—Entonces ¿qué? ¿Piensas hacerlo con Fred o no?
—Lo habría hecho antes, pero quiero que sea perfecto, ¿sabes? Lo tengo todo planeado.
—¿De veras? ¿Para cuándo?
—¿Sabrás guardar el secreto? —Me moría de ganas de contarle a alguien nuestro plan. Pippa asintió con la cabeza—. ¿Prometes no decírselo a las otras?
—Claro.
Me incliné hacia ella y bajé la voz.
—Nos vamos de vacaciones después de los exámenes.
—¡Toma! ¿Adonde?
—A Francia.
—¿Con padres?
—No. Eso es lo mejor, iremos solos.
—Qué suerte. A mí nunca me dejarían. ¿Qué dijo tu madre?
—No lo sabe. Por eso es un secreto. No se lo diremos a nadie. Nos iremos sin más. Se lo contaremos a nuestros padres un momento antes de marchar y así no podrán hacer nada. Pippa me miró con una mezcla de admiración e inquietud.
—Pero.. —dijo.
—Va a ser increíble. Pero, sobre todo, tú no digas nada.
Iba a ser increíble, desde luego. Estar enamorada de Fred era como tener dentro una gran burbuja. A veces quería explotarla, contárselo todo a todo el mundo, pero en general me alegraba de haberlo mantenido en secreto y haberle contado a Pippa solamente una parte del plan. Tras despedirme de ella frente a la iglesia de Rushton y echar a andar por la acera paralela a la Avenida, sorteando los robles, me dieron ganas de besar todos aquellos árboles, pues sabía que pronto dejaría de verlos. Fred y yo estábamos decididos, y todo, absolutamente todo, estaba a punto de comenzar. Quedaba, por supuesto, el pequeño asunto de los exámenes finales, pero yo aprobaría con un poco de suerte, y Fred no iba a tener problemas en ese sentido.
Fred me había hablado del instituto al que los dos pensábamos apuntarnos. Estaba en el
otro extremo de Bowley, y tan pronto nos sacáramos el bachiller elemental, no sería difícil convencer a nuestros padres para que nos dejaran matricularnos allí. Y si les preocupaba el dinero, yo me buscaría un trabajo para los sábados. Seguro que se ablandarían en cuanto comprendieran el disgusto que iba a llevarme si me veía obligada a seguir en el otro instituto. Tenía ganas de hacer nuevas amistades, y si Fred y yo íbamos allí juntos, seríamos una pareja en toda regla. Tal vez incluso podríamos buscar un pisito cerca y tener un perro. Claro que, bien pensado, un perro quizá no fuese muy buena idea, porque cuando termináramos el bachillerato superior al cabo de dos años, nos dedicaríamos a viajar. Fred decía que quería ir a Australia, y la última vez que fue a casa estuvimos mirando el atlas de Louisa. Nos turnábamos a pasar las gigantescas páginas de mapas y uno u otro decía «Alto». La idea era viajar al país que saliera al azar. Así fue como decidimos lo de Francia. Iba a ser estupendo holgazanear al sol, asar salchichas en un fuego al aire libre y acurrucamos por la noche en nuestros sacos de dormir. Pero Francia era sólo el comienzo; al cabo de dos años habríamos ahorrado dinero suficiente para dar la vuelta al mundo. Calculábamos que eso nos llevaría un par de años o tres, parando en varios países. Había mucho que ver en África, y Fred pensaba que si se nos daba bien acampar, podríamos llegar hasta la selva.
A decir verdad, eso sonaba un poco peligroso; yo prefería Norteamérica. Todavía no habíamos decidido si iríamos allí antes o después de visitar África, pero yo calculaba que si llegábamos a Nueva York, Fred podría conseguir un empleo en algún periódico importante porque sacaba muy buenas notas en Inglés, y yo podía trabajar en alguna emisora de radio, por ejemplo.
Una cosa era segura: ninguno de los dos pensaba volver a vivir jamás en el viejo y apestoso Rushton. Si regresábamos alguna vez a Inglaterra, viviríamos en una casa grande en medio del campo, con el mar al final del jardín. Fred había prometido comprarme un burro, y habría ovejas y cerditos, ah, y también hijos. Fred quería dos, pero yo dije que cuantos más, mejor, quizá un mínimo de cinco.
Suspiré pensando en nuestra futura familia. Seríamos muy diferentes de nuestros padres, los suyos y los míos. Nos amaríamos siempre y saldríamos muy a menudo. Y cuando nuestros hijos fueran mayores, estaríamos siempre de su lado y ellos podrían hacer lo que se les antojara. No los agobiaríamos con normas ni los obligaríamos a quedarse en casa. Pero para eso faltaban muchos años. Además, primero teníamos que hacer el amor. Mucho. Estaba impaciente porque llegara el año siguiente: yo tendría dieciséis años y podría tomar la pildora. Cuando fuéramos al instituto, todo sería fácil. Tenía planeado hasta el último detalle. Mientras caminaba cuesta arriba, traté de imaginar cómo sería nuestra primera noche de sexo. Me mordí el labio preguntándome si me pondría nerviosa o si dolería. No, sería una cosa mágica, como todo lo que tenía que ver con Fred. Oh, cuánto lo echaba de menos. Oí el rumor de un coche a mis espaldas. Volví la cabeza y vi el Porsche de Miles subiendo despacio la cuesta. Miles iba al volante con cara ceñuda, muy serio. Vi que miraba por el retrovisor. Nuestros ojos se encontraron durante un segundo y yo le sonreí, saludando con la mano, pero él hizo caso omiso, concentrado en conducir. Me detuve, un tanto enfadada. Sabía que Fred tenía diferencias con su padre, pero Miles siempre había sido amable conmigo. Además, hacía mucho que no lo veía; lo menos que podía hacer era responder al saludo. Después de todo, yo salía con su hijo.
Miles detuvo el coche al llegar frente a su casa, sin molestarse en meterlo en el camino particular. Yo seguí andando hacia él y lo vi apearse muy deprisa, cerrar de mala manera la puerta del conductor y entrar a toda prisa.
Me pregunté qué diablos le ocurriría, pero cuando pasé frente a la casa de los Roper, no pude ver nada y continué hacia la mía.
—¡Hola! —grité al meter la llave en la cerradura. Oí la sintonía de las noticias de las seis. Papá había vuelto temprano. Estaba sentado en su butaca delante del televisor, acariciando al gato. Dejé la mochila en el suelo y le di un beso en la mejilla.
—¿Qué tal ha ido hoy? —me preguntó.
—Muy bien —respondí. Fui hasta la ventana y separé los visillos para mirar hacia la casa de al lado.
Hablar de Fred con mis padres no estaba resultando fácil. Como todo el mundo estaba acostumbrado a vernos juntos, el hecho de que saliéramos oficialmente no causó el impacto que yo esperaba. Mi madre me puso furiosa con su desdén y reconoció que se alegraba de que no saliera con Doug, mi último novio del instituto. Cada vez que yo mencionaba a Fred, ella hacía un gesto distraído, como si pensara que no era nada importante. Cuando un día la oí
hablar casualmente con Rita, la secretaria del médico, diciéndole que Fred era mi último novio y que teníamos una relación muy «mona», me enfurecí. Fred y yo no éramos «monos», íbamos muy en serio. Para demostrárselo me puse el anillo de plata en el dedo anular, confiando en que eso la hiciera consciente de mis sentimientos hacia Fred, pero o no se dio cuenta o fingió
no hacerlo.
Me quité la cazadora y la tiré al sofá mientras mi madre entraba con una taza de té. La dejó en el brazo de la butaca de papá.
—Podrías colgar eso —me dijo, señalando la cazadora—. Y no te pongas demasiado cómoda. Yo que tú empezaría a estudiar para los exámenes. Dispones de un par de horas antes de la cena.
—Dale un respiro, Marie —intervino papá—. No tiene por qué ponerse a estudiar enseguida.
—¡Los exámenes son dentro de cinco semanas! Si quieres que suspenda, entonces bueno. Hice oídos sordos y volví a mirar por la ventana.
—¿Qué estás mirando? —preguntó papá.
—Miles ha vuelto —respondí, viendo que se abría la puerta delantera.
—Aparta de ahí —dijo mamá, pero no pudo resistir la tentación de mirar ella también. Pude ver que Miles salía de la casa vecina. Detrás de él, Louisa, que siempre parecía tan serena y sosegada, le agarraba el brazo con una expresión de gran inquietud. Miles se la sacó de encima de mala manera y fue hacia el camino de grava. Llevaba en una mano una bolsa de viaje y en la otra un fajo de papeles. Mientras se apresuraba hacia el coche, vi que intentaba meter los papeles dentro de la bolsa.
Louisa se llevó las manos a la boca y le gritó algo a Miles, pero él desoyó sus palabras.
—¡Hay que ver! —exclamó mi madre—. Están discutiendo.. —Pero dejó la frase a medias al ver que se acercaba un coche de la policía.
—¿Qué pasa? —dijo papá sin levantarse, viendo los destellos azules que entraban en el salón. Tuve muy malos presagios cuando el coche redujo la marcha y la sirena cesó
bruscamente.
Sin pensarlo dos veces, fui hasta la puerta principal y la abrí.
—¡Vuelve, Mickey! —oí que gritaba mamá, pero no le hice caso. Tenía que ver qué estaba ocurriendo.
El coche patrulla aparcó enfrente del Porsche y sus puertas se abrieron al momento. Pude oír la radio de la policía cuando un agente que iba en el lado del copiloto se apeó. El que conducía se acomodó la gorra al tiempo que ponía el pie en la acera. Ambos miraron a Miles. A lo lejos se oían más sirenas. Miré hacia Louisa: su cara pareció arrugarse mientras gritaba «¡No!» y extendía su brazo hacia Miles, pero éste, cerca ya de su coche, no se detuvo. No se molestó en mirar a Louisa ni tampoco a los policías, y en una fracción de segundo abrió la
puerta del Porsche. Vi la expresión de pánico que tenía cuando tiraba la bolsa al asiento del copiloto, y vi papeles que salían volando. Miles no se paró a recogerlos. Se sentó tras el volante y casi sin tiempo de cerrar la puerta puso el motor en marcha. Yo salí corriendo a nuestro camino al ver que el Porsche daba marcha atrás alejándose de la policía. Con un chirrido de neumáticos, Miles giró a unos pasos de mí y salió disparado colina abajo. Louisa gritó:
—¡Miles!
Los policías, aturdidos, volvieron a montar en el coche patrulla. El ruido fue ensordecedor cuando conectaron de nuevo la sirena, y pocos segundos después emprendían la persecución del Porsche.
Sin detenerme, salí corriendo a la calle. Vi que el Porsche se alejaba por la Avenida seguido a cierta distancia del vehículo policial. Otro más que avanzaba en dirección contraria giró bruscamente para bloquear el paso. Entretanto el primero estaba reduciendo la distancia, pero, aunque estaba claro que Miles no podría esquivar al coche detenido en mitad de la Avenida, no por ello aminoró la marcha.
En el último momento el Porsche se subió al sendero paralelo a la Avenida tratando de pasar por allí, pero no lo logró. Oí un tremendo estrépito.
El Porsche había chocado de frente con el último y gran roble de la Avenida. Mientras yo corría como una loca colina abajo, vi que salía mucho humo del arrugado capó del Porsche y, un segundo después, se produjo una gran explosión y el humo se convirtió
en llamas.
De pronto había ruido por todas partes. La gente salía de sus casas. Un agente de policía gritaba que nadie se acercara. Yo lo esquivé, llevándome un brazo a la cara al notar el calor del fuego. Entonces sentí que unos brazos me rodeaban y tiraban de mí, y sólo tuve un segundo para darme cuenta de que era mi padre, pues enseguida me cubrió la cara con su jersey, me obligó a apartarme del humo y me abrazó con fuerza, mientras yo empezaba a gritar.
7. Fred
A menos de un mes del inicio de los exámenes finales, el señor Pearce, director de mi internado en el Greenaway College, fue la persona encargada de decirme que mi padre había muerto.
Me llamaron cuando estaba en la última clase antes de la merienda. Un monitor me acompañó al estudio del señor Pearce. Una vez allí, éste me indicó que me sentara y repitió lo que le había dicho mi madre: que Miles había fallecido en un accidente de coche cerca de casa, que había complicaciones y que la policía quería investigar. Tenía que reunirme con mi madre en la estación de King's Cross a las once en punto de la mañana siguiente, y debía llevar una bolsa con lo indispensable pues tal vez me quedase un tiempo.
—Va a ser difícil —me dijo el señor Pearce—, pero procure ser valiente, por ella y por usted mismo.
Aparte de rechazar el vaso de whisky que me ofrecía y agradecerle su oferta de escribir a la junta de calificaciones explicando mi situación, no dije nada más. Aquella noche la pasé en vela en mi cama, mirando al techo hasta que amaneció, derramando silenciosas lágrimas de pena y culpa. Sólo hacía una semana que Miles había ido a verme y que habíamos estado en aquel pub, yo negándome a escuchar lo que intentaba decirme.
A la mañana siguiente, en el tren a Londres, recibí el segundo golpe, que me dejó
conmocionado, aturdido como estaba todavía por la noticia que me habían dado la tarde anterior. La prensa no sólo publicaba la muerte de Miles sino también las circunstancias de la misma. Por lo visto, la policía había ido a buscarlo a fin de proceder a su interrogatorio y él había perdido el control del vehículo y se había estrellado. Lo que aún no estaba claro eran los motivos del interrogatorio y por qué Miles había decidido escapar. Cuando me reuní con mi madre, me explicó que la policía estaba revisando las posesiones de Miles, tanto en casa como en Clan. Aunque a ella ya la habían interrogado, lo único que le habían dicho era que seguían un chivatazo en relación con un crimen en el que Miles podría haber estado involucrado. Le dijeron que nos tendrían al corriente de cualquier novedad. Recuerdo muy poco de los días siguientes. Tomamos un tren a Aberdeen y nos fuimos a casa de la abuela. Mi madre se pasaba el día en el salón pegada al teléfono, contemplando la pared y rezando en voz baja. Yo me sentaba a su lado y consumía los litros de té que la abuela nos preparaba, decidido a que mamá no me viera llorar. Oía el pesado tictac del reloj de pared, apenas capaz de aprehender un pensamiento durante más de un segundo. La información que estábamos esperando llegó una semana después en el periódico de la mañana. La policía había descubierto un cadáver en el sótano de Clan. Al principio, mi cabeza no quiso procesar esa información, que permaneció separada de la realidad, como semanas antes me había sido imposible asimilar el horror de la tragedia del estadio de Heysel. El muerto era el antiguo socio de Miles, Cari. La policía lo había desenterrado a los pocos días de la muerte de Miles. Antes de leerlo en la primera página de The Times, el nombre de Cari no significaba para mí nada en especial, como tantas otras personas que habían tenido relación con Miles o con mamá. Cuando se marchó al extranjero, yo tenía once años. Pero después de leer otra vez su nombre y ver la granulada fotografía del hombre a quien recordaba
a medias, mi mente empezó a formular miles de preguntas sin respuesta. Había sido un asesinato tipo ejecución; la causa de la muerte, un disparo en la nuca. Tres semanas más tarde, con las pesquisas en marcha, la investigación sobre la muerte de Miles todavía pendiente y mi madre aún en Escocia, volví al Greenaway para preparar mis exámenes finales. El funeral de Miles, al que sólo asistimos mi madre y yo, se celebró unos días antes con el mínimo de atención y el máximo de rapidez, en un crematorio cercano al pueblo natal de Miles, Warminster. La ceremonia me dejó entumecido.
Sentado en la biblioteca del centro, contemplando la capilla por la ventana, no podía más que pensar en lo poco que habría quedado del pobre Miles para incinerar. Así estuve varios días. Me acudían a la cabeza destellos de lo que le había pasado. De repente, todo en mi vida parecía relacionado con su muerte, desde el olor de las tostadas a la hora del desayuno hasta el sonido del motor de un coche. No había manera de evadirse.
Un chico mayor que yo me observaba desde un pupitre cercano. Según las normas del centro, la biblioteca era terreno acotado para los de sexto en la época de exámenes, en tanto que los de los cursos inferiores estudiaban en las aulas comunitarias de los internados. Mi presencia allí era excepcional, un privilegio que me habían concedido dadas las circunstancias por las que atravesaba. Pero no era ése el motivo de que el chico me mirara. Como cualquier otro alumno del centro, sabía quién era yo y lo que mi padre había hecho. Le sostuve la mirada hasta que él bajó la vista y siguió con lo suyo. No se había demostrado aún la implicación de Miles en el «asesinato de Clan», como lo llamaba la prensa. Pero todos lo habían condenado «en ausencia» por las circunstancias que rodearon su muerte. La prensa, así
como la opinión pública, argumentaba que si él no lo hubiera hecho, ¿por qué habría intentado huir? Lo difamaban por gángster, dando por sentado que estaba al corriente del cadáver sepultado, si no era él mismo quien lo había dispuesto todo.
En esos dos últimos días me había acostumbrado a las miradas; no esperaba menos de la mayoría de los alumnos que no me conocían. Lo que más miedo me daba (que fue lo que en realidad pasó) era que mis amigos me condenaran al ostracismo. No es que dejaran de hablarme, sino que, cuando lo intentaban, se veían incapaces de articular palabra. Nuestra conversación se agotó enseguida la noche que volví, y a la mañana siguiente ya no teníamos nada que decirnos. Fue como si un temblor de tierra nos hubiera lanzado a cada uno en una dirección distinta. Yo había aterrizado en un lugar nuevo, un lugar al que los otros no podían seguirme, aunque hubieran querido.
