Libro tercero

En un islote más alejado tenía su residencia,

donde no entraba jamás otro blanco que una

hermana suya, que compartió algún tiempo con

don Pedro aquel dominio solitario y siniestro.

Capitán Teodoro Canot

Con una lancha de cabotaje procedente de Sierra Leona llegó a Pedro aquel mismo día el relato de la muerte de Napoleón. El patrón había estado en Santa Elena durante el suceso, y Pedro fue a bordo de su embarcación a oírle la narración. Una cabala de fechas había enlazado sus viajes con los del emperador, y la noticia de su muerte en el momento en que se disponía a quedarse en África debió de tocar lo que en él hubiese de superstición, lo que había dejado en todo marino a vela. El patrón, un inglés, había seguido, además, la historia del corso y sus campañas, y Pedro estuvo con él hasta más de media noche. Entonces se retiró a una choza que le prepararon Burón y Martínez.

Martínez y Burón vieron quedarse a Pedro e irse las velas del Conquistador con temor y ansiedad. Pedro iba, sin duda, a dominarlos, pero por otro lado ya ellos lo estaban, y el hombre traía algún capital. Había otros factores en el estuario, pero todos pobres, y la mayoría de sus numerosos islotes estaban deshabitados. A Gallinas no podían ir sino bandidos o náufragos. La barra era peligrosa, los islotes desolados, bajos y esponjosos; los nativos, belicosos y crueles. Pero Pedro era a la vez náufrago y bandido y en sí llevaba lo que no había llevado ningún otro factor de la región. En él se había manifestado de golpe una vivazón espiritual. Hasta entonces había sido soldado, y de mala fortuna; ahora quería ser rey. La carta de su hermana era decisiva. Cualquier otra tripulación que no fuera la pacífica del Conquistador le hubiera robado la mercancía y las monedas o se hubiera burlado de él por mandar el barco a casa, a través de la línea de vigilancia que los cruceros ingleses mantenían, como una cadena tendida, de África al Brasil, y con sólo cien negros a bordo. Pero aquella depresión sería pasajera. Era en el primer cuarto de 1822. Pedro tenía unos veintisiete o veintiocho años. La esclavitud continuaría en alguna parte de América —Brasil— hasta 1888.

El estuario de Gallinas era una fuente de esclavos desde 1813, pero los factores españoles y portugueses caídos allí eran de una madera blanda y su comercio irregular. Los negreros no tocaban allí sino cuando no podían entrar en las costas de Oro y de los Esclavos; la inseguridad de encontrar cargamento y la carestía de los esclavos eran dos dificultades. Los factores dependían de las guerras feudales de las tribus interiores y a veces llegaban caravanas de prisioneros y no tenían con qué comprarlos. Estas caravanas estaban formadas por negros emigrantes de la región de Vey, que habían avanzado desde el sur, fundiéndose en parte con los gallinas establecidos en clanes aislados en los diferentes brazos del río. Al norte estaban los bullón —mampúas—, también en clanes rivales, y los gallinas formaban expediciones contra ellos o iban a comprar sus prisioneros de guerra. La selva tenía veredas, especie de túneles que sólo penetraban las caravanas a pie que partían al norte y al sur de las márgenes de los ríos., especialmente el Cestos, el Gallinas y el Sulima.

Los cayos del estuario de Gallinas estaban poblados especialmente por la «raza» de pescadores. Había tres clases de gentes: los krumen —crewmen, tripulantes, boteros—, procedentes de la Costa de los Granos y desparramados por toda la costa; los fishmen —pescadores— y los bushmen —silvestres—, que cazaban y cultivaban tierra adentro. Los silvestres mediaban entre los factores y los jefes del interior y los boteros entre los factores y los negreros. Los pescadores eran buenos para los trabajos de las factorías.

Pedro encontró varios islotes libres, en los que sólo había chozas de pescadores, que veían con gusto que se establecieran allí los blancos, que daban trabajo y riqueza; pero antes era preciso comprar el permiso al jefe del clan con ricos presentes, y los factores establecidos, rivales entre sí, influían con el jefe para que no dejara establecerse a nadie más. Burón tenía dos cayos. En uno tenía su casa, donde vivía con tres mujeres, el barracón y el almacén. En otro, en una barraca de tablas, tenía su oficina para tratar con los negreros. Los factores tenían empleados fijos y accidentales, y en aquellos islotes cada uno venía a ser un señor feudal pobre. Burón cedió a Pedro el pequeño islote donde tenía su oficina y se retiró al otro, mayor, donde tenía su factoría, ahora en sociedad con un portugués.

El islote donde primero se estableció Pedro estaba en la embocadura del estuario y dominaba la entrada. Era uno de los más altos. En él no había sino dos o tres chozas de pescadores pertenecientes a una tribu de la orilla. La barraca de tablas era un edificio triangular, a modo de proa de barco, y tenía un solo departamento. Burón se llevó todo lo que había allí, y Pedro, con Martínez por auxiliar, se estableció en ella con sus mercancías. Entre los dos hicieron una mesa de tablas y estibaron al fondo los barriles de pólvora y de aguardiente, las cajas de tabaco, bujerías y fúsiles. Entre la mesa y el almacén tendieron las hamacas, hechas de las velas del barco varado a la orilla. La mujer de un pescador fue, al principio, a hacerles la comida. Luego se les colaron en casa otras mujeres de otros pescadores, que se enamoraban de los espejos y se daban a los hombres blancos. Los pescadores fingían no saber nada, pero las mujeres pedían ron y tabaco para ellos. Aquellas gentes, dijo Martínez, eran como todas las demás. Martínez se había hecho un alma astuta, un cínico experto y hábil. Pedro vio cuán útil podía serle.

Pedro y Martínez construyeron detrás de la barraca un largo barracón de tablas sacadas del casco del barco y dos más pequeños a los lados del almacén —uno para el alcohol y el material de guerra y el otro para los géneros y abalorios—. Los pescadores y algunos blancos náufragos los ayudaron por poco, y antes de que cayeran las lluvias los edificios estaban terminados, con sus techos de tablas y adobe. Sobre el adobe crecía después la hierba.

El estuario se iba aquietando. El último cargamento de la estación había salido. Los krumen varaban sus canoas y se retiraban a sus chozas a tocar, bailar tambor, beber y cantar. Pedro visitó a todos los factores del estuario y algunos jefes de tribus. El factor más importante era un tal José Ramón, español. Después venía otro español llamado Vicuña. Después otro, llamado Gume Suárez. Luego un portugués y, finalmente, Burón y su socio. Pero había varios traficantes menores estilo gitano. Todos vieron con recelo y temor la entrada de aquel joven seco, del cual se corrían historias extrañas. Se sabía ya, por algunos marineros, que era quien pirateara el barco portugués y luego hiciera aquella redada —Pedro supo, a su vez, que los ingleses habían llevado los barcos abandonados a Sierra Leona y que los negros habían muerto casi todos—. En Gallinas había entonces media docena de marineros de aquellos barcos, que Pedro había puesto en botes hacia la costa.

—Eso te favorece; pero hay que andar con cuidado —dijo Martínez.

Pedro vio pronto que tenía que entrar invadiendo. Los factores establecidos allí eran gentes resentidas, con amor a la grandeza, y cada uno tenía un pequeño sultanato en su islote con su serrallo pobre y su servidumbre. Pero eran gentes tímidas para el oficio, enemigos de arriesgar mucho.

Vinieron entonces las lluvias, estación monótona y triste, en un paraje desolado y salvaje, cuando el río manso se enturbia y se hincha y los cayos quedan casi sumergidos como boyas náufragas, No asoma ninguna vela, salvo la de algún barquichuelo de cabotaje, ni se ve el sol. Durante este tiempo, Pedro y Martínez, encerrados en aquel cascarón de la entrada, miraban al mar y maduraban sus planes.

Los jefes de Gallinas cobraban peaje a las caravanas cuando no eran mandadas por ellos. Ellos vendían a sus delincuentes, acusados de robo, violación o brujería. La brujería estaba reservada a los sacerdotes y sacerdotisas oficiales, que habitaban en antros de la maleza. Entre todos, había una que dominaba a la mayoría de los jefes anunciando hecatombres o prometiendo dichas. Para llegar a ella había que enviarle antes ricos presentes y cruzar un espeso bosque al sur del río. Martínez dijo a Pedro que fuera a ver a esta bruja, pero Pedro no hizo caso.

—Hay que estar bien con ella; Burón pudo establecerse aquí gracias a que le hizo un buen regalo, y la bruja anunció que el nuevo blanco traería la buena suerte a todos los de la región —dijo Martínez.

Esta negra no mostraba jamás su rostro ni su cuerpo, y nadie sabía si era joven o vieja. Vivía sola en una topera y guardaba sus tesoros bajo tierra. Se decía que había comido muchos blancos. El último —decían— había sido un factor portugués medio arruinado, un hombre joven que se había ido a consultar con ella.

La bruja aparecía siempre bajo un hábito de pieles y hierbas que la cubrían de la cabeza a los pies, y hablaba todos los idiomas.

Dos veces durante las lluvias tocaron allí dos balandras de cabotaje procedentes de Freetown, propiedad de judíos. Por medio de ellas echó Pedro a volar la noticia, que llegaría a los negreros que tocaran en algún otro lugar de la costa, de que para la siguiente estación habría esclavos en abundancia en Gallinas, que en el interior se habían desatado guerras y que los negros serían baratos. Luego se entrevistó con un jefe de la margen sur que solía mandar expediciones contra los kpwesi y sus caravanas volvían cargadas. Todo el clan de este jefe se dedicaba a la caza de hombres. Tenía una aldea de chozas amuralladas de tierra y un cuerpo de mujeres y hombres adiestrados para el oficio. También para llegar a él había que ir precedido de ron, tabaco y pólvora; luego admitió también objetos de lujo. Pedro lo encontró sentado en un trono de troncos de árboles forrado de pieles al fondo de su choza. Llevaba un sombrero y una guerrera de almirante inglés, con entorchados, y las piernas desnudas. Pedro entró deslumbrándolo. Se rodeó de un cuerpo de marineros armados y mandó delante un negro con regalos y un intérprete. Le dijo que iba a llevarle riquezas, no a usurpar dominios, y contrató el primer cargamento de esclavos que el jefe aportara a principio de estación. Martínez calculó que las mercancías alcanzarían para comprar aquel cargamento de cerca de mil esclavos, deducidos los gastos. En el tiempo que faltaba ambos trabajaron en la factoría, asegurando los barracones con planchas de hierro viejo, que modelaban en una forja, cosiendo hamacas de lona y dividiendo los edificios con tabiques. A Pedro le irritaban aquellos trabajos, y terminó por abandonarlos a Martínez, que, dijo, tenía alma de cerrajero. Él se puso a estudiar el idioma del país y a indagar los nombres de las tribus cercanas —Mende, Gora, Bussi, Kpwesi, Gibi, Sikong—, sus territorios, supersticiones, feudos y organización. Sus ojos estaban vueltos hacia el sur, pues era seguro que los ingleses avanzarían a su vez desde el norte hacia él.

Al sur estaba todavía la tierra de nadie. Un mulato yanqui, que trabajaba en un barco de cabotaje de Sierra Leona, fue con Pedro a su islote y durante una noche le estuvo hablando de lo que había visto por la costa. En Cabo Mesurado, dijo el mulato, acababa de verter la American Colonization Society un cargamento de negros y mulatos libres, en combinación con la tribu Dê del país.

—¡Deportados! —añadió el mulato—, esos negros manumisos tienen derecho al voto y por eso los deportan y vuelven a la esclavitud; vienen a trabajar ahí, a las órdenes de unos blancos, y vuelven a ser esclavos en su tierra.

Eran las simientes de la futura república que tres años más tarde bautizó el reverendo Robert Gurley con el nombre de Liberia. Los negros del país odiaban a los veegee —negros americanos— más aún que a los blancos, y los llamaban blan— cos. Aquellos negros civilizados iban allí, pensaban, a darse importancia de blancos, sin ningún derecho, decían, y a humillarlos. Los Dê los habían admitido a fuerza de regalos a los jefes, pero pronto se volverían contra los deportados, dijo el mulato.

Luego habló de Sierra Leona. Los ingleses habían hecho allí un revoltijo imposible.

—¡Gentes despreciativas! —dijo el mulato—. Desprecian a mi raza y a todas las razas oscuras, y por eso se expansionan sobre ellas, para despreciarlas. No se mezclan con ellas y gozan viéndose rubios y azules contra un fondo negro. A Sierra Leona trajeron primero los negros leales, que habían peleado por ellos. Aquellos negros se pusieron de parte de los amos y los amos los deportaron luego a África, antes lo habían hecho a Nova Scotia, porque no sabían qué hacer con ellos. Lo mismo que a los cimarrones de Jamaica, parte caribes y parte negros, echados también a Sierra Leona. Y ahora esos cruceros que llevan redadas de todas las partes del África al mismo lugar y los llaman willifoss niggers. Antes habían traído también una redada de prostitutas de Londres. ¡Sí, boys! [Martínez y Pedro]. Y luego los colonos suecos y holandeses y las gentes del país, los timmi, bullon, mende, susu. ¡Todos mezclados! ¡Una raza nueva, by Jove!

Los factores del estuario vieron que en aquel pequeño islote se levantaba un enemigo terrible. Martínez había aprovechado la estación de las lluvias para emplear a marineros hambrientos abandonados allí o venidos de Sierra Leona en su fortificación y en terminar el almacén y el barracón. El edificio primitivo lo echó abajo y en su lugar levantó otro en forma de bungalow, haciéndolo confortable, con mesas, tapices de pieles y hamacas. En el ángulo que avanzaba hacia la barra, donde en un barco hubiera estado el bauprés, levantó un torreón de tierra y ladrillo y emplazó allí un cañón sacado del barco. El cañón lo limpiaban todos los días con ceniza, y cuando vino el sol le quitaron la lona que lo cubría y se desparramó en destellos todo alrededor. Pedro saludó el primer día seco con un cañonazo que hizo temblar el islote. Antes había recibido a los patrones de las barcas de cabotaje, aparentando como si les comprara grandes cantidades de mercancías. Era obra de Martínez. Pasaban bultos y cajas de las barcas al islote y las reembarcaban de noche. Era un medio de asegurar el crédito y la confianza ante los naturales y los demás factores. Por otro lado, Pedro se rodeó de una guardia de corps formada de marineros españoles y portugueses armados. Todos los factores sabían que Pedro obtendría las primeras cargazones de esclavos de la temporada. Las caravanas habían partido ya al interior.

Pero la bruja vio un mal presagio en todo aquello. A ella llegaron los ecos y los regalos de algún factor, y comenzó a vaticinar secretamente grandes calamidades a las tribus del río. Ni Pedro ni Martínez se enteraron por de pronto. Pedro había salido en una de las barcas de cabotaje a explorar la costa. Las velas negreras comenzaban a asomar al horizonte, se oían los cañonazos de señal y los boteros se lanzaban a recibirlos en sus canoas, diciéndoles si había negros y si la costa estaba limpia de cruceros, y regresaban cargados de cosas robadas, como abejas de miel. Una noche, antes de regresar Pedro al islote, Martínez despertó entre llamas. La bruja había movido a un jefe de la tribu a incendiar la factoría, y el fuego había entrado por los cuatro costados. Martínez tuvo que envolverse en ropas mojadas para cruzar las llamas y se arrojó al río. Todos los negros que habitaban en el islote habían desaparecido y tres marineros blancos ardieron. Otros se arrojaron al agua como Martínez y dos quedaron ciegos. A los pocos minutos de haber abandonado Martínez el islote reventaron los barriles de pólvora y ron y todo quedó en cenizas. Los factores de otros islotes contemplaban las llamas desde las puertas de sus chozas. Burón estaba sentado ante su casa fumando. Los negros danzaban y tocaban tambores. Sólo quedó el cañón en su pedestal de ladrillo apuntando al mar. Martínez nadó hasta un islote vecino, donde había factores en pequeño, y se refugió en la choza de un español llamado José. Los marineros salvados cayeron también allí. Al otro día hallaron a los ciegos, casi en carne viva, arrojados a la orilla, quejándose. José los recogió y les devolvió poco a poco la vida. José era un hombre solitario.

—¡Hay que cazar a la bruja; ha sido la culpable!

Pedro no pensó en eso; además, era peligroso. Las caravanas llegarían pronto y ya no había con qué comprar un solo esclavo. No tenían siquiera qué comer, salvo lo que les daba José. Pero éste tenía algún prestigio y buscó unos cuantos factores en pequeño para fletar una barca. Era el último recurso de Pedro: ir a ver a Cha-Cha, su antiguo jefe, y pedirle un empréstito. Entretanto, Martínez, ayudado por dos factores en pequeño, volvió al islote y comenzó a escarbar en las cenizas.

Ninguno de los factores mayores pensaba en que pudiera operar aquella estación. Sin embargo, vieron salir a Pedro en la barca a toda vela y se quedaron intranquilos. Burón fue a despedirlo y a darle el pésame y a indagar adónde iba. Muchos pensaron en que iría a dar aviso a los ingleses, pero cuando lo vieron navegar hacia el sur nada pudieron suponer. De lo que no había duda era de que pretendía seguir allí, ya que Martínez había vuelto a clavar tablas en la tierra.

Cha-Cha seguía siendo el príncipe de los negreros. Al ver de nuevo a su antiguo contador se tiró de su silla y fue a recibirlo. Da Souza había logrado corromper, decía, a cuantos se habían acercado a él, menos a aquel joven cetrino de alma dura y misteriosa. Por eso lo respetaba. El príncipe carfuzo venía de presenciar una cacería montado en una silla llevada por cuatro esclavos fornidos. A un lado hacía cabriolas un bufón blanco y al otro traía una sirena rubia. Esta zorra, importada recientemente de América, jugaba con su oreja y le daba besos al oído. Delante marchaban los músicos y detrás y a cada lado los escoltas. Cha-Cha cogió a Pedro del brazo, lo llevó a su palacio y pasó aviso a los capitanes de negreros para que fueran aquella noche a celebrar la fiesta en honor del huésped.

Pedro sabía por dónde había que atacar al príncipe. Cha-Cha era perverso, refinado y cruel con sus lacayos; pero se asombraba ante un hombre como Pedro, capaz de hablar idiomas, recitar en latín, llevar cuentas, mandar piratas y pasar a cuchillo una tripulación entera. La fama de Pedro había llegado hasta él por boca de los marineros. Pedro se encaró con él y le contó lo sucedido.

—No puedo esperar ni una hora: necesito dinero o mercancías. Hay dos mil negros camino del estuario, y mis enemigos me acechan —dijo—. ¡Pagaré doble!

