8
Belcebú o la Gula
La chocita sobre cuyo techo de paja pesaban tan poco los siete emisarios del Averno y sus siete cabalgaduras, albergaba a un solo morador: Don Antonino Robles. Dicho con más justicia, cobijaba a dos: a Don Antonino y a su Ángel de la Guarda. En esos momentos del despertar de la noche, mientras rivalizaban las campanas y la orquesta para atraer a los habitantes de Potosí —las unas, hacia el rezo piadoso; la otra, hacia el pagano zapateo—, Don Antonino, como siempre, optaba por las primeras y, los brazos en cruz, de rodillas en el duro piso, recitaba, una tras otra, las avemarías interminables. Un cabo de vela, también puesto en el piso, iluminaba apenas la única habitación, y pincelaba de leve amarillo el altarejo delante del cual el anacoreta repetía sus devociones. Mostraba éste, cuando la debilidad del resplandor lo permitía, una acumulación de elementos dispares: pobres y truncas imágenes de yeso; estampas del santoral, que orlaban viejos cadáveres de moscas; flores y festones de papel; alguna insólita pintura colonial, cuyos oros desaparecían bajo la capa de mugre; restos de muñecos infantiles, de trapo, apolillados y colgados de las vigas; barquichuelos de madera, rosarios de cobre; el latón de tristes exvotos: miembros, orejas y bocas; y hasta un escarpín extrañamente nuevo, que pocas horas antes había calzado a un niño de meses, y que se balanceaba en el aire frío, delante de un cráneo de vicuña. Esa profusión abigarrada absorbía el interés de Don Antonino, y si de súbito un soplo de viento acentuaba la ronquera del trombón, el tronar del bombo o el escándalo de las risas, el penitente apartaba aquellos ecos de la mundana salacidad, con un movimiento de su seca mano y, transportado por el tañir de los bronces, reanudaba su oración. Al alzar reiteradamente la cabeza monda, liviana, de pájaro, en la que brillaban los ojos como otros cirios, hacia el desorden del altar, y al levantar las palmas juntas, se advertía la extrema delgadez de su cuerpo, en el que la ropa pendía como si no le perteneciera. Hubiese sido imposible pretender asignarle una edad concreta, y por otra parte él mismo ignoraba la que le correspondía. Entre cuarenta y setenta años podía tener Don Antonino. Lo indiscutible, en cambio, era la mezcla de sus sangres. Rasgos indios y españoles afloraban en su rostro arrugado, cobrizo, y de la combinación provenía un fruto inesperadamente aristocrático, en el cual estaban presentes la impasibilidad incaica y el orgullo peninsular. Pero los largos decenios de lucha contra las pasiones habían suavizado su expresión, y si alguna huella prevalecía de sus procesos lejanos, Don Antonino la disimulaba bien. Menudo, endeble, descarnado, enteco: así lo entrevieron los demonios, por las fisuras de la choza, cuando por primera vez se enteraron de su existencia. Parecía formar parte del altar que había inventado y adornado. A su izquierda, en el suelo, un cántaro de agua y un puñado de granos y raíces explicaban su escualidez. La verdad es que hacía años y años que no probaba más alimento, y que en ciertas ocasiones, si el frío arreciaba mucho y también la furia de las tormentas de nieve, ni siquiera ése se llevaba a la boca, porque las buenas mujeres que lo dejaban a su puerta y que le pedían que rogase por ellas y por el pequeño que les abultaba el vientre, no conseguían escalar el cerro hasta la terraza donde se escondía su tugurio.
El Ángel de la Guarda resultaba entonces el único compañero del solitario. Morocho, ceñida la frente por una vincha de dibujos geométricos, compartía su cabaña, en cumplimiento de la misión que se le asignara desde que nació el eremita, y si bien no formulaba queja alguna, con referencia a su trabajo, pues era sinceramente angélico, acaso se le ocurriera, a veces, que podía haberle tocado una tarea menos monótona, porque lo cierto es que tenía muy poco que hacer. Su función se reducía a contemplar al contemplativo; a verlo enriquecer, con aportes dudosos, la indigencia de su retablo; a observarlo cuando malcomía, hundiendo los dedos agudos en la escudilla áspera, y sin abandonar por eso, entre un bocado y otro, el silabeo de la oración. Al principio, el Ángel se presentaba en el Cielo, semanalmente, con informes minuciosos de la actividad de Don Antonino, pero estos eran tan idénticos entre sí, que a cierta altura no hubo quien atendiese allá, donde están harto ocupados, la repetición de sus comunicaciones. Espació, pues, más y más, esas gacetillas, para que no lo consideraran fastidioso, hasta que terminó por suprimir las crónicas iguales. Consecuentemente, y a fin de llenar las horas, se materializó ante Don Antonino, quien acogió ese portento como una prueba de la divina generosidad. Múltiples fueron las conversaciones que iniciaron, mas era tal la diferencia de su preparación, que el custodio concluyó por renunciar a elevarlas al plano de la teología, en el cual se movía con holgura, y por limitarlas al nivel de las cuestiones caseras, que Don Antonino dominaba mucho mejor. Y dentro de éste, se redujo también, con angelical modestia, más que al ejercicio de la cotidiana discusión, al de las faenas prácticas, ayudando a su protegido a barrer, a lavar, a hervir los alimentos y a decorar la capilla, no obstante que ésta no le gustaba demasiado. De esa suerte se estableció entre ellos una respetuosa camaradería, y llegó a ser tan honda la confianza que el Ángel cifró en Don Antonino, alejado, por lo demás, de la probabilidad del pecado, que el querube no vacilaba en abandonar, pasajeramente, su puesto de centinela, para distraerse de uniformidad tan beata con paseos por el contorno. Esa tranquila certidumbre enmoheció un tanto la eficacia patrullante del policía celeste quien, cómodamente seguro, algo desatendió sus obligaciones. Sólo con estos antecedentes se justifica lo que después se referirá. Y los refirma el hecho de que en la ocasión excepcional en que sobre el techo de la choza de Don Antonino se posaran siete demonios, con sus siete monstruos respectivos, el Ángel de la Guarda no los reconociera, y que si le pareció que individualidades extrañas perturbaban la paz de su refugio, lo atribuyó, como otros días, a grandes pajarracos hambrientos, de aquellos que solían merodear por la zona.
