GUILLERMO Y LA CARTA PETITORIA
Guillermo y los Proscritos hallábanse sentados en el viejo cobertizo considerando, aburridos, el eterno problema de la falta de dinero. Estaba empezando la temporada del «cricket», y todo lo que pudieron recoger como equipo, fue una rodillera y un palo sin mango. Seguro que el verano anterior tenían un equipo completo, pero todo parecía haberse desvanecido durante el invierno, como suele suceder con estas cosas.
—Teníamos un «bat» —decía Guillermo, indignado—. Sé que lo teníamos. No comprendo lo que puede haberle ocurrido.
—Lo cambiamos por una rueda de fuegos artificiales el día de Guy Fawkes —le recordó Pelirrojo—. ¿No te acuerdas?
—¡«Troncho»! —exclamó Guillermo con amargura—. ¡Mira que hacer «eso»! Debíamos estar locos. Mira que cambiar un «bat» de «cricket» por una birriosa rueda de fuegos artificiales… Y también teníamos rodilleras. Y apuesto a que no «las» cambiamos por nada.
—No, las usamos para jugar al «hockey» sobre hielo —dijo Pelirrojo—, y se rompieron todas.
—¿No creíais que teníamos más «sentido común»? —se lamentó Guillermo a quien aquellas diversiones invernales ahora le parecían muy lejanos y como pertenecientes a otro mundo—. ¡Jugar con cosas tan valiosas como las rodilleras del «cricket»…! ¿Y qué ha sido de la pelota?
—¿No te acuerdas? —intervino Enrique—. Montamos un tiro de cocos en la tapia del general Moult. Pusimos piedras para que hicieran de cocos y la pelota de «cricket» servía para tirar, y fue a parar entre sus pepinos y se la quedó.
—¡«Vaya»! —exclamó Guillermo agregando con gran amargura—. Si «nosotros» empezáramos a quedarnos con «sus» cosas, bonito escándalo armarían…
—En la tienda del pueblo venden un equipo completo por siete chelines y seis peniques —exclamó Pelirrojo—. Pelota, «bat» y todo. Lo vi en el escaparate.
—Valiente cosa para nosotros —replicó Guillermo—. No tenemos ni seis peniques…, ¿cómo vamos a tener siete chelines y seis peniques?
La situación económica de los Proscritos casualmente era muy baja, como siempre. Varios malentendidos domésticos habían dado como resultado la retención de su paga semanal, y últimamente habían realizado la compra poco ventajosa de una máquina de retratar de segunda mano, que había resultado ser por lo menos de décima mano, y que no tenía arreglo.
Tres peniques y medio era la suma total de sus recursos.
—¡Tres peniques y medio! —exclamó Guillermo—. Y no tenemos muchas probabilidades de conseguir más, perteneciendo todos a unas familias tan mezquinas.
—Apuesto a que somos los únicos que no tenemos equipo —dijo Pelirrojo contrariado—. Huberto Lane se ha comprado uno nuevo. Y se irá dando importancia por todo el pueblo…
—Es curioso en la forma que tienen los mayores de conseguir dinero siempre que lo necesitan —dijo Douglas—. Van al Banco y lo sacan. Ojalá fuera mayor, sólo que ellos no saben hacer nada interesante con el dinero cuando lo tienen. Vaya, incluso sé de uno que pagaba para aprender francés. ¡«Pagar» por aprender «francés»! ¡Troncho!
Los Proscritos guardaron silencio unos instantes impresionados por aquella muestra de imbecilidad de las personas mayores, y luego Guillermo dijo con firmeza:
—Bueno, no debemos estar parados, tenemos que hacer algo.
—Sí, pero ¿qué? —preguntó Pelirrojo con mucho acierto.
—¿Cómo hacen los mayores para conseguirlo? —dijo Douglas.
—Trabajando —replicó Guillermo—. Por lo menos ellos «dicen» que trabajan. A mí no me parece que sea trabajar lo que ellos cuentan. Estar sentado en una oficina, hablando por teléfono y yendo a comer con la gente… Me gustaría que trabajaran «de verdad» como nosotros. Apuesto a que yo preferiría telefonear e ir a comer con la gente como hacen ellos en vez de permanecer como un esclavo haciendo sumas, y recitando versos en francés hasta que mi cerebro se agota.
—No todos trabajan —intervino Douglas.
—No —repuso Guillermo—. Los duques tienen el dinero que les dejaron sus padres y los ladrones lo consiguen robando, pero nosotros no somos duques, y ya he intentado ser ladrón y no da resultado.
—Apuesto a que hay otros medios —insistió Douglas.
—¿Cuáles son? —le desafió Pelirrojo.
—Pues, no sé…, pero apuesto a que los hay.
—Yo trataré de averiguarlo —se ofreció Guillermo—. Apuesto a que debe haber otros medios, como dice Douglas. Todos los mayores no pueden conseguirlo siendo duques, ladrones, o trabajando.
Al ir a casa para merendar, se encontró con Roberto por casualidad. Tan abstraído estaba Roberto en sus propios pensamientos que ni siquiera se percató de la presencia de Guillermo. Iba por la carretera con los ojos fijos en la lejanía, y una sonrisa fatua en los labios. Guillermo le miró con aire calculador. Claro que la situación económica de Roberto no era ningún misterio. Como alumno de un colegio universitario, cuyos cursos le parecían a Guillermo terriblemente cortos comparados con los de su escuela, y vivía precariamente con una asignación que a Guillermo le parecía espléndida. Siempre que Guillermo pensaba en eso sentía lástima y envidia a la vez. Todo aquel dinero… la mayor parte del cual lo gastaba en cosas inútiles y vanas como calcetines, corbatas, cigarrillos, e incluso… lo más terrible de todo… en libros de texto. Pero por el momento Guillermo no se interesaba por Roberto. Sabía que Roberto acababa de hacer amistad con ciertas personas que habían ido a vivir a Little Steedham, un pueblo situado a unos cinco kilómetros, y que estaba procurando cimentar con gran celo dicha amistad. Naturalmente que en la nueva familia había una joven, ya que Roberto era muy susceptible y cualquier recién llegada… si era joven y del sexo femenino… era seguro que durante algún tiempo iba a ser la única mujer a quien Roberto amara jamás. Guillermo no había prestado atención a este último noviazgo, que no iba a ser distinto de los otros. Cierto que en los amores de Roberto había cierta monotonía. Comenzaban repentinamente, llegaban de pronto a su punto culminante, y terminaban inevitablemente cuando el atractivo de la novedad desaparecía. Roberto caía entonces en la cuenta de que el objeto de su afecto era… como todas las de su sexo… irritable, quisquillosa, egoísta, y ni la mitad de bonita de lo que él creyó al principio. Guillermo preguntóse si valdría la pena investigar este nuevo asunto y decidió que no. Ahora lo que buscaba era dinero, y Roberto, cuando andaba enredado en asuntos del corazón, era aún, si eso fuera posible, más «agarrado» que cuando se encontraba libre.