No iba a pedir ni a lamentarse. Era casi una orden. Cha-Cha quedó cortado. Nadie se le había presentado con aquella impetuosidad; pero el saber que daba combustible para que unos hombres se pelearan con otros y que se trataba de un pirata que él había tenido a su servicio, arrancó su voluntad. Inmediatamente mandó cargar su barca de mercancías. Pedro insistió en llevar armas y explosivos y esta preferencia garantizó a Cha-Cha que se trataba de un asunto serio. Durante cuatro horas los obreros de Cha-Cha estuvieron acarreando fusiles, pólvora y plomo hacia la barca. Entretanto, Cha-Cha llevó a Pedro a visitar su serrallo, donde iban dominando las mulatas, y las blancas, y luego a la residencia sagrada de sus hijas. Elvira, la menor, había crecido y parecía tallada en caoba. Las hijas estaban en una sala tapizada y alfombrada, con grandes lámparas y candelabros, echadas en acúbitos de pieles y envueltas en amplias batas de seda. La guardiana dormitaba y las dos hijas se arreglaban los cabellos ante grandes espejos sostenidos por mulecas. La entrada a este palacio, se decía, sólo la habían logrado algunos capitanes de las armadas inglesa y portuguesa y algún explorador. Pero Cha-Cha, que guardaba las llaves, no dejaba jamás a ninguno a solas con sus hijas. Los portugueses de la factoría decían que un degenerado como Da Souza sería incapaz de guardar dos vírgenes en aquel encierro y que las tenía por mujeres. Sin embargo, no era así. Pedro vio que Elvira abría mucho los ojos ante él y se acercó para saludarla, pero Cha-Cha se interpuso.

—¡Hasta que seas rey!

De vuelta a la barca, Pedro pasó entre el laberinto de edificios construidos por Cha-Cha detrás del fuerte, escoltado por lacayos del príncipe armados de lanzas. El patrón lo tenía todo preparado y la barca puso proa al norte con viento de popa. Iba cargada. El mismo Cha-Cha no sabía el valor del cargamento. Su contador se había encargado de hacer firmar a Pedro un pagaré en libras. Pero todo sin más garantía que su fama de bandido y el carácter que Pedro llevaba en sí.

En Gallinas vieron llegar la vela temblando. Martínez había logrado improvisar una barraca para vivir y un barracón con dos partes: una para los esclavos y otra para las mercancías. Pero éstas llenaron ellas solas el barracón y la barraca y en los días siguientes se emplearon muchos hombres en reconstruir la factoría. Como todos los negros que habitaban en el islote habían huido —según la bruja, el islote estaba maldito—, el terreno era suyo. Pedro entró en son de guerra.

José y tres pequeños factores más se unieron a él con sus pobres recursos. Estos factores sirvieron de intermediarios entre Pedro y otros del estuario para el trueque de mercancías. Las caravanas se habían retrasado y no llegaron aún. En tres semanas el islote quedó convertido en una factoría fortificada, con una guardia de ronda permanente y capacidad para un buen cargamento de esclavos. Pedro reunió unos cuantos de aquellos marineros extraviados que vagaban por la costa y bajaban de Sierra Leona procedentes de los negreros apresados y de ellos sacó un pequeño ejército con sueldos y grados.

Pedro volvió a visitar al jefe expedicionario, ratificando el trato. Sin embargo, las tribus estaban todas recelosas. La bruja había propagado que aquel blanco llevaría calamidades al país, y a Pedro no le quedaba sino usar la fuerza. El jefe se negaba ahora a venderle esclavos y sólo accedió al ver los soldados armados que rondaban el islote. Pedro le dijo por medio del intérprete que estaba al recibir otro barco cargado de armas. Cuando asomó el primer negrero de Cuba, todos, hasta los mismos factores, creyeron que era suyo.

Este negrero iba de Matanzas, consignado a él por recomendación de Marchena. Esto lo ató definitivamente a su primo. El teniente le enviaba una larga carta, en la que Magda y la señora Amalia le escribían unas líneas; pero Magda le escribía también por su cuenta, con gran admiración por el pirata que había en él. Por esta carta supo Pedro que su cabeza estaba pregonada en Matanzas y que las autoridades habían tenido preso un mes al señor Carlo por creerlo cómplice.

El negrero iba mandado por un hombre sin experiencia en la trata, y Pedro mandó con él a uno de sus marineros, que había sido llevado dos veces a Sierra Leona. El capitán había obtenido del gobernador de Cabo Verde un permiso para arbolar la bandera portuguesa, según indicación de los armadores, que creían que Gallinas estaba al sur de la linea donde aún era lícita la trata para Portugal. Cuando iban a hacerse a la vela desde Cabo Verde, un marinero que había observado la maniobra se fue a ofrecer al capitán para pilotear el barco a Gallinas, pues el piloto que llevaba tampoco había pasado nunca de aquellas islas. De vuelta, el negrero obtendría papeles en Puerto Rico para entrar sin cuidado en Matanzas.

Por medio de este negrero envió Pedro aviso a los armadores de La Habana, diciendo que para la siguiente estación su factoría tendría negros en abundancia. Llevaba cartas redactadas por Martínez con un espíritu mercantil y propagandista. En ellas se garantizaba a los armadores la seguridad de los barcos en la costa de África y detallaba una organización fantástica en combinación con el rey Cha-Cha y en connivencia con muchos cruceros británicos, Martínez no escribió sino una carta. Las demás eran copias con el lugar del nombre del destinatario en blanco. El marinero que las llevaba averiguaría el nombre y las señas de todos los armadores posibles y él mismo escribiría el sobre y el nombre imitando la letra. Martínez mandó escribir infinidad de circulares así para enviar a los armadores de Europa y América por los barcos que tocaran allí o en otros puntos de la costa, adonde las llevaban los de cabotaje.

El Estrella había zarpado ya con quinientas piezas de Indias, las primeras que salieron de Gallinas a aquella estación, dejando onzas de oro, tabaco y aguardiente a cambio. Con un administrador como Martínez, Pedro se dedicó a visitar los jefes de tribus río arriba, tratando de deslumbrarlos o atemorizarlos, siempre con una escolta personal de tres o cuatro marineros. En aquellos meses nadie sabía nunca dónde encontrarlo. De golpe se presentaba en casa de un jefe, hacía brillar las armas ante sus ojos y desaparecía. Era un modo de sorprender a las gentes, grabando en ellas su imagen y envolviéndose en un misterio donde trabajaran la superstición y la imaginación. De paso aprendía el dialecto del país con el intérprete, que se lo traducía al inglés. Su memoria retenía vivo cuanto aprendía una vez.

«Una vez», dice Canot, «ganó a sus empleados la apuesta de un esclavo recitando la creación dominical en latín y luego regaló el premio a un capitán negrero apresado por los ingleses.»

Después de aquel primer embarque, con oro y mercancías para comprar más, dio en visitar todos los puntos del río donde paraban las caravanas. Cuando olía la llegada de alguna se presentaba de repente con una lancha cargada de géneros chillones, espejos, pólvora y armas, que exhibía ante los jefes. Cuando compraba a uno una docena de cautivos, le mostraba mercancías por valor de ocho. Pero mucho de aquello era debido a la astucia de Martínez, que tenía algo de judío. A África se la podía conquistar por medio de los sentidos, el miedo o la religión. Martínez era maestro en deslumbrar. Pedro hacía lo demás, utilizando su experiencia de capitán en el agua.

En esta primera estación Pedro se movía entre enemigos blancos y negros, y las cargazones que logró embarcar fueron obtenidas a tirones, un poco por amenaza y un poco por deslumbramiento. Tuvo que pagar más caros los cautivos que los demás factores. Con todo, logró poner dos mil cuerpos sobre el agua rumbo a Cuba —dos cargazones a Matanzas y una a La Habana, las tres, esto era importante, a distintos armadores. En su pequeño islote quedaban provisiones para pasar las lluvias y aguardar la nueva estación equipados.

Pero en todos los islotes alrededor del suyo se establecieron negros venidos de otros y sucursales de los principales factores. La enemiga no se ocultaba ya, y pronto supo que los grandes factores habían formado una alianza para coaccionar a los jefes, a fin de que no le vendieran negros. A él llegó la noticia de que pensaban quemarle otra vez la factoría y no dejar salir a nadie del islote durante la conflagración. Los negros y blancos que se habían establecido en derredor estaban para matar a tiros desde lanchas a todos los que durante el fuego se echaran al agua. La bruja seguía anunciando hecatombes y acusando a Pedro de todos los malpartos, incestos, crímenes y encantamientos del país, y los principales jefes estaban contra él.

Los guardias de Pedro velaban noche y día. Terminados los embarques, fue a ver al primer jefe del estuario. Éste se negó a recibirlo y luego le envió una orden conminándolo a abandonar el país en el curso de la presente luna. Burón fue a ver a Pedro y le ofreció su ayuda, aunque él, dijo, nada podía hacer contra las tribus irritadas por la bruja y los factores celosos.

—Es mejor que cojas tus mercancías y busques otro apeadero —le dijo.

Pedro calló.

Estaba en el despacho de su bungalow, reconstruido detrás del cañón, y por la ventana se veían las canoas en número de cien remontando la barra. El conjunto de sus nuevos edificios de tablas —un almacén, dos barracones, dos casas de viviendas y el despacho— daba la forma exacta de un barco. El despacho era la proa, y el cañón, el bauprés. Entre el almacén y los barracones en ángulo que formaban la popa había clavado un alto mástil con una garita en lo alto, a la cual subía un vigía negro agarrándose con una cuerda. Era el primer puesto de vigilancia que establecía. Pedro sabía que Burón no quería hacerle daño, pero que estaba igualmente celoso, y su visita le demostró la inminencia del peligro.

Entre los marineros parias eligió Pedro empleados de confianza. Sólo su vista aguda de capitán podía elegir entre aquellos hombres los más útiles, los mejores soldados, o sea, piratas, por su bravura y mala fama. Lo primero era dejarles ver posibilidad de botín, después de imprimir en cada uno su propia estampa de capitán, cerrada, dura y misteriosa. Gran parte era natural en él, no efecto buscado; pero él no perdonaba tampoco ningún recurso, fuera el que fuera, para sacar partido así de blancos como de negros.

Ahora el primer enemigo era la bruja. Un día, durante las lluvias, se rodeó de una guardia de blancos armados y un negro cargado de presentes y marchó selva adentro al anochecer. La luna asomaba a trechos, vertiéndose entre los árboles, y la vida de su cuarto menguante era la vida de Pedro en Gallinas. El negro avanzó hacia el antro con la cesta llena de regalos y el aviso de que el capitán de un negrero quería consultarla —pues si decía que era él no lo recibiría. Cuando la hechicera asomó a la boca de su choza, cuatro manos la asieron por los hierbajos que la cubrían y le taparon la boca. Eran dos marineros vigorosos. La selva en derredor zumbaba ese ronquido misterioso, fuera de espacio y tiempo. Frente a la choza había un raso, y las aldeas de tribus alrededor parecían dormir. El tambor de guerra situado a la puerta hubiera levantado las aldeas en un minuto; pero nadie sospechaba que alguien se atreviese a violentar la sibila sagrada mayor —había otras menores—. El prestigio de una sibila dependía del número de sus aciertos y de su trascendencia. Ésta había anunciado y fomentado guerras y el incendio de la factoría de Pedro.

Martínez hubiera preferido desprestigiarla por algún arte —por ejemplo, dando vomitivos a las víctimas que ella sometía a la prueba del veneno, el saucy-wood—; pero ni Martínez se enteró del hecho hasta que la bruja apareció en la factoría con el rostro descubierto. En Gallinas no se había dado nunca escándalo igual. Al día siguiente, todos los tambores resonaron a la vez, y los negros de los islotes y la ribera rodearon la factoría en canoas, aullando. Pedro montó guardias y sólo permitió la entrada a los jefes de tribus. Frente a su despacho, en un raso, amarrada a un poste y rodeada de soldados armados de mosquete, había una figura extraña. El cuerpo y la indumentaria eran los de la sibila, pero el rostro era blanco y barbudo.

—¡El portugués que se comió la bruja! —resonaban los tambores.

Pero era el portugués quien se había comido a la bruja. Este factor, arruinado, conocedor de la lengua del país, había entrado en el antro, matado a la bruja, la había enterrado bajo su boabal, y ocupado su puesto. Como nadie le veía nunca el rostro, nadie podía haber descubierto el truco. Muchos capitanes negreros que le habían ido a consultar se habían pasmado al oír que la bruja hablaba sus idiomas europeos. Aquello la había hecho más famosa y sagrada. Martínez —que en su espíritu taimado admiró hasta el delirio el juego del portugués— sospechó que don José Ramón, Burón y otros factores conocían la trampa y que transmitían órdenes secretas al impostor. Pero no era prudente entrar de plano contra ellos.

El jefe Rana, que había dado orden a Pedro de abandonar el país, fue a su despacho a pedirle el portugués para quemarlo y a ofrecerle todas sus cargazones de cautivos que llegaran a su dominio en lo sucesivo. Le ofreció la ayuda de sus esclavos y mujeres para el serrallo, todavía por establecer. Pero tampoco era prudente entregar un blanco a los negros. Ningún negro debía atreverse a poner sus manos sobre un blanco. Los factores se retiraron en silencio, corridos. Los tambores seguían aullando y en todas las orillas se veían negros armados de lanzas danzando danzas guerreras y gritando.

Junto al islote había varada una barca vieja abandonada allí por un cabotero, con la popa hundida en el agua y el fango y el palo mayor erguido, formando una enorme cruz con la verga. Cuatro marineros llevaron al portugués a bordo y, echando cabos sobre la verga, comenzaron a tirar. Los tambores ahogaron los gritos del reo. Éste, con el nudo corredizo al cuello —esos nudos gordianos que sólo saben hacer los marineros—, comenzó a ascender con los brazos abiertos por una entablilladura que se le había puesto hasta la verga, con los ojos y la lengua fuera, enfundado el cuerpo en el mismo traje con que había engañado al pueblo. Allí vieron todavía su esqueleto, como ejemplo, un año después. Las aves metieron el pico por entre los hierbajos, en busca de la carne.

La nueva sibila sería favorable al más fuerte. Tocada la primera cuerda religiosa de los naturales, había que tocar su carne. Pedro aprovechó aquella excitación general para filtrarles su ácido. El alcohol tomado en medio de una orgía guerrera, cuando los cuerpos están porosos, se va filtrando hasta los huesos. Hizo poner en una canoa tres barriles de aguardiente y mandó a sus marineros a repartirlo por las orillas de los otros islotes, donde las gentes bailaban y cantaban. Algunos arrojaban flechas, que quedaban clavadas en el cuerpo del ahorcado como rayos temblantes de un sol muerto, donde silbaba el viento. Todos los jefes del estuario brindaron al ajusticiador su amistad y alianza. Y ganar a los naturales era también ganar ascendencia sobre los factores. Pedro les mandó una nota diciendo que su propósito no era arruinarlos a ellos, sino levantar allí un centro de trata donde todos pudieran ganar Su factoría era aún pequeña; pero río arriba había muchos más islotes sin factorías, que los jefes le brindaban por poco.

El primer negrero de Cuba que logró salvar el cordón de los cruceros en la siguiente estación llevó a Pedro una carta del segundo que había mandado el Conquistador, de vuelta con los cien negros, y otra del señor Carlo, quejándose de su mal comportamiento. Carlo decía que de los cien sólo habían llegado noventa a salvamento, y que la venta no había alcanzado para pagar el equipaje. «¡He perdido más de quince mil dólares con usted y un mes de arresto!», le decía. Pero el mensajero que había mandado con las circulares regresó con cartas de varios armadores nombrando a Pedro factor oficial. La carta del segundo relataba el viaje, que había sido malo. Había pasado, decía, por todos los grados del viento —galeno, ventolina, bonancible, fresquito, fresco, frescachón, duro, muy duro, temporalado, huracanado—, hasta caer en huracán deshecho a la entrada del golfo de México. Un crucero les había dado caza durante tres días, a la altura de Cabo Verde, y, finalmente, habían tenido que sofocar una rebelión con agua hirviente y hierepiés a la salida de Puerto Rico, en la que habían muerto los diez negros y tres marineros. Además, a la llegada, el segundo había tenido pleito con los armadores, pues había querido cobrar el sueldo de los marineros muertos, como hacían otros capitanes, y no se lo habían querido pagar. «Creo que voy a retirarme de la mar; me han ofrecido una plaza de mayoral en una plantación de Santa Clara», terminaba la carta.

En esta segunda estación sólo tocaron allí negreros de Cuba y el Brasil; pero desde Freetown llegaron cartas de armadores de Liverpool, Bristol, Nantes, Burdeos, Cádiz, Lisboa, Charleston y Baltimore, anunciando que en la próxima mandarían expediciones a Gallinas. Todas aquellas cartas iban dirigidas personalmente a Pedro. El había pagado a varios marineros para que difundieran la fama de su factoría, abultando su importancia. Los armadores quedaban así cogidos en una tenaza, que formaba la leyenda de los marineros y las circulares de Martínez.

Los cruceros habían emprendido una gran cruzada en toda la costa noroeste, donde grandes factorías no había ya sino dos: la de Ormond y la de Da Souza. La región del Congo la monopolizaban los negreros portugueses y brasileños. Así, la noticia de una nueva factoría importante situada bien al norte —lo que para los negreros de las Antillas y Norteamérica equivalía al ahorro de un largo y peligroso viaje al sur—, dirigida por un famoso pirata —esta palabra la susurraban los marineros entre sí y a las orejas de los armadores—, había de llegar al alma. En el enorme manantial de esclavos que era y había sido siempre, desde John Hawkins, la costa noroeste, decían las circulares, no quedaban ahora sino tres grandes señores. Un capitán negrero español preguntó a Pedro dónde estaba su señorío, y Pedro apuntó a la selva. El capitán no veía sino unas tablas verticales en la cabeza de un hongo y un cañón fanfarrón a guisa de bauprés y el río. Pedro permaneció serio. Aquella selva era una de las más densamente pobladas de África. Los naturales no estaban aún vaciados por los europeos —es decir, no eran aún ladinos, no habían adquirido malicia—, ni vinculados a ningún gran rey. Esas dos cosas estaban por hacer, y se harían. La existencia de muchos clanes rivales les impedía unirse. La falta de una religión los hacía más penetrables a la corrupción. Todo esto lo había estudiado Pedro y lo consultaba con Martínez.

En la siguiente estación no salieron más esclavos que en la primera; pero bastaban para afianzar la factoría. En el antro de las brujas había aparecido otra, que antes era la mentora del jefe Rana. Martínez hizo llegar a ella embajadores con presentes. Pero las razzias del interior eran todavía tímidas. Los capitanes negreros se admiraban de que Pedro insistiese en cobrar sus cargazones en armas, explosivos y alcohol —aunque los negros tenían ya alcohol en la palmera. Lo principal era corromper a los jefes y luego darles armas —puesto que las armas crearían la guerra— El jefe Rana, que habitaba en la margen sur y había surtido a Pedro de esclavos en la segunda estación, era a propósito para po nerlo de modelo a los demás. En torno a su feudo vivían numerosos grupos gallinas, mezclados con veyes que mandaban caravanas cazadoras. Antes de ir Pedro, Rana era jefe de uno de aquellos grupos, pero luego comenzó a destacarse. En el lugar de su choza de adobe Martínez mandó un cuerpo de carpinteros a fabricarle un estrambótico palacio de tablas: era una especie de capilla, en forma de rana, parapetada en una plataforma de tierra, dominando las chozas de sus súbditos, cercadas ya por una muralla de adobe. En el lugar de la puerta principal estaba el trono, al que se pasaba desde dentro por una puerta secreta. Este trono era un gran sillón de madera forrada de paño rojo, con una serpiente —la piel rellena de tierra y cocida— enroscada a un asta que salía del espaldar. La serpiente era el dios de la tribu, y su cabeza asomaba por encima de la del jefe cuando éste se sentaba en el trono. A cada lado había bancos para su mujer e hijos. Martínez comprendía que aquella altura daría al jefe cierto delirio y amor propio. Por dentro la casa formaba un solo recinto, y dos edificios oblongos formaban las ancas de la rana. El jefe tenía tres o cuatro mujeres, pero no harén, y aquellas ancas eran los moldes —a dividir en alcobas— que le invitarían a ponerlo. Crear moldes para que los llenaran los reyes era la pasión de los nuevos factores, que comenzaron atacando primero un ala del río para luego atacar la otra. Los pequeños jefes de la región vieron que el que se había arrimado a Pedro había ascendido como por milagro, y dieron en afluir a su factoría ofreciéndole mujeres y pidiéndole armas para armar expediciones en la siguiente estación.