Miré los apuntes que tenía desplegados ante mí sobre la mesa. Cogí una de las hojas y traté de leer mi propia letra, pero una vez más fue en vano. Lo que miraba me recordó un vídeo sobre la dislexia que había visto meses atrás en una clase de Sociales. Las letras del alfabeto parecían animadas, bailaban y se fundían unas con otras cada vez que yo intentaba ponerlas mentalmente en orden. Por más que me esforzara, su significado me resultaba tan indescifrable como un jeroglífico egipcio.
No tenía la menor esperanza de aprobar los exámenes. Lo supe en cuanto mi madre sacó
el tema de mi regreso al centro. Entonces me puse a discutir, previendo la acogida que iba a tener por parte de los otros alumnos. Sin embargo, la discusión en sí misma (el hecho de que mi madre hubiera encontrado por fin un motivo para romper su silencio) fue algo que recibí
con agrado. Ver que mamá tomaba otra vez las riendas, sentirme sometido de nuevo a su voluntad, me devolvió a la madre de siempre, la mujer práctica y capaz de solucionar problemas. Y no bien fui testigo de esa resurrección, supe que haría lo que ella me dijera que hiciese, porque así al menos nos moveríamos y escaparíamos del estancamiento en que nos hallábamos sumidos.
Había otra razón, más importante para mí: estar en Greenaway me acercaría también a Mickey, y fue el deseo de verla lo que borró todas mis dudas.
La única alternativa posible era quedarse en Escocia. Gracias a mi madre, cualquier paso en dirección a Rushton había dejado de existir como posibilidad. Sin consultarme a mí, había puesto en venta nuestra casa. Yo había reaccionado con verdadero horror. Rushton, para mí, significaba Mickey; y Mickey, para mí, lo era todo. ¿Cómo se atrevía mamá a separarnos? ¿Y no tenía yo voto a la hora de decidir sobre nuestro lugar de residencia? Mi madre me había contestado con evasivas. En cualquier caso, nunca volveríamos a Rushton y ésa era su última palabra. Ella pensaba, creo, que con el tiempo olvidaría a Mickey, que me sobrepondría. Y así
fue como mamá vivió a partir de entonces, sobreponiéndose y olvidándose de todo y de todos. Intenté llamar a Mickey tres veces desde Escocia. Las dos primeras contestó su madre, Marie, y dijo que Mickey no estaba. Al tercer intento lo cogió también Marie, pero esa vez me pasó con Geoff, el padre de Mickey. Con la voz triste pero decidida, él me dijo lo que yo creo que Marie había intentado decirme en las dos ocasiones anteriores: no querían que viera a su hija, la llamara o le escribiera nunca más.
Miré el reloj de la biblioteca: acababan de dar las nueve. A las diez apagaban las luces y yo quería ducharme antes. Me sentía sucio, como me había sentido todo el tiempo desde hacía tres semanas. Con una súbita sensación de claustrofobia, recogí el inútil cargamento de lápices, libros y apuntes que tenía sobre la mesa. Necesitaba salir de allí enseguida, lejos del silencio y los libros mohosos. Pero mientras lo pensaba supe que no tenía adonde ir. En ninguna parte podía sentirme mejor; mi desdicha era demasiado grande. Miles había muerto, Mickey estaba lejos, y yo no tenía medios de ponerme en contacto con ella.
Cuando salí, estaba oscureciendo y encendí un cigarrillo pasando despreocupadamente por delante de la sala de los profesores. Me daba lo mismo que me pillaran fumando. Podían multarme o expulsarme, y qué. Ya todo me daba igual. Como la escuela misma, sus normas habían perdido para mí toda importancia. Pertenecían a otro mundo, un mundo más benigno. Dejé atrás la capilla y me senté al pie de un árbol. Un grupo de chicos de mi edad daba patadas a un balón en el campo de deportes. Me levanté y aplasté el cigarrillo con la suela del zapato y eché a andar por el sendero que llevaba a mi dormitorio.
Más tarde, el sonido de mi nombre me llegó entre el rumor del agua caliente de la ducha.
—¡Roper!
—¿Qué? —dije sin moverme, y el agua convirtió mi voz en un gruñido líquido.
—¡Roper!
Esa vez la llamada fue un ladrido estridente, de modo que me quité el champú de los ojos y giré en redondo sobre el piso embaldosado de la ducha comunitaria.
—He dicho qué —le espeté a la silueta de un chico que distinguí entre el vapor.
—Teléfono —respondió, súbitamente contrito.
—¿En la cabina?
—Sí.
—¿Ha dicho quién era? —pregunté, apartándome del chorro de agua y cerrando el grifo. Alcancé la toalla. Había aprendido a no fiarme de la cabina de teléfonos para uso de los alumnos desde que un periodista llamó para hacerme preguntas necias acerca de Miles y de cómo me sentía yo. Mi madre siempre llamaba por la línea privada del señor Pearce, de modo que no podía ser ella.
—No lo sé —murmuró el chico—. Lo siento —agregó, rascándose la rodilla—. No lo he preguntado.
—Di que enseguida voy.
—Vale, Roper.
—Y gracias —añadí.
Me sequé, me ceñí la toalla a la cintura y salí del vestuario pasillo abajo hasta las cabinas, que estaban en el sótano junto a la sala de juegos. Oldfield, a quien no le había dirigido la
palabra desde el día en que llamó macarra a Miles en la capilla, estaba usando un teléfono, y el auricular del otro estaba descolgado y apoyado en la caja del dinero atornillada a la pared. Tras la puerta de la sala de juegos se oyó el ruido de una bola de billar al ser golpeada y a alguien maldiciendo su mala suerte. Recostado en la puerta estaba un tal Clarkson, monitor, con los hombros y el cuello envueltos en un caftán.
—Date prisa, Roper —masculló, lanzándome una mirada asesina mientras se echaba atrás el flequillo con gesto lánguido—. Algunos tenemos llamadas importantes que hacer. En otro tiempo habría tomado sus palabras por lo que eran: una orden. Clarkson, capitán de nuestro equipo de rugby, pesaba seis o siete kilos más que yo y estaba acostumbrado a conseguir lo que quería y cuando quería.
—Que te den por el culo —le solté, dándole la espalda. Cogí el auricular y me lo llevé al oído, haciendo caso omiso de los gruñidos que sonaban detrás de mí—. ¿Sí?
—¿Fred?
—¡Mickey! —exclamé, incrédulo.
—¡Fred!
—Yo.. —dijimos los dos.
—No, tú.. —volvimos a decir al unísono.
Noté que la piel de mi cara se tensaba; hacía tiempo que no sonreía.
—Gracias a Dios —musité, envuelto en la presencia de Mickey como si fuera una manta que daba calor y confort—. Menos mal que has llamado.
—¿Cómo. .? —empezó, luego hizo una pausa y la oí reír.
Cerré los ojos y me la imaginé sonriendo: mi bella y querida Mickey.
—Háblame —pedí.
—¿Cómo estás? —Su voz sonó más grave.
—Pues.. —sacudí la cabeza. ¿Cómo estaba? Menuda pregunta—. Yo. . Es cojonudo oír tu voz. —Te echaba de menos.
—Intenté llamarte —balbucí—. Hablé con tu madre y luego con tu padre y me dijeron que no.. —De repente, tenía tantas cosas que decir que no supe por dónde continuar—.
¿Dónde estás? Tus padres no estarán escuchando, ¿verdad? Porque..
—Voy a matarlos.
—No —dije, recordando cómo me sentí cuando su padre me colgó—. Sólo lo hacen para..
¿Cómo has sabido que estaba aquí?
—Porque, aunque esté en Escocia, tu madre sigue siendo Louisa y tú todavía no te has examinado..
—Tengo tantas ganas de verte. .
—¿De veras?
—Naturalmente. ¿Por qué me.. ?
—Entonces perfecto —me interrumpió.
—¿Perfecto? —reí—. Pero tus padres..
—Olvídate de ellos.
—Bueno, ¿y mi madre? Ella quiere que vuelva a Escocia. De ninguna manera va a permitir que.. —Yo estoy hablando de ahora.
—¿Qué?
Hubo una pequeña pausa. Y luego:
—Estoy en la estación.
—¿Qué estación?
La oí reír al otro extremo de la línea.
—Pues la que, según el mapa de carreteras de papá, está a unos quince kilómetros de tu escuela.
—¿Pero cómo.. ?
—¿Importa eso?
—Claro que no —dije, lleno de esperanza.
—¿Puedes escaparte?
—No sé. Bueno, sí. Ya encontraré la manera. —Traté de pensar a toda prisa—. Dentro de media hora apagan las luces. Creo que podré hacerlo después. —Recordé entonces que Clarkson estaba cerca y empecé a susurrar—. ¿Quieres que vaya a la estación?
—¿Hay alguien por ahí? —preguntó Mickey.
—Sí —confirmé—, pero no importa. Dime.
—¿Y si voy yo? Tengo dinero para tomar un taxi. Puedo estar ahí para cuando tú te escapes. ¿Hay algún sitio seguro donde podamos reunimos?
Oldfield terminó su llamada en la cabina contigua y Clarkson ocupó su sitio y empezó a marcar. Mientras lo hacía, me miró con ojos malévolos y yo aparté la vista.
—Espera un momento —le dije a Mickey, y aguardé un par de segundos hasta que Clarkson comenzó a hablar—. Ya —continué—. En el recinto de la escuela hay varios edificios abandonados. Podríamos meternos en uno. Quedamos dentro de una hora al principio del camino particular. .
—Llevaré unas velas. Y también algo de comer y bebida..
—Y tabaco —añadí—. Me he quedado sin nada.
—Y tabaco.
—Vale. Al principio del camino particular, ¿no? A las once. ¿Estás segura de que podrás encontrarlo?
—Descuida. Allí estaré.
La línea crepitó y yo no dije nada. Tenía que despedirme, pero no podía. Fue Mickey quien rompió el silencio.
—Fred. .
—¿Qué?
—Te quiero.
Media hora más tarde, en el dormitorio, tumbado en mi cama con el sabor del dentífrico todavía en la boca, contemplé la oscuridad con los ojos muy abiertos. Alrededor el silencio estaba salpicado por los sonidos habituales de un dormitorio comunitario. Susurros, crujir de muelles de somier. Ruidos a los que había ido acostumbrándome en los últimos tres años. Hacía mucho tiempo que no me molestaban ni me impedían dormir. Pero esa noche no quería dormir. Mi cuerpo y mi mente estaban tan despiertos como si me hubieran tirado a una piscina de agua helada. Quería que los murmullos y los movimientos cesaran. Porque en cuanto eso ocurriera, me largaría de allí.
Sentado ahora en mi coche frente al crematorio cercano a Warminster, me inclino sobre el volante y despejo con la mano un espacio en el parabrisas empañado. Veo cómo el saturado cielo gris exprime toda su agua. Goterones grandes como granizo martillean el capó del coche cuando alcanzo el abrigo y empiezo a ponérmelo. Saco una gorra de béisbol de la guantera, me la calo hasta las cejas y pongo la mano en el tirador de la puerta. Aunque sé que esto es algo que debo hacer solo, me gustaría que Mickey estuviera aquí. Este puente entre mi pasado y mi futuro sería, lo sé, mucho más sencillo con ella a mi lado mostrándome el camino. Pero Mickey no está. Y tampoco sabe que yo estoy aquí. No la he visto desde el domingo por la mañana, cuando desperté a solas en el sofá de la casa de sus padres,
me vestí y salí de allí.
Suelto el tirador y vuelvo a hundirme en el asiento, saco un paquete de cigarrillos de la guantera y enciendo uno. El humo se arremolina delante de mi cara y miro cómo escapa hacia el exterior al bajar unos centímetros la ventanilla.
Mickey tenía razón en lo que dijo después de que Joe nos interrumpiera en la cocina. Y
también acertó al impedir que las cosas entre nosotros fueran más lejos. Sin embargo, yo no puedo renunciar al precioso olor de su piel cuando estábamos sentados en el escalón y la besé
en los labios. No puedo renunciar a eso, como tampoco al contacto de sus manos en mi piel ni a su mirada de deseo mientras le echaba las culpas a lo mucho que habíamos bebido. La pasión que yo había sentido unos momentos antes había sido embriagadora, pero nada tenía que ver con el alcohol. La pasión que había sentido al besarnos sólo la había experimentado en una ocasión anterior, y también estaba con Mickey.
Estoy enamorado de ella. De eso no hay duda. Mickey flota en mis sueños y despierto con su cara grabada en mi cerebro. Paso los días suspirando por ella. Estoy enamorado de Mickey y ya no lo estoy de Rebecca. Me he desenamorado de Rebecca. Lo mire por donde lo mire, una cosa está clara: el sábado, dentro de tres días, voy a casarme con una mujer de la que ya no estoy enamorado, una mujer a la que he sido mentalmente infiel durante varias semanas y a la que, tan sólo hace unos días, habría sido físicamente infiel si me lo hubieran permitido. Pero Mickey tenía razón. Lo que yo quería hacer (lo que casi hicimos) estaba mal. Ya no tenemos dieciséis años. Nuestras vidas han crecido más de lo deseado. Hay demasiadas cosas que considerar, demasiadas personas implicadas. El bagaje que hemos acumulado con los años es demasiado grande para desprenderse de él y empezar de cero. Nos hemos vuelto demasiado maduros para eso.
Aplasto el cigarrillo a medio consumir en el cenicero del coche, deseando no haberlo encendido. Abro la puerta y salgo. Tras cerrar, me protejo la cara de la lluvia con la mano y cruzo el aparcamiento a la carrera. El crematorio es un edificio bajo y alargado, de hormigón. Al llegar allí me cobijo bajo un alero chorreante y rodeo el edificio hasta la entrada. Hay unas cuarenta personas charlando en voz baja y cuando entro, algunas se vuelven a mirarme con una expresión colectiva de serena interrogación.
Un hombre de aproximadamente mi edad se adelanta. Sus mejillas delatan un mar de lágrimas vertidas y sus ojeras son profundas.
—¿Era amigo de Bill? —me pregunta—. Yo soy Roger, su hijo mayor. Niego con la cabeza.
—No —respondo, repentinamente asombrado de que tanta gente se haya reunido aquí
para honrar al muerto—. Sólo venía a.. —Carraspeo un poco—. ¿Sabe quién es el encargado del crematorio? ¿Hay alguien que se ocupe de todo?
—Espere un momento —dice, y me da la espalda—. ¿Jonathan? —llama de viva voz, y un clérigo de baja estatura y hombros cuadrados se acerca a nosotros.
—Necesito encontrar a.. —empiezo, pero la lucidez me abandona y no sé qué más decir—. Una tumba —prosigo—. He dicho tumba, pero. . —Señalo con la cabeza hacia el techo, encima del cual están sin duda las chimeneas del crematorio.
—La señora Philips podrá ayudarlo —afirma el clérigo—. Lleva un registro de todo, creo que ya habrá vuelto de comer. —Apunta hacia el otro lado de la carretera, más allá de un césped cuidado, a una casita de ladrillo rojo—. La encontrará allí. Le doy las gracias y cruzo la calzada hacia la verja distante, donde un coche fúnebre encabeza una lenta procesión de automóviles hacia el grupo de gente que queda a mi espalda. Recuerdo la última vez que estuve aquí, un sol implacable llenaba el cielo y no había más personas que mi madre y yo.
La señora Philips, una mujer de cuarenta y pocos años, me sonríe con gesto abierto y curioso cuando entro en su despacho y me acerco al mostrador de madera tras el cual trabaja.
—¿En qué puedo ayudarlo?
—Miles... —empiezo, y me corrijo—: Mi padre. . fue incinerado aquí en mil novecientos ochenta y cinco y he venido desde Londres porque quería ver dónde estaba enterrado, sólo que acabo de darme cuenta de que eso es una estupidez, porque, evidentemente, no debieron de quedar restos después de que lo quem.. de que lo incineraran. —Veo por su expresión que estoy hablando demasiado deprisa y tomo aire antes de continuar—. Pensaba que quizá usted podría decirme dónde están sus cenizas. Sé que mi madre no las tiene. No nos llevamos nada después del funeral y. .
Pero ahí se me termina el fuelle. Bajo la cabeza y miro mi reflejo borroso en la madera barnizada del mostrador. Mentalmente, me abofeteo por ser tan tonto. Debería haber sabido que no había nada que buscar.
—Disponemos de un jardín de los recuerdos —dice la señora Philips—. Algunos clientes optan por dejar allí las cenizas de sus familiares. ¿Sabe usted si su madre.. ?
—No. Dudo que ella..
—En ese caso —prosigue, un tanto incómoda—, si no recibimos instrucciones en contra, nuestra política es esparcir las cenizas en el bosque que hay detrás del crematorio. Es un lugar muy apacible —añade con una sonrisa bondadosa.
—Gracias. Iré a ver.
—Pero antes —dice, cuando me dispongo a partir—, si me permite, haré una comprobación. —Se pone en pie.
—No es necesario. Sólo. .
Pero la señora Philips insiste.
—Nunca se sabe. Es posible que su padre esté en el jardín, y sería una pena que no lo viera usted después de haberse tomado la molestia de venir.
