Prefería callarme, escuchar a otros, mirarlos y espiarlos, he usado mi voz para inventar o mentir o para enmascararme en las voces de los otros, para decir lo que ellos querían que dijera o lo que yo consideraba conveniente, he dicho palabras de amor y no he estado seguro de que fueran verdad, pero he procurado creérmelas mientras las decía, he vivido fuera de mí mismo, en una fronda de palabras, he salido de mí para perderme en ellas igual que salía de mi casa para no soportar la soledad y buscaba urgentemente a alguien, quien fuera, amigos o mujeres, bares donde las carcajadas y la música me aturdieran la conciencia, donde pudiera oír palabras a mi alrededor que yo perseguía sin motivo igual que persigo las que suenan velozmente en los auriculares cuando estoy encerrado en la cabina de traducción, fragmentos de conversaciones o discursos, cientos de miles, millones de palabras pronunciadas al mismo tiempo en cuatro o cinco idiomas, y ninguna tenía nada que ver conmigo ni con ninguna clase de verdad, dejaba de oírlas y volvía al mismo silencio del que había escapado, me desesperaban pero no era capaz de vivir cuando se extinguían, me daba miedo no escuchar, como un ciego que descubre que lo han dejado solo, ponía un disco, conectaba la radio, me quedaba quieto para escuchar las voces del apartamento contiguo, establecía diálogos prolijos con mi propia sombra, me daba órdenes y consejos, no vuelvas a ver más a esa mujer, no tomes otra copa, acuérdate de sacar la bolsa de basura, levántate, que son las nueve menos veinte, no te pierdas a la rubia que acaba de entrar en el comedor, o le hablaba imaginariamente a Félix por teléfono, le escribía cartas que nunca llegaron al papel, adoptaba otra voz, hablaba con alguien y se me contagiaba su acento, pero me pasa lo mismo con las opiniones o los estados de ánimo de otros, que se me contagian en seguida, por eso no soy capaz de sostener una discusión sin ponerme de parte del que está en contra mía ni me cuesta ningún trabajo aprender un idioma ni imitar una voz, Félix dice que podría haberme ganado la vida de ventrílocuo, es como viajar a otro país sin moverse, como cambiar de alma y de memoria, hasta de identidad, y a mí la mía se me escapa en cuanto me descuido, no sé quedarme en la primera persona del singular, y si es la del plural no la he usado casi nunca, creo que sólo ahora puedo decir yo y nosotros sin sentirme un falsificador o desear escaparme, sin inventar lo que digo y a quién. Pero me dan miedo esas palabras, nunca y ahora, a los amantes les gusta mucho repetirlas, seguro que tú y yo se las hemos dicho a otros, nunca he querido a nadie como a ti, ahora soy más feliz que nunca, nunca he gozado tanto, yo las odiaba cuando me encontré contigo, había decidido curarme del amor, más o menos como el que se quita del tabaco, me sublevaba su prestigio, su vacuidad, su omnipresencia, todas las canciones y todos los libros y todas las películas mareando el amor, en todos los idiomas, todos los amantes jurándose nunca y nunca más y sólo ahora y para siempre, todo el mundo esperando el amor, o fingiéndolo, o haciéndolo, o echándolo de menos, o sufriendo rabiosamente por él, por nada, por haber leído libros o escuchado canciones donde la gente se enamora, muriéndose por lograrlo cuando no lo tienen, pagando y mintiendo y humillándose para conseguirlo, asfixiándose de tedio, de desengaño o de simples ganas de huir o de quedarse solos en la cama cuando lo alcanzaban, falsificando caricias y orgasmos, qué palabra, deberían prohibirla, aunque hay un bolero que se llama crudamente así, gimiendo como perros, disimulando la indiferencia o el asco en la oscuridad, fumando luego en la cama mientras guardan silencio porque no saben qué decirse o porque si abren la boca no podrán contener el bostezo, o peor aún, comentando juiciosamente las miserables peripecias para ennoblecerlas con la vaselina de la sinceridad, repitiendo posturas o palabras que han aprendido en un vídeo pornográfico, perversiones modestas, acuñando groseros diminutivos que los harían enrojecer de vergüenza ajena si se los oyeran a otros, imaginando con los ojos cerrados que abrazan otro cuerpo y dicen otro nombre.
Me negaba con una furiosa determinación, como un monje que se encierra bajo llave en su celda para no salir, me amputaba el deseo, me imponía el cumplimiento neurótico de mis obligaciones y mis comodidades más sórdidas, manías de hombre solo en una colmena de gente tan sola como él y en una ciudad lluviosa donde las calles se quedan vacías después de las seis, la vuelta a casa en autobús leyendo el periódico, la habilidad tan difícil de aprender de no rozar a nadie y no mirar a nadie a los ojos, la calefacción excesiva en el apartamento, el desorden semanalmente corregido por la mujer de la limpieza pero creciendo hora tras hora como la maleza de una selva, una toalla sucia en un rincón del cuarto de baño, los platos amontonados en el fregadero, la cena rápidamente calentada en el microondas y consumida delante de la televisión, el silencio cada vez más denso, intolerable hacia las diez o las once, sobre todo cuando no ponían alguna película que me interesara o a la que fuera fácil resignarse, la precaución de conectar el despertador, y como máxima recompensa del día la satisfacción de acostarme pronto y de no haber bebido demasiado, de no sufrir por nadie, de que nadie tuviera derecho a inocularme la culpa de su sufrimiento, un cigarrillo fumado a medias y un libro que abandonaba en seguida, el vaso de agua y la cápsula de valium, las graduales artimañas urdidas para sobrevivir sin entusiasmo, pero también razonablemente a salvo del horror, la solitaria mezquindad que lo va envolviendo a uno en una especie de caparazón quitinoso sin que se dé cuenta, tan escondido en su rincón como una cucaracha, con un sentimiento neutral de resignación y de pérdida que no impide la dedicación al trabajo, más bien la favorece, porque el trabajo es el único porvenir verosímil que puede imaginar y cada fin de mes rinde su beneficio indudable, y cada día sus dosis de intrigas enhebradas, de vanidad, aburrimiento y rencor.
Me habitué a hablar con muy poca gente y a ser un extranjero, y ya casi no tenía nostalgia de España, regresaba en las vacaciones y encontraba un país zafio y ruidoso donde todo el mundo fumaba en todas partes y hablaba siempre a gritos, y al cabo de una semana ya quería marcharme, iba a Mágina y me moría de tristeza viendo a mis padres envejecidos, a mis abuelos cada vez más decrépitos y torpes, a mis amigos enquistados sin un rastro de rebelión en su melancolía de provincias, más gordos, con menos pelo, con hijos y ocupaciones y amistades que ya no tenían nada que ver conmigo, recibiéndome cada vez que los veía con una hospitalidad atenuada por la desconfianza, como si íntimamente me echasen en cara una deserción que no era sino la consecuencia de una voluntad de huir que todos compartimos y que sólo yo cumplí hasta el final, no porque hubiera tenido más coraje que ellos sino porque la corriente que me empujó a mí fue más poderosa y no tuvo reflujo: me reprochaban que no hubiera asistido a sus bodas, que hubiera perdido el acento de Mágina, me hacían preguntas sobre mi trabajo y sobre las ciudades de Europa donde llevaba años viviendo y yo temía que mis respuestas los hirieran, me imaginaba en la posición contraria, yo encerrado en Mágina y convirtiéndome sin remisión en un padre de familia maduro y cualquiera de ellos volviendo una vez al año desde Berlín o Bruselas, contándome que trabajaba de intérprete en un organismo internacional, pero que tal vez abandonaría muy pronto ese puesto fijo para unirse a una agencia independiente y vivir de un lado a otro, sin horarios fijos, traduciendo durante una o dos semanas y dedicando el resto del mes a no hacer nada, a vivir de una manera semejante a como imaginábamos a los dieciséis años. Con qué alivio me marchaba de Mágina y subía al avión en Madrid, pero ahora descubro, lo supe el otro día, en ese hotel de las afueras de Chicago que parecía una casa embrujada, que tenía mucho más miedo del que yo pensaba, era como estar acercándome a un límite, si daba unos pocos pasos más ya no habría remedio, sería un extranjero para siempre, no habría un solo lugar en el mundo donde yo tuviera un motivo firme para permanecer. He conocido a mucha gente así, son como una estirpe, una raza aparte que vive en una diáspora sin persecución ni tierra prometida, nunca saben del todo dónde están, no terminan de acostumbrarse jamás al país donde se instalaron hace años pero vuelven al suyo y advierten que han pasado fuera demasiado tiempo, que han perdido las claves cotidianas de su propio idioma y no acaban de comprender, por ejemplo, las noticias de la televisión o los chistes del periódico, se marchan de nuevo y se resignan y saben que ya será inútil volver, que se les ha degradado la memoria y que de ahora en adelante vivirán como fantasmas parciales que no dejan huellas de sus pasos y carecen de sombra. Pero yo he querido ser así, te lo juro, estaba envenenado de palabras, he seguido estándolo mucho después de que terminara mi adolescencia, he creído que amaba el nomadismo y la soledad porque eran palabras prestigiosas, adornadas por las mayúsculas de la literatura. Lo único cierto entre tanta mentira que me he contado era el miedo a permanecer, a que me envolvieran los hilos de la dependencia y la costumbre, el veneno letal de los hábitos diarios, el amor, los bares, el trabajo, la complacencia en la repetición, segregando una baba que se vuelve sólida al contacto del aire, que lo recluye a uno en su casa y en el número creciente de sus objetos, sus muebles, sus electrodomésticos, sus hijos o sus animales de compañía y lo acaba atando no porque uno haya elegido sino porque ha ido perdiendo sin saberlo toda posibilidad de elección.
Me da rabia poseer cosas, libros, fotografías, discos, carpetas de recortes, colonias de insectos que se reproducen sin propósito en las habitaciones sedentarias y hasta en los bolsillos, armarios llenos de ropa sin usar, cartas inútiles que no serán contestadas pero que nunca llegan a tirarse, libros que ya no serán leídos, cintas de música que han perdido la etiqueta y la caja, cosas inertes, asediándolo a uno, equipajes monstruosos, llaves de casas abandonadas hace tiempo, billetes de Metro con un número de teléfono escrito en el reverso, tarjetas de visita, pasaportes caducados, es como una selva en la que hubiera que estar manejando sin descanso el machete para que no vuelva a cerrarse la espesura, como una casa comida por las termitas de la que hay que irse cuanto antes, dejándolo todo atrás, igual que hacían los aeronautas de Julio Verne para que el globo se remontara en el aire, abandonando el peso muerto, las costumbres, las cosas, la ropa usada, los libros inútiles, incluso los recuerdos: una bolsa liviana de viaje, un billete de avión, un walkman que cabe en la palma de la mano, el pasaporte y la tarjeta de crédito, nada más, nadie más, ni siquiera yo mismo, el que he sido y ya no soy, el que permanece en la casa abandonada como la piel seca y transparente de un reptil mientras yo, libre de todo, ligero, casi flotante, subo a un taxi y me dirijo al aeropuerto o a la estación, exaltado, neurótico, comprobando que no olvido nada necesario, mirando el reloj por miedo a llegar tarde, no sólo el mío, sino el que lleva el taxista en el salpicadero y los que se ven al pasar en los edificios públicos o en los paneles digitales de las calles, calculando minutos, acuciado por el tiempo, sintiéndolo desgranarse con el mismo desasosiego con que oigo fluir las palabras en los auriculares y las atrapo para ordenarlas en la sintaxis de otro idioma, temiendo perder una sola de ellas, un verbo, una palabra clave, y no encontrar ya el modo de contener su riada indescifrable, el alud de palabras que lo anegan a uno como si la cabina acristalada fuera un acuario donde el agua no deja de subir. Las sigo oyendo luego, cuando salgo de la cabina y enciendo un cigarrillo, cuando camino solo por la calle o viajo en Metro y me pongo involuntariamente a traducir las palabras que suenan a mi alrededor, a usarlas como indicios de las que vendrán más tarde, las oigo en el silencio de mi habitación y en el duermevela que me conduce hacia el sueño, y a veces, cuando he pasado todo el día trabajando, me duermo y sueño que no he salido de la cabina de traducción, y las palabras me empujan, me envuelven, me arrastran en cenagales de caligrafía, de discursos fotocopiados, de libros que se van escribiendo a medida que yo los leo e intento traducirlos, y cuando viajo, si no estoy oyendo música en el walkman, me hablo a mí mismo, elijo un idioma como si eligiera un país y adopto mentalmente un acento preciso, es la ventaja de vivir siempre entre desconocidos, que uno, si quiere, se puede volver tan maleable como un trozo de arcilla, contar su vida al mismo tiempo que la inventa, modificar, tachar, atribuirse una memoria y una forma de hablar que no le pertenecen, borrar meses, años enteros, ciudades, historias de mujeres. Era tan fácil que no me daba cuenta de que también era peligroso, porque la mentira, una vez inventada, actúa por sí misma y es un ácido que carcome irreparablemente la verdad, sobre todo cuando uno carece de puntos firmes de referencia y sólo tiene puntos de fuga, de modo que hay años y ciudades de mi vida de los que no me queda ni un recuerdo, nada, aunque te parezca imposible, un espacio en blanco, como aquella vez que se me perdieron en Mágina cinco horas de una noche, como cuando se lleva algún tiempo bebiendo demasiado y faltan tramos de la noche última y hay palabras que tardan en llegar a los labios y escalones habituales que no están, y entonces viene el miedo, la alarma y la culpa sin motivo, la sospecha de haber olvidado o dejado de hacer algo imprescindible, de haber cometido un error mínimo que traerá rápidamente la catástrofe.
El miedo era entonces, hace unas semanas, en el pasado remoto en que yo no estaba contigo, una pasión asidua y exclusiva, la tonalidad y el color y la urdimbre con que se tejían las otras pasiones, la del deseo y la de la soledad sobre todo, un miedo envolvente como el aire y también invisible, a veces sin forma exacta, sin olor ni tacto ni sabor, y otras veces como una sustancia añadida a todas las cosas, un veneno perceptible, casi nunca demasiado amargo, tan fácil de ingerir sin náuseas que se había convertido en una costumbre, en uno de los jugos que mantenían en acción la química del cuerpo y de los estados del alma, como la nicotina y el alcohol y de vez en cuando, muy de tarde en tarde, los mínimos cristales blancos de la cocaína: el miedo acelerando los golpes del corazón y latiendo en el pulso, en el segundero digital del despertador iluminado en el insomnio sobre la mesa de noche, el miedo contrayendo los labios en una especie de sonrisa rígida y dando un brillo especial a las pupilas, un rojo demasiado intenso a los lacrimales, impulsando los dedos a tamborilear en el aluminio de las barras y en los manteles de los restaurantes, el miedo guiando la mano que repta hasta el paquete de tabaco o palpa la chaqueta buscándolo, el miedo a haberse quedado sin cigarrillos a una hora muy tardía de la noche en un país puritano donde ya no hay bares abiertos, a haber perdido el billete de avión o el pasaporte unos minutos antes de salir de viaje, a no encontrar un taxi, a no encontrar a alguien con quien regresar a la habitación del hotel o al dormitorio del apartamento, el miedo a los timbrazos del teléfono y al silencio demasiado largo del teléfono, el miedo a perder el trabajo por una razón desconocida y a caer despacio en la indignidad y volver a la pobreza, a las casas de comidas con manteles de hule y sopas de fideos en platos de duralex y a las pensiones con un olor retestinado a calcetines en los pasillos, el miedo cuando despega el avión o cuando se encienden de pronto, en un vuelo nocturno a través del océano, los indicadores rojos de alarma, el miedo a los camiones que vienen de frente por la carretera y crecen hasta ocupar el espacio entero del parabrisas y ciegan con los faros, el miedo a los atracadores, a los policías brutales, a las jeringuillas de plástico aplastadas en el rincón de un portal, a las bombonas de butano, a los errores judiciales, a las cartas con membrete oficial que aparecen en el buzón, el miedo a la devastación insensata del amor y a la devastación de la soledad, el miedo siempre, en todas partes, en cada circunstancia pública o íntima, el miedo a una infección venérea al respirar sobre los ojos cerrados de una mujer desconocida, al cáncer de pulmón, al viento que sopla desde el lago Michigan, a la punzada que atraviesa el pecho en una noche de mal sueño, a la vejez, a la decrepitud, a la muerte lenta, a la propia cara en el espejo, a la propia sombra que oscila en el epílogo indigno de una borrachera, el miedo silencioso y dócil como un gato adormecido en el sofá o encrespado y creciendo como un animal alojado al fondo de ese pasillo donde hay un indicador rojo, Exit, el miedo al miedo, el miedo a la locura que sólo puede conocer quien pasa solo mucho tiempo, al desvanecimiento instantáneo, a un peldaño que falta en una escalera, a ese intruso que aparece frente a mí cuando abro la puerta y soy yo mismo en el espejo del recibidor.
Así he vivido, enfermo y muerto de miedo, vivo de miedo y saludable, auscultando el miedo en mi piel y en los tejidos secretos de mi corazón y mis pulmones y reconociéndolo en otros con una perspicacia de homosexual o de adicto que distingue a los suyos en una multitud o entre los invitados a una cena respetable: el miedo como las normas de una cofradía, como un idioma común que todos hablan en silencio bajo el sonido inútil y tramposo de las palabras, la arqueología submarina del miedo, su aprendizaje y sus edades, las reliquias guardadas en la inconsciencia y en los sueños como fragmentos de estatuas sepultadas en el fondo del mar. Se me había olvidado la mayor parte de mi vida y sólo me quedaba su osamenta de miedo: el miedo a los sociales camuflados en la facultad y a los caballos de los grises, el miedo a los oficiales del cuartel, a los soldados veteranos, a las armas de fuego, a perder el paso durante la instrucción y recibir una bofetada era a los veintitrés años el miedo redivivo de la infancia, el miedo infantil a los niños más grandes y crueles y a aquellos huérfanos de la inclusa o de Auxilio Social que tenían las cabezas pelonas y bajaban por la calle Fuente de las Risas en manadas temibles, con sus alpargatas de cáñamo, sus chaquetas de hombres y sus boinas caladas hasta las cejas sobre torvas caras de posguerra, no infantiles ni adultas, únicamente desesperadas y feroces, los Gorras, les decían, y cuando circulaba el rumor de que se estaban acercando Félix y yo corríamos a escondernos en nuestras casas, porque llevaban navajas en los bolsillos y agudos guijarros que lanzaban con puntería homicida contra los perros de la calle, los niños cobardes como nosotros y los tontos de pantalones caídos que se sorbían los mocos y no se metían con nadie, que parecían existir nada más que para ser víctimas de la espontánea crueldad de cualquiera: el Primo, que tenía la boca sumida y la cabeza calva en forma de cebolla, que vestía grandes gabardinas con los bolsillos desgarrados y bramaba como un recién nacido cuando lo perseguían a pedradas riéndose de él, Manolo, que era grande y gordo, mongólico, con gafas de cadenilla, y le hacía muy bien los recados a su madre, aunque le gustaba arrimarse más de la cuenta a las niñas, Juanito, que tenía las cejas juntas y unas enormes encías rojas y caminaba siempre muy deprisa e inclinándose con devoción delante de todas las muchachas, a las que recitaba salivosos piropos de una perfecta castidad, Matías el sordomudo, que no era tonto del todo, sino más bien alelado, y que después de trabajar durante treinta años como ayudante de Ramiro Retratista se embutió en la cabina de un isocarro y se ganó muy bien la vida repartiendo piensos compuestos, y el otro Juanito, que vivía en el Altozano, al lado de la fuente, y era hijo de una mujer a la que llamaban en su cara y con toda naturalidad la Fea, porque lo era en extremo, y además desgraciada, su marido se fue a Barcelona y la dejó con seis hijos, el menor de ellos tonto, Juanito, con el que jugaba yo algunas veces, pues era casi el único en todo el barrio que no me pegaba ni me engañaba con los tebeos y las bolas, y cuando me veía acercarme manifestaba una alegría inocente y perruna. Lo vi la última vez que estuve en Mágina, creo que el año pasado, fui para quedarme unas semanas y me marché a los cuatro días, ahora vende pipas y chucherías para niños en un puesto de los soportales, en la plaza del General Orduña, y camina y mira igual que entonces, con los mismos ojos de ternura y desolación animal y la misma cara infantil, ni siquiera le ha salido la barba, me acerqué a comprarle tabaco y me conmovieron esos ojos que ya no me reconocen, no porque se haya olvidado de mí, sino porque sigue viviendo en un tiempo del que yo deserté o fui expulsado hace veinticinco años, el de nuestra infancia común que para él no ha terminado.
Pero quería seguir hablándote del miedo, y de lo que tal vez fuera su razón y su médula, la incertidumbre acerca de mí mismo, de mis deseos y mis sentimientos, la prisa cegadora y creciente por la que fui arrastrado, sin que participaran en ella ni mi voluntad ni mi conciencia, era como cuando uno va por una calle del centro a la hora de salida de las oficinas y aunque no tenga nada que hacer apresura el paso para igualar el ritmo de la multitud, embebido y tragado por ella, una velocidad que parece energía y es el vértigo de la caída libre, no detenerse nunca, no perder ni una de las palabras escuchadas en el auricular, no quedarse solo a una cierta hora de la noche, no llegar tarde al trabajo ni al mostrador de facturación del aeropuerto, añadir cada minuto al próximo sin mirar la delgada fisura de vacío que hay entre los dos, una copa tras otra, un viaje emprendido al terminar el anterior, una réplica instantánea en una conversación amenazada por el silencio, un bar nocturno y luego un taxi y otro bar que cierra un poco más tarde, la urgencia angustiosa de apurar la noche y de que la noche no se termine. No sé cómo he vivido los últimos años, cómo han podido perdérseme sin que me quede nada de ellos, sólo caras sin rasgos y lugares que no acierto a identificar, fotos movidas, mujeres y ciudades que se me confunden entre sí, todo alejándose siempre, como si lo viera desde un tren o tras la ventanilla de un taxi, como esas películas en las que el viento arrastra hojas de calendarios y se ven girar primeras páginas de periódicos y en dos minutos ha transcurrido una generación, se ha enamorado uno sucesivamente y para siempre de cuatro o cinco mujeres, ha repetido con cada una de ellas los mismos episodios de fervor y decepción y los mismos errores, como si en el fondo, bajo la apariencia de diversidad de los rasgos, se enamorara siempre de la misma mujer parcialmente inventada, ha visto en la plaza de Oriente la cola fúnebre de los que acuden a despedirse del cadáver de Franco, ha votado por primera vez, se ha afeitado para siempre la barba, ha salido una mañana hacia su trabajo en París y al abrir el periódico ha encontrado la foto de un guardia civil con tricornio, bigotazo y pistola que alza la mano en ademán taurino y ha querido morirse de rabia y de vergüenza, ha recibido con retraso la invitación para la boda de su mejor amigo, ha vuelto de vez en cuando a su país con el propósito de quedarse y se ha marchado con un sentimiento cada vez más intenso de extrañeza y de asco, aturdido por el tráfico, por las máquinas tragaperras de los bares, por el ruido intolerable de los martillos neumáticos en las aceras reventadas, por la codicia sin escrúpulos y la sonriente apostasía que han transfigurado las caras de muchos a los que conoció antes de irse, aunque ahora sabe, lo descubre cada día, en cada país a donde lo lleva su trabajo, que si hay algo que no quiere ser es extranjero, y que si no regresa pronto lo será sin remedio al cabo de unos pocos años, por más que quiera uno tiene un solo idioma y una sola patria, aunque reniegue de ella, y hasta es posible que una sola ciudad y un único paisaje. Imagínate cómo será morir solo en un hotel o en un hospital donde nadie te conoce, yo lo he pensado muchas veces, o como esa gente que sufre un ataque al corazón en su casa y se queda una semana entera corrompiéndose delante del televisor encendido, hasta que los vecinos notan el olor y avisan a la policía.
Yo tenía en Bruselas un amigo con el que hablaba de estas cosas, era todavía más aprensivo que yo y había llegado desde mucho más lejos, de Colombia, pasando por Nueva York, se llamaba Donald Fernández y se ganaba la vida traficando en cocaína a pequeña escala, pero era un infeliz, era más vulnerable y más inocente que los tontos de Mágina, había viajado a Europa para hacerse pintor, pero su carrera artística progresaba tan desastrosamente como la de camello, así que volvió a América y me llamó al cabo de unos meses para decirme que había encontrado un empleo en la compañía telefónica de Nueva York y que estaba a punto de inaugurar su primera exposición. Vivía en el Bronx y continuaba traficando un poco, imagínate, un pobre tipo desmedrado y con gafas redondas que se asustaba de los perros, yo temía que lo aplastaran como a una hormiga y que no quedase rastro de él. Me envió el catálogo de su exposición, que era toda de paisajes inventados de África, porque él creía en la transmigración de las almas y soñaba en las alucinaciones del ácido que su origen estaba en una tribu de Kenia o del Zaire o en el coraje de un león, pero desde entonces no volví a tener noticias suyas, en esa época yo cambié de casa y de teléfono y empecé a trabajar para la agencia de intérpretes, de modo que viajaba mucho más que antes y le habría sido muy difícil localizarme. Pero pudo hacerlo, no sé cómo, una noche, al volver de Madrid, puse en marcha la cinta del contestador y oí su voz, que sonaba lejanísima, el mensaje era de cuatro días atrás y me llamaba desde un hotel de Nairobi. «Manuel, soy Donald, por fin he venido a África», pero no había dejado su número de teléfono, y yo estaba cansado del viaje y tenía tanto sueño que me faltaban ánimos para ponerme a indagar, y al día siguiente me olvidé, y no volví a acordarme de mi amigo Donald Fernández hasta que me llamó varias semanas después una hermana suya que vivía en Colombia: él quiso hablar conmigo y no pudo, me dijo, y le había pedido a ella que se encargara de hacerlo. «Él quería que usted supiera, señor, para mi hermano usted era muy importante.» Ganaba un sueldo razonable en la compañía telefónica, al fin estaba logrando que alguien se interesara en su pintura, tenía el proyecto de mudarse a Manhattan y casi había abandonado su trato pusilánime con el mercado siniestro de la cocaína, y un día, de pronto, todo se quebró, tal como él había temido siempre, lo despidieron del trabajo, unos traficantes le dieron una paliza, supongo que después de quitarle las gafas redondas y pisotearlas, no pudo pagar el alquiler de su casa y lo echaron, se fue a vivir a los túneles del Metro, empezó a mendigar, le salieron unas manchas muy raras en la piel y descubrió que había contraído el sida, era tan tímido y tan reservado que yo nunca noté su homosexualidad, sobrevivió de milagro a un invierno atroz y en primavera, no sé cómo, su hermana no me lo explicó, obtuvo de alguien el dinero suficiente para un billete de ida a Nairobi, quería morirse allí, y antes de morir intentó hablar conmigo, pero yo no hice caso, imaginé distraídamente que sería otra de sus locuras y ni se me ocurrió averiguar su teléfono, aunque es posible que cuando oí el mensaje ya estuviera muerto. Dijo su hermana que había abandonado el hotel y que encontraron su cadáver en una reserva de animales salvajes, sentado contra el tronco de un árbol, sonriendo, y que la policía tardó más de una semana en establecer su identidad, porque se había dejado el equipaje y el pasaporte en la habitación del hotel. Quién iba a decirle cuando era un niño en una casa con jardín de Cartagena de Indias que acabaría treinta años después en el depósito de cadáveres de Nairobi, se para uno a pensarlo y parece increíble, pero también lo es que yo esté ahora contigo y me atreva a hablarte como si te conociera desde siempre, como si no hubiera sido prácticamente imposible que nos encontráramos. No salgo de mi asombro, me niego a salir de él, no quiero acostumbrarme, quiero vivir exactamente así el resto de mi vida, sin hacer nada ni desear nada más que lo que ya tengo ni a nadie más que a ti, agradeciendo que existas y me hayas elegido y que estés a mi lado cada mañana cuando me despierto, inmediata y carnal, no inventada, más verdadera y mía que yo mismo, haciéndome preguntas continuas, desafiándome a decir lo que he callado siempre, lo que ni recordaba, moldeada por el sufrimiento y la felicidad, frágil y sabia, deteniendo el tiempo para que duren como lentos días cada una de las horas y no empiece a remordernos la angustia del adiós.
La carretera en línea recta, dividiendo en dos mitades exactas la llanura, perpendicular al horizonte plano y nublado, no nublado, gris, de un gris pálido, casi blanco, sucio, aunque no tan opresivo como el gris de Bruselas, porque aquí el cielo no parece tan bajo, aunque tampoco sea posible deducir por la luz si es media mañana o media tarde, dan ganas de morirse, así tienen todos esas caras, caras de aeropuerto, salvo las de los negros y los mendigos, pero en el aeropuerto casi no hay negros y desde luego no hay mendigos, casi no hay nadie, por el miedo a la guerra, el avión medio vacío y unas pocas maletas sin dueño girando luego en la cinta transportadora, bajo unas bóvedas de aluminio y de metacrilato que parecen las de una catedral concebida en el delirio de un arquitecto posmoderno, ciego de cocaína y de vanidad, como el lujoso inepto que inaugura mañana en la North Western University un simposio sobre la huella de España en América, o algo parecido, y que debería de haber tomado el mismo avión en Nueva York, pero ni rastro, se dormiría anoche durante La Walkiria y no habrán podido despertarlo aún, hecho polvo el hombre, sepultado de aburrimiento y de cultura bajo varias toneladas de Wagner, y por supuesto el chófer del consulado también brilla por su ausencia, así que no se ve a nadie con un amable cartel en el pecho y una sonrisa sintética de bienvenida en los labios, ni siquiera se oyen ecos de palabras humanas en los altavoces, ni pasos, ahogados por hectáreas de moqueta gris, tan sólo música ambiental, el ruido de una cisterna en los lavabos y Proud Mary reblandecido de coros y violines, estos cabrones son capaces de convertir en nata batida y sonrosada hasta La internacional.
Pero al menos un respiro, un cigarrillo tras la puerta cerrada, como en los retretes del colegio, aunque a lo mejor se activa uno de esos detectores de humo y se enciende una luz roja y suena una alarma, frágil serenidad, volutas azules y grises saliendo despacio de los labios, con un placer fortalecido por la prohibición, y de pronto los zapatos y los calcetines negros de alguien que respira muy fuerte en la cabina contigua, en un silencio ártico, vacío, un silencio de lavabo de aeropuerto y tal vez de manicomio, qué miedo de repente a ese desconocido que corta un trozo de papel higiénico y se suena los mocos al otro lado de un tabique de plástico y murmura Mein Gott gimiendo igual que si se masturbara, a lo mejor es eso, a quién se le ocurre en un sitio como éste, pero él también percibirá la presencia de alguien que está a pocos centímetros y a quien no verá nunca y es posible que le dé el mismo miedo, un miedo de animal agazapado en la noche de la selva o de viajero con zapatos y calcetines negros encerrado en el lavabo aséptico y silencioso de un aeropuerto, claustrofobia, el agua del grifo en la cara desfigurada de cansancio, el jabón líquido y el agua en las manos, la cara en el espejo que se extiende a lo largo de toda la pared reflejando las cabinas cerradas, debajo de una de las cuales se ven unos pies, como en las películas, cuando hay un ladrón detrás de la cortina y el protagonista ve las puntas de sus zapatos. Qué cabeza, siempre con lo mismo, la bolsa de viaje, un poco más y se queda olvidada, horarios de vuelos y nombres de compañías y ciudades apareciendo y sucediéndose en los monitores, anuncios de perfumes franceses y de islas tropicales en las paredes del corredor infinito por donde discurren unos pocos viajeros inmóviles sobre la goma deslizante del suelo, cuidado con perderse, si se pierde uno en el aeropuerto de Chicago no lo encuentran en varias semanas, se vuelve loco buscando de nuevo el letrero iluminado de Baggage Claim y la flecha indicadora y el consulado de España tiene que enviar una expedición de rescate, qué respiro, la maleta intacta por fin, la salida, nadie en la parada de los taxis, una hilera de descomunales taxis amarillos que tienen todo el aire de la comitiva de un entierro, y junto al primero de ellos una cara de piel oscura y brillante, un poco verdosa, de raza aceitunada, como decían antes las enciclopedias escolares, las razas humanas son cinco, blanca, negra, cobriza, amarilla y aceitunada, y unos ojos grandes, muy vivos, de mirada lenta y profunda, como la de una vaca, los primeros ojos indudablemente humanos desde no se sabe cuándo, el pelo negro, rizado, aceitoso, y un cigarrillo en los labios, lo cual es ya un prodigio, una exigencia de reconocimiento y gratitud, porque no sólo está fumando, sino que fuma con placer y pereza, sin ademanes furtivos ni miradas de soslayo, con un descaro tan extranjero como sus facciones, como la gran sonrisa blanca con que levanta la maleta y la guarda en el maletero que se cierra como la tapa de un sarcófago: no entiende la dirección, hay que enseñarle la tarjeta donde viene apuntada y asiente con aire meditabundo y rascándose la nuca, sonríe por fin, seguro que no tiene ni idea pero se arma de valor y pone en marcha el taxi, se aleja del aeropuerto, enfila una llanura de puentes de hormigón y cruces de autopistas por las que circulan los coches con una inquietante lentitud que parece más bien un efecto óptico, así que esto es Chicago, en las paradas de los semáforos el taxista extiende sobre el volante las hojas de un periódico con titulares escritos en un alfabeto que se parece al hindú, pero seguramente es paquistaní, o bengalí, cómo sonará ese idioma, cómo se nombrarán en él las cosas comunes o las extraordinarias, junto al salpicadero hay una tarjeta de identificación en la que está su foto y un nombre muy largo y desde luego impronunciable, y él habla inglés con la misma brusquedad dubitativa que usa al conducir, mira que si no ha entendido la dirección y se pierde y cae la noche antes de llegar a ese lugar del que no parece haber oído hablar nunca, Evanston, Illinois, un suburbio universitario de lujo a orillas del lago Michigan.
Frena, ha estado a punto de empotrarse contra el remolque de un trailer, suspira, vuelve a abrir el periódico, no se da cuenta de que el semáforo se le ha puesto en verde hasta que en otro camión más grande todavía que espera detrás suena un claxon tan brutal como el de la sirena de un transatlántico, como los de los camiones de bomberos de Nueva York, que más que a apagar incendios parecen dirigirse a provocar catástrofes, el corazón se encoge, tendría gracia morir aplastado bajo las ruedas de un camión en las afueras de Chicago, en compañía de un bengalí que suspira de nostalgia por su patria miserable y fangosa. «Qué lejos de casa», dice, y mira en el retrovisor, acepta un cigarrillo como si aceptara un pésame, suelta golosamente el humo haciendo roscos y cuenta que él tenía un trabajo muy bueno en Alemania, en Stuttgart, pero que sus padres le concertaron el matrimonio con una prima suya que vivía en América y tuvo que venir a casarse y se quedó. Cómo verán esos ojos el mundo, qué recuerdos tendrá del país donde nació y al que lo más seguro es que no vuelva, viajó desde Stuttgart a Chicago para casarse con su prima igual que un salmón cruza el océano para depositar sus huevos en el lecho de un río y ahora conduce un taxi y antes de hablar se queda pensando y se muerde los labios, tiene que traducir las palabras, algunas se le escapan en alemán, cómo será la casa a donde vuelve cuando termina el trabajo, después de trece o catorce horas al volante de un taxi por una llanura de autopistas, suburbios de casas de ladrillo rojo entre el césped, ferreterías inmensas, hamburgueserías rodeadas de aparcamientos tan ilimitados como los maizales, como el cielo gris que se está oscureciendo aunque no se sabe si va a anochecer o si son las diez de la mañana, y mirar el reloj no sirve de gran cosa, el sentido del tiempo está como anestesiado por los cambios horarios, igual que los tímpanos por la presión del vuelo, las agujas marcan la hora de Nueva York pero en la conciencia y hasta en las costumbres del cuerpo permanece la hora de Europa, un cálculo automático, como el del valor de la moneda, en Madrid son ahora las once de la noche, en Granada Félix ya ha acostado a sus hijos y está viendo con Lola una película de la televisión, en Bruselas llueve y no hay nadie por la calle, en un salón de actos se ha prolongado interminablemente una conferencia sobre aranceles agrícolas o sobre las normas de fabricación de preservativos y los traductores soñolientos miran por el cristal de sus cabinas y buscan equivalencias instantáneas para las palabras absurdas que escuchan en los auriculares pensando en otra cosa, y en las afueras de Chicago, en una calle idéntica a todas las calles que ha cruzado el taxi desde hace una hora, césped, árboles, ladrillo rojo, ventanas iluminadas, nadie, un bengalí que tiene nostalgia de Stuttgart le pregunta a un tipo que corría en camiseta y con una gorra de béisbol puesta al revés por un hotel llamado Homestead que tiene todos los visos de no existir: el tipo suda, con el frío que hace, tiene los pectorales hercúleos, mira con reprobación la cara del taxista y con asco el humo de tabaco que sale por la ventanilla, señala algo con la mano derecha extendida, hay que ir hacia el lago: una calle larga, con hamburgueserías, con ferreterías, con muladares de coches desguazados, más casas de ladrillo rojo y jardines y árboles y ventanas iluminadas tras los visillos, mástiles de banderas hincados en el césped, lazos amarillos atados a los postes de los buzones, banderas colgando sobre los porches de casas miserables, aceras desiertas, tipos en camiseta y con gorras de béisbol al revés que saltan respetuosamente en los semáforos para no perder el ritmo de su carrera y sólo cruzan cuando la luz se pone verde, aunque no venga ningún coche, vaya mundo, y por fin el taxista se detiene tan bruscamente que la cabeza choca contra el plástico blindado e indica algo con una inmensa sonrisa, un edificio de ladrillo rojo, a la derecha, muy alto entre las casas de una sola planta con jardín, «Homestead Hotel», anuncia victoriosamente en su inglés catastrófico: en qué aldea nacería que ni siquiera aprendió en la infancia el idioma de los colonizadores.
En una mecedora del porche pintado de blanco hace equilibrios una ardilla, cuidado, avisa el taxista antes de marcharse, puede transmitir la rabia, otra posibilidad estupenda, mejor incluso que la del choque de frente con un trailer, fallecimiento en el hospital de Evanston ocasionado por la mordedura de una ardilla que tiene los ojos dulces y húmedos como en una película de Walt Disney: la ardilla no escapa, observa, oscila en la mecedora, tal vez a punto de saltar hacia el cuello como un murciélago del Amazonas, y en el vestíbulo del hotel parece que tampoco hay nadie, aparece al cabo de uno o dos minutos de silencio un negro anciano y calvo, un botones decrépito como las ruinas de un coloso que se empeña en llevar la maleta aunque apenas puede levantarla, ni levantar del suelo los pies, calzados con unos zapatos arcaicos y magníficos, inmensos, amarillos y negros, correosos como la cara de su dueño, que debió de bailar claqué con ellos en el Cotton Club. Suelta jadeando la maleta a cambio de una propina, señala el mostrador de recepción, donde hay dos sobres con nombres escritos que contiene cada uno dos llaves, la de la puerta de la calle y la de la habitación, se ve que es un hotel de misántropos, o un hotel automático, el negro se derrumba con cara de moribundo sobre un sillón de mimbre y murmura cavernosamente un blues mientras sus zapatos, al final de las piernas larguísimas, relumbran en mitad del vestíbulo. Nadie en el ascensor, ni una voz ni un ruido, ni siquiera el de los pasos, en el pasillo alfombrado donde se vislumbra al final de una lejana perspectiva el letrero rojo de Exit. ¿No es ése el nombre de una especie de club anglosajón de suicidas, o de una sociedad de fomento de la eutanasia? Félix se complacería en una precisión etimológica: exit, exitus, salida. Félix desharía ordenadamente la maleta, guardaría la ropa en el armario, encendería la televisión y se tendería tranquilamente en la cama con un volumen de Tácito o un manual de informática para lingüistas. Qué cabeza la suya, qué mérito, jamás dejaría la maleta y la bolsa en un rincón ni se apresuraría a marcar otra vez un número de teléfono de Nueva York sabiendo por experiencia que es inútil, que de nuevo se oirá la misma voz de mujer que repite no un nombre sino otro número de teléfono y la educada invitación a dejar un mensaje y el pitido tras el que se oye el roce de una cinta en blanco. Pero es que Félix nunca habría cruzado un océano y luego medio continente para buscar a una mujer con la que hubiera pasado una sola noche en Madrid ni se habría ofrecido a sí mismo el pretexto de que en realidad no iba a buscarla, sino que bueno, ya que tenía que trabajar como intérprete en un congreso internacional, en Chicago, pues no le costaba nada intentar de paso un encuentro en Nueva York. Ya no hace falta consultar la hoja con membrete del hotel Mindanao donde ella apuntó su número antes de irse, el dedo índice se los conoce instintivamente de tanto repetirlos y la memoria desengañada anticipa cada palabra grabada y los matices extraños de la voz, cómo pronuncia esta gente, con qué perfección y qué desapego confían sus palabras a un auricular y a una cinta magnetofónica que ahora está deslizándose automáticamente en un contestador, sonando como la voz de un fantasma en un apartamento deshabitado donde ya será de noche, uniéndose al gorgoteo del motor de un frigorífico y a los crujidos de los muebles, y también a los sonidos que lleguen desde la calle a través de las persianas echadas, dónde, en qué parte de esa ciudad que tanto le gusta al vacuo inepto de La Walkiria y de la huella de España en América, cómo es la habitación donde ha sonado ya tantas veces el timbre del teléfono y el mismo mensaje, qué libros hay, qué cuadros y discos, qué fotografías, tal vez alguna de la mujer que ni siquiera dice su nombre en la grabación, sólo el número, Allison, ni siquiera un apellido, el nombre en una pequeña tarjeta plastificada y prendida en la solapa de su americana masculina, el pelo rubio, la sonrisa brillante como una carcajada, la cara ya imposible de recordar surgiendo en los pasillos del palacio de Congresos y desapareciendo luego entre un gentío de fantasmas empalidecidos por las luces fluorescentes y recobrada por azar en un comedor por donde deambulaban los mismos fantasmas dotados ahora de bandejas de plástico con recipientes de ensalada, de pollo en salsa y de bebidas carbónicas, exhibiendo las sonrisas más comedidas y prefabricadas del mundo, las tarjetas plastificadas en las solapas, los dedos tan pulcros como pinzas quirúrgicas, las disculpas al rozarse levemente los codos, las razas humanas no son cinco, sino seis, y la sexta es la raza lívida y mestiza de los asistentes a congresos, se les conoce porque llevan sus nombres en las solapas y carpetas de plástico negro bajo el brazo, así como un curioso abalorio cuyos extremos se introducen en los pabellones auditivos: y de pronto, en medio del aburrimiento y de la babel de voces que murmuran adormecedoramente en varios idiomas, aquella boca pintada de rojo con una sonrisa como una bandera desplegada, la mujer rubia, reconocida en un instante, tan desahogada y tan segura de sí que parece más alta, el perfume ya advertido la primera vez, cuando apareció en el pasillo, no un perfume, una colonia, se la imaginaba uno desnuda y recién duchada en un cuarto de baño, pintándose los labios de rojo delante del espejo, los labios más finos y rojos de todo Madrid aquellos días, el pelo más rubio, el cuerpo más feliz, porque son los cuerpos y las caras los que muestran la felicidad o la desgracia, no las palabras y ni siquiera los estados de ánimo, uno puede sentirse feliz y descubrir en el espejo que su cara es desgraciada, uno puede estar muriéndose de desolación junto al teléfono en un cuarto del Homestead Hotel de Evanston, Illinois, y entrar entonces al cuarto de baño para lavarse los dientes y descubrir que en su cara hay una obstinación involuntaria de felicidad, o por lo menos de guasa, de guasa hacia sí mismo, hacia esa situación como de novela centroeuropea, como de preámbulo apacible de novela de terror, el hotel silencioso, el viajero perdido, el teléfono que repite una vez más su mensaje automático, y tras la ventana, al fondo, siete pisos más abajo, jardines traseros, corralones o muladares de neumáticos, y el cielo bajo y gris, confundiéndose en la distancia con la superficie ondulada y neblinosa del lago, más gris aún, con vetas verde oscuro, tan desolado como el Báltico en una tarde de invierno.
Actividad, cuanto antes, nada de dejar la ropa arrugarse y proliferar en el desorden de la maleta y de la bolsa, nada de tenderse en la cama a mirar los anuncios y los concursos de la televisión y volver de cuando en cuando la cara hacia la mesa de noche para buscar un cigarrillo o detener la mano en el instante en que ya levantaba otra vez el teléfono, y sobre todo prohibición absoluta de hablar en voz alta, porque en la soledad y el silencio la propia voz acaba volviéndose tan extraña como la propia cara. Método, actividad, el libro y el walkman en la mesa de noche, el valium en el cajón, la petaca de Glennfiddich sobre la cómoda, un solo trago, no muy largo, para entrar en calor, la ropa en el armario, el traje colgado en la percha, la espuma de afeitar y las cuchillas desechables en la repisa del cuarto de baño, el cepillo, el peine, la pasta de dientes, orden sobre todo, la loción otra vez en la cara, la camisa limpia, el jersey de lana, el pelo húmedo y echado hacia atrás, la inspección minuciosa y dolorida del peine, qué asco, la decadencia, los primeros indicios, cabellos en el peine y sobre la loza del lavabo, la cortina opaca de la ducha, un recuerdo a traición, la cortina apartada y la rubia Allison entreabriendo los ojos bajo el chorro humeante del agua, los párpados manchados de rímel, la cara desconocida sin la melena alrededor, más despojada y más adulta, los pechos oscilando y los pezones encogidos y la frente más ancha, le dio un poco de vergüenza y cerró los muslos, la mano con la pastilla de jabón cubrió instintivamente el pubis moreno, y ese gesto de pudor y casi desamparo la volvía más excitante, a las cinco o a las seis de la madrugada, en un hotel de Madrid tan acogedor como un aparcamiento subterráneo, no como éste, que parece más bien una residencia victoriana, con su colcha blanca y bordada, sus grabados bucólicos con vistas del Chicago de hace un siglo, su gran bañera con los grifos de cobre donde el aire gorgotea como los bronquios cancerosos de un caballero intachable, la ventana con marcos de madera agrietada contra la que ruge y silba el viento del lago, a cada minuto más feroz, un viento como la tramontana que retuerce los olivos salvajes del cabo de Creus y como el levante africano de la bahía de Cádiz. El horizonte y el lago han desaparecido tras la niebla, se oye la furia metódica de las olas y la sirena de un barco y tiemblan los cristales de la ventana y crujen los postigos, pero el teléfono permanece en silencio y siguen sin escucharse voces humanas, ya es de noche, habrá que salir a cenar algo, porque del servicio de habitaciones no contestan, se habrá producido una alarma nuclear y con las prisas han debido de olvidarse del botones negro y del único cliente, pero el botones negro tampoco está ya en el vestíbulo, ha corrido al refugio en el último momento, arrastrando los zapatones prehistóricos, aunque a su edad y en su estado ya le dará lo mismo. Sobre el mostrador de recepción todavía está el otro sobre con las llaves, de modo que el fanático de La Walkiria y del MOMA no ha llegado aún, andará perdido por las carreteras y los suburbios como cementerios opulentos a merced de un taxista lituano o malayo, o se habrá enterado a tiempo de la alarma nuclear y estará pronunciando su discurso sobre la célebre huella ante un auditorio de supervivientes futuros. A la derecha del vestíbulo hay un salón como de principios del siglo XIX, con una chimenea neoclásica, molduras blancas en el techo, muebles de caoba y un piano con la tapa levantada y una partitura abierta sobre el teclado, Schubert, La muerte y la doncella, no parece el salón de un hotel, sino el de una casa cuyos dueños acaban de irse unos minutos antes de que llegue el invitado, el incauto, la posible víctima, incluso hay sobre la chimenea un retrato ovalado de una señorita con rizos en las sienes y escote ceñido, la señorita tísica que tocaba hace más de un siglo a Schubert en el piano mudo desde entonces, que vuelve a sonar sin que lo toque nadie en las noches de tormenta, puntos suspensivos.
El viento se lo lleva a uno como a una hoja de periódico, cuidado con los cables de la luz que pueden caerse y con las tejas desprendidas, están desiertas las calles y hay luces encendidas al otro lado de los árboles, en las ventanas con visillos por las que se vislumbran confortables interiores anglosajones, y las banderas extendidas en lo más alto de los mástiles restallan como velas de barcos: una iglesia neogótica, una especie de Partenón que debe de ser el ayuntamiento, un centro comercial, un MacDonald's iluminado y casi vacío, todos con banderas, un coche de policía exactamente igual de grande y de azul que los de las series de televisión avanzando lentamente junto a la acera y casi deteniéndose junto al único insensato que parece caminar esta noche por la ciudad, tranquilo, no lo mires, anda como si nada, por muy mala cara que tengas no das la pinta de violador o de ladrón o de árabe, hay que actuar como cuando aparecía a la vuelta de la esquina el jeep de los grises y sus faros proyectaban la sombra por delante de uno, los dedos buscando el pasaporte en el bolsillo, la cabeza alta, tras las solapas alzadas del chaquetón, la luz roja y azul que destella en el asfalto, en el escaparate de una armería cerrada, un policía negro mira interrogadoramente por la ventanilla, se oye el cambio de marcha y el coche patrulla cobra velocidad y gira en un cruce con un chirrido de neumáticos del todo familiar, hasta parece que va a oírse la música de una película y que de un momento a otro surgirán en la oscuridad los títulos de créditos: lo que se ve es el letrero de neón de una taberna irlandesa, Bennigan's, y en un lugar como éste eso casi es lo mismo que ver la luz de una casa en el bosque de los cuentos. Los cristales de las ventanas están empañados, el interior es cálido, denso de voces y de humo, la barra es larga, de madera oscura, con grifos dorados de cerveza, en la máquina de discos suena a todo volumen una canción de Aretha Franklin, los bebedores tienen caras rojas y golfas, el suelo es de madera y está sucio de colillas y serrín, una mujer muy erguida sobre un taburete sostiene un vaso de whisky y ríe a carcajadas sin quitarse el cigarrillo de la boca: parece que se han refugiado aquí todos los sinvergüenzas del Medio Oeste, los que no se encierran en casa al oscurecer, los únicos que han desafiado la recomendación oficial de congregarse en los sótanos antinucleares. Los codos en la barra, tan agradecidos como si se afianzaran en el suelo de la patria, una cerveza negra, colmada de espuma densa y tibia, una gran hamburguesa que incita y sacia el hambre, y luego ese cambio repentino de ánimo que lo vuelve todo hospitalario en mitad de un viaje, las caras de los bebedores, los acentos, el instinto automático de averiguar sus orígenes, la apaciguada somnolencia frente a un vaso de whisky con el hielo picado, el placer tan antiguo de trabar una conversación en un idioma extranjero. A la entrada de los lavabos, junto a la máquina de cigarrillos, hay un teléfono público, y la cerveza y el whisky animan a la temeridad de llamar otra vez, ni siquiera hacen falta monedas, se puede usar introduciendo en una ranura la tarjeta de crédito: la yema del dedo índice oprime una tras otra las pequeñas teclas cuadradas de metal, y luego hay un breve silencio antes de que suenen los pitidos, el primero, más largo, irrumpiendo una fracción de segundo más tarde en el apartamento de Nueva York, otro silencio, Allison lo habrá escuchado desde la cocina y sonará dos o tres veces antes de que llegue al teléfono, dos pitidos más, está dormida y tiene el sueño tan profundo que no logra despertarse, o ha salido del ascensor y corre hacia la puerta y teme que deje de sonar un segundo antes de que ella lo coja, pero ese roce que empieza a oírse es el de la cinta del contestador, la voz de nuevo, serena, metálica, insultante, recitando los números tan pulcramente como en la primera lección de un curso de inglés, la señal para el comienzo del mensaje y el oído atento en vano al mismo silencio de las otras veces, al minuto y medio de silencio que interrumpe una señal aguda cuando se apaga el piloto rojo del contestador sin que la voz masculina haya dejado ni una sola palabra grabada en la cinta.
Pero no importa que no esté, olvidar es todavía muy fácil, lo más fácil, seguramente eso le ha ocurrido a ella, hace dos meses pasó una noche en Madrid con un desconocido y a la mañana siguiente regresó a América y no ha vuelto a acordarse, o si se acuerda es con la convicción de que no lo verá nunca más, con la tranquilidad de que no va a correr el riesgo de un encuentro mediocre, pues fue una especie de rápido milagro y los milagros no se repiten, incluso puede que no sucedan y que hayan sido espejismos. Pero entonces por qué la nota con el número de teléfono en la mesa de noche, por qué las últimas palabras, oídas ya desde la otra orilla del sueño: «No te pierdas», y aquella manera de decir adiós llevándose los dedos a los labios recién pintados de rojo, a las ocho de la mañana, cuando ya entraba la claridad en la habitación del hotel y aún no habían dormido. Mejor así tal vez, ni porvenir ni pasado, ni presentimientos ni recuerdos, no esas obsesivas genealogías de sí mismos que inventan los amantes, no la mutua vanidad de haberse poseído ni el rechazo fanático de las pasiones anteriores, la apetencia de dejar en blanco la memoria como se derriban las estatuas y se queman los templos de un culto abandonado para entregarse con furor de conversos a una nueva religión; gratitud nada más, soberanía íntima, la dosis de lucidez necesaria para darse cuenta de que es la ausencia inesperada de esa mujer lo que la vuelve tan imperiosamente deseable, pero no hasta el punto de extinguir el deseo hacia otras mujeres, la camarera irlandesa que pone en la barra el vaso con hielo picado y vierte en él una medida de whisky usando un cubilete de estaño, la bebedora solitaria y de ojos brillantes que se balancea un poco sobre el taburete y fuma Winston extralargo, mujeres desconocidas, instantáneamente deseadas, imaginadas luego en la habitación del hotel con una vehemencia en la que intervienen sobre todo la soledad y el alcohol, miradas en la calle cuando cruzan un semáforo, entrevistas con fugacidad tras el escaparate de una zapatería mientras apoyan en la alfombra un pie descalzo con las uñas pintadas, mujeres rubias y con gafas oscuras que pasan en los taxis, que viajan en el autobús con las piernas cruzadas, que esperan a alguien en el vestíbulo de un hotel, que aparecen sonriendo en un pasillo cualquiera del palacio de Congresos de Madrid y llevan una amplia gabardina verde y una etiqueta plastificada en la solapa donde la mirada siempre atenta lee un nombre, Allison. Se habrá ido de Nueva York, se habrá mudado de piso, los americanos cambian de domicilio y de trabajo con una facilidad desconcertante.
A la una de la madrugada el contestador repite la misma voz educada y el mismo número tan sabido de memoria como las letras de ese nombre, Allison, pero ahora se habrá grabado en la cinta, durante el minuto y medio de silencio, el fragor del viento del lago Michigan, el silbido en los cristales de una ventana del Homestead Hotel, incluso la voz del predicador que recita en la televisión versículos del Apocalipsis y garantiza a los Estados Unidos de América la ayuda del dios de los ejércitos en la guerra inminente. La petaca de Glennfiddich y los cigarrillos sobre la mesa de noche, la tentación de llamar de nuevo para repetir en el contestador el número del Homestead, por si acaso, pero será mejor apagar la televisión para no seguir viendo a ese tipo que invoca la protección del Dios de los ejércitos y maneja la Biblia como un fusil de asalto, bajar las persianas que seguirá batiendo el viento durante toda la noche y recurrir al valium y a la oscuridad, seguro que mañana aparece el converso a la cocaína y a Wagner y se descubre dónde va a celebrarse el simposium y cómo son las caras de los empleados del hotel, incluso de alguno de los huéspedes, y hasta es posible que suene el teléfono y que se oiga una voz verdadera, no grabada en una cinta, la voz de Allison pidiendo disculpas y preguntando qué haces, dónde estás, si vas a tardar mucho en volver a Nueva York yo volaré a Chicago para encontrarme contigo en el séptimo piso de ese hotel que en la noche de tormenta sobre el lago Michigan parece el faro del fin del mundo, en la noche de viento, de extrañeza, de desamparo y de insomnio, la noche en que cuando uno logra dormirse sueña que todavía está despierto y ve la habitación y el televisor apagado y esconde la cabeza bajo las mantas para no oír la vibración de los cristales y el silbido del viento que arranca las tejas y derriba los postes de la luz, no sólo ahora mismo, sino también hace muchos años, en un tiempo y en una ciudad que han surgido en el sueño y que serán olvidados cuando la luz transparente del día y la calma del lago ofrezcan al despertar la sensación de que la tormenta, el hotel vacío y el insomnio fueron los atributos de una pesadilla.
Quiero contarte quién he sido y qué he hecho y es como si se me hubiera borrado de la memoria la mitad de mi vida, como si yo mismo estuviera ausente de mis propios recuerdos y me hubieran sido relatados por otro, porque veo con claridad lugares donde he estado pero no me veo a mí en ellos, o no me reconozco, soy la mirada neutra de una cámara, un oído que percibe palabras y un sistema de conexiones nerviosas adiestrado para identificarlas y convertirlas instantáneamente en las palabras de otro idioma, una voz acostumbrada a actuar como eco y sombra de otras voces, el desconocido con el que tú te cruzaste la primera vez sin reparar todavía en su cara, el extranjero a quien despierta el sol una mañana en el Homestead Hotel y tarda unos minutos en saber dónde está y en convencerse de que la tormenta de anoche no fue un mal sueño heredado de los terrores de la infancia. Se incorpora, cegado por la luz, insultado por ella en su pereza y en sus ganas de dormir, mira el teléfono y decide que no llamará para oír otra vez un contestador automático, baja al vestíbulo y no ve a nadie y en el salón del piano encuentra una máquina de café, un jarro de leche tibia, sobres de azúcar y vasos y cucharillas de plástico, y sacarina, por supuesto, y una prudente bolsa de descafeinado, amablemente dejados allí por los mismos fantasmas que mientras él desayuna se ocupan invisiblemente de arreglar su habitación, porque cuando vuelve a ella veinte minutos después la cama ya está hecha, y el cenicero vacío, y el tubo de dentífrico y el cepillo que él dejó cualquiera sabe dónde ya ocupan pulcramente un vaso de cristal en la repisa del lavabo.
Cuando se lo contara a Félix no lo creería, me gusta irle contando imaginariamente las cosas al mismo tiempo que me ocurren, y es posible que él no se las crea del todo y que ni siquiera las apunte en ese diario secreto que lleva desde hace años en el ordenador, pero tampoco yo acabo de creérmelas aunque es a mí a quien le han sucedido, la suma de azares que me llevaron a encontrarte, el miedo, las desgracias estériles, el hábito de la decepción, el presentimiento no de estar a punto de perderme sino de haberme perdido ya y desde hacía mucho tiempo, no sólo entonces, en aquel sitio absurdo junto al lago Michigan, sino unos meses antes, cuando volví a España sin pensar todavía en quedarme, cuando me deslumbraron los faros de un camión a la salida de una curva y pisé el freno y no disminuyó la velocidad. Cerré los ojos dispuesto a morir, mis manos dieron un giro desesperado y automático al volante y no vi nada más que oscuridad y cuando miré de nuevo a mi alrededor estaba en medio de la tierra endurecida por la helada y seguía vivo, oyendo en la radio del coche una canción de Otis Redding que había escuchado por última vez hacía diecisiete años. Ahora sé quién soy porque tú me miras y me nombras y me haces aprender cosas de mí que había olvidado, pero si pienso en el Homestead Hotel o en aquella noche de viaje sonámbulo a Madrid en la que estuve a punto de matarme sin cumplir treinta y cinco años ni saber que existías me parece que me acuerdo de una vida de nadie, o que leo un curriculum, y me desconcierta comprobar las fechas para celebrarlas contigo y descubrir que en realidad no ha pasado tanto tiempo, algo más de dos meses, y que habría bastado una fracción de segundo para que todo se extinguiera, este momento, tu cara de ahora mismo, el modo en que me miras mientras te hablo de Félix y de las ganas que me entraron de pronto de ir a verlo, un sábado de noviembre por la tarde, recién llegado a Madrid, desde Bruselas, recién instalado en una habitación del hotel Mindanao, preguntándome qué haría para sobrellevar las dos noches y el temible domingo que faltaban hasta que en la mañana del lunes, a las nueve en punto, empezara mi trabajo en el palacio de Congresos. Me senté en la cama, estuve mirando un rato las cortinas verdes y los dibujos animados de la televisión, tranquilo, al menos algo más tranquilo que en las últimas semanas, disfrutando esa calma que nos deja un amor que ya pasó, como dice el bolero, falto de sueño, confiando en las virtudes del aburrimiento y del valium, y en menos de cinco minutos decidí que si me quedaba iba a caérseme encima el edificio, o al menos el cielo raso de la habitación, así que busqué en la agenda el número de Félix, y cuando hablé con él oí al fondo gritos de niños y una fuga barroca. Lo llamo un par de veces al año, desde los sitios más peregrinos, pero siempre coge el teléfono tan rápidamente como si hubiera estado esperando la llamada y me habla en el mismo tono de voz mientras se oye de fondo a sus hijos y la música que invariablemente ha preferido sobre cualquier otra desde que estudiábamos juntos en el instituto de Mágina. Miré el reloj, calculé que me daba tiempo de llegar a Chamartín y tomar un tren nocturno, guardé una muda de ropa en una bolsa más bien humillante de la lavandería del hotel y a la mañana siguiente, a las ocho, tambaleándome de sueño, tiritando de frío, anduve al azar por las calles próximas a la estación de Granada, buscando una cafetería abierta donde leer los periódicos, con mi bolsa para ropa sucia en la mano, solo en una ciudad que apenas conocía y en la que sólo dos o tres locos y unos cuantos mendigos estaban levantados, esos mendigos que madrugan como oficinistas para ocupar un buen puesto a la entrada de las iglesias, algunos tipos en chándal, cómo no, y una vieja con los labios pintados y tacones torcidos que arrastraba una maleta enorme atada con cuerdas, la adelanté en una acera, porque caminaba con una lentitud de caracol, y se me ocurrió ofrecerle mi ayuda, abrumado de compasión y casi culpabilidad, aquella pobre mujer sola y jadeante tirando de un maletón inhumano, pero me arrepentí a tiempo y me alejé a toda prisa, temiendo que me llamara, joven, hágame el favor, igual me pedía que le llevara la maleta y tenía que cruzar a su paso lentísimo toda la ciudad, me han ocurrido cosas parecidas otras veces, y Félix se muere de risa cuando se las cuento, dice que es como si tuviera un imán para traer la simpatía de los locos más desatados, de la gente más rara, y lo malo que tengo es que a poco que me descuide me pongo en la situación de cualquiera de ellos y me veo a mí mismo con ochenta años y arrastrando una maleta por una ciudad extraña, y si me cruzo por una calle de una barriada de Madrid, una mañana de agosto, con un africano cargado de alfombras que no tiene la menor posibilidad de vender ni una sola y entra en los bares y acepta con mansedumbre las bromas brutales de los parroquianos en seguida me imagino que yo soy él y me muero de pena, o que soy yo mismo y he acabado intentando vender alfombras en una ciudad del Camerún, por ejemplo, y me dan ganas de invitarlo a café y comprárselas todas, y hasta de hacerme amigo suyo para que el hombre no se sienta tan solo y rodeado de racistas.
Pues más o menos así iba yo aquella mañana por la ciudad vacía, preguntándome cómo ocuparía el tiempo hasta las once o las doce, una hora razonable para llegar en domingo a una casa de familia, mirando escaparates y con mi bolsa llena de regalos, naves espaciales con luces giratorias para los hijos de Félix, una botella de malta libre de impuestos para él, un frasco de perfume para Lola, desalentado, nervioso, porque llegar a los sitios me deprime tanto como me excita irme de ellos, cargando no alfombras, sino horas muertas de tedio: el tiempo es como un traje que siempre me cae mal, se me queda corto y ando desesperado, o de pronto me sobra y no sé qué hacer con él. Leí no sé cuántos periódicos, desayuné varias veces, vi familias madrugadoras que se dirigían a misa y caballeros de barriga opulenta bajo la chaquetilla del chándal que llevaban grandes roscas de churros, me pregunté, como de costumbre, qué estaba haciendo yo allí, me lo pregunto siempre y el charlatán neurótico que va conmigo a todas partes no suele ofrecerme una contestación satisfactoria, me lo pregunté más que nunca dos meses más tarde en el Homestead Hotel, mientras desayunaba sin poder quitar los ojos de la señorita fantasma que tocaba La muerte y la doncella en las noches de viento, y después en la fiesta que nos dieron en un salón de la universidad, cuando fui rescatado por los organizadores al fin visibles del simposium y me encontré sonriendo con una copa de jerez en la mano y hablando del tiempo con diversos profesores y autoridades que tenían la sonrisa tan envuelta en celofán como un sandwich de pepino y giraban de un grupo a otro con esos pasos de ballet que dan los anglosajones en los parties, acabo mareándome, me quedo solo entre grupos que hablan, miro con atención el fondo de mi vaso y mi sombra se acerca para no dejarme solo y me hace en voz baja la pregunta, qué estás haciendo aquí, qué tienes tú que ver con nadie, eso era lo que me decía mi padre para alejarme de los malos amigos, qué hago yo en una cabina de traducción del Parlamento Europeo, en el aeropuerto de Chicago o en el de Frankfurt, qué hago dando vueltas como un indigente en Granada, por la mañana temprano, bebiendo cafés que no me apetecen y fumando cigarrillos que me sientan como un tiro, mirando el reloj, haciendo hora, escuchando con perfecta educación los desvaríos de un taxista que seguramente tampoco ha dormido en toda la noche y le tiene rabia al mundo. Me deja cerca de las doce junto al edificio donde vive Félix y todavía no me decido a llamar, como si fuera un vendedor a domicilio, otro gremio que suele sumirme en la desdicha solidaria y culpable, se me parte el corazón cuando tengo que armarme de carácter para no comprar un acristalador de suelos o una enciclopedia de medicina familiar. Salí del ascensor y Félix ya estaba en la puerta del piso, con aquella sonrisa tan inalterable como su manera de hablar o de vestirse, cantándome la bienvenida de Luisa Fernanda, nos dimos un abrazo sin demasiada efusión, porque los dos somos muy tímidos, y me dijo que por qué había tardado tanto, que ya temían él y Lola que hubiera perdido el tren, y nada más entrar en el pasillo de su casa empecé a notar la cálida sensación de que al menos durante unas pocas horas no estaría del todo fuera de lugar, aunque me intimidaran aquellas habitaciones tan vividas y tan ordenadas, los cuadros en las paredes, los muebles, las cortinas, la biblioteca llena de volúmenes y las estanterías de los discos de Félix, todo con una densidad algo opresiva, con un olor a limpieza, a ropa bien doblada en los armarios, a ambientador tenue en el cuarto de baño, y en medio, sentado frente a mí en el sofá, sirviéndome una cerveza sobre la mesa baja de cristal reluciente, mi amigo Félix, idéntico a mis recuerdos de los últimos diez o quince años, sólo un poco más gordo, hasta con el mismo peinado, fornido y grande pero con un cierto aire infantil en la cara, con una rebeca de lana que sin duda le había tejido su madre, en zapatillas, recostándose tan confortablemente en su discreta prosperidad como cuando éramos niños y se sentaba por las tardes en un escalón de la calle Fuente de las Risas a merendar un hoyo de pan y aceite o una onza terrosa de chocolate. Lola había ido a dejar a los niños en casa de sus padres, me dijo, para que comiéramos tranquilos, tú no estás acostumbrado y seguro que los niños te ponen nervioso: me pareció que lo decía con un poco de distancia o cautela, se levantó para poner un disco y cuando volvió a sentarse silbaba la melodía y llenó mi vaso de cerveza sin mirarme a los ojos.
Pensé con remordimiento y temor que en los últimos tiempos no había cuidado su amistad, que tal vez él y yo confiábamos demasiado en la permanencia de antiguas complicidades gastadas poco a poco por la lejanía y la desidia: qué sabemos ahora el uno del otro, qué tienen que ver nuestras dos vidas. Él da clases de lingüística en la universidad, lee griego y latín, investiga no sé qué códigos o misterios sintácticos para programar ordenadores y sus dos únicas devociones aproximadamente pasionales son su diario cifrado y los compositores del barroco, pasa las Navidades y la Semana Santa en Mágina, alquila todos los veranos un pequeño chalet en la costa, me lo quedo mirando y lo veo tan distinto a mí y me pregunto siempre qué tenemos en común y por qué es mi mejor amigo desde hace casi treinta años. Sin duda él se hacía la misma pregunta aquella mañana, pero la cerveza y la música nos animaban lentamente, y recordábamos palabras como contraseñas, apodos tremendos, expresiones de Mágina, los disparates que sigue escribiendo Lorencito Quesada en Singladura, nos mirábamos de soslayo echándonos a reír, pues nos bastaban uno o dos gestos o la entonación de una frase para reconocernos, y cuando volvió Lola ya teníamos los ojos brillantes, de risa y de cerveza, porque Félix acababa de recitarme de memoria el soneto anónimo a Carnicerito de Mágina, del que yo ya ni me acordaba. Había en toda la casa una luz limpia de mañana de domingo que me parecía dotada de una transparencia semejante a la de la música que escuchábamos, unos conciertos para oboe de Haendel, me explicó Félix, una música que lo llenaba todo de una felicidad delicada y enérgica y actuaba sobre mí como aquellas cervezas un poco prematuras que estábamos bebiendo y como el sonido de la risa. Félix preparaba unos aperitivos en el mostrador de la cocina y Lola nos miraba a los dos echada en la pared, sonriendo, con los brazos cruzados y un cigarrillo en la mano, con simpatía y un poco de indulgencia, dónde vives ahora, me preguntó, con quién vives, cuántos días vas a quedarte con nosotros, y cuando le contesté que me marchaba aquella misma noche Félix movió la cabeza mientras examinaba la disposición de los vasos y los pequeños platos de las tapas que había estado preparando y dijo sin mirarme: «Nunca cambiará. Yo creo que llega a los sitios nada más que para irse cuanto antes de ellos.»
Ya no tenía duda, estaba dolido conmigo, pero jamás me lo diría, repetíamos las bromas de siempre, me hablaban de los niños y del trabajo y me preguntaban por el mío y Félix se me quedaba mirando como si no me oyera, como si buscara en mis ojos, en mi cara cansada, en los gestos nerviosos de mis manos, la respuesta a una interrogación que no era formulada con palabras y que las mías no iban a explicarle, y entonces me puse íntimamente en guardia y empecé a verme a través de sus ojos. En eso tampoco tengo remedio, puedo ser un extraño para mí mismo y observarme sin embargo desde el punto de vista de otro, no ya alguien que me conozca tanto como Félix, sino cualquier desconocido, y automáticamente tiendo a suponer que su dictamen será implacable y a darle la razón. Noté de repente que mis manos se movían con desasosiego y rapidez, que no sostenía mucho rato las miradas de ellos, que encendía un cigarrillo a los pocos minutos de apagar otro y se me acababa en seguida la cerveza del vaso, pero la atención de Félix no era reprobadora, sólo continua y minuciosa, como todos sus actos, como la manera que tiene de cortar el queso o de escribir los títulos de las piezas y los nombres de los músicos en las cintas que graba, lo veo hacer algo y me acuerdo de cuando estábamos en un pupitre de la escuela y escribía en su cuaderno rayado pasándose por los labios la punta de la lengua, una concentración absoluta y tranquila. Así es como se ha edificado la vida, sin variar nunca desde que lo conozco, pero también sin obstinarse en la rigidez de un propósito con esa voluntad que se alimenta de rencor y que tan justificadamente pudieron haberle inoculado las penurias de su infancia, su padre inmóvil en la cama por una parálisis irreversible, su madre fregando suelos y vistiéndolos a él y a sus hermanos en el ropero de Auxilio Social, de nada de eso habla, contra nada lo he visto nunca rebelarse, ni siquiera en los tiempos en que casi todos nosotros nos complacíamos en aspavientos de rebelión, pero tampoco ha claudicado ni se ha sometido, es el mismo de hace veinticinco años y del verano pasado, y ella, cuando la veo junto a él, me da la misma impresión de serenidad y permanencia, como si hubieran nacido así los dos y se hubieran limitado a seguir una especie de instinto que los protegía y los mejoraba. No se han gastado, como tú y yo, en años de extravío ni en amores estériles, no parecen haber conocido la desesperación ni la discordia, viven juntos y tienen hijos y los cuidan y van a trabajar y ven películas en la televisión después de haberlos acostado y seguramente luego se desean y se entregan, los he visto mirarse y me he fijado en cómo se rozan por casualidad y se sonríen, no con esa felicidad idiota a lo Doris Day de los recién casados permanentes que se exhiben delante de los matrimonios amigos y acaban llamándose mamá y papá, los oigo y vomito, te lo juro, sino con pudor y experiencia, como quien lleva toda su vida haciendo algo y lo hace muy bien, como un hombre y una mujer habituados a un vínculo que ha probado su eficacia a lo largo del tiempo. Tú y yo tenemos miedo, no hemos pasado juntos ni diez noches todavía, tenemos miedo de lo que el tiempo vaya a hacer con nosotros y cada hora nos parece un regalo del azar, no hemos poseído nada que no fuese frágil o que sintiéramos indudablemente nuestro, pero ellos no, yo creo que carecen del sentido de la incertidumbre como carecemos nosotros de cualquier idea de perduración. Se mudaron el año pasado a este piso de ahora, porque el anterior, con los niños, se les había quedado muy pequeño, han firmado una hipoteca y han comprado muebles nuevos a plazos y no se sienten agobiados ni atrapados, Félix me lo enseñó mientras Lola hacía la comida, y yo pensaba en mi casa, en los apartamentos donde he vivido a salto de mata en los últimos diez años, sin más pertenencias que un radiocassette, unos cuantos libros y cintas, una maleta que me prestó alguien para una mudanza y no le devolví y una bolsa de viaje, lugares tan refractarios a cualquier presencia como habitaciones de hotel, sin cuadros en las paredes ni fotografías enmarcadas en los aparadores, sin una tarjeta con mi nombre bajo la mirilla de la puerta, edificios enteros habitados por gente que vive sola, por parejas con un perro, como máximo, tabiques delgados tras los que se oyen los ruidos de alguien pero que lo confinan a uno en una distancia de monasterio tibetano, se muere uno de un colapso cardíaco mirando la televisión y tardan más tiempo en hallar su cadáver que si se hubiera perdido en el desierto de Australia.
«Y aquí mi santo santórum, como diría Lorencito Quesada», dijo Félix: su habitación, con una pared enteramente ocupada por los libros y los discos y una ventana por la que se veía una colina de casas blancas y jardines con cipreses, el equipo de música que sólo usaba él, acuarelas de Mágina y del valle del Guadalquivir desde los miradores, la mesa amplia y despejada, el ordenador donde escribe todas las tardes su diario, un almanaque de El Sistema Métrico con una foto antigua de la plaza del General Orduña. Había encontrado las acuarelas en Madrid, en un puesto del Rastro, y las consiguió por muy poco dinero, aunque el vendedor le aseguraba que eran de un pintor bastante célebre en los años treinta: acaso porque los colores estaban muy desleídos no se veía en ellas la ciudad tal como es, sino como uno puede recordarla cuando lleva fuera mucho tiempo. La conversación no se afianzaba, nos quedábamos callados y yo bebía un trago de cerveza o miraba a mi alrededor en busca de un cenicero y cuando Félix me lo ofrecía encontraba sus ojos y me parecía que estaba a punto de preguntarme algo, pero en seguida nos salvaba una broma, un juego de palabras sin demasiado éxito, casi una coartada para eludir el silencio. Él o yo empezábamos a hablar y nos dábamos cuenta de que la atención del otro era sobre todo un gesto de cortesía. Durante la comida la presencia de Lola nos tranquilizaba, y mirábamos las noticias de la televisión con el alivio de permanecer callados sin que se notara el silencio. Estaban entrevistando a un hombre de pelo rizado y gris que hablaba muy rápido y llevaba unas gafas de montura transparente. Félix dejó el tenedor, dio un golpe en la mesa y se echó a reír: «Pero míralo, si parece mentira, ¿no sabes quién es?» Yo estaba distraído y cuando miré otra vez la pantalla se veía una formación de carros de combate en el desierto. «¿De verdad que no lo has conocido? ¡El Praxis, hombre, el que nos daba literatura en el instituto! Es diputado, lo acaban de nombrar director general de no sé qué. También a él le ha entrado vocación de centinela de Occidente.» No me acordaba, y a los cinco minutos ya había vuelto a olvidarme, cómo iba yo a saber que al cabo de dos meses, ahora mismo, aquel nombre formaría parte de la trama de mi vida, y que el domingo en casa de Félix y mi secreta envidia y el peso de mi desarraigo eran al mismo tiempo los episodios de un punto final y de un preludio esbozado en la orilla del desastre. Había viajado en tren durante toda una noche para buscar a mi amigo y a medida que transcurría la tarde me ganaba la decepción de no haberlo encontrado, no por culpa suya, sino porque yo era incapaz de corregir la sensación de hallarme muy lejos y percibía gradualmente los síntomas del desasosiego, las miradas al reloj, el cálculo de las horas que me quedaban para llegar sin apuro a la estación, el deseo de estar ya en otra parte y de que Félix no se diera cuenta. Nos bebimos despacio más de la mitad de la botella de malta que yo le había regalado, y al anochecer, algo beodos, fuimos a buscar a sus hijos, y él sugirió que antes de recogerlos tomáramos una cerveza en un bar del vecindario. Saludaba a casi todo el mundo por la calle y el camarero lo llamó por su nombre. A la segunda cerveza se acodó en la barra y me habló tan serio que no reconocía del todo su voz. «No sé lo que te pasa, pero estás raro, conmigo no puedes disimular. Estás nervioso, tienes prisa, llegaste esta mañana y no ves la hora de irte. Lola también se ha dado cuenta. A lo mejor es que llevas demasiado tiempo viviendo en esos países donde no sale el sol más que en los anuncios. Yo que tú me volvía. ¿No dices que ahora trabajas por tu cuenta? Pues igual puedes ganarte la vida aquí que en Bruselas. Además hay otra cosa, y me da vergüenza decírtela. Casi no hablo con nadie, no me río con nadie. Soy el presidente de la comunidad de propietarios de mi bloque. Me acaban de reconocer el cuarto trienio. Y no debería decírtelo, pero te echo de menos. Tú a lo mejor no lo sabes, porque vives fuera y no te fijas, pero la gente que conocíamos está cambiando mucho. Es como en una película de marcianos que vi hace poco en la televisión. Los extraterrestres llegan a un pueblo y en lugar de conquistarlo con pistolas de rayos se apoderan del alma de la gente. Tú estás con tu mujer, o con algún amigo, y al principio no le notas nada, pero luego ves que tiene los ojos como vacíos y que anda un poco rígido y es que ya se ha convertido en marciano. Alguien que es todavía normal da una cabezada y cuando vuelve a abrir los ojos ya es otro, aunque sigue hablando igual y tiene la misma cara. Esta mañana, cuando te vi, me dio miedo de que tú también hubieras empezado a transformarte. Ahora me quedo más tranquilo, pero no me fío, ni siquiera de mí. ¿Vas a volver pronto?»
Se me hacía tarde, como casi siempre, a las diez y media de la noche ya me había despedido de Félix y de Lola y cruzaba de nuevo la ciudad en un taxi igual que veinticuatro horas antes en Madrid, me palpaba los bolsillos en busca del carnet de identidad, del pasaporte, de la tarjeta de crédito, no confiaba en mi reloj y le preguntaba la hora al taxista, llegué a la estación y me pareció que era mucho más temprano de lo que indicaban los relojes porque se veía muy poca gente en el vestíbulo, y el expreso de Madrid ni siquiera estaba en el andén, habría que esperar, pero ya eran casi las once, qué raro, y la taquilla continuaba cerrada, y también el puesto de periódicos, y el bar, ya preveía la catástrofe, quién me mandaba fiarme de los trenes españoles, un empleado con la gorra en la nuca y un cigarrillo en los labios me dijo, mirándome como a un idiota, que cómo era posible que no me hubiera enterado, que había huelga de maquinistas. Pero yo tenía que irme, tenía que estar en el palacio de Congresos a las nueve de la mañana y no podía permitirme el gasto de un viaje en taxi, alquilaría un coche, si es que encontraba en Granada una de esas agencias de alquiler que están abiertas las veinticuatro horas, subí por la avenida de la estación buscando un bar donde hubiera teléfono y me crucé con la mujer que arrastraba la maleta, más despeinada y más vieja, con los zapatos más torcidos, hablando sola, al verme se paró y me hizo una señal para que me acercara, es mi sino, no tuve el valor de pasar de largo y me detuve, aunque jurándome que por nada del mundo le llevaría la maleta. «Oiga, perdóneme, podría usted decirme dónde está la cuesta Marañas? Yo no sé lo que han hecho con las calles, seguro que las han cambiado de sitio, o las habrán quitado, yo vivo en la cuesta Marañas pero no me acuerdo de dónde es, y lo malo es que tampoco me acuerdo de cuál será mi casa, así que como no encuentre a alguien que me conozca tendré que dormir en un portal. Su cara me suena. ¿Usted no me conoce?» Siguió hablando sola cuando escapé de ella y no quise ni volverme, pero no olvidaba su cara, pensé que se parecía un poco a mi abuela Leonor, y de hecho era la cara de mi abuela la que recordaba luego, después de medianoche, mientras conducía por la carretera de Madrid el Ford Fiesta que logré alquilar después de una serie de peripecias angustiosas y me preguntaba si aquella mujer habría encontrado a alguien que la guiara hasta la cuesta Marañas.
Tomé un par de cafés antes de salir, pero tenía sueño, me pesaban los párpados, me hipnotizaban los faros de los coches que venían de frente y las líneas blancas de la carretera, me dolían las vértebras de la nuca y los músculos del cuello y me daba miedo apoyar la cabeza en el respaldo, me mantenía rígido, apretaba muy fuerte el volante y pisaba el acelerador con una sensación de abandono y peligro, fijo en la línea blanca que parecía aproximarse velozmente hacia mí desde la oscuridad y se perdía luego en el retrovisor, cada minuto más aprisa y más lejos en la noche sin luna, entre colinas sombrías y rápidas hileras de olivos, tan fugaces como las imágenes que me provocaba el acecho del sueño, la mujer de la maleta caminando por los alrededores de la estación de Granada, el pelo blanco de mi abuela Leonor, aquella loca que subía al anochecer por la calle del Pozo con un adoquín escondido bajo la toquilla negra, las luces en las esquinas, las misma luces que yo veía ahora delante de mí, casas de campo abandonadas junto a la carretera, mi abuelo Manuel caminando de noche por una serranía muy próxima a los paisajes nocturnos que yo atravesaba medio siglo después a ciento veinte kilómetros por hora, un jinete con el que soñaba algunas veces, el tío Pepe cuando se volvió de la guerra, Miguel Strogoff en la portada de un libro que me compró mi madre para un cumpleaños, me daba cuenta de que iba a dormirme, sacudía la cabeza, reducía velocidad porque había visto delante de mí las luces traseras de un camión, me daba tiempo a adelantarlo, cambié la marcha y percibí en las plantas de los pies la vibración del motor y mientras adelantaba el camión me sentí suspendido entre la vida y la muerte, fuera del tiempo y de la realidad, como soñando que volaba, no volvía de visitar a Félix ni viajaba a Madrid para trabajar a la mañana siguiente como traductor simultáneo, tan sólo era la silueta de un hombre que conduce un automóvil y es alumbrada por los faros de otro que se cruza con él, escuchaba voces y canciones en la radio y la tenue luz verdosa y la aguja del sintonizador moviéndose de una emisora a otra como si yo atravesara todas las voces de la noche me hacían acordarme del severo aparato con cortinillas bordadas que había en casa de mis padres, muy alto, sobre una repisa de ladrillo encalado, tenía que subirme al sillón donde me daban la comida para alcanzar los mandos, y se oía un rumor de lluvia y de cascos de caballos y era que empezaba el serial de «El coche número trece», o que un jinete cabalgaba en una noche de lluvia y de truenos lejanos. Cada vez más aprisa, de una emisora a otra, ráfagas de canciones abolidas por un leve movimiento de los dedos, luces deslumbrándome, un indicador en un desvío a la derecha, Mágina, 54 kilómetros, pero en seguida quedó atrás, y yo conducía despejado y eufórico, con esa lucidez peligrosa que se parece tanto a la de la cocaína y que le llega a uno cuando ha logrado resistir la primera oleada del sueño. Ahora me acuerdo y no estoy seguro de saber explicártelo, era una mezcla de cobardía y de temeridad, un entusiasmo sin propósito, tan vertiginoso y tan vacío como la carretera que se prolongaba en línea recta delante de mí cuando pasé Despeñaperros hacia las tres de la madrugada y la aguja alcanzó la señal de los ciento treinta kilómetros en los primeros llanos de La Mancha, veía claridades rojizas en el horizonte y pensaba que ya iba a amanecer, pero eran luces de ciudades, había encontrado una emisora donde sonaba una canción de Otis Redding y repetía en voz alta la letra sin acordarme todavía de su título, levanté instintivamente el pie del acelerador al acercarme a la señal de una curva pronunciada a la izquierda y entonces vi los faros del camión y comprendí en un instante de verdadera claridad y terror que si no me apartaba iba a morir aplastado bajo sus ruedas, pero pisaba el freno y mi velocidad no disminuía, los faros amarillos me herían los ojos y el morro blanco del camión ocupaba todo el espacio del parabrisas, me estremeció el claxon y durante menos de un segundo una serenidad despojada y absoluta borró la angustia de morir. Tal vez giré el volante con los ojos cerrados. Cuando terminaron las sacudidas y volví a abrirlos el coche estaba parado, pero la radio aún seguía encendida y sonaba la misma canción que empecé a oír cuando entraba en la curva. Lo más raro no era estar vivo todavía, era que Otis Redding continuara cantando My girl como si en el último minuto no hubieran pasado años enteros.
Sube por la avenida Lexington abrigado como un esquimal y renegando de su suerte, del ruido y del humo del tráfico y del viento mojado de aguanieve que lo sorprende en todas las esquinas, hace más frío aún que en Chicago, lleva guantes forrados, bufanda, un chaquetón a cuadros rojos y negros, dos pares de calcetines, y como aquí no lo conoce nadie, se ha comprado un gorro de lana y unas orejeras, pero da igual, sigue muriéndose de frío, tendría que haberse quedado mirando la televisión en el hotel, le sale de la boca un vaho tan espeso como el que sube de las alcantarillas y de las resquebrajaduras del asfalto, se le ha puesto roja la nariz y tiene una gota helada en la punta, igual que el tío Rafael, que en paz descanse, quién iba a decirle al pobre que alguien se acordaría de él en Nueva York tantos años después de su muerte. Hace más frío que en la batalla de Teruel, los mendigos inflados de hojas de periódicos y harapos y envueltos en jirones de plástico caminan tan encorvados y lentos como las últimas tropas de Napoleón en la retirada de Rusia, como deportados a Siberia, así iría el invierno pasado por estas mismas calles sin corazón mi amigo Donald Fernández, con lo orgulloso que estaba cuando le concedieron la nacionalidad norteamericana, y junto a las aceras hay un barro infame de nieve pisada y aplastada por neumáticos de coches, se descuida uno y resbala al cruzar un semáforo y esta gente lo arrolla con menos miramiento que una manada de bisontes. Eso decía Donald, si te paras te aplastan, si tropiezas ya no te vuelves a levantar. Pues nada, hombre, piensa, aunque algunas veces olvida toda precaución y se le escapan palabras en voz alta, como a los negros orates que piden limosna agitando monedas diminutas de cobre en vasos de papel, ya has vuelto a Nueva York, como quien dice, ya estás de nuevo en la cima del mundo, en la Cloaca Máxima, te quejarás de la vida, a punto de celebrar tu trigésimo quinto cumpleaños, o treinta y cincoavo, como dirá sin duda el dinámico preboste que te hizo viajar desde Madrid a uno de los lugares más perdidos de la tierra para servirle de intérprete y de duplicador en inglés de sus discursos, está encantado el tipo, lo rejuvenece Manhattan, se ha inventado sobre la marcha un compromiso ineludible para no tomar el vuelo directo de Chicago a Madrid y quedarse unos pocos días más en Nueva York, pues Wagner sigue rugiendo en el Metropolitan tan implacablemente como las tormentas sobre el lago Michigan y él no quiere perdérselo, sobre todo ahora que ya no dice el Metropolitan, desde luego, sino el Met, se ha aprendido todas las abreviaturas y los giros adecuados, habla con desenvoltura del MOMA y de Las Gemelas y al referirse al vestíbulo del hotel no dice el hall, sino el lobby, se ha hecho una autoridad en sobreentendidos neoyorquinos y en nombres de tiendas, de restaurantes, de discotecas, de clubs de jazz, de galerías del Soho, no descansa, y hasta asegura con suficiencia de experto que el Village ya no es lo que era, y como ha descubierto que gracias a la huella de España en América lo entienden casi todos los camareros, botones y taxistas, ha decidido prescindir de su intérprete, que ahora, libre como un pájaro, más solo que un perro, vestido de lapón, desconsolado y aburrido bajo los precipicios de ladrillo sucio de la avenida Lexington y los mástiles tremendos de las banderas, se arrepiente de haber regresado a Nueva York y a la tarea absurda de seguir llamando por teléfono a una casa que no sabe donde está y en la que nunca hay nadie.
Antes de salir del hotel ha llamado de nuevo e incluso ha reunido el coraje suficiente para dejar en el contestador su número de teléfono y el de la habitación, así como una advertencia melancólica, Allison, soy yo, el pesado de siempre, me voy esta tarde a Madrid, a las seis y media, aunque más que la proposición de una cita era ya una despedida, ni siquiera eso, uno no puede despedirse de alguien con quien no se ha encontrado. Camina maldiciendo a Nueva York y a todas las ciudades donde sea invierno, riñe consigo mismo, con su sombra, piensa en inglés con un feroz acento americano, / wanna fly away, se acuerda de Lou Reed, que cuando canta parece que camina solo por estas mismas calles, y su sombra le responde en español, lo que tú quieres es salir pitando, lo provee de versos de canciones con una erudición desvergonzada que no hace ascos al bolero, ni a la canción española, ni a las rumbas más lumpen, tanto viajar y ver mundo y aprender idiomas para esto, para languidecer de abandono y melancolía en una habitación desde cuya ventana lo único que se ve de Nueva York son las armazones metálicas de un aparcamiento y mirar en la televisión abyectos concursos para matrimonios felices y películas de Imperio Argentina y Miguel Ligero que aparecen por sorpresa en el canal latino, más solo que un viajante: pues eso es lo que eres, se le burla la sombra, un viajante lunático de palabras, persiguiendo siempre como un galgo las palabras de otros, ebrio de sentimientos de películas y de canciones vulgares, asesinado suavemente por ellas, dame veneno que quiero morir, es como si llevara en la cabeza una radio donde las emisoras se confunden, Lou Reed, Juanito Valderrama, Antonio Molina, adiós mi España preciosa, la tierra donde nací, bonita alegre y graciosa, como una rosa de abril, canta la sombra para abochornarlo de nostalgia en la esquina de la Quinta Avenida y Central Park, y entonces el aguanieve se hace más densa y la sombra sin escrúpulos adquiere la voz de Armando Manzanero y susurra con una dulzura repugnante, ayer tarde vi llover, vi gente correr y no estabas tú. Ni llueve ni es por la tarde, aunque para el caso da lo mismo, unas nubes oscuras, veloces, muy bajas, cubren los últimos pisos de los rascacielos y borran las perspectivas al final de las calles, y la gente, a las doce, ya tiene la cara agria y la prisa huraña que se desbocará cuando salgan a las cinco en punto, y efectivamente hay mujeres con botas de goma que corren hacia el abrigo de las marquesinas, y desde luego no estabas tú, piensa decirle si la ve, o si en el último minuto, cuando ya tenga la maleta y la bolsa preparadas, sucumbe a la debilidad de llamar otra vez y por fin la encuentra en casa. Imagina que le habla, o que le escribe una carta muy larga, pensó hacerlo pero no sabía su dirección, aunque la sombra escéptica le advierte que tampoco le habría escrito de haberla sabido, si te conoceré yo, podías llamarla y no lo hiciste, al principio por pudor, y luego por desidia, o porque iba olvidándola, sólo se acuerda del pelo rubio cortado a la altura de la barbilla y del carmín rojo de los labios, y de la ropa que llevaba, una gabardina verde oscuro, un traje como de hombre, rayado y gris, una americana con las solapas muy anchas, se le veía el filo bordado del sujetador cuando se inclinaba hacia él durante la comida, un olor fresco y ácido a colonia. Es ahora, en América, cuando la recuerda con más intensidad y la echa dolorosamente de menos, a pesar de la sombra irónica que le murmura al oído, no te importaría tanto si hubieras pasado estos días con ella, te conozco, habrías empezado a auscultarte como un enfermo pusilánime en busca de síntomas de imperfección o de tedio, y si no hubieras podido diagnosticarlos el miedo al desengaño se habría convertido en pánico al amor, y ahora mismo, en secreto, estarías deseando marcharte lo más lejos posible, al otro lado del océano, huyendo no del sufrimiento sino de la incomodidad de la pasión, las llamadas de teléfono, las cartas leídas muchas veces, la supersticiosa reducción del mundo a una sola presencia, la vida ordenada y trivial de pronto intolerable, qué angustia, le dice la sombra aliviada, como un amigo en guardia contra sus peores costumbres, mejor así, soledad y confort y un pasaje de avión en el bolsillo, acuérdate de Félix, que dice no haber conocido nunca los trastornos sísmicos que tú llevas contándole desde los catorce años y seguramente ha gozado con Lola mucho más que tú con todo el catálogo de mujeres arrebatadoras y enigmáticas a las que has dedicado, en vano casi siempre, más energía y entusiasmo y dolor que a cualquier otro empeño de tu vida.
No ha llegado a nevar, afortunadamente, de Central Park viene un olor a bosque, a tierra húmeda y hojas empapadas, ahora sube vigorosamente hacia el norte por una acera de viviendas de ricos en cuyos umbrales los porteros de uniforme con galones llevan bajo la gorra de plato orejeras tan ignominiosas como las suyas y se va fijando en los números de las calles y en las mujeres envueltas en abrigos de pieles que bajan de las limusinas y cruzan rápidamente hacia los portales con luces indirectas, molduras blancas y zócalos de caoba, dejando en el aire como un rastro dorado de los perfumes más caros del mundo. Por un momento cree oler la colonia de Allison y casi se acuerda de su cara, pero es imposible, ha sido como un espejismo del olfato, y por primera vez cae en la cuenta de que será muy fácil no verla nunca más y siente odio hacia las caras extrañas que pasan junto a él. A la altura de la calle Sesenta y Cuatro Este ya va desfallecido, desde hace más de una hora no ha parado de andar, tiene hambre, ese hambre sin consuelo y mezclada al desamparo que le dan siempre las ciudades hostiles, y en esta zona de viviendas como fortalezas donde sólo habitan millonarios no hay bares, ni puestos de hamburguesas que despidan humaredas pestilentes de grasa, nada más que porteros uniformados como mariscales hondureños y aceras limpias y anchas, sin socavones, sin mendigos ni vagabundos forrados en harapos de plástico que empujen carritos de la compra llenos de desperdicios. Allison, dice, Allison, Allison, como si de verdad estuviera enamorado de ella y repitiendo su nombre pudiera traerla hacia él desde el confín de Nueva York o de América en el que se haya escondido, pero lo extraño no es no poder encontrarla, sino haberla conocido y confabularse tan rápidamente con ella en contra del cálculo de posibilidades, con la de gente que hay en el mundo, como decía el tío Pepe, si hasta da mareo pensar en el número de nombres ordenados por orden alfabético en la guía de teléfonos de Nueva York, millones de mujeres y hombres hablando en miles de idiomas y no hay manera de encontrar a un semejante cuando más falta hace, así que más vale agradecer la buena suerte de una noche y no ceder ni un minuto a la desesperación, volver a Europa, instalarse en Madrid, ahorrar para un piso e irse acostumbrando a la cercanía de los cuarenta años, qué asco de pronto, así que esto era la vida: pero agradece al menos que no se te ha caído el pelo todavía ni te ha salido barriga, dice la sombra, que no te has dado a la heroína ni al alcohol ni a la religión ni vistes pantalones abolsados ni suéters de marca ni tienes un despacho ni un cargo político, que no llevas en el bolsillo un recipiente plateado para la cocaína, que no estás abrumado por la paternidad ni acomodado en el matrimonio y en el adulterio, que no te has quedado paralítico por culpa de un accidente de tráfico, que no te has vuelto idiota de nostalgia por un pasado heroico que nunca existió, que te has librado del cepo de las oficinas y has sobrevivido sin cicatrices mortales a los frecuentes naufragios del amor.
Pero se muere de hambre, le tiemblan las piernas, de tanto frío como hace le duele la nariz, menos mal que tuvo la precaución de comprarse el gorro de punto y las orejeras, ande yo caliente y ríase la gente, le decía su madre al ponerle cuando se iba a la escuela en los días de invierno un pasamontañas que a él le daba rabia porque se veía cara de verdugo, ha llegado a la esquina de la calle Sesenta y seis y continúa caminando hacia el norte con la tenacidad de una máquina, pero debiera volverse, no vaya a hacérsele tarde, su padre ya estaría temiendo perder el avión, y él también, uno se pasa parte de la vida queriendo no parecerse a su padre y un día descubre que ha heredado no lo mejor de él, sino sus manías más insoportables, media vuelta, otra caminata de casi dos horas, y luego el sandwich más grande que haya en la cafetería del hotel y una de esas cervezas tibias y oscuras, con la espuma blanca y muy densa, que son excelentes para emborracharlo un poco a uno y dejarlo dispuesto a dormirse en el avión. Ya lo excita la seguridad de que va a marcharse, le dan antojos inaplazables que sólo sería capaz de confesarle a Félix, porque cualquier otro, incluso él mismo, lo reputaría de palurdo, una tostada con aceite, un bocadillo de jamón, media de churros espolvoreados de azúcar, un café con leche, pero café con leche de verdad, bien cargado y quemando, no el aguachirle que beben éstos incluso en las comidas, un plato de arroz, con conejo preparado por su madre, una orgía de colesterol, casi se le saltan las lágrimas, de nostalgia, de frío, de un hambre tan furiosa como la que le entraba en la aceituna o en la huerta, y entonces ve frente a él en la esquina un edificio bajo que parece un palacete italiano y al darse cuenta de que es un museo piensa inmediatamente que dentro habrá calefacción, lavabos y posiblemente hasta cafetería, de modo que consulta el reloj, calcula que le queda tiempo, sube la escalinata y compra una entrada. El museo se llama The Frick Collection, por él como si fuera el museo de bebidas de Perico Chicote, aunque ahora cree recordar que alguien le dijo no hace mucho ese nombre, Félix, tal vez, que sabe tanto de pintura como de música barroca o de poesía latina o de lingüística, pero lo disimula con la misma eficacia, por un escrúpulo inflexible contra la pedantería, le da pudor y oculta lo que sabe, igual que a veces entra en los sitios como si le diera vergüenza ser tan alto. Hace calor, en efecto, se quita con alivio los guantes, el gorro de lana y las orejeras, hay una flecha que indica la dirección de los lavabos, pero en el guardarropa le informan de que no hay cafetería, mala suerte, aunque el aire tan cálido y la penumbra silenciosa mitigan el hambre. Camina por un corredor enlosado de mármol y no tiene la sensación de estar en un museo, sino de haberse colado en la casa de alguien, hay cuadros pequeños y débilmente iluminados en las paredes y no llega del exterior el ruido del tráfico, ni siquiera el del viento, al cabo de unos pocos minutos el silencio adquiere la intensidad irreal que tenía en el Homestead Hotel, pero aquí no es amenazante, sino hospitalario, se oyen crujidos de pisadas prudentes sobre el suelo de madera bruñida y murmullos de voces, la carcajada de alguien invisible en una sala próxima, y un sonido de agua cayendo sobre una taza de mármol. En un patio cubierto por una bóveda de cristal donde hay una claridad gris y detenida una mujer solitaria que fuma un cigarrillo y tiene un catálogo abierto entre las manos. Vigilantes aburridos conversan en voz baja al fondo de los pasillos y se tapan la boca para que no se escuche demasiado alta su risa. No parecía un museo, piensa contarle a Félix, todos los vigilantes tenían cara de complicidad y de guasa, sobre todo cuando veían a un extraño y se quedaban serios y firmes, como si estuvieran fingiendo que eran vigilantes y no pudieran aguantar las ganas de reír, había un salón con una mesa de despacho, una biblioteca y una chimenea de mármol, y sobre ella el retrato de cuerpo entero del dueño de la casa, un señor de barba blanca y traje con chaleco que me miraba desde lo alto como si le disgustara mi presencia, aunque pavoneándose delante de mí de su palacio y de su colección de pinturas. Ve caras pálidas de hombres y mujeres de hace dos siglos y piensa con aprensión que está viendo retratos de muertos, que casi todos los cuadros y casi todos los libros y hasta las películas que más le gustan tratan únicamente de ellos, de los muertos, descubre no sin patriotismo y algo de sorpresa un Goya y un Velázquez, un severo autorretrato de Murillo, la de lugares que habrán recorrido estos cuadros para llegar aquí, le da mareo imaginárselo, tiene ganas de irse, se le va a hacer tarde y lo asusta un poco el silencio, hasta la sombra se ha callado, es como si el silencio viniera hacia él desde el interior de los cuadros y fuera el espacio desde donde lo miran esas pupilas sosegadas de muertos, el espacio y el tiempo, el espacio intangible que rodea las figuras como el cristal de un acuario y el tiempo ajeno a las calles de Nueva York y a las agujas de su reloj de pulsera que se van acercando a la hora de la partida, años y siglos congelados en las salas y en los corredores del museo, en la claridad gris del patio donde fluye el agua sobre una taza de mármol, en las facciones de esa gente sin nombre que fue borrada por la tierra y cuyas figuras se yerguen con una sonrisa triste y una mirada fija contra la oscuridad del fondo de los cuadros. Detesta los museos porque le hacen acordarse de que va a morir y pensar, como dice suspirando su abuelo Manuel, que no somos nadie, le pasa lo mismo cuando ve una de esas películas en que los protagonistas envejecen y tienen la cara maquillada de arrugas y les tiemblan las manos, le da congoja por muy malas que sean, aunque los actores sigan pareciendo mucho más jóvenes de lo que quieren fingir y se note que las canas son tintadas. En el Museo Metropolitano, durante un viaje anterior, se vio la cara borrosa en un espejo egipcio de plata y apartó los ojos al preguntarse cómo serían las caras que se miraban en él hace cinco mil años. Cofradías de muertos, catálogos de muertos, facciones de muertos esculpidas en piedra o pintadas al óleo o conservadas en la cartulina de las fotografías. No tengo hijos y es posible que ya no los tenga, dentro de un siglo no quedará ni rastro de mi cara en la memoria ni en las facciones de nadie. Pero mi madre dice que me parezco mucho a mi bisabuelo Pedro: cuando hayan muerto mis abuelos, cuando muera ella, nadie lo sabrá.
Tranquilo, interrumpe la sombra, vámonos de aquí, o como dice Félix cuando lleva unas copas y oscila, tan grande, y parece que va a caer al suelo como una estatua de la isla de Pascua: Max, no te pongas estupendo. Pero no se marcha todavía, deambula de una sala a otra como por las habitaciones de una casa recién abandonada, aturdido por la fatiga y el hambre, por tantas horas de soledad, con ese sonambulismo que lo gana fatalmente en los museos, en los aeropuertos y en los supermercados, y entonces ve, primero sin atención y de soslayo, luego deteniéndose, como cuando cree reconocer en una calle extranjera la cara de alguien de Mágina y tarda un segundo en darse cuenta de que es imposible, un cuadro más bien oscuro, que le da la inmediata impresión de no parecerse a ningún otro cuadro del mundo: un hombre joven, cabalgando sobre un caballo blanco, de noche, con un gorro de aire tártaro, delante de una colina en la que se distingue con dificultad la forma de una torre ancha y baja o de un castillo. Se acerca para mirar el título, Rembrandt, The Polish rider, pero tiene que apartarse otra vez porque la luz se refleja en la superficie oscura y brillante del lienzo. Es el cuadro más raro que ha visto en su vida, aunque no sabe explicarse por qué, es muy raro pero también lo encuentra familiar, como si lo hubiera visto en un sueño olvidado, no hace mucho, pero uno no sueña con algo que verá dentro de unos meses, no reconoce y extraña al mismo tiempo y con la misma certidumbre, no es alcanzado de improviso por un sentimiento de pérdida y de felicidad que le forma un nudo en la garganta y que hasta ahora sólo le han deparado con absoluta plenitud unas pocas canciones: como si el tiempo y la realidad no contaran, como si no estuviera solo en Nueva York en una mañana helada de enero, a punto de volar hacia una ciudad inhóspita de Europa y de cumplir treinta y cinco años y de seguir aceptando una vida en la que ya no se reconoce y que le importa tanto como la del desconocido que habita el apartamento de al lado. Está seguro, ha soñado con ese jinete, lo hace feliz y le da terror, como las historias que su abuelo Manuel le contaba, los juancaballos bajando de la Sierra en los amaneceres de invierno, el regreso a Mágina desde el campo de concentración entre montañas tan oscuras como las que se ven en el cuadro, las hogueras lejanas en las noches de San Juan, porque detrás del jinete se vislumbra un fuego encendido, los cascos de un caballo resonando hondamente en la tierra, quiere irse pero unos pasos más allá se vuelve y continúa mirando, no puede tolerar la tensión imposible que le ha agudizado la memoria, dónde lo he visto, cuándo: se acuerda de que durante años le ocurrió algo parecido, veía un cesto o un baúl de mimbre y le daba pavor, imaginaba en seguida espadas curvas atravesándolo y manchas de sangre que brotaban de él, y de pronto una noche, viendo medio dormido la televisión, descubrió que esa imagen no era el recuerdo de un sueño, sino de una película a la que lo llevaron en la infancia, la misma que estaban poniendo ahora, El tigre de Esnapur, y en su apartamento de Bruselas se le despertó todo el miedo pero también toda la inocencia y la felicidad de entonces. Puede que esté acordándose de una película o de la ilustración de un libro, esa torre en la cima de la montaña, el castillo de los Cárpatos, el castillo de irás y no volverás, el jinete ha golpeado las aldabas de bronce y no le ha respondido más que el eco, o ha visto la torre mientras cabalgaba y ha renunciado de antemano a la posibilidad de buscar refugio o de aceptar unas horas de descanso, pues no quiere interrumpir su viaje, no quiere bajar del caballo ni despojarse del gorro tártaro ni del carcaj que lleva a la espalda ni del arco colgado de su montura para combatir quién sabe en qué guerra, para arrojarse a qué furiosa cacería, en qué estepas tan ilimitadas como las que atravesaba sin detenerse nunca Miguel Strogoff, el correo del zar, que en el curso de su viaje secreto conoció en un tren a una muchacha rubia y la perdió y la volvió a encontrar y fue salvado por ella cuando ya no podía verla porque unos tártaros salvajes le habían quemado los ojos con un sable candente.
Lo acucia el reloj, tiene que irse y le da la espalda al jinete polaco, y en el umbral de la sala piensa que quizá no lo vea nunca más y se vuelve por última vez, pero desde esa distancia la luz se refleja como una pantalla opaca sobre el cuadro y él no puede repetir en sí mismo la conmoción de unos segundos antes, de nuevo es el que era cuando aún no lo había mirado, y el regreso tan rápido a un estado anterior se parece un poco a la decepción sexual y al descrédito que la luz del día arroja sobre el entusiasmo de la noche pasada. Al salir se despide del autorretrato de Murillo como de un compatriota que permanecerá solo en el exilio, vuelve a ponerse la bufanda, el gorro de lana, las orejeras y los guantes, ya son las dos, en la calle hace menos frío y no sopla desde el East River ese viento homicida como un filo de navaja, ha empezado a nevar, se baja el gorro hasta las cejas, alza las solapas del chaquetón, se tapa la boca con la bufanda y los hilos de lana, húmedos de vaho, le rozan la punta de la nariz y le sugieren un confort de invierno antiguo, las nubes bajas y blancas han convertido Nueva York en una ciudad horizontal, parece Londres, pero se distinguen entre la bruma, sobre las arboledas de Central Park, las siluetas ahora ingrávidas y las luces encendidas de los rascacielos, y como sabe que va a irse se concede un poco de prematura nostalgia, acentuada luego cuando limpia de vaho el cristal de la ventanilla del taxi donde vuelve al hotel y mira a la gente vestida de invierno en las aceras, imaginando ya sin convicción, por una incrédula costumbre, que ve pasar a la rubia Allison con su gabardina verde oscuro y con esos andares tan poco neoyorquinos que tenía, una prisa desganada y escéptica o una tranquila dejadez, como de vivir a su aire y aparecer sonriendo en el último minuto, si aparecieras ahora, si estuvieras esperando bajo la marquesina del hotel, con los hombros encogidos de frío y las manos hundidas en los bolsillos y el pelo rubio y suelto alrededor de la cara, si al entrar yo en el vestíbulo te levantaras del sofá donde has estado esperando y vinieras hacia mí como he deseado desde hace no sé cuántos años que se me acerquen las mujeres que me gustan, pero bajo la marquesina no hay más que un portero que procura quitarse a pisotones el frío de los pies y en los divanes del vestíbulo se aburren los preceptivos japoneses y nórdicos y algún gordo o gorda montañoso de piel rosada y boca rumiante. No hay ningún mensaje para él, dice la chica colombiana o cubana del mostrador, de sonrisa irrompible, gradualmente ofensiva en su indiferencia, floreciente bajo la luz cruda y dorada como una planta lujuriosa de plástico, y no ha tenido que repasar su cuaderno de notas ni ha tecleado en el ordenador antes de repetir su sonriente negativa, nada más verlo entrar quitándose las orejeras y el gorro y sacudiéndose la nieve de los hombros se ha erguido en su traje de chaqueta color naranja eléctrico para decirle limpiamente que no, mirándolo de arriba abajo como si considerara imposible que alguien deje un recado para él y le conceda así el privilegio de la existencia. Le da las gracias, sin embargo, con un residuo de entereza, incluso responde a la espectacular sonrisa colombiana con una deficiente sonrisa española, pero la chica, en vez de entregarle su llave, la deja desdeñosamente sobre el mostrador mientras vira sonriendo hacia otro cliente, para quien sin duda sí que habrá mensajes, telegramas cifrados sobre operaciones financieras, cartas de amor, citas de negocios, un hombre mucho más alto y mejor vestido que él que lleva el abrigo como una túnica senatorial y ostenta una figura de ángulos tan eficaces como los de su cartera de piel y los de la tarjeta de crédito dorada que brilla sobre el mármol del mostrador. Ángulos y filos, pasos en línea recta y ademanes geométricos, piensa mientras se dirige a los ascensores, gente grande y rubia que se cruza en ángulo recto como las calles y los automóviles, hombres y mujeres tan seguros de ser obedecidos que no tienen un instante de duda ni ante las puertas automáticas, que avanzan fieramente y sin mirar ante sí porque van por su derecha y no conciben que nadie incumpla las normas de la circulación y choque con ellos, y si eso ocurre, si un incauto camina a menos velocidad o se descuida mirando un escaparate y ocupa el lado izquierdo, lo embisten sin misericordia, sin maldad, murmurando excuse me mientras le hunden en las costillas el ángulo del codo o de la cartera y lo miran con los ojos helados, como los marcianos de esa película que le contó Félix, tienen figura humana y hablan como nosotros y sólo se distinguen por el fanatismo vacío de sus pupilas, o porque tienen un ojo oculto debajo del pelo del cogote o un meñique rígido, y poco a poco se apoderan del mundo, sin que se dé cuenta nadie, a quien los descubre lo eliminan o lo hechizan para que mire y sea como ellos. En todo Nueva York sólo queda un hombre que no haya sido contagiado, no puede confiar en nadie, nada más que en una mujer tan fugitiva y sola como él mismo, pero no sabe dónde está, se ha citado con ella y no aparece, le ha dejado docenas de mensajes en su contestador automático y nada, habrá tenido que escapar sin tiempo de avisarle, habrá sucumbido a los invasores, a la invasión de los ladrones de cuerpos, así decía Félix que se llamaba la película. Se mira en el espejo del ascensor, entre las caras anglosajonas y japonesas que lo rodean, y se pregunta si notarán los otros que no es como ellos, si detendrán el ascensor entre dos pisos y lo rodearán mirándolo sin parpadear con sus ojos de peces y le dirán excuse me antes de que uno de ellos abra su maletín y le administre una inyección somnífera, pero no es su imaginación desatada y pueril, a quien se le cuenten las tonterías que está siempre pensando, es que lo miran, los diminutos japoneses desde abajo y los anglosajones desde las cimas albinas de sus estaturas, lo están mirando y la puerta del ascensor está abierta y nadie sale, pues fue él quien pulsó el botón del cuarto piso y los otros esperan a que salga, cuando se da cuenta se pone colorado y procura abrirse paso diciendo excuse me y temiendo que la puerta automática se cierre cuando él vaya a cruzarla, atrapándole un brazo o una pierna, le parece que los otros se hacen señas entre sí y cabecean lamentando los inconvenientes que les causa su estupidez española.
Se encierra con alivio en la habitación, enciende un cigarrillo y lo apaga en seguida, hay que marcharse cuanto antes, mira por la ventana las plataformas del aparcamiento que ha sido su paisaje más familiar de Nueva York en los últimos días y escucha el runrún perpetuo semejante a un émbolo o a un latido hidráulico que no le dejaba dormir por las noches, ya tiene preparadas la maleta y la bolsa, cuenta el dinero, se asegura de que lleva el pasaporte y el billete de avión, pero qué susto, ha tardado casi un minuto en encontrarlos, entre tantos bolsillos, mira el teléfono, levanta el auricular y vuelve a dejarlo sin oír siquiera la señal, no hay tiempo, y aunque lo hubiera da lo mismo, lo único que quiere es marcharse de allí. En el ascensor un botones observa la maleta calculando su peso y no hace el menor ademán de ayudarle, y la chica de recepción sonríe cuando él le entrega la llave como si se felicitara a sí misma por no tener que verlo más, siempre pasa lo mismo en los viajes solitarios, que se ve uno rodeado de posibles enemigos. Pero la camarera que viene a atenderlo en la cafetería es una señora gorda y afable, con un acento de español del Caribe, y le pregunta qué va a tomar tan afectuosamente que le dan ganas de abrazarla. Mira la calle y la nieve tras el cristal empañado mientras espera la comida, más sereno ahora, como acogido transitoriamente por la actitud de la camarera, porque vive en el aire y depende sin remedio de la simpatía de los desconocidos, mira con alarma el reloj y se vuelve hacia la barra temiendo que a pesar de todo se hayan olvidado de su plato, y en la puerta de cristales que separa la cafetería del vestíbulo hay una mujer que parece estar buscando nerviosamente a alguien, recién llegada de la calle, con la cara sudorosa o mojada por la nieve, con un sombrero marrón en la mano y una gabardina verde oscuro. La mira inmóvil unos segundos antes de que ella lo vea, pero hay algo que ha cambiado en su cara y no sabe lo que es, sólo está seguro de haber visto a Allison cuando ella lo descubre y cruza entre las mesas sin que él se haya movido todavía y le sonríe con sus labios pintados de rojo, con una sonrisa en la que participan no sólo su boca y sus pupilas, sino todos los rasgos de su cara, los colores de su ropa, su manera de andar, el olor a invierno y a colonia de su pelo y de sus mejillas frías, de todo el cuerpo que se estrecha contra el suyo mientras la camarera caribeña permanece junto a ellos con una expresión desconcertada y jovial y una bandeja entre las manos.
Me recuerdo mirándome los ojos en el retrovisor, un fragmento de mi cara ovalado como un antifaz, tocándome la barbilla áspera, primero inerte en el interior iluminado del coche, de espaldas a la carretera, de donde venía una trepidación de motores de camiones, en medio de una extensión de tinieblas punteada a lo lejos por las luces de un pueblo, bajo un cielo en el que la Vía Láctea resplandecía con un brillo de escarcha, y luego, poco a poco, temblando, temblando como yo no he temblado nunca, al principio podía apretar las mandíbulas y contener el ruido extraño y mecánico de los dientes, sonaban como una máquina de coser, y cerraba las dos manos sobre el volante para que no se agitaran, fiero el temblor se extendía en oleadas por todo mi cuerpo, la calefacción del coche había dejado de funcionar y el frío estaba subiéndome desde las plantas de los pies, veía mi cara en el espejo moviéndose de un lado a otro como si negara, sujetaba el volante hasta que me dolían los nudillos y se hacía más violento el temblor de los brazos, apretaba los párpados para no ver las sacudidas de mi cabeza y tenía que abrir en seguida los ojos porque me cegaban en la oscuridad los faros del camión, busqué el tabaco y no lo encontraba, extraje un cigarrillo hincando las uñas en el filtro y me costó llevármelo a los labios, y cuando lo tuve en ellos no me acordaba de encenderlo, aproximar a él la llama del mechero requería una paciencia y una precisión imposibles, alguien hablaba como si nada en la radio, una mujer, como si yo no existiera y no hubiera estado a punto de morir, en la guantera había guardado una petaca de whisky, me quemó los labios y el paladar, y cuando se mezcló en la saliva a la nicotina tuve náuseas, abrí la puerta del coche y volqué medio cuerpo hacia el exterior, que olía a tierra helada, sin quitarme el cigarrillo de la boca, contorsionado en una postura que hacía más doloroso el temblor, sofocado por el humo, pero el filtro se me había adherido a los labios y no podía escupirlo, me lo arranqué como desprendiéndome de una materia pegajosa, vi la brasa apagándose sobre un grumo de tierra, ahora el temblor era más suave, pero todavía continuo, y el aire quieto y frío me aliviaba. Si yo hubiera muerto no habría sucedido la menor modificación en toda la amplitud de la noche, esa mujer que hablaba en la radio habría seguido presentando canciones, mis abuelos roncarían acompasadamente en su cama, mi madre se agitaría en sueños, porque duerme muy mal y tiene pesadillas, mi padre habría llegado al mercado de mayoristas, a las afueras de Mágina, y estaría cargando cajas de hortaliza en su furgoneta nueva. No pensaba estas cosas, las veía tan claramente como vi a mis padres, a mis abuelos y a mi hermana sentados alrededor de la mesa camilla cuando me acercaba en línea recta y a más de cien kilómetros por hora hacia los faros del camión y notaba un gusto amargo en la boca que debía de ser el sabor anticipado de la muerte, y más tarde, mientras el coche rompía la valla metálica de protección y daba tumbos sin gobierno sobre las crestas de los surcos, yo me aferraba al volante y me preguntaba con un residuo de lucidez y frialdad cuándo vendría una sacudida que me lo hundiera en el pecho y que arrojara mi cabeza contra el parabrisas, y otra parte de mí escuchaba la radio y notaba en el cuello el roce del cinturón de seguridad, tal vez en el instante de morir ocurra eso, una disgregación de identidades que vuelva simultáneos el espanto y la serenidad, la lejanía absoluta y la mordedura física del dolor, la conciencia de todo lo que uno ha sido y lo que va a perder, el tiempo abolido y a la vez rompiéndose como las apariencias firmes de la realidad y deshecho en esquirlas de angustiosos segundos.
Pero es de la serenidad de lo que mejor me acuerdo: el accidente, el miedo, las horas con Félix en Granada, la ebriedad suicida con que había pisado el acelerador al salir de los túneles de Despeñaperros, todo retrocedía hacia un pasado remoto, tan poderosamente como se retira el mar en una noche de resaca violenta. Quedaba en mi conciencia y alrededor de mí un silencio vacío, sin imágenes ni deseos, una quietud sin voluntad, indiferente al miedo y a la sorpresa de haber salvado la vida. Cesó el temblor, apagué la radio, porque no soportaba las voces ni la música, giré la llave de contacto y el motor enfriado tardó un poco en arrancar. Las sacudidas del coche sobre los surcos me afectaban como a un cuerpo muerto: yo era ajeno a ellas, igual que al instinto recobrado de peligro que me estremeció al encontrarme de nuevo en la carretera y ver líneas blancas que se curvaban y desaparecían frente a mí y faros y luces rojas de camiones. No tenía miedo de morir: ya estaba muerto, pero nadie más que yo lo sabía. En Madrid, a las seis de la madrugada, yo era un muerto que dejaba el coche alquilado en el aparcamiento del hotel y subía en ascensor a su habitación con una bolsa de lavandería en la mano y antes de entrar en la ducha pedía el desayuno por teléfono, un muerto experimentado y sagaz que conoce cada una de las costumbres de los vivos, igual que un espía en territorio enemigo, y que después de secarse se ata a la cintura una toalla de baño, abre la puerta al camarero que empuja una mesa con ruedas y sabe la propina exacta que conviene darle para que no sospeche la impostura. Pero no era serenidad, sino una lucidez anestesiada, el pensamiento obsesivo de que yo no estaba verdaderamente allí y de que mis sentidos ya no me vinculaban a las cosas, sino a sus apariencias más frágiles, como si hubiera sido desterrado para siempre de ellas, del color, del tacto, de los sabores y las voces, de las presencias humanas. Todavía era de noche, me acosté y cerré los ojos y cuando empezaba a dormirme despertaba con el sobresalto de que se me había hecho tarde o de que conducía de nuevo y estaba a punto de chocar con un camión. Vi amanecer sobre Madrid y pensé que ni esa luz ni esa ciudad tenían que ver conmigo porque serían iguales si yo hubiera muerto y no estuviera mirándolas. Pude no haber regresado a aquella habitación y casi todo sería idéntico a como yo lo veía. Lo más increíble no es morir, sino que a la mañana siguiente ilumine las calles el mismo sol de invierno de todos los días y circulen los coches y la gente desayune en los bares como si quien lo miraba todo aún existiera, como si ellos fuesen inmunes a la muerte.
Era una mañana de noviembre transparente y azul, dorada, muy fría, con esa frialdad luminosa de Madrid que vuelve nítidas las distancias y da una precisión de cristal tallado a las pupilas. Se parecía a la primera mañana que alguien pasa en una ciudad extranjera de donde ya no saldrá en el resto de su vida. Dócil, ajeno a todo, muerto, ocupé a las nueve en punto la cabina que me habían asignado en el palacio de Congresos, comprobé el micrófono, los interruptores, los auriculares acolchados, salí al corredor para fumar un cigarrillo, deseando no encontrarme con nadie que me conociera, incapaz de urdir las dos o tres frases habituales de saludo. Los muertos no hablan, mueven los labios y ningún sonido fluye de su boca, entran en su cabina de traducción y se acomodan en ella como ante los mandos de un batiscafo y miran la sala que hay al otro lado del cristal como mirarían el espectáculo de las profundidades submarinas, las filas de butacas que empiezan poco a poco a ser ocupadas por cabezas idénticas, la mesa que se extiende de un lado a otro del escenario, con figuras semejantes entre sí, sobre todo en la distancia, hombres con corbatas oscuras y trajes grises y mujeres de mediana edad con el pelo cardado, guardaespaldas que se reconocen a la legua por sus gafas de sol y por su forma de mirar por encima del hombro, azafatas jóvenes y vestidas de azul, grandes ramos de flores en las esquinas, fotógrafos y cámaras de televisión al pie del escenario, disparos multiplicados de flashes, y luego un silencio como el que preludia la señal para el comienzo de una prueba atlética, el zumbido tenue en los auriculares, las primeras palabras, lentas todavía, protocolarias, previsibles, fotocopiadas en la carpeta que me entregaron cuando vine, la urgencia ávida de atraparlas en el instante en que suenan y convertirlas en otras unas décimas de segundo después, el miedo a perder una sola, una palabra clave, porque entonces las que vienen tras ella se desbordarán como una catarata y ya no será posible restituirles el orden, palabras de niebla que se extinguen una vez que han sonado como la línea blanca de la carretera en la oscuridad del retrovisor, abstractas, fugaces, repetidas mil veces, resonando en los altavoces de la sala y al mismo tiempo, vertidas a tres o cuatro idiomas distintos, en mis oídos y en los de cada uno de los hombres y mujeres que miran hacia el estrado con caras semejantes de monotonía o de sueño, igualadas en su palidez por esta luz de aeropuerto, tan diferente de la luz exterior como las caras con las que uno se cruza por las calles, pero tampoco las voces ni las palabras se parecen a las que pueden oírse en un bar o en una tienda, son monocordes, civilizadas, metálicas, al cabo de media hora ya confunden sus sonidos y sus significados entre sí, en una pulpa neutra, como el rumor de los acondicionadores de aire. Cambian después, aunque no del todo, en los vestíbulos y en la cafetería, suenan más alto e incluso es posible distinguir unas de otras, asociarlas a la cara de quien las pronuncia, al color y a la expresión de sus ojos, como cuando en un autobús se escucha la conversación de dos desconocidos que ocupan los asientos de atrás y uno se vuelve para verlos, descubriendo entonces, casi siempre, que las caras y las voces no se corresponden, igual que una mujer vista de espaldas no parece la misma si uno la adelanta incitado por su figura o su manera de andar para verla de frente.
Aislado en la cabina, sobre el auditorio donde se celebraba un congreso internacional de turismo tan remoto como las vidas individuales de los hombres para un astronauta que sólo ve desde su cápsula las manchas azules de los continentes, más invisible y más ajeno que nunca, porque esa mañana estaba muerto, traducía como si escribiera a máquina sin mirar el papel ni el teclado, y mientras mi voz doblaba a otra mis ojos elegían mujeres en la distancia, facciones borrosas de azafatas, melenas oscuras o rubias, brillantes bajo los focos, perfiles cuyos rasgos exactos detallaba mi imaginación, piernas cruzadas sobre las butacas: buscaba y elegía sin deseo, escuchaba una voz de mujer en los auriculares e intentaba adivinar la cara a la que pertenecía, deambulaba luego, en el descanso, por los pasillos y el vestíbulo, aturdido por esa variedad inagotable y sin embargo uniforme que tienen los rostros en las dependencias de los organismos internacionales, me fijaba en todos, especialmente en los de las mujeres, mujeres con trajes de chaqueta, carteras de piel y melenas cardadas, nórdicas altas y blancas, hindúes con un círculo rojo en la frente y un walkman ceñido a la cintura del sari, sudamericanas de caderas bajas y pómulos anchos, azafatas de piernas largas y medias oscuras, con pañuelos al cuello, con tacones de aguja, con un acento consentido y nasal del barrio de Salamanca, fotógrafas de hombros anchos, gesto de desdén y cigarrillo en la boca. Las miraba a los ojos y pasaban a mi lado sin verme o detenían en mí por un instante la mirada: yo creo que esa es la única tarea en la que he perseverado sin desfallecimiento en mi vida, mirar a las mujeres, oler sus perfumes y observar cómo se visten o se calzan, cómo sostienen las copas o los cigarrillos, cómo cruzan las piernas o apoyan un codo en la barra de un bar, de qué color se han pintado las uñas o se han teñido el pelo. Miro a las mujeres que van sentadas cerca de mí en el autobús, a las que suben justo cuando el conductor ha cerrado la puerta y abandona la parada, a las que pasan por la acera, a las que aparecen en las portadas y en los anuncios en color de las revistas, a las que se apresuran por la mañana temprano para llegar a los ascensores de los edificios de oficinas y a las que miran perezosamente tras la ventanilla de un taxi parado junto al mío en un semáforo, a las que entran descalzas en el escaparate de una tienda para cambiar la ropa de un maniquí y a las que me sonríen como si de verdad se alegraran de verme cuando he subido la escalerilla de un avión.
Miré a la rubia de la gabardina verde oscuro y la melena corta y despeinada con la misma atención rápida y exhaustiva con que las miro a todas, preguntándome siempre si no será una de ellas la mujer de mi vida, y era tan instintivo el hábito de mirar y elegir que ni siquiera esa mañana me abandonaba, amores pasionales que no duran ni los tres minutos de una canción, súbitos entusiasmos desbaratados por la solidez excesiva de unas piernas o la crueldad de una boca, pero no estoy seguro de que me fijara tanto en ella ni de que me gustara a primera vista, no era espectacular ni más alta que cualquiera de las otras ni tenía una de esas caras algo lánguidas de las que he tendido a enamorarme desde los once o doce años, pero se distinguía desde lejos por la pereza con que caminaba, no con lentitud, porque la vi abandonar a toda prisa la sala de prensa y me pareció cuando venía hacia mí que llegaba tarde a alguna parte, sino con desahogo, como si la tranquilizara la seguridad de que los lugares no desaparecen aunque uno tarde un cuarto de hora en irrumpir en ellos y que los trenes no se marchan con medio minuto de antelación por la pura perfidia de dejarlo a uno en tierra. No era una de esas mujeres que dejan tras de sí un rastro agraviado de miradas masculinas, al menos no entonces, no caminaba como si llevara sobre la frente la advertencia enfática de que bastaría mirarla para que se convirtiera en una mujer inolvidable. Iba a su aire, a una velocidad esquiva, con la cabeza baja y las manos en los bolsillos de los pantalones de hombre y los faldones de la gabardina sueltos tras ella, como levantados por la prisa con que se movía, y tal vez lo único que me hizo retener su figura fue que me miró, venía mirándome mucho antes de cruzarse conmigo, mientras hablaba con un fotógrafo y sonreía por algo que él le había dicho, ése fue luego el recuerdo más exacto, los labios rojos sonriendo y toda la cara transfigurada por la risa, vuelta hacia el hombre que iba con ella y atendiendo a sus palabras pero con la mirada fija en mí, los ojos castaños y joviales bajo las cejas oscuras, la etiqueta plastificada donde leí su nombre mientras se cruzaba conmigo y seguía mirándome como si estuviera a punto de preguntar si nos conocíamos, Allison, la sonrisa eligiéndome unas horas más tarde, en la cafetería, cuando la vi avanzar por el pasillo entre las mesas con una bandeja de plástico en las manos y buscar un sitio libre, imposible, el comedor estaba lleno de congresistas disciplinados y voraces que movían angulosamente las mandíbulas sin separar los labios y manejaban cuchillos y tenedores como pinzas asépticas y ella había llegado tarde, la última, justo un minuto antes de que cerraran el autoservicio, pero las circunstancias, que a mí tienden a serme meticulosamente adversas, a ella la obedecían, y apenas se dispuso a buscar dónde sentarse un directivo sueco de una agencia de viajes que había comido frente a mí se levantó. No sólo traía la bandeja en las manos, también un corto chal negro y la gabardina doblada bajo un brazo, una carpeta de prensa llena de fotocopias debajo del otro, y un cassette diminuto y una revista americana en equilibrio inestable sobre los dobleces de la gabardina, pero nada acababa de caérsele, a mí se me habría desbaratado todo y habría enrojecido de vergüenza mirando a mis pies un escandaloso desastre de platos derramados y botellas rotas mientras los congresistas dejaban de comer y se volvían para observarme. Me puse en pie, le dije en inglés que si podía ayudarla, y ella, sin soltar la bandeja, me señaló la carpeta y la gabardina que ya se le escapaban de la presión de los codos, olía a colonia y a carmín cuando me incliné hacia ella y observé que no llevaba más que un sujetador negro bajo la americana de rayas grises y hombreras pronunciadas. ¿No le había visto antes una camisa blanca y una corbata? Dije su nombre para hacerle saber que ya me había fijado en ella y se quedó muy sorprendida. Me preguntó el mío y mi oficio. Hablaba inglés con un acento americano de la costa Este, aunque había en su pronunciación una ambigüedad que me impidió determinar con exactitud el sitio de donde procedía. Trabajaba ocasionalmente para una publicación especializada en turismo de lujo, pero no se creía autorizada a decir que era periodista. En realidad, dijo encogiéndose de hombros, con un gesto pensativo de incertidumbre, no estaba segura de ser nada. Calculé que tendría algo más de treinta años, pero algunas veces, sobre todo cuando se quedaba mirándome y me sonreía como si se hubiera olvidado del tenedor o del vaso de cerveza que tenía en la mano, parecía mucho más joven, acaso por la intensidad de su atención. Desde luego no era anglosajona, o no del todo, no al menos en los ojos ni en el metal de la voz. Llevaba el pelo cortado horizontalmente sobre las cejas y a la altura de la barbilla, extendido a los lados de la cara, muy abundante y un poco despeinado, de modo que a veces le cubría los pómulos y le hacía más delgadas las facciones. Quiso saber de dónde era yo, dónde vivía, cómo era mi trabajo, cuánto tiempo pensaba quedarme en Madrid. Me escuchaba muy seria, asintiendo, picoteaba con el tenedor en un plato de ensalada, con una inapetencia de mujer fumadora y nerviosa. Cambiaba muy fácilmente de expresión, se quedaba ensimismada un segundo, al limpiarse los labios o mirar la comida o la punta del tenedor, y desaparecía el brillo atento de sus pupilas, pero en seguida se echaba el pelo hacia un lado y sonreía de nuevo como si el gesto anterior no hubiera existido. Manifestaba casi simultáneamente urgencia y pereza, aburrimiento e interés, una doble actitud de mujer cansada y reflexiva que cumple su trabajo con una resolución sin fisuras y de muchacha predispuesta al asombro. Se pintaba los ojos y los labios, pero no las uñas, cortas y rosadas. Bebía un café y fumaba escuchándome el cigarrillo que yo le había ofrecido, un poco echada hacia atrás, entornando los ojos, como si estuviéramos solos y rodeados de silencio y no en un vasto comedor donde resonaban conversaciones en varios idiomas y ruidos de platos y cubiertos. La comida, el vino, el calor, la presencia y la mirada de esa mujer a la que había conocido menos de media hora antes, amortiguaban el sentimiento de exclusión y destierro, pero no la falta de sustancia real que había inoculado todas las cosas y a mí mismo la proximidad de la muerte. Le contaba algo y me oía la misma voz que cuando hablo a solas: le miraba los labios o el filo bordado del sujetador que sobresalía de su escote si se inclinaba hacia adelante para pedirme fuego y pensaba que era muy fácil desearla, pero no me trastornaba la posibilidad de acostarme con ella, la opresión interior que se afirma en el pecho cuando uno empieza a sentir que tal vez está siendo deseado por una mujer a la que ni siquiera ha besado todavía.
Vino el fotógrafo a buscarla y se despidió de mí tendiéndome la mano: tibia y suave, enérgica al estrechar la mía, con los dedos finos y la palma pequeña. No puedo tocar sin emoción la mano de una mujer, aunque sea un contacto rápido y casual, el de la mano de una cajera que me da la vuelta en el supermercado, el de una desconocida a la que ayudo a subir al estribo de un tren: un instante cálido, de cercanía franca y a la vez pudorosa de otro cuerpo, como si la palma de la mano fuera una oblea de ternura, una inmediata contraseña que no precisa de un sentido ulterior, que es en sí misma la promesa y el fruto. Recogió laboriosamente todo el arsenal que llevaba consigo, la carpeta, el bolso, el chal, la gabardina, se le olvidaba el cassette, volvió por él y se le cayeron al suelo las fotocopias, le ayudé a recobrarlas, se echó a reír cuando nos encontramos a gatas debajo de la mesa, cada uno con un puñado de folios en la mano. La vi marcharse al lado del fotógrafo, un barbudo muy alto, con zamarra y coleta, y me sorprendí preguntándome con desagrado y casi hostilidad hacia él si serían amantes: no necesito estar enamorado de una mujer para sentir celos, con sólo que me guste un poco ya empiezo a concebir posibles agravios y a mirar con prevención y rencor a cualquier hombre que ande cerca de ella. No volví a verla en el auditorio durante las sesiones de la tarde, ni tampoco en el vestíbulo ni en la cafetería. Dos o tres veces la confundí con otra rubia que se le parecía desde lejos. Ya de noche, mientras abandonaba aturdido de sueño los corredores vacíos del palacio de Congresos, pensaba que las ganas de dormir eran más fuertes que el deseo de encontrarme con ella. Pero me había dicho que estaba alojada en el mismo hotel que yo: retirarse pronto, comer algo ligero en el bar y tomarse una sola copa antes de ir a la cama a una hora nórdica era también seguir buscándola sin necesidad de confesarme abiertamente la evidencia incómoda de que me apetecía mucho estar con ella. La oí reír en cuanto entré en el hotel, cuando subía las escaleras de mármol hacia la recepción. Me llamó por mi nombre, hice como que iba distraído y tardaba en darme cuenta y la saludé con un gesto de la mano que en seguida me pareció perfectamente estúpido: estaba con ella, desde luego, el fotógrafo, que le tenía echado un brazo odioso sobre los hombros y se apresuraba a darle fuego cada vez que cogía un cigarrillo, aunque él no fumaba, y también un gordo de pelo albino y modales opulentos que no se había quitado de la solapa la insignia plastificada del congreso y resultó ser una implacable autoridad en los viajeros norteamericanos por España, desde Washington Irving a Ernest Hemingway. Cuando llegué estaban cenando: Allison me los presentó y el gordo me propuso que me quedara con ellos. A los pocos minutos ya había descubierto dos cosas: que el fotógrafo era homosexual, lo cual no dejaba de ser un alivio, y que el gordo, un asesor o directivo de la revista para la que trabajaba ella, no tenía la menor intención de callarse en toda la noche, al menos hasta que no hubiera volcado sobre nosotros la última nota a pie de página de su aplastante erudición. Lo sabía todo, había estado en todas partes, incluso en Mágina, le sorprendió mucho enterarse de que yo era de allí, se había extenuado recorriendo todas las carreteras y los paradores de España y devorando todos los platos regionales y asistiendo a todas las semanas santas y sanfermines y fiestas de moros y cristianos sin enterarse de nada ni aprender más que dos o tres palabras españolas que repetía con un acento infecto, nos hablaba de su segunda y su tercera y su cuarta mujer con una repulsiva falta de pudor, llamaba Papa y el Viejo a Hemingway, como si hubieran sido amigos del alma y se hubieran apoyado codo con codo en las barreras de todas las plazas de toros, bebía vino, rojo y sofocado, y se reía a carcajadas con la boca abierta, dándome golpes brutales en la espalda, y yo veía a Allison atender sonriendo, con educación y tal vez fastidio, apoyando el codo en el filo de la mesa, delante del plato que apenas había probado, y el mentón en la mano que sostenía el cigarrillo muy cerca de las uñas sin pintar, me miraba un instante, ladeaba la cara y alzaba las cejas, como pidiéndome disculpas, el fotógrafo, más bien borracho, se partía de risa con los exabruptos norteamericanos del gordo, que ahora fingía que mascaba un puro y hablaba entre dientes para imitar a Hemingway: yo pensaba con desesperación que aquel tipo no iba a callarse nunca, que estaba cansado y se me hacía tarde y a la mañana siguiente debía trabajar, que me había dejado coger para nada en un cepo absurdo, en una telaraña de palabras, dilaciones, cigarrillos y copas.
Hubiera querido tener el coraje de levantarme indignado y decirle a aquel bocazas que no siguiera enhebrando idioteces sobre mi país, que no éramos una tribu sanguinaria y exótica de matadores de toros ni una caterva de aborígenes entregados a la perpetua celebración de nuestras fiestas vernáculas. Tenía que irme pero no me iba, con los codos pegajosamente adheridos al mantel, imaginaba que me levantaba y les decía buenas noches aprovechando un resquicio de silencio en las explicaciones y las historias embusteras del gordo y que Allison me despedía sonriendo y se quedaba con ellos, mejor así, mejor acostarse y descartar tranquilamente una aventura sexual que incluso podía ser inverosímil, figuraciones mías, de tu imaginación calenturienta, diría Félix riéndose cuando se lo contara, es uno de sus adjetivos preferidos. Me armé de valor, me negué a aceptar otra ronda, miré el reloj y dije que me iba, furioso, enconado conmigo mismo, sonriendo, y hasta es posible que me hubiera levantado si Allison, con una naturalidad que me desconcertó, no hubiera puesto su mano sobre la mía para decirme que esperara un poco, la retiró en seguida pero el tacto suave de la palma y de las yemas de los dedos, que hicieron sobre mis nudillos una presión fugaz, se extendió a todo mi cuerpo en una cálida ondulación que por primera vez desde la madrugada anterior lo revivía. Extrañamente el gordo y el fotógrafo no parecieron advertir nada, y de hecho ella ahora no me miraba, dedicando una atención soñolienta a las carcajadas de los otros, pero la mano que había presionado sigilosamente la mía aún estaba posada en el mantel, como un secreto ofrecimiento, se alargaba para tomar un cigarrillo, sujetaba mi muñeca cuando yo le tendía el mechero encendido, los dedos finos y nerviosos rozaban migas diminutas de pan o hebras de tabaco sin que ella se diera cuenta de esos gestos que sólo yo percibía. Me había dicho que esperara, pero tal vez no era más que una actitud de cortesía, desconfiaba de nuevo, me impacientaba, si nos levantábamos todos lo más probable era que subiésemos juntos en el ascensor y que ellos tuvieran sus habitaciones en el mismo piso, un educado good night y una pesadumbre de soledad y de estafa cuando caminara solo por el pasillo, con la llave en la mano, otra noche en balde, como casi todas, y mañana falta de sueño y dolor de cabeza, el aburrimiento del trabajo y la búsqueda nunca saciada de mujeres, no exactamente por una imposición invencible del deseo, sino por la sola costumbre de imaginar y elegir, por el miedo a volver sin compañía de nadie a la mezquina soledad de una habitación vacía. No podía creerlo, pero el gordo estaba llamando al camarero y extraía ampulosamente de su cartera una tarjeta de crédito haciendo el ademán de espantar con la mano el dinero que los demás ofrecíamos: así que no estaba en el hotel, si hubiera tenido habitación se habría limitado a firmar la cuenta, pero quedaba el fotógrafo, a lo mejor él no se iba y proponía otra copa, ni muerto, me juré, y si se marchaban los dos qué haría yo con ella, tenía que decidirme en segundos, si tomábamos el ascensor estaba perdido, era incapaz de sugerirle que se viniera conmigo, se acababa el tiempo, en unos minutos todo sería irreparable, el gordo me sacudía la mano y yo lo invitaba con una sinceridad calurosa y absurda a visitar de nuevo Mágina, y hasta le di el teléfono de la casa de mis padres, el fotógrafo me dijo adiós bostezando, se despidieron de Allison, faltaban segundos para que nos quedáramos solos y yo aún carecía de una estrategia razonable, el gordo la abrazó engulléndola como un oso polar, con su irrompible entusiasmo americano, los pies de Allison, calzados con unas botas cortas, se alzaron del suelo, y cuando los vio subir a un taxi al otro lado de las puertas automáticas se pasó una mano por el pelo, dejó caer perezosamente los hombros y dijo que ya temía que no se fueran nunca. Está muy cansada, pensé, va a despedirme con esa afable indiferencia de los anglosajones y hasta es posible que con un beso en los labios que no significará absolutamente nada. Siempre se lo digo a Félix: los extranjeros no son como nosotros. Uno aprende sus idiomas, esconde como puede su complejo de inferioridad español, imita sus costumbres, adopta sus horarios y se habitúa a vivir en sus ciudades, pero da igual, no acaba nunca de entenderlos, jamás será uno de ellos. Decidí que en realidad no me importaba no acostarme con ella y que no tenía nada que perder: dije que la invitaba a una última copa en el bar del hotel tan desalentadamente como si ya me hubiera contestado que no y me sorprendió la facilidad con que aceptaba. Pero volvimos al bar y el camarero ya estaba apagando las luces. ¿Me arriesgaría a proponer una salida a las calles desapacibles y hostiles de Madrid, a una búsqueda seguramente desengañada de bares que ya estarían cerrados o a punto de cerrar? Sin decir nada nos acercamos al mostrador de recepción y esperamos a que nos dieran nuestras llaves. Allison balanceaba mecánicamente el lastre de la suya mientras nos encaminábamos hacia el ascensor. Aventuré, por decir algo, que el gordo era muy simpático, pero que tal vez hablaba demasiado: el inglés permite circunloquios que en español serían afirmaciones brutales. Ella dijo que le parecía un individuo odioso, parodió con exactitud fulminante una de sus afirmaciones sobre España y los dos nos echamos a reír: la risa, el modo en que me miró cuando me hice a un lado para que entrara delante de mí en el ascensor, actuaron sobre mi estado de ánimo como la presión de sus dedos o el roce casual de sus pies con los míos mientras estábamos cenando. Me contaba algo a lo que yo no atendía y permanecíamos inmóviles y más bien separados entre los espejos del ascensor, procurando que nuestros ojos no se encontraran en ellos, mirando los números rojos que se sucedían para aproximarnos al final de la tregua. Yo miraba su escote y la hendidura de penumbra que separaba sus pechos y pensaba con incredulidad que tal vez me bastaría una palabra para acariciarlos y besarlos, para morder golosamente dentro de mi boca sus pezones mojados de saliva. Rígido, avergonzado, cerraba los ojos y apretaba los dientes rogando que mi excitación no se hiciera ostensible. Me correspondía a mí bajarme antes: me pareció que la puerta se abría con una cruda brusquedad y vi frente a nosotros el pasillo enmoquetado y una acuarela de veleros anclados en un muelle. Ahora fue Allison la que se hizo a un lado para que yo saliera. La opresión en el pecho, la ingravidez en el estómago, la conciencia aguda de cada segundo de indecisión y de silencio. Ya en el pasillo, mientras ella se recostaba en la pared de cristal, su pelo rubio deslumbrado desde arriba por la luz fluorescente, le dije sin premeditación ni esperanza que me gustaría que se quedara conmigo. Justo entonces la puerta se estremeció antes de cerrarse y extendí rápidamente la mano para evitar no sólo la catástrofe, sino también el ridículo. Echó a un lado la cabeza, con una lenta sonrisa en sus labios pintados de rojo, dijo que sí y salió del ascensor encogiéndose de hombros.
De modo que increíblemente lo que yo había deseado iba a suceder. Procuré que no me temblara la mano al introducir la llave en la cerradura. Ahora hablábamos los dos, nerviosos, impacientes, hipócritas, como si aún estuviéramos en una situación neutral. Sobre el televisor, la bolsa de lavandería que llevé a Granada me recordó en un relámpago que veinticuatro horas antes había estado a punto de morir. Abrí el minibar murmurando con aire despreocupado una canción y Allison, a mi espalda, la reconoció en seguida y cantó en voz baja el estribillo: My girl. Me volví hacia ella con dos vasos de cerveza espumosa en las manos: se había quitado los zapatos y se había sentado en la cama con las piernas cruzadas. Bebió un trago de cerveza, se limpió la espuma de los labios y siguió contándome tranquilamente no sé qué historia sobre el gordo que había empezado en el ascensor. Pensé con impaciencia, casi con espanto, que si uno de los dos no hacía algo continuaríamos hablando educadamente hasta el amanecer. Me senté junto a ella y las plantas de sus pies se apoyaron en mi costado: llevaba unos calcetines cortos, de colores vivos, con dibujos, más bien incongruentes, tan ajenos en apariencia a ella como sus cortas uñas sin pintar. Se quedó callada, incómoda, con el vaso en la mano, sin mirarme, oscilando ligeramente sobre la cama mientras repetía con los labios apretados la canción de Otis Redding. Su cara cambió cuando me incliné para besarla: se transfiguraba ella entera, me apartó de sí después de agitar convulsamente su lengua en mi boca y se echó con un gesto brusco todo el pelo hacia atrás, se le afilaban los rasgos, me miraba sin sonreír, con una desarmada seriedad parecida al abandono y al miedo, se tendió de espaldas y el pelo dejó de cubrirle la frente y los pómulos y tuve la sensación de estar descubriendo las facciones de otra mujer, menos joven, mucho más deseable, aterrada, con las pupilas fijas, con una expresión de avidez y fatalidad en la boca entreabierta, en la cara manchada de saliva y carmín que se contraía en un gesto de expectación dolorosa cuando intentaba levantar la cabeza para mirar cómo iba siendo desnudada. Ya no hablábamos, ya no nos acogíamos a la mediación y a la mentira de las palabras, nuestras respiraciones apuraban con una furia sin dilación ni ternura el aire que se enrarecía entre nosotros, no teníamos pasado ni nombres ni dignidad ni pudor, no estábamos en Madrid ni en ninguna otra parte del mundo, sino en la convulsión de nuestros cuerpos acoplados, enlodados de sudor, desconocidos y respirando el uno contra el otro, mi lengua lamiendo su boca y su nariz y sus párpados, sus dientes mordiéndome mientras desfallecía y rodeaba mis caderas apretando en mi espalda los talones, pero ni siquiera al final cerró los ojos, los mantenía abiertos y sus pupilas ansiosas y espantadas seguían mirándome aunque sólo podían ver una sombra, yo me contenía desesperadamente y vislumbraba en un confín de mi memoria los faros de un camión y las líneas blancas de una carretera, pero estaba vivo y me arrastraba un ímpetu solitario de entrega y de culminación, no quería rendirme, no quería que el deseo acabara, ella se había tensado como un arco debajo de mí y me había levantado con la contundencia de un golpe de mar mientras se quejaba como en sueños con los ojos abiertos, pero ahora doblaba de nuevo las rodillas y me envolvía las caderas con los muslos y empezaba otra vez a moverse, con un ritmo lento y circular, yo apoyaba en la almohada las palmas de las manos y me desprendía de su cuerpo y entonces ella intentaba levantar la cabeza para mirar hacia la sombra húmeda donde mi vientre chocaba con el suyo, el pelo húmedo en las sienes, la frente ancha que yo veía por primera vez y que modificaba la forma de su cara, los tendones del cuello y las clavículas sobresaliendo descarnadamente de la piel: ahora, decía avariciosamente, ahora, ahora, los huesos de sus caderas chocaban contra mí, se hundían sus dedos en mi espalda, la domaba a mi ritmo, abría los ojos y los suyos estaban todavía mirándome, y hundía la cara en su cuello para no ver todo el sufrimiento de una vida de la que no sabía nada y no quería saber nada, ahora, repetía en mi oído, dijo mi nombre, Manuel, y cuando yo dije el suyo muchas veces seguidas con una entonación que no tenía nada que ver con mi voz sentí la alegría y el miedo de haberme aliado a una mujer desconocida que era exactamente igual a mí, a lo mejor y a lo más inconfesable y despojado y desesperado de mí mismo. Era posible que todavía estuviera muerto, que mi cuerpo fuera un guiñapo sangriento incrustado en chatarra bajo las ruedas de un camión: incluso entonces esa mujer estaría conmigo, abrazada a mí, abierta, despeinada, desnuda, arrodillada entre mis muslos, enaltecida por el conocimiento y el dolor, desvergonzada y pudorosa, incorporándose para quitarse un pelo rizado de los labios, sabia y vulnerable, entregada y hermética, tapándose el vello denso y oscuro del pubis con la mano en la que apretaba una pastilla de jabón cuando descorrí la cortina de la ducha y la abracé de nuevo entre el vaho caliente, marchándose antes del amanecer para regresar a otro país y a otra vida de la que yo no sabía nada, apareciendo de improviso en la cafetería de un hotel de Nueva York, transfigurada, con su traje masculino y su gabardina verde oscuro, con la sonrisa como una mancha roja en la cara circundada por los rizos del pelo. Pero también ahora, en Nueva York, era otra, puedo pasarme toda la vida mirándola y nunca será igual que unos minutos antes: ahora no era rubia, hablaba un español de Madrid y ya no se llamaba Allison: no me había engañado, protestó, riéndose de mí, cuando nos conocimos yo no le pregunté cómo se llamaba, ella nunca me dijo que ése fuera su nombre.
Fue a descorrer las cortinas y cuando se volvió hacia él rompió a reír sonoramente al verlo parado todavía en el recibidor, sin dar un paso, tal vez queriendo acostumbrarse al hecho increíble de que estaba en el lugar a donde había llamado tantas veces por teléfono, con el gorro en la mano, sacudiéndose de nieve los hombros del chaquetón a cuadros rojos y negros, sofocado por la calefacción después del frío de la calle, con la maleta y la bolsa de viaje a los pies, como si aún no hubiera decidido quedarse, inmovilizado todavía por el estupor de haber descubierto al encontrarla que no sabía quién era y que estaba enamorado de ella: había venido a América en busca de una mujer rubia que se llamaba Allison y con la que pasó una noche dos meses atrás, y ahora, a la sorpresa inevitable del reencuentro y a las correcciones de la memoria, que le negó durante todo ese tiempo su cara, dejándole tan sólo las vividas manchas de color de su pelo y sus labios, el presentimiento de la calidad trémula y ferviente de su piel en las yemas de los dedos y del sabor de su vientre y su boca en el paladar, tenía que añadir la evidencia súbita de un cambio que confinaba en el pasado y tal vez en la mentira a la otra mujer que conoció, no porque ella, al menos al principio, hubiera decidido ocultarse, sino porque él mismo prefirió verla e inventarla a la medida de sus deseos y sus distracciones de entonces. Lo desconcertaron su pelo rojo y su español tan puro que le resultaba arcaico: pero más aún lo desconcertó su propia actitud hacia ella, el desvanecimiento de ternura con que la miraba, atesorando detalles olvidados que se le convertían en signos del amor, sus manos, su manera de encogerse de hombros con una actitud de ironía o modestia, de invitación y desamparo, apareciendo y aproximándose a él como sin reclamar con su presencia la primacía sobre el mundo, como eligiendo por gusto el margen de las cosas.
No le mintió sobre su vida porque él no le hizo ni una sola pregunta acerca de ella: no supo verla ni ver dentro de sí mismo porque estaba acostumbrado a enamorarse literariamente de mujeres que parecen llevar inscrita en la cara la sugestión de un misterio que resulta insoluble por la mediocre razón de que es inexistente. Tenía el pelo entre castaño oscuro y rojizo y se llamaba Nadia Galaz: Allison fue durante unos años de los que prefería no acordarse su apellido de casada. Meses atrás se había teñido el pelo de rubio como un antojo o un emblema de su decisión de empezar a vivir otra clase de vida: yo te recordé y te elegí, le dijo con orgullo, lo había visto antes de que él la viera, a las nueve menos diez de aquella mañana de Madrid ella estaba en la explanada del palacio de Congresos y lo vio bajar angustiosamente de un taxi y pasar a su lado con una prisa de neurótico, pero no lo reconoció todavía, era imposible, llevaba casi dieciocho años sin verlo, se fijó en él porque le pareció guapo y porque desde hacía algún tiempo había vuelto a reparar en los hombres y a mirarse a sí misma sin hostilidad en los espejos: más tarde, a las once, dijo con su hábito de exactitud, curiosamente compatible con su falta de sentido del tiempo, te sentaste a mi lado en la barra de la cafetería, y no me miraste, por supuesto, estabas como ido, como si no hubiera nadie a tu alrededor y sólo existieran tu café con leche, tu vaso de zumo de naranja y tu media tostada, en ese momento eras tan parecido a todos los demás que casi dejaste de gustarme, con el traje oscuro y la chaqueta y la insignia de traductor en la solapa y esa capacidad de mirar sin encontrarse con los ojos de nadie y de tocar las cosas como con guantes de goma, actuabas igual que un belga o que un profesor norteamericano, como uno de esos europeos congelados en las oficinas del mercado común, o como algunos españoles que llevan mucho tiempo dando clases en universidades americanas, estabas sentado con la espalda rígida y la cabeza inclinada, manejabas el tenedor y el cuchillo y bebías el café sin separar los codos de los costados, te lo juro, no me mires así, comías igual que ellos, muy rápido pero masticando con mucho cuidado, como si fuera un poco vergonzoso y lo hicieras con una finalidad exclusivamente sanitaria, cortabas trozos pequeños de tostada y los hacías desaparecer en seguida dentro de tu boca, bebías sorbos de zumo o de café con leche y te limpiabas en seguida los labios con la servilleta de papel, y en ningún momento miraste a tu alrededor, pero tampoco mirabas al camarero, ni las botellas de la estantería ni el espejo que había delante de ti, que era donde yo estaba viendo de frente tu cara: entonces te reconocí, casi seguro, has cambiado muy poco en todos estos años, lo que me hacía dudar era tu comportamiento, tu manera de estar, aquel traje que llevabas, tan serio, sólo que más bien arrugado, como de funcionario internacional de mediana categoría, un poco moderno, pero discreto, con zapatos negros y calcetines negros, y los dos pies muy juntos en el soporte del taburete, me fijé en todo, incluso en que no llevabas anillo de casado y en que tus manos seguían siendo como yo las recordaba, aunque demasiado pálidas, no sabes cómo odio esas manos de hombres casados que parecen manos de curas, pienso que me tocan y me dan arcadas. Cuando te conocí las tenías morenas y fuertes: yo era muy sentimental entonces y me gustaron porque me parecían manos españolas. Estabas muy flaco, como a medio hacer, con aquellos granos en la cara, el flequillo sobre los ojos, las patillas tan largas que se llevaban entonces, a ti te iban fatal, y a cualquiera, pero tus manos ya eran las de un hombre, y también tu voz, muy oscura, cuando llegué a casa esta mañana y la oí en el contestador sonó igual que aquella noche.
Qué noche, dice Manuel, extraviado todavía en la confusión de la sorpresa y el olvido, cuándo me viste tú con las patillas largas y granos en la cara, pero ella sigue sonriendo y no le contesta, tiene el pelo mojado sobre los pómulos y la sonrisa resplandece en sus labios, en sus pupilas y en todos sus rasgos como una carcajada, no es posible que tenga algo que ver con aquel comandante Galaz del que hablaban las voces de su infancia, lleva un jersey gris y negro que resalta el tono canela claro de su piel y el brillo rojizo de su melena, más larga y rizada que hace dos meses, pero también parece haber adelgazado en este tiempo, ahora poseen sus facciones una claridad de rostro clásico que antes no tenían, como si la hubiera rejuvenecido una serenidad jovial, se ha quitado las botas y ha saltado al sofá para descorrer las cortinas y alcanzar la manivela de la persiana y cuando volvía hacia él, que aún no se ha movido, paralizado en el recibidor con su chaquetón y su gorro y su pelo blanqueado de nieve como un explorador ártico, ha reparado en la mesa donde están el teléfono y el contestador y ha pulsado los mandos para oír de nuevo una sucesión de pitidos y mensajes cada vez más lúgubres, aunque pronunciados con una intención de puntillosa indiferencia, sobre todo el último, Allison, soy yo, el pesado de siempre, vuelvo a España esta tarde, a las seis y media, te llamaré desde Madrid cuando tenga teléfono: no reconoce su propia voz, pero inmediatamente se avergüenza de ella, sobre todo al oírse hablar en inglés, le pide que detenga la cinta, que no siga burlándose, retrocede cuando la mujer que no se llama Allison se acerca a él y lo retiene sujetando con las dos manos los extremos de la bufanda que aún no se ha quitado, quién eres tú, le dice, por qué sabes tanto de mí, pero ella no le contesta, se complace en seguir intrigándolo, acuérdate del Martos, de las ganas que tenías de irte de Mágina. Respira con los labios rojos entreabiertos y tira de él no para abrazarlo, sino para conducirlo hacia el pasillo, lo mira muy fija, no sonríe, camina de espaldas, suelta un extremo de la bufanda para empujar una puerta detrás de la cual hay una habitación en penumbra, lo lleva hasta los pies de la cama, se sienta en ella y empieza a desabotonarle el chaquetón con gestos terminantes, con la pericia de sus dedos que parecen tan frágiles y que fueron una vez audaces y sabios, él termina de quitarse el chaquetón y busca educadamente dónde dejarlo, pero ella se lo arrebata de las manos y lo tira al suelo. Todavía de pie, apocado, nervioso, porque nunca se ha encontrado a gusto en las casas de otros, mira a su alrededor y ve un armario, una ventana cerrada, un baúl en el suelo, y junto a él un largo cilindro de cartón, se desnuda pensando con reparo que ella descubrirá que lleva no sólo dos jerseys y dos pares de calcetines, sino también los pantalones del pijama, pero nunca ha presenciado en ninguna mujer un deseo tan imperioso e impúdico, una urgencia tan franca y despojada de reserva y preámbulos, la ancha sombra del pelo le rodea la cara y ha extendido la mano hacia atrás para encender la luz de la mesa de noche, le ha cambiado la cara, como aquella vez, se le afilan los pómulos cuando está tendida, cuando dobla tanteando la almohada y se la pone debajo de la nuca para mirarlo arrodillado en el suelo frente a ella, despeinado, también él con un brillo de enajenación e impaciencia en los ojos, quitándole los calcetines y acariciando el empeine y los talones y la planta y los dedos de los pies, volcándose entre sus piernas abiertas para desabrocharle el cinturón y bajarle al mismo tiempo los pantalones y las bragas, levantado, enceguecido entre sus muslos, arrodillado y erguido sobre ella, con el pelo sobre la frente y la boca mojada, delicado y hosco, tendiéndose, buscando a ciegas con los dedos la manera de abrirla, pero ella se niega, tensa y retadora, con las piernas rectas y juntas, le aparta el pelo de la cara y lo obliga a mirarla, otra vez ha cambiado su cara, se han contraído sus rasgos como si esperara un golpe de dolor o no pudiera soportar la impaciencia, aprieta los dientes y el carmín se ha borrado de sus labios, dice su nombre, le acaricia las sienes, le hunde los dedos en el pelo, mira hacia abajo, en el espacio entre los dos cuerpos, y curva las rodillas para obligarlo a adelantar las caderas, lo acomoda, lo conduce, lo atrapa, lo estrecha contra sus senos desbordados, le aparta el pelo de la frente, le alza los párpados, le toca las sienes percibiendo los golpes de su sangre, no quiere que deje de mirarla, que cierre los ojos y se convierta en una sombra jadeante y emboscada en su cuello, quiere reconocer al hombre con quien estuvo hace dos meses y al adolescente de hace dieciocho años, huele su aliento y nota en la cara el calor de su respiración y la aspereza de la barba que él no se afeitó esta mañana, sin conocerlo lo posee como no ha poseído a ningún hombre y se entrega a él desvaneciéndose en su deseo y en la rítmica y delicada violencia masculina como si su propio cuerpo fuera una sustancia blanda, traspasada, líquida, partida en dos, deshecha y luego recobrada, triunfal, agitándose cada vez más despacio, conmovida y serena.
No se movieron al final: él permaneció tendido sobre ella, todavía dentro de ella, sin querer desprenderse, desfallecido y tranquilo, regresando poco a poco a la realidad exterior tan perezosamente como se vuelve del sueño y se ven las paredes y las cortinas y la luz en la ventana y no se renuncia todavía a sumergirse unos minutos más en la inconsciencia, ahondaba en ella suavemente, a un ritmo muy demorado, la halagaba con la persistencia de un deseo apaciguado pero no extinguido por la satisfacción, convertido ahora en gratitud y ternura, prolongándose en contracciones fugaces que aún los estremecían a los dos tan hondamente como si los límites de la piel no los dividieran. Dijo su nuevo nombre, el verdadero, Nadia, y le pareció al decirlo que sólo ahora estaba abrazándola y viendo de verdad su cara, limpia de miedo y de dolor, renovada o rejuvenecida por una certidumbre física de felicidad, con una sonrisa de complacencia y halago que también ahora estaba viendo por primera vez: apenas le curvaba los labios, se sugería en las comisuras de su boca y en las pupilas veladas por las pestañas como la sonrisa de alguien que duerme. Procuraba no moverse, levantado y atraído por su respiración con la quietud de un nadador que se abandona a un mar en calma, le acariciaba los costados con una cautelosa dulzura, al más leve movimiento se saldría de ella. Te tengo presa, le dijo, sujetando sus muñecas contra la almohada, pero Nadia apretó los muslos y se enredó a sus pies, soy yo quien te tiene preso a ti y no voy a soltarte, esta vez no te escaparás: tan fácil todo como si se conocieran desde siempre, como si no hubiera habido otros hombres ni otras mujeres, noches de soledad y de horror y caras familiares que se volvían hostiles y desconocidas, horas de asco y silenciosa tortura y ganas de acabar cuanto antes y de quedarse dormidos y muertos con sólo cerrar los ojos, aquí mismo, piensa Nadia, todavía no se atreve a decirlo, en esta cama y en esta misma habitación, tantas veces, empeñándonos en el suplicio de una tarea imposible, aplastados por años de insatisfacción y culpabilidad, y de pronto el más desconocido es quien mejor me conoce, quien sabe cómo y dónde tocarme y en qué instante y qué palabras me excitarán si me las dice al oído, como si estuviera dentro de mí y averiguara mis deseos justo cuando surgen, un poco antes, cuando ni siquiera me he atrevido a pensarlos. Lo vio incorporarse, arrodillado sobre ella, le tomó la cara entre las manos para que no se fuera, le ordenó el pelo acariciándole la frente, adivinando en sus ojos el asombro y la seguridad, la gozosa soberbia y la impaciencia de saber. Le dio la espalda y le pareció más desvalido y alto de lo que él creía, pero no era cierto, pensaba, es fuerte y no lo sabe. Lo oyó orinar en el cuarto de baño y abrir el grifo para lavarse la cara y durante unos segundos la alarmó el silencio, sus pies grandes y descalzos no se oían sobre la moqueta, estaba buscando los cigarrillos en el comedor, y como sus cinco sentidos se habían aguzado olió el humo del tabaco antes de que él apareciera de nuevo en el umbral del dormitorio y se acercara a ella tendiéndole un cigarrillo encendido, mirándola mientras soltaba el humo entre los labios, a la luz tenue de la lámpara, con una atenta devoción que la enternecía, las manos en la nuca, la melena extendida, las piernas abiertas, un pie oscilando a un lado de la cama, los labios rojos e hinchados como los bordes de una herida entre la sombra del vello, al final de los muslos. Le ofreció el cigarrillo -era tan pulcro que también se había preocupado de traer un cenicero- pero no se quedó sentado junto a ella, se atravesó sobre la cama, le separó un poco más las piernas acariciando sus tobillos y los dedos de sus pies, le besó las rodillas y el interior suave de los muslos y fue subiendo despacio, dejándole en la piel un rastro de saliva, le apartó el vello, cuidadosamente, con determinación y lentitud, y entonces empezó a besarla exactamente igual que si besara su boca, hundiéndole la lengua, moviéndola en ondulaciones circulares, arriba y abajo, respiraba por la nariz, retrocedía para recobrar el aliento o quitarse un pelo de los labios y la miraba sonriendo, con la cara entusiasta y mojada, la veía fumar entornando los ojos, la horadaba, la olía, su carne rosa se dilataba y contraía como un corazón, cerró los ojos y respiró ella también con la boca abierta y el cigarrillo se le desprendió de los dedos, y mientras las manos de él subían para cerrarse alrededor de sus pechos las suyas descendieron y le acariciaron el desorden del pelo, la frente, las aletas trémulas de la nariz, buscaron su lengua y las comisuras de la boca y casi no podían distinguirlas del vientre y del vello empapado en el que se sumergían a un ritmo cada vez más sofocado y veloz, se abrió ella misma más aún, hasta sentir dolor en las junturas de los huesos, más allá del ofrecimiento y la vergüenza, sin saber a quién de los dos pertenecían los labios que estaba acariciando, la respiración y las palabras que escuchaba, la gradual ebriedad que los arrebataba y los hacía aplastarse el uno contra el otro como para no perder un asidero en el delirio, los sudores y secreciones y olores que envolvían y lubricaban sus miembros igualándolos en un desfallecimiento fervoroso y común.
Al besarse de nuevo cada uno descubrió su propio sabor desconocido en la boca del otro. Casi no se atrevían a mirarse a los ojos, se trataban con una atenta delicadeza conyugal, como si cada gesto que hacían contuviera una experiencia compartida de años, la manera de doblar la almohada, de dejar sitio al otro cuerpo para que se acomodara de costado, de entreabrir las rodillas para acoger una pierna entre los muslos, la precaución de subir el embozo hasta los hombros y de buscar a tientas una mano que se abrazase a la cintura. Cobijado en su cuello, rozándole con los labios la nuca, entre el pelo rizado, Manuel miraba de soslayo la habitación, en la que hasta ahora no se había fijado, las paredes blancas sin cuadros, las cortinas cerradas, la mesa de noche donde había un despertador digital que señalaba las cuatro y treinta y nueve. Pensó que esa misma hora se repetiría en todos los relojes del aeropuerto Kennedy como un signo de despedida y premura. Como si una parte de él no hubiese encontrado a Nadia se veía en un taxi cruzando bajo el cielo gris y la nieve los descampados industriales y las barriadas sórdidas de Queens, mirando con alarma el reloj y descubriendo a lo lejos las primeras terminales aisladas de las compañías aéreas, aproximándose con su maleta y su bolsa al mostrador de Iberia, casi desierto, como los pasillos y las escaleras mecánicas, porque era posible que empezara muy pronto una guerra y sólo unos pocos insensatos se atrevían a viajar en avión. Pero no iba a usar ese billete, no tenía prisa ni miedo a llegar tarde a ninguna parte, lo iba ganando una densa y apacible fatiga en la que no había ni un residuo de angustia, como en los tiempos en que no necesitaba cápsulas de valium para dormir, se abrazaba desnudo, bajo el edredón liviano y cálido, a la espalda y a las caderas de una mujer a quien apenas conocía, en una casa extraña donde había notado, desde que llegó, hacía menos de dos horas, un aire de provisionalidad que la volvía más hospitalaria, igual que a ella, Nadia, que era más suya y más desconocida y nueva que ninguna otra mujer con la que hubiera estado hasta entonces y sabía cosas que él nunca le contó a nadie, que ni siquiera recordaba. Oía el ruido permanente y lejano del tráfico en las avenidas y no tenía conciencia de estar en Nueva York, en la misma ciudad por la que había caminado solo unas horas antes, deteniéndose más de una vez en la esquina de Lexington y la Cincuenta y uno, a un paso del lugar donde estaba ahora mismo, tan lejano entonces como el polo sur, como la orilla brumosa del lago Michigan y los corredores alfombrados del Homestead Hotel. No sé dónde estoy ni quién eres, ni siquiera sé quién soy yo mismo, ni qué hora es, ni si es de día o de noche, ni qué va a ser de mi vida mañana, pero me da igual, no quiero saber nada, quiero quedarme abrazado a ti y esperar que me hables, quiero cerrar los ojos y dormirme sin esperanza ni angustia y comprobar al despertarme que no he estado soñando. Nunca me he sentido más definitivamente lejos que ahora, nunca he reposado como ahora mismo en el centro de mi vida, en la soledad y el vacío, en una isla como aquellas donde deseaba perderme a los catorce años. En Mágina son las once de la noche, mis abuelos dormitan en el sofá, mi padre lleva dos horas acostado, porque mañana es sábado y tendrá que levantarse a las cuatro, mi madre hace punto y mira una película en la televisión o se ha puesto las gafas de cerca e intenta leer un libro silabeando en voz baja, como si rezara.
Nadia lo oye respirar, percibe en la nuca la regularidad de su aliento y se desprende cautelosamente de él para no despertarlo, se sienta en la cama, echándose el pelo con la mano detrás de las orejas, lo ve dormir y le cubre los hombros, se ciñe a la cintura una bata de seda estampada y va descalza a la cocina para beber un vaso de agua, sigue nevando en el patio interior y la nieve ha traído en el anochecer fosforescente un silencio que borra la ciudad igual que las nubes bajas ocultan los pináculos de los rascacielos y las distancias del East River y de las avenidas. Se sonríe en el espejo del cuarto de baño, examina sin disgusto la palidez de su cara, gastada por el amor, humedece la punta de una toalla para limpiarse del mentón un rastro de carmín y de semen. Se le ha abierto la bata y sus pechos sueltos y blancos oscilan mientras se lava los dientes, se pinta los labios y los frunce como en una burla fugaz de sí misma, y luego corrige con el dedo índice la línea roja de carmín, vuelve al dormitorio, le dan ganas de acostarse calladamente junto a él pero teme despertarlo, duerme abrazado a la almohada, encogido, duerme como ella no ha visto dormir a nadie, paladeando el sueño, con una placidez en la cara que lo hace parecer mucho más joven, se sienta a su lado, en el filo de la cama, aspira el olor caliente de su respiración y de todo su cuerpo abandonado pero no se decide a besarlo, la enternecen sus rudas botas en el suelo, sus dos pares de calcetines de lana, los pantalones del pijama que se quitó con tanta vergüenza, habla dormido, ha dicho una o dos palabras en español que ella no entiende, le gusta tanto mirarlo que se pone en guardia contra su propia ternura y su resolución, pero sintió lo mismo la primera noche, en Madrid, cuando caminaban hacia el ascensor y pensaba con alarma que tal vez él no se atrevería a invitarla, cuando entró en su habitación y se quitó las botas en la cama sabiendo que cualquier cosa que pudiera ocurrir ya era irreparable, lo deseaba tanto que se ofrecía sin defensa a la maravilla o a la decepción, a la probable miseria del azar, porque iba a acostarse con un desconocido y acallaba temerariamente no sólo la cobardía y el recelo, sino también el sordo chantaje de la experiencia y el dolor. Repara entonces en el baúl todavía cerrado, en el cilindro de cartón, se acuerda del sótano de la residencia de ancianos y de la antipática empleada de uniforme que le hizo firmar un recibo después del entierro, hace sólo dos días, ya de noche, cuando volvió del cementerio y empezaba a nevar, pensó en su padre recién sepultado bajo la tierra húmeda y oscura y tuvo el sentimiento culpable de que lo abandonaba, era la primera noche que él iba a pasar en la muerte.
Se quedó mirando su ropa colgada tras una cortina de plástico y alguien le sugirió que podía donarla a una institución benéfica, los dos trajes, el pijama, las zapatillas de un muerto, era una profanación pero también un alivio, le dieron fríamente el pésame mientras le presentaban formularios, la acompañaron al sótano, cuando su padre vino aquí no traía casi nada, le advirtieron, nada más que un baúl y aquel largo cilindro con tapas metálicas, hizo que se los enviaran al albergue donde había dormido las dos últimas semanas, a unas calles de distancia del pabellón donde él estaba muriéndose, en un suburbio de New Jersey. Había pensado volver esa misma noche a Nueva York pero le pareció una deslealtad: se quedó en su habitación con el suelo de madera, vigas pintadas y visillos, recostada en la cama, incapaz de llorar, procurando no imaginarse el cuerpo solo y encerrado en el espacio hueco del ataúd, acordándose del modo en que él la miraba y le sonreía, de la presión de sus dedos en las muñecas, todavía la notaba. Se durmió un poco antes del amanecer y la despertó el frío, no había apagado la luz ni se había desnudado, y tardó unos segundos en recordar que su padre estaba muerto: una pequeña lápida con un nombre español y dos fechas lacónicas en el césped nevado de un cementerio norteamericano, un cilindro donde se guardaban un grabado y algunos diplomas militares expedidos hacía más de medio siglo y un baúl lleno de fotografías que su padre tal vez nunca abrió, que trajo consigo al regresar de España por la única razón de que había dado su palabra de custodiarlo. Sonríe al pensar en él, reconciliada y absuelta, agradecida a la entereza de la que nunca abdicó, desamparada y sola por su muerte tan próxima, acogida a su sombra como cuando era niña y levantaba los ojos para admirar su estatura.
No tiene remordimientos, no se siente culpable por haber corrido en busca de Manuel y estar deseándolo ahora mismo de nuevo mientras lo ve dormir, a los dos días de que su padre haya muerto, se alarma retrospectivamente al pensar que ha estado a punto de no encontrarlo. Cediendo a una tentación dolorosa destapa el cilindro y extrae de él los diplomas, atados con cintas rojas, amarillas y moradas, pero no llega a deshacer los nudos, vuelve a guardarlos intactos con un escrúpulo de profanación y luego extiende sobre sus rodillas el grabado del jinete polaco, no lo veía desde que ella y su padre se marcharon de la casa de Mágina: se acuerda del jardín que nunca llegaron a cuidar, de los gatos que huían entre la maleza, mira la cara indiferente y joven del jinete y le parece ver en ella un helado desafío que siempre le dio miedo, una solitaria determinación en la que ahora adivina el retrato espiritual de su padre: como si el grabado estuviera cubierto por una lámina de vidrio y viera reflejada en ella, fundida a la efigie del hombre a caballo y a la colina que hay tras él, la cara ya muerta y todavía vigorosa y severa del comandante Galaz. Llora sin darse cuenta al principio, viendo el grabado y la luz del dormitorio escarchados por las lágrimas, pero es un llanto sin duelo, que no le oprime el pecho ni le sofoca la garganta, tan silencioso y asiduo como la caída de la nieve, un acceso de compasión, de plenitud y nostalgia al que ahora puede abandonarse porque nadie la mira. En silencio, limpiándose la nariz y los ojos con un pañuelo de papel, cautelosa y enérgica, arrastra el baúl fuera del dormitorio, ya es de noche en la calle y se escuchan a ráfagas sirenas de bomberos o de policías, se arrodilla y levanta la tapa y lo primero que ve es una Biblia muy grande forrada de cuero negro que tiene entre las páginas la foto de una mujer como del siglo pasado, con el pelo negro, los pómulos anchos y los ojos rasgados y largos, se acuerda después de mucho tiempo de aquel hombre gordo y manso que visitaba todas las tardes a su padre en el chalet de Mágina y de las historias que contaba, Ramiro, ése era su nombre, lee al azar en las páginas donde estaba la foto, aparta tus ojos de delante de mí, porque ellos me vencieron. Piensa que algunos objetos, como algunas personas, son empujados a un largo destino de peregrinación, y que también sufren desarraigo y merecen lealtad. Cuántas manos antes que las suyas han tocado y leído esa Biblia, en cuántos lugares ha estado ese baúl antes de llegar aquí, quién miró la cara de esa mujer cuando todavía estaba viva y era joven y copió para ella el fragmento del Cantar de los Cantares que según le dijo Ramiro Retratista al comandante Galaz estaba oculto bajo el escote de su vestido. Vuelve a guardar la foto entre las páginas del libro, ha escuchado algo, no la voz de Manuel, ni sus pasos, sino tal vez un cambio en su manera de respirar, lo percibe todo con una agudeza muy parecida a la adivinación, con una claridad instantánea, los sonidos, los olores, incluso el tacto de su piel y las oleadas de su sangre, como si se hubiera despertado de una anestesia o despojado de un velo que durante años le amortiguó los sentidos. Desde el umbral del dormitorio, con los brazos cruzados y la bata suelta, la cabeza inclinada, echándose el pelo hacia atrás con los dedos, lo mira sin que él la haya visto aún, está sentado en el borde de la cama, desnudo, con cara de pereza y asombro, sostiene abierto sobre las rodillas el grabado del jinete, no la ha oído entrar pero alza los ojos trasladando hacia ella una apremiante interrogación sin palabras cuya respuesta busca en vano en su propia memoria y parece decirle, no entiendo nada, me rindo, cuéntame quién soy.
No te desesperes intentándolo, dijo Nadia, no puedes acordarte, ni siquiera te acordabas al día siguiente, el lunes por la noche, cuando fui en tu busca al mercado porque me habías dicho a qué hora llevarías la hortaliza en la yegua de tu padre y yo tenía muchas ganas de verte. Ibas muy raro, te vi cruzar entre los coches tirando de las riendas de la yegua, con unos pantalones viejos y un sombrero de paja, te esperé en la acera imaginando la cara de sorpresa que pondrías cuando te encontraras conmigo, pero me miraste al llegar frente a mí y no dijiste nada, como si no me conocieras, y pasaste de largo con la cabeza baja, me quedé tan sorprendida que no pude reaccionar, no te acordabas de nada, ni siquiera parecías el mismo, me miraste igual que si no me hubieras visto nunca, o a lo mejor era que te avergonzabas de lo que había ocurrido, de la borrachera y el hachís y de todas las cosas que me dijiste. Fui un rato detrás de ti y hasta creo que te llamé, pero me veía ridícula, casi tan ridícula y tan humillada como cuando José Manuel me dijo unos días antes que seguía queriéndome y que no me olvidaría nunca, pero que iba a dejarme. Si tú vas a dejarme alguna vez por favor no me digas nada de eso, no digas que es mejor para los dos y que has sufrido mucho hasta decidirte, o que no me olvidarás, o que a pesar de todo a los dos nos quedará un buen recuerdo, di simplemente que te vas y no expliques nada ni tardes más de dos minutos en salir por la puerta, no me mires con cara de compasión, ni de tortura ni de sacrificio, vete y no vuelvas, líate con otra o hazte fraile o pégate un tiro pero no aparezcas nunca más delante de mí. Tardé muchos años en entender lo que te había ocurrido, y lo entendí aquí mismo, en esta casa, una mañana espantosa del invierno pasado, me desperté con resaca y con ganas de vomitar y cuando fui al cuarto de baño había alguien que yo no conocía, un hombre que se estaba afeitando tranquilamente con una toalla atada a la cintura, con una cuchilla y un bote de espuma que mi marido no se había llevado cuando nos separamos, tan fresco, recién duchado, como si estuviera en su propia casa. Me sonrió al verme igual que en esos anuncios de colonias masculinas, yo no podía creérmelo, me dieron ganas de ponerme a gritar o de llamar a la policía, pero si ese hombre estaba aquí era porque yo lo había traído, me hablaba con la cara llena de espuma y me preguntaba si me sentía mejor, y yo sin entender nada, disimulando, me acordé entonces de golpe de la noche anterior, había ido a una fiesta con Sonny, el fotógrafo que tú conociste en Madrid, en esa época, los fines de semana, cuando no tenía conmigo a mi hijo, iba a cualquier parte y casi con cualquiera para no quedarme sentada en el sofá y mirando la pared, y ese hombre estaba allí, me lo presentó un amigo de Sonny, bebimos cócteles y por algún motivo acepté irme de la fiesta con él y acompañarlo a un bar de la Segunda Avenida, me iba acordando en oleadas, a rachas, mientras seguía parada en la puerta del baño y lo miraba con una expresión que a él le parecería de arrobo: habíamos subido en taxi desde el East Village y los cócteles empezaban a hacerme efecto, le había dado dos o tres caladas a un porro de marihuana, y en aquel sitio continuamos bebiendo, me acordé de que estaba vacío y de que una pareja cantaba sobre un pequeño escenario, unos hippies limpios y bastante patéticos, él tocaba la guitarra y ella batía las palmas mientras cantaban California Dreamin' como si tuvieran delante a una muchedumbre de colgados de Woodstock, y cuando terminaron y les aplaudimos se doblaban por la cintura, nos quedamos hasta el final porque me daban lástima. Seguramente dije luego que me retiraba y él se ofreció a acompañarme, estábamos muy cerca de aquí, pero no sé quién de los dos tomó al final la iniciativa: el caso es que a las diez de la mañana yo me estaba muriendo de resaca y me arrepentía rabiosamente de algo que no recordaba, y él feliz, con una cara insultante de vanidad satisfecha, interesándose por mi salud, afeitándose con la cuchilla y la espuma de otro, aunque eso sí, me di cuenta, había escogido una cuchilla sin usar, el precinto de plástico estaba junto al grifo, y seguro que había traído sus propios preservativos, cuando se marchó vi un envoltorio en la mesa de noche y me sentó como si hubiera visto una cucaracha, un seductor profiláctico, eso era, lo miraba vestirse y no podía perdonarme a mí misma, aludía a cosas de las que probablemente habíamos hablado la noche anterior y yo hacía como que me acordaba, por mantener la dignidad, y antes de irse me dejó una tarjeta y me dio un golpecito en la barbilla, así, con las puntas de los dedos, como para animarme, qué cara me vería, y hasta me hizo un guiño, dijo que a pesar de todo había sido una noche maravillosa, a pesar de qué. Pero por lo menos se había ido, yo creo que nunca he agradecido más la soledad, tiré el envoltorio del condón a la basura, y también el bote de espuma y la cuchilla, vacié los ceniceros, aunque era invierno abrí de par en par las ventanas, quité las sábanas de la cama y las metí en la lavadora con mi ropa de la noche anterior, que olía a bar y a tabaco, me preparé un baño muy caliente y me quedé una hora en el agua, casi agradecía la amnesia, aunque me alarmaba mucho, porque ya me había ocurrido otras veces, pero no de ese modo, no hasta el punto de perder una noche entera. Y entonces me acordé de ti, me acordaba siempre que estaba desesperada, y entendí con un retraso de quince o dieciséis años lo que te había ocurrido, hasta me culpé un poco por haber sido injusta contigo. Te parecerá mentira, pero en todos estos años nunca he llegado a olvidarte, he vivido unas veces en América y otras en España, me he enamorado de cuatro o cinco hombres, he trabajado en los oficios más raros, me he casado y me he divorciado, he parido un hijo, no he vuelto a ir a Mágina, pero yo creo que no ha habido nadie de quien yo me acordara más que de ti, ni siquiera mi padre. Cuando fui a visitarlo y me vio rubia puso una cara muy seria y me dijo, antes de morirme quiero ver el color de tu pelo, y esa misma tarde, en cuanto llegué al albergue me lo desteñí. Si vieras cómo me sonrió a la mañana siguiente, le subí la cabecera de la cama, le puse las almohadas debajo de la nunca, me senté junto a él y me acarició el pelo sin decirme nada, tenía ochenta y siete años y estaba tan lúcido como un hombre mucho más joven, sabía que se iba a morir y no le importaba. Quiso ver a mi hijo y yo se lo llevé, sin que su padre se enterara, lo tuve que engañar, porque Bob, mi ex marido, consideraba que la agonía de su abuelo materno podía ser una experiencia traumática para el niño, así que le dije por teléfono que mi padre se había recuperado, me cité con él en la pista de patinaje del Rockefeller Center, y en cuanto me quedé sola con mi hijo me lo llevé en taxi a New Jersey para que viera a su abuelo. Estuvo encantado todo el tiempo, una enfermera le dio un juguete pedagógico al que no le hizo ningún caso y se pasó la tarde oyendo los cuentos españoles que mi padre me había contado a mí de pequeña y tratando de girar la manivela que levantaba la cama.
Pero siempre hago lo mismo, me pongo a hablar y se me va el hilo de lo que estaba diciendo, no como tú, que hablas en línea recta, cuando hablas, te quedas callado y me parece que te burlas de mí, o que no acabas de creerte lo que te estoy contando. Me acordaba de ti, estaba tan segura de que no te vería nunca más que cuando viajaba a España ni siquiera se me ocurría ir a Mágina para buscarte, pero volvías por sorpresa, en las situaciones más absurdas o en las más dolorosas me parecía verte, o si escuchaba esa canción de Carole King que te puse en mi casa, y que te emocionó tanto porque entendías toda la letra, You've got a friend, ¿tampoco te acuerdas? Me dijiste que estaba en la máquina del Martos. Me hablabas en inglés, en un inglés de Mágina, muy rápido pero muy chocante, para entenderte yo tenía que pensar en español, hacías frases copiadas de las canciones de los discos, y como eras tan educado usaste el título de una canción de los Beatles para pedirme que te cogiera la mano: / wanna hold your hand. íbamos por el parque Vandelvira, tú te apoyabas en mí, tenías escalofríos, trasudabas ginebra, te daban en la cara las luces de la fuente luminosa y estabas más pálido que un muerto, yo te sostenía para que no te cayeras. Te habrías caído a mis pies si no te hubieras apoyado en mí cuando nos encontramos, en la acera del instituto, yo te había visto cruzar la calle dando tumbos, y como estaba oscuro me dio miedo porque me pensé que serías uno de aquellos borrachos que había entonces en Mágina, pero me detuve y te reconocí, con la de veces que te había visto por la calle Nueva o cerca de mi casa, en la colonia del Carmen, buscando a aquella chica de la que me estuviste hablando dos horas, la que te había engañado, decías, rompías a llorar y te limpiabas los mocos con la mano, hablabas de ella como un cantor de tangos y eras completamente ridículo, pero yo era tan ridícula como tú, a mí también me habían despreciado, y si no me dio por beber no fue porque no creyera que sería lo más adecuado, sino porque entonces, lo mismo que ahora, no soportaba el gusto del alcohol ni el olor que queda en las habitaciones donde se ha bebido, me da miedo su poder sobre la voluntad y el daño que le hace a la memoria. En la casa de Mágina me levantaba por las mañanas y desde el pasillo percibía con asco el olor del coñac que había quedado en la copa de mi padre. Cuando volví de la comisaría y me lo encontré esperándome a las cuatro de la mañana junto a la verja del jardín lo primero que noté al abrazarlo fue el alcohol de su aliento. Luego he bebido muchas veces y me he emborrachado hasta perder la memoria o ponerme enferma pero siempre lo he hecho como si me impusiera un castigo, porque no quería recordar ni vivir. Como dicen en España, en el pecado llevaba la penitencia. Eso se lo oí por primera vez a unas mujeres que contaban chismes en una tienda de Mágina. Durante algún tiempo bebí por la única razón de que Bob lo encontraba reprobable. Él no bebe ni fuma. Bebe café o agua mineral en las comidas. Un poco antes de que nos separáramos le dije una frase que según me había contado Sonny es de Baudelaire: «El hombre que sólo bebe agua oculta algún secreto a sus semejantes.» Se quedó de piedra. De piedra pómez. Miró de soslayo al niño como si temiera que mis palabras fuesen a provocarle una deformación monstruosa en la cara. «Si alguien oculta un secreto eres tú.» Eso me dijo, tragó un sorbo de agua con un sonido discreto y repugnante y dejó sobre el mantel el tenedor y el cuchillo, como si se preparara heroicamente para recibir una confesión vergonzosa. Cómo puede odiar uno tanto a quien ha querido, cómo es posible que la persona más próxima sea también la más extraña. Lo miraba y no comprendía cómo pude haberme casado con él, peor aún, cómo pude engañarme a mí misma hasta el punto de creer que estaba enamorada y de que quería un hijo suyo. Pero qué desastre, no sé lo que he hecho con mi vida, lo que he estado a punto de hacer. Volví de España hace dos meses y me estaba esperando en el aeropuerto con un ramo de flores y con el niño de la mano. Quería una segunda oportunidad: quería salvar nuestro matrimonio, como dicen en los consultorios de la televisión. Y soy tan débil o tan estúpida que de no haber sido por ti lo habría aceptado sabiendo que era un nuevo error. Me chantajeaba, no con crudeza sino muy suavemente, muy bondadosamente, con su mejor intención: no lo hagas por mí si no quieres, me decía, y me lo sigue diciendo cada vez que habla conmigo, hazlo por nuestro hijo, y yo me sentía tan culpable que se me desbarataban todas las decisiones que tanto trabajo me había costado tomar, me rehacía poco a poco, recobraba mi vida, iba saliendo del aturdimiento de los años perdidos con él, me gustaba vivir sola con mi hijo, pero los viernes por la tarde, cuando él venía a recogerlo y se derrumbaba en el sofá con cara de víctima y sin despegar los labios, todo volvía a ser igual, el remordimiento, la sensación de haber caído otra vez en una tela de araña que seguía asfixiándome aunque yo manoteara para desprenderme de ella, y si no me rendía era por pura obstinación, no contra él, sino contra mí misma, contra la certeza agobiante de que estaba haciéndole una canallada y permitiéndome el antojo de vivir sola a costa de su desgracia. Me preguntaba, dime qué te he hecho yo, dime en qué me he equivocado, casi suplicándome, y yo no podía darle una respuesta consistente, porque el mal o la equivocación no estaban en él, sino en mí, él se había limitado a actuar de acuerdo con sus principios y su carácter, y cuando acepté casarme yo sabía exactamente cómo era y por qué nunca me acabaría de gustar. Estaba tan enamorado y confiaba tanto en mí que yo casi logré convencerme de que también lo quería. Él no tenía la culpa de no ser un amante que me trastornara. Nos deseábamos, pero no con locura, y a mí el deseo me importaba mucho más que a él. Era bondadoso, era atractivo, era honesto, compartíamos la mayor parte de nuestras opiniones y de nuestros gustos, pero había algo inconciliable entre nosotros, yo lo notaba y él no, y fui tan desleal o tan cobarde que no se lo advertí, era una insatisfacción sin motivo que se volvía más oculta y más amarga con el tiempo, una especie de despecho mezquino, no por algo que él hiciera sino por lo que no hacía, una irritación que se cebaba en cualquier detalle de su manera de hablar o de moverse, en pequeñas manías personales que no tenían nada de ofensivo, pero que me desagradaban como insultos. Algunas veces lo engañé. Pero volvía a casa por la noche y lo encontraba dándole la cena al niño y me moría de vergüenza al ver con qué naturalidad se creía el embuste que yo había inventado para justificar mi retraso. Era tan íntegro y tan feliz que no podía imaginarse que yo lo engañara. Pero no es un crimen no querer a alguien. Me ha costado años atroces aprender que el único delito es fingir y callar mientras crece el infierno, ese silencio al acostarse cada noche, ese horror de estar sentados en el sofá y hacer de vez en cuando comentarios sobre una película y pasar días enteros sin mirarse a los ojos, ni siquiera en la cama, ni en el cuarto de baño si se coincide en él para lavarse los dientes, un sentimiento de resignación y fatalidad que se reproduce dentro de uno como un cáncer, una desgana de vivir que es más venenosa porque no altera la superficie de las apariencias, no ocurre nunca nada malo, nadie grita, no hay lágrimas ni acusaciones rencorosas, nada más que silencio o palabras comunes, se pone uno el pijama, se lava los dientes, va al dormitorio del niño por si se ha destapado, conecta el despertador mientras el otro se mueve como una sombra o dice algo o bosteza, ocupa su lado de la cama, incluso puede que haya un beso de buenas noches y una sonrisa antes de apagar la luz, o que en la oscuridad se anime un simulacro de deseo, los dos callados y jadeando sin verse las caras, por fin el alivio de cerrar los ojos y no tener que decir nada, quedarse quieto y encogido y respirar como si ya se estuviera durmiendo.