SUEÑO CONTIGO, CON TERROR

SUEÑO contigo.

¿Porqué seguía soñando con él?

¿Por qué su subconsciente se obstinaba en sacarle?

Un conejo de una chistera.

Et volia!

Giovanni.

Todas las noches. Matemático. Un reloj.

Ella se había ido lejos.

Lejos.

Había interpuesto más de dos mil kilómetros entre él y ella. Kilómetros de campos y pueblos y ciudades y ríos y montañas y mar. Ahora vivía en otro lugar. En un mundo distinto. Veía a otra gente. Ya no tenía nada que compartir con él.

«Sin embargo...»

La última vez que le oyó fue tres meses antes, por teléfono. Un asunto de viejas facturas sin pagar, resuelto en cinco minutos.

«Te mando el dinero, ¿cuánto es? Está bien, no te preocupes.»

«Sin embargo...»

Sin embargo seguía soñando con él.

Giovanni.

Francesca Morale se levanto de la cama. Se sentía cansada, fatigada y turbada por ese placer que se había dado inconscientemente. Odiaba la perversa maquinación que hacia su cerebro todas las noches en cuanto la conciencia mona, abatida por el sueño.

Lo recordaba todo muy bien.

Esa noche habían ido a esquiar a un lugar extraño. ¿Podía ser una isla? ¿Capri? Cubierta de nieve. En vez de acantilados, icebergs azules afilados como cuchillas. Metros de nieve cubrían la plazuela, las mesas, las escaleras de la iglesia.

Se perseguían, se hundían en el manto blanco, sanan. Luego se hundían en un foso de hielo. Una luz azul y difusa daba claridad a su cubil. Su cubil de osos. Todavía tenía en la nariz el olor a salvaje y a excrementos que llenaba ese agujero.

Ahí dentro hicieron el amor.

No de un modo normal, como debería hacerlo todo hijo de vecino. Él la agarró con sus manos toscas, la tiró al suelo y se la folló por detrás. Como a una perra. La insultó diciéndole que era una puta y la golpeó. La inmovilizó tirándole del pelo. La ahogó en la nieve.

En una palabra, abusó de ella.

«¡Te ha gustado! ¡Te ha gustado! ¡Te ha gus...!»

¡Qué fastidio!

Le había gustado.

Francesca fue al cuarto de baño. Se helaba. Las baldosas blancas y húmedas. Ese terrible tubo de neón amarillo.

Una languidez sensual se le estancaba encima, en la carne, a pesar del frío punzante, volviéndola indolente y perezosa.

Apoyó las manos en el lavabo y se miró al espejo.

El sueño todavía se le aparecía delante, vivido, como en una película porno de cuarta.

Tenía la cara mortecina. Cansada. La ventanas de la nariz dilatadas y rojas. Los ojos hinchados y ojeras. Como si no hubiera dormido.

«Tienes cara... cara de alguien que ha hecho el amor Sencillo», pensó.

Se tocó los pechos. Estaban hinchados como cuando tenia sus cosas. Los pezones turgentes y doloridos y oscuros como si los hubieran pellizcado con unas pinzas. Viscosidad entre las piernas.

Todavía sentía encima los manotazos de Giovanni.

Se mojó la cara con agua fría.

Y espero a que pasase la impresión. A que el sueño se esfumara.

Se mordió el labio. Dio un suspiro.

«¡Basta!»

Se obligó a pensar en los planes para ese día.

«¿Qué tengo que hacer?

»Lo primero de todo pasar a pagarle el alquiler a miss Rendell.»

La casera que vivía en el piso de abajo.

E ir a toda prisa al instituto.

Iba con retraso.

Se metió debajo de una ducha humeante que la hizo sentirse mucho mejor y se vistió a toda prisa. Se puso las bragas y el sujetador mientras mordisqueaba galletas de cereales. Sacó del armario lo primero que pilló: una falda larga de algodón marrón, un jersey de cuello alto que había terminado hacía poco y una chaqueta de cuero. Cogió la cartera y después de meter el sobre con el alquiler debajo de la puerta de miss Rendell salió.

Se helaba.

En Londres, en enero, el frío es implacable.

La lluvia caía impalpable y gris. El sol perdido quién sabe dónde, detrás de la capa uniforme de nubes. Eso era lo que añoraba de Italia, el sol. Más que cualquier otra cosa. Los días podían ser fríos, pero con un sol redondo y visible, que está ahí arriba, en el cielo.

Habría dado cualquier cosa por un rayo de sol que te calienta la espalda.

Y se metió bajo tierra, en el metro. Se dejó absorber junto con otros miles en las vísceras cálidas de la ciudad. Una hormiga en un jodido hormiguero. Compró el periódico, chicles y cigarrillos.

Una hormiga con sus quehaceres, sus ritmos y sus ritos diarios. No era la primera vez que se sentía así. Había sido absorbida en un mecanismo de despertadores programados, horarios de estudio agobiantes y noches encerrada en casa, que hacían que se sintiera la última de las empleadas, mas que una joven arqueóloga.

Desde hacia algún tiempo no encontraba nada que fuera noble en su trabajo.

Salió de la estación de metro y se encamino por una calle grande atestada de autobuses, coches y tiendas de zapatos baratos. Dobló la esquina de un callejón que separaba dos edificios de acero y vidrio y llegó a una plazuela en cuyo centro había un jardincillo circular y bien cuidado. Lo atravesó.

Enfrente estaba el instituto.

El Instituto de Estudios Arqueológicos de Asia Menor. Un viejo edificio de ladrillo rojo. Con su flamante escalera de mármol. Su flamante portero encogido por los años. Sus tres pisos con aulas, despachos de los profesores, un triste comedor y bibliotecas llenas de libros. Millones de libros.

Subió corriendo al primer piso y llegó justo a tiempo para asistir a clase.

Códices y escritura asiria.

Cogió apuntes bostezando y anhelando un buen café. Terminada la clase se encerró en la biblioteca.

Apenas le quedaba un mes para entregar la tesis, y sólo la tenía a medias.

A la hora del almuerzo comió un bocadillo llenando el libro de migas y bebió un refresco aguado de la máquina.

Apenas dejo sitio para otros pensamientos que no trataran de su investigación, pero de vez en cuando su cabeza iba a parar dentro de ese agujero de hielo, y entonces los renglones del libro desaparecían ante sus ojos.

Él encima de ella. Jadeando encima de ella, babeándole en una oreja. Golpeándola sin preocuparse de nada ni de nadie.

«¡Embarazoso!»

Unos escalofríos le recorrieron la espalda y le estallaron entre las paletillas, haciendo que se le erizaran los pelos del cuello. Miró a su alrededor con aire culpable. Casi como si los demás pudieran ver lo que le pasaba por la cabeza.

«Quizá el problema —se dijo—, es que mi vida se ha quedado reducida al estudio, a unas pocas conversaciones académicas y a largos sueños. ¡Me estoy apoltronando!»

Sí, dormía demasiado. Pero por la noche volvía a casa rendida y sin ningunas ganas de salir, de ver a nadie. ¿Cómo vas a salir, a enrollarte cuando los párpados te pesan como dos guillotinas?

«Tienes que obligarte, salir, ver gente, ir a fiestas y olvidarte por completo de Giovanni.»

La perspectiva de lanzarse a la vida mundana la aterrorizaba y la estimulaba al mismo tiempo.

«Hay épocas en las que tienes ganas de salir y épocas en las que prefieres dedicarte a tus asuntos, concentrarte en tu trabajo.»

¡Gilipollez!

¡Menuda gilipollez!

«Es que eres una perezosa de aúpa. Que te has abandonado... Dilo, que no te gusta esforzarte. Es tan cómodo derrumbarse delante del televisor. Tienes que salir y sobre todo enrollarte, encontrar un hombre. Un hombre normal, con el que hablar, con el que ir de compras y si acaso salir de fin de semana. Uno simpático, no tiene por qué ser el amor de tu vida.

»¡Uno con el que follar!»

Por fin lo había dicho.

Imperativo categórico. Follar.

«¿Desde cuándo no hago el amor?»

Dos o tres meses, por lo menos.

Fue con un compañero de clase. Pedro. Un chico español un par de años más joven que ella. Guapito, buenos hombros, buen culo, pero aburrido a más no poder, e os que sólo saben hablar de sí mismos, de su familia, de que España es el lugar más hermoso del mundo, de como se divierte los veranos en Ibiza. Tenía un buen cuelgue. Y era obstinado, insensible, la llamaba todas las noches. Al final, después de que la cortejara durante varias semanas, se lo llevó a casa. Y allí, quizá por culpa del vino, se le entrego.

Nada del otro jueves.

La verdad es que nada del otro jueves.

Francesca abrió la puerta de su casa. Llevaba en la mano la bolsa de la compra.

El piso estaba helado.

Tocó los radiadores. Templados.

«¡Hay que joderse!»

Esa Rendell, la muy racana, ahorraba a costa de su salud. Se puso la bata de franela y los calcetines de lana. Se preparó un huevo escalfado, un puré instantáneo. Encendió el televisor y comió delante de él. Luego decidió seguir su trabajo de punto acurrucada en el sofá. La relajaba. Desde hacía algún tiempo estaba haciendo un enorme jersey, trenzado, blanco y marrón. Un trabajo bonito. La lana se la había comprado el verano anterior en Escocia a un pastor. Una lana preciosa. Cruda. Basta. Todavía olía a oveja. En la tele no encontró nada. La apagó. Puso un CD. Las Variaciones Goldberg.

Sonó el teléfono.

Tres veces. El contestador se disparó.

