—Enisorai, era ya usted —dijo Leonova a Hoover—. Ustedes eran ya los americanos puercos, los imperialistas tratando de tragarse al mundo entero y sus accesorios.
—Mi encanto —dijo Hoover—, nosotros, americanos de hoy día, no somos más que europeos desplazados, vuestros primitos de viaje… Me gustaría que Eléa nos muestre un poco cómo era la jeta de los primeros ocupantes de América. Hasta ahora no hemos visto más que Gondas. En la próxima sesión, le pediremos a Eléa que nos muestre a Enisores.
Eléa le mostró a Enisores. Ella había ido con Paikan en viaje a Diédohu, la capital de Enisorai central, para la fiesta de la Nube. Sacó para ellos las imágenes de su memoria.
Llegaron con Eléa en un aparato de larga distancia. En el horizonte, una cadena de montañas gigantescas escalaba el cielo. Cuando estuvieron más cerca, vieron que la montaña y la ciudad no hacían más que uno.
Construida en enormes bloques de piedra, la ciudad se acercaba a la montaña, la recubría, la sobrepasaba, tomaba apoyo sobre ella para proyectar hacia lo alto su lanza terminal: el monolito del Templo, cuya cúspide se perdía en una nube eterna.
Vieron a los Enisores trabajar y divertirse. Las necesidades de la población eran tan considerables y su crecimiento tan rápido, que, aun en ese día de la Fiesta de la Nube, no podían parar de edificar. Sin cesar, incansablemente como hormigas, los constructores agrandaban la ciudad, tallaban calles, escaleras y plazas en los flancos todavía vírgenes de la montaña, edificaban murallas, casas y palacios. No utilizaban más herramientas que sus manos. Llevaban sobre el pecho, colgada de un collar de oro, la efigie de la serpiente llama, símbolo enisor de la energía universal. No era solamente un símbolo, sino sobre todo un trasformador. Le daba al que lo usaba, el poder de dominar muy sencillamente con sus manos todas las fuerzas naturales.
Sobre la pantalla grande, los sabios de EPI, vieron los constructores enisores levantar sin esfuerzo bloques rocosos que debían pesar toneladas, posarlos unos sobre otros, ajustarlos entre sí, darles forma, modificarlos, centrarlos con el filo de la mano, alisarlos con la palma, como si fuera masilla. Entre las manos de los constructores, la materia se tomaba imponderable, maleable, dócil. En cuanto dejaban de tocarla, la piedra recobraba su dureza y su masa de piedra.
Los extranjeros invitados a la Fiesta de la Nube no estaban autorizados a aterrizar. Sus máquinas debían quedarse en la estación aérea en las inmediaciones de Diédohu. Sus filas curvas en distintas alturas componían en el cielo como las gradas multicolores de un extraño circo colocado sobre el vacío. Frente a ellos se levantaba el Templo, cuya flecha, construida de un solo bloque de piedra, más alto que los rascacielos de la América contemporánea, hundía su punta en la Nube. Una escalera monumental tallada en su masa, la circundaba en espiral. Sobre esta escalera, desde hacía horas, una muchedumbre subía hacia la cúspide del Templo. Subía lentamente, con su propia gravedad pesando sobre sus músculos, mientras que en todos los otros lugares, en las calles y las escaleras de la ciudad, los enisores se desplazaban con una soltura y una velocidad que revelaba su dominio de la gravedad. La muchedumbre de la escalera, componía, por el conjunto colorido de sus vestimentas, la efigie de la serpiente-llama. La cabeza de la serpiente ondulaba sobre la escalera, a la izquierda, a la derecha, y seguía subiendo. Su cuerpo continuaba enrollándose en los escalones alrededor de la Flecha. Debía componerse de varios centenares de miles de personas, quizá su número pasaba del millón.
Por las aberturas del aparato entraba la música que ritmaba los movimientos de la serpiente. Era una especie de lento jadeo que parecía emanar de la montaña y de la ciudad, y que la muchedumbre, la de la Flecha, la de las escaleras y de las calles, la que subía, la que miraba, la que trabajaba, acompañaba con profundos sonidos de su garganta, manteniendo la boca cerrada.
Cuando la cabeza de la serpiente alcanzó la Nube, el sol se hundía detrás de la montaña: la cabeza de la serpiente entró en la Nube con el crepúsculo. La noche cayó en pocos minutos. Reflectores, instalados en toda la ciudad, iluminaron la Flecha y el gentío que la rodeaba. El ritmo de la música y el canto se aceleraron y la flecha comenzó a moverse, a menos que fuera la Nube. Se vio a la Flecha hundirse en la Nube o la Nube hundirse sobre la Flecha, retirarse, volver a comenzar, de más en más rápidamente, como por un inmenso acoplamiento de la Tierra y del Cielo.
El jadeo de la música se aceleró, aumentó de potencia, golpeaba los aparatos estacionados en el cielo como olas y dislocaba sus alineamientos. En el suelo todos los trabajadores abandonaban su trabajo. En los palacios, en las casas, en las calles, sobre las plazas los hombres se acercaban a las mujeres y las mujeres a los hombres, por casualidad, simplemente porque eran los más cercanos a ellos, y sin saber si eran bellos o feos, viejos o jóvenes o quienes eran, se agarraban y se abrazaban, se acostaban ahí mismo en el lugar en que se encontraban, entraban juntos en el ritmo único que sacudía a la montaña y a la ciudad. La Flecha penetró entera en la Nube, hasta su base. La montaña se resquebrajó, la ciudad se solivió, liberada de su peso, pronta a hundirse en el cielo hasta el infinito. La Nube llameó. Estalló en truenos de cataclismos, luego se apagó y se retiró. La ciudad pesó de nuevo sobre la Montaña. La Flecha estaba desnuda. No había ya nadie sobre la gran escalera de piedra. Todas las parejas acostadas se desunían y se separaban. Hombres y mujeres se levantaban alelados y se separaban. Otros se dormían sobre el mismo lugar. Durante algunos instantes de una brevedad sofocante, habían participado todos juntos del mismo placer cósmico. Cada uno de ellos había sido toda la Tierra, cada una de ellas el Cielo. Era así una vez por año, en todas las ciudades de Enisorai. Durante el resto de los días y las noches, los hombres enisores no se acercaban a las mujeres.
Los sabios de EPI interrogaron a Eléa. ¿Qué se había hecho toda la multitud de la escalera?
—La Flecha se dio a la Nube —dijo Eléa—. La Nube se dio a la Energía Universal. Todos los y las que la componían eran voluntarios. Habían sido elegidos desde su infancia, sea porque presentaran alguna deficiencia de la mente o del cuerpo, aún ínfima, sea, al contrario, porque eran más inteligentes, más fuertes, más bellos que la medianía de los enisores. Criados en función de ese sacrificio, habían aprendido a desearlo con todo su cuerpo y todo su espíritu. Tenían derecho a sustraerse a ello, pero un número muy pequeño usaba de ese derecho. Así, la raza enisora se mantenía en una calidad de nivel constante. Pero ese sacrificio, sin embargo, no bastaba para compensar la natalidad que provocaba. Durante la fiesta de la Nube, eran concebidos veinte veces más enisores que los que perecían sobre todas las Flechas del Continente.
—Pero —dijo Hoover—, todas esas buenas mujeres debían parir todas el mismo día.
—No —contestó Eléa—, el tiempo de la gestación, en Enisorai, variaba de una a tres estaciones, según el deseo de la madre y según su edad. Como usted lo habrá visto no había Designación, por lo tanto nada de parejas, nada de familias. Los hombres y las mujeres vivían mezclados, en estado de igualdad absoluta de derechos y de deberes, en los Palacios comunes o en las casas individuales, como lo deseaban. Los niños eran criados por el Estado. No conocían a su madre, y por supuesto, menos a su padre.
A pesar de que el aparato se mantuviese lejos por encima de la muchedumbre a través de su ventana más próxima, los sabios habían podido ver en detalle un gran número de caras de enisores. Tenían todos el pelo negro y lacio, los ojos oblicuos, los pómulos salientes, la nariz aguileña arriba y aplastada abajo. Eran indiscutiblemente los antepasados comunes de los mayas, los aztecas, y los otros indios de América, y quizá también de los japoneses y los chinos, y de todas las razas mongoloides.
—¡Ahí están, vuestros imperialistas! —dijo Hoover a Leonova.
Suspiró, luego agregó:
—Espero que nos guardarán menos rencor ahora, por haber tratado un poco duramente a sus descendientes.
—No es la vida lo que usted quiere salvar, sino la suya —dijo Eléa—. Y ha hecho buscar por el Ordenador las cinco mujeres más bellas del continente, para elegir la que lo acompañará.
—Mire —dijo Coban con una gravedad triste—, a la que hubiese elegido de salvar conmigo si hubiese creído tener el derecho de hacerlo…
Activó un haz de ondas. Encima de la mesa apareció la imagen de una niñita que se parecía extraordinariamente a Coban. De rodillas sobre un cuadro de césped cerca del lago de la Novena Profundidad, ella acariciaba un cervatillo de ojos pintados. Largos cabellos negros como de varoncito caían sobre sus hombros desnudos. Sus brazos gráciles se anudaban alrededor del cuello del animal que le mordisqueaba las orejas.
—Es Doa, mi hija —dijo Coban—, tiene doce años, y está sola. Todas las chicas de su edad tienen desde hace tiempo un compañero. Pero ella está sola… Porque es como yo, una no-designada. El ordenador no ha podido encontrarme una compañera que me hubiese soportado y que no me hubiese irritado por la lentitud de su espíritu. Una cierta vivacidad de las facultades mentales condena a la soledad. He vivido algunos períodos con viudas, con separadas, con no-designadas también. La madre de Doa era una de ellas. Su inteligencia era grande, pero su carácter atroz. El Ordenador no ha querido agobiar a ningún hombre con ella. A causa de su inteligencia, y de su belleza le pedí que me hiciera un niño. Aceptó con la condición de quedarse al lado mío para criarla. Lo creí posible. Nos hemos sacado nuestras llaves. Algunos días después tuvimos que separamos. Era bastante inteligente para comprender que no podía encontrar la felicidad al lado de nadie, ni aun de su criatura. Cuando nació, ella me la envió.
Era Doa…
Doa, a su vez, ha recibido del Ordenador una respuesta negativa. Su carácter es muy dulce, pero su inteligencia es superior a la mía. No encontrará su igual en ninguna parte. Si vive…
La voz de Coban se ahogó. Borró la imagen.
—¿No cree usted que amo a Doa por lo menos tanto como usted quiere a Paikan? ¿No cree que si yo obedeciese a motivos egoístas, es a ella a quien encerraría en el Refugio? ¿O que me quedaría, cerca de ella abandonando con alegría mi lugar al número 2? Pero conozco al número 2, sé lo que valen sus conocimientos y lo que valen los míos. El Ordenador ha tenido razón de designarme. No se trata ya de amor, ni de sentimientos ni de nosotros mismos. Estamos frente a un deber que nos sobrepasa. Tenemos, usted y yo, que preservar la vida universal, rehacer el mundo.
—Escúcheme bien Coban —dijo Eléa—, me importa poco del mundo, de la vida, de la de los hombres y de la del universo. Sin Paikan, no hay más universo, no hay más vida. Deme a Paikan en el Refugio, y yo os bendeciré hasta el fondo de la Eternidad.
—No puedo —respondió Coban.
—¡Deme a Paikan! ¡Quédese junto a su hija! ¡No la deje morir sola, abandonada por usted!
—No puedo —dijo Coban a media voz.
Su rostro expresaba a la vez su resolución y su infinita tristeza. Este hombre estaba al final de un combate que lo dejaba destrozado, pero su resolución estaba tomada, una vez por todas. No había podido construir un Refugio más grande. El gobierno, totalmente absorbido por Gonda 1 y el monstruo colosal que se agazapaba en él, se había desinteresado del proyecto de Coban, lo había dejado proceder pero se había rehusado a ayudarlo. Era la Universidad sola la que había hecho el Refugio. Esta fabricación, este alumbramiento había movilizado todo su poder energético, todos los recursos de sus máquinas, de sus laboratorios y de sus créditos. Era el fruto único de una planta enorme. No contendría más que dos semillas, una tercera lo condenaría a perecer. Aún pequeña. Aún Doa. No podía cobijar más que a un hombre y una mujer.
—¡Entonces tome otra mujer! —gritó Eléa—. ¡Hay millones!
—No —dijo Coban—, no hay millones, había cinco, y no queda más que usted… El Ordenador la ha elegido porque es excepcional. ¡No, no otra mujer, y no otro hombre, es usted y yo! No hablemos más, le ruego, está decidido.
—Usted y yo —dijo Eléa.
—Usted y yo —contestó Coban.
—Lo odio —dijo Eléa.
—Yo no la amo —contestó Coban—. Eso importa poco.
—Escuche, Coban —dijo una voz—, el presidente Lokan quiere hablarle y verlo.
—Lo escucho y lo miro —dijo Coban.
La imagen de Lokan surgió en un rincón de la pieza. Coban la desplazó, para que hiciera frente, del otro lado de la mesa. Lokan parecía agobiado por la angustia.
