando durante meses, rebaños, aceite, legumbres…
Galib dio un puñetazo en la mesa. Con visible enojo, gritó:
–¡Maldito Aben Kenun! ¿Qué pretende con su obstinación?
Un grueso general respondió:
–Aburrirnos, sólo eso. Sabe que no pueden llegarle refuerzos desde Egipto estando nosotros aquí. Nadie puede hacer nada frente a nuestro ejército.
–Habrá que negociar -propuso al-Tuchibí.
–¡Eso, más despacio! – replicó Galib-. Ya se han gastado miles de dinares y ¿de qué ha servido?
Abuámir, que escuchaba atentamente, decidió intervenir:
–El Comendador de los Creyentes ha pedido que el problema no se alargue más. Quiere una solución rápida al precio que sea. ¿Hay posibilidades de parlamentar con Aben Kenun?
–¡Bah! – respondió uno de los jefes-. Son la gente más tozuda que pueda hallarse. Se habla con ellos, pero van a lo suyo. No sé lo que les habrá prometido el califa de Egipto; pero no parecen inclinados a avenirse a razones. Créeme, estos africanos no entienden otros idiomas que el del dinero en abundancia o el de la espada.
–¡Nada de negociaciones por ahora! – replicó Galib-. ¡Tienen que aprender de una vez para siempre quiénes somos los cordobeses! Esta vez llevaremos sus cabezas para clavarlas en los muros de Zahra. Si hemos traído a todo este ejército será para aplastarlos para siempre.
–Pero el califa ha sugerido que negociemos. Todo ese oro que he traído conmigo es para eso -repuso Abuámir.
–Empléalo en los jefes que no se han rebelado aún -respondió Galib-. Y déjame a mí a ese cerdo de ahí arriba. Mis ingenieros saben construir máquinas de guerra que podrán con esa enriscada guarida.
–Bien, bien -dijo Abuámir-. Ordena que empiecen a fabricar los artefactos. Mientras tanto, yo haré mis negociaciones.
Al día siguiente comenzaron los preparativos del asalto. Los expertos dieron las órdenes necesarias, y se empezaron a transportar grandes cargamentos de madera cuesta arriba, hasta una distancia prudencial para no ser alcanzados por las flechas de los hombres de Aben Kenun. Sin embargo, desde el primer momento se vio que la tarea no sería nada fácil, puesto que no había espacio suficiente para maniobrar, dada la irregularidad del terreno. Aun así, Galib seguía empeñado en que se preparara el ataque a costa de lo que fuera.
Todos los días Abuámir ascendía hasta donde los ingenieros preparaban sus torres y sus artefactos. Vista de cerca, más bien parecía una tarea propia de águilas, la de intentar saltar los muros de Hachar al-Nasr. No había ningún costado fácil; estaba rodeada de precipicios por todas partes que descendían en melladas rocas. Podía divisarse el camino de cabras que servía para subir a la única puerta visible desde lejos. Nadie decía nada, pero él apreció el malhumor de los hombres a los que se había pedido un imposible.
Para colmo, cuando estaban terminadas gran parte de las escaleras y algunas de las torres, los rebeldes salieron una noche y mataron a un millar de soldados cordobeses, entre los que figuraban los principales ingenieros, cuyo campamento estaba próximo a los artefactos. No es necesario decir que arrojaron por la pendiente las recién construidas máquinas de guerra y las hicieron pedazos.
A Abuámir le despertó el revuelo. Los hombres gritaban en la confusión de la noche sin luna y corrían de un lado para otro, sin que nadie supiera a ciencia cierta qué estaba sucediendo.
–¡Es arriba! – gritó uno de los oficiales-. ¡En el campamento de los ingenieros!
Poco después se vio una serpenteante fila de antorchas que ascendía aprisa por la ladera. Abuámir montó sobre su caballo y galopó en aquella dirección. Los oficiales gritaban sus órdenes, y pronto miles de hombres ponían rumbo a la pendiente chocando unos con otros en la obscuridad.
Cuando se consiguió recuperar cierto control de la situación, estaba ya amaneciendo y las primeras luces comenzaban a desvelar los últimos residuos de la refriega. Los rebeldes huían por el camino de cabras y desaparecían por la puerta de la fortaleza, mientras una gran lluvia de flechas y piedras les cubría la retirada desde la muralla.
Llevado por un extraño impulso, Abuámir sacó fuerzas del agotamiento que le había causado ir de un lado a otro durante la obscuridad y corrió tras ellos, espoleando a su caballo por la acusada pendiente.
–¡Apresad a alguno! – gritó-. ¡Aunque sea uno solo!
Como si sus voces fueran las únicas órdenes que hubiera que obedecer, un buen número de caballeros galoparon decididos a dar alcance a los últimos rebeldes de la fila que corría por el sendero, hasta que consiguieron llegar a su altura, lejos todavía de los proyectiles que volaban desde las almenas.
–¡Apresadlos, apresadlos! – insistió Abuámir-. ¡No los matéis!
Los últimos rebeldes serían una treintena de muchachos desaliñados que jadeaban extenuados y se arrojaban al suelo para suplicar clemencia, aterrorizados ante la presencia de un centenar de caballeros con armaduras y grandes lanzas.
–¡Vamos! – ordenó Abuámir-. ¡Conducidlos al campamento!
A la altura de las tiendas de los ingenieros, se encontraron con el general Cialib, que maldecía hecho una furia al comprobar con sus propios ojos el desastroso resultado de Ya escaramuza: hombres muertos por todas partes, pilas enteras de madera quemada y restos de la maquinaria destrozada. Al ver a los prisioneros, ordenó:
–Llevadlos otra vez arriba, lo más cerca posible de la fortaleza, y sometedlos a toda clase de tormentos para que los vean morir los suyos lentamente. ¡Así sabrán contra quién se enfrentan!
Pero Abuámir le llevó aparte y le pidió:
–Déjame a esos hombres solamente un día, luego podrás hacer con ellos lo que quieras.
–¿Para qué? – preguntó Galib-. ¿Piensas acaso interrogarlos? ¿Crees que te van a decir algo diferente de lo que ya sabemos?
–Tú déjamelos -insistió Abuámir-. No tenemos nada que perder probando una estrategia. Recomponer toda esa maquinaria llevaría días, y es posible que no podamos intentar el asedio hasta pasadas algunas semanas.
–Está bien -accedió Galib-. Son tuyos. Pero dudo mucho que te sirvan de algo.
Los carceleros se sorprendieron cuando Abuámir, en vez de pedirles que torturaran cruelmente a los muchachos, les ordenó que les sirvieran comida y que no los maltrataran. Después, él mismo se acercó adonde estaban presos. Los miró uno por uno y, finalmente, se dirigió al que presentaba un aspecto más refinado.
–¿Alguno de vosotros es pariente de Aben Kenun?
El muchacho agachó la cabeza y no respondió.
–¿Eres tú acaso pariente de Aben Kenun? – insistió Abuámir-. Ya habéis visto que podría haberos matado cruelmente… ¡Vamos!, si no habláis, mañana os harán pedazos…
–¿Qué quieres de nosotros? – respondió otro de los jóvenes, uno delgado y de piel cetrina.
–Que llevéis un mensaje al príncipe idrisí, sólo eso -respondió Abuámir con decisión.
–Yo soy sobrino de Aben Kenun -dijo el joven.
Abuámir se sintió satisfecho de haber confiado en su fina intuición. Desde el primer momento supuso que alguno de los jóvenes sería pariente o allegado del rey rebelde, puesto que sabía que en la fortaleza no había más de mil hombres, de los cuales, un centenar o más serían parientes del idrisí, ya que los clanes africanos eran muy numerosos.
Llevó al muchacho hasta donde guardaba el gran tesoro que había traído desde Córdoba y se lo mostró en su integridad, explicándole que el califa le había mandado allí para hacer un trato beneficioso para todos. Luego soltó a los treinta prisioneros.
Cuando Galib supo lo que había hecho, montó en cólera.
–¡Maldición! – gritó-. ¿Te has vuelto loco?
–Confía en mí -le pidió Abuámir-. Si hubieras matado a esos desdichados, ¿qué habríamos conseguido sino enrabiar aún más a ese rebelde?
–¡Ah, ja, ja, ja…! – rió con ironía el general-. ¡Qué ingenuo eres!
Al día siguiente, con las primeras luces de la mañana, una gran fila de hombres a caballo, sobre mulas y a pie comenzó a descender la empinada pendiente de Hachar al-Nasr, portando grandes banderas hechas de tela blanca. Para sorpresa de todo el mundo, incluido Abuámir, Aben Kenun había resuelto entregar la fortaleza.
El señor idrisí asistió con Galib, en la mezquita de Hachar al-Nasr, a la oración del viernes, en la que el sermón fue pronunciado en nombre de Alhaquen II. A continuación Galib regresó a Hispania, llevándose consigo al vencido y a sus parientes, que fueron recibidos en Córdoba en una magnífica fiesta después de prestar solemne homenaje al califa en Medina al-Zahra. Luego quedaron instalados en la capital como grandes señores y recibieron los medios para vivir con lujosa holgura.
En cuanto a Abuámir, se quedó en África, con el nombramiento de gran cadí de los dominios califales en el Magreb Occidental, cargo que desempeñó con sumo tacto y eludiendo con mucho cuidado herir la susceptibilidad de los generales. Éstos no escatimaron elogios, y él pudo establecer entre ellos relaciones que habían de serle preciosas. Además, su estancia en África le permitió estudiar la verdadera situación política del país y trabar amistad con los principales jefes norteafricanos.
Desde su palacio en la parte más elevada de la medina, Abuámir contemplaba el contorno irregular de las murallas de Fez. La ciudad había sido fundada cien años atrás por Idris I, imán y soberano, y ahora, después de décadas de conflictos, rebeliones, saqueos e incendios, la pequeña mezquita que contenía el túmulo bajo el cual reposaban los restos del fundador seguía siendo venerada día a día por una población abigarrada, irregular, formada por toda la gama de razas que podían encontrarse en el norte de África, desde los claros y lampiños eslavos a los obscuros negros de Mauritania. Así era Fez, la más apretada concentración de gente, animales, mezquitas, talleres, mercados y fuentes que podía darse en un espacio tan reducido.
Como visir gobernador del Magreb Occidental, Abuámir podía haber escogido para su residencia Tánger o Ceuta, tal y como habían hecho sus antecesores; pero ¿no suponía eso a fin de cuentas seguir en Alándalus? Había traído consigo hombres y oro en cantidad suficiente para instalarse como un verdadero rey y, con el peligro idrisí conjurado después de la capitulación de Hachar al-Nasr, no necesitaba para nada tener un pie en la península. Había llegado para él el momento de saborear por primera vez el poder en toda su plenitud.
Los cielos de África son diferentes; lo apreció dejándose bañar por el suave sol de la tarde en la parte más alta de la terraza. Los dulces y anaranjados reflejos acariciaban el complejo conjunto de formas: paredes, cornisas, azoteas, tejados; las colinas cercanas, las más alejadas; las alamedas del río y los exuberantes palmerales que se extendían fuera de las murallas. En cambio, abajo, el laberinto de la medina se había ya obscurecido, en la umbría que propiciaban los elevados edificios que dominaban el irregular terreno sobre el que se asentaba la ciudad. Pero no por ello se paraba la vida; por el contrario, aunque cesaba el ruido de los cascos de los asnos en el empedrado, la gente seguía en la calle: vendedores, tratantes, forasteros, holgazanes, mendigos, ciegos, niños y soldados se lanzaban a un deambular que no se apagaba hasta la medianoche. Y algo de Fez no cesaba nunca; el fuerte olor a cuero que impregnaba la ciudad entera y que el calor del verano intensificaba en el ambiente, que en algunos lugares se hacía irrespirable.
Un criado subió para avisarle que los invitados estaban ya en el patio. Abuámir interrumpió entonces su absorta contemplación al recordar que esa noche había de dar una fiesta a los magnates llegados desde las principales regiones leales a Córdoba. Descendió la escalera que conducía al bajo y, al llegar a la galería, se topó con el delicioso perfume que los criados habían derramado por el patio de columnas.
