—Llévale unas flores. Pago yo.
—No, no es necesario. . en serio.
—Vamos, coge unas rosas. Éstas ya estarán mustias el lunes. Más vale que las disfrute alguien.
Me agacho para coger un buen puñado de rosas de tallo largo del cubo negro que hay junto a la caja registradora. Las manejo con cuidado debido a sus afiladísimas espinas. Personalmente no me gustan. Prefiero las flores frescas de primavera; las rosas rojas son un poco estereotipadas. De todos modos son caras, y por alguna razón me parece que la tal Rebecca tiene gustos caros, de modo que no quiero decepcionarla.
—Mickey, no es necesario. Y no tantas. Con un par bastará..
—Has de llevarle un buen ramo —digo, añadiendo unas cuantas flores más. Lo envuelvo en celofán y papel marrón, y lo ato con una cinta de rafia—. Qué poco romántico eres. Toma —
digo, pasándoselo.
Fred lo acepta a regañadientes.
—Muy amable.
—De nada. Espero que le guste. —Junto las manos a la espalda, muy consciente de mis poco femeninas uñas.
Fred parece indeciso. Las rosas casi lo han ofuscado.
—Deberíamos vernos otro día —dice, y yo asiento con la cabeza.
—Ya sabes dónde encontrarme.
Lo acompaño hasta la puerta y abro. Suena el timbre.
—Me ha gustado verte, Mickey.
—Y a mí verte a ti. —Me siento muy rara, como si un viejo sentimiento se hubiera agitado dentro de mí, no sé explicarlo.
Fred se queda mirándome. Estamos tan cerca que me pregunto si puede ver cómo el corazón me late bajo la camiseta. Es como si esperara que le diese un beso en la mejilla o le estrechara la mano. Sólo sonrío y me apoyo en la puerta. El gran ramo de rosas cruje cuando él pasa junto a mí.
Cierro la puerta y Lisa se me acerca. Juntas contemplamos cómo Fred se aleja por el espacio que queda entre las pegatinas del cristal.
—¿Quién es? —pregunta Lisa.
—Fred Roper —suspiro, un poco triste—. Mi antiguo vecino.
—Es muy mono, ¿no?
—Qué me vas a contar.
3. Fred
Frente a la tienda de Mickey, en la acera hay un capullo rosa que me recuerda al papel pintado del vestíbulo de la casa de mis padres en los años setenta. Al echar a andar, los pétalos esparcidos revolotean apartándose de mis pies y de pronto percibo una timidez que no sentía desde mis años de pubertad. Como cuando di el estirón, mi cuerpo me resulta extraño, y estoy convencido de que hasta el más normal de mis movimientos debe de parecer exagerado y brusco, como si fuera una marioneta rota.
La causa de todo esto, cómo no, es Mickey. No puedo evitar preguntarme si me estará
observando, y, en tal caso, a quién ve. ¿Le recuerdo todavía al Fred Roper que conoció, o los vínculos que tuvimos se han perdido para siempre, cortados ese funesto día de mi adolescencia en que me trasladé a Escocia con mi madre?
Resisto las ganas de girar la cabeza. ¿Qué es lo que estaría buscando? ¿Una confirmación de que todavía le intereso? ¿Por eso, a pesar de que la razón me inspira lo contrario, siento el impulso de tomarle la palabra y venir a verla otro día? ¿Qué es lo que yo buscaba, algo que me tranquilizara? ¿Me estaba midiendo con el joven que fui, para poder reafirmar que había tomado la decisión correcta al olvidarme de él? ¿Es por eso por lo que, después de tantos años esforzándome por mantener a raya el pasado, he decidido desenterrarlo? ¿O es que al ver a Mickey en el ToyZone reparé en lo mucho que la echaba de menos?
Quizá fue por su ropa, la falta de logotipos de marca en su cazadora o sus zapatillas de deporte, en contraste con todos aquellos vistosos embalajes que había en la tienda, pero hubo algo en la mujer que estaba a mi lado en la sección de videojuegos del ToyZone que me indujo a mirarla.