—Escuche, Coban —dijo—. ¿Dónde están sus enviados para tomar contacto con los hombres del Distrito del Conocimiento de Enisor?
—Espero un informe de un momento a otro.
—¡No se puede esperar más! ¡No se puede! Los enisores bombardean nuestras guarniciones de Marte y de la Luna con bombas nucleares. Las nuestras están en marcha y vamos a retrucarles. Pero, por atroz que sea, aún no es nada. El ejército de invasión enisor está saliendo de sus montañas huecas y emplazándose en sus bases de partida. ¡Dentro de algunas horas, va a caer sobre Gondawa! ¡Al primer despegue señalado por nuestros satélites, yo desencadeno la puesta en marcha del Arma Solar! ¡Pero soy como usted, Coban, le tengo miedo a este horror! ¡Puede ser que haya todavía tiempo de salvar la Paz! El gobierno enisor sabe que el envío de su ejército significará la muerte de su pueblo. Pero, o le importa poco, o bien espera destruir el Arma antes de su despegues ¡Kutiyu está loco! ¡Solamente la gente del Distrito puede ensayar de convencerlo, o de derrocarlos! ¡No hay más que la mitad de un instante para perder, Coban! ¡Le suplico trate de entrar en contacto con ellos!
—No puedo alcanzarlos directamente. Voy a llamar a Partao, en Lamoss.
La imagen del presidente se borró. Coban hundió su llave en una placa.
—Oigan —dijo—, quiero ver y oír a Partao, en Lamoss.
—Partao en Lamoss —dijo una voz—. Llamo.
Coban explicó a Eléa:
—Lamoss es el único país que quedará neutral en este conflicto. Por una vez no tendrá mucho tiempo para aprovechar de ello… Partao es el jefe de la Universidad Lamo. Es él, mi contacto con la gente del Distrito.
Partao apareció y le dijo a Coban que se había puesto en contacto con Soutaku en el Distrito.
—Ya no puede hacer nada… está desamparado. Lo va a llamar directamente.
Una imagen macilenta se encendió al lado de la de Partao. Era Soutaku… en toga y gorro redondo de profesor. Tenía el aire de un trastornado, hablaba haciendo gestos, se golpeaba el pecho y mostraba con un dedo tenso a alguna cosa o alguien a lo lejos. No se oía una palabra de lo que decía, superficies de colores cambiantes cortaban su imagen en trozos, temblaban, se juntaban, se separaban. Luego desapareció.
—No puedo decirle nada más —dijo Partao—. ¿Quizá buena suerte?…
—Esta vez —contestó Coban—, no habrá suerte para nadie.
Llamó a Lokan y lo puso al corriente. Lokan le pidió que fuera a juntarse con él al Consejo que iba a reunirse.
—Vengo —contestó Coban.
Se volvió hacia Eléa, que había asistido a la escena sin decir una palabra, sin hacer un gesto.
—Ya está —dijo con voz glacial—, ahora sabe adónde estamos. No hay lugar para los sentimientos. Entraremos esta noche en el Refugio. Mis asistentes la van a preparar. Recibirá, entre otros cuidados, la única dosis existente del suero universal. Ha sido sintetizado, molécula por molécula, en mi laboratorio personal, desde hace seis meses. La dosis precedente, soy yo quien la ha probado. Estoy listo, si por milagro no sucediese nada, habrá obtenido de ser la primera en disfrutar de la juventud eterna. En ese caso le prometo que la dosis siguiente será para Paikan. El suero le permitirá pasar sin inconvenientes a través del frío absoluto. La voy a confiar a mis hombres.
Eléa se levantó y corrió hacia la puerta. Golpeó a un guardia en la sien, con un golpe terrible de su mano izquierda cerrada. El hombre cayó. El otro asió la muñeca de Eléa y se la sujetó fuertemente en la espalda.
—¡Lárguela! —gritó Coban—. ¡Les prohíbo de tocarla! Les haga lo que les haga.
El guardia la soltó. Ella se precipitó hacia la puerta. Pero ésta no se abrió.
—Eléa —dijo Coban—, si usted acepta el tratamiento sin debatirse, sin tratar de huir le autorizaré a volver a ver a Paikan antes de entrar en el Refugio. Ha sido llevado a la Torre y está informado de lo que ha sido de usted. Espera noticias suyas. Le he prometido que la volvería a ver. Si usted protesta, si se debate, corre el riesgo de comprometer su preparación, la hago anestesiar, y no lo volverá a ver jamás.
Eléa lo miró un momento en silencio, respiró profundamente para retomar el control de sus nervios.
—Puede hacer venir a sus hombres, no me moveré más. Coban apoyó sobre una placa. Una parte del tabique se corrió, descubriendo un laboratorio ocupado por guardias y ayudantes de laboratoristas entre los cuales Eléa reconoció al jefe del laboratorio que los había recibido.
El hombre le indicó una silla frente a él.
—Venga —dijo.
Eléa se adelantó hacia el laboratorio. Antes de dejar el escritorio de Coban, se volvió hacia él.
—Lo odio —dijo ella.
—Cuando salgamos del Refugio sobre la Tierra muerta —le contestó Coban—, no habrá ni odio ni amor. No habrá más que nuestro trabajo…
Ese día Hoi-To había bajado dentro del Huevo con el material fotográfico que acababa de recibir del Japón, en particular reflectores con luz coherente por medio de los cuales esperaba poder iluminar la Sala del Motor, al través de la loza trasparente, y fotografiarlo.
Al pararse el motor del frío se había apagado, y la Sala por encima de la loza era ahora un bloque de oscuridad. La temperatura había subido rápidamente, la nieve y la escarcha se habían fundido, el agua había sido aspirada, la pared y el suelo secados con aire caliente.
Mientras que, los ayudantes colgaban los reflectores en trípodes bajos, Hoi-To, maquinalmente miraba alrededor suyo. La superficie de la pared le pareció extraña. No estaba pulida, tampoco era mate, sino como tornasolada. Pasó sobre ella sus dedos sensibles, luego las uñas. Éstas rechinaron.
Hizo dirigir un reflector sobre la pared, una luz rajante; miró con una lupa, improvisó una especie de microscopio con un teleobjetivo y lentejuelas. No le quedó más duda: la superficie de la pared estaba grabada con innumerables estrías, Y cada una de esas estrías era una línea de escritura gonda. Las bobinas de lectura, en la sala de los alvéolos habían estado descompuestas por el tiempo, pero la pared del Huevo, enteramente impresa con signos microscópicos, representaba el equivalente de una biblioteca considerable.
Hoi-To tomó inmediatamente algunos clisés, con ampliación máxima, en diferentes puntos de la pared, alejados los unos de los otros. Una hora más tarde él los proyectaba sobre la pantalla grande. Lukos, muy excitado, identificó los fragmentos del relato histórico y de los tratados científicos, una página de diccionario, un poema, un diálogo que era quizá una pieza de teatro o una discusión filosófica.
La pared del Huevo parecía ser una verdadera enciclopedia de los conocimientos de Gondawa.
Uno de los clisés proyectado constaba de numerosos signos aislados, en los cuales Lukos reconoció símbolos matemáticos. Rodeaban al símbolo de la ecuación de Zoran.
Eléa se despertó acostada sobre una alfombra de piel. Descansaba sobre un lecho suave y tibio posado sobre la nada, ella flotaba en un estado de relajación total.
Había sido examinada de pies a cabeza, pesada casi a la precisión de una célula, alimentada, dada de beber, masajeada, compensada, acunada hasta no ser más que un cuerpo con el peso exactamente buscado, y de una pasividad perfecta.
Luego Coban que había vuelto, le había explicado el mecanismo de cierre y de abertura del Refugio, al mismo tiempo que le administraba él mismo, en forma de humo para respirar, de aceite sobre su lengua, de neblina en sus ojos, de largas modulaciones de infrasonidos sobre las sienes los diversos elementos del suero universal. Ella había sentido una energía nueva, luminosa, invadir todo su cuerpo, limpiarlo de sus últimos repliegues de lasitud, llenarla hasta la piel con un impulso igual al de los bosques en la primavera. Se había sentido ponerse dura como un árbol, fuerte como un toro, en equilibrio como un lago. La fuerza, el equilibrio y la paz la habían conducido irresistiblemente al sueño.
Se había dormido en el sillón del laboratorio, acababa de abrir los ojos sobre esta alfombra, en una pieza redonda y desnuda. La única puerta se encontraba frente a ella. Delante de la puerta un guardia vestido de verde, sentado sobre un cubo, la miraba. Tenía agarrados con la punta de los dedos un objeto en vidrio hecho de delgados tubos entrelazados en volutas complicadas. Los tubos frágiles estaban llenos de un líquido verde.
—Puesto que ya no duerme —dijo el guardia—, le prevengo: si usted trata de salir a la fuerza, abro los dedos, esto se cae y se destroza, y usted duerme como una piedra.
Ella no respondió. Ella lo miraba. Movilizaba todos los recursos de su inteligencia hacia un solo objetivo, salir y reunirse con Paikan.
El guardia era grande, ancho de hombros, corpulento. Sus cabellos trenzados tenían color de bronce nuevo. Estaba en cabeza y sin armas. Su pescuezo era casi tan ancho como su cara maciza. Constituía un serio obstáculo frente a la única puerta. Al final de su brazo musculoso, en su mano ruda, tenía este objeto infinitamente frágil, obstáculo aún más serio.
—Escuche, Eléa —dijo una voz—, Paikan pide verla y hablarle. Nosotros se lo permitimos.
La imagen de Paikan se alzó entre ella y el guardia. Eléa saltó sobre sus pies.
—¡Eléa!
—¡Paikan!
Estaba de pie en la cúpula de trabajo. Ella veía cerca de él un fragmento de la tableta y la imagen de una nube.
—¡Eléa! ¿Dónde estás? ¿Dónde vas? ¿Por qué me dejas?
—¡He rehusado, Paikan! ¡Soy tuya! ¡No soy de ellos! ¡Coban me ha obligado! ¡Me retienen!
—¡Vengo a buscarte! ¡Destrozaré todo! ¡Los mataré! Blandió su mano izquierda, hundida en el arma.
—¡Tú no puedes! ¡No sabes dónde estoy! ¡Yo tampoco lo sé! ¡Espérame, volveré a ti! ¡Por todos los medios!
—Te creo, te espero —dijo Paikan.
La imagen desapareció.
El guardia siempre sentado miraba a Eléa. De pie en el centro de la pieza redonda, ella lo miraba y lo evaluaba.
Dio un paso hacia él. Él agarró la máscara que tenía colgada del cuello y se la colocó sobre la nariz.
—¡Cuidado! —dijo con voz gangosa.
Movió con precaución, el entrelazamiento frágil de los tubos de vidrio.
—Te conozco —dijo ella.
La miró con sorpresa.
—Tú y tus semejantes los conozco. Son simples, son valientes. Hacen lo que les mandan, no se les explica nada.
Ella hizo deslizarse el extremo de la cinta azul que le envolvía el busto, y comenzó o desenrollarla.
—Coban no te ha dicho que vas a morir…
El guardia esbozó una sonrisa. Era guardia, estaba en las Profundidades, no creía en su propia muerte.
—Va a haber una guerra y no quedarán sobrevivientes. Tú sabes que digo la verdad, vas a morir. Ustedes van a morir todos, excepto Coban y yo.
El guardia supo que esta mujer no mentía. No era de las que se rebajan a mentir, cualquiera sean las circunstancias. Pero debía estar equivocada, hay siempre sobrevivientes. Los otros se mueren, yo no.
Ahora su talle estaba desnudo, y ella comenzaba a desatar la banda en diagonal de la cintura al hombro.
—Todo el mundo va a morir en Gondawa. Coban lo sabe. Ha construido un Refugio que nada puede destruir, para encerrarse. Ha encargado al Ordenador de elegir la mujer que encerrará con él. Esa mujer soy yo. ¿Sabes por qué el Ordenador me ha elegido entre millones? Porque soy la más bella. Tú no has visto más que mi cara. Mira…
Ella desnudó su seno derecho. El guardia miró esta carne maravillosa, esta flor y esta fruta, y sintió el ruido de la sangre golpeando en sus oídos.
—¿Me deseas? —dijo Eléa.
Continuaba lentamente de descubrir su busto. Su seno izquierdo estaba todavía rodeado a medias por el género.
—Sé qué clase de mujer te ha elegido el Ordenador. Pesa tres veces mi peso.
—Una mujer como yo no has visto nunca…
La banda entera se deslizó al suelo, descubriendo el seno izquierdo. Eléa dejó colgar sus brazos a lo largo de su cuerpo, las palmas de la mano medio vueltas hacia adelante, los brazos un poco separados, ofreciendo su busto desnudo, el esplendor de sus senos proporcionados, llenos, suaves, gloriosos.
—Antes de morir, ¿me deseas?
Levantó la mano izquierda, y de un solo movimiento hizo caer la vestimenta que le cubría las caderas.
El guardia se levantó, dejó sobre el cubo el temible, frágil, amenazador objeto de vidrio, se arrancó la máscara y la túnica. Conjunto perfecto de músculos equilibrados y poderosos, su torso desnudo era magnífico.