Los señores de Tremecen, Ovjda y Taza estaban ya allí, ataviados con riquísimos ropajes: túnicas de brocado, capas de fieltro y seda, turbantes de finísimo algodón, espadas enfundadas en brillante plata ornada de pedrería y babuchas de suave piel de gacela. Como una sola persona, los tres se arrojaron a los pies de Abuámir. Luego entraron sus criados portando los regalos: colmillos de elefante, huevos de avestruz, pieles de serpiente, halcones, esencias, especias, piedras de almizcle selecto, alfombras… Y una sorpresa que guardaban para el final: cuatro mujeres, cuyas bellezas permanecían completamente ocultas bajo largas túnicas y velos que las cubrían de la cara a los pies.
Abuámir les agradeció los presentes y les indicó que pisaran a la mesa, que estaba dispuesta en el centro del patio, sobre un colorido suelo de tapices cubiertos de aromáticos pétalos de rosas.
A diferencia de lo que sucedía en Córdoba, los patios de Fez eran de dimensiones reducidas, y la elevación de los edificios los hacía recogidos e íntimos, como único centro de la casa al que daban todas las estancias. Los palacios estaban, pues, edificados más a lo alto que a lo ancho.
No es que Abuámir no se divirtiera en aquella comida con los rudos señores africanos; pero a él le hubiera gustado beber vino, algo que no admitían las estrictas tradiciones del reino idrisí. Aunque los invitados tenían su propia forma de divertirse: desde que llegaron no hicieron otra cosa que contar chistes picantes y hacer alusiones a la actividad sexual de cada uno de ellos. Esto sorprendió a Abuámir, puesto que el más joven tendría más de setenta años. A él le preguntaban constantemente cuántas veces lo hacía, cuántas mujeres tenía y qué recursos usaba para mantener su potencia. No era eso a lo que él estaba acostumbrado en Córdoba, donde las pasiones de cada uno formaban parte de su esfera íntima.
Finalmente terminó por aburrirse. Pero aún no sabía lo que le esperaba. Uno de aquellos viejos nobles sacó una cajita de entre sus vestiduras y la puso encima de la mesa.
–¡Ahora veréis! – dijo, abriendo la caja.
–¡Oh, alas de. mosca verde! – exclamó otro de los ancianos.
–Nada de eso -replicó el de la caja-. Se trata de mosca azul, de las montañas. Me han costado seis dinares de oro.
–¡Ah! – exclamaron los otros al unísono.
Abuámir no comprendía nada de aquello, hasta que se sorprendió al ver que cada uno de los nobles se echaba un pellizco de aquellas alas a la boca y lo tragaba con un buche de sirope.
Extrañados, viendo que Abuámir no hacía lo mismo, le preguntaron:
–¿Eh? ¿No tomas alas? ¿No las necesitas?
–¿Para qué? – preguntó Abuámir.
–;Ah, ja, ja, ja…! – rieron.
–Pues ¿para qué va a ser? Para que se te ponga… -dijo uno de ellos con un gesto muy expresivo.
–¡Ah, ya! – respondió Abuámir. Y, para no desairarlos, tomó también un pellizco de aquellas alas de mosca.
Otro de los jefes colocó entonces un envoltorio encima de la mesa; deslió un cordel y varios pedazos de telas, y apareció una especie de cuerno grueso.
–¡Oh, un cuerno de unicornio! – exclamó uno de los viejos.
–¿Eh? ¿De unicornio? – preguntó atónito Abuámir.
–Sí -respondió el anciano jefe-. En las praderas del país de los negros se cría una bestia enorme; su carne es basta y dura, pero el cuerno que le crece encima de la nariz es lo más preciado para sustentar la fortaleza del varón en las cosas del amor. Verás, ordena que traigan un mortero.
Un criado obedeció la orden, y el viejo rayó con una navaja el cuerno extrayendo unas esquirlas que luego machó con habilidad en el mortero. Añadió un chorro de agua y se lo ofreció al resto de los comensales.
–Basta con un par de tragos -dijo.
Todos bebieron. Y, cuando el último hubo apurado el recipiente, el tercer jefe sacó también algo y lo depositó en la mesa.
–¡Ah, mandrágora! – dijeron los otros dos.
–Sí -dijo el viejo-. La raíz con forma de cuerpo de hombre, que al ser arrancada de la tierra da un grito de horror que hace morir inmediatamente al que lo escucha.
–Entonces, ¿cómo se consigue? – preguntó Abuámir.
–¿No lo sabes? – dijo el jefe-. Sólo hay una manera: cuando se encuentra la planta, se ata una cuerda al tallo, cuyo extremo se anuda a su vez al collar de un perro. Después, el que recolecta la raíz se aleja a una buena distancia y llama al perro. El animal corre hacia su amo y saca la raíz en forma de hombrecillo cuya sangre lleva la sustancia más beneficiosa que pueda hallarse.
–¡Hummm…! ¡Qué interesante! – comentó Abuámir.
El anciano tostó un pedazo de la raíz en el fuego y luego lo majó en el mortero junto con un puñado de hierbas.
–¡Hala, comed! – dijo ofreciéndolo.
Una vez más, todos tomaron aquello. Y el que parecía ser el mayor de todos y por lo visto llevaba la voz cantante se puso en pie y se frotó las manos.
–Y ahora, hermanos -dijo-, apliquémonos a esas muchachas.
Las cuatro mujeres se habían sentado algo retiradas, bajo la galería del patio, y dormitaban apoyadas las unas contra las otras. El anciano se acercó a ellas y les dio con el pie.
–¡Eh, vosotras, vamos, acercaos a la mesa! Las mujeres bostezaron, se desperezaron y se pusieron en pie temerosas.
–¡Hala, hala, venid, ricas! – las llamó otro de los jefes-. ¡Que no os va a pasar nada malo!
El más anciano las acercó a empujones; les descubrió el rostro a las cuatro y acercó a ellas una lámpara.
–¡Qué! ¿Qué os parecen? – preguntó con una sonrisa que mostraba unas desdentadas y ennegrecidas encías.
Las cuatro mujeres eran de belleza espectacular. Y parecían escogidas para todos los gustos: una de pequeña estatura, otra alta y algo gruesa, otra de piel totalmente negra y una cuarta esbelta y bien proporcionada, que se cubrió el rostro inmediatamente con las manos.
–¡Oye, tú! – recriminó el viejo a esta última-. ¿Pero quién te has creído que eres? ¡Muéstrate! – La agarró por el cabello y comenzó a propinarle bofetadas. – ¡Déjala! – exclamó Abuámir. – Ah, bueno, si la prefieres… -dijo el jefe-. Pero te advierto que es la más descarada. – La agarró por un brazo y la sentó de un empujón sobre las piernas de Abuámir.
La muchacha se cubrió inmediatamente y, rígida, se echó a temblar. Abuámir estaba sorprendido ante todo aquello.
–Ji, ji, ji…! – reía el desdentado anciano, mientras iba repartiendo a las jóvenes-. ¿A que son majas? Son vírgenes las cuatro; hijas de los rebeldes rífenos. Yo mismo le entregué a Galib las cabezas de sus padres y sus hermanos -explicó-. Mis mujeres las han bañado, perfumado y vestido con cariño para esta noche tan especial.
La escena que se produjo a continuación desconcertó aún más a Abuámir: uno de los ancianos desnudó a una de las jóvenes y, tras verterle miel en el pecho, empezó a lamérsela con una larga lengua; otro de ellos se arrojó encima de otra muchacha y comenzó a tratarla con gran brusquedad; y el tercero, sin ningún pudor, se quitó la ropa y empezó a aprovecharse de la que le correspondía.
Abuámir se puso en pie de repente y se excusó: -Lo siento, amigos, pero en mi país no estamos acostumbrados a satisfacer nuestras pasiones en público; me retiro.
Los ancianos se miraron con gesto de extrañeza, y el que llevaba la voz cantante dijo, encogiéndose de hombros:
–Como quieras; si prefieres desvirgarla en tu alcoba…
Abuámir tomó a la joven de la mano y subieron las escaleras. Al llegar a la habitación, la muchacha, que permanecía con el rostro cubierto, se echó en la cama y se subió la túnica, mostrando un vientre liso y de morena piel.
–¿Qué haces? – le dijo Abuámir.
–¡Vamos, maldito cerdo, a qué esperas! – dijo ella con rabia-. ¡Toma lo que te corresponde!
Abuámir sonrió y dijo con calma:
–¿Crees que yo robaría algo que puedo conseguir por mí mismo? ¿Piensas que soy de la calaña de esos asquerosos viejos?
La mujer le miraba con unos fieros ojos negros, bajo las alargadas y perfectas cejas obscuras; jadeaba como un animal enfurecido y dispuesto a saltar sobre su acosador. Un gran velo le cubría el rostro, el cuello y el pecho, y un espeso turbante ocultaba el color de su pelo.
–¿Cómo te llamas? – le preguntó Abuámir, como queriendo romper aquella tensión.
–¡No te importa! – le espetó ella.
–¡Vaya, qué orgullo! – comentó él-. ¿No quieres que seamos amigos?
–¡Cabrón! – contestó ella-. ¡Hazte amigo de las cabras con las que fornicas!
–Bueno, bueno… Veo que no hay forma de razonar contigo. Está bien. Apártate de ahí, ésa es mi cama y quiero dormir; hoy ha sido un día muy fatigoso para mí.
Ella seguía rígida, mirándole con felinos ojos. Su pecho se alzaba y bajaba bruscamente bajo el velo morado, a causa de su respiración violenta, y sus manos crispadas aferraban la manta. No se movió ni dijo nada.
–¿No me has oído? – insistió Abuámir-. Apártate de ahí ahora mismo.
Ella no se inmutó. Abuámir se fue hacia ella y la agarró fuertemente por las muñecas para levantarla de la cama. Ella se abalanzó entonces sobre él y le clavó las uñas en el rostro, al tiempo que le mordía un hombro.
–¡Pero qué…! – soltó él-. ¿Estás loca?
Se inició un forcejeo. La muchacha era fuerte y manoteaba en un desenfrenado e histérico ataque, lanzaba las rodillas y golpeaba a Abuámir en el estómago. Él se enfureció, la sujetó por el turbante para inmovilizarla. Las telas se desprendieron, el velo cayó, y apareció el rostro y una larguísima, brillante y ondulada cabellera negra.
Abuámir la empujó y ella quedó recostada en la pared, con un gesto agresivo que resaltaba sus rasgos. La habitación estaba en penumbra, pero él se sorprendió al ver su cuello esbelto, sus perfectas facciones y sus hombros finos, brillantes de sudor, iluminados por la tenue luz de la vela. Acercó la llama y se maravilló aún más al contemplar su piel que parecía de bronce, morena, tersa y resplandeciente.
–¡Dios, qué hermosa eres! – exclamó, con una sorpresa que brotaba del fondo de su alma. Ella entonces se tiró al suelo y se acurrucó en un rincón, llorando y gritando:
–¡No, por favor! ¡No me hagas daño! ¡No me desvirgues! ¡Por Alá!– ¡Por la santa memoria del Profeta!
–Vamos, vamos -la calmó él-. ¿No te he dicho ya que no te haré nada? Puedes marcharte, ahí mismo tienes la puerta.
Abuámir abrió la puerta y le mostró la salida a la joven. Ella se puso en pie, pero cuando iba a salir se volvió hacia él y rompió a gemir nuevamente.
–¿Quieres que esos viejos me quiten lo que tú has respetado?
–Bien, puedes quedarte ahí si quieres -respondió él. Cogió la manta y se la dio a la mujer.
Ella se tendió en el suelo, a un lado de la cama. Abuámir se acostó, sopló la vela y la obscuridad se hizo en la alcoba. Durante un buen rato estuvo intentando dormirse, pero oía los lamentos de la joven. Luego, como queriendo calmarla, dijo:
–¿No quieres decirme cómo te llamas? ¡Por Alá!
Pareció que no contestaría, pero al cabo dijo:
–Nahar.
–¡Vaya, menos mal! – comentó él-. Creí que no conocería tu nombre. ¿Querrás decirme ahora lo que te ha sucedido? ¿Cómo fuiste a parar a manos de esos hombres?
