VI
El médico habló primero. Lo hizo con voz suave, pero todavía arrastrando las palabras:
—Este país es una mierda, Ramiro. Era hermoso, pero lo convirtieron en una completa mierda.
Ramiro no supo si se le había pasado la borrachera. La voz del médico era amarga, pero sobre todo triste, muy triste.
—Aquí se dio vuelta el principio griego —siguió Tennembaum—: la aritmética es democrática porque enseña relaciones de igualdad, de justicia; y la geometría es oligárquica porque demuestra las proporciones de la desigualdad. Lo dice Foucault. ¿Leíste a Foucault?
—Algo, en la universidad.
—Pues nos dieron vuelta el principio, che: ahora somos un país cada vez más geométrico. Y así nos va.
—¿Dónde lo dejo, doctor?
—No me vas a dejar.
La voz del médico sonó muy firme, como una orden. Ramiro recuperó rápidamente el miedo. ¿Y si sabía lo de su hija? ¿Era, nomás, una trampa? ¿Cuándo terminaría todo esto?
Instintivamente, cambió de rumbo y en lugar de dirigirse al centro de la ciudad, se desvió hasta la casa de su madre, donde vivía desde que llegara de París. Aceleró hasta el límite de velocidad urbana. No quería otro encuentro con la policía. Tampoco estaba dispuesto a soportar más al médico. Ya vería qué hacía con él.
Al llegar, estacionó el coche, le dijo a Tennembaum que lo esperara un momento y, sin esperar respuesta, entró a la casa. Juntó rápidamente, y en total silencio, lo que necesitaba: su pasaporte, varios miles de pesos nuevos, quinientos dólares que aún no había cambiado, y un pantalón y una camisa que envolvió en una bolsita de supermercado. Salió de la casa con mucho sigilo, como si fuera un extraño, sin pensar siquiera en mirar a su madre ni a su hermana menor.
Ya en el coche, se dirigió hacia el centro. Eran las cuatro y veinte de la mañana y de todas maneras llegaría a la frontera siendo de día. Una lástima. Pero quería, al menos, llegar bien temprano; no podía perder más tiempo. Estaba cansado, harto, con sueño, confuso por todo lo que no quería ni imaginar que le esperaba. Tenía, secretamente, la convicción ya irreversible de que era un fugitivo, un asesino que sería buscado por toda la frontera. Ni siquiera el Paraguay era seguro, pero no había otro camino. Debía cruzarlo y llegar a Bolivia, a Perú, al Amazonas. A la mierda, se dijo, pero ahora mismo.
Frenó bruscamente en la esquina de Güemes y la avenida 9 de Julio.
—Bueno, doctor, hasta aquí llego. Dónde lo dejo.
—¿Y vos, adónde vas? —la voz se le había aclarado. Ramiro pensó que esos minutos de espera los había dormido. O habría orinado. Siempre les hace bien a los borrachos.
—Voy a pescar.
—¿A esta hora?
—Mire, viejo: acábela, ¿quiere? Me voy adonde se me canta el culo, y me voy ya, ¿estamos? —Después de todo, se dijo, irritado, era obvio que jamás volvería a ver a Braulio Tennembaum. Al contrario, siempre trataría de poner la mayor distancia entre los dos pues la cacería, precisamente, la desencadenaría ese hombre, cuando pocas horas después descubriera el cadáver de su hija.
—No me vas a dejar —dijo el médico, fríamente.
—Qué se propone —preguntó Ramiro, con miedo, cautelosamente, pero con voz sonora y grave.
—Seguir el pedo. Y hablar.
—Oiga, usted parece tener unas ganas que yo no tengo. Bájese.
—No me vas a dejar así nomás, hijo de puta —hablaba gélida, lentamente—. ¿Te creés que no te vi, esta noche, cómo mirabas a Araceli?