Por consiguiente, apartando a Roberto de su mente, Guillermo siguió caminando despacio hacia su casa, absorto en el apremiante problema económico. ¿De dónde iba a salir el dinero para el equipo de «cricket» sin el cual el nombre de los Proscritos se arrastraría por el lodo durante todo el verano?
Era sábado, y el padre de Guillermo estaba en casa para tomar el té. Había también algunas otras personas, entre ellas un amigo de su padre llamado señor Peters. Guillermo se sentó en su sitio y distraído comenzó a escuchar la conversación.
—¿Vio usted ese artículo en el periódico de ayer sobre las cartas petitorias? —estaba diciendo el señor Peters—. Decía que la gente hace fortuna con ellas. Daba varios ejemplos… un hombre que tenía dos jardineros y un «Rolls Royce» por hacerse pasar por un ex marinero mutilado, y otro hombre que había estado ganando tres mil dólares al año durante años. Tenía una oficina y empleados para su negocio. Ya lo creo que es todo un negocio… Es curioso, esta mañana he recibido una de esas cartas. Creo que la tengo aquí. —Y sacando su cartera, extrajo la carta y se la tendió al señor Brown—. Si no lo supiera usted se le desgarraría el corazón, ¿no es verdad? Pero es evidente que se trata de un profesional.
El señor Brown leyó la carta.
—Sí, es casi espeluznante —comentó.
—Claro que es todo un arte —dijo el señor Peters—. Mucho patetismo, aunque no demasiado, ya sabe, y demás… No, no quiero que me la devuelta, gracias —exclamó cuando el señor Brown se la entregaba.
El señor Brown la dejó cuidadosamente sobre el escritorio.
—Supongo que como en todas las cosas la práctica hace maestros. Es probable que si esa carta fuese enviada a la persona adecuada haría blanco una o dos veces.
—¿Y cómo encuentran a quién dirigirlas? —preguntó la señora Brown.
—En las listas de los clubs —repuso el señor Peters—, y en las de donantes de obras de caridad.
Y creo que los que trabajan en gran escala usan la guía telefónica.
Entonces la conversación se desvió por otros derroteros, y poco después los invitados se despedían. Guillermo había escuchado emocionado. Él tuvo razón. «Había» otro medio de hacer dinero. Cartas petitorias. ¡Tres mil al año! ¡«Troncho»! Bueno, él no podía esperar tanto como eso, pero con un poco de suerte conseguiría lo bastante para comprar un nuevo equipo de «cricket». Volvió al comedor, y viendo la carta todavía encima del escritorio, la guardó en su bolsillo para llevarla a su dormitorio. Allí la leyó despacio y con toda atención. Ciertamente era muy buena. Casi le hizo llorar.
Al día siguiente, la señora Brown, siempre optimista a este respecto, comentaba con su esposo lo mucho que había mejorado últimamente el comportamiento de Guillermo.
—Ayer, durante el té, no dijo ni una palabra —comentó—. Estuvo sentadito muy callado escuchando atentamente, y en toda la tarde no hizo el menor ruido.
Guillermo estuvo arriba, en su habitación, componiendo su primera carta petitoria.
Guillermo estuvo componiendo su primera carta petitoria.
QUERIDO SEÑOR:
Soy un povre ombre sin travajo con dieciocho higos que están todos muy enfermos. Mi mujer está muy enferma. Yo estoy muy enfermo. Mi padre y mi madre están muy enfermos. Si usted no nos envía algún dinero nos moriremos todos. Además de estar sin travajo y muy enfermo, soy sordo y mudo. Todos mis hijos son sordos y mudos. Mi muger es sorda y muda. Mi padre y mi madre son sordos y mudos. Por fabor enbienos mucho dinero para que nos curemos todos. Es muy caro que le curen a uno de ser sordo y mudo.
Suyo afetisimo,
Guillermo Brown
En conjunto estaba satisfecho de su carta, pero tenía que admitir que le faltaba algo de lo que contenía el original… cierta sugerencia de saber sufrir sus penas valerosa y casi alegremente. En su intento por conseguirlo, agregó:
P. D. No me importa ser sordo y mudo.
Pero luego lo tachó comprendiendo que aquello neutralizaba la fuerza de su súplica. La volvió a leer frunciendo el ceño con aire crítico. No, no era muy satisfactoria comparada con la original. Y no era sólo por lo que había escrito, sino la propia escritura. La del original era fina, temblorosa, terriblemente patética. La letra de Guillermo, aunque muy irregular, era vigorosa y de trazo fuerte, y en conjunto le faltaba aquella sensación de patetismo tan inteligentemente lograda en la otra. Trataría de copiar el original, alterándolo tan sólo aquí y allí para hacerla distinta. Entonces se le ocurrió una idea mejor. Copiaría el original tal como estaba sin cambiar nada. Y a continuación tuvo otra idea aún mejor que por un momento le dejó sin respiración. Ni siquiera tenía necesidad de copiar el original. Lo utilizaría tal como estaba. Cortaría la parte de arriba donde estaba la dirección y la de abajo donde aparecía la firma, y aún iba a quedarle espacio para su propia dirección y firma. Tenía los dedos cubiertos de tinta hasta los nudillos, pero se las compuso para escribir su nombre y dirección sin más borrones, y por fin se echó hacia atrás con la lengua fuera, y los cabellos de punta, para examinar el resultado con satisfacción. Era excelente. Le faltaba encontrar una dirección a la que enviarla. «Listas de Clubs, y listas de donantes para obras de caridad, —había dicho el señor Peters, pero Guillermo no tenía acceso a tales listas—. Los que trabajan en gran escala utilizan la guía telefónica», había agregado. Pero, claro, él no trabajaba en gran escala (todavía), aunque esperaba hacerlo algún día, pero no había razón alguna para que no pudiera utilizar la guía telefónica. Bajó la escalera con cautela. No vio a nadie. La guía telefónica estaba en la galería donde ahora estaban sus padres, pero encima de la mesita del recibidor había una libretita donde la familia anotaba los nombres y números de teléfono. Aquello podría servirle igualmente… Mirando a su alrededor para asegurarse de no ser visto, Guillermo abrió la libreta y fue volviendo sus páginas. Había muchos nombres y números de teléfono, pero pocas direcciones. Sin embargo, la última que habían anotado parecía prometedora. La letra era de Roberto. «Teniente Coronel M. H. Pomeroy. Villa Deepstone, Little Steedham». Aquel nombre daba la sensación de unos medios económicos desahogados para poder satisfacer las peticiones de los escritores de cartas suplicantes, y la dirección estaba a buena distancia…, en un pueblo situado a cinco kilómetros de allí, donde Guillermo, por fortuna, era poco conocido. Fue al piso de arriba y escribió la dirección en el sobre con todo cuidado. El sello le llevó casi la mitad de su capital disponible, pero con él esperaba recoger una espléndida cosecha.
* * *
Roberto, sentado ante la bien servida mesa, miraba intranquilo a su anfitrión. El teniente coronel retirado, M. H. Pomeroy, no era un hombre que dejara tranquilo a un invitado nervioso. Recordaba exactamente a esas caricaturas de militares retirados que tan a menudo aparecen en las comedias musicales, con la diferencia de que mientras les separaron las candilejas le pareció divertido, pero visto tan de cerca resultaba aterrador. El teniente coronel Pomeroy era muy corpulento, muy colorado, y muy impresionante en todos sentidos. Su voz normal era un rugido devastador, y su mirada más indiferente, feroz. Además, el ambiente de aquella casa le resultaba a Roberto tan opresivo como el mismo Coronel. Había un mayordomo, un ayuda de cámara y un chófer…, seres a quienes Roberto clasificaba mentalmente de «criados». Roberto había sido educado en un ambiente doméstico sencillo, donde el servicio se reducía a la cocinera, la camarera, y la mujer de hacer faenas, donde sólo de vez en cuando aparecía un lampista o el inspector del gas. El mayordomo del teniente coronel podía imitar todos los ruidos de una granja casi tan bien como un profesional, pero cuyos modales en público eran impresionantes y hacían que Roberto le creyera capaz de ver a través de su traje, una sencilla ropa interior. Cuando vio a Philippa por primera vez no supo adivinar que perteneciera a aquel ambiente. Era tan franca y sencilla, y alegre, que dio por hecho que pertenecería, como él, a la clase de cocinera-camarera. Se conocieron en el club de tenis y se llevaban muy bien. Incluso habían ido juntos a pasear por el río. Luego ella le había invitado a cenar y él se encontró con… aquello.
—No tengas miedo de papá —le había dicho ella—. Es un poco serio, pero no es malo.
«Serio», pensaba ahora Roberto que era una definición muy pobre. ¿Serio? Aquel hombre era positivamente desagradable…
—¿Caza usted mucho? —le preguntó fijando en Roberto su mirada feroz.
—Er… no mucho —dijo Roberto introduciendo un dedo por entre el cuello de su camisa.
Después de esto se le permitió charlar unos momentos maravillosos con Philippa. Pero muy pocos.
—¿Tira usted? —sugirió su anfitrión.
—Er… no mucho —tartamudeó Roberto cuya experiencia en el tiro se reducía a unas pocas prácticas en su colegio.
De nuevo tuvo unos momentos de respiro antes de que la tortura volviera a empezar.
—¿Tuvieron muchos pájaros el año pasado en su finca? —ladró el coronel.
Roberto reflexionó. En realidad los principales pájaros que habitaban en el jardín de los Brown eran gorriones, pero al cruzarse su mirada con la del «criado» que estaba sirviendo la ensalada, decidió dejar que la bandeja siguiera ondeando.
—No tantos como de costumbre —dijo con una sonrisa fija y forzada.
—¿Cazan faisanes al ojeo?
—Al «ojeo» no —dijo Roberto dando a entender que empleaban mejores métodos.
—¿Perdices?
La mirada de Roberto se iba haciendo cada vez más vidriosa a medida que se hundía en el abismo.
—No muchas… este año.
—Un… ¿Cuántos acres tiene su finca?
—Oh… es muy pequeña —dijo Roberto.
Tenía la garganta seca, sentía frío y calor al mismo tiempo, pero por lo menos estaba saliendo airoso de aquella situación.
Después de esto le permitieron volver a hablar en paz con Philippa. El teniente coronel Pomeroy le observaba de cerca. El teniente coronel Pomeroy era un hombre que se preciaba de seguir las viejas tradiciones. La gente de hoy en día se comporta de cualquier manera, no les importa lo que hacen, ni a quienes conocen, y eso el coronel no lo aprobaba. Por ejemplo, a Philippa no parecía importarle lo que hacía ni a quienes conocía. Una de las razones por las cuales el coronel había venido de Londres, era porque Philippa estaba haciendo demasiadas amistades francamente en desacuerdo con los principios del coronel. Toms, Dicks, y Harrys. Con tupé y corbata de lazo. Jóvenes de los que nadie había oído hablar. Jóvenes que no conocían a ninguna de las amistades del coronel… ni siquiera lo deseaban. Philippa parecía escogerlos en las fiestas. En el campo no se daban fiestas. Ni había jóvenes que vendieran automóviles a comisión o que se alquilaran como pareja de baile. En el campo tendría que conocer a gente «como es debido». Él trató de asegurarse de que así fuese, pero incluso allí Philippa parecía tener el arte de conocer gente sin sangre azul. Daba la sensación de que los sacaba de los setos. Gentes de las que nunca había oído hablar. Gentes de cuyas familias jamás oyó hablar… Por ejemplo, aquel joven que había llevado a cenar aquella noche. Su aspecto no estaba mal, hablaba bien, pero hoy en día no puede asegurarse nada. Tenía que hacer averiguaciones. Aunque la experiencia le había enseñado que cuando él terminase de hacerlas, ella ya saldría con otro.