–Ya oíste lo que contó ese viejo baboso -respondió Nahar-. Mi padre se rebeló y se puso a favor del príncipe idrisí; después sus propios hombres le traicionaron. Una mañana llegaron los guerreros de Tremecen, entre los que estaban algunos de mis parientes, y me arrancaron de los brazos de mi madre para entregarme a ese jefe. Nadie me puso la mano encima. ¡Te lo juro! Mi flor está intacta…
–Bueno, bueno. Aquí no te pasará nada. Ahora duerme. Mañana seguiremos hablando.
Por la mañana, Abuámir despertó, después de haber dormido escasamente, impresionado por lo que había sucedido la noche anterior. Nahar yacía en el suelo, envuelta en la manta y con su espectacular cabellera desparramada por el tapiz de blanca lana. La primera luz entraba por un ventanuco y él se maravilló contemplando la gran belleza de la muchacha. No quiso despertarla. Bajó al patio central del palacio. Los tres jefes estaban roncando sobre las alfombras junto a las otras mujeres. Él entrechocó las palmas y gritó:
–¡Vamos, fuera de aquí! ¿Os habéis creído que esto es una mancebía? ¡Recoged vuestras cosas y marchaos!
Los jefes se levantaron asustados y se fueron con sus caballos, sus criados y las mujeres.
Abuámir regresó entonces a la alcoba. Nahar se había cubierto el cabello y el rostro y estaba en un rincón. Nada más verle entrar, le preguntó:
–¿Piensas venderme?
–No -respondió él-. ¿Tienes adonde ir?
–Mataron a toda mi familia -contestó ella-. En mi casa ahora vivirá otra gente.
–Bien -sentenció él-. Puedes quedarte aquí. Ve a la cocina y que las mujeres se ocupen de ti.
La muerte repentina del papa Juan XIII en septiembre del año 972 demoró una vez más el regreso de Asbag a Córdoba. Parecía que le perseguían los acontecimientos. No se podía consagrar un nuevo papa antes de que los embajadores del emperador hubieran comprobado la regularidad de la elección y recibido la promesa con juramento de gobernar la Iglesia conforme al derecho y la justicia. Por eso, el emperador decidió permanecer en Roma. Y, naturalmente, el abad Mayólo interrumpió su partida hacia Cluny, puesto que era uno de los consejeros de Otón en estos asuntos.
Cuando finalmente fue elegido y consagrado el candidato imperial, Benedicto VI, después de largas deliberaciones y conflictos, se les había echado encima el invierno. La ceremonia tuvo lugar en Letrán el 19 de enero, y ya no hubo más remedio que quedarse en Roma, puesto que los Alpes resultaban imposibles de cruzar debido a las nevadas.
Pero en marzo apretó el sol y los caminos se apisonaron para que el emperador pudiera irse a Quedliburg. Asbag pensó entonces que Mayólo decidiría poner por fin rumbo a su abadía, pero una vez más los acontecimientos frustaron sus deseos: el emir de Sicilia, aliado con los sarracenos del litoral de Provenza, empezó a hacer incursiones en el país comprendido entre los Alpes y el Ródano. En estas circunstancias resultaba muy aventurado emprender un viaje hacia Cluny desde Italia. Por otra parte, el puerto de Ostia se cerró, debido al terror que causaban los piratas sarracenos. No quedaba pues otro remedio que incorporarse a la comitiva del emperador y viajar hacia Germania.
Era ya la Pascua cuando llegaron a Quedliburg, y el emperador lo celebró junto a su hijo. Después marcharía hacia Merseburg, donde celebraría la Ascensión. Allí se sintió profundamente afligido al enterarse de la muerte de Hermann Billung, el último de sus viejos camaradas. Se le vio decaer a partir de aquel momento. Después de su primera esposa había perdido a su hijo Livdolfo y a su hermano Enrique. Posteriormente habían muerto su madre, Matilde, su hermano Bruno, su hijo Guillermo, el arzobispo de Maguncia, el margrave Gerón y, por último, Hermann Billung.
Una mañana, después de la misa, el abad Mayólo le comunicó a Asbag que estaba preocupado por la salud del emperador.
–Está triste -le dijo-. Ha perdido su natural fortaleza y anda cabizbajo. Me temo lo peor. Estos guerreros sajones son así: parecen unos muchachos casi toda su vida, hasta que, de repente, su rostro se ensombrece y empiezan a Saquearles las piernas… Me preocupa que pudiera sucederle algo. Otón II es apenas un adolescente que no dispone de la experiencia y la autoridad de su padre. Además, no es seguro que los magnates estén dispuestos a seguirle.
–Dios proveerá -repuso Asbag, para tranquilizar al abad.
–Sí, confiemos en su Divina Providencia.
Mayólo era un hombre maduro, robusto y de hablar pausado y cálido, que dirigía la abadía de Cluny desde hacía cuarenta años. Originario de una noble familia de Aviñón, gozaba de gran prestigio; orador agradable, subyugaba a sus auditores por su firmeza y su fe llena de convencimiento, pues no pensaba en otra cosa que vivir para Dios y llevar a los demás a Él. Parecía realzar tanto el ideal de monje benedictino que se le llamaba el príncipe de la vida. Siguiendo el método trazado por Odón, no dejó de viajar por el bien de la reforma, y así llegó a interesar a la mayoría de los príncipes de Occidente; a Otón el Grande y a su hijo Otón II, entre ellos. Pero sobre todo había sabido ganarse a la emperatriz Adelaida, que se había convertido en su mayor seguidora y le daba toda clase de facilidades para proseguir su misión de reforma monacal. Con esta ayuda, Mayólo había fundado o restaurado monasterios en Payerne, Pellines y Saint-Amand; en el condado de Trois-Chateaux, Saint-Honorat. En el reino de Francia reformó Marmoutier, Saint-Maurdes Fossés y Cormery. En Roma estableció la regla de los monasterios ya reformados por Odón adonde había vuelto el desorden. También, gracias a la protección de la casa de Sajonia, introdujo las costumbres de Cluny en Italia; en Pavía fundó la abadía de Santa María y reformó algunas otras; en Ravena reformó San Apolinar in Classe. Era pues un abad fiel a la causa del imperio, puesto que había recibido de él la posibilidad de hacer grandes cosas en Occidente. Por eso era lógico que se preocupara por el futuro si faltaba Otón II.
Cuando Asbag empezaba a aburrirse en Merseburg, aguardando a que Mayólo se decidiese de una vez, por todas a emprender su vuelta a Cluny, sucedió algo que le dio la oportunidad de sentirse útil. El abad había tenido conocimiento de que había llegado una embajada de sarracenos para entrevistarse con los cancilleres del emperador, y le pareció adecuado pedirle al obispo mozárabe que interviniera.
–Al fin y al cabo -le dijo-, fuisteis consejero de un rey de sarracenos; ¿quién mejor que vos podría interpretar sus intenciones?
–¿De dónde vienen esos musulmanes? – le preguntó Asbag.
–Son enviados del califa de Egipto.
–En concreto, ¿qué habré de negociar?
–Oh, se trata de algo complejo. Desde que el califa al-Muizz se instaló con toda su corte en Egipto, en el Mediterráneo no ha vuelto a haber paz. Esos embajadores pretenderán seguramente que el emperador les pague algún tributo a cambio de respetar a nuestros comerciantes. Es algo que viene de largo… Los sarracenos pujan por hacerse los únicos dueños del mar y de las costas del sur de Europa. Ya les pertenece Sicilia y con frecuencia se aventuran a hacer incursiones en el litoral de Italia. En vuestra conversación con ellos habréis de procurar conocer cuáles son sus verdaderas intenciones.
Esa misma tarde, un canciller del emperador vino a recoger a Asbag al monasterio donde se hospedaba. El encuentro con los embajadores musulmanes se celebraría en el palacio central de Merseburg, y ambos se trasladaron allí.
El legado del califa fatimí le pareció a Asbag un hombre enigmático. Su acento árabe era genuinamente bagdadí, pero las maneras y el aspecto parecían los propios de un instruido negociante persa, de los que él había visto con frecuencia en Zahra, durante el tiempo que estuvo en la biblioteca de Alhaquen. Se llamaba Aben al-Kutí. Era delgado, de mirada misteriosa, largos brazos y una luenga barba obscura sobre el pecho. Vestía con el albornoz de Persia, prolongado hasta los pies, que asomaban calzados en unas puntiagudas babuchas curvadas hacia arriba. Sus postraciones, reverencias y saludos empalagosos, hechos de cumplido, terminaron por convencer a Asbag de que se trataba de un hombre educado en los usos de los mercaderes.
Cuando el mozárabe pronunció el saludo, al-Kutí dio una especie de respingo que luego trató de disimular. Sin duda reconoció inmediatamente el acento hispano del obispo y no pudo evitar la sorpresa, pues de todos era conocida la enemistad que existía desde antiguo entre el califa fatimí y el de Córdoba. Sobre todo desde que el soberano de Egipto había pretendido extender sus dominios hasta el norte de África Occidental.
–¿Eres súbdito del príncipe de Córdoba? – preguntó al-Kutí, exhibiendo una enigmática sonrisa.
–Bueno -respondió Asbag para escapar del trance-, soy un obispo de la Iglesia… Dependo directamente del Papa de Roma; él es mi rey.
–¡Ah, muy bien! – exclamó satisfecho el embajador musulmán-. ¡Mejor! ¡Mucho mejor! Mi señor, el Príncipe de los Creyentes, el gran califa de al-Muzziya al-Qahira saluda al mumpti de Roma y al emperador de los rumies, y pide la protección de Alá para ellos. Yo, su humilde servidor, me pongo a sus pies.
Asbag se inclinó moderadamente para acoger la fórmula. Después, midiendo con cautela sus palabras, dijo:
–El augusto emperador de los romanos, Otón el Grande, me autoriza a preguntarte en su nombre qué es lo que deseas de él.
Al-Kutí exhibió de nuevo su sonrisa y, sin apenas inmutarse, respondió:
–Ah, muy agradecidos. Siempre es bueno parlamentar con alguien que conoce a la perfección la lengua de los árabes; pero las órdenes de mi señor son muy explícitas: sólo manifestaremos sus deseos en presencia del rey de los rumies.
–¿Qué pasa? – dijo Asbag extendiendo las manos-. ¿Desconfías de mí?
–Oh, no, no, no… Nada de eso. Eres un obispo y te debes a la verdad. Pero, ya te lo he dicho, el califa ha sido muy exigente en eso: sus embajadores sólo hablarán ante el emperador.
Aquello desconcertó a Asbag. Detrás de él, un poco alejado, se encontraba el fnagnus canciliarius del emperador. Como estaban hablando en árabe, el ministro no entendía una palabra y se impacientó.
–¿Qué sucede? – preguntó el canciller-. ¿Qué es lo que piden?
–Quieren entrevistarse con el emperador -le respondió Asbag.
–¿Eh…? ¿Pero quiénes se han creído que son? – respondió el ministro enardecido.
–¡Chsss…! ¡Un momento, por favor! – le contuvo Asbag.
La situación se puso tensa. Al-Kutí alzó la vista con un gesto altanero.
–Bien, bien -dijo con frialdad-. Si el orgullo de vuestro rey le impide recibir a los dignatarios del Príncipe de los Creyentes…
–No, por favor -se apresuró a decir el mozárabe-. Lo que sucede es que la salud del emperador no es buena hoy; se encuentra algo fatigado y necesita descansar.
–Bien, en ese caso, aguardaremos a que se reponga -dijo el embajador musulmán.
Asbag comprendió que el asunto se presentaba difícil. Se despidió por el momento de al-Kutí y fue inmediatamente a ver al abad Mayólo. Le dijo:
–No hablarán con nadie que no sea el emperador en persona.
–¿Cómo? – exclamó el abad-. ¿Y a qué creéis que se debe esa actitud?
–Está muy claro. Afirman que su monarca es un igual del rey de los romanos. No están dispuestos a admitir ninguna soberanía superior a la de su monarca. Traen instrucciones muy precisas.
–¡Vaya por Dios! – exclamó disgustado Mayólo-. ¿Y qué pensáis que querrán plantearle a Otón?
–¡Hummm…! Me temo que su actitud será amenazadora. Seguramente buscan un pacto. Se consideran los dueños del Mediterráneo y pretenderán imponer un tributo.