—Hola Francesca. Soy Clive. Clive Ellson. ¿No estás? Quería verte, invitarte al cin...

Francesca se levantó de un brinco y corrió hacia el aparato.

—¡Clive! ¡Clive! Estoy. ¿Qué tal?

—Bien. ¿Qué haces, no contestas?

—Siempre temo que sea mi madre, desde Roma. Me tiene dos horas al teléfono...

—Hace un montón de tiempo que no nos vemos. ¿Te gustaría que fuéramos mañana al Films & Music Festival? Hay una retrospectiva de Visconti. Tengo dos entradas. No seas tan pelmaza como de costumbre. No digas que no ¿Visconti? ¡Por favor! ¿No hay nada más nuevo? Pero ¿como? ¡Visconti! ¿No te gus...?

—Está bien, está bien. Iré.

—¿De veras? ¡Estupendo! Entonces, ¿paso a recogerte sobre las seis?

—Delante del instituto, en las escaleras.

—Vale. A las seis. Nos vemos mañana. Un beso.

—Un beso.

Colgó.

Clive.

Hacía más de un mes que no hablaban. Se había olvidado de él. Y era un buen amigo. Se divertían juntos, por lo menos al principio, cuando no tenía que romperse los codos en el instituto. Se había olvidado completamente de él. Por culpa del estudio. Te obtura el cerebro, te llena de datos e informaciones que se imponen sobre todo lo demás. Cae como cemento sobre los recuerdos, las amistades, y los sepulta.

Clive.

Buen chico.

Pintor. Todavía no consagrado. Era novio de Giulia Scatasta. Una amiga suya de Milán que estudiaba Ciencias de la Comunicación en Cambridge. Le alegraba que la hubiera llamado.

—Animo, lo puedes hacer, vieja Francesca... —se repitió suspirando.

Se puso otra vez a hacer punto.

Faltaba poco. Sólo las mangas, pero se le cerraban los ojos.

—Me voy a la camaaaa —bostezó.

A menudo hablaba sola. Decía en voz alta lo que pensaba hacer.

Se sumergió en un baño muy caliente escuchando el silencio de su piso, los ruidos de la calle, el viento contra las ventanas, el zumbido del frigorífico en la cocina y los chapoteos. La fatiga le pasaba del cuerpo al agua caliente, al vapor de la habitación. Se secó el cuerpo cocido y tierno y se metió en la cama bendiciéndola.

A medianoche dormía.

Dormía, con la cabeza hundida en la almohada cuando le oyó entrar. No importa cómo, pero estaba dentro de casa.

Giovanni.

¿Cómo lo sabía?

Lo sabía, eso era todo.

Sus pasos pesados en el comedor. El ruido de las botas en el parquet. El ruido de la puerta de la nevera. El ruido de una lata que se abría.

Estaba ahí.

Estaba ahí, como Pedro por su casa.

Mi casa es tu casa.

Francesca permaneció inmóvil, con la cabeza hundida en la almohada, esperando a que se marchara como había venido. Pero no era posible. Lo sabía. Antes tenía que hacerlo. Y hacerlo a su manera.

Le oyó entrar en el dormitorio.

Pasó a su lado arrastrando los pies. Abrió una puerta. Ahora estaba en el cuarto de baño.

Francesca volvió un poco la cabeza, lo justo para poder espiar, para ver lo que estaba haciendo. El tubo de neón del baño le dio en la retina.

Estaba orinando con la puerta abierta.

Le vio reflejado en el espejo. El gorgoteo de la meada en el agua. Apoyaba una mano en la pared y con la otra sostenía el aparato y la lata de cerveza. Tenía los ojos cerrados. Ruido de cremallera.

Volvió a entrar.

Francesca volvió a hundir la cabeza, simulando dormir. El se sentó a su lado.

—¡Hola! ¿Qué tal? —le dijo. Apuró la cerveza y eructó. Francesca no se movió, no respiró.

El retiró la ropa de cama, destapándola.

Francesca estaba desnuda. Indefensa como un gusano. Giovanni soltó una risita ansiosa. De tiburón. Con los ojos reducidos a rajas en la piel.

—¡Vamos, date la vuelta!

Francesca estaba paralizada. Cristales de hielo le corrían por la sangre. No se movió.

—¡He dicho que te des la vuelta, coño!

Francesca se dio la vuelta.

—¡Bien! Y ahora levanta ese culo.

Francesca obedeció apretando los dientes. Se hundió más en la almohada, dobló las rodillas, arqueó el lomo levantando despacio el trasero.

—Abre las piernas...

Francesca separó las piernas.

—¡Más!

Ahora tenía el sexo completamente al descubierto.

Un tierno montoncito de carne.

Se lo estaba ofreciendo todo. Le estaba brindando su cosa más secreta y buena. La más suave.

Aunque no le veía sabía bien adonde miraban los ojos de ese cabrón.

El empezó a dar vueltas por el cuarto. Ruido de botas.

Y le sopló allí.

Un soplo helado que le erizó la piel y le hizo arquear el lomo como una gata a la que se le haya sacado la columna vertebral.

Ni siquiera había tenido tiempo de reaccionar cuando la agarró por el cuello y la ató así. Boca arriba. Las muñecas a la cabecera. Los tobillos. La almohada encima de la cabeza.

Ahora la oscuridad era total.

—Bien. Bien. Lo haces muy bien —le susurró cochino al oído.

Hielo.

Le estaba untando algo frío, nata, quizá helado, entre los muslos. Las venas le explotaron y la carne empezó a hincharse y a llenarse de sangre.

Francesca jadeaba con la almohada tapándole la boca. Respiraba a duras penas. Las sienes le latían. El corazón a dos mil. Sudor frío.

Placer.

—¿Qué me estás haciendo? —jadeó.

No obtuvo respuesta, porque se despertó.

Cubierta de sudor.

Las sábanas sudadas. Las mantas que le pesaban encima como kilos de tierra sobre un cadáver.

Jadeo.

Permaneció a oscuras sentada en la cama, llenándose y vaciándose de aire.

Encendió la luz.

Miró a su alrededor.

«¿Dónde está?»

No había nadie.

Esperaba verle delante, pero no había lazos m esposas sujetas a los barrotes de la cama.

Todo normal.

Se miró al espejo.

Tenía los ojos hinchados. El pelo pegado en mechones sobre la frente mojada.

Y otra vez estaba excitada.

«Soy una jodida sadomasoquista. Quizá sería mejor que me comprara arneses de cuero, sombreros de las SS y vibradores de acero. Puede que sea esa la naturaleza oculta de una joven arqueóloga. De día escritura babilonia y de noche azotes en el culo. Hay algo que ya no rige dentro de mi cabeza...»

Esos sueños se estaban convirtiendo en un problema.

Giovanni era una especie de hombre negro. Un hombre de risa burlona fabricado por su cerebro a propósito para ella. Un monstruo fiel que la humillaba todas las noches, que le estallaba entre las neuronas como un cáncer en cuanto cerraba los ojos. Una extraña enfermedad hecha de temores y deseos, instalada como un parásito en su subconsciente.

Lo más absurdo de todo era que no tenía nada que ver con el Giovanni real, el Giovanni con el que había pasado tres años de su vida, con el que había conocido el amor y la sensación de estar comprometida.

Su Giovanni, el auténtico, era tranquilo, la quería.

Era de los que lo hacían a horas fijas, tres veces por semana. Un contable de la cópula. Él encima y ella debajo.

Y al principio, por lo menos, lo hacían mirándose a los ojos, diciéndose que se querían y que no se iban a dejar nunca.

Luego el tiempo aplaco los lances, las declaraciones se volvieron infrecuentes, automáticas. El sexo se encogió. En fin, lo normal. La sucia parábola descendente de costumbre Al final, después de muchos intentos fallidos, acabaron separándose, diciéndose que la pasión se había apagado, que ni siquiera tenían treinta años y ya parecían una pareja de sesenta con un siglo de matrimonio a la espalda.

¿Y ahora?

Había vuelto. Distinto. Y estaba devastando su mundo de los sueños.

¿Por qué?

Se levantó.

«¿Qué hora es?»

Miró el despertador.

Las seis de la mañana.

Abrió la ventana y respiró una bocanada de aire helado. Todavía era noche cerrada. El asfalto azotado por los asaltos furiosos de la lluvia. Pasó un camión de la basura con los basureros sujetos, enfundados en sus impermeables naranjas chorreando agua. Un par de locos que corrían en camiseta y calzón corto y algunos coches.

Volvió a meterse en la cama.

Pero ya no tenía sueño. Y mejor no intentarlo. Decidió terminar el jersey. Encendió el equipo de música y se puso a tejer. Quería empezar lo antes posible un vestido largo de lana que había visto en una revista de moda.

La jornada en el instituto fue interminable.

Las horas se dividían en minutos sin fin, en segundos tan largos como horas. Las clases parecían moverse a cámara lenta.

Fue a la biblioteca, pero tenía que hacer un esfuerzo para estudiar. Su investigación no progresó. Tenía ganas de hablar con alguien, pero ahí dentro cada cual estaba encerrado en un cascarón de silencio y concentración.

Decidió salir.

Fue a almorzar a un bar italiano. Comió berenjenas a la parmesana, que en vez de mozzarella tenían queso fundido corriente, y dos emparedados con setas y lechuga. Habló del tiempo con el hijo del gerente, Jay, que de italiano solo tenía los zapatos de Gucci.

Luego paseó un poco por Hyde Park, a pesar del frio intenso que le quemaba la nariz y le arrancaba las orejas. Vio las carpas inmóviles bajo la capa de hielo. Cisnes comiendo restos de pollo con curry y patatas fritas.

