A los pocos días los barracones se llenaron de negros, todavía enardecidos por la guerra, y fue preciso pasarlos a bordo maniatados y con grilletes.
—Tenga usted cuidado; esos negros son resabiosos —dijo el factor.
De Buen no hizo sino sonreír.
A la bahía de São Paulo habían acudido otros negreros con bandera española y portuguesa, aguijoneados por la ley. El piloto asomó a cubierta y miró a ambos lados con un cristal de aumento que metía en el tubo de la mano a modo de telescopio. Muchos de aquellos barcos eran franceses, escandinavos, italianos, y otros no tenían patria y conseguían el permiso para usar las banderas en Puerto Rico o Cabo Verde, o la usaban sin permiso. De Buen se puso al habla con el capitán de un francés llamado Tantin, y lo citó para La Habana. Tantin era un famoso pirata y negrero, y había que ir reclutando a gente arrojada. Al ver a Pedro, Tantin se le quedó mirando a los ojos y preguntó quién era. Nadie le supo contestar.
—¡Hasta La Habana! —le dijo De Buen.
Entonces dieron en llegar las canoas,, veinte ciempiés patas arriba, aquellos bosques oblongos de cabezas tupidas, de donde salían los gritos de la selva.
—Los negros —dijo el piloto— llevaban la selva consigo a América y eso estaba bien. Yo me alegro; España ha querido crear almas sin cuerpo en América y les ha sembrado el camino de carbones negros y espinas indias, y eso se prenderá en llamas, y ya se ha prendido, y las almas lo serán en pena.
Pedro escuchaba el apocalipsis del piloto y miraba bajar los burujos de negros al sollado, por las escotillas, como por bocas de un infierno, aullando y mostrando los dientes a la marinería.
Juan había conseguido un panfleto abolicionista en São Paulo y dio en reír a carcajadas.
—Este señor Bílifor —Wilberforce— querría que los negreros gobernaran a estas panteras con guante de terciopelo, <eh? Yo le daría esta armazón para transportar a América a ese inglés —dijo el piloto.
Aquellos papeles los soplaban los cruceros por toda la costa, y al dorso tenían los resúmenes de los tratados. La marinería comenzó la maniobra. Los negros rugían debajo. Silbaban los látigos y tronaban las voces de los guardianes.
—¡A la vía! —gritó el capitán.
Pedro estaba al timón.
A veces, los negreros procedentes del sur caían en calmas al entrar en las zonas de los vientos variables y tenían que gobernar al norte en busca de vientos. Pasada la isla de Santo Tomás los cruceros hormigueaban por la costa y les daban caza. No les valía demostrar —con documentos de los factores y la habilitación de procedencia— que habían cargado al sur, lo que era aún lícito para españoles y portugueses. Los cruceros cargaban contra ellos y los oficiales decían que los papeles eran falsos y que los negreros habían atacado a los cruceros. Los mismos cruceros se disparaban cañonazos a sus palos —había premio y botín en la presa— y luego decían al tribunal que habían sido los negreros.
Al mismo De Buen le había ocurrido así en su viaje anterior, mandando un barco portugués; el crucero que lo había apresado lo soltó en Sierra Leona y había tenido que embarcar de marinero en un barco holandés que iba a la Guayana, y de allí a Cuba en uno francés.
El Segundo Campeador gobernó así al oeste, separándose de la derrota, y cayó en una calma chicha. Esta duró poco, sin embargo, y el barco siguió con buen viento. El viento del barco hervía con el humor guerrero que ardía en los negros, cargados de hierros durante toda la travesía. Todos los días los sacaban a cubierta para bañarlos, pero no se les permitía bailar.
—Yo conozco las traiciones de la música —decía De Buen.
Los entrepuentes iban atestados, los negros encajados unos en otros, y en cubierta treinta o cuarenta mujeres, mulecas y mulecones. El espacio destinado a las mujeres, hacia popa, con puerta a la cámara del capitán, iba atestado de hombres. Pero los guardianes sacaban constantemente grupos a cubierta a tomar aire y los hacían caminar.
—A ver tú, tú, tú... ¡Camina! —gritaban.
¡Ni un solo negro murió durante la travesía! El capitán, como socio en la armazón, había prometido una pequeña comisión a cada marinero, además del sueldo, y pacotillas a los oficiales. Los marineros trabajaban dieciocho horas, y eran escogidos, gentes incansables. Constantemente estaban barajando a los negros y sacándolos —decían— a perfumarse para que no se les comprimiese la rabia. Junto a las mujeres, en cubierta, quedaban algunos de los más débiles, y los sollados tenían un sistema de cabos entrelazados que les impedía romperse la cabeza contra las tablas. Los marineros leían en los gestos y ojos de los cautivos cuáles eran parientes, y los barajaban, y así no había nunca triunfos de negros juntos. Las negras eran casi todas jóvenes, y no habían parido nunca.
Las leyes de los negreros prohibían a la marinería fornicar con las negras a bordo. El que lo hiciese perdía su sueldo y corría el riesgo de ser azotado. A los oficiales se les permitía, a veces, según el capitán, y cada uno solía escoger una negra para la travesía. De Buen ponía leyes severas en esto. Los compradores pedían a veces vírgenes y otras negras por preñar o preñadas con macho elegido por ellos.
En este viaje era difícil impedirlo. Las negras dormían en cubierta, protegidas por lonas, sobre las tablas o la obra muerta. Los marineros, favorecidos por el ocio, gateaban hacia ellas, por debajo de las lonas. Las negras no gritaban por eso. Los marineros les llevaban escudillas de aguardiente, y ellas se pirraban luego por los marineros. Al descubrirlo, De Buen buscó a los culpables, pero en vano.
—Habían sido muchos y no se iba a quitar el sueldo a todos, ya que el delito de todos no es delito —dijo Juan.
Pedro se tuvo al margen. El capitán paseaba por el puente con los brazos cruzados, la barbilla en el nido de los brazos, y miró a Juan. Siempre era Juan el que venía a disolver la niebla que se formaba en la cabeza de su hermano.
—A una marinería elegida por brava —dijo Juan— no podía pedírsele que fuese comedida.
Juan dijo que Pedro debía de tener algo falso en sí; que si fuera verdadero lobo no respetaría nada. Pedro se encogió de hombros.
El Segundo Campeador enfiló el Canal Viejo de Bahama con buen tiempo y fondeó en el puerto de La Habana, con su rica armazón. Los cautivos pasaron a Regla y los consignatarios-armadores vinieron a bordo a conferenciar. El barco había hecho ya tres viajes y había que retirarlo; De Buen pensaba retirarse también del mar y atender a los asuntos de la compañía en tierra. Juan dijo que su hermano iba huyendo de los cruceros, pero él mismo abandonó el mar al propio tiempo y se estableció en Regla como empleado de los armadores.
Pedro volvió a la bodega o abacería del señor Carlo con el sueldo y comisión de su viaje. El puerto estaba entonces atestado de negreros próximos a partir. Era a principios de 1820, y el 30 de mayo de aquel año cesaba el plazo de habilitación, con cinco meses de plazo para regresar. Con este motivo los armadores crédulos y timoratos unían todos sus esfuerzos para armar cuantos barcos pudieran dentro del plazo. El capitán De Buen había dado a Pedro un papel acreditándolo. Durante algún tiempo Pedro habló con los capitanes por el puerto, pero sin aceptar plazas subalternas. Tenía la intención de aprovechar la abundancia de barcos para conseguir el mando de alguno. Carlo trató de ayudarlo, pero todavía no tenía mucha confianza en él. Era demasiado joven y no había navegado bastante para mandar un negrero. Al fin concluyó por aceptar la plaza de piloto en otro bergantín. Era un corsario yanqui, fabricado en Baltimore, que navegaba con bandera española. Antes de partir para África iría a Charleston, donde quedaría en reparación, y la gente pasaría a otro que aguardaba armado. El piloto que traía en el último viaje había muerto de fiebre. Pedro encontró al capitán, Michael Arrow, en casa del señor Carlo, y le contó sus andanzas por Terranova y demás lugares. Arrow simpatizó con él y le ofreció la plaza con cuarenta dólares de sueldo.
El Arrow iba tripulado por hombres de varias nacionalidades, pero yanquis sobre todo. Las voces de mando eran en inglés. De La Habana a Charleston comprobó Pedro la fama de los negreros de Baltimore, barcos veloces, hermosos y temibles por sus cañones modernos. La marinería se parecía mucho al barco, y el capitán era el mejor ejemplar. Decía que había comenzado su carrera en 1812 peleando contra los ingleses y que la terminaría peleando contra ellos. El barco salió sólo con lastre suficiente para llegar a Charleston. Allí trasbordaron a otro del mismo nombre, sin bajar a tierra la marinería, y partieron con bandera yanqui como barco mercante destinado a Cuba.
El Arrow iba destinado a Kormantyn, en la Costa de Oro, al norte de la línea, pero su bandera yanqui lo escudaba contra los cruceros, que no tenían derecho a visitarlo y sólo podrían apresarlo si lo sorprendían con negros a bordo. Con su gente y su barco el capitán estaba seguro de poder sacar ochocientos esclavos por delante de la nariz de los ingleses, que tenían una fortaleza —Cape Coast Castle— dos millas al oeste del punto de destino.
Kormantyn era una factoría holandesa dependiente de la de Elmina, donde estaba el gobernador nombrado por la Compañía de las Indias Occidentales, que regía las colonias. En Kormantyn había un factor oficial con su estado mayor. Aparentemente la factoría comerciaba en aceite de palma, oro y otros productos, pero los esclavos eran aún su riqueza principal. La Costa de Oro había sido siempre la más copiosa fuente de esclavos y Kormantyn el lugar de donde salieran los cabecillas de todas las sublevaciones y alzamientos de negros en América. Estos negros eran fantis y achantis. Los fantis habitaban en la costa y los achantis en el interior. En 1807 Jos achantis, el imperio más poderoso de África, habían llegado hasta la costa en su eterna lucha con los fantis, y habían arrasado el fuerte inglés de Anamabú y el holandés de Kormantyn. En la fecha en que Pedro desembarcó allí, la factoría había sido reconstruida y estaba cuajada de esclavos, que el factor oficial, mediante comisión, dejaba pasar a los negreros ingleses, yanquis, franceses y escandinavos.
El Arrow navegó sin tropiezos y puso proa a Kormantyn entre las flechas de dos cruceros ingleses que le salieron al paso. Al ver bandera yanqui y rubios sobre el puente lo dejaron pasar. Aguardaron por la costa, sin embargo, dispuestos a sorprenderle cargando o con los negros en el vientre. Sabían que no iban a otra cosa. Pero la carga se hacía en poco más de una hora, y el barco aguardó a ver la costa limpia para hacerla.
Pedro se encontró nuevamente a Noodt en Kormantyn. El holandés había embarcado también en un negrero yanqui y se hallaba empleado en la factoría. Mientras aguardaban a que los cruceros dejaran libre la vía, los marineros se desparramaron por tierra a caza de aquellas hermosas mulatas que los holandeses habían regado por todas partes. Casi toda la gente de la factoría era mulata, incluso el factor oficial y muchos de los factores particulares, y lo eran también los expedicionarios del interior, que iban a buscar los esclavos suministrados por los achantis. Noodt había estado, dijo, en la capital de este imperio, llamada Kumassi. Kumassi era una gran población de chozas, situada en la frente de una colina, con anchas calles de tierra apisonada, y ocupaba un área de cuatro millas, sin contar un suburbio llamado Bantama y las dependencias reales de Assafu. Los achantis estaban gobernados por una casta militar inmune a la ley, y cada uno de los cien mil súbditos era también un militar. Las solemnidades anuales superaban en carnicería a las de los dahomeyes, sus rivales vecinos. Pero los achantis no tenían tan brillante cuerpo de amazonas. Durante más de trescientos años, los cien mil achantis no habían hecho sino cazar a los fantis y otras tribus vecinas y venderlos como esclavos. El rey, según dijo Noodt, era omnipotente.
Noodt llevó a Pedro a una choza de tablas que tenía para sí solo. Allí iban a verlo mulatas de la factoría. El cargo de Noodt era el de guardalmacén de un factor independiente, y llevaba una vida sedentaria. Pedro lo vio más gordo y satisfecho. Su alma errabunda comenzaba a aquietarse desde el bocabajo de los bucaneros.
—Quédate por aquí —dijo a Pedro—; te buscaré una plaza de intérprete para los negros.
Noodt estaba aprendiendo el dialecto local del Tshi. Una mulata le daba lecciones.
—Adiós, Noodt —le dijo Pedro.
Éste sintió que entre él y el holandés se había abierto un lago. Precisamente este viaje en el negrero yanqui, con sus cañones, rapidez y disciplina, era un estímulo para seguir navegando. Por primera vez vio clara ante sí una vía rápida a la fortuna.
A la semana de esperar los cruceros levaron el ancla, y a las dos horas de esto, el Arrow tenía ochocientos negros en el vientre y se hacía a la vela rumbo a Cuba. El capitán metió los cautivos en los entrepuentes, de noche, y no les permitió salir a cubierta hasta que no se veía tierra. Esta medida era psicológica. Embarcados de noche, los negros no veían clara la distinción entre mar y tierra. Casi todas las rebeliones a bordo tenían lugar a la vista de alguna tierra. El alma de los negros de la selva estaba clavada en la tierra, y al verse separados de ella esa alma se desgajaba por dentro y les entraba una nostalgia romántica y suicida. El capitán Arrow conocía el temple de los Koromantis.
Pero él no podía evitar que aquellos negros fueran como eran. Durante los primeros días la navegación fue normal, pero el barco iba demasiado lleno y los guardianes comenzaron a notar algo en los ojos de los negros. Entonces descubrieron por el intérprete tomado en la factoría que casi todos hablaban el mismo dialecto. Esto preocupó al capitán, que mandó tomar precauciones. A las dos semanas un recalmón agravó el peligro, y los guardianes no se atrevían ya a bajar al entrepuente. Los negros dieron en bramar, tratando de romper las escotillas. Por allí les echaban la comida y se volvían a cerrar. Esto los ahogaba y aumentaba la rebeldía. Entre los negros había muertos que nadie se atrevía a ir a sacar. Pero la marinería se mantenía serena. Al fin era preciso hacer frente a la situación y el capitán dispuso su gente. Se hirvió un gran caldero de agua y se sembró una alfombra de hierepiés, erizos de acero, entre la guarnición de marineros alineados en derredor y el centro de cubierta. Un guardián abrió las escotillas y todos los demás aguardaron, armados de fusil y cuchillo, la salida del primer rebelde. El intérprete, encaramado en una tarima, escoltado por marineros, aguardó también con la palabra de paz en la boca.
Pero la paz sólo era posible después de la guerra. Por las escotillas comenzaron a salir negros panteras, con los ojos desorbitados, la boca abierta y los brazos curvados como alfanjes. Ninguno podía oír al intérprete ni ver los fusiles ni los erizos de acero. El primero, desnudo y descalzo como todos, se abalanzó ciego y cayó aullando en los hierepiés, y así los que le siguieron; pero los que vinieron después pasaron por encima de los primeros y arremetieron, con tablas arrancadas al buque con las manos y los dientes, contra los marineros— El agua hirviendo los hacía retroceder, pero su número inutilizaba su efecto. Los marineros se vieron obligados a atrincherarse detrás de montones de jarcia, a popa y a proa, y defenderse a tiros y bayonetazos. Los más rebeldes avanzaban y caían. Los sucedían los que los sucedían en rebeldía, y caían también. La gente, serena, disciplinada, constituía una barrera insalvable. Los yanquis disparaban y acuchillaban sonriendo. Cuando hubieron caído los principales, los otros retrocedieron y entonces el intérprete concertó la paz. Pero sobre cubierta había más de doscientos muertos y en el entrepuente más de diez.
Este infortunio no desesperó al capitán por eso.
—¡Qué vamos a hacerle! —dijo.
Todavía quedaban los suficientes para salvar la expedición.
En esta refriega, Pedro se ganó un galón. El capitán Arrow lo describía después, por los puertos adonde iba, con el cuchillo en la derecha y el rebenque en la izquierda, a la vanguardia de un grupo de contención, sin retroceder un paso ante las moles negras que se le venían encima. Sólo encontraba el capitán un reparo que hacerle: el que manejara el cuchillo con la derecha y el rebenque con la izquierda y no viceversa.
—¡Me dio la impresión de un pirata nato; no lo hubiera llevado otra vez en mi barco! —exclamó.
El capitán Arrow no se había dado cuenta de que Pedro era zurdo.
El Arrow no iba consignado a La Habana, sino a Matanzas, y allí fondeó sin más dificultades dentro del plazo legal. El capitán dijo a Pedro que podía quedarse allí o volver a La Habana, pero que no lo necesitaba más, que pensaba retirarse de la trata. Pedro prefirió quedarse en Matanzas. Tenía curiosidad por saber lo que se rumoreaba del caso del Julieta. Marchena lo recibió, asombrado de la rapidez de sus aventuras. Unas precipitaban a otras. Las autoridades y el señor del Julieta lo habían dado por muerto. Semanas después había aparecido junto al arroyo un esqueleto despojado por las auras tiñosas y un hombre del ingenio, un carretero, le había identificado como el de Pedro. Éste siguió llamándose Teixeira en Cuba.
La visita a Marchena era con miras a nuevos planes. Pedro estaba empeñado en ser capitán negrero y traficar luego por su cuenta. Marchena lo animó, y entre los dos aprobaron una especie de código de señales para el caso de que Pedro desembarcase alguna armazón en la costa de Matanzas cuando la trata estuviese abolida. Marchena se comprometía a dirigirse con su tropa en sentido opuesto al lugar de desembarque y a la vez formar parte de una pequeña sociedad secreta de consignatarios, con el sitiero anterior a la cabeza, para hacerse cargo de las expediciones que llegaran a salvamento. Pedro se pasó unos días regalados en casa de este primo. Mientras el teniente salía a prestar servicio se sentaba en la terraza al lado de Magda. La joven era toda ojos para mirar al aventurero de tez curtida y expresión dura, y aquellos ojos se le llenaron de agua cuando Pedro tomó de nuevo el camino de La Habana.