–¡Oh, no! – se quejó Mayólo-. ¡Lo que faltaba! No podemos darle ese disgusto al emperador, precisamente ahora que está tan deprimido. Es el momento más inoportuno para iniciar una guerra contra los sarracenos. ¿Y si no los recibe?
–Lo tomarán como una gran ofensa -respondió el mozárabe-. Regresarán a al-Qahira y, seguramente, en breve los barcos sarracenos empezarán a asolar el litoral del imperio. Pienso que será mejor que Otón los reciba.
El abad Mayólo se quedó pensativo, con un profundo gesto de preocupación grabado en el rostro. Después dijo:
–Veo que no tenemos otro remedio. Lo que yo pretendía era mantener a Su Majestad alejado de los problemas por un cierto tiempo. Su espíritu se encuentra desolado y necesitaba retirarse en la oración para implorar la paz del corazón. Pero veo que Satanás no piensa darle esa tregua. El próximo domingo es Pentecostés; pediremos al Espíritu Santo que todo se solucione favorablemente. Hablaré hoy mismo con el emperador. Hace algún tiempo que casi no quiere ver a nadie, excepto a sus familiares y a mi humilde persona.
Instalaron el trono del emperador en el salón principal del palacio. La decoración era muy austera: un gran blasón de madera con los colores imperiales en la pared frontal, seis sillas tapizadas de cuero y una gran piel de búfalo que cubría el suelo en el centro. El embajador sarraceno, sus dos acompañantes, el canciller Mayólo y Asbag aguardaban en silencio. El obispo mozárabe le había pedido un momento antes a al-Kutí que fuera lo más breve posible.
Otón entró apoyándose en el hombro de su hijo. Su barba estaba completamente blanca y su mirada perdida. Se sentó en el trono y el joven Otón permaneció de pie a su lado.
Cuando el abad Mayólo hubo terminado de rezar una plegaria, Asbag presentó al embajador musulmán. Al-Kutí se arrojó al suelo y pronunció una por una las fórmulas de salutación. El emperador escuchó aquellas palabras incomprensibles para él con escaso entusiasmo. Después el mozárabe las tradujo resumiendo cuanto pudo.
Otón, con una voz fatigosa y gutural, preguntó:
–¿Qué es lo que tu señor quiere de mí?
Asbag tradujo. El embajador pronunció su discurso:
–Mi señor, el Comendador de los Creyentes, califa de al-Qahira, rey de Egipto, Mahdiya, Alejandría, Barqah, Túnez y Trípoli, recibe ya tributo de Córcega, Cerdeña, Baleares y Sicilia. Su flota es poderosa y ha recibido del Todopoderoso el encargo de velar por la paz en el mar Mediterráneo. Una paz a la que todos hemos de contribuir. Tú eres el rey de los romanos y por ello te interesa también que el amplio litoral de tu reino se encuentre protegido. Y, para ello, mi señor te solicita la módica suma de diez mil dinares de oro, de cualquier acuñación, más cincuenta doncellas de cabellos rubios, de buena presencia. Si quieres, puedes hacerme entrega a mí de tal tributo, o ponerlo en manos del emir de Palermo anualmente; él se encargará de hacerlo llegar a al-Qahira.
Asbag se quedó lívido. Un frío sudor empezó a correrle por la espalda. Permaneció durante un rato como paralizado, pero todos aguardaban su traducción. Finalmente, se decidió y explicó puntualmente lo que al-Kutí exigía.
El rostro de Otón se congestionó de repente. Se puso en pie y quiso decir algo, pero un repentino ataque de tos se lo impidió. Su hijo le golpeó suavemente en la espalda. Después trajeron un vaso con agua. Cuando a duras penas el emperador pudo expresarse, lo hizo a gritos, entrecortadamente, entre toses:
–¡Fuera…! ¡Maldito sarraceno! ¡Que lo echen a patadas de mi presencia! ¡Fuera!
El joven Otón se acercó entonces, enfurecido, hasta donde estaban Asbag y Mayólo estupefactos.
–¡Pero…! ¡Cómo se os ocurre…! ¡Vamos, ya habéis oído a mi padre, que se marchen esos sarracenos!
Padre e hijo desaparecieron por la puerta de la estancia que daba a sus aposentos. El resto de los presentes se quedaron petrificados, mirándose unos a otros. Mayólo reaccionó entonces y corrió detrás de Otón, pero antes de salir le dijo a Asbag:
–¡Despedidlos! Hacedlo con la mayor delicadeza posible, pero ¡despedidlos!
Cuando los musulmanes y el mozárabe se quedaron solos en el salón, Asbag intentó esbozar una sonrisa para quitarle hierro al suceso.
–Bueno, ya habéis visto, el emperador tiene algo de catarro…
Pero al-Kutí enarcó las cejas, irguió la espalda y dijo:
–¡Tu rey se arrepentirá! ¿Crees que no he comprendido lo que ha pasado? ¿Piensas que soy tonto?
Dicho esto, salió airadamente, seguido de sus acompañantes. Ese mismo día abandonaron Merseburg.
Nahar ocupaba por completo la mente de Abuámir; él no podía dejar de pensar en ella. Nunca antes el deseo de una mujer le había obsesionado de aquella manera. Desde su más temprana juventud, su naturaleza fogosa había tenido siempre dónde desahogarse, sin necesidad de buscar demasiado. Se había acostumbrado desde siempre a ser él el deseado. Alguna criada de la casa, las jóvenes del mercado, una viuda rica y más tarde una bella princesa de cabellos dorados; por no hablar de las múltiples ocasiones esporádicas en la que alguna mujer se había rendido a él nada más conocerlo. Pero esta vez era diferente. Ella ni siquiera le miraba. A veces incluso tenía la sensación de que sentía hacia él un oculto desprecio.
Que Nahar hubiera sido un obsequio de aquellos viejos miserables la convertía en una propiedad de Abuámir. Nada más que eso. Y ello ocasionaba que la relación entre ellos estuviera desequilibrada desde un principio. No es lo mismo pertenecer a alguien por dominio que por amor. El lo sabía, y por eso ansiaba cada vez más sentirse amado por ella. No estaba acostumbrado a conseguir el amor por otro poder que no fuera el fuego de su mirada o el intenso atractivo con que Dios le había dotado.
Pero esta vez todos sus trucos de seducción se estrellaban como contra un muro. Procuraba cruzarse con ella en cualquier rincón de la casa, le lanzaba una sonrisa, una mirada ardiente. Nada. Ella bajaba los ojos y seguía su camino, o le sostenía la incitación desafiante, como respondiéndole: «Sí, ya sé que soy tuya, que me deseas y que puedes tomarme cuando quieras; pero tendrás que hacer uso de tu derecho sobre mí». Ella le desconcertaba. Algunas veces intentó hablarle, como sin interés, de cosas insustanciales, para comprobar si algo en ella delataba un sentimiento, alguna esperanza para él; pero era peor, porque ella contestaba fríamente, sin ocultar en absoluto su desprecio y su indiferencia. Incluso seguía ocupándose de sus asuntos como si nada, sacando agua del pozo, barriendo el enlosado del patio, retirando los hojas secas de los geranios; hasta que él llegaba a enojarse. Una vez la sostuvo furioso, apretándole con los dedos un brazo.
–¿Quieres escucharme? – le gritó, incapaz de dominarse.
Ella sonrió con insultante ironía, soltó el cántaro en el suelo y sacó pecho frente a él.
–¿Me lo vas a hacer aquí o subo a la alcoba? – le dijo entre dientes-. ¿O prefieres que me unte miel en los pechos como les gustaba a esos viejos?
El la abofeteó. Y enseguida se dio cuenta de que el no poder controlarse le humillaba aún más. Corrió tras ella y le suplicó:
–¡Perdóname!
Nahar se volvió entonces y escupió al suelo con desprecio.
A partir de aquel día Abuámir procuró no cruzarse más en su camino. Temía encontrarse con sus ojos. No obstante, soñaba con ella, cuando era capaz de dormir, porque empezó a tardar en conciliar el sueño. Buscó por ahí mujeres, para sentirse seguro, a las que hechizó enseguida con sus ojos; se emborrachó, hizo el ridículo; se le cayeron gruesos lagrimones al escuchar poesías de amor. ¿Qué le estaba sucediendo? Lo peor de todo fue descubrirse a sí mismo buscándola furtivamente, espiándola desde las galerías, ocultándose tras los arbustos del huerto. Ya no podía más.
Pronto empezó a recibir quejas de las mujeres de la casa. Ella era arrogante y dominadora. Se había educado en la casa de un jefe orgulloso de las montañas, se había acostumbrado a ser dueña y señora, y a que todo el mundo diera vueltas a su alrededor.
Desde que Abuámir se instaló en Fez, Utmán se ocupó de todos los asuntos domésticos; estaba acostumbrado a ello puesto que ya lo había hecho para Ben Afla, y sabía gobernar tanto a la servidumbre como a los guardias de un gobernador. No era alguien refinado, eso ya lo sabía Abuámir, pero resultaba insustituible a la hora de atender a los africanos y tenía un especial sexto sentido para adivinar la verdadera intención de las personas. Una mañana le habló a Abuámir acerca de Nahar.
–Cuidado con esa mujer -le advirtió-. Es una fiera. Golpea a las criadas y se cree la dueña de la casa, cuando no es nada más que una esclava.
–Bien, bien -respondió Abuámir-, ya me ocuparé yo de eso. Pero comprende que fue arrancada de su pueblo y que perdió cruelmente a sus familiares.
–Sí, ya lo sé. Sólo quería prevenirte. Esa gente de las montañas, si no se la pone en su sitio, termina por creerse con derecho a todo. No te confundas; no se trata sólo de una pobrecilla huérfana… Ten cuidado.
Abuámir dio vueltas en su cama a la hora de la siesta. Por primera vez en su vida experimentó la desconcertante sensación de no saber cómo resolver un problema. Por una parte deseaba mostrarse indiferente ante aquella mujer y recobrar el dominio sobre sí mismo; ponerle las cosas claras y no volver a pensar en ello. Pero no era capaz de quitársela de la cabeza. Se dio cuenta de que ya ni siquiera se acordaba de Subh. Ello terminó de desconcertarle del todo.
El calor se hacía insoportable. Estaba echado boca arriba, mirando al techo, y el sudor parecía adherirle la espalda al colchón. Decidió levantarse y salir al fresco.
En la galería exterior, que daba a un huerto con frondosos naranjos que crecían apretados en torno a un pozo y a un estanque, se encontró con el espeso silencio de la hora más cálida del día. El aire era tórrido e inmóvil, y el dulce olor de las flores de azahar subía con el denso vaho. Un palomo emitía un monótono arrullo desde algún doblado.
Estuvo contemplando cómo el sol castigaba los tejados y las azoteas, en la extraña quietud producida por el reposo general de la siesta. De repente percibió un débil murmullo de voces femeninas y vio entre la sombra de los naranjos a dos mujeres que se acercaban al pozo. Eran Nahar y una de las criadas.
Se sentaron en el borde del estanque e introdujeron los pies en el agua. Las dos se remangaron el vestido por encima de las rodillas, de manera que las piernas de una y otra resplandecieron al sol. La criada era menuda, delgada y de piel blanca, poco agradable a la vista. Nahar en cambio tenía unos miembros largos, de aterciopelada piel cobriza sobre una carne prieta, firme. Su negra y larguísima cabellera le caía a lo largo de la espalda y brillaba limpia y sedosa.
Una extraña sensación acometió a Abuámir; una especie de nudo que se adueñaba de su estómago y un profundo deseo de contemplarla, allí donde estaba, junto al agua plateada del estanque que enviaba reflejos a su cuello y sus brazos. Entonces se rindió definitivamente a la evidencia: se había enamorado perdidamente de ella.
La criada era más joven que Nahar, tendría apenas quince años, y a su lado parecía débil e indefensa. Las dos balanceaban los pies y chapoteaban de vez en cuando mientras conversaban, hasta que la pequeña se levantó y se situó detrás de Nahar. Durante un rato, le estuvo acariciando el pelo, haciéndole trenzas y manejándoselo con sus manitas blancas y ágiles, que se introducían por la espesa y lisa melena.
Ante aquella escena tan sugestiva, Abuámir llegó al colmo de su arrobamiento; pero aún tendría que soportar ver a Nahar introducirse en el agua hasta la cintura y contemplar el vestido mojado ceñido a su cuerpo. Algo saltó entonces dentro de él como un resorte, y se decidió a bajar allí y hablar con ella.