—¿Hace mucho tiempo que vive aquí? —le preguntó de pronto a Roberto.
—Pues… sí. Toda mi vida —repuso Roberto nervioso.
—¿Y no resulta difícil encontrar un buen servicio cuando el mismo, ha de actuar en un lugar tan lejos de la ciudad?
La mirada glacial volvió a los ojos de Roberto mientras tartamudeaba:
—Pues… no… sí… no…
—Oh, bueno —dijo el coronel indulgente—. Supongo que esas cosas no le atañen… Serán sus padres los que se ocupen de eso… Los mayordomos, por ejemplo. Hoy en día me cuesta muchísimo encontrar un mayordomo de confianza. ¿No les ocurre igual a sus padres?
Roberto se puso como la grana y se atragantó con un bocado de «soufflé».
Philippa le observaba divertida y con afecto. Hacía tanto tiempo que no conocía a un joven tímido: Su último acompañante había sido mundano y excesivamente cínico, y Roberto resultaba un cambio reconfortante. Sus ojos que seguían todos sus movimientos con profunda adoración le parecieron irresistibles después de la sonrisa de superioridad del otro. Su tartamudeo al decir: «¿Me concedes el honor…?» cuando la invitaba a bailar era música para sus oídos acostumbrados al: «No me importa darte un par de vueltas». Claro que eso también le pareció música en su tiempo, pero la variación es la verdadera esencia de la vida…
Tomaron el café en la biblioteca, y Roberto abrió su alma a Philippa feliz al ver que el coronel dormitaba en su butaca. La conversación versó principalmente sobre ellos mismos. Cada uno disertó destacando las buenas cualidades del otro, y describiendo las virtudes que les atrajeron desde el principio.
—Eres tan fuerte —decía Philippa—. Tan fuerte y, sin embargo, tan sencillo.
Roberto no estaba seguro de que lo último fuera un cumplido, pero se apresuró a devolverle la pelota.
—En el primer instante en que te vi, me dije: «Es la chica más preciosa que he visto en mi vida».
—¿De veras? —preguntó Philippa cuyo apetito por esta clase de cosas era el mismo de una mona por los cacahuetes—. No creo que sea tan bonita, después de todo. Mis ojos —dijo para atraer su atención hacia su mayor atractivo—, son bien vulgares.
—¿Vulgares? —repitió Roberto asombrado por la modestia de la muchacha—. Vaya, si son maravillosos. Realmente maravillosos. Dejan tamañitos a todos los de las estrellas de cine.
—¿De veras lo crees así? —dijo Philippa—. Algunas personas me han dicho que me parezco bastante a Joan Crawford.
—Tú eres dos veces más bonita —replicó Roberto, y considerándolo aún poco adecuado, agregó—: Tres veces.
—Tus reveses son perfectos —le dijo Philippa sabiendo por experiencia que de vez en cuando hay que arrojar algún cacahuete al donante de cacahuetes, o el intercambio languidece.
—Oh, no lo sé —replicó Roberto mostrándose modesto a su vez—. Tú juegas maravillosamente de bolea.
Fue en aquel momento cuando entró el criado con el correo de la tarde y Roberto, se enderezó en su asiento ajustándose la corbata. El coronel se despertó y dijo: «Sí, sí, exactamente», para demostrar que no estaba dormido, y cogió la carta de la bandeja de plata. El criado se retiró. El coronel miró el sobre, frunciendo el ceño, gruñó, se ajustó el monóculo y se dispuso a abrirlo. Roberto y Philippa volvieron a la contemplación de sus mutuos encantos.
—Bailas el Lambeth Walk —le dijo ella—, mucho mejor que nadie.
—¿De veras? —replicó Roberto con una sonrisa agradecida—. Supongo que es porque lo bailo contigo. Por lo general soy muy mal bailarín, pero tú… haces brotar lo mejor de cualquiera.
El «¿de veras?» de Philippa murió en sus labios, pues el coronel se había sonrojado y lanzó un rugido tal que hasta temblaron los cuadros de las paredes.
—¿Qué ocurre, padre? —le dijo Philippa contrariada.
Deseaba oír mucho más de cómo ella hacía brotar lo mejor de cualquiera. El joven mundano y cínico no le descubrió nunca aquel aspecto de su carácter. Ni siquiera ella lo sospechó hasta ahora…
El coronel cuyo color era ahora púrpura blandía la carta en una mano que temblaba de coraje.
—¡Qué audacia! —gritó—. ¡Vive sólo a cinco kilómetros de aquí y tiene la frescura de enviarme una de estas miserables cartas petitorias! ¡Conozco a esta especie! El otro día leí un artículo sobre esto en el periódico. Escribe un par de miles a la vez y saca los nombres y direcciones de la guía telefónica. En la ciudad tiene montada una oficina. Aunque conmigo ha cometido un error. No se ha dado cuenta de que estaba tan cerca. Cielos, le voy a escarmentar de verdad.
Philippa le escuchaba con indiferencia pues estaba acostumbrada a las exposiciones del coronel. El expresar una opinión por parte de cualquiera que difiriese en el grado más ínfimo de la suya ocasionaba una detonación que podía oírse en varios kilómetros a la redonda.
Philippa volvióse hacia Roberto fijando en él sus ojos azules.