Incluso de perfil, y aunque se la veía innegablemente mayor, supe al momento que era Mickey Maloney. Su linda cara de niña intrépida, un poco masculina (aunque ahora más redonda, quizá, que entonces), me seguía resultando tan familiar como la mía propia. ¿Cómo podía ser de otra forma? La había visto crecer desde que era pequeña, sus pómulos enmarcando una naricita un poco respingona, su quijada cada vez más recta, cobrando fuerza y decisión, y sus labios pequeños y curvos volviéndose tiernos y más gruesos. Llevaba el pelo, castaño y brillante, recogido sobre la cabeza, y le colgaban unos rizos sueltos, más largos de lo que yo recordaba, rozándole la piel pálida y desnuda de la nuca por encima del cuello de la cazadora. Me quedé mirándola impotente, asombrado de que pudiera estar tan cerca y, sin embargo, completamente ajena a mi presencia.
Sus vaqueros estaban gastados, igual que cuando éramos pequeños. Parecía en buena forma y toda su figura tenía la misma confianza de antaño, como si su cuerpo fuera algo que no le había preocupado demasiado durante mucho tiempo. Medía unos diez o quince centímetros menos que yo. No era fácil de adivinar, estando como estaba estirándose para alcanzar una consola del expositor. Doce centímetros, seguramente. Así es como yo la recordaba, con mi mentón descansando sobre su coronilla cuando bailábamos.
Miré otra vez su cara, nuevamente fascinado de que significara tanto para mí. Era como mil instantáneas reunidas en una sola. La historia de nosotros dos. Luego ella volvió la cabeza hacia mí y el momento se desvaneció tan rápido como había llegado. Negar, y si eso fallaba, huir. Siempre habían sido mis dos tácticas favoritas en las
ocasiones previas (un total de dos) en que personas de mi juventud habían reaparecido de improviso en mi vida. La primera vez fue casi diez años atrás en la Universidad de Manchester, cuando yo me negué a mí mismo ante un compañero de estudios que me identificó como el Fred Roper que vivía cerca de él, en la Avenida de Rushton, a principios de los años ochenta, el mismo Fred Roper cuyo padre había. . La segunda ocasión (y la más peligrosa de las dos en lo concerniente al riesgo que entrañaba) me supuso un dramático y pragmático acceso de náuseas en una fiesta particular a la que asistí con Rebecca varios años después, cuando divisé
a un tipo que me miraba pasmado desde la otra punta de la sala y a quien reconocí como Jonny Phipps, un chico con quien había ido al Greenaway College de adolescente y que, una vez más, debía de saberlo todo acerca de mí y de Miles.
Y ahora me veía ante una tercera ocasión, y la mujer que me miraba no era sólo una persona de mi pasado, sino la única persona del planeta, con la posible excepción de mi madre, que sabía realmente quién había sido yo.
Debí seguir andando, claro está, dejando atrás los otros clientes, las cajas y las cajeras aburridas, cruzar la puerta basculante y salir al último sol de la tarde hasta el aparcamiento y su seguro anonimato. Todo menos quedarme donde estaba. Que fue lo que hice. Y entonces hablamos.
Incluso después, ya en el aparcamiento, el orgullo que debería haber sentido tras hacer al fin lo más sensato, escabullirme cuando ella contestó a su teléfono, brilló por su ausencia. En cambio, me encontré de pronto atravesado de vergüenza sin poder evitarlo. Por primera vez en mi vida se me ocurrió que lo que había estado haciendo, en vez de ir adelante, había sido escapar. Sin duda le debía a Mickey algo más que eso. Sin duda, después de lo que había habido entre los dos, le debía la oportunidad de explicarse. Y sin duda también me debía a mí mismo descubrir por qué ella se empeñó en partirme el corazón. Aquí, al día siguiente, frente a la floristería, doblo la esquina y me detengo. Bien, una cosa es segura: si mi propósito al presentarme era satisfacer mi curiosidad, no me ha salido bien. Resulta que ella no recibió mis cartas. Santo Dios. De repente veo un mundo paralelo de posibilidades que me han sido negadas. En vez de renunciar a lo nuestro como hice (suponiendo que Mickey había hecho otro tanto), ¿qué habría pasado si yo hubiera recibido sus respuestas, si me hubieran dado la fuerza necesaria para luchar por mi vida, en vez de dejar que se borrara por completo? ¿Y si yo hubiera adivinado (cosa que ahora parece obvia) que sus padres habían visto mis cartas antes que ella? ¿Cómo sería ahora mi vida? ¿Seguiríamos intentando estar juntos?