Afuera, soplaba el viento filoso, y Supernipal y Superunda se quejaron. Resolvieron los demonios trasladarlos a una cabaña próxima, abandonada, y los extendieron sobre las andas de Belfegor, previo desalojo de la dama tortuga, quien por supuesto protestó y se indignó de que la hubieran conducido a un sitio donde el común denominador era la incomodidad. Encendieron fuego allí. Agrupados en torno del sirenito barbudo, que hipaba y resoplaba en los brazos maternos, y a quien alumbraba un suave fulgor que parecía emanar de él, los demonios componían en el rancho una mágica imagen primitiva, suerte de desconcertante pintura en la que un maestro, flamenco o alemán, hubiese substituido, adrede e irreverentemente, los personajes. Las figuras del grifo y el toro, recortada la una y la otra espesa, encuadraban, dentro de la estética combinación, las manos diabólicas, garrudas, cruzadas sobre los pechos o estiradas con aflicción teatral, rodeando las cuales palpitaba el temblor de las alas membranosas, plumosas y textiles (estas últimas pertenecientes a Mammón y a Leviatán), como un follaje multicolor que estremeciera la brisa.
Obviamente, no bastaban, para tranquilizar a los enfermos, las píldoras de Belcebú, de modo que el de la gula, recordando que en el panteón babilónico lo adoraban —nunca entendió por qué— como patrono de los médicos, produjo el «Larousse Médical», en la edición de 1924.
—No he conseguido una más nueva —se disculpó—, pero todo está en este libro. Este libro es el mejor diploma… y yo no soy muy librista… A ver…
Dio vuelta a las páginas, espiado por los otros.
—Soroche —deletreó—. ¿Quizás, en francés, soroshe o sorroche? No está. ¿Mal de la altura? de hauter? Haute fréquence, ver électrothérapie. No es esto. Haut mal, sinónimo de epilepsia. Tampoco.
—Busque presión —le sugirió Luzbel—, pression…
—Ver hypertensión. No es eso. ¡Cuántas fotografías horribles! ¿Y atmosphére? La pression atmosphérique a une action sur la santé et probablemente sur les épidemies. Nos hallamos como al principio. ¿El mal de la altura se relaciona con la hipertensión arterial? Creo que no y confieso mi ignorancia.
—Me asombra —dijo Satanás— que Su Excelencia pueda ser el patrono de los médicos.
—Lo fui entre los asirios, y las cosas se han modificado bastante, desde aquella época.
—Lo más indicado —interrumpió Belfegor, entre dos bostezos—, será darles coramina y dejarlos descansar. La presión, en estos casos, baja y no sube. En consecuencia, hay que tonificar al corazón. Aquí tengo coramina; nunca me separo de ella.
Admirados, se pasaron, reverentemente, la caja. Belcebú leyó el prospecto, destacando los vocablos, como si fuese una invocación secreta:
—Dietilamida del ácido piridino B carbónico. ¡Qué hermosas palabras!
Las salmodió Asmodeo; los demás le hicieron coro y, mientras suministraban las pastillas a los dolientes, sus voces se elevaron, con fondos de campanas y de tambores, saturando el aire con gregorianas cadencias:
—Dietilamida del ácido.
—Dietilamida del ácido…
—La poesía —declaró Leviatán— anida en lugares oscuros.
Poco a poco, se calmaron los indispuestos. Cerráronse sus ojos y respiraron con regularidad. Entonces los demonios salieron en puntas de pies, confiando la vigilancia de Superunda y su vástago a la seriedad del grifo. En el exterior, el frío apretaba. Se llegaron hasta la choza del eremita; comprobaron que todo seguía igual. El Ángel de la Guarda dormitaba y Don Antonino también.