Estoy a punto de darle las gracias y declinar su ofrecimiento. (No creo que mi madre quisiera que nadie se acordara de Miles.) Pero es demasiado tarde. La señora Philips ha atravesado ya la puerta que separa esta sala de lo que hay detrás. Me miro los zapatos mojados y de pronto soy consciente del brillo de sudor que empapa mi cara húmeda. Oigo una puerta y, al levantar la vista, veo que la señora Philips regresa con un grueso libro de registro encuadernado en piel.
Lo pone encima del mostrador y lo abre.
—Ha dicho usted mil novecientos ochenta y cinco..
—Junio —digo, nervioso ante lo que sé que va a continuación.
—¿El apellido?
—Roper. Miles Roper.
La miro fijamente, pero ella no parece inmutarse ante mi respuesta. Todo lo contrario. La oigo murmurar el nombre mientras examina las páginas recorriendo con el dedo las columnas de difuntos.
—Ya lo tengo —dice contenta, y gira el libro señalando el nombre de Miles junto a una cuadrícula—. ¿No se alegra de que lo hayamos mirado?
—Entonces, ¿quiere decir que tiene un lugar propio en ese jardín? —pregunto, sin acabar de creérmelo.
—Por supuesto. Fila veintisiete, parcela dieciséis.
—Gracias, señora Philips.
—De nada, señor Roper —dice, y luego, sin duda al ver mi cara de consternación, pregunta—: ¿Ocurre algo?
—No —respondo, relajando mis músculos faciales—. Creo que todo está bien.
Llueve un poco menos que antes, y ahora es como polvo que cae sin ruido. Al pasar de nuevo frente al crematorio oigo sonar un órgano y voces amortiguadas que cantan The Lord's my Shepherd. Siguiendo las instrucciones de la señora Philips me dejo guiar por las señales blancas hasta el jardín de los recuerdos, que está a la derecha del crematorio. Ocupa un par de acres, no más, y mientras zigzagueo entre las parcelas voy pensando en la mísera condición humana.
La fila veintiséis está cerca del bosque. Caminando por ella con la cabeza gacha, empiezo a sentirme débil de nerviosismo, casi como si Miles pudiera aparecer en cualquier momento.
¿Qué le diría si lo viera sentado en una de estas parcelas de tierra, fumando un cigarrillo y mirándome con aquellos ojos fríos y calculadores? ¿Qué me transmitirían: arrepentimiento o inocencia? Naturalmente, Miles no tendría el aspecto de antes. Han transcurrido quince años desde su muerte, esto es, ahora tendría cincuenta y tres años y no los treinta y ocho que yo le recuerdo. Es decir, tenía entonces casi diez años más que yo ahora. Sigo adelante, fijándome en las pequeñas chapas de latón que hay en el suelo y en las flores frescas o de plástico que la gente ha puesto al lado. Al pasar la parcela número quince noto un nudo en el estómago y luego, al llegar a la diecisiete, me paro en seco. Ya sabía que mamá no habría hecho algo así. Sabía que habría preferido esparcir al viento las cenizas de Miles. El libro de la señora Philips está equivocado.
Pero cuando ya me dispongo a volver, algo llama mi atención y me fijo en la maleza que hay entre las dos parcelas. Me arrodillo, ajeno al frío y a la humedad que me cala a través de la tela del pantalón, escarbo entre las hojas de acedera y los cardos y descubro una chapa deslustrada con esta inscripción:
Miles Stanley Roper
1947-1985
Oh, Cristo nuestro Salvador: disipa nuestras penas;
pues unos están enfermos y otros tristes,
y unos nunca te han querido bien,
y otros han perdido el amor que tenían.
Releo una y otra vez esas palabras, elegidas por mi madre, y levanto la vista al cielo encapotado.
No, Miles nunca amó a Cristo, ni a Dios tampoco, para el caso. Miles siempre vivió de acuerdo a sus propias normas, y dudo que incluso ahora se deje doblegar por normas ajenas. La chapa de latón tiene el brillo apagado de un fuego en lontananza; paso los dedos por el nombre, pero no despide ningún calor en este día desapacible y frío. La vida de Miles, y por supuesto su muerte, están envueltas en un nimbo de misterio.
¿Intervino en el asesinato de Cari? De ser así, ¿apretó él mismo el gatillo? La policía creía que la respuesta a ambas preguntas era un sí con mayúsculas, aunque naturalmente Miles no se enfrentó a un tribunal ni a un interrogatorio.
La policía fue informada de todo eso por Tony Hall, el mismo que, tras reñir con Miles, les dijo dónde encontrar el cuerpo. Miles no tuvo oportunidad de dar su versión de los hechos. Según Tony, Miles se habría jactado de matar a Cari de resultas de una discusión sobre la firma de ciertos papeles concernientes a la propiedad del club. Para la policía eso era prueba suficiente, y tras la muerte de Miles el caso del asesinato quedó oficialmente abierto, pero extraoficialmente no se siguió ninguna otra línea de investigación. Tony el Compinche, fuera cual fuese su propia implicación, no fue acusado de nada y el club cerró para no volver a abrir sus puertas. Los ingresos por la venta del edificio y de su contenido sufragaron las deudas contraídas por Miles en vida. Por mi parte, dudo que Miles fuera culpable de asesinato. Tal fue mi reacción visceral en
su momento, como hijo suyo, pero con los años me he ido convenciendo de ello, no tanto para mi propia protección cuanto porque no creo que Miles fuese capaz de asesinar a nadie. Era un mafioso, eso no lo niego. No era un buen hombre, en la misma medida en que no fue un buen marido ni un buen padre. Pero no era malvado. Lo movían la ambición y la codicia, y a veces era egoísta y poco compasivo, pero malvado no. Yo no creo que fuese lo bastante duro y cruel para matar a alguien de un tiro en la nuca. Eso encaja más con el estilo de Tony. Dicho esto, sí
creo que Miles estaba al corriente; no creo que hubiese nada relativo a Clan que él no supiera de primera o segunda mano. Es posible que persuadiese a Tony para que lo llevara a cabo. Eso habría sido más propio de él, y explicaría por qué había intentado huir. Pero quizá.. quizá me equivoco. . quizá sí lo hizo Miles. Quizá mató a Cari con la misma pistola con la que yo disparé al toro de Jimmy Dughead. Porque de algo sí estoy convencido todavía: con Miles, cualquier cosa era posible.
Al levantar la vista, el crematorio me recuerda uno de aquellos refugios nucleares que yo solía recortar de revistas en los años setenta para enseñárselos a Miles con la esperanza de que construyera uno en el jardín de atrás.
—Rushton no es un objetivo militar —me decía.
—Pero tú eres el mejor agente secreto de las Islas Británicas —replicaba yo—. Los rusos querrán liquidarte a ti primero. Tú conoces todos los secretos. Y en eso, al menos, nada ha cambiado. Los secretos que guardaba sigue guardándolos. Para siempre.
Saco del bolsillo interior de mi chaqueta las gafas de sol que Mickey y yo enterramos con el resto del tesoro en el terreno de Jimmy Dughead. Rememoro aquel día, hace casi un cuarto de siglo, en que Miles me las puso por primera vez cuando me subió en brazos para acostarme.
—Son propiedad del Estado —me dijo—. Cien por cien a prueba de Carnages. Nada malo puede pasarte cuando las llevas puestas.
Separo las varillas de las gafas, me inclino hacia delante y las hundo en la tierra blanda, de modo que los cristales oscuros miren hacia mí desde la placa de latón.
—Adiós, papá —digo.
Me pongo de pie, doy media vuelta y regreso al coche.
El viernes salgo temprano del trabajo y vuelvo al piso para recoger mis cosas. Luego voy en coche a Shotbury y me instalo en la habitación que he reservado en el hotel King's Head, encima del bar.
Consiste en un dormitorio amplio de techo bajo con vigas vistas y un cuarto de baño adjunto. La habitación tiene dos camas, una para mi padrino, Eddie, y otra para mí. Eddie se enteró ayer de que tenía que reemplazar a alguien esta noche en Nitrogene y no se reunirá
conmigo hasta mucho más tarde. Su idea es venir directamente desde el club cuando termine su turno, así que es improbable que llegue antes de las cuatro de la madrugada. Eso significa, y lo digo con alivio, que su tan cacareada velada de copas y nostalgia de mis últimos días de celibato no va a celebrarse.
Miro la hora y calculo que Rebecca está a punto de aterrizar tras su viaje a Oslo, y que con toda seguridad no llegará a Thorn House hasta dentro de un par de horas. George me ha llamado al trabajo esta mañana para comprobar que todo estaba bien y proponerme tomar unas cervezas esta tarde conmigo y con Eddie. Por lo visto, Thorn House está demasiado repleta de damas de honor y floristas para su gusto, y George no iba a dejar pasar la menor oportunidad de restaurar el equilibrio de su masculinidad.
Es algo que de todos modos yo había previsto, una visita a Thorn House esta tarde, pero al explicarle los problemas de Eddie, George ha insistido en que fuera a cenar con él, Mary,
Rebecca y los demás; o bien podía acudir él y vernos en el bar del King's Head. Le he dicho que lo de la cena me parecía buena idea. De todos modos quería ir a visitarlos. Además, sé que ahora me sería imposible hablar con él a solas.
Sin molestarme en colgar la ropa en el armario, tiro la bolsa de viaje sobre la cama de Eddie y me tumbo en la mía. Me acomodo unas almohadas en la espalda, hago un recorrido de canales de televisión y opto por una serie de dibujos animados con personajes de vivos colores que dicen burradas con voz estridente mientras se persiguen los unos a los otros. Cierro los ojos y pienso en mi madre, que sin duda estará acompañada de Alan, subiendo al tren en Escocia para poder llegar aquí mañana por la mañana y asistir a la boda de su único hijo. Thorn House es un hervidero de actividad cuando aparco en el camino de grava poco después de las ocho. Hombres y mujeres con camiseta y vaqueros están descargando cajas de una furgoneta y metiéndolas en uno de los anexos. Tal como convinimos con George hace menos de dos meses, un hermoso entoldado blanco domina ahora el césped delantero, en contraste cada vez más acusado con el telón crepuscular de la propia casa. Al apearme del coche diviso a Rebecca, que sale corriendo por la puerta principal para recibirme. Me echa los brazos al cuello y me estrecha mientras yo, con la mirada perdida, me pregunto cuánto durará
esta noche.
—¿Estás bien? —inquiere, apoyando las manos en mis hombros.
—¿Por qué lo dices?
Duda, me interroga con la mirada y tengo que bajar la vista.
—Fred —dice muy seria—, ¿te encuentras bien? No ha ocurrido nada horrible, ¿verdad?
—No —respondo, sin mentir—, no ha ocurrido nada horrible.
—Pero algo hay. . se te ve como triste. .
Me devano los sesos en busca de algo que alegar.
—Es que Eddie. . —empiezo.
—¿Qué? —me interrumpe.
—No llegará hasta primera hora de la mañana.
—Oh —exclama, apartando la vista hacia la casa, distraída por algo que no puedo ver. Noto que sus manos se relajan—. ¿Eso es todo? —pregunta al girar su cara hacia mí.
—Sí, eso es todo.
Sonríe, me toma de la mano y dice:
—Tengo muchas cosas que enseñarte, cariño. Mamá y papá han dedicado el fin de semana a organizarlo todo.. —Tira de mi mano y empezamos a cruzar el césped—. Ven, ven a verlo. Katie y Susan, las damas de honor, están ya en el entoldado, y entre las tres me explican muy agitadas la disposición de las mesas, señalando dónde estarán sentados ciertos grupos de invitados durante el ágape y los discursos.
—Va a ser fabuloso —afirma Kate, abarcando el espacio con un gesto del brazo—. Imagínate cuando todo el mundo esté aquí, con las flores en su sitio y las velas encendidas..
—Espera a ver a Rebecca con su vestido de novia —me dice Susan. Miro a mi prometida, que contempla con semblante sereno la mesa principal donde mañana, como mujer casada, se sentará junto a mí, hombre casado.
—Olvida el vestido —ríe Susan—. Te interesa más la ropa interior, ¿no es cierto, Fred?
Asiento con la cabeza, pero mi rostro permanece impasible. Me caen bien Katie y Susan, pero preferiría que no estuvieran aquí. Necesito hablar con Rebecca y quiero hacerlo a solas. Pero las cosas se tuercen. Después del entoldado vienen las cocinas y media hora de charla con Mary y George acerca del orden en que habrá de servirse la comida, el champán y el vino. Y yo, cada vez más distante de todo el festejo. Desearía que todo se planeara de forma más normal y sencilla. El dinero que se han gastado me pone enfermo. No puedo evitar pensar en la
casa de mi madre en Escocia y en el hecho de que es el único familiar mío invitado a este evento, y lo diferente que soy de la familia de Rebecca. Y, por supuesto, pienso en Mickey y en lo que pasó en casa de sus padres el último fin de semana, y su reacción tan sensata, nada que ver con lo que aquí sucede. Las voces de Mary y George van alejándose cada vez más en mi mente hasta que ya apenas los oigo. Mi actitud es la de un espectador ante una película muda. Pero no puedo cambiar de canal. No puedo apagar el vídeo e irme de aquí. Hasta después de cenar no se me presenta la oportunidad de hablar a solas con Rebecca.
—Ya sé que eso no se hace la noche previa a la boda —me susurra al oído mientras vamos hacia la sala de estar—, pero yo nunca he creído en supersticiones. .
—¿Qué? —digo, dejando de caminar y viendo cómo George, Mary y las chicas van pasando por la puerta del salón.
—Un polvo rápido, ¿vale? —propone Rebecca, arrastrándome hacia la escalera—. Nadie se dará cuenta. Están todos bebidos.
Su última afirmación es acertada. De los seis que estábamos a la mesa, yo soy el único que permanece sobrio, después de excusarme con tener que conducir para reunirme después con Eddie en el King's Head para no participar en la cata de los vinos de la boda que George ha promovido tan pronto nos hemos sentado.
—Está bien —acepto—, mientras sea en algún sitio seguro. No quiero que nadie nos sorprenda..
—Descuida —dice con una sonrisa, y sin más empieza a subir la escalera. Sigo el intrincado dibujo floral de su vestido hasta el rellano de la segunda planta y luego recorremos un pasillo que no me resulta familiar. Mientras camino detrás de ella, me fijo en que lleva el pelo más corto de lo habitual y ahora la piel de su nuca es claramente visible desde atrás.
Rebecca dobla una esquina y se detiene frente a una puerta cerrada. Luego se da la vuelta y me dedica una sonrisa ebria.
—El estudio de papá. Con su bonito y amplio escritorio.. Soy una chica muy mala..
—Pero ¿y tu padre no.. ?
Ella niega con exagerados movimientos de cabeza, haciendo bailar su flequillo de lado a lado. —Demasiado borracho —me dice—. Y alterado, además. Lo último que se le ocurriría ahora es subir a trabajar. .
Abre la puerta y entramos en el estudio, que huele a humo de cigarro puro. Es una habitación de proporciones modestas, forrada de libros en sus cuatro paredes. Frente a la puerta, que cierro mientras Rebecca va a encender la lámpara del escritorio, hay una ventana que da a los jardines. Pienso en mi bolsa sobre la cama de Eddie en el hotel. Rebecca se gira, se levanta el vestido y empieza a bajarse las bragas.
—No —digo, sin moverme del sitio.
—¿Cómo que no? —replica, y me mira agitada.
Apoyo la espalda en la puerta.
—Tengo que hablarte de una cosa.
Ella se endereza, se sube las bragas y deja que el vestido le caiga sobre las piernas.
—Adelante —dice, cruzándose de brazos—. Te escucho.
—Se trata de nosotros. De nosotros como pareja.
Busco las palabras adecuadas y ella me apremia:
—¿Qué pasa con nosotros?
—Verás, se trata de que mañana vamos a casarnos, y vamos a jurarnos amor y fidelidad delante de nuestros amigos y familiares. Y si no somos sinceros, sería mejor no decir lo que vamos a decir mañana. —La cara empieza a arderme mientras la tormenta busca un sitio por
donde descargar. Me llevo una mano a la frente y comienzo a masajeármela—. Se trata de la verdad, Rebecca, de que seamos francos el uno con el otro. Y con nosotros mismos. Ella dice algo que no entiendo y, al levantar la vista, veo su cara, siempre tan segura de sí
misma, que ahora tiembla a la luz de la lámpara de mesa.
—Perdona —digo, pasados unos segundos—, no he entendido lo que has dicho.
—Lo sabía. —Se ha puesto a llorar—. Lo he sabido en cuanto has bajado del coche. Al verla así, mi instinto me empuja a consolarla, pero me resisto.
—¿Y cómo.. ? —pregunto, sorprendido de lo que acaba de decirme.
—¿Tú qué crees? —me espeta, y sus hombros empiezan a temblar—. Porque te conozco, Fred. . porque te leo el pensamiento, por la misma razón que tú ya has adivinado.. Antes de que pueda transmitirle la confusión que esas últimas palabras han provocado en mi interior, ella toma aire en un intento de recobrar la compostura.
—Tienes razón, hemos de hablar de esto ahora. Debería habértelo dicho antes. Lo siento, Fred. Debería habértelo dicho en cuanto pasó.
Cuando ya me dispongo a preguntarle de qué está hablando, me reprimo y digo en cambio:
—Habla.
Rebecca alcanza una caja de kleenex que tiene detrás sobre la mesa, saca uno y se suena la nariz con ruido. Cuando comienza a hablar, lo hace sin mirarme:
—Yo no quería que ocurriera. Ninguno de los dos quería. Estábamos colocados, habíamos fumado. Tú mismo viste cómo estábamos cuando te marchaste..
