A principios del año 351 de la hégira del profeta Mahoma, coincidiendo con el 962 de la era cristiana, se supo que la concubina Subh, antes Aurora, estaba embarazada. La alegría del califa fue inmensa. Y con él se alegró todo el país, cuando corrió la feliz noticia de que se esperaba un retoño del soberano para el final de la primavera.
Eran tiempos de paz; tiempos como nunca antes se habían vivido en Alándalus. Ya en los últimos años de su reinado, Abderrahmen al-Nasir había podido medir en toda su amplitud la extensa obra que había realizado desde el día, tan lejano, de su ascensión al trono. Del reino de Córdoba, disputado sin cesar a sus predecesores, sacudido continuamente por guerras civiles, rivalidades de clanes árabes y choques de grupos étnicos enfrentados unos con otros, había sabido hacer un Estado pacificado, próspero e inmensamente rico. Córdoba era ya una metrópoli musulmana, rival de Qayrawan y de las grandes ciudades de Oriente, que sobrepasaba con mucho a las otras capitales de Europa occidental y que gozaba en el mundo mediterráneo de una reputación y de un prestigio sólo comparables a los de Constantinopla.
Ésta había sido la obra de Abderrahmen III, el primero en fecha y en mérito de los califas de Alándalus. Pero, antes de hacerse cargo del poder, el segundo califa, Alhaquen II, había tenido tiempo muy holgado para completar su aprendizaje de soberano. Llegado al poder hacía apenas un año, se guardó mucho de transgredir las reglas instituidas por su padre, y continuó la misma política. Sin embargo, era evidente que no tenía la misma energía ni el mismo carácter autoritario de Abderrahmen.
Y en un Estado donde el menor indicio de debilidad era inmediatamente advertido y explotado, los primeros problemas surgieron con los reinos cristianos del norte, que sabían que el nuevo soberano musulmán estaba por naturaleza más inclinado a la paz y a los estudios que a la guerra.
El rey asturleonés, Sancho I, hijo de Ordoño III (aquel que vino a Córdoba acompañando a su abuela, la reina Tota de Navarra, cuando aún vivía Abderrahmen), recibió la ayuda del califa frente a su competidor, Ordoño IV, a quien obligó a refugiarse en Asturias primero y luego en Burgos. Como precio de su ayuda, Córdoba había logrado que Sancho I prometiese entregar diez plazas fuertes de la frontera; pero este compromiso no había sido todavía cumplido a la muerte de Abderrahmen DI.
Hacía tiempo que el obispo Asbag no iba a Zahra. Después de conocerse la feliz noticia del embarazo de Subh, se sintió profundamente satisfecho y se entregó por entero a los asuntos de la diócesis. Y mientras, estuvo preparando la peregrinación al templo de Santiago de Compostela; la cual decidió que se haría en grupo, incorporando a cuantos quisieran realizar el viaje. La idea recibió una calurosa acogida y fueron muchos los que manifestaron su intención de acompañar al obispo. Asbag sintió entonces que había merecido la pena que la ansiada peregrinación se demorara tanto; supuso que se trataba de un regalo de la Providencia Divina, y se regocijó pensando que lo que de verdad Dios quería era que fueran muchos los que emprendieran el camino. Por ello, envió cartas a los monasterios del norte y solicitó que le mandaran predicadores, monjes experimentados que supieran transmitir al pueblo la necesidad de los fructíferos dones de la peregrinación.
La respuesta a su petición llegó pronto. Una mañana, cuando despachaba en el obispado, se presentó un monje que venía directamente de Compostela. Se llamaba Niceto; un hombre alto y delgado, de profundos y penetrantes ojos grisáceos, de rostro afilado y revestido de un cierto halo misterioso.
Asbag, al encontrarse de repente frente al monje en el recibidor, se sorprendió primero y luego se alegró sinceramente de la impresionante presencia del predicador. «Es justo lo que necesito», pensó. Sabía bien lo importante que era la primera impresión para las gentes del sur y celebró de antemano el impacto que causaría Niceto al presentarse ante la feligresía.
Poco después, mientras comían juntos en la casa del obispo, se dio cuenta de que el monje era un hombre misterioso y apocalíptico, obsesionado por la proximidad del fin del milenio.
–¿Es la primera vez que visitas Alándalus? – le preguntó Asbag.
–Sí, la primera -respondió él.
Ambos siguieron comiendo en silencio durante un rato. Y, viendo la dificultad de iniciar una conversación, el obispo se sintió desilusionado, sospechando que Niceto era un hombre hosco y reservado. Pero de repente se escuchó al muecín de la mezquita cercana y el monje se sobresaltó.
–¿Qué es eso? – preguntó.
–¿Qué? – se extrañó el obispo, acostumbrado a escucharlo.
–Ese extraño canto.
–¡Ah, el almuédano! – respondió Asbag-. Es la llamada a la oración del mediodía. Los musulmanes oran cinco veces en la jornada y un cantor lo recuerda puntualmente desde los alminares.
–¿Y qué es lo que dice el canto? – preguntó el monje.
–Dice: «No hay más dios que Alá y Mahoma es su profeta». Pide que oren y que se adhieran a la única fe.
–¡Oh, es espantoso! – exclamó Niceto abriendo los ojos en un gesto delirante-. ¿Cinco veces al día os veis obligados a escuchar esas blasfemias? ¿Cómo podéis soportarlo?
–Ah, bien, estamos acostumbrados. También ellos oyen cada día el repique de nuestras campanas…
–¡Pero eso es condescender con la impiedad! – protestó el monje-. No es lo mismo el sonido de un instrumentó que la voz de los infieles escupiendo insultos a Dios y a Jesucristo.
–No, no, no… no son insultos -negó el obispo-. Es su manera de manifestarse. Es tan sólo su profesión de fe; no pretenden insultar a nadie ni ofendernos.
–¿Cómo podéis decir eso, vos, un obispo, un sucesor de los apóstoles? En los reinos de la cristiandad pensábamos que vuestra actitud era la de unos mártires… Oramos mucho por vosotros… Os tenemos siempre presentes, ¿sabéis? Y… y ahora veo que vivís mejor de lo que pensábamos. Pero…, ya comprendo…, es más cómodo condescender…
–No se trata de eso, hermano -replicó el obispo-. Nuestras comunidades han aprendido a vivir en paz; eso es todo. Es la única manera de poder continuar con nuestras tradiciones religiosas y mantener la herencia de Jesucristo en los dominios musulmanes. El califa sigue en esto una máxima del Corán. Nos respetan porque somos lo que ellos llaman «hombres del libro»; consideran que adoramos al mismo Dios.
–Entonces ¿por qué aquellos mártires cristianos de hace cien años? ¿Por qué murió san Eulogio de Córdoba, cuya cabeza fue segada por la cimitarra musulmana antes de que ocupara su silla de obispo electo de Toledo?
Asbag estaba desconcertado ante la actitud intransigente del monje. Empezó a sudar copiosamente y se sintió verdaderamente a disgusto. Bebió agua para ganar tiempo y luego intentó con suavidad calmar a su contendiente.
–Bien, eran otros tiempos… Aquéllos fueron años de persecuciones y de conflictos. No era como ahora… Créeme, querido hermano, es mejor la paz… Vivimos en paz. ¿No es ello algo bueno? ¿No es un don del Espíritu Santo?
–Sí, ya veo; vivís en paz pero sin fervor -volvió a la carga Niceto-. Contemporizáis y transigís. ¿Dónde están la viril fortaleza y el ejemplo? No, no creo que sean otros tiempos; son los únicos tiempos. Es el momento de asumir la cruz que nos ha tocado y adoptar la santa intransigencia. Estamos en el final del primer milenio desde el nacimiento del Señor. Son tiempos difíciles; momentos de ascuas encendidas. El templo del apóstol en Compostela, que contiene los restos de uno de los discípulos del Señor Jesucristo, significa que el Evangelio ha llegado hasta el «confín de la Tierra»; con lo cual el tiempo está cumplido. No, no podemos andarnos con absurdos rodeos. Los musulmanes son hoy día la gran amenaza de nuestra fe. ¿No os dais cuenta de que cada vez son más los cristianos que reniegan de su fe y abrazan el islamismo? ¿Acaso podéis negar que es una gran tentación el favor que los emires dispensan a los cristianos renegados, contándose muchos de ellos entre sus más influyentes servidores?
El discurso de Niceto sumió a Asbag en un profundo estado de confusión. El monje era un hombre exaltado, un fanático de esos a los que había escuchado hablar con frecuencia. Se sabía que muchos de los cristianos del norte, entre los que se contaban obispos, abades y clérigos, eran partidarios de entrar en abierta lucha contra los reinos musulmanes, alentados por el emperador de los francos y por una creciente oleada de ansiedad que afectaba al mundo entero.
–Bien, bien, dejemos esto -dijo Asbag al fin, tratando de zanjar la cuestión y viendo que Niceto era inamovible en sus planteamientos.
Al día siguiente, domingo por la mañana, en el sermón de la misa de San Zoilo, el monje debía predicar acerca del templo de Santiago ante una concurrida asamblea de fieles, entre los que se contaban los cargos más significativos de la comunidad mozárabe y un buen número de cristianos llegados desde los monasterios y las alquerías de las sierras. El obispo Asbag presidía la celebración y no podía evitar la inquietud y el desasosiego que le causaba aquella situación. Por una parte, él era el responsable de la llegada del exaltado monje, pues había solicitado el envío de un predicador; pero, por otro lado, intuía que el sermón de Niceto podía causar serios problemas.
No se equivocaba. Cuando llegó el momento, el monje avanzó hacia el pulpito. Se santiguó y se hinchó de aire los pulmones para tomar fuerza. Con voz potente lanzó su predicación:
–Queridísimos hermanos en Cristo: vivimos tiempos difíciles. La tierra ruge con dolores de parto. En Roma, el Papa, el Vicario de Nuestro Señor, nos exhorta a que vivamos más que nunca la exigencia de la fe. Se acerca el año 1000 y la bestia anda suelta, el momento ha llegado. Es la hora en la que el ángel hará sonar la trompeta para la gran tribulación, en la cual los que han sido sellados en la frente saldrán a relucir. Es la hora de la siega y caerá el trigo bueno junto con la cizaña; y ésta será quemada en el fuego. Es el tiempo de aventar en las eras para separar la parva del grano. Los que vivís mezclados con la cizaña y la parva debéis relucir como antorchas más que nunca; debéis ser puestos en lo alto de un monte…
Asbag se aterrorizó. «¡Oh, Dios mío!, ¿qué dice este hombre?», exclamó para sí. Miró los rostros de los fieles; observó los ojos extrañados, las miradas atemorizadas, la inquietud en los semblantes… El monje proseguía:
–… Estarán dos en la terraza, uno será llevado y el otro dejado; estarán dos en el campo, el uno será llevado y el otro dejado; estarán dos en la cama, el uno llevado y el otro dejado…
En aquel momento, sonó la voz del muecín. Ese sonido habría pasado inadvertido cualquier otro domingo. No obstante, el monje se puso entonces desaforado; elevó los brazos y arengó a la muchedumbre de fieles:
–¡Gritad conmigo! ¡Proclamad! Creo en un solo Dios, padre de Nuestro Señor Jesucristo…
Los fieles, enardecidos, continuaron el credo a una sola voz; estaban algo confusos, pero se sentían llevados por una exaltada corriente.
Cuando terminó la celebración, muchos se acercaron para felicitar al monje, el cual aprovechó para seguir con sus elucubraciones, sembrando terrores e incertidumbres.
Aquella misma noche, Asbag se revolvió en el lecho sin poder conciliar el sueño. Intentó una y otra vez calmarse quitándole importancia al asunto, pero no conseguía sacarse de la cabeza las frases del discurso de Niceto. Entonces empezó a inquietarse preguntándose si habría algo de razón en las palabras del monje, si tal vez sería un aviso de la Providencia por condescender excesivamente con la sociedad musulmana, si habría indicios de que los tiempos que se vivían eran los últimos… En verdad había muchos signos que apuntaban hacia algo, aunque no podía decirse con precisión qué era ese «algo». ¿Sería verdad que no estaba siendo suficientemente valiente en el ejercicio de su ministerio? Recordó entonces que en cierta ocasión había sido criticado por su excesiva amistad con el príncipe Alhaquen y que muchos cristianos no habían visto con buenos ojos su designación como obispo de Córdoba. Cayó también en la cuenta de que había servido de intermediario con la cristiana Aurora, facilitando así que sus futuros hijos fueran musulmanes, pues el Islam no admitía que los hijos de los matrimonios mixtos no fueran sino musulmanes. Los remordimientos le embargaron.
Y cuando consiguió conciliar el sueño, fueron las pesadillas las que vinieron a llenar su mente de tinieblas. Soñó con el fin de los tiempos, con guerras y catástrofes, sequías, epidemias, plagas… Se vio frente a frente con el mismísimo Satanás, revestido con los ropajes y los signos del poder musulmán. Fueron terribles visiones, en las que imponentes ejércitos arrollaban a la humanidad a lomos de violentos corceles, sembrando la destrucción y el terror. Y, como le sucediera otra vez, se vio a sí mismo abrazado a unos huesos en mitad de un mar de llamaradas.
–¡Mumpti Asbag, mumpti Asbag! – le despertó alguien.
Se encontró bañado en sudor y sumido en la confusión.
–¡Oh Dios mío!, ¿dónde estoy? – musitó. Abrió los ojos y vio al arcediano y a los sirvientes al pie de la cama.
–Gritabas cosas terribles acerca de los jinetes del Apocalipsis y del demonio… -le dijeron.
–Estoy bien -dijo él-; han sido simples pesadillas.
–Veo que tienes demasiadas mantas -observó el arcediano-; el calor azuza los malos sueños…
–Sí, será eso -asintió el obispo-, tuve frío al principio y me arropé demasiado. Además, creo que debo cenar menos, ya no soy un muchacho…
Luego salieron los criados y el secretario permaneció durante un rato junto al lecho. El obispo tiritaba.