Una goleta de cabotaje cargó todas las mercancías que quedaban en el almacén, y Martínez partió a cambiarlas por material de guerra a la isla de Orango, de las Bisagos, donde había factorías portuguesas. Pedro quedó solo en su despacho. La patrulla de marineros rondaba el islote. Algunos negros reparaban goteras del almacén y los barracones. Un francés cocinaba para Pedro y su estado mayor, comprando aves, arroz y pescado a los indígenas. José, unido a él en calidad de contramaestre —las jerarquías y funciones eran todas de mar—, inspeccionaba los trabajos. La lluvia caía muerta y el río se arrastraba perezosamente, cubierto de un vapor hediondo, restregando el lomo como un gatazo a las faldas de los islotes. Pedro miraba por las ventanas que daban a sotavento y a barlovento del bauprés, que apuntaba al Brasil por encima del mar bullente y techado de nubes espesas y bajas. Sobre su mesa tenía un sobre para su primo el teniente, otro para su prima Magda, otro para su hermana Rosa, otro para su factor Carlo y otro para Cha-Cha. A éste le prometía pagar pronto su deuda.

Durante las lluvias, el estuario era un cementerio, por donde se arrastraban formas tristes y pensativas. La selva, en derredor, callaba; los indígenas se recogían a sus chozas, y los factores se pasaban los días y las noches en sus casas, sin un libro ni una diversión, a no ser sus mujeres y los cuentos fantásticos de algún marinero —cuentos de borrascas, naufragios y monstruos marinos—. Sólo se oían los golpes amortiguados de los obreros reparando los barracones vacíos —cuando no sobraban negros o cuando se daba la libertad a los que sobraban, por no poder mantenerlos—. Los libertados —que en otros lugares se mataban— vagaban por la orilla, hambrientos, y, si llegaban sanos a la nueva estación seca, se les volvía a apresar. El río arrastraba algunos cadáveres.

Pedro visitó de nuevo a los demás factores, y Burón se derritió en homenajes. Pero aquélla no era aún la hora de proponer alianza; antes tenía que dominar en la selva y mostrar su poder. Ahora descubrió que los naturales lo llamaban Ahorcado, por el portugués pendiente de la verga.

Al volver a su casa dio en pasear por el piso de tablas, tratando de sacudir la modorra de la estación. La tristeza honda de aquel lugar desolado, en medio de la monotonía de la lluvia, lo dominaba. Luego pensaba que su único fin era pelear contra cuantos lo rodeaban, y el otro hombre, el formado por su carrera, renacía.

En la siguiente estación tocaron allí barcos ingleses, españoles, yanquis y hasta rusos. Con esto, los demás factores se beneficiaban; pero los barcos iban consignados a él y, cuando le faltaba con qué completar un cargamento, se dirigía a las factorías vecinas, donde obtenía esclavos con descuento. La idea era de Martínez. Pedro seguía pidiendo material de guerra a todos los negreros. Luego lo desparramaba entre las tribus, a cambio de cautivos, aceite, pieles y alimentos. Era un modo de hacer la guerra dando armas al enemigo. Los otros factores, que tras la tercera estación aceptaron un papel secundario, dieron en alarmarse. Vicuña, José Ramón y Gume Suárez fueron a verlo en comisión.

—¡Está usted haciendo una locura! Los negros, con armas, se volverán contra nosotros, a voluntad de cualquier bruja, y nos harán trizas. Déles usted ron, enséñeles a tener serrallos y esclavos; pero, ¡por Dios!, no les dé más armas. Usted está loco —dijo la comisión.

El lujo vendría cuando los raiders tuvieran medios de adquirirlos, cazando hombres y mujeres. Mientras tanto, los haría holgazanes. Las armas no iban a parar a cualquier mano. Pedro había recorrido con guías e intérpretes la región próxima al río, al sur, llegando hasta el corazón del Vey, y habló con los jefes más activos, haciéndoles regalos, animándolos a formar cuerpos expedicionarios y mostrándoles grandes riquezas. Al mismo tiempo visitaba a los brujos, que aprovechaban la ocasión para hacer exorcismos y anunciaban grandes males, a no ser que tal o cual tribu vendiera como esclavos a los miembros de otra.

Pero los verdaderos raiders estaban en aquellos clanes de veyes emigrados del sur y cruzados con los de Gallinas. Ambas razas eran casi iguales, pero tenían atavismos distintos, y los hijos salían gentes cazadoras, sin arraigo, guerreras y crueles. Poco a poco se fueron formando en el Gallinas y el Sulima pequeños estados, dedicados exclusivamente a la caza de esclavos, y la selva comenzó a desangrarse. Si no fuera porque en el medio estaba Sierra Leona, centro del poderío inglés en África del Norte y sede de la represión de la trata, Pedro hubiera avanzado al norte hasta encontrarse con Ormond.

Pero los cruceros habían descubierto ya que en Gallinas había un gavilán de cuidado, y durante la cuarta estación sólo dejaron cargar tres negreros, que cargó Pedro. Los demás factores gruñeron; pero el nuevo rival era ya demasiado fuerte para hacerle frente. Los barracones quedaron atestados, y al caer de nuevo la lluvia no se sabía qué hacer con los esclavos. Pedro propuso conservarlos, alimentándolos a ración. Delante de cada barracón había un tinglado, donde los cautivos cocinaban para sí. Dentro danzaban. Los raiders comenzaron a ver aquello con disgusto y a consultar a los brujos, a ver quién era el que había hecho el maleficio; porque todo lo que ocurría en el mundo, hasta la muerte, menos la que acaecía guerreando, era obra de magos y espíritus enemigos que habitaban en las cosas y en las personas.

—Ahora se verá el resultado de su locura —le mandó a decir a Pedro don José Ramón—; los negros se alzarán contra nosotros.

Tenían ya demasiadas armas y muchos sabían usarlas, aunque erraban siempre el tiro. Ponían una mano en la llave y otra en la culata, y separaban el fusil de sí. Algunos fusiles daban culatazos, y los negros los dejaban caer y huían espantados.

Pedro aprovechó esta estación para construir veinte puestos de vigilancia a lo largo de la costa, sobre árboles y torres de ladrillos, consiguiendo que los demás factores contribuyeran a sostener en ellos vigías provistos de telescopios. Estos vigías fueron elegidos entre los naturales de mejor vista. Los africanos tenían más larga vista que los blancos. Los ingleses los colocaban en las cofas de sus cruceros, con premios para los primeros que cantaran velas negreras. Pedro los puso para que cantaran velas de cruceros. Al mismo tiempo transmitió a los armadores un código de señales heliográficas y por medio de fogatas, para orientar a los negreros en la costa. Pedro había encargado a Alemania una docena de aparatos con espejo y telescopio, que enviaban los rayos del sol a muchas millas de distancia. En África nadie había usado aquellos aparatos, que ahorraban el trabajo de enviar canoas a informar a los negreros del estado de las costas y de que sus cañonazos los delataran a los cruceros. La clave de señales sólo la poseían los armadores, sus capitanes, los vigías escogidos y los factores. Cuando los espejos enviaban sus haces de luz hacia la selva, todas las gentes silvestres salían a verlos como un milagro. Los krumen, gentes de la orilla, se familiarizaron pronto con ellos; pero para los de la maleza, Pedro era ya el Gran Mago, más sagrado que los que habitaban en las chozas. Estos se celaron, pero le temieron. Los vigías no confundían jamás un crucero con un negrero, y así sabían cuándo enviar las señales. Los pestañeos de los espejos tenían todo un alfabeto: si había negros, sí había cruceros, si éstos estaban al llegar, sí había tiempo de cargar, a qué hora podían hacerlo, de dónde era el negrero a quien iba consignado, qué mercancías llevaba, qué mercancías escaseaban, qué precio tenían los esclavos... Era el principio del sistema de vigilancia más perfecto que había tenido la costa. Pedro adquirió el nombre de Mago-Espejo-Sol.

Había llegado la hora de romper el cascarón del islote. Durante las lluvias echó abajo los edificios y construyó una sola casa grande en el centro, con techo cónico, y la rodeó de un ancho patio techado, con muchas puertas, que parecían formar una columnata. Frente al mar, detrás de una terraza, se abría un portal. El viejo cañón y todo lo demás pasó a un islote posterior, donde se levantaron los barracones. En otro comenzó a construir la casa de vivienda, y en otro más echó las bases de algo que no se sabía aún lo que sería. De todos, el de los barracones era el mayor; pero en el que pensaba construir su casa era el más solitario de todo el estuario. Era un hongo oscuro, densamente poblado de arbustos, que distaba más que ninguno de todos los demás, y lo habitaban unos pescadores pobres. De cualquier parte de la que se le mirara, parecía un náufrago lejano.

Al principio sólo se ocuparon tres islotes: en el primero estableció Pedro el despacho para recibir a los capitanes negreros, y la oficina. No lo habitaban negros. En el segundo puso el almacén y las casas de vivienda para él y su estado mayor. Y en el tercero, los barracones, las chozas de los empleados y la enfermería. El segundo lo fortificó, emplazando cañones por las cuatro bandas, y en el tercero colocó una guardia de portugueses y españoles a sueldo fijo. La organización entera era un barco, del cual él era el capitán, Martínez sobrecargo y José contramaestre. En la estación de los embarques, los krumen se contrataban por meses, que ellos calculaban por lunas, que iban marcando en una vara o en los mangos de los remos. El sistema heliográfico, combinado con espías colocados en Sierra Leona y a bordo de los cruceros, para conocer los rumbos de éstos, permitiría a veces aprovechar la hora que le faltaba a un crucero para llegar a la barra para poner quinientos negros a bordo de un negrero. Para esto los krumen no tenían precio. Sus piraguas, cargadas de cautivos, remontaban la barra por docenas y se deslizaban como flechas hacia la vela negrera. Muchos negreros pagaban ya en moneda, que servía para comprar cosas a los judíos de Freetown. Así, a veces asomaba una vela a la puesta del sol y ai cerrar la noche largaba trapo, rumbo a América, cargada de esclavos.

A principios de 1825, Pedro hizo una visita a Cha-Cha, en una goleta propia, comprada a un portugués de Santo Tomás, llevando onzas de oro para pagar su deuda. De vuelta barajó la Costa de los Granos, desde el cabo Palmas a Gallinas, haciendo escala en Gran Sestros, Nefú, Settra Kru, Tradetown, Gran Basa, Cabo Mesurado y Cabo Mount. En todos esos lugares había alguna factoría, y la más importante era la de Tradetown. Éste fue un viaje desalentador. Los enemigos no estaban ya solamente al norte, sino también al sur. La redada de negros americanos soltados en Cabo Mesurado poco antes de establecerse él en Gallinas había fracasado; la tribu Dé, que había cedido el territorio, se levantó luego contra los negros blancos; los blancos que dirigían el establecimiento habían muerto; pero entre los negros deportados iba Eijah Johnson, que conservó las semillas de la colonia hasta 1823, cuando el reverendo Jehudi Ashmur le dio un nuevo soplo. En 1824, otro reverendo (Robert Gurley) bautizó la colonia con el nombre de Liberia, capital Monrovia. A Pedro no le gustó ninguno de aquellos nombres.

Por tanto, había que darse prisa. De vuelta a Gallinas se enteró de que en la región había estallado una gran guerra, que él no había fomentado, y mandó a los jefes de expediciones que prepararan sus redes, sin intervenir en ella. La guerra, dijeron, había comenzado entre dos jefes pequeños, pero éstos tenían tribus aliadas, que se lanzarían al pillaje contra amigos y enemigos. Cuando en África sonaba el tambor de guerra —un tronco vaciado en forma de barril, con cueros tensos por los extremos—, todo el mundo cogía las armas. Pero todos los jefes sabían ya que los enemigos cogidos vivos valían más que los muertos. Antes de la trata, las guerras eran más rápidas y sangrientas; en ellas lo único que importaba era matar. Después, importaba más atrapar al enemigo vivo, del cual se vengaban vendiéndolo. Pedro adivinó que aquella guerra sería larga.

Por entonces, se reducía a un delito a castigar; pero la selva estaba cargada, y la chispa era peligrosa. La historia rezaba así: «Un jefe de la ribera tenía hijas casadas con otros jefes del interior, al sur del río, y los distintos clanes emparentados se visitaban para conmemorar los muertos, los nacimientos y las bodas. El jefe de la ribera era ya viejo y tenía tres mujeres y algunos esclavos. Cuando Pedro sembró por derredor la fiebre de la caza de hombres, este jefe envió toda su gente hasta los confines de la región del Vey, con cuerdas y lanzas. Dos o tres veces su gente logró echar garra a algún negro suelto, y al fin rodearon a una tribu pobre y la trajeron ante su jefe. Aquella tribu hubiera podido defenderse, pero estaba hambrienta, y se dejó capturar y vender, Con ello el jefe pudo emplear más esclavos en cultivar su tierra y cazar más esclavos, y luego se sintió joven y deseoso también de una mujer joven. Durante semanas recorrió las tribus vecinas y observó a las jóvenes solteras y calló. Después avanzó un poco más hacia el sur y llegó hasta una tribu que habitaba cerca de otra donde el jefe tenía una hermana. El jefe de aquella tribu tenía muchas hijas y, sobre todo, la menor era joven y bella, y sus senos estaban llenos y duros y sus ancas redondas, y su cintura flexible, y su vientre caliente. El jefe se prendó de ella y la compró, y la primera noche se alojó con ella en casa de su hermana. El comprador tenía hijas mayores que la joven, y ésta fue llorando todo el camino hacia la ribera. Pero en casa de la hermana de su dueño vio a un sobrino de éste, y las pupilas de sus ojos se prendieron en él, y el joven quedó pensativo. “No pienses en ella, hijo mío, que es la mujer de tu tío, y nadie debe pensar en las mujeres de sus mayores”, le decía la madre. Pero el joven dio en adelgazar, y andaba por las aldeas, y contaba a todos la desdicha de la joven y su amor por ella. No lejos de su tribu estaba la aldea de un poderoso jefe venido de lejos, de un lugar llamado Shebar, y el joven se encontró con él a la puerta de su aldea y le contó también su desdicha.

»Desde que las factorías de Gallinas dieron en atraer negreros, los tribus de la orilla se estaban enriqueciendo, unas mandando expediciones al interior y otras cobrando derechos de peaje a las caravanas o impuestos a los factores. Estas tribus habían fortificado sus dominios, y avanzado aun un poco hacia la selva, y las del interior quedaban sitiadas y deseaban también un puerto en el río para hacerse ricas. De todas las del interior, la del jefe con quien hablaba el sobrino del comprador de la joven era la más fuerte.

»Este jefe, llamado Amarar, deseaba abrirse paso hacia el río y prometió al joven ayudarlo si su tío trataba de tomar venganza, pues el proyecto del sobrino era raptar a la joven comprada. El joven se presentó un día en casa del tío y vio a la joven con los ojos llorosos y los senos erguidos, pues el comprador era anciano y no había podido desflorarla. El joven abrió de noche un agujero en la parte posterior de la habitación de la virgen y se la llevó a horcajadas sobre el cuello al través de la selva. Amarar lo recibió en su aldea y dio a la pareja una choza, varias cabras y gallinas y un pedazo de tierra para cultivar.

«Amarar mandó entonces una comisión a ver a Pedro para comprarle armas y aguardó. En la ribera, el anciano robado persiguió al sobrino hasta las puertas de Amarar, pero allí tuvo que detenerse y volvió a su casa burlado. Pero la gran sibila del río dijo que los hombres de la selva avanzarían a apoderarse de la ribera, y que lo lograrían si los de la ribera no liberaban a la joven raptada para devolverla a su dueño legítimo. El más poderoso jefe de la ribera era ahora Shiakar —puesto que Rana había muerto y su imperio se había desmembrado—, el más noble de todos. Shiakar juró devolver la raptada a su dueño, y todos los demás jefes de la ribera se aliaron a él. Por su parte, Amarar encontró aliados en la selva, que querían convertirse en tratantes de esclavos. Desde entonces, toda la región del Vey y la embocadura del río Gallinas quedó en guerra. Cuando estallaba algún conflicto, las tribus se hacían la guerra, aunque aquel conflicto no las afectara. Esta guerra entre Amarar y Shiakar prendió fuego a la selva, y este fuego no había de apagarse hasta que se apagara la vida de uno de ellos».

Y la guerra trajo la riqueza. En el fondo era una guerra por la riqueza, y el rapto fue un pretexto. La fiebre de combate se extendió río arriba. Los jefes de las tribus aislados en los brazos del río o rodeados de pantanos acudieron a los blancos del estuario en busca de armas y explosivos. Las armas de fuego les servían de poco, pero los fusiles creaban una superstición y daban a una tribu la seguridad de poder vencer a todas las demás, y se lanzaban contra ellas. Enton ces fue cuando se vio que las armas que Pedro había regado por la selva daban su fruto. A ambas márgenes del río se habían ido formando estados expedicionarios, o sea, cuadrillas de bandidos cazadores de gentes, disciplinados y fuertes, que ya sabían manejar armas europeas, y aterraban a los otros. Pero estas cuadrillas de raiders no se mezclaban en el conflicto sino para atrapar grandes redadas de cautivos de ambas partes. Sin embargo, la guerra agitó y revolvió la selva, y desde entonces se abrieron paso hacia el río las gentes del interior con caravanas de prisioneros, y los enemigos en la selva pasaban atados codo con codo al entrepuente de los negreros. Con esto se acabaron los monopolios a los cazadores de gente todos dieron en cazarse unos a otros.

Pedro fue a ver a Shiakar para enterarse de la importancia de la guerra y volvió a sus cayos pensando en cómo dirigirla sin tomar parte en ella —los blancos no debían provocar la enemistad de una ni de otra parte—, Pero era preciso que los negros no se mataran. Para ello envió a los beligerantes un sistema de alambradas de su invención. Consistía en tender barreras de cuerdas —después encargó alambres puados a Europa— en el suelo por donde había de pasar el enemigo y hacerlas tirantes, amarradas a los árboles. Los que pasaban aquella barrera no podían retroceder y caían en fosos, detrás de los cuales se escondían los cazadores. Pedro enseñó a varias comisiones enviadas por Shiakar y por Amarar a operar el sistema de reconcentración en uno de sus islotes desocupados y dejó que se divulgara por la selva. Cada banda se creía poseedora exclusiva del secreto. Para animarlos, los factores les vendían aguardiente y les compraban las redadas; desde luego, a precios más bajos cuanto más abundaban.

