Capítulo II
PERO el crucero revisó sus movimientos. Se detuvo a unas cinco millas de distancia, donde no era más que un simple punto plateado en el espacio, mucho más allá del asteroide con cráteres producidos por impactos en su superficie. La voz del capitán, dijo secamente:
—Le vigilaremos.
Scott repuso pausadamente:
—Dejé órdenes escritas al capitán de la nave, en las que detallaba perfectamente... Continuaba asido al extremo del tentáculo, mientras al parecer se estaba debatiendo su
muerte. Oyó voces que llegaban a él débilmente. En algún sitio había un micrófono abierto. Estaban discutiendo acaloradamente. Oyó otras voces.
...loco imbécil! Él estará... ese crucero... te dije de coger... lo que salga mal con... él no puede hacer nada... Después una risa burlona... bonita compañía para Janet... y después una voz autoritaria... Traedle a bordo. Después ya decidiremos...
Scott se aferró con todas sus fuerzas al extremo del tentáculo. El crucero flotaba en el espacio a varias millas de distancia. El capitán, sin duda, estaría observándolo todo, y estaba dando muestras de gran perceptividad. Había puesto en movimiento el crucero. No incurría en el error de ponerse en contacto con Scott para no levantar sospechas y dar a entender que se hallaba al acecho de cualquier contingencia. Se condujo dentro del más estricto y severo comportamiento, dejando la resolución y la iniciativa de aquel asunto al hombre de las Patrullas. Con un hombre siempre a punto para poner en marcha y acelerar a fondo los motores, se hallaban a salvo de la destrucción de un cohete por ejemplo, si es que alguno había sido introducido clandestinamente en la boya, entre las cajas y cajones de mercancías. Pero cualquier cosa que pareciera sospechoso o desacostumbrado sería motivo suficiente para que el crucero se pusiera en marcha de inmediato, y en bien y por la salvación de los pasajeros. Cualquiera que fuera la causa que hiciera cundir alarma en el crucero sería desaconsejable. Si por cualquier razón el crucero tenía que acercarse a la boya, por orden expresa de Scott y respaldado por la autoridad que le confería la Patrulla del Espacio, podía significar el desastre para una empresa ilegal, porque si de repente aparecía el «Golconda Ship» y se daba cuenta de que no estaba sólo en el punto de control, ello supondría una situación muy comprometida tanto para la boya como para el crucero. Por eso en la boya, nadie quería que el crucero se sintiera defraudado.
Scott redobló su fuerza sobre el tentáculo. De nuevo empezó a acercarse hacia la boya. Ahora le conducía suave y lentamente hacia el Punto de Control Lambda. Aquel objeto de colores dorados, se hacía cada vez más grande, para convertirse en algo enorme, y transformarse poco después en algo monstruoso. Su superficie exterior se hallaba ya muy próxima.
Las suelas magnéticas del calzado de Scott hicieron su primer contacto, proporcionando esa peculiar adhesión de la que nunca se siente uno totalmente seguro.
Soltó el tentáculo, que se introdujo en el pequeño agujero de metal galvanizado del casco de la boya. Allí había una puerta que no se abrió. Scott se hallaba aislado sobre la superficie exterior de lo que en otro tiempo había sido un crucero de varios miles de toneladas de capacidad. Esperó. Los fragmentos asteroides parecían hallarse muy cerca. Parecía que iban a derrumbarse pronto sobre Scott, para aplastarle. Pero Scott estaba habituado a aquel tipo de sensaciones ilusorias. Continuó esperando a que le dejaran
entrar. Comprendió que, o bien, es que estaban haciendo muchos preparativos para recibirle o bien que la boya estaba esperando que el crucero se alejara definitivamente.
De pronto dijo con voz inmutable:
—Estoy esperando para poder entrar en la cámara de aire.
Su tono de voz poseía la frialdad del de los hombres que siempre están dispuestos para cometer un crimen. No Conjugaba en absoluto con la situación en que se hallaba. Y en el interior, debían estar atravesando momentos de inseguridad, sin estar seguros de si él sabría algo, o lo habría adivinado todo. Un tono punzante no hubiera sido el más conveniente. Los delincuentes, en el momento de quebrantar la ley pueden sentirse frustrados.
Y lo estaban. Todavía transcurrieron unos tres cuartos de minuto. Después se oyeron algunos chirridos, que eran transmitidos a través de la suela metálica de su calzado, y llegando hasta Scott gracias al aire que había en el interior de su traje espacial. Una de las puertas de la cámara de aire se abrió. Scott, sin apresuramientos ¿e fue acercando a ella. Entró, y la acción repentina de la gravedad artificial restauró la sensación de la verticalidad. Con la mayor naturalidad, cerró la puerta exterior. Notó cómo su traje perdía tersura al entrar en contacto con el aire. Abrió la puerta interior de la cámara de aire, y pasó al interior de la nave transformada en boya espacial.
No habrá, venido nadie a recibirle. Ni se veía a nadie por ningún lado. Oyó una música tenue... música al estilo Thallian. Permaneció envarado, rígido, durante unos momentos, esperando que de un momento a otro, apareciera alguien para sorprenderle. Después, desestimó la idea, y se deshizo de su traje espacial. Lo colocó sobre una silla, acicaló las formas de su uniforme, y confiadamente se internó en la nave. Sabía, naturalmente, que le estaban vigilando; si no directamente, a través de televisores en circuito cerrado instalados estratégicamente.