–¿Tendrás fiebre? – le preguntó el arcediano.
–No, creo que no; tirito a causa del sudor frío.
–Ese monje nos ha inquietado -observó el arcediano-. Yo no he pegado ojo; por eso he podido oírte cuando gritabas.
–Ese monje es un fanático -dijo Asbag-. No debemos tomar en consideración sus palabras o nos volverá locos a todos.
–Sí. Pero es difícil dejar de pensar en cuanto ha dicho. ¿Y si el descubrimiento de los huesos de Santiago fuera un signo…?
–Sea lo que sea, iremos allí -dijo el obispo con rotundidad-. Iremos y veremos qué hay. Dios nos mostrará el camino.
Abuámir saboreó por primera vez la miel del poder. En Torrox heredó inmediatamente la posición de su padre, el difunto Abdallah, patriarca de los Beni-Abiámir. Ello conllevaba regentar el viejo señorío de Abdaldelik, tomar posesión del castillo, de las llaves del pueblo y de la magistratura de carácter estamentario que le correspondía a los cabezas de familia desde varias generaciones atrás. Era muy joven para tanta responsabilidad a sus veintidós años, aunque no le faltaba preparación intelectual. Pero el dominio sobre la vida de las personas y sus haciendas requiere experiencia.
Los meses pasaron y el luto llegó a su fin. Abuámir se dedicó entonces a recorrer los pueblos que formaban parte del señorío; más de una veintena, situados en su mayor parte entre las sierras del interior. Se dejó agasajar en cada uno de ellos y aceptó cada una de las invitaciones que le hicieron, pues buscaba la popularidad, algo que no le fue difícil conseguir. En su recorrido se hizo acompañar por el antiguo administrador de su padre, su tío Hassib, por sus hermanos y por un nutrido grupo de amigos de la infancia. Fueron días felices. Las cacerías y las fiestas se sucedieron; corría el vino y abundaban los manjares, pues todo el mundo quería congraciarse con él y la diversión seguía a cada uno de los encuentros.
El recorrido era siempre entre tortuosos y empinados senderos sembrados de pedruscos, sorteando las abruptas montañas y surcando profundos y umbríos valles. Fue entonces cuando Abuámir descubrió el misterio y la belleza de la Axarquía. Era una tierra enriscada, de amenazadores peñascos en las cimas, de laderas cubiertas de aromáticas hierbas y extrañas flores, donde brotaban veneros de medicinales aguas. Una tierra idónea para disponer frondosos huertos en nivelados bancales robados a los montes: árboles de jugosas frutas; hortalizas excepcionales; hileras de olivos; almendros y cerezos, nevados de blancas y rosadas flores; viñas sarmentosas con grandes hojas brillantes, con racimos apretados de doradas uvas…
El vino de la Axarquía era famoso desde tiempos antiguos. En ningún pueblo faltaban los lagares y se decía que se hacía tanto vino como aceite. Era un vino dulzón de reconocibles y herbáceos matices, de color dorado. Un vino mágico según el sentir común de la gente. Había muchas leyendas al respecto y se narraban extraños sucesos en los que el preciado jugo era el protagonista.
Mientras estaban en Frigiliana, un blanco y laberíntico pueblo colgado de lo más alto de la montaña como un nido de águilas, un noble organizó un festín y le pidió a Abuámir que le honrara con su presencia. Los hombres de las sierras bebían mucho en las fiestas pero lo soportaban mejor que los de otros lugares; estaban acostumbrados.
Antes de llegar a la casa del anfitrión, su tío Hassib avisó a Abuámir del peligro que suponía entregarse sin mesura al vino fuerte de aquella tierra, el cual era conveniente mezclar con agua. Además, quien los había invitado era un caudillo poco dócil que había mantenido frecuentes pleitos con su padre.
La sala del festín se había preparado en un amplio granero de adobe cuyo pavimento de roca se había cubierto con coloridos tapices. La disposición del banquete era espectacular: los nobles se habían sentado en cojines con la espalda pegada a las paredes, en torno a un enorme promontorio hecho de frutas y hortalizas, sobre el que se asentaban varios cabritos recién asados que humeaban despidiendo aromas de carne sazonada con hierbas de la zona. Fue una cena copiosa. A los postres llegaron abundantes dulces enmelados e interminables jarras del vino delicioso y legendario que se cosechaba en aquellos montes.
El anfitrión se llamaba Danial, un hombre sabio y astuto que tema fama de gastar bromas a sus invitados. Abuámir, por ser el agasajado, estaba situado a su derecha y bebió cada vez que a ambos les llenaban las copas. Poco a poco se fue dando cuenta de la naturaleza del juego: querían emborracharle, algo que los serranos solían hacer para divertirse a costa de los forasteros. No era difícil advertir la maniobra, pues a cada momento alguien iniciaba un brindis. Aun así, no rechazó ninguna de aquellas copas, haciendo caso omiso de la advertencia de su tío Hassib, que sabía bien cómo las gastaban aquellos individuos.
La noche fue avanzando y se habló de asuntos intrascendentes, se contaron chistes y se entonaron coplas. Pasadas unas horas, el ambiente empezó a languidecer, y Danial y sus amigos tuvieron que resignarse a aceptar que no se divertirían viendo a Abuámir embriagado, babeando o llevado a hacer cosas ridículas delante de ellos. Entonces tuvieron que conformarse con recordar con socarronería cuánto se rieron cuando desnudaron a tal o cual forastero, o lo vistieron de bailarinas, o lo transportaron a otro lugar lejano mientras dormían la borrachera.
Pero la fiesta no podía transcurrir sin que aquel vino causara sus estragos. Antes de la madrugada, la euforia volvió otra vez a la reunión, cuando Abuámir se hizo el dueño de la situación y propuso todavía media docena más de brindis que derrumbaron a varios de los comensales. Entonces acudió a él esa extraña locura que le embargaba a veces y le llevaba a jugar con los demás como si fueran marionetas.
–Me ha gustado a mí esto de las bromas -dijo.
–¡Oh, es algo maravilloso! – dijo Danial satisfecho-. Deberías venir aquí alguna vez cuando estemos en faena. Recuerdo aquella vez que…
–¡Subamos a la torre! – exclamó Abuámir de repente, interrumpiendo a su anfitrión.
–¿A la torre, ahora? – dijo Danial.
–Sí, veamos cuan borrachos estamos -propuso Abuámir poniéndose en pie.
–¡Eso, a la torre, a la torre…! – secundaron los demás.
Contigua a la sala del festín había una terraza que comunicaba con la escalera de caracol que subía a la más alta de las torres. Tambaleándose, los comensales salieron y, siguiendo a Abuámir, ascendieron por la obscura sucesión de peldaños. Al llegar arriba, se encontraron con un espectáculo grandioso. Estaba amaneciendo y el mundo se vestía con sus tonos madrugadores: el mar plateado a lo lejos, la plomiza bruma de los montes y, abajo, el pueblo que blanqueaba, concretándose en cada casa y en cada calle. La brisa, fresca y limpia, transportaba aromas confundidos. Los pájaros cantaban al día nuevo. La altura era de vértigo.
Abuámir se sintió entonces en su espacio particular, dueño de todo y de todos. De un salto, se encaramó en una de las almenas y extendió los brazos para guardar el equilibrio de espaldas al vacío. El corazón de los presentes sufrió un vuelco.
–Querido Danial, señor de Frigiliana, me has traído a tu casa para reírte de mí, delante de tus amigos y de los míos -dijo con voz potente-. Pues bien, aquí me tienes, ya ves que no estoy más borracho que vosotros… El que esté más sereno que yo que se suba aquí.
Las risitas y los gestos divertidos habían desaparecido de todos los rostros, menos del de Abuámir, que lanzaba sonoras y rotundas carcajadas que retumbaban en los montes.
–Bien… ¿Qué pretendes? – dijo con seriedad Danial-. Vamos, desciende de ahí, antes de que ocurra una desgracia.
–Yo, descender, ¿por qué? ¿No queríamos divertirnos? ¡Vamos! Si estás tan sereno; si eres tan experimentado bebedor de vino sube aquí conmigo. Si lo haces me bajaré y tomaremos la última copa.
Danial miró a un lado y a otro. Estaba muy bebido y se tambaleaba. A su alrededor vio los ojos aterrorizados de sus amigos. Inspiró como para tomar fuerza e hizo ademán de encaramarse a las almenas, pero de manera torpe. Abuámir le tendió la mano y le ayudó a subir.
–¡Vamos, dejémonos de chiquilladas! – gritó alguien.
Danial tragó saliva al verse en el borde del precipicio. Las piernas le temblaban. Abuámir le sostenía por las manos y ambos se miraban fijamente.
–¡Está bien! ¿Ya estás contento? – preguntó Danial-. Ahora, bajemos…
–¡No! – dijo Abuámir soltándolo de repente-. Una cosa más… Demos una vueltecita.
Abuámir corrió saltando de almena en almena alrededor de la torre, mientras Danial se encogía sobre sí mismo gritando y llorando como un niño.
–¡No, por favor! ¡Basta!
Los amigos corrieron hacia él y le ayudaron a descender. Entre tanto, Abuámir completó su vuelta y, de un salto, se puso a salvo en el centro de la torre.
Danial y sus amigos se marcharon de allí sin decir palabra. Y Hassib y los hermanos de Abuámir se quedaron, enfurecidos.
–¡Eres un loco! – le recriminó su tío-. Eso que has hecho era innecesario. Podríais haberos matado. No estamos en condiciones de hacer equilibrios.
–¡Bah! Así es como hay que tratar a esta gente -replicó él-. ¿Qué se han creído? ¿Piensan que soy un débil hombre de ciudad, cuya vida ha transcurrido sólo entre maestros canosos? Así aprenderán a respetarme.
Aquella misma mañana tuvieron que marcharse de allí, porque los habitantes de Frigiliana se habían sentido ofendidos por la actitud arrogante de Abuámir.
Descendieron por la vertiente que conducía a la costa y emprendieron el camino de regreso a Torrox por la orilla del mar. El cielo estaba azul, transparente, y los huertos que limitaban con las playas, en las fértiles llanuras, al borde mismo del mar, aparecían llenos de higueras, olivos, vides, almendros y cañas. Cabalgaban en silencio, tal vez meditando sobre los sucesos de la noche anterior o sumidos en la confusión mental de la resaca.
A lo lejos divisaron a un grupo de jinetes que galopaban en su dirección levantando polvo en el camino. A medida que se acercaban vieron que eran hombres armados; un centenar o más.
–¡Dios nos asista! – exclamó Hassib-. Es Danial con su gente.
–¿Y qué? – preguntó Abuámir.
–Es gente orgullosa y fiera. Después de lo de anoche se habrán sentido desairados y vienen a pedir explicaciones.
–Déjamelos a mí -dijo Abuámir. Espoleó el caballo y galopó hacia ellos directamente.
Cuando estuvo frente a Danial, que ocupaba el centro del grupo, tiró de las riendas y se detuvo. Los de Frigiliana también se pararon. Abuámir miró directamente a los ojos de su caudillo. Hubo un rato de tensa quietud, en el que tan sólo se escuchaba el resoplar de los equinos.
Danial echó pie a tierra y avanzó. Abuámir también descabalgó. Los dos permanecieron frente a frente.
–¿Tu padre no te enseñó a despedirte? – preguntó Danial.
–Pensé que el vino te haría dormir durante todo el día -respondió Abuámir.
–Aquí bebemos para divertirnos -dijo Danial-; no para asustar a la gente.
–¿Tú te asustaste anoche?
–Yo no; pero hubo quien lo pasó mal…
–Pues no haber bebido -sentenció Abuámir-. Si hacéis que los hombres beban para verlos privados de juicio y burlaros de ellos, debéis aceptar las consecuencias. Yo también he pasado miedo esta mañana al recordar las locuras a las que ayer me condujo vuestro vino. ¿Crees que vine a tus tierras para ofenderte? Si piensas eso te equivocas y no eres justo conmigo. Anoche quisiste que la diversión a la que estáis acostumbrados me pusiera en evidencia delante de los tuyos. No soy un muchacho estúpido. Entré en la trampa que me tendisteis y os seguí el juego para no desairaros. Lo que pasó después no es culpa mía, sino de los iblis que se adueñan del alma de los hombres cuando están ebrios. Si hubiera sabido que vuestro vino me iba a poner en lo alto de una torre y al borde mismo de la muerte, no habría bebido ni una gota.
Danial bajó la cabeza y depuso su actitud altanera. Luego sonrió, tímidamente primero y ampliamente después. Abuámir le devolvió la sonrisa. Los dos rieron a carcajadas y se acercaron el uno al otro. Danial le besó en las mejillas con sincero afecto.
Hacia finales del invierno se recibieron malas noticias del norte. El rey leonés, Sancho I, y el rey de Pamplona, García Sánchez I, rompieron definitivamente el antiguo tratado firmado con Abderrahmen al-Nasir y pusieron en libertad al conde Fernán González, enemigo acérrimo del califato, que permanecía preso desde los tiempos de la reina Tota, en virtud de las cláusulas de la alianza. El conde regresó inmediatamente a Burgos y expulsó de allí a su yerno, Ordoño IV, al cual hizo pasar a territorio musulmán bien escoltado. La vieja amenaza de los reinos del norte volvía a despertarse.
Asbag fue llamado a Zahra, pero no por Alhaquen, sino por el excelso visir Uthman al-Mosafi, que ocupaba la secretaría de Estado.