—Es a Don Antonino —dijo Belcebú— a quien tengo que tentar.
—¡Qué tema para Flaubert! —comentó Asmodeo—: «La Tentación de Don Antonino».
—Y éste —puntualizó Satanás, señalando al ángel moreno de la vincha aborigen— debe ser uno de los ángeles negros que reclaman las canciones. Dejémoslos y vayámonos al centro de Potosí, a averiguar la razón de tanta bulla.
Abrieron las alas y planearon, unánimes, mayestáticos, sobre la Villa Imperial. Luego aprovecharon las penumbras de una calleja soledosa, para cambiar su aspecto por el de siete indios. Se ajustaron los gorros, que les tapaban las orejas; calzaron ojotas; cubriéronse con ponchitos y, lentamente, pues en esa región no conviene apresurarse, ganaron la Plaza del Regocijo, donde se intensificaban el fulgor de las luminarias y el estruendo de la fiesta. Pronto se mezclaron con la multitud que merodeaba, comiendo y bebiendo, entre los puestos de venta de carne de oveja y de buey, de aguamiel y tortas fritas, de alfeñiques, de mazapán, de roscas de chuño, de charqui, de chicha y licores. Asmodeo requebraba a las cholas, escaparates de pintorescas alhajas y, al volverse, risueñas, las mujeres hacían tintinear las caravanas de oro. Sumábanse allá el lujo arcaico con la pobreza inconcebible, porque así como relumbraba el bárbaro barroquismo de las joyas, brillaban las exhibidas pústulas de los mendigos.
—Algunos de éstos —susurró Belcebú— parecen ilustraciones del «Larousse Médical».
—Y algunas de éstas —añadió el de la lujuria— son más comestibles que tanta oveja.
Lanzóse a resoplar la banda, y se reanudó el baile, que invadía los patios de la Casa de la Moneda y los de las casas vecinas, hasta los de aquellas, muy hidalgas, que ostentaban todavía, sobre los portales, la cuartelada pompa de los escudos españoles. Numerosos militares, flamígeros de entorchados y medallas, danzaban y brincaban con las indias. Oyéndolos hablar, enteráronse los demonios de que hacía un mes que duraba el holgorio, exactamente desde que el Capitán General Mariano Melgarejo, Presidente y Protector de la República, se había establecido en Potosí, tras derrotar al General Acha en la batalla de Cantería. De Melgarejo se narraban prodigios y sus soldados no se cansaban de reiterarlos. Ebrios, locos, gritaban su nombre, que restallaba como una bomba más o como un carajo soez, y apenas se reunían tres o cuatro, mixturando los pantalones de tela blanca, las casacas verdes, amarillas y rojas —colores nacionales— y los pies semidesnudos, los potosinos hacían rueda para no perder los fabulosos relatos que desgranaban entre regüeldos. No había transcurrido un año, desde que el general mestizo y cuarentón comenzó a gobernar a la zarandeada Bolivia, y en tan escaso tiempo se había transformado en personaje de leyenda. Se lo juzgaba invencible. El país ardía por los cuatro costados, multiplicando los motines y las revoluciones, y él, con su pequeño ejército, lo cruzaba sin fatiga de punta a punta, desafiando a los caudillos rebeldes y a la naturaleza hosca, para imponer la ley feroz de su bravura. Dejaba una orgía, beodo, saltaba sobre su negro caballo Holofernes, y galopaba en pos de enemigos. Era inexorable. Fusilaba, acuchillaba, actuando él mismo de verdugo, si fuera (o no fuera) necesario, con el arma siempre lista. Su capa púrpura flameaba sobre los cadáveres. Y seguía, borracho de vino y de orgullo. Casi no sabía leer, pero si lo requerían las circunstancias, electrizaba a sus tropas con discursos violentos, Su peor adversario había sido Belzú (no confundirlo con Belcebú), a quien apodaban «el Árabe», por la atezada elegancia de su físico, y cuando Belzú, ídolo del pueblo, logró apoderarse de La Paz, sacando provecho de su ausencia, y desde el balcón del Palacio, flanqueado por generales traidores, recibía las aclamaciones de la muchedumbre, Melgarejo atravesó la plaza, fingiéndose prisionero, en medio de la plebe atónita, entró en la habitación donde el Árabe le abría los brazos, lo mató con su oculto revólver, salió al balcón a su vez y allí, después de unos segundos de asombro, oyó vitorear su nombre a los mismos que habían coreado, frenéticos, el de su opositor. Después mandó servir un banquete, del cual participaron los oficiales que lo habían abandonado, mientras que en otra parte de la casona el populacho lloroso desfilaba por la capilla de Belzú.
—Me gusta este individuo —acotó el demonio de la ira—. Me entendería perfectamente con él. Me gustaría verlo.
No fue menester que lo repitiera, porque el Capitán General apareció, caballero en Holofernes, desmontó y se allegó a los danzantes. Era un hombre espléndido, alto, garboso, robusto, de anchas espaldas, de pecho fuerte. Alargándole el rostro mate, de facciones finas, la barba negra, sedosa y oval, se le derramaba sobre el dormán azul, constelado de alamares y de condecoraciones, que relampagueaban menos que sus ojos, ya tiernos, ya terribles. Se movía con elasticidad felina, y en los giros del baile, su capa roja tremolaba como una bandera.