¿Estábamos? ¿Ella y quién más?
Rebecca se suena otra vez.
—Y Eddie dijo que no importaba..
¿Eddie?
—. . porque —continúa— sólo íbamos a divertirnos un rato y, además, tú y yo aún no estábamos casados, y si pasó lo que pasó fue solamente porque habíamos fumado mucho. No es que yo te fuera infiel ni nada de eso..
—Eddie. . —digo, asintiendo con la cabeza, al darme cuenta de lo ciego que he estado a lo que sucedía a mis espaldas.
Visualizo el momento en que los dejé sentados en la estera en Hyde Park, la tarde de la fiesta de cumpleaños de Phil. Enseguida me asalta un recuerdo más reciente, Eddie hablando conmigo en la proa de la gabarra hace ahora una semana, diciéndome lo difícil que era a veces ser amigo de alguien.
—Eddie. . —repito, sin dejar de cabecear y mirando a los ojos a Rebecca.
—Lo siento, cariño —dice entre sollozo y sollozo—. No significó nada. Fue sólo uno de esos.. Te lo juro, no volverá a suceder nunca más.
Ya he oído bastante.
—No tiene importancia —aseguro con voz queda.
Rebecca deja caer el kleenex y da un paso al frente, indecisa.
—¿Lo dices en serio? —pregunta.
No lo dudo ni un instante:
—Sí.
—Es que yo entendería que te enfadaras..
—No. No me enfado en absoluto.
Se oyen voces en el pasillo y los dos guardamos silencio. El ruido suena otra vez.
—Es tu padre —digo, reconociendo su voz—. Nos está llamando.
Rebecca hace ademán de tocarme la cara. Está aliviada e incrédula a partes iguales.
—¿Estás seguro de que.. ?
—Sí —repito—, pero ya que hablamos con sinceridad, yo también tengo que decirte una cosa.. —¿Qué? —Me mira a los ojos, sobresaltada.
Aparto la vista, sin responder a su pregunta.
—Ve a ver qué quiere tu padre —le digo, abriendo la puerta—. Y cuando acabes, reúnete conmigo. Te estaré esperando en el jardín de la cocina.
Una vez fuera, camino por el sinuoso sendero del jardín y espero la llegada de Rebecca. El intenso olor de las glicinas y de la acedera nocturna domina el aire, que es cálido y acogedor. Sintiéndome vivo de verdad, pienso en mañana. Lo que le he dicho a Rebecca iba muy en serio. No importa lo que pasó entre ella y Eddie. Lo que voy a decirle se lo habría dicho de todos modos, independientemente de que ella me hubiera contado lo de Eddie. Me detengo en un recodo del camino y contemplo el jardín a media luz. Entonces, sin darme cuenta, me encuentro recordando otro verano, otro lugar, y a otra chica.
Al final el sonido de voces se fue apagando poco a poco y el silencio dominó el dormitorio comunitario. Era una suerte que los exámenes estuvieran encima, de lo contrario, podía haber acabado esperando horas el momento propicio para escapar.
Retiré el edredón y, sentado en el borde de la cama, alcancé la bolsa de gimnasia que tenía debajo y que había preparado unos tres cuartos de hora antes de apagarse las luces. Permanecí
inmóvil, escuchando la respiración de los otros alumnos, esforzándome por percibir alguna señal de gente despierta.
Al ponerme en pie agucé los sentidos. Sentía como si hubieran conectado mi cuerpo a un amplificador. Oía el sonido de mi respiración y el crujir de mis articulaciones, pero lo que dominaba eran los latidos erráticos de mi corazón. El cierre de la ventana conectaba con una alarma en el estudio que el señor Pearce tenía en el piso de abajo. Si alguien levantaba la aldaba, empezaría a sonar un timbre, y el señor Pearce estaría aquí en cuestión de minutos para ver qué andaba mal.
El otro extremo del dormitorio (la ruta que yo pensaba tomar) terminaba en una pesada puerta giratoria que daba a los lavabos y al resto del edificio. Desde allí, una escalera subía a los dormitorios de los pequeños o descendía a los estudios-dormitorio de los de sexto. Debido a la alarma de la salida de incendios, tendría que arriesgarme a bajar y confiar en que el señor Pearce no estuviera haciendo la ronda y que los monitores de guardia estuvieran encerrados, estudiando para sus exámenes.
En un intento de mitigar una creciente paranoia, me obligué a serenarme amparado en la seguridad que me proporcionaba la oscuridad. En el dormitorio, al menos, podían oírme pero no verme. Una vez fuera, lo mismo. Entretanto (en el piso de abajo) tendría que confiar en la suerte.
Coloqué la almohada debajo del edredón de forma que la cama pareciera ocupada. Mientras lo hacía me di cuenta de que era un detalle gratuito. Era por mi propia tranquilidad de ánimo. Una inspección poco más que somera descubriría mi engaño. Pero para entonces yo ya estaría lejos.
Sin nada más encima que el calzoncillo que Mickey me había regalado al final de las fiestas y con la bolsa de gimnasia en la mano, enfilé el pasillo camino de la puerta. A mi izquierda alguien gimió en sueños, pero aparte de eso sólo oí el sonido de mis pasos pisando con cuidado la gastada moqueta marrón.
Antes de abrir la puerta dudé, consciente de que si Pearce o alguno de los monitores estaba al otro lado, el contenido de mi bolsa bastaría para acusarme y acabar en el estudio del director, respondiendo preguntas a cuál más incómoda, mientras Mickey esperaba sola en el
camino particular de la escuela.
Al abrir la puerta lo suficiente para pasar, un potente haz de luz penetró en el dormitorio, pero el corredor estaba despejado. Corrí hacia los lavabos, me metí en un retrete y cerré la puerta. Con el sonido de fondo de la vieja cisterna que goteaba y el resplandor de la bombilla desnuda sobre mi cabeza, abrí la bolsa y empecé a vestirme.
Dos minutos después, habiendo dejado la bolsa vacía tras la puerta del cubículo, me encontraba ya en el descansillo, vestido con el pantalón negro del colegio, zapatos negros de reglamento y un jersey de cuello alto azul marino. En el cinturón llevaba metida una linterna y un cuchillo que había conseguido en la cocina. No era ni mucho menos como me habría gustado ir vestido para ver a Mickey, pero, dadas las circunstancias, no había otra salida. Si mi seguridad hubiera dependido de ello, podría haber salido en pañales y con un casco de motorista.
Cuidando de pisar únicamente con la puntera de los zapatos para que mis tacones no resonaran en la superficie de plástico duro de la escalera, bajé los dos tramos. A mano izquierda, un pasillo llevaba a la lavandería, las duchas y los vestuarios, y a mano derecha otro pasillo dejaba atrás los estudios de los de sexto y terminaba en la puerta que separaba los aposentos del señor Pearce del resto del edificio.
Las luces cenitales estaban apagadas en ambos pasillos y la única luz procedía de una claraboya a mi izquierda. La luna había grabado un gran bloque de luz en el piso laminado de color blanco. El recuerdo infantil de cuando se abrían las puertas de la aeronave en Encuentros en la tercera fase me hizo estremecer. Torcí a la izquierda, alzando momentáneamente la vista hacia el cuadrado de cielo estrellado al pasar bajo la claraboya, sintiéndome más cerca ya de Mickey y con la idea de que ella tal vez estaba contemplando esa misma vista. No me topé con nadie mientras recorría el resto del pasillo camino de la lavandería. Parecía que todo el mundo hubiera sido presa de un hechizo y que yo fuese un espectro que avanzaba sin ser visto entre la niebla.
Entonces, al llegar a la puerta de la lavandería pero sin haberla abierto todavía, oí voces y me quedé paralizado. Maldiciendo mi mala suerte pero negándome a dejarme vencer por el pánico, volví la cabeza y escudriñé el pasillo. A unos quince metros de distancia, de pie en el umbral de uno de los estudios-dormitorio, hablando en voz muy baja, estaba la silueta inconfundible de Clarkson, el monitor cuya ira había concitado aquella misma tarde al hablar por teléfono con Mickey. Para él sería un triunfo y una satisfacción pillarme in fraganti. No tenía más que darse la vuelta.
Noté una subida de adrenalina mientras esperaba a que Clarkson se moviera. Pero no lo hizo, siguió hablando agitadamente mientras golpeaba la jamba de la puerta con un bolígrafo hasta que, con un gesto muy suyo, se echó atrás el flequillo y cerró. Se hizo la oscuridad y luego, con un «clic», noté como si me hubieran barrido con un reflector: la luz del pasillo estaba encendida. Pestañeando, pues mis ojos se habían acostumbrado a la negrura, esperé a que alguien gritara mi nombre. En cambio, oí pasos y vi que Clarkson se alejaba en dirección opuesta, totalmente ajeno a mi presencia. Abrió las puertas del otro extremo del pasillo y subió los tres peldaños hacia la parte privada de la casa. Rezando en silencio, me apresuré hacia el fondo de la lavandería. Sentado en el alféizar de pintura desconchada y rodeado del olor familiar de las prendas de deporte húmedas, empecé a abrir el pestillo. Levanté la ventana, me asomé al jardín iluminado por la luna y aspiré el aire cálido y quieto. Más allá del césped, los edificios del centro estaban envueltos en oscuridad bajo el amplio cielo de la noche, como si estuvieran dibujados al carbón. Me descolgué y caí en la tierra blanda de los arriates que había debajo. Estiré el brazo para cerrar de nuevo la ventana y, temeroso de utilizar la linterna, empecé a cruzar el césped hacia las matas que había al fondo. Hasta que estuve a más de quinientos metros del internado y del edificio principal, no me
arriesgué a dejar los arbustos y los árboles y salir al camino. La gravilla crujía bajo mis pies mientras avanzaba a saltos, corriendo una cincuentena de metros, deteniéndome para escuchar, corriendo otros cincuenta más. Pensaba en el capellán y en las historias que contaba de sus correrías nocturnas por los pueblos cercanos, y veía su cara en todo zarzal que encontraba a mi paso. Sólo comencé a tranquilizarme cuando llegué al final del camino varios minutos más tarde.
Entonces vi los faros. Un coche estaba doblando una curva a unos trescientos metros. Los haces gemelos oscilaron sobre la cerca de hierro fundido que señalaba el límite de la escuela, y cuando decidí moverme otra vez, pude oír el rumor del motor diesel que se acercaba. Recordando dónde me encontraba y qué estaba haciendo allí, crucé el sendero a la carrera y me refugié tras uno de los pilares de piedra que flanqueaban la entrada a la escuela. El vehículo no pasó de largo, sino que redujo la velocidad y sus faros describieron una curva hasta apuntar camino arriba hacia las distantes siluetas del Greenaway. El nerviosismo me contrajo el estómago. Entonces oí que el coche se detenía y el ruido de una puerta al abrirse y cerrarse. Con mucha cautela, me separé unos centímetros de mi escondite, asomé la cabeza y sonreí.
Mickey estaba de pie junto a la ventanilla del conductor del taxi, nimbada por la luna como una actriz en escena. Llevaba su cazadora tejana colgada al hombro y el pelo recogido en coletas y más corto que la última vez que la había visto. Vestía un pantalón pirata negro y ceñido. El taxista le dio el cambio y ella se apartó del vehículo, que dio un giro de ciento ochenta grados y se alejó por donde había llegado.
Me quedé observando, abrumado por la llegada de ese momento tan esperado. Sabía que tenía una pinta horrorosa. Había adelgazado en las últimas semanas, y al mirarme en el espejo del lavabo antes de que apagaran las luces, me había fijado en lo flaco que estaba. Pero todo iría bien, ¿verdad? Mickey me recordaría tal como yo era y no por los acontecimientos que me habían rodeado. Me decidí, salí de las sombras de la columna y carraspeé.
—Hola —dije, con una voz preñada de un arrojo que no sentía—. ¿Te acuerdas de mí?
—¡Fred! —exclamó con un grito ahogado, soltando su bolsa y corriendo hacia mí. Me estrechó entre sus brazos, diciéndome cosas que yo no pude oír. Lloraba y me besaba la cara y cuando retrocedió un poco y pasó sus dedos por mis mejillas, me di cuenta de que yo también tenía los ojos llenos de lágrimas. Su presencia era como una liberación; fue como si Mickey hubiera abierto la puerta tras la que se agolpaban todas esas cosas horribles: cuanto me había sucedido en el último mes estaba saliendo de mi mente a borbotones. Me abrazó de nuevo, su cara pegada a la mía, recibiendo en sus labios las lágrimas que yo derramaba.
—Estoy aquí —la oí susurrar una y otra vez mientras yo continuaba sollozando—. Estoy aquí, cariño. He venido.
Finalmente me aparté de ella y le dije:
—Démonos prisa. Puede que lo hayan descubierto. Si creen que me he escapado, el primer sitio donde mirarán será en el camino particular.
Mickey asintió con la cabeza.
—Sé un sitio donde podemos ir —proseguí, centrado en la parte práctica. La conduje hacia los árboles. Por necesidad, apenas cruzamos palabra mientras andábamos. Al principio avanzamos un buen trecho, pues sólo teníamos que aflojar la marcha para sortear los arbustos, heléchos y zarzales. Al cabo de unos quince minutos llegamos a la vista de los campos de deporte de la escuela. Mickey se detuvo a mi lado y miró. A lo lejos, minúsculos bloques de luz señalaban las ventanas de los edificios del Greenaway.
—¿Tan grande es esto? —preguntó, asombrada.
—Deberías verlo de día. Lo verás mañana cuando despertemos.
Y en aquel preciso momento comprendí que, mentalmente, había tomado una decisión.
No iba a volver al internado, ni esa noche ni al día siguiente. Estaba con Mickey. No permitiría que me separaran de ella otra vez. Deslicé mi mano en la suya y seguimos caminando. Cinco minutos después nos encontrábamos frente a un pequeño templo ornamental de piedra blanca al otro lado de los campos de deportes, y a centenares de metros de cualquier zona habitada de la escuela. Se decía que el edificio había sido pasto de las llamas hacía más de una década. Desde luego, en los dos años y medio que yo llevaba en Greenaway, el templo en cuestión sólo se había utilizado una vez, como telón de fondo para un montaje de El sueño de una noche de verano. Los jardineros (de eso hacía más de un año) habían formado una platea al aire libre eliminando las ortigas y las zarzas que rodeaban la estructura, pero la naturaleza había vuelto a reclamar todo el espacio.
Ninguno de los dos sabía lo que nos esperaba tras los cristales negros de hollín de los ventanales. El haz de la linterna que Mickey sostenía osciló sobre el candado, que yo intentaba arrancar de la húmeda madera de la puerta con mi cuchillo. Finalmente el candado cedió; me volví hacia Mickey y la besé.
—Vamos —dije, cogiéndole la linterna—, a ver qué tal está esto. Franqueé el umbral y barrí el espacio con la linterna. Era una sola estancia del tamaño de una pista de squash. Sábanas blancas cubrían objetos desconocidos. Las paredes estaban chamuscadas y cubiertas de telarañas; algo invisible se movió por allí cerca y me puse tenso.
—Tranquilo —dijo Mickey pasándome el brazo por la cintura—. Será un ratón de campo. Iluminé el techo abovedado y recorrí los restos de un fresco. Entre las manchas de humedad y hollín, aún podían distinguirse unos ángeles surcando un cielo de nubes. Oí
suspirar a Mickey.
—Esto debía de ser increíble —musitó.
Empezamos a hacer un poco de sitio. Con una escoba medio pelada que encontré junto a una de las paredes, barrí una parte del suelo polvoriento.
Mickey retiró las sábanas. Debajo había pupitres rotos y sillas apiladas. Tras sacudir las sábanas, las dispuso encima del suelo. Luego sacó un paquete de velas que llevaba dentro de la bolsa, calentó el extremo inferior de cada una y utilizó la cera derretida para apuntalarlas en el piso de piedra formando un círculo alrededor de las sábanas. Por último encendió los pábilos y examinó su obra.
—Bueno, no es el Ritz, pero servirá.
—Es ideal —dije yo, sentándome en las sábanas con las piernas cruzadas y observando a Mickey, que se había acercado a la puerta para coger la bolsa que había dejado allí. Luego cerró
y se volvió hacia mí.
Mientras se aproximaba, pensé en lo bien que nos conocíamos y lo lejos que habíamos llegado en nuestra relación. Al verla en aquel extraño entorno sentí que la estaba viendo por primera vez.
Anteriormente a aquel momento, Mickey había sido para mí tanto un puñado de recuerdos como una persona de carne y hueso. Pensar en ella siempre me hacía recordar el relato de un milagro que tuve que leer una vez en un concurso de lectura cuando iba a la escuela primaria. Jesús curó a un hombre llamado Legión, que estaba poseído por muchos demonios, traspasando aquellos demonios a una piara de cerdos. No es que yo pensara que había demonios dentro de Mickey, siempre la había visto como un compuesto de las muchas versiones de sí misma que yo había ido conociendo. Su risa era la risa de la amiga sentada en un columpio mientras yo la empujaba cada vez más alto. Sus lágrimas eran las del cómplice de un crimen, que me había salvado de ahogarme en el río Elo cuando tenía nueve años de edad. Su tacto era el de la primera chica a la que besé. Sin embargo, ahora era diferente: sólo la veía a ella. Ya no era la niña con quien había crecido. Así como la muerte de Miles había marcado el fin de mi infancia, la intervención de
Mickey en los momentos significativos de mi vida había marcado, para mí, el fin de su infancia. Era algo que debería haber notado antes. Mickey había cambiado.. en muchos sentidos. Sus caderas de chico, otrora rectas como reglas, se habían vuelto convexas. Mis torpes toqueteos alrededor de sus pechos en el jardín de su casa me parecían ahora cosa de alguien que no sabía de verdad lo que tenía literalmente entre manos. Su mirada había adquirido sabiduría y confianza. Ya no mostraba esa expresión de desafío ante la autoridad, sino de estar segura de sí
misma.