Cuando la selva dio en producir en abundancia por sí sola, los factores pudieron consagrarse por entero a sus factorías y a los medios de dar salida a los cautivos que afluían a sus barracones. Cada vez apremiaba más aprovechar todos los recursos. La vigilancia de los cruceros era más estrecha cada día, y a veces se pasaban meses sin que abandonaran la entrada al río. Los barcos de cabotaje trajeron la noticia de que la guerra que los ingleses sostenían con los achantis había terminado con el triunfo de aquéllos. Esto demostraba que la campaña inglesa en África se intensificaba; pero, a medida que ellos cerraran más puertos negreros en la Costa de Oro, los barcos negreros afluirían en mayor número a Gallinas.

Y Pedro no era ya —1827— sólo el Mago-Espejo-Sol de las tribus circunvecinas, sino el señor de Gallinas para los demás factores, que medraban a su calor y trataban de no hacer nada que le desagradara. Burón, que ocupaba ya el tercer lugar, formó con él un tratado de alianza para ayudarse mutuamente a cargar con rapidez un negrero cuando fuera preciso, cambiar mercancías o completar un cargamento. Pedro había aumentado el número de sus puestos de vigilancia y escogido un cuerpo de los mejores krumen de la costa, obligando a los demás factores a pagar un tanto para tenerlos de reserva para casos de gran urgencia. Cuando los cruceros sitiaban la entrada al río y los cautivos no cabían en los barracones, se almacenaban en barcazas varadas junto a los islotes. Pero los cruceros levaban el ancla por falta de víveres o aguada, a veces sólo por unas horas —pues otros estaban en camino—, y en aquel tiempo había que dar aviso a los negreros que andaban por la vuelta de afuera y poner miles de esclavos en sus entrepuentes» Los aparatos heliográficos comenzaban a hacer guiños o las fogatas a hablar con sus lenguas mudas, y cientos de canoas con miles de remos remontaban la barra al son de cantos. Los krumen cantaban en su lengua o en inglés. Casi todos hablaban inglés, portugués y español, y se ponían nombres fantásticos, tomados de los ingleses. Se llamaban Foque, Príncipe de Gales, Agil, Tom Bartman, Chelín, Botella de Cerveza y otros nombres así. El cuerpo de krumen creado por Pedro cobraba un pequeño sueldo fijo todo el año y, además, por sus trabajos especiales en los meses de contrata. Los krumen rara vez pasaban a los negreros, porque eran indomables y creaban motines. Además, eran ladrones natos. Los factores les prohibían entrar en sus factorías, y vivían aparte, en islotes libres a lo largo de la playa. Pero sin ellos no hubieran pasado a América la mitad de los esclavos que pasaron.

Al principio de la prosperidad de Gallinas, cuando Pedro alcanzó el primer lugar, la mayoría de los demás factores tenía ya su pequeño harén, con una habitación separada para cada mujer. El único que no había cedido aún a la costumbre era Pedro, y Martínez se lo reprochaba.

—Es parte del negocio —decía.

Fue la primera discordia que tuvieron. Pedro no quería nada que oliese a doméstico, aunque esto fuese un serrallo. Pero la guerra entre Amarar y Shiakar lo ligó ya definitivamente al país y a sus costumbres. El aburrimiento y soledad de las lluvias lo acosaba, por un lado, y los jefes, empeñados en darle mujeres, por otro. La guerra creaba viudas, casadas y por casar que se refugiaban con los blancos. En Gallinas se habían establecido nuevos factores, y los que había eran, a pesar de todo, rivales. Había, pues, que contentar a los jefes naturales, comprándoles sus hijas para el harén. Si no se las compraban se ofendían. De sus cuatro islotes —aparte de aquel solitario, donde no había sino un mástil con bandera roja en señal de que estaba ocupado—, el más separado lo destinó a su casa y al harén. Su casa era un bungalow, y el harén, un amplio edificio chato, formado por una herradura de veinte habitaciones, apretadas en torno a un patio central. En el centro del patio estaba la habitación de la guardiana, una negra grande dentro de una bata roja. En cada habitación, tapizada de pieles, había un tocador con espejo y una cama europea. Los eunucos tenían una casa al fondo y dependían de la guardiana. A la entrada estaban la cocina y el comedor colectivo.

En cada habitación fue entrando poco a poco la hija de un rey, y no la de cualquier rey. Pedro selló un tratado de amistad con cada uno de los grandes jefes de la región del Vey, con la admisión de sus hijas en el harén. Amarar le mandó una, y Shiakar, otra. Pedro dio a las hijas de los reyes enemigos la categoría de favoritas.

Los eunucos los compró a una goleta de Mozambique, que los compraba a los árabes de Zanzíbar, donde tenían grandes depósitos de ellos, cazados en la selva y castrados. La goleta era de un mulato, hijo de una señora feudal portuguesa, y se dedicaba exclusivamente a la venta de eunucos por la costa oriental y occidental, donde se los compraban los colonos y los factores. Este mulato, llamado Pombo, remontó la barra y amarró frente al serrallo de Pedro, enviado, según dijo, por Cha-Cha. Pedro lo hospedó una semana y le compró unos cuantos castrados.

Cada vez que se presentaba alguien procedente de un lugar lejano, Pedro lo hospedaba y lo convidaba a champán. La geografía lo obsesionaba, y su factoría era una caja de resonancia de la historia de Europa y América, al través de los cuentos de los marineros, que ahora caían allí como langostas, venidos de Sierra Leona. Por ellos supo de la expedición del capitán Owen, y a bordo de su barco mandó secretamente a un marinero inglés para que le informara de los detalles del reconocimiento. El mulato vendedor de eunucos venía de la costa oriental, que Pedro no había visitado todavía, y un visitante así era huésped ilustre. Pedro se encerró con él, goloso de saber algún secreto. Sabía que todos los que hablaban portugués hablaban en grande, y que Pombo no sería menos.

—Conozco el África desde el cabo de Buena Esperanza a los Pirineos —dijo Pombo.

Pero Pombo reía a carcajadas y no hablaba más que de sí. Era hijo de una de las colonias portuguesas que el Gobierno había mandado a Mozambique a ocupar tierras, a condición de que se casaran con europeos. En el mundo —decía Pombo— no se había visto cosa tan original, y sólo a los portugueses podía ocurrírseles.

Aquellas mujeres eran señoras feudales y formaban dinastías femeninas. Sólo las hijas podían heredar sus haciendas. Los hombres ocupaban un lugar subordinado y vivían de lo que las mujeres les daban. Así que ningún hombre importante se casaba con ellas, y las grandes señoras tenían que casarse con marineros o náufragos para conservar sus haciendas. Pero los hombres morían, como los caballos y los camellos, picados por la mosca tse-tse, y el sistema feudal femenino estaba a punto de derrumbarse. Había un gran número de señoras solteras con hijas e hijos, que no podían heredarlas. Entonces fue cuando el Gobierno decretó que podían casarse con africanos o asiáticos, pero sólo las hijas heredarían. Los hijos quedaban como bastardos y se hacían cazadores de negros y oficiales del ejército portugués de la colonia —los truculentos oficiales mulatos que nombran los viajeros—, y piratas, y negreros, y traficantes de eunucos, como Pombo.

Éste dijo que los ingleses tenían una tenaza en África, cuyas partes eran Cape Colony y Egipto, y que esa tenaza la cerrarían algún día, y que se alegraba.

La guerra de Amanar y Shiakar requería vastos mercados; pero todas las guerras posibles de la región no bastarían para abastecer los que había. Más de cien compañías de armadores habían escrito a Pedro nombrándolo armador y confirmando su código de señales —que pronto serían transmitidas desde doscientos puertos al sur y al norte del río—, Aquellos armadores se ponían nombres convencionales como razón social, detrás de los cuales se ocultaban grandes comerciantes y hacendados de Europa y América. Pedro tenía aparte una lista de aquellas firmas comerciales contra las cuales podía girar, y en manos de las cuales iba dejando siempre una reserva, diferencia entre el valor de las armazones de esclavos y el efectivo que le dejaban los capitanes negreros. Martínez manejaba aquello desde el puesto avanzado del primer islote. Pedro se ocupaba del gobierno de la colonia, de recibir visitantes en su casa, a pocos metros del harén, y de visitar el mismo harén. El estuario tenía ya un grupo de embarcaciones pequeñas, costeado por todos los factores, para facilitar el transporte rápido de cautivos del interior. Pedro obligó a los factores a sostener aquel servicio, el de los krumen y el de los semáforos, como si cada uno fuera un estado autónomo. Era una confederación obligada. Pero, en todo lo demás, cada factor traficaba por su cuenta. Pedro escogía a sus oficiales con ojo de buen marino. Ahora tenía en proyecto otro servicio, al cual obligó también a los demás factores.

Pedro tenía una goleta para uso propio, fabricada en Estados Unidos. En ella recorría a veces la costa, desde el Congo a las Bisagos, haciendo escalas en Ajuda, Elmira, Monrovia y Sierra Leona. La goleta arbolaba bandera española, matriculada en La Habana, pero en el pico del mayor flameaba una bandera que no pertenecía a ningún país reconocido. Era la bandera de su factoría: negro y morado. Poco a poco aquella bandera fue adquiriendo prestigio en la costa, y los mismos naturales la conocían. Dondequiera que tocaba su goleta hacía circular anécdotas —pues la anécdota es el manjar de los salvajes, y a ellos hay que atenerse— acerca de su riqueza, sus cañones —la goleta los llevaba ocultos y su factoría era fuerte— y sus hazañas. En torno a sus cuatro islotes había algunos lugres, barcas y balandras de cabotaje, abandonados allí por viejos; los marineros contaban por la costa que Pedro colgaba de sus vergas a los que violaban su harén —lo que hacían a veces algunos marineros borrachos— y que había matado a un hombre por negarle fuego para el veguero, etcétera. (Los marineros exageraban, pero algo había. A los pocos meses de implantar el harén, un marinero holandés, borracho, había entrado en él y desflorado a la hija de un rey, y aquello Je había costado morir como el brujo portugués.) El prestigio del Mago-Espejo-Sol comenzaba a eclipsar al del mongo John, su enemigo al norte. La región del Vey era prácticamente suya.

Pero cada vez se veían más cruceros por la costa. La colonia de Sierra Leona ganaba terreno hacia el sur, y la de Liberia, hacia el norte. Era necesario un servicio de cúters o lugres para vigilar el movimiento de los cruceros y recoger las señales que les transmitirían los espías colocados a bordo de éstos —los cruceros, a su vez, tenían espías en Gallinas, a los cuales Pedro colgaba también de las vergas cuando los descubría— y en Sierra Leona. Los demás factores vieron en aquello un gasto excesivo; pero nadie podía oponerse. El servicio fue creado y disfrazado de cabotaje, y con él se completaron todas las medidas posibles para burlar la represión. Cuatro barcos con bandera negra y morada vagaban por la costa y salían diez o veinte millas mar afuera a comunicarse con los negreros. A veces se pasaban semanas en Sierra Leona, donde los comerciantes ingleses y judíos admitían letras de Pedro sobre varios países y ciudades. En Monrovia ocurría lo mismo.

Este servicio llevaba un doble propósito. Entre sus oficiales de Gallinas tenía Pedro media docena de españoles y portugueses expertos, que pensó poner al frente de sucursales. En la Costa de los Granos había especialmente cinco lugares adecuados, por su situación, por las gentes que los poblaban y por haber llegado hasta ellos la fama de Pedro. En sus almacenes había mercancías suficientes para establecer en ellos nuevas factorías. Estos lugares eran Mana Rock, isla Sherbro, Cabo Mount, Nueva Sestros y Digby. José fue a isla Sherbro, y en cada uno de los otros lugares puso un factor semiindependiente de su confianza. Todos recibían órdenes y mercancías de Pedro y cobraban un tanto por ciento por cada esclavo que mandaban a Gallinas. Los demás factores vieron que Pedro utilizaba los barcos de vigilancia para transportar aquellos esclavos, y también establecieron sucursales. La costa que fue luego Liberia y parte de Sierra Leona quedó monopolizada por los traficantes de Gallinas.

Acabadas de establecer las sucursales, bajó del Pongo una barca con una noticia trascendental: John Ormond se había suicidado. Era en mayo de 1828. La historia del mongo era teatral y romántica. El capitán Teodoro Canot, que había sido empleado del mongo y tenía una pequeña factoría en el Pongo, partió un día en un negrero rumbo a Cuba, dejando su factoría a cargo de empleados. El negrero de Canot fue apresado por un crucero a poca distancia de la costa, pero sus oficiales le permitieron fugarse y volver al Pongo en un bote. Al llegar Canot a su factoría de Kambia se encontró con un negrero consignado a él, que, no queriendo confiar en sus empleados, se dirigió a Ormond para que lo cargara de esclavos. Pero Canot regresó antes de que el barco comenzara a cargar, y su capitán rompió el compromiso con Ormond y se dirigió a Canot. Canot ofreció a Ormond la mitad de la cargazón, y Ormond, picado, se negó. Las gentes del mongo, que con cada negro cargado en su factoría obtenían ganancias, se disgustaron, y las mujeres de su harén, con la guardiana al frente, se sublevaron y le echaron en cara todos los cuernos que le habían puesto y que le pondrían en el futuro. Las gentes todas dieron en gritar y en pregonar los vicios y las debilidades del mongo. Una de sus mujeres le dijo que era amante de Canot, a quien el mongo había querido envenenar. Ormond no pudo más. Trató de buscar alivio en las drogas y auxilio en los brujos; pero aquélla era la rebelión de las ovejas, y Ormond fue hasta su harén y allí se metió una bala en el corazón.

—Aquella bala —dijo el patrón de la barca— estaba envenenada, y parecía disparada por el oficial que facilitó la fuga a Canot.

Un rival menos para Pedro y Cha-Cha.

Ahora se presentó otro problema. En el país seguía la guerra, y un día u otro habría un vencedor Como resultado, el vencedor crearía un imperio, y ese imperio sería peligroso. Martínez, con su vista de judío, vio lo que tenía que ocurrir. El vencedor monopolizaría la caza de gentes y querría que una de sus hijas fuera la esposa del señor de Gallinas, y no meramente favorita del harén. Si Pedro le rechazaba la hija, el emperador se disgustaría y la ofrecería a Vicuña, que también estaba soltero, José Ramón u otro factor —algunos estaban casados con mulatas traídas de Elmina—, y, por tanto, peligraría la hegemonía de Pedro. En varios barcos llegados de Cuba le habían llegado cartas de Magda. Pedro había comprado por mediación de Marchena, y a nombre de éste, pues la cuenta que Pedro tenía pendiente con la justicia impedía utilizar su nombre, una casa en La Habana y una hacienda en Matanzas, que su primo, ya ascendido a capitán, le administraba. Pero Magda se había cansado de escribirle cartas con ramilletes y corazones al margen y se había casado.

Pedro estaba y estaría ya siempre fuera de toda ley. Se había tornado lúgubre y fatalista. La sociedad de los blancos había llegado a serle odiosa. En su factoría sólo había náufragos, parías, descastados y bandidos, y éstos eran para él tipos perfectos. Salvo por su mayor cultura y genio militar, el espíritu diabólico de los mulatos Ormond y Da Souza se había apoderado de él. Toda la trata negrera fue obra de mulatos —fuese en el color de la piel, fuese en el color del espíritu—. Y Pedro era un mulato por dentro. Además, allá abajo estaba el poderoso Cha-Cha, con su Elvira, que también escribía cartas a Pedro. Este había ido adquiriendo cada vez más ambición y ansia de poder. Sus seis factorías y cinco islotes marchaban bien, pero podían marchar aún mejor. Desde hacía dos años no recibía noticia de su familia en Málaga —Marchena no le hablaba nunca de ella—. La decisión vino a fines de 1828.

En esta fecha la guerra entre Amarar y Shiakar pareció acercarse a su fin con la victoria del primero. Shiakar había avanzado contra su enemigo con un numeroso ejército, armado de arcos, lanzas, fusiles, hachas y alambres, y sitió la aldea de Amarar. Era un esfuerzo supremo, y de su resultado, se creía, dependería el resultado del conflicto. Amarar, con el joven raptor por general, trató varias veces de romper el sitio. Las mujeres peleaban al lado de los hombres y el tambor de guerra resonaba noche y día. Pero las fuerzas y alambradas de Shiakar eran inexpugnables. Dicen que algunas mujeres de Amarar, que era mandingo, se dejaron arrancar tiras de piel para los arcos —pues no tenían cabellera—, y que algunos padres sacrificaron a sus hijos para proporcionar alimento a los combatientes. Pero las fuerzas y alambradas de Shiakar no cedían. Entonces Amarar llamó a su sacerdote y le preguntó si debía rendirse. El brujo se retiró a consultarlo con los espíritus de los muertos a su antro, y éstos dijeron que Amarar no lograría romper el cerco si no los propiciaba con el sacrificio de uno de sus hijos; y Amarar sacó a la plaza uno de dos años y lo quemó en la pira. Los soldados que danzaban en derredor, hombres y mujeres, se lanzaron, enloquecidos, contra el sitiador, rompieron la alambrada y mataron la mitad de los soldados de Shiakar, que estaban desprevenidos. Shiakar se retiró, y en el estuario todos vieron cercano el triunfo de Amarar. Inmediatamente, Pedro puso proa al sur y se presentó a Cha-Cha.

Da Souza, dijimos, tenía el propósito de morir pobre. En su feudo se derrochaba más lujo y vicios que en ningún pequeño reino de Europa. Pero Elvira no había encontrado aún un príncipe digno de ella. Cha-Cha dijo que la fortuna que quería heredar el rey del Dahomey pasaría a los maridos de sus hijas en vida del padre. A Pedro le prometió la mayor parte. Con Elvira le ofreció el cincuenta por ciento de lo que produjese su factoría mientras él viviese. Pedro mismo pondría allí un administrador y un supervisor de su confianza. El trato quedó cerrado. Pedro necesitaba casarse con alguien para no tener que casarse con la hija de Amarar, si éste ganaba, y Elvira seguía siendo la mujer torneada en caoba, con sus brazos de culebra y sus muslos redondos, y sus dientes de mula. En Ajuda no se vería nunca una fiesta así. Durante seis días después de la llegada de Pedro recorrieron todas las factorías vecinas, tocando flautas y tambores, seguidas de un cuerpo de bailarinas y otro de soldados. Al llegar ante una casa, los músicos se paraban y las bailarinas comenzaban a danzar, guardadas por los soldados, que presentaban armas. Al final callaba la música y se destacaba un pregonero para anunciar la boda de Elvira, la princesa de Cha-Cha, con el Mago-Espejo-Sol de Gallinas. Al fin todos daban un aturuxo y la marcha seguía.