Se dirigió hacia la sala de control. Era el recinto de la nave oficialmente ocupado por el personal de Patrullas que operaban en el equipo del punto de control, y en el momento oportuno rectificaban la posición de la nave, tomando siempre como punto de referencia el asteroide marcador. En otro tiempo, la boya, debió haber estado revestida de indudable elegancia — techos altos, no había necesidad de ahorrar espacio en una nave espacial, decoraciones en madera, y espesas alfombras, le daban a aquel recinto la apariencia y la sensación de un hotel a la antigua usanza —; había un mostrador para un conserje. Pero no había nadie allí. Scott, atravesó la puerta que conducía al comedor, que en cierto modo recordaba mucho más un restaurante. En uno de los lados se alzaba una pequeña, pero coquetona pantalla, donde sin duda se debían pasar películas en relieve.
Vio una muchacha. Estaba sentada, y por su posición se diría que estaba contemplando una película en la pantalla curvada. Seguía oyéndose la música en tono muy suave. La muchacha no volvió la cabeza. Continuó mirando la pantalla, mientras Scott se alejaba por la puerta opuesta.
Quedó realmente sorprendido. ¡Nunca hubiera imaginado que pudiera haber mujeres involucradas en este asunto! Scott llegó a la convicción de que tenía que seguir una línea de acción específica si quería llegar a conseguir buenos resultados de aquella empresa en que se veía envuelto. Había que hacer algo, porque lo requería la situación reinante, y sólo él era capaz de intentarlo.
Aparentando una gran tranquilidad y confianza, fue hacia la puerta de la sala de control. Puesto que estaba designado para responsabilizarse del mando en aquel lugar, sería de buen tono dar la impresión de que conocía perfectamente su nave sin haber estado antes en ella, y las obligaciones que se derivaban de su cargo.
Abrió la puerta de la sala de control y dos hombres, con uniformes de Patrulleros se pusieron inmediatamente en pie. No eran personal afecto a las Patrullas. Con uniformes o sin ellos, eran civiles. En el saludo que le otorgaron se apreciaba claramente el esfuerzo que tuvieron que hacer para darle a éste una apariencia militar. Scott enarcó las cejas.
Murmuró algo ininteligible a modo de respuesta. En las Patrullas no se formulaba ningún saludo cuando se estaba en el cumplimiento de una misión. Con una mirada rápida recorrió toda la sala. Había un cuadro registrador de tiempos cuyas anotaciones se habían negligido. Algunas cosas mostraban no haber sido atendidas como debieran diariamente. Y otros pormenores de limpieza y orden se hicieron aparentes poco después. Esta sala de control había sido ocupada. Ceniceros repletos de colillas y ceniza daban buena prueba de dio. Pero la limpieza característica y ritual de los Patrulleros no se había efectuado al menos en una semana. No le cabía la menor duda.
Los dos civiles en uniforme permanecían en pie, por considerar que con ello denotaban deferencia a un superior. Scott les consideraba con deliberado aire enigmático. Después, dijo secamente:
—Descansen.
Se relajaron, aparentemente satisfechos de haber salido con éxito a la inspección. Scott se acercó al tablero de mandos del punto de control y se sentó. Hizo girar la silla y quedó frente a ellos. Entonces dijo:
—Antes de que lo mataran, ¿dijo algo el teniente Thrums acerca de los Cinco Cometas?
Su predecesor en mando de aquella boya se llamaba Thrums. Scott se aventuró a intuir que había muerto. Los dos pseudo-Patrulleros no pudieron reprimir un gesto que denotaba la sorpresa que les producían las palabras de Scott.
—Sí, no señor — dijo uno de ellos—. No dijo nada.
—Tal vez — repuso Scott con amabilidad — no se lo confió a ustedes. Pero éste era un asunto en que estaba muy bien interesado. ¿O quizá no tuvo tiempo de hablarles de ello antes de que lo asesinaran?
Su modo de actuar tenía cierta semblanza con el que tomaría un nuevo oficial recién llegado que no sospechara nada. Por otra parte tampoco cabía esperar que su forma de desenvolverse fuera la de un hombre que sospechara algo. Los dos individuos con uniforme de Patrullas quedaron un tanto embobados. Uno de ellos consiguió decir con escasa naturalidad:
—El... el teniente Thrums, señor... se había mostrado de muy mal humor y hasta displicente durante bastante tiempo. Un día fue a la cámara de aire y cerró la puerta interior y abrió la exterior. Después salió al exterior, señor. No... no pudimos recuperar su cuerpo.
—¡Interesante! ¡Muy interesante! — dijo con tono irónico—. ¡Fue una gesta muy interesante! Si en la cámara se hubiera hecho el vacío cualquier otro hubiera muerto por falta de oxígeno antes de que pudiera abrir la puerta exterior. O por el contrario, si dejó que escapara el aire al espacio por los escapes de emergencia, la descompresión le hubiera tumbado sin remisión antes de que pudiera abrir la puerta. Piensen en otro cuento mejor y ya me lo dirán más tarde, ¿quieren? Pero de momento...
Se puso a gritarles de repente.
—¡Vayan a buscarme al mandamás de los civiles que hay aquí! ¡Al jefe! ¡Al hombre de quien todos reciben órdenes! AI hombre que les ha metido en todo este lío. Tengo que sacarles de aquí, si es que aún hay alguna posibilidad de hacerlo.
Uno de los individuos uniformados se dirigió hacia uno de los comunicadores. Scott gritó con redobladas energías:
—¡Dije que vaya a buscarlo! ¡No dije que le llamara! ¡Vaya por él!