La casa del visir al-Mosafi estaba en Zahra, junto al palacio del califa; era sólida pero comparativamente modesta. El siempre había disfrutado de la mayor confianza de Alhaquen, que apreciaba sobre todo su integridad y su celo por no gravar el presupuesto califal con gastos inútiles. Escrupulosamente correcto, siempre evitó la fastuosidad que convenía sólo al rey. De origen modesto y de una familia beréber establecida en Valencia, sabía que los rápidos éxitos de su carrera se debieron a los lazos de personal amistad que le unían al príncipe, ya desde que su padre, Uthman ben Nasr, fuera su preceptor. Alhaquen, mucho antes de llegar al poder, había tomado bajo su protección a su condiscípulo, al que nombró su secretario particular, antes de influir para que se le diera el gobierno de la isla de Mallorca. Al subir al trono, el nuevo califa llamó a su amigo, y al-Mosafi fue elevado a visir y promovido a gran magistrado de la shurta. Era sin duda el hombre más poderoso del reino después del califa, pero siempre se mantuvo alejado de todo lo que pudiera hacer sombra a su señor y amigo.
La casa era silenciosa y cerrada. Los únicos ornamentos eran un pórtico estucado y un jardín. Asbag fue conducido por un criado hacia el interior, pues el visir se había retirado de la sala de audiencias a sus aposentos privados. El obispo se lo encontró de frente, al doblar una esquina, y sólo supo quién era cuando el esclavo se inclinó en una larga reverencia. Ataviado con la vestidura beréber y con pantuflas bordadas, al-Mosafi era moreno, delgado, de facciones delicadas, de cabellos y barba rizados y ojos obscuros; usaba la gorra marrón de los hombres de África. De momento miró al obispo sin reconocerlo. Luego ambos se saludaron.
–Perdona mi sorpresa -se disculpó Asbag-; siempre nos hemos visto de lejos…
–No tienes por qué dar explicaciones -dijo sonriendo el visir-. Eres amigo del califa y ello es suficiente motivo para que yo te reciba en privado.
–Te agradezco esa deferencia.
–Supongo que estarás al corriente de lo que sucede al norte con los reinos cristianos -dijo el visir.
–Sí; las noticias corren por Córdoba. Aunque imagino que los detalles del asunto no son del todo acertados… Se habla del conde Fernán González; la gente dice que fue puesto en libertad por el rey navarro y que anda instigando a sus bandas de gentes armadas para hostigar y organizar rapiñas desde las fronteras. También se dice que hay orden de guerra santa…
–Hay parte de verdad en tales rumores. El conde es un hombre obcecado y está decidido a volver a las andadas; aunque todavía no se sabe a ciencia cierta quiénes están dispuestos a seguirle ciegamente. Hasta ahora solamente puede hablarse de escaramuzas y meras incursiones; no podemos considerarlo una guerra. Por eso, lo de la yihad es tan sólo un rumor del pueblo. Pero no voy a negarte que el ejército se está preparando. Fernán González es una bandera viviente para los rumies y… nunca se sabe.
–¡Dios bendito! – exclamó el obispo-. Se estaba tan a gusto en paz…
–Sí, pero la paz debe mantenerse con esfuerzo. Por eso te hemos mandado llamar. Nuestro señor, el califa, ha dispuesto que no se escatimen negociaciones con el norte para evitar la guerra. Durante estos últimos años los embajadores que envió Abderrahmen han envejecido o han roto sus lazos con el reino, y los legados enviados a León y a Burgos han sido desoídos. Nos encontramos en un momento delicado que sólo la habilidad y la firmeza diplomática podrán superar. Hemos creído conveniente que parta una embajada formada por cristianos mozárabes, ya que el asunto tiene claros matices de guerra religiosa, algo que se podrá evitar si quienes dialogan son hermanos de fe.
–¿Quieres decir que hemos de organizar una embajada de cristianos cordobeses? – preguntó Asbag. – Eso mismo.
Asbag reprimió un brusco suspiro. En un momento se dio cuenta de que se le venía encima una difícil tarea, puesto que lo que en realidad se le pedía era que encabezara él dicha embajada.
–En ese caso -dijo con cautela-, ¿se me podría dar tiempo para consultarlo con otras autoridades de la comunidad?
El visir hizo un gesto de contrariedad.
–¿Cuánto tiempo? – preguntó.
–El necesario para reunir a los miembros del consejo… una o dos semanas, contando con las deliberaciones y la opinión del metropolitano de Sevilla.
–Tienes diez días -sentenció rotundamente al-Mosafi-. Y, por favor, sé consciente de la trascendencia del asunto que ponemos en tus manos. En el fondo, se trata de la paz…
Mientras regresaba a Córdoba, Asbag meditó preocupado. Precisamente ése era un momento difícil en la comunidad. El dichoso monje del norte, Niceto, traía a todo el mundo revuelto con su extraña y apasionada manera de plantear las cosas. Se había inmiscuido en múltiples asuntos, había recorrido las casas de los principales miembros del consejo y había predicado insistentemente sobre la necesidad de entablar relaciones con los reinos cristianos… ¿Quién podría venir ahora a sugerir que la comunidad se alineara rotundamente con la autoridad musulmana? En el fondo, nadie conocía al actual califa, salvo el propio Asbag; ninguno de los cristianos estaba al tanto de las verdaderas y sanas intenciones de paz de Alhaquen. Para ellos el califa era alguien lejano e inaccesible; y, lo peor de todo, hijo del odiado Abderrahmen. ¿Quién podría convencerles de que el hijo nada tenía que ver con el padre? Sobre todo, estando aún vivos los que asistieron al martirio cruel del niño Pelayo. Además, Asbag no era el más indicado para defender al actual califa, puesto que, para todos, su elección como obispo había venido directamente de Zahra.
Por un momento se sintió completamente solo frente a este complicado problema. Pero pronto pensó en una persona ecuánime que le comprendería: Walid ben Jayzuran, el juez de los cristianos de Córdoba. Era un sincero amigo suyo y había sido amigo del anterior obispo, por lo cual estaba libre de sospechas. Walid era un hombre justo y comprensivo; un cristiano entero, piadoso y reconocido por todos desde hacía más de treinta años. Asbag pensó en acudir a él sin dilación, antes de enfrentarse con el resto de la comunidad.
Córdoba
El cadí Walid se alojaba en una de las casas señoriales más antiguas de Córdoba, construida posiblemente por cristianos hacía más de doscientos años, porque era vecina de la iglesia de Santa Ana y colindante con el huerto del monasterio más viejo. El juez era un sesentón enjuto y de aspecto distante a primera vista, reservado y meditabundo, pero cordial y amable en el trato. Era un hombre acostumbrado a mantener el tipo en los tiempos difíciles. Había tenido que aceptar el cargo en los tensos días de Abderrahmen, cuando el visir y gran parte de la aljama habían empezado a mirar con recelo a los cristianos, a causa de los conflictos con los reinos del norte. En definitiva, un hombre firme y valiente, que vio marcharse a lo más granado de la nobleza mozárabe y decidió permanecer. Asbag lo conocía ya desde hacía más de quince años, y sabía cuánto había sufrido junto al anterior obispo por la indiferencia y la frialdad de la corte de al-Nasir, que ignoraba por sistema a la comunidad de mozárabes. Ahora estaba contento, porque la tolerancia de Alhaquen facilitaba las cosas, y veía con ojos agradecidos y admirados que el obispo de Córdoba entrase y saliese de Zahra con entera libertad.
Cuando Asbag llegó a la casa de Walid recibió, como siempre, una cálida bienvenida. Inmediatamente fue conducido hasta la mesa e invitado a compartir la comida, junto con los hijos y nietos. La mujer del juez, María, era una matrona alegre y decidida, un complemento perfecto para él, puesto que sabía animar y sostener la conversación cuando su esposo se sumía en sus silenciosas cavilaciones. Aquélla era sin duda la casa donde el obispo se encontraba más a gusto. Comieron y se sintió más aliviado, comprobando que era tratado como un miembro de la familia. Incluso uno de los pequeños había trepado encima de él, y le pasaba las manos pegajosas por el manto limpio, después de haber manoseado los dulces.
–¡Bien, bien! – ordenó enérgicamente Walid-. ¡Fuera niños de la sala! Llevaos a los pequeños, que se están poniendo muy revueltos.
María y sus nueras acarrearon obedientemente a los nietos, y los hijos también se despidieron respetuosos, suponiendo que el obispo y su padre querrían hablar de cosas importantes.
Cuando se quedaron solos, Asbag sintió cierto reparo a la hora de tratar el asunto que le había llevado hasta allí, puesto que el cadí Walid no dejaba de inspirarle cierto respeto; pero reparó en que, en todo caso, él era el obispo, y sabía cuan deferente era el juez hacia las autoridades religiosas. Decidió pues abordar el tema con naturalidad.
–Hoy he estado en Zahra -dijo-. Tuve que acudir allí por orden del gran visir al-Mosafi.
–Me alegro -dijo Walid sonriendo-; es bueno que los muslimes no se olviden de nosotros. ¿Has visto al califa?
–No. Desde su matrimonio y el embarazo de su esposa vive dedicado a sus asuntos privados. Es el gran visir quien se ocupa de los negocios del Estado en su nombre. Al-Mosafi es un hombre eficiente y, como todo el mundo sabe, tratar con él es como tratar con el propio califa.
–Y bien, ¿sobre qué habéis despachado? Naturalmente, si es cosa que afecte a la comunidad…
–Afecta y mucho -respondió Asbag en tono grave-. Se trata de algo complicado que me tiene preocupado; por eso he venido a verte. El califa quiere enviar una embajada al norte para negociar con los reinos cristianos sobre el asunto de las plazas fronterizas. Como sabes, el conde Fernán González está libre y anda armando gente para intentar emprender de nuevo la conquista.
–¡Bah! El conde es un fanfarrón; no puede hacer sino molestar como un mosquito.
–Me temo que es mucho más peligroso esta vez. Ha conseguido que le apoyen el rey de León, el de Navarra y un indeterminado número de condes y señores de Portucale y de Francia; las embajadas han sido expulsadas y la guerra parece inevitable.
–¿Es un levantamiento de la cristiandad? – exclamó el juez poniéndose en pie-. ¿Una guerra santa? ¿Está bendecida por el Papa?
–No lo sé. Pero sin duda los obispos del norte y un buen número de abades y monjes andan detrás de todo esto. Algo que… -Asbag hizo una pausa, antes de proseguir cautelosamente-, algo que sospeché desde que Niceto llegó a Córdoba. ¿No habías notado un extraño ánimo belicista en sus predicaciones?
–Ciertamente es un hombre apasionado -respondió el juez con calma-. Supuse que pretendía animarnos a emprender la peregrinación a toda costa… Pero nunca me pasó por la imaginación que fuera un emisario.
–Supongo que habrá más de un predicador de su estilo alborotando por las otras comunidades de Alándalus -dijo Asbag-. Lo cual puede causarnos problemas con las autoridades musulmanas en un momento tan delicado.
El juez Walid volvió a sentarse frente a Asbag y ambos guardaron silencio durante un rato, como reflexionando sobre el tema. Luego el obispo prosiguió:
–Esa embajada que pretende enviar el califa nos afecta especialmente. Porque… porque desea que esté formada por mozárabes. Es más, al-Mosafi me ha pedido que sea yo quien la forme.
–¡Dios, cuánto han cambiado las cosas! – exclamó Walid-. ¡Si tu predecesor levantara la cabeza…!
–He pensado que deberías ayudarme en esta tarea -dijo Asbag con serenidad-. Eres un hombre justo y preparado; no veo a nadie más indicado. – Le dedicó otros elogios, dándole tiempo para pensar. El peligro del momento era grande. Si Walid se negaba, Asbag se vería atrapado en medio del visir y la comunidad-. Bien, esto es algo serio. Puedes meditarlo.
–¿Y la peregrinación? – preguntó el juez con seriedad-. ¿Has pensado en lo que supondrá cambiar la peregrinación, que tanto tiempo llevamos preparando, por un servicio al califa? ¿No lo verán como una claudicación más ante los caprichos de los musulmanes?
–Sí, lo he pensado. Pero si entramos en guerra con los cristianos tendremos que olvidarnos definitivamente de ir a Santiago de Compostela.
–¿Hay alguna otra opción posible? – dijo el juez, huraño.
–Me temo que no. La única manera de poder seguir viviendo en paz es intentar la negociación… y ponernos en manos de Dios.
Viendo que Asbag lo miraba en silencio y esperaba su respuesta, Walid se sintió obligado a contestar.
–Bien, cuenta conmigo. Eres el obispo… Confiemos en el Todopoderoso.
–Le agradezco de corazón la confianza, Walid -dijo Asbag llevándose la mano al pecho-. Hoy mismo mandaré una carta al metropolitano de Sevilla para solicitar su presencia urgente en Córdoba.
Se decía que un despacho llevado por mensajeros reales era aún más veloz que los pájaros. Por eso Asbag le pidió al visir al-Mosafi que se citara al obispo metropolitano de Sevilla desde Zahra. Pero él escribió el pergamino con el siguiente texto:
Graves sucesos amenazan la paz. Te rogamos que acudas a Córdoba a la mayor brevedad. Tu hermano en el Señor Jesucristo:
Juliano Asbag ben Abdallah ben Nabil,
episcopus coturbensis
Por la carretera real de Sevilla viajaba un correo. Su ágil caballo devoraba las distancias. Antes de que el animal necesitara descanso, habría llegado a la próxima posta, donde otro hombre y otra bestia seguirían adelante con el mensaje del obispo.
Las enormes puertas de las gruesas murallas exteriores estaban abiertas. Una fila compuesta por una veintena de mulas se detuvo. Un grupo de soldados se le acercó. Se intercambiaron algunas palabras y los recién llegados cruzaron la puerta de Alcántara. Era la mañana del sábado y Córdoba hervía de visitantes: soldados veteranos, judíos aprovechando su descanso, cristianos llegados para celebrar el domingo, mercaderes, charlatanes, mendigos…
Nada más entrar en la ciudad, en la explanada de al-Dchamí, frente a la gran mezquita, la fila de mulas volvió a detenerse. Un palafrenero guiaba una hermosa bestia torda por las riendas, a cuyos lomos iba un viejo e hirsuto hombre barbado, tocado con el píleo de fieltro rojo y con el racional bordado en oro sobre los hombros, que sostenía el báculo en una mano y el manípulo en la otra, por lo que hubo de ser ayudado a descender de su cabalgadura. Nada más echar pie a tierra, se puso de rodillas y besó el suelo de Córdoba.