Cuando se presentó junto al pozo, a la criada se le escapó un agudo grito de sorpresa. – ¡Vete! – le gritó Abuámir.
La muchacha corrió entre los naranjos, asustada. Y Nahar cruzó los brazos sobre el pecho.
–Tú, quédate -le dijo él-. Tengo que hablar contigo.
–¿Ahora? – protestó Nahar-. ¿No podías esperar a que terminara de refrescarme?
–¡Vamos, sal del agua! – le ordenó él. Nahar obedeció. La melena le caía mojada hacia atrás y su rostro mostraba su habitual gesto fiero y arrogante.
–Bueno, ¿qué quieres ahora? – dijo con tono distante, mientras se retorcía el pelo para escurrirlo.
–Estoy harto de que hagas en mi casa lo que te da la gana -respondió él-. Utmán me ha dicho que pegas a las criadas y las manipulas como si fueras la dueña. Nadie te obliga a estar aquí. Ya lo sabes…
–¡Ah! – replicó ella-. ¿Entonces, puedo marcharme? – Por mí te puedes ir hoy mismo. Si no estás dispuesta a comportarte conforme a lo que eres…
Sin decir nada más, Nahar le dio la espalda y echó a andar con paso decidido por entre los naranjos. – ¡Eh, espera! – gritó Abuámir. Pero ella hizo caso omiso y se perdió por la puerta que daba entrada a sus dependencias. Él la siguió. Cuando llegó a su alcoba, ella ya había extendido una tela sobre la que estaba poniendo sus escasas pertenencias para liar un hato. – ¿Qué haces? – le preguntó él. Una vez más, Nahar no respondió. Se echó el bulto al hombro y se encaminó a la puerta que estaba en las traseras del palacio.
–¡Ah, te marchas! – dijo él-. Muy bien, haz lo que quieras.
La vio salir con sus andares resueltos. Se fijó en la túnica mojada, pegada a sus glúteos firmes, y en sus talones desnudos ennegrecidos sobre el enlosado de la calle, hasta que torció una esquina y desapareció de su vista.
–¡Adiós! ¡Adiós! ¡Adiós para siempre! – gritó él con rabia dando un fuerte portazo.
Se apoyó en el fresco muro del zaguán. Su mente estaba en blanco, y el pulso le latía aceleradamente. En ese momento deseaba correr tras ella y golpearla como a una mula cerril, hasta domarla, o incluso matarla. Pero una idea acudió a su mente: la de que la violarían inmediatamente, en cuanto alguien se diera cuenta de que era una mujer que no le pertenecía a nadie. Por ahí, sola, no duraría ni un día sin que alguien le pusiera la mano encima.
«Terminará en una mancebía, siendo de todo el mundo menos mía», pensó.
Salió y corrió como un loco por las calles. La hora de la siesta estaba terminando y comenzaban a abrirse los talleres. Subió una cuesta, atravesó varias plazoletas, pasó junto a las pequeñas mezquitas. Una gran angustia se apoderó de él cuando tomó conciencia de que en aquel laberinto le sería difícil encontrarla. La gente empezaba ya a transitar y los hortelanos se dirigían en sus pequeños asnos a los huertos de las afueras. Pensó que ella pretendería tal vez regresar a las montañas, y se dirigió en su loca carrera hacia la puerta de la ciudad.
Bajo el gran arco, un rebaño de cabras se apretujaba en su regreso de los pastos exteriores. Nahar se debatía entre los animales abriéndose paso hacia la puerta. Abuámir avanzó apartando a las cabras y la alcanzó. La sujetó por un brazo y tiró de ella. Forcejearon. Pero él consiguió dominarla y la llevó a empujones por las calles, hasta el palacio. En el zaguán, nada más cerrar la puerta, la rodeó con sus brazos y la estrechó contra sí, mientras sentía seca y acartonada su garganta y el corazón que parecía querer escapársele del pecho.
–¡Nahar! ¡Nahar! ¡Te amo! ¡Quiéreme, por favor! ¡Te daré lo que desees! ¡Ámame, te lo ruego!
Ella estaba húmeda aún por el agua del estanque y por el sudor, pero su aroma era dulce y agradable, a almizcle y agua de rosas. Permanecía quieta, jadeante, pero dócil y suelta. Él la cubrió de besos, y de lágrimas. Siguió suplicándole, mientras le quitaba la túnica mojada y buscaba frenéticamente su cuerpo.
La noche anterior a la festividad de Pentecostés, cuando finalizó la liturgia, Asbag se acercó a Mayólo y le dijo:
–No puedo quedarme aquí eternamente. Debo pensar en partir uno de estos días. Deseo ardientemente regresar a Córdoba.
–Sí, lo comprendo -dijo el abad-. Os prometí que iríamos a Cluny antes de que llegara el verano para que pudierais regresar a Hispania desde allí. Pero, ya lo veis, la salud del emperador no es muy buena y me siento obligado a permanecer aquí.
–¿Qué es lo que te preocupa? – le preguntó el mozárabe-. La vida ha de seguir su curso. Es natural que un hombre que ha luchado tanto se sienta agotado. Y si ha de morir… ¿Qué? ¿No hemos de rendir todos el alma?
Mayólo hizo un expresivo gesto de aprobación.
–Es cierto eso que decís -respondió-. Pero, sinceramente, veo al joven Otón aún muy inmaduro para sucederle. Los nobles le rendirán honores en su proclamación en Roma, pero ello no asegura su soberanía. Como en tiempos de su padre, los duques empiezan a recelar, según he sabido. Además, en Baviera gobierna Enrique el Pendenciero, su primo, que probablemente esté ya conspirando con Abraham de Freising. No sé… Tengo obscuros presentimientos… Nos aguardan tiempos difíciles… Muy difíciles.
–¿Dices eso por el fin de mileno?
–¡Hummm…! Sarracenos en el Mediterráneo, normandos de fe débil y reciente, nobles pendencieros, clérigos corrompidos…
–¡Bah! – replicó Asbag-. Son las miserias que siempre han rondado al hombre.
–Sí -contestó el abad con tono grave-. Pero hay algo que me preocupa mucho más que todo eso…
–¿De qué se trata?
–De Roma. Mientras Otón el Grande viva, el papado estará seguro. Pero la nobleza italiana es muy peligrosa. Temo que pronto los cabecillas que siguen a Crescendo, hijo de Teodora la Joven, quieran de nuevo controlar al Papa. Y Benedicto VI es débil…
Esa misma noche, Asbag se vio asaltado por terribles pesadillas, como ya le había sucedido otras veces: avanzaba a duras penas por arrasados campos sembrados de muertos; suplicaba a Dios, pero no era escuchado; finalmente se veía a sí mismo en mitad de un gran templo en llamas, abrazado a un frío sepulcro de mármol. Se despertó empapado en sudor, aterrorizado e invadido por una fatal confusión en la obscuridad de la noche. Desde su angustia, oró: «Señor, no estés callado, en silencio e inmóvil, Dios mío».
El obispo sintió que el mundo iba por su lado, que la gente hacía lo que quería y las naciones se gobernaban como si Dios no existiera. «No se cuenta contigo. Y tú estás callado», le dijo. Pidió que se vieran nubes de luz o columnas de fuego. Saltó desde su lecho y fue a la ventana. La abrió. La ciudad germana descansaba en silencio bajo la noche cerrada. Deseó entonces que se oyeran las trompetas del Ángel o que se sintieran los vientos de Pentecostés. Pero el frío silencio era lo único que reinaba sobre los tejados.
Por la mañana, el emperador salió a la pequeña plaza que se extendía entre el palacio y la catedral. Repartió regalos entre los pobres. Asbag vio a la multitud vitorearle, contenida por una hilera de soldados. Pero el monarca estaba ausente, pálido y con un visible temblor en las manos. Asbag supo luego de boca del abad Mayólo que había comido sólo un poco y que se había acostado de nuevo.
Por la tarde acudió toda la corte a la iglesia para asistir a la misa de vísperas. El emperador y la emperatriz entraron los últimos en el templo. Durante la lectura del Evangelio a Otón le subió la fiebre y se tambaleó. Un denso murmullo recorrió la nave del templo. Uno de los príncipes acercó una silla y, no bien se hubo sentado, su cabeza cayó hacia un lado como si hubiese muerto. Sin embargo, se recuperó de nuevo. Recibió la eucaristía y lo sacaron rápidamente.
Cuando terminó la misa, Asbag y Mayólo acudieron aprisa a las dependencias imperiales. Al llegar al pasillo que conducía al dormitorio real, oyeron los responsos de los monjes. El emperador había muerto sin sufrimiento un momento antes.
Después de las primeras honras fúnebres, los príncipes se ocuparon de que el cadáver del emperador fuese trasladado a Magdeburgo, donde sería enterrado al lado de Edith, su primera esposa, en cuyo recuerdo hacía constantes donativos a la Iglesia. Pero la emperatriz Adelaida no quiso desplazarse hasta allí, porque nunca se había sentido a gusto en Sajonia, y le pidió a Mayólo que la acompañase hasta Ravena para confortarla por el camino, puesto que deseaba pasar el resto de sus días junto a San Apolinar in Classe, en cuya reforma había colaborado con el abad de Cluny.
Antes de que pasara del todo el verano, satisfecho el deseo de la emperatriz, Mayólo acordó que era ya demasiado el tiempo que faltaba del monasterio cluniacense, y decidió por fin regresar a él, lo cual llenó de alegría al obispo mozárabe que le había acompañado durante todo este tiempo. Así pues, preparadas todas las cosas necesarias, emprendieron el fatigoso camino.
Pasaron por Bolonia, Módena, Fidenza y Aosta, en un trabajoso recorrido cuya dificultad mayor estuvo en los ascensos a las alturas alpinas del Gran San Bernardo; pero finalmente comenzaron a descender de las elevadísimas montañas.
El abad y el mozárabe iban acompañados por una docena de monjes, medio centenar de caballeros armados que los escoltaban y un buen número de viajeros que se había unido a ellos para seguir la ruta más seguros. La columna caminaba con lentitud, a pequeñas jornadas de tres leguas diarias para no fatigar a los hombres y a los caballos. Llevaban, además, una impedimenta grande.
Entre las dos paredes del desfiladero, y en una extensión de una legua, había lugar para un valle sembrado de grandes piedras desparramadas, junto a la cuales nacían grupos espesos de retamas, plantas de beleño y de digital. El camino, una calzada estrecha por donde apenas podían marchar tres hombres a la par, se abría al principio como una cortadura, entre dos paredes de roca, luego bordeaba el valle y huía serpenteando hasta dominar el desfiladero.
El tiempo estaba hermoso, la tarde tranquila y apacible; las hojas amarilleaban en los árboles de ambos lados del camino y el follaje de los robledales en la falda de los montes empezaba a enrojecer. Había nubarrones en el cielo, en la dirección de los valles que se divisaban a lo lejos.
Mayólo y Asbag iban a caballo, el uno junto al otro, a paso lento, por las piedras diseminadas que entorpecían la marcha.
–Dentro de poco llegaremos a Ginebra -comentó Mayólo-. Con lo cual, nuestro viaje estará casi terminado.
–¡Gracias a Dios! – exclamó Asbag-. ¡Deseo descansar!
–Sí. Vuestra peregrinación ha sido demasiado larga. Salisteis de vuestra ciudad para visitar la tumba de Santiago y Dios os ha llevado por el mundo, como a su pueblo por el desierto en un largo vagar. ¿Os pesa haber sufrido ese itinerario?
–No, en absoluto -respondió el mozárabe con rotundidad-. Gracias a mi aventura he comprendido que la vida es camino, que somos peregrinos y extranjeros, no vagabundos sin una meta; y que nos falta aún la plenitud suprema del bien y la gloria que es el final de nuestro viaje. Aunque dentro de poco llegue por fin a Córdoba, sé que mi viaje no habrá terminado si Dios no lo quiere así.