Cuando volvió a la biblioteca faltaban dos horas para las seis.

«¡Demasiado! ¡Una eternidad!»

En todo ese tiempo sólo consiguió escribir un par de páginas desganadas. A las seis menos diez estaba sentada en los escalones, arrebujada en la bufanda, con los codos apoyados en las rodillas y la barbilla entre las manos.

Le vio llegar desde lejos.

Era fácil de reconocer. Se rió para sus adentros. Conducía un Alfa 75 rojo brillante, de lo más hortera. Tenía las ventanillas abiertas y por ellas salía la voz de Pavarotti cantando «O’ solé mió».

Clive.

El viejo Clive. El joven pintor. El único de todo Londres que llevaba en el coche todos los éxitos de la música napolitana. El único que era capaz de comer ñoquis a la sorrentina durante mes y medio. Clive de las Shetland, pequeñas islas heladas del extremo norte de Escocia, que jamás había estado en Italia.

El Alfa se detuvo justo al pie de la escalinata, zumbando y escupiendo gas negro. De él salió Clive.

Un buen mozo. Alto. Espigado. Pelo largo rubio ceniza, recogido en una cola de caballo. Ojos grises con una perenne expresión divertida. Una boca grande, y algún diente torcido. Ese día llevaba puestos unos pantalones de pana manchados de pintura al óleo, un par de doctor Martens gastadas, una camiseta negra, un jersey con agujeros y un impermeable azul marino con el forro descosido.

—Venga, vamos, que llegamos tarde... —le gritó.

—¡Ya voy! —dijo Francesca levantándose y recogiendo el bolso—. Eres tú el que llega tarde...

Le abrió la puerta del coche.

Se adentraron en el tráfico.

—¿Dónde te habías metido? ¡No se te ve el pelo! —le preguntó Clive accionando el radiocasete.

—He tenido que estudiar una barbaridad. Este último mes habré visto como mucho a tres personas fuera de este maldito instituto. No puedo más. Y tú, en cambio, ¿qué has hecho?

—Bah, poco, prácticamente nada. Hace un montón de tiempo que tengo que terminar unos cuadros para una exposición en Liverpool, pero me he atascado... Estoy perdiendo el tiempo.

—¿Cómo?

—Doy vueltas sin rumbo fijo. Duermo. Me harto de dormir.

—¿Y Giulia?

—¿No sabes nada? Lo hemos dejado, es decir, me ha dejado... Se ha vuelto a Milán. Con su ex.

—Ah. Lo siento.

No lo sentía.

A Francesca siempre le había gustado Clive. Desde el primer momento le encontró interesante. Atractivo, con ese desapego del mundo. Cuando se conocieron Clive trató de ligar con ella, pero Francesca estaba tonteando con Pedro, el español. Entonces Clive se hizo novio de Giulia y ella se olvidó de él.

¿Cómo?

Fácil, coges el archivo Clive y lo tiras a la papelera.

Y ahora esa noticia la puso contenta. No tendría que ir a fiestas, por ahí, a decir simplezas para tratar de gustar. Clive se le estaba brindando en bandeja de plata.

—He pensado mucho en ti estos últimos días. ¡Tenía ganas de verte! —le dijo él con una expresión entre seductora y afectuosa.

—Yo también he pensado en tí... Hiciste bien en llamarme —dijo ella, tratando de imitar la expresión de el.

Clive le estaba tirando los tejos y ella lo sabia. A Francesca le habría gustado decirle:

—No tienes que andarte con rodeos. No hace falta. Esta noche me iré a la cama contigo. Tranquilo. Un buen revolcón es precisamente lo que necesito...

Pero le faltaba valor. Era una chica tímida. Y además conviene dejar que se esfuerce un poco. En todas las especies de mamíferos hay rituales de cortejo, y se deben respetar.

Llegaron al cine pocos minutos antes de que empezara la proyección de Senso. En la sala hacía calor. Pésima acústica. Clive le cogió la mano, y ella se la acarició.

Cuando se hacen manitas en el cine ya ha pasado lo principal. Sólo queda un lento descenso que termina en una cama. Vale mucho más que un beso.

Salieron a la mitad de Muerte en Venecia.

Francesca estaba impaciente por irse. Quería salir. Aire. Comida. Alcohol.

Le arrastró fuera.

—¿Adonde quiere ir, señorita? —le preguntó Clive, imitando a un recepcionista de hotel, mientras abría la portezuela del Alfa.

—¡Papeo! ¡Papeo! —rió Francesca.

—¡Vale, papeo!

Acabaron en un local indio. Comieron pollo masala y masala dosa. Bebieron vino y licor de coco mientras un joven sij tocaba un raga con el sitar.

Salieron del local hasta arriba de comida y vino. Francesca sentía el alcohol en las piernas y en la cabeza. Reía a cada gansada que decía Clive. Estaba contenta. Contenta de no estar en casa. Contenta de que fuera tarde y le trajera sin cuidado que al dia siguiente tuviera que llegar temprano al instituto.

«No quiero dormir sola esta noche», se dijo.

—¿Quieres venir al estudio? Te puedo enseñar lo último

que he pintado, pero no esperes nada del otro jueves —le dijo el poco después.

Francesca no se sorprendió.

El estudio estaba en las afueras. Era grande y polvoriento. Un semisotano de un edificio aún en construcción Los pisos superiores sólo eran un esqueleto de cemento armado.

Clive estaba nervioso. Tal vez porque no le gustaba enseñar sus obras. Tal vez porque tenía que lanzarse con Francesca.

—Dime lo que piensas, de verdad... en estos cuadros estoy intentando recorrer un nuevo camino, quizá más tradicional.

Francesca se acercó a una pared en la que estaban colgadas las obras. Mastodónticas naturalezas muertas. Cadáveres de gatos, capullos de flores y trozos de asfalto.

—¿Y bien?

—Pues... ¿Quieres la verdad?

—Sí.

—Los encuentro un poco macabros... pero a pesar de todo creo que tienes una pincelada original. Sigue así...

Le dijo lo primero que le pasó por la cabeza, no se atrevía a explicar su punto de vista. Estaba cansada.

—Quiero que escuches a un cantante que acaba de salir... Tengo vodka —le dijo Clive mientras encendía el aparato de música.

Poco tiempo después el estudio fue invadido por la voz de Claudio Baglioni que cantaba «Signora Lia».

—Coño, Clive, este disco es de los setenta, y a Claudio Baglioni le conoce toda Italia...

Se rieron de todo eso. De su pasión por Italia, del hecho de que él, en los últimos diez años, sólo había tenido mujeres italianas.

—¿Me quieres decir por qué te gustan tanto las chicas italianas? —le preguntó ella, clavando sus ojos oscuros en os ojos claros de él.

Estaban sentados en un gigantesco diván medio roto, muy juntitos, con sus vasos de vodka helada en la mano.

—Porque cuando te abrazan te aprietan de verdad y cuando hacen el amor notas que se lo creen y que no lo hacen, como las inglesas, así, por hacer algo, sino que lo hacen con la cabeza, creen en ello.

«Un razonamiento bastante vulgar y discutible, pero en fin... Si no te has dado cuenta, tienes delante de ti a una joven y guapa chica italiana», pensó Francesca.

Clive, como si le hubiera leído el pensamiento, se le acercó aún más, le acarició el cuello y luego, por último, la besó. Un pequeño beso en los labios. Luego otro y otro más. Los labios se suavizaron y se llenaron de saliva. Las bocas se abrieron ligeramente, los alientos se fundieron y por fin las lenguas se tocaron, primero cautelosas, como dos salamandras que se cortejan, y luego se entrelazaron como dos culebras que copulan.

Se abrazaron más fuerte, las manos de Clive, dos pulpos, se aventuraron por el cuerpo de Francesca. Le apretaron los costados, subieron, se cerraron circunspectas sobre los botones de la camisa y se los desabrocharon.

Francesca se quitó el sujetador. Tenía dos pechos grandes. Clive hundió la cara dentro, los apretó con las manos. Entonces ella le quitó la camiseta. En el pecho lampiño y blanco tenía tatuado un gran dragón chino que escupía fuego. Se lo besó un millón de veces. Cerró los ojos y le pasó la mano sobre el bolsillo de los pantalones. La tenía dura. La sentía enjaulada. La liberó bajando la cremallera. Él se bajó los pantalones y los calzoncillos, poniendo a descubierto la erección.

Francesca se la cogió con la mano.

Desde otro mundo ya no era Baglioni sino Cocciante quien cantaba.

Le parecía que sólo tenía dieciséis años, y estaba en Roma, con su primer novio, Filippo, cuando en su casa se tocaban por todas partes.

Pero Clive quería hacer el amor. Lo había decidido.

Ya le había levantado la falda y bajado las medias, ya hora estaba intentando torpemente quitarle las bragas.

—¡Espera! Lo hago yo —dijo ella.

Se quitó los zapatos, los leotardos, las bragas.

El la miraba, sosteniéndosela con la mano. Se puso encima. Le separo las piernas, listo para hundirse dentro.

Filippo no, Filippo podía tocarla, lamerla, pero no penetrarla. Ese era el pacto.

Espero que Clive también hiciera lo mismo, pero luego se dio cuenta de que tenía otros proyectos. Más ambiciosos. La había agarrado por las nalgas y ahora estaba dándole la vuelta para cogerla por detrás.

¿Tenía ganas Francesca?

No, no muchas.

Esperaba algo más romántico. Con frases susurradas. Con una desinhibición lenta.

«Clive, joder, corres demasiado.»

No hay nada peor que los tipos apresurados. Te hielan los huesos, hacen que te cierres como un erizo.