Para la boda, Cha-Cha se vistió con el uniforme de almirante brasileño —atavismo de cuando era marinero—. Sus doscientas amazonas, desnudas, se enrollaron bandas rojas a las cinturas; las mujeres de su harén se envolvieron batas de seda blanca y se pusieron velos; sus bufones —lo único que Pedro no podía tolerar en su Estado— vistieron trajes estrambóticos, todos diferentes, con gorros de pico y la cara pintada de yeso; sus hechiceros se pusieron hábitos de hierbas y aparecieron con hachas en la mano; toda la gente de su factoría, blancos y negros, se disfrazó con trapos y cintajos tomados de su almacén. Desde por la mañana las amazonas danzaron en la plaza, armadas de fusiles, y disparaban al aire. Los músicos rompían los tambores con los puños. Los sacrificadores guiaban rebaños de guineas, pollos, cerdos, cabras y otros animales, que decapitaban en un cepo, y tiraban al aire las cabezas. Las amazonas disparaban a aquellas cabezas por el aire.

Elvira estaba en su habitación rodeada de todas las mujeres del harén, y Pedro en otra, rodeado de todos los oficiales de la factoría. Cha-Cha había mandado construir un palacio nupcial y aguardaba en el suyo. Entonces surgieron de algún lado dos grupos de marineros de Pedro. Uno llevaba un cañón y lo emplazó a la puerta del palacio de Cha-Cha; el otro, un enorme espejo alemán, y lo colocó a la puerta de Elvira. Del primer grupo se destacó un marinero uniformado y fue a pedir a Cha-Cha la mano de su hija, en nombre de Pedro. Una blanca del harén hizo lo mismo con la guardiana de Elvira. Ambos, Cha-Cha y la dueña, cedieron de mala gana. Al fin, Cha-Cha asomó a la puerta y disparó el cañón, y los novios salieron a encontrarse en el centro de la plaza, alfombrada de pieles. Cha-Cha se puso al lado de Pedro y la dueña al lado de Elvira. Entonces surgió un sacerdote negro con bonete y sotana y ejecutó unas ceremonias con las manos y habló en el idioma del país. Al mismo tiempo, todos los cañones y fusiles de la factoría dispararon a la vez. Inmediatamente resonaron los tambores y demás instrumentos y los novios marcharon por una avenida alfombrada hacia el palacio nupcial, seguidos de dos carpinteros, que clavetearon por fuera la puerta única. Esta puerta no se abriría hasta pasados dos días, durante los cuales estarían encerrados a champán. Durante esos dos días las mujeres danzaron y los tambores resonaron en torno al palacio nupcial —una mera barraca—, ahogando con sus aullidos todo grito posible en el interior. Al fin se rompió la puerta y los novios marcharon por una senda de pieles hacia el muelle y pasaron a la goleta. Cha-Cha en persona acompañó a su hija hasta Gallinas. En Ajuda los despidieron los cañones y en Gallinas los recibieron los cañones. Desde que Cha-Cha vio la organización de su yerno, en su interior se colocó a sí mismo en la categoría de segundo príncipe de Africa. Pero con la boda del Mago-Espejo-Sol y la princesa de Cha-Cha-Ajuda emparentaban las dos dinastías de negreros más poderosas de la Historia.

El palacio de Pedro —antes bungalow— se levantó en una plataforma frente al harén. Por de pronto, Elvira habitó en él con una corte de damas. Lo que más extrañaba era la falta de los bufones de su padre, entre los que había dos blancos.

Los reyes beligerantes se hallaban entonces en una tregua, y Pedro extrañó que no le mandaran embajadores a felicitarlo. Pero la noticia de que había emparentado con el poderoso Cha-Cha debía de infundirles miedo.

Era a mediados de la estación seca de 1829. Al día siguiente de llegar con su mujer a Gallinas, Pedro dejó a Elvira encerrada en su jaula y volvió a las actividades de la factoría. La primera noticia que recibió fue la de uno de sus lugares, que había seguido a una escuadrilla de cruceros hasta Fernando Poo, donde fondearon. Los españoles habían muerto o abandonado la isla y los ingleses se apoderaban de ella, fundando en Clarence Town una estación para la represión de la trata. La noticia era mala, pero iba más bien contra las factorías portuguesas al sur del Ecuador —dentro de un año sería ilícita la trata en ellas—. Pedro despachó al administrador y supervisor a Cha-Cha para el cobro del cincuenta por ciento, y de paso Je transmitió la noticia. Cha-Cha recibió a los embajadores con extremada cortesía y puso en sus manos la contabilidad. Eran un español y un portugués, que habían sido contramaestre y sobrecargo de un negrero.

Cha-Cha y otros factores tenían ya barcos de convoy que acompañaban a los negreros y, cuando asomaba un crucero, se repartían los negros y los hacían pasar como tripulantes. Una vez lejos de la costa —desde luego, cuando el negrero iba al norte de la línea—, el convoy regresaba a África. Lo primero que hizo Pedro ahora fue revisar los cuerpos de vigilancia y establecer en un islote aparte una oficina general para informar a todos los factores de Gallinas del movimiento de la costa. De esta oficina, a cargo de un antiguo capitán de cabotaje, dependió desde entonces el cuerpo de señales y vigilancia. Todos los días se registraba allí, en una gran pizarra, los negreros que se hallaban a la espera, el movimiento de los cruceros, el estado del tiempo, los buques apresados y toda clase de noticias relativas a la trata, tales como cotizaciones, demandas y ofertas. Cha-Cha copió imperfectamente el adelanto. En Gallinas entraron nuevos cañones y a cada lado de la embocadura del río se levantó un fortín.

La guerra continuaba en la selva. Shiakar había vuelto a la ofensiva, y al través de la lluvia y todo llegaron caravanas de prisioneros. En el islote largo hubo que doblar los barracones y se aumentaron los empleados y las flotillas de krumen. Antes de que asomara la primera vela negrera, solamente en los quince barracones que Pedro tenía ahora en Gallinas, sin contar las sucursales, había cinco mil cautivos.

La estación, por su parte, trajo a África bandadas de negreros con las alas abiertas. A medida que se acentuaba la represión, sin embargo, bajaba en África el precio de los esclavos —lo contrario de lo que ocurría en América—. Pedro prefería el pago en moneda, para facilitar la rapidez. En ocasiones, los negreros cargaban dejando sólo un pagaré de los armadores, a quienes escribía luego Pedro pidiendo muebles, alimentos finos, ropas y prendas. La estación de 1829 fue la que marcó su apogeo. Los cinco mil cautivos y algunos más estuvieron rumbo a América en dos o tres meses, y otros ocuparon su lugar en los barracones, para pasar también en los negreros tardíos. El señor Carlo, resarcido de sus pérdidas, le mandó expedición tras expedición.

Pero en uno de aquellos negreros tardíos que cargaban con las primeras lluvias le llegó otra noticia: Clara, su madre, había muerto, y Rosa quedaba sola. Martínez, que era el único en Gallinas que conocía algo de su vida, lo vio inclinado sobre la carta, con aquellos ojos secos que nunca decían nada de lo que andaba por dentro. «No sé qué voy a hacer sola en el mundo», le decía Rosa. Pedro se sentía ya cargado de riqueza, y fue esta estación en la que terminó una fase de su vida, para comenzar otra.

Cargado el último barco, se retiró a su palacio, y durante algunas semanas jugó tontamente con Elvira. La princesa era resabiosa y amenazaba con entregarse a otros. A veces lloraba horas sin que se supiera por qué y otras abofeteaba a sus doncellas. Una vez le arrancó los ojos a una y otra clavó un cuchillo en el vientre de otra. Pero a su tiempo justo dio a luz un cuarterón, que bautizaron Pedro, pues en Gallinas vivía un cura jesuíta, que había ido en una de las misiones de la compañía y habían naufragado cerca de isla Sherbro. Pedro se cansó de contemplar a Elvira y la puso al cuidado de dos dueñas severas.

Ahora montaba en un bote y se iba a la oficina, donde se reunían los marineros que merodeaban por allí, la mayoría procedente de negreros apresados. Mientras fuera llovía, estos marineros, entre los que había capitanes, contaban sus aventuras. Sólo los relatos heroicos calmaban a Pedro. El palacio, con su lujo, lo deprimía. En el harén entraba una vez al día, pero, por otro lado, mandaba estrechar su vigilancia.

Los relatos de los marineros eran siempre los mismos; unos describían un combate con los cruceros: dos barcos combaten hasta hundirse mutuamente, las tripulaciones se apoderan de los botes cuchillo en mano y siguen combatiendo hasta que sólo quedan dos o tres botes, que se dirigen a la costa; todos los demás, incluso los esclavos, se han ido al fondo. Otros, una calma chicha: sobre la línea del Ecuador, ochocientos negros en el entrepuente, el agua comienza a corromperse, las vituallas a agotarse, se pone a ración a los negros, éstos tratan de sublevarse, se matan algunos para alimentar a los demás, se ordeña a las negras para los oficiales, se mezcla el agua salada con ron y sangre, se agotan los comestibles, se cierran las escotillas y los marineros abandonan el buque en botes, se sortea a quién le toca morir, los que quedan comen al sacrificado, al fin los recoge un barco. Otro, una tormenta: el viento se lleva los palos y las velas, que van por el aire como un ave en zancos; el capitán amarra al timonel al gobernalle, el timón se rompe, las olas barren la cubierta, el barco comienza a hundirse, los marineros se disputan los botes a cuchillo y unos cuantos logran salvarse. Otros, una sublevación: los negros brotan, bramando, por las escotillas; los marineros arrojan agua hirviente y hierepiés, los primeros negros caen aullando, los otros pasan por encima, se acaba el agua, se descar gan todas las armas, caen más negros, se los recibe a cuchillo, pero su número domina, y sólo tres o cuatro marineros logran huir en botes; los negros quedan dueños del barco, pero no saben gobernarlo... Otros, un incendio: se inicia en la bodega, estallan los barriles de ron, los negros rugen, se cierran las escotillas, la gente se arroja a los botes y huye, los negros rompen las escotillas y aparecen sobre cubierta, pero el barco está rodeado de tiburones, y los negros prefieren arder a arrojarse al agua, estalla la santabárbara. Otros, el encuentro con un pirata: un barco se acerca bajo tal o cual pabellón a pedir cualquier cosa, el barco larga el pabellón negro, zafarrancho de combate, sobre el puente aparece una tripulación de demonios, abordaje, entran a cuchillo, algunos marineros huyen en botes, brotan los negros y pelean con los piratas. Otros, una rebelión del equipaje: se forman dos bandos, uno al lado de los oficiales; se acuchillan hasta que sólo quedan dos o tres, que ya no pueden dominar la negrada y sucumben a ella; otra vez los negros en un barco que no saben gobernar.

Tal era el romance negrero, que los marineros parias relataban a Pedro durante las lluvias. Pedro había comisionado a un negrero de Cádiz para que fuera a Málaga a buscar a Rosa y la llevase a Gallinas.

Esta estación de lluvias fue una de las más crudas. Nubes de marineros se refugiaron en Gallinas, procedentes de negreros apresados. Los armadores, por indicación de Pedro, solían mandar los barcos con poda tripulación, para completarla en Gallinas. En el islote de los barracones Pedro mandó construir otro para aquellos marineros. Cuando éstos abandonaban el estuario, llevaban en sus lenguas la fama del señor de Gallinas y la desparramaban por donde iban, y cuando volvían —muchos volvían, a veces, vía Sierra Leona— traían las noticias de los grandes hechos del mundo. La represión, respaldada por las ideas que corrían por las cabezas, se mostraba más cercana. Portugal, la última nación en hacerlo, había abolido la trata también al sur. Los ingleses llevaban redada tras redada a Sierra Leona, Cape Colony y Fernando Poo. Mil cañones, sentía Pedro, apuntaban a Gallinas. Las gotas caían como balas de plomo arrojadas desde el pasado, y los enjambres de marineros parías se arrastraban por los islotes como soldados vencidos que surgieran de un fangal. Un presagio de derrota, un abatimiento fatal, envolvía al más audaz y batallador de los negreros. Elvira, nuevamente encinta, seguía con sus arrebatos, y el pequeño Pedro estaba al cuidado de una nodriza. Pedro se quedaba horas en su palacio, mirando al cuarterón en brazos del ama. El río parecía estancado. Sólo la vuelta del sol y las velas negreras le devolverían el ánimo.

De golpe, se levantó la calema, la mar sorda, y montañas de agua remontaban la barra y azotaban los fortines. Tras la calema vino una calma, y tras la calma se levantaron los vientos del noreste. Algunos barcos de cabotaje habían entrado huyendo de las borrascas y en la playa se habían despedazado dos barcas. Las olas escupían cadáveres por encima de la barra —cadáveres medio despedazados por los tiburones, venidos quién sabe de dónde ni con qué nombre—. Se habían volcado varias canoas y ahogádose varios krumen, que se juntaban con los venidos de afuera, blancos y negros. Cuando esto ocurría, y ocurría casi todos los años, en Gallinas se preparaban botes para recoger a los náufragos. Un portugués encargado de este servicio recorría los islotes e iba al depósito de marineros, gritando: «¡Voluntarios para salvamento!». Pedro tenía detrás del despacho dos casas para alojar a los oficiales, como en un hotel, donde conversaba con ellos. Eran casi siempre oficiales negreros o de cabotaje. Este año, sin embargo, fueron de otra clase.

Una flotilla de cruceros ingleses que venía de Fernando Poo aprovechó el pretexto del temporal para recalar en Gallinas. Pedro recibió a los oficiales en su hotel, los rodeó de atenciones, los llevó a su palacio y les dio con qué reparar las averías. El teniente que mandaba la flotilla recorrió la factoría y preguntó en qué comerciaba.

Pedro dijo:

—En esclavos.

Era vano decir que en aceite y otro producto del país; cada factoría tenía sus barracones bien marcados, y aquel nutrido ejército de blancos, negros y mulatos armados que Pedro tenía en el islote largo era el cuerpo mejor organizado de la costa.

—¿Piensa usted conquistar la selva, Mister Blanco? —preguntó el teniente.

Los marineros ingleses se habían metido por las chozas a fornicar las negras, y uno había muerto en lucha con su marido.

Pedro había colocado una gruesa guardia en torno al harén.

—Usted es un hombre admirable, Mister Blanco; su cabeza es dura. Usted es un real stock man, Mister Blanco; by jove, usted merecía ser inglés —dijo el teniente—. ¿Y esos fortines, Mister Blanco? ¿Y esos cañones en la orilla? ¿Y esos aparatos heliográficos? Su flotilla de vigilancia es admirable, con bandera de un nuevo país y todo; me la he encontrado varias veces en el mar. A propósito, ¿qué opina usted de nuestros cruceros? Los negreros también llevan cañones, y en ellos van gentes fieras. Por mi gusto se les dejaría navegar en paz. Los negros están mejor en América que en África. Van a inyectar hierro a los blancos. ¿No cree usted que los blancos se están volviendo tísicos? Nuestro buen duque de Clarence, Guillermo IV, es un hombre de buen seso. ¿No cree usted? Well' Mister Blanco, que prospere usted muchos años. La tormenta se ha retirado. Creo que ya es hora de soltar las amarras. Le doy las gracias por su hospitalidad. Déme usted la cuenta.

Pedro no cobró su hospitalidad. La flotilla largó velas al norte, y a los pocos días la estación seca mandó, como preludio, el sol. Todos los factores de Gallinas se habían pasado dos semanas temblando. Luego vinieron a ver a Pedro en comisión para saber lo que debían hacer. La impresión era que los ingleses pensaban destruir las factorías. Pedro los calmó asegurándoles que el teniente era amigo suyo.

Según el tratado con Cha-Cha, la liquidación la harían anualmente. El primer barco que llegó del sur con sol en las velas traía al supervisor con los números pelados. Pedro había mandado su goleta a Ajuda a recoger la prometida dote anual. La goleta iba mandada por un viejo marino portugués llamado Diogo, y Cha-Cha lo recibió en su palacio, junto con otros capitanes negreros. Durante una noche jugaron a las cartas y tomaron champán. Frente a ellos danzaban bayaderas —bailadeiras— mulatas y Cha-Cha reía a carcajadas. Con él tenía cómplices para hacer trampa, y los capitanes se iban retirando sin monedas y sin humor. A cada uno que se retiraba, Cha-Cha estrellaba una botella contra la pared y daba una carcajada. Luego se quedaba serio. Lo sentía mucho, pero ¡era el juego!

—¿No cree usted, señor emisario del Mago-Espejo-Sol, que todo en la vida es juego?

Cuando se hubieron retirado los demás huéspedes, se encaró con Diogo.

—¿Conque viene usted a buscar el cincuenta por ciento de mis ganancias? ¡Ja, ja! Juego puro. No hay ganancias. Estoy arruinado. Dígaselo así a Pedro. Dígale que sus agentes se han portado muy bien. Son magníficos llevacuentas. Yo no sé de dónde mi yerno saca gentes tan capacitadas. Pero él tiene bastante en Gallinas. Un día u otro todo irá a parar a manos de los ingleses. Yo prefiero que mi capital vaya a manos del rey de Dahomey. En fin, puede usted marcharse.

Pedro recibió la noticia con calma. Las caravanas comenzaban a llegar y los barracones a llenarse. No había tiempo de ponerse a pensar. Pedro dijo: «¡Está bien!», y se fue a revisar la factoría. Luego mandó que la traición de Cha-Cha quedara en secreto, pues, si se sabía, le restaría prestigio en Gallinas, donde negros y blancos lo creían en poderosa alianza con su suegro. Elvira no se enteró tampoco. Al mismo Cha-Cha le envió Pedro una carta, pidiéndole que, al menos, lo ayudara a sostener su crédito. Cha-Cha lo prometió. Elvira escribía a su padre diciendo que Pedro era un tirano, que la tenía enjaulada y la trataba peor que a las mujeres del harén. Pero aquellas cartas se rompían, y un escribiente hacía otras diciendo lo contrario y copiando la letra —porque, aunque Cha-Cha no sabía leer, sus secretarios sabían y conocían la letra de Elvira—. Gallinas estaba de nuevo en movimiento. Los botes subían río arriba y los krumen reparaban sus canoas. Un cuerpo de esclavos limpiaba el estuario y llevaba los cadáveres a enterrarlos en la selva. Los espejos comenzaban a pestañear y la flotilla de vigilancia llegaba con noticias. Los guardias de los fortines examinaban los cañones, y el «ejército» aceitaba los fusiles. Estos días primeros de la estación seca eran peligrosos. Los piratas solían merodear por la costa, saquear las factorías y matar a los factores. En Gallinas no había ocurrido nunca, y las guardias, prevenidas al principio, lo iban olvidando. Después de una estación cargada de reveses, Pedro aparecía con una nueva furia en sí, y echaba mano de los soldados para otros trabajos. Por la noche los centinelas dormían en sus garitas. Así ocurrió aquello.

Una noche, poco después de recibir Pedro la noticia de Cha-Cha, comenzó a redoblar el tambor de guerra colocado en uno de los fortines, y la gente de todas las factorías se echó afuera. Dos bergantines piratas acababan de remontar la barra. El estuario estaba a oscuras y la navegación era peligrosa. Pero los piratas parecían prácticos. Entraron en el despacho de Pedro, mataron a los guardias y le prendieron fuego. La llama del edificio iluminó los islotes circundantes, y los piratas se lanzaron en botes contra el segundo islote, donde estaba el almacén y las casas de los oficiales.