–Efectivamente -asintió Mayólo-. Nuestra verdadera vida permanece oculta en Dios; sólo se nos revelará en el futuro, cuando llegue ese día esperado. Así pues, sólo la parasía traerá nuestra redención completa, el cumplimiento definitivo de las promesas de Dios. Y las metas de este mundo, por muy grandes y felices que sean, se quedan pálidas ante el esplendor de la gloria futura. Mientras caminamos en la vida seguimos expuestos a toda clase de sufrimientos, fatigas y luchas; tenemos que combatir constantemente para no sucumbir al desaliento, puesto que llevamos un tesoro precioso en vasijas de barro. Hay que seguir caminando…
–¡Ay! – suspiró Asbag-. ¡Cuándo llegará esa meta final! A veces, está uno tan cansado…
Un poco más adelante, se desató una tormenta; las nubes comenzaron a invadir rápidamente el cielo y lo encapotaron en poco tiempo. Unos minutos después gruesas gotas cayeron sobre el camino. El chaparrón fue arreciando y los jinetes tuvieron que descender de sus cabalgaduras para ponerse a cubierto.
Permanecieron un largo rato bajo mantas, soportando la lluvia. Los viajeros se aterrorizaron cuando los relámpagos empezaron a surcar el cielo con sus cárdenos resplandores y los truenos retumbaron en los montes. Entonces se acercaron varios hombres para pedirles a los clérigos que elevaran una plegaria.
Mayólo extrajo de su equipaje una reliquia que llevaba consigo y la depositó sobre una piedra. Todos se arrodillaron, y los monjes entonaron las letanías. Al cabo de un rato cesó la tormenta y apareció un cielo limpio en el que empezaban a brillar las estrellas. El capitán que iba al frente de los caballeros dijo:
–Habrá que detenerse para pasar la noche. Si continuamos por este camino tan pedregoso, cualquiera podría tropezar en la obscuridad y lastimarse.
–Bien -asintió el abad-. Que cada uno saque lo que tenga seco y se prepare para dormir. Mañana, con la primera luz, continuaremos. Queda ya poco trayecto montañoso.
La noche transcurrió fría y húmeda, con lejanos aullidos de lobos y sin la posibilidad de encender hogueras, puesto que la leña estaba muy mojada.
Cuando Asbag pudo dormirse por fin, sobre el duro suelo, acudieron a su mente los sueños, causados por la fatiga y la incomodidad. Soñó que se encontraba en una isla, rodeada por un mar hostil, embravecido, obscuro y tenebroso. Buscaba la manera de salir de allí, junto con otras personas cuyos rostros le resultaban desconocidos, pero por más que iba de un lado para otro, siempre se encontraba finalmente detenido por miedo a perecer en el temible oleaje.
Después el mar empezó a enviar cadáveres, cientos de ellos, que quedaban tendidos en la orilla.
Entonces despertó. Un gran silencio dominaba la noche obscura, en cuyo cielo brillaban una infinidad de estrellas. Los montes parecían gigantescas figuras inmóviles y expectantes. Sintió miedo; un profundo temor de vivir, de la soledad del hombre en medio de la vida, del azar amenazador, del riesgo del camino. Se acordó de rezar. Y lo hizo con palabras del Salmo 26:
Al día siguiente, reanudaron el viaje muy temprano. Finalmente dejaban el desfiladero que tan incómodo resultaba por ser un camino en pendiente y pedregoso. El sol apareció en un luminoso valle, por el que discurría el río Draco, más sereno ahora, después de serpentear y dar vueltas en círculo entre los Alpes, como un impetuoso arroyo de montaña.
Aunque no habían abandonado aún el tortuoso sendero, divisaban ya la planicie con sus árboles frutales, las tierras de labor y la villa de Pons Ursari. Al final del desfiladero, pasando el boquete que le da acceso a la izquierda, oculto por varias filas de árboles, había un cerro ingente formado por peñascos. Visto por entre los árboles parecía un castillo en ruinas. La columna pasaba lentamente junto a esta especie de fortaleza natural cuando alguien gritó:
–¡Atención! ¡Hay gente ahí arriba!
Asbag alzó la vista, como el resto de los viajeros. Efectivamente, se veían unas siluetas de personas que se movían, pero que se ocultaron rápidamente.
–Deben de ser pastores -dijo uno de los soldados.
Siguieron adelante un poco más y atravesaron el río, de manera que sólo les quedaban ya los difíciles recodos que había que remontar antes de llegar a la planicie, cuando, súbitamente, sonaron unos fieros y aterradores gritos que se convirtieron pronto en una feroz algarada que descendía desde los montes. Entonces se vieron turbados por una amenazante masa de gente armada que venía hacia ellos desde atrás y desde los cerros de los laterales. El capitán de los caballeros se hacía oír entre el tumulto:
–¡Una emboscada! ¡Una emboscada! ¡Agrupaos!
–¡Madre de Dios! – exclamó Mayólo-. ¿Quiénes son esa gente?
–¡Sarracenos! – respondió el capitán-. ¡Dios nos asista!
Los caballeros volvieron sobre sus pasos y se enzarzaron en un violento combate con los atacantes, que ya habían abatido a muchos de los viajeros que iban en la cola a pie o a lomos de asnos.
–¡Hay que huir! – gritó Mayólo-. ¡Galopemos hacia la aldea!
Lograron salir del desfiladero, pero en los primeros llanos apareció una horda mayor aún que la anterior cerrándoles el paso. Los sarracenos consiguieron detener a los caballos y echaron mano a los hábitos de los clérigos, derribándoles de sus monturas.
Asbag vio caer a Mayólo y al momento cayó también, entre los pies de un montón de atacantes que se abalanzaban ferozmente sobre él.
Cuando le tenían sujeto, vio cómo el palafrenero del abad defendía a su amo, asestando golpes con su espada a diestro y siniestro, para evitar que se acercaran los atacantes, hasta que Mayólo le sujetó gritándole:
–¡Es inútil! ¡Rindámonos!
En ese momento un arquero disparó una flecha al criado y, en vez de alcanzar a éste, se clavó en la mano con la que el abad le sujetaba por el hombro.
El fragor del combate cesó. Los sarracenos rodeaban a los viajeros que quedaban vivos. Lo que Asbag vio a continuación fue terrible: sin más lucha, empezaron a asesinar cruelmente a los caballeros, a los criados y a todos los que consideraban que no eran de interés como cautivos. El mozárabe suplicó con gritos desgarradores.
–¡No! ¡Por favor! ¡Por Alá! ¡No hagáis eso…!
Pero de nada sirvió su intercesión. Limpiamente, con un corte en la garganta, cada uno de los desdichados caía al suelo y se desangraba como una res sacrificada.
En Frexinetum, en la costa de Provenza, los sarracenos habían adaptado la antigua ciudad portuaria, destruyendo muchas de las edificaciones precedentes y construyendo otras, como la pequeña mezquita que ocupaba el centro de la plaza; pero el conjunto de fortificaciones, ruinas y almacenes no dejaba de ser un lugar desolado, al que no podría aplicarse otro nombre que el de «nido de piratas». Allí confluían embarcaciones alejandrinas, sicilianas, norteafricanas y levantinas, además de las autóctonas, dedicadas todas ellas a traer y llevar los frutos del botín que conseguían en sus correrías por todo el Mediterráneo. Como suele suceder en tales sitios, Fréjus era un lugar sin ley, por mucho que se empeñaran en querer demostrar que dependían del emir de Balarmuh de Sicilia, que a su vez estaba bajo la autoridad del califa fatimí de al-Qahira.
Nada más llegar, encerraron al abad Mayólo y a Asbag en una lúgubre cueva que servía de mazmorra, en la cual había ya una docena de personas capturadas también por los bandidos. El viaje hasta allí desde Pons Ursari, donde fueron hechos cautivos, fue penoso, a marchas forzadas y por irregulares terrenos, por lo que llegaron extenuados y con la ropa hecha jirones.
Entre los otros prisioneros que estaban en la cueva, figuraba un noble de un territorio cercano a Cluny que reconoció inmediatamente al abad. Enseguida se abalanzó hacia él, se arrodilló y le besó la mano. Los demás eran viajeros, comerciantes o recaudadores de tributos de diversos lugares del sur de Francia. Algunos llevaban allí meses de cautiverio y se encontraban muy desmejorados.
Mayólo parecía un hombre impasible, ajeno casi a lo que les estaba sucediendo, pero lo que de verdad le ocurría era que su mente discurría sólo por los cauces de la fe. Asbag se dio cuenta de ello a medida que pasaban los días en aquella cueva. El único interés del abad era mantenerse en oración y hacer rezar a todo el mundo. Al principio, los cautivos obedecieron fervorosamente, de rodillas y recitando de continuo las jaculatorias que él repetía en una especie de trance místico; pero al tercer día algunos comenzaron a desertar de aquel «combate espiritual» que, según Mayólo, había que mantener con el demonio sin darle tregua.
Al cuarto día se le metió en la cabeza que todos ayunasen. Cuando el carcelero introdujo en la cueva, como cada mañana, un mugriento cesto con unos cuantos chuscos negros y duros, un puñado de castañas y el cántaro de agua, el abad dijo:
–¡Nada de comida! Sólo agua. ¡Que nadie caiga en tentación! Hay que orar y ayunar. Sólo de esa manera venceremos al demonio. Nuestras armas son el ayuno y la oración.
Los cautivos se miraron unos a otros y nadie se atrevió a acercarse al cesto. Si la situación no hubiera sido tan penosa, a Asbag aquello le habría resultado algo cómico: se hallaban en un estado lamentable, muertos de frío, miedo y hambre, y al abad no le parecía aquello suficiente penitencia, impuesta ya por las circunstancias. Sin embargo, el mozárabe no consideró oportuno enfrentarse a la autoridad moral de Mayólo, puesto que su fama de santidad parecía confortar a sus desdichados compañeros de celda.
Al quinto día, al ver que no probaban alimento alguno, el carcelero fue a avisar al jefe de los sarracenos. Éste se presentó en la puerta, a contraluz, y momentáneamente no lo reconocieron, pero cuando entró en la cueva se llevaron una sorpresa. Era al-Kutí, el embajador que se presentó en Merseburg para solicitar el tributo al emperador.
Al reconocerlo, Mayólo se puso en pie enardecido.
–¡Apártate, Satanás! – le gritó-. ¿A qué vienes a perturbar nuestra paz?
–¿No queréis esos panes? – preguntó el sarraceno-. ¿Queréis acaso desconcertarme? ¡Allá vosotros! No se os traerán más alimentos mientras no hagáis caso de ésos.
–¡No sólo de pan vive el hombre! – sentenció el abad.
–¡Vaya! ¡Qué delicados! – dijo con ironía al-Kutí-. Claro, como estáis acostumbrados a las viandas de la mesa de vuestro emperador… ¿Y qué es lo que queréis, pues? ¿Capones? ¿Uvas de Corinto? ¿Pastel de manzanas…?
–¡Ja, ja, ja…! – rió el carcelero-. ¡Aquí sólo tenemos pan y castañas!
–¡… Sino de toda palabra que sale de la boca de Dios! – les increpó Mayólo-. ¡No tentarás al Señor tu Dios! ¡Sólo a Dios hay que adorar! ¡Infieles! ¡Hijos de Satanás!
Al-Kutí se fue hacia él, le zarandeó y le abofeteó. El abad rodó por el suelo y Asbag corrió a socorrerlo.
–¡No, déjalo, por Dios! – suplicó el mozárabe-. ¿No ves que ha perdido la cabeza?
–¡Alas vale que comáis! – dijo al-Kutí-. No quiero perder las sustanciosas ganancias que pienso obtener con vuestro rescate.
Cuando los sarracenos cerraron la puerta y los cautivos se quedaron solos en la cueva, Mayólo alzó un dedo con autoridad y, a modo de sermón, dijo:
–Hemos ganado la primera batalla al demonio. Nuestras armas están resultando eficaces. No olvidéis que a Dios le agrada la mortificación, y que nuestros sufrimientos suben como incienso a su presencia… Y ahora, ya que hemos vencido en tan singular batalla, podemos tomar algo de alimento; pero con moderación.
«¡Menos mal!», pensó Asbag, y casi se le escapó en voz alta. Los cautivos abrieron unos ojos de entusiasmo y se abalanzaron sobre el cesto de los panes y las castañas, con un gran alivio por verse liberados del ayuno.