—¿Tú eres de Paikan? —dijo.
—Le he prometido: por todos los medios.
—Te abriré la puerta y te conduciré afuera. Él se sacó el faldón. Estaban de pie, desnudos uno frente al otro. Ella retrocedió lentamente, y cuando tuvo la alfombra bajo sus pies se puso de cuclillas y se acostó. Él se acercó, poderoso y pesado, precedido por un deseo soberbio. Él se acostó sobre ella y ella se abrió.
Ella lo sintió presentarse, anudó sus pies en las caderas de él y lo aplastó sobre ella. Él entró como una biela. Ella tuvo un espasmo de horror.
—¡Soy de Paikan! —dijo.
Ella le hundió sus dos pulgares a la vez en las carótidas. Él se sofocó y se retorció. Pero ella era fuerte como diez hombres, y lo tenía sujeto con sus pies anudados, con sus rodillas, con sus codos, y sus dedos hundidos en sus cabellos trenzados. Y sus pulgares inexorables, endurecidos como el acero por la voluntad de matarlo, privaban a su cerebro de la menor gota de sangre.
Fue una lucha salvaje. Enlazados, anudados el uno al otro y en el otro, rodaban por el suelo en todas las direcciones. Las manos del hombre se aferraban a las manos de Eléa y tiraban, trataban de arrancar la muerte de su cuello. Y su bajo vientre quería vivir todavía, vivir todavía un poco, vivir lo suficiente como para ir hasta el final de su placer. Sus brazos y su torso luchaban por sobrevivir, y sus caderas y sus muslos luchaban, se apresuraban para ganarle de mano a la muerte en velocidad, para gozar, gozar antes de morir.
Una convulsión terrible lo puso tieso. Se hundió hasta el fondo de la muerte enganchada alrededor suyo y vació en un goce fulgurante, interminablemente toda su vida. La lucha terminó. Eléa esperó que el hombre se volviese ante ella pasivo y pesado como una bestia muerta. Entonces retiró sus pulgares hundidos en la carne blanda. Las uñas estaban llenas de sangre. Abrió sus piernas crispadas y se deslizó fuera del peso del hombre. Ella jadeaba de asco. Hubiese querido darse vuelta como un guante y lavar todo el interior de sí misma hasta los cabellos. Recogió la túnica del guardia, se restregó la cara, el pecho, el vientre, la tiró sucia, y se vistió rápidamente.
Se aplicó la máscara sobre la nariz, tomó la frágil construcción de vidrio y con precaución empujó la puerta. Ésta se abrió.
Ella daba sobre el laboratorio donde Eléa había recibido la preparación. El jefe y los dos ayudantes de laboratorio estaban inclinados sobre una mesa. Un guardia armado estaba, le pie frente a una puerta. Fue el primero en ver a Eléa. Dijo:
—¡Cuidado!
Levantó la mano para ponerse su máscara.
Ella tiró el objeto de vidrio a sus pies. Se quebró sin ruido. Instantáneamente, la pieza se llenó de una bruma verde. El guardia y los tres hombres en vestidura color salmón se desplomaron sobre sí mismos.
Eléa fue hacia la puerta y tomó las armas del guardia.
No soy un adolescente romántico. No soy una bestia congestionada gobernada por su estómago y su sexo. Soy razonablemente razonable, sentimental y sensual y capaz de dominar mis emociones e instintos. He podido soportar rápidamente la visión de tu vida, la más íntima, he podido ver este bruto acostarse sobre ti, entrar en las maravillas de tu cuerpo. Lo que me ha trastornado es lo que he leído sobre tu rostro.
Hubieses podido no matar a ese hombre. Te había dicho que te acompañaría afuera. No puede ser que mintiera, pero no era para asegurar tu huida que lo has muerto, es porque estaba en tu vientre y no lo podías soportar. Lo has muerto por amor a Paikan. Amor. Esa palabra que la traductora utiliza porque no encuentra el equivalente del vuestro, no existe en vuestra lengua. Después de que te he visto vivir al lado de Paikan, he comprendido que era una palabra insuficiente. Nosotros decimos «la amo», lo decimos de la mujer pero también de la fruta que comemos, de la corbata que hemos elegido, y la mujer lo dice de su lápiz labial. Dice de su amante «es mío»… tú dices lo contrario: «yo soy de Paikan» y Paikan dice: «soy de Eléa». Tú eres de él. ¿Conseguiré alguna vez desligarte? Trato de interesarte en nuestro mundo, te he hecho escuchar Mozart y Bach, te he mostrado fotografías de París, Nueva York, de Brasilia, te he hablado de la historia de los hombres, de la que conocemos y es nuestro pasado, tan breve al lado de la duración inmensa de tu sueño. Fue, en vano.
Escuchas, miras, pero nada te interesa. Estás detrás de un muro. No tocas nuestro tiempo. Tú pasado te ha seguido en el consciente y en el subconsciente de tu memoria. No piensas más que en sumergirte en él, en volverlo a encontrar, en revivirlo. El presente para ti es él.
Un aparato veloz de la Universidad se había posado sobre la pista de aterrizaje de la Torre. Los guardias que habían bajado de él registraban el departamento y la cúpula. Sobre la terraza, cerca del árbol de seda, Coban hablaba con Paikan. Acababa de explicarle por qué tenía necesidad de Eléa, y anunciarle su evasión.
—¡Ha destruido todo lo que le impedía pasar, hombres, puertas y paredes! He podido seguir su rastro como el de un proyectil hasta la calle, donde se ha tornado un transeúnte libre.
Los guardias interrumpieron a Coban para hacerle saber que Eléa no estaba ni en el departamento ni en la cúpula. Les ordenó registrar la terraza.
—Dudo mucho de que esté allí —le dijo a Paikan—. Ella sabía que yo venía derecho hacia aquí. Pero yo sé que ella no tiene más que un deseo: reunirse con usted. Vendrá o le haré saber dónde está, para que se junte con ella. Entonces la agarraremos de vuelta. Es inevitable. Pero vamos a perder mucho tiempo. Si ella lo llama, hágale comprender, dígale de volver a la Universidad…
—No —contestó Paikan.
Coban lo miró con gravedad y tristeza.
—Usted no es un genio, Paikan, pero es inteligente. Y usted es de Eléa.
—Soy de Eléa —dijo Paikan.
—Si ella entra en el refugio, vivirá. Si ella no entra, morirá. Ella es inteligente y resuelta. El Ordenador ha hecho una buena elección, acaba de probarlo. Puede ser que a pesar de nuestra vigilancia consiga reunirse con usted. Entonces le toca a usted convencerla de que debe volver junto a mí. Conmigo vivirá; con usted morirá. En el Refugio, es la vida. Fuera del refugio, es la muerte dentro de algunos días, quizá algunas horas. ¿Qué prefiere? ¿Que viva sin usted, o que muera con usted?
Estremecido, torturado, furioso, Paikan gritó:
—¿Por qué no elige otra mujer?
—Ya no es posible. Eléa ha recibido la única dosis disponible del suero universal. Sin ese suero, ningún organismo humano podría atravesar el frío absoluto sin sufrir graves daños, y quizá perecer.
Los guardias vinieron a decirle a Coban que Eléa no estaba en la terraza.
—Está en algún lado en esta proximidad, espera que nos hayamos ido —dijo—. La Torre quedará bajo vigilancia. Ustedes no se pueden reunir sin que lo sepamos. Pero si por milagro consiguieran hacerlo, acuérdese que tiene la elección entre su vida y su muerte…
Coban y los guardias volvieron al aparato que se elevó algunos centímetros por encima de la pista de aterrizaje, dio vuelta sobre el mismo lugar y se alejó con la máxima aceleración.
Paikan se acercó a la rampa y miró en el aire. Un aparato con la ecuación de Zoran estampada describía círculos lentos alrededor de la vertical de la Torre.
Paikan activó la pantalla de proximidad y la dirigió hacia las casas de recreo apoyadas en el suelo alrededor de la Torre.
Por todos lados vio caras de guardias que lo miraban al través de sus propias pantallas.
Entró en el departamento, abrió el ascensor. Un guardia estaba de pie en la cabina. Cerró la puerta, rabioso, y subió a la cúpula. Se plantó en medio de la pieza trasparente, miró al cielo puro donde el aparato de la Universidad seguía girando lentamente, levantó los brazos en cruz, los dedos separados, y empezó a hacer los gestos anunciadores de la tempestad.
Frente a él, bastante alto, una pequeña nube blanca inflada nació en el azul del cielo. Un poco por todos lados en el cielo de la Torre nacieron pequeñas nubecillas blancas encantadoras, que trasformaban el cielo en un gran prado florido. Rápidamente, se desarrollaron y se juntaron, no formaron más que una masa que se espesó y volvióse negra, y se puso a dar vueltas sobre sí misma bramando truenos prisioneros. El viento curvó los árboles de la terraza, alcanzó el suelo, aulló desgarrándose sobre las ruinas y sacudió las casas de recreo.
La cara del jefe de servicio apareció sobre la tableta. Parecía enloquecido.
—¡Escuche Paikan! ¿Qué sucede allí? ¿Qué es este tornado? ¿Qué está haciendo? ¿Se ha vuelto loco?
—No hago nada —dijo Paikan—. ¡La cúpula está bloqueada! ¡Envíeme el taller, pronto! ¡No es más que un tornado, pero se va a volver un ciclón! ¡Apúrese!
El jefe de servicio escupió palabras desagradables y desapareció.
La nube que remolineaba se había vuelto verde, con bruscas iluminaciones interiores púrpuras o lilas. Un ruido aterrador, continuo, bajaba hacia la tierra, el ruido de mil truenos contenidos. Un haz de relámpagos perforó la superficie y golpeó el aparato de la Universidad, que desapareció en una llama.
En el estrépito que se oyó y que estremeció la Torre, Paikan bajó corriendo al departamento, y en la terraza se sumergió en la piscina.
Eléa estaba allí, hundida en la arena, la cara recubierta con la máscara y disimulada bajo las algas. Vio llegar a Paikan que le hacía señas. Surgió entonces de su escondite, y subió con él a la superficie. Trombas de agua caían de la nube, llevadas por un viento arremolinado que sacudía las casas de recreo sujetas a sus anclas. Una ráfaga se enrolló alrededor de la Torre y trató de arrancarla. La Torre gimió y resistió. El viento barrió el árbol de seda que subió descabellado, hacia la nube, y desapareció en un agujero negro.
Paikan había llevado con él a Eléa hasta la cúpula. La parte baja de la nube la acababa de alcanzar, y se rajaba sobre ella, mezcla de viento aullante, de bruma opaca, de lluvia y de granizo, iluminado por la sucesión de los relámpagos. Ellos acababan de hebillar el cinturón del arma cuando vieron llegar a los del taller, que pegaron sus narices contra un vidrio de la Cúpula. Paikan abrió. Dos reparadores saltaron adentro de la Torre, acompañados por los aullidos y los cañonazos del tornado.
—¿Qué pasa? —preguntó uno de ellos, espantado.
En vez de contestar, Paikan hundió su mano en el arma, y tiró sobre el Alma de la Cúpula que retumbó, gimió y se aplastó. Agarró rápidamente a Eléa, la proyectó hacia el ángulo del avión taller, saltó detrás de ella y despegó en seguida, mientras que ella con mucho trabajo cerraba el vidrio cónico. El taller desapareció en la espesura de la nube.
Era un aparato pesado, lento, poco manejable, pero que no temía a ninguna especie de huracán. Paikan destrozó la emisora que señalaba constantemente la posición del aparato, giró en la nube que crepitaba alrededor de ellos, y se ubicó en el centro que se desplazaba hacia el oeste, siguiendo el impulso que le había sido dado. La Cúpula aniquilada, se precisaría la intervención de las otras Torres para modificar el curso del tomado y neutralizarlo. Esto le dejaba bastante tiempo para ejecutar el plan que Paikan proponía a Eléa:
La única solución para ellos era dejar Gondawa y alcanzar Lamoss, la nación neutra. Para ello, había que romper la pista, aterrizar, posarse, y tomar un aparato de larga distancia. No podía sacar uno sino del parking, en la ciudad subterránea.
Los aparatos de la Universidad no se atreverían a arriesgarse con un temporal semejante, por temor de ver perturbado su campo de no-gravedad, y de caer como piedras. Pero seguramente hacían una buena vigilancia todo alrededor. Había, pues, que alcanzar el emplazamiento de un ascensor quedándose disimulados por la nube, y protegidos por la ronda del rayo.
Paikan hizo bajar a los del taller al límite inferior de la nube. El suelo, barrido por torrentes de lluvia, destellaba a apenas diez altos de hombre, bajo la luz de los relámpagos. Era la gran llanura vitrificada. Los últimos ascensores de Gonda 7 no debían estar lejos. Eléa vio surgir a uno en la bruma. Paikan depositó brutalmente a los del taller. Apenas llegados al suelo, salieron corriendo y apuntaron sobre él sus dos armas a la vez.
El viento aullante llevó su polvo.