Iban directamente contra la factoría de Pedro, pues habían desdeñado otras más próximas a la barra. El almacén, sin embargo, estaba bien custodiado. Pedro salió de su palacio al frente de su guardia y se lanzó contra el pirata. Chocó con uno de sus botes y lo echó a pique, matando a la gente, pero le metieron una hoja en un costado. Pedro se la arrancó y siguió avanzando. La hoguera permitía distinguir a los piratas en la confusión. En todas partes sonaron tambores y de todas surgieron negros con chuzos y escudos. Para que los naturales pudieran reconocer a los piratas, Pedro había mandado colgar de una verga mucho antes un espantajo con la facha que presentaban, generalmente, los piratas, y aquello había quedado grabado en sus ojos. Los asaltantes tenían, por lo regular, aquella figura, y avanzaban al son de un grito de guerra, cuya música Pedro había mandado cantar en Gallinas. Los piratas se vieron contenidos por la guardia del almacén, pero ella sola no hubiera podido resistirlos. Los piratas eran numerosos y fieros. Pedro, con su guardia, los atacó por un flanco, restañando la sangre con una mano y avanzando al frente. Pero en diez minutos cientos de negros cayeron en derredor. Al oír el tambor, los cautivos rompieron los barracones, mataron a los guardianes y recorrieron el islote enloquecidos, sin atreverse a echarse al agua; pero parece que algunos boteros pertenecientes a otra factoría los transportaron a la orilla y huyeron a la selva. En medio del tumulto Pedro vio dos figuras que acaudillaban a los piratas tirarse a tierra, y avanzó hacia ellas. Los demás, atacados por la espalda, trataron de ganar los botes para volver a sus barcos. Algunos lo lograron; pero los guardias de los fortines les cortaron la salida a cañonazos. La batalla duró poco más de dos horas, y los cabecillas fueron llevados a la enfermería. Pedro ni siquiera pudo fijarse en su rostro. Otro de los principales cayó herido frente a la habitación de Martínez. Los heridos graves fueron rematados por los soldados. Con el día todo estaba en calma.

Elvira había pasado la batalla en su cámara, mirándose al espejo. Los tiros la habían despertado, y cuando entró una de sus guardianas, le preguntó si habían matado a Pedro, sin dejar de mirarse al espejo. Luego dijo que le llevaran al capitán pirata para verlo. Las mujeres del harén, al oír los tambores de guerra, habían atropellado a los eunucos que guardaban sus puertas y puéstose a bailar en el patio. Los piratas cogidos vivos estaban en uno de los bergantines, custodiados por los marineros de Pedro. Todos los factores acudieron a ver a los cabecillas.

Estos estaban amarrados codo a codo ante Pedro. Uno era un hombre alto, de barbilla saliente, nariz ganchuda y ojillos azules; el otro era de mediana estatura, ojos negros y rostro de niño. Este último llevaba un gran sombrero de fieltro calado hasta las cejas y una blusa holgada hinchada sobre el pecho. Sólo Pedro podía reconocer aquellas dos figuras.

—¡Has vencido! —le dijo el más bajo—. Has acabado con mis barcos y mi familia; ahora me tienes a mí.

¡Era María Cruz Gómez!

El otro miraba a Pedro con una risita dura al través de sus ojillos de culebra.

—¡Me has dado la primera puñalada de mi vida; ahora te falta darme la última!

Era Ricardo Salaverry. María y Salaverry se habían encontrado en Lisboa y jurado destruir la factoría de Pedro. Cada uno mandaba un bergantín, y uno de sus segundos era José Poza, que acababa de morir en la enfermería.

Pedro calló el secreto. Llevó los piratas a su palacio y los tuvo bajo custodia. Pero no podía perder tiempo. Los cautivos habían huido, y las velas negreras asomarían pronto. El primer islote, con su edificio de la administración, estaba en cenizas, y todos los negros y blancos del estuario esperaban ver a los piratas colgados de las vergas. Pedro no quería hacer aquello, y, para satisfacer a su pueblo, ideó un ardid. Puso a todos los piratas a bordo de uno de los bergantines al anochecer y lo sacó al mar, escoltado por uno de sus cúters. Al cerrar la noche los echó, todos en botes, mar afuera, y prendió fuego al bergantín. Luego les mandó el otro bergantín a recogerlos para que huyeran en él. Salaverry por capitán. María Cruz quedó secretamente encerrada en su palacio. Los negros de Gallinas creyeron que todos los piratas habían muerto abrasados —para colgarlos de las vergas, les dijo, eran muchos, y por otro lado, las llamas rojas aplacaban su ira—. Mientras ardía el barco los negros danzaban en la playa. Desde aquel día Pedro se llamó Fuego-Barco.

¡Extraña mujer aquella María Cruz! Su último milréis lo había gastado en aquellos bergantines y en pagar a Salaverry para vengarse de Pedro. Y ahora, hela ahí, prisionera de su enemigo. Era unos diez años mayor que él, y entonces la única blanca en Gallinas. Pedro la retuvo un mes, mientras le habilitaba una goleta comprada en Sierra Leona y se la cargaba de mercancías. Entonces le dio tripulación y la montó sobre el puente. La goleta se llamaba la María Grande. En 1826 habían apresado los cruceros la María Pequeña, y algunos de sus marineros habían ido a parar a Gallinas. María se despidió de Pedro en su cámara de capitana, y dijo que pensaba retirarse a Lisboa y abandonar la trata.

—¡No es cosa de mujeres! —dijo.

En esta estación la factoría de Pedro apenas funcionó. La reconstrucción de los edificios, la fuga de María, la cura de la gente, ocuparon las principales actividades. Pedro repartió ron y tabaco entre los negros vecinos en celebración de la victoria, y la fiesta duró semanas. Entretanto, las velas negreras cargaban en las otras factorías. Luego, la gente quedó desmoralizada por el triunfo. Los negros, y hasta los blancos, veían el trabajo como cosa innecesaria, puesto que a juego de vida se podía obtener riqueza. Fue preciso que pasaran meses para recobrar la normalidad. Gracias a los esclavos que mandaron las sucursales pudo cargar tardíamente dos barcos para La Habana y uno para Carolina del Sur.

Pero él no intervino siquiera en esto. Después de dirigir las obras de reconstrucción, llevó los carpinteros a aquel islote solitario y desierto donde hacía dos años flameaba su bandera, y levantó allí su nueva residencia. En este islote había entonces media docena de chozas de negros. Pedro hizo de sus habitantes los guardianes de su nuevo palacio, con la consigna de no dejar entrar a nadie que no fuera con él. Todos los factores vieron aquel acto extraño con interrogación. Pedro no dio explicaciones.

Hacía algunos meses que se le veía actuar misteriosamente. A veces se encerraba semanas en su casa y no hablaba ni con Martínez. Su médico, que lo había sido de un barco mercante, mandaba pedir medicinas a Europa y le hacía docenas de advertencias. Pedro se pasaba la mano por la frente, se quedaba pensando, y de golpe se levantaba, como despertando sobresaltado. El barajo de la estación seca lo aliviaba. Se negaba a tomar medicinas y decía que su mal no era del cuerpo. Pero este mal era pasajero. Lo había embargado tres veces en once años. La última era ésta, después del asalto de los piratas.

Poco después Elvira le dio una niña, que bautizó con el nombre de Rosa. A los pocos meses la entregó a un ama de cría y metió a Elvira, con las demás, en el harén. Era un propósito que le rondaba la cabeza desde la traición de Cha-Cha —éste siguió recibiendo cartas de su hija diciendo que Pedro era muy bueno con ella—. Pero siempre mandó tratarla con preferencia. Al principio, Elvira se negó a comer, gritó, pateó; al fin se fue calmando. Se vengaba diciendo que le era infiel con todos los negros de Gallinas, y que todas las demás hacían lo mismo, y que su padre vendría de Ajuda con un ejército a arrasar la factoría. Ella misma se lo pedía en cartas, que no leían sino Pedro y un secretario.

La victoria sobre los piratas afianzó más su prestigio, y la rigurosa disciplina de su Estado se había reafirmado. Los mismos Salaverry y María Cruz contribuyeron a propagar la especie de que los negreros tenían seguridad en la costa de África. Llegó a decirse que Pedro, gracias a la fabulosa riqueza, estaba en connivencia con los cruceros y las autoridades de Sierra Leona. El fracaso de la estación de 1830 se atribuyó enteramente a la piratería de Salaverry y María Cruz. Pero había otras causas.

Por un lado, la traición de Cha-Cha lo desconcertó temporalmente —y sin él, a pesar de su gente escogida, la factoría se adormilaba en los vapores de la costa—. Y por otro, la llegada de Rosa. A fines de la estación el negrero de Cádiz remontó la barra con ella. Pedro la tuvo a bordo hasta el cierre de la noche y luego la condujo en una lancha al través del laberinto hacia el cayo solitario donde se levantaba su nueva residencia. Rosa venía pálida. Sus ojos apagados no se encendían sino con el lloro. Durante la mayor parte de su vida había caminado con la vista baja, encorvada, y así se fue moldeando al crecer. Sólo su piel lisa, su cabello vivo y ondulado y su voz clara y fina decían que era ella. Todo lo demás era viejo. Pero, cuando quería hablar, la voz se le cortaba y hablaban en silencio las lágrimas. Al ver a Pedro a bordo se abrazó a él con timidez; no estaba segura de que fuera él. Sólo al otro día comenzó a hacerle preguntas. ¡En qué espantoso lugar se encontraba! ¡Y qué dureza y crueldad había cobrado su rostro!

—¿Has padecido mucho? ¿Has sido bueno con las gentes? —Rosa, en su larga vida de desechada, se había refugiado en libros piadosos—. ¿Y aquí no hay iglesia, hermano?

Pedro rodeó a Rosa de todas las comodidades que el dinero podía comprar en Gallinas. Le puso criadas negras y mulatas y le dio una casa, amueblada según el gusto de una casa de París, a la que había escrito pidiendo lo mejor, no importaba el precio. A sus órdenes puso una cocinera que había sido esclava en América, importada de Liberia, con carta blanca en el almacén. Los pisos estaban alfombrados, las paredes tapizadas, había hasta una biblioteca con obras de náutica, de geografía y de historia. Pero las ventanas daban al río manso y pestilente o a la selva cerrada y salvaje. Los cantos eran cantos lúbricos o de guerra, y la música, música de cueros. Pedro se pasaba al principio largas horas con ella, hablando de América, adonde, le dijo, se retirarían pronto. Era asunto de aguardar dos o tres años. Pero al principio de la nueva estación lluviosa nuevas ocupaciones lo reclamaron fuera, y Rosa quedó sola en el islote perdido, rodeada de sirvientas que caminaban con dificultad bajo las batas de percal. Sólo la intérprete hablaba malamente español. La lluvia comenzaba a caer pesada y monótona y el vapor del río formaba una espesa cortina pizarrosa, que cercaba completamente el islote. La voz se apagaba allí a dos centímetros de los labios y la peste cortaba el aliento.

La guerra entre Amarar y Shiakar tomaba un nuevo giro. A principios de la estación, Amarar avanzaba hacia el norte, y llegó a una de las más poderosas aldeas partidarias de Shiakar. La población estaba fortificada y dentro había un gran ejército. Amarar vaciló antes de lanzar a su gente contra el enemigo, y se retiró a consultar al brujo que antes le había dado la victoria. Otra vez el brujo consultó a los espíritus, y éstos dijeron que Amarar no triunfaría sin antes cometer un horrible incesto. Aquello ocurrió, y al amanecer avanzó con su gente contra Shiakar, pero fue rechazado y muerta y capturada la mitad de su gente. Amarar huyó a refugiarse a su campamento y decapitó al brujo. Mana, el general de Shiakar, lo persiguió hasta su aldea y le hizo lo mismo a él. La guerra terminó con el incendio de la población de Amarar.

A Gallinas llegó el último botín de guerra con la noticia. Muchos de los partidarios de Amarar que no habían sido apresados por el enemigo huyeron a la selva, pero al verse al fin sin tierras ni casas, se abrieron paso individualmente hacia el río y llegaron, hambrientos, a venderse a las factorías. Muchos venían enfermos y los factores los rechazaron. Pedro recogió una gran partida de ellos y les fue curando el hambre poco a poco. Otros venían ya muriendo, y durante meses vagaron por la playa, donde todos los días aparecía alguno muerto. Se llenaron los barracones y los barcos varados junto a los islotes. La peste ahogaba. El servicio de limpieza no daba abasto sacando cadáveres, ni los enterradores cavando fosas en la selva. Rosa oyó hablar de aquella guerra y rogó a Dios que devolviera la paz. Pedro apenas tenía tiempo de hacerle compañía. Un nuevo problema lo reclamaba.

En esta estación, que coincidió con la llegada de la noticia del gran levantamiento de negros en el condado de South Hampton, Virginia, bajo la dirección de Nat Turner, los cruceros no interrumpieron apenas los embarques. Pedro organizó su factoría de modo que pudieran valerse sin él. Martínez ingresó en su sociedad y controló toda la parte comercial. José, que traspasó a otro la sucursal, se hizo cargo del transporte, y así en orden, escalas abajo. Pedro reorganizó su ejército de blancos y negros y preparó material de guerra. En Gallinas había surgido al fin un jefe poderoso, con atribuciones de rey: Shiakar había avanzado hacia el sur, sometiendo numerosas tribus; en su cuartel levantó una casa de tablas, a imitación de las de los factores, e impuso tributos a sus vasallos. Esto era peligroso para la factoría si Shiakar no se sometía a Pedro —y el peligro estaba en que Shiakar tenía hijas solteras y en el estuario había factores solteros—. El nuevo rey, una vez victorioso, dejó que las caravanas pasaran por sus dominios, cobrando peaje o alcabalas; pero cuando Pedro le envió un saludo con regalos, permaneció callado. Entonces fue cuando Pedro se situó en un islote con su gente armada y le pasó un aviso para que se presentara ante él, a fin de celebrar un tratado comercial. La región del Vey, salvo algunas tribus independientes que se habían comprometido a surtir a Pedro de esclavos, quedaba ahora bajo el dominio de Shiakar. Éste estaba aún encendido por la guerra ganada y tampoco contestó a la conminación. Pedro le mandó otro embajador amenazándolo, y entonces Shiakar conmina a su vez a Pedro a que abandone Gallinas. Entre los factores, Vicuña estaba soltero y su factoría era una de las primeras. A Pedro llegó la noticia de que Shiakar estaba en combinación con él. Pedro mandó entonces encerrar secretamente a Vicuña en uno de los barcos y avanzó con toda su gente armada, cañones y culebrinas, hacia la aldea de Shiakar. A dos millas de distancia acampó y mandó el ultimátum a Shiakar. Los mensajeros eran negros del país y contaron a Shiakar cómo iba armado el Mago-Espejo-Sol. Al fin, Shiakar se presentó en el campamento con dos hijos; pero Mana, el jefe de su ejército, no iba con él. Mana había avanzado por la selva, con el propósito de usar contra Pedro su propio sistema de reconcentración. Pero la forma sumisa con que se presentó Shiakar pareció sospechosa. El rey pedía perdón y se comprometía a surtir a Pedro de cuantos esclavos necesitase durante toda su vida a precios muy bajos. Era de noche y conferenciaban junto a la hoguera. Los cañones y los soldados estaban medio ocultos en la sombra. Pedro hizo una señal, y todo en derredor, reveladas por la llama, asomaron las bocas de los fusiles. Por cuatro lados aparecieron cuatro cañones. Los sitiadores los habían cercado ya y aguardaban a que el rey se retirara para copar al enemigo. Pero el rey fue hecho prisionero y los soldados de Pedro volvieron los cañones hacia afuera. Al amanecer sonaron los primeros disparos, que contestaron los tambores de guerra; pero cuando redoblaron los cañones, todo el ejército de Shiakar huyó y Mana fue capturado a la puerta del palacio del rey. Pedro entró entonces en la corte y restituyó al rey a su trono, aceptando el contrato que le había ofrecido antes. Los cañones exhibidos ante Shiakar y su gente bastaban para garantizar su cumplimiento. Shiakar surtiría a Pedro de todos los esclavos que le pidiera. Cumplido este compromiso, podía servir también a otros factores.

Con el sometimiento de Shiakar y el silencio de Vicuña, la influencia de Pedro doblaba una vez la de Cha-Cha y dos la de Ormond en sus últimos años.

Pero la factoría de Gallinas, ni ninguna factoría negrera, ya no podía ir a más. Podía sostenerse algún tiempo, y los factores ganar dinero, pero no aumentar el promedio de embarques. Era seguro que la selva, en paz, produciría menos esclavos, y el mar, en guerra, menos barcos. Y ahora venía la hora de sostenerse a toda costa. La factoría había creado una burocracia, un ejército y una masa de obreros y esclavos que dependía de ella, y viceversa. Pedro seguía animando a sus armadores. Pero presentía su menguante. El marino, el pirata, el errabundo, se había estancado en el estuario, creando años e intereses que le impedían moverse con soltura. Había nacido el mongo, el dictador. Cuando éste cayera, no podría volver a la aventura. Aquellas reservas en manos de los armadores en varios países eran una previsión que, a la vez, sostenía su crédito. Ahora asume un papel de general y director; todo lo demás marcha a cargo de su estado mayor. Visitaba a los factores vecinos y jugaba a las cartas con ellos. Alguna vez participaba de sus fiestas, recibía visitas de Shiakar o sus embajadores, recorría la costa en su goleta, visitaba las sucursales, se metía en Sierra Leona a hablar con los capitanes y marineros apresados, los recibía en su oficina, indagaba los movimientos políticos en Europa y América, entraba en el harén a revistar a sus mujeres, fumaba las cajas de vegueros que los armadores y su primo Marchena le enviaban de Cuba. Sobre todo, seguía velando por su autoridad y prestigio. Entre cada avalancha de marineros buscaba siempre alguno para ocupar una plaza vacante en su factoría. Los blancos morían allí de fiebres —la fiebre amarilla, decía el médico, era la venganza de los negros contra sus traficantes—. La enfermería, a cargo de otros médicos y practicantes, tenía siempre de cien a doscientos enfermos. Era un servicio benéfico costeado por Pedro. En el islote, en los barracones, en un raso cercado por un malecón de tierra, estaba el cementerio, donde se enterraban juntos a los blancos y a los negros de la factoría. Cuando se moría algún marinero se registraba su nombre o mote y datos en un libro de la oficina, se le envolvía en una sábana y se le depositaba en la fosa común. La hierba los cubría enseguida. ¡Quién sabe quiénes eran ni de dónde venían! No había ritos ni rezos, pero entre los demás que quedaban en la factoría había alguno que se santiguaba.