El anciano visitante era el arzobispo de Sevilla, cuyo nombre cristiano era Juan, pero todos le conocían como el mumpti Obadaila aben-Casim.
Inmediatamente las autoridades religiosas y civiles de la comunidad mozárabe se acercaron a saludarle. Le besaron las manos con reverencia, y él los fue besando en las mejillas uno por uno.
Al día siguiente en la catedral, los principales miembros de la comunidad se prepararon para la asamblea.
Fuera, en el atrio, se había concentrado un buen número de cristianos que esperaban riñendo, conjeturando, rumoreando. En el interior se había reunido el consejo, con el juez Walid a la cabeza, los cadíes, los presbíteros, los diáconos y subdiáconos, los monjes, esperando a que hicieran su entrada el metropolitano de Sevilla y Asbag, el obispo de Córdoba. A veces, cuando crecían la impaciencia y la inquietud, el murmullo subía en oleadas.
Por fin se hizo el silencio. Todos los ojos se volvieron hacia el pasillo central y aparecieron los obispos, tocados con sus mitras y sosteniendo sus báculos. Una vez cerradas las puertas, se dio principio a la reunión.
Asbag se adelantó. Le correspondía hablar a él en primer lugar como pastor que era de la comunidad. Evocó los anteriores conflictos con Abderrahmen, la memoria del mártir Pelayo y el desdén de la corte de al-Nasir hacia los cristianos de Córdoba. Estuvo acertado en su comienzo; un suspiro ronco de aprobación atravesó la catedral. Prosiguió agradeciendo las deferencias del actual califa y subrayó el bienestar de la comunidad en los dos últimos años. Luego le llegó el momento de hablar de la guerra que amenazaba en el norte y exhortó a la comunidad a que tuvieran deseos de paz, pues la paz es un don del reino de Cristo.
Hubo murmullos de admiración y gestos de conformidad en las filas. El obispo pensó que la cosa sería más fácil de lo que en un principio supuso.
Pero de pronto, sin ser anunciado, el monje Niceto se adelantó; esbelto e imponente con su hábito benedictino. La gente calló para escucharlo; en el fondo era lo que todos estaban esperando. El monje empleó el tono de voz con que hablaba desde los pulpitos, asombrando con su resonancia.
–Hermanos, vuestro obispo tiene razón; la paz es un don muy necesario. Pero yo pregunto: ¿quién debe buscar la paz? ¿Debe ser el rey de los musulmanes, a quien los suyos llaman Príncipe de los Creyentes? No olvidemos que los reyes cristianos lo son por la gracia de Dios. ¿Acaso pensáis que en el norte hay solamente fieros y salvajes montañeses que no se encomiendan ni a Dios ni a los hombres? No, no es así. Yo os diré lo que hay en la cristiandad: templos dedicados a Santa María, miles de monjes que alaban al Creador, esbeltas catedrales, reyes que juzgan conforme a las leyes del Altísimo y a los mandatos de Nuestro Señor Jesucristo…
Hubo murmullos de ansiedad; los miembros del consejo se miraron inquietos. El monje prosiguió:
–Sugiero que, antes de decidir en favor de esa negociación, hagamos nuestra peregrinación a las tierras bendecidas por los restos del santo apóstol. ¡Vayamos allí y veamos la cristiandad floreciente! ¡Veamos los reinos donde reina Cristo!
Sonó un fuerte aplauso. Los hombres secundaron la propuesta del monje:
–¡Eso, vayamos! ¡Peregrinemos al templo de Compostela! ¡A Santiago! ¡A Santiago…!
El cadí Walid pidió silencio. Salió al frente e hizo sonar su voz potente.
–¿Por ventura estamos locos? ¿Queréis atravesar unas fronteras amenazadas por la guerra? ¿Creéis acaso que los desalmados que se aprovechan de los conflictos os van a respetar?
Las voces se calmaron. El juez prosiguió:
–¡Insensatos, recordad los tiempos de Abderrahmen al-Nasir! ¿Cuándo hemos estado como ahora? ¿Cuándo hemos gozado de tanto respeto y consideración por parte de la sociedad musulmana? ¿Queréis volver atrás?
Eso los impresionó. Valoraban y honraban al cadí porque había estado siempre ahí. Incluso se sabía que había sufrido cárcel y azotes hacía más de veinte años; era considerado casi un mártir en vida, un confesor de la fe.
Una nueva voz interrumpió su breve alocución. Obadaila, el metropolitano de Sevilla, se puso en pie y habló con una voz profunda, como desde una caverna.
–Nadie desde el norte va a venir a decirnos lo que debemos hacer -dijo mirando al monje Niceto- Somos mayores de edad. Hemos permanecido aquí durante más de doscientos años, manteniendo nuestra fe en Jesucristo y su Santa Madre, sufriendo persecuciones, martirios e incomprensiones. Nuestros mártires se cuentan por centenares. No vamos a abandonar esas piedras seculares de nuestra Iglesia por ir detrás de otros templos, a otras tierras…
Con ello no os digo que no sea oportuno ir a peregrinar al templo del santo apóstol; pero éste no es el momento… Si ahora podemos servir a la noble causa de la paz yendo a transmitir los sinceros deseos del califa para evitar esta guerra, ¿por qué no hacerlo? ¿Quién sabe si no es eso lo que Dios nos pide?
El monje, contrariado, abandonó la catedral. La asamblea se quedó en calma, aceptando la sentencia del anciano arzobispo; su autoridad, como la del juez Walid, estaba sancionada por sus canas, muchas de ellas nacidas de la santa paciencia.
Cuando los señores de las regiones meridionales enviaron los destacamentos que les correspondían, quedó formada una gran hueste. En ella se podían identificar a simple vista los sectores que componían el gran ejército cordobés: falanges y escuadrones en formación, adiestrados por oficiales eslavos; y una ingente masa de campesinos con armas hechas en casa, reunidos por sus jefes locales en bandas sin orden, a los que con frecuencia había que aguijonear desde atrás a punta de lanza o por otros hombres armados con látigos.
Alhaquen, luciendo su armadura de parada, se desplazó hasta la cabecera del puente y pasó revista a la tropa. Toda Córdoba estaba fuera de las murallas, para disfrutar con el espectáculo del califa situado en un pequeño altozano con sus generales, sus estandartes y su esplendoroso séquito guerrero formado por los aguerridos miembros de su guardia personal, armados con enormes alfanjes y lanzas de hoja en forma de hacheta.
Esa misma mañana se puso en camino hacia el norte la primera columna, que iba a engrosar las huestes enviadas por Mérida y Toledo que le saldrían al paso. Era una marcha imponente que se abría con un estruendo de tambores y chirimías capaz de erizar el vello a cualquiera que lo escuchara en la distancia. Los caballeros iban delante, seguidos por un largo cortejo de soldados de a pie, palafreneros con caballos de refresco, herreros, carpinteros, fabricantes de arneses, carromatos, mujeres y esclavos. A cierta distancia, protegida por una escolta, marchaba también la embajada formada por los mozárabes de Córdoba, encabezada por el obispo Asbag y el juez Walid.
Dejaron atrás la fértil campiña de la vegas del Guadalquivir y remontaron las pardas serranías; atravesaron interminables mares de encinas; cruzaron ríos por encima de antiguos puentes, construidos por los romanos en el olvidado y lejano pasado, pero firmes sobre sus piedras intemporales; se adentraron por obscuros y hendidos desfiladeros… Pasaron los días y aparecieron las infinitas llanuras de al-Manxa. La lluvia arreció entonces y convirtió los caminos en un tremedal. Hubo que detenerse y extenderse a lo largo de una enorme distancia bajo llovedizas cabañas techadas con arbustos. Disponer de una buena tienda era un lujo reservado solamente para los oficiales y los altos dignatarios.
Asbag comprobó entonces cuan terrible era para las gentes que un ejército atravesara sus campos y qué gran desolación causaba cuando se detenía en un lugar: todo lo devoraban, grano y ganado; las pobres reservas que sustentan la vida de los pueblos.
Medinaceli
El cuartel general fronterizo estaba en Medinaceli, desde donde el general Galib se encargaba de asegurar las fronteras con los reinos asturleonés y navarro. Aquél era un lugar imponente que se divisaba desde una gran distancia: una inmensa loma coronada por fortificaciones y torres que arañaban los densos nubarrones del obscuro y amenazador cielo. Una parte del terreno que se extendía al pie de la colina estaba desnuda y la otra aparecía cubierta de boscosos repliegues y huecos. Todos los llanos estaban aprovechados por los campamentos asentados por el enjambre de seguidores que venían a buscar su tajada en caso de guerra: vivanderos, mozos, mercaderes, escribanos, tratantes de caballos, cantores, curtidores, danzarines, prostitutas y alcahuetes que se instalaban por las cercanías de la gran fortaleza que coronaba el alto.
El ejército cordobés ocupó el lugar que le correspondía en la margen del río. Y la embajada de mozárabes ascendió hasta la ciudadela para presentarse ante el gobernador. Unos criados se hicieron cargo de los caballos, y los visitantes fueron conducidos hasta el interior del alcázar.
Galib ben Abderrahmen era el más importante de los generales; se trataba de un liberto del anterior califa, como el visir al-Mosafi, y su ascenso a los más altos puestos militares tuvo ya lugar en el reinado de al-Nasir. Era un guerrero huesudo de barba rojiza y con la frente surcada por una rosada cicatriz que le daba aires de fiereza. Cuando recibió a los legados, tenía el yelmo en una mano y terminaba de leer la carta de presentación que sostenía con la otra. Miró a los recién llegados y sonrió.
–Os apetecerá bañaros después del viaje -dijo-. Os están calentando el agua. Mañana podremos encontrarnos para, con más tranquilidad, tratar del asunto que os trae aquí.
Los mozárabes descendieron hasta los baños del alcázar. Fue un placer extraordinario. Agua caliente primero, fría después, vapores, perfumado bálsamo y masajes dispensados por adiestrados sirvientes. Asbag y Walid se adormecieron de satisfacción.
Por la mañana, dos esclavos trajeron ropas limpias. Eran prendas de tela muy fina: mantos sueltos de color rojo obscuro, calzones y babuchas bordadas; algo excesivamente lujoso para el gusto de ambos mozárabes.
–Quieren vestirnos como a llamativos pajes -comentó Asbag.
–Supongo que es la norma palaciega para los embajadores -dijo Walid-. No olvidemos que somos representantes del califa.
–Aun así, creo que será preferible que nos pongamos nuestras propias ropas.
Con las vestimentas que habían traído desde Córdoba comparecieron ante el gobernador en la sala de audiencias.
–Veo que no habéis aceptado los trajes que os envié -dijo Galib.
–Son excesivamente llamativos -respondió Asbag-. No lo tomes a mal. Para otro tipo de embajadores resultarían adecuados, pero nosotros preferimos acudir al encuentro sin atributos de grandeza. No queremos que se identifique nuestra posición con una actitud soberbia y requirente. Somos portadores de deseos de paz.
–Está bien, está bien -dijo el general-. Sois dueños de hacer las cosas como mejor os convenga. Si Alhaquen, mi señor, os ha otorgado esta misión es porque confía plenamente en vosotros… Pero vayamos al meollo de la cuestión. Como sabéis, nos encontramos en un momento muy delicado. Las fuerzas que han llegado junto con vosotros son un recurso intimidatorio frente a la actitud de los reyes del norte. El califa no quiere la guerra; es partidario de continuar con el sistema conseguido por al-Nasir, según el cual los reinos cristianos son tributarios. Pero la actitud de los reyes Sancho y García, tal vez instigados por Fernán González, ha cambiado mucho desde la muerte de Abderrahmen. Todo apunta a que están ganando tiempo para advertir algún signo de debilidad en Alhaquen.
–¿Se sabe acaso si existe una verdadera alianza entre ellos? – preguntó Asbag.
–Algo hay -respondió Galib-. Pero no se aprecia una total unanimidad. El rey Ordoño se encuentra aquí con veinte señores que le son fieles, pero no se sabe aún con quién están los demás condes gallegos y astures. Sin embargo, es verdad que se adivina un cierto movimiento tendente a iniciar una campaña militar decidida, probablemente instigada por un sector de la Iglesia. Aquí es donde empieza vuestra misión.
–¿Y, concretamente, qué debemos hacer? – le preguntó Asbag.
–En primer lugar entrevistaros hoy mismo con el rey Ordoño para conocer mejor la situación. Y después cruzar la frontera para ir al encuentro de alguno de los obispos del norte para manifestarle cuál es la actitud del califa.
–Y bien, ¿dónde podemos encontrarnos con el rey Ordoño?
–Está esperando en un salón contiguo a éste -respondió Galib. Podemos hacerle pasar ahora mismo.
El gobernador hizo una señal a uno de sus secretarios y éste ordenó a los criados que abrieran un grueso portalón. Una veintena de rudos caballeros norteños entró en la sala.
–¡Su Majestad el rey Ordoño IV y los excelentísimos señores que lo acompañan! – anunció el secretario.
Asbag y Walid se fueron fijando en cada uno de los caballeros tratando de identificar al monarca, pero no encontraron ningún signo distintivo. Por fin, se adelantó un hombre de estampa poderosa. No era llamativamente alto, pero su estatura estaba algo por encima de la media. Tenía el rostro alargado y bien perfilado, el cabello rubio y el bigote cuidadosamente atusado. Hincó la rodilla ante Asbag, y éste pudo comprobar por primera vez el valor de un obispo en los reinos de la cristiandad. Mecánicamente lo bendijo y el rey se puso de nuevo en pie.
–Señor -le dijo Asbag-, ¿podemos hablar en privado con la anuencia de estos dignísimos señores?
–Así sea -respondió Ordoño con una voz ronca, casi metálica.