Era un ascensor rápido que iba directamente a la 5º Profundidad. Eso no tenía mayor importancia, cada Profundidad tenía su parking. Tomaron la cabina de asistencia inmediata. Cuando el ascensor se abrió para dejarlos salir, estaban lavados, secos, peinados, cepillados. Habían pagado con su llave.
En la Avenida del Transporte la muchedumbre parecía a la vez nerviosa y alelada. Imágenes surgían por todos lados para dar las últimas noticias. Había que hundir su llave en la placa-sonido para oír las palabras. Apoyados en la rama elástica de un árbol, sobre la pista de gran velocidad, ellos vieron y oyeron al presidente Lokan hacer declaraciones tranquilizadoras. No, no era la guerra. Todavía no. El Consejo haría todo lo posible para evitarla. Pero a cada ser viviente de Gondawa le rogaban que no se alejara de su puesto de movilización. La nación podía tener necesidad de todos ellos de un momento a otro.
La mayor parte de los gondas, hombres y mujeres, llevan el arma en la cintura y, sin duda, disimulada en alguna parte de su persona, la Semilla negra.
Los pájaros que no conocían las noticias, los pájaros jugaban, silbando de placer. Eléa sonrió y levantó el brazo izquierdo a la vertical por encima de su cabeza, con el puño cerrado, y el índice horizontal. Un pájaro amarillo frenó en pleno vuelo y se posó sobre el dedo tendido. Eléa lo atrajo a la altura de su cara, y lo apoyó contra su mejilla. Era suave y caliente. Ella sentía su corazón latir tan rápidamente que se diría una vibración. Ella le cantó unas palabras de amistad. Él respondió con un silbido agudo, saltó del dedo de Eléa a su cabeza, le dio unos cuantos picotazos en el cabello, aleteó y se dejó llevar por un vuelo de pájaros que pasaba. Eléa posó su mano en la de Paikan.
Bajaron de la Avenida hasta el parking. Era un bosque en abanico. Las ramas de los árboles se juntaban por encima de las filas de aparatos estacionados.
Las pistas convergían hacia la rampa de la chimenea de partida. De la chimenea de llegada, que se abría en el centro del bosque, caían aparatos de todos los tamaños que seguían las pistas de retorno, para conseguir un refugio debajo de las hojas, como animales en reposo después de la carrera.
Paikan eligió uno de dos plazas veloz y de larga distancia, y se sentó en uno de los asientos, Eléa al lado suyo.
Hundió su llave en la placa de comando, esperando para indicar su destino que la señal azul de la placa se pusiera a guiñar. La señal no se encendió.
—¿Qué es lo que pasa?
Retiró su anillo de la placa y lo hundió de nuevo.
La señal no respondió.
—Prueba la tuya…
Eléa a su vez hundió la llave en el metal elástico, pero también sin éxito.
—Está averiado —dijo Paikan—. ¡Otro, pronto!…
En el momento que se levantaban para salir, el difusor del aparato se puso a hablar. La voz los petrificó. Era la de Coban.
—Eléa, Paikan, sabemos dónde están. No se muevan más. Los mando buscar. No pueden ir a ninguna parte, he hecho anular sus cuentas en el ordenador central, ya no obtendrán nada más con sus llaves, no les pueden servir para nada, solamente para delatarlos, ¿qué esperan aún? no se muevan, los mando buscar… No tuvieron necesidad de ponerse de acuerdo, saltaron fuera del aparato y se alejaron rápidamente. De la mano atravesaron una pista delante de las narices de un aparato que frenó en seco, y se internaron bajo los árboles. Millares de pájaros cantaban entre las hojas verdes o purpúreas, alrededor de las ramas luminosas. Los sonidos, silbantes, apenas audibles de los motores en ralentí, componían un ruido de fondo que apaciguaba e incitaba a no hacer nada, a esperar, a confundirse con la alegría de los pájaros y de las hojas.
En la luz verde y dorada, llegaron al final de una nueva fila de aparatos de larga distancia. El último acababa recién de tomar su lugar. Un viajero se apeó. Paikan levantó su arma y tiró con débil poderío. El hombre fue proyectado y arrojado al suelo, muerto. Paikan corrió hacia él, lo tomó por las axilas, lo arrastró debajo de una rama baja, se agachó sobre él. Le dio mucho trabajo arrancarle su llave. El hombre era gordo, su anillo estaba hundido en su carne. Tuvo que escupir sobre el dedo para conseguir hacerlo resbalar. Cuando el anillo cedió por fin, ya estaba listo para cortarle el dedo, la garganta, cualquier cosa, con tal de poder llevar a Eléa lejos de Coban y de la guerra.
Subieron en el aparato aún caliente, y Paikan hundió la llave en la placa de comando. En vez de la señal azul, fue una señal amarilla la que se puso a palpitar. La puerta del aparato se cerró con un portazo, y el difusor de a bordo se puso a aullar: "¡Llave robada! ¡Llave robada!" Al exterior de la máquina una bocina chillaba.
Paikan abrió la puerta. Saltaron afuera y se alejaron al reparo de los árboles. Detrás de ellos la bocina continuaba su llamado chirriante, y el difusor gritando: «¡Llave robada! ¡Llave robada!».
Los viajeros que se dirigían a los aparatos o salían de ellos prestaban poca atención al incidente. Preocupaciones más graves los hacían apurar el paso. Por encima de la entrada de las Trece Calles, una enorme imagen mostraba la batalla de la Luna. Los dos campos se bombardeaban con sus armas nucleares, erizándola de hongos, cavando gigantescos cráteres, fisurando sus continentes, vaporizando sus mares, dispersando su atmósfera en el vacío. Los transeúntes se paraban, miraban un instante, partían de nuevo más rápidamente. Cada familia tenía un aliado o un pariente en las guarniciones de la Luna o de Marte.
En el momento en que Eléa y Paikan se metían en la decimoprimera calle, la chimenea del parking dio paso a un racimo de aparatos de la Universidad, que se dirigían hacia todas las pistas y todas las entradas.
La decimoprimera calle estaba llena de una multitud febril. Grupos se aglomeraban frente a las imágenes oficiales que trasmitían las noticias de la Luna o la última declaración del Presidente. De tiempo en tiempo, alguien que no había oído sus palabras, hundía su llave en la placa-sonido, y Lokan pronunciaba una vez más las mismas palabras tranquilizadoras:
—Aún no es la guerra.
—¿Qué les hace falta? —gritó un muchacho flaco con el torso desnudo y pelo corto.
—Ya es la guerra si uno la acepta ¡Digan no con los estudiantes! ¡No a la guerras! ¡No! ¡No!
Su protesta no logró ningún eco. Las gentes cerca de él se alejaron, y se dispersaron solos o tomados de la mano. Tenían conciencia de que gritar no o sí, o cualquier otra cosa, ya no serviría para nada.
Eléa y Paikan se apuraban hacia la entrada del ascensor en común, esperando deslizarse entre la multitud para llegar a la superficie. Una vez afuera, algo se les ocurriría. No tenían tiempo de pensar ahora. Los guardias de verde aparecían ya al final de la calle. Formaban una barrera de tres en fondo todo a lo ancho de la ruta Y avanzaban verificando la identidad de cada uno. El gentío se inquietaba y se ponía nervioso.
—¿Qué buscan?
—¡Un espía!
—¡Un enisor!
—¡Hay un enisor en la Quinta Profundidad!
—¡Todo un comando de enisores! ¡Saboteadores!
—¡Atención! ¡Escuchen y miren!
La imagen de Coban acababa de surgir en medio de la calle. Se repetía cada cincuenta pasos, dominando la multitud y los árboles, repitiendo el mismo gesto y pronunciando las mismas palabras.
—Escuchen y miren. Soy Coban. Busco a Eléa - 3 - 19 - 07 - 91. He aquí su cara.
Un retrato de Eléa tomado unas horas antes en el laboratorio, saltó en el lugar de Coban. Eléa se volvió hacia Paikan y escondió su rostro en el pecho de éste.
—¡No temas! —le dijo suavemente.
Le acarició la mejilla, deslizó una mano debajo de su brazo, desató la extremidad de la banda de su busto, le desnudó un hombro, y con la parte así suelta, le envolvió el cuello, el mentón, la frente y los cabellos. Era un arreglo que los hombres y las mujeres usaban a veces, que no llamaría la atención y que le dejaba pocas probabilidades de ser reconocida.
—Busco a esta mujer para salvarla. Si ustedes saben dónde está, señálenla. Pero no la toquen… ¡Escuche, Eléa! Sé que usted me oye. Señálese con su llave hundiéndola en cualquier placa. Señálese y no se mueva más. Escuchen y miren, busco a esta mujer: Eléa - 3 - 19 - 07 - 91…
Un hombre la ha reconocido. Es uno sin llave. La ha reconocido por sus ojos. No hay un azul tan azul en los ojos de ninguna otra mujer, ni en Gonda 7, ni quizá en todo el continente. El hombre está apoyado contra la pared, entre dos troncos trepadores, bajo las ramas de donde cuelgan las máquinas distribuidores de agua, de alimentos y de mil objetos necesarios o superfluos que se pueden obtener con su llave. Él no puede ya obtener nada. Es un paria, un sin llave, no tiene más cuenta, no puede vivir sino de la mendicidad. Tiende la mano, y la gente que viene a servirse en el bosque, de las máquinas multicolores, le dan el fondo de un cubilete, o un poco de comida que come o mete en su bolsa colgada de la cintura. Para esconder la vergonzosa desnudez de su dedo Sin anillo, usa alrededor de la falange de su dedo mayor una cinta negra.
Ha visto a Eléa acurrucarse contra Paikan y éste disimularle la cara. Pero cuando ella ha levantado la cabeza para mirar a Paikan, él le ha visto los ojos, y ha reconocido los ojos azules de la imagen.
Los guardias de verde se acercaban lentamente, inexorablemente. Cada persona interpelada hundía su llave en una placa fijada en la muñeca del guardia. Aquélla, de cada persona buscada, se quedaría hundida y fijada, haciéndola prisionera. Eléa y Paikan se alejaron. El sin llave los siguió.
No habían tomado nunca el ascensor común, frecuentado sobre todo por los menos bien designados, los que no se tomaban de la mano, y tenían necesidad de la compañía de los demás. Supieron que no lo tomarían tampoco ahora, las puertas giratorias no dejaban pasar más que una persona a la vez, con su llave hundida en la placa…
No tomarían este ascensor, ni ningún otro, ni las avenidas de transporte, ni comida, ni bebida. Nada. Ya no podían obtener ninguna cosa. Una imagen gigantesca de Eléa llenó bruscamente todo el ancho de la calle.
—La Universidad busca a esta mujer, Eléa 3 - 19 - 07 - 91. La busca para salvarla. Si la ven, no la agarren, no la toquen. Síganla y señálenla. La buscamos para salvarla. Escuche, Eléa, sé que usted me oye, señálese usted misma con su llave.
—¡Ellos me miran! ¡Ellos me miran! —dijo Eléa.
—No —contestó Paikan—, no te pueden reconocer.
—La reconocerán por sus ojos, cualquiera que sea su disfraz. Miren los ojos de esta mujer. La buscamos para salvarla.
—¡Baja los párpados! ¡Mira el suelo!
Una triple fila de guardias de verde desembocó en el cruce de la decimoprimera calle y la transversal, y se adelantó al encuentro de los otros. No había más escapatoria. Paikan echó una mirada desesperada alrededor suyo.
—Miren bien los ojos de esta mujer…
Cada uno de los ojos era grande como un árbol, y el azul del iris era una puerta abierta en el cielo de la noche. Las lentejuelas de oro brillaban en ellos como fuegos. La imagen giraba lentamente para que cada uno pudiera verla de frente y de perfil.
Agobiada por esta presencia desmesurada de ella misma, Eléa bajaba la cabeza, crispaba su mano sobre la mano de Paikan que la arrastraba hacia las puertas de la Avenida con la esperanza de poder escabullirse por la salida.
La imagen impalpable les cerraba el camino. Llegaron muy cerquita de ella. Eléa paró y levantó la cabeza. Desde lo alto de su cara gigantesca, sus ojos inmensos la miraban en los ojos.
—Ven… —dijo suavemente Paikan.
La atrajo hacia él, y ella se puso nuevamente a caminar: una niebla temblorosa de mil colores la envolvió, habían entrado dentro de la imagen. Emergieron de ella, frente a las puertas de acceso a la Avenida. Los batientes de la salida se abrieron bruscamente bajó la presión de una multitud de estudiantes que corrían. Muchachos y muchachas todos tenían el torso desnudo, extremadamente flaco. Las muchachas se habían pintado sobre cada seno una gran X roja, para negar su femineidad. No había más varones ni mujeres, no había más que rebeldes. Desde el comienzo de su campaña, ellos ayunaban un día sobre dos, y el segundo día no comían más que la ración energética. Se habían vuelto duros, y livianos como flechas.
Corrían acompasando la palabra «Pao» que significa «no» en las dos lenguas gonda. Paikan y Eléa se sumergieron entre ellos a contra corriente, para llegar a los batientes de la puerta antes de que se cerrase.