Pedro iba también a la enfermería a hablar con los enfermos. Cuando alguno se sentía morir, lo mandaba llamar, como si fuera a un confesor. Pedro no tenía ninguna frase sentimental para el moribundo. Su lucha contra el espíritu, que lo salvaba de morir náufrago en sí, se Jo impedía. Había que mirar a la vida con los ojos de este mundo. Había que poner el espíritu al temple de la materia. Su médico, llamado Prats, lo precavía contra los contagios. La fiebre hacía horrores. Cuando atacaba a un marinero, su lengua se tornaba negra, sus ojos rojos y sus huesos se abrían. Sólo la cabeza flotaba en el aire, y por ella pasaban, envueltas en niebla y empujadas por el huracán, las fechas de su vida. Pedro se sentaba ante la tarima del enfermo y escuchaba sus delirios. Después de los reveses enumerados, cuando su poder estuvo consolidado y sólo se dedicó a sostenerlo, iba con frecuencia a la enfermería. A veces se sentaba sucesivamente ante varios enfermos, los miraba a los ojos y salía sin decir palabra. Prats no se lo explicaba.

—Va usted a pescar un trancazo, y le estará bien —le decía.

Entre los empleados más antiguos tenía uno, triste y callado, que guardaba el almacén. Andaba con la vista baja y permanecía siempre solo. Pero el clima y las aguas lo fueron minando, y al fin lo atrapó la fiebre amarilla. Cuando se sintió morir llamó a Pedro y se puso a hablar. Pedro estaba ante él, de noche. El recinto tenía algunas luces de aceite, y los lamentos de los enfermos vagaban por el techo como almas en pena. Los enfermos dormitaban en una sala que había a la entrada. El moribundo extendió las manos para alcanzar la de Pedro.

—¿Usted es el jefe? —le dijo—. Sí, usted es. Escuche. Yo me muero. Esto tenía que ser algún día, y no importa. Pero antes quiero que sepa usted algo que no he dicho a nadie. Ayer vino a verme el diablo. Me ha contado todo lo que pasará en el mundo desde ahora y cómo se llevará al fin a todo el mundo. Usted y yo tenemos que ser amigos del diablo. El cura quiso arrancármelo una vez del cuerpo con el arpón de una cruz y no lo consiguió. Me agarraron diez hombres, y yo di un salto y me desprendí. Fue el salto del diablo. Después de aquél di muchos otros, mundo adelante, y así salté de barco en barco, hasta llegar aquí. El sacristán me echaba incienso, y una vieja agua bendita, y el incienso no daba humo y el agua bendita se secaba antes de llegar a mí. Las gentes dijeron que yo estaba enmeigado, y puede que fuese así. Yo tenía mi mujer en la marina y siete hijas, y salía a pescar, y no pescaba casi nunca nada. La sardina no venía a mi red. Mi mujer y mis hijas salían a pescar ellas mismas, y traían la lancha llena. Era el diablo. Ellas mismas, mis hijas, las había hecho el diablo. Yo tengo que confesar esto a usted. Yo sabía que mis hijas eran del diablo porque yo no las había sentido prender en su madre. Esto es difícil, y por eso salí por el mundo adelante y me metí a negrero. Mi mujer era como el agua bendita, que se secaba antes de llegar a mí. Por eso huí, y así son todas, yo creo. Yo tenía que contar a usted esto. El diablo estaba en mí, y ahora salió a abrir la puerta, y vuelve por mí. Debe de estar al llegar. Yo me voy y otros se quedan, pero algún día irán también. Bueno, jefe, ha llegado la hora. Adiós.

Casi todos los días iba Pedro a escuchar cuentos así. Otros se despedían llorando, otros rezando, muy pocos con valor. Todos aquellos parias parecían hombres sentimentales y tímidos, valientes sólo en la lucha.

Pero donde Pedro pasaba ahora más tiempo era en aquel islote sagrado, «donde jamás entraba otro blanco que él y su hermana». Rosa había querido volver a mirar recto, pero la costumbre pesaba más que su voluntad. Seguía leyendo libros piadosos, que Pedro le mandó comprar. Era, decía, lo único que la aliviaba. La vida de reina animó un poco sus nervios al principio; pero la soledad, la peste y el clima la volvieron a aplastar. Luego la invadió la nostalgia. Se había acostumbrado a lo largo de los años a una soledad en medio de gente. Ésta del islote era distinta. En las lluvias, la selva se cerraba a la vista, y los cayos de las factorías parecían cuerpos muertos a punto de sumergirse. Rosa sólo veía los arbustos de su islote en derredor y el agua sucia y mansa del río, y la lancha de Pedro que pasaba frente a la ventana e iba a fondear al flanco, a la boca de un pasaje techado que guiaba a la entrada. Los dos hermanos se pasaban horas uno frente al otro, en un diván forrado de terciopelo rojo —Pedro había adquirido de los negros su amor a lo rojo—, en silencio. Tras una hora de mirar aquellos ojos extraños de Pedro, donde no encontraba nada familiar, ni aun humano, Rosa rompía a llorar, también en silencio. El hermano no tenía qué hacerle. Cuando esto ocurría, se levantaba y la dejaba sola. Pedro había cobrado al través de los años un miedo pánico a lo que en él pudiera haber de ternura. Con los capitanes negreros, y aun con sus empleados, hablaba con soltura; a veces jugaba con los marineros, pulseaba, hacía simulacros de combate de cuchillo, tiraba al blanco —se dijo que una vez había tumbado por gusto con una bala de fusil a uno de los vigías encaramados en los puestos de vigilancia, pero resultó que aquel vigía era un espía de los cruceros—. Pero, cuando llegaba junto a su hermana o un marinero moribundo, todo en él se paralizaba, sus nervios se contraían y el rostro se le llenaba de frunces. Sus ojos se cuajaban y el aliento le salía frío y cortante.

En 1834 llegó a Gallinas una mala noticia: los ingleses habían abolido la esclavitud —que tendría efecto cuatro años después—. Por otro lado, Liberia progresaba. Los cruceros ingleses combatían cada vez más duramente a los negreros, al sur y al norte, fueran de la nación que fuesen —excepto yanquis, contra los cuales no tenían derecho de visitación; pero, a la vez, había ya cruceros yanquis para perseguir a los suyos—, A veces los cruceros se pasaban meses en Gallinas, mientras las bandadas de negreros revoloteaban por la vuelta de afuera. Dentro, en los barracones, bramaban miles de cautivos, que los ingleses oían desde las cofas.

Pero esta lucha de la estación seca levantaba el ánimo de Pedro. Espantaba de él las ideas errabundas que tocaban a la puerta secreta de su cabeza, como fantasmas, y los propios fantasmas de Jos cuentos de los marineros con fiebre. Pero en Gallinas no había verdaderos militares que lo ayudaran. Todos los demás factores seguían como confederados a él; pero ninguno hubiera sido capaz de cruzar la barra con un lugre armado entre dos cruceros.

Pedro lo hizo una vez. Dos cruceros habían venido a colocarse ante la barra, bien provistos de víveres y cañones, al comienzo de la estación propicia. Shiakar, reconociendo el señorío de Pedro, le había mandado largas ristras de cautivos, robados a las tribus vecinas. Los demás factores tenían a su vez grandes cargazones, y los vigías habían visto asomar al horizonte muchas velas negreras. Pedro llamó al consejo a los principales factores y propuso franquear la barra en un barco ligero bien armado, a fin de cebar a los cruceros y atraerlos hacia otro lado. Ninguno se atrevió a mandarlo. Pedro pidió entonces voluntarios entre sus marineros y aguardó a que el viento soplara favorable. Entonces largó las velas y se deslizó como una flecha entre el enemigo. Los cruceros creyeron que llevaba negros, y le dieron caza dos días hacia el norte. Entretanto, los espejos comenzaron a pestañear, y los negreros entraron a cargar. Pero el barco de Pedro era más ligero aún que los cruceros, y le imprimía giros desconcertantes, ganando ventaja. Las balas llegaban a él perdidas y sin fuerza, no lograron más que acribillarle las velas. Al fin lo perdieron de vista.

Pero cuando quiso regresar, la barra estaba nuevamente bloqueada. Los espejos le dijeron que Martínez había embarcado todos los esclavos, pero que ahora, en vez de dos, había allí tres cruceros. Parece que los espías de éstos les habían informado que era Pedro quien había salido. Pedro puso entonces proa al sur y recaló en Cabo Mount, donde tenía una sucursal. Pero también allí habían estado los cruceros.

El factor dijo que había tenido que embarcar un cargamento por su cuenta, por no poder enviar los negros a Gallinas, aprovechando la salida de un crucero —el que había ido a unirse a los de Gallinas—. El negrero portugués se los había comprado.

Esto le reveló a Pedro el hecho de que sus sucursales negociaban por cuenta propia con su nombre y sus intereses. En ellas estaba la bandera de Gallinas, y los naturales la conocían. Casi todos los que manejaban las sucursales habían sido capitanes negreros. Y lo peor no era que le robaran, sino que no podían mantenérselos organizados. Preferían ganar cien negros vendidos directamente que doscientos en una comisión producto de un proceso de operaciones que se esfumaba a la vista. Sólo imponiéndose como dictador, rebosante de fuerza y riqueza, había podido mantener unidos a aquellos mercaderes egoístas y tímidos, y Pedro comprendió que cuando su fuerza comenzase a aparecer porosa a los ojos de los otros todo se vendría abajo.

Aquel viaje, que le obligó a permanecer dos meses fuera de Gallinas, vagando por la costa, visitando las sucursales, le valió algún tiempo más de poder. En Sherbro, isla al norte de Gallinas, aguardó el aviso de que estaba libre la entrada. Allí tenía dos factorías, administradas por dos hermanos vascos, y advirtió las mismas irregularidades. Lo peor era que a aquellos marineros, al establecerse en tierra, se les apagaba la imaginación, se hacían exclusivistas y se les pudría el valor —como a algunos se Jes pudría la carne en vida—. Todos tenían un harén incipiente y aspiraban a ser lo que era Pedro sin arriesgarse. En casos así a Pedro le daban arrebatos. Dos o tres veces le había ocurrido ya aquello. En Sherboro recorrió a pie el país cercano a sus factorías y se detuvo en algunas chozas de negros. Entre ellas había dos o tres blancos, marineros solitarios, tal vez náufragos, que habían retrogradado a la vida salvaje. Cultivaban algo en torno a sus chozas y cazaban algún negro, que luego vendían en las factorías. Estos hombres extraños estaban desfigurados por las fiebres y el clima y nadie sabía de dónde eran. Hablaban mal varios idiomas y se movían como lobos picados, siempre con la mano en el cuchillo. Pedro creyó que su nombre sería conocido en aquella región y que su llegada a Sherboro cundiría por todas las chozas, como ocurría en las factorías grandes, Pero a aquellos seres solitarios nada llegaba. Su anarquía absoluta rompía con todo sentido de Estado, y en ellos vio Pedro, más que en ninguna otra manifestación, el derrumbe de un imperio. Así ocurrió lo que cuenta Canot. Pedro fue a una de aquellas chozas, y el señor de ella se cuadró en la puerta con la mano en el cuchillo. Pedro dio un salto atrás y le metió una bala en el cuerpo. Después se quedó mirándolo con los ojos espantados. Lo hizo llevar a la sucursal y averiguar quién era y si tenía familia. Pero nadie le conocía. Era una de aquellas ideas vagabundas que nadaban en su cerebro.

De vuelta a Gallinas se encontró con un montón de cartas de distintos armadores, Marchena le escribía diciéndole que en su hacienda molía ya un pequeño ingenio a agua. Los armadores ingleses iban a menos. Pero los brasileños y cubanos seguían anunciando nuevas expediciones. Carlo le escribía una larga carta diciendo que se retiraba; pero todos los armadores de La Habana quedaban pendientes de los factores de Gallinas. De paso, Carlo le hablaba del capitán Teodoro Canot, un italiano de origen francés que había salido de Matanzas con una vela consignada a Cha-Cha. Carlo se lo recomendaba a Pedro como el más valiente y experto de los capitanes negreros, decía, después de él. La historia de Canot corría ya por las bocas de los marineros y había llegado a Pedro. La trata no dio figuras más salientes que aquellos cuatro hombres, los cuales se encontraron alguna vez en sus vidas. Pedro y Canot no se habían encontrado aún. Al volver a Gallinas, Pedro aprovechó un brick portugués que iba a Ajuda para mandar aviso a Canot; pero éste se hallaba a la sazón en el interior, asistiendo a las solemnidades del Dahomey, y el brick sólo demoró unos días. Pedro necesitaba apuntalar la factoría con hombres semejantes a él, y al final de esta estación consagró dos meses a reorganizarla. Retiró algunos factores de las sucursales y puso otros. Recorrió los islotes y volvió a emplear aquel sistema personal y directo de revistar a su gente, uno a uno, llevándoles la mirada, sometiéndolos a alguna prueba difícil y resolviendo ante ellos la dificultad. Era el único modo de dominar aquellos blancos: haciéndoles sentir su superioridad, y luego, como amparándolos. A los negros los dominaba el gran aparato de la factoría, con sus riquezas y cañones, y la superstición del hombre blanco. Pedro advirtió que la máquina le obedecía aún, y que él podía ser el capitán que había sido. Pero esto era al final de la estación activa, en caliente, después de haber burlado a los cruceros. Cuando volvía a acomodarse en tierra, la tierra lo llamaba, como a los factores de sus sucursales. La imaginación se le apagaba, sin ella no era nada.

Pero cada vez que la imaginación volvía a ser movilizada, tras la estación lluviosa, se mostraba más gorda y lenta, y sólo una gran sacudida o un gran peligro la hacían hervir. Algo andaba por Pedro que le hacía preferir los relatos afiebrados de los moribundos o las largas horas agonizantes frente a su hermana a las historias heroicas de los marineros. La enfermedad que llevaba en sí le hacía sentir el placer de sentirla. La presencia de Rosa lo anulaba. No sabía qué hacer con aquella mística, medio loca. Pedro temía que Rosa se muriera allí, y en 1836 comenzó a hacer los preparativos para retirarse con ella a América. Pero no había hombres a quienes confiar los intereses y había que esperar.

Aquellas lluvias las pasó Pedro entre la enfermería, la sala de Rosa, el departamento donde vivían los niños y el harén. Los niños crecían fuertes. El palacio tenía un ala con cuartos para las amas, alcobas, patio y jardín. A veces se los llevaba consigo en una lancha a pasear por el río. Los niños eran casi iguales y casi blancos. Aprendían el idioma local con las crianderas, y Pedro les puso unos marineros para darles clases de español, francés e inglés. Pedro no los llevó nunca ante Rosa ni le dijo que estaba casado. Elvira, en el harén, seguía siendo su favorita. Seguían dándole arrebatos, y había tratado varias veces de entrar en el islote sagrado. Por Gallinas se sabía ya que Pedro tenía allí una hermana, que ninguno había visto, y los factores se juntaban a comentarlo. Los negreros lo divulgaron por América, y la noticia llegó hasta Marchena. Éste calló, sin embargo. Seguía escribiendo a Pedro y preguntándole cuándo pensaba retirarse. Pedro decía que pronto. Martínez —que también tenía su harén pequeño— pensaba hacer lo mismo. ¿Quién iba a quedar allí? Y era entonces cuando, a medida que se acentuaba la represión de la trata y las colonias de Liberia y Sierra Leona progresaban, se requerían hombres más capaces. El peligro constante de los cruceros y las noticias de docenas de negreros apresados, cuyas tripulaciones bajaban en rebaños a Gallinas, era lo que sostenía la factoría; sólo por eso los ojos de Gallinas permanecían abiertos en un lugar donde todo parecía tender a apagarse, a empantanarse.

En esta fecha —1836— se encontraron Pedro Blanco y Teodoro Canot. Este capitán, después de dar cien vueltas por el mar y la tierra, apareció un día como piloto de un brick de cabotaje que bajaba de Sierra Leona. El brick amarró junto a la factoría de José Ramón y le vendió unos cuantos barriles de pólvora. Pedro no lo vio con buenos ojos. Él creía que Canot iría recomendado a él, y se negó a comprarle nada. Canot le escribió entonces una carta contándole sus aventuras y desventuras, y Pedro lo mandó llamar. Lo recibió en el despacho de la factoría, y luego lo llevó a bordo de un lugre. Los dos capitanes comieron allí y hablaron. Canot tenía un rosario de experiencias, y Pedro las escuchó y calló. Todo lo que Canot supo de él lo supo por los empleados de Gallinas. El encuentro fue oportuno. Canot se había topado con reveses y cobraba una comisión de intérprete y un sueldo de piloto en el brick. Pedro andaba en busca de hombres de su temple, pero antes de darle entrada en su estado mayor, necesitaba probarlo, y comenzó por mandarlo a Liberia y otros puntos de la costa a hacer.compras y hablar con los jefes de las sucursales. Sin embargo, Canot no podía seguir de subalterno, y Pedro le dio mercancías para establecer una sucursal en Nueva Sestros, al sur de Gallinas. Los dos capitanes comenzaron a conocerse así. Canot enviaba negros a Gallinas y cobraba comisión. En poco tiempo su factoría era la primera sucursal de Pedro. Canot estableció otra en Digby, en un principio independiente, y fomentó guerras. La vida de Canot la cuenta él. Es una vida en pena sobre el mar y contra la tierra.

Por otro lado, Pedro fue sustituyendo a sus empleados cansados o enfermos y en un año toda la organización parecía remozada. La gente inservible quedaba errante por la costa, donde se dedicaba a robar negros a la selva —y moría al fin a manos de ellos—, o embarcaba en algún negrero, o quedaba para trabajos menores, o iba a morir a la enfermería. Pedro no la dejaba desamparada. Algunos habían ganado con qué retirarse, otros lo habían gastado. Los sustitutos, como siempre, venían de los negreros apresados, y eran hombres ambiciosos al principio. Pedro logró así sostenerse sin que menguase su prestigio. El día que esto ocurriese estaría perdido. El ejemplo de Ormond lo mantenía en guardia. Todavía en 1837 colgó de una verga a un negro que violó su harén y dos mujeres desaparecieron misteriosamente. Cha-Cha había logrado saber que Pedro tenía a su hija en el harén y le mandó un desafío; pero nada podía hacer. Cuando aquello se supo en Gallinas, y que el poderoso Cha-Cha no intentaría nada contra su yerno, el prestigio de éste aumentó. Todo su afán en estos últimos años lo consagró a preparar hombres para continuar los negocios —pues él creía que podrían continuarse, contando con hombres del temple de Canot—. Pero aquellos hombres se iban haciendo escasos. Al frente de cada sucursal puso un capitán negrero y en Gallinas hizo un arreglo con Burón. Éste había venido a ser el segundo factor y uno de los que mejor resistían el clima. A su servicio tenía hombres competentes, y los largos años de adhesión a Pedro le hacían merecedor de su confianza.

Burón no pensaba salir de África. En su harén tenía hermosas mulatas criadas en la costa, y en su palacio celebraba francachelas con los marinos. Pedro arregló con él la dirección y administración de su factoría, a base de comisión, y se preparó a partir. En la estación seca de 1837 los negreros le trajeron la liquidación en papeles de sus cuentas con los factores. El importe, junto con el cálculo de sus intereses en África y Cuba, sumaba un millón de libras. De Estados Unidos le llegó también una goleta nueva, que permaneció un año ante el pasaje techado que llevaba a su palacio en el islote sagrado. Por entonces nadie más que Martínez y Burón —Martínez se preparaba a partir con él— conocían sus propósitos. El siguiente paso fue escribir a Marchena anunciándole su viaje y dar la noticia a Rosa.