—¿Quieres decir que sólo bailando hago brotar lo mejor de cualquiera? —le dijo—, o en otros aspectos también.
—Oh, en otros también —repuso Roberto, pero habló nervioso y con un ojo puesto en el coronel que seguía murmurando:
—Ya le enseñaré yo… Ya le enseñaré…
Roberto no estaba acostumbrado a las explosiones del Coronel, y sintió que el ambiente se había estropeado. De todas formas ya era hora de volver a casa. Se puso en pie.
—Bueno, si me disculpan —comenzó a decir tímidamente ya que todavía no había vencido la terrible incertidumbre de los jóvenes respecto a cómo despedirse. El coronel le miró como si se diera cuenta de su presencia después de un largo intervalo. El nuevo acompañante de Philippa. Que había estado cenando con ellos. Un poco tímido, pero en conjunto mucho mejor que el último. Debía averiguar más cosas respecto a él, a su familia, etc. Lo mejor era empezar ahora.
—Vamos a ver —dijo—. ¿Cómo se llama su finca?
Roberto le dio su dirección, y el efecto fue aterrador. El rostro del coronel se puso casi negro, y por un momento se quedó sin habla luchando a todas luces por alguna emoción sobrecogedora. Cuando pudo hablar sólo pronunció dos palabras que tuvieron el efecto de un tornado, un terremoto y una bomba explosiva.
—¡Condenado tunante!
—¡Padre! —exclamó Philippa.
—¡Condenado tunante!
Roberto sentía sobre sus espaldas el peso abrumador de la culpa. No le cabía duda del significado del enojo del coronel. En realidad las palabras del coronel resonaban en su conciencia. Claro, el coronel conocía la casa, y sabía que sus habitantes ni cavaban ni practicaban el tiro en la verdadera acepción, de su significado, y que los pájaros que normalmente volaban por el jardín eran gorriones, jilgueros, y con mucha suerte, algún que otro pájaro carpintero. Había adivinado todas sus pretensiones miserables, y estaba terriblemente enfurecido.
—Lo… lo siento —murmuró Roberto con el rostro sonrojado por la violencia—. Yo… yo… yo, no comprendí…
—Eso me parece —rugió el coronel—. Yo también creo que no entendió… ¡Fuera de esta casa al instante!
—¡Papá! —volvió a exclamar Philippa y luego se acercó a Roberto para animarle—. Defiéndete, Roberto.
Pero Roberto no estaba dispuesto a defenderse. Con la cabeza gacha, los hombros hundidos, y con todo el aspecto de Culpable en un grupo alegórico, siguió la dirección del dedo acusador y no se detuvo hasta verse en la carretera fuera de la hacienda del Coronel.
Allí se quedó inmóvil, aspiró el aire con fuerza, y se dispuso a considerar la situación. La mejor solución del problema le parecía la muerte instantánea, pero a pesar de la tensión emocional que le estaba oprimiendo, se sentía físicamente sano. Una lástima, porque la imagen del coronel y Philippa le movía a contrición. (Probablemente Philippa compartiría ahora el furor de su padre). Sin embargo, como no era cosa de esperar que le trasladaran repentinamente, lo mejor que podía hacer por el momento era alejarse lo más posible del escenario de su humillación. Y a tal efecto hizo algunas tentativas aquella misma noche.
—Yo creía que te gustaría cambiar de ambiente, papá —dijo casualmente cuando el señor Brown acababa de acomodarse con su pipa y su periódico.
—¿Qué quieres decir con eso de cambiar de ambiente? —dijo el señor Brown en un tono que no le animaba precisamente a discutir la cuestión.
—Yo creía que te habría gustado el… el… el vivir en otro sitio —repuso Roberto—. Para… bueno… sólo para cambiar de escenario. Yo creo… que es beneficioso cambiar de escenario. Siempre hemos vivido aquí que yo recuerde. Ya sabes, así se conoce gente nueva. Yo creo que uno se cansa de tratar la misma gente año tras año.
—Si es que te has metido en algún lío, hijo mío, será mejor que me lo digas sin andarte con rodeos —dijo el señor Brown desviando su atención de la página de las finanzas.
—Claro que no —se apresuró a responder Roberto—. Nada de eso…
—Entonces deja de decir tonterías —replicó el señor Brown volviendo a su periódico.
Roberto salió de la habitación. Era extraordinario, pensó, amargamente, todo el mundo parecía despreciarle… Guillermo estaba en el recibidor con su batín, pues acababa de bajar del piso de arriba.
—¿Qué estás haciendo aquí? —le gritó Roberto satisfecho de poder descargar su enojo con alguien.
—Ver si me ha llegado una carta —contestó Guillermo examinando el buzón—. Estoy esperando una carta muy importante.
—¡Tú! —se burló Roberto descargando algo del resentimiento de que estaba invadido su ánimo—. ¿Quién crees que te va a escribir? Ni siquiera los lunáticos de los manicomios están tan locos.
—Muy bien —exclamó Guillermo borrando mentalmente a Roberto de la lista de los que beneficiaría con su generosidad cuando fuese un escritor establecido de cartas petitorias—. Está bien. Espero que de todas maneras llegue mañana. Y te sorprendería mucho saber de qué se trata —agregó, misterioso.
—Sí, ¿verdad? —dijo Roberto con sarcasmo, sin soñar ni remotamente lo mucho que habría de sorprenderse en tal caso.
A la tarde siguiente Roberto tenía que jugar en el campeonato de tenis del club, y su primer impulso, después de una noche durante la cual el coronel le había perseguido incansable de un sueño a otro, con diversos disfraces horribles, fue telefonear al secretario y decirle que se había distendido un músculo y que no podía jugar. Philippa estaría allí, claro y por nada del mundo quería volver a enfrentarse con ella. Veía el resto de su vida como una interminable serie de maniobras para evitar el encontrarse con Philippa frente a frente. Deseaba que su padre hubiera demostrado mayor simpatía acerca de su plan de trasladar a toda la familia a algún lugar remoto. Después de un espléndido desayuno a base de huevos «pochés» y salchichas, sintió renacer algo de su valor. No deseaba perderse el campeonato, y aunque Philippa estuviese allí no necesitaba hablarle (aunque no necesitaba preocuparse por eso, pensó con amargura. Después de lo de la última noche no le daría oportunidad de dirigirle la palabra). Si la veía en un extremo de la estancia, él se iría al otro, y en paz. E incluso, aunque le tocase jugar con ella, no era preciso que se hicieran el menor caso. Al fin y al cabo, no podía pasarse el resto de sus días inventando excusas de músculos distendidos para evitar su encuentro… Sería mejor hacer frente al mal trago.