Los dos hombres uniformados casi cayeron al tropezar el uno con el otro en el momento de traspasar la puerta. Evidentemente no formaban parte del grupo criminal. Una empresa como la que llevaban entre manos hubiera necesitado más organización que un simple grupo de atracadores de banco, y que una confabulación de raptores o asesinos. Si realmente lo que querían era apoderarse de Lambda, para capturar al
«Golconda Sfaip». la organización debía ser mucho más complicada. Como es lógico hacía falta hombres que supieran manejar las armas con bastante perfección. Pero también les haría falta hombres que supieran manipular con mejor o peor acierto una nave en funciones de punto de control. Aquellos individuos con uniformes de Patrullas debían ser delincuentes de escasa importancia, raterillos, a quienes habían convencido para enrolarse en esta gran aventura, para que desempeñaran funciones que debían requerir cierta habilidad o conocimientos.
Scott se inclinó hacia el micrófono que había sobre el tablero de mandos, pulsó el botón C. G. (comunicación general), para que no hubiera ni un solo rincón de la nave que no oyera sus palabras y comenzó a decir:
—¡Atención a todo el personal! Soy el teniente Scott, de las Patrullas del Espacio, y he sido designado para llevar a cabo el mandato de esta instalación. Acabo de llegar a bordo. El crucero con el que llegué se halla situado por estos alrededores de Lambda, dispuesto para hacerse cargo de los pasajeros que deseen alejarse del peligro que está cerniéndose al punto de control. Los Cinco Cometas de Canis Lambda se dirigen ahora en dirección al sol. Las computaciones realizadas demuestran que algunos núcleos y las cabezas de los mismos, en no menor cantidad de cuatro o cinco, cruzarán nuestra órbita en el momento preciso en que nos hallemos allí. La cabeza de un cometa está constituida por una multitud de cuerpos meteoritos, que se cuentan por cientos de millones, que viajan en grupos de cientos, miles, y hasta decenas de miles, a lo largo de muchísimas millas. Dos robots de verificación fueron ya destruidos en esta zona a causa de ellos. Y esta nave, no es apta para alejarse del peligro a la velocidad que se requeriría. Su único sistema de vuelo, es el solar. Mi intención es quedarme a bordo, y tomar las medidas de emergencia que tengo preconcebidas.
Pero es mi obligación informarles que será un asunto extremadamente peligroso. Recomiendo a todos los pasajeros y a cuantos tripulantes pueda haber en la nave, que están en su derecho de hacer transbordo al crucero que les está esperando. Tienen que apresurarse. El crucero no esperará más de media hora, porque tiene que pensar también en la seguridad de sus propios pasajeros. Repito. ¡Tienen que apresurarse! Pero recomiendo a todo el personal de la nave cuya presencia no sea indispensable en la misma y a todos los pasajeros, que efectúen el transbordo inmediatamente.
Desconectó el micrófono. No esperaba resultado alguno de la alocución que acababa de hacer. Tal vez incluso, aquellos que en estos momentos estaban controlando la boya, se estarían riendo a mandíbula batiente. Pero con ello ya había preparado sus mentes para los acontecimientos venideros. Últimamente...
Las tradiciones de las Patrullas, eran muchas y variadas. Un hombre de las Patrullas del Espacio podía requerir ayuda, pero nunca esperarla. Cuando un problema parecía insoluble, un hombre de las Patrullas hacía cuanto estaba en su mano para cambiar o rectificar una parte de él, lo cual en el peor de los casos podía causar confusión, y en el mejor de los casos estropear en todo o en parte los Scott tenía un problema terriblemente complicado entre sus manos. Pero llevándolo con mano firme y segura, y con un poco de suerte, podía evitar que se llevara a cabo la captura del «Golconda Ship», sin hacer necesaria la destrucción del punto de control. Incluso podía aspirar a salvar las vidas de los pasajeros auténticos y de los hombres afectos a la tripulación... si es que todavía quedaba alguno con vida. Pero eso, era también problemático. En cualquier caso, no entraba dentro de sus planes el efectuar la captura de los delincuentes en aquel mismo momento. Los Patrulleros salvaban vidas antes que hacer detenciones.
Los dos individuos disfrazados de Patrulleros volvieron a la sala de control. Con ellos venía un hombre de escasa estatura, regordete, y con traje de paisano. Parecía realmente divertido.
—¡Oh, ya, teniente! — dijo con blandenguería—. Me temía que sería usted.
—Me dijeron ellos — dijo Scott con arrogancia — que sargentea usted las operaciones aquí.
—En parte, en parte — dijo el regordete con la misma voz blandengue de antes—. Me llamo Chenery. ¿No me conoce?
—No — repuso Scott.
—Me llamo Chenery — insistió el hombre—. Usted me salvó la vida una vez. ¡Debía recordarlo!
—Pues no me acuerdo — repuso Scott secamente.
—Me hallaba en apuros — continuó Chenery hablando con voz alegre—. ¡Y qué apuros! Ya me veía metido en la cámara de gas por algo que no había hecho.
¡Honestamente! Y usted descubrió que no era yo quien lo había hecho, de manera que metieron en la cámara de gas a otro, y no a mí. Y ahora soy un hombre honesto, y llevo el negocio del hotel aquí. Por usted. ¡Estoy muy agradecido!