—¡Pao!… ¡Pao!… ¡Pao!… ¡Pao!…
Los estudiantes los atropellaban y los arrastraban, y ellos volvían a correr hacia adelante apartando la multitud como una estrave. Los estudiantes se golpean contra ellos, se deslizaban a la derecha y a la izquierda, parecían no verlos, alucinados por el hambre y por su grito repetido.
—¡Pao!… ¡Pao!… ¡Pao!… ¡Pao!…
Alcanzaron por fin la puerta. Pero un bloque la llenó y desbordó, empujándolos hacia atrás. Era una compañía de guardias de blanco de la policía del Consejo, codo contra codo, la mano izquierda armada.
Fría, eficaz, sin emoción, la Policía Blanca no se mostraba sino para proceder.
Sus miembros eran elegidos por el Ordenador antes de la edad de la Designación. No recibían llave, no tenían cuenta de crédito, estaban educados y entrenados en un campamento especial debajo de la Novena Profundidad, justo debajo del complejo de las máquinas estáticas. No subían nunca a la Superficie, rara vez por encima de las máquinas. Su universo era el del Gran Lago Salvaje, cuyas aguas se perdían en las tinieblas de una caverna inexplorable. Sobre sus riberas minerales, ellos libraban sin cesar batallas despiadadas los unos contra los otros. Peleaban, dormían, comían, peleaban, dormían, comían. La alimentación que recibían trasformaba su energía sexual desaprovechada en actividad de combate. Cuando el Consejo los necesitaba, los mandaba en cantidad más o menos importante donde la urgencia se hacía sentir, como un organismo moviliza sus fagocitos contra un forúnculo, y todo volvía a la normalidad. Estaban cubiertos de pies a cabeza, con una malla de material blanco parecido a cuero, que no dejaba libre más que la nariz y los ojos. Nadie había sabido nunca cuál era el largo de su pelo. Llevaban dos armas G, igualmente de color blanco, una en la mano izquierda, la otra sobre el vientre del lado derecho. Eran los únicos que podían hacer fuego con las dos manos. El Consejo los había lanzado en la ciudad para liquidar la revuelta de los estudiantes.
—¡Pao!… ¡Pao!… ¡Pao!… ¡Pao!…
El bloque de guardias blancos seguía saliendo, compacto, desde los batientes de la Avenida, y avanzaba hacia los estudiantes cuyos faldones multicolores remolineaban en la calle, subiéndose a los árboles. La multitud sintiendo venir el choque, disparaba hacia todas las salidas posibles. Bloqueada por los guardias verdes en la dos extremidades de la calle, ella refluía hacia las entradas de los ascensores de la Avenida. Una imagen nueva del Presidente surgió de la bóveda, horizontal, larga como la calle, extendida sobre la muchedumbre, y habló.
Una imagen parlante sin llave era tan extraordinaria que todo el mundo paró y escuchó. Hasta los guardias.
—Escuchen y miren… Les informo que el Consejo ha decidido enviar al Consejero de la Amistad Internacional a Lamoss, rogando al gobierno enisor enviar allí su ministro equivalente. Nuestro objeto es tratar de limitar la guerra a los territorios exteriores, e impedir que se extienda a la Tierra. ¡La Paz todavía puede ser salvada!… Todos los seres vivientes de las categorías de 1 a 26 deben dirigirse inmediatamente a su emplazamiento de movilización.
La imagen se dio vuelta completamente y empezó de nuevo su discurso.
—¡Escuchen y miren!… les informo…
—¡Pao!… ¡Pao!… ¡Pao!… ¡Pao!…
Los estudiantes habían formado una pirámide. En la cúspide, una muchacha con los senos rayados, ardiente de fe, gritaba, con los brazos en cruz:
—¡Pao!… ¡Pao!… ¡No lo escuchen! ¡No vayan a sus emplazamientos! ¡Rechacen la guerra, cualquiera que sea! ¡Digan No! ¡Obliguen al Consejo a declarar la Paz! ¡Sígannos!…
Un guardia blanco tiró. La muchacha desapareció en la mejilla de la imagen de Eléa.
—Buscamos a esta mujer…
Los guardias arremetieron tirando.
—¡Pao!… ¡Pao!… ¡Pao!… ¡Pao!…
La pirámide voló en pedazos que eran muchachos y muchachas.
Paikan quiso hundir su mano en el arma, pero ya no estaba en su cintura. La había perdido, sin duda en el momento en que había creído colocarla en su lugar, saltando del aparato. La masa blanca compacta de los guardias iba a alcanzarlos, la multitud huía, los estudiantes pegaban su grito de rebeldía. Paikan aplastó a Eléa contra el suelo y se tiró sobre ella. Un guardia blanco los alcanzó corriendo a grandes zancadas. Paikan le agarró al vuelo la punta de un pie y lo dio vuelta con un golpe seco. El tobillo se rompió, el guardia cayó sin gritar. Paikan le hundió su rodilla sobre las vértebras cervicales y tiró, con sus dos manos, la cabeza hacia atrás. Las vértebras se quebraron. Paikan levantó la mano izquierda inerte, armada, y plegó a fondo los dedos enguantados en el arma. Un puñado de guardias voló y se aplastó contra la pared, y la pared pulverizada desapareció en una nube… Por detrás de la brecha abierta, las pistas de la Avenida desfilaban. La muchedumbre, Paikan y Eléa en medio de ella, se precipitaron allí, gritando. Paikan llevaba el arma del muerto. Los guardias blancos, indiferentes, continuaban con calma, su tarea de exterminio.
Abandonaron la Avenida en el Círculo del Parking. El Parking era la única esperanza, la única salida. Paikan había pensado en otra manera de procurarse un aparato. Pero había que llegar a él…
En el centro del Círculo se levantaban doce troncos de un Árbol Rojo. Unidos en su base, se evadían en corolas, se juntaban por sus ramas comunes como niños que hacen una ronda. Muy alto, sus hojas purpúreas ocultaban la bóveda, y se estremecían bajo la multitud de patas y de los cantos y alas de pájaros escondidos. Alrededor de su pie común daba vuelta un arroyuelo, en el fondo del cual pequeñas tortugas luminosas levantaban con sus cabezas chatas cantos rodados casi trasparentes, para buscar gusanos y larvas. Eléa se arrodilló al borde del arroyuelo. Tomó agua con sus manos y hundió allí su, boca. La escupió con horror.
—Viene del lago de la Profundidad —dijo Paikan—. Tú bien lo sabes…
Ella lo sabía pero tenía sed. Esta maravillosa agua clara era amarga, salada, pútrida y tibia. Era imbebible, aun en el minuto de la muerte. Paikan levantó suavemente a Eléa y la apretó contra él. Tenía sed y tenía hambre; estaba más afectado que ella, porque no tenía el sostén del suero universal. De las ramas encima de ellos colgaban mil máquinas que les proponían en, cambiantes colores, bebidas, alimentos, juegos, placer, necesidad. Sabía que no tenía ni el recurso de romper una u otra, pues en su interior no había nada. Cada una fabricaba lo que tenía que fabricar, a partir de la nada. Con la llave.
—Ven —dijo Paikan con dulzura.
Agarrados de la mano, se acercaron a la entrada del Parking. Tres filas de guardias verdes formaban barrera. En cada calle que terminaba en el Círculo, una fila triple avanzaba, rechazando delante suyo multitudes nerviosas y de más en más densas.
Paikan hundió su mano en el arma, la despegó de su cintura, se volvió hacia la entrada del Parking y levantó el antebrazo.
—¡No! —dijo Eléa—. Tienen granadas.
Cada guardia llevaba en la cintura una granada trasparente, frágil, llena de líquido verde. Bastaba que una sola se rompiese para que toda la muchedumbre fuese dormida inmediatamente. Eléa llevaba alrededor del cuello la máscara que ya le había servido en la Universidad y en las profundidades de la piscina, pero Paikan no tenía ninguna.
—Puedo quedarme dos minutos sin respirar —dijo Paikan—. Pon tu máscara. Y cuando haya tirado, lánzate.
Una imagen de Eléa se iluminó bruscamente en medio del Árbol Rojo y la voz de Coban se elevó:
—No podrán dejar la ciudad. Todas las salidas están vigiladas… Eléa, donde sea que esté, usted me oye. Señálese con su llave. Paikan, piense en ella y no en usted mismo. Conmigo es la vida, con usted es la muerte. Sálvela.
—¡Tira! —dijo Eléa.
Él respiró a fondo y tiró con mediana potencia.
Los guardias se desplomaron. Algunas granadas se quebraron. Una bruma verde llenó de golpe el Círculo hasta la bóveda. La muchedumbre cayó de rodillas, se tumbó, y quedó tendida. Del techo de hojas de doce árboles, decenas de miles de pájaros cayeron como copos de todos colores, troquelados por la bruma. Ya Paikan tiraba de Eléa corriendo hacia el Parking. Él corría, dando zancadas sobre los cuerpos tendidos, y renovaba poco a poco el aire que llenaba sus pulmones. Tropezó contra una rodilla plegada, hizo «¡ha!», inspiró a pesar suyo, se durmió como un bloque, y llevado por el envión, hundió la cabeza adelante en un vientre acostado.
Eléa lo dio vuelta, lo tomó debajo de los brazos y se puso a arrastrarlo.
—¡No llegará a hacerlo sola! —dijo una voz gangosa.
Cerca de ella estaba parado el sin llave, la cara tapada con una máscara modelo viejo, emparchada y sujeta por ligaduras de emergencia. Se agachó y tomó los pies de Paikan.
—Por aquí —dijo.
Condujo a Eléa y su fardo hacia la pared, en un recodo entre dos troncos separadores. Posó a Paikan y miró alrededor suyo. No había un solo ser viviente de pie al alcance de la vista. Sacó de su forja una varilla de hierro forjada, la hundió en un agujero de la pared, dio vuelta y empujó. El panel del muro entre los dos troncos se abrió como una puerta.
—¡Pronto! ¡Pronto!…
Un aparato de la Universidad aterrizaba a la entrada del Parking. Levantaron a Paikan y entraron en el agujero negro.
El despertar era tan brusco como la caída en el sueño. En cuanto fue sustraído a la influencia de la bruma verde, Paikan abrió los ojos y vio la cara de Eléa. Estaba arrodillada cerca de él, tenía su mano derecha entre las suyas, y lo miraba con angustia.
Viéndolo despertar, suspiró de felicidad, le sonrió, abandonó su mano y se apartó para que él pudiese ver alrededor suyo.
Él miró y no vio más que gris. Paredes grises, el suelo gris, la bóveda gris. Y, frente a él, la escalera gris. Suficientemente ancha para dar salida a una muchedumbre, subía desierta, vacía, desnuda, interminablemente, en el gris y el silencio, y desaparecía.
Sobre la izquierda, otra escalera, igualmente ancha y vacía, bajaba enrollándose en el gris que la absorbía. Tramos más angostos y corredores en pendiente cavaban las paredes en todas las direcciones, hacia abajo, hacia arriba. Una capa de tierra cubría uniformemente el suelo, las paredes y las bóvedas.
—¡La escalera —dijo Paikan—. La había olvidado!
—Todo el mundo la ha olvidado —contestó el sin llave.
Paikan se levantó y miró al hombre. También él era gris. Su vestimenta y su pelo eran grises, y su piel de un rosa gris.
—¿Es usted el que me ha traído acá?
—Sí, con ella… ¿Es a ella que buscan, no es cierto?
Hablaba a media voz, sin brillo, sin timbre.
—Sí, es a mí —dijo Eléa.
—No pensarán en seguida en la escalera. Nadie la usa desde hace mucho tiempo. Las puertas han sido clausuradas y disimuladas. Les dará trabajo encontrarlas.
Tres hombres surgieron en silencio de un corredor en declive. Viendo el grupo, se pararon unos instantes, luego se acercaron, miraron a Eléa y Paikan y se fueron sin pronunciar una palabra, por los escalones principales, hacia arriba. Eran un poco de gris moviéndose en el gris inmóvil. Se hacían de menos en menos visibles, de más en más pequeños hacia lo alto, gris sobre gris, indiscernibles. Se les descubría de golpe, porque uno de ellos, en vez de continuar derecho, había dado un paso hacia el costado, punto gris que se movía sobre el gris; después, nada más que el gris que no se movía. Sus pies sobre los escalones habían aplastado la tierra sin desplazarla. Ella se volvía a inflar lentamente detrás de ellos, borrando la huella de sus pies, de su paso, de su vida.
La tierra no era polvorienta, sino afelpada, compacta, sólida. Especie de alfombra aireada, frágil, estable, era el forro de este revés del mundo.
—Si usted quiere subir hasta la Superficie —dijo el hombre, con su voz que era justo (apenas justo) lo suficientemente fuerte para que se le oyese—, hay 30.000 escalones. Necesitará un día o dos.
Paikan contestó ahogando instintivamente la voz. El silencio era como un papel secante en el cual se temen oír las palabras, hundirse y desaparecer.
—Lo que queremos es llegar al Parking —dijo.