El paradero oficial, la casa del señor Carlo, era un lugar de cita de todo lo que se refería a la trata. A su trastienda se iban a formular y formalizar también otras formas de hacer dinero a cualquier costa. Carlo poma las gentes en comunicación y sus oídos eran Omertas. A veces guardaban secretos de fuerzas enemigas y cada una de esas fuerzas creía tener en Carlo a un confidente especial. Juan, el antiguo piloto, volvió a encontrarse allí con Pedro.
—Carlo es la mujer de todos los cornudos —dijo Juan.
Cumplido el plazo legal, hubo una corta tregua antes de que comenzaran a salir negreros contrabandistas. El primero en salir sería, según dijo Carlo a Pedro, una goleta fabricada en Estados Unidos, propiedad de una pequeña sociedad de armadores que tenía su cuartel general en casa de don Justo. Pedro se presentó allí para pedir el mando, pero don Justo lo recibió con lamentos.
—Me han desacreditado la casa —dijo.
La expedición había sido un timo. Los armadores habían vendido secretamente las acciones y se habían fugado con el dinero.
—Es usted demasiado joven para ser capitán; acepte un cargo de piloto —le dijo Carlo.
Pedro estaba cansado de ser joven para ser capitán. La plaza se la ofrecía en un barco del cual era uno de los armadores.
—Tendrá usted buen sueldo y alguna comisión —dijo el italiano.
Pedro aceptó. Abajo, en el puerto, se cargaban mercancías de día y se volvían a tierra de noche, salvo los fusiles, la pólvora y los cañones, que se quedaban dentro. El barco llevaría habilitación para Puerto Rico y pondría proa al África. Al terminarse las guerras de Napoleón muchos de los soldados que pelearon en ellas se desparramaron por el mundo —hasta ser derrotados los últimos en las guerras carlistas—. Algunos peleaban en Sudamérica. Otros —o los mismos— se enrolaban de negreros. El Rayo iría nutrido de este elemento.
Entretanto, llegó el correo de Cádiz con una carta de su hermana para Pedro. Fernando había divulgado por allá su encuentro con Pedro, y allí estaba otra vez en pie el viejo crimen. Rosa seguía con el padrastro, la madre estaba próxima a la muerte; ella no podía olvidar. Pedro buscó refugio en el barco, próximo a partir, entre los marineros. Solo, tenía miedo.
El capitán del barco resultó ser Jacinto Poza, que había mandado un barco de María Cruz. Poza no llevaba sobrecargo. El llevaba a su cargo la compra y el transporte de los negros, y cobraría una buena comisión. Los demás oficiales, incluso Pedro, cobrarían sueldo y también una pequeña comisión. Poza llevaba monedas de oro para la trata, pues el factor a quien pensaba dirigirse las prefería.
Este factor, dijo Poza, era conocido suyo y capaz de surtir él solo toda la América.
Al oírlo, Pedro creyó que se trataba de Cha-Cha; pero el Rayo se dirigía al río Pongo.
El contramaestre era un pirata que había vivido varios años por los cayos con la banda de un español llamado Rafael, y hasta los especialistas —tonelero, carpintero, barbero, cocinero, maestro de jarcia, veterinario— habían sido elegidos por sus malos antecedentes más que por su saber. Poza abrió una oficina de enganche en la trastienda de Carlo y miró al través de la historia de los alistados por el valor que había de aprovechar en caso necesario.
—El que le tenga apego a la vida que se quede en tierra —les decía Poza.
Jacinto era el menor de los hermanos. Siendo capitán de un barco de María Cruz se había encontrado con el hermano de ésta en el Congo y habían tenido una pelea. Jacinto le había dado una puñalada al otro y largado trapo con el barco vacío hacía el Pongo. Allí lo abandonó, perseguido por el Cruz, que se apoderó del barco, y Jacinto se refugió en casa del factor, Mister Ormond. Entonces embarcó para Cuba y ahora navegaba con nombre falso. José Cruz y su hermana habían jurado matarlo.
—El Rayo —dijo Poza— iba armado para vérselas con cualquier buque de guerra. El tiempo favoreció el viaje. Al llegar a la vista de la costa disparó el cañonazo de señal y aparecieron las piraguas de krumen diciendo que un crucero inglés se hallaba anclado frente a la barra. El Rayo se fue por la vuelta de afuera y asomó todos los días y disparó. El crucero se mantenía allí. Los factores del Pongo se habían puesto de acuerdo para no despachar víveres ni aguada a los cruceros. Cuando éstos los acababan tenían que ir a abastecerse a Sierra Leona, y ese momento lo aprovechaban los factores para pasar aviso a los negreros y descargar sus barracones. El Rayo se encontró con varios negreros más por la vuelta de afuera, que paireaban para pescar tiburones y se comunicaban con las bocinas en varias lenguas. Poza vio un amanecer a tres negreros portugueses en andana y se puso al habla con ellos. Uno iba mandado por su hermano José y el otro por el hermano de María Cruz. José advirtió a Jacinto que metiera velas al viento, pues el Cruz había comenzado a distribuir armas a su gente. El Rayo largó trapo al sur, perseguido por el Cruz, y al anochecer se perdió de vista. Con el nuevo día, sin más aviso, el Rayo viró a longo de costa hacia el norte y se cruzó con el crucero que iba proa al sur a abastecerse, pocas millas al sur del Pongo. Antes de que los de fuera tuvieran aviso de la partida del crucero, el Rayo estaba ya anclado frente a Bangalang; la factoría de mongo John o John Ormond, en el Pongo. Poza vio partir las piraguas que salían a dar aviso a los que se hallaban por la vuelta de fuera y las humaredas de señal en la costa y presintió lo que iba a pasar. El Rayo fondeó junto a un negrero yanqui que había sido sitiado allí por el crucero. Jacinto quería evitar el encuentro con el Cruz y paseaba, nervioso, por el puente. Pedro, con la rapidez de su imaginación, fue a salvar la situación. Poza saltó a tierra, y a la media hora regresó con una bandada de marineros yanquis tras de sí y un bote de pintura para cambiar el letrero el Rayo por otro que dijera Lightning Mister Ormond mandó a su contador Edward Joseph al capitán del negrero yanqui para que le prestara sus marineros por unas horas, y antes de que el barco del Cruz anclara frente a Bangalang, el Rayo estaba transformado en un barco yanqui con sus marineros rubios y borrachos cantando sobre cubierta. La tripulación del Rayo pasó a tierra a esconderse. Quedaron algunos oficiales nada más. Los barracones de Bangalang y otras factorías del Pongo estaban repletos por la larga estancia del crucero fuera de la barra. Ormond mandó cargar el barco de Cruz antes que los demás. Cruz buscó en vano con los ojos el barco de Jacinto y creyó que había seguido rumbo al sur, tal vez a la Costa de los Esclavos.
—¡Algún día caerá en mi ruta! —dijo Cruz.
Mientras el Rayo era el Lightning, Pedro y el capitán Poza estuvieron hospedados en una casa de madera que el mongo tenía junto a su palacio y hablaron con él. El haber sido empleado de Da Souza ennobleció a Pedro a los ojos de Ormond.
—En África —dijo Ormond— sólo había entonces tres monarcas.
Uno era John Bull, otro Da Souza y el otro Ormond, el mongo de Bangalang. Pedro habló de su vida en el Mediterráneo, Terranova, Cuba y el Dahomey.
—La aventura por la aventura, ¡nonsense! —dijo Ormond.
También él había sido marinero. Pero Pedro había sido contador de Da Souza, y el saber contar era para cualquier capitalista de media casta de la costa un mérito superior a ser buen marinero y buen pirata.
—Ahí tengo un inglés que no hace sino andar detrás de las negras, y me tiene abandonadas las cuentas —dijo el mongo.
Se refería a Edward Joseph. Pedro no tenía ganas de quedarse en tierra. Ormond reía a carcajadas. Era un hombre artificial y sarcástico, todavía más que Da Souza, y comenzaba a tomar drogas. Tenía unos cuarenta y cinco años, un cuerpo gigante, un vientre lleno de grasa y unos ojos reventones. Sus dientes eran como las tres líneas —blanca de la espuma, amarilla de la arena y verdosa de la vegetación— de la costa. Ormond tenía una energía infantil y se movía en cualquier dirección. Su piel era como el cobre viejo, con manchas verde pátina en los ojos y cabellos semejantes al musgo:
—Ormond —dijo Joseph— estaba siempre intoxicado de un tiempo a aquella parte y no se sabía cómo contenerlo.
Joseph sabía que el mongo quería echarlo de la factoría y que andaba en busca de un sustituto.
—A mí no me parece mal que usted se quede en mi lugar, pero quiero decirle quién es el mongo —dijo Joseph a Pedro.
Durante cinco días todos los barcos fondeados en el Pongo cargaron carne negra de distintas factorías. Ormond cargó el barco de Cruz, luego el de José Poza y dejó el Rayo para el final. Los negros de los barracones no le alcanzaban y tuvo que aguardar el regreso de las caravanas.
Se avecinaba la estación de las lluvias. En el interior se habían aplacado temporalmente las guerras, y toda aquella redada que los distintos factores del río —todos más o menos subordinados a Ormond— habían acopiado era producto de las cacerías que hacían los ladrones de los reyes. El jefe que surtía principalmente al mongo era Ali-Mami, de Futa Yallon, poderoso rey mahometano. Los mensajeros intérpretes de este rey llegaron con la noticia de que la cacería no había dado resultado, y Ormond dijo a Poza que siguiera esperando o que se llevara sólo doscientos mulecones y muleconas que tenía en los barracones. Poza aguardó unos días más. Luego sacó a tierra unas bolsas de cuero con monedas y comenzó a cargar. Pensaba ir a Gallinas a completar la carga. Pedro seguía entretenido por Ormond. El jefe lo invitaba a su mesa y le tendía anzuelos de champán y madeira y le soltaba mulatas en derredor. Al mismo Poza no le hacía aquello.
—No te fíes del mulato —le había dicho Joseph.
Éste seguía tomando notas y tratando con Poza. Como piloto, Pedro no tenía nada que hacer en tierra. Al acostarse el sol los doscientos cautivos estaban en el entrepuente. Poza dijo que saldrían al amanecer y Pedro se acostó en la caseta en una hamaca de bambú. Poza y el contramaestre estaban invitados por el jefe de su palacio. Desde su habitación, Pedro oía el rumor de la fiesta. A medianoche pasó Joseph ante la habitación de Pedro y habló con él. Joseph había estado también en la juerga, y dijo que Poza le había ganado dos cuarteronas al mongo jugando al monte.
Pedro se había retirado con un dolor de cabeza producido por un vino que había tomado en compañía del mongo. Cuando despertó, el sol caía de pleno sobre Bangalang. Frente a la factoría había dejado caer el ancla el crucero inglés, y Poza había desaparecido con el Rayo. Había tenido noticia de la vuelta del crucero por los vigías y largado trapo rumbo al suroeste. Ahora no quedaba a Pedro otro remedio que aceptar la plaza que le ofrecía el mongo. Éste se alegró mucho.
Joseph salió de Bangalang sin más caudal que su prestigio y algo que hubiese robado. Llevaba años con Ormond. Parece que Joseph tenía en Sierra Leona un judío que lo protegió. Joseph era un inglés de padres desconocidos y no tenía apellido. Había venido a Sierra Leona con el gobernador Turner y hecho el cabotaje por la costa.
—Al fin se quedó de contador con el mongo hasta que —dijo a Pedro— se metió por medio una tal Unga-Golah, la superiora del harén de Ormond.
Unga-Golah quería entrar en el almacén a robar espejos y collares, y Joseph se opuso. Entonces Unga-Golah tendió al contador el anzuelo de una de las mujeres del jefe. Joseph se despidió de Pedro y se fue a una factoría vecina, propiedad de un español. Llevaba la intención de fundar una por su cuenta.
—Estoy cansado de que me manden —dijo a Pedro.
A éste le pasaba lo mismo.
Pedro disimuló su disgusto al principio y continuó la labor de Joseph. El mongo perdía fuerzas y dejaba todos los asuntos económicos en manos del contador. Le dio las llaves del almacén y un intérprete y algunas instrucciones.
—Haga usted las cosas bien y no me fastidie con números ni cuentas —dijo Ormond.
En la factoría había un gran movimiento comercial, además de los esclavos. Los barcos de cabotaje iban a buscar productos antillanos desde Sierra Leona. Las caravanas traían arroz y aceite de palma. El mongo tenía un ejército de empleados negros que hacían los trabajos de carga y descarga al mando de mayorales mulatos. Joseph dijo a Pedro que no confiase en el sueldo.
Ormond tenía un bungalow por palacio en una pequeña prominencia dominando la factoría. A un lado, en una plataforma más baja, estaban la administración y la habitación de Pedro. Al otro, el almacén, un gran barracón de tablas, y abajo, los barracones. Detrás del bungalow estaba el harén, un collar de veinte habitaciones de tablas en torno a un patio de tierra apisonada. Ormond se movía como un pato, salvo cuando tomaba drogas que le llevaban los negreros franceses o preparaban los medicineros negros. Entonces sus piernas parecían de gamo y recorría la factoría y se metía en el harén y daba carcajadas. Un maligno marinero mexicano, enrolado en un negrero español, había introducido la marihuana en Bangalang, y Ormond tenía ahora una plantación especial con espejos para gobernar el sol, a cargo de un indio. En la fecha en que Pedro entró en el Pongo el reino del mongo comenzaba a descomponerse. Ormond se acostaba ya sobre sus conquistas casi siempre borracho y sólo le defendía su prestigio anterior. Unga-Golah había pervertido el serrallo y las huríes negras, mulatas y cuarteronas le eran infieles. Ormond no lo sabía. Su pueblo comenzaba a ocultarle las cosas. Él mismo no iba al harén sino para ver bailar las mujeres borrachas en el patio, de noche, junto a la hoguera, desnudas, al son del tambor, y hacer gestos extraños. El mayor goce de Ormond, como el de Cha-Cha, era pervertir a las gentes, minarlas con algo, traicionarlas y después reír a carcajadas. Decía que odiaba igualmente a blancos y a negros. A los jefes fulahs les mandaba anónimamente coranes, acotados con palabras impías por una especie de bufón culto que tenía consigo. Los jefes fulahs le surtían el harén con las mejores hembras. Algunas eran niñas de doce a quince años. El intérprete de Pedro, un mulato hijo de un inglés como Ormond, contaba que Ormond había recibido dos princesas, mandado prostituirlas con sus esclavos y las había devuelto a sus padres por infieles. Ormond reía entonces. Los jefes fulahs le tenían miedo. Él mismo era nieto de un jefe fulah.
Mongo John había nacido en África, hijo de un factor y negrero inglés y la hija de un jefe del Pongo. El padre lo mandó a estudiar a Inglaterra y se murió al poco tiempo. Ormond entró en la marina de guerra y fue mayordomo y tuvo otros oficios. Los marineros ingleses miraban al mulato con odio, pero tenían miedo a su cuerpo y a sus puños. Ormond había estado castigado en las cofas la mitad del tiempo que había servido. Al salir de la armada se embarcó para el África y encontró a su madre viva, que lo reconoció como primogénito y convocó un consejo de familia. Éste reconoció a Ormond como heredero y estallaron guerras dinásticas. Pero Ormond llevaba consigo la estrategia inglesa y pronto se proclamó mongo del Pongo. A un tío lo compró con barriles de ron y luego lo envenenó. A otro familiar rival lo metió en el tronco de un baobad, emparedado, con agujeros para respirar y por donde salían sus lamentos por la noche, y allí lo dejó morir. Las tribus sometidas vieron el castigo, mandado por un brujo que vivía en el paraje de Matacá. Aquel jefe emparedado había hecho lo mismo con su padre y un hermano para usurparles el trono. Pedro no llegó a oír sus lamentos, pero por los agujeros asomaba de noche el fuego fatuo de los esqueletos. Todos los alrededores de Bangalang ardían de noche en la luz muerta y fría de los huesos de los muertos enterrados al pie de los árboles y desenterrados por las aves. Ormond, ya mongo, extendió sus dominios a ambas márgenes. Todos los jefes dieron en depender de su comercio de hombres y cosas, y Ormond era para ellos como un tubo de respirar. Todos los jefes sometidos a Ormond se habían vuelto borrachos y organizaban grandes cacerías por los senderos de la jungla, contra todos los infieles, para poder comprar ron y espejos y otras cosas lindas de Europa. Aquellos mahometanos hacían cruzadas contra los paganos y cobraban la obra a Dios en moneda de hombres, condenándolos a ser cristianos. Ormond, anglicano, se reía de aquellos contrapuntos.
Ormond intimó con Pedro. A él, que reía siempre con una risa sarcástica, le gustaba aquel joven serio, enigmático, con una cultura superior a cuantos había tratado. A veces le mandaba que hablara en latín y le preguntaba si sabía torear y tocar la guitarra. Pedro encogía los hombros y se daba la vuelta, y Ormond decía que su reino no era de aquel mundo.
Una noche lo llevó al harén. Todo alrededor del patio, frente a las puertas, había alfombras moras, de cuero y esparto, y en el centro una candelada. Este patio estaba techado con el cielo. Ormond había aguardado a que la luna estuviera llena encima a medianoche. Al atardecer, Unga-Golah había sacado a todas las mujeres al río, a un lugar selva adentro, a darse abluciones, y luego las ungió de aceite. Las había tenido a miel y leche durante tres días. Al acercarse la hora les dio cocos llenos de vino. Pedro dejaba que la superiora entrara en el almacén y robara cuanto quisiera. El intérprete aconsejaba a Pedro que la dejara hacer. Unga-Golah era mala como enemiga. Pedro aprendía el susú y aguardaba la llegada de algún barco de Cuba para embarcarse.
Unga-Golah se adelantó entonces al medio del patio y dio un aullido y batió las palmas. De cada nicho salió una mujer desnuda y lustrosa, con los senos llenos y el cuerpo todo rolando como una ola de espuma negra. La hoguera y la luna se miraban en los cuerpos de aquellas veinte mujeres. Las mujeres desfilaron ante el mongo, y cada una ejecutó ante su señor una danza rara, sacudiendo el cuerpo. Esta danza la marcaban un bongó y una flauta indígenas, y era una cosa híbrida y acanallada. Había nacido en Sierra Leona. Al llevar los ingleses aquellas sesenta prostitutas de Londres para que se casaran con negros, las mujeres introdujeron entre ellos bailes de Europa y movimientos de su oficio, y estos elementos, mezclados con la música africana, se transformaron en una nueva danza, que fue evolucionando, y para la cual los músicos tenían que crear notas. Por este camino había llegado a los pies y a las ancas que bailaban para el mongo.