Scott prefirió hacer caso omiso de aquel asunto. Dijo:
—Ya ha oído lo que he dicho hace poco por el micrófono. Tengo que hacer un trabajo. Quiero reunirme con los hombres que no subirán a bordo del crucero. El tratar de esquivar los Cinco Cometas para que no nos aplasten va a ser un trabajo ímprobo. Necesito conocer a los hombres que me ayudarán a llevarlo a cabo. Necesito conocer la boya. Quiero que me guíe usted y que me presente a todos.
—De acuerdo — dijo el hombre con cordialidad—. Una vez me hizo usted un favor. ¡Ahora se lo haré yo a usted! Le mostraré teda la nave y le volveré a traer aquí sano y salvo.
—Muy bien — repuso Scott cortésmente. Se puso en pie y se dirigió a los dos hombres que vestían uniforme—: Ustedes quédense aquí cumpliendo con su trabajo. Si llama el crucero, díganle a su capitán que yo le volveré a llamar dentro de un momento.
—¡Sí, señor! — respondió el más alto de los dos. Le hizo un saludo que más bien le recordó una rúbrica en el aire. Aquello le irritaba. Tenía que hacer grandes esfuerzos Scott para no decirles que los Patrulleros no saludan excepto en ocasiones que encierran mucho formulismo. En lugar de ello, salió tras el tipo regordete, fuera de la sala de control.
Reinaba un silencio muy peculiar en todas las dependencias y los pasillos de la boya. El único ruido que cundía por todas partes, era la música Thallian que procedía del teatro en miniatura. El individuo rollizo caminaba delante, haciendo ruidos raros con los labios, como si absorbiera algo. Parecía estar concentrado en sus pensamientos. De pronto, sacudió la cabeza.
—¡Es curioso! — dijo reflexivamente—. ¡Extraordinariamente curioso! Aquí está el hombre que me salvó la vida. ¿Y todavía no me recuerda? ¿Chenery?
—No — repuso Scot. No había ninguno en las Patrullas que recordara todos los nombres de la gente que contactaba en su trabajo.
—Fue en Glamis — continuó Chenery—. Me tenían de tal forma acorralado, que yo ya no veía solución posible! Iba directo hacia la cámara de gas... y entonces llegó usted con el tiempo justo para demostrar quién había sido el culpable. ¡Y usted no se acuerda!
—No — admitió Scott—, no me acuerdo.
—Cosas así, un reo no las olvida nunca — dijo Chenery—. Pero tanto que usted me recuerde como que no, me hizo un favor. Y nos hemos ido a encontrar aquí. ¡Es tan pequeña la galaxia!
Se hallaban ahora en el piso inmediatamente inferior a la sala de control, donde todo lo concerniente al viejo hotel parecía en desuso y con bastante polvo. La necesidad de que las partículas de polvo mantuvieran un correcto contenido iónico en el aire de una nave espacial era una vieja historia, pero uno se podía hacer una idea del tiempo que hacía que no se había hecho limpieza alguna allí. Scott calculaba que haría unos siete días, lo cual concordaba más o menos con lo que había visto en la sala de control.
Chenery entró en el pequeño teatro, dedicado igualmente a proyecciones. La muchacha continuaba sentada allí, con la cabeza vuelta hacia la pantalla. Pero no parecía estar siquiera mirándola. Daba la sensación de que estuviera mirándola ciegamente, mientras que sus pensamientos — desesperados pensamientos — se hallaran concentrados en otra parte.
—Janet — dijo Chenery amistosamente —hay aquí alguien a quien quiero presentarte. Es el teniente Scott, de las Patrullas del Espacio. Acaba de llegar a bordo para ponerse al mando de la boya.
La muchacha volvió la cabeza con cierta reluctancia. Sus ojos fueron a posarse sobre Scott. Vio su uniforme. Le miró el rostro. Después, su expresión toda una sucesión de emociones que le embargaba. Estaba sorprendida, casi incrédula. Instantes después, pareció renacer en ella una perdida esperanza. Pero Chenery rezongó:
—Vino a bordo él solo para hacerse cargo de todas las cosas.
El rostro de la joven perdió su rictus de esperanza, y un gesto de amargura le sustituyó. A continuación miró a Chenery, luego a Scott y en sus ojos se pudo leer la conmiseración que la invadía.
—Le estoy enseñando todo esto —dijo Chenery con énfasis—. ¿No le oíste cuando se dirigió a todos a través de los micrófonos para que nos dispusiéramos a abandonar la nave y dirigirnos al crucero que está esperando?
—Pues... la verdad es que no lo oí.
—Él lo explicará... probablemente — dijo Chenery con cierto deleite en sus palabras—. Es un viejo amigo mío. Él no se acuerda, pero en una ocasión me hizo un gran favor. Quiere recorrer toda la boya. ¿Quieres venir?
La muchacha le miró infelizmente.
—Todo irá bien — le aseguró Chenery—. Ya le hablé de ello a Bugsy. Y yo estaré allí. Yo y el teniente. Y podrás echar un vistazo al hospital junto con nosotros.
La muchacha se puso en pie. El gesto de total desesperación que se veía en su rostro era algo conmovedor. Scott tuvo que reconvenir en contra de sus primeras suposiciones de todas las probabilidades, que se había equivocado al juzgar que no era posible que hubiera una mujer o varias, que estuvieran involucradas en este asunto. De todos modos, era imposible que esta muchacha estuviera ligada para nada con los delincuentes. En realidad, sí que estaba ligada, pero en contra de su voluntad. Y miraba hacia el frente como si hubiera perdido toda esperanza de escapar al desastre más completo que hubiera oído comentar en toda su vida.