—El de la Quinta Profundidad está lleno de guardias. Habría que subir o bajar de una Profundidad. Bajar será más fácil…
El sin llave metió la mano en su alforja, sacó dos esférulas de comida y se las tendió. Mientras que las dejaban disolver en sus bocas, limpió, con el filo de la mano, la tierra que acolchaba a una especie de cilindro que bordeaba, a la altura de un hombre, el largo de la pared, y hundió en él dos veces una cuchilla. Un doble chorro de agua empezó a correr Eléa con la boca abierta, se precipitó bajo la delgada columna trasparente. Se ahogó, tosió, estornudó, rió de felicidad. Paikan bebía dentro de sus dos manos ahuecadas. Apenas habían apagado su sed, cuando el doble chorro disminuyó y se secó: el conducto de agua había reparado su escape.
—Beberán nuevamente agua más lejos —dijo el hombre—. Apurémonos, hay que bajar 300 escalones para llegar a la Sexta Profundidad.
Tomó la escalera de la derecha. Ellos lo siguieron. Él casi corría sobre los escalones, con una seguridad nacida de su larga práctica con la escalera y su vestimenta de tierra. Atravesó un estrecho rellano, tomó una escalera perpendicular, luego otra, otra y otra. Daba vueltas a la izquierda, a la derecha, bifurcaba, zigzagueaba, sin titubear, cayendo y bajando de piso en piso, siempre más abajo.
De la mano, Eléa y Paikan bajaban detrás de él, se sumergían en la espesura gris. A veces encontraban, cruzaban o pasaban a otros sin llaves silenciosos, que se desplazaban sin prisa, solos o por pequeños grupos. El complejo de la escalera era su universo. Este cuerpo abandonado, vaciado, este esqueleto hueco, vivía por su presencia furtiva. Habían practicado aberturas clandestinas, vuelto a abrir puertas desconocidas por las cuales se escurrían en el mundo del ruido y del color, justo el tiempo necesario para procurarse lo indispensable, por la mendicidad o la rapiña. Luego volvían al interior del gris, del cual habían tomado más o menos el colorido. La tierra del suelo ahogaba el ruido de los pasos, la de la pared el de las palabras. El silencio que los rodeaba entraba en ellos y los hacía callar.
Aturdidos, corriendo, saltando escalones, Eléa y Paikan seguían a su guía que arremetía hacia adelante. Les explicaba todo, con algunas palabras, trozos de frases, apenas habladas, como cuchicheadas. Hablaba del hambre cuando la gente del color no quería dar. Entonces estaban reducidos a comer «pájaros redondos». Mostró uno que huía delante de ellos. Era grande como un puño, era gris, no tenía alas.
Para atravesar un rellano, corrió a toda velocidad sobre sus patas flacas. Llegado arriba de los escalones, se precipitó, ocultó su cabeza y sus patas bajo las plumas, y rodó, rebotó, como una pelota hasta abajo.
Vieron varios que rascaban el suelo, y extirpaban con la punta del pico unos gusanos grasosos verde gris, que cavaban su galería en el espesor de la tierra y se nutrían de ella.
Eléa conservaba sus fuerzas y su aliento, pero Paikan tuvo que detenerse. Descansaron unos minutos, sentados al pie de un tramo de escalera. En un recodo del rellano, ardía una pequeña llama. Tres sombras silenciosas en cuclillas cocinaban «pájaros-redondos», que tenían agarrados por las patas sobre un fuego de bastara. El horrible olor de la carne asada llegó hasta él y dio náuseas a Paikan.
—Sigamos —dijo.
En el momento que se levantaban, grandes golpes resonaron en una de las paredes. Las tres sombras silenciosas se fugaron llevando sus presas medio crudas. Un fragmento del muro voló en pedazos.
—¡Rápido! —dijo el sin llave—. ¡Es una antigua puerta, la han encontrado!…
Los empujó delante suyo hacia arriba. Volvieron a subir el tramo de escalones de cuatro en cuatro. Sobre el descanso, el panel de la pared se desmoronó y los guardias de verde entraron.
Los tres fugitivos corrían a toda velocidad por un corredor en pendiente, expulsando delante suyo una bandada de «pájaros-redondos» que rodaban, sacaban sus patas, para acelerar su velocidad, y se lanzaban de nuevo, de más en más rápidamente, sin un piar de espanto, redondos, rodantes, silenciosos y grises.
En el fondo del corredor, delante suyo, la voz de Coban se elevó. Estaba ahogada, descarnada por los fieltros de tierra, parecía muy próxima y venía, extenuada, del fondo del mundo.
—Escuche Eléa, sabemos dónde está. No se mueva más, nos reunimos con usted. No se mueva más, el tiempo apremia…
El ruido del sordo pisotear de los guardias venía hacía ellos, detrás suyo, por encima de ellos. El sin llave paró.
—Están por todos lados —dijo.
Paikan hundió la mano en el arma.
—¡Espere! —dijo el hombre.
Se arrodilló, hizo un agujero con las manos en la alfombra de tierra, pegó su oreja contra el suelo y escuchó.
Se levantó de un salto.
—¡Sí! —dijo—. Tire acá.
Al venir a refugiarse detrás de Paikan, mostraba el suelo desnudo.
Paikan tiró. El suelo tembló. Panes de tierra rasgados volaron por el aire.
—¡Más fuerte!
Paikan tiró de nuevo. El suelo se abrió rugiendo.
—¡Salte!
El sin llave dio el ejemplo y saltó en el abismo desde donde subía un ruido de agua. Saltaron detrás suyo y cayeron en el agua amarga y tibia. Una correntada muy fuerte los llevó. Eléa subió a la superficie y buscó a Paikan. El agua era ligeramente fosforescente, más brillante en los remolinos y los torbellinos. Vio la cara de Paikan que emergía. Sus cabellos brillaban con una luz verde. Él le sonrió y le tendió la mano. El techo en declive se hundía en la corriente, que se desagotaba por un sifón. En el centro del torbellino apareció una bola brillante: la cabeza del sin llave, levantó la mano e hizo señas de que se zambullía y desapareció. Eléa y Paikan comenzaron a arremolinarse y fueron aspirados por la profundidad. De la mano, las piernas flojas, sin peso, se hundían en el enorme espesor de un músculo de agua palpitante y tibia. Caían a una velocidad fantástica, giraban extendidos alrededor de sus manos juntas, daban virajes que los tiraban contra paredes afelpadas de millares de raicillas, emergían en lo alto de una curva, respiraban, y volvían a partir, aspirados, arrastrados, siempre más abajo. El agua tenía un gusto de podredumbre y sales químicas. Era la corriente grande surgida de la Primera Profundidad. A la salida del lago, atravesaba una máquina estática, que le agregaba la alimentación requerida por las plantas. Bajaba luego de piso en piso, dentro de los muros y dentro de los suelos, y bañaba las raíces de toda la vegetación enterrada.
Una caída vertical se terminaba por un amplio viraje y una vuelta a subir, que los proyectaba en medio de un géiser de burbujas fosforescentes. Encontraron el aire en la superficie de un lago, que fluía lentamente hacia un portal sombrío. Una multitud de columnas torcidas, las unas gruesas como diez hombres, otras delgadas como la muñeca de una mujer, bajaban del techo y se hundían en el agua donde se ramificaban y se desarrollaban.
Era un pueblo de raíces relucientes.
Sobre una de ellas, torvo, estaba sentado el sin llave. Les gritó:
—¡Suban! ¡Rápido!
Eléa se izó hasta una lazada casi horizontal, y arrastró a Paikan, sobre quien pesaba ya el cansancio. El agua relucía y chorreaba sobre las largas serpientes vegetales con un ruido acariciante. Desde el portal sombrío llegaba de vez en cuando el rumor sordo de un remolino. Una luz pálida subía desde el agua, se deslizaba entre las raíces, fría, viscosa, verde. De todas partes del lago, puntos luminosos, de un rosa vivo, acudían hacia los remolinos que dejaban los tres fugitivos. Hubo por debajo suyo, muy pronto, una ebullición de luz rosa frenética. De vez en cuando, algunas de esas gotas vivas saltaban fuera del agua como chispas, trataban de adherirse a las piernas desnudas que colgaban fuera de su alcance. Eran pescados minúsculos, casi cortados en dos por su boca abierta.
—Los pescados amargos —dijo el sin llave—. Si le toman el gusto a usted, acaban con todo, hasta los mismos huesos.
Eléa se estremeció.
—¿Pero habitualmente qué comen?
—Raíces muertas, todos los desechos que lleva la corriente. Son limpiadores. Y cuando no hay otra cosa, se comen entre ellos.
Se volvió hacia Paikan, golpeó con el puño el techo que tocaba con la cabeza, y dijo:
—¡Parking!…
Las raíces que se bañaban en el lago eran las del bosque de la Sexta Profundidad.
Paikan levantó su arma y tiró entre dos hileras de raíces. Una porción del techo saltó. Por la brecha, un árbol gigante se derrumbó lentamente. Sus ramas arrastraban un aparato en el cual se agitaban dos siluetas claras. Se cayó en el lago, y el árbol inclinado lo hundió y lo mantuvo en el agua. Era una a lancha motor de la policía del Consejo, ocupada por guardias blancos. En un relámpago rosa, los millones de pescados lenticulares se precipitaron sobre ellos y los atacaron por la porción descubierta de su cara, se hundieron por sus ojos al interior de su cabeza, y por la nariz dentro de su pecho y de su vientre. El aparato se llenó de agua roja.
Seguidos del sin llave, Eléa y Paikan treparon a lo largo de las raíces y de las ramas, y pusieron pie sobre el suelo del Parking. Los estudiantes libraban contra los guardias blancos una batalla sin esperanza. Habían encontrado, en un aparato de carga bloqueado por la guerra, barras y bolas de oro que debían servir para edificar sobre la Luna máquinas estáticas. Con éstas bombardeaban a los policías, corriendo y disimulándose detrás de los árboles y los aparatos. Eran armas irrisorias. A veces una de ellas daba en el blanco y rajaba un cráneo con un rayo de oro, pero la mayoría no alcanzaba su objetivo.
Las filas de los policías penetraban entre los árboles como serpientes blancas y tiraban al bulto. Agarraban a los estudiantes en plena carrera y los arrojaban, dislocados, entre los troncos o entre el follaje.
Las ramas crujían y caían aparatos que estallaban en pedazos. Todos los pájaros del Parking habían abandonado el bosque y daban vueltas bajo la bóveda en una ronda enloquecida, erizada de piares de espanto. Atravesaban la imagen del Consejero Militar, con el pelo negro trenzado, que anunciaba la negativa del gobierno enisor de enviar un ministro a Lamoss. Ordenaba a todos los seres vivientes de Gondawa a dirigirse a sus puestos de movilización. La imagen siniestra del hombre flaco se apagaba, y reaparecía un poco más lejos, recomenzando su anuncio.
Por encima de la entrada de las Doce-Calles, daba vueltas una imagen de Eléa, un cuarto de vuelta a la izquierda, a la derecha, a la izquierda, a la derecha…
—La Universidad busca a esta mujer, Eléa 3 - 19 - 07 - 91. Ustedes la reconocerán por los ojos. La buscamos para salvarla. Eléa, identifíquese con su llave…
Al extremo de una pista, cerca de la chimenea de despegue, una pequeña cantidad de gente había bloqueado un aparato de forma oblonga, inusitado en Gondawa. Un ciudadano de Lamoss, que lo ocupaba, fue extraído de él con violencia. Gritaba que no era enisor, que no era un espía, que no era un enemigo. Pero la multitud no comprendía la lengua lamoss. Ella veía la vestimenta extraña, el pelo cortado al ras, la cara de color claro, y gritaba: «Espía», «A la muerte». Comenzó a golpear. Algunos estudiantes volaron a auxiliar al hombre. Los guardias blancos los siguieron. El lamoss despedazado, desgarrado, en jirones, hecho papilla bajo los pies de la muchedumbre rabiosa. Los estudiantes furiosos aullaban contra el horror y la imbecilidad. La muchedumbre gritaba: «¡Estudiantes! ¡Espías! ¡Vendidos a la muerte!». La muchedumbre arranca, rasga los faldones de los estudiantes y las estudiantes, les arrancan los pelos, las orejas, los ojos, los sexos, los guardias blancos tiran, barren con todo el montón, todo el rincón, todo el mundo.
El sin llave tuvo una sonrisa triste, hizo un gesto amistoso a sus dos compañeros, y se alejó en dirección de las Doce-Calles. Eléa y Paikan se apresuraron en llegar a una zona más tranquila del Parking. La segunda fila de aparatos de larga distancia estaba casi desierta, apacible. Un aparato que acababa de llegar se ubicaba en su sitio. Paró, se posó, su puerta se abrió, un hombre apareció. En el momento de bajar se detuvo, sorprendido, para escuchar los gritos de violencia y los choques sordos de las armas. Los árboles le impedían ver, pero el tumulto llegaba hasta él. Saltó a tierra.
—¿Qué pasa? —preguntó a Paikan.
Éste, por toda respuesta, levantó hacia él su mano izquierda enguantada con el arma blanca, y con la mano derecha le arrancó su arma, que tiró a lo lejos.
—¡Vuélvase a subir! ¡Pronto!