—¡Bravo! —exclamó Satanás, sin retenerse—. ¡Si un tigre pudiera bailar, bailaría así!
Tenía por compañera a una muchacha pálida, bellísima, de cuerpo voluptuoso, grandes ojos negros y grave mirar. La multitud se apartó, para darles sitio, y continuaron rotando, incomparables, como si no fuesen dos personas sino sólo una, armoniosa y resuelta. Asmodeo indagó la identidad de la niña, y la comunicó a sus camaradas:
—Es Juana Sánchez, su amante, a quien adora. La madre, viuda de un coronel, se la entregó a cambio de una pensión. Después llovieron sobre ellas las dádivas. El primer encuentro amoroso de estos dos seres estupendos duró tres días, durante los cuales los edecanes aterrados escucharon, a través de la puerta cerrada, sus rugidos de pasión. Estoy de acuerdo con Su Excelencia —agregó, dirigiéndose a Satanás y tocándose el gorro tejido en breve saludo—: es un individuo maravilloso.
El individuo, entre tanto, seguía bailando. Bailaba desde la niñez, desde su Tarata natal, en la que los indios le enseñaron a hacerlo, al son de las quenas; y desde la Cochabamba de su adolescencia, donde los ciegos ritmaban sus pasos con la guitarra y el salterio. En La Paz, ya Presidente, por obra de su fogosidad, de su crueldad y de su astucia, organizaba bailongos a los que sólo concurrían hombres, pues las señoras no se resignaban aún a compartir el jaleo con la Sánchez, y donde los viejos funcionarios hacían cabriolas, abrazados por los tenientes, al par que Melgarejo los estimulaba a tiros. Y en Potosí, la Plaza del Regocijo entera y las adyacentes, sobre todo la Plaza del Gato, se estremecían, como si los caserones intervinieran también en las mudanzas. Por fin, la banda calló, y en el intervalo trajeron más vino. Entonces, empujado por sus colegas, Belcebú comprendió que había llegado el momento de actuar. Arrastró a los suyos hasta la calleja de las Siete Vueltas, despoblada a la sazón, y en la Plaza de la Ollería, frente a San Agustín, les propuso que formasen una pirámide humana, no sin sembrar sus ropas, previamente, de lentejuelas, y de proveer a cada uno de una antorcha.
Sobre los hombros firmes de Lucifer, se encaramó Satanás, quien sostuvo con ambos brazos a Belfegor y al cocodrilo; iban encima de éstos, de la misma manera, Asmodeo y Mammón y, coronando la construcción en forma de cruz de Caravaca, el gordo Belcebú blandía dos teas. Aquella extraña arquitectura bípeda se trasladó, rozando las fachadas con las lumbres, hasta el dilatado espacio abierto en el que la orquesta militar se aprestaba a reanudar los compases. Al verla, detuviéronse los músicos y enmudecieron las parejas. El propio Melgarejo y su divina Juana, que ocupaban sendas sillas, pusiéronse de pie y se restregaron los ojos, porque por la plaza procedía una nunca vista columna ofuscante, con chisporroteo de lentejuelas y llamear de hachones, acentuando el color de los trajes indígenas y los gestos absortos. Delante del dictador, se deshizo, con ágiles piruetas la torre de volatines, y como el Presidente otorgó su aplauso a los siete acróbatas que permanecían de hinojos frente a él, la muchedumbre palmoteó, entusiasta. Magnánimo, el Capitán General mandó que les sirvieran chicha y arrojó a cada uno un «Melgarejo», que era falsa moneda. Después, movido por la curiosidad, interrogó a los saltimbanquis, pues lo dejaba estupefacto, con harta razón, que unos pobres indios fueran capaces de esos juegos.
—Parece cosa diabólica —dijo, sin equivocarse.
Belcebú se le acercó, con mil bufonerías, y el Protector de la República, que como todo aprendiz de César era afecto a los histriones, presto se echó a reír y hasta olvidó, por escucharlo, la seducción del baile, que recomenzaba con fresca furia, ahora interpretado por mimos enmascarados de gallos y de cornúpetos. Conviene señalar que Belcebú se esmeró hasta lograr su conquista, amansando al tigre por medio de un diluvio de bromas y de anécdotas, inventadas o reales, las que —por aquello de que el diablo sabe menos por diablo que por viejo— fascinaron al dictador, goloso de narraciones. Y entre sus donaires, Belcebú se ingenió para introducir la descripción del altar de Don Antonino Robles, y para indicar al Presidente que lo único que faltaba allí era una imagen de Melgarejo. ¿Por qué no llevársela? Reverenciado constantemente por él, junto a sus santos, el Capitán General ganaría el Cielo como fruto de tantas oraciones.