—Janet — explicó Chenery alegremente — es enfermera. Se ha estado cuidando de un par de tipos ahí abajo en el hospital. Iban en una nave desde donde habían sido atrapados hacia donde tenían que ser sometidos a una buena dosis de gas. Quisieron poner en práctica un pequeño truco. Creyeron que podrían deshacerse de sus guardias y ocupar la nave a su antojo. Pero no pudieron. En su intento salieron con quemaduras de cierta consideración. Y entonces hubo que sacarlos de la nave donde estaban porque necesitaban un hospital y nosotros teníamos uno. Janet es la enfermera.
Scott no hizo ningún comentario. Dedujo que el papel que estaba desempeñando de ignorar todo lo que estaba funcionando mal aquí, le estaba saliendo a las mil maravillas. Lambda había sido tomada por delincuentes, porque el «Golconda Ship» se acercaba a la boya. Podría ser necesario en un momento dado convencer a alguien de que todo estaba sumido en la más absoluta normalidad en la boya espacial antes de que se alejaran de allí con sus propósitos cumplidos o no. Y Scott era utilizado en aquellos momentos casi como a modo de ensayo. Y cuanto más aparentara él el aceptar todo aquello como dentro de la mayor normalidad, los miembros de aquella conflagración de delincuentes más se animarían. Si se mostrara un tanto remiso, el efecto sería totalmente al contrario, y entonces le matarían en cuanto el crucero que esperaba por los alrededores se hubiera alejado definitivamente. Todo ello era de una evidencia notoria. Al menos, durante casi media hora no harían el menor intento de asesinarle. Se había metido en la guarida de los hombres que intentaban apresar al «Golconda Ship». Y debían estar observando sus reacciones.
Siguió a Chenery a otro piso inferior. Eran camarotes para los pasajeros que habían dejado en la boya otros cruceros, a fin y efecto de hacerse al espacio en otras naves con rumbo a sus destinos en algún planeta. Scott prefirió dar la sensación de que no le interesaba ver los camarotes. Había muchas probabilidades de que en alguno de ellos encontrara signos que evidenciaran asesinatos cometidos. No era aconsejable por el momento descubrir cosas de ese tipo. Pero Scott se dio cuenta de que Janet se puso muy pálida en el momento en que él miraba hacia el fondo del pasillo.
En una de las paredes se apreciaban desconchones. No es que sobresalieran mucho, pero no cabía la menor duda de que habían sido hechos con arma de fuego, y el hecho de efectuar disparos no era ni mucho menos corriente en una nave espacial. Scott simuló no haberse dado cuenta. Descendieron por una nueva escalerilla. Había tres pisos para camarotes de pasajeros y todos ellos estaban ocupados en aquellos instantes. Sólo del último de todos ellos salían algunos ronquidos y un ligero olor a bebida alcohólica.
—Aquí hay alguien — dijo Chenery, queriendo hacerse el gracioso — que no ha oído lo que usted dijo a través de los micrófonos, teniente. Tal vez será mejor que le despertemos para que se vaya. Pero ahora, no. ¡Ahora mismo, no!
Más al fondo, hacia popa, se hallaban salas reservadas para mercancías y equipajes de pasajeros. Algunos se veían desde allí. Por término medio, un pasajero espacial llevaba el doble de equipajes de los que necesitaba para un viaje a través del espacio entre los mundos. Nadie, o muy pocos, se daban cuenta de que los comercios que había en un planeta situado a una centuria luz de distancia, tenían en sus estanterías los mismos artículos que cualquiera pudiera comprar a la vuelta de esquina de la ciudad donde residiera. Y esa era la razón por la cual los viajeros espaciales llevaban consigo montañas de equipajes. Pero era posible hacerse una idea aproximada del número de pasajeros, haciendo un balance de la guardería de equipajes. Scott hizo sus cálculos. Dedujo que los hombres involucrados en el asunto debían llevar poco equipaje, lo más indispensable, porque sus proyectos residían lógicamente en deshacerse de todas sus pertenencias para adquirir otras de más valor en cuanto tomaran el mando del «Golconda Ship». Todos los bultos eran los típicos que suelen llevar los pasajeros, pero Scott estaba seguro de que allí había muchos equipajes que sus dueños no irían nunca a reclamar. La desesperación que había leído en el rostro de la muchacha, daba buena cuenta Je ello. Calculó que habría unos siete pasajeros auténticos y unos veinte de los otros. Se preguntó si el encargado de los equipajes no encontraría extraño que se reunieran tantos viajeros en Lambda con tan pocos equipajes. No era probable que hubiera sospechado nada.
Más abajo había otros pisos. Dos de ellos estaban iluminados con una luz lúcida que reproducía exactamente la calidad de la luz del sol amarillo Tipo G. Allí había jardines hidropónicos, que se desarrollaban gracias al tipo de luz y recogían el óxido de carbono y el exceso de humedad del aire, y por contra proporcionaban sustancias alimenticias frescas a los componentes del Lambda. El tercer jardín se hallaba sumido en la oscuridad, porque las plantas requerían períodos de oscuridad al igual que de luz, si tenían que crecer y dar frutos.