Cuando el tambor alzó la voz las mujeres comenzaron a girar en torno a la hoguera, volviéndose con movimientos rápidos y comenzando a batir las argollas de lata de los brazos y los tobillos. Un viejo andaluz empleado del mongo entró con una guitarra y comenzó a auscultarle el pulmón. El mongo se echaba en una hamaca y ante él había siempre una mulecona con una bandeja llena de bebida. Un mulecón castrado repartía ron a las danzantes, que seguían bailando sin oír las notas curras de la guitarra del viejo. El mismo Ormond, con los oídos templados al cuero de África, no las oía. Las notas del curro eran una brisa moruna cruzada con otra latina, y sólo Pedro podía sentirlas allí. Eran algo triste y perverso, creado por aquel viejo errante, que había sido marinero.
Ormond quería que Pedro bailase también, y reía. Al fin se iba quedando rendido. Al fondo del patio se levantaba una habitación mayor, donde Ormond recibía a sus mujeres. Sus dos favoritas lo llevaron allí en la hamaca. Las demás se retiraron a sus habitaciones. Las dos primeras favoritas eran una cuarterona y una octorona. Pedro salió medio atontado y tomó el camino de su choza. Abajo todo estaba en silencio, salvo por la resaca que mugía en el abra. La estación de las lluvias, con su monotonía interminable, estaba al final. Pronto las caravanas de Ali-Mami llegarían del interior y las velas negreras asomarían al horizonte y los cruceros les darían caza. Pedro había pasado unos días de fiebre. En su cuarto prendió una mariposa de aceite y se miró a uno de los espejos alemanes que los negreros cambiaban por negros. Estaba verde y la piel afeitada tema surcos a cada lado de la boca. Al lado tenía una botella con vinagre y se desinfectó la boca. El tamtan seguía martillando en sus oídos. Se sentó en la hamaca y volvió a leer la carta de Rosa.
Ormond, en su decadencia, había confiado en Pedro, y Bangalang era tierra libre, regida por el viejo prestigio del mongo, de cuando era caudillo militar y luego capitán de industria. Las mujeres se plantaban a veces frente al mongo y le hacían acusaciones a gritos, celosas unas de otras. Al otro día de la danza que vio Pedro se presentaron dos negras ante el mongo, golpeándose los muslos y sangrando de rabia por los ojos como panteras heridas. Ormond les había hecho unos regalos de cuentas menos relucientes que las de las otras. Las negras amenazaban al mongo con entregarse a todos los demás hombres y miraban a Pedro. Ormond estaba ante su palacio, esperando a un capitán portugués que acababa de fondear, y no sabía qué hacer.
—¡Déles usted lo que piden! —mandó a Pedro.
Pedro llevó a las mujeres al almacén. Detrás del harén, en campo raso, había dos negros disputándose el amor de la mulata del harén de Ormond. Unga-Golah estaba ante ellos y arrojó al aire un cauri, para ver a cuál le tocaba pegar primero. Los dos hombres, desnudos a no ser por el taparrabos, tenían látigos en la mano. Unga-Golah batió las palmas y uno de ellos viró la espalda y aguantó veinte zurriagazos seguidos del otro. Este viró entonces su espalda y aguantó otros veinte del primero. Hasta que cayó uno. El que quedó en pie fue proclamado héroe por Unga-Golah y merecedor de la mulata. Ormond no se enteraba.
El barco portugués venía de Cabo Verde a cargar provisiones y ocurrió un caso raro. Los portugueses habían traído un asno viejo y lo habían soltado secretamente de noche en Bangalang. Era una maldad de aquellos mulatos de idioma portugués, que sabían lo que pasaba con los asnos en África. A medianoche el animal comenzó a rebuznar y todas las mujeres de Bangalang se echaron fuera gritando y huyendo a la maleza. El rebuzno del asno tenía algo para las mujeres en África que nadie se explicaba. Algunas preñadas malparieron y a todas hubo que ir a buscarlas al otro día a la selva. Se habían subido a los árboles y miraban abajo como si hubiera manadas de leones. Ormond mandó a Pedro dar caza al asno y el animal fue a caer, abatido a tiros, frente al harén. Los portugueses habían partido.
Con la llegada de los mensajeros que anunciaba la proximidad de las caravanas, Pedro anunció al mongo que se iría en el primer barco que llegara de América. Ormond le dijo que si se iba antes de cumplir el año perdía su sueldo. Pedro calló y dio en pensar en cómo había de cobrar. Bangalang estaba guarnecida de espías. El intérprete de Pedro tenía en una choza de la maleza una docena de negros enfermos que había rechazado el mongo a medio curar. Les había dado una droga, untando su piel con jugo de limón y pólvora, y pensaba venderlos secretamente a algún negrero novato como robados y solicitó la ayuda de Pedro. Este comenzó a trazar un plan. En el río estaba fondeado un lugre de cabotaje propiedad del mongo. Pedro se fue a ver a Joseph a una factoría próxima que éste estaba fundando y le pidió ayuda. Entre los tres reunieron unos cinco marineros mulatos por las factorías vecinas, y cuando todo estuvo preparado aguardaron a que el mongo estuviese ocupado con la visita real de un embajador de Ali-Mami, que venía al frente de una caravana. Entonces comenzaron a sacar fusiles y calicó» y pólvora, y los esclavos enfermizos, y cargaron el lugre de noche. Pedro metió en el barco una bandera inglesa y otra portuguesa y se hizo a la vela silenciosamente, con la brisa de tierra, pasando entre unos negreros portugueses que acababan de anclar. El intérprete y Joseph cobraron su parte en géneros del almacén de Ormond y los cinco tripulantes —brasileños todos— cobrarían cuando Pedro cobrara en alguna parte. Antes del alba los artilleros del mongo recibieron la noticia de que el lugre había desaparecido y de que la puerta del almacén estaba abierta, y dieron la alarma a cañonazos. Ormond estaba aún en juerga con los capitanes portugueses y el enviado real. Pero la vela había desaparecido, y nadie sabía su rumbo. Los espías se habían dado cuenta tarde. Habían visto a Pedro rondando el almacén, y al confiar en el contador se habían dormido. Varios días antes había adoptado Pedro aquella actitud, como asumiendo la responsabilidad, y dando cocos llenos de ron a los vigías. Éstos se iban a sus chozas a bailar tambor y a beber. El contador del mongo era allí un teniente a quien todos obedecían.
Con el lugre cargado y cinco tripulantes traidores a sus órdenes, Pedro se vio capitán por primera vez. Ninguno de los tripulantes conocía bastante el mar ni tenía antecedentes que les hicieran temer a aquel capitán joven y sin oficiales. La docena de criaturas negras en la cala era también un peligro. Podían unirse a los tripulantes si éstos se sublevaban o propagar alguna enfermedad. Pedro tenía que hacer allí de todos los oficios. Los tripulantes vieron recular la tierra y luego virar por avante, y no sabían con qué fin. Pedro se armó de látigo, cuchillo y pistola, y guardó las llaves del castillo de popa, donde almacenaba las armas. Tenía el propósito de navegar al sur hasta encontrar algún negrero al cual vender los negros y seguir luego a alguna factoría pasado Sierra Leona. Sabía que al sur de esta colonia, en algún lugar impreciso, había algunos factores españoles y portugueses. Joseph le había dado aquella referencia vaga. Joseph sabía que unos marineros de un barco náufrago se habían establecido allí y vendido negros a un barco danés, pero nada más. Aventurarse a América con aquella tripulación y sin bastantes víveres era imposible. A los mulatos les dijo que iban a un puerto fijo, donde tenía un amigo, e inventó un nombre geográfico. Por segundo escogió a uno de los más bragados y le prometió una buena comisión. A los demás les repartía aguardiente, y puso uno a guisar. Cada vez que veía a dos juntos tenía algo que mandar a uno de ellos. Aquel modo de mandar, decidido y rápido, desconcertó a los mulatos, que llevaban malos proyectos, y dieron en mirarse, y sus ojos parecían decir: parece que nos hemos equivocado de hombre. Matando al capitán y devolviendo el barco al mongo —le dirían que los había sacado engañados— tendrían buena recompensa. O, acaso, pensaban llevarlo ellos mismos a alguna factoría de la costa. Pedro comenzó a hacerles promesas gradualmente, dándoles buen trato, pero envolviéndose en el misterio y asomando siempre los colmillos de las balas y la lengua del cuchillo.
Pero luego todos los ojos se volvieron al exterior y, el peligro de fuera hizo desaparecer el de dentro. A la altura de Sierra Leona descubrieron una vela que navegaba hacia el lugre y pronto largó el gallardete con la cruz de San Jorge. Pedro mandó cerrar las escotillas y metió su gente a las maniobras, pero no les dio armas. Sería inútil. Los esclavos quedaron sueltos en la cala y se oían sus gritos sordos. El viento soplaba de nordeste y favorecía al crucero. Pero el lugre era ligero como el viento y Pedro se desvió de la ruta a todo trapo, proa a occidente. Pedro abordó entonces, uno a uno, a sus hombres. Cada mulato solo, frente a él, tenía que sentir lo que en él había de capitán. Una terrible alegría de mando lo embargaba por primera vez. Repartió ron y prometió dos esclavos a cada uno. La promesa hizo camino al corazón de la gente.
El buque siguió abatiendo al oeste, deslizándose como un albatros hasta entrar en la noche. Luego cargó un poco las velas y viró al sureste con la luz de bitácora apagada. El cúter lo había acosado por el nordeste; a la puesta del sol le hizo una descarga, pero estaba demasiado lejos y perdía ventaja. El lugre huía bajo bandera portuguesa.
Al levantarse el día el cúter había desaparecido; pero el viento amainaba de tal modo que Pedro no tuvo duda de lo que iba a pasar. Se calló, sin embargo. Al calcular su posición se encontró a la altura de Cabo Palmas, a cien millas de la costa. Había que navegar de bolina y con poco viento. A aquella altura y a comienzos de la estación seca eran frecuentes las calmas. Estas traían a veces chubascos como heraldos, y sobre el lugre comenzó a parir una nube gorda. Pedro hizo saltar la escotilla y descendió a la cala, de donde salían lamentos, látigo en mano. Pensaba sacar a los negros a cubierta a que los bañara el cielo, y se quedó frío. De los doce habían muerto tres, y dos más morían. Pedro corrió a la cabina a buscar un suero para inmunizarse, y calló. Distribuyó los mulatos, cuatro a los remos y uno al timón, y aguardó la noche. De noche se acercó a un negro sano con un tazón de aguardiente y un espejo y le habló en susú. Entonces llamó a popa a los cinco mulatos, en consejo. Al soltar los remos el lugre quedó parado. Luego se sintieron unos chapoteos, como el choque de cuerpos contra el agua. La gente creyó que eran tiburones.
Pero al día siguiente la viruela había tumbado dos negros más y el pánico cundió por el barco. El mal se desarrolló rápidamente. Pedro vació el suero que llevaba en los tripulantes. Esto los calmó un poco, pero daban vueltas en torno a él y miraban su pistola. Según se acercaban a la costa iban echando más negros al mar, y Pedro prometió a los tripulantes pagarles en géneros. Los doce negros habían desaparecido antes de ver tierra. Al principio, los mulatos abandonaban los remos y Pedro tenía que atacarlos uno a uno con los ojos y mostrarles la pistola y el cuchillo.
A vista de tierra el peligro era mayor, Pedro se había pasado tres días durmiendo a sorbos, de pie, andando, barajando los hombres. A veces se arrimaba a la borda, caía en un sueño y partía a dar órdenes, durmiendo con los ojos abiertos. El látigo había servido sólo de respeto —como madera de respeto—, y Pedro sabía que el peligro estaba en usarlo. La tierra la avistaron al anochecer y se pusieron a la capa. Era evidente que los mulatos intentarían algo contra él de noche. Pedro dio en barajarlos, pero inevitablemente se juntaban junto a la toldilla, junto al castillo, en todas partes. Pedro se quedó espiando al más audaz y fingió no darse cuenta de nada. Abrió la puerta del castillo y aguardó de espaldas, como embebido en el cielo, a que pasara por allí. Al pasar el mulato, Pedro se volvió como un gato y lo metió para dentro, y se metió él. Allí pasó algo callado. Pedro salió con calma y vio a los otros hurgando con los ojos en busca del cabecilla. Pedro dio en pasearse en silencio, con algo de fantasma en sí. La rapidez con que había desaparecido el cabecilla los desconcertó. El silencio del capitán, y aquel silencio en la noche, tenían un sentido siniestro. El balanceo del barco, tras la desaparición de los doce cautivos, acabó por meter en fuga todo el valor de los tripulantes. Al amanecer, dos canoas de krumen vinieron a recibirlos, y guiaron el lugre a la embocadura del río Sulima, al sur de Sierra Leona.
—¿Vienen consignados al señor Burón? —preguntaron los krumen.
—Sí —dijo Pedro.
Pedro no sabía quién era el señor Burón.
—¿Qué hay, compañeros? —dijo a los mulatos—; ¿vamos a refrescar a casa de mi amigo Burón?
En el estuario de este río habían comenzado a formarse unas factorías pobres, sostenidas por unos náufragos, la mayoría españoles, que pagaban tributos a los reyes negros y les compraban algunos esclavos. Burón era un capitán negrero que había naufragado en la costa. En toda la costa de África se encontraban entonces aventureros tímidos o escrupulosos que morían de fiebre con la idea de llegar a ser ricos y no llegaban nunca. Burón y otros factores de aquel lugar hacían un comercio honrado como intermediarios entre los reyes y los negreros. En la costa tenían telégrafos de humo y algunos barcos fondeaban allí para completar su carga. Además, comerciaban en productos vegetales con Freetown. En el río había una balandra que salía al día siguiente para aquella ciudad. Pedro pagó a los cuatro mulatos restantes en libras facilitadas por Burón a cambio de mercancías y los puso a bordo de la balandra.
—Desde allí podréis volver al Pongo y saludar al mongo de mi parte —les dijo.
Aquel blanco tenía el demonio en sí. Aquel viaje había sido como una pesadilla.
—¡Adiós! —se despidió Pedro.
Burón no tenía negros por el momento. Llevó a Pedro a su casa y metió la mercancía en el almacén. La casa era una choza, a cien metros del agua, ante dos barracones vacíos. Burón fumaba un habano y una negra les servía vino en la terraza. De trecho en trecho se levantaba una factoría similar, de aventureros timoratos, acosados por las tribus de la selva, que languidecían protegidos por algún jefe próximo, que vivía de su comercio. Burón tenía un socio portugués. Cada uno tenía su choza y su mujer negra. En torno habían comenzado a sembrar boniatos, ñames y otros frutos menores. Pero el negocio no les daba mucho. Había que someter a las tribus, y aquello, dijo Burón, sólo podía hacerse con mucho dinero y mucha gente. Los gallinas, mendes, goras y otras tribus eran poderosos mandingos y estaban enconados contra los blancos. Pedro escuchaba a Burón y esperaba la noche. Al caer ésta, montó en una lancha, fue al barco y regresó a dormir en un local que Burón le hizo en su choza. A las pocas horas, los krumen dieron la alarma de que el lugre ardía, Pedro asomó a la terraza y vio la llama que comunicaba al cielo lo que sólo el cielo podía saber.
—Me pasma tu serenidad —le dijo Burón.
—¿Dónde buscaremos el incendiario? —dijo Pedro.
A los pocos días apareció por allí un crucero en busca del lugre, pero pronto levó anclas. Pedro le mandó una canoa preguntando si podía servirle en algo.
—Yo creo que vamos a levantar esto —dijo a Burón.
Luego se metió a explorar. Lo primero que hizo fue entrevistarse con una tribu gallina, al sur del Sulima, instando al jefe a emprender cacerías. Fue a él con regalos y le pintó cielos para los negros en América. Usted ganará y los esclavos también.
Este rey había logrado formar un ejército para defensa del territorio robado a las tribus vecinas y Pedro comenzó por querer conquistarlo a él. Pero las tribus vecinas también eran fuertes y difíciles de cazar. El rey se quedó con los regalos y dio la palabra de surtir de esclavos los barracones de Burón. Aquello tardaba, con todo.
Burón tenía una balandra comprada en Freetown y Pedro exploró la costa en ella, deteniéndose en la embocadura del río Gallinas. Este lugar, donde había ya alguna factoría pobre, le impresionó a primera vista. Era un lugar desolado y laberíntico. La trata, pensó, sería cada día más perseguida y los persecutores fijarían sus bases de operaciones en lugares estratégicos y propios para el cultivo y el fomento de poblaciones. En el estuario de Gallinas nada de eso era posible. Era una boca ancha, sembrada de cayos, formados por sedimentos de aluvión venidos de la selva. Luego comenzaba a ambos lados la selva salvaje, donde se emboscaban unos negros fieros como panteras, que habían olvidado sus luchas interiores para unirse contra los blancos intrusos. Aquellos negros picados eran la puerta oscura en la cabeza de Pedro. Varias veces visitó los cayos y habló con unos pequeños factores sin factoría, españoles, franceses y portugueses. A veces cambiaban mercancías a los naturales por pieles, aceite y marfil y a veces por esclavos hechos por delito. Todos los negros que salían de la región eran delincuentes. Unos eran fratricidas, otros ladrones, otros brujos. Todos eran negros fieros, peleadores y no se emborrachaban. Pero no tenían ninguna organización en grande.
—Mal lugar es éste —dijo Burón, que acompañaba a Pedro.
Este no hacía más que revolotear en tomo a aquellos cayos. Sólo embarcaciones de poco calado podían adentrarse entre ellos, y en la tierra en derredor se levantaban algunas tetas, desde donde escudriñar el horizonte. A cada lado de la embocadura del río había ya como un fuerte natural. Los cayos eran como celdas en una fortaleza.