Pasaron al salón contiguo y la puerta se cerró detrás de ellos, de manera que el obispo y el rey quedaron solos junto a una gran chimenea donde se amontonaban las encendidas ascuas que caldeaban suavemente el ambiente.
–Señor -le dijo Asbag en voz baja-, oficialmente es el califa Alhaquen quien me envía a parlamentar con vos, pero… pensad que mi único Señor es el Dios Altísimo y Jesucristo nuestro único rey…
Calló y por unos instantes reinó el silencio. Ordoño miró al obispo con los ojos vidriosos, como en busca de ayuda. Luego se derrumbó y sollozó largamente, vuelto de espaldas y apoyado en la fría pared de granito. Asbag se dio cuenta entonces de cuan delicada era su posición en aquel momento. El rey Ordoño IV había sido expulsado por segunda vez del poder. Ya lo fue un día, cuando Abderrahmen apoyó la causa de su primo Sancho, después de que la reina Tota fuera a Córdoba. Y ahora había sido expulsado de nuevo del lugar donde tuvo que refugiarse entonces, Burgos, donde Fernán González se había hecho el dueño. Era, pues, un rey vejado tanto por los cristianos como por los musulmanes, y eso lo había convertido en un hombre desconfiado y falto de dignidad, que se sentía zarandeado como una caña por los vientos de las conveniencias ajenas.
El rey se desahogó extensamente con Asbag. Le contó las peripecias de una vida llena de zancadillas y de traiciones, en la que él no negaba su parte de culpa. Ahora se encontraba solo e indeciso, en medio de dos mundos que antes le habían fallado: sus primos, los reyes de León y Navarra, que un día lo expulsaron, unidos ahora a su antiguo amigo el conde Fernán González; y, por otro lado, el califa, que ayudó a sus competidores en la afrenta que había sufrido.
Asbag, por su parte, le expuso el motivo de su viaje y las intenciones del califa. Y decidió ir al grano, viendo que no le sería difícil escrutar las verdaderas intenciones de Ordoño.
–¿Qué pensáis hacer, pues? – le preguntó-. Todo el mundo conoce la obcecación del conde Fernán González; jamás os dejará regresar a Burgos…
–Tan sólo me queda ya una esperanza -dijo el rey-. Y desde luego no es regresar a Burgos…
–Podéis confiar en mí -le dijo Asbag-. El califa me ha autorizado a guardar reserva en lo que me dicte la prudencia y mi conciencia.
–Deseo volver a ser rey de León -dijo Ordoño con rotundidad-. Un día fui elegido justamente para ello, cuando mi primo Sancho el Graso era ya incapaz de montar a caballo y reinar con dignidad a causa de su gordura. Si él no hubiera encontrado la ayuda de Abderrahmen nunca habría conseguido expulsarme del trono. Que sea ahora Alhaquen, vuestro califa, quien me devuelva lo que me corresponde…
–Eso tendréis que pedírselo vos mismo en Córdoba -dijo Asbag-. Yo no he venido aquí sino a buscar la paz. Podéis acompañarme de regreso y exponer vuestro deseo; pero, a cambio, jurad ahora mismo que vos y vuestros hombres no intentaréis ninguna maniobra sucia mientras inicio mis conversaciones con los otros reyes.
–¡Lo juro! – dijo en voz alta-. Si el califa me recibe puede contar con mi absoluta neutralidad.
Asbag quedó satisfecho de la forma en que se había resuelto la primera parte de su misión. Se retiró pronto a sus habitaciones para descansar. Pero, antes de dormirse, habló del asunto con el juez Walid.
–¿Podemos fiarnos plenamente de esos caballeros? – le preguntó el juez.
–Confiemos en Dios -respondió Asbag-. No olvidemos que son hombres cristianos…
–Sí, pero son guerreros acostumbrados a tropelías y traiciones.
–Aun así, Ordoño lo tiene todo perdido. Desde el principio he advertido que su única salida es encomendarse al califa. Después de todo, aunque regresara a tierras de cristianos, no dejaría de ser un simple caballero a las órdenes de sus odiados primos, los reyes Sancho y García, y del conde Fernán González. No creo que opte por ese camino…
–¿Qué piensas hacer ahora? – preguntó el juez.
–Le he pedido al gobernador Galib que envíe misivas a las autoridades eclesiásticas más próximas para solicitarles un encuentro en su propio territorio.
–¿Cruzaremos entonces la frontera? – preguntó Walid con cara de susto.
–Naturalmente; para eso hemos venido. Pero no temas. Son muy respetuosos con las autoridades de la Iglesia.
–Y, una vez allí, ¿qué vamos a decirles?
–Si he de ser totalmente sincero, te diré que no lo sé muy bien…
–¿Quieres decir… que no tenemos claro cuál es nuestra posición? – preguntó el juez sorprendido.
–Hummm… más o menos… Trataré primero de indagar para hacerme una idea de cuál es la actitud de la mayoría de los nobles, obispos y abades, como he hecho con Ordoño. Y luego aprovecharé una baza fundamental… Les diré que Ordoño va camino de Córdoba para pedir el auxilio de Alhaquen y que pretende recuperar el trono de León, como un día hicieron la reina Tota y el rey Sancho. Creo que eso les pondrá los pelos de punta.
–Pero ellos no temen a Alhaquen tanto como un día temieron a Abderrahmen -replicó el juez.
–Sí. Y ése es precisamente el punto clave de mi plan.
Convenceremos a los obispos de que Alhaquen es un musulmán celoso y que estaría dispuesto a llamar a la guerra santa… Eso terminará de disuadirles.
Los emisarios corrieron en un sentido y otro, cruzando la Marca y portando misivas llenas de hábiles y diplomáticas sutilezas. Por fin, el obispo Asbag y sus compañeros recibieron la comunicación que les citaba a un encuentro con las autoridades cristianas al otro lado de la Marca, en Nájera.
Cabalgaron durante tres días. A mitad de camino les salió al paso un joven conde llamado Jerónimo, casi un adolescente todavía, de rostro lampiño y cabellos rubios, pero firme y decidido a la hora de comandar a sus hombres. Durante las tres jornadas siguientes cabalgó junto a Asbag, por lo que éste pensó que sería oportuno sonsacarle precisamente lo que se encontraría en Nájera.
–¿Hay muchos nobles caballeros concentrados en Nájera? – le preguntó el obispo.
–¿Es tan grande el ejército del califa como dicen? – respondió el joven.
–¡Ah! Veo que estás adoctrinado para mantener cierta prevención hacia nosotros -le dijo Asbag sonriendo-. Bien, si quieres podemos hablar de otras cosas; no tengo por qué comprometerte.
Durante un rato siguieron montando en silencio. Asbag se dio cuenta de que no conseguiría sacarle nada al joven conde y desistió de su intento. Luego hablaron de cosas intrascendentes, aunque el caballero era reservado y distante.
Al final de la jornada se detuvieron en un claro para pasar la noche. Se encendió una fogata y todos se concentraron alrededor para calentarse, pues la noche empezaba a ponerse fría. Asbag extrajo su breviario y comenzó la oración de vísperas, siendo acompañado de inmediato por su secretario y los demás presbíteros.
Los caballeros se arrodillaron y se santiguaron, asistiendo en silencio al rezo en latín de la salmodia. Los mozárabes se impresionaron al comprobar la actitud devota y reverente de aquellos jóvenes. Y el obispo advirtió que ambos grupos de hombres pertenecían a mundos diferentes, pero que había algo que les unía.
La oración suavizó la situación y favoreció que se acortaran las distancias. Más tarde, mientras compartían la cena, Jerónimo, sin rodeos previos, le preguntó directamente al obispo:
–¿Cómo puede un prelado estar al servicio del rey sarraceno?
El obispo se le quedó mirando un rato y vio que los ojos del joven transparentaban una duda sincera y no una provocación.
–Verás -le respondió Asbag-, es difícil contestar a tu pregunta. Ciertamente, nuestro soberano es un seguidor del profeta Mahoma; un fiel seguidor de la doctrina musulmana… Pero entre sus súbditos no sólo se cuentan mahometanos; también hay judíos, como en cualquier otra parte del mundo, y cristianos… muchos cristianos que ya vivían en Alándalus hace siglos, cuando reinaban reyes cristianos. Nosotros somos sus descendientes. No hemos escogido el lugar donde vivimos; como nadie puede escoger a sus padres ni el lugar o el día de su nacimiento. Tampoco pudimos elegir a nuestros gobernantes… Ellos ya estaban allí cuando vinimos a este mundo. Nos guste o no, Alándalus es la tierra de nuestros antepasados; es nuestro país, lo amamos, como cualquier otro hombre ama a su tierra, y queremos vivir y morir allí.
–Eso que decís es comprensible -dijo Jerónimo-; pero no responde a mi pregunta. Vos sois obispo y como tal debéis servir sólo a la causa de la cristiandad. Sin embargo, venís aquí como emisario del rey de los moros. ¿No es eso una contradicción? El Papa de Roma apela a todos los señores cristianos, ya sean reyes, condes, obispos, abades o simples caballeros, para que luchen unidos por la causa de Nuestro Señor.
–Eso es fácil para vosotros, que vivís en reinos cristianos -replicó Asbag-; pero yo soy el pastor de una amplia comunidad que vive rodeada de musulmanes… Si no aceptamos a nuestras autoridades correremos un serio peligro. Créeme, en todos los sitios hay hombres buenos y malos… Ningún rey es mejor que otro por ser cristiano o musulmán. Lo importante es que el rey sea un buen rey y el cristiano un buen cristiano.
Burgos
Al día siguiente, a las puertas de Burgos, Asbag comprendió por qué al joven conde le había sido tan difícil entenderle. Quien salió a recibirlos fue un caballero de aspecto imponente, revestido de cota de malla y pulida coraza, cubierto con el yelmo y empuñando la espada, rodeado por otros caballeros armados hasta los dientes. Era el obispo de Oca, don Nuño.
Como en una parada militar, pasaron juntos al interior de las murallas. El trotar de los caballos, el tintineo de los hierros y el crujir de los arneses habían alertado a la gente, que se agolpaba en las calles y plazas que servían de mercado, de talleres, de matadero… Burgos le pareció a Asbag un villorrio sucio y destartalado, donde todo se amontonaba como provisionalmente: asnos cargados de leña, sacos de grano, piedras, hierba recién cortada y basura. Cabras, ovejas, perros y gallinas campaban a sus anchas por los lodazales y los estercoleros pestilentes.
En el centro de la villa se levantaba un imponente armazón de troncos y un complejo andamiaje, donde multitud de obreros se afanaban en la construcción de un templo de piedra. El ruido de innumerables cinceles llenaba la plaza, mientras en su ir y venir unas carretas tiradas por bueyes iban depositando el material en gigantescos montones.
Asbag se maravilló contemplando las columnas y los arcos de una inmensa bóveda de cañón aún sin cubierta.
–Si Dios lo permite ésta será la sede episcopal -asintió el obispo de Oca mientras descabalgaba.
–¡Ah, es una catedral! – exclamó Asbag-. He oído hablar de ellas…
–Sí -dijo don Nuño-. Florecen por toda la cristiandad como brotes de la única sede de Pedro en la cátedra de Roma.
Las conversaciones con el obispo de Oca fueron infructuosas. Intentar convencerle de la necesidad de la paz le pareció a Asbag como darse golpes contra una roca. Don Nuño era por encima de todo un guerrero impetuoso absolutamente obsesionado con la alianza de la cristiandad frente a los musulmanes. Era amigo personal del conde Fernán González y, antes de ser investido obispo, había participado con él en todas las correrías emprendidas contra al-Nasir. Ambos habían desempeñado ya en varias ocasiones el papel de hacedores de reyes y apoyaron en un principio a Ordoño frente a Sancho el Graso. Ahora estaban de parte de Sancho y de García, siempre que siguieran haciendo causa común contra el califa. Pero Fernán González no se encontraba entonces en Burgos, lo cual complació a Asbag, pues supuso que sería aún más obstinado que su camarada el obispo.
Dedicaron los días que permanecieron en Burgos a las cacerías y a las justas, que eran prácticamente las únicas ocupaciones de don Nuño cuando no había guerra. Resultaba inútil intentar negociar la paz con un hombre cuya única ocupación eran las armas. Además, era como conversar en idiomas diferentes. A Asbag le interesaba llegar al fondo del asunto: la necesidad de la paz y la búsqueda de una solución que evitase el encuentro de los ejércitos. Al obispo de Oca, en cambio, tan sólo le preocupaba cuántos eran, con qué armas contaban y cómo se desenvolvían los efectivos de Alhaquen. Al final las discusiones derivaban hacia temas puramente militares de los que Asbag no tenía la menor idea. El obispo de Córdoba terminó por descorazonarse.
Pero lo peor de todo no había llegado aún. La situación rebasó el límite cuando don Nuño le propuso a Asbag la formación de una fuerza de cristianos mozárabes para hostigar desde el interior de Alándalus, animados por los obispos de las diócesis sometidas al califato.
–¡Hasta aquí hemos llegado! – exclamó Asbag enfurecido e incorporándose sobre la mesa en la que almorzaban-. ¿Poner yo a mi gente en pie de guerra? Pero… ¿te has vuelto loco?
–Con la cobardía no se va a ninguna parte -insinuó don Nuño.
–¡Un momento! – gritó Asbag sin poder dominarse-. De manera que vengo aquí a intentar proponerte, como hermano en Cristo y pastor, una solución para evitar que se derrame la sangre de tus ovejas y… y te atreves a pedirme que ponga a las mías frente a los lobos…
–¿Qué lobos? ¿Qué ovejas? – gritó entonces don Nuño, rojo de cólera-. Ya… ya me habían advertido que los cristianos moros erais gente apocada y domesticada por vuestros amos sarracenos…
–Juez Walid, vamonos de aquí! – ordenó Asbag retirándose de la mesa y descolgando su capa del perchero.