—No, Clive, por favor —le dijo con decisión.

No esos «Nooo, Clive, por favor...» susurrados, llenos de excitación, que significan hazme cualquier cosa.

—¿No quieres? —preguntó él, sorprendido.

En ese «¿No quieres?» de Clive había por un lado comprensión, comprensión por los extraños problemas que angustiaban a Francesca, y por otro asombro.

«¡Eh, Clive!», se dijo Francesca para sus adentros, «¿Cómo es posible que después de cinco minutos de besarla no quiera que la monten por detrás? ¿Eh, cómo es posible una cosa así?»

—¡No, no tengo ganas!

—¡Ah! —dijo él, desilusionado.

Al final le hizo una paja y él volvió a ser un encanto. Cogió una manta, encendió la tele, puso un vídeo. Apocalypse now. Los dos lo habían visto cien veces pero nunca juntos, así, uno al lado del otro, desnudos, bajo aquella vieja manta de cuadros rojos y azules.

Francesca se durmió entre sus brazos.

Esa noche el hombre de la risa burlona no fue a veda. Quizá el cerebro, satisfecho con lo que había recibido ese día d vida consciente, no turbó su sueño. Quizá Francesca sonara con él Lo cierto es que cuando se despertó no recordaba haber soñado con él ni con ningún otro. Se alegro de ella Despertó a Clive con besitos en el cuello e hicieron el amor, pero como ella quería. Él debajo y ella encima. Le vio la cara, le sonrió. Le vio abrir la boca, guiñar los ojos y correrse.

Desayunaron en un cafetucho frecuentado por conductores y cobradores de autobús.

Huevos, beicon, café corto y tostada.

Se despidieron con un largo beso.

De los serios, de los enamorados.

Luego Francesca se soltó el pelo con una mano y desapareció en el metro.

con terror...

Volvió a casa sin resuello.

Llegaba tarde.

Después de despedirse de Clive había tenido que esperar más de veinte minutos a que llegara el metro. Un desastre.

Se duchó mientras se lavaba los dientes, con cuidado de no mojarse el pelo. Se cambió con lo primero que encontró. Se maquilló mientras tarareaba una canción. Cogió los libros y salió de casa, pero volvió enseguida. Corrió al comedor y cogió un ovillo de lana rojo óxido que estaba bajo el sofá. Necesitaba otros dos ovillos como ese para empezar el vestido.

Estaba a punto de cerrar la puerta de entrada cuando vio en la comoda de la entrada el destello de la luz roja del contestador.

«¡Qué lata!»

Volvió atrás y apretó la tecla de reproducción de mensajes.

—Francesca, Francesca. ¿Dónde estás, cielo? Me imagino que no habras leído los periódicos italianos. No puede ser... debe de haber un error. La policía siempre se equivoca y los periódicos lo acaban de rematar... Hienas... Pero no te preocupés. Tu decides, o voy a verte o vuelves tú a Roma. Pero tranquila. Cuídate, ¿vale? Yo ya no sé qué pensar. Llámame en cuanto vuelvas a casa.

Su madre.

Tenía una voz que daba miedo.

¿De qué estaba hablando? ¿Se había vuelto loca? ¿Policía? ¿Volver a Roma?

Por un momento la odió. Tenía el don de sacar de sus casillas hasta a un monje tibetano. Sus mensajes siempre eran un galimatías de palabras sin ton ni son.

«Qué diablos, voy a llegar tarde...»

Intentó llamarla. Comunicaba. Se sentó con impaciencia y lo intentó de nuevo. Comunicaba.

Salió maldiciendo a su madre y su locura. La clase ya había empezado. Ya no llegaba. Era inútil correr.

Se relajó.

Se dirigió al metro sin dejar de preguntarse qué querría decir el mensaje.

En el quiosco de su estación no tenían ningún periódico italiano.

Normal. Para encontrarlos tienes que ir al centro.

Se bajó en la estación Picadilly Circus, en medio del caos, el tráfico y la lluvia.

Compró el Corriere della Sera y La Repubblica en un quiosco especializado en prensa extranjera.

Entró en un bar cualquiera, el primero que encontró, con su estrépito de tragaperras y su olor a carne chamuscada y patatas rancias.

Le pidió un café a un oscuro camarero paquistaní. Puso La Repubblica sobre la mesa y empezó a hojearla rápidamente. No encontró nada.

Todo normal. Crisis de gobierno. Reuniones de la directiva de la RAI. Ayuda humanitaria a Bosnia. Los diarios de Mussolini. Llegó a las páginas de sucesos.

Se detuvo.

Se puso la mano delante de la boca y sofoco un grito.

El misterio de los asesinatos de las agujas de punto

a un paso de resolverse

¡YO NO SOY EL ASESINO DE PARIOLl!

Interrogado el empresario romano Giovanni Forti

Roma — Ha terminado al amanecer, en el cuartel de los carabineros de la calle Romania, el interrogatorio de Giovanm Forti, sospechoso del múltiple asesinato.

El empresario romano, de 28 años, fue detenido el viernes por la tarde delante de su domicilio de la calle Lisbona por los carabineros del núcleo de investigación especial creado por el prefecto de la policía y el comandante del cuerpo de carabineros para investigar la larga serie de asesinatos que ha turbado la tranquilidad del barrio más exclusivo de la capital.

Hace ya ocho meses que los investigadores siguen la pista al misterioso asesino múltiple, al que se atribuyen seis homicidios perpetrados en el barrio Parioli entre junio del 91 y febrero del 92.

Las víctimas: Mario Cecconi, de 28 años, Angela Dumino, de 25 años, Lorenzo Lo Presti, de 27 años, Fernando Tersini, de 30 años, Anna La Rocca, de 27 años y Rita Gagliardi, de 26 años, todos ellos residentes en Parioli, fueron encontradas en sus respectivos domicilios cosidos a pinchazos realizados con agujas de hacer punto.

Sobre Giovanni Forti pesan graves acusaciones. Ante los periodistas el joven se ha proclamado inocente y ajeno a los hechos.

El comisario Pacinetti, que ha intentado en vano arrancarle una confesión en el largo y agotador interrogatorio, ha dado a entender que el resultado definitivo de las investigaciones depende de la prueba del adn.

Francesca releyó dos veces el artículo y se levantó de un brinco. Atravesó corriendo el bar. Hasta el fondo, más allá e a larga barra y las mesas oscuras. Abrió una puerta y bajó as escaleras estrechas iluminadas por un tubo de neón gastado e intermitente. Peldaños de mármol húmedos y resbaladizos por el serrín mojado. Olor a moho en las paredes sucias. Abrió una puerta y otra más.

Oscuridad.

Encontró un interruptor que colgaba junto a los azulejos mojados. La luz débil iluminó un inodoro, un lavabo desportillado, los restos de un espejo y una inscripción gigantesca que decía: «Vivimos con una polla en el culo las veinticuatro horas del día. Llama al 3212723 si quieres ser de los nuestros». Apestaba a ambientadores baratos y a orines.

Francesca se inclinó sobre el retrete y vomitó sin apuntar bien. Desparramó lo que quedaba de su desayuno allí, en el suelo, sobre los baldosines negros.

Se quedo allí, agachada, cogiendo aliento y pasándose las manos por la cara.

¿Qué estaba pasando?

El mundo se había vuelto loco.

Giovanni Forti.

Su hombre. Su antiguo novio.

... Alguien con quien hiciste el amor por primera vez, alguien con quien compartiste durante dos años un piso, alguien al que quisiste hasta sentir dolor, alguien con quien pasaste las vacaciones en Grecia, alguien...

... que era un asesino.

El asesino de Parioli.

Francesca vio las fotos, las imágenes por televisión. Se le quedaron bien grabadas en el cerebro.

Se acordaba de Angela. Angela Dumino. Angela, de 25 años. Angela la estudiante.

Desnuda. Tirada en una cama de matrimonio de un ático de Parioli.

Muerta.

Atravesada por unas largas agujas puntiagudas. En todo el cuerpo. En los pechos, en los ojos, en el corazón, en los genitales. Y el colchón rojo, transformado en una gigantesca esponja empapada en sangre. La boca abierta y los ojos abiertos. El pelo sólo mechones de sangre coagulada.

El trabajo de un psicópata.

Vomitó de nuevo. Luego lloró con sollozos entrecortados.

Volvió a subir como una zombi las viscosas escaleras. Atravesó el bar. No veía nada ni sentía nada. Salió a la plaza, bajo la lluvia. Levantó un brazo.

Un taxi se detuvo a su lado.

Se montó y dio su dirección automáticamente.

«Se han equivocado. Debe de haber un error.»

Ahora casi le daba risa pensar en Giovanni convertido en asesino en serie. ¡Qué estupidez!

No podía ser de ninguna de las maneras.

Giovanni, le conoce. Le conoce bien. Giovanni es la persona más normal y tranquila que ha conocido nunca. Un tipo sentado. Organizado. Con los tornillos en su sitio. Cuya máxima aspiración es ganar dinero, casarse con una chica de buena familia y comprarse un velero para tenerlo en Porto Ercole.

«¿Es que no sabes que los que no despiertan sospechas, los formales, son quienes incuban en su interior el horror y la locura? ¿Que son los más enfermos?», oyó que le decía una voz interior.

No. No. No.

Debía de haber un error.

Seguro.

Bajó al llegar a casa. Pagó por la carrera mucho más de lo debido. El taxista trató de darle la vuelta, pero ella ya había desaparecido. Subió con esfuerzo las viejas escaleras de madera colgándose del pasamanos.

Tenía que ver una cosa.

Enseguida.

Inmediatamente.

