DIARIO DE PECHORIN
Introducción
Hace poco me enteré de que Pechorin había muerto a su regreso de Persia. La noticia me complació en extremo; me permitía publicar estos apuntes, y no desperdicié la ocasión de poner mi nombre al pie de una obra ajena. ¡Quiera Dios que los lectores no me hagan expiar tan cándida falsificación!
Ahora debo explicar someramente las causas que me han inducido a airear la vida íntima de una persona a la que jamás conocí. Sería explicable si yo fuese su amigo: la pérfida indiscreción de un verdadero amigo se le alcanza a cualquiera; pero yo le había visto una sola vez en mi vida, en una carretera, y no podía, por tanto, profesarle ese odio inexplicable que, oculto tras la máscara de la amistad, espera tan solo la muerte o la desgracia del ser querido para descargar sobre su cabeza un aluvión de reproches, consejos, burlas y condolencias.
Releyendo los apuntes, me he persuadido de la sinceridad del que, de modo tan despiadado, puso al descubierto sus propias flaquezas y lacras. La historia de un alma humana, aunque se trate de la más mezquina, resulta, tal vez, más curiosa y útil que la historia de un pueblo entero, máxime si es el fruto de una mente madura que se observa a sí misma y si se ha escrito sin el vanidoso deseo de despertar compasión o asombro. La confesión de Rousseau tiene ya el defecto de que la leyó a sus amigos.
Así pues, al publicar fragmentos del diario que el azar puso en mis manos, no me ha guiado otro móvil que el de la utilidad. Aunque he sustituido todos los nombres propios, es de suponer que los afectados se reconocerán a sí mismos, y acaso justifiquen actos que, hasta la fecha, incriminaban a una persona desvinculada ya del mundo terrenal: casi siempre disculpamos lo que comprendemos.
Figura en este libro únicamente lo que concierne a la estancia de Pechorin en el Cáucaso; conservo, además, un voluminoso cuaderno donde relata su vida entera. Alguna vez comparecerá también ante el juicio del mundo; mas, por ahora, muchas razones de importancia me hacen rehuir esa responsabilidad.
Tal vez haya lectores que quieran conocer mi opinión sobre el carácter de Pechorin. Mi respuesta es el título del libro. «¡Ironía malévola!», dirán ellos.
No lo sé.