Sin previo aviso, me abruma un sentimiento de cariño hacia ella, y sonrío. Con el corazón latiéndome con fuerza en los oídos, siento un tremendo deseo de girar sobre mis talones y regresar corriendo a la tienda. Queda mucho de que hablar: sobre sus padres y lo que sucedió, sobre Joe, sobre tantas y tantas cosas.
El mundo reverbera con su luz cuando me quito las gafas de sol y me paso el brazo por la cara. Una gota de sudor me baja por la frente y corre por el puente de la nariz antes de caer sobre una de las rosas del ramo. Me quedo mirándola, brilla como el rocío. Luego contemplo las rosas: un regalo de Mickey para mí, que a mi vez voy a transformar en regalo mío para Rebecca. Rebecca.
¿En qué estoy pensando? No puedo volver así como así a la vida de Mickey por un capricho, no cuando ya no tengo sitio en mi vida para ella. Y así están las cosas, ¿no? Me siento realizado. En eso consistieron mis deseos de Año Nuevo: asegurarme de que me siento realizado.
Muy bien, Mickey fue mi mejor amiga hace muchos años y, sí, cuando nuestros caminos se
dividieron, la eché muchísimo de menos. Pero ¿y ahora? ¿Después de tanto tiempo? No, han cambiado demasiadas cosas entre nosotros para ser lo que fuimos una vez. Ella tiene un hijo, un negocio, una nueva vida, y yo, dentro de cuatro semanas, seré un hombre casado, establecido, feliz. Lo único que hago ahora es perseguir antiguos sueños, cerrar un capítulo de mi vida que ya no existe. Mickey no sabe nada de mí, ni siquiera mi nombre. Lo que siento son viejas emociones, ecos de mi adolescencia. Que se desvanecerán. Lo sé, sólo es cuestión de tiempo. Como con Miles, al final Mickey desaparecerá.
Me pongo otra vez las gafas y camino hacia mi casa. Aquí tengo una vida, con Rebecca, hoy, me fuerzo a recordar, y es en eso en lo que debo concentrarme; no en lo que fue o lo que podría haber sido, sino en lo que es. Mickey Maloney es alguien a quien debo olvidar. Debo verla como lo que es: una pieza más de mi pasado, que enterré en su momento y puedo volver a enterrar.
Lo primero que hago cuando llego a casa es abrir el cubo de la basura y hundir allí las rosas, sepultarlas bajo la caja de la pizza de anoche y los restos del desayuno de esta mañana.
Esa misma tarde paso en coche por Queen's Park, junto a las casas de ladrillo de los obreros ferroviarios de la era victoriana, y enseguida me veo metido en un atasco imponente en la carretera de Harrow. En la media hora que tardo en cubrir tres kilómetros hasta el piso de Rebecca, hago una llamada telefónica, recibo otra y paso unos cinco litros de fluidos corporales en forma de sudor a la tapicería del asiento del coche. Hace seis años que tengo este automóvil, un Renault 5 rojo de principios de los ochenta. Rebecca, que tiene un descapotable Saab azul marino con detalles personalizados, odia de verdad mi Renault y, en más de una ocasión, me ha sugerido cambiarlo por un medio de transporte más fiable y sofisticado («Por ejemplo, un burro», propuso, con cierta mala leche, en mi opinión). Los coches son importantes para ella, y por eso se niega a ir en el mío. No es algo que me preocupe. En mi, por lo demás, tecnófila existencia, mi Renault 5 es el único objeto que me suscita afecto. Compartimos historia él y yo. Me ha durado ocho tarifas de telefonía móvil, cuatro empleos, dos novias y un choque múltiple en la autopista. Y mientras continúe velando por mí, yo haré lo mismo por él.
La llamada es a Susan, que está en la oficina trabajando en los clientes potenciales y las estadísticas de ventas que tenemos que presentar el jueves a nuestro director de finanzas, el virginiano Michael. El próximo fin de semana viaja a Stateside, en la Costa Este, para la reunión mensual con nuestros inversores norteamericanos, y, como siempre, necesita munición en forma de gráficos optimistas para demostrar que nuestro flujo de ingresos crece por momentos y que (oh, por supuesto que sí) abandonaremos los números rojos antes de fin de año (cosa que, con un poco de suerte, lograremos).