El obispo de Córdoba y el juez salieron airados de la sala y se encaminaron hacia sus habitaciones para recoger sus cosas. Avisaron a los otros presbíteros y a los criados que les acompañaban y montaron en sus caballos para irse de allí.
Don Nuño, desde la ventana, les gritaba enfurecido:
–¡Obispo de moros, eso es lo que tú eres! ¿Qué predicas allí? ¿A quién predicas… a Mahoma? ¡Ve y dile a tu dueño y señor, a ese sarraceno del demonio, que aquí reina Cristo!
Los mozárabes espolearon a los caballos y pusieron rumbo a la puerta de la villa. Las voces del obispo resonaban aún.
–¡Debería mataros… si fuerais hombres! ¡Pero no sois hombres; sois monjas con diarrea!
Dejaron Burgos y se adentraron en los bosques, por las laderas de los montes. Asbag iba en silencio, con un nudo en la garganta y sumido en la depresión. En su mente daba vueltas a aquella situación absurda y sin salida. Se aturrullaba ante lo que no podía entender. Más adelante lloró amargamente, de rabia primero y de tristeza después. El juez Walid intentó confortarle.
–¡Bah, no nos vengamos abajo; no merece la pena! – dijo-. Hemos hecho lo que debíamos y basta… Allá ellos.
–Todo esto me asusta -confesó Asbag-; me asusta mucho. No puedo evitarlo.
En un claro, se toparon con un pequeño santuario dedicado a la Virgen. Desmontaron y se dispusieron a orar un rato. Pero uno de los criados que venía rezagado llegó atemorizado y gritando:
–¡Nos persiguen! ¡Los hombres del obispo nos persiguen! ¡Vienen por el camino al galope y armados!
–¡Oh, Dios mío! – gritaron los demás, angustiados-. ¡Virgen Santísima, asístenos!
Asbag sintió entonces que estaban en peligro. Supuso que el obispo don Nuño no había quedado conforme y quería dar rienda suelta a su odio.
–¡A la ermita! ¡Todos a la ermita! – ordenó.
Él se colocó en la puerta, cerrando el paso. Decidió que ofrecería su persona y pediría que dejaran en paz a sus compañeros. Todo fue muy rápido. Los caballeros llegaron al claro con un repiqueteo de cascos y se detuvieron. Los yelmos y la obscuridad de la tarde impedían distinguir los rostros.
El caballero que venía al frente descendió de su montura y caminó hasta Asbag. Se plantó ante él sin decir nada. Fue un momento tenso. El jinete se desató la correa del mentón y se descubrió la cabeza; aparecieron sus cabellos claros y su sonrisa. Era el conde Jerónimo.
Asbag le miró directamente a los azules ojos buscando penetrar en su alma.
–¿Qué quieres de nosotros? – le preguntó.
El caballero se arrodilló entonces, para sorpresa de todos los presentes.
–Venerable padre -dijo-, bendecidme a mí y a los míos. Hemos cabalgado con vosotros durante tres jornadas; las suficientes para ver que sois hombres de Dios… hombres de bien. Disculpad a don Nuño. De él diría Nuestro Señor que no sabe lo que hace. Ha pasado la vida luchando y no ve más allá de su celada. Pero no nos hagáis responsables a nosotros de sus desvaríos. Las palabras que pronunció hace un rato son sólo suyas. Mi corazón quedaría desconsolado si hubierais pensado que hablaba por todos.
Un reguero de lágrimas se deslizó desde los ojos del obispo Asbag. Había leído en los libros historias de nobles caballeros y, hasta ese momento, creyó que eran fantasías y leyendas. Elevó la mano temblando de emoción y pronunció la bendición:
Benedicta vos Omnipotens Deus:
Pater, et Filius et Espíritus Santus…
Una bandada de pájaros removió entonces la espesura, y del bosque llegó una húmeda y dulce ráfaga de aromas que hizo estremecerse a los presentes.
El conde Jerónimo y sus hombres se dirigían directamente a Navarra, para unirse a los caballeros que llegaban desde los reinos cristianos acudiendo a la llamada de los reyes de León y Navarra, que preparaban la campaña. El propio conde aconsejó a Asbag que hicieran el camino juntos, pues el destino de ambos grupos era el mismo. Cabalgaron por estrechos senderos, por profundos valles, hacia el este, a través de un terreno montañoso.
La llegada a las inmediaciones de Pamplona desveló por fin la intención de los reinos cristianos. Los alrededores de la capital navarra eran un inmenso campamento formado por la concentración de huestes procedentes de Galicia, Asturias, León, Castilla, Vasconia, Aragón, Gascuña, Cerdeña, Rosellón… Cientos de caballeros habían acudido a tomar parte en la aventura de la campaña contra el moro.
Desde un altozano, los mozárabes y los caballeros burgaleses contemplaron el panorama: tiendas de campaña de todos los colores y formas, barracones, cuadras, estandartes, talleres, rebaños y miles de rudos guerreros norteños ávidos de lucha y de botín.
–No han perdido el tiempo -dijo el juez Walid-. Esta concentración debió de iniciarse nada más conocerse la muerte del califa Abderrahmen.
–Sí -comentó Asbag-. Y me temo que será imparable si Dios no lo remedia.
–No lo creáis -dijo el conde-. La mayoría de los señores convocados están aún indecisos. Ni Ripoll, ni Barcelona, ni Urgel, ni Pallars se han presentado. No hay unanimidad acerca de la conveniencia de esta guerra.
–¿Por qué acudes tú entonces? – le preguntó Asbag a Jerónimo.
–Tengo veinte años… Es la edad en la que un hombre desea conocer el mundo -respondió el joven.
–¿Aun a costa de la sangre y el dolor de otros? – preguntó Asbag.
–La guerra es inherente al mundo -respondió Jerónimo-. ¿Creéis que nosotros la hemos inventado? Si nos dedicáramos sólo a criar rebaños y a labrar la tierra, vuestro califa vendría y nos quitaría el fruto de nuestro trabajo sin mediar palabra. Así es el mundo…
–Tristemente tienes razón -le dijo Asbag-. Por eso estamos aquí. También alguien tiene que intentar hacer la paz. Sería terrible dejar hablar solamente a las espadas.
–Sí -asintió con sinceridad el joven conde-. Eso lo respeto. Tenéis todo el derecho a intentarlo.
Descendieron de los cerros y atravesaron el gran campamento, pasando ante los pabellones donde lucían las armas de los señores más extraños, cuya vida de hombres de guerra se desenvolvía con naturalidad en aquellas horas de la tarde: bebían vino junto a sus tiendas, jugaban a los dados o conversaban plácidamente, mientras sus escuderos y asistentes les pulían las armaduras, barrían la puerta o les cocinaban la cena.
Las murallas de Pamplona permanecían cerradas a cal y canto, pues aunque aquella multitud guerrera era aliada, no dejaba de suponer una amenaza para la pacífica vida que se desenvolvía dentro de los muros.
Jerónimo y sus hombres se despidieron allí mismo, junto a la barbacana de la puerta principal.
–Rezad por mí, venerable padre -pidió el conde-. Y que Dios lleve a buen término vuestra misión.
–Cuídate, noble caballero -le dijo Asbag-. La vida tiene mucho que ofrecerte; no merece la pena que la pierdas persiguiendo contiendas que no conducen a nada. Siempre es mejor la paz.
–Sí, pero si hay guerra es nuestro deber acudir.
–¡Que Dios te proteja!
Después de identificarse, la comitiva mozárabe tuvo que aguardar un buen rato delante de la barbacana. Después apareció un sacerdote, llamado Silvio, un hombre locuaz y sonriente, bajo, calvo y de rizada barbita de chivo.
–¡Conque el señor obispo de Córdoba! – exclamó desde las almenas-. Ya bajo, un momento…
Se descorrieron los cerrojos y se levantaron ruidosamente las aldabas; la puerta crujió y chirriaron las bisagras.
–¡Vaya, vaya, qué sorpresa! – dijo don Silvio-. ¡Noticias de moros! ¡Frescas noticias de Córdoba! Pasad, pasad, nobles señores.
El sacerdote los acompañó hasta los palacios principales, que se encontraban en el centro de la ciudadela. Se alojaron en un enorme caserón de piedra que pertenecía al obispo, edificado en torno a un claustro de columnas en cuyo centro había un pozo. Todo era frío y austero. Don Silvio los invitó a que se pusieran cómodos y les proporcionó mantas y comida. Durmieron allí aquella noche sin que nadie volviera a decirles nada.
Por la mañana, el sacerdote apareció silencioso como una sombra mientras estaban desayunando y anunció que el obispo de Pamplona les recibiría inmediatamente.
Acudieron a la casa del obispo, que estaba junto a la catedral. El prelado era un anciano de largas barbas blancas al que Asbag recordaba perfectamente, pues había acompañado a la reina Tota cuando ésta viajó a Córdoba. Ambos obispos se abrazaron cordialmente. Se hicieron las presentaciones del resto de la comitiva y después se quedaron solos los dos en la sala capitular.
–Supongo que recibirías mi carta -le dijo Asbag-. En ella te expuse el motivo de nuestra visita. ¿Vas a ayudarme?
–Sí -respondió el obispo de Pamplona-. Ya he puesto al rey al corriente de tu llegada. Esta misma tarde nos recibirá en su palacio. Pero, dime, ¿vienes por cuenta propia o te envía el rey mojo?
–Un poco de ambas cosas -respondió Asbag-. He salido con la anuencia y las buenas intenciones del califa, pero no traigo un cometido concreto, ninguna carta, ningún mensaje… Mi misión consiste en convenceros de que tendréis mucho que perder en caso de guerra.
Asbag le contó entonces al obispo de Pamplona lo que le había sucedido con el obispo de Burgos. El anciano prelado escuchó atentamente con el rostro lleno de preocupación.
–Don Nuño es un hombre fiero y vehemente -dijo cuando Asbag terminó de narrarle lo sucedido-. Hace tiempo que estamos acostumbrados a sus bravuconerías. Si por él fuera estaríamos constantemente en guerra. Su padre era un conde montaraz y belicoso de los Montes de Oca y él se educó como un guerrero antes de ser sacerdote. Y no es el único; muchos obispos y abades del norte son tan aficionados como él a las armas. Pero… así están los tiempos; son nuevas costumbres que llegan desde Europa.
Por la tarde, los dos obispos fueron recibidos por el rey de Navarra. Asbag decidió esta vez cambiar la táctica. Enseguida se dio cuenta de que don García era un monarca sin carisma; tartamudo y tembloroso, por lo que le llamaban «el Trémulo», de rostro redondo y enrojecido y de pequeños ojillos temerosos. Adivinó que era un hombre indeciso, tal vez manejado por el impetuoso conde Fernán González, al que había retenido preso durante varios años en Pamplona según las cláusulas del pacto que le obligaba con Abderrahmen.
Después de las salutaciones, Asbag se puso directamente frente a él y le habló con seriedad y franqueza.
–Majestad, sin duda os han asesorado mal. Pensáis que el actual califa, Alhaquen II, es un rey apocado y de escaso temperamento. Habéis de saber que no es así. Nada está más lejos de la realidad. Y si os han dicho eso os están haciendo un flaco favor. Ciertamente Alhaquen no es como su padre; no es cruel y despiadado; no ama la guerra a toda costa… Es un sabio; un verdadero hombre de libros y de ciencias, lo cual le ha hecho inteligente y astuto. En fin, es un rey capaz de anticiparse a las reacciones más nimias de sus competidores. Por ello acuden a Córdoba embajadores de todo el mundo: del emperador de Bizancio, Constantino el Porfirogéneta; del propio Otón de Germania; de los califas de Bagdad… Y, últimamente, se encamina hacia allí vuestro propio primo, el rey Ordoño IV de León, con un buen número de condes…
–¿Mi… mi primo Ordoño? – interrumpió el rey-. Pero él ya no es el rey de León, lo es mi primo Sancho…
–¡Ah, sí! – exclamó Asbag-. Lo es vuestro primo Sancho con la ayuda del ejército de Córdoba que le aupó a recuperar su trono… Pero lo será por poco tiempo… Pues si seguís obstinados en no cumplir lo que prometisteis al reino de Córdoba, Ordoño regresará con un gran ejército y será él quien ocupe ahora el trono… Veréis…, al califa le es indiferente uno que otro: antes Sancho, ahora Ordoño… ¿Comprendéis? Lo importante es que respeten los tratados…
El rey García pareció hundirse en su sillón. Miró a un lado y a otro, como buscando apoyo en sus asesores. Pero era evidente que entre ellos cundía el desconcierto. Asbag aprovechó para proseguir:
–Yo soy un obispo cristiano; no puedo mentir. El ejército del califa es enorme, creedme. No como esos caballeros que acampan en las afueras de Pamplona, junto al río Aga, que son libres; si quieren se quedan, si no, vuelven a sus condados y señoríos. No, el ejército cordobés es permanente; una máquina monstruosa y brutal. Son entre 30.000 y 40.000 hombres en total, organizados en milicias de terribles mercenarios: los hashant, agrupados en tropas regulares; los fanáticos musulmanes de las tribus, los chund, que acuden a la llamada de la guerra santa y no temen a nadie más que a Alá; los siervos personales del califa, los daira; los sirios feroces y decenas de miles de africanos que hambrean y desean la guerra a toda costa para enriquecerse. En fin, una masa sedienta de sangre a la cual el califa tiene sujeta fuertemente como a un perro rabioso con una correa… Pero a la que puede soltar cuando no le quede otra solución… El rey se mordisqueó los dedos, nervioso. Por un momento, a Asbag le pareció estar ante un niño asustado; esperó a ver su reacción.
–¿Y… decís que mi primo Ordoño va camino de Córdoba? – preguntó al fin García.
–Hummm…, me temo que sí -respondió Asbag-. Deberíais avisar a vuestro otro primo, don Sancho, de que pronto pueden llegarle complicaciones. El califa está verdaderamente enojado por la manera en que ha incumplido los compromisos que un día adquiriera con su padre al-Nasir.