Comprendiendo de menos en menos, el hombre obedeció. Paikan le hizo sentarse, le tomó la mano y hundió su llave en la placa elástica…
Interminable espera de un instante de silencio. Luego bruscamente el indicador luminoso palpitó. Paikan dio un profundo suspiro y con su mano derecha cerró la boca del hombre.
—¿Destino? —preguntó el difusor.
—Lamoss, primer parking.
Hubo un corto ronroneo seguido de un ruido «clap».
—Crédito suficiente. Destino registrado, retire su llave. Partida…
Paikan arrancó al hombre de su asiento y lo arrojó fuera, gritándole agradecimiento y disculpas. Ya la puerta se cerraba bruscamente, el aparato decolaba, giraba sobre sí mismo, y alcanzaba la pista. Se dirigió hacia la rampa de salida.
El difusor de a bordo habló:
—¡La Universidad busca a Eléa 3 - 19 - 07 - 91, Eléa identifíquese con su llave!…
La chimenea de partida aspiró al aparato que brotó hacia arriba. Salió de la Boca y subió en la noche exterior.
Desde que vivían en la superficie, Eléa y Paikan habían perdido la costumbre de la luz perpetua de las ciudades enterradas. Era de día cuando dejaron el Parking, y pensaban encontrar el día en el exterior. Pero la Tierra y el Sol habían continuado su carrera y la noche había llegado con sus pueblos de estrellas. Se acostaron uno junto al otro sobre el lecho del aparato, y de la mano, sin decir una palabra, se dejaron invadir por la dulzura y el silencio infinitos. Ascendían en la noche y la paz, hacia un cielo estrellado; se olvidaban de la Tierra y de sus horrores absurdos. Estaban juntos, estaban bien, cada instante de felicidad era una eternidad.
Se pusieron los círculos de oro de los cuales estaba provisto el lecho, y los dos bajaron la placa frontal. Tenían tanto la costumbre de comunicarse así, que cada uno podía recibir del otro el contenido de su memoria, al mismo tiempo que sin necesidad de pensar, le participaba lo que contenía la suya. El intercambio se efectuaba constantemente.
Se ponían los círculos, cerraban los ojos, bajaban la placa, y en seguida no tenían más que una sola memoria, un solo pasado. Cada uno evocaba los recuerdos del otro como si fueran propios. Ya no eran más dos seres que creen conocerse y se equivocan, sino un solo ser sin rastros de sombra, solidario y sólido frente al mundo. Así Paikan supo sobre todo el proyecto del Refugio, y de cada instante vivido por Eléa entre el momento en que los habían separado y en el que se habían vuelto a juntar. Así supo cómo había recobrado su libertad. Informado por ella misma, sufrió por Eléa, sin reproche y sin celos. No había lugar entre los dos para sentimientos de ese orden, pues cada uno conociendo el otro, lo comprendía completamente.
Se sacaron al mismo tiempo los círculos de oro y se sonrieron, en una comunión total, una felicidad perfecta de estar juntos, de no ser más que uno en su mutuo conocimiento, y dos para compartirla y multiplicar sus goces. Como dos manos de un mismo cuerpo que acarician el mismo objeto, como dos ojos que dan al mundo su profundidad.
El difusor de a bordo habló:
—Estamos alcanzando el nivel 17, vamos a comenzar el vuelo horizontal hacia Lamoss. Marcha autorizada: velocidad 9 a 17. ¿Qué velocidad desean ustedes?
—El máximum —dijo Paikan.
—Máximum, velocidad 17, registrada. Atención a la aceleración.
A pesar del aviso, el desplazamiento horizontal apretó a Eléa contra el fuselaje, e hizo rodar a Paikan por encima de ella. Ésta se puso a reír, tomó con sus dos manos sus largos cabellos rubios todavía húmedos, le mordisqueó la nariz, las mejillas, los labios.
No pensaban más en sus infortunios, en las amenazas, en la guerra. Volaban hacia un abra de paz. Quizá momentáneo, precario, ilusorio, y donde los múltiples problemas se presentarían, en todo caso, para ellos. Pero estas preocupaciones eran para mañana, para después. Vivir las desgracias de antemano, es soportarlas dos veces. El momento presente era de alegría, no había que emponzoñarlo.
Fue cortado bruscamente por el alarido de las sirenas de alerta en el difusor.
Helados, se enderezaron. Una señal roja guiñaba en la plaqueta de mando…
—Alerta general —decía el difusor. Todos los vuelos están anulados. Volvemos al Parking por el camino más corto. Deben dirigirse inmediatamente a sus emplazamientos de movilización…
El aparato viró y comenzó, una bajada vertiginosa en oblicuo. En el suelo, al través del fuselaje trasparente, se veía el ballet enloquecido de las casas de recreo acercarse a una velocidad en aumento, y el embudo de la Boca aspirar las burbujas luminosas que revoloteaban por encima de ella, esperando su turno.
El aparato disminuyó de velocidad y vino a tomar su lugar en la ronda. Todos los aparatos de la superficie habían recibido la orden de volverse. Casas o máquinas, eran millares en dar vueltas por encima de la Boca que aspiraba los más cercanos. La ronda cubría todo el lago y el bosque.
—Nos llevan de vuelta a la Ciudad, a la trampa —dijo Eléa— hay que saltar.
Estaban en ese momento sobrevolando el lago a velocidad reducida, a una altura razonable para poder dar un salto. Pero las puertas estaban bloqueadas durante el vuelo. Ya abandonaban el lago, y sobrevolaban la masa compacta de los árboles. Paikan tiró de la placa de mando. El aparato sé encabritó e inició una subida, volvió a bajar, subió balanceándose, perdiendo altura cada vez más, a la manera de una hoja de otoño que cae. Pasó rozando la cima del bosque, subió nuevamente, bajó y destrozó la copa de un tronco gigante coronado de palmeras. Se quedó plantado allí como una manzana sobre un lápiz.
Estaban acostados el uno junto al otro al borde del lago, sobre el pasto que bajaba hasta la arena. La mano de Eléa estaba en la de Paikan. Sus ojos grandes abiertos miraban la noche límpida. La Boca había absorbido los últimos rezagados, el cielo no ofrecía ya nada más que sus estrellas. No veían otra cosa, y continuaban en medio de ellas, en la inmensa paz indiferente del espacio su viaje de esperanza interrumpido.
Frente a ellos, al ras del lago, la Luna se levantaba en su cuarto menguante. Estaba hinchada, como envuelta en algodón, deformada, rojiza. Fulguraciones purpúreas iluminaban sin cesar su parte sombría. Ella brillaba a veces toda entera con un breve resplandor semejante al del Sol. Era la imagen silenciosa de la destrucción de un mundo, propuesta a los hombres por los hombres.
Aquí mismo, antes del fin de la noche…
Sin moverse más, sin mirarse, enlazaron sus dedos y sus palmas una contra la otra, estrechamente.
Detrás suyo, en el bosque, un caballo relinchó suavemente, como para quejarse. Un pájaro, molestado en su sueño, pió y se volvió a dormir. Un aire liviano pasó sobre sus caras.
—Podríamos partir a caballo… —Murmuró Paikan.
—Para ir ¿adónde?… Ya nada es posible, ya… Se acabó…
Sonreía en la noche. Estaba con él. Cualquier cosa que pasara, le pasaría a él con ella, a ella con él.
Hubo un relincho más próximo, y el ruido blando de pisadas de caballo sobre el pasto. Se levantaron. El caballo, blanco a la luz de la luna, vino hasta ellos, paró y meneó la cabeza.
Ella hundió su mano en sus largos pelos, y lo sintió temblar.
—Tiene miedo —dijo Eléa—. Tiene razón…
Ella vio la silueta de su brazo extendido dar la vuelta del horizonte.
En todas las direcciones, la noche se iluminaba con fulgores breves, como tormentas lejanas.
La batalla… en Gonda 17… Gonda 41…, Han debido desembarcar por todos lados.
Un retumbar sordo comenzaba a seguir a los relámpagos. Llegaba ininterrumpido por toda la circunferencia del círculo del cual ellos eran el centro. Hacía sensible el suelo bajo los pies.
Despertó a los animales del bosque. Los pájaros volaban, se enloquecían por encontrar la noche, trataban de volver a su nido, se golpeaban contra las ramas y las hojas. Las ciervas oceladas del bosque salieron y vinieron a agruparse alrededor de la pareja humana. Hubo también un caballo azul invisible en la noche, y los pequeños osos lentos en los árboles con su chaleco claro, y los, conejos negros de orejas cortas, cuya cola blanca se agitaba a ras del suelo.
—Antes del fin de la noche —dijo Paikan—, ya no quedará nada vivo acá, ni un animal, ni una brizna de pasto, Y los que se creen protegidos allí abajo, tienen solamente una prórroga de algunos días, puede ser que de algunas horas.
—Quiero que entres en el Refugio. Quiero que vivas.
—¿Vivir?… ¿Sin ti?…
Ella se apoyó contra él y levantó la cabeza. El veía la noche de sus ojos reflejar las estrellas.
—No estaré sola en el Refugio. Estará Coban. ¿Piensas en ello?
Él sacudió la cabeza como para rechazar esta imagen.
—Cuando nos hayamos despertado, yo deberé hacerle hijos. Yo que todavía no los he tenido de ti, yo que esperaba… Este hombre, dentro de mí, incesantemente, para sembrarme sus hijos, ¿no te importa?
Él la estrechó bruscamente contra sí, luego reaccionó, se esforzó por calmarse.
—Estaré muerto… desde hace mucho tiempo… desde esta noche…
Una voz inmensa y descarnada salió del bosque. Los pájaros se volaron, golpeándose en su vuelo contra todos los obstáculos de la noche. Todos los difusores trasmitían la voz de Coban. Ésta se mezclaba y se superponía a sí misma, vibraba y se esparcía sobre la superficie de las aguas. El caballo azul levantó la cabeza hacia el cielo y lanzó un grito como una trompeta.
—Eléa, Eléa, escuche, Eléa… Sé que ustedes están en el exterior… Usted está en peligro… El ejército de invasión aterriza sin parar… Ocupará pronto toda la Superficie… Identifíquese en un ascensor con su llave, e iremos a buscarla allí donde sea que se encuentre… No tarde más… Escuche, Paikan, ¡piense en ella!… Eléa, Eléa, éste es mi último llamado. Antes de que termine la noche, el Refugio se cerrará, con usted o sin usted.
Luego fue el silencio.
—Soy de Paikan —dijo Eléa con una voz baja, grave.
Ella se colgó de su pescuezo.
Él puso sus brazos alrededor de ella, la levantó y la acostó sobre el blando colchón de pasto, entre los animales. Éstos se apartaron formando círculo alrededor de ellos. Llegaban otros del bosque, todos los caballos blancos, los azules, los negros, más pequeños, que no se distinguían bajo la luna. Y las lentas tortugas salían del agua para juntarse a ellos. La luz de los horizontes palpitaba alrededor suyo en las extremidades del mundo. Estaban solos junto a la muralla viviente de los animales que los protegían y los tranquilizaban. Él deslizó su mano bajo la banda que cubría el pecho de Eléa e hizo florecer un seno entre dos bucles. Posó sobre él su palma redondeada y lo acarició con un gemido de felicidad, de amor, de respeto, de admiración, de ternura, con un agradecimiento infinito hacia la vida que había creado tanta belleza perfecta y se la había dado para que él supiera que era bella.
Y ahora, era la última vez.
Posó sobre él su boca entreabierta, y sintió la suave punta volverse firme entre sus labios.
—Soy tuya… —murmuró Eléa.
Él liberó el otro seno y lo estrechó tiernamente, luego desató la vestidura de las caderas. Su mano corrió a lo largo de las mismas, a lo largo de los muslos y de todas las pendientes que la llevaban al mismo punto, a la punta del bosque corto dorado, al nacimiento del valle cerrado.
Eléa resistía al deseo de abrirse. Era la última vez. Había que eternizar cada impaciencia y cada liberación. Ella entreabrió justo para dejar a la mano el lugar para deslizarse, para buscar, para encontrar, la punta de la punta y del valle, la confluencia de todas las pendientes, protegido, escondido, cubierto, ah… ¡descubierto! el centro ardiente de sus goces.
Ella gimió y posó a su vez las manos sobre Paikan.
El horizonte retumbó. Un resplandor verde convirtió en verde un tropel de caballos blancos, que brincaban sin desplazarse, asustados.
Eléa no veía ya nada. Paikan veía a Eléa, la miraba con sus ojos, con sus manos, con sus labios, se llenaba la cabeza con su carne y con su belleza y con el goce que la recorría, la hacía estremecer, le arrancaba suspiros y gritos. Ella cesó de acariciarlo. Sus manos sin fuerza cayeron sobre él. Los ojos cerrados, los brazos caídos, ella no pensaba más, no pensaba más, era el pasto y el lago y el cielo, era un río y un sol de felicidad. Pero aún no eran más que las olas antes de la ola única, la gran ruta luminosa múltiple hacia la única cumbre, el maravilloso camino que ella no había nunca recorrido tan largamente, que él dibujaba y redibujaba con sus manos y sus labios sobre todos los tesoros que ella le daba. Y lamentaba no tener más manos, más labios para hacerle por todos lados más goces a la vez. Y él le agradecía en su corazón de ser tan bella y tan feliz.