Llamo con el fin de verificar que Susan, buena amiga mía además de colega de muchos años, no se me vuelva loca teniendo por toda compañía al equipo de desarrollo web y a los de atención al cliente. Pero que nadie crea que lo hago por altruismo. Al igual que Susan, soy incapaz de conectarme a la oficina desde casa y trabajar vía extranet (demasiadas distracciones: la televisión, Sony y Eddie, por nombrar sólo tres), y mañana estaré sentado exactamente donde ella está ahora, confiando en que también interrumpa con una llamada telefónica similar a la mía mi soporífero turno de domingo.
—¡Me estoy derritiendo, Dorothy! —chilla Susan por el teléfono—. ¡Sácame de aquí!
Río al imaginar la escena de El mago de Oz en que muere la Malvada Bruja del Oeste.
—Si quieres que el día te pase volando —le digo—, sólo tienes que entrechocar tres veces los talones de tus zapatos.
—No puedo.
—¿Qué pasa? ¿Es que no sabes contar hasta tres?
—Lo que pasa, Einstein —me corrige—, es que para poder chocar los talones de los zapatos, primero has de ir calzado.
—¿Estás descalza?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque tengo los zapatos en la nevera.
—¿En la nevera?
—Ajá. Enfriándose.
—¿Cómo que enfriándose?
—Y mis bragas también. .
—¿Tus bra.. ?
—Oye —replica, ofendida—, ¿qué esperas que haga una chica? El aire acondicionado no va y los muslos me chorrean como dos pollos asados. En fin —añade, con tono más conciliador—, Germaine Greer dice que las mujeres no deberían llevar bragas si no lo desean.
—Bravo. Abajo las bragas.
Oigo el siseo de un fósforo cuando Susan enciende un cigarrillo (Silk Cut) y da una calada a fondo. Aunque por desgracia eso ya no me atañe, fumar en el puesto de trabajo es la única ventaja de trabajar en fin de semana. (Los días laborables te confinan al Rincón del Cáncer, un pequeño espacio embaldosado bajo una palmera artificial en el vestíbulo de la zona de recepción.)
—¿Por qué no llamas a la compañía y les dices que envíen a un técnico para que lo arregle? —le sugiero—. El número de urgencias debe de estar en el CD-ROM de Jimmy. .
—Ya lo he hecho —me interrumpe Susan.
—¿Y?
Su voz baja de tono:
—Pues que no responden. Bueno, sí, pero no consigo llegar a ninguna parte. Me van pasando de grabación en grabación, es como un laberinto..
—¿Y si envías un correo electrónico?
—Contestan una vez al año. —Hace una pausa y suspira—. ¿Sabes qué? Me convendría más pedir ayuda al Mago de Oz.
Sorbe por la nariz y me imagino el puchero a lo Bette Davis que está haciendo ahora, con su cabello rubio platino cayendo en ondulados mechones a ambos lados de su angulosa cara de elfo. Doy gracias al cielo de no estar allí para verlo. Seguro que, como mínimo, tendría que invitarla a un helado, ir a buscarlo al bar de la empresa y volver con él medio derretido, pero soy incapaz de hacer esas cosas.
—Olvídalo —digo, situándome a la altura de un furgón frigorífico aparcado frente a una carnicería—. El mago es un charlatán. Pura fachada. Todo el mundo lo sabe.
—Gracias por la solidaridad —bufa, y añade—: Por cierto, ¿dónde estás? No, no me lo digas —se apresura a pedir—. A ver si lo adivino. Sentado en una playa recoleta de la costa de Cornualles, con una caña de pescar clavada en la arena entre tus pies y una botella de cerveza helada en la mano. ¿Sí?