Esa noche, cuando dormían rendidos por el agotamiento a causa de su desgracia, el abad despertó súbitamente a Asbag.
–¡Obispo Asbag! ¡Obispo Asbag, despertad! – le decía-. He tenido una visión.
–¿Eh…? ¿Qué…? ¿Una visión…? – murmuró él, sumido en la somnolencia.
–Sí, escuchad, se trataba de una visión divina. El gobernador de los romanos, vestido con ropajes apostólicos, aparecía ante mí sosteniendo un incensario de oro que humeaba.
–¿Y qué significa eso? – le preguntó Asbag, perplejo.
–Es un anuncio de que seremos liberados pronto.
Cuando de madrugada entró la primera luz a través de la reja que cerraba la cueva, Mayólo estaba descosiendo su ampuloso manto, dando fuertes tirones para romper los hilos. Asbag pensó que el abad había perdido definitivamente la cabeza.
–¿Qué haces? – le increpó-. ¡No te rompas el manto!
–Sí, sí -contestó Mayólo-. He de hacerlo… Mirad lo que llevo cosido en el forro.
Cuando terminó de descoserlo, sacó un librito que llevaba entre los pliegues y dijo:
–Es el libro de san Jerónimo sobre la Asunción de la Virgen; lo llevo cosido en el manto desde hace años. Anoche, después de la visión divina, lo recordé.
Dicho esto, ante el asombro de Asbag, Mayólo empezó a hojear el librito y a hacer cuentas con los dedos.
–¡El veinticuatro! – exclamó-. ¡El veinticuatro es la Asunción! ¡Ese día seremos liberados!
Asbag concluyó que, en efecto, el abad había perdido por completo la razón.
El cautiverio se prolongó durante meses, en los que el número de los desdichados habitantes de la cueva fue variando; unos se iban porque sus parientes entregaban el rescate y eran devueltos a sus pueblos; pero llegaban otros, de manera que el negocio de al-Kutí nunca dejaba de funcionar. Y con los recién llegados entraban noticias en la prisión. Gracias a un capitán francés capturado, supieron que las sumas pedidas a cambio del abad Mayólo eran exorbitantes.
–¡Ojalá no paguen nada! – dijo el abad-. De todas formas, la Virgen María ha resuelto ya que se rompan nuestras cadenas.
Una mañana, cuando amanecía, les despertó un gran revuelo que provenía del exterior: voces y pisadas de un tropel de gente que se aproximaba a la cueva.
–¡Todo el mundo fuera! – gritó el carcelero-. ¡Vamos! ¿No estáis oyendo? ¡Salid!
Se echaron las capas por encima y salieron. En el exterior estaban al-Kutí y todos sus hombres, con sus armas, los caballos y varias mulas cargadas con fardos.
–¡Vamos, a toda prisa! – les ordenó el sarraceno-. ¡Nos marchamos al puerto!
El puerto no era otra cosa que un dique de contención y un sencillo embarcadero, abajo, al pie del acantilado rocoso. El pueblo quedaba un poco alejado y se extendía por la costa en conjuntos de casas y restos de fortificación separados entre sí por intervalos irregulares. De manera que comenzaron a descender apresuradamente entre los peñascos, por una peligrosa vereda estrecha y sumamente empinada.
De momento no supieron los cautivos el porqué de aquella carrera hacia las embarcaciones; pero pronto se dieron cuenta de que los perseguía una multitud de guerreros procedentes de las montañas que empezaban a tomar el pueblo.
–¡Son hombres del emperador! – gritó el capitán cautivo al reparar en ellos-. ¡Vienen a liberarnos!
–¡Lo sabía! ¡Lo sabía! ¡Es la Virgen! – gritaba Mayólo. No obstante, como iban amenazados a punta de espada, los cautivos no tuvieron más remedio que correr con los sarracenos hacia el puerto.
Cientos de piratas subieron a los barcos, cargando en ellos cuantas pertenencias habían podido sacar de sus guaridas: tesoros, animales, alimentos y cautivos. Mientras tanto, los que habían quedado rezagados se batían en retirada o eran abatidos por la numerosísima hueste imperial.
A empujones, hicieron subir a la gran embarcación de al-Kutí a los prisioneros, entre cabras, mulos y caballos, en un apretujamiento general de animales y personas que pretendían acceder a la cubierta. Hasta que el piloto de la nave vio que ya eran demasiados y empezó a gritar:
–¡Basta! ¡Basta o nos hundiremos! ¡Retirad las pasarelas! ¡A los remos! ¡Remeros, a los remos!
El barco empezó a alejarse del muelle, aunque todavía muchos de los piratas intentaban encaramarse a él trepando por los costados y otros muchos caían al agua desde las pasarelas que se retiraban.
A todo esto, los soldados imperiales alcanzaron la costa. Y mientras el barco de al-Kutí se alejaba, se entabló un gran combate entre los atacantes y los sarracenos que no habían conseguido embarcarse. La fuerza cristiana era muy superior y enseguida puso fin a las vidas de los piratas con ensañamiento, sin piedad, para que los que se escapaban mar adentro vieran con rabia cómo cortaban la cabeza a sus compañeros y las arrojaban al mar, que se riñó rápidamente de rojo.
Miles de flechas empezaron a llover sobre el barco, cuyos remeros casi reventaban del denodado esfuerzo por alejarse a toda prisa. Las saetas se clavaban en las maderas, en los animales, en los sacos de grano, o volaban por entre los palos con feroces zumbidos que hacían agacharse a todo el mundo o ponerse a cubierto donde podían. Al fin el piloto consiguió situar la embarcación lejos del alcance de los arqueros imperiales. Entonces los piratas empezaron a hacer gestos obscenos, a brincar sobre la cubierta y a lanzar maldiciones a los atacantes, como niños traviesos haciendo rabiar a sus perseguidores, a pesar del espectáculo sangriento que tenían enfrente.
Viendo que ya estaban suficientemente alejados, al-Kutí ordenó al piloto:
–¡Deten el barco! Echaremos aquí el ancla.
La flota pirata sarracena quedó anclada a cierta distancia de la costa. Al-Kutí se acercó entonces a Asbag.
–Esos perros rabiosos vienen a por su abad -le dijo-. Yo puedo degollarlo ahora delante de sus narices e irme a al-Qahira…
El mozárabe se horrorizó al escuchar aquello.
–Pero sería un mal negocio -prosiguió al-Kutí con ironía-. De manera que no pienso irme sin el oro que esperaba conseguir por él. Y tú me servirás de mensajero, puesto que conoces nuestra lengua y la de ellos. Regresarás a tierra, les dirás que ahora pido el doble del oro que antes solicité a la abadía; y que si no quieren el trato, iré mandándoles pedacitos del abad.
Lanzaron al mar una barca, con dos remeros, un sarraceno que sostenía un paño blanco y el obispo mozárabe, al que pusieron una mitra para garantizar que sería respetado por los arqueros.
Cuando iban llegando a tierra, el pequeño bote tuvo que avanzar entre cientos de cuerpos y cabezas separadas que flotaban cerca de la orilla. Estaba anocheciendo, y las hogueras de los soldados imperiales comenzaban a encenderse entre las obscuras piedras del acantilado. Asbag oró en silencio y, ante aquella visión, recordó el Apocalipsis:
–¿Tú quién eres? – gritó el heraldo a Asbag, al verlo con ropajes de eclesiástico.
–Soy un obispo cautivo de los sarracenos -respondió Asbag-. Me envían para parlamentar. Llevadme inmediatamente con vuestro jefe supremo.
Condujeron al mozárabe hasta la fortificación de Fréjus. En ella compartían la cena un caballero alto, varios oficiales y dos monjes. Asbag les explicó lo que al-Kutí le había encomendado, asegurándoles que el jefe de los sarracenos estaba dispuesto a tratar con suma crueldad a Mayólo. El caballero dijo:
–Ya nos lo temíamos. Cuando vimos que los barcos se detenían a distancia, supusimos que el abad estaba aún vivo y que no se marcharían sin intentar al menos conseguir el rescate.
–Iremos a por ese oro -dijo uno de los monjes con resolución-. Pero necesitamos por lo menos dos días para reunido. Díselo así a ese diabólico infiel.
Asbag regresó al barco para comunicar la respuesta. Al-Kutí se frotó las manos de satisfacción al enterarse de que aceptaban la transacción.
Aunque los monjes se demoraron una semana sobre el tiempo previsto y el mozárabe tuvo que hacer dos viajes más a tierra con el apremio del jefe sarraceno, finalmente llegó la comunicación de que estaban preparados para efectuar el intercambio.
El lugar escogido se hallaba en unas rocas que se adentraban en el mar, formando una pequeña península de arrecifes. Allí los monjes depositaron el arcón con el oro. El barco de al-Kutí se acercó con precaución. Se trataba de dejar al abad al tiempo que se recogía el rescate, mientras los soldados permanecían a gran distancia.
El abad descendió custodiado por dos forzudos piratas que comprobaron el contenido del cofre. Una vez que se cercioraron de que todo era correcto, subieron el oro y el barco empezó a retirarse deprisa. Entonces Asbag, angustiado, le preguntó a al-Kutí:
–¿Y yo? ¿Qué pasa conmigo?
–Tú te vienes. Ese dinero es por el abad, pero tú no entras en el trato.
No lo pensó dos veces; el mozárabe dio un empujón al sarraceno y se encaramó en la borda. Saltó. La suerte no estaba de su parte y fue a darse contra las rocas, en una zona poco profunda. Sintió que los huesos de una pierna se le quebraban y lo asaltó un gran dolor, junto con la sensación del agua fría. Intentó a rastras aferrarse a las rocas para trepar por ellas, pero el movimiento de las olas se lo impedía.
–¡Agarradlo! ¡Que no escape! – gritaba desde el barco al-Kutí.
Los dos fornidos piratas se arrojaron al agua y lo asieron, le rodearon con una soga a la altura de las axilas y lo subieron a tirones por el costado del barco.
Sobre la cubierta, jadeante, tosiendo por el agua que le había entrado por las vías respiratorias, Asbag vio que tenía rota la pierna, vuelta hacia arriba a la altura de la rodilla, con huesos a la vista y abundante sangre.
–¡Idiota! – le gritaba al-Kutí-. ¡Mira lo que te has hecho!
El barco se alejó a toda velocidad de la costa, se unió al resto de la flota pirata y puso rumbo a alta mar.
Sus compañeros cautivos le hicieron una cura rudimentaria al obispo, con unas tablas y unos jirones de trapo apretados para enderezar la pierna.
Una de las mujeres se acercó a él y le entregó algo. Era el pequeño libro del abad Mayólo, que debió de caérsele antes de que descendiera a tierra. El mozárabe lo tomó entre las manos, y en ese momento recordó que era el día de la Asunción de la Virgen María de 973.
Cautivo de nuevo, mojado, helado de frío y herido, sobre la cubierta del barco, clamó a Dios una vez más, sintiendo su desamparo:
olvidándome?
atemorizado,
los males?
81
La gran columna del ejército mercenario africano se detuvo frente a Córdoba, al otro lado del Guadalquivir, en la inmensa explanada destinada a que las huestes levantaran sus tiendas. Era el mediodía de una calurosa jornada del final del verano, dedicada toda ella a montar el campamento, y los soldados hicieron una pausa en su tarea para ir a refrescarse al río. Miles de hombres de obscura piel comenzaron a chapotear en las plateadas y mansas aguas de las orillas.
Pero Abuámir no tenía tiempo para descansar. El gran visir Chafar al-Mosafi le aguardaba en la cabecera del puente, junto a la mezquita mayor, para dispensarle el recibimiento protocolario y abrirle las puertas de la ciudad.
El gobernador de los territorios africanos del califato, con su flamante y pulida armadura, sobre su imponente caballo con bridas de pedrería, llegó al arco de la entrada seguido por los generales, la guardia personal y su servidumbre. Descabalgó, besó el suelo bajo el arco y se postró ante el primer ministro. Al-Mosafi lo alzó del suelo y le besó con afecto. Ambos personajes cruzaron la mirada y se sonrieron. La gran multitud que había acudido al recibimiento a pesar del calor prorrumpió en vítores.
–¡Viva Abuámir! ¡Bienvenido! ¡Qué Alá te bendiga!
