Capítulo primero

SCOTT se dirigía hacia Checkpoint Lambda, de acuerdo con lo que normalmente debería ser una situación rutinaria de investigación y cumplimiento de su deber. Aquél iba a ser su primer comando de cierta consideración, como oficial de las Patrullas del Espacio. De cualquier modo, todo cuanto se relacionara con la galaxia parecía desenvolverse con la más absoluta normalidad. Contemplando la situación real, con más amplitud y en gran escala, los soles proseguían ardiendo en el vacío, las estrellas más rutilantes disparaban sus rayos como saetas, y los cometas, al igual que siempre, describían sus órbitas elípticas con los mismos grados de apogeo y perigeo. En una escala más reducida, y concretamente la que atañía a los seres humanos, todo parecía indicar que no había nada que se saliera de lo normal. Bien es verdad, que el Golconda Ship había desaparecido, pero eso ya era una costumbre en aquella nave fabulosa, de la que se perdía todo contacto una vez cada cuatro años, con lo cual convulsionaba la mitad de la galaxia en el empeño mutuo de localizar su paradero, mientras que la otra mitad no hacía más que estudiar los sistemas que permitieran localizar su vuelo en el momento en que volviera a aparecer sobre el espacio conocido.

Cualquier otra actividad humana se desempeñaba con la mayor normalidad. Enormes naves espaciales especialmente concebidas para el transporte de mercancías, despegaban desde todos los aeropuertos, avanzaban lentamente en el espacio, yendo a perderse en el vacío. En el momento preciso, y a la distancia óptima, las naves dejaban de ser teledirigidas por radio desde tierra para ser abandonadas a su suerte, en cuyo instante los aparatos resplandecían con su propia luz, para perderse de pronto en las tinieblas de la noche, o confundirse con la luz emitida por las otras estrellas. Ellas tomaban el rumbo de sus diferentes destinos, calculados a varias centurias luz de distancia, y envueltas en el manto de la fuerza de sus motores, cuyos propulsores rodeaban prácticamente el cuerpo de la nave, y que les hacían volar a una velocidad muy superior a la de la luz. Aparatos de recia envergadura, de gráciles siluetas, que parecían irrumpir en el espacio desde la nada, que eran captados por las ondas de los aparatos de radio-tele, y gracias a éstos, ser reconducidos de nuevo a tierra, aunque en mundos totalmente nuevos. Había naves de más de una milla de largas, que llevaban piscina en su interior, y muchísimas, especialmente acondicionadas para transportar mercancías y pasajeros al mismo tiempo, de un punto a otro de la bóveda estelar; y las había, más pequeñas, cuya misión específica residía en transportar minerales desde satélites carentes de aire, hasta los planetas que circundaban. Existían los yates espaciales exclusivamente diseñados para el recreo de un crucero, y otros cuya principal finalidad estribaba en la consumación y legitimación de asuntos comerciales.

La galaxia, en fin, era un lugar muy concurrido. Tal vez donde había más actividad, era cerca del sol amarillo en cuyo tercer planeta era donde había empezado a desarrollarse la humanidad, y desde el cual la mente incansable del hombre, había conseguido los medios para saltar y cubrir distancias, incomprensiblemente inmensas. De todos modos, por todas partes había gran movilidad.

Una de las infinitas rutas iba desde Rigel hasta Taret, (dos mil años luz separaban al uno del otro), y todo el trayecto estaba cubierto de mundos colonizados, diseminados casi con la misma profusión que las cuentas de un rosario. Otra de las rutas iba hasta Coalsack, y otra conducía desde Rim hasta Betelgeuse. Después había otras, que no eran más que derivaciones de las principales, formando enlaces, nudos, e idas y venidas sin fin. A veces se entrecruzaban, y a intervalos había aeropuertos espaciales, que permitían el intercambio de pasajeros y fletes entre diferentes naves. Cualquiera de las operaciones o maniobras necesarias para el buen cometido de lo más indispensable de cuanto pudiera surgir, era realizado por los hombres con la mayor naturalidad.

Y hablando de estas cosas, se debe citar por ejemplo, que había un sol llamado Canis Lambda. Scott se hallaba precisamente en aquellos momentos a bordo de una nave que debía conducirle a tomar posesión del mando del punto de control que flotaba en órbita a su alrededor. Canis Lambda era un sol amarillo del tipo G, que debió haber tenido tantos planetas como el antiguo Sol. En algún período remoto, por demás inimaginable, es seguro que los debió tener. Pero como el Sol, que poseía un mundo sin nombre que se había hecho añicos en el espacio —trozos que flotaban ahora sin rumbo fijo entre Marte y Júpiter— Canis Lambda sufrió cuatro desmembraciones, cuyos restos hablan quedado transformados para convertirse en montañas e islas, en partículas de arena celestial. No había ningún trozo de tierra disgregado que pudiera merecer en sí, el nombre de planeta.

Y el sol Canis Lambda ardía con envidiable resplandor en el vacío, donde menos de seis rutas espaciales trazadas por el hombre se cruzaban entre sí. Y los hombres necesitaban una guía, una boya, un punto de transferencia. Y construyeron uno.

Los dos primeros intentos, fracasaron estrepitosamente porque no eran más que boyas. Desaparecieron, y se imputó a los Cinco Cometas de Canis Lambda la causa de su desaparición. Las razones del punto de control normal, eran más ambiciosas. Los hombres se encargaron de hacerse con una nave, que por vieja, ya no podía tener más utilidad que la que habían ideado para ella. La llevaron hacia Canis Lambda, la despojaron de los motores, y la pusieron en órbita cerca de un fragmento de casi una milla de diámetro, procedente a su vez de un mundo resquebrajado que se había convertido a causa de una explosión, en infinidad de partículas más o menos grandes, ahora perdidas en el espacio. Instalaron radares, telémetros y equipos de radio-espacial. Tres de los departamentos de la nave se llenaron profusa y debidamente, con todo aquello que pudiera proporcionar comida y aire puro. En cuanto tales preparativos quedaron concluidos, el viejo crucero ya no era solamente una boya y un punto de control para el viejo tráfico espacial, sino también un hotel y un almacén, aparte de contener otras muchas más que cubrieran la posibilidad de cualquier imprevisto.

Scott aún no lo había visto, cuando se enteró de la misión que le era encomendada, pero inmediatamente se dedicó a estudiar sus planos. Tenía puertas especialmente concebidas para la carga y descarga de mercancías, en una parte del casco. Había botes salvavidas en el espacio que mediaba entre la parte exterior del casco y su doble interior. Estaba dotado de cámara de aire, y de las comodidades que pudieran contentar al más exigente, camarotes, un diminuto pero pulcro teatro, restaurante, y hasta un pequeño hospital instalado en la parte más lateral de popa. Los pasajeros que así lo desearan, podían quedarse a bordo, abandonando una nave que siguiera una ruta espacial determinada, y esperar allí a que un crucero que siguiera una ruta distinta les tomara a bordo para trasladarlos a otro mundo. Como es lógico, las mercancías y fletes distintos también podían transbordarse.

La boya — el punto de control — era una facilidad otorgada al tráfico interestelar, por demás necesaria.

Pero un día, mientras Scott volaba hacia el lugar donde en principio tenía que hacerse cargo de su primer comando independiente, había varios pasajeros allí, esperando una nave que debería seguir rumbo a Dettra. Se suponía que harían transbordo. Pero no fue así.

Y ahí fue donde empezó todo, al menos en lo que a Scott se refiere.

Se enteró de ello en la sala de control de la nave que le dirigía hacia la boya espacial. El capitán de la misma, haciendo revisión de los pasajeros que tenían que desembarcar, averiguó que Scott, no sólo iba en dirección a Lambda, sino que también era teniente de las Patrullas del Espacio, y que había sido designado para llevar a cabo una misión especial. El capitán hasta entonces había creído que se trataba ni más ni menos que de otro pasajera más. Pero cuando se enteró de lo que era Scott, inmediatamente le invitó a entrar en la sala de control.

—No tenía ni la menor idea de que usted perteneciese a las Patrullas — dijo a modo de disculpa—, de haberlo sabido le hubiera invitado antes a entrar aquí.

—Bastante tiempo me he pasado en las cabinas de control — dijo Scott—, de manera que de vez en cuando no sabe mal el ir de puro y simple pasajero.

—No tenemos la oportunidad de ver muy a menudo a uno de los hombres de las

Patrullas — expuso el comandante — y no creía que...

—Le estoy muy agradecido — repuso Scott—. No he sentido la menor preocupación por nada desde que salimos de Dettra.

No era totalmente la verdad. El Punto de Control Lambda era su primera misión independiente, y había sido designado para ella por una razón muy especial. Todo funcionaría a la perfección, y él tendría más confianza en sí mismo para posteriores misiones, si no ocurría nada que se saliera en oí más mínimo de lo normal, antes de su llegada a Lambda, durante su estancia en ella, y después de salir de allí. Hasta ahora, durante el viaje, ésta era la preocupación que le había asaltado con más reiteración, aunque por lo demás todo parecía transcurrir con la mayor normalidad.

—Puedo hallarme con problemas en Lambda — dijo el capitán tras una pausa—, y por ello me alegro de que esté usted a bordo para hacerse cargo de la situación, si desgraciadamente fueran fundados mis temores.

Scott esperó. La Patrulla era el único servicio interestelar con autoridad suficiente para dar órdenes a cualquiera, pero siempre se mantenían en un plano un tanto retrasado con miras a no tener que intervenir en ningún caso hasta que sus servicios fueran realmente indispensables.

—Poco antes de que despegáramos de Dettra — explicó el capitán — llegó una nave al aeropuerto del espacio. Venía desprovista de los pasajeros y del flete que debería haber recogido en Lambda. Pero en Lambda insistieron que no había tales pasajeros ni tal flete para aquella nave. Y por tanto allí le habían dicho que prosiguiera su camino. No había razón alguna para que hicieran contacto con ella, dijeron.

Scott frunció el ceño. En aquellos tiempos, era muy improbable que se produjera la menor confusión entre pasajeros o flete en Lambda. Y era de una importancia extrema que todo funcionara a la perfección. En los últimos meses se había hecho necesario un cambio en los sistemas de aterrizaje en Lambda. Entre las órdenes especiales recibidas por Scott había directrices fijadas para que se cuidara de aquel cambio. Pero éste era un tema distinto.

—Uno de los pasajeros era una muchacha — dijo el capitán—. Se dirigía hacia Dettra. El capitán de la nave conocía a su familia. ¡Tenía que estar en Lambda! ¡Forzosamente tenía que estar allí! El capitán de la nave expuso unos argumentos. Y entonces el oficial de Patrulla de Lambda apareció en la pantalla de televisión. Empezó a lanzar improperios y denuestos contra el capitán de la nave, y le ordenó de una forma taxativa que prosiguieran su rumbo. También había algunas mercancías que tenían que ser descargadas allí. El oficial de Patrullas rehusó a hacerse cargo de ellas. Renovó sus imprecaciones conminativas. Aquel hombre parecía tener la dureza de un diamante. Y entonces la nave, no tuvo más remedio que proseguir su camino hasta Dettra. Todo esto me lo explicó el capitán una hora antes de que despegáramos.

Scott, prefirió no hacer comentarios por el momento, pero tales acontecimientos en un sitio tan especial y en aquel tiempo por demás particular, reflejaba implicaciones que quizá llegaran a justificar muchas cosas. Se limitó a decir:

—¿Y su problema, cuál es?

—Usted — tardó en responder el capitán con desgana—. Usted tiene que descender de esta nave para posarse en Lambda. Antes de que yo supiera que usted pertenecía a las Patrullas, me preguntaba qué demonios de determinación tomaría si rehusaban a aceptar que usted abandonara esta nave! No se me ocurría ninguna razón que...

—¡No pondrán ningún reparo a que me quede allí! — le aseguró Scott—. ¡No se preocupe por eso! Voy a hacerme cargo de la misión que tengo encomendada allí. Y además haré averiguaciones respecto al asunto ese de los pasajeros y el flete. — Después recapacitó unos instantes—. Lo que sí quiero pedirle es que no se aleje mucho hasta que yo haya averiguado algunas cosas. Los pasajeros que tengan que hacer transbordo tal vez prefieran ir con usted, en esta nave, en lugar de tener que esperar por más tiempo en Lambda.

El capitán, parecía más tranquilizado, aunque no por ello dejaba de mostrar ciertas preocupaciones.

—Pensé que podría tratarse de... algún asunto de cuarentena.

—No, no es eso — repuso Scott.

Aunque su rostro no lo reflejó, aquel asunto empezaba a no gustarle. El «Golconda Ship» estaba previsto que debía posarse en Lambda, casi al mismo tiempo que él llegara allí. El hecho de rehusar a que se efectuara un intercambio de fletes y de pasajeros, podía ser la mecha que desatara mayores y más graves problemas.

—Subiré a bordo — dijo como si hablara para consigo mismo—, y me permito insistir en pedirle nuevamente que espere por los alrededores media hora aproximadamente. Como es lógico, si no hay razón es para preocuparse, usted puede olvidarse de todo el asunto. Pero los pasajeros no tienen por qué quedarse allí cuando lo que estaba previsto es que debían proseguir en otra nave.

El capitán volvió a reflejar en su rostro el alivio que sentía. Scott dijo:

—Dentro de un par de horas tendremos que fijar ya el rumbo hacia Lambda. ¿No es eso?

Cuando el capitán asintió con la cabeza, Scott dijo:

—Voy, pues, a empezar a prepararme.

Salió de la sala de control y fue a su camarote. Los hombres de las Patrullas no llevaban nunca mucho equipaje, y por consiguiente no había que hacer muchos preparativos. Redactó un informe, claro, conciso y específico de lo que el capitán de la nave le había explicado. No había necesidad alguna de incluir en el mismo deducciones y aclaraciones particulares. En el cuartel general llegarían a resultados y evidencias tan importantes como las que pudiera explicar él. Pero aun tardarían bastante en poder entrar en acción.

No hubiera habido necesidad de una boya, de haber habido un mundo habitable a una distancia prudencial. Pero el puerto más próximo desde Lambda, estaba a seis días de viaje a la máxima potencia de los motores, lo cual significaban muchos años-luz en un espacio normal. Y no habría ninguna nave patrulla en aquel puerto. Pasarían quince días o tal vez más, antes de que las noticias, aparentemente sin importancia, del punto de control, llegaran a una base patrulla que a su vez poseyera en aquellos momentos una nave dispuesta para cualquier contingencia. Entonces toda la red de los casos de emergencia se pondría en funcionamiento, pero podrían muy bien transcurrir treinta días o más antes de que una nave armada recibiera las órdenes oportunas y llegara al Punto de Control Lambda. Pero ya sería demasiado tarde. Un grupo de pasajeros que no habían efectuado el transbordo correspondiente. Y unas mercancías sin entregar para dar curso a sus destinatarios, podían significar el delito más provechoso que se hubiera tramado nunca en la historia de la humanidad.

También podía ser el indicio de un asesinato en Lambda.

Y el asesinato era, precisamente, lo que Scott, según las órdenes especiales recibidas, debía evitar a todo trance.

Miró su reloj de pulsera. Era mediodía, hora del almuerzo de acuerdo con las normas de la nave. Y al pensar en ello se dio cuenta de que no tenía apetito. Fue, no obstante, al comedor, y el poder comer lo más mínimo nunca le había parecido más imposible. Había familias con niños. Recién casados en su viaje de luna de miel. Había personas de avanzada edad, para quienes las sacudidas de aceleración y desaceleración de vuelo eran agotadoras en extremo. Había jóvenes. Nadie, ninguno de ellos debía estar pensando en el «Golconda Ship», y ni tan siquiera lo habrían oído quizá nombrar, pero Scott sabía que poco antes, el comedor de Lambda debía haber tenido el mismo aspecto que éste, y sin duda, lo tuvo, pero en estos momentos, era muy poco probable que continuara teniendo la misma apariencia.

Y la causa de todo aquello residía en el «Golconda Ship». Normalmente, los embarques de tesoro en las naves espaciales, eran siempre sometidas a la protección especial de las Patrullas del Espacio. La transferencia de miles de millones de notas de crédito interestelares en moneda de curso legal, eran muy frecuentes. En tales casos, las Patrullas hacían una inspección rutinaria de los pasajeros propuestos para la nave, una inspección idéntica de la tripulación de turno, y un sondeo de los paquetes que contenían el cargamento. La vigilancia entre los pasajeros tenía como finalidad el descubrir a cualquiera que quisiera entremezclarse con ellos, para apoderarse de la nave en cuanto estuviera en el espacio. El examen del flete desenmascararía a personas ambiciosas que con propósitos similares pudieran subir a bordo como polizones. Tales precauciones siempre habían sido suficientes. Pero la noticia de que había habido pasajeros que no habían hecho transbordo a la nave prevista a tal fin, parecía indicar que algo extraño había ocurrido. Y todo ello en la primera misión independiente de Scott. Y mientras se dirigía hacia el lugar donde tenía que desempeñar sus funciones.

La tripulación del «Golconda Ship» no había sufrido inspección alguna. No era necesario. Vino desde un lugar, nadie sabía de dónde, con un cargamento de tesoros que la tripulación había adquirido, nadie sabía cómo. En teoría, Scott necesitaba solamente ir a Lambda, tomar el mando, y procurar que cuando el «Golconda Ship» llegara allí, no hubiera problema alguno con los Cinco Cometas. Recientes investigaciones y computaciones habían dado como resultado la posibilidad de que se originaran graves y confusas situaciones, por demás embarazosas. Por otra parte, Scott, tenía que dar fe de que el cargamento de incalculable valor se dividía en fracciones de tamaño razonable, para que poco a poco y en distintas etapas, se transfirieran a otras naves que harían entrega de cada una de las fracciones del todo, a distintos mundos colonizados. Y eso era todo. Una operación, en el fondo, bastante común.

Pero los pasajeros — incluida la muchacha — no habían abandonado el punto de control, en el momento preciso que debieron hacerlo. El flete de mercancías había sido rehusado. Y lo más extraño de todo era que un supuesto oficial de Patrullas, había interpelado al capitán de una nave mercante, ordenándole además que prosiguiera el viaje.

En principio, no debía haber armas en Lambda para responder a una amenaza o a un reto. Y de cualquier modo, un oficial de Patrullas, no tenía por qué formular amenazas. Si hacía uso del descaro, abuso o blasfemia, o bien infringía amenazas de cualquier tipo a una persona civil, incurría inmediatamente en la violación de toda disciplina. Un oficial que promovía o alentaba un conato de enemistad con el capitán de una nave, era poco probable que fuera un oficial de Patrullas.

Scott, aunque con cierta reluctancia, llegó a la conclusión categórica de que no lo era.

El «Golconda Ship», sería quien daría la respuesta. Sus fabulosas riquezas, y sus impenetrables misterios, le convertían en el sujeto de enfebrecida especulación en más de la mitad de la galaxia ocupada. Cuatro naves, en cuatro ocasiones distintas, habían efectuado viaje hacia un destino desconocido, y habían vuelto. Y una quinta, se hallaba en aquellos instantes en algún punto indeterminado del espacio. La primera había aparecido, nadie sabe de dónde, unos cuantos años atrás, con un cargamento de tesoros que aún en el momento actual, parecían increíbles. Había habido lucha a bordo, y la primera tripulación del «Golconda Ship» quedó reducida de tal manera, que era muy inferior en número a la que hubiera tenido que llevar cualquier nave de escaso tonelaje. Al parecer se habían matado entre sí, llegando a tal grado de aniquilamiento, que los pocos tripulantes que llevaron la nave a puerto, eran más esqueletos que personas. Pero nadie consiguió que hablaran de lo sucedido. Traían consigo tesoros de mucho más valor del que hubiera traído nunca a puerto cualquier nave bien sea en viaje a través del espacio, o a través de los mares. Pero no se podía demostrar contra ellos ningún delito. Y no hubo forma de arrancar de sus bocas información alguna que pudiera tener utilidad. Últimamente se habían separado, convirtiéndose cada uno de ellos en un multimillonario, pero manteniendo intacto el secreto del lugar donde habían obtenido su tesoro.

Cuatro años después, los mismos hombres se volvieron a reunir. Habían construido otra nave. En verdad, era una nave muy especial. Subieron a bordo y volaron hacia el espacio. Nadie supo dónde fueron ni nadie supo de ellos durante un período de seis meses standard. Volvieron a puerto otra vez, con más riquezas todavía de las que habían traído antes. Y como si se hubiera convertido en un rito, sus bocas continuaron cerradas. Se dispersaron nuevamente, y cada uno de ellos era un multimultimillonario. El segundo

«Golconda Ship», había traído más riquezas de las que contenían la mayoría de las tesorerías planetarias. Y nadie supo dónde lo encontraron, o cómo se hacían con él, y ni tan siquiera, qué cantidad era la que habían reunido. Pero la verdad es, que el repentino exceso de riquezas, causaba una crisis financiera en el mundo donde se instalaban.

Un tercer «Golconda» y un cuarto, habían efectuado nuevos viajes, y cada vez con una tripulación donde cada uno de sus miembros era millonario tantas veces, que una estimación ni aún aproximada de sus riquezas, carecía de todo significado. Y ahora había un quinto «Golconda Ship», que tenía que hacerlos más ricos todavía. Pero esta vez no irían a tocar puerto donde el montón ingente de riquezas pudiera causar ningún pánico financiero. Se posarían en Lambda.

Y esta era la razón por la cual, unos cuantos pasajeros que no habían efectuado transbordo, y un oficial de Patrullas amenazador, todos ellos en aquel momento en Lambda, le hacían sentir a Scott un sentimiento de impotencia y de sombríos pensamientos mientras paseaba la mirada entre las gentes agrupadas en el comedor de la nave espacial.

Constituían un grupo de circunstantes inocentes. Sus vidas no tenían por qué atravesar ningún peligro. Si las cosas estaban tan mal como daba la sensación de que realmente estuvieran, y si la nave tomaba contacto con Lambda para el transbordo de mercancías o pasajeros, aquellas gentes iban a verse envueltas en un grave riesgo. Él, Scott, tenía que hacer las cosas de tal forma, que sólo él y nadie más, fuera quien cargara con todos los riesgos. Y actuando solo, el riesgo podía considerarse casi un suicidio.

Estaba a punto de alejarse de la puerta de entrada, cuando los altavoces que estaban diseminados por toda la nave, cubrieron de ecos y resonancias todo el ámbito:

¡Atención todos los pasajeros! ¡Presten atención, por favor! ¡Prepárense para el próximo momento de desaceleración! ¡Prepárense para entrar en la jase de desaceleración!

Cundieron ruidos discordantes por todas partes. Y sin embargo, aquella operación era el único medio concebible de que el tráfico espacial pudiera moverse a lo largo de centurias-luz en. el espacio. Pero los medios para mitigar el malestar físico que producía la aceleración o desaceleración, todavía no habían sido desarrollados con éxito. La voz prosiguió con amabilidad:

Si lo desean, los camareros les proporcionarán pastillas, para reducir el malestar que sientan. La ley nos exige dar cuenta a nuestros pasajeros de los puntos de control que atravesamos en el espacio y de las rutas que seguimos. Normalmente, eso es todo cuanto ocurre. Hoy, sin embargo, tenemos un pasajero que hay que transbordar por medio de un cable hasta la boya Lambda, Será interesante observar la operación. Esa boya punto de control, antiguamente fue una nave interestelar medio destruida. En estos días...

Scott se dirigió hacia la sala de control, mientras la voz de tono agudo, describía a la vieja nave que ahora flotaba en el vacío. Estaba todavía equipada con el sistema de motores del sistema solar que podían variar de posición según la que ocupara el sol local, pero que no podían funcionar por ningún otro sistema. Allí estaba, y allí debía quedarse, de acuerdo con el paso de las naves para su contacto con el resto de la galaxia. La voz habló de antenas, de radares y de equipos telemétricos, como si se tratara de cosas extrañas. Describía el transbordo de un pasajero por medio de un tentáculo espacial como una operación de gran interés. Scott llegó a la sala de control, y oyó la voz dulzona de uno de los miembros de la tripulación que completaba su interlocución ante el micrófono. El capitán le hizo un gesto de bienvenida. No obstante, parecía preocupado. Era extraño que no hubiera un capitán que no se sintiera preocupado por el momento de la desaceleración. No era raro tener noticias de una nave que se estrellara en el momento de la desaceleración contra un planeta, o un asteroide o contra un sol refulgente en la fotosfera, pues una nave volvía al espacio normal casi al azar.

Se oyó una voz en la sala de control que dijo con bien disimulada tranquilidad:

Cuando suene el gong, la desaceleración se producirá exactamente al cabo de cinco segundos.

Se produjo un tic-tac, tic-tac lento y monótono. Pareció que no iba a terminar nunca. Después se oyó la señal del do en la fotosfera, pues una nave volvía al espacio normal atrás: Cinco-cuatro-tres-dos-uno...

La imagen de las pantallas de televisión zozobró. Todos cuantos se hallaban a bordo sintieron la misma angustiosa sensación de una caída sin fondo y en espiral. Después les invadieron las náuseas, pero afortunadamente, todo ello no duró más que escasos segundos.

En las pantallas volvió a aparecer la luz diáfana, Una voz que ya se había hecho característica, empezó a decir:

Punto de Control Lambda. Punto de Control Lambda. Comunique. Comunique...

Y empezaron a oírse algunos ruidos en el sistema automático de la nave, que estaba ahora retransmitiendo en alta frecuencia para que sus señales fueran captadas por el punto de control. La Vía Láctea se reflejaba a lo largo de no menos de cuatro pantallas de televisión, y la deformada nebulosa negra, la Coalsack, aparecía cada vez más grande y más próxima. Era de forma distinta a cuando se la veía desde la tierra. A la izquierda, y al frente, un brillante sol amarillo con un disco apenas perceptible, refulgía de un modo fantástico. Muy cerca se apercibían zonas lumínicas muy peculiares. Serían los Cinco Cometas de Canis y Lambda; de todos modos, aquellos cuerpos flotando en el espacio, no podían tener otro interés que no fuera el propio de los astrónomos profesionales; de no ser así nadie solía interesarse por ellos. Scott, sin embargo, los miró fijamente. El capitán de la nave, movió repetidas veces la cabeza:

—Menos mal que la desaceleración se ha producido a tiempo — observó—. ¡No me gustaría efectuar esta operación cerca de ellos!

Scott no respondió. Todos los procesos de desaceleración tenían que calcularse de forma que finalizaran cerca de destino. Las probabilidades en contra de que se produjera una colisión eran enormes, aparte de que las últimas expediciones de investigación realizadas, habían llegado hasta el corazón de aquellas hordas meteoríticas arracimadas, que resultaron ser cabezas cometarias y núcleos. Pero tales experiencias entrañaban un riesgo impresionante y en definitiva nadie quería correr tales riesgos en el campo de acción de un cometa. Y las corrientes meteoríticas arrastraban muchos de ellos. Los Cinco Cometas y Canis Lambda, eran particularmente indeseables en las proximidades de una nave espacial. Uno tras otro, dos puntos de control robot habían desaparecido de su órbita alrededor de este sol. Y aún, la mayoría de las naves se limitaban a informar someramente de su paso por allí y proseguían su viaje hacia el vacío infinitesimal.

—Humm... — murmuró el capitán—. Continuaremos hacia allí.

La operación de aproximación a algún punto era mucho más complicada en un crucero como aquel, que en una nave Patrulla. Tenía que realizarse una verificación del plano eclíptico. Debían efectuarse cálculos de distancias, con escasísima tolerancia de error. Ajustes micrométricos de reíais. Se comprobaban todos los datos, se volvían a verificar y por último se efectuaba una revisión exhaustiva. Y entretanto, el altavoz situado en el techo no dejaba de repetir con sonido metálico:

Punto de Control Lambda. Punto de Control Lambda. Comunique. Comunique...

La llamada había estado viajando a la velocidad de la luz durante casi una hora, antes de que el crucero divisara la boya espacial.

Otra advertencia a los pasajeros. El gong. Una cuenta atrás. Se volvieron a repetir los mareos, la sensación de caída, y las náuseas intolerables. Las pantallas resplandecían y emitían innumerables destellos de luz, que no eran más que estrellas. Y súbitamente, el sol Canis Lambda apareció cegador con un disco de medio grado, y la llamada reverberada del altavoz del techo se convirtió en un grito durante unas fracciones de segundo, antes de que el volumen del control automático se redujera.

El capitán parecía contento. No siempre se tiene la oportunidad de hacer una demostración ante un hombre de las Patrullas. Lo miraba todo con ojos complacidos, sin dar órdenes, mientras se comprobaba la dirección de las señales del punto de control, y se medían las distancias. Después el crucero empezó a aproximarse al lento sistema de vuelo solar, desde el cual los primeros hombres exploraron los planetas del Primer Sistema. Era necesario para despegues y aterrizajes.

Pero Scott permanecía mirando fijamente al frente. Los Cinco Cometas se dirigían hacia el sol; cinco luminosidades separadas, unas más grandes que otras, algunas con bolas enormes, y otras con colas más reducidas. Y todas estaban concentradas en una región muy pequeña del cielo.

A Scott no le agradaba el aspecto de todo ello, pero de no saber la distancia a que se hallaban, le hubiera sido imposible calcular si estaban muy cerca de ellas o no. Y aún entonces, las distancias en el espacio, no eran fácilmente calculables. No había forma de hacerse idea de las profundidades espaciales en lo que se refería a objetos astronómicos. Todo parecía plano. Era imposible ver algo más que los puntos de referencia angulares. En realidad las distancias no eran más que números sobre el papel. Pero aún así a Scott no le satisfizo lo que veía.

—Buen trabajo — dijo congratulador—. Voy a enfundarme mi traje de aislamiento. Estaré de vuelta antes de que haya llegado a la boya.

Regresó a su camarote y se cambió el atuendo civil por el uniforme. Se colocó el traje espacial de las Patrullas, pues era mucho menos voluminoso que el equipo utilizado en las naves mercantes. Le costó bastante el prepararse. Entonces recogió el informe que había preparado y volvió a la sala de control. Halló al capitán con el rostro encendido por la ira y el malhumor que le embargaban.

—Mire allí — fue lo primero que dijo a Scott sin poder disimular su indignación—. Recibieron nuestra llamada, y contestaron: «¿Qué nave es ésa?», y cuando se lo dije ya no respondieron. ¡Y ahora no contestan!

Como si deliberadamente quisieran contradecirle, a través del comunicador se recibió el siguiente mensaje:

No tienen que acercarse aquí para nada. No aceptaremos ni flete ni pasajeros. Continúen su viaje. Mensaje terminado.

El capitán se quedó mirando a Scott.

—¿Qué tengo que hacer ahora?

—Continúe su viaje — repuso Scott secamente — hacia el espacio de la boya. — Dudó un momento y después añadió—: Como precaución extrema sitúe a un hombre en los mandos directos. Haga que la nave describa un movimiento corto y repentino... si es que insisten mucho.

El capitán dio las órdenes oportunas. Manteniendo los motores en marcha durante un breve período, situaría al crucero un tanto apartado de aquel sistema solar. Hasta ahora el capitán se había mostrado preocupado solamente porque llevaba un pasajero a quien tal vez no se permitiera entrar en contacto con Lambda. No había precedentes de que nadie le dijera lo que tenía que hacer. Pero Scott le haba pedido que tomara unas precauciones que constituían algo más que una simple irregularidad en aquellas zonas de punto de control. En la actitud tomada por quien había hablado desde Lambda existía más delito que en el asunto de los pasajeros que no cambiaban de nave y en el de los fletes que no eran aceptados. Scott había llegado ya antes a estas conclusiones. El capitán dijo malhumorado:

—¡Yo no comprendo todo esto! Scott respondió:

—Pronto lo comprenderá.

Para él la situación era bastante evidente. El «Golconda Ship» regresaba de donde quiera que fuese que había ido en su quinto viaje a la caza de tesoros. Tenía que tocar puerto en Punto de Control Lambda, en lugar de hacerlo en cualquier aeropuerto del espacio normal. Sus planes eran de distribuir sus riquezas entre las instituciones financieras de una docena o un centenar de mundos en lugar de uno sólo. En un principio se pensó en guardar el máximo secreto respecto a sus inyecciones — el cual Scott no creía llegado todavía el momento de revelar — y la hora de su llegada era desconocida por todo el mundo, excepción hecha del Comandante en Jefe del Punto de Control Lambda, hasta que la operación hubiera terminado totalmente.

Pero ello, aparentemente no había ocurrido así.

Tomando en consideración las informaciones recibidas, a las que se podía conceder bastante crédito, y la explicación que le habían dado acerca de los pasajeros de otro crucero, y la insistencia por último de que esta nave debía seguir su rumbo sin intentar volverse a poner ni tan siquiera en contacto con ellos, Scott podía haber redactado un informe muy sabroso acerca de las condiciones y acontecimientos más sobresalientes del punto de control.

Cualquiera que estuviera enterado del lugar por donde volvería a aparecer el «Golconda Ship», podía haber organizado o que pudiera ser el delito más beneficioso jamás llevado a cabo en la historia de la humanidad. Hombres que hubieran sacado sus billetes desde mundos diferentes, pero todos con destino a Lambda, y allí esperar para trasladarse después a otros sitios. Otros hombres desde otros mundos podrían llegar para sumarse a su número. Después, repentinamente, y sin aviso alguno, los falsos pasajeros, entrarían en acción. Podría ser algo terrible. Se apoderarían de la boya del espacio, sin dudar en recurrir, si era preciso, a disparar a derecha e izquierda. Podrían capturar y hacer prisionera a la tripulación y a los auténticos pasajeros. Por otra parte, no podían correr ese riesgo.

En cualquier caso, si eso era lo que había ocurrido, los actuales ocupantes de Lambda estarían esperando la llegada del «Golconda Ship», y entonces se produciría una acción rauda y terrible. Era poco probable que ninguno de los que viajaban a bordo del

«Golconda Ship» llegara a sobrevivir. Y después los captores de la nave se alejarían con una riqueza tan grande, que dividida, como seguramente sería, ninguno de ellos dejaría de ser nunca un hombre fabulosamente rico.

Todo ello eran simples deducciones. Sólo Scott lo sospechaba, y allí no había ninguna nave Patrulla a la que poder avisar para que llegara antes de unas cuantas semanas. Scott podía reducir una parte del delito al imposible. Pero allí estaban los Cinco Cometas. Si una parte de la tripulación, o cualquiera de los que figuraban en la lista de pasajeros estaba todavía con vida, lo más probable es que fuera asesinado, a menos que subiera a bordo e intentara lo imposible. Él tenía que velar por sus vidas, si es que no habían sido asesinados todos ya. El hecho de que el intentarlo podía significar también su muerte, no alteraba en absoluto el claro sentido de la obligación que tenía.

Pero todo ello no eran más que, nuevamente deducciones, aunque los hechos en realidad no permitían otra interpretación. Se hallaba Scott analizando el conjunto del problema, cuando la voz se dejó oír de nuevo, con tono autoritario:

¿Qué demonios es lo que están haciendo? Aquí no hay ningún cargamento para ustedes, ni nosotros nos haremos cargo de nada. ¡Continúe su ruta y aléjense pronto!

En cierto modo la voz parecía la de alguien que habla correctamente, en contra de su costumbre... con único y exclusivo fin de aparentar lo que no era.

Scott se acercó al transmisor. Dijo con voz severa:

—Llamando a Punto de Control Lambda. Aquí el teniente Scott de la Patrulla del Espacio. Tengo órdenes para hacerme cargo y ponerme al mando de ese punto de control. Me dirijo hacia ustedes. Prepárense para recibirme. Mensaje terminado.

Se oyó un ruido indefinido, como si alguien hubiera mal contenido una exclamación. Después se hizo el silencio. Naturalmente, Scott sabía lo que estaba sucediendo. Ahora se estaba celebrando una conferencia en la boya, y todo para decidir qué hacer con él. Scott separó el micrófono hacia un lado y dijo con voz grave que infería carácter oficial a sus palabras:

—Capitán, si nos vemos en dificultades me veré en la obligación de tomar el mando de esta nave bajo la autoridad que me confieren las Patrullas del Espacio, para mantenernos a cierta distancia de este punto de control y advertir a todas las naves de las cosas tan sospechosas que están ocurriendo. Solicitaremos además a todas las naves que den la situación exacta de dónde nos hallamos a las Patrullas del Espacio.

El capitán del crucero le hizo un gesto de comprensión. Scott señaló el micrófono que tenía cerca de los labios. El sonido de su voz habría cambiado mientras le hablaba al capitán, pero sin duda alguna habrían oído sus palabras. Tenían que haberle oído desde la boya. En realidad podía muy bien haber hecho lo que había dicho. Pero allí estaban los Cinco Cometas. Y además también estaba la regla jamás escrita en la Patrullas, de que un hombre perteneciente a ellas nunca espera ayuda de nadie, aunque tenga oportunidad para solicitarla. A la larga era más ventajoso.

Volvió a poner el micrófono hacia un lado:

—Mantenga un hombre constantemente junto a los mandos — dijo frunciendo el ceño

—. Si algo despega de Lambda dirigiéndose hacia esta nave, mejor será que se apresure a distanciarse. No es mi intención, naturalmente, mantenerles a ustedes aquí. No serviría de nada. ¡Pero no me gusta todo esto!

El capitán abrió la boca para decir algo, pero uno de los hombres que componían la tripulación se adelantó a sus palabras diciendo:

—He localizado la boya, señor.

Una de las pantallas se oscurecía y volvía a abrillantarse nuevamente, con una imagen telescópica. Al principió mostró un monstruo, una masa refulgente de metal, sin el menor síntoma de oxidación que era un fragmento de uno de los planetas de Canis Lambda que había perdido años evo. Había estallado reduciéndose a pequeños trozos como el quinto planeta en el Primer Sistema. Ahora era un asteroide, demasiado pequeño para ser denominado planeta, o para tener una atmósfera o para servir de algo más de lo que era utilizado. Era un marcador. Su órbita alrededor del sol era casi circular y se podía computar con precisión. Y la boya estaba muy cerca. Las naves que buscaran el antiguo crucero, ahora estación de carga y descarga y hotel, podían saber perfectamente dónde encontrarlo en los trescientos millones de millas de órbita que describía el punto de control. La boya estaría, simplemente, donde las computaciones colocaran al marcador. Y tales datos eran conocidos y figuraban impresos para cada mes imaginable, para cada día y cada hora del más lejano futuro.

Parecía muy ancho, a medida que aumentaba su volumen sobre la pantalla. Un punto parpadeante apareció junto a él. Scott lo contempló y sacudió la cabeza. ¿Los Cinco Cometas se dirigían hacia allí y la boya no se alejaba para ponerse a salvo? Incluso los criminales... Pero sus labios se apretaron entre sí con fuerza. Las cosas parecían tomar un cariz mucho peor que el que había supuesto.

La boya era... había sido... una nave que no se diferenciaba mucho de la que ocupaba en estos momentos Scott. Ahora hacía gala le radio, radar y aparatos telemétricos compuestos al parecer por cientos de piezas. Por el tamaño de la nave, Scott empezaba a hacerse una idea de la distancia que les separaba. El refulgente asteroide marcador se hallaba a unas dos millas de la boya. Flotaban en la misma órbita muy cerca el uno del otro. Al verlo más de cerca ahora, aparecían depresiones circulares sobre la sustancia del marcador. Eran cráteres como aquellos hallados en el interior de las lunas y en Marte, en Mercurio y en Primer Sistema. Eran cráteres producidos por los impactos de los bombardeos de asteroides constituidos en rocas masivas que recorrían el cielo. Ellos constituían la evidencia de que el espacio no estaba siempre vacío en el lugar donde flotaba el punto de control. Los puntos de control robot, había desaparecido aquí de sus órbitas, y los astrónomos culpaban de ello a los Cinco Cometas y señalaban a los cráteres producidos por impactos, como prueba de que ellos habían sido la causa.

Scott volvió el rostro. Se distinguían algunos punios circulares de luz que parecían competir con las estrellas. Eran los cometas en su avance. Sus órbitas eran conmensurables, y de vez en cuando se cubrían de afelio todos a la vez. Y éste era uno de aquellos momentos. Se sabía desde hacía mucho tiempo, pero la boya parecía ignorarlo. Flotaba pacientemente en el espacio, a algunas decenas de veces su propio tamaño de distancia, desde el marcador asteroide.

—Voy a bajar a la cámara de aire — dijo Scott—. Que su hombre no se mueva para nada de junto a los mandos. En cuanto esté a bordo esperen cerca hasta que yo haya soltado el cable o al menos hasta que haya pasado media hora. Y... — le entregó su informe escrito — vea de que esto llegue a las Patrullas del Espacio lo antes posible.

Bajó a la cámara de aire. La tripulación del crucero esperó para ayudarle. Las naves mercantes llevaban muchos más hombres en comparación que los que solía transportar una nave de los Patrulleros. Operaban con mucha más eficiencia. Aunque era prácticamente innecesario, verificaron el sintonizador de su traje espacial comprobándolo con la frecuencia del comunicador, para asegurarse de que oiría todo lo que hablaran entre el crucero y Lambda, y de que él también podía tomar parte en la conversación.

Durante bastante, bastante rato, no ocurrió nada. Oyó algunos ruidos de algún lugar donde el micrófono estaba abierto. Después una voz, llegó hasta sus auriculares, en tono muy desagradable.

Recibiremos al teniente Scott. Pónganle un traje espacial. Vamos a enviar un tentáculo a por él.

La voz del capitán del crucero llegó hasta él, a través de los auriculares de su casco. En estos momentos se dirige hacia la cámara de aire.

Scott observaba la pequeña pantalla monitor que había en el muro de la cámara de aire. Su función primordial era mostrar el exterior más próximo de la cámara, para facilitar las operaciones de emergencia de cualquier clase. Al principio Scott no vio más que una pléyade brillante de estrellas. Después, lentamente, el resplandor del objeto metálico que era la boya espacial, y que parecía querer escapar de los límites de la pantalla. Había plataformas a lo largo de los flancos fusiformes. Y puertas para la carga y descarga de mercancías. Y puertas más pequeñas que sin duda eran las cámaras de aire para el personal. Y verdaderas junglas de antenas para comunicaciones, y observadores meteoríticos y telemétricos en diferentes puntos.

Los ojos de Scott se fijaron en la puerta de una cámara de aire abierta. No podía haber nada más mortífero que una puerta abierta ya para que él entrara. Pero también de ella podía salir un cohete de escaso alcance, si es que alguno, camuflado como mercancía, había entrado en la nave.

El campo estelar varió. El crucero había cambiado de posición. Estuvo cambiando su ángulo con respecto a la boya hasta que, en caso de haber un cohete en la boca de la cámara, no pudiera de ningún modo acertar al crucero. Ello implicaba malestar e intranquilidad por parte del capitán de la nave. Scott aprobó su maniobra.

Ahí va nuestro tentáculo — oyó decir a la voz procedente del Lambda. Algo delgado y parecido a un gusano, salió de la abertura. Serpenteaba, se movía convulsivamente y continuaba extendiéndose. Se iba abriendo camino en el espacio vacío entre las dos naves. Scott cerró la puerta de la cámara interior. Vio cómo la aguja de la presión de aire descendía a cero. Una refulgente luz amarilla le indicó que podía abrir la puerta de la cámara de aire exterior. Y así lo hizo.

No era para él nada nuevo el contemplar la nada infinita. La gravedad artificial del crucero hacía que la proa de la nave pareciera estar situada arriba, y la popa abajo. Pero tuvo plena conciencia de que se hallaba en un umbral desguarnecido sin otra cosa ante él que el más puro y absoluto abismo. A algunos cientos de yardas de distancia la boya espacial avanzaba muy lentamente. Todo ella denotaba estabilidad. Y el crucero denotaba estabilidad. Pero entre ambos se abría un golfo de vacío tal que todos sus instintos parecían invitarle a que abandonara su empeño.

Sé sintió invadido por la rabia, como le ocurría cada vez que la debilidad parecía querer adueñarse de él. Observó el serpenteante tentáculo en su preciso discurrir hacia él. No daba la sensación en absoluto de ser una cosa inanimada, pero daba la impresión indeleble de torpeza y de holgazana ineptitud. Por fin llegó a la cámara de aire del crucero.

Scott se ató a él el cinturón. El tentáculo empezó a retractarse. Tiró de él arrastrándolo al exterior de la cámara de aire. Cerró los dientes con fuerza cuando se sintió pendiente del vacío, sabiendo sobre todo que podía estar cayendo durante miles y miles de años sin llegar nunca a ningún sitio.

La voz áspera dijo:

—Ahora ya se pueden ir. Dentro de unos segundos estará con nosotros.

Como si se tratara de una respuesta a sus palabras, el crucero se puso en movimiento. Acelerando los motores salió despedido como un dardo, alejándose de la boya espacial. Su silueta fue mermando en el espacio...

En aquel instante, el tentáculo dejó de arrastrar a Scott hacia la boya. Se limitaba a sostenerle en el vacío. Después el cable zigzagueó en el aire como si mostrara impaciencia. Pero el crucero estaba todavía dentro del radio de acción del comunicador del traje espacial. Cuando realmente desapareciera, algo debería ocurrir. El tentáculo podría arrojar a Scott a gran velocidad y toda su extensión, y con tal violencia, que cuando se detuviera, el extremo del cable se desprendería de su cinturón, y él quedaría flotando para siempre en el vacío. O también, podía atraerlo hacia la boya, a tal velocidad que el choque contra las planchas metálicas de la nave harían reventar el traje espacial y el casco, quedando él convertido en una horrible cosa aplastada, mientras la sangre y trozos de su carne, iban a perderse en el vacío. Considerando todos los extremos, éstas parecían ser las alternativas, tan pronto como el crucero se alejara en el espacio.

Scott disimuladamente, caso de que le observaran, desabrochó el mosquetón del extremo del tentáculo al que momentos antes se había unido. Continuó unido al mismo por medio de su mano enguantada. Aún cabía otra posible alternativa. El tentáculo podía lanzarse en cualquier dirección o recogerse sobre la nave a toda velocidad. Pero él quedaría flotando a unos cuantos cientos de yardas de Lambda con un diminuto motor a

propulsión que le sostendría en el espacio mientras tratara de abrirse camino hasta el interior de la boya.

Muy por encima de cualquier otra posibilidad, era ésta la que realmente esperaba que iba a suceder.