XV

—Buenas noches —dijo Almirón. Luego se dirigió a Araceli—. Buenas noches, señorita.

Ramiro y ella lo saludaron con bajadas de cabeza.

—Doctor, necesito que nos acompañe.

—¿A esta hora, inspector?

—Sí, por favor —y nuevamente miró a Araceli—. Vaya nomás a su casa, señorita Tennembaum.

Araceli obedeció, sumisa, y se alejó sin despedirse de ninguno. Ni siquiera dirigió una mirada a Ramiro.

—¿Es esto un arresto, inspector? ¿A qué se debe?

—Le pido que nos acompañe y luego hablaremos, en la jefatura.

—¿Una cuestión rutinaria, otra vez?

—Doctor: estamos tratando de ser muy discretos.

—En este país, la discreción no suele ser la característica de la policía, inspector.

—Acompáñenos, por favor.

Almirón se dio vuelta y fue hacia un Falcon de color gris claro. Ramiro observó que no tenía patente. También vio que, del otro lado del camino, salía un sujeto bajo, regordete, enfundado en un lustroso traje de tela sintética azul marino. Los tres subieron al coche, que era manejado por un tercer policía, un moreno enorme que estaba en mangas de camisa y tenía un pañuelo húmedo de sudor en la mano.

Viajaron a Resistencia en completo silencio. Ramiro prefirió no insistir con sus preguntas ni sus ironías. El ambiente en el Falcon era gélido, a pesar del calor de la noche, así que se dedicó a mirar la luna, desde la ventanilla. Estaba caliente; todo el país estaba caliente ese diciembre del 77. Recordó a Araceli, pensó en el lío en que se había metido y sintió pánico.

Cuando arribaron a la jefatura, Almirón y el petiso lo llevaron a la misma habitación en la que habían estado al mediodía. Un foco de cien watts iluminaba brillantemente la estancia y producía mucho calor. Lo hicieron sentar en una silla. Almirón tomó la otra, adelantó el respaldo y empezó a mirarse las manos, como indicando que disponía de todo el tiempo del mundo. El otro se quedó en la puerta, semicerrada.

—Mire, doctor —dijo Almirón, dando un suspiro prolongado, que quiso ser dramático—, le voy a ser claro: en este asunto hay un montón de cosas que no concuerdan. Cuénteme de nuevo, con todos los detalles, qué hizo anoche.

Ramiro obedeció. Durante un largo rato, con voz firme, repitió todo lo que ya había contado. Amplió detalles, narró el encuentro con el patrullero y explicó de qué hablaron con Tennembaum: de la amistad del médico con su padre; de Foucault (Ramiro dio por hecho que Almirón no tenía idea de quién era, pero le sirvió para evocar una vez más su procedencia parisina); y concluyó diciendo que su madre podía certificar a qué hora había llegado a la casa. Cuando terminó, se sintió satisfecho de su relato.

—¿Quiere que le diga la verdad, doctor? —dijo Almirón, asintiendo repetidas veces con la cabeza.

Ramiro lo miró, frunciendo el ceño.

—Creo que todo lo que cuenta es cierto en un 99 por ciento. Me preocupa el uno restante.

Ramiro siguió mirándolo, sin responder. Estaba acorralado, pero el silencio era su carta. Simplemente, se mantendría en esa versión. Podría repetirla veinte veces, y de ahí no lo sacarían. A medida que la dijera, por otra parte, él mismo se convencería aún más de que así habían sido las cosas. Y si lo acusaban directamente, su respuesta sería la negación. Negaría y negaría.

Almirón empezó de nuevo:

—Es llamativo que hay más huellas digitales suyas que de Tennembaum en el coche. En el volante y en la palanca de cambios.

—El que manejó casi todo el tiempo fui yo.

—Pero según su relato, usted no tiene por qué saber cuánto tiempo manejó Tennembaum —saltó el inspector.

Ramiro se dijo que era un idiota. No debía hablar de más.

—Usted me dijo que él se estrelló o lo que fuera. Tuvo que haber manejado lo suficiente, ¿no?

—Precisamente, por eso me llama la atención que haya tan pocas huellas de él. Como si lo hubieran dormido, de un golpe —y miró a Ramiro a los ojos—, y luego le hubiesen colocado las manos para imprimir sus huellas.

Ramiro se encogió de hombros. Pero tenía mucho miedo. Tragó saliva y miró el foco, para distraerse.

—Y otra cosa —Almirón hablaba despacio, como si estuviera muy cansado. Con cierta resignación—, porque a mí me da la espina de que a Tennembaum lo pusieron frente al volante. ¿Usted no vio si él subió a otra persona en el auto, después que lo dejó en su casa?

—No. Si así hubiera sido se lo habría dicho.

—Claro.

Almirón encendió otro cigarrillo. No le convidó.

—Y el forense dice que el cadáver tenía una magulladura, como un moretón, aquí, en el mentón —y se tocó el suyo, dándose dos palmadas—. Para mí que le pegaron para dormirlo, después lo pusieron frente al volante y echaron a andar el coche.

«Usted es muy imaginativo»; estuvo tentado de decir Ramiro. Pero se había juramentado a no hablar sino ante preguntas concretas. Sin embargo, alzó la cabeza y dijo:

—¿Usted está pensando que yo lo maté?

Almirón lo miró y se sostuvieron las miradas durante unos segundos. Ramiro se dijo que ese hombre era muy astuto; no tenía un pelo de tonto.

—En algún lugar me da la espina que sí, qué quiere que le diga —el tipo parecía lamentarse de lo que decía—, pero no puedo probarlo. No encuentro el motivo que usted podría tener, aunque… Mire, usted es un hombre joven y brillante, estudió en Francia, eso no es común por estas tierras. Y regresa en un momento muy especial para el país. Tengo entendido que va a ser profesor en la universidad, carece de antecedentes, tiene muy buenas relaciones, contactos, no está contaminado por todo lo que está pasando… Además, hemos comprobado su vieja amistad con la familia Tennembaum. Entonces no me explico por qué razón querría matar a ese médico pueblerino. Aunque… ¿Qué relación tiene usted con la señorita Tennembaum?

Ramiro debió reprimirse para no dar un brinco en la silla. Pero sintió que debajo suyo sus músculos se contraían. Pensó, para sí, que podría cortar un alambre con el culo.

—Somos amigos. De la familia. Cuando yo me fui del Chaco ella era muy chica. Sólo volví a verla anoche.

—Está muy linda, ¿no? —Almirón lo miraba, alzando una ceja. No sonreía, pero a Ramiro le pareció que sí.

—Sí, muy linda.