Pero al barracón de Burón no habían acudido sino dos docenas de esclavos, y Pedro miraba ya por un barco español o portugués en que embarcarse. Así, en frío, no se le ocurría hacer nada en tierra.
—¡Hay que seguir en el agua! —dijo a Burón.
Las mercancías se habían vendido y gastado en parte. En parte seguían en el almacén. Pedro mandó entonces una canoa a Nueva Sestros, unas millas al sur, donde se encontró un negrero español, y le vendió las dos docenas de negros. Luego se enroló en el mismo barco como maestro de jarcia. En manos de Burón dejó dos mil espejos, mil fusiles y un barril de pólvora. Además, el encargo de que se mudara para Gallinas. El lugar le obsesionaba y dijo a Burón que pensaba volver pronto por allí.
El Veloz iba mandado por un mallorquín llamado Planas y había cargado en varios lugares. En el Congo lo había perseguido un cúter, echándolo hacia el norte. Los cruceros partían a veces de Cape Colony y acorralaban a los negreros hacia Sierra Leona, donde había otros negreros al ace cho. El capitán del Veloz había sido negrero antes y después de la abolición y decía que la trata comenzaba entonces. La gente que lo rodeaba pensaba como él Él la había reclutado y enseñado a piratear cuando se terciaba. Una vez se había batido con dos cruceros en unión de dos corsarios yanquis. El Veloz había sido fabricado en Baltimore y era muy velero. Al principio, Planas miró a Pedro con frío en los ojos.
—Usted parece hombre de tierra —le dijo.
Lo decía con desdén. Aquel ensimismamiento y frialdad que vestían a Pedro lo desfavorecían a los ojos del pirata.
—¿Qué haría usted si mandara este barco y viera venir una flotilla de cruceros por avante? —dijo el capitán.
—Lo entregaría —contestó Pedro.
El Veloz seguía navegando hacia el norte y a los cinco días la flotilla se presentó a los vigías. Eran tres, formados en ángulo, y avanzaban francamente contra el Veloz. El capitán mandó cargar los cañones y repartir los fusiles. Debajo, los negros comenzaban a bramar y los guardianes batían látigos. Luego se cerraron las escotillas y todo el mundo se dispuso a resistir. El capitán repartió ron y fue de hombre en hombre a intimarles sus órdenes. Pedro aguardó a que llegara a él, y se irguió contra aquel suicidio, dijo, de resistir. Al ponerse el sol los cruceros estaban aún a cuatro millas y se habían desplegado en tres direcciones para impedir la fuga del negrero.
—Todavía podemos salvar el barco —dijo Pedro. Luego fue alzando la voz, tajando con ella la locura del capitán. La tripulación, encendida por el alcohol, gritaba y pateaba. Sólo el capitán podía calmarla—. Destruyamos la prueba; son tres: es vano resistir.
El capitán cogió estas palabras y dio en pasear por el puente con ellas dentro de sí. Pedro lo seguía, pertinaz, con un nuevo valor que desconcertaba al capitán, armado y resuelto, pero frío. Con los últimos lampos de luz se vieron girar los cañones del crucero más próximo y llegó una voz demandando que se rindieran. El capitán contestó con la bocina diciendo que no eran negreros y que no se rendirían sino a nado. Lo dijo en mallorquín. Los ingleses no entendían y volvieron a comunicar.
—¡Piratas! —dijeron.
Los cuatro barcos se mantuvieron a la capa, con las luces apagadas, viéndose a la luna. Veloz no podía huir sin batirse, y la gente ardía en deseos de pelear.
—Con gente así se puede hacer lo que se quiera —dijo el capitán..
Éste había reunido a los oficiales en consejo, y Pedro se abrió paso a la brava hacia ellos. Los negros bramaban abajo. Los marineros pateaban sobre las escotillas. Eran marineros de distintas naciones, quemados de ron por dentro y con ganas de pelear, sobre setecientos negros hechos una sola brasa en el vientre del buque.
—¡Es una locura! —decía Pedro.
Sus palabras caían como latigazos fríos sobre los oficiales e iban cobrando ascendencia. Destruida la prueba, la presa no sería buena y el barco estaría salvado. El capitán saltó de pie y miró a las escotillas y auscultó el pulmón del Veloz. Este barco hacía el primer viaje y tenía la misma construcción y armamento que los corsarios yanquis. El capitán vio que al primer cañonazo los negros romperían el puente y manarían sobre él como lava. Los oficiales apoyaban a Pedro. Éste avanzó a la cabeza de ellos hacia el capitán y éste vaciló. El capitán podía disponer de la marinería y oponerse; pero en Pedro había ya un principio de rebelión. No era así.
—Si hay que pelear, entonces pelearé; pero no es necesario —dijo.
Aquel arranque de prudencia llevaba dentro una brasa cruel que dio miedo al mismo pirata.
—¡Sea! —gritó el capitán.
Planas seleccionó unos cuantos marineros y les dio cabos y cadenas. Bajar al entrepuente con aquel mar negro y desesperado debajo era tanto como hacer frente a los cruceros.
—El primer blanco que baje bajará al infierno —dijo el contramaestre.
Los marineros se quedaron a raya y el capitán miró a Pedro. Abajo se había formado un ejército con su jefe. Pedro metió un tubo por la escotilla y habló con los negros, empleando palabras en inglés y portugués, que algunos entendían. Les dijo que arriba había habido una guerra con unos piratas que querían comerlos, y que los habían vencido, y que ahora todos serían Ubres. Los gritos se calmaron un poco. El contramaestre proponía abrir la escotilla y bajarles cubos de agua con ron; pero aquello provocaría lucha entre ellos. Doce marineros con doce gatos de nueve colas rodearon entonces la escotilla. Pedro dijo a los negros que les iban a abrir, pero que no se precipitaran, porque allí había aún enemigos. Los demás marineros se aprestaron con cabos, esposas y cadenas. Al abrirse la escotilla los bramidos llegaron a los cruceros ingleses, que comenzaron a maniobrar.
—¡Manos a la obra!
Los negros dieron en manar a borbotones. Ya arriba, los marineros los enlazaban y los iban arrimando a la borda. La gritería y la peste se extendían a varias millas. Los domadores recorrían la ringlera con los gatos, y detrás de ellos iban dos marineros con un balde de agua y ron, calmando a los desesperados. Algunos sangraban, otros apenas podían tenerse. Los cruceros maniobraban rápidamente al abordaje. El capitán mandó pasar la cadena por debajo del manguito del escobén, tendiéndola en derredor del buque, fuera de la cinta. Los negros fueron ligados a la cadena por medio de cabos. Algunos marineros bajaban al entrepuente y salían hacia atrás arrastrando cuerpos muertos, como mastines que los sacaran de la manigua. Muchos de aquellos muertos habían sido asesinados por los demás. Las mujeres llevaban alfileres escondidos en el pelo y los habían clavado en las sienes de algunos. Otros habían arrancado tablas con los dientes y las uñas y habían matado con ellas. Había como cuarenta muertos. Ahora había arreciado un tanto el viento y la mar abría bocas y bembas de agua para recibir a los muertos. El capitán se puso en la punta de los pies y mandó bajar el ancla. Los ingleses la oyeron bajar. Oyeron el grito común de los negros amarrados a la cadena, el choque con el agua hirviente, el gorgoteo de las olas que trepaban por la borda. Luego unos espumarajos sangrientos y una selva de cabezas que se hundía y asomaba a la luz del amanecer. En el mayor del Veloz ondeaba la bandera blanca y los marineros bebían echados sobre la jarcia.
El caso se había repetido otras veces y los ingleses no necesitaban visitar el buque para saber lo que había pasado. Los cruceros maniobraron a juntarse para tomar acuerdo y el Veloz esperó. El capitán cogió la bocina y los invitó a subir; pero en sus maniobras vio algo sospechoso.
—¡Todo ha sido inútil! —dijo el capitán.
Pedro miró espantado a los puntos del horizonte, como en busca de algo imposible. Los oficiales se habían reunido en torno al capitán y la marinería formaba motas sobre el puente. Pedro se quedó solo, sitiado por las miradas de todos. Los ingleses se disponían a hundir el Veloz sin visitarlo —puesto que sabían que ya no hallarían la prueba, ya que era preciso hallar negros a bordo— y todo había sido en vano. Durante las maniobras los cruceros habían dejado una puerta franca hacia el sur y el viento roló al noroeste. Sólo la velocidad, si algo, podía salvar al negrero. Pedro saltó en medio del grupo que rodeaba al capitán y éste aprobó su decisión. Era ya tarde, sin embargo. El Veloz metió todo trapo al viento, pero los cruceros lo siguieron de cerca. Las balas comenzaron a silbar. El mastelero de mesana se vino abajo. Los cañones del Veloz contestaron, sin efecto, en la fuga. Entonces fue lo de los corsarios yanquis y el holandés.
Estos barcos veloces, armados de grandes colisas y brava marinería, se reunían a veces en flotilla en los centros de trata —el Calabar, Gran Popo, Ajuda, el Congo...— para defenderse cuando olfateaban muchos cruceros por la costa. Como a la hora de comenzar la caza del Veloz vieron asomar tres velas en andana por el sur; Pedro dio un hurra. El Veloz pareció responder al grito,, que resonó la marinería y los oficiales a impulso de una racha, pero detrás de la racha venía un viento manso y caliente. El Veloz perdió velocidad y los cruceros estaban sobre él. En el mayor largaron un gallardete de contraseña para los otros negreros, y éstos maniobraron —se veía— en su auxilio. Sólo que ya tarde. Las descargas de los cruceros troncharon el mayor, que aplastó a varios marineros. Luego cayó el trinquete, y el barco, con varios boquetes, quedó sin gobierno. Pedro y el piloto seguían empeñados en gobernarlo por medio de una vela y un mastelero colocado a proa. El capitán dirigía el contraataque. Todo inútil. El barco quedó a merced de los cruceros y todo el mundo se había rendido. El capitán seguía gritando órdenes de defensa. Sabía que los ingleses, con tripulaciones negras enardecidas por el alcohol y la filantropía de las bolsas de libras colgantes de las vergas como premio, no perdonarían vida. El Veloz estaba ya más debajo que sobre el agua. La bodega estaba anegada. Las descargas por tres bandas arreciaban a medida que los cruceros se aproximaban. El capitán mandó los botes, y los marineros se agolparon a ellos cuchillo en mano. Algunos cayeron con la hoja en el cuerpo. Los oficiales los siguieron. Los ingleses habían cargado las velas y trataban de rematar el casco antes de que llegaran los corsarios. Los botes se dirigieron hacia éstos. Al frente venían los dos yanquis y detrás un holandés, todos cargados de negros. Una descarga cerrada de los cruceros mandó al Veloz como una bola entre espumarajos. Allá iban Pedro, el capitán y algunos oficiales. Pedro reapareció lejos, sobre el agua, cuando ya los yanquis habían pasado hacia el norte, siguiendo a los cruceros, que trataban de huir, sin duda, por falta de balas. El holandés avanzaba rápidamente, y al pasar gritó el contramaestre:
—¡Voluntarios para salvamento!
Habían visto a Pedro rompiendo el agua, gritando: «¡A mí, a mí!», y le tiraron un cabo. El barco viró por avante y vino a situarse a corta distancia. Los cruceros se veían mondos sobre el horizonte, al este, y al norte los corsarios. El sol había iluminado un escenario limpio.
—El agua todo lo borra —dijo el capitán, el del negrero holandés.
El otro, el del Veloz, se había borrado también. Pedro estaba en cubierta, medio desnudo, sofocado, echado en la obra muerta, rodeado de marineros.
En el negrero holandés, Pedro se hizo pasar por capitán del Veloz y ocultó todo lo demás. Sin duda estaba atrasado en la lucha con los cruceros. Aquel método había sido bueno al principio, pero ya no lo era. El holandés se llamaba Dirk I y llevaba seiscientos cautivos bajo el puente, procedentes de Elmina, rumbo a la Guayana. La oficialidad era también holandesa, y fumaba en pipas de a metro, y tomaba café y ron. Los negros subían a cubierta dos veces al día, iban bien nutridos y eran muy vigorosos. Todos los días el médico examinaba el rancho, el agua y el pulso de los negros. Entre la marinería iba un inglés sordo, que lo tomaba todo con una sonrisa amarga y trabajaba por señas. El sordo leía en los ojos de Pedro la admiración de cómo los holandeses cuidaban y alimentaban a los negros.
—No crea usted nada; todo eso es falso. ¡Ya verá usted, ya verá usted! —decía el sordo.
Era ya viejo. El capitán era un gigante y llevaba un sombrero como un paraguas, y una levita larga y el pecho al aire, y un chaleco bordado. Caminaba con las piernas muy abiertas, una mano en el bolsillo del calzón, dando bordadas con el cuerpo. Todos los marineros temblaban al verlo. Pedro vio que el capitán trataba peor a la marinería blanca que a los negros. El sordo decía que Jarl solía colgar de las vergas a sus marineros y Pedro vio andar el gato de nueve colas sobre las espaldas blancas. Parece que en los barcos holandeses las sublevaciones lo eran casi siempre de la marinería. El sordo decía que si hubiera quien los comprara a ellos, a los blancos, Jarl los hubiera vendido también.
—¡No grupos! —gritó Jarl.
Pedro pasó a ayudante del cocinero de la negrada y tenía que trabajar dieciocho horas en dos turnos.
—En malas manos has caído —le dijo el cocinero, un portugués—. ¡Listo o te hago leña!
Los holandeses hacían lo mismo con el portugués.
Jarl, dijo el sordo, solía llevar marineros enemigos entre sí, divididos por grupos, para evitar motines. Todos los gavieros eran de una nacionalidad y todos los guardianes de otra, por ejemplo. Jarl se quedaba con una mayoría holandesa y mandaba dar tralla. En las factorías iba en persona a escoger los negros con el médico, y portaba siempre hércules, que le costaban lo mismo que los enclenques. Los negros de Jarl se vendían a los precios más altos, y él mantenía grandes relaciones con las autoridades en África y en América.
Los yanquis se habían perdido de vista. Al avistar la costa de la Guayana el capitán preguntó a Pedro:
—¿Qué piensa usted hacer al desembarcar?
El Dirk I necesitaría gente para un segundo viaje, pero Pedro esperaba la salida de algún barco para las Antillas. Desde Paramaribo partían mercantes con frecuencia, y otros marineros llevaban el mismo propósito. Estos marineros rara vez hacían dos viajes en el mismo barco. Eran perpetuos emigrantes en busca de oro, que no encontraban nunca, y encontraban la muerte en cualquier parte. Al retirarse Napoleón sus hijos se habían dispersado por la tierra y no encontraban la paz en la tierra ni en el mar. Entre la marinería del Dirk I descubrió Pedro un joven seco, alto, de ojos muy vivos, que le habló en un castellano plácido. Era un español. Llevaba mucho tiempo de marinero y había pasado temporadas en África. Martínez había enganchado en el holandés con el propósito de pasar a Cuba. Los dos se hicieron amigos antes de tocar tierra, y cuando el barco hubo fondeado frente a Paramaribo, salieron juntos ciudad adentro. El sordo los acompañó unos días por la ciudad, todavía, dijo el sordo, con las cenizas frescas sembradas por los franceses, y dio en hablar consigo mismo. Los tres fueron a una posada del puerto para marineros. La ciudad era una quinta de recreo, solamente manchada por las cargazones de negros que pasaban Surinam arriba a las plantaciones, de noche —por el día los veía la ley—; la ley dormía allí de noche.
—La ley duerme aquí día y noche —dijo el sordo.
Este inglés había trabajado en una plantación a orillas del Nickerie y contaba lo que había visto. Martínez sonreía.
—Cuenta lo que ha leído —decía éste.
Lippman llevaba un libro en su cofre de la ropa y lo leía a solas. Su sordera lo hacía solitario y receloso. Los tres fueron a sentar plaza en una balandra que partía dentro de tres días rumbo a Cuba. Pedro vestía un traje que le había dado Martínez. Jarl y su gente se dispersaron. Algunos pasaron al interior a trabajar en la manigua o a chapear cimarrones. En la posada, los tres se quedaron de noche en un chiquero, con camadas de sacos y luz de aceite. A aquella luz se quedaron en silencio, mirándose a los rostros de fósforo.
—Well —comenzó Lippman—, I think you, fellows. —Martínez no sabía inglés. Lippman comenzó a hablar con pausas. Pedro traducía—. Aquello fue antes de que yo me echara a nadar, y no pudiera salir más nunca del agua, y el agua lo sorbe a uno, y es como si las olas fueran muros para nosotros los marineros. Y antes de que nos envolviera aquella borrasca, y el rayo me apagara el oído... Bien: no hablaré de eso. Mi cuento se refiere a la colonia del Nickerie. Yo caí allí y no sé todavía cómo. Había venido a Jamaica, y luego estuve en Virginia, old Virginy, y al fin caí allí, en la plantación de un holandés, y fue la experiencia más grande de mi vida. Yo no trabajaba realmente en la plantación, sino en el cafetal de un judío, a pocos kilómetros. Yo entraba en la colonia, a ver, los domingos. En el cafetal yo era mayoral.