Después de desayunar volvió a encontrar a Guillermo en el recibidor.
—¿Todavía esperas la carta? —le dijo con regocijo.
—Sí —replicó Guillermo muy serio—, y es seguro que llegará hoy. Te apuesto lo que quieras a que llega hoy.
El campeonato de tenis resultó mejor de lo que esperaba. Se las compuso para esquivar a Philippa, y considerando la tensión nerviosa que le oprimía, no jugó del todo mal. Al terminar, aguardó cinco minutos para asegurarse de que Philippa se había marchado, y luego emprendió el camino a su casa. Pero con desmayo y alegría al mismo tiempo, la encontró esperándole fuera en su pequeño automóvil deportivo de color verde, para acompañarle como de costumbre. Roberto enrojeció violentamente, y tras una breve vacilación aceptó cuando ella le abría la portezuela para que subiera. Durante unos minutos condujo en silencio. Philippa no tenía la menor duda de que Roberto… o por lo menos su padre… sacaba buenos beneficios de las cartas petitorias. En realidad era un delincuente, y el saberlo la llenaba de excitación. Hasta entonces jamás conoció a un delincuente. La situación tenía todo el encanto de la novedad, con una espléndida pincelada de aventura. Se hizo el propósito de reformarle… ¿Acaso no le había dicho el propio Roberto que ella era capaz de hacer brotar lo mejor de cada uno? Claro que él se refería al Lambeth Walk, pero puso de relieve que su observación tenía un sentido más amplio.
—Roberto —le dijo esquivando por un pelo un camión en un recodo de la carretera (su estilo conduciendo era de la escuela «pasa o pega»). ¿Cómo has «podido»?
Roberto volvió a sentirse sobrecogido por la vergüenza.
—Yo… yo, de verdad, lo siento muchísimo —tartamudeó.
—Supongo que te olvidaste de que nuestra casa está a sólo cinco kilómetros.
—Sí… —convino Roberto.
No podía por menos de pensar que ella lo tomaba muy bien. Al fin y al cabo, él no dijo exactamente que cazara faisanes ni que practicara el tiro. Pero desde el principio se había dado cuenta de que se trataba de una muchacha noble y espíritu elevado…
De nuevo permaneció silenciosa unos instantes mientras un ciclista buscaba refugio en la cuneta. Luego dijo:
—¿Dónde está la oficina de tu padre?
Roberto se lo dijo contento al poder cambiar de tema.
—¿Tú no trabajas todavía con él, verdad? —le dijo Philippa con interés.
—Aún no —replicó Roberto—. Iré allí cuando deje el colegio.
—No lo hagas, Roberto —le imploró ella—. «¡No lo hagas!».
A Roberto comenzó a darle vueltas la cabeza al oír aquello, pero ya estaba familiarizado con la situación tan frecuente en las comedias y en las novelas del hijo dotado con alma de artista que se ve obligado a trabajar en la oficina de su padre contra su voluntad. Aunque en realidad no era ese su caso, comprendió que era romántico y no quiso desperdiciar ningún detalle que pudiera conservarle el afecto de Philippa después del desdichado episodio de la noche anterior.
—Bueno… —contestó—. No veo que pueda hacer otra cosa.
—«Seguro» que sí —exclamó ella.
Roberto no pudo por menos de sentirse halagado por su interés.
—Yo… yo una vez escribí un verso —admitió inseguro.
—Eso está bien —dijo Philippa—. Cualquier cosa es mejor que…
—No creo que ganase dinero con eso —objetó Roberto—, y el negocio de mi padre produce una renta muy aceptable.
Philippa se encogió de hombros.
—Pero es tan «innoble» —exclamó.
—Pues, no sé… —dijo Roberto sintiendo que algo comenzaba a revelarse en su interior. Al fin y al cabo, aunque no pudieran tener criados y no tuvieran en su casa otros pájaros que gorriones, «innoble» era un poco fuerte—. No sé… —volvió a decir indeciso.
Pero habían llegado ya al sendero que conducía a la casa de Roberto y ella detuvo el coche para que se apeara.
—Pase lo que pase, Roberto —le dijo misteriosa al despedirse de él—, verás que yo soy tu amiga.
Roberto permaneció con la boca abierta mientras el automóvil se alejaba, y recordando la conversación le pareció la más extraña que sostuviera en su vida…
Philippa regresó a su casa perseguida por los insultos de un ciclista, dos transeúntes, y un automóvil, a los que no atropelló por milagro. Pues Philippa tenía una idea en su cabeza. Aún le faltaba discurrir los detalles, pero la idea era perfecta. Desde el principio le disgustó el plan de su padre de poner el caso en manos de la policía. Aquello era una crueldad y le faltaba pincelada humana, Philippa tenía un fondo romántico que ni siquiera el joven mundano y cínico pudo matar. Le gustaban las películas y las novelas románticas. No le importaba que fuesen inverosímiles, con tal que fuesen románticas… Y había leído una novela que le impresionó profundamente.