Sonrío. Susan (una chica tipo introspectivo-ecologista) siempre me está lanzando idilios arcádicos actualizados. Forma parte de su campaña para que supere lo que, según ella, es una renuencia casi patológica de Rebecca a salir de la ciudad para ir a algún sitio geográficamente más cercano y menos estilo guías Conde Nast que, por ejemplo, la Toscana. Me dispongo a decirle que, hace sólo dos semanas, Rebecca me llevó a casa de sus padres.. cuando un camión articulado que bloquea el paso en el cruce, un poco más adelante de donde me encuentro, provoca un concierto ensordecedor de bocinazos. Durante la pausa
forzosa en nuestra conversación cambio mi respuesta. Me digo a mí mismo que Rebecca no piensa en Thorn House como en un sitio real, al recordar lo que me comentó la primera vez que la acompañé para conocer a George y Mary: «Es como Kew Gardens: muy bonito y perfecto para pasar el día, pero las tiendas son una porquería, la verdad.»
—Claro que —continúa Susan medio minuto más tarde, cuando el ruido de los bocinazos ha disminuido de manera que la comunicación sin la ayuda de palomas mensajeras vuelve a ser factible—, podrías estar haciendo lo de siempre, pasear ese destartalado montón de chatarra que tienes por coche por toda la ciudad, no impresionar a las chicas, y ser adelantado en los semáforos por octogenarios que sólo piensan en llegar a sus tumbonas..
—Oye —exclamo, enfatizando mi indignación con un acento a lo Cosa Nostra—, un poco más de respeto, ¿eh? Cincuenta años más y este «destartalado montón de chatarra», como tú lo llamas, será calificado oficialmente de antigüedad.
—Dentro de cincuenta años, señor Corleone, formará parte del subsuelo de un vertedero. Sonriendo y rindiéndome al mismo tiempo, asomo la nariz por la ventanilla como los perros y tomo una bocanada de aire, diez por ciento oxígeno, noventa por ciento toxinas. Con la idea del campo todavía en la cabeza, sin saber cómo, por asociación libre, relaciono mi salida de Londres camino de Thorn House con Rebecca, a ésta con Rushton, y de repente me veo de nuevo saliendo de la floristería de Mickey.
Sólo que esta vez doy media vuelta después de cuatro o cinco pasos y regreso a la tienda. En la ventana creo ver su cara un momento, pegada al cristal.. Entonces el sol sale tras un edificio en la acera de enfrente y el cristal se torna blanco, como un destello de flash, y ya no puedo ver nada.
«¿Mickey estaba observándome de verdad?», me pregunto de nuevo.
—Por cierto, ¿cómo te va? —me apresuro a decir, cortando la imagen y volviendo a concentrarme en la calzada y en el sonido de la voz de Susan. Cansinamente responde que, aparte de la resaca que todavía le dura de la fiesta de lanzamiento a la que asistimos el miércoles por la noche en Soho (consiguió no acostarse en toda la noche), está bien. Me pregunta si recuerdo la conversación que tuvimos al final, antes de yo me fuese a casa, sentados a una mesa en Jay's Shakedown a eso de las dos de la madrugada, y le contesto que no. Solamente sé que estaba hecho polvo y que me había tomado unos cuantos vodkas con tónica. Susan dice que se alegra, lo cual me empuja a pensar si no me habré perdido algo. Un vago recuerdo ebrio emerge (un comentario sensiblero por mi parte acerca del matrimonio, hacerse maduro y sentar la cabeza), pero enseguida pasa, dispersándose cual humo en el éter.
De todos modos, es tarde para comentarlo ahora; Susan ya ha cambiado de tema y me habla del trabajo. Ha charlado con los organizadores de la fiesta de presentación que damos el próximo sábado para el nuevo canal de juegos newsasitbreaks.com en un almacén de Brick Lane. Concienciarnos a fondo y darnos prisa por tener los juegos en la página web es lo que Susan y yo hemos estado haciendo los últimos seis meses. Confiamos en atraer a muchos jóvenes, clientes y visitantes de la web, y por eso es vital que la fiesta sea todo un éxito. Tal como pinta la cosa, parece que lo será, según Susan. La mayoría de los clientes, actuales o potenciales, y de nuestros proveedores a los que hemos invitado han dicho que irán. La rampa de monopatín que hemos encargado está ya lista, igual que las pantallas gigantes, donde podremos ver a expertos profesionales del videojuego y a chavales novatos de todo el planeta peleando en directo con las nuevas demos. Y, lo más importante, se han fijado ya los actos simultáneos con Nueva York y Tokio (confirmada la franja de tarde, hora de Greenwich), y no seremos nosotros quienes impongamos horarios intempestivos.