Mientras le sucedían todas esas cosas (incluso a lo largo de los últimos seis meses en que habíamos estado viéndonos), yo no había dedicado tiempo a ver en qué clase de mujer se había convertido. Ya no era la vecinita de al lado, sino la chica a quien yo amaba.
—Eres preciosa. —Me di cuenta de que susurraba a pesar de que allí estábamos a salvo. Mickey se encogió de hombros, un tanto avergonzada, y esbozó una sonrisa confusa.
—Parece que te sorprende —dijo, también en voz baja.
Se sentó conmigo en las sábanas y vació el contenido de su bolsa. Había un jersey con cuello de pico, una camiseta larga, cuatro cervezas, un paquete de tabaco y unos emparedados. Encima de éstos cayeron un cepillo de dientes y un tubo de dentífrico.
—Siento que no haya agua corriente —susurré, y Mickey sonrió ofreciéndome el jersey; negué con la cabeza y ella procedió a ponérselo. Luego me pasó una lata de cerveza y encendió
un cigarrillo para cada uno—. ¿No has tenido problemas para conseguir esto.. ? —dije, levantando la lata y tomando un sorbo.
—Las chicas siempre parecemos mayores de lo que somos —repuso; y en su caso era cierto. Se arrimó a mí y apoyó la cabeza en mi hombro, rozándome la mejilla con sus cabellos. Bebimos y fumamos en silencio, acurrucados. Tuve la sensación, los dos allí sentados en aquel sitio extraño y maravilloso, de que éramos astronautas dentro de una cápsula espacial en órbita alrededor de la Tierra.
Pero entonces, como me había ocurrido cada vez que fumaba un cigarrillo desde la muerte de Miles, como si asociara el olor del tabaco a su persona, su desaparición se tornó de nuevo presente y fue como caer en picado.
—¿Tú lo viste? —pregunté.
Mickey abrió la boca, pero le ahorré la molestia de tener que abordar el asunto.
—Cuando ocurrió el.. ¿Estabas tú allí cuando Miles murió?
Vi otra vez en sus ojos cómo pugnaba por responder.
—Por favor —le supliqué—. Mi madre no quiere.. no puede hablar de eso. Necesito saberlo.
Mickey me contó lo sucedido, que vio a Miles en el coche cuando volvía a casa por la Avenida después de bajar del autobús escolar, y que lo oyó discutir con mi madre, y lo de la policía y lo que aconteció después, de nuevo en la Avenida, y por último cuando Miles intentó
sortear el coche patrulla y se estrelló contra el árbol.
—¿Tú crees que murió tan rápido como dicen? —pregunté.
El cigarrillo tembló en sus labios cuando dio otra calada.
—Fred, no —dijo, apagando el cigarrillo y haciendo lo mismo con el mío. Me rodeó con sus brazos—. Siento que pasara lo que pasó. Siento que Miles no esté vivo y que esto te haga tan desdichado.
Miré nuestros dedos enlazados y recordé que así era como los mantenía mi madre día tras día en Escocia, mientras esperábamos noticias.
—No soy desdichado —empecé, pero la voz me temblaba. Intenté continuar con la esperanza de que hablando de ello me sentiría mejor—. Son cosas que pasan. Puedo superarlo. No tienes de qué preocuparte. .
Pero mentía. No podía superarlo. Me eché a llorar otra vez y noté la mano de Mickey acariciándome la cabeza. Esa vez, sin embargo, mis lágrimas eran distintas de las que había derramado en sus brazos junto a la entrada de la escuela. Como sangre que mana de una herida, eran lágrimas sin dolor, indicativas solamente de la profundidad del corte.
—Juntos podemos superarlo —susurró Mickey.
Me fui calmando poco a poco y conseguí reponerme lo suficiente para hablar.
—Miles vino a verme —dije—. Vino aquí, a la escuela, para decirme que algo malo pasaba. Yo no lo escuché.
Mickey me habló con tono sereno:
—Tú no sabías lo que ocurriría después. Nadie lo sabía.
Negué con la cabeza y me aparté de ella.
—Miles sí. Sabía que estaba en apuros. Sabía que irían por él. Que alguien. . Debería haberlo escuchado. Debería haber estado con él cuando me necesitó. Mickey abrió mucho los ojos.
—No, Fred. Tú no podrías haber hecho nada para cambiar las cosas. Otro temor acudió a mi mente.
—¿Tú crees que.. ? Lo que dicen los periódicos que hizo.. ¿Tú crees que es verdad?
Una lágrima bajó por su mejilla y cayó sobre su jersey.
—¿Crees que él.. que Miles pudo.. ?
Vi por su expresión que estaba asustada, que temía por mí.
El aire nos hacía cosquillas como electricidad estática. Suspiré y espiré aire otra vez. Mickey no tenía respuestas a mis preguntas. Nadie las tenía. Me froté la cara con las manos.
—No hablemos más de eso —dije.
Sus manos volvieron a mis hombros.
—Pero si tú..
—No.
Estaba decidido. Cogí mi lata y apuré la cerveza. Cerré los ojos, me sequé las lágrimas que me quedaban en la cara con el dorso de la mano. Conseguí amagar una sonrisa y dije:
—Catarsis. Lo aprendí en clase. Significa. .
—Ya lo sé. Significa lo que estás haciendo tú ahora. Y antes de que lo digas, tienes razón: es bueno para ti. . para nosotros..
Contemplé su cara, semejante a una estatua a la luz de las velas. Tan pronto como había llegado, Miles se esfumó en la oscuridad casi como si el brillo de Mickey lo hubiera ahuyentado.
—Lo que me has dicho por teléfono.. ¿iba en serio? —pregunté. Asintió con la cabeza.
—Sí —afirmó con expresión grave.
Tragué saliva, buscando alguna señal de duda en su rostro. Sus ojos brillaban a la luz de las velas. Me recordaban. . Traté de apartar la imagen de mí, pero me fue imposible. Me recordaban los ojos de Miles cuando había ido a verme a la escuela un mes antes, intentando encontrar las palabras para decirme cómo se sentía. Sólo entonces reconocí lo que había detrás de aquella mirada: amor. Y era amor lo que estaba viendo en los ojos de Mickey, esa cosa que Miles había sido incapaz de expresar, pero que yo estaba decidido a declarar.
—Te quiero.
Nunca se lo había dicho a nadie, pero allí estaba, sin el menor esfuerzo. Después de todo eran sólo palabras, y los sentimientos que contenían habían estado dentro de mí durante meses. Verbalizarlas fue tan natural como decir: «Yo soy», porque así era como lo sentía. Mickey estaba viva en mí. Estábamos unidos. Yo no quería que eso muriera. No quería que nos separaran y no quería dejarla otra vez.
—Ven —dijo ella, tumbándose en las sábanas y tendiéndome los brazos.
8. Mickey
Es viernes por la noche. Joe quiere ir al cine con Tyler. Hemos tenido una semana difícil desde que volvimos de Rushton y creo que se merece un respiro, pero no estoy de muy buen humor. Además, recelo de Tyler, y de sus padres, Judith y Mike. Viven en una casa grande cerca del parque, van por ahí en un monovolumen Mercedes y, aunque son buena gente —un poco demasiado «positivos» para mi gusto—, me preocupa que su presencia en nuestras vidas haga que Joe dude de su propia manera de vivir.
Sé que es estupendo que Joe se relacione y se lleve tan bien con Tyler, pero no estoy preparada para esta sensación de tener demasiados cabos sueltos. Cuando éramos sólo Joe y yo, tomábamos las decisiones juntos y lo que él hiciera con su tiempo libre era cosa suya. Ahora sus horizontes parecen estar cambiando. Esta semana, el asunto de las inminentes vacaciones escolares ha sido motivo de riña. Tyler y sus padres se marchan de viaje a Norteamérica, y Joe, como es lógico, está celoso. Lo que me da más miedo es que la familia de Tyler, por simpatía, lo invite a ir con ellos y tenga que ser yo quien decida si va o no va. No estoy segura de poder asumir esa clase de decisión, por no hablar de los gastos.
Por si eso fuera poco, hemos tenido una semana espantosa en la floristería. No ha dejado de llover y apenas han entrado clientes. He pagado a Lisa y a Marge, mi otra ayudante, y le he hecho un préstamo a Lisa, lo cual me deja con bastante poco.
Joe se dedica a dar patadas a su mochila del colé mientras hablamos de lo del cine. A él no se lo he dicho, pero si le dejo ir, tendré que darle las últimas diez libras que me quedan en metálico.
—Es para mayores de doce años —protesto.
—¿Y qué?
—Que tú tienes nueve —le recuerdo.
—La madre de Tyler no piensa que eso sea un problema —dice de mal humor.
—Me da igual lo que opine la madre de Tyler. El que me preocupa eres tú.
—Pero si he visto montones de pelis para mayores de quince, y hasta un trozo de una para mayores de dieciocho.
—No se trata de eso, Joe —murmuro, sabiendo que sí se trata de eso—. Es por tu educación.
—Bueno, pues edúcame—replica, mirándome con los ojos brillantes. Yo suspiro, al borde de la exasperación—. No tiene nada de malo —continúa. Me conoce lo suficiente para ver que dudo, y entra a matar—. Son sólo dibujos animados y en el cole todo el mundo la ha visto. Tyler me tomará por tonto si le digo que no puedo ir.
No añade «por tu culpa» al final de la frase, pero el mensaje está implícito. Lo miro, y veo mi propia mirada retadora en sus ojos. Me gustaría encontrar la manera de decirle que no quiero que se haga mayor, pero eso no tiene sentido. Joe no lo entendería y yo quedaría como una tacaña si le dijera que ser mayor no es tan bueno como la gente cree, y que debería, si tiene dos dedos de frente, procurar ser niño todo el tiempo que sea posible. Además, eso me convertiría en la mayor hipócrita del planeta. Yo siempre quise crecer más deprisa, ser mayor de lo que era, desafiar las etiquetas impuestas por los padres y los gobiernos, de modo que no puedo pedirle a Joe que sea diferente. Y supongo que esas cosas no atañen a la edad sino a la
madurez, y si él es bastante maduro para superarme en muchos aspectos, entonces puede ver una película para mayores de doce sin que le pase nada malo.
—Está bien, está bien. Puedes ir —claudico al fin—. Pero luego no me vengas corriendo si no te dejan entrar.
—Oh, no te preocupes —dice sonriendo—. La mamá de Tyler ya ha reservado las entradas.
Se echa la mochila al hombro, va hacia la puerta y sube al piso. Cuando ya no puedo verlo, me froto la cara con las manos e intento dominar mi frustración. Un minuto más tarde entra Lisa sacudiendo su paraguas.
Inspiro hondo y busco la manera de sonreír.
—¿Alguna buena noticia? —le pregunto. Esta noche tiene una cita y le he dejado unas horas libres para que fuera de compras.
—En Barkers había cosas monísimas —responde entusiasmada—. Se va a caer de culo cuando me vea, claro que eso lo digo yo.
El afortunado caballero en cuestión es Spike, que trabaja en la tienda de música reggae que hay más abajo. Hace tiempo que va detrás de Lisa, pero es tan habilidoso que ella no ha captado que sus encuentros fortuitos no eran totalmente fruto de la coincidencia, como se empeña en creer. Han quedado en un club de reggae y Lisa estaba preocupadísima pensando en la imagen más idónea. Yo le he dicho que le sentaría de maravilla hasta una bolsa de basura, pero no me ha creído.
Se me acerca y abre la enorme bolsa de marca.
—Mira —dice, y saca unos pantalones negros que procede a colocarse sobre la cintura. Los tirabuzones le caen a la cara.
—Precioso.
—Y mira —continúa, sacando un top de licra que sostiene bajo la barbilla para que yo vea el efecto del conjunto—. Todo carísimo, pero qué caramba..
—Así me gusta —digo, sonriendo y tratando de pasar por alto que mi adelanto haya acabado tan bien invertido.
Lisa dobla las prendas con cuidado y las mete de nuevo en la bolsa.
—¿Tienes plan para esta noche? —pregunta.
—Joe va al cine, o sea que seguramente me daré un baño o algo así.
—Puedes usar mi aceite de rosas; hace milagros.
—Gracias.
Se queda mirándome.
—¿Estás bien?
Me encojo de hombros.
—Un poco cansada.
Asiente y ladea la cabeza antes de preguntar en voz baja:
—¿Todavía nada?
El domingo por la noche le conté una versión abreviada del viaje de Fred a Rushton. Lisa vaticinó que él se pondría en contacto conmigo esta semana y me dio un abrazo de amiga, diciéndome que tuviera fe, pero yo me puse muy nerviosa y cambié de tema. Estaba demasiado confusa para confesarle cómo me sentía o para seguir su consejo. No le había contado muchas cosas, había demasiada historia entrelazada con el presente, y me parecía imposible encajar todas las piezas a fin de poder explicarlo.
Así pues, apenas hemos mencionado a Fred en toda la semana, pero sé que Lisa me observa, pues presiente, y no se equivoca, que estoy contando los días que faltan hasta mañana, el día de la boda.
Le respondo negando con la cabeza:
—Yo creo que eso se acabó.
—Lo siento —dice, tocándome el brazo, y sé que es sincera.
—Tranquila. Estoy bien, en serio —miento. Voy hacia la puerta, desconfiando de mi bravata—. Sube a prepararte. Yo me ocupo de la tienda.
Cuando se marcha, me asomo un momento a la puerta para mirar el autobús que acaba de detenerse fuera. Suena la puerta hidráulica y veo la cola de gente que sube. Parece como si todo el mundo tuviera algo que hacer. Menos yo, que estoy en pleno atasco vital. No soporto que Fred pueda estar cerca de aquí. Hace que me sienta asfixiada, atrapada. Está aquí, dentro de todo coche, en toda tienda, metido en el auricular de mi teléfono.. Nuestros mundos respectivos están interconectados. Es como si Fred hubiera desarrollado tentáculos que se adhieren a todo cuanto me es querido y me hubiera sacado del mundo seguro que yo me he construido para dejarme al borde de un abismo. Observo las caras de cansancio de los pasajeros y siento el peso de su fatiga.
Cierro un momento los ojos al revivir la conversación que tuve con Fred en Rushton. He vuelto sobre ella una y otra vez a lo largo de la semana, tratando de recuperar un poquito de esa determinación con que le dije que no podíamos vernos de nuevo. Sé que tenía razón, pero eso no sirve para que me sienta mejor. Quizá debería haberme acostado con él y acabar de una vez. Quizá me habría sentido bien si al final hubiéramos hecho el amor, una manera de poner la rúbrica a nuestro pasado.
Sé que en ese momento estaba protegiendo a Joe, y a mí misma también, pero ahora no le veo ningún beneficio a mi coraje. Le expliqué a Fred los motivos por los que no funcionaría, pero no le di los motivos por los que podría funcionar. Retrocedí a un rincón y, en vez de ser fuerte, le entregué toda mi energía. Desde que desperté el domingo, fui abajo y vi las sábanas y mantas dobladas encima del sofá de mis padres, sin señales de Fred, me he sentido como vacía, como si me hubieran arrancado algo.
La culpa es mía. Dejé que dependiera de él cambiar las cosas y, a pesar de todo lo que le dije, casi esperaba que se presentara o me llamara por teléfono. Pero no ha sido así. Lo rechacé
y Fred ya no está: así de simple. Dentro de veinticuatro horas se habrá casado con Rebecca, la chica que, como yo señalé (estúpida de mí), lo quiere muchísimo y va a hacerlo muy feliz. Y ahí
se acabará todo. Inspiro hondo, giro el cartel por la cara de «CERRADO» y bajo las persianas. Para cuando he terminado de ordenar la tienda y subo al piso, Joe ya está a punto de marcharse.
Se ha puesto la camiseta que ganó en la presentación de los juegos de Fred: me consta que huele, pero ya no me quedan fuerzas para discutir por eso. Está pelando un plátano con la navaja que Fred le regaló.
—¿Puede venir Fred mañana a comer? —pregunta.
—No, cariño. Está ocupado.
—Podríamos llamarlo —sugiere, esperanzado—. A ver si lo convencemos para que venga a volar la cometa.
Lo miro, sorprendida de que sea tan lento para captar las cosas.
—Creo que no vamos a saber mucho de Fred en algún tiempo —digo con cautela—. Sabías que se casa mañana, ¿no?
Frunce el entrecejo.
—¿Con esa mujer?
Asiento con la cabeza.
—Es espantosa, la pobre. —Arruga la nariz.
—Eso no lo sabemos, Joe —apunto, en plan razonable—. Además, no importa que lo sea o no. Fred la quiere.
—Pues no veo cómo..
—Dejémoslo —lo corto—. El caso es que Fred tiene una nueva vida a partir de ahora, y nosotros no cabemos en ella.
—Ah. —Parece que por fin cae de la nube.