Hasta entonces no se habían encontrado con ningún ser humano. Scott estaba seguro de que había muchos más hombres a bordo. Sólo unos cuantos escogidos habrían sido autorizados a dejarse ver, en razón de que su aspecto exterior debía muy bien poder dar la sensación de formar parte de los pasajeros o de la tripulación. Habría hombres armados, con las expresiones y la mirada fría de los pertenecientes a aquel tipo de gentes. Y a buen seguro que se estarían divirtiendo a costa de la aparente inocencia de Scott y tarde o temprano aparecerían. Pero era preferible saber hasta qué punto Scott desconocía lo que allí estaba sucediendo y cuáles eran sus proyectos, si es que los tenía. Scott llegó a pensar que Chenery habría sido el que había ideado el someterle a aquella prueba.
En una de las zonas destinadas a equipajes, había dos hombres. Ambos tenían las camisas desabrochadas y mostraban el pecho lleno de vello y pantalones de trabajo muy usados que despedían olores entremezclados de los diferentes trabajos que desempeñaban dentro de aquel recinto. Estaban jugando a naipes sobre una caja que habían colocado entre ellos. Aquellos hombres desempeñaban el papel de mozos de equipajes sin tener la menor noción de cómo darle realismo. Alzaron la cabeza cuando Chenery les dijo cordialmente:
—¡Hola! Éste es el teniente Scott, el nuevo oficial de Patrullas. Quiere saber cómo van las cosas.
—¡Muy bien! ¡Muy bien! — dijo uno de ellos. Y continuó dirigiéndose a Scott—. Y en cuanto a eso de abandonar la boya y marchar el crucero, teniente, hemos pensado que si usted va a quedarse, nosotros nos quedaremos también por si podemos ayudar en algo. ¿De acuerdo?
—Espléndido — repuso Scott. Con mucho cuidado desterró toda ironía de su voz, procuró no volver a mirar el juego de naipes que proseguían, ya que cualquier medio entendido en el mismo no hubiera podido por menos que exteriorizar su sorpresa por la falta de entendimiento que denotaban ambos en el mismo. Con un gesto, instó a Chenery para continuar el recorrido.
Llegaron a la sala de máquinas, muy amplia y espaciosa. En el centro de la misma quedaban todavía los despojos de una unidad de propulsión. Esta boya había sido acondicionada para el presente uso en algún aeropuerto espacial, y había sido llevada hasta el lugar que ocupaba ahora en vuelo de propulsión, ya que por otro medio el viaje hubiera tardado varias generaciones en efectuarse. Pero después de su llegada, la unidad de propulsión fue apartada del lugar que ocupaba, porque la boya estaba destinada a quedarse allí para siempre. Todo se movía por el sistema solar de vuelo. De tarde en tarde, y durante breves períodos había que efectuar correcciones de situación, para ajustar la posición de la boya de acuerdo con la del asteroide marcador. Las posiciones del asteroide habían sido calculadas con mucha antelación sobre el futuro, y era más fácil hacer correcciones que estar constantemente manteniendo la posición, máxime teniendo en cuenta que era muy frecuente la llegada de cruceros que cargaban y descargaban mercancías y pasajeros, lo cual interrumpía y variaba la marcha de la boya. Pero Lambda no poseía otro sistema de vuelo.
Un hombre con las ropas llenas de grasa y aceite, apareció detrás de un cuadro de distribución desconectado. Alzo una mano a modo de saludo y Chenery se dirigió hacia él. Una vez más presentó a Scott identificando al hombre manchado de aceite con el ingeniero de la boya. Pero Scott observó que ni el rostro ni las manos mostraban rastro alguno de las grasas, que con tanta deliberación mostraba en la ropa.
—Oí cuanto dijo, teniente — dijo el hombre—. Pero si usted se va a quedar, yo también me quedaré.
—Todo marcha bien, pues — observó Scott.
—¡Sí, señor! ¡Todo! ¡No es por decirlo, pero tengo un par de manos muy buenas.
¡Cuando quiera algo, no tiene más que llamarme.
Scott repuso secamente:
—Así lo haré. No me extrañaría que pasásemos unos momentos muy turbulentos, con esos cometas.
—Pues tendrá cuantos timones necesite — repuso el ingeniero—. ¡Para cualquier clase de vuelo!
Scott reaccionó casi visiblemente ante aquella velada ironía. Pero se limitó a asentir con la cabeza, se volvió hacia Chenery y éste se puso en marcha hacia la popa, más abajo todavía.
Mientras caminaban. Scott reflexionó sobre las palabras de aquel hombre, que le aseguraban que en Lambda había muchos timones. Una nave espacial, no tenía timón.
No podía. No había nada en el espacio sobre lo cual pudiera actuar un timón, tanto fuera entre mundos como entre las estrellas. En cuanto despegaba, una nave era guiada por los propios motores, que a resultas de sus mismos impulsos llevaban la proa hacia la derecha ó hacia la izquierda, y la popa hacia la derecha o hacia la izquierda igualmente. También podía volverse la proa, y la nave, hacia arriba o hacia abajo. Ocho motores de miniatura, cuatro en la proa y cuatro en la popa, hacía inclinar la nave en cualquier dirección. Pero todo aquello el ingeniero de Punto de Control Lambda no debía saberlo. No cabía la menor duda de que aunque los hombres reclutados para apoderarse del «Golconda Ship» fueran extraordinarios manejando armas de fuego, no tenían ni la más remota idea de navegación espacial.