La idea encantó al Presidente; era el supremo complemento del cual carecía: un lugar entre los elegidos del Señor, Y como sobresalía por sus dictámenes rápidos, ordenó que en seguida buscaran, en su equipaje, una enmarcada litografía que lo mostraba en la majestad de su atuendo de héroe sudamericano. Alabáronla los demonios, Y Melgarejo, bajo el impulso del alcohol y de la vanidad, dispuso que de inmediato se dirigieran al Cerro, para presentar al ermitaño su obsequio prestigioso. Hizose así, y el Capitán General se entretuvo en combinar el desfile, con el arte que usaba al planear sus expediciones bélicas.
Escasos minutos fueron necesarios para que partiese la comitiva. Iba adelante la banda, martirizando los instrumentos. La seguía la pirámide de los demonios, cuyas antorchas hacían resplandecer el retrato del jefe, mantenido en lo alto, como una reliquia, por Belcebú. A continuación, Melgarejo cabalgaba a su Holofernes de larga cola, con Juana, revestida de la capa púrpura, en ancas. Y detrás hormigueaban los capitanes y los soldados, con los cuales se entreveraron algunos bailarines, de caretas crestadas y cornudas. Como la totalidad de la procesión estaba compuesta de ebrios, el trastorno de sus filas ondulaba y tropezaba, en las callecitas, donde las iglesias ilustres y las blasonadas puertas encuadraban su desarrollo, y a medida que iniciaba la ascensión del Cerro, el dédalo de montañas que cerca a Potosí —del Karikari y sus lagunas al Colquechaca y el Turqui, hasta los eslabones de Chinguipaya— se fue asociando, despabilada por la luna y por las estrellas frías, a la rareza del espectáculo, al que contribuyó con sus azules, turquesas, bermejos y grises. Continuaron así, sonando y cantando, rumbo a la choza de Don Antonino. Llamas y vicuñas, espantadas, los precedían.
El Ángel de la Guarda despertó, alertado por el alboroto. Se acomodó la vincha y salió, para investigar su motivo, y vio evolucionar, camino de la ermita, sorteando rocas y eludiendo precipicios, a una serpiente luminosa que erguía sobre su cabeza una cruz ardiente. Por acostumbrado que estuviera a los portentos y a las miríficas alegorías, no dejó de sorprenderlo la singularidad de la peregrinación, cuyo símbolo no acertó a reconocer, pues hacía ya muchos años que vivía en retirada soledad, pero su inocencia calculó que aquél, tan fantástico, era el premio sobrenatural que correspondía a Don Antonino, como recompensa de sus beatos desvelos. Se apresuró, pues, a sacudir al varón bienaventurado, y al reaparecer ambos a la puerta, se encararon con la mamada vanguardia melgareja, que alternaba las preces con los canturreos rijosos. También Robles, azuzado por su Ángel, imaginó que venía hacia él el galardón celeste, y cayó de rodillas, al paso que el famoso Melgarejo, tomándola de manos de Belcebú, se internaba con su efigie en la cabaña, y la colocaba en el medio del altar, desplazando los yesos de la Virgen María y de San José. Sólo en ese instante, cuando el gentío invadió y rodeó la choza, el de la Guarda se dio cuenta de la gravedad sacrílega de su error. Asustado, se remontó en el aire, en demanda de refuerzos, pues creyó advertir que en la turba de soldadesca y de enmascarados, se disimulaban varios demonios. No le alcanzó el tiempo para prevenir al magro e ingenuo Don Antonino, quien rendía el tributo de su devoción a la imagen del caudillo, con el mismo fervor que dedicaba a todo su excéntrico santuario.
El vino no cesaba de fluir, y Melgarejo encabezaba el frenesí de los bebedores. Abarcando con un brazo la ancha cintura de Belcebú, imprimía a su corpachón un balanceado meneo y canturreaba los latines que había aprendido del cura de Tarata, y a los que las quenas adicionaban su comentario melancólico. El de la gula explotó la oportunidad para proponerle que agasajara con un festín a Don Antonino.
—Permítame Su Excelencia, como un favor especial, encargarme de la comida —le dijo en un quechua vago—. Le juro que no se arrepentirá. Soy un cocinero notable.
El tigre estaba de buen humor. Su inclusión en el retablo abría ante él perspectivas novedosas, en el dominio eterno. Acarició a Juana y lanzó una risotada, que acompañaron los más próximos.
—No habrá cordero ni buey —continuó Belcebú—. Concédame Su Excelencia quince minutos.
—Está bien —le replicó el jefe, previendo una travesura del bufón—, pero si no cumples, te cortaré la cabeza.
Desaparecieron los siete demonios, en el tugurio en el que habían dejado a la delegada obrera y a Supernipal, en tanto que la tropa derribaba las ruinas del tercer bohío existente en esos contornos, y las utilizaba para armar una hoguera enorme.
—El indio está loco —dijo Melgarejo, y desenvainó la espada—. Dentro de un cuarto de hora, se despedirá de este mundo; antes, nos procurará una diversión.