Guarda la navaja; me da la impresión de que todo él se encoge mientras hunde las manos en los bolsillos, y en ese instante odio a Fred. Lo odio por entrar en nuestras vidas y esfumarse después. Y lo odio por defraudar a Joe. Yo sabía que era peligroso y, sin embargo, aquí estoy otra vez, dándole vueltas al asunto, hundida por los mismos sentimientos de entonces, sólo que ahora es mucho peor. Esta vez soy la responsable de mi naufragio y el de Joe. Me giro hacia el fregadero y levanto la cabeza para que no me caigan las lágrimas. Joe no lo advierte. Lo oigo acercarse por detrás.
—Mamá. ¿Tú te casarías de nuevo?
Doy media vuelta e intento sonreír.
—Qué pregunta más absurda —digo, pero él no se rinde fácilmente.
—¿Sí o no?
—Nadie me lo ha pedido todavía, Joe. Uno no decide casarse así porque sí. Tienes que encontrar a alguien, una pareja.
—Pero supon que hubiera ese alguien. Alguien como Fred. .
Trago saliva.
—No lo sé —respondo—. Eso lo cambiaría todo. Quiero decir, estamos bien como estamos, ¿no crees?
Para mi sorpresa, Joe me sonríe con solidaridad y veo que es inútil tratar de ocultarle cómo me siento. Se me aproxima tan confiado y sabio que casi me derrumbo, como si yo fuera el niño y él el adulto.
—Pues a mí no me importaría —dice, y me da un abrazo. Yo acerco mis labios a su cabeza cuando apoya la mejilla en la pechera de mi jersey—. Yo sólo quiero que seas feliz, mamá. Quisiera responderle que lo soy, pero no puedo porque las lágrimas me caen sobre sus cabellos.
Sentí como si mi corazón fuera a reventar. Me daba lo mismo que hiciera frío, que hubiera polvo o que el suelo estuviera duro. Para mí era el sitio más perfecto del mundo y flotábamos sobre el colchón de plumas más blando del universo. Cuando Fred se puso encima de mí y yo le rodeé el cuello con mis brazos, sentí un inmenso alivio y cerré un instante los ojos, saboreando la sensación de estar a salvo, de ser abrazada por la persona que lo significaba todo para mí. Yo estaba allí, con él, y lo demás no importaba.
Había imaginado muchas veces ese momento, pero cuando llegó, no se parecía en nada a la imagen que me había formado. Había temido que mi plan para reunirme con Fred no funcionara, que descubrieran mi ausencia, que Pippa no fuera una coartada segura, o que Fred no pudiera escapar para estar conmigo.
Luego estaba el problema de qué pasaría cuando nos viéramos. Me preocupaba no saber qué decirle, puesto que nunca había tenido un amigo cuyo padre hubiera muerto. En los peores momentos había pensado que Fred se mostraría distante y frío, tal vez reacio a estar conmigo. Pero ahora todos mis temores se me antojaban ridículos y la angustia que había experimentado en las últimas semanas desapareció por completo.
Me había devanado los sesos pensando en Fred. Lo único que necesitaba era averiguar dónde estaba. Supuse que Louisa lo habría enviado de nuevo a la escuela y ansiaba saber si se encontraba bien. Sin poder hablar con Fred, la muerte de Miles se había convertido en algo mucho peor. Todas mis emociones parecían multiplicarse por dos, como si yo también estuviera sintiendo el shock, la ira y el miedo, igual que él. En su ausencia, todos los
comentarios de la gente, en la escuela y en casa, habían sido un duro golpe para mí, como si Miles hubiera sido mi padre y yo fuese el objeto de todos los chismes. Ahora que habíamos hablado, sentía como si me hubiera dejado caer de la cuerda floja a una red de seguridad. No es que todo fuera normal, pero al menos hablar de eso con Fred le había quitado hierro al asunto, por más espantoso que fuese.
Los rumores de que Miles era un asesino habían convertido en un infierno la vida en Rushton. No parecía importar que hubiera habido una muerte horrible a un paso de nosotros; lo único que les preocupaba a todos era el hallazgo de un cadáver en Clan. En un intento de aceptar el hecho de haber conocido de cerca a alguien que pudo cometer un acto tan espantoso como un asesinato, el supuesto crimen de Miles se volvió más brutal incluso de lo que los periódicos nos hacían creer, y su víctima, un perfecto desconocido, fue adornada con cualidades que ni siquiera en vida habría podido tener.
Lo que más me desagradó fue que todo el mundo tomara la muerte de Miles como una oportunidad de hinchar su propio ego, de demostrar hasta qué extremo ellos no eran asesinos ni cobardes ni mentirosos, a diferencia de él. Scott me dijo que en el Gordon Arms la gente evitaba sentarse donde solía hacerlo Miles. Hablaban en animados susurros sobre los momentos en que habían vislumbrado un atisbo del carácter violento del finado. En vez de recordar sus buenas cualidades y que (aun esporádicamente) había formado parte de la comunidad, todo Rushton hablaba de él como si fuese un forajido, un mal bicho que, con su coche de lujo y su ropa cara, nunca había encajado en el pueblo. Incluso las reuniones de carácter bíblico de Louisa eran vistas ahora como un plan para recabar méritos celestiales en un intento de protegerse contra el tirano de su marido.
A mí me daba pena por Miles, y me pareció que era la única persona en todo el pueblo que lamentaba su muerte. Yo había visto con mis propios ojos lo asustado que estaba y cómo casi había burlado a la policía. Me habría gustado que Miles hubiera vuelto para defenderse de las calumnias y mandar al cuerno a todos los habitantes de Rushton. La policía aún tenía acordonado el roble contra el que Miles chocó al final de la Avenida, y cada vez que pasaba por allí, me entraban ganas de llorar. Nunca había conocido a nadie que hubiera muerto y en sueños se me aparecía el Porsche, hecho un acordeón. Tenía metido en la nariz el olor a quemado de aquel día y los nervios constantemente a flor de piel. Despertaba siempre asustada, pensando que la sensación de estar viva me abandonaría en cualquier momento si no me mantenía alerta.
Ignoro si Louisa sentía la vergüenza que sus antiguos vecinos suponían. Sólo sé que la casa de al lado estaba en venta. El lugar que en tiempos había sido mi segundo hogar había adquirido un aura fantasmagórica, era un sitio del que los chicos del pueblo contaban historias de miedo, retándose unos a otros a mirar por las ventanas. Un día, nada más despertar, descubrí que alguien había pintado la palabra «asesino» en el porche delantero y me resultó
horroroso, como si durante el sueño alguien me hubiera hecho un tatuaje. Pero lo peor de todo fue, para mí, que a raíz de la muerte de Miles nadie mencionara a Fred. Él no encajaba bien en la escandalosa leyenda que siguió al accidente, en el mito popular del que tanto se hablaba, que había sido moldeado hasta convertirlo en algo tangible, casi como un tótem. Dejaron a Fred de lado, como si no formara parte de toda la historia. Y por si fuese poco, el hecho innegable de que Fred y yo éramos muy amigos se desvaneció de la noche a la mañana. Mis padres, que nunca habían querido enterarse realmente de lo que yo sentía por Fred, negaban sin más que hubiera nada entre nosotros. También en el instituto, Fred y yo (de quienes siempre se había hablado como una unidad) fuimos borrados en pro de los «escandalosos» Roper.
Por esa razón necesitaba demostrarle a Fred, después del accidente, que todavía lo quería. Necesitaba decirle que yo no lo juzgaba, que para mí continuaba siendo mi Fred,
independientemente de lo que hubiera pasado. Pero, por encima de todo, necesitaba estar físicamente con él. Ansiaba tanto ese contacto, necesitaba tanto un abrazo, que tumbados en el duro suelo me volví insaciable.
El rostro de Fred parpadeó en las sombras.
—¿Te estoy aplastando? —susurró, apoyándose en los codos.
—No —contesté, y ceñí sus piernas con las mías—. Quiero sentirte todo.
—Yo también a ti —musitó.
—Fred —dije, tomándole la cara entre mis manos, nuestras narices casi tocándose—. Quiero que lo hagamos..
Puso cara de asombro.
—¿Estás segura? Es decir, ¿no prefieres esperar?
Me aparté para mirarlo mejor, preocupada porque no compartiera mis sentimientos.
—¿Esperar a qué?
Fred me miró a los ojos y me acarició el pelo.
—Mickey —suspiró--. Todo aquello que habíamos planeado..
—No importa. Nada importa. Sólo el ahora —susurré, arrimando mi cara a su cuello, deleitándome en el olor de su piel—. No quiero esperar más. ¿Y tú?
—Claro que no. Dios mío, Mickey.. —dijo, abrazándome con más fuerza. Cerré los ojos y empezamos a besarnos otra vez. Le subí el jersey mientras rodábamos de costado, hasta que Fred se apartó, sonriendo.
—Llevamos demasiada ropa.
—Lo sé. —Reí—. Te echo una carrera.
Nos pusimos de rodillas y comenzamos a arrancarnos la ropa. Noté el aire helado en la piel, pero por dentro estaba ardiendo. Desnudos, nos situamos uno delante del otro. La cara de Fred se veía suave a la luz de las velas, su piel, pálida, casi luminosa.
—Qué preciosa eres.. —suspiró, alargando la mano para acariciarme un pecho. No podía creer lo guapo que estaba desnudo. Conocía su cuerpo desde siempre, pero era como verlo convertido en un hombre de verdad por primera vez. Toqué los músculos firmes de sus brazos y dejé que mis ojos recorrieran la tersa piel de su duro estómago. Si creía que iba a sentir vergüenza, ésta no apareció. Me parecía, en cambio, que éramos las únicas personas en todo el planeta, como si lo que estábamos haciendo no lo hubiera hecho nadie antes que nosotros. De rodillas frente a Fred me sentí irremediablemente romántica, abrumadoramente primitiva. Aquello era muy distinto de lo que se contaba en la escuela, no se semejaba siquiera a cómo había imaginado que sería de vacaciones en Francia, en un saco de dormir.
—Eres guapísimo —susurré—. Oh, Fred, Fred, te he echado tanto de menos.. Me hizo callar con un beso y juntamos nuestros cuerpos, besándonos la piel, explorando con nuestros dedos primero tímidamente, luego con más confianza a medida que nuestros cuerpos se encontraban. Fred me rodeó con los brazos, me tumbó de espaldas y empezó a besarme por todas partes. Yo arqueé el cuerpo hacia él, agarrándole el cabello.
—Eres muy hermosa, Mickey —murmuró entre besos.
Al final lo atraje hacia mí y nos miramos a los ojos. El corazón me latía más fuerte que nunca.
—¿Me amarás mañana por la mañana, Fred Roper? —pregunté con una sonrisa.
—Te amaré mañana y todas las mañanas que me queden de vida. Pase lo que pase, seré
siempre tuyo, Mickey, lo juro.
Entonces lo sentí presionar contra mí, y dentro de mí. Abrí mucho los ojos.
—Te quiero, te quiero, te quiero —repetí besándole la cara.
—Eres perfecta —jadeó él—. Oh, Mickey.
—¡Roper!
El sonido desapacible de una voz masculina cayó como un hachazo. Lancé un grito y aparté la vista, protegiéndome la cara de un implacable haz de luz, inmovilizada como un presidiario en el acto de saltar la valla. Noté que Fred salía de mí mientras, frenéticamente, cogía las sábanas para cubrirnos.
—Te avisé —oí que decía otra voz, riendo.
—¡Clarkson! —exclamó Fred.
Miré por encima de la sábana y vi a un chico con flequillo oscuro, cruzado de brazos y recostado en la puerta.
—Basta, Phillip —ordenó un hombre mayor, palmeando a Clarkson en el hombro. Clarkson señaló con el dedo a Fred con una horrible expresión en la cara, y luego se retiró
mientras se toqueteaba el flequillo.
El hombre volvió a hablar y yo me acurruqué como pude.
—Vístase como Dios manda, Roper —le dijo a Fred—. Quiero verlos fuera a usted y a su... amiga. Inmediatamente.
Salió cerrando de un portazo y la corriente de aire apagó la mitad de las velas. La cara de Fred era la imagen de la angustia. Empezó a tirarse del pelo mientras se ponía en pie.
—¡Dios! —exclamó.
Me incorporé y alcancé mi ropa. La vergüenza me caló hasta los huesos y mis dientes comenzaron a castañetear.
—Oh, Mickey —dijo Fred, desesperado—. Lo siento. Joder, lo siento mucho.
—¿Hay alguna otra salida? —pregunté, poniéndome rápidamente los pantalones—. A lo mejor. .
—No. Ésa es la única puerta. Estamos atrapados.
Lo miré mientras nos vestíamos, sintiendo que la intimidad que habíamos compartido momentos antes se hacía añicos, evaporada en la nube de polvo que se formó alrededor de nosotros. Las rodillas me temblaban, todo mi cuerpo estaba conmocionado todavía. Sin decir palabra, vi cómo Fred aplastaba de mala manera las velas que aún estaban encendidas y luego me tendía la mano para que me levantara. Se quedó allí de pie un instante, apretándome la mano en la oscuridad, incapaces los dos de encontrar palabras. Cerré los ojos y deseé tener poderes para escapar de allí, pero ya era tarde.
La puerta volvió a abrirse y la linterna llenó la estancia con su luz fría.
—Vamos, es para hoy —ordenó el hombre, que sin duda era un profesor. Seguí a Fred hacia la luz estéril que nos guiaba a la puerta, y a nuestro destino. El viaje de vuelta al internado fue horrible. El director, que se presentó a mí como señor Pearce, tenía el coche aparcado en el camino particular, cerca de la entrada. Había otro hombre esperando allí. Le dijeron a Fred que subiera al coche del otro director y a mí que montara en el del señor Pearce con Clarkson. Me acurruqué lejos de él en una esquina del asiento mientras el coche se dirigía a los edificios de la escuela, sintiéndome observada todo el tiempo. La escuela era mucho más grande de lo que yo había imaginado y estaba misteriosamente oscura. Un reloj enorme dentro de una torre sobre la imponente entrada dio las doce de la noche mientras los dos automóviles se detenían al borde del camino de grava. El señor Pearce se apeó y me abrió la puerta, pero yo me quedé sentada, rígida, sin atreverme a salir.
—Vamos —me dijo.
Sin mirarlo, bajé del coche.
Un momento después, vi que Fred se apeaba del asiento del acompañante del otro vehículo. Nuestras miradas se cruzaron, pero no pudimos decirnos nada.
—Iremos a mi casa, Jerry —le dijo Pearce al otro director, que asintió con la cabeza. Clarkson cerró la puerta del copiloto y rodeó por delante el coche del señor Pearce mientras Fred y el otro hombre se acercaban a nosotros.
—Estoy impresionado, Roper —le dijo a Fred, y silbó por lo bajo—. La chica no está nada mal.. Fred soltó un grito gutural y se abalanzó sobre él con los puños en alto.
—¡So, muchachote! —rió Clarkson, esquivándolo y parodiando los puñetazos que Fred trataba de propinarle mientras el otro hombre lo sujetaba.
—¡Te mataré! —bramó, mientras el director, con cara de enfado, le tiraba de la hombrera del jersey.
—¡Bah! —se mofó—. Yo pensaba que lo de tu padre te habría quitado las ganas de esas cosas. —¡Basta! —ordenó el señor Pearce—. Se acabó. Ahora suba a su habitación. Clarkson sonrió y me guiñó el ojo antes de encaminarse hacia el edificio grande, hundiendo las manos en los bolsillos y poniéndose a silbar despreocupadamente. Vi que Fred lo miraba temblando de ira y noté que el pulso se me aceleraba. Me hubiera gustado machacar a Clarkson.
—Vamos a arreglar esto —dijo el señor Pearce, con un gesto de la cabeza hacia el otro director, que estaba junto a Fred.
Durante un momento pensé en echar a correr, sabiendo que Fred me seguiría, pero el señor Pearce parecía haberme leído el pensamiento y me condujo hacia la puerta de una casa grande.
Volví desesperada la vista atrás, hacia Fred, conteniendo las lágrimas. Entré detrás del señor Pearce a un zaguán con paneles de madera. Había un gran perchero de madera con paraguas, abrigos y varios pares de botas. Un labrador con cara de sueño levantó la cabeza desde una alfombra al pie de la escalera.
—Si hace el favor de venir... —dijo con firmeza el señor Pearce, llevándome del codo hasta una puerta a mano izquierda. La abrió y me acompañó a un pequeño estudio.
—Pero.. —empecé, al darme cuenta de que Fred no nos seguía.
El señor Pearce hizo un gesto al hombre que se llevaba a Fred por el pasillo y, antes de que yo pudiera decir nada más, entró también en el estudio y cerró. Pierce era alto, con una poblada barba castaña y unos ojos azules muy vivos. Probablemente era más joven de lo que aparentaba, quizá más joven que mis padres.
—Puede sentarse —dijo, yendo hacia el amplio escritorio con superficie de piel. Me quedé donde estaba, mirando desafiante alrededor. Una de las paredes estaba casi cubierta de fotografías de equipos deportivos de la escuela; las otras dos, con librerías hasta el techo. Sobre el escritorio había una lámpara de lectura de cristal verde, que el señor Pearce encendió.
—¿Adonde va Fred? Quiero ver a Fred —exigí, tratando de frenar el temblor de mi barbilla mientras lo miraba con mala cara.
—Me temo que eso no será posible —repuso, tirando sus llaves a la mesa.
—Usted no puede detenerme —dije, subiendo la voz.
El señor Pearce expulsó el aire de los pulmones y luego me miró con expresión muy seria.
—Me temo que sí.