Un detective descubrió la pista de una banda de criminales. El jefe de la banda había puesto un anuncio en clave en un periódico diciendo a sus hombres que se reunieran en cierto lugar y a una hora determinada, y el detective que había descubierto la clave, envió esta contestación: «Allí estaré», y firmó con su propio nombre que todos conocían. Fue una acción astuta y osada. Les daba a entender que estaba sobre su pista, obligándoles a variar sus planes. Fue una especie de desafío. No importaba haberles descubierto su ventaja porque era uno de esos detectives que vencen siempre. La idea de Philippa era hacer algo parecido con el padre de Roberto, quien evidentemente era el responsable de la carta petitoria… algo que le advirtiera de que ella lo sabía todo… y que le hiciera alterar sus planes… Por lo menos podría detener el asunto hasta que tuviera oportunidad de reformar a Roberto. Por la conversación sostenida aquel mismo día era evidente que aún no se había lanzado de pleno a la vida delincuente… Pero lo difícil eran los detalles. Por ejemplo, no había ninguna clave… Y entonces se le ocurrió todo con claridad. Ella escribiría una carta al señor Brown, y dicha carta sería una imitación palpable de la suya, y luego la firmaría con el nombre de su padre, que no era precisamente un detective de Scotland Yard, pero sí bien conocido como mantenedor de la ley y el orden. Su sólo nombre sembraría el terror entre los malhechores. Así demostraría al señor Brown, que un hombre que ocupaba un alto cargo en el Departamento de Guerra, y que había sido Juez de Paz en tres condados, estaban sobre su pista.
Por suerte su padre no estaba en casa cuando ella llegó, y encontró la carta del señor Brown encima de la mesa. La copió… variando sólo la dolencia parecida por el supuesto indigente… y luego la firmó con el nombre de su padre dirigiéndola a la oficina del señor Brown.
* * *
—¿Estás «segura» de que no hay ninguna carta para mí? —le preguntó a su madre.
—Claro que sí, querido —le respondió su madre con paciencia—. Ya te he dicho que no hay ninguna.
¿Quién esperas que te escriba? No es tu cumpleaños ni nada.
—Yo creo que no puede haber nadie tan mezquino que no dé un poco de dinero a un pobre hombre sin piernas y nada que comer, ¿verdad? —prosiguió con amargura.
—No, querido, pero ¿qué tiene eso que ver contigo? —dijo la señora Brown, al no poder explicarse la causa.
—Nada —se apresuró a decirle Guillermo comprendiendo que lo mejor era hablar lo menos posible de la carta—. Nada. Sólo pensaba que eso es una mezquindad, nada más. Por lo que a él le importa el pobre hombre ahora ya muerto de hambre.
—¿Por lo que a él le importa? —preguntó la intrigada señora Brown—. ¿Qué pobre hombre? ¿De qué estás hablando, Guillermo?
—De nada —replicó Guillermo—. Sólo estaba pensando que la gente es muy mezquina, nada más. Apuesto a que si yo tuviera muchísimo dinero y supiera que hay un hombre pobre, sin piernas, y que se está muriendo de hambre, le enviaría un par de chelines. Bueno, realmente, le enviaría siete chelines y seis peniques.
Pero la señora Brown tenía otras cosas que hacer que preocuparse por las misteriosas declaraciones de Guillermo.
—Estoy segura de ello, querido —le dijo distraída—. Vamos, no dejes esas canicas en el suelo. Pronto llegará tu padre y ya sabes que no le gusta ver tus cosas por en medio.
—Mamá —dijo Guillermo despacio mientras guardaba las canicas en su bolsillo—, si tú conocieras a un pobre hombre sin piernas y muriéndose de hambre le darías algo de dinero, ¿verdad?
—Claro, querido —repuso la señora Brown, y mirándole con aire crítico agregó—: ¡Qué de prisa te crece el cabello! Será mejor que mañana te lleve a Hadley para que te lo corten.
—Mamá —dijo Guillermo—, si tú me das el dinero para ese pobre… yo… yo se lo daría a él.
—No digas tonterías, querido —replicó la señora Brown sin alterarse—. Si existiera ese hombre estaría en alguna especie de asilo. Te dejas llevar de tu imaginación… Hace muy poco tiempo que te lo cortaron. No estaría tan mal si te acordaras de cepillarlo de vez en cuando.
—¿Me darías el dinero que le das al barbero por cortarlo si me lo cortara yo? —preguntó Guillermo sin grandes esperanzas—. Apuesto a que puedo hacerlo tan bien como él. Y te ahorrarías dinero porque no tendrías que pagar los billetes del autobús hasta Hadley.
—Vamos, Guillermo, no seas tonto —dijo la señora Brown—. Claro que no haré nada de eso.
Guillermo suspiró. Era evidente que su carta petitoria no tenía contestación, y se decidió a probar la súplica directa.
—¿Querrías darme siete chelines y seis peniques para un nuevo equipo de «cricket», mamá? —le preguntó—. No tengo, y probablemente me pondré enfermo si no hago bastante ejercicio por no tenerlo.
—No, Guillermo no quiero —dijo la señora Brown con firmeza—. Ya sabes que tu padre dijo que no tendrías más dinero hasta que hubieras pagado del todo el cristal de la ventana del cuarto de baño.
Guillermo había estado jugando al «golf» encima del césped la semana anterior, con un bastón y una patata y por un desdichado error de puntería había lanzado la patata contra el cristal de la ventana del cuarto de baño.
—¡La ventana del cuarto de baño! —repitió Guillermo con una risa amarga. Fue una risa amarga tan perfecta que decidió que fuera el punto final. De todas formas era evidente que no iba a sacar nada de su madre… Decidió subir a su habitación para buscar los dos peniques que le quedaban de capital, y luego ir a dar parte del fracaso de sus intentos a los otros Proscritos y a proponerles que se gastasen dichos peniques en manzanas asadas. No les serviría de nada ahorrarlos puesto que no era probable que consiguieran los siete chelines y cuatro peniques restantes, y necesitaba una manzana asada para animarse después de haberse tomado tanto trabajo por nada. O una horchata. No, las manzanas asadas eran más reconfortantes. Al pasar por el recibidor volvió a mirar el buzón de las cartas, pero como suponía, seguía vacío… Repitiendo su risa amarga se dispuso a subir la escalera…
* * *
—Oh, a propósito —dijo el señor Brown a su esposa—. ¿Recuerdas lo que nos contó el viejo Peters el otro día respecto a las cartas petitorias?
—Sí —repuso la señora Brown alzando los ojos de su labor de punto.