Una cosa que le había helado la sangre en las venas y reducido la respiración a un estertor doloroso, un pensamiento horrible.

Abrió la puerta y corrió hasta su dormitorio. Levanto la manta que llegaba hasta el suelo y metió la mano bajo la cama. Allí tenía sus maletas. Saco la grande, una hermosa maleta de cuero oscuro que le había regalado...

...su asesino en serie.

La abrió tirando de las correas. Vestidos. Los esparció por toda la habitación.

El traje de esquiar comprado con Giovanni en Pescasseroli, los calcetines de lana comprados con Giovanni en Zermatt, el gorro con pompón rojo que le había regalado Giovanni por su santo.

Por fin encontró lo que buscaba.

Una caja de madera taraceada. Larga y delgada. La abrió. La vació en el suelo.

En el parquet se desparramaron unas largas agujas de punto, como unos palillos chinos para gigantes. Las ordenó, y contó cinco pares. Volvió a contar.

No. No. No. Tenían que ser muchas más.

«¿Estás segura? Ya lo creo, segurísima. Claro que eran muchas más.»

Llevaba años coleccionándolas, desde las más finas que sirven para los jerséis de algodón hasta las más gruesas para la lana gorda.

Sólo habían quedado cinco pares, los más gruesos y con la punta roma.

«¿Cuáles faltan?»

Las más finas y puntiagudas.

Oyó una vocecita pérfida que le murmuraba:

«Gigantescos alfileres de metal para clavarlos en la carne. Ideales para clavar los cuerpos a los colchones como escarabajos a una vitrina.

»¿Dónde están? No lo sé.

»¿Cuánto tiempo hace que no abres esa caja?»

Mucho tiempo.

Desde Roma.

«¿Desde Roma, cuándo?»

Desde hace dos años, por lo menos.

Ahora usaba un juego especial de ébano, compra en Londres nada más llegar. Esa caja no la había abierto nunca.

Se puso una mano delante de la boca y se mordió el centro de la palma hasta hacerse sangre.

«Eres una estúpida... Las dejaste en Roma. Claro. Sólo puede ser así.»

Se levantó y cogió el teléfono. Llamo a su madre, conteniendo la respiración, procurando no equivocarse de número, con calma.

Comunicando.

«Joder!»

Dio vueltas por la casa sin saber qué hacer. Tenía que calmarse. Tenía que reflexionar. Trató de llamar otra vez. Nada. Una, dos, tres, cuatro, cinco veces y por fin, dio llamada.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco timbrazos y luego la voz de su madre.

—¿Diga?

—¡Mamá!

—Francesca, cariño, ¿lo has leído?

—Sí, mamá...

—No te preocupes. Tiene que ser un error... Seguro.

—Sí, seguro. No puede haber sido él. Yo he vivido dos años con él...

—Lo sé, lo sé, pequeña. No te preocupes, siempre se equivocan.

—¿Tienes más noticias?

—No, la televisión ha dicho lo mismo que los periódicos. No se sabe nada...

—Pero ¿dónde estará ahora?

—Le han soltado después del interrogatorio. Es lo único que sé...

—Oye, mamá, tienes que hacerme un favor. Es muy importante...

—Dime.

—Tienes que ir al piso de la calle San Valentino y mirar entre las cosas que dejé allí. Tienes que buscar mis agujas de punto...

—¿El qué? No he entendido.

—¡Mis agujas de punto!

—¿Cómo?

—Mis agujas de punto, mamá.

Silencio.

—Francesca, ¿qué significa esto?

—Nada, por favor, no me preguntes nada. Tú haz lo que te digo. Por favor, Aquí no están... no consigo encontrarlas. Ve a ver. Todavía deben estar en la calle San Valentino...

Silencio.

—¡Oye! Oye mamá, ¿estás ahí?

—Estoy aquí, estoy aquí. Vale. Iré. Te llamaré en cuanto vuelva a casa. He reservado un billete de avión para mañana por la mañana. A las once estaré contigo. Ahora procura estar tranquila.

—Estoy bien. Llámame en cuanto compruebes...

—Sí, pero tú prométeme que vas a acostarte y a dormir bien...

—De acuerdo. Ahora ve.

Colgó.

Sólo tenía que esperar a que su madre la volviera a llamar. Sólo tenía que quedarse tranquila, ver un poco la televisión y esperar a que le dijera que sus agujas estaban allí, en una vieja maleta, junto a los libros.

¿Y si no era así?

Puso la tele. Un documental sobre monos de América del Sur. Un juego con premios. Zapeó. Un episodio de La casa de la pradera. Zapeó. Un vídeo de Madonna. Apagó.

Francesca conocía a algunos de los que habían muerto. No muy bien, la verdad, sólo de vista. Era gente que frecuentaba su círculo, con los que se encontraba en las fiestas. De ese Ferdinando Tersini, Ferdi, sí que se acordaba. «Cuando nos veíamos nos saludábamos.» Alto, con entradas, gordito. Un pijito de Parioli. Siempre estaba delante del Mameli, el instituto donde había estudiado Francesca. Era mayor y se lo montaba con las del instituto.

El asesino le había clavado el escroto y el pene a una pierna.

Fue a la cocina.

Sacó los sobres de manzanilla. Calentó agua.

También conocía a Anna La Rocca. Trabajaba en un pub cerca de la plaza Euclide. Era flaca flaca, parecía anoréxica.

Con el pelo largo y rubio.

La encontraron colgada de la ducha. Con las manos unidas, como rezando, atravesadas por agujas. Con agujas clavadas en el cráneo.

En esa época ya no salía nadie. Alguno bromeaba al respecto. Caguetas. La gente sólo se veía en casas de amigos, sólo iban a ver a viejas amistades, nunca a desconocidos. No salían solos. Se decía que el loco asesino era alguien de Panoli, probablemente algún conocido, alguien a quien se le habían cruzado los cables.

No.

No podía quedarse sola.

La cabeza se le iba a las agujas, a los muertos y a Giovanni, y no paraba de darle vueltas a todo eso, en una espiral de sangre.

«¡Clive!

»¡Llámale!»

Se acercó al teléfono y le llamó.

Le pediría que la acompañase. Que pasaran la noche juntos hasta que llegara su madre.

El contestador. La voz de Clive. La dichosa voz de Clive con una dichosa música de cámara de fondo.

—Clive, ¿dónde estás? ¡Llámame en cuanto vuelvas, estoy en casa!

Colgó.

Se sentó.

La casa estaba demasiado silenciosa. Sólo unos pocos ruidos, que de pronto le parecieron siniestros. El zumbido de la nevera. El gorgoteo de la resistencia del calentador. El tictac del despertador sobre la chimenea.

Atravesó la casa con la taza de manzanilla en la mano, escuchando como resonaban sus pasos en el suelo.

Le parecía que la vida, la ciudad estaban muy lejos al otro lado de las ventanas. Apoyó la frente en el cristal mojado La gente todavía pasaba, los coches todavía se agolpaban delante del semáforo, en el cruce, pero era como si entre ella y todo eso hubiera un foso muy hondo e insalvable.

Tenía que salir. Mezclarse con la gente. Perderse en las calles llenas de tiendas iluminadas. Hacer shopping. Ir al instituto. Ir...

No.

No podía. Tenía que esperar la llamada de su madre.

«Clive, llámame. Vamos.»

¿Cómo era posible que Giovanni fuera un asesino?

«Seamos razonables. Siempre estaban juntos. De día. De noche. Algunas veces volvía tarde, pero porque jugaba a fútbol sala.»

Le habría sorprendido muchísimo enterarse de que tenía una amante. Ni siquiera era capaz de mentir. Las mentiras se le veían en la cara. Arrugaba la nariz.

Imposible.

Se tumbó en la cama, se tapó con la manta, encendió la radio. Cogió un libro cualquiera.

Dentro de poco llamarían Clive o su madre. Sólo tenía que esperar.

Se acurrucó y abrazó con fuerza la almohada. Tenía escalofríos.

Por la ventana vio el letrero luminoso de enfrente que se encendía de rojo y azul, y las nubes grises corriendo sobre otras nubes más grises.

Se sentía cansada y rendida. Derrengada, con el aliento corto, como si de pronto se le hubieran achicado los pulmones. Sentía los párpados de plomo, se le cerraban.

Los cerró.

Ahora todo estaba oscuro. Por fin.

Ahora sólo tenía que dormir.

La casa retumbó.

Ruido de pasos. De zapatillas arrastradas. En la cocina. En el comedor. En todas partes.

Había vuelto.

El hombre de risa burlona había vuelto y arrastraba los pies por su piso.

«Ha vuelto sólo a por ti. Para jugar otra vez...»

Francesca levantó la cabeza. Se sentó.

Estaba allí, delante de ella, de pie y se reía. Una carcajada alterada, entrecortada, que le puso la piel de gallina. No veía la cara, cubierto por la sombra de la cortina. Solo vera los bajos de los pantalones manchados de barro sobre los pies deformes metidos a la fuerza en sandalias de goma.

El aire se volvió salado. Salado como el olor de la sangre.

«No eres Giovanni, ¿verdad? ¡Dímelo! Por favor.»

No contestó. Sólo sentía el aliento de un cetáceo herido de muerte.

«¿Me quieres matar?»

Él sacó algo de la chaqueta, algo que brilló con luz metálica.

Acero. Un ruido muy leve. La sombra llevaba en la mano algo largo y fino.

Apareció.

Francesca, en la cama, clavada por el terror. Los músculos inútiles pedazos de madera.