Los siete encontraron a Superunda y su hijo muy serenos. Los monstruos los velaban con solicitud familiar. Belcebú se arremangó, meditó un instante, e informó:
—Les daremos buey y cordero, mas no los reconocerán.
Menos del tiempo solicitado le sobró, para aderezar unas viandas cuya cocción le hubiese requerido la noche, si hubiera sido posible hallar los múltiples elementos imprescindibles, en el aislado Potosí. Bajo sus manos hábiles, inspiradas, surgieron obesas ollas y preclaras sartenes, y en ellas la delicia del «boeuf mode», sazonado con lonjas de tocino fresco, pimienta, tomillo, zanahorias, cebollas, hierbas aromáticas y laurel. Lo regó con vino blanco y coñac e inflamó a este último. También aprestó el buey braseado con aceitunas, mechado con ajo y perejil, sobre el cual volcó, murmurando frases cabalísticas, el Madera seco; las chuletas de cordero asadas, con puré de cardo; las asadas a la Soubise; el cordero entero con salsa de pimienta. El perfume exquisito sahumó la estancia. Relamiéronse los demonios, los machacos, el grifo, la serpiente y el sapo (nada herbívoros ni insectívoros), que trajinaban, cortando puntas de espárragos y arrojando puñados de guisantes y de trufas. Superunda y Supernipal abrieron los ojos y se extasiaron. Y Belcebú, en el corazón del ajetreo, se destacaba, triunfal, haciendo brotar de la nada las botellas de su Haut-Brion preferido y del champagne de la Viuda; probando, aquí y allá, los condimentos, con un redondo cucharón que hacía las veces de varita mágica; tarareando la «Marcha de las juventudes Demonistas»; y tornando a enriquecer y a revolver las ollas. Se excedió en los postres, libre ya de la restricción que le imponía la uniformidad de las carnes patrias. Los macarrones de pistacho, avellana y chocolate; las rosquillas de frambuesas; los bizcochos bañados en café, en fresas y en kirsch; los merengues de piña; las pastillas de grosella; las bombas de albaricoque y marrasquino; el queso helado de crema y naranja; la «mousse au chocolat praliné» y el «clafoutis» del Limosín, logrado con cerezas oscuras, desbordaron de las fuentes. Eran éstas de plata maciza y de porcelana de Limoges, y Belcebú extremó su refinamiento, como en los cubiertos y en los platos, hasta imprimir en la vajilla las iniciales del Capitán General. En cuanto a las servilletas de damasco, con tal sabiduría las plegó que semejaban veleros, liebres y tricornios. Cuando todo estuvo listo, distribuido y ornamentado, salieron los diablos a la meseta, portadores del banquete.
Se pasmó el público, pese a la embriaguez, ante el espectáculo, y el Presidente Provisional perdió el uso de la palabra, porque aquel cortejo que avanzaba, en la noche, entre el vapor de los manjares vistosos, como si fuese una comitiva quimérica, exhumada del seno de un volcán, sobrepasaba de lejos, lo mismo que la anterior pirámide de antorchas, las creaciones de la boliviana alucinación. Al día siguiente, no bien el héroe y su hueste recuperaron la lucidez, se entabló una polémica acerca del increíble caso. El servicio y los roídos restos de los comestibles se habían esfumado; otro tanto aconteció con los siete indios misteriosos; y se sucedieron las tesis más diversas, para explicar el fenómeno. Alguno, más leído, se inclinó por la sugestión colectiva; algunos, por los efectos de un sueño utópico, atribuible al abuso de los brebajes; hubo quienes optaron por la reproducción del milagro del maná, imputable a la santidad de Don Antonino y a la omnipotencia de Melgarejo; y Melgarejo opinó que era cosa de brujas.
Pero eso fue al día siguiente, luego de que se levantaron, vidriosa la mirada y ácida la lengua. Esa noche, cuando atestiguaron la presencia de vituallas tan finas como distintas, dimanadas de una casuca enclenque, en lo único que pensaron fue en gozar de su sabor. Su estado, la niebla que les forraba los cerebros, no les permitía discusiones. El dictador, zigzagueando, guió al abismado Don Antonino Robles hasta la fogata; le otorgó el sitio de honor, sobre una piedra cóncava; y se sentó a su lado, con Juana Sánchez a su derecha. Los demás se desparramaron según su antojo, y la fabulosa sucesión de vitaminas y suavidades, de picantes y dulzuras, de sorpresas y satisfacciones, se produjo mientras hincaban los dientes, hacían crujir las mandíbulas, halagaban los paladares y sentían ambular, por sus canales digestivos, entre eructos y rumores varios, el caudal líquido y sólido que alegraba su humanidad. Prorrumpían en vítores, anticipados por los del exuberante Melgarejo, quien, como es lógico, no cercenaba su admiración. La banda, en cuanto trocaba los bocados por los trombones, y los tenedores por los palillos de tambor, insistía soplando y batiendo. Y los monstruos invisibles e infernales —más que ninguno, el toro asirio— zampaban cuanto podían. Oponíase al arrebato, la paz adusta del paraje, bajo el cielo estelar. Melgarejo, antes de comer, hacía probar una tajada, por temor de que lo envenenasen, al Coronel Aurelio Sánchez, hermano de su querida, un rufián, el mismo que lo asesinó en Lima, seis años después, sin que Juana abandonara, ante el crimen, su dura indiferencia.
Como nunca necesitó Don Antonino, la noche en que recibió el retrato del Protector, el apoyo material y moral de su custodio. Chirriaban y silbaban sus entrañas famélicas, hartas de elementos míseros, frente a la gloria de la excelsa gastronomía. Los ojos se le saltaban de las órbitas, en pos del «boeuf mode», que olía a coñac, del cordero espolvoreado con pimienta y de los merengues al kirsch, y los apartaba dolorosamente. Musitaba antiguas oraciones, apretando los labios, al par que Melgarejo le tendía unos platos monumentales. Puestos alrededor, los demonios lo codeaban; le describían las recetas; le servían cucharas derramadoras de salsas epicúreas. En especial, Belcebú lo asediaba con sabrosas instigaciones. El pobrecito se retorcía las manos, e indagaba con inútil ansiedad por su Ángel ausente. Y entretanto insistía la disimilitud de los aromas, que le sitiaba la nariz; de las formas y los tonos, que le atormentaban la imaginación y le humedecían la boca con saliva amarga. Por fin dejó escapar un quejido casi infantil, puso en blanco los ojos, y se arrojó a comer. Comió de todo y varias veces; comió como quien se tira al agua, a nadar con fruición; comió con el cuerpo entero, extinguiendo nostalgias, indemnizando angustias, corporizando ensueños terribles. Y bebió, bebió; se duchó en champaña; se sumergió en vino tinto; se roció con licores. El desquite jamás pensado, subconscientemente añorado, le hizo latir el corazón y florecer las venas. Sufría, al principio, bajo las tenazas del remordimiento, pero la felicidad que le procuraba la represalia tardía, ahogaba su inquietud.
—Este hombre —le dijo Belcebú a Lucifer— no ha pecado hasta ahora por falta de oportunidad y porque no le alcanzaron los medios. Observe qué pronto ha caído.
—No se quite méritos —le respondió el soberbioso—. Su Excelencia ha trabajado más que bien, y ¡a qué velocidad!
Melgarejo, simultáneamente, redoblaba las libaciones. Como otras veces, sucumbió ante la tentación sensual del exhibicionismo. Era sabido que, en la cúspide de la borrachera, caía en la extravagancia salvaje de desnudar a su hembra en público. Más aún, había establecido una especie de liturgia fetichista del cuerpo de Juana, a quien debían rendir culto sus ministros y sus generales. Sin ropas, la muchacha presidía los consejos republicanos, y los miembros del gabinete se inclinaban y arrodillaban en torno. El tirano los acechaba, para detectar el menor signo de deseo, pronto, si éste se manifestara, a abatirlos, de modo que los funcionarios actuaban como si la carne de la joven, tan vital, correspondiese a una inanimada escultura. Le arrancó, pues, los vestidos a tirones, hasta que quedó como vino al mundo, o como Lucifer en apariencia de demonio. Parecía sumisa, pero si levantaba los párpados, por su mirar cruzaban relámpagos de odio y de vergüenza. De pie junto a la hoguera, encima de una roca, exponía el esplendor de sus pechos, de su vientre, de sus piernas, cuya áurea lisura lamían las llamaradas. Detrás, de mármol negro, Holofernes relinchó y sacudió las crines. Nadie, por alcoholizado que estuviese, osó decir palabra. El fuego enrojecía la inmovilidad de las siluetas en cuclillas, a las que transformaba en huacos vetustos. Las emplumadas caretas de los bailarines auguraban desenfrenos abominables. Don Antonino se cubrió el rostro con ambas manos y sollozó. Le destapó la cara, de un ponchazo, el Capitán General, pero el ex asceta no dio pruebas de interesarse por la mujer. Belcebú le ofreció más «mousse au chocolat».
—Me equivoqué —se corrigió el demonio, dirigiéndose a Lucifer, nuevamente—, Don Antonino no pecaría con Doña Juana, aunque se le brindara la ocasión. Es cierto, sin embargo, que todos los órganos no tardan el mismo tiempo en herrumbrarse.
—Si yo me hubiese encargado del asunto —intervino el lujurioso Asmodeo—, supongo que lo hubiera convencido, mas no me corresponde esa tarea. Prosiga Su Excelencia con la suya, que cumple de manera ejemplar.
Y Belcebú prosiguió, hasta que la panza del ermitaño se negó a embarcar más alimentos; se retorció su organismo frágil, de marcada osamenta, tan delgado como el del avaro Mammón, y vomitó lo que había ingerido.
Melgarejo cubría a Juana, que prorrumpía en estornudos, con la capa roja. La abrazó tiernamente.
—Insista, Excelencia —le reconoció Satanás al goloso—. Ahora su candidato está vacío.