El judío era un amigo de mi padre, que también lo tragó el mar, como nos tragará a todos algún día. Córdova se apellidaba el judío, y muchos de los judíos que yo he conocido en Surinam llevaban nombres españoles, y muchos eran corredores de esclavos, y armadores ellos mismos. Tan crueles como los holandeses. Yo creo, fellows, que las tierras hacen a los hombres, y ésta es una tierra de cangrejos y mangles y mosquitos y altezas como aquel holandés de la colonia. ¡Alteza! O algo así. Edele Achtbaar Heer, le decía el mayoral. Noble, respetable señor. Para mí que este hombre había sido vendedor de pescado o algo así en su tierra. Aquí se hizo noble él mismo, con la cruz blanca de su cuerpo contra el fondo negro de la negrada, y sus traillas de servidores, y harenes de octoronas que los ingleses le mandaban de las islas de Sotavento. Muchos ingleses vivían allí de eso. En aquellas islas tenían criaderos de aquellas criaturas bellas para los harenes holandeses. Tenían granjas de hombres de simiente escogidos, de ojos azules y cuerpos como palmas, y los cruzaban con mulatas, también escogidas, y salían aquellas sirenas. Yo creo, fellows, que los ingleses son gentes cínicas y que a veces hacen cosas extrañas. Yo los odio, pero es así. Estos monarcas holandeses venían aquí, y el Gobierno los protegía, y les daba tierras, sobre todo a los judíos, y luego se hacían seres extraños, enfermos y crueles, como aquel que yo conocí. Entonces había en la Guayana muchas holandesas, y algunas enviudaban hasta seis y aun siete veces. Mujeres lobas. Resistían más que los hombres y vivían muchos años. Algunas heredaban a muchos maridos y se quedaban con espesas servidumbres de negros escogidos. Harenes de hombres disfrazados. Yo supe que la ley castigaba duramente a las mujeres infieles con blancos, pero que se hacía la vista gorda cuando el ama fornicaba con sus esclavos. Así pasaba aquello. Los hombres, pasmados por el clima, buscaban el zumo de las mulatas, y las blancas enloquecían de celos. Así, el ama de aquella colonia. Era una mujer alta, de ojos verdes y senos erguidos, como cocos. Por las mañanas asomaba al portal de su casa y miraba al señor recostado en su hamaca, en la plaza, con su sombrero de castor y pipa larga, tomando café y ron, que le servía una muleca cuarterona. La señora recorría la colonia montada en un caballo blanco, espiando en los ojos de las esclavas el amor de su hombre. Yo creo que a veces veía lo que no había. La señora tenía una servidumbre de esclavas completamente desnudas, y todos los días palpaba sus barrigas, recelando algún crío de ellas. La preñez, decía, las hubiera deformado, y estando desnudas se les vería enseguida el síntoma. Yo he visto flotando en el río a una de sus cuarteronas, boca abajo, con un crío muerto en sí, y las manos atadas a la espalda. La señora mataba a sus esclavas a vista de las demás, porque los esclavos no podían ser oídos por los tribunales. A veces las mataba a latigazos, por el pecho y el vientre, hasta que se les veían las tripas. Mujer infernal aquella. Hacía aquello por celos y por faltas menores. Cuando montaba en el caballo revistaba las esclavas del campo y a veces le entraba la rabia de ver una bella. Con mis ojos la he visto calentar un hierro, en la plaza, y quemar a una en las mejillas y las tetas, por celos, y cortarle el tendón de Aquiles, y aun otras cosas. Jamás he visto alma más salvaje, ni aun en Haití, ni en las Carolinas. Unos hombres blancos de otra colonia la vieron una vez matar a una esclava y la denunciaron, y el gobernador la multó con cincuenta libras. El señor la dejaba y parecía no verla, ni ver nada en el mundo, al no ser su vanidad, de esqueleto pasmado, que apestaba a azufre. En la mañana salía a un pozo que había en un tinglado, en la plaza, rodeado de doce esclavas que vertían agua en sus manos y le refrescaban la cara con un paño mojado. A esto llamaba él tomar el baño. Luego venía el mayoral, aquel hombre condenado, todavía peor que el amo, con las cuentas, y detrás el contramayoral con los esclavos que había que castigar. El amo daba sus órdenes y se iba a pasear al río, en su barca, con un cuerpo de remeros lustrosos y desnudos, como las doncellas de la señora. No que a él le diera pena ver azotar a los negros: era que ya no le interesaba. Él iba a la manigua a ver un raso donde colgaban algunos negros, con un gancho clavado debajo de las costillas, o los descuartizamientos sobre una cruz acostada y con piernas, o un negro atado por los pies y el cuello a las sillas de dos caballos que partían en dirección opuesta, espoleados por los jinetes. ¡Todo eso lo he visto yo con estos ojos de tierra, y aun más! ¿Comprenden por qué decía que era mentira lo del barco? Sí, sí: estas gentes alimentan bien a sus esclavos, los revientan a trabajo de jóvenes y luego, cuando van para viejos, los matan o los queman, accidentalmente. Luego los amarran a un árbol en la manigua y los dejan allí a que los coman las hormigas. ¿No lo creen? Mi vista no miente. Aquel monarca del Nickerie echado en la hamaca, perfumado y abanicado por cuarteronas mientras tomaba la siesta (creo que la siesta la transmitieron los españoles a los holandeses), murió por eso. Yo vi al que lo mató. Era un negro que habían azotado varias veces en la plaza. A cada latigazo pedía perdón, diciendo: Dankee, masera, dankee:, masera, gracias, mi amo; gracias, mi amo. Los esclavos solían huir a la manigua a juntarse con los demás cimarrones, que formaban tribus con los amerindios y algunos culíes chinos, o se suicidaban en los tachos de azúcar, el azúcar los comería de todos modos, y antes se vengaban de los amos, algunos. La señora había matado a la mujer de un koromanti y éste se vengó matando al señor, atándolo a un árbol, desollándolo a latigazos y dejándolo luego en carne viva a las hormigas. Éstas apenas encontraron carne en él y se metieron por entre los huesos a buscarla. Y por eso, fellows, yo huí de allí, y aquí estoy, y el mar será el mar, pero es nuestra tierra. Moriremos en él y nos matarán las balas de los ingleses, o las galernas de Dios, o los cuchillos de otros piratas, y nos encerrarán tal vez en un ataúd de plomo y nos tirarán a las olas, y las olas, fellows, sean lo que sean, no son hormigas.
Así habló el sordo Lippman.
Pedro y Martínez escucharon en silencio. La voz del sordo se apagaba en las paredes y luego todo quedó hueco. En aquel hueco metió Martínez una carcajada. Martínez había deslizado la mano y sacado el libro que Lippman tenía debajo de la cabecera. Él no sabía leerlo, pero sabía que todo lo que decía el sordo lo había sacado del libro. Eran las memorias del capitán Stedman.
La Carla era una honrada balandra de La Habana, mandada por un mulato liberto. Antes de tocar en la capital hizo escala en Santiago. Luego dio la vuelta a la punta de Maisí y demoró unos días en Matanzas. Pedro y Martínez se habían enrolado en ella por el pasaje. Pedro se quedó en Matanzas y mandó a Martínez a La Habana a hablar con Carlo y otros armadores. En este viaje de vuelta habían nacido en él nuevos proyectos. Pedro dio instrucciones a Martínez. Éste dio a Pedro unos cuantos duros. El sordo, después de haber sentado plaza en la Carla, se arrepintió y se quedó con Jarl. Se despidió de los otros diciendo que no los vería más.
—I'm an old man —dijo.
Marchena encontró a Pedro aguardando en la sala, entre Magda y la madre. Pedro partió de sí como de una potencia, diciendo que tenía una factoría en África. Marchena había ganado en influencia. Era amigo del capitán de partido y del teniente gobernador. Pedro habló de introducir cargazones por la costa, y le entregó al teniente un código de instrucciones. Marchena lo acompañó hasta el camino real y le prestó un caballo para llegar a La Habana. Magda lo envolvió en el limo de sus ojos. El joven pirata debió de ser para la joven neurótica un caballero de las novelas. En él había mucho más de militar que en su hermano.
Los armadores de La Habana habían recibido cartas de varios factores en África, en las que se hablaba de Pedro. Martínez se había presentado encomiándolo, como cosa suya. Dijo que era el más experto y valeroso traficante, que conocía bien la costa y hablaba idiomas indígenas. No hablaron para nada del desastre del Veloz. Comenzaban a escasear los capitanes a quienes pudieran confiarse expediciones. Algunos eran buenos bandidos y malos traficantes; otros, lo contrario. Las tripulaciones se sublevaban a las veinticuatro horas de navegación, robaban el dinero y hundían los barcos en algún cayo. Allí se hacían filibusteros.
Un buen capitán negrero de la época tenía que ser jefe de bandidos por conquista, honrado para con los armadores, traficante experto en África y marino muy hábil. Esto no se encontraba reunido casi nunca en un hombre y los armadores lo vieron en Pedro.
Martínez, con instrucciones de Pedro, había rodado por La Habana averiguando cosas, sentándose en los cafés, arrimándose a los mostradores de las bodegas y tomando en compañía de los tenedores de libros de los almacenes de víveres de las calles Oficios, Mercaderes y San Ignacio. Éstos tenían secretos y el ron abría puertas. Los armadores de La Habana eran comerciantes honorables, que, además, secretamente, se metían en aquel juego. Martínez fue recogiendo los modos de operar de aquellas gentes. Un tenedor de libros de la calle Mercaderes le hizo un cuento lejano, como que se lo habían hecho a él unos armadores. Esta sociedad había vendido acciones por ciento cincuenta mil pesos para una expedición que sólo costaba veinticinco mil. Cuando el barco negrero asomó a la vista de Cabañas, los vigías del armador no le hicieron señal, dejándolo llegar a la costa para que lo apresaran los cruceros ingleses. Otras veces los armadores daban por naufragadas a sus accionistas expediciones que no habían salido. Otras vendían los negros y no rendían cuentas a los accionistas.
El señor Carlo era el primer accionista de una expedición que estaba ultimando en un barco nuevo: diez cañones, muchas balas y onzas de oro para la trata. El barco saldría con destino a Puerto Rico y volvería con negros como procedente de aquella isla. Carlo tenía negocios con las autoridades de Puerto Rico, que expedían papeles falsos a los negreros que regresaban de África. La Tomasa podía cargar ochocientos negros. Carlo dio el mando a Pedro y éste largó el pabellón blanco en demanda de tripulación, puso a Martínez de segundo y se hizo a la vela con una marinería de bandidos, mulatos, portugueses y españoles, escogidos entre los más bravos. Muchos de aquéllos rodaban por el puerto con nota de sublevados y criminales, y los armadores ponían sobre aviso a los capitanes. Pedro juntó a todos los mal afamados.
—Es un peligro, usted no va a poder con ellos —le dijo Carlo.
Pedro sabía que éste había vendido acciones por más del doble de lo que costaba la expedición, y se calló. El italiano lo llevó luego a su casa y le habló en secreto, sin hablarle claro.
—Yo lo estimo a usted; yo quiero que usted obtenga lo que se merece; la trata es un juego que usted, tan buen jugador, sabrá explotar. Pero yo quiero jugar limpio con usted. Si la expedición llega completa a salvamento observe usted mis instrucciones: acérquese a la costa de Cabañas y allí se le hará la señal de recalada. Pero si no, si no trae usted el barco bien cargado de buenas piezas, disponga de la armazón por su cuenta. Usted sabrá hacerlo. La consigna de los armadores era dejarlo acercar a la costa y denunciarlo a las autoridades, Yo no quiero hacer eso. Nosotros hemos cobrado ya las ganancias. ¿Entendido? Conque... ¡al avío! —dijo Carlo.
La Tomasa salió fuera con los accionistas a bordo y allí se festejó y se bebió al buen éxito de la expedición. Carlo brindó por el gran capitán Pedro Blanco.
—Lo que no lograra él —dijo— no lo lograría nadie. Y el contramaestre Martínez.
La marinería flotaba por allí, mirando de reojo a aquel capitán joven, de quien no sabían sino algunas leyendas. El piloto era de Cádiz. Pedro le clavó unas cuantas palabras como cuchillos, y lo mismo a los demás. Al anochecer, los accionistas regresaron en lancha y la Tomasa largó trapo a África. Ni aun Martínez conocía los propósitos de Pedro.
Éste dio en revisar la marinería y en dar órdenes directas a cada uno, como tanteando sus murallas. Su táctica tenía que empezar por imponer a cada uno su grado, por mostrarle con palabras y actitudes su autoridad. El peligro estaba al día de navegación, y Pedro, que había colgado el barrilete con las onzas en su cámara a la vista de los marineros, se hizo confiado, sin separarse por eso del cuchillo, la pistola y un bulto misterioso que llevaba en bandolera. En las palabras, en los tonos, en el ritmo que reinaba en el interior del barco se sentía el preludio de la sublevación. Cuando a su ver se acercaba el momento, Pedro mandó reunir a toda la tripulación en el puente. La Tomasa navegaba apaciblemente, con brisas del noroeste. Era a mediados de la estación seca, tiempo en que los negreros navegaban al oeste y al noroeste. Un barco que partiera de la altura de Nueva York con rumbo directo hacia el sur se encontraría con distintos negreros, hacia distintos puertos, desde Charleston a Río de Janeiro. Pedro tenía esto en cuenta. La tripulación de la Tomasa tenía en sí valor y sed de dinero. Era lo que Pedro iba a pedirle y ofrecerle en esta reunión. Comenzó a arengarlos tocando sus lados flacos, identificándose con ellos, prometiendo dar siempre el primer paso. Tocar en África era más peligroso y menos productivo.
—El barco —dijo— era de ellos y lo que resultara se repartiría en proporción.
Los marineros, con un poco de alcohol en sus cabezas, dieron vivas al capitán. Éste dio el grito de guerra, un grito pirata, y ordenó prácticas de abordaje y defensa. Con esto estaba ganada la marinería. El capitán la había conquistado, y los oficiales, que habían comenzado a temblar, quedaron mudos. Por entonces Pedro conocía dos medios de ganar batallas: ofreciendo al enemigo más de lo que perseguía o dándole lo que perseguía. Lo demás era jugar a la vida y esto gustaba también a los marineros. La Tomasa iba cruzando y, pasado Puerto Rico, se puso al pairo.La Tomasa, fabricada en Estados Unidos, tenía toda la apariencia de un crucero de guerra, y sobre el puente aparecieron sus hombres en uniforme de la Armada británica. Pedro entre ellos. Estos uniformes se hacían en La Habana y se vendían en las trastiendas de las bodegas del puerto o en casa de los proveedores. Pedro calculó las distancias sobre la carta y aguardó con una gente en ascuas. El viento era galeno. Las rutas de regreso sólo podían calcularse por aproximación. Sin descender mucho, Pedro mandó maniobrar en busca de negocios posibles. De vez en cuando animaba a su gente —no había que dejar amortiguar su ardor—. Cada marinero llevaba ya todas sus armas. Aquella confianza que el capitán depositaba en ellos los desarmaba. Por las noches cantaban y bailaban danzas piratas a la luna. El cocinero ponía buena mesa y el tonelero agua fresca con ron. El vigía tenía orden de no cantar vela hasta haber dado la noticia al capitán. Éste quería preparar bien a su gente.
El vigía cantó vela a un atardecer, cuando la gente acababa de matar el gusanillo —esta vez de calor, no de frío— y bailar una danza pirata en el puente ante el capitán. Éste mandó largar el pabellón de guerra inglés y poner proa hacia la vela. A primera vista se vio que era un negrero, y Pedro dio el grito de guerra, pero mandó aguardar en orden a los no uniformados bajo el puente hasta probar la estratagema. Al acercarse al negrero gritó en inglés, con la bocina, mandando que se entregaran. El capitán del negrero contestó en portugués que no entendía. La Tomasa se aproximaba y el negrero viraba al sur. Pedro llamó entonces a uno de sus oficiales en uniforme, presentado como intérprete, el cual conminó al negrero a rendirse, en portugués, en nombre de su Majestad Británica. El capitán portugués largó todo trapo al viento y contestó con un cuerno y unas patadas en el aire que significaban pedos. Era al acostarse el sol, ya sin tierra a la vista. La Tomasa —convertida previamente en el Sir Francis por obra de la brocha— recibía el viento de popa, y las velas llenas llevaban el casco sobre las olas como ánimas en pena un mortal. El portugués era más pesado, pero llevaba buena marinería. En la caza la gente de Pedro sin uniforme no pudo contenerse más y saltó sobre cubierta. Esto hizo comprender al portugués el fraude de los uniformes y la bandera, y viró rápidamente por avante para sorprender al pirata de costado. Pero el Sir Francis estaba a cinco metros al cerrar la noche y el abordaje a cinco minutos. La marinería de Pedro gritaba, pateaba. El portugués inició el ataque, tumbando el mastelero del trinquete al pirata. Sólo la luna iluminaba la acción. En el vientre del portugués bramaban los negros, y su peste engordaba el aire. Los gritos de las marinerías chocaban y se cruzaban como puñales. El viento calmó un tanto al cierre de la noche. El portugués llevaba más cañones. Pedro vio que su ventaja estaba en su gente, en el cuerpo a cuerpo, y mandó maniobrar al abordaje. El portugués había maniobrado a alzar la amura de babor, para evitar el abordaje por aquel lado; pero el pirata hizo una maniobra rápida, y con el viento de popa cruzó como una flecha la proa del portugués y lo cogió por estribor. Nadie podía esperar esto, por otro lado muy difícil. Los hombres de Pedro tiraron sus ganchos y cayeron a oscuras sobre el puente del negrero como langostas rabiosas, aullando. Los portugueses aullaban también. Los marineros de Pedro gritaban en cinco lenguas —español, inglés, portugués, francés, italiano— y los del portugués aún más —danés, alemán, noruego, holandés—. Pero los cuchillos no herían por lenguas, sino por barcos —o sea, patrias—. En la noche los marineros de Pedro se distinguían por sí mismos por los pañuelos blancos atados a la cabeza y la blusa amarilla, que Pedro había comprado adrede. Martínez dirigía y peleaba, y Pedro fue el primero en saltar a bordo con el cuchillo en la mano. Su gente lo siguió enloquecida. Los cuchillos brilla ban en la sombra. Los gritos de los piratas se cruzaban con el bramido sordo que salía del vientre del negrero. La negrada sentía la pelea arriba como una guerra de dioses. Los negros, de distintas tribus enemigas, no podían pensar lo mismo de lo que pasaba sobre ellos; pero todos pensaban en romper el cascarón donde los habían metido. Las escotillas, cerradas, no dejaban pasar el aire. Los mismos combatientes necesitaban aire. Se oían sus pulmones y sus hojas y los lamentos de los que caían. Los hombres de Pedro habían enloquecido. No era ya posible detenerlos ni dar cuartel. Habían caído como langostas y se habían vuelto tigres, y los del portugués no tenían escape ni tiempo de acudir al fusil. Sólo el cuchillo decidía. Algunos se tiraban al agua, pero los tiburones habían seguido el barco de Pedro como oliendo carnada y pululaban en derredor. Debajo estaban los tiburones, y luego la negrada, y luego los piratas de Pedro, y encima la noche y el cielo. Al cabo de tres horas la pelea amainó. En cubierta había una alfombra de cuerpos, algunos medio vivos, algunos de los de Pedro. Los medio vivos —hasta los suyos— gritaban contra el capitán de la Tomasa, y los vivos de pañuelo blanco los remataban. Martínez se había retirado a la Tomasa, llevado por un marinero a lo largo de un cabo que enlazaba a los dos barcos, herido en un costado. Pedro, herido en el cuello, restañaba la sangre con una mano y trataba de parar la matanza. En vano; el mismo capitán portugués estaba herido y sólo tres hombres le quedaban vivos. Pedro mandó arrojar los cuerpos al agua y pasar los cuatro portugueses a la Tomasa.