–Bien -dijo el rey-. Tenemos que meditar con detenimiento sobre todo esto… Mañana volveremos a vernos… Sí, mañana, cuanto antes mejor.
Por la noche, Asbag le contó a Walid todo lo sucedido.
–Estoy convencido de que he conseguido disuadirle -concluyó-. Seguramente mañana se presentará con intenciones de congraciarse con el califa de cualquier manera.
–¡Dios lo quiera así! – comentó el juez-. Sería maravilloso regresar con una solución a todo esto. Pero, dime, ¿estás seguro de que hacemos lo correcto?
–¿Lo correcto? No te comprendo.
–Sí -dijo el juez, preocupado-. A veces me pregunto si no estaremos poniendo zancadillas a la cristiandad… He meditado sobre ello últimamente…
–¡Oh, juez Walid! Ponemos zancadillas a la guerra. Un ejército en campaña, sea musulmán o cristiano, es siempre un enemigo de la causa de Cristo. ¡Luchemos por vivir en paz! ¿Crees que esos miles de guerreros que acampan en las afueras de Pamplona buscan solamente la causa cristiana? No, querido amigo, buscan la causa de sus alforjas. Las guerras son destrucción y saqueo. Siempre pierden los mismos…, los más pobres.
–Eso que dices me llena de tranquilidad -dijo el juez convencido.
A la madrugada, Asbag celebró misa de alba siguiendo el rito latino, en presencia del rey de Navarra, de la reina y de numerosos nobles de la corte. Luego rezó un responso ante el sepulcro de la reina Tota, en cuya piedra blanca estaba representada la difunta dormida en actitud devota y con los pies descansando sobre un mastín vigilante, esculpido para guardar su sueño. Los monjes entonaron piadosas letanías con voces profundas, como salidas de las entrañas de la tierra. El aroma de las maderas del norte, el incienso y la humedad daban al templo una atmósfera inquietante.
En la misma puerta de la catedral, el rey invitó a Asbag a acompañarle al palacio. Desayunaron juntos; panes calientes y puches de harina tostada, manteca y tasajos de ciervo.
–Decid al califa de Córdoba que el rey de Navarra le ama tanto como un día amara a su padre Abderrahmen -dijo el rey García, como repitiendo una fórmula cuidadosamente estudiada-. Que ambos compartimos la misma sangre, pues su bisabuela era navarra, hermana de mi abuela, la gran reina Tota. Decidle también que me gustaría conocerle en persona, como un día conocí a al-Nasir, cuando le visité en su palacio de Zahra. Habladle de mi buena disposición para la paz entre su pueblo y el mío…, paz que defenderé a toda costa… No puedo responder por mi primo el rey de León, don Sancho I, pero haré lo posible por hacerle llegar las buenas intenciones del rey Alhaquen, y procuraré convencerle de que cumpla los tratados que nuestra abuela Tota concertó un día con el reino de Córdoba. Y así lo ratifico en una extensa carta que el señor obispo prepara en estos momentos con mis secretarios, la cual firmaré gustoso y sellaré delante de vos y del Dios Altísimo.
–¡Que el mismo Dios premie vuestra buena disposición! – dijo Asbag lleno de satisfacción.
El regreso de los mozárabes a Córdoba fue agotador, pero lleno de felicidad, pues llevaban consigo una buena parte de la solución del conflicto. Cabalgaron día y noche hacia el sur, con breves paradas en el camino, buscando llegar antes de que dieran comienzo las celebraciones de la Semana Santa. El viaje fue como una penitencia cuaresmal; no les faltaron enfermedades y dolencias a causa del cansancio, por lo que se demoraron algo con respecto a sus previsiones.
Pero por fin llegaron, el Domingo de Ramos, cuando la comunidad se aprestaba a celebrar la entrada de Jesús en Jerusalén. Fue maravilloso para ellos encontrarse de repente en la plaza frente a San Zoilo, rodeados de fieles que portaban palmas y ramas de olivo, en una mañana reluciente de cielo azul, dorado sol en las cornisas y tejados llenos de palomas. Repicaron las campanas con alegría y se elevaron los cantos de fiesta. Para quienes venían del norte, obscuro y casi invernal todavía, aquella luz y aquel color eran una explosión de vida.
–¡Córdoba divina, espejo de la Jerusalén del Cielo! – le gritó Asbag a Walid, cuyos ojos brillaban emocionados.
–¡Que no nos falte nunca nuestra Córdoba, san Acisclo bendito, que no nos falte! – exclamó el juez.
Celebraron la procesión de ramos y la misa. Reunieron luego al cabildo para comunicarle las buenas nuevas. A mediodía comieron con el obispo metropolitano de Sevilla, que había permanecido allí esperando las noticias.
Por la tarde, Asbag, el juez Walid y el prelado sevillano partieron hacia Zahra para ser recibidos en audiencia por el gran visir al-Mosafi.
Cuando llegaron al palacio, se encontraron con la grata sorpresa de que la primera parte de su embajada había rendido ya su fruto. El rey Ordoño IV había solicitado audiencia al califa y anunciaba su próxima llegada a Córdoba, junto con una veintena de condes dispuestos a reconocer la soberanía de Alhaquen. Al-Mosafi estaba eufórico. Pero se alegró aún más cuando leyó la carta del rey García Sánchez I, que anunciaba la próxima llegada de embajadas de Navarra con deseos de paz y hermandad con el reino de Córdoba. El visir descendió del estrado y besó a Asbag en señal de sincera felicitación.
–Ha sido una gestión impecable -declaró-. El califa estará muy contento. Seréis premiados por esto.
–Todavía falta ver la reacción del rey Sancho de León -dijo Asbag-. Si, como suponemos, se amedrenta al encontrarse sin el apoyo de Navarra, no tardará en enviar también sus embajadores a rebajarse ante Alhaquen; lo cual dejará solo al conde Fernán González y zanjará definitivamente este asunto.
–¡Tengamos paciencia! – exclamó al-Mosafi-. Recibamos ahora a los que llegan para avenirse y aguardemos a que los otros sean lo suficientemente inteligentes para reaccionar. Pero lo peor ya está solucionado; ya no hay alianza entre ellos ni unanimidad a la hora de seguir los dictámenes del conde castellano.
Una semana después, el día 8 de abril de 962 (fines de safar de 351 de la hégira del profeta Mahoma), Ordoño IV llegó a Córdoba. Una gran escolta de honor enviada por el califa salió a su encuentro, recordando aquel día que llegara la reina Tota. Para Alhaquen la llegada de un rey cristiano que venía a rendirse a sus pies suponía alcanzar el prestigio y la grandeza que tuviera su padre al-Nasir en otro tiempo.
Gran parte de la población salió hacia las inmediaciones de Córdoba para contemplar el espectáculo. En la gran explanada del real, al otro lado del puente, aguardaba otro gran destacamento de caballería, más numeroso aún que el que había salido al camino a recibir a los huéspedes. También se encontraban allí los principales cristianos de Alándalus, como Obaidala aben-Casim, metropolitano de Sevilla, y Asbag, el obispo de Córdoba, con Walid ben Jayzuran, juez de cristianos, y numerosos vicarios, abades y cadíes mozárabes.
Con Ordoño venía el general Galib y un numeroso séquito de caballeros leoneses. Cuando aparecieron a lo lejos, la multitud prorrumpió en un estruendo de vítores y los tambores tocaron un ensordecedor redoble de bienvenida.
La comitiva cruzó el puente y entró en Córdoba acompañada por el gentío en dirección a los alcázares. Allí Ordoño -tal vez aleccionado previamente- preguntó dónde se hallaba la tumba de Abderrahmen III. Cuando se la enseñaron se quitó respetuosamente la gorra, se arrodilló, volviendo la cabeza hacia el lugar indicado, y oró por el alma del que un día le arrojara del trono favoreciendo a su actual enemigo; con tal gesto buscó captarse el favor de los oficiales de la escolta.
El rey fue alojado en la munya de al-Manra, junto con los veinte condes que le acompañaban, y se les dispensó un trato magnífico. Después de pasar dos días en aquel lujoso palacio, recibieron el permiso para ir a Zahra, donde el califa les daría audiencia.
Ordoño aprovechó esa ocasión para congraciarse con Alhaquen. Para la recepción se vistió con un traje y una capa de seda blanca -a fin de homenajear a los ommiadas, porque el blanco era el color adoptado por esta familia- y se cubrió con una gorra adornada con pedrería. Por la mañana temprano, lo recogieron Asbag y el juez Walid, que eran los encargados de presentarle ante el califa; le instruyeron en las reglas de la quisquillosa etiqueta de la corte cordobesa y le condujeron a Zahra.
Ordoño y sus acompañantes se admiraron una vez más al pasar ante las filas de soldados apostados a la entrada de Zahra. Cuando llegaron a la primera puerta del palacio echaron pie a tierra todos, menos Ordoño, que era recibido con la dignidad de monarca. Continuaron a paso quedo hasta la puerta de Azuda, contemplando los espléndidos jardines y las fuentes que lanzaban sus chorros al cielo. Finalmente, se detuvieron en el gran pórtico dorado, donde habían puesto sillas para el rey y sus compañeros. Allí se les hizo esperar un buen rato, intensificando así la atmósfera de misterio y grandeza. Asbag y Walid advirtieron la impaciencia y los nervios en los rostros de los cristianos.
Por fin, recibieron los leoneses permiso para entrar en la sala de audiencia. Ordoño hubo de quitarse la gorra y la capa en señal de respeto y avanzó en el silencio del misterioso y solitario salón, donde sólo se oían sus pasos y los de la comitiva, hasta el gigantesco velo verde oliva que descendía desde las alturas. Allí permaneció otro rato, sofrenando su propia impaciencia.
Sonó una dulce flauta, y la cortina subió enrollándose sobre sí misma. Apareció Alhaquen solo, vestido de oro, delante del trono, de pie y esbozando su sonrisa de viejo y astuto sabio. Acto seguido entraron los hermanos del califa, sus sobrinos, los visires y los alfaquíes, que se fueron postrando en su presencia. Ordoño, confuso ante el espectáculo, se arrodilló también. Alhaquen se adelantó entonces y le dio a besar la mano, después de lo cual el rey cristiano se retiró cuidando de no volver la espalda al califa, para sentarse en un diván de brocado, destinado para él y que estaba a quince pies del trono. Después los señores leoneses se fueron aproximando con el mismo ceremonial; besaron también la mano y fueron a colocarse detrás del rey. Asbag se sentó junto a ellos para servir de intérprete en la entrevista.
El califa guardó algunos instantes de silencio, para dejar a los visitantes tiempo de reponerse de la emoción. Ellos miraban asombrados los ricos adornos de la sala y los lujosos ropajes de los miembros de la corte, mientras la flauta creaba un ambiente de encantamiento.
La fístula calló. El rey habló entonces en árabe con tono cordial. Asbag tradujo seguidamente:
–Su Excelsa Majestad el Príncipe de los Creyentes, comendador de Alá, descendiente del Profeta…, Alhaquen II al-Mustansir Bi-llah ha hablado en estos términos: «Congratúlate de haber venido y espera mucho de nuestra bondad, pues tenemos intención de concederte más favores de los que te atreverías a pedir».
En el rostro de Ordoño se reflejó la alegría al escuchar estas palabras, se levantó y se deshizo en reverencias.
–Soy servidor de Nuestra Majestad -dijo-. Confío en vuestra magnanimidad y os otorgo pleno poder sobre mí y sobre los míos; en vuestra alta virtud busco mi apoyo. Solicito tan sólo una cosa de vuestra bondad: la confianza en mi leal intención.
Asbag tradujo y el califa respondió:
–Nosotros te creemos digno de nuestras bondades; quedarás satisfecho cuando veas hasta qué punto te preferimos a todos tus correligionarios, y te alegrarás de haber buscado asilo entre nosotros y de haberte cobijado a la sombra de nuestro poder.
Cuando Asbag explicó a Ordoño el sentido de estas palabras, el leonés se arrodilló nuevamente, e implorando la bendición de Dios para el califa, expuso su demanda en estos términos:
–En otro tiempo, mi primo Sancho vino a pedir socorro contra mí al difunto califa. Realizó sus deseos y fue auxiliado en la medida en que lo habrían hecho los mayores soberanos del universo. Yo también acudo a demandar apoyo; pero entre mi primo y yo existe una gran diferencia. Si él vino aquí fue obligado por la necesidad; sus súbditos vituperaban su conducta, le aborrecían y me habían elegido en su lugar, sin que yo, Dios me es testigo, hubiese ambicionado este honor. Yo le había destronado y arrojado del reino. A fuerza de súplicas obtuvo del difunto califa un ejército que le restauró en el trono; pero no se ha mostrado reconocido por este servicio; no ha cumplido ni ante su bienhechor ni ante vos, ¡oh Comendador de los Creyentes, mi señor!, aquello a lo que estaba obligado. Por el contrario, yo he dejado mi reino por propia voluntad y he venido para poner a vuestra disposición mi persona, mis gentes y mis fortalezas. Tengo, pues, razón al afirmar que entre mi primo y yo media una gran diferencia, y me atrevo a decir que he dado pruebas de más generosidad y confianza.
Dicho esto, Ordoño se sentó, y los suyos manifestaron su asentimiento con gestos de aprobación. Asbag lo tradujo todo con calma.
–Hemos escuchado tu discurso y comprendido tu pensamiento -respondió el califa en árabe-. Ya verás cómo recompensamos tus buenas intenciones. Recibirás de nosotros tantos beneficios como recibió tu adversario de nuestro padre, a quien Alá haya acogido; y aunque tu competidor tiene el mérito de haber sido el primero en implorar nuestra protección, éste no es motivo para que te estimemos menos ni para que nos neguemos a concederte lo que a él le dimos. Te conduciremos a tu país, te colmaremos de júbilo, consolidaremos las bases de tu poder real, te haremos reinar sobre todos los que quieran reconocerte por soberano y te enviaremos un tratado en el que fijaremos los límites de tu reino y del de tu primo. Además, impediremos a este último que te inquiete en el territorio que te tendrá que ceder. En una palabra: los beneficios que has de recibir de nosotros excederán a tus esperanzas. ¡Dios sabe que lo que decimos es lo mismo que pensamos!