—Bueno, es muy extraño —prosiguió su marido sacando una carta de su libreta de notas—. Esta mañana me enviaron una a mi oficina. El remitente vive en Little Steedham. Sólo a cinco kilómetros de aquí.
—¡Es extraordinario! —exclamó la señora Brown—. ¿Y cómo se llama?
—Pomeroy.
La señora Brown quedó tan sorprendida que se le escaparon dos puntos.
—Pero si esos son los que conoce Roberto. Dice que viven en una gran finca y a todo plan.
—Eso es lo que dijo Peters, ¿no? —repuso el señor Brown—. Probablemente habrá cogido mi nombre en alguna lista entre cientos y no se habrán fijado que vivo sólo a cinco kilómetros de distancia. ¿Qué clase de hombre es?
—Creo que Roberto dijo que era un hombre sobrecogedor. Muy corpulento. Caza mucho, practica el tiro, y demás.
—Según la carta —dijo el señor Brown—, padece una serie terrible de enfermedades que le han privado del habla y de todo movimiento. Tiene una madre anciana que depende enteramente de él, y hace varios meses que no comen otra cosa que patatas.
—Caramba, si Roberto dijo que cada noche tienen invitados a cenar. Y por lo general comen mucha caza.
—Es evidente que saca buen provecho de esto —replicó el señor Brown.
—¿Piensas hacer algo, querido? —le preguntó la señora Brown.
—No creo —contestó su esposo—. Probablemente él mismo se buscará complicaciones bien pronto sin que yo me tome la molestia de procurárselas.
En aquel momento resonaron unos fuertes aldabonazos en toda la casa, y el propio teniente coronel Pomeroy entró en la habitación seguido de la ruborizada doncella. Llegaba enfurecido porque la policía de la localidad se había negado a tomar en serio su acusación de que el señor Brown era un escritor profesional de cartas petitorias. Claro que era evidente que, o bien les había sobornado, o bien cubría su rastro tan inteligentemente que sería necesario una superinteligencia para denunciarle ante la justicia. El teniente coronel Pomeroy se consideraba esa superinteligencia, y estaba decidido a enfrentar a aquel individuo con su maldita carta y exhortarle a confesar. Philippa estaba fuera de su automóvil. Ignoraba qué giro iban a tomar los acontecimientos, pero creyó lo mejor estar cerca para ver lo que ocurría.
El teniente coronel Pomeroy se detuvo en el dintel con el rostro enrojecido, respirando pesadamente y con la vista fija en el señor Brown.
—¡Cielos, señor! —exclamó—. Se mueve usted perfectamente para no tener piernas.
El señor Brown le miró sorprendido por su extraordinaria introducción.
—Y ese traje que lleva —prosiguió el visitante—, no puede decirse que sean «harapos», uno diría…
—Le ruego me perdone —le atajó el señor Brown, tranquilo—. No creo haber oído bien su nombre. Si tuviera la amabilidad de rep…
—Pomeroy —rugió el visitante—. Teniente coronel Pomeroy de Little Steedham.
—¡Ah! —replicó el señor Brown sacando la carta de su bolsillo—. ¿Entonces puedo felicitarle por la repentina recuperación de todas sus facultades? Veo que su salud no se ha resentido seriamente por la dieta.
Y entregó la carta al coronel, que acababa de sacar su carta del bolsillo. Cada uno de ellos leyó en silencio la carta que le entregara el otro. Y cada uno al reconocer su propia escritura, exclamaron a una: el Coronel: «¡Cielos, Philippa!, —y el señor Brown—: ¡Dios Santo, Guillermo!».
A Philippa la hicieron entrar en la casa, y a Guillermo le fueron a buscar a su dormitorio.
La explicación de Philippa fue algo complicada.
—Quise hacerle ver que lo sabía —dijo con calor—. Quería salvar a Roberto. Me pareció digno de mejores cosas.
La de Guillermo fue más sencilla:
—Yo quería un nuevo equipo de «cricket»…
La explicación de Philippa fue algo complicada.
La explicación de Guillermo fue más sencilla:
—Yo quería un nuevo equipo de «cricket».
Al oír esto el aire enfurecido y asombrado del coronel desapareció. De pronto la situación se había aclarado, y echando la cabeza hacia atrás comenzó a reír a carcajadas. Se dio una palmada en el estómago y volvió a reír. Todos los adornos de la estancia tintinearon.
—¡Esto sí que es bueno! —dijo cuando hubo recuperado el habla—. ¡Cielos, esto sí que es bueno! No lo olvidaré fácilmente. ¡Quería un nuevo equipo de «cricket»! —su risa volvió a oírse de nuevo—. ¡El muy pillastre! —Introdujo la mano en su bolsillo y sacó un puñado de monedas de entre las que escogió tres medias coronas—. ¡Aquí tienes! —le dijo, dándoselas a Guillermo—. Esto es para que te compres unas piernas artificiales… —De nuevo rió a carcajadas—. ¡Es lo mejor que he oído en muchos años!
Y después de invitar cordialmente a los señores Brown para que fueran a cenar una noche de la semana siguiente, se marchó todavía riendo.
—¡Un nuevo equipo de «cricket»…! ¡El muy pillastre!
Cuando se hubo marchado, el señor Brown adquirió una expresión grave.
—Ahora me gustaría hablar con Guillermo —dijo.
Pero Guillermo estaba fuera del alcance de las reprimendas paternas. En aquel momento estaba recibiendo, por encima del mostrador del bazar del pueblo, el equipo de «cricket» de sus sueños. Luego lo llevó al viejo cobertizo donde le esperaban los Proscritos, y llenó el aire con sus gritos de alegría. Ellos le miraron a él y a su carga con incredulidad y satisfacción.
—¿De verdad te enviaron dinero por esa carta? —exclamó Pelirrojo, pues los Proscritos habían considerado la campaña de cartas petitorias como un terrible fracaso.
—Claro que sí —dijo Guillermo dándose importancia, pero como era un niño muy sincero, agregó—: Bueno, por lo menos en cierto modo…
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