Los dos barcos quedaron pareados, arriadas las velas, con la luna plana en las puntas de los palos. Los cuerpos caídos al agua parecían amortiguar allá abajo el contacto de los dos barcos. Los negros que había en el interior del portugués sentirían el choque de aquellos cuerpos contra el casco. Pedro se amarró un pañuelo al cuello, reanimó a su gente y a las pocas horas comenzó a revisar la negrada —los únicos enemigos que quedaban, los cuatro portugueses, estaban en la enfermería. Al amanecer, las escotillas del negrero comenzaron a manar cuerpos flojos, abatidos., y sus ojos se encontraron con nuevos amos. La cubierta quedó llena, de extremo a extremo, y el mayordomo contó ochocientos entre todos. La marinería superviviente bailaba de alegría. Pedro mandó dar a los negros agua con ron, plátanos y galleta. El cocinero de la negrada preparó un gran rancho. Todo era poco. Los cautivos habían sufrido demasiado por falta de aire en un largo viaje desde el Congo y Ambriz. Pedro pensó que aquel estado les restaría valor o que acaso se les declarara alguna epidemia. Martínez estaba repuesto y Pedro conferenció con él. Entonces montó a los portugueses en su barco, entregó la Tomasa a Martínez y los dos partieron. Martínez cogió parte de la tripulación —pagada con las onzas de oro— y puso proa al África con orden de recalar en Gallinas y aguardar nuevas órdenes de Pedro. La Tomasa iba en lastre y con los víveres necesarios para llegar a África.
La gente que se quedó con Pedro le sería incondicional hasta el fin. Pero quedaban otras cosas. Había que perfumar los negros, disponer de los portugueses, burlar los cruceros en la costa de Cuba, las autoridades en tierra y luego vender la armazón. Faltaba lo más difícil. El barco portugués, el María Grande, era ya un casco viejo, poco marinero, aunque bien acondicionado dentro para la cargazón. Pedro buscó sobre la carta la isla más próxima donde perfumar y rapar la negrada. A su lado tenía ahora un segundo improvisado. El capitán portugués, a pesar del veterinario, se moría. Pedro lo miró morir. Hasta entonces no se había dado cuenta de quién era aquel hombre.
—Me muero, Blanco —dijo el portugués—. ¡Maldito seas, traidor!
¡Era José Cruz Gómez, el último hermano de la negrera!
Cruz murió a las pocas horas de largar velas y Pedro mandó meterlo en un arca oblonga, donde llevaba sus prendas, con seis balas de cañón por lastre— Luego aguardó a que la marinería estuviera entretenida y él mismo lo dejó caer por popa.
Hacer escala era peligroso, pero Pedro llevaba credenciales para un agente de San Juan con orden de recalar treinta millas al oeste de la ciudad. Este agente era un cafetero que cobraría tres piezas de indias por conseguir de las autoridades de San Juan papeles que hicieran proceder la cargazón de allí. Pedro asomó a la costa, largando el pabellón de contraseña, y de noche vio las fogatas que le mandaban recalar. Al tomar el pulso a los negros había notado su ritmo anormal, y se apresuró a echarlos a tierra de noche, abrigando el barco en una rada de la costa y echando abajo los masteleros para no ser visto por los cruceros que pasaran. La negrada avanzó dos horas tierra adentro por un manigual y fue a amanecer a la hacienda de don Gonzalo Calvo, el dueño. Pedro dio instrucciones a los guardianes de que se quedaran a bordo con los prisioneros portugueses. Don Gonzalo vio en aquélla la anunciada expedición del señor Carlo, la cual, dijo Pedro, era preciso perfumar antes de llevarla a La Habana, donde, con los papeles que un empleado de don Gonzalo había ido a buscar a San Juan, podría entrar legalmente.
La hacienda tenía espaciosos barracones, y los esclavos de don Gonzalo fueron a visitar a los bozales. En ninguna parte estaba mejor el esclavo que en Puerto Rico. El cafetal no era nunca tan rudo como el ingenio —aunque siempre peor que la servidumbre urbana—. Don Gonzalo brindó a Pedro sus sabanas para pasear la negrada y darle nueva vida. Pedro mandó raparlos, darles buen rancho, les permitió bailar tambor y luego les ungió la piel con aceite de coco. Por cerca de un mes tuvo allí a sus ochocientos negros con una docena de marineros. Entretanto habló con don Gonzalo. Éste era un alma de cera que se esforzaba en ser de acero y no lo lograba. Era rico. A veces se ponía serio y su voz tenía truenos de mando; por debajo poseía un diablo húmedo y maligno que le hacía soltar de pronto una sonrisa.
—Usted es un capitán valeroso, pero debe usted retirarse; es usted joven y el oficio peligroso. ¡Véngase a mi hacienda y haremos algunos negocitos con menos riesgos! —dijo a Pedro.
Don Gonzalo admiraba a todos los hombres valientes. A Pedro le dio un bohío de tablas con sirvientas negras y lo llevó todos los días a su mesa, rodeada de mujeres. Aquel hombre era viudo y no había hecho más que hijas. En torno a la mesa se juntaban nueve iguales. Aquellas hijas no podían ver al viejo; pero éste las elogiaba ante los demás.
—Usted deje la trata y véngase acá —volvía a decir.
Pedro contraía el rostro. En él se leía ahora al pirata rehecho, duro y audaz. Nada de su melancolía anterior.
—Mis hijas —decía el viejo— están tan solas aquí...
Las jóvenes se volvían para escupir:
—¡Fo, qué viejo!
Eran criaturas como ángeles perdidos. Todas las semanas montaban a caballo y se iban a San Juan.
Don Gonzalo cobró sus servicios. Pedro rompió los papeles una vez que reanudó el rumbo con los negros perfumados —esto es, revitalizados por la escala en tierra— a bordo, hacia Cuba —no a Cabañas, sino a Matanzas—. A bordo llevaba el gallardete de contraseña convenido con Marchena, que los vigías del corredor, encaramados en los árboles, verían con los telescopios. El corredor tenía por temporadas un vigía en el cayo de las Piedras, pero los filibusteros hacían también escalas allí y solían desplazarlo. Pedro gobernó a avistar el cayo, y en la primera noche vio la señal de irse por la vuelta de afuera —mientras el vigía montaba en su lancha y enfilaba un espacio de costa pelada al sudoeste de Cabo Hicacos a avisar al corredor—. A los tres días el negrero navegó próximo a la costa, y la fogata, de noche, le dijo que podía entrar. Al pasar cerca del cayo de las Piedras, el vigía del negrero vio también allí unas pequeñas fogatas, nidos de filibusteros. Casi todos los marineros que iban con Pedro habían sido también filibusteros y vivido en los campos. El que Pedro había puesto de segundo comenzó a temblar.
—Yo sé qué clase de gentes son —dijo.
Pedro repartió armas, cargó las colisas y fue entrando con la sonda en la mano.
—El peligro no está en el cayo, sino en tierra —dijo otro marinero.
A la orilla aleteaban unas pequeñas llamas, según lo convenido. Bajada el ancla, los marineros dieron en parecer indecisos.
—¡Por ahí anda el Ñato! —dijo uno.
El Ñato era un ladrón de esclavos que, se decía, tenía negocios con las autoridades. Mandaba una cuadrilla y recorría la costa como un capitán militar. Cuando hacía una buena presa mandaba un buen regalo al teniente gobernador.
—¡Lo conozco bien! —dijo otro marinero.
Las lanchas del corredor rodearon el barco y las del barco bajaron al agua. Los negros comenzaron a bajar, amarrados por parejas, y se fueron alineando a lo largo de la playa. El corredor traía tres hombres consigo. Los cuatro permanecieron erguidos detrás de la negrada, contra la manigua negra, mientras los marineros iban echando hombres fuera. Todos permanecían callados. Sólo sonaban los remos en el agua, las respiraciones, las olas contra el casco. A los negros se les advirtió que por allí había ladrones blancos que querían comérselos y que debían callar. Silencio recomendado por el corredor contra la posibilidad de bandidos emboscados. Pedro sacó a tierra cuanto de valor había en el barco y armó a sus hombres hasta los dientes, pero miró en derredor. El corredor no había llevado carretas ni escolta para meter la armazón tierra adentro hasta aquella hacienda próxima a Camarioca.
—No he podido reunir a mi gente y no tenía carretas por el momento —dijo el corredor.
Pedro colocó a sus hombres en guardia. Éstos miraban en derredor como tigres escamados en la noche. A media noche apareció una hoz de luna en el cielo. Pedro mandó meter en un matorral varios objetos sacados del barco y ordenó la marcha. En la caravana iban los tres marineros portugueses curados, a los cuales Pedro prometió sueldo igual a los otros. El corredor se paró y dio en tartamudear algo:
—¿No da usted un barreno al barco? —preguntó a Pedro.
Un marinero buscó la oreja del capitán para decir.
—Ésa es la señal.
Pedro lo presentía. A los negreros viejos que traficaban fuera de la ley se los incendiaba o se les hacía volar con dinamita después de la descarga. Pedro dejó a un marinero con el encargo de prender la mecha dos horas después y metió la gente en la manigua. El capitán pensaba despistar a los asaltantes dando la señal con retraso, pero éstos tenían otras señales. Uno de los hombres del corredor se escabulló a la manigua y disparó la tercerola. Pedro comprendió. El primer paso fue tumbar al mismo corredor. La negrada pensó entonces que eran los corredores de gente que se acercaban y trató de huir por entre los fusiles y los cuchillos de los hombres de Pedro. Éstos la contuvieron al principio. Los hombres del corredor huyeron también a la manigua, y enseguida se sintió como una ráfaga que arrastrara hojas hacia la caravana. En el primer intento los hombres de Pedro mataron algún negro y ahora aguardaban en una vereda de la manigua, imponiendo silencio al resto, obligándoles a permanecer agachados. Hasta aquel momento los marineros permanecían por dentro al lado y bajo Pedro. Los bandidos avanzaban. A veces parecían alejarse en la noche de la manigua y volvían a acercarse. Sin duda no se habían encontrado aún con los hombres del corredor. Luego uno de los marineros gritó:
—¡El Ñato!
El valor de aquellos piratas se evaporó ante la figura de su antiguo jefe. Un oscuro atavismo, el terror impuesto a su sangre en el pasado, resurgía en ellos. No era miedo. Ellos no tenían miedo a perder la vida. Era un viento viejo que se les filtraba en los huesos como un fantasma. Pedro se impuso a su gente, pero comprendió que todo estaba perdido. Los marineros le obedecieron temblando. Los primeros bandidos que asomaron al raso cayeron y Pedro avanzó luego contra los siguientes. Pero sus hombres habían desaparecido, y los negros se lanzaban, atados por parejas, a la maleza. Una bala rozó un hombro de Pedro. Entonces buscó también defensa en la sombra. La manigua se fue tragando a todos los negros. Pedro oyó decir:
—¡Ya pararán!
Fue lo último que oyó. Su carrera se parecía a aquella de la noche del Julieta. Al mediodía siguiente pasó cerca del ingenio, camino de Matanzas.
—¡Me has traicionado! —dijo a Marchena.
—¡Lárgate enseguida! —gritó éste a Pedro.
El código anterior, con sus señales, quedaba en pie. Pedro se puso un traje que le dio Marchena —Magda le había curado el hombro— y puso pies hacia La Habana.
Pero parece que Marchena era inocente. Había sido el corredor, que lo había traicionado a él, y temía que estuviese de acuerdo con el gobernador.
El señor Carlo recibió a Pedro con alegría.
—Gran capitán, gran capitán; pero la suerte lo abandonó a usted —le dijo.
Pedro le contó la verdad.
—Tenía gana de hacer algunas onzas; la tierra me quiere mal —dijo.
—Por no haberme consultado a mí, le estuvo bien —le dijo Carlo.
Pedro se pasó una semana rechazando el mando de expediciones en preparación, pensando en cómo ganar dinero más rápidamente.
—¿Usted dice que se hace cargo en tierra? ¿Usted se atreve a armarme un barco nuevo? —preguntó a Carlo.
Carlo siguió rumiando aquello. Pedro volvió a rodar por el puerto y a tantear la marinería.
—Tengo un proyecto para la próxima estación —dijo a Carlo. Éste había quedado deslumbrado por la hazaña de piratería perdida en tierra y reunió una junta de armadores. En el puerto había entonces dos goletas nuevas dispuestas para la trata. Casi nunca se compraban barcos nuevos para esto, ya que no hacían sino un viaje; pero muchos capitanes, en vista de los riesgos, se negaban a mandar cascos poco marineros. Los cruceros los cazaban con facilidad, y en Cuba abundaban ya los aprendices, emancipados o ingleses. Muchos de aquellos aprendices servían como esclavos después de muertos. Los amos a quienes los encomendaban, cuando se les moría un esclavo, daban por él un aprendiz y esclavizaban a éste. Así había muchas gentes interesadas en que cazaran a los negreros en la costa y ayudaban a los ingleses. Pero los armadores y corredores dominaban también su oficio.
Carlo volvió de la junta de armadores con la seguridad de que la expedición sería bien dirigida y protegida a la vuelta.
—La goleta está a su disposición —dijo a Pedro.
Pedro mandó armarla y se puso a seleccionar los oficiales, los técnicos y la marinería. Esto tuvo que hacerlo rápidamente. A La Habana llegó el parte del teniente gobernador de Matanzas reclamando a Pedro. Como siempre, la goleta iba con carga para Puerto Rico. Después de seleccionar por el puerto a parte de su tripulación, Pedro largó el pabellón blanco en demanda de tripulación y comenzó a meter gente. Sólo Carlo estaba enterado de lo que se proponía. Para los demás accionistas era una expedición como otra, un juego como otro. El italiano había vendido más acciones de lo que costaría la expedición y el sobrante se empleaba en armamento y sueldos —medio sueldo por adelantado— de tripulantes. Nadie en La Habana se hubiera explicado tantos hombres en un negrero, casi cuádruple tripulación, pero Pedro tenía su imaginación. Carlo también la tenía. El estado mayor de que se rodeó el capitán lo formaban marineros vascos, gallegos y mallorquines, y la marinería era escogida entre los más bravos hombres de mar.
El Ciclón llevaba doce colisas y tiros en abundancia. Pedro llevaba tres segundos, tres pilotos y un hormiguero de marineros crudos, con los ojos secos por los cantos y encendidos en el medio. En el barco no había cámaras para los oficiales y había que tender toldos y dormir en cubierta. Pedro expuso su plan a tos oficiales y éstos, reunidos, dieron varios hurras. El barco estaba anclado en el puerto. Las lanchas de la comisión inglesa daban vueltas preguntando, espiando. De día se cargaron bultos y algunos volvieron de noche a tierra. Otros eran de fusiles, pistolas, cuchillos, pólvora y balas. De noche, Pedro fue llamando uno a uno a los marineros. No les dijo el plan, pero dio en meterles miedo.
—Doble sueldo si sale bien —les dijo.
El marinero que oía pensaba lo peor.
—Figúrese usted lo peor, siempre con un oficial al frente —decía Pedro.
Todos los marineros aceptaban. Pedro se echaba para atrás en un sillón de mimbre, tiraba del cuchillo sobre el vientre y del veguero del chinchal y comenzaba a preguntar la historia del marinero:
—¿Ha tomado usted parte en algún abordaje, en alguna sublevación de negros o tripulación, en el saqueo de alguna factoría? ¿Ha pasado usted alguna calma, algún ciclón, alguna epidemia, algún naufragio? Figúrese que todo esto puede pasar, y aun más: un encuentro con los ingleses.
En su plan había también premios, pero éstos sólo se ofrecerían en el momento crítico, pues había que tener siempre algo que ofrecer. Al fin, algunos marineros se rajaron y volvieron al puerto hablando del capitán Montoya —así se llamaba ahora Pedro—. Se dijo que era un pirata, y el rumor llegó a enlazarse con el parte del gobernador de Matanzas. Pero cuando pasó esto ya el Ciclón estaba mar afuera y el señor Carlo juró que el capitán Montoya era un marino honrado, que nada tenía que ver con Blanco. Carlo tenía influencias y buena fama. Luego llegaron algunos marineros que habían acompañado a Pedro en la piratería, los del barco portugués entre ellos —otros se habían unido al Ñato— y Carlo los recibió en su casa.
—Vuestro capitán no ha aparecido, debe de haberlo tragado la manigua o se habrá colgado de una guásima con cabuya y sebo.
El capitán metió a su gente a bordo y salió como una racha con sol en las velas. El viento lo acompañó, favorable, hasta la Guayana. Entonces puso proa al sur, con brisa del oeste, manteniéndose alejado de la costa para evitar los cruceros. El barco parecía ya cargado. Pedro celebraba conferencias con los oficiales, intimándoles instrucciones, y éstos ordenaban maniobras y simulacros de combate. El oficial más próximo a Pedro era un mallorquín llamado Juan. Era un marino joven que había pirateado ya en el Pacífico y tenía una historia semejante a la de Pedro. Este hombre hacía temblar a las marinerías con sus puños y su humor de tigre. Pedro sabía que a bordo iban algunos marineros que se habían amotinado en un barco en que Juan era contramaestre, y que éstos difundirían su fama entre los demás. Pedro puso en circulación su propia fama, transmitiéndola por escala desde los segundos a los grumetes, y la historia, siempre abultada, de cada uno de los de su estado mayor. El Ciclón iba bien provisto y navegaba de intento a poca velocidad. El propósito de Pedro era dar a los marineros tiempo para despertar en ellos sed de riquezas y grabarles bien los grados de las categorías y la disciplina. Ninguno comprendía para qué iba tanta gente a bordo. Para abordar otro barco no haría falta tanta. Algunos decían que Pedro llevaba la intención de saquear Sierra Leona. Todas las noches reunían los contramaestres a la marinería y le daban aguardiente. Luego se formaban corros y se ejecutaban danzas. Pedro tenía en la cabeza varios cantos piratas y las danzas que se ejecutaban eran danzas piratas. La comida era buena y abundante. Mientras los marineros se distraían por la noche, las figuras de los oficiales cruzaban de un lado a otro como sombras teatrales, como empeñados en grandes planes, con son marcial, por donde les daba la luna. Los marineros los veían y sus figuras se quedaban en ellos. Esto ocurre así. Pedro sabía que la disciplina consistía en grabar la imagen de un hombre sobre la que otro tiene de sí. Luego queda allí grabada y el subordinado no se puede ver si no es al través de la imagen del otro.