–¿Los oyes? – le preguntó al-Mosafi-. Como verás, me he encargado de propagar tus hazañas por África. Mandé a los pregoneros que avisaran de tu llegada para que acudieran a recibirte.
–Yo te lo agradezco -respondió Abuámir complacido-. Es agradable sentirse aclamado como un héroe.
–Bien, ahora entremos en la mezquita para agradecer los dones del Todopoderoso -propuso el gran visir.
Abuámir y el resto de los generales se despojaron de las corazas, las lorigas y demás piezas de sus armaduras; se descalzaron y comenzaron la ablución en las fuentes. Al desprenderse de los pesados y ardientes hierros, le invadió una placentera sensación, que se acentuó al contacto con el agua. Pero fue la entrada entre las columnas de la fresca y umbría mezquita lo que le proporcionó un misterioso estado de sosiego y satisfacción mientras avanzaba por el gran bosque de troncos de piedra, escuchando tan sólo el murmullo de las plegarias.
Se arrodillaron ante el mihrab y entonaron las suras correspondientes, y luego subió el predicador al mimbar para exaltar los hechos del Profeta, la misericordia de Dios providente y su protección sobre el reino de Córdoba. Abuámir sintió más que nunca que aquellas palabras eran para él.
Después del rezo, se despidió de al-Mosafi en la puerta de la mezquita, quedando para el día siguiente en Zahra a primera hora. Y desde allí se dirigió a su munya, seguido por la servidumbre y por una carreta cubierta por toldos, donde habían viajado Nahar y los dos hijos que había tenido de Abuámir en los tres años siguientes a su boda con él. Cuando llegaron a la entrada de la munya, toda la servidumbre había salido a recibirlos. La casa estaba limpia, fresca y perfumada por el romero que habían esparcido en las losas del patio central, y las criadas acudieron con panderos para entonar una canción de bienvenida.
Nahar tomó posesión, orgullosa y decidida, recorriendo hasta el último rincón del palacio, para conocer al milímetro los espacios y las personas que habría de gobernar desde aquel día. Dispuso cuál había de ser su propia alcoba en las dependencias de las mujeres y acomodó también a las tres concubinas que Abuámir se había traído de África.
Él, mientras tanto, tomó un baño, se envolvió en una gran toalla y se tumbó en la sala fresca que había junto al aljibe, intentando dejar la mente en blanco; pero no lo consiguió. Tenía múltiples cosas en la cabeza. ¿Por qué le había mandado llamar con tanta urgencia el gran visir? Durante tres años había vivido aislado en África, sin saber nada de Córdoba, dedicado al gobierno de los difíciles territorios que le encomendaron. No es que hubiera sido mucho tiempo, pero le habían sucedido tantas cosas que le parecía una eternidad. Nunca antes había dependido de nadie, hasta que Nahar entró en su vida. ¿Era ella quien había cambiado tanto su vida? Le había dado dos hijos, y no es que hubiera sido ella quien le proporcionó las tres concubinas, pero desde luego le había facilitado mucho las cosas para que ahora cuatro mujeres formaran parte de su vida. ¿Después de esto era él el mismo? Pensó entonces en Subh y, como otras veces en África, reparó en que no la echaba de menos. Era una sensación extraña aquella de que se borrase en su mente la imagen de alguien que había significado tanto para él. Pero ahora era diferente; ella estaba ahí, muy cerca, y en un momento u otro tendría que ir a verla. La idea le turbó. Sentía cierta curiosidad, eso sí, pero más que por saber cómo estaría ella después de ese tiempo, por conocer la reacción que se produciría en él al encontrarse con su mirada. Aunque habían pasado sólo tres años, Subh pertenecía a otro tiempo, a otra vida. Incluso le daba pereza tener que reanudar aquella relación. Nahar era demasiado fuerte, demasiado omnipotente, como para compartir su amor con otra mujer, aunque fuera Subh. Ni siquiera aquellas concubinas, a pesar de ser jóvenes y hermosas y de vivir en su casa, habían pasado de ser un mero pasatiempo, una obligación incluso.
Decidió no meditar más sobre ello. El tiempo pondría cada cosa en su sitio. ¿Por qué preocuparse ahora? Cuando llegase el momento de encontrarse con ella, tendría la ocasión de pensar en comportarse de la manera más oportuna. Pero había ahora algo que le preocupaba aún más que eso. ¿Qué se esperaba de él? Si le habían hecho dejar África apresuradamente, cuando su gestión había sido impecable, era seguramente para encomendarle otra misión. Pero no sabía nada del porqué de aquella orden de regreso. Se había presentado un emisario con un billete firmado por el gran visir, sin explicación alguna, con la orden pura y simple de presentarse en Córdoba con el ejército mercenario lo antes posible. Esto le desconcertaba aún más. ¿Por qué con el ejército mercenario? ¿Había algún conflicto con los reinos del norte? O, peor aún, ¿se trataba de algún problema interno de gravedad? En todo caso, hasta el día siguiente no podría saberlo.
La incertidumbre no le impidió dormir. Por la mañana muy temprano iba camino de Zahra, con la mente descansada y el cuerpo repuesto del largo viaje de los días anteriores.
Sin embargo, el que mostraba señales visibles de no haber descansado era al-Mosafi. Abuámir percibió enseguida que el visir estaba preocupado y nervioso. Sin preguntarle siquiera por la gestión de las provincias africanas, fue al grano directamente. Cuando ambos estuvieron solos en su despacho le dijo:
–Querido Abuámir, no sabes cómo he deseado que regresaras cuanto antes. Te necesito. ¡Gracias a Dios que estás por fin aquí!
–Pero… ¿Sucede algo grave? – se preocupó Abuámir.
–Sí, gravísimo -respondió el visir con rotundidad.
–Bien, ¿de qué se trata?
–Del califa, el mismísimo Príncipe de los Creyentes.
–¿Está enfermo? ¿Su vida corre peligro?
–No se sabe nada -dijo al-Mosafi con ansiedad-. Nada de nada.
–¿Eh?
–Como lo oyes. Hace más de un mes que nadie sabe nada de él. La última vez que le vi estaba gravemente enfermo; apenas podía hablar y tenía la mente perdida. Después los eunucos prohibieron a todo el mundo que se acercara al palacio, incluido a mí, con el pretexto de que necesitaba descansar y aislarse de los problemas para reponerse. Y hasta el momento presente no se ha vuelto a saber nada más.
–¿Se estará muriendo?
–O…
–¿O qué? – preguntó Abuámir-. ¡Vamos! ¡Habla!
–O tal vez haya muerto ya.
–¿Muerto? ¿El califa…?
–Sí. Los eunucos mantienen cerradas a cal y canto sus dependencias. No olvides que son ellos los que gobiernan a su guardia privada. Ellos son los que más perjudicados pueden salir en el caso de que muriera, puesto que perderían su posición preponderante en el palacio. Por eso no quieren que nadie sepa nada del estado del califa. Hace ya tiempo que ni siquiera los médicos tienen acceso a la cámara real.
–Pero eso es absurdo -repuso Abuámir-. Si el califa ha muerto, como sugieres, tarde o temprano tendrá que saberse. ¿De qué les sirve custodiar un cadáver?
–De nada, puesto que hace ya dos meses que yo me ocupo de todos los asuntos del gobierno.
–¿Entonces?
–Precisamente por eso te he mandado venir de Córdoba. Me temo que traman algo en relación con la sucesión al trono.
–¿Que traman algo? El único sucesor al trono es Hixem, según el juramento legítimo que toda la corte, el gobierno y ellos mismos hicieron en la mezquita mayor delante del propio Alhaquen. ¿Qué pueden estar tramando? ¿Quién puede saltarse tal juramento?
–¡Al-Moguira! – dijo al-Mosafi angustiado.
–¿Al-Moguira? Pero ¿cómo…?
–Sí, al-Moguira. Es hijo de Abderrahmen, hermano por tanto del actual califa; es joven, goza de cierta popularidad entre determinados nobles y, lo que a ellos más les interesa, es manejable por Chawdar y al-Nizami. Con un califa así, los eunucos tienen asegurado el poder total del reino.
–¡Por todos los iblis! – se enfureció Abuámir-. ¡No podemos consentirlo! ¡Malditos eunucos!
–¿Comprendes ahora por qué estoy tan preocupado? – le dijo el gran visir sosteniéndolo por los hombros y mirándole directamente a los ojos-. ¿Has pensado en lo que nos sucederá a nosotros si esos endiablados zorros llegan a hacerse con el poder?
En el rostro de Abuámir se dibujó la perplejidad y el terror.
–Y… ¿qué podemos hacer? – preguntó desde su confusión.
–No está todo perdido -dijo con calma al-Mosafi-. En primer lugar, todo esto son suposiciones; hemos de averiguar si el califa ha muerto. Si aún vive, no se puede hacer nada. Pero si, efectivamente, ya ha fallecido, hay que empezar a moverse de inmediato.
–¿Cómo podemos saber eso?
–Sólo hay una manera: la sayida.
–¡La sayida! ¡Subh! ¡Claro! – exclamó Abuámir.
–Debes ir a hablar con ella inmediatamente. El jefe de la guardia sólo dejará pasar a la sayida y al príncipe heredero. Por mucho que los eunucos se opongan, los guardias de Zahra jamás se atreverán a ponerles a ellos las manos encima, tendrán que dejarlos pasar. Pero eso debe hacerse inmediatamente. Mientras tanto, yo me ocuparé de aislar a al-Moguira. Apostaré vigilancia en torno a su palacio y le impediré salir, para evitar que pueda entrevistarse con los eunucos o empezar a crearse partidarios entre los magnates.
–¿Sabe alguien más todo esto? – preguntó Abuámir.
–¡Nadie! ¡Nadie debe saber nada! ¡Sólo tú y yo! Si empieza a formarse revuelo y los visires comienzan a sospechar, la cosa puede complicarse. Debemos actuar con suma rapidez y cautela.
–Pero… si el califa ha muerto, y efectivamente así lo sabemos mañana mismo, ¿qué habremos de hacer a continuación? ¿Cuál es el resto del plan?
–Entronizar a Hixem inmediatamente -respondió al-Mosafi con rotundidad.
–¿Cómo? ¿Un califa de diez años?
–¡Naturalmente! Con un regente que se ocupe de todo durante su minoría de edad, un hachib, un primer ministro al frente de los asuntos del gobierno, alguien experimentado que conozca los secretos del Estado.
–Tú, por supuesto -le dijo Abuámir.
–Sí, yo. Y alguien que gobierne la casa del príncipe, un administrador con el título de visir; alguien con grandes poderes en el reino y con autoridad para dirigir la formación del califa. Ése, naturalmente, serás tú.
–¿Yo? ¿Visir? – se quedó boquiabierto Abuámir.
–¡Claro! Tú y yo unidos, haciendo grandes cosas, poniendo definitivamente en orden el Estado, para dejarlo más tarde en manos de un califa bien formado, capaz, justo y equilibrado.
–¿Y los eunucos? ¿Y al-Moguira? ¿Consentirán algo así?
–Tendrán que aceptarlo. Pero si vemos en ellos el menor asomo de complot, los quitaremos de en medio. ¿Serás capaz de ponerlos en su sitio?
–Cuenta conmigo. Ya me han hecho pasar suficiente… Ahora ha llegado mi momento. No les temo. ¡Te lo juro! Ahora sabrán quién soy yo.
–Y tú debes confiar en mí -le pidió el visir-. Sólo si permanecemos unidos podremos llevar nuestro plan adelante.
El agua subía y retrocedía en la suave pendiente de la playa, bañando la arena con la espuma de mansas olas. Un bello cielo se fundía con un mar azul que se hacía anaranjado en el horizonte. Reinaba la paz del atardecer, hecha de la sensación cálida del sol en la piel, mezclada con las frescas ráfagas de la brisa marítima. Allí donde las olas rompían en la arena, tres niños recogían conchas, charlando entre ellos, con un murmullo de vocecillas que se confundían a veces con los gritos de las gaviotas.
Asbag, recostado en unas rocas, meditaba, dormitaba a ratos. Cuando sus párpados, que sentía pesados, se abrían, contemplaba el infinito espacio que tenía delante. «Al otro lado está Hispania -pensaba-; el Levante, la Manxa… y Córdoba.» Recordó entonces el salmo: