Capítulo III
LOS Cinco Cometas avanzaban hacia el sol Canis Lambda. Lo hacían con aparente deliberación, cada uno en su propio estilo y en su dirección más apropiada. Había uno que era muy ancho. Su núcleo, su cola, su cabeza, era el centro de un resplandor nebuloso. El verdadero corazón del cometa era, naturalmente, una cosa distinta. La sustancia del mismo era un enorme conglomerado de rocas y metales amasados flotando en conjunto en sai vuelo hacia el sol. Por los efectos de la luz del sol sobre ellos, pequeñas cantidades de gases ocluidos se desprendían de ellos para perderse en el vacío. La luz del sol al incidir sobre ellos producía un efecto de ionización que era el que daba aquella sensación nebulosa; y por otro procedimiento distinto lo despegaba poco a poco del cuerpo central para formar una larga y resplandeciente cola.
Había otro cometa que era muy pequeño. Venía desde el confín más remoto del espacio. Avanzaba a una velocidad incalculable para dar alcance a sus compañeros, que sólo conocía de muy tarde en tarde, y aún entonces, durante un lapsus muy corto de tiempo: unas cuantas semanas en unos cuantos años. Viajaría con ellos alrededor del sol amarillo y después volaría a gran velocidad por un camino solitario y escaso de luz. Al lado de este Cometa, Canis Lambda sería solamente una estrella y no la más brillante en los cielos de aquella galaxia. Pero ahora corría el sol.
Después había dos cometas que parecían gemelos, idénticos en tamaño y avanzando siempre a velocidad constante y juntos, hacia el «rendez-vous» que tenían con los de su tribu. Los astrónomos los habían comparado con el Cometa Beila en el Primer Sistema, del que se había observado que se había emparejado en algún punto de los oscuros abismos del espacio donde los Cometas se pasan la mayor parte de sus vidas. El Cometa Beila apareció varias veces formando pareja con otro. Después ya no volvieron a aparecer, como si uno de los gemelos hubiera muerto lejos de la mirada observadora de los hombres y el otro no hubiera podido sobrevivir a su hermano. De ninguno de los dos se volvió a tener noticias nunca.
Y había un quinto planeta, bastante vulgar en el standard de los cometas.
Todos volaban hacia Canis Lambda y al observarlos, Scott poseía un privilegio que muchos astrónomos le habrían envidiado. No había muchos hombres que hubieran visto a los Cinco Cometas. La mayor parte de las veces eran invisibles en su espacio remoto. A veces aparecían uno o tres o dos. No había muchas naves que detuvieran su marcha cuando aparecían en el espacio, y pocos hombres del espacio se detenían para extasiarse con las maravillas de los cielos. Cuando Scott realizó sus primeras observaciones en la sala de control del Lambda, los cinco estaban a la vista.
Estaba haciendo sus anotaciones, cuando una nave apareció a dos horas-luz de distancia — unos mil millones de millas aproximadamente—, la cual recibió el mensaje formulado con voz metálica que Lambda había enviado de forma monótona hacia las estrellas. Punto de Control Lambda. Comunique. Comunique. Scott oyó el ruido característico que producían las cintas de transmisión al ser registradas las comunicaciones en los archivos del punto de control. En aquel momento, la nave que naturalmente no se había divisado, debió haber recogido la llamada del punto de control, y automáticamente respondió a ella y desapareció de nuevo antes de que el mensaje llegara a Lambda. Pero Scott continuó con sus observaciones.
Verificó el estado general de todos los aparatos del tablero de mandos. El darse cuenta de la posición de Lambda en su órbita no requería más que la más sencilla de las observaciones. Lo que él estaba comprobando era si los Cinco Cometas continuaban su marcha — y así era—, en cuyo caso con sus cuerpos inundarían todo el espacio que se abría al frente, salpicándolo todo, hasta una distancia increíble con meteoros, que no eran en realidad más que fragmentos de hierro y piedras. En cierto modo, aquellos objetos lanzados a toda velocidad eran como perdigones enormes disparados contra una diana. Entre ellos podían entremezclarse y hasta chocar sin resultados aparentes. Pero cualquier objeto que se interpusiera en su camino sería sin remisión reducido a polvo. Y el Lambda pasaría a través de cuatro de las cabezas de los Chico Planetas. Parecía inimaginable que la boya pudiera sobrevivir.
Chenery veía el desastre de otra forma.
—¡Usted no sabe lo que ha hecho, teniente! — dijo nervioso—. ¡No tiene ni idea de lo que ha hecho! ¡Aquéllos eran los hombres de Bugsy! ¡Me ha metido usted en buen lío! ¡En buen lío me ha metido!
Scott repuso impaciente:
—Se halla usted en un lío mucho más grave del que yo haya podido producirle. ¿Se da usted cuenta de que vamos directamente a estrellarnos contra muchos millones de trozos de considerable tamaño de hierro y de rocas?
—¿Y cómo iba a saber yo eso? — preguntó Chenery—. Mire, teniente. Yo fui el promotor de la idea de todo cuanto está ocurriendo aquí. Pero yo solo no podía hacerlo y necesitaba ayuda. Me encontré con Bugsy y le propuse el asunto para que viniera aquí. Pero es un tipo muy duro, y no es fácil tratar con él. Ahora está tratando de hacerse con el mando de todo. Mi idea era empezar el asunto y que él lo continuara, él y los individuos que trajo consigo, pero...
Scott se volvió hacia la muchacha. Le ofreció el arma que había recogido del suelo en las inmediaciones del hospital.
—¿Tiene usted un aparato de éstos? ¿No? Entonces guárdese éste. Se volvió nuevamente hacia él Chenery.
—Tengo que conseguir por todos los medios sacar la boya en que nos hallamos de estas inmediaciones — empezó a decir razonablemente—. Tengo que lograr trasladarla hasta un lugar donde las posibilidades de destrucción no sean tan grandes como aquí. Es imposible conseguir cuanto me propongo por medio del vuelo del sistema solar, y por tanto necesito cooperación. Me imagino que no será usted tan estúpido como para haber venido sin un ingeniero y un piloto astronáutico para que condujera el «Golconda Ship» en cuanto lo apresaran. Quiero...
Pero Chenery dio un respingo. Llevó la mano a sus ropas en busca de un arma.
—¡Deje eso! — le conminó Scott.
En su mano había aparecido un revólver como por arte de magia. Chenery quedó helado. Después tartamudeó:
—¿Qué... qué es lo que... lo que decía?
—Me refería al «Golconda Ship» — continuó Scott—. Ustedes están aquí para capturarla en cuanto llegue. Y por tanto tiene que haber entre ustedes un piloto astronáutico y un ingeniero que debían transportarles si salían con éxito de la empresa. Ahora necesito esos hombres para que no se opongan a mis órdenes durante el tiempo que nos resta... el ingeniero cuando menos; ¡Y ahora! El que salgamos con bien de ésta depende ya de minutos.
Chenery volvió sobre el tema:
—¿Y en qué se funda para creer que vamos tras el «Golconda Ship»? ¿Qué le induce a pensar eso?
—Porque está viniendo hacia aquí — aclaró Scott—. Es imposible que pudieran perseguir otra cosa. Pero por ahora tiene que olvidarse de todo eso y dejarme intentar que salve lo que se pueda salvar del lío que ha formado.
Chenery se le quedó mirando, horrorizado y aturdido al mismo tiempo.
—¡Mire, teniente! En una ocasión usted me hizo un favor. ¿Qué es esto? ¿Cómo supo usted...? ¿Y por qué vino a bordo si lo sabía? Usted podía haber desbaratado todos nuestros planes limitándose a esperar con aquel crucero dando vueltas por ahí arriba y advirtiendo al «Golconda Ship» en cuanto llegara. ¿Está usted loco?
—Obedezco órdenes — respondió Scott.
De nada serviría el tratar de convencer a Chenery que había subido a bordo del
«Lambda» porque, como oficial de Patrullas, su obligación era intentar lo imposible. El
«Lambda» estaba bajo su mando, y era su primera misión independiente. Había que desplazar la boya para que no se interpusiera en el camino de los «Cinco Cometas». Haciendo caso omiso de lo fatales y peligrosos y hasta anormales que pudieran ser los acontecimientos que tuvieran lugar sobre el «Lambda», su deber era subir a bordo y ponerse al frente de la misión que tenía encomendada. Chenery no lo hubiera comprendido nunca. Chenery era, por descontado, un delincuente profesional. Lo más probable era que en toda su vida no se le hubiera ocurrido pensar en ejercer otra profesión. La gratitud que sentía hacia Scott por algo que éste no recordaba tal vez tuviera sus visos de autenticidad, pero aun así continuaba viendo las cosas desde su punto de vista.
—Pero me está usted diciendo...
—Pensé que estarían ustedes preparándose — atajó Scott—. Hágame venir al piloto y le pondré al corriente del estado de cosas. Y él podrá comprobar también todo cuanto le he dicho.
—Él... de nada serviría. Es uno de los hombres de Bugsy. Tendría que decírselo Bugsy, y...
—Eso puede hacernos perder tiempo — repuso Scott—. Está bien, mándeme a su ingeniero. ¡No al hombre que usted me dijo que era el ingeniero! ¡Ése se cree que una nave espacial se guía con un timón! Mándeme al ingeniero, al auténtico.
—El ingeniero que tenemos es también uno de los hombres de Bugsy — repuso Chenery cariacontecido—. Y en estos momentos está borracho. Usted mismo le oyó cómo roncaba. Necesitaba a alguien que me ayudara, ¿comprende?, y recurrí a Bugsy. Pero se ha convertido en un hombre muy insociable para poder llegar a un acuerdo con él. Su ingeniero...
—¡Tráigame a Bugsy donde quiera que pueda estar! — se impacientó Scott—. ¡Mire esa pantalla! ¿Lo ve? ¡Pues hacia allí vamos!
Se lo mostró. Y los «Cinco Cometas» de «Canis Lambda» aparecieron sobre tres de las pantallas de televisión de la sala de control. Había un resplandor muy grande a la altura de la Vía Láctea que llenaba sólo él, un espacio de quince grados. Tras ello, hacia un lado, y todavía más brillante — refulgiendo a través del resplandor nebuloso de la primera cabeza de cometa—, había un trazo similar de gas resplandeciente. Un tanto separado de aquéllos, volaban los cometas gemelos, acercándose cada vez más para hacer la conjunción con los otros. Y ya se divisaba el último, cuya cola era más visible que la de los otros a causa del ángulo de vuelo que describía para unirse a los demás.
La materia — la masa, la substancia — de los cometas era cantidades multitudinarias de innumerables cúmulos de piedras y metales que discurrían por el vacío con una fuerza tal y movidos por una energía tal que ninguna mente humana era capaz de llegar a profundizar. Y todos los cometas eran así. La parte sólida estaba compuesta de partículas que oscilaban en tamaño desde el de un grano de arena hasta el de una casa o montaña. Todas esas partículas tenían todas las formas imaginables dentro de cada tamaño.
Despedían en su constante rodar una nebulosa luminiscencia. A menos que se estrellaran contra algo. Entonces, aquello contra lo que se estrellaban quedaba destruido.
En la sala de control, Chenery parecía estar a punto de echarse a llorar.
—Me estaba diciendo... — Su voz había subido medio tono—. Me estaba diciendo antes que no podíamos hacernos con el «Golconda Ship» porque los Cinco Cometas iban a estrellarse contra nosotros. ¡Pero podría estar usted mintiendo! ¡Usted pertenece a las Patrullas del Espacio!
Su trabajo consiste precisamente en impedir que tipos como yo vean cumplidos sus propósitos. Pero éste ya lo teníamos empezado. ¡Casi se puede decir que ya lo habíamos conseguido! ¡Ahora no podemos detenernos!
—Tráigame a Bugsy — insistió una vez más Scott—. ¡Tal vez él tenga algo de sentido! Chenery pareció dudar unos instantes. Después avanzó hacia la puerta de la sala de
control. Salió. Janet se humedeció los labios. Scott se dio cuenta de ello.
—¿Querría, por favor — le pidió con mucha educación—, hablarme de los momentos en que fue tomada la boya? ¿Cómo sucedió?
Ella pareció rebuscar los recuerdos de entre los que ocupaban su mente y explicó:
—Yo estaba dormida. Me desperté cuando oí un chillido procedente de algún sitio próximo y un disparo. Oí el ruido de algunas puertas al ser manipuladas con violencia. Tan pronto se oían disparos como ruidos diversos. Después oí a algunos hombres que corrían. Avanzaban por el pasillo donde estaba mi camarote e iban abriendo todas las puertas que se alzaban a su paso. Dos camarotes más allá había un hombre gordo. De un puntapié abrieron la puerta y oí que el hombre decía: «¿Qué es lo que ocurre? ¿Qué está pasando?» Entonces se oyó un disparo y él gritó de un modo horroroso. Abrieron la puerta del camarote que estaba junto al mío. Yo... me sentía paralizada. No podía creerlo... Y entonces alguien disparó desde el fondo del pasillo. E hirió a uno de los que abrían las puertas... casi en frente mismo de mí — Hizo una pausa—. Varios dispararon sobre el que lo había hecho sobre ellos. Corrieron todos hacia él. Cuando... cuando volvieron, el hombre a quien habían disparado y que había caído junto a mi puerta, se había arrastrado por el suelo unos metros, en un intento desesperado por huir. Y así fue cómo olvidaron sin proponérselo el derribar mi puerta. Al fondo del pasillo había una mujer que lloraba. Oí que preguntaba, presa de angustia, qué era lo que estaba ocurriendo, y entonces se disparó un arma... y eso fue todo. Se fueron. A los otros pisos. Y se produjeron nuevos disparos, aunque, naturalmente, se oían mucho más distantes. Su voz se cortó de repente. Hizo un gesto.
—Eso... eso es todo... Scott dijo:
—Pero alguien la encontró a usted más tarde.
—Sí, sí — dijo nerviosa—. Fue... Chenery. — Por su forma de hablar daba la sensación de que tuviera la garganta seca—. Creo... que cualquier otro me hubiera matado. Pero él me encontró y se mostró realmente contrariado. Me dijo que sus propósitos no habían sido tomar la boya de aquella manera. Se me mostró apologético incluso. ¡Apologético! Me explicó que sus intenciones eran de llamar a la tripulación, uno por uno, y hacerlos prisioneros a todos, pero sin matar a nadie. Y luego se proponía capturar a los pasajeros del mismo modo. ¡Parecía muy disgustado por todo lo ocurrido! Me dijo incluso que todos ellos se habían vanagloriado después de que aquél era el golpe de mano más hermoso, el más inteligente y el más grande que se hubiera dado nunca! El «Golconda Ship»...
—¡Pero él no pensaría que iba a apoderarse de la nave sin que hubiera lucha! — le interrumpió Scott.
—¡Pues sí! Se proponía dar un banquete a la tripulación del «Golconda Ship» bajo el pretexto de celebrar la vuelta. Les llevaría a la mesa, donde encontrarían manjares que debían estar echando de menos durante mucho tiempo...
—El «Golconda Ship» no lleva una tripulación corriente a bordo — dijo Scott sarcásticamente—. Cada uno de los hombres que van a bordo es multimillonario. ¡A buen seguro que no habrán echado de menos ningún manjar!
—Pensaba — dijo Janet — que se atiborrarían hasta quedar completamente hartos. Y en la comida había pensado poner algunas gotas de un líquido que les dejaría totalmente fuera de combate, y cuando despertaran sería para ver que el «Golconda Ship» se había ido, y serían los pasajeros prisioneros quienes les explicarían cómo les habían engañado.
¡Chenery se sentía inmensamente orgulloso de su plan! Hubiera sido conocido como el hombre que había sido capaz de llevar a efecto el robo más osado y de mayor importancia de toda la historia. Pero Bugsy tomó posesión de las cosas.
—La idea de Chenery no era práctica — dijo Scott—. No le hubiera salido bien.
—En cualquier caso... ahora será conocido como un carnicero, un matarife sin escrúpulos. Y dijo que había salvado mi vida, o que al menos lo iba a intentar, para que, si llegaba el momento, yo pudiera explicar que él lo único que quería era que aquel golpe de mano fuera el más inteligente que se hubiera dado nunca.
Después añadió con desánimo:
—¡Creí que estaba loco! Gente asesinada y él hablando de ese modo... Pero él impidió que los otros me hicieran el menor daño. Les dijo que yo era enfermera y que dos de ellos estaban heridos. Dijo que yo los curaría. Y entonces me hice pasar por una enfermera. Con un poco de suerte, me imagino que saldrán con vida.
—Dos heridos — dijo Scott—. Sus hombres, naturalmente. Pero hubo lucha. Eso es bueno.
Se frotó la barbilla con la mano. Su expresión era más bien una mueca. Ahora empezaba a ver con mucha más claridad cuál era la situación en la boya... al menos las cosas que parecían tener menos sentido y que eran las que creaban a las Patrullas más problemas. Ayudaba a resolverlas también el hecho de saber tanto la policía planetaria como las Patrullas del Espacio que la mayor parte de los crímenes que se cometían no eran por dinero. El delincuente profesional no practicaba su oficio con fines lucrativos. Chenery tenía la misma motivación que muchos de los miembros de su gremio. Quería convertirse y ser conocido por un genio.
Con la mitad de la humanidad envidiando a la tripulación del «Golconda Ship» y la otra mitad tratando de desvelar su secreto, Chenery había planeado un golpe que no solamente sería el más extraordinario de todos los conocidos, sino también el que dejaría, por su ingenio y buen hacer, maravillados a todo el resto de la raza humana. Su vanidad no se satisfacería con los tesoros del «Golconda Ship». Lo que él perseguía era ser admirado por su clarividencia. Y por eso quería tener el mayor número posible de testigos, para que relataran lo inteligente que había sido y con qué brillantez había desarrollado su plan.
Scott se encogió de hombros. La ambición de Chenery había costado vidas. Era una simpleza, pero contaban los hechos. Bobadas semejantes habían causado guerras y habían costado vidas a lo largo de toda la historia. La vida misma de Scott podía verse en peligro a consecuencia de sus raras ambiciones.
La sala de control había quedado en silencio. Sin embargo, las señales identificativas de los puntos de control salían hacia el vacío, en todas direcciones. Su llamada debían estar captándola todas las naves que circundaran el espacio.
Tal vez de una a tres docenas de naves pasaban diariamente cerca del Punto de Control Lambda, pero pocas abrían la comunicación directamente.
Hasta él llegó el ruido de pasos. Scott se volvió, percatándose del pánico de Janet. Entró Chenery. Parecía menos preocupado, menos inquieto. El color había vuelto de nuevo a sus mejillas.
—¡Hola! — dijo con cierta alegría—. ¡Hablé con Bugsy, teniente! Parece que van las cosas. Bugsy es un tipo muy comprensivo. Él se hará cargo de la situación y le sabrá escuchar. ¡Vamos a desayunar juntos!
Era absurdo, descabellado. Scott casi no daba crédito a sus oídos. Chenery se volvió con cierta exuberancia hacia Janet.
—Tú lo prepararás, ¿eh, Janet? Tenemos que estudiar algunos puntos. Tú prepararás algo de comer, y Bugsy, el teniente y yo lo haremos juntos y hablaremos al mismo tiempo de muchas cosas razonables. Creo que de allí saldrá una especie de acuerdo muy convincente.
Scott lo oía perplejo. Cuando tras no pocos esfuerzos había logrado subir a bordo de la boya espacial, lo único que podía esperar que le ocurriera con aquellas gentes era que lo mataran. Al principio habían dudado en hacerlo, pero sin duda se contuvieron porque el crucero estaba por los alrededores. Ahora Chenery sabía que él estaba enterado de cuáles eran sus propósitos al apoderarse de la boya, y hasta de más cosas ocurridas que seguramente Scott habría deducido. Y ello significaba que para la salvación de Chenery y Bugsy y para la de cualquier otro ser viviente en la nave, Scott tenía que morir tarde o temprano.
Y en contraposición a todos aquellos razonamientos tenía que sentarse a la mesa con los hombres que querían matarle. Chenery hablaba de llegar a un acuerdo alrededor de una buena mesa, como si se tratara de una comida de negocios. A nadie más que a Chenery se le podía ocurrir una cosa tal. Algo terrible debía danzar en su mente que le permitiera recuperar una parte de lo que había perdido en garantías de éxito. Y ello, naturalmente, sería una espléndida gratificación para su vanidad. Podría haber ingeniado alguna estratagema para obtener información; tal vez un pacto para que Janet y Scott escaparan. Pero se habían cometido demasiados asesinatos en el pasado y había muchos más en perspectiva para que cualquier pacto resultara plausible.
—Así que a comer, ¿eh? — dijo Scott secamente—. ¿Y por qué no?
Chenery salió de la sala de control. De no haber salido de él la iniciativa, Scott le hubiera impulsado a hacer lo mismo. Salieron los tres y bajaron al piso inmediato inferior.
Encontraron a Bugsy en el recibidor de lo que parecía un hotel. Estaba sentado en una silla de gran respaldo y fumando un cigarro muy negro. Todo lo que Chenery tenía de pequeño y regordete, lo tenía también Bugsy en pequeño y cuadrado. Sus facciones eran duras, como hace falta que las tenga un hombre cuando entre sus seguidores hay especialistas en el manejo de las armas. Desde debajo de sus pobladas cejas salió una mirada hacia los recién llegados.
—Aquí está el teniente, Bugsy — dijo Chenery con voz alegre.
—Bugsy entreabrió los labios que sostenían el cigarro y se limitó a murmurar:
—¡Huh!
Hizo un gesto con las manos para señalar las sillas que había por allí. Scott colocó una para Janet. Era ésta una situación tan próxima a la locura intermitente que a Scott casi le parecía irreal. Era un patrullero, e ignorando el pasado, estaba sin embargo obligado a hacer todo cuanto le fuera posible para evitar el monstruoso crimen que se estaba tramando. Chenery era el que había averiguado el destino del «Golconda Ship». Janet era una pasajera que estaba enterada de muchas cosas y que estaba destinada a unirse a los otros pasajeros asesinados. Bugsy era el hombre que había sido reclutado por Chenery para reunir a la fuerza de hombres armados necesaria para capturar el punto de control y asaltar a continuación el «Golconda Ship». Y Bugsy era ahora el hombre que decidía las cosas, porque era el que tenía más hombres y con más dotación de armas.
En cierto modo también éste era otro caso insólito en la historia de toda la galaxia. Siempre hubo hombres que habían iniciado cosas y otros que continuaban la labor que habían comenzado los primeros. Todos llegaron al convencimiento de que la posesión no sólo significaba propiedad, sino también competencia, valor y autoridad para sostener las riendas de la labor iniciada. A menudo terminaba todo en un fracaso total. Pero aquellos hombres no podían comprenderlo. Era una estulticia inevitable de la mente violenta.
—Dice Chenery — comenzó a decir Bugsy con voz apagada — que usted se ha apercibido de lo sucedido aquí. ¿Y cómo lo supo? — continuó Bugsy con la misma voz apagada—. ¿Qué le indujo a pensar en ello?
—Pues todo — respondió Scott sin cordialidad alguna—. Sus hombres con uniformes de Patrullas que no sabían ni cómo saludar. Los encargados de los equipajes no tenían ni la más remota idea de cómo jugar al «fali», juego de naipes de sobra conocido entre los hombres del espacio. Su ingeniero se creía que las naves espaciales llevaban un timón. Y los guardias del hospital eran demasiado activos. ¡Muy activos!
—Y eso no es bueno, ¿eh? — dijo Bugsy.
—No, no es bueno — repuso Scott con frialdad—. Y usted debería saberlo. Pero ya supe que algo no iba bien antes de subir a bordo.
Bugsy pensó unos instantes, mirando a Scott sin pestañear.
—¿Cómo?
Scott se lo explicó. La boya estaba en su propia órbita, a una milla o dos aproximadamente de su asteroide marcador cuando los «Cinco Cometas» se estaban acercando y estaban mucho más próximos de lo que hubiera podido concebir cualquier hombre del espacio profesional. Y antes incluso se había producido la advertencia a través de los comunicadores, por la que se insistía en que allí no había que recoger para otros destinos y que se negaban rotundamente a aceptar ningún flete. Era un comportamiento muy arbitrario del supuesto jefe de Patrullas.
:—Si ustedes quieren hacer creer que ésta es una instalación espacial muy normal — continuó Scott con voz fría — ¡antes deberán saber cómo se debe actuar! ¡Sus hombres no lo saben! ¡No tienen ni idea!
—Así que esto no es normal — observó Bugsy—. Chenery, aquí presente, no regenta el hotel. Los tipos de las Patrullas no son tales tipos de las Patrullas. El ingeniero... Nadie es lo que dice ser. ¿Y usted se lo imaginó así?
—¡Naturalmente! ¿Se cree que soy idiota? — preguntó Scott.
—Ya — repuso Bugsy. Hizo una pausa—. Y usted vino a bordo. Se quedó mirando la ceniza de su cigarro.
—Podría hacer uso de usted — prosiguió tranquilamente al cabo de un momento—. Usted podría arreglar las cosas para que nadie pudiera ya sospechar que aquí ocurría nada anormal. En ese sentido podría ser muy útil. ¡Pero sería un estúpido si le dejara intentarlo!
—Dice — se interpuso Chenery en la conversación, evidenciando cierto malestar — que tenemos que hacer algo respecto a los cometas que vienen hacia aquí. Vamos directos a estrellarnos contra ellos.
—Ya — repuso Bugsy—. Yo he visto un cometa. Tiene una cola muy larga. Y brilla en el cielo. Un amigo científico dijo que la cola es tan fina, tan fina, que se podría estrujarla toda, apretarla y meterla en un sombrero.
—Pero ése no es el caso de estos cometas — dijo Scott—. Y no es la cola lo que tenemos que esquivar. Son las cabezas. Están compuestas por masas enormes de rocas y metal. Despiden gases que brillan.
—¡Olvídese de los cometas! — rezongó Bugsy—. Es otra cosa lo que quiero saber. Usted vino a bordo. Y dice que antes de venir usted ya sabía que aquí había algo que no marchaba bien. ¿Entonces por qué vino?
—En parte por los cometas — repuso Scott—. Quería averiguar por qué la boya no se había alejado del peligro como debería haber hecho, ya que en estos momentos se halla en el lugar exacto donde la alcanzará de lleno la colisión. Y en parte para cerciorarme de si aún quedaban pasajeros con vida. Ahora que estoy aquí, ya desconfío de que los haya.
—¿Y por qué se le ocurrió pensar que los pasajeros habían dejado de existir?
Scott se encogió de hombros.
—Ustedes vinieron aquí para apoderarse del «Golconda Ship» — repuso—. Para empezar se apoderaron de la boya. Hubo lucha. Y hay dos hombres heridos en el hospital. Sus hombres. No son pasajeros ni tripulantes heridos, sino sus hombres. ¿Dónde están, pues, los pasajeros y la tripulación?
—Ahí está ella — dijo Bugsy señalando a Janet—. ¡Ella es un pasajero y está muy bien!
—Me gustaría hablar con los otros — respondió Scott. Notó cómo Janet respiraba entrecortadamente.
—¡Oh! — exclamó Bugsy con entonación llena de ironía—. ¿Y cuándo quiere hablar con ellos?
—En cualquier momento, después de que se hayan tomado las precauciones necesarias respecto a los cometas — propuso Scott—. ¡De nada sirve hablar con los pasajeros sin hacer nada de nada hasta que no se solucione eso otro!
Las facciones de Bugsy se retorcieron para transformarse en algo que debió ser una mueca.
—¿Quiere usted saber por qué no me creo todo eso? — Hizo una pausa—. Cuando Chenery me propuso todo este asunto, el capturar al «Golconda Ship» y demás, examiné la situación detenidamente. Y observé sobre todo cómo se efectuaban los pormenores de la preparación del aterrizaje. Me enteré de que alquilaban guardias. ¡Sí, señor, compraban a los pies-planos! Emplazaban a toda una fuerza de seguridad que costaba millones y no les importaba en absoluto. No hay nadie que se pueda acercar a unas cuantas millas a la redonda en cuanto llega a tierra. ¡La custodian como si se tratara de un presidente interplanetario!
Scott frunció el ceño, pero esperó.
¡Usted no pertenece a las Patrullas! — espetó Bugsy—. ¡Usted ha preferido correr el riesgo y jugárselo todo a una carta! ¡Claro que sí! ¡Se deshace de nosotros y el
«Golconda Ship» le pagará a usted un millón, o dos, o diez si no nos barre para protegerle! ¡En eso no andan con remilgos! Nos quita de en medio a nosotros y después va a contarles lo que ha hecho por ellos.
Scott se volvió a encoger de hombros.
—No sé por qué me da la sensación — le dijo a Bugsy — que está usted empezando a sentir ganas de hacer uso de su automática.
—>¡Y las tengo! — repuso Bugsy.
Hizo un movimiento rápido y violento. Chenery emitió algunos sonidos entrecortados. Después todo pareció quedar en calma. La mano de Bugsy se quedó a mitad de camino de la pistolera que llevaba bajo la chaqueta, y su expresión parecía haberse demudado de pronto. Scott le estaba apuntando con su arma.
—¡Sí que las tenía! — accedió Scott—. Y si usted hubiera sido un poco más hábil, Bugsy, le hubiera tenido que matar para salvar mi propia vida. Pero hay una regla entre las Patrullas que impide matar a quienquiera que sea, a no ser que no quede otra solución, como último extremo. Si yo fuera un guardia privado de la tripulación del
«Golconda Ship» esa regla no existiría ni tendrá efecto alguno. Quizás ahora se convenza de que pertenezco a las Patrullas.
—Puede sacar la mano... si es que está vacía — añadió—. Y demos el asunto por terminado. — La mano de Bugsy se apartó lentamente y con mucho cuidado de la pistolera—. Es todo un problema el hallar un medio de arreglar esta situación. En cuantas soluciones se me han ocurrido hasta ahora siempre resulta que al final termina usted envuelto en un ataúd en el mejor de los casos. Y a veces lo imagino con un bonito acompañamiento. ¡Así que piense usted! ¡Estruje su cerebro y busque una solución, Bugsy! Y cuando se le haya ocurrido una idea que nos permita esquivar los cometas y
arreglar el asunto del «Golconda Ship», entonces dígamela! ¡Pero tenga en cuenta que no nos queda mucho tiempo!
Se puso en pie, y con un gesto indicó a Janet que le siguiera. La llevó a la escalera que conducía a la sala de control. Subió tras ella. En cuanto llegaron a la sala de control y la puerta se cerró tras la muchacha, ésta dijo:
—¡Creo que se arriesgó usted mucho!
—¡No tanto como Bugsy! — repuso brevemente—. Y cuanto hice creo que puede sernos muy útil. Ahora quiero volver a echar un vistazo a los cometas.
Empezó a manipular los instrumentos mientras ella permanecía sentada. No era necesario otear a través de las lentes de los instrumentos, puesto que ellos mismos daban las lecturas sobre las pantallas. Apretó un botón sobre el tablero de computaciones electrónicas. Después hizo la misma operación sobre el montante principal del integrador. Se oyó un ligero chasquido. Miró la tira de papel que salía por la ranura del computador.
—Dos horas, treinta y siete minutos y cuarenta segundos — dijo en un tono de voz que no reflejaba precisamente alegría—. Ese es el tiempo que nos queda para que caiga sobre nosotros la primera masa cometaria.
Janet dijo:
—Pero, ¿es realmente un peligro? Yo creí... confiaba—. Después dijo, elevando un poco el tono de voz—: ¡Absurdo! No tenía ninguna esperanza.
—Tampoco yo tuve comida — dijo sonriendo Scott — y eso que la invitación que me hicieron era para comer.
Hablando en serio, sí. Todavía queda alguna esperanza de salvación para la boya si es a eso a lo que se refiere. Si Bugsy abandona la idea de interferirse en esto (lo que probablemente no hará), casi se puede decir que podremos esquivar a los cometas. Nosotros...
—¿Nosotros? — preguntó Janet.
—La boya — repuso Scott—. Usted y yo y nuestros proyectos son algo distinto. Creo que será mejor que se quede conmigo. Tengo que hacer algo. Chenery no es lo que se pudiera llamar un carácter muy fuerte, y creo que todavía se va a debilitar más. Sí. ¡Vamos!
Él marchaba delante. Lo hacía con aire resoluto, aunque no había utilidad aparente en lo que pudiera hacer. Si la boya no se ponía en movimiento en bien de su propia seguridad, se vería aplastada por cúmulos masivos de piedras y metales que constituían la substancia real de los cometas. Y si se alejaba, el «Golconda Ship» no podría encontrarlo, con lo cual Scott y Janet quedarían abandonados en el espacio en compañía de los actuales componentes de la tripulación de la boya. Si el «Golconda Ship» era contactado y fuese capturado, los hombres que habían apresado antes la boya sentirían la necesidad de matarlos a todos. A Scott y Janet incluidos. Sabían demasiado. Cada uno de los hombres que había a bordo de la boya se había ganado con holgura un sitio en la cámara de gas por el asesinato de la tripulación y los pasajeros del «Lambda».
Scott anduvo a lo largo de un pasillo y abrió una puerta con la misma naturalidad de un hombre que, habiendo sido asignado al mando de una estación espacial, había estudiado concienzudamente los planos y diagramas de toda la instalación. Tal estudio no podía significar en absoluto el conocimiento y la compenetración absolutas con todas las dependencias. Pero era muy útil.
La puerta se volvió a cerrar tras ellos. Reinaba una tranquilidad muy peculiar. Era una zona de servicios especialmente concebida para camareros y sirvientes propios del más lujoso crucero. No había allí ningún secreto que descubrir, cuanto más cuando eran dependencias anexas a la cocina y al restaurante del hotel. Los pasajeros no solían hacer uso de tales compartimientos. Ni los hombres que estaban esperando al «Golconda Ship» sentían el menor interés por ellos.
Scott iba delante en su descenso por una escalera circular de hierro.
Janet dijo inquieta:
—Pero ¿dónde vamos? ¿Qué es lo que tiene que hacer?
—Ya he hecho una parte de lo que me proponía — repuso Scott — bajo la orientación que ha proporcionado Chenery. Pero se supone, al menos teóricamente, que yo estoy al mando de todo esto. Y como mando oficial, quiero naturalmente inspeccionar todo cuanto esté a mi mando. Sin percatarse de ello, Chenery me mostró algunas cosas que quiero conocer más a fondo.
—Pero no esperará usted realmente que...
—Esperar no — admitió—. Pero creo que es necesario sostener las riendas con firmeza. Siempre y cuando no me maten antes, claro.
Continuó bajando escaleras. Después dijo como si estuviera sumido en sus reflexiones:
—Lo primero de todo es que al final no le maten a uno. Y las probabilidades en contra no es que sean muchas.