Otro segundo era un vasco de hombros anchos que había mandado negreros y caído una vez en las garras de los ingleses. El otro era un gallego, Muiño, que había navegado con el padre y el hermano de María Cruz y naufragado dos veces. Los tres eran expertos y podían mandar barcos. Pedro mandó que cada uno formase su cuerpo de oficiales y técnicos y que estuviesen dispuestos.
El Ciclón navegó al sur hasta la altura de Ambriz y allí viró al este. A bordo llevaban una pequeña falúa. El tiempo era bueno. Pero la ruta era extraña. No se habían encontrado un barco en el camino ni visto la isla de Santa Elena.
Y luego, de pronto, el Ciclón se ponía al pairo cuando la tierra era todavía una nube vaga sobre el mar. Sólo entonces se comunicó a la tripulación el plan. Pedro mandó destacar las tres tripulaciones con sus oficiales sobre cubierta y les dio instrucciones.
La falúa bajó al agua. Este barquichuelo fue tripulado por un patrón y tres marineros y se dirigió a la costa en busca de negreros. El Ciclón aguardó su regreso, hirviendo. La falúa tenía que asomar a la costa a ver si había negreros y averiguar con los krumen cuándo salían. Éstos informaban al patrón si había negros en las factorías, negreros en los puertos. El patrón les decía que su barco estaba por la vuelta de afuera, cien millas más al norte o más al sur, porque entre los krumen había espías de los ingleses. El patrón era un antiguo negrero y conocía bien la costa.
En Ambriz, le dijeron, no había negros. Se los habían llevado todos los negreros portugueses que habían ido a completar su carga a la boca del Congo.
La falúa regresó a todo trapo y el Ciclón puso proa al norte sin acercarse más a la costa. A la altura del Congo volvió a ponerse al pairo la goleta, y la falúa proa a la costa. Los marineros quedaban formando sobre el puente con las armas dispuestas. Sus vibraciones resonaban en la goleta nueva como en la caja de un violín. Aquella madera nueva y seca, los cabos tirantes, donde silbaba el viento, y una tripulación triple bailando danzas piratas era una caja donde resonaba el delirio. Pedro revistaba la gente. Los cañones estaban cargados; las pistolas, los cuchillos y los fusiles, repartidos. Además, un balde de ron preparado en manos del tonelero. Cuando vieron la falúa de vuelta vieron la buena nueva en su forma de navegar. El viento le era contrario y los marineros venían a los remos. La falúa dijo que, según un krumen, un negrero portugués venía cargado Congo abajo. El krumen dijo que era un barco de tres árboles, unas alas muy grandes, un pico muy largo y que traía muchos negros; que había habido una guerra entre los cabindas y los musorongos. La noche cerró sin que se descubriera vela; la falúa permaneció en el agua, y cuando asomó O Explorador se puso a resguardo detrás del Ciclón.
O Explorador mostró las velas poco después del amanecer y navegaba con viento sureste. Pedro mandó largar la bandera española para no asustarlo, y el portugués se fue acercando confiadamente. Entonces salió la falúa a tenerle el camino con el encargo de preguntarle si había cruceros por la costa. El portugués cargó las velas y contestó que no, pero que allí no quedaban negros.
—¿No podrían vendernos un timón? —gritó la falúa por la bocina—. Lo llevamos averiado.
O Explorador viró suavemente y se fue acercando al Ci— clón, y desde éste se vio una mujer a bordo. La marinería dio en rugir. Los fusiles y las pistolas estaban bajo la lona, al alcance de la mano, en espera de la orden del capitán. Pedro tuvo que imponer orden. Tuvo que imponerse a la marinería para que no asustara al portugués con su número. Pero ya lo había hecho. La capitana portuguesa vio tantos hombres en aquel barco y las bocas de las colisas abiertas hacia ella y mandó virar. Todos sus hombres cargaron sus cañones y buscaron los fúsiles. Desde el Ciclón se oían las voces de mando y se veía a la mujer con pantalones, botas altas y un pañuelo rojo atado a la cabeza. El Ciclón largó el pabellón negro con calavera y huesos cruzados y comenzó la caza. El lugre navegaba detrás.
Pedro tenía el propósito de no dañar el barco, y las colisas apuntaron a los lados. Las balas de los fúsiles caían certeras sobre la marinería portuguesa, que se batía en retirada. De cuando en vez su segundo buscaba con el anteojo algo a bordo del pirata. Como siempre, los negros bramaban debajo. Entonces el viento voló al norte y a mediodía se quedó dormido. El segundo del negrero vio que con la brisa débil el pirata ganaba campo por segundos y gritó:
—¡Es Pedro, el pirata español!
El Ciclón estaba a cincuenta metros y dio en girar en derredor del negrero. El fuego cesó de ambos lados. La capitana se movía rabiosamente, animando a su gente, sacudiéndola por la ropa, pero los marineros quedaron desalentados ante el pirata, su gente y sus colisas. La gente de Pedro rabiaba por ir contra el negrero, pasar a sus marineros y coger viva a la capitana. ¡Una capitana negrera! Nadie lo había visto nunca. Los oficiales tuvieron que desarmarlos. Los del negrero se habían puesto en facha con la bandera de capitulación. El segundo del negrero pasó a bordo del pirata y volvió a comunicar a la capitana las condiciones del pirata.
—Quieren el barco con la negrada y nos dan botes para volver a tierra.
La marinería del negrero dio vivas al pirata y bajó los botes al agua, llenos de provisiones, a la vista del oficial mandado por Pedro. Éste era Juan, el mallorquín. La capitana se paseaba, hablando sola.
—Le arrancaré el corazón, lo acuchillaré, caerá en mis manos —decía en portugués.
Juan sonreía. Cuando todos los marineros hubieron bajado a los botes mandó bajar a la capitana con su segundo.
—¡Quiero ver al pirata! —gritaba ella.
Pero el pirata no hizo más que asomar a la borda y verla allí abajo con los puños crispados.
—Mataste a mi hermano; ahora te llevas mi último barco. ¡Ten cuidado, pirata, que nos volveremos a encontrar!
Su bote se alejó, y María Cruz vio de lejos cómo parte de la gente del pirata se pasaba a su barco y cómo los dos largaban velas rumbo al norte. Los botes de su tripulación marchaban en andana hacia la costa. En el último iba la capitana con su segundo, José Poza. ¡Si les saliera un crucero! José Poza se formaba la idea de un crucero lanzado como un perro detrás del ladrón y su presa. María había quedado estancada en sí, con las manos cerradas bajo la barbilla, sentada a popa, mientras remaba su segundo. Los marineros en los botes bebían ron, triscaban galletas y cantaban barcarolas. El sol poniente les daba de canto y la costa se tendía delante. Una jauría de canoas salió a recibirlos y a llevar la noticia a las factorías del Congo.
El Ciclón y O Explorador se detuvieron a la altura del cabo Palmas, lejos de la costa. Los cautivos subieron a cubierta y los grumetes les echaron baldes de agua. Entre las dos goletas quedó la falúa. Juan iba de capitán de O Explorador con urna tripulación completa. De noche se celebró la presa.
Al amanecer, la falúa se disparó de nuevo hacia la costa como una flecha. Desde cerca del cabo Palmas los de la falúa vieron asomar por el este una vela negrera, según se advertía por el gran tamaño del aparejo. A continuación, persiguiéndola, venía un crucero. La falúa viró como una pluma y llegó junto a los dos barcos con las velas hinchadas por el viento y la noticia. Pedro se comunicó con el mallorquín y cada uno transmitió nuevas vibraciones a su gente. Enseguida se metieron los negros abajo y las marinerías comenzaron a maniobrar rumbo a la costa. La gente pateaba de alegría. Ahora la echarían con el crucero. Los dos barcos se unirían al perseguido contra el crucero y luego lo capturarían a él. Era la consigna. Al día siguiente asomaron a cuarenta millas de la costa, al noroeste del cabo Palmas, y no vieron nada. No se sabía qué rumbo habrían tomado. Los dos procuraban mantenerse a corta distancia y en la noche se pusieron al pairo. Hasta el tercer día. El crucero había dado caza al negrero durante todo aquel tiempo. El negrero había gobernado al sur y luego al norte y resurgía ahora mar afuera, al sudoeste de los barcos de Pedro y el mallorquín. Estos aparecieron a los otros como salidos de la costa. El negrero huía bajo bandera española, pero era francés, y el crucero le pisaba los talones con la cruz de San Jorge pintada en las velas. De cuando en vez el crucero hacía algún disparo, pero su pieza le llevaba gran ventaja. Las tripulaciones de Pedro bramaban. En los picos de los mayores largaron entonces los pabellones de contraseña que algunos capitanes negreros usaban para significar alianza, pero el francés pareció no entender, y Pedro gobernó a su rumbo.
—¡Ah, del negrero —gritó en la bocina—, salud!
El francés viró rápidamente, cargando las velas, y se puso al habla. El crucero se había detenido en el sur. El barco mandado por Juan había gobernado a cortarle la retirada por aquel rumbo y el de Pedro y el francés ponían proa hacia él. La gente gritaba y daba hurras, que repetían los franceses a coro.
—¿Cuántos negros lleváis? —preguntó Pedro al capitán del francés.
No llevaban sino quinientos. El crucero lo había sorprendido cargando, obligándolo a levar el ancla a medianoche. Era un negrero de Burdeos. El capitán, llamado Jacques, deliraba de alegría, diciendo que harían trizas a aquellos «cochones» ingleses, que escupirían en las velas y que envolverían los cadáveres de los oficíales en ellas. Pero lo había dejado adelantarse y se veía ahora al crucero describiendo unos giros extraños y el barco de Juan tratando de vencer la resistencia del viento, que soplaba del norte, desfavorable para él y favorable para el crucero. Pedro no tenía interés en hundir a éste. Había tomado consejo con sus oficiales y transmitido directamente la orden a sus marineros. La orden era: si el crucero resistía, apuntar los cañones a los masteleros y los fusiles a las velas, a fin de espantarlos y que no hicieran daño al francés. El viento roló entonces ai sur y detuvo al francés y al Ciclón. Favorecía a O Explorador, pero éste había quedado varias millas al sur del crucero y cerraba la noche. Los tres dispararon a la vez contra el crucero, y éste contestó, pero era demasiado pequeño para vérselas con tres piratas y cuatro tripulaciones. Al cerrar la noche, el crucero se deslizó al este con la luz apagada. Al otro día había desaparecido. El barco de Juan había navegado al norte, acercándose al francés, que quedaba ahora en el centro de la tenaza con una tripulación delirante y el capitán con los puños crispados por la fuga del crucero. Era al amanecer, y en los picos de los mayores no había ya pabellones de alianza, sino pabellones piratas. El francés describió un círculo en el agua, como si un gigante hubiera cogido su mayor entre el índice y el pulgar a modo de peonza. ¡Nada podía hacer! Las colisas nuevas del Ciclón y las más gruesas aún de O Explorador le mandaban que se rindiera. El francés quedó indeciso. Su marinería gritaba, pateaba. El capitán alzaba y bajaba los brazos. El barco parecía un circo. La gente trepaba a los palos, como buscando una salida por ellos hacia el cielo. Los piratas hicieron girar sus cañones y le dieron con las bocinas media hora para rendirse.
—¡Conozco a ese francés! —dijo Juan—. ¡Cuidado!
Pedro vio subir la bandera de capitulación y desaparecer al capitán, y mandó a Muiño a bordo con orden de que todos los franceses bajaran sus botes con provisiones y se hicieran hacia la costa. La orden de Muiño iba respaldada por las colisas. Los tres se habían quedado al pairo, a cien metros uno de otro, en ángulo. A Juan le sorprendió la rapidez con que los franceses bajaron sus botes y montaron en ellos, braceando insultos. Muiño quedaba en el puente con tres hombres y debajo rugían los negros.
—¡Cuidado! —volvió a gritar el mallorquín.
Este fue en persona con la nueva tripulación a bordo del francés y registró la santabárbara. Juan reapareció en cubierta con los ojos hinchados y en la mano una mecha encendida que había cortado con el cuchillo. Diez minutos más y el barco hubiera volado.
Los negros del francés iban sanos, pero casi ahogados y hambrientos. Algunos habían muerto y los tiburones aguardaban abajo. Pedro mandó a su médico analizar las vituallas del francés, pero aquel médico no sabía hacerlo.
—Me he embarcado por necesidad, pero no soy médico —dijo—; en mi tierra era capador.
Nadie a bordo sabía hacerlo, pero el tasajo y el agua olían a arsénico. Hubo que sacrificar un negro para probarlo y luego fue todo al agua.
Pedro vio entonces que, escaso de víveres, sólo una gran suerte podía ayudarlo a terminar su plan. Le faltaba otra presa para cargar su barco. Muiño mandaba al francés.
El vigía de Muiño fue el primero en dar vista a una vela que navegaba de este a noroeste a la altura de Cabo Verde. Era una vela negrera, y en cada uno de los tres barcos estallaron hurras. Era un negrero español. Sin pérdida de tiempo, los tres se desplegaron en plan de ataque con sus pabellones piratas. Al atardecer estaban a menos de una milla de su presa. Pero la suerte comenzaba a fallar.
Las tripulaciones francesa y portuguesa habían llegado a la costa con la alarma. En Sierra Leona había siempre escuadrillas de guerra prontas a largar las veías. El negrero español vio los tres pabellones piratas pregonando su cabeza y trató de aprovechar la distancia y el viento de noroeste. Todavía le quedaba una puerta abierta hacia la costa. Pero en la costa caería seguramente en las garras de los cruceros. Pedro vio que el capitán de aquel barco prefería entregarse a los ingleses antes que a los piratas. El Ciclón era el más próximo. Pedro vio al capitán con la bocina en la boca y oyó su grito:
—¡Eres Pedro Blanco, te conozco!
Era Ricardo Salaverry.
—¡Soy Salaverry! —dijo.
Los tres piratas lo siguieron varias horas, pero la proximidad de la costa era peligrosa y habían abatido varias millas hacia el sur, adonde Salaverry trataba de llevarlos. Al amanecer vieron todavía su vela, pero trataron de virar. Los negros del barco portugués comenzaban a languidecer. Aquella tripulación, que sabía pelear, no sabía cuidarlos y la demora en la zona templada era peligrosa. Juan mandó un bote al barco de Pedro con la noticia de que habían muerto ocho y que temía que la oftalmía estuviese a bordo. Los del francés se habían recobrado y había síntomas de sublevación entre ellos. Muiño comunicó a Pedro que había tenido que hacer ya algún escarmiento. El mensajero que mandó a Pedro dijo que Muiño les había hecho comer tripas de un negro muerto a los demás y que a aquél lo había matado con el látigo. Pedro no hizo caso. Aquel marinero era pariente de Muiño y por eso le tenia rabia.
Pedro resolvió que Juan y Muiño navegaran rumbo a Cuba con sus cargazones. Él iría a Gallinas, al sur, pero a la puesta del sol asomaron tres velas por tres puntos del horizonte. Al cerrar la noche, sus luces se acercaban como estrellas sopladas por el viento. Pedro vio que al amanecer tendrían que rendirse. Tres cruceros veloces y bien armados serían irresistibles. En la noche sonaban bocinazos lejanos. Pedro se comunicó con sus capitanes y se pusieron de acuerdo. Había que salvar algo. Había que montar en el Ciclón —el más marinero— la mayor cantidad de negros posible y tratar de huir. De noche se trasegaron calladamente a él los del francés y luego algunos de los más sanos del portugués. Los demás quedaron en el sollado. El Ciclón cargó vituallas. Al amanecer vieron que a los anteriores se había unido otro crucero. El viento soplaba del sudeste. Era vano combatir. Pedro montó a toda la gente en el Ciclón tal como había ido, y largó trapo al noroeste. Atrás quedaban sin gobierno el barco francés y el portugués. En éste quedaban seiscientos negros solos, algunos enfermos. El viento hacía describir giros extraños a aquellos barcos abandonados, con las velas desplegadas. El viento era fresquito. Los barcos abandonados entretendrían a los cruceros, y esto daría tiempo a la fuga. Pedro iba triste, erguido sobre el puente, con las manos en el cinto y los ojos clavados en las velas que quedaban al sur. Al ponerse el sol vio las velas locas por ultima vez. El Ciclón estaba a salvo por la distancia.