El grupo de inspección formado por Scott, Janet y Chenery llegó al hospital situado en el extremo más alejado de la popa de la nave. La razón de que estuviera allí no era otra que por tratarse de un punto alejado, era el más práctico para reducir o cortar totalmente la gravedad artificial, si es que un paciente lo requería. Las paredes eran de plástico blanco resplandeciente. El suelo no producía ningún ruido al andar sobre él. Había habitaciones en aquel hospital especialmente concebidas para enfermedades contagiosas y para intervenciones quirúrgicas y odontológicas, si era preciso. Había dos hombres sentados en el pasillo, al exterior de una puerta hecha con barras metálicas. Un poco más lejos había otra puerta en cuya parte superior se podía leer: Nave salvavidas. No entrar.
—¡Hola! — saludó Chenery—. Éste es el teniente Scott, nuevo oficial de Patrullas — y dirigiéndose a Scott, prosiguió—: Estos dos hombres están de guardia por los dos paciente de que le hablé antes — y después añadió mirando a Janet—: ¿Quieres echar una miradita a los pacientes, Janet?
La muchacha entró en silencio en la habitación protegida con barrotes. Scott oyó cómo les hacía preguntas rutinarias a los dos pacientes. Le cambió los vendajes a un brazo gravemente herido. Hasta Scott llegó el olor desagradable de alguna aplicación farmacopeica. Al menos esto era real, no podían disimularlo.
—El teniente — dijo Chenery amistosamente — quiere que todos salgan de la boya, para embarcar en un crucero que está esperando. Dice que tenemos muchas probabilidades de estrellarnos contra un cometa. Pero él va a quedarse a bordo para tratar de solventar la situación. ¿Qué decís vosotros dos?
Ambos poseían unas facciones angulosas y muy duras.
No tenían en absoluto el aspecto de guardianes. Parecían aburridos y disgustados.
—Los pacientes no se pueden trasladar — repuso uno de ellos. No se esforzó lo más mínimo por disimular una sonrisa burlona mientras decía—: ¿De manera que no irán a creer que nosotros somos capaces de abandonarlos, verdad? ¿Nosotros infieles a nuestra obligación?
El tono de voz era decididamente sarcástico. Chenery dijo malhumorado:
—Esas no son maneras...
—Tal vez usted sepa decirlo mejor — intercedió el segundo hombre con voz truculenta—. ¡Nosotros no hemos recibido órdenes de usted!
Chenery les miró con ferocidad. Abrió la boca para decir algo, pero se contuvo. La muchacha salía de la habitación con barrotes de hierro. Los dos supuestos guardianes la miraron de arriba abajo. Uno de ellos, mirando pícaramente a Chenery, tendió la mano con intención de tocar a la joven.
Scott avanzó un paso y descargó un golpe con el canto de mano de arriba a abajo. Alcanzó con toda exactitud el objetivo. Agarrotado, como si de repente se hubieran contraído todos sus nervios, el hombre que había tendido la mano hacia Janet se derrumbó. Se oyó un ruido sordo. Un revólver había caído sobre el suelo. Scott no le concedió la menor importancia. Fue hacia el segundo individuo, sin arma alguna en las manos, pero con una expresión tal en el rostro que aquél retrocedió atemorizado.
Scott no dijo nada. Fue Chenery quien empezó a decir:
—Dile a Bugsy...
Scott llegó junto a Chenery. Tomándole por el brazo le hizo girar sobre sí y le empujó hacia la puerta que había tras él. A la muchacha también la instó a seguir el mismo camino rápidamente. Sus movimientos eran suaves y precisos, como si los tuviera ya ensayados. Se volvió de nuevo hacia el segundo guardián de los dos hombres heridos. Le miró fijamente, y el hombre, como movido por el instinto de conservación en cuanto hubo retrocedido hasta la pared se fue resbalando por ella hasta el suelo. Scott recogió el arma que el primer hombre había dejado escapar de su funda.
—Mejor será que le digas a Bugsy — dijo fríamente — que quiero hablar con él. Me encontrará en la sala de control. Puede ir allí. Y dile también que es probable que me ponga muy nervioso si no viene en seguida.
La puerta del pasillo del hospital se cerró tras él. Cuando miró a Chenery lo encontró retorciéndose las manos presa del nerviosismo seguramente. Janet estaba más pálida de lo que lo había estado antes, lo cual ya era mucho decir.
—Volvamos a la sala de control — se limitó a decir—. Tengo que hablar con el crucero. Y, a propósito, ¿quién es Bugsy?
No esperó ninguna respuesta. Él mismo abría la marcha. Janet tras él. Y Chenery iba detrás. De vez en cuando emitía sonidos convulsivos y agitados. Atravesaron la sala de máquinas. El ingeniero no estaba allí. Pero en el piso de encima del destinado a almacenes, Scott se desvió no siguiendo la dirección por la que habían venido antes. Chenery quiso advertir:
—¡Eh! ¡Que no es por ahí...!
—Sí — repuso Scott—. Por aquí.
Había estudiado detenidamente los planos de la boya espacial tan pronto como fue definitiva su designación para el mando de la misma. El resto del trayecto hasta los pisos superiores, lo hizo a través de escaleras especialmente concebidas para el trasiego de equipajes y servicios de las habitaciones del hotel. No era ningún secreto para él aquel recorrido. Scott decidió ir por allí, con la exclusiva finalidad de demostrarse a sí mismo que estaba totalmente familiarizado con las instalaciones de la boya espacial que no había visto nunca hasta entonces.
Llegaron a la sala de control. No había nadie. Chenery prácticamente gimoteaba cuando Scott cerró la puerta tras ellos. Janet continuaba pálida.