De un solo golpe, el cielo todo entero volvióse rojo. El tropel rojo de caballos partió al galope hacia el bosque.
Eléa ardía. Jadeante, impaciente, ya no era posible, ella tomó en sus manos la cabeza de Paikan de suaves cabellos color de trigo, que ella no veía, que no podía ver más, lo atrajo a sí, su boca sobre la suya, luego sus manos bajaron y tomó el árbol amado, el árbol ofrecido, acercado y rehusado, y lo condujo a su valle abierto hasta su alma. Cuando él entró, ella tuvo un estertor, murió, se derritió, se desparramó por los bosques, sobre los lagos, sobre la carne de la tierra. Pero él estaba en ella. Paikan la llamaba alrededor suyo, con largos llamados poderosos que la traían de vuelta de los extremos del mundo, Paikan, la llamaba, la atraía, la volvía a juntar, la endurecía, la apretaba hasta que el medio de su vientre atravesado de llamaradas estallase en un goce prodigioso, indecible, intolerable, divino, bien amado, ardiente, hasta la extremidad de la menor parcela de su cuerpo que la sobrepasaba.
Sus dos caras calmadas descansaban una contra la otra. La de Eléa estaba vuelta hacia el cielo rojo. La de Paikan bañada en el pasto fresco. No quería aún retirarse de ella. Era la última vez. Pesaba sobre ella justo lo suficiente para tocarla y sentirla todo a lo largo de su piel. Cuando la dejara sería para siempre. No habría más mañana. Nada volvería a comenzar. Estuvo a punto de dejarse llevar por la desesperación y ponerse a aullar contra la absurda, la atroz, la insoportable separación. El pensamiento de su muerte próxima lo apaciguó.
Una pesada detonación hizo temblar el suelo. Parte del bosque se incendió de un sólo golpe. Paikan levantó la cabeza y miró, en la luz danzante, la cara de Eléa, estaba bañada por una gran dulzura, la paz grande que conocen después del amor las mujeres que lo han recibido y dado en su plenitud. Ella descansaba sobre el pasto con todo su cuerpo enteramente distendido. Apenas respiraba. Estaba más allá de la vigilia y el sueño. Estaba bien por todos lados, y lo sabía. Sin abrir los ojos, preguntó muy suavemente:
—¿Me miras?
Él respondió:
—Eres bella…
Lentamente, la boca y los ojos cerrados se convirtieron en una sonrisa.
El cielo palpitó y se fundió. En un aullido, una bandada de soldados enisores medio desnudos, pintados, en sus asientos de hierro surgió en las alturas de la noche inflamada, y corrió oblicuamente, por encima del lago, hacia la Boca. De todas las chimeneas, las armas de defensa tiraron. El ejército aéreo fue asolado, dispersado, arrasado, devuelto hacia las estrellas en millares de cadáveres dislocados que recaían en el lago y el bosque. Los animales corrían en todos sentidos, se tiraban al agua, volvían a salir de ella, daban vueltas alrededor de la pareja, bailando de enloquecimiento. Una serie de explosiones aterradoras levantó el bosque incendiado y lo proyectó por doquier. Una rama antorcha cayó sobre una cierva que pegó un salto fantástico y se zambulló. Los caballos en llamas galopaban y coceaban. Del cielo un nuevo ejército bajó aullando.
Paikan quiso irse de Eléa. Ella lo retuvo. Abrió los ojos. Lo miró. Ella estaba feliz.
—Vamos a morir juntos —dijo.
Él deslizó su mano en el arma abandonada sobre el pasto, se retiró, y se enderezó. Ella tuvo el tiempo de ver el arma apuntándole. Gritó:
—¡Tú!
—Vas a vivir —le contestó.
Y tiró.
Lo que aconteció después, Eléa lo descubrió al mismo tiempo que los sabios de EPI. El arma la había abrumado, pero sus sentidos habían continuado recibiendo impresiones, y su memoria subconsciente atrapándolas.
Sus oídos habían escuchado, sus ojos entreabiertos habían visto, su cuerpo había sentido a Paikan ajustar alrededor suyo algunas vestimentas, tomarla en sus brazos y caminar hacia los ascensores en medio del infierno desencadenado. Había hundido su llave en la placa, pero la cabina no subía. Había gritado:
—¡Coban! ¡Lo llamo! ¡Soy Paikan! Le traigo a Eléa…
Hubo un silencio, gritó de nuevo el nombre de Coban, el nombre de Eléa. Una señal verde se puso a palpitar encima de la puerta, y la voz de Coban sonó, borrada, cortada, a ratos ahogada, otras veces como el sonido de una lengua de acero:
—Tarde… bien tarde… enemigo… penetrado en Gonda 7… su grupo de ascensores aislado… voy a tratar baje… envío un comando atravesar el enemigo a su encuentro identifíquese… su anillo… todas las placas… repito envío…
La cabina del ascensor llegó y se abrió.
El suelo se levantó con una explosión aterradora, el techo del ascensor fue pulverizado, Eléa arrancada de los brazos de Paikan, el uno y el otro levantados, enrollados, arrojados al suelo. Y los ojos de Eléa, inconsciente, veían el cielo rojo del cual bajaban sin cesar nubes de hombres rojos. Y sus oídos escuchaban el aullido que llenaba la noche en llamas.
Su cuerpo sintió la presencia de Paikan. Se había reunido con ella. La tocaba. Sus ojos vieron la cara angustiada esconder el cielo e inclinarse hacia ella. Vieron su frente, herida, sus cabellos rubios manchados de sangre. Pero su conciencia estaba ausente, y ella no resintió ninguna emoción. Sus oídos escucharon la voz de Paikan que hablaba para tranquilizarla:
—Eléa… Eléa… Estoy acá… Te voy a llevar… a… el Refugio… Vivirás…
La levantó y la cargó sobre su hombro.
El busto de Eléa colgaba en la espalda de Paikan, y sus ojos no vieron nada más. Su memoria no registró más que ruidos, y sensaciones difusas, profundas, que entran en el cuerpo por toda la superficie y el espesor de su carne, y que la consciencia ignora.
Paikan le hablaba, y ella oía su voz entre las explosiones y las crepitaciones del bosque que ardía.
—Te voy a llevar… Voy a bajar en el ascensor… por la escalera… Soy tuyo… No temas… Estoy contigo.
Sobre la pantalla grande de la Sala del Consejo, no había más imágenes precisas. En la mesa del podio, Eléa con los ojos cerrados, la cabeza en sus manos, dejaba que su memoria liberara lo que había registrado. En los difusores estallaban estrépitos, explosiones, gritos horribles, el fragor de temblores de tierra. Sobre la pantalla, el circuito-imagen traducía los impulsos recibidos por los derrumbamientos de colores gigantescos, caídas interminables hacia un abismo sulfuroso, erupciones de tinieblas. Era el retorno de un mundo hecho pedazos hacia el caos que precedió todas las creaciones.
Y después hubo una sucesión de golpes sordos y afelpados, de más en más cerca, de más en más poderosos.
Eléa parecía molesta, incómoda. Abrió nuevamente los ojos y se arrancó el círculo de oro.
La pantalla se apagó.
Los golpes sordos continuaron. Y de repente fue la voz de Labeau:
—¿Oyen? ¡Es su corazón!
Hablaba directamente de la sala de reanimación, por todos los difusores.
—¡Hemos triunfado! ¡Vive! ¡Coban vive!
Hoover se levantó de un salto, gritó "¡Bravo!" y se puso a aplaudir. Todo el mundo lo imitó. Los viejos sabios y aun los más jóvenes, los hombres y algunas mujeres entre ellos, se aliviaban gesticulando con grandes gritos, del malestar que sentían de volverse a encontrar entre sí, a mirarse los unos a los otros, después de haber oído y visto juntos sobre la pantalla las escenas más íntimas evocadas por la memoria de Eléa. Simulaban no darle ninguna importancia, estar hastiados de todo, de considerarlo con un puro espíritu científico, o de tomarlo en broma. Pero cada uno estaba profundamente conmovido en su espíritu y su carne, y encontrándose de golpe nuevamente en el mundo de hoy, no se animaba más a mirar a su vecino quien también desviaba su mirada. Tenían vergüenza. Vergüenza de su pudor y vergüenza de su vergüenza. La maravillosa, la total inocencia de Eléa les mostraba hasta qué punto la civilización cristiana había —desde San Pablo y no después de Cristo— pervertido condenándolos, los goces más bellos que Dios haya dado al hombre. Se sentían todos, aun los más jóvenes, semejantes a pequeños viejecitos salaces, impotentes y mirones. El corazón de Coban, al despertarse, acababa de ahorrarles ese penoso momento de molestia colectiva, en que la mitad de ellos enrojecía y la otra mitad palidecía.
El corazón de Coban latía, se detenía, volvía a comenzar, irregular, amenazado. Los electrodos de un estimulador, fijados sobre su pecho por medio de vendas, intervenían automáticamente cuando el paro se prolongaba, y la sorpresa de un choque eléctrico hacía volver a funcionar el corazón con el sobresalto.
Los médicos alrededor de la mesa de reanimación, tenían caras preocupadas. Bruscamente, lo que temían, se produjo. La respiración de Coban se volvió difícil, gorgoteante, y los vendajes sobre la boca se tiñeron de sangre ¡Suero! Acuéstenlo sobre el lado. ¡Coagulante! Sonda bucal…
Los pulmones sangraban.
Sin cesar un instante sus atentos cuidados, por encima del yacente que liberaban, manipulaban, aliviaban, los reanimadores tuvieron un conciliábulo.
Si la hemorragia no se detenía, es que las quemaduras del tejido pulmonar eran demasiado graves para cicatrizarse. En ese caso, había que abrir a Coban y reemplazarle los pulmones.
Objeciones:
Demora inevitable para hacer venir pulmones nuevos (tres pares, para más seguridad) del Banco Internacional órganos: llamada por radio, embalaje, transporte al avión, travesía Ginebra-Sydney, transborde, travesía Sydney-EPI: todo 20 horas.
—No se olvide los trámites militares de mierda… Los papeles de aduana…
—No me imagino que van a…
—Todo es posible. Calcule el doble de tiempo.
—Cuarenta horas.
Mantener a Coban con vida durante ese tiempo. Necesidad de sangre para transfusión. Test Sanguíneo de la sangre de Coban, inmediatamente. Grupo y subgrupo rojos, grupo y subgrupo blancos.
Un enfermero despejó, la mano y el pliegue del codo izquierdo.
Mismo problema para la operación: sangre en cantidad, prever el doble.
Otro problema para la operación: un equipo quirúrgico especialista en trasplante de órganos.
Moissov: Nosotros tenemos…
Forster: Nosotros podemos…
Zabrec: En nuestro país…
Labeau: Imposible. Demasiado riesgoso. Nada de manos nuevas. Sobre todo manos armadas de cuchillos. Operaremos nosotros mismos, en enlace de televisión con los equipos franceses, americanos y del Cabo. Nosotros podemos hacerlo.
Pulmón artificial para conectar en el circuito sanguíneo durante la operación. Hay uno en la enfermería.
—¿Por qué no utilizar ese aparato en seguida? Dejar descansar los pulmones de Coban y permitirles cicatrizar.
—No se cicatrizarán si no reciben sangre. Deben continuar funcionando.
—Se curan o no se curan, hay que correr el albur.
Resultados de los tests sanguíneos: grupos y subgrupos desconocidos. La sangre analizada (Coban) coagula todas las sangres testigos.
—¡Sorprendente!
—¡Es una sangre fósil! ¡No olviden que este tipo es un fósil! ¡Vivo, pero fósil! Desde hace 900.000 años, la sangre ha evolucionado, mis hijos.
—No hay sangre, no hay operación. La situación está simplificada. 0 se cura o se muere.
—Está la muchacha.
—¿Qué muchacha?
—Eléa… Puede ser que su sangre sirva.
—¡Nunca suficiente para una operación!
—Habría que sangrarla a fondo, y eso no bastaría.
—Quizá. Ligando todo y muy rápido. Con el pulmón artificial en circuito en seguida…
—¡No vamos sin embargo a asesinar a esta muchacha!
—Ella reaccionaría puede ser… Usted ha visto cómo se recupera…
—Es su alimento…
—O el suero universal…
—O los dos…
—Me opongo… Saben bien que ella no podría refabricar su sangre lo suficientemente pronto. Ustedes piden que se la sacrifique. ¡Yo me opongo!
—Es muy bella, es cierto, pero ante el cerebro de este tipo, ella no tiene nada que hacer.
—Linda o no linda, no es la cuestión: está viva. Somos médicos, no vampiros.
—Siempre se puede hacer el test de su sangre con la de Coban. Eso no nos compromete a nada. Tendremos sin duda necesidad de que nos dé un poco, si él continúa sangrando. Sin hablar de operación.
—De acuerdo, sobre eso de acuerdo, completamente de acuerdo.