Hízolo Belcebú, y Don Antonino, sin poner reparos en el orden del menú, tornó a devorar bombas de albaricoques y «blanquette» de mollejas de cordero, rosquillas a la Soubise y beefsteaks con naranjas, todo ello empapado en Haut-Brion. Se incorporó, y con lengua torpe, ensayo un brindis:
—¡A la salud del General Mariano Melgarejo! Desde que su imagen está en mi cabaña, cambió mi vida. ¡Es el santo de la abundancia, loado sea Dios!
Lo aplaudieron; el flamante santo se regodeó; tiró de la brida de Holofernes y le escanció una copa de champagne, que el bruto chupó sin dejar gota.
—¡Cómo lo hubiera atraído nuestro General a Suetonio, y qué acertadamente hubiese completado su galería! —suspiró Asmodeo—. Es un César de la decadencia, con toda su petulancia y su delirio. A mí me gusta más y más.
—En mi opinión —dijo Leviatán— este asunto está resuelto. No cabe duda de que Don Antonino ha pecado. Mírenlo, Excelencias.
Las Excelencias lo miraron, con interés impertinente, aunque el cuadro que componía no era de los que regocijan el alma. Si ellos reflejaron un júbilo que pocos hubiesen compartido, fue por razones profesionales. Don Antonino yacía, como muerto, entre el producto informe de sus arcadas y un derrumbe de vasijas y de sobras. Manchado, embadurnado, la causa de su desbarajuste no había eliminado su lividez, antes bien la había convertido, con toques realistas, de virtuosa en culpable. El viento del altiplano, que se desató, hubiera podido acarrearlo en su cólera glacial —tan escurridiza y tenue resultaba su estructura—, de no mediar los cuerpos tumbados en derredor, que plasmaban con el suyo una trabazón de miembros, algo así como un pulpo inconcebible. Dicho pulpo estiraba sus tentáculos numerosos en el páramo, y promiscuaba la vanidad de los uniformes militares con la modestia de los ponchos groseros, interpolando condecoraciones y ojotas, hasta suscitar también la ficción de un campo montañoso, después de un combate. Contribuían a esta última impresión los ayes que, aquí y allá, se oían y, a veces, el titubear incierto de un brazo o el deslizarse gemebundo de una sombra. Melgarejo, acurrucado sobre los pechos desnudos y ateridos de Juana, roncaba como si agonizase. Sólo Holofernes, sólo el intacto terciopelo radiante de Holofernes, quedaba en pie, en medio de la derrota. Coceaba, fogoso, y erguía el belfo despreciativo.
—Ha llegado la hora de partir —porfió Leviatán—. Excelencias, partamos.
No quedaba nada por hacer, y Belcebú aceptó su consejo. En la cabaña vecina, aprontaron sus cabalgaduras, y se echaron a volar, elegantes como águilas.
—Hemos comido incomparablemente —dijo Belfegor, acomodándose en sus parihuelas—. Los macarrones de pistacho fueron magistrales. ¡Pobre Don Antonino! ¡Pensar que supone que por haber albergado la efigie de ese gran barbudo, seguirá comiendo así! ¿Cuándo volverán a comer así, en la Tierra?
—Nunca, se lo aseguro —le respondió Belcebú con sonriente humildad.
Se despedían a tiempo del Cerro de la Plata. Ya descendía, por la parte opuesta, desplazando jirones de nubes, el batallón de los ángeles. Bajaban, como un bloque de mármol blanquísimo que pudiera suspenderse en la atmósfera, sin mover un ala, enarbolados los aceros de serpentina hoja. Su centelleo era tal, que se dijera que una chispa del sol descendía, despaciosa, callada, solemne. El Ángel de la Guarda de Don Antonino descendía con ellos, ladeada la vincha. Detuviéronse en el núcleo del desastre, y lo contemplaron, acentuando la compostura. Vibraba en torno el «Ave María» de Schubert. Pronto advirtieron que, a la distancia, se perdía el apretado grupo de los demonios.
—No vale la pena perseguirlos —dijo el que comandaba el batallón—. No nos corresponde. Al fin y al cabo, no han hecho más que cumplir con su deber.
Marcharon levemente entre los despojos, recogiéndose la orla de las túnicas, y enderezaron a Don Antonino.
—Enderezar su cuerpo es fácil —tornó a hablar el jefe—; el otro enderezamiento, el del espíritu, costará. No podrás realizarlo tú —añadió, enfrentándose con el de la vincha—. Se te releva de tu empleo.
Sopló sobre la aureola del desventurado, y ésta se apagó.
—Estás cesante —repitió—, pero no jubilado. Vuelve con nosotros. Ya veremos de qué se te encarga. Astur, te entrego la salvación de Don Antonino Robles.
Se elevaron a un tiempo, como habían bajado, siempre con música de Schubert, reconstituyendo el bloque inmarcesible de inmóviles figuras, en cuyo centro gimoteaba el ángel proscripto. Y Astur, rubio, de iris celestes, mojó el extremo de su alba vestidura, en una botella de agua de Seltz, y refrescó con seráfica bondad las sienes del eremita desquiciado.