Pero ésta era una cadena de accidentes, una de aquellas cadenas relatadas por los diarios de a bordo de los negreros de Nantes, Lisboa y Liverpool. El frescachón azotó al barco durante dos días, obligando a mover las bombas. Luego se produjo una calma relativa. El cielo apareció limpio, y sobre el horizonte aparecieron unas nubes amarillas, que corrían en dirección contraria al viento, se acumulaban hacia el primer cuadrante y se elevaban en arco. A esto siguió una calma chicha. Durante aquel tiempo la oftalmía se manifestó a bordo. Los negros del portugués habían contagiado a los otros. Había diez muertos. La marinería comenzó a gruñir, errante por el barco, ladinando los ojos a los oficiales y negándosela bajar al sollado. Los mismos oficiales, salvo Juan y Muiño, temblaban. Pedro y su estado mayor trataron de levantar los ánimos con las armas y con promesas.¡Había que salvar la armazón! El producto se repartiría, mitad para el estado mayor y mitad para los marineros. Juan preparó medicinas y tomó a su cargo la negrada, con ayuda de algunos marineros. Los lamentos salían por las escotillas como de un infierno. Eran gritos fatuos, como si pasaran por los huesos de un cementerio. Los marineros parecían resignarse, pero habían perdido los ánimos. Muiño mandaba la maniobra, y vio que no había tiempo que perder. Las señales anunciaban ciclón. Estaban a principios de octubre y a unas cien millas al sudeste de las Barbadas. Enseguida mandó aferrar todo el aparejo, quedándose sólo con el contrafoque. El huracán rompió por el nordeste, llevando una gran masa de agua que bañó los palos. En cubierta había un balde de ron. Los marineros se pegaron a las bombas. De pronto el huracán saltó al sudeste y cogió el barco atravesado, pero el contrafoque le obligó a hacer cabeza y correr de nuevo a popa. Así navegaron durante doce horas. Los marineros tomaron ron y comieron galletas. Los lamentos de los negros danzaban ahora sobre el ciclón, aparejo arriba. De cuando en vez se echaba un cuerpo al agua. Las voces de la tripulación iban a sonar lejos, en las ráfagas. Los marineros se movían automáticamente, y el barco parecía tripulado por fantasmas. Pedro iba rígido, con los nervios aferrados en sí, como el aparejo. Juan decía que todos los días se morían cinco negros. ¡Llegaremos sin ninguno!
—¿Habrá alcanzado el ciclón a los cruceros y los barcos locos? —dijo Muiño.
Dos marineros contagiados se fueron con los negros. Quedaban otros enfermos, uno grave, en el castillo de proa. El grave deliraba. A veces se levantaba e iba por cubierta con los brazos extendidos, los ojos cerrados, preguntando por la puerta del cielo. Otras había visto a los negros resucitar en el fondo del mar, acarrear blancos en los barcos hundidos de un país a otro del mundo y venderlos como esclavos. Muiño se estremecía.
Esto era cuando el ciclón había pasado. Al fin cayeron densos chubascos, el huracán rodó al sur y terminó soplando bonancible del sudoeste. El mal seguía adelante. Murieron cuatro marineros más y más de cien negros en una semana. Pedro había infundido su valor y fatalismo a la gente. Les hablaba en voz firme y cordial. Por otro lado, los oficiales no se separaban de las armas. Gracias que llevaban agua y víveres en abundancia. El barco iría a Cabañas. Pedro pensó en sacar el resto de la cargazón a algún cayo de la costa norte antes de Matanzas; pero el temor a los piratas les obligó a seguir adelante. En el sollado quedaban trescientos sanos. El mal se había detenido en ese número.
En Cabañas tocaron en una playa baja, al este de la bahía, y la negrada marchó tierra adentro guiada por la gente de un corredor puesto allí por Carlo. La marinería cobró su doble sueldo en la playa, de noche. Los trescientos negros no darían tanto; pero el corredor tenía orden de pagarles así. El Ciclón había hecho la señal convenida —tres cañonazos con siete minutos de intervalo entre uno y otro— y el corredor prendido, triple fogata en la costa. Este llevó la negrada hacia una hacienda interior y entregó a Pedro unos papeles para que pudiese llevar el barco a Cabañas. De allí partió Pedro a pie hacia La Habana, seguido de la marinería, que marchó en grupos sucesivos. Los oficiales y Pedro iban sin cobrar. Carlo les enviaba una nota para que fueran a arreglar cuentas. Los oficiales seguían automáticamente a Pedro. Ninguno se había lanzado nunca a una empresa así, y el haber salido ilesos de ésta parecía ser ahora su recompensa. La experiencia los habilitaba para hacer algo en grande. Los dos capitanes, Juan y Muiño, caminaban uno a cada lado de Pedro.
Los marineros hicieron circular el relato de la aventura, que llegó hasta Marchena. Se hablaba del pirata andaluz, sin dar nombre. El teniente se dio cuenta de quién se trataba y escribió a Pedro a La Habana aconsejándole que saliese pronto de Cuba, pues se le buscaba. Magda le escribió por su cuenta, hablándole de su temor por aquella vida aventurera. Luego le confidenciaba sus impresiones del país —no le gustaba— y lo que hacía. Magda tenía una sala con muchos espejos, y allí, para consolarse, escribía poesías, comía dulces y recibía algunas amigas.
—Me estoy muriendo —comentaba—, de soledad a pedacitos.
La vieja se pasaba el año en la terraza acarreándose y echándose fresco. Había engordado y se le había agriado la sangre, y los ojos se le apagaban. El teniente montaba a caballo y se iba por la costa al frente de su pelotón. La sociedad de Matanzas estaba formada por serecillos cándidos y vanidosos. Magda estaba muy sola, muy sola. Decía la carta. Pedro se la encontraría en La Habana.
Ahora les había anochecido en el campo. Algunos marineros se dispersaron, tal vez a formar alguna cuadrilla o a unirse a otra formada. Pedro y sus oficiales se echaron a descansar junto a un arroyo, a la luna. Los jejenes se levantaban de los rellanos húmedos del terreno y formaban nubes brujas sobre ellos. Algunos bajaban con fiebre en los picos, con pólvora que metían en la sangre. Los árboles quietos dormían de pie. Entre ellos pasaba, llorando, el silbido de la lechuza. Los hombres despertaron y siguieron su marcha, mirando hacia atrás. La manigua es completamente irreal y el marino teme eso. El marino ve el misterio detrás de cada cosa, y por eso se agarra como un tigre a las palpables, no por ellas, sino porque sólo así cree salvarse de su naufragio de adentro.
—He perdido dinero, pero pagaré a ustedes su sueldo —dijo el señor Carlo.
Se habían reunido con él en la trastienda, y tomaban café y fumaban vegueros. En otras mesas cabeceaban otros marinos. No se veían sino sus rostros de pizarra a la luz de un candil de grasa.
Eran hombres de todos los países, que habían caído cautivos de la trata. Carlo dijo que eran los hombres de Cojimanco.
La historia de Cojimanco es agria y sabrosa. Carlo vio en los ojos de los tres marinos ganas de ella y se puso a contarla.
—¿Creen ustedes que todos los marineros, esa chusma abigarrada que encuentran siempre en el puerto, dispuestos siempre a enrolarse en cualquier aventura, cae aquí, por obra del Espíritu Santo, como las peras de un peral? —dijo Carlo—; nuestro dinero nos cuesta a los armadores.
Cojimanco era uno de los que amontonaban marineros en los lugares de trata. Vivía de eso. Era el que llamaban vendedor de hombres, negrero de blancos. Era un filósofo cínico, nacido en Galicia y criado en el mar. De joven había tenido varios naufragios y le habían amputado un brazo y una pierna. Luego se los puso de hierro. El brazo era un arpón y la pierna una cañería cuadrada con rayas de lima. En ésta afilaba el cuchillo y con el arpón se sostenía en las tempestades al subir a los palos o lo clavaba en algún hombre. Llevaba una gorra sucia, una barba amarilla. Cuando se emborrachaba izaba el pabellón pirata. Nadie le hacía caso. Conocían su barco por varios puertos de América y lo sabían inofensivo. Era un dos palos ventrudo y lleno de remiendos, con una cangreja pintada de rojo. En el mar era un ave rara. Se llamaba el Invencible. Cojimanco no cargaba sino pasajeros y mercancías de poco bulto. Se iba por tabernas y mesones de Baltimore, Charleston y Nueva York y allí aguardaba a que le pidieran tripulaciones los armadores de algún puerto antillano —éstos las pedían con anticipación, y pagaban sus pasajes a Cojimanco. Cojimanco buscaba entonces a los borrachos y perdidos y les pintaba villas. Cojimanco había comenzado mintiendo desde niño y sus mentiras parecían verdades. Su forma de hablar mal todos los idiomas le daba un aire ingenuo y niño. Cuando no bastaban los voluntarios, Cojimanco echaba mano de su cuerpo de raptores. Éstos cogían a los borrachos de las tabernas y los metían a bordo, de noche. Cuando despertaban se encontraban en alta mar, y muchos no eran marineros. Había pastores y protestantes y hombres de carrera. Si tenían algo encima se lo robaban los ladrones de Cojimanco. Éste los miraba luego desde el puente, mesándose las barbas con el arpón, y se ponía a afilar el cuchillo en la pierna. Aquellos hombres caían en un puerto extraño, sin dinero ni papeles, y no tenían más remedio que enrolarse en algún negrero, por cualquier sueldo. Cojimanco acababa de soltar una gran redada en La Habana.
Carlo y sus socios preparaban otra expedición. El velero estaba al ancla y sólo faltaban por vender algunas acciones. ¡Pero no más aventuras, no! Ofreció a Pedro el mando y prometió otros a Juan y Muiño.
—Esperen, esperen —les dijo.
Juan y Muiño se fueron al otro lado de la bahía, a La Habana Vieja, a ofrecerse a otros armadores, o tratar de armar ellos mismos alguna carraca a base de acciones.
En el puerto Pedro se encontró con Salaverry, que tenia allí su bergantín pirata disfrazado y preparaba otra expedición. Los cañones, dijo, estaban en la cala. El barco tenía más de diez capas de pintura, unas sobre otras, pertenecientes a diferentes disfraces. Salaverry y Cojimanco eran amigos, porque el viejo surtía también al pirata de tripulación. Pero Cojimanco conocía su oficio. Su mercancía se dividía en tres clases: primera, segunda y tercera, que él llamaba trinquete, mayor y mesana. La de trinquete era escasa y costaba cara. Se componía de tigres de mar, hombres desesperados y sin alma, que sólo servían para piratas. Los hombres de mayor eran los que servían para barcos medio negreros y medio piratas, los que iban a comprar negros y no tenían escrúpulos en robarlos a otros cuando la ocasión se presentaba favorable. Los de mesana sólo servían para negreros honrados. Salaverry invitó a Pedro a trabajar con él.
—Te nombraré mi segundo —le dijo.
Salaverry sabía bien que Pedro no sería nunca más segundo de nadie, pero así desahogaba su envidia y le parecía humillarlo.
Antes de partir, Pedro recibió carta de su hermana. Clara, decía, estaba próxima a la muerte. El padrastro era una bestia, que no se ocupaba de ella. Ella, Rosa, sola como siempre. Ahora trabajaba con una modista. Los demás huían de ella. Se pasaba el año hablando poco más que con su madre, con su gata y consigo misma. La ciudad entera la tenía sitiada. Le habían inventado coplas, que los mozos cantaban en las tabernas. Había envejecido un poco, pero seguía siendo bella.
Pedro llevó mucho tiempo la carta en el seno. Mientras aguardaba a que terminara de armarse el barco escribía a su hermana, en un rincón de la trastienda del señor Carlo. Un gatazo azul se iba a sentar sobre su mesa y le desviaba la pluma con el pie. Pedro no corregía el rasguño. «Estos rasguños me los ha hecho hacer un gato que viene a verme aquí», ponía entre paréntesis. Luego se quedaba como dormido sobre los papeles. Iba amontonando cartas y no ponía ninguna en el correo. Al fin las rompió y se fue a ver al piloto de un barco mercante que tocaba en Málaga. Este piloto conocía a la familia de Pedro.
—No les escribo —dijo éste—; diles que me has visto, pero no que te hablé de ellos.
Cuando despertó de aquellas cavilaciones, que le chupaban energía, fue para lanzarse al mar, a ciegas. Ni siquiera reparó en la clase de tripulación ni en la clase de barco. Sus papeles decían con destino a Puerto Rico, pero el señor Carlo dejó de su cuenta la meta. Los factores no acababan de mandar aviso, y Pedro dijo que él se encargaría de cargar el barco. Pero esta vez no podría ser pirateando. El barco era ya viejo y no llevaba sino una colisa y unos cuantos fusiles. Además, la tripulación, lo vio pronto, era de mesana. Cojimanco fue a despedir a Pedro al puente y allí se apareció también el teniente Marchena, que había bajado a La Habana a un asunto oficial. Marchena, dijo, pronto acabaría con todos los bandidos de la costa y Pedro le prometió de nuevo mandar o llevar expediciones negreras a desembarcar por allí, con lo que el teniente y sus socios corredores ganarían.
Cojimanco dijo a Pedro que era un sentimental. Nadie más se lo había dicho nunca. Cojimanco reía cínicamente.
—Usted es como una fiera herida, que huye, y arrasa con lo que encuentra. Nada más peligroso; pero usted no es un pirata de ley. Piratas de ley, Salaverry y yo: no hay otros en todos los mares —dijo Cojimanco.
Pedro navegaba rumbo al África, después de haberse hurtado a un negrero frente al canal de Barlovento.
—Estos malditos galgos marinos acabarán por apestar todos los mares —dijo el segundo.
Éste era un vasco. Los cruceros eran cada vez más numerosos. Los había ya también yanquis y franceses, y en La Habana el delegado inglés trataba de imponer normas al capitán general.
Entre los marineros que Pedro llevaba ahora en su Conquistador algunos habían sido llevados a Sierra Leona en barcos portugueses y españoles. En Sierra Leona saqueaban el negrero, libertaban a los negros, deshacían el casco, soltaban a la tripulación y mandaban a los oficiales a sus respectivos países para ser juzgados. La ley española los condenaba a Filipinas. En Sierra Leona se amontonaban las tripulaciones, y no les daban sino una dieta de hambre que, dijo el segundo, no hubiera alegrado a un pollo de tres días. El segundo había estado allí. En el barco iban buenos marineros, pero ninguno buen peleador ni ambicioso. Carlo los había escogido así. Con aquella gente y sólo un cañón, únicamente podía pensarse en huir.
El segundo había mandado una expedición y no había querido mandar más. La gente se le había sublevado y su segundo había tenido que asumir el mando por su cuenta. Los marineros reían.
—Yo no sirvo para matar —dijo el segundo.
El piloto era un aragonés, y cantaba cantos de su tierra. Los marineros lo rodeaban y batían palmas y bailaban cada uno los bailes de su país, al son de la misma música. Aquellos bailes no tenían nada que ver con la música, pero los marineros oían la que llevaban en sí. El viaje resultaba bueno, y el barco no llevaba peste, puesto que era su primer viaje de negrero. Esto evitaba que los marineros vieran malos presagios. El viento los favoreció hasta Cabo Verde. Allí roló al sudeste y tuvieron que navegar dos días de bolina. Al fin el viento sopló calmoso, y el Conquistador avanzaba perezosamente, pero el agua se conservaba fresca. Así que los marineros seguían viendo buenas señales o no viendo ninguna. Jugaban a la baraja y bailaban. Como no llevaban dinero —la media paga por adelantado la habían dejado, como siempre, en tierra—, se jugaban cosas fantásticas. Una vez se jugaron la libertad de Napoleón —que había muerto algunos meses antes, pero que ellos suponían vivo—. Otra la cabeza del príncipe de Gales. Otra la santidad del Papa. Otra la perpetuidad de España en América. Otra la bota del zar. A veces se jugaban barcos. Otras se repartían el mundo, que se perdía por una mala jugada. Algunos tenían mujeres abandonadas por el mundo, se las jugaban y, por varias noches, otros se acostaban con ellas. Cuando se llegaba a jugar el honor, la sabiduría, el valor y las mujeres de alguno, la broma se tornaba seria, y los marineros sacaban sus facas, y el segundo tenía que recurrir al capitán para apaciguarlos. Lo demás no les importaba perderlo. La travesía era amena.
Una noche vieron a sotavento como un esqueleto de barco, casi inmóvil, con las velas hechas trizas y plagado, dijeron los marineros, de fuegos de San Telmo. La noche era serena, pero sin luna. Pedro mandó gobernar hacia él y enseguida se advirtió que dentro no tenía vida. Era un negrero pirateado. De las vergas pendían los esqueletos de sus tripulantes, y los negros habían desaparecido. Las aves se habían comido la carne de los marineros, que ahora eran como huesos de frutas pendientes de las ramas de un árbol. De los esqueletos salían fuegos fatuos. Los tiburones pululaban todavía en derredor, esperando que alguien se cayera al agua.
—¡Esto me da mala pata! —dijo el segundo.
Los demás quedaron mudos y Pedro mandó gobernar para alejarse del casco muerto. Nadie supo qué barco era, pues no tenía letrero y había sido saqueado. Pero era un barco español o portugués. Los marineros, que trataban a hombres de todas las naciones, dijeron conocerlo en los esqueletos. El viento fresco empujó al Conquistador hacia Gallinas.
Pedro no podía piratear con este barco, no podía ir al Pongo, donde estaba su enemigo Ormond; no podía aventurarse a la Costa de Oro, donde abundaban los cruceros: no le quedaba sino ir a Gallinas, a dos pasos del centro de represión. Gallinas no había llamado aún la atención como fuente negrera. Además, allí estarían Martínez y Burón. En realidad, lo que ocurría era que en Pedro se había aflojado alguna cuerda o cabo. En cualquier otra ocasión hubiera flechado su proa entre una descarga graneada.
—¡Has adelgazado! —le dijo Martínez.
El Conquistador remontó la barra y bajó el ancla frente a la factoría de Burón en un cayo del estuario. Burón había gastado las mercancías de Pedro, y Martínez las suyas comprando esclavos, de los que sólo había cien en los barracones. Los reyes del interior les hacían la guerra, y las factorías estaban cerca de la ruina. Burón recomendó a Pedro que fuera a la Costa de los Esclavos, pero éste llevaba intención de quedarse. En su cabeza se había formado una niebla espesa, y los nervios se le habían aflojado, y las velas abatídose, y en sus ojos había un cerco negro. Burón y Martínez —el barco que había llevado éste estaba allí, medio desarmado— le debían mercancías y así se apoderó de sus cien esclavos y los montó en el Conquistador. Los otros no protestaron de frente. Pedro ni siquiera les pidió permiso. Sacó a tierra la mercancía que llevaba —géneros, bujerías, tabaco, pólvora, fusiles, aguardiente— y algunas onzas de oro y fue con su gente a los barracones. Nadie sabía lo que pensaba. Los cien negros apenas darían para pagar a la tripulación, supuesto que llegara a salvamento. Pedro montó al segundo sobre el puente y le dio el mando y un pagaré para los armadores por la diferencia en mercancía.
Cuatro años más tarde —escribe el capitán Canot— envió a sus armadores el importe de aquellas mercancías, haciendo grandes negocios por su cuenta.