Era un chino. Un chino distinto. Bastante pequeño. Los ojos rasgados y almendrados, opacos y sin vida. Como los de un bastardo con cataratas. La nariz, sólo un agujero del que salían jirones de carne, y una boca con dientes desencajados. Le sonrió, enseñando las encías lívidas y podridas.

—Yo tenel hamble. Mucha hamble —rió contento.

Se acercó a ella a pasitos. En la mano, entre el índice y el pulgar, empuñaba dos barritas, dos barritas de metal. Dos agujas de tejer puntiagudas. Las puntas sujetaban un pedazo de carne sanguinolenta. Era un labio, se dio cuenta Francesca, con sus bigotes pegados.

El chino, con su sonrisa idiota, se lo acercó, como para dárselo de comer. Gotas de sangre en la manta. Luego lo levantó y se lo metió en la boca. Se rió y masticó, y mientras masticaba se transformó.

En las arcadas superciliares empezó a formarse algo negro y duro, plasticoso. Sobre ese simulacro de nariz también apareció una sustancia negra que se unió a la de las cejas hasta transformarse en unas gafas, de Persol. El pelo se hizo menos espeso, aclarándose. Una nariz salió del agujero, una nariz afilada, y los dientes perdieron la pátina amarilla y se enderezaron, poco a poco se hicieron perfectos. Los ojos se volvieron móviles e infinitamente tristes.

«¡Giovanni!»

Era Giovanni.

Miraba a Francesca con una mirada tan triste...

Desesperación y amor.

Los ojos de un enamorado abandonado.

«Giovanni, ¿eres tú? Lo siento, no quería dejarte... ¡Me equivoqué!»

—Francesca, Francesca, por favor, ayúdame —le susurró él y era su voz, idéntica, con ese acento romano apenas esbozado.

Se le acercó un poco más y le sonrió ligeramente. Levantó una mano ensangrentada, empuñaba una aguja de punto, la miró un instante.

—¡Ayúdame, Francesca!

Y le pinchó.

Francesca saltó de la cama como un resorte.

«¡Me estoy volviendo loca!»

Llena da sudor, aterrorizada. Con el corazón en un puño. Miró a su alrededor, en busca de su pesadilla.

«Es otro sueño de mierda... Relájate.»

Se volvió a arropar en la cama.

De pronto el piso le pareció demasiado pequeño. Minúsculo, claustrofóbico y silencioso. Un mar de tinta al otro lado de las ventanas. La oscuridad al otro lado de la puerta. Tuvo una visión de su pequeña casita con sus cuartitos, y ella de niña, sentada en la camita que se hundía lenta e inexorablemente en los abismos de un mar negro y sin fondo.

«¡Me estoy volviendo loca!»

Le zumbaban los oídos.

Miró el reloj. Las ocho y media. Clive no había llamado.

Su madre tampoco.

Tenía que salir. Volver a la vida.

Descolgó el teléfono y marcó el numero de Clive.

Tres timbrazos y después el contestador.

«¿Dónde coño estás?»

—¡Clive! Soy Francesca. ¿Dónde te has metido? ¡Llámame en cuanto llegues!

Marcó el número de su madre.

Libre.

Esperó. Todavía no había vuelto. Colgó. Se vistió deprisa. Sin pensar. La casa le pesaba. Esos vestidos tirados por el suelo, ese gorro con pompón, la caja de madera. Cogió el bolso y salió dando un portazo. Bajó corriendo las escaleras de madera hasta la puerta de entrada. La abrió y salió.

Llovía.

Caía continua e implacable. Francesca se aventuró por la calle caminando en una especie de pantano de tierra de zanja y basura. A los doscientos metros ya sentía el hielo en los huesos y el peso de la ropa, mojada.

«Pero ¿cómo voy vestida?»

Se miró. Llevaba puestos las playeras, los téjanos y la chaqueta de ante. No llevaba gorro, ni bufanda, ni botas de agua, ni paraguas. Ni siquiera había cogido un paraguas para salir.

«¡Tranquila! Todo va bien. Ahora vuelves a casa. Te cambias, te abrigas bien. Coges un taxi y buscas a alguien que te acompañe», se dijo.

Dio la vuelta y retrocedió, cubriéndose la cabeza con los brazos.

Delante del portal abrió el bolso y buscó las llaves.

Había de todo: los trastos de maquillar, el plumier, un par de cuadernos, el ovillo de lana, los pitillos, el mechero, las píldoras para el dolor de cabeza, hasta las llaves de su piso de Roma; pero las llaves de casa, las dichosas llaves de casa, no.

«Las has olvidado.»

Y sabia incluso donde, en el recibidor, junto al contestador. Blasfemo. Llamo a miss Rendell. Tenía copia.

No contestó nadie. Tocó el timbre con furia.

—¿Dónde estás, vieja zorra? ¡Contesta!

Y Francesca también lo sabía. Se lo había dicho la propia vieja. Dos días antes.

—Señorita, mañana me marcho. Vuelvo el martes. Voy a Plymouth a ver a mi hijo. Hace dos años que no le Acuérdese de las luces de la escalera. ¡Apáguelas! —le retumbó la voz de miss Rendell en la cabeza.

—A la mierda —despotricó entre dientes.

Otra voz, la vocecita de la conciencia, le susurró una cosa que no quería oír:

«Bonita, ¡si buscas en el bolso verás que también falta otra cosa!

»¿Qué cosa?

»Tu preciosa cartera de cocodrilo. La que te regaló tu ex. ¿Dónde está?»

Francesca lo sabía. En la mesilla de noche. La había sacado del bolso. Dentro estaba el papel con el número del estudio de Clive.

Se sentó en las escaleras, desesperada. Sin llaves. Sin dinero. Había salido como una idiota. Ni siquiera llevaba paraguas. Nada de nada. Se levantó y metió las manos en los bolsillos de los téjanos. En el fondo del bolsillo derecho encontró un billete de banco arrugado. Palpó su consistencia con las yemas de los dedos.

«¡Qué bien!»

Lo sacó.

Una libra.

Sólo una estúpida, inútil libra.

El agua seguía cayendo del cielo, saliendo a borbotones de los canalones, engrosando los arroyos que corrían entre la calzada y la acera, rebosando de los sumideros.

«Ve al instituto.»

Miró el reloj. Demasiado tarde. Estaba cerrado.

«Tengo que ir a ver a Clive, a su estudio.»

Con la libra podía pagar el billete, y al llegar encontraría a Clive esperándola, con una manta, con los videos, Baglioni y todo lo demás.

«¿Y si no está? Estará. Tiene que estar. La espiral de mala suerte tiene que interrumpirse, no es posible que continué, que se ensañe aún más. Muévete. Clive estará ahí.»

Con esta convicción se lanzó bajo la lluvia. Corno con la cabeza gacha, perdiendo el resuello, notando cómo se le colaba el diluvio por el cuello, hasta la boca de metro. Bajó las largas escaleras mecánicas. Ahí dentro hacía más calor. El aire olía a lluvia y a la vez a cerrado. Un airecillo húmedo y hediondo le acariciaba el pelo empapado. Los tubos de neón lo ponían todo amarillo: el largo pasillo revestido de azulejos, los carteles publicitarios, las caras de la gente. Había muchas almas esperando bajo la marquesina. Toda esa gente quieta y plácida, esperando el metro, la tranquilizaron, le moderaron los latidos.

Puntos de vista.

Basta con regular el propio. Girarlo hasta ver las cosas bajo un punto de vista mejor.

Giovanni es sospechoso. Pero nadie ha dicho que sea el asesino. Todos los de Parioli que vivían en el mismo ambiente que las víctimas son sospechosos. Sospechosos para esos policías cerriles que no entienden nada.

Entonces, ¿por qué estás tan aterrorizada?

«¿Y las agujas de punto?»

Las agujas de punto están en Roma. Olvidadas quién sabe dónde, en qué caja.

El metro llegó precedido por el desplazamiento del aire y un ruido ensordecedor. Francesca entró en un vagón casi lleno. Encontró un asiento vacío en el fondo. Se sentó.

Estaba en el este y Clive en el oeste. Toda la ciudad de por medio. Había unas cuantas paradas.

Dos chicos negros, gordos, con monos de colores estaban sentados a su lado. Comían palomitas de maíz y leían juntos un tebeo de Batman comentando cada página con exclamaciones y carcajadas. Una vieja con una bolsa de plástico en la cabeza dormía enfrente de ella. Muchas personas de pie, húmedas, silenciosas. Francesca apoyó la cabeza en la ventanilla, protegida por la humanidad que atestaba el metro.

Recuperó el aliento.

A medida que avanzaba hacia las afueras, el metro se iba vaciando. La gente volvía a casa. Francesca contó las paradas que le quedaban.

Sólo cuatro.

En la siguiente estación los adolescentes negros, dándose empujones, salieron del vagón. Por la puerta del fondo entró un hombre. Se sentó junto a la puerta. Francesca se fijó en él porque llevaba un anorak Henri—Lloyd azul marino.

Esos anoraks habían estado de moda en Italia a mediados de los ochenta, y sobre todo en Parioli, donde llegaron a ser una especie de uniforme. Una manera de reconocerse. Francesca había tenido dos. Uno negro y otro amarillo.

Era la primera vez que veía uno en Londres.

El hombre también llevaba téjanos negros y botas estrechas. Francesca estaba demasiado lejos para verle la cara. «¡Debe de ser italiano!»

El tren frenó. Se detuvo. Otros viajeros bajaron.

No subió ninguno.

Ahora en el vagón sólo estaban Francesca, la vieja que dormía y el italiano.

Faltaban dos estaciones.

El joven del otro extremo permanecía sentado, formal e inmóvil.

Un maniquí.