—¡No! —chillé, precipitándome llena de rabia hacia la puerta. Veloz como el rayo, el señor Pearce rodeó la mesa y apoyó el brazo en la puerta. Tiré
desesperadamente del pomo de porcelana.
—¡Déjeme salir! —grité—. ¡Déjeme salir!
Él hizo más fuerza aún y no pude mover la puerta. Gruesas lágrimas de ira brotaron de
mis ojos.
—Por favor. . ya basta —dijo, tirándome del hombro—. No servirá de nada. —Me obligó a dar media vuelta, me sujetó por los hombros y se inclinó para mirarme a la cara—. Cálmese,
¿de acuerdo?
—Pero.. ¿qué van a hacerle a Fred? —exclamé.
El señor Pearce me apartó de la puerta e indicó que me sentara en la butaca de cuero rojo.
—Mire.. —dijo serenamente e inclinándose.
—Mickey —murmuré, secándome las lágrimas.
—Mickey. Bien.. estamos ante un caso de in loco parentis. ¿Sabe lo que eso significa?
Negué con la cabeza.
—Significa —continuó, con enloquecedora calma— que yo soy el responsable de todos esos chicos. Dentro de esta casa están bajo mi custodia. Por ley, debo actuar como lo harían sus padres si estuvieran aquí.
—Fred no lo necesita. Es bastante mayor para hacer lo que quiera —le espeté.
—Se equivoca. No lo es conforme a la ley, ni según las normas de este centro.
—Pues sus normas me parecen estúpidas —apostillé—. Encierran a la gente como si fueran animales..
—Esto es un establecimiento docente, Mickey, no un zoológico. Las normas están por algo, para proteger a los propios chicos.
—Fred no necesita protección.
—En eso discrepo. ¿Cuántos años tiene usted?
—Diecisiete —mentí.
El señor Pearce no pareció impresionado y me miró arqueando las cejas.
—Tendrá que darme el número de teléfono de sus padres. Imagino que ellos no saben dónde está...
Guardé silencio, sintiéndome atrapada. Mis manos eran dos puños apretados de rabia. Odiaba a aquel hombre y cuanto representaba.
—¿Va a darme el número de sus padres? —preguntó, yendo hasta la mesa y levantando el auricular.
—Vayase al infierno —gruñí.
El señor Pearce colgó el teléfono muy despacio.
—Mire usted, Mickey —dijo con tono razonable, haciendo oídos sordos a mi última frase—. Entiendo que esté furiosa, y la situación es un tanto delicada, pero no empeoremos más las cosas. Creo que lo mejor es que pase la noche aquí y que sus padres vengan a buscarla por la mañana. —Me miró, pero yo me negaba a ceder—. Si le sirve para sentirse mejor, no les explicaré nada de.. bueno, ya me entiende. —Carraspeó un poco. Me mordí los labios y miré al techo. Vi una telaraña colgando de la lámpara. Estaba decidida a no hablar, pero el señor Pearce no se daba por vencido.
—Tengo toda la noche —dijo, levantando otra vez el auricular—. ¿Prefiere que pregunte el número de su casa a la madre de Fred?
Lo último que deseaba era meter en todo eso a Louisa. No tenía otra opción. Me quedé
mirando cómo el director marcaba y adiviné que era papá quien había contestado; enseguida me entró miedo al oír hablar al señor Pearce.
—Hola, soy Andrew Pearce, del Greenaway College —se presentó, mientras se mesaba la barba—. Imagino que se estarán preguntando dónde se encuentra su hija Mickey.. —Me miró—. Sí, exacto. . su amigo Frederick Roper. .
Dejé de escuchar y miré hacia la pared, con los ojos cegados de lágrimas. Al cabo de un rato el señor Pearce colgó.
—Vamos —dijo, poniéndose en pie y conduciéndome hacia la puerta—. Mi mujer se
ocupará de usted. ¿Sue? —llamó al salir al corredor, con voz jovial, como si nada hubiera pasado. Me quedé mirándolo, pasmada de que hubiera podido reventar mi vida y estar tan alegre. Una mujer menuda con el pelo rizado salió por una puerta junto a la escalera. Llevaba un chándal rosa y blanco y me sonrió al acercarse a nosotros, apartando al perro con suavidad—. A ver si puedes instalar a Mickey en el trastero.. La habitación estaba dos tramos de escalera más arriba, en la parte de atrás de la casa. Tenía cortinas azules con volantes y el papel de las paredes era azul y morado. Me senté en la blanda cama sintiéndome más sola que nunca. Había probado a abrir la ventana, pero estaba cerrada con llave, y sabía que el señor y la señora Pearce estarían pendientes de todos mis movimientos. Fred debía de estar al otro lado de aquella pared, tal vez a sólo unos pasos de distancia, lo que aún era más doloroso.
La moqueta azul se fue desdibujando con la profusión de lágrimas que caían a mi regazo. Hacía sólo media hora yo estaba desnuda con Fred, pero parecía que hubieran pasado años, y, pese a que ahora estaba vestida, me sentía más vulnerable y expuesta que nunca. No superaba la humillación de haber sido sorprendida in fraganti. Sí, sin duda era gracioso si le pasaba a otro. Me imaginé a Annabel y a Pippa boqueando entre horrorizadas y gozosas si alguna vez se llegaban a enterar. Pero yo estaba desesperada; no podía quitarme de la cabeza la vergüenza de que el señor Pearce y aquel infame de Clarkson nos hubieran visto a Fred y a mí desnudos. Lo volvía todo muy sórdido. Aunque me esforzaba por recordar lo bonito y maravilloso que había sido estar juntos, ahora semejaba algo sucio por culpa de otros, y yo sólo tenía ganas de matarlos.
Todo había sido perfecto. O todo lo perfecto que era posible, dadas las circunstancias. Pero ahora, arrancada del lado de Fred, me sentía aún peor que cuando no podía verlo. No soportaba pensar en lo que le estaba pasando ni en lo mal que debía de sentirse. Yo, al menos, estaba sola. El pobre Fred estaría en el dormitorio y todo el mundo sabría lo que habíamos hecho.
No sé cuánto tiempo estuve sentada en la cama, pero al final oí que se abría la puerta. La señora Pearce entró con una taza humeante que dejó sobre la mesita de noche.
—Te he preparado chocolate caliente —anunció. Yo miré el tazón por el rabillo del ojo, pero no dije nada—. Mickey. —Me puso una mano en el hombro y se sentó a mi lado. Los muelles crujieron con su peso—. ¿Te encuentras bien? —preguntó con amabilidad.
—No es justo —susurré—. No es justo.
—Vamos, vamos. Mañana lo verás todo menos negro.
La miré con ojos preñados de odio.
—No, seguro que no. Usted no lo entiende. No es culpa de Fred. .
—Mira, si eso te ayuda a sentirte mejor, a Fred no van a expulsarlo. De todos modos se marcha dentro de dos semanas, cuando termine los exámenes. Pobre chico, bastante ha pasado ya.. Con sus palabras no me sentí mejor. Eran lo último que deseaba oír, pero hubo algo en su tono de voz que me quitó un poco de amargura. La miré, confiando en su ayuda.
—¿Puedo verlo? —supliqué—. Sólo un momento.
—Creo que eso no puede ser —dijo, estirando el brazo para retirar el cubrecama—. Esta noche no. Mira, lo mejor que puedes hacer ahora es descansar un poco. Mañana veremos qué se puede hacer.
De mala gana, me eché hacia atrás y levanté los pies, abrazándome las rodillas.
—Así me gusta —aprobó la señora Pearce, pasándome un pañuelo. Me soné y le di las gracias.
—Ahora duerme. Imagino que estarás muy cansada. —Me sonrió, con ojos afables—. Mañana por la mañana te encontrarás mucho mejor.
Asentí aturdida, y ella se levantó y salió de la habitación, no sin antes lanzarme una mirada de preocupación. Entonces agaché la cabeza y lloré hasta que me quedé dormida. La cosa no mejoró por la mañana. Una estridente campana eléctrica me sacó de mi agitado sueño. Oí gritos, y salté de la cama y aparté la cortina. Unos quince minutos después hubo más timbrazos. Miré por la ventana. Las puertas de la parte principal del edificio se abrieron para dejar salir a un enjambre de chicos de uniforme que echaron a correr por el camino de grava bajo la lluvia. Me acerqué al cristal y limpié con la manga mi aliento condensado, confiando en ver a Fred entre aquellos chicos, pero no estaba. Como era previsible, mi padre se presentó temprano. Fue raro verlo en la escuela de Fred. Vestido con su mejor y más serio traje, parecía, sin embargo, estar fuera de su elemento, y no paró de balbucir. Guardé silencio mientras él les daba las gracias al señor y la señora Pearce, asegurándoles que me impondría el castigo que creyera más oportuno. Sentí que me invadía una gran frialdad mientras íbamos hacia el coche. Cuando dejamos Greenaway, no volví la vista atrás.
No cruzamos palabra en todo el trayecto hasta Rushton. Yo tenía la vista fija en los limpiaparabrisas que se movían de un lado al otro y sentía como si me estuvieran azotando. No me importaba lo que pudieran hacerme mis padres. El peor castigo del mundo ya lo había recibido.
Cuando llegamos a casa, mamá nos esperaba en el comedor, fumando un cigarrillo con cara de enfado. Vi que el cenicero estaba a rebosar.
—No puedo creerlo —empezó, con furiosos movimientos de la cabeza—. Qué
humillación. No te lo imaginas..
—¿Qué te impulsó a hacerlo? —preguntó papá, recuperando al fin la voz—. ¿Por qué te escapaste?
Lo miré, perpleja ante su pregunta. ¿Cómo podía lograr que comprendiera que estaba enamorada de Fred y que la única cosa que me importaba era verlo?
Mamá tenía los brazos en jarras y el rostro ceñudo.
—Responde a tu padre —me ordenó.
Hice caso omiso y apreté los labios mientras contemplaba la lámpara que colgaba sobre la mesa. Por el rabillo del ojo pude ver que se miraban y presentí un cambio de táctica. Papá
carraspeó.
—¿Y Fred. .? Bueno, ya sabes.. ¿Te.. tocó? —dijo.
Noté que algo se partía dentro de mí. Los miré alternativamente con odio.
—Estábamos haciendo el amor —mascullé—. Pues claro que me tocó. Mi madre soltó un gemido y apartó la vista.
—¡Oh, Geoffrey! —exclamó, llevándose una mano a la boca.
—No me tratéis como a una niña —grité.
—Es lo que eres, Mickey —dijo papá con frialdad.
—No podéis impedir que haga lo que me dé la gana —chillé. Durante un momento creí
que mi padre iba a pegarme, pero no lo hizo.
—Podemos impedirlo y lo impediremos. Se acabó el ver a Fred. Para siempre. ¿Queda claro? —Pienso volver a verlo. Me da igual lo que digas. Nos queremos y vamos a estar juntos.
—De eso nada. Tú acabarás el curso, y a partir de ahora nos tendrás más respeto.
—¡Te odio! —grité—. Os odio a los dos. Vosotros no me queréis.
—¡Ya basta! —bramó mi madre—. ¿Es que no te enteras? Se acabó tanta tontería. —Fue directa hacia mí, pero papá la detuvo.
Me quedé mirándola con todo el desprecio de que era capaz, luego di media vuelta y subí
corriendo a mi cuarto. Ni que decir tiene que cerré de un portazo.
El piso está desacostumbradamente silencioso cuando Lisa y Joe se marchan. Pongo la tele y cambio de canal sin muchas esperanzas. No dan nada que valga la pena mirar, de modo que la apago y lleno de agua la bañera. Busco en la caja de esencias de aromaterapia y saco el aceite de rosas. Lo desenrosco, y mientras aspiro su embriagador perfume me pregunto si de verdad podrá calmar mi tensión, como asegura Lisa.
Para una gota de esencia hacen falta treinta rosas. En aquel tiempo, estar enamorada fue como echarme encima toda una botella de aceite de rosas. Fue algo envolvente, embriagador y peligroso, y a partir de entonces todos mis sentimientos me han parecido diluidos. Me doy cuenta ahora, mientras vierto unas gotas en el agua, que desde lo de Fred me he pasado media vida en un estado casi constante de anticlímax.
Empecé a escribir un diario la noche en que nos separaron. Poner por escrito mis sentimientos parecía el único modo de ordenar mis pensamientos. Lo llevé a rajatabla durante un año seguido, como un preso lleno de odio e impotencia, mientras chocaba una y otra vez con el enervante muro de la autoridad paterno-materna. Al principio copiaba algunos fragmentos de mis prolijas anotaciones, manchadas de lágrimas y teñidas de pena, en mis cartas a Fred. Pero al no recibir noticias suyas, las entradas de mi diario se tornaron diatribas amargas para dar paso primero a la confusión y, finalmente, a la depresión. Tras un tiempo escribía para mantener vivos mis sentimientos, para registrar hechos mundanos de mi solitaria existencia con un patetismo añadido, confiando en que algún día esas páginas servirían de prueba, en que, si gracias a algún milagro, volvía a ver a Fred, podría enseñarle mis escritos y hacer que sintiera la desdicha que había sentido yo. O para que, si llegaba lo peor y me moría, mis padres pudieran leer el diario y llorar por la infelicidad que me habían causado.
Durante casi toda mi niñez había querido y buscado ser adulta de una manera oficial, pues en mi horizonte veía brillar como un faro la edad de la independencia; pero sin Fred me sentía desprovista de toda gloria, y apenas tuve fuerzas para apagar las velas de la tarta de cumpleaños que me hizo la abuela Richie cuando cumplí los dieciséis. Naturalmente, suspendí
los exámenes finales, más como una forma de protesta que por otra cosa. Ya que el mundo quería tratarme como una criatura estúpida, decidí comportarme como tal. No tenía motivos para vivir; donde antes había un futuro repleto de sueños, sin Fred todo era espacio en blanco. Pensándolo ahora, resulta irónico que el momento que marcó el final de mi infancia no fue cuando perdí la virginidad con Fred, sino cuando les cerré la puerta a mis padres y me refugié en mi cuarto. Fue un acto muy infantil, pero mientras lloraba contra la bata que colgaba detrás de la puerta, aporreándola con los puños de pura frustración, me di cuenta de que había perdido, y por primera vez me sentí derrotada.
No puedo culpar a mis padres por la forma en que actuaron. Les daba miedo que estuviera creciendo demasiado deprisa. Y no puedo culpar al señor Pearce por separarme de Fred porque a él también lo movía el miedo. Tenía las manos atadas: era responsable de sus alumnos y no podía permitir que se comportaran al margen de las normas del centro. Y así, sus miedos combinados consiguieron filtrarse por la barricada de mi cuarto y me convertí en una mujer adulta.
A partir de entonces el mundo ya no fue el mismo. Si antes eran mis padres los que tenían que pararme los pies, ahora era yo misma quien lo hacía. Pasé de ser egocéntrica a autocensurarme. El mundo dejó de ser un lugar precioso lleno de maravillas. Nunca volví a abrir un atlas al azar. No volví a alimentar complicadas fantasías. E incluso cuando conocí a Dan y me mudé a
Londres, una parte de mi corazón se reservó el beneficio de la duda. Si Fred y yo hubiéramos podido seguir en contacto, tal vez las cosas habrían sido distintas. Pero, inevitablemente, la furia se convirtió en apatía y el dolor quedó en simple entumecimiento. Empecé a saltarme mi cita con el diario y al final dejé de escribir. Había revivido una y otra vez nuestro momento de pasión en el templo hasta que, de haber regurgitado tantas veces ese recuerdo, dejó de ser tangible. Al final, toda mi relación con Fred dejó de parecerme real. Éramos historia pasada. Todo el mundo había seguido adelante. Hasta los recortes de prensa que hablaban de Miles, y que tan importantes se me habían antojado en su momento, fueron a parar a la papelera.
Echo la cabeza atrás para que el agua me empape el cabello. Lo noto flotar como algas en torno a mi cabeza y me pregunto qué pasaría si no tomara tantas precauciones. Me asaltan imágenes del último fin de semana. Siento el sol en el campo de Jimmy Dughead y me veo junto a Joe y Fred, mirando a lo lejos los tejados de Rushton. ¿Podría ser así la vida, todo el tiempo?
Me incorporo bruscamente y me escurro el pelo, molesta conmigo misma. No puedo hacer esto. El último fin de semana no fue una promesa de futuro sino un regusto agradable de cosas que ya pasaron, y soy una tonta por darle el menor viso de realidad. Fue tan poco real como las familias felices de los anuncios de televisión. La vida no es así: los padres son actores y los niños están maquillados para mostrar un aspecto saludable. Levanto las rodillas y encaro los hechos. La verdad es que Fred pertenece a otra, a Rebecca. Mañana caminará del brazo con ella, guapísimo, y la fotografía de la pareja de recién casados tendrá el rostro de Fred y Rebecca, no el mío.
Está mal sentir celos, pero ahora mismo me están matando. Creo que el aceite de rosas no ha funcionado. Siento como si me hubiera inyectado puro odio. Me imagino un momento telefoneando a Rebecca.
—Hola, soy Mickey —digo en voz alta—. Fred no te ama. Me ama a mí. No bien acabo de decirlo, suelto un gran suspiro. ¿Cómo puedo pensar tal cosa? ¿Qué
clase de persona sería si cediera a ese impulso? Rebecca no ha hecho nada malo. La culpa no es suya, sino de Fred.