Rosa había cambiado de golpe. La fiebre no la había atacado de frente, pero la muerte asomaba a sus huesos. Ya no lloraba ni leía libros religiosos. A veces paseaba canturreando por la sala, con las manos en la cintura y el busto levantado, como no lo había hecho nunca. Se ponía dos o tres trajes al día y se miraba al espejo como las del harén. No se sabe por qué conducto llegó a enterarse de que Pedro tenía una nidada de mujeres en otro islote y quería verlas. Y con todo, no estaba loca. Algo comprimido en ella durante años se había ablandado en aquella humedad solitaria y se soltaba, y a su memoria acudían cosas inconexas, pero su juicio seguía normal. Prats, el médico, dijo que Rosa curaría curando su corazón.

Cuando Rosa supo que la sacarían de allí dio en llorar de alegría y en hacer planes. Llamaba a Pedro á una ventana que miraba río arriba y le preguntaba cómo eran los países que visitarían juntos donde nadie los conociera. Pedro le pintaba La Habana y una gran quinta en las afueras de Matanzas, aquella región tan bella. En una última carta recibida de Carlo le anunciaba éste su retirada a Génova, donde, decía la carta, esperaba verlo. Irían a Cuba y luego a Génova, y pasarían ante Málaga sin tocar allí. Pedro creyó conveniente contar a Rosa su casamiento con Elvira y le llevó los niños. La hermana se quedó pensando. Luego atrajo los niños hacia sí y dio en besarlos llorando. Desde entonces no fue posible separarla de ellos. Los niños eran para ella, acostumbrada a ver tantas pieles oscuras y pelos rizosos, completamente blancos. Hablaban un español vivo y sincopado, y sus labios, un tanto gruesos, pedían siempre besos. Rosa se los daba a miles. Eran amables e hipócritas como gatos. Rosa se metía en la cocina, les preparaba la comida, los sentaba a la mesa, uno a cada lado, y paseaba con ellos por todas las dependencias de la casa. De noche los acostaba consigo, despertaba varias veces y prendía el quinqué para verlos dormir con aquella respiración suave de los climas templados. Ella misma —lo que explica que Pedro resistiera mejor que las gentes del norte— era de un clima semejante. Los niños habían oído decir que su mamá había muerto, y Rosa aguardó a que Pedro saliera a arreglar ciertos asuntos finales para decirles que era ella, que había vuelto. Rosita y Pedrín dieron en llamarla mamá. Rosa lloraba de gozo.

Aquellos asuntos finales eran la revistación de las sucursales, la flotilla de vigilancia, el cuerpo de señales y el estado de la costa. A ninguno de sus factores dijo que pensaba retirarse, sino solamente hacer un viaje. Por última vez habló directamente con toda su gente. Quería cerciorarse de que su autoridad no había mermado, que aún era capaz de dominar a su tripulación y arrastrarla a un abordaje. Sobre todo, tocó en Digby y habló con Canot. Canot era el hombre más hábil, valiente y experimentado, y con él y Burón su factoría podía tener aún larga vida. Canot había dominado al príncipe Freeman de Nueva Sestros y a otros dos príncipes de Digby. Pero en Nueva Sestros se enteró Pedro por un brick portugués de que los ingleses habían comenzado por fijar en Fernando Poo una estación para la represión de la trata, estaban colonizando la isla y trataban de fomentar allí una nueva Sierra Leona. Para cerciorarse, Pedro gobernó al sur y fondeó en Clarence Town, bajo pretexto de averías, de incógnito, como barco de cabotaje. En el puerto había un enjambre de cruceros, y durante el viaje tuvo que aguardar varias visitaciones. Se contaba de uno que había apresado seis negreros en un solo día.

Según los tratados, de los cuales Pedro estaba al tanto, Fernando Poo era española, y Pedro pasó un aviso firmado al Ministerio de Ultramar, denunciando la intrusión. Si los ingleses tenían que abandonar la isla, el peligro de Gallinas y sus sucursales sería menor. Un negrero de Cádiz que logró cargar a principios de estación llevó el pliego sellado por el señor de Gallinas, la única estratagema internacional que había empleado. Sus espejos, vigías y lugares no bastaban ya en la lucha contra la represión. Cuando él abandonara Gallinas, toda la estrategia sería insuficiente. Burón quedó encargado, al mismo tiempo, de insistir en la denuncia, subrayando en nuevas cartas al ministro de Ultramar el servicio que Pedro había querido prestar a la patria y lo que Fernando Poo podía significar, por su posición estratégica, para España. Eso, caso de que ésta mandara pronto algún acorazado a ocupar la isla. Rico, con la satisfacción de haber logrado su riqueza en el oficio más peligroso y heroico que había tenido la época, después de haber dominado a reyes negros, factores blancos, hundido barcos, abordado otros, dictado leyes, ejecutado sentencias, burlado cruceros y creado una patria, en Pedro se despertó, como accidentalmente, una refinada ambición. Su carrera de marino había sido frustrada por unos sentimientos morales, contra los cuales se había desarrollado su vida. ¡Qué interesante, si ahora lograba un alto honor de la Armada con el mismo tiro que partía un ala al enemigo que se oponía a la continuación de aquella vida! Pero ¿cómo pudo pensar así? Por de pronto, sólo Martínez conoció aquel doble propósito, y por Martínez se divulgó más tarde, cuando, después de haberse concedido a Pedro los honores de intendente de la Armada, en 1843, se le retiraron, «en virtud de informes secretos», a fines del mismo año.

Era a mediados de la estación seca, 1839. A Pedro sólo le faltaba por disponer el harén. Todo lo demás estaba bajo el mando de jefes, que continuaban la marcha. Los espejos pestañeaban constantemente y los lugres remontaban la barra como flechas para dar la noticia del movimiento de los cruceros, y las canoas pasaban como delfines, cargadas de cautivos, bajo la luna. Pero en el harén todo seguía igual. Las huríes negras y mulatas dormitaban desnudas en lechos muelles, mientras los eunucos les echaban fresco. Era una escena que Pedro solía ir a ver a veces secretamente, después de haber pasado por la factoría. Después entraba en su palacio y entraba en el cuarto de Rosa. Ésta estaba casi siempre despierta, entre los niños, con los ojos perdidos en la noche, de donde salían los bramidos de los barracones, que entraban por las ventanas como balas rebozadas en olor a pólvora, ron, sudor, carne y detritus. Pedro contemplaba a su hermana y se retiraba con un «hasta mañana» ahogado.

Ahora entró con Burón en el harén y se lo encomendó, con el encargo de ir disolviéndolo poco a poco. Pero era preciso no disgustar a las hijas de los jefes que mandaban aún fuerzas en la región y mantener la especie de que el harén seguía siendo de Pedro, que regresaría pronto. Elvira pasaría otra vez al palacio para que cuidase al niño. La niña pensaba llevarla consigo. La voluntad de Pedro era que Burón administrase la factoría y velase por el niño hasta que éste tuviese dieciocho años. Entonces el hijo debía heredar cuanto el padre tenía en la factoría. Elvira, a quien Prats venía mezclando calmantes en el champán, estaba ya mansa, y sus crisis se resolvían en lloros plácidos. Cuando supo que volvería al palacio bailó de alegría y se abrazó a Pedro y le habló en portugués. Esto se proyectaba para dentro de un mes, cuando Pedro se haría a la vela rumbo a Cuba. Burón era el único en Gallinas capaz de mantener una autoridad semejante, aunque inferior, a la de Pedro, y las mujeres del harén la necesitaban más aún que los empleados. La desmoralización de un harén era siempre el signo de muerte de un factor. Cuando las mujeres se echaban fuera a acusar a su señor y a alabar a otros, el señor estaba perdido. Entonces, todos los empleados, negros y blancos, entraban en el harén, violaban y robaban. Burón quedó encargado de continuar la dictadura.

Lo que vino inmediatamente era la consecuencia de un doble mal. Aquella alegría que Rosa había recobrado de golpe anunciaba su muerte. El choque final lo recibió cuando los niños dieron en llamarla mamá. Durante semanas permaneció con ellos, envuelta en ellos, mandándoles repetir la palabra. Rosa lloraba oyéndoles, y los llamaba calladamente sus hijos, y sus ojos no cesaban de llorar. Pero de pronto cayó en un marasmo. Pedro entró en su casa de vuelta del harén, después de haberlo entregado a Burón, y la encontró así. Estaba acostada, blanca, con los ojos despejados y serenos, como si despertara de un sueño. Su alma no tenía nada que hacer. Era como si su cuerpo, encorvado durante tantos años, aguardara a que el alma se satisficiera para rendirse. Los niños estaban ante ella, y la menor jugaba con sus dedos largos, tendidos fuera del lecho. Había ocurrido aquello en doce horas. La voz de Rosa salía ahora plácida y clara, pero su sangre apenas circulaba ya. Cada vez respiraba más débilmente. Al ver a Pedro quiso tenderle los brazos, pero no pudo. Comenzó a hablarle. Rosa se iba. Que cuidara a los niños y no se preocupara por ella, que iba al cielo. Aquella noche había venido a volar sobre la cama un ángel blanco. Cada vez hablaba más bajo. Pedro estaba solo con ella. Los niños dormían en una pequeña cama que había junto a la suya. Rosa dijo:

—No los despiertes.

Y murió.

Pedro siguió allí sin moverse, casi sin respirar, como helado. Todos los planes se habían venido abajo. ¿A qué irse ahora de Gallinas? Pero permanecer allí, tampoco. Ya estaba decidido el viaje. Además, algo le mandaba moverse, huir. Al amanecer despertó de aquel abatimiento y se apresuró a llevar a los niños a su antiguo cuarto. Los niños querían dar a mamá los buenos días. Pero Pedro, que la había cubierto con una sábana, dijo que no la despertaran. Durante todo el día permaneció allí encerrado, mirando al rostro de la muerta, pensando, pensando, con los ojos extraviados. ¿Qué haría con el cuerpo? No podía dejarlo en Gallinas, enterrarlo en uno de aquellos cementerios de parias. Rosa parecía dormida. Su rostro, ya sin contracciones, había recobrado los rasgos familiares. Pedro no dijo a nadie que su hermana había muerto. Los demás factores sabían que la llevaría consigo, y Elvira sólo aguardaba su partida para trasladarse al palacio.

Los negros de Gallinas no sabían embalsamar; pero entre los marineros había un guanche canario que había aprendido el arte por una tradición de familia. Los guanches embalsamaban a estilo egipcio. Pedro lo llamó secretamente y puso en sus manos una buena suma para que embalsamara el cuerpo de Rosa y guardara el secreto. Pedro y el médico Prats presenciaron la operación. El guanche mandó llevar alcohol, hierbas aromáticas, aceite de cedro, vino de palma y natrón, y durante sesenta días el cuerpo sin visceras permaneció inmerso en aquella solución. Entretanto, un carpintero fabricó una caja en forma de nave, donde, se dijo, guardaría Pedro su fortuna. La tapa de la caja, después de forzar una clavija a martillo, no se notaría y la nave parecería de una sola pieza. Pedro metió la clavija. Dentro iba el cuerpo reducido, que pasó a la cámara del capitán en la goleta. Y la goleta montó la barra, al fin, en medio de las lluvias. Pedro prohibió que se le hiciera despedida. En el barco llevaba ocho marineros, un piloto y un contramaestre. La factoría quedaba cubierta de un vapor espeso. La noche antes Pedro había ido a ver a los enfermos, que se incorporaron para verlo salir. No entró en el harén ni dijo a nadie la hora en que pensaba partir. Aguardó a que la brisa fuera favorable, y al amanecer la costa era una cinta de niebla negra. La goleta, con las velas mojadas, avanzaba con trabajo. Sobre el puente, los marineros se movían lentamente, y Pedro miraba cómo se iba borrando la tierra. Martínez se quedaba hasta la próxima estación. Pedro halló un pretexto para no llevarlo consigo. Sólo le acompañaba la niña y la momia Rosa.

Un largo viaje sobre el mar. Cerca de Puerto Rico los azotó un temporal. El viento silbaba en las cuerdas y se llevó dos veces las velas y los mastelerillos. Los pocos marineros que iban trabajaban constantemente. Pedro no daba ya órdenes. En su cámara, con la niña a un lado y la momia al otro, escuchaba el bramido del viento, el azote de las olas, los gritos del contramaestre. ¡Que se hundiera el barco! Aquel hombre iba momificado él mismo.

En Matanzas sacó a tierra su equipaje, su momia y su niña y mandó la goleta y los marineros a La Habana, desde donde volvieron a África. Pero su primo había desaparecido de Matanzas. Y Pedro fue a un hotel. Marchena se había retirado del servicio y no había dejado rastro ni pista. Con él se había ido la hacienda que Pedro suponía tener allí. Los armadores nada sabían del rumbo del capitán. Carlo se había embarcado para Génova. Casi toda la gente que Pedro había conocido se había retirado o muerto. Los armadores actuales sólo le conocían por cartas. Pedro se trasladó a La Habana y fijó su residencia en la Cortina Valdés. No podía vivir sin ver el mar. Allí alquiló una casa, compró un coche, puso servidumbre de libertos y aguardó la llegada de Martínez. Era evidente que Marchena se había fugado con su capital, y Pedro nada podía reclamar, porque nada estaba a su nombre y porque tenía cuentas pendientes con la justicia y no convenía revolver las cosas. Buscó a Magda, que suponía casada con el hijo de un hacendado, pero también Magda había desaparecido. No le quedaban sino sus letras de los armadores y su factoría. Mientras esperaba la llegada de Martínez, paseaba en coche con su hija y se pasaba horas en el balcón mirando entrar y salir los veleros. No leía papeles ni libros. Apenas hablaba sino con la niña, a la cual enseñaba a pronunciar bien el español.

Pero a los tres meses de llegar Martínez llegó también una carta de Burón, fechada en Monrovia, adonde había escapado, junto con otros factores, el hijo de Pedro, Elvira y algunos marineros. Era a fines de 1840. Poco después de la partida de Pedro, alguien —los espías de los ingleses, tal vez— dijo a los naturales que el Mago-Espejo-Sol había sido cazado por un crucero. Aquello bastaba. Ningún sustituto tenía ascendencia suficiente para contener a las gentes de Shiakar, que quería hacer la trata él mismo, directamente, desde el estuario. Burón adivinó la maniobra y puso su gente en armas, pero ya era tarde. Los fusiles que Pedro había sembrado por la selva se volvían contra él. Los negros se habían acostumbrado a manejarlos y su número arrolló a toda la gente de Gallinas. En pocas horas saquearon las factorías y mataron a todos los blancos que hallaron al paso. Los krumen se unieron al saqueo. Al día siguiente, franca la entrada, entró el teniente Hill con tres cúters y quemó todas las factorías. Burón decía que los enfermos habían perecido en las llamas. ¡Sólo quedaban las sucursales!

No se sabe cuánto tiempo permaneció Pedro en Cuba. Algunos años después se encontró con Canot en La Habana, y todavía reprobó al italiano su propósito de retirarse de la trata. A Burón le cedió las sucursales, que heredaría su hijo. Luego se separó de Martínez. Éste embarcó para España con el encargo de hacer a los ingleses una reclamación inútil. Pedro va a Génova. En 1843 lo nombran intendente de la Armada Española, y aquel mismo año le retiran los honores. Cuando ocurre esto, Pedro se halla ya en Barcelona, establecido en una hermosa torre —chalet— en el barrio de San Gervasio de Casolas, con su hija Rosa. En 1854 muere en un pabellón del jardín con una camisa de fuerza puesta. Frente a él, en la mesa, tiene la caja de la momia. No hay nadie en derredor.

Los síntomas se habían manifestado años antes, pero la locura se declaró en el penúltimo de su muerte. Durante dos años estuvo bajo la custodia de dos enfermeros, que sólo permitían, para calmarlo, tener la caja misteriosa delante, que ellos suponían llena de dinero. Rosa conocía ya su contenido. Pedro se lo había confesado antes de caer en plena locura. Rosa tenía en su poder el dinero cobrado a los armadores, y sólo iba a verlo de vez en cuando. Había alquilado otra, torre en el extremo opuesto del barrio y pagaba a aquellos loqueros para que lo cuidaran. La locura de Pedro era una constante borrasca. El jardín tenía una alta tapia. Los loqueros lo soltaban allí y lo dejaban. Pedro paseaba de un lado a otro como en el puente de un buque y daba órdenes. Salvo durante breves horas de sueño, su locura era una constante sucesión de accidentes marinos —ciclones, abordajes, sublevaciones...—. A veces se abalanzaba furiosamente contra los árboles y se hería. Pero nadie ponía interés en que no se hiriera. El médico iba una vez a la semana, y Pedro lo llamaba Prats —Prats, que había muerto cuando el saqueo de los indígenas—. A los loqueros los llamaba Martínez y Burón y clamaba por ver a Elvira. Pero ni aun durante su locura descubrió a nadie, más que a su hija, el misterio de la caja en forma de nave. Su hija dijo a los loqueros que contenía las reliquias de un naufragio (ropas de compañeros ahogados tal vez). Los loqueros no lo creyeron. Aguardaron el momento de que muriera para abrirla y robarle el tesoro. Acaso, pensaban, la propia Rosa no sabría lo que contenía la caja, el loco la habría engañado. Pedro dormía abrazado a ella, y despierto, sus ojos la velaban siempre. Un día, uno de los loqueros trató de quitársela. Se habían cansado de esperar su muerte. Además, aquel loquero tenía el propósito de llevarse él solo el tesoro. Pedro rompió su camisa de fuerza y estuvo a punto de matar al loquero. Tuvieron que ir los vecinos, y sólo diez hombres lograron ponerle otra camisa. Desde entonces nadie se atrevió a tocarla. Aun en su locura, el capitán pirata se imponía a su gente. Le servían la comida y lo sujetaban sin poder mirarlo. Muchos vecinos se acercaban a la tapia por la parte de fuera a escuchar sus voces de mando. Los chicos le tiraban pelotas de barro por encima. El caso cundió por Barcelona, y cada vez que fondeaba un barco la marinería iba junto al muro a escuchar. Ningún marinero, ni aun borracho, lo insultó jamás. Cuando le gritaban «¡Capitán Blanco!», Pedro contestaba: «¡Ea! ¡Muchachos! ¡Juaneteros, al pie de la jarcia! ¡Braza a barlovento! ¡Arría y carga! ¡Juaneteros, arriba! ¡Rompe guía, iza y embica! ¡Listos a cargar los juanetes! ¡Abajo!».

Su voz se debilitaba. Sólo tenía ya piel y huesos. Hasta el último instante veló por la caja sagrada.

Pero cuando Rosa llegó al pabellón del jardín donde Pedro estaba muerto, los loqueros habían desaparecido de la casa y la caja estaba rota sobre la mesa, la momia medio fuera, fajada de sedas, los ojos abiertos, Pedro se había quedado en una convulsión, los ojos también abiertos. Las dos momias parecían mirarse.

Madrid, 22 de noviembre de 1932