—En otras palabras —resume Susan—, va a ser una pasada y, toco madera, nuestra máxima preocupación no será otra que la de escoger qué ropa nos ponemos.
—En tu caso, amiga mía, todo, artículos de importación —le digo. (Ella encarga todo su raro y maravilloso vestuario de quinceañera a tiendas online de Japón y Estados Unidos.) Nos despedimos y cuelgo, no sin antes decirle que hablaremos mañana. Y en ese preciso instante (justo cuando estoy dando marcha atrás para aparcar frente a la imponente mansión gris donde está el piso de Rebecca) suena otra vez el teléfono y veo el nombre de mi chica parpadeando en la pantallita.
—Hola—digo—. ¿Dónde estás?
—Aquí arriba, encanto —responde Rebecca, con una voz áspera a lo Marlene Dietrich. Miro hacia su edificio y la veo en el cuarto piso, enmarcada por la ventana de la cocina. Detrás de ella, aunque desde aquí sólo distingo una impresión borrosa de plata y verde, mi cerebro adivina el conocido despliegue de plantas Clifton Nurseries y cazuelas y sartenes Harvey Nichols. Rebecca parece llevar puesto un vestido blanco, y tiene el cuello doblado para sujetar el teléfono mientras sube la ventana de guillotina. Me alegro de verla y siento alivio de que así sea: quizá todos esos extraños pensamientos relativos a Mickey no eran más que un exceso de sol y vibraciones estivales.
—¿Cómo te ha ido en Oslo?
A modo de respuesta, Rebecca se inclina hacia delante con las manos apoyadas en las caderas y se contonea provocativamente.
— I wanna be loved by you —me canta por el teléfono, cambiando a Marlene por Marilyn, mientras sigue balanceándose y desliza las manos por las caderas. Noto que sonrío y ahora, sinceramente, toda mi atención está puesta en Rebecca. No es la primera vez que veo esta representación, ni mucho menos, pero lo que anticipa siempre me atrapa. Apago el motor sin dejar de mirarla y saco la llave del contacto. Me rindo, a Rebecca y al momento.
— Just you, and nobody else but you —continúa ella, acariciándome el oído, ahora con los brazos cruzados sobre los hombros desnudos—. I wanna be loved by you. . Va girando despacio hasta quedar de espaldas a mí. Sus dedos, que desde donde estoy parecen los de otra persona, suben y bajan sensualmente por los costados de su espalda. Me quito el cinturón de seguridad y cambio de postura para verla mejor. Yo nunca había pensado tener una novia exhibicionista, pero, qué demonios, de vez en cuando uno tiene que sacrificarse, ¿no? Y si el origen del sacrificio resulta que mide un metro setenta y dos y es un ocho perfecto, yo creo que toda queja por mi parte sería de mala educación.
El vaivén de caderas se acentúa, mientras sigue cantando:
— A-lo-oo-one. .
Sus manos tiran rápidamente de las esquinas del vestido (me doy cuenta de que no es tal, sino una enorme toalla blanca de baño), abriendo un rectángulo que lo oculta todo salvo su cabeza y su nuca. «No —me digo—, volver la cara sería un error.» Soy responsable ante Rebecca. Si tiene la necesidad psicológica de seducirme de tanto en tanto con esos lujuriosos e impúdicos despliegues de carne desnuda, lo menos que yo, su novio formal, puedo hacer es apoyarla. Es un caso de solidaridad, ni más ni menos.
— Boop-oop-ee-do!
Suelta la toalla, que cae al suelo. Y antes de que podamos intercambiar palabra, o de que sus nalgas puedan sacudirse un milímetro más, el teléfono enmudece y Rebecca desaparece de mi vista, sin lanzarme siquiera una mirada. Espero unos segundos a que regrese, pero la ventana permanece vacía.
Entonces salgo del coche y cierro la puerta con llave (más por costumbre que porque tema que puedan robármelo, pobrecito). Cruzo rápidamente la calle y entro en lo que, a estas alturas, considero ya mi segunda casa.
Hay una pila de correspondencia sobre la mesita del vestíbulo comunitario de la planta baja —propaganda de comida rápida, facturas (una del gas a mi nombre y el de Rebecca)—, pero no tengo tiempo ahora para esas minucias. Arriba hay una mujer desnuda y cachondísima que exige mi intervención.
Subo los cuatro tramos de escalera casi volando, y sólo me paro un poco en el último rellano para recobrar el resuello, antes de poner la mano en el tirador de la puerta del piso. La encuentro en el baño con suelo de tablas africanas y perfume de sándalo. Dos de las cuatro paredes son espejos del suelo al techo, y todo el cuarto resplandece con el parpadeo de velas de aromaterapia y las sombras danzantes que las acompañan. Rebecca está a cuatro patas encima de la alfombra, junto a la bañera. Su piel tiene un toque dorado con esta luz, y su grupa apunta hacia mí temblorosa y expectante. Mueve la cabeza hacia un lado y me mira reflejado en el espejo.
—Ven a follarme —me dice—. Fóllame viva.
Dos minutos después camino abatido hacia el dormitorio. Me derrumbo en medio de la cama continental tamaño continente. Es de madera, francesa y, según el tipo de Chelsea que se la vendió a Rebecca a cambio del sueldo de todo un mes, una pieza de anticuario. Evito la mirada de Rebecca cuando se acerca y se tumba a mi lado. Sólo miro su cuerpo. Lejos de la luz de su cuarto de baño de pecado, su piel es de un blanco cremoso y perfecta. Contemplo sus pezones, tan pequeños, marrones y duros como avellanas, pero mi cuerpo sigue sin reaccionar. Al final, reúno el coraje suficiente para mirarla a la cara.
—Lo siento —digo a media voz—. No sé qué..
Rebecca me hace callar con un dedo sobre mis labios.
—No digas nada —susurra.
Tras mirarme unos instantes, se arrima y empieza a observarme con los ojos entrecerrados. Al pestañear, sus párpados pintados centellean, perfectamente multicolores como plumas de pavo real.
—¿Seguro que no quieres que te. .? —pregunta en voz baja—. Quién sabe, a lo mejor. . —
comienza a pasarme la mano por el muslo— yo podría. . —levanta las cejas— ponerte a la altura de las circunstancias..
«Ojalá», pienso. Pero sé de sobra que será una pérdida de tiempo. El entumecimiento de genitales que he experimentado en el cuarto de baño es tan duradero como la anestesia de un dentista. Un gatillazo en toda regla.
—No —digo—, preferiría que no hiciéramos nada.
Levanto la vista y miro la pantalla minimalista (cromada y de algodón cepillado) que cuelga del sencillo rosetón en medio del techo. Rebecca recorre con un dedo la curva de mi hombro, pero yo no reacciono. Si me siento así ahora, por no haber estado a punto una vez,
¿cómo será si vuelve a pasarme lo mismo?
Lentamente me tumbo de costado, pego la nariz a su cuello y aspiro el hiperpotente combinado de baño capilar Vidal Sassoon y reafirmante corporal de Clarins. Una mezcla que ha obrado siempre maravillas en mí en otras muchas ocasiones: hoy sólo huele a jabón. Me aparto de nuevo.
—Eso le pasa a todo el mundo de vez en cuando —dice Rebecca.
Me mira, a la expectativa. Es algo que suele hacer, como si uno de mis principales deberes en esta relación fuera corroborar lo que ella cree que ya sabe de mí. Luego, cuando mi cara delata lo que sea que ella esté buscando (en este caso, abyecto agradecimiento por su actitud sumamente comprensiva) y me dispongo a hablar, ella me lo impide, al añadir:
—Pero no conmigo. Te aseguro que para mí es la primera vez.
Gruño, agarro un par de almohadas y me incorporo junto a la cabecera de la cama.
—Me siento muy avergonzado.
—¿Y cómo crees que me siento yo, eh? —pregunta, visiblemente cabreada—. Es lo último que esperas después de esforzarte por seducir al hombre con quien vas a casarte. . Es en momentos de aislamiento espiritual como éste cuando de veras me cuestiono el carácter estrictamente sexual de nuestra relación. Y no porque tenga nada contra hacer el amor con Rebecca. En eso es una mujer muy dotada, y físicamente es justo la clase de chica que siempre soñé tener en la cama. Pero si no pudiéramos follar, entonces ¿qué? ¿Con qué nos quedaríamos? ¿Qué quedaría de nosotros como personas? ¿De qué podríamos hablar? ¿Qué
cosas haríamos?
—¿Es por mí? —pregunta Rebecca—. ¿Ya no me encuentras atractiva?
—Todo lo contrario —replico—. Esto no tiene nada que ver contigo. Es cosa mía. Lo digo con el corazón en la mano. Rebecca está tan impresionante como el pasado jueves por la noche, cuando celebramos una retozona despedida antes de su marcha a Oslo. Nada en ella ni en su físico ha cambiado en absoluto.
Me mira expectante, como si esa explicación no le bastara.
—No sé —continúo—, quizá sea estrés. Tengo mucho trabajo en la oficina, y luego está lo de la boda; bueno —me apresuro a añadir—, no quiero decir que me hayan entrado dudas ni nada, pero, no sé, supongo que todo contribuye, ¿no?
Rebecca no dice nada. No necesita hacerlo; ya sé lo que está pensando. Está pensando que ella también trabaja mucho, que ella también va a casarse, y que eso no le impide tener ganas de sexo.
—Todo se arreglará —asegura.
—No hay nada que arreglar —digo, con ganas de poner punto final a la conversación—. Es un gatillazo, nada más.
—¿No tendrás otra cosa en la cabeza? —me pregunta tras un silencio incómodo—. ¿Algo que quieras decirme?
—¿Como qué? —Suena a desafío, y me doy cuenta de que lo es porque su pregunta también sonaba a reto.
—Ni idea —contesta con aire inocente—. Tú sabrás.
Podría darle una respuesta concreta, pero no estoy preparado para ello. Ni siquiera me atrevo a reconocerlo para mis adentros. Y al mismo tiempo es difícil de evitar. Ella estaba allí, Mickey, en el cuarto de baño. No en carne y hueso, por Dios, sino en mi mente. Yo miraba a Rebecca, pero pensaba en Mickey, y ni siquiera en hacer el amor con Mickey, sino en lo eufórico que me he sentido hoy después de verla. Y estaba pensando, además, en aquella otra noche, Mickey y yo tumbados en el suelo de un edificio vacío, rodeados de velas y enamorados. Pero entonces, al mirar a Rebecca, he vuelto en mí y me he sentido culpable. La lealtad, ésa debería ser mi respuesta a su pregunta. Emocionalmente le he sido desleal. Emocionalmente, me he dejado comer el coco por la lealtad a otra chica, cosa que debería haber cesado hace años.
—¿Y si me pasa otra vez? —pregunto, pensando que tal vez me equivoco y podría estar en el inicio de un verdadero problema médico.
—No pasará.
—Pero ¿y si.. ?
—Podrías tomar Viagra —sugiere, sólo medio en broma.
—Eso quizá tampoco funcionaría. Y entonces, ¿qué? No podremos follar. . no podremos tener hijos.. eso lo cambia todo..
Me mira con un gesto de desaprobación.
—¿Hijos? —pregunta.
—Sí, personitas, ya sabes.
—¿Desde cuándo los hijos forman parte del plan?
—¿Qué quieres decir?
Se apoya en un codo, y vuelve a preguntar:
—¿Cómo que qué quiero decir? ¿Qué quieres decir tú?
—Nada.
Ladea la cabeza, poco convencida.
—¿Nada?
—Nada.
—A algo te referías, digo yo —replica, con sensatez—; si no, no lo hubieras dicho.
—Está bien —concedo—, es algo que pensaba que me gustaría hacer algún día, algo que pensaba que podíamos hacer, tú y yo..
—¿Cuándo?
—Bueno, tampoco lo había decidido. Después de casarnos, supongo...
—No, quiero decir que cuándo lo pensaste.
—Oh, pues no sé. No puedo darte una fecha concreta. Lo pensé y ya está. Qué sé yo, mirando a otra gente.
—¿Cuál?
—Pues gente con niños —digo vagamente—. Ya sabes, amigos nuestros con hijos.
—Nosotros no somos amigos de gente con hijos —observa Rebecca. Y tiene razón. Se me ocurre ahora: no tenemos amigos con hijos. Y sólo ahora, claro está, me acude a la cabeza una imagen de Mickey, y mi promesa anterior de no pensar en ella se queda por el camino.
—Sí —digo—, bueno, quizá deberíamos preguntarnos por qué. —