Después de hablar así el califa, el gran velo de color verde se desplegó de nuevo y tras él desaparecieron el estrado, el califa, el trono y sus parientes. Ordoño, estupefacto, se deshizo entonces en acciones de gracias y en reverencias y abandonó la sala andando hacia atrás.
En un departamento contiguo manifestó a todos que estaba deslumbrado y atónito por el majestuoso espectáculo de que había sido testigo. Su rostro y sus ojos inundados de lágrimas de emoción así lo confirmaban.
Luego fue conducido hasta la biblioteca, donde aguardaba el visir al-Mosafi. Cuando vio a lo lejos a este dignatario, Ordoño le hizo una profunda reverencia, queriendo también besarle la mano, pues se encontraba confundido y atolondrado. Pero el visir se lo impidió, y después de abrazarlo, lo hizo sentar a su lado y le manifestó que podía estar seguro de que el califa cumpliría sus promesas. Después se firmaron los tratados y los invitados recibieron los trajes de honor que el califa les regalaba. Saludaron al visir y a los eunucos reales con profundo respeto y volvieron al pórtico por donde entraron, encontrando allí un caballo soberbio y ricamente enjaezado, de las caballerizas de Alhaquen. El rey leonés montó y regresó con los veinte señores al palacio que les servía de morada. Allí les esperaba un fastuoso banquete con músicos, danzarinas y manjares exquisitos regados por los mejores vinos. Brindaron numerosas veces por el califa, por toda su gente y por todo Alándalus. No cabían en sí de gozo, y estaban conmovidos por una mezcla de sentimientos entre los que dominaba el orgullo, pues confiaban en que a su regreso podrían humillar a sus enemigos. Cuando Asbag y el juez Walid los dejaron, los leoneses estaban ya casi ebrios, cantando a voz en cuello sus rudas canciones montañesas.
Enterado el rey Sancho I de León de los acuerdos obtenidos por su primo Ordoño en Córdoba, cobró miedo, y él y el rey de Navarra, García I, se apresuraron a enviar al califa una embajada, cuyos miembros -condes de Galicia y Zamora y algunos prelados – fueron de su parte a reconocer a Alhaquen II como soberano y a prometerle la escrupulosa ejecución de las cláusulas del tratado que habían firmado con al-Nasir. Se vieron recibidos en idénticas condiciones que Ordoño y quedaron igualmente impresionados. La astuta maniobra de Alhaquen, siguiendo las formas aprendidas de su padre, surtió pleno efecto y los reyes del norte no volvieron a importunar por el momento.
Poco después tuvo lugar un feliz acontecimiento que llenó de alegría a toda Córdoba. Subh, la concubina vascona, le dio a Alhaquen un hijo al que el califa llamó Abderrahmen en memoria del gran al-Nasir, su abuelo.
A mediodía llegó un mensajero que presentó una carta con el sello del gran visir al-Mosafi. La presencia de Asbag era reclamada en Zahra. El obispo mozárabe rezó para que no se le encomendara otra misión como la anterior. Quería dedicarse únicamente al asunto de la peregrinación, que era lo que más le preocupaba en aquel momento.
Apenas llegó al palacio del visir, en la misma puerta salió a su encuentro al-Mosafi, vestido con su característica e insólita humildad; llevaba puesta una sencilla túnica de lana marrón y la parda gorra beréber. Sonrió cordialmente y abrazó y besó al obispo. Le echó un brazo por encima del hombro y le condujo hacia la salida oriental, la que comunicaba con el inmenso palacio del califa.
–Te agradezco que hayas venido tan pronto, Asbag al-Nabil -dijo el visir. Se le veía alegre y entusiasmado-. Te debo mucho y deseaba verte para decírtelo en persona. Pero hay alguien más importante que yo que también está satisfecho y lleno de agradecimiento por tus gestiones… Y quiere verte de inmediato.
–¿El Comendador de los Creyentes? – preguntó Asbag sorprendido-. ¿Se trata de él?
–Sí, querido amigo. El propio Alhaquen desea recibirte en privado cuanto antes. No le hagamos esperar.
Cruzaron los jardines, los patios, los corredores, las galerías, más jardines, los laberínticos pasillos… Llegaron a las cálidas e íntimas dependencias interiores, perfumadas y forradas con exquisitos tapices; y, como era de esperar, se encontraron allí con los dos eunucos principales, al-Nizami y Chawdar, rodeados de un enjambre de criados también eunucos.
El visir y el obispo fueron invitados a sentarse a la mesa que ocupaba el centro de un colorido madjlis, cuyas paredes y techo estaban cubiertos de infinitas estrellas relucientes de lapislázuli y pan de oro. Les sirvieron agua de rosas fresca y golosinas.
–El califa llegará enseguida -dijo Chawdar-; en cuanto termine su baño de la tarde. Ya ha sido avisado de vuestra presencia.
Los dos eunucos principales habían visto aumentar su poder últimamente. Ya no eran únicamente responsables del palacio con su servidumbre, del harén, del tiraz y de los halcones; además se repartían el mando de la guardia eslava acuartelada a las puertas del Alcázar y de toda la policía de Zahra. Asbag pudo darse cuenta de que, aunque el cargo de gran visir que ocupaba al-Mosafi suponía la más alta responsabilidad después de la del califa, el estatus particular de Chawdar y al-Nizami les situaba en una constante intimidad y convivencia con Alhaquen, por lo que eran dignos del mayor de los respetos.
Mientras aguardaban hablaron de múltiples asuntos y se apreció que los eunucos estaban al corriente de todo. Felicitaron también ellos a Asbag por sus gestiones con los cristianos y le transmitieron la satisfacción del califa. Pero era difícil sustraerse a la sensación de que cierta suspicacia latía siempre en el ánimo de aquel par de extraños eslavos. El obispo razonó que, en definitiva, aquellos hombres eran herencia de al-Nasir y participaban de la peculiar visión de las cosas del que fue su señor durante años; desconfiaban de los cristianos y de todo aquel que se acercara demasiado a la órbita privada del soberano, cuyo consejo y cuidado consideraban patrimonio exclusivamente propio. Por eso, era asimismo patente una tensión disimulada en su trato con el gran visir, pues sabían que era amigo sincero de su califa. De repente se descorrió la cortina y entró Alhaquen con su recién nacido en los brazos. Sonreía y estaba de un humor estupendo. Vestido con la sencilla futa blanca y con el tailasán de lino sin adornos, era el de siempre; el mismo príncipe que antes de acceder al trono pasaba días enteros en la biblioteca.
Al-Nizami se hizo cargo enseguida del bebé, y todos lo rodearon llenos de admiración. El califa saludó a cada uno como si se tratara de un familiar. Luego sacaron al recién nacido de la sala y se sentaron en torno a la mesa. Llovieron las felicitaciones y los parabienes.
Alhaquen entrelazó las manos y se las llevó al regazo, henchido de satisfacción.
–No puedo negarlo -dijo-, soy el hombre más feliz de la tierra. Dios me ha dado por medio de Subh lo último que me faltaba para estar colmado de sus dones. Aunque también debo mi alegría de hoy a mis inteligentes y eficientes colaboradores.
Asbag se topó entonces con la mirada agradecida de Alhaquen e inclinó la cabeza en señal de complacencia.
–Gracias -dijo el obispo-, sublime califa. Todo lo que hemos hecho por vos os lo merecéis sobradamente. Sois un hombre de bien que ama la justicia y la paz. Es bueno que los hombres se entiendan aunque pertenezcan a religiones diferentes. Es lo que Dios quiere, y Dios es uno. – Sí -respondió el califa-, quiero pensar que hemos hecho la voluntad de Dios, Es lo único que me mueve a la hora de gobernar sobre mis súbditos; hacerlo en nombre del Omnipotente. Pero… no me quedo totalmente tranquilo con la solución final de todo este asunto de los reinos cristianos. Le prometí al rey Ordoño que le restablecería en el trono de León frente a su primo Sancho; y ahora, como sabéis, he recibido embajadas de éste reconociendo los antiguos tratados y suplicando la paz. De ninguna manera nos interesa, pues, iniciar una guerra absurda por la simple rivalidad entre dos primos. Si Sancho se hubiera negado a nuestras pretensiones, indudablemente habría puesto mi ejército al servicio de Ordoño; pero ahora que todo está solucionado ¿qué puedo hacer con él? Le tengo aquí, en Córdoba, esperando a que yo cumpla lo que le prometí…
–Veo, sublime califa -respondió Asbag-, que sois justo a imagen del Altísimo y que sufrís deseando que la justicia triunfe sobre la iniquidad, y ello me hace amaros y admiraros aún más. ¡Que Dios os valga siempre! Cuando le prometisteis a Ordoño ayuda fue en otras circunstancias… Las cosas mudan; sólo Dios es inmutable… Ciertamente, si ahora cumplierais aquella promesa por pura fidelidad a vos mismo seríais el causante de muchos males. No creo que Dios quiera eso. Antes Sancho era vuestro enemigo, porque se negaba a cumplir lo que acordó con vuestro padre; pero ahora se aviene y desea la paz con vos prometiendo respetar todas las cláusulas de aquel contrato. Creo, sinceramente, que seríais más fiel a la voluntad de Dios si mantuvierais lo que un día firmó vuestro padre, puesto que nos debemos a la memoria de los muertos ¡Dios se apiade de ellos! Y, además, evitaréis una guerra cruel e injusta.
–¡Oh, qué sabio eres, amado obispo! – exclamó Alhaquen-. Lo que dices llena de tranquilidad mi alma. Pero, dime, ¿qué debo hacer con Ordoño?
–No hagáis nada -respondió Asbag-. Simplemente dejadlo aquí. Tratadle como a un rey, pues lo es; dadle hacienda, criados, cacerías, justas y diversiones. Córdoba es suficientemente maravillosa para impresionar a todos los rudos monarcas del norte. Haced como si se demorara la situación y, siendo feliz, se olvidará de esa absurda venganza. Y entre tanto os servirá; porque su primo se verá amenazado mientras su competidor esté aquí y no se le ocurrirá volver a molestaros.
Todos los ojos estaban dirigidos al obispo. Asbag sentía que los presentes aprobaban sus razonamientos, pero esperaban la reacción del califa. Éste se puso en pie y exclamó en un tono de sincera satisfacción:
–¡Vaya, obispo! ¡Cuánto me alegro de tenerte por consejero! Haré lo que dices.
–¡Y yo de tener un rey como vos! – respondió Asbag, conmovido.
–Bien -dijo Alhaquen-. Ha llegado el momento de las recompensas. Pídeme lo que desees.
Asbag se quedó pensativo.
–Dad limosnas en mi nombre, amado Comendador de los Creyentes -dijo al fin.
–Lo haré -dijo el califa-. En tu nombre y en el mío. Daremos limosnas para agradecer a Dios tantos beneficios. Pero pide algo para ti.
Asbag volvió a meditar. Luego pidió:
–Un templo; una nueva iglesia para Córdoba. Una iglesia en honor del mártir Pelayo.
–Sufragaré los gastos -dijo Alhaquen-. Y ahora pide algo para ti, insisto.
Una vez más el obispo meditó antes de responder.
–¡Una Biblia! – dijo al fin con alegría-. Una Biblia con ilustraciones, que salga de vuestros talleres para cada uno de los prelados de Alándalus. Y una de ellas para mí. ¡Que Dios premie vuestra magnanimidad, amado Alhaquen!
Asbag obtuvo enseguida cuanto había pedido. Aquélla fue la primera iglesia elevada por un rey musulmán. Las limosnas corrieron por Córdoba y Asbag se hizo popular entre los menesterosos. Y las Biblias se comenzaron a copiar con unas ilustraciones tan delicadas como no se habían visto antes en libro alguno.
Fueron tiempos de paz y felicidad para las comunidades de cristianos mozárabes. Todo lo anterior quedó olvidado.
Llegó entonces el momento de hacer la peregrinación a Santiago de Compostela. Se publicaron los favores del santo apóstol y se solicitaron las mandas de los peregrinos. Una gran expectación y un enorme entusiasmo se apoderaron de la comunidad. Asbag se sentía satisfecho y querido y ansiaba emprender el camino para agradecer los dones del Altísimo.
El agudo y largo chillido del halcón despertó a Abuámir. Se revolvió entre las sábanas y abrió los ojos. En mitad del arco lobulado de la ventana estaba el pájaro a contraluz, arreglándose las plumas con el pico. Era el viejo Bator, el más querido de los baharíes de su padre; tendría ya más de doce años y no cazaba. Su vida transcurría entre las torres y las almenas, como si se tratara de un espíritu del pasado. Desde que Abuámir había ocupado la alcoba de su padre, el halcón acudía cada mañana a la ventana para recibir su comida, como si el mismo Abdallah, su antiguo amo, estuviera aún vivo. Abuámir había asumido con gusto la obligación de alimentarlo.
Se levantó y abrió la jaula llena de pajarillos vivos que se encontraba en una taca contigua y que uno de los criados rellenaba cada vez que se vaciaba. Metió la mano y empuñó uno de los gorriones. Luego extendió el brazo y Bator saltó como un relámpago hasta la víctima, lo atrapó entre sus garras y lo transportó en una volada hasta el alféizar, donde se dedicó a desplumarlo sin prisas. Abuámir se sentó en la cama y contempló absorto el desayuno del halcón.
Cuando la rapaz terminó su banquete, paseó la mirada por la estancia como buscando algo. Luego alzó el vuelo y desapareció en un triste y cansino planeo. A la mente de Abuámir acudieron unos versos de Mutanabbi:
al halconero?
sobrevive al amante?
muerto su amada?
corazón que se ha quedado