Yo podría tomar cartas en el asunto, por supuesto. Podría, si tuviera narices, separarlos, presentarme en la iglesia y ser quien adujera exactamente la causa y el impedimento por los cuales no deberían de ningún modo unirse en matrimonio, pero ¿qué probaría eso? Yo no sería la chica con la que Fred se escapó, sino la persona que les aguó la fiesta a todos. Sé que soy injusta porque, a ojos de todos los demás, Fred no ha hecho nada malo, pero aun así lo desprecio por tomar el camino fácil. Ha pasado tantos años pisando con cautela que se ha convertido en un verdadero experto, pero yo diría que es un modelo ejemplar de cómo se supone que hemos de comportarnos. Debería aplaudir su madurez, no denunciarla. Fred no dejará plantada a Rebecca, eso seguro. ¿Por qué iba a hacerlo? Se ha adaptado a su nueva identidad como Wilson y se ha forjado una vida de éxito en torno a ese otro yo. ¿Es honrado por mi parte esperar que él quiera cambiar su vida en consideración a un pasado compartido, o por el hecho de que yo lo haya querido todo este tiempo?
Además, lo único que le he ofrecido es un mar de dudas. Incluso cuando estábamos a punto de desmandarnos, incluso cuando lo tenía a unos centímetros de mí, me eché atrás y no quise poner en peligro mi propia seguridad. Si no actué entonces, ¿por qué iba a hacerlo Fred ahora?
Pero pensar en nuestra situación como una adulta no soluciona nada. El motivo de que esté tan inquieta es que ver de nuevo a Fred me ha recordado una cosa; yo era una chica que no tenía miedo de pasar a la acción, y ahora, en la bañera, tiritando pese a que el agua está
caliente, siento vergüenza cuando me comparo con la persona que fui antaño. Salgo de la bañera, me pongo unos vaqueros viejos e inicio la búsqueda del secador. Lo encuentro en el cuarto de Joe y me siento en su cama. Debajo del edredón noto un bulto y meto la mano: es la tortuga de juguete de Joe. Hace unos cuantos años que la tiene. Le retuerzo las orejas y presiono la cabeza tratando de encontrar el punto duro que, cuando lo aprietas, activa una voz electrónica.
—Pide un deseo —dice la tortuga, y yo sonrío.
—Pues verás, tortuga. Desearía ser joven otra vez. —Alzo la vista, me veo reflejada en el pequeño espejo de Joe y noto cómo me suben las lágrimas mientras me decido a expresar lo que estoy pensando—. Y desearía.. —empiezo con voz ronca, mirándome desgreñada y ojerosa—, desearía..
Despierto muy temprano y no consigo volver a dormir. Me quedo en la cama con una extraña sensación de calma. Es sábado, hoy se casa Fred. Toda la semana he tenido miedo de derrumbarme, pero en realidad me encuentro bien. Fred ha tomado su decisión. Por los motivos que sea, reapareció en mi vida y se ha marchado otra vez, y tengo que aprovechar de ello lo que pueda.
Miro a ver si Lisa está en casa y luego decido hacer un viaje rápido al mercado de flores para comprar material. Estaré de vuelta antes de que Joe o Lisa se hayan levantado y será
mejor que quedarme sentada en la cama esperando a que empiece el día. Por si acaso, le dejo una nota a Joe.
Me encanta conducir por Londres antes de que amanezca. Es estupendo circular por las calles sin tráfico. Mientras voy por Ladbroke Grove y dejo atrás Holland Park hacia Shepherd's Bush, aparte de algún camión de la basura o de reparto de leche, apenas hay nadie. Las farolas flanquean la calle como si estuvieran ahí para facilitar mi ruta, y, como de costumbre, juego a superar mi récord de catorce semáforos verdes seguidos.
Casi lo consigo, pero al llegar a Earl's Court el semáforo número trece se pone rojo. Bajo la ventanilla para aspirar aire fresco. Un hombre está descargando cajas de un camión de panadería y me llega un aroma a pan recién hecho.
Me gusta la sensación de encontrar a gente haciendo cosas a esta hora del día. Delante de mí, el rótulo de neón de una farmacia abierta las veinticuatro horas va girando mientras, en la acera de enfrente, el hombre del quiosco está ordenando las primeras ediciones de los periódicos. Hace un gesto de desaprobación al ver a un par de chicos cruzar la calle. Llevan sudaderas y parecen desorientados y ateridos de frío, como si salieran de una discoteca. Uno de ellos le pasa el brazo por los hombros al otro y siguen caminando. Al otro lado, tras las ventanas oscuras de un pub, los logotipos iluminados de los fabricantes de cerveza relucen desde los surtidores, y un vagabundo se asoma a la ventana.
Sigo hasta Embankment mientras el cielo empieza a clarear y veo cada vez con más nitidez las copas oscuras de los árboles en Battersea Park. Las luces del Albert Bridge parpadean y una gabarra toca su sirena al pasar por debajo del puente, sobre la lisa extensión del río.
Tuerzo a la derecha para entrar en el nuevo mercado de Covent Garden, dejando atrás la perrera de Battersea. Cruzo las barreras y continúo hasta el aparcamiento. El sábado es un día tranquilo en el mercado de flores. Suelo venir los lunes, y a las tres de la madrugada hay un ajetreo tremendo, pero los sábados es mucho más relajado, me gusta tener espacio y tiempo suficientes para charlar con algunos mayoristas. Aparco en mi sitio habitual y veo a unos camioneros tomar café en vasos de plástico. Estiro el brazo hasta el asiento de atrás. Dentro del mercado siempre hace frío, la temperatura
adecuada para mantener frescas las flores, y me pongo la chaqueta acolchada que siempre tengo a punto cuando vengo de visita.
Apenas hay movimiento en el aparcamiento aparte de alguna furgoneta, y parece que fueran las doce de la noche. Pero cuando camino hacia el enorme almacén y cruzo las puertas automáticas, todo cambia.
La iluminación está retocada para que parezca que es de día. Está lleno de puestos y gente, y por los altavoces suena una música alegre que apenas se oye con el bullicio general. Como acostumbro, me detengo para que mi olfato se habitúe al olor de un millón de flores. Noto que se me levanta el ánimo al contemplar la muralla de color. Siempre me asombra que todos esos hermosos capullos puedan llegar aquí desde todos los rincones del planeta. Hay mayoristas que traen género de Holanda, Colombia, Israel, Italia y África. Además de las obligadas rosas, los crisantemos y geranios de todas las formas y colores imaginables, hay también esas flores raras y exóticas que tanto me gustan de Asia y las Antillas, y cada vez que vengo, encuentro algo nuevo.
Las unidades que rodean la enorme sala principal están reservadas para los vendedores de artículos varios. Voy hasta el puesto de Miranda, donde cintas, cestas, flores secas y de seda, espuma floral y alambres se apretujan de tal modo que es casi un milagro que Miranda tenga sitio para ella. La encuentro detrás de una colección de animales hechos de musgo seco. Los grandes hoteles suelen comprarle ese género para arreglos florales de lo más exótico, y tengo que pasar bajo un camello enorme para llegar hasta ella. Charlamos un rato mientras mete un gran bloque de oasis en una bolsa. Por suerte, accede a dármelo a crédito. Saludo a Hillary, mi proveedora de lirios. Está rodeada de cajas repletas de blancas flores de tallo largo. Se ven tan perfectas y aterciopeladas que me entran ganas de acariciarlas. En el puesto de Hargreaves, Harry está rodeado hasta las rodillas de peonías y rosas de todos los tonos. Es muy buena persona, y lleva toda la vida en el negocio. Sonríe al verme.
—Vaya, Mickey —dice con su acento del East End y su eterna sonrisa—. Estás muy guapa esta mañana.
—Hola, Harry —saludo, haciendo un gesto con la mano para desdeñar su inmerecido piropo—. ¿Ocupado?
—No —responde—. De momento está todo muy tranquilo. Ojo, no digo que me moleste tener un respiro.
Harry empieza a medianoche y a veces no cierra hasta las doce del día siguiente. No solemos tener ocasión de hablar.
—¿Qué te pongo?
—Hoy nada, creo. Estoy sin un céntimo. Sólo miraba, la verdad.
—¿Has visto a Jimmy esta mañana? —pregunta de repente, como si acabara de acordarse de algo.
—No. ¿Por qué lo dices?
—Te estaba buscando.
—¿A mí? —pregunto, un tanto alarmada. Jimmy es uno de los directores del mercado. Normalmente arreglo mis pagos con él, y noto que me pongo colorada al comprender que mi crédito debe de haberse agotado.
—Ha dicho que tenía un mensaje para ti.
Al instante dejo a un lado mis preocupaciones monetarias y pienso en Joe. Mi teléfono móvil parpadea, así que debe de haberme llamado, aunque no se me ocurre qué puede pasar. Le doy las gracias a Harry y corro hacia las escaleras que llevan al entresuelo, donde están las oficinas. Me tropiezo con Vince, uno de los porteros.
—Jimmy anda buscándote.
—Sí, lo sé. ¿Lo has visto?
—Creo que está ahí arriba —dice señalando hacia las ventanas del despacho.
—¿Sabes de qué se trata?
—Creo que ha llamado alguien —responde, y mi corazón empieza a acelerarse. Doy con Jimmy junto a la puerta. Aún no tiene cuarenta años y está completamente calvo. Sostiene una bandeja con plantas y he de esperar a que se desembarace de ellas.
—Por fin apareces. Espera. —Busca en el bolsillo de sus vaqueros—. Tengo algo para ti.
—Saca un papelito y lo lee—. Un tipo.. ha llamado hará cosa de media hora. Fred no sé qué
más.. —¿Fred? —repito, notando que el corazón se me sube a la garganta—. ¿Qué te ha dicho?
—Que era importante. Y que te dijera que fueras a buscarlo —contesta Jimmy pasándome el papel. Lo cojo y miro la letra.
—¿A buscarlo y ya está? ¿No ha dicho dónde o a qué hora?
—Ha dicho que si tú querías, ya sabrías dónde.
Me quedo mirándolo mientras pienso a toda velocidad.
—¿Seguro que no hay más?
—El teléfono se oía mal, creo que llamaba desde un móvil, pero eso es lo que ha dicho: «Si ella quiere, ya sabrá dónde.» Eso es todo.
—Ah.
—¿Qué pasa, es un agente secreto o algo? —pregunta Jimmy.
—Más o menos.
—Siento no poder ayudarte —dice encogiéndose de hombros.
—Tranquilo. Muchas gracias —murmuro, apretando el papel.
La mañana es soleada cuando llego a Rushton. No voy a casa de mis padres, sino que aparco la furgoneta junto a la iglesia y apago el motor. Estoy muy nerviosa. Fred no aparecerá, estoy siguiendo una estúpida corazonada. Sin embargo, tiemblo de emoción, una emoción que no puedo definir, mientras apoyo los brazos en el volante e inspiro hondo. He llamado a Joe desde el mercado para ver si podía aclararme el mensaje de Fred, pero su respuesta ha sido tan vaga como la de Jimmy.
—¿Has hablado tú con Fred? —le he preguntado despacio, tratando de disimular mi agitación.
—Sí. —Bostezo—. He visto tu nota y le he dicho que estabas en el mercado de flores.
—¿No ha dicho nada más?
—No. ¿Ocurre algo?
—No lo sé, cariño. Dile a Lisa que abra ella la tienda, ¿de acuerdo? Tengo que hacer una cosa. —¿El qué?
—Todavía no lo sé —he respondido con toda sinceridad.
Y sigo sin saberlo. Salgo de la furgo y miro alrededor. No hay un alma y reina un silencio absoluto a excepción de los trinos de unos gorriones en los sauces. El cielo está de un azul pálido y diáfano.
Camino hacia la verja de la iglesia. He estado devanándome los sesos, intentando adivinar dónde estaría Fred, y el único lugar que se me ha ocurrido es donde nos besamos por primera vez.
Los recuerdos se agolpan en mi cabeza como fotogramas de una película. En medio del silencio puedo oír nuestros gritos cuando hacíamos carreras de palos bajo el puente, los crujidos de nuestras gastadas casetes mientras fingíamos tocar la guitarra, el tintineo de canciones infantiles en la furgoneta de los helados.. Paso el dedo por la madera vieja de la
verja, sintiendo en su aspereza los largos días de verano que pasamos aquí y que parecían no terminar nunca.
Me apoyo de espaldas en la valla y busco con la mirada el coche de Fred, pero la calzada permanece desierta. Los minutos pasan y noto que lágrimas de decepción se agolpan en mi pecho. Fred no va a venir. O bien he llegado tarde o quizá me he equivocado de lugar. En la era de la comunicación, hemos tenido un nuevo desencuentro. Me muerdo los labios, sintiéndome totalmente perdida.
Entonces oigo el largo sonido de una bocina de coche. Proviene de la parte del puente. Echo a correr hasta perder el resuello. Al acercarme al puente, me paro en seco. Fred está
sentado en el pretil al lado de su coche, mirando hacia mí. Durante un momento me sorprende lo mayor que parece. ¿Dónde se ha ido el tiempo? ¿Cómo ha dejado de ser un niño tan deprisa?
Llego al puente y me detengo a unos metros de él. Cuando se pone en pie, toda la madurez que he visto en él desaparece. En cambio, por el modo de inclinar la cabeza veo que es un niño, el niño que espera a que yo tome la iniciativa sin advertir que era él quien siempre me daba fuerzas a mí.
—Confiaba en que vendrías. —Parece cansado, pero aun así sus ojos brillan cuando me mira. —¿Qué ocurre? —digo, tratando de leer en su cara—. ¿Es que no te casas?
Niega con la cabeza y deja caer los hombros mientras pasa la punta de un pie por los guijarros de la calzada.
—No. Ya no.
Me quedo mirándolo y me doy cuenta de la enormidad de lo que acaba de decir.
—Entonces. .
—Se terminó. Quiero decir, Rebecca.. Se ha. . terminado.
Abro mucho los ojos y quiero estirar el brazo y tocarlo.
—¿Ha sido duro? —pregunto.
Asiente con la cabeza y guardamos silencio.
Oigo el canto de los pájaros y el río que borbotea debajo de nosotros mientras nos miramos. Es como si fuéramos pequeños otra vez y estuviéramos tomando posesión del mundo, haciendo pactos y guardando secretos que sólo nos pertenecen a nosotros. De repente la vida se me antoja increíblemente preciosa y al mismo tiempo increíblemente breve. El futuro que me había parecido tan trivial e inevitable rebosa ahora de infinitas posibilidades, y sonrío de tal forma que las mejillas me duelen.
Damos el último paso el uno hacia el otro, tan sólo separados por unos centímetros. Hay muchas preguntas pendientes, pero no importa: la respuesta a todas ellas es «sí».
—Parece que me has salvado —digo.
—Te lo debía —responde Fred, tendiéndome sus manos.
Las tomo en las mías mirando cómo nuestros dedos se entrelazan, y sé que, cueste lo que cueste, ya no voy a soltarlo.
* * *
RESEÑA BIBLIOGRÁFICA
JOSIE LLOYD & EMLYN REES
JOSIE LLOYD se crió en Essex y vive en Londres. Estudió Literatura y Arte Dramático en el Goldsmith College.y en 1998 publicó su primera novela, It could be you (Podrías ser tú).
EMLYN REES nació en Gales y también vive en Londres. Su primera novela, The book of dead authors (El libro de los autores muertos), se publicó
en 1997.
Emlyn y Josie se conocieron casualmente en una agencia literaria, cuando ambos soñaban con ser escritores. Empezaron a salir, se hicieron amigos y, en una noche de juerga, tuvieron la feliz idea de escribir Finalmente juntos. El libro saltó de inmediato a los primeros puestos de las listas del Reino Unido, convirtiéndose en el éxito más inesperado del año. También la versión española, publicada en 1999, conquistó enseguida la atención de los jóvenes lectores. Pero el resultado de esta obra a cuatro manos no sólo fue una de las novelas preferidas por el público, sino que también marcó el principio de una historia de amor que ha convertido a los dos autores en una feliz pareja. A raíz de su propia boda, Emlyn y Josie decidieron escribir una nueva novela, Juntos otra vez (2000), y el éxito volvió a sonreírles, consolidando la carrera de esta singular pareja.
EL CHICO DE AL LADO
Han pasado quince años y el encuentro casual, nada menos que en una juguetería, los deja un tanto descolocados. Fred es ahora ejecutivo de marketing en una moderna empresa de internet y está a punto de casarse. Por su parte, Mickey ha abierto una floristería, empeñada en empezar una nueva vida en la ciudad, y se ha instalado con su hijo de nueve años en un modesto apartamento. El reencuentro les trae, inevitablemente, recuerdos de su infancia y juventud, aquellos maravillosos años en el pueblo cuando, además de vivir en casas vecinas, eran amigos inseparables, bueno, algo más que amigos. Claro que todo eso es cosa del pasado, y el pasado es historia, ¿verdad? Pues sí, siempre hay que mirar al futuro.
Y sin embargo, ¿por qué Mickey se pregunta si Fred conservará algo de aquel chico maravilloso, y por qué Fred empieza a plantearse ideas raras sobre su inminente proyecto de vida?
Dicen que donde hubo fuego, rescoldos quedan, aunque también es cierto que las cosas nunca son tan sencillas como nos gustaría. Dicen que el primer amor nunca se olvida...
* * *
© Josie Lloyd & Emlyn Rees, 2001
Título original: The Boy Next Door
Traducción: Luis Murillo Fort
© Ediciones Salamandra, 2006
ISBN: 84-9838-068-5
Depósito legal: B-44.644-2006