El tren volvió a aminorar la marcha hasta pararse. La vieja abrió los ojos y luego maldijo. Corriendo, s, a lo suyo se le podía llamar correr, recogió del suelo una bolsa llena ropa y desapareció detrás de las puertas.

No subió nadie.

Las puertas se cerraron resoplando. Ahora sólo estaban ellos dos.

Ella y el italiano.

Una estación.

Giovanni también tenía un Henri—Lloyd. Azul marino. «Se lo regalé yo. Nos hacíamos un montón de regalos. Dinero no nos faltaba...»

El hombre, como si se hubiera despertado de pronto, se levantó.

Un extraño juego de sombras le cubría la cara. Tenía el cuello del anorak subido. Un ojo negro destelló.

Francesca sintió que se le helaba la sangre en las venas. Que se le hacía un nudo en la garganta.

El extranjero estaba avanzando hacia ella. Con decisión. El metro dio un largo frenazo antes de llegar a la estación. Los chirridos se hicieron menos acompasados. El túnel, al otro lado de los cristales sucios, se aclaró. Las luces.

Francesca se levantó. El corazón le latía en las sienes. Ahora el extranjero estaba en el centro del vagón. Francesca se acercó a la puerta. Tenía los músculos tensos como muelles.

Ahí estaba la estación, al otro lado de las puertas automáticas. La gente.

El tren aminoró aún más, hasta pararse. El extranjero estaba a menos de un metro de ella y seguía avanzando.

«Abrios, puertas de los cojones. ¿A qué esperáis?»

No le miraba, pero notaba la mirada de él encima, clavándose, como un garfio, en su interior.

«¡Vamos! ¡Abrios!»

Y las puertas, resoplando, se abrieron.

Francesca salió disparada. Se abrió paso a codazos entre la gente. Corno con la lengua fuera por el pasillo cubierto de carteles que subía lentamente hacia la superficie. Corrió como nunca había corrido. Se lanzó contra la puerta giratoria haciéndola chillar sobre su gozne. Pasó delante de la taquilla. Trepo dando trompicones por las escaleras.

Y se encontró en la calle.

En la noche, la lluvia y el tráfico.

Volvió a correr, con una punzada de dolor en el costado. Doblo a la izquierda, por la primera calle que encontró. No veía nada, solo la claridad de los escaparates y las ruedas de los coches aparcados a ambos lados de la calle y los pies de la gente. Dobló otra vez por una calleja y luego por otra. Sin rumbo.

Estaba sin resuello. Tenía que parar. Moderó la marcha y miró hacia atrás. Por primera vez.

No había nadie.

No había ningún extranjero, no había ningún italiano, no había ningún hombre del Henri—Lloyd. Sólo un callejón oscuro. Siguió adelante, jadeando. De vez en cuando miraba hacia atrás.

«¡Me estoy volviendo loca!»

Aquél, probablemente, era un tipo cualquiera. Uno de tantos italianos que se ven por todas partes en Londres. Uno de los millones de poseedores de un Henri-Lloyd.

«¿Qué me está pasando?»

Francesca, empapada, se sentó en un banco de mármol y se echó a llorar. Lloró de cansancio y del terror que sentía dentro. Lloró por su mala suerte.

—Señorita, ¿se siente bien?

Francesca levantó la cabeza. Un señor con paraguas, sombrero, bufanda, impermeable, la miraba con aire entre preocupado y caritativo.

—Sí, estoy bien... estoy bien —contestó Francesca con voz quebrada.

Se levantó y echó a andar. El señor bajo el paraguas, frustrado por la lluvia, la vio alejarse.

Francesca siguió caminando sin rumbo en ese laberinto de callejuelas de un barrio residencial de casitas todas iguales, todas iluminadas. Por fin desembocó en una calle mas grande, que no debía estar lejos del estudio de Clive. El frio glacial le subió por las piernas, mordiéndole las pantorrillas . Los pies le chapoteaban dentro de los zapatos.

Faltaba poco para llegar a casa de Clive Se echó hacia atrás el pelo que le caía diáfana e innatural.

Y volvió a verle.

Delante de la tienda de electrónica. En la otra acera. Iluminado por los letreros rojos.

La miraba.

Enfundado en su anorak azul marino la miraba. Un fantasma.

¿Qué otra cosa podía ser?

Manos en los bolsillos.

«¡No, no es posible! Me está siguiendo...»

Francesca volvió a correr. El hombre se quedó quieto. La veía alejarse aterrorizada, pisando los charcos.

Francesca, con el cerebro a oscuras y el corazón silbándole en los oídos, atravesó una zona de obras, esqueletos de hormigón armado, grúas de acero y barro. La última de las obras, la más grande, era la de Clive. La reconoció enseguida.

El cierre metálico estaba echado. Cerrado.

Francesca se le echó encima y la emprendió a puñetazos con él.

—Clive. Clive. Abre. Abre. Clive —gritó.

Le dio patadas, abollándolo, odiándolo y haciéndolo temblar en los candados.

—Clive, joder. Abre. Soy Francesca. Abre.

Siguió golpeándolo durante un buen rato. Los puños le dolían.

«No hay nadie. ¡Para ya! ¡Para ya!»

Cayó de rodillas, en el agua, y gritó. Le gritó a Clive desaparecido. Le gritó a Giovanni que había vuelto. Le gritó a esa lluvia sin fin. Gritó, eso es todo.

Un grito que ya no tenia nada de humano. El ladrido de un perro moribundo. Luego bajo la cabeza y se quedo así, un montón de tiempo, con la lluvia escurriéndole encima.

¿Cómo era posible?

Giovanni en Londres. ¿Qué decía el periódico? Detenido por la policía. Detenido. Sólo detenido. ¿Qué le había dicho su madre?

«Le han soltado, es lo único que sé...»

Pero cuando eres imputado, ¿puedes coger un avión? No,

no lo puedes coger. ¿No te quitan el pasaporte? Claro que te quitan el pasaporte.

«No era él. Te has dejado llevar por el pánico, por un ligero ataque de locura. No es nada grave. Sólo que te estás volviendo una psicópata...»

Se levantó y, automáticamente, se dirigió a la calle. Los faros de los coches se deslizaban sobre el asfalto brillando en los charcos. Abrió los brazos tratando de parar un taxi. Pasaron dos. Y no pararon.

Tal vez a causa de su aspecto. Un espantapájaros ahogado. Por fin se paró un cab. Francesca se montó.

El chófer era un joven negro. Con un gorro de lana de colores y uniforme militar.

—¿Adonde te llevo, monada? —le preguntó.

—A casa —dijo Francesca temblando. Ahora tenía escalofríos. Los dientes le castañeteaban sin control. El frío se le había metido en los huesos.

—De acuerdo. Pero si no me dices la dirección... —Vincent Square.

—De acuerdo.

Había tráfico. Pasaron mucho tiempo en los atascos. De vez en cuando el chófer la espiaba por el retrovisor. Francesca no le prestaba atención.

—¿Qué ha pasado? Parece como si te hubieras metido en una piscina con ropa. Tápate. Estás tiritando. Mira, detrás de ti hay una manta. Puede que huela un poco mal. Échatela encima, que te vas a resfriar —le dijo con acento jamaicano.

Francesca se arropó con la manta.

Y además, ¿por qué iba a estar Giovanni en Londres persiguiéndola?

No tenía ningún sentido.

Oyó una voz interior, una voz fría y racional, que le decía:

—Es la mar de sencillo. Tú tienes la prueba La prueba de el es el asesino. Las agujas. Las agujas que han desaparecido Tú lo sabes y él lo sabe. Ha venido para cerrarte la boca. Quiere cerrártela para siempre.

Un terror nuevo, tan absurdo que parecía incomprensible, se apoderó de ella.

«Eso es. Eso es.

»Tienes que huir. Tienes que esconderte. Que no te encuentre.»

Sólo hacía falta ser racional.

«Ahora vas a casa. Te las arreglas para entrar. Coges el dinero y te largas.

»¿Adonde? ¿Adonde voy?

»A un hotel, a la policía, a donde te parezca.»

Faltaban pocas manzanas para llegar.

—Para, para —le ordenó al taxista.

—Pero aún no hemos llegado...

—No importa. Oye, no tengo dinero para pagarte. Pero te doy esto, debería bastar.

Francesca se quitó el reloj. Un Rolex. El regalo de su madre por la graduación. Se lo dio.

—Espera... ¡es demasiado! —le gritó el chófer, pero ya era tarde, Francesca se había bajado y corría.

El edificio estaba oscuro.

Ninguna ventana iluminada, ni siquiera en el entresuelo. Miss Rendell no había vuelto. Francesca cogió del suelo una piedra gorda. Miró a los lados. No pasaba nadie. Rompió el cristal esmerilado de un golpe seco. Metió la mano. Encontró la cerradura. Corrió el pestillo.

La puerta se abrió.

Subió las escaleras jadeando. Con el estómago reducido a un puñado de vísceras doloridas. Ahora venía lo más difícil. La puerta de casa. No se podía romper con una piedra. Subió corriendo a la azotea, donde miss Rendell tendía la ropa. Encendió la luz. Detrás de las sábanas tendidas encontró lo que necesitaba. Una gruesa hacha oxidada. Volvió abajo temblando. Se puso delante de la puerta y levantó el hacha sobre su cabeza. Tomó aliento y dio un hachazo con todas sus fuerzas en la cerradura. Un ruido ensordecedor retumbó por el hueco de la escalera. La puerta todavía estaba cerrada. Se había separado una astilla gruesa, pero la cerradura aguantaba.

Otro hachazo. Y otro. Y otro. Hasta que la cerradura se soltó del todo.

La puerta se abrió.

Entró.

Encendió la luz. Corrió al dormitorio. La cartera estaba ahí, donde recordaba, en la mesilla de noche, junto a la ventana. La cogió. Dentro había doscientas libras.

«¡Bien!»

Ahora ya podía marcharse. Volvió al pasillo. El contestador lanzaba destellos.

¿Qué tenía que hacer?

¿Huir? ¿Y si era su madre que le decía que había encontrado las agujas, que estaban entre sus cosas en la calle San Valentino?

Apretó la tecla de reproducción de mensajes.

—Soy Clive. ¿Qué pasa? Acabo de llegar. Estaba fuera de Londres. Llámame.

Francesca empezó a desnudarse rápidamente. Estaba muerta de frío. Temblaba como una hoja. Tenía que quitarse esos trapos mojados.

Segundo mensaje.

—Francesca. No he encontrado las agujas de tejer, a buscado bien. No están... Oye, ¿por qué no te vas a dormir esta noche a casa de una amiga? No me gusta que estés tan sola en tu piso. Llámame en cuanto vuelvas... Yo estaré allí mañana por la mañana.

Francesca no escuchaba. Allí, desnuda, junto al contestador, escuchaba otro sonido.

Pasos.

Pasos en la escalera.

Alguien estaba subiendo. Alguien que tenía suelas de cuero.

Eran pasos. Pesados. Arrastrados.

Giovanni.

La adrenalina le hinchó las venas, le excito e corazón, le heló los brazos, le mordió las piernas y le relajo la vejiga.

La orina bajó, caliente, por el muslo.

Pasos. Pasos. Pasos. Más pasos.

El cuerpo de Francesca quería moverse, huir, pero su cabeza estaba paralizada por un miedo simple y primordial que le impedía pensar, actuar.

«No soy capaz... no soy capaz de moverme.»

El interruptor general de la luz.

Estaba a su lado.

Alargó la mano y lo apretó.

Oscuridad.

Por la puerta rota entraba un poco de luz que tímidamente iluminaba los primeros metros del pasillo, para dar paso luego a las tinieblas.

Pasos.

«¡El hacha!»

Francesca la recogió del suelo. Se escondió detrás de la jamba de la puerta. Desnuda y aterrorizada. Sujetaba la pesada hacha con las dos manos. No respiraba. Esperaba.

El ritmo de los pasos cambió. El roce del Henri—Lloyd. El extranjero ya estaba en el descansillo.

—¡Francesca! ¡Francesca! ¿Dónde estás?

La estaba llamando con su voz viscosa.

—¿¡Francesca!?

La sombra se dibujó en el suelo. Francesca vio la silueta del hombre detenerse a la entrada, levantó el hacha, detrás de su cabeza. La mano del hombre buscó la llave de la luz. Francesca asestó un hachazo con todas las fuerzas que tenía. Le amputó tres dedos.

Limpiamente.

Tres ramitas que se rompen. Cayeron al suelo.

Y el extranjero también cayó, de rodillas, aullando. Sacó su pañuelo y se lo apretó en la otra mano. Francesca no lograba verle. Sólo veía la silueta encogida en el suelo. Parecía que estaba rezando. Francesca sintió el olor salado de la sangre que se propagaba por el pasillo.

Le empujó, quería salir huyendo escaleras abajo, pero no podía, el hombre le cortaba el paso. Entonces corrió a su dormitorio, tropezando como un ratoncito ciego. Tambaleándose en la oscuridad con las manos por delante. Tropezando con la cómoda, con el canto de la puerta, tirando al suelo el espejo, los tatarretes.

Resbaló en la alfombra.

Y cayó al suelo golpeándose fuerte en el esternón, en el estómago. Los pulmones se le cerraron. Francesca intentaba respirar, pero no lo conseguía. Sólo conseguía emitir un estertor ahogado. Un silbido asmático. A lo lejos oía el grito y el llanto de dolor del hombre, que le daba vueltas en la cabeza... Se estaba ahogando. Boqueaba como un pez fuera del agua.

Por fin pudo tragar un poco de aire. Poco. Lo suficiente para no morirse. Poco a poco los músculos intercostales se relajaron y consiguió volver a respirar.

Pasos. El extranjero se había levantado.

Avanzaba hacia ella quejándose.

Francesca le vio, delante de ella, iluminado por el resplandor de la ciudad.

«¡Giovanni!»

El hombre del Henri—Lloyd.

Se sujetaba el pañuelo con la mano.

Francesca retrocedió arrastrando el culo. Hasta el pie la cama.

—No me mates. No me mates. Por favor —dijo Francés despacio, entre dientes.

Un ruego susurrado.

—No me mates. No me mates...

Mientras tanto se había subido a la cama, y ahora contra la pared, sin escapatoria.

El fin.

—¡Francesca! ¡Francesca! —dijo el hombre con voz distorsionada, innatural—. ¡Francesca, ayúdame!

El hombre atravesó la habitación tambaleándose.

Francesca cogió el teléfono y se lo tiró. Luego los libros, y también se los tiró.

—¡Lárgate! Hijo de puta. ¿Qué coño quieres? Déjame en paz —le maulló.

Él avanzó, ahora en silencio. Francesca cogió la lámpara de la mesita. Se la tiró. No le dio.

Estaba en una ratonera. Un ratón en la ratonera. Con las manos, buscó algo más. Algo con lo que defenderse. Cualquier cosa para quitárselo de encima.

Nada.

Luego, entre las mantas, encontró algo.

Las agujas.

Las agujas de tejer.

Sacó las agujas del tejido de lana y dijo con una risa maligna:

—¡Muere, cabrón! —levantó los largos alfileres de acero y se echó encima de él como una furia.

El hombre no se lo esperaba. Permaneció inmóvil.

Le dio. Con todas sus fuerzas. Primero en el estómago y luego en el pecho. Tres veces. La aguja perforó la ropa y luego la carne sin dificultad. Se clavó en un trozo de mantequilla.

El hombre permaneció inmóvil.

Le pinchó otra vez. Una, dos, tres, diez, cien veces.

—Muere. Muere, hijo de perra. Muere, cabrón —le gritaba mientras tanto.

Giovanni, el extranjero, el hombre de risa burlona, se le cayó encima. Rígido. Como una estatua a la que le quitan la peana.

Sólo acertó a decir, casi asombrado:

—Coño, Francesca. Me has... ¡me has matado!

Francesca volvió a pincharle. Y otra vez. Y otra vez más.

El sol apareció por fin junto a la niebla, fundiéndolo todo en una única cosa gris y luminosa. Había dejado de llover. La uz se filtraba por la ventana iluminando el polvillo en suspensión. Hacia frío.

Francesca abrió un poco los ojos.

«¡El sol! Por fin sale el sol.»

Sentía escalofríos recorriéndole los músculos. Debía de tener fiebre. Y alta.

«¿Qué hora será?»

Debía de ser tarde. El sol ya estaba bastante alto, detrás de la ventana. Francesca no tenía ganas de levantarse, pero tenía frío y los huesos doloridos.

Tiró de las mantas, hasta la nariz.

Pero las sábanas estaban mojadas y pegajosas, y no calentaban nada. El suelo donde había dormido también estaba frío y duro.

«Lo mejor será que me vista», pensó.

Se quitó las sábanas de encima. Las sábanas completamente rojas. Como todo lo demás. La alfombra. El suelo. Las paredes.

También ella estaba completamente roja. Pero el rojo que llevaba encima se había secado y ahora le tiraba la piel, sin hacerle daño.

Se puso de pie.

Tiritaba.

Miró a su alrededor.

—¡Menudo desorden! —dijo en voz alta.

Fue a la cocina. Puso agua a calentar.

Scotland Yard llegó mientras Francesca, en el comedor, bebía su té y veía la televisión.

Los coches de la policía, dos para ser exactos, se detuvieron justo delante de la casa de miss Rendell.

Media hora antes, el inspector Shell había recibido una llamada telefónica desde Italia. Un tal comisario Pacinetti, en un ingles escolástico, le había explicado que tenia buenas razones para creer que una joven italiana, Francesca Morale, a la sazón residente en Londres, era la autora de una serie de asesinatos perpetrados en Roma dos años antes.

El inspector Shell no tenía malditas las ganas de salir, quería quedarse en su oficina, calentito. Aquella mañana tenía un terrible dolor de cabeza, la noche anterior había empinado un poco el codo, pero la voz insistente y nerviosa del comisario Pacinetti le decidió a ponerse en movimiento.

Cuando estuvo ante la entrada de la casa de la joven encontró la puerta abierta y el cristal roto. Subió corriendo las escaleras, acompañado de tres agentes. En el primer piso encontró la puerta rota. Entró.

Francesca Morale estaba desnuda y completamente embadurnada de sangre.

En la alcoba el inspector encontró el cuerpo sin vida de un hombre, atravesado por una treintena de agujas de tejer.

La sangre del cuerpo había empapado el colchón, dándole un color de orujo de vino.

El joven, que no aparentaba más de treinta años, tenía una extraña expresión, como de sorpresa, deformada por dos agujas que le atravesaban los carrillos de lado a lado. Sus largos cabellos de color rubio ceniza, recogidos en una cola de caballo, formaban un pegote como un pincel sin lavar. El largo abrigo estaba abierto, mostrando un forro viejo y gastado. La camisa desabotonada. En el pecho del muchacho había un gran dragón chino tatuado, ahora poco visible, oculto por la sangre y las largas agujas que lo acribillaban. La víctima resultó ser Clive Ellson, un pintor.

El inspector tapó a la chica con su impermeable.

La chica le sonrió y le preguntó si quería un té, lo acababa de hacer.