—Aquí ya no existe la disciplina — dijo irónicamente Scott—. Dije bien claramente a aquellos dos que no se movieran de aquí para nada.
Janet dijo desesperanzada:
—No iría usted a creer que...
—Estaba bromeando — volvió a decir con. ironía Scott—. Chenery, en este lugar debe haber micrófonos ocultos, ¿dónde están?
Chenery tragó saliva. Después metió la mano bajo el tablero de mandos. Tiró de algo. Mostró a Scott un diminuto micrófono del que pendían algunos cables.
—¡Está bien! — dijo Scott—. ¡Y ahora escuche! Estoy seguro de que todos los hombres que he visto estaban pagados para que me contestaran como lo han hecho.
¡Hay que trabajar rápido! Quiero saber si hay alguien que quiera salir de aquí. ¿Puede marchar alguien?
Janet fue quien contestó pausadamente:
—No. No queda nadie... que pueda marchar.
—Excepto usted — la corrigió Scott—. Chenery, ella no tiene que ver nada con todo este lío. Usted también está en apuros y lo sabe. Pero si la ayuda a llegar hasta el crucero, le dejaré ir con ella. No puedo proponerle nada mejor. Con ello tiene usted la oportunidad de desaparecer antes de que las noticias empiecen a correr por todas partes.
Chenery tragó saliva. Después sacudió la cabeza.
—Yo... yo empecé todo esto. Es demasiado bueno. No está saliendo tal como esperaba, pero... — volvió a tragar saliva — de cualquier manera, ella tampoco podría marcharse ya.
Scott repuso sorprendido:
—¿No? — se apresuró a apretar un botón. Llamó, haciendo uso del micrófono intercomunicador entre naves. No hubo respuesta. Volvió a llamar. Miró hacia la luz que debía indicar la transmisión de ondas en el espacio. No se había encendido. El comunicador no funcionaba.
Con los labios apretados, Scott accionó el localizador de averías que llevaba todo equipo importante. Otro aparato, que funcionaba por medio de baterías, se puso en movimiento. Éste verificó los circuitos y los elementos del transmisor espacial con el cual Scott había intentado ponerse en contacto con el crucero. Se oyó un sonido sordo y machacón. Algo repiqueteaba. Una tira de papel apareció ante él.
—No funciona — decía la tira—. Sólo por esta unidad.
—Parece — dijo Scott con bastante frialdad — que hay alguien empeñado en que no se emita ningún mensaje desde aquí. ¡Es incomprensible!
Dio media vuelta sobre su silla. Las pantallas funcionaban. Solo el comunicador había sido desconectado en algún sitio fuera de la sala de control. Scott veía el crucero, que probablemente se hallaba a unas diez millas de distancia. Se había alejado bastante desde que Scott llegara a bordo del Lambda. Parecía estar esperando recibir noticias del punto de control. Pero antes de que Scott pudiera pensar en la forma de restablecer contacto con la nave.
se dio cuenta de que aquélla, contrariamente a lo supuesto, continuaba por los alrededores. Sus instrucciones habían sido de que esperara media hora. Y había transcurrido mucho más tiempo. Todo cuanto hasta aquel momento sabía el capitán del crucero, era que él había conseguido abordar el «Lambda»... y lo demás, fue silencio. A las llamadas no había habido respuestas. Y allí estaban aquellas enormes y cada vez más inmensas siluetas que eran los Cinco Cometas. Los Cometas no eran sólidos. Eran cúmulos de objetos mortíferos, que atravesaban a grandes velocidades el vacío. Sólo el hecho de estar cerca de ellos era peligroso, y el capitán del crucero tenía pasajeros en quien pensar.
El crucero tenía que dirigirse hacia el próximo puerto. Pero el hecho de tomar la decisión de abandonar aquel sector del espacio tardó bastante. Minutos. El capitán de la nave, marchando, no haría más que tomar la única alternativa ya posible.
Por unos minutos el crucero pareció estar totalmente inmóvil, aunque bien es verdad que se situaba en la posición de la dirección que debería tomar en fracciones de segundo de un arco. Scott tenía la sensación de que le estaban llamando por última vez. Pero no podía responder.
El crucero desapareció de pronto en el espacio, como una burbuja cuando estalla. En aquellos momentos se hallaba ya rodeado de un cúmulo de fuerzas que le transportaban a muchas veces la velocidad de la luz.
Dentro de seis días, llegaría al espacio normal y el capitán trataría de explicar cuánto sabía acerca de los acontecimientos de Punto de Control Lambda. No es que supiera mucho. Y menos con los acontecimientos que podrían haber ocurrido durante su viaje a través del espacio de seis días. Era demasiado tiempo, pero la explicación de cuanto había ocurrido en los momentos tal vez pudiera más adelante dar luz a muchas otras cosas que quizá quedaran por descubrir. Pero había una cosa que no había pensado y era en relacionar el «Golconda Ship» con el extraño comportamiento de la boya. Enviaría el informe de Scott y el suyo propio a las Patrullas del Espacio tan pronto como le fuera posible. Pero aún transcurrirían algunas semanas antes de que una nave de Patrullas pudiera llegar a Canis Lambda para averiguar lo que había ocurrido.
Durante unos cuantos segundos, Scott trató de localizar en el espacio a la nave desaparecida. Después dijo tranquilamente:
—La suerte está echada. Y todo esto no tiene muy buen aspecto, que digamos. Echaremos otro vistazo a los Cinco Cometas. Por ahí la situación tampoco parece muy halagüeña.
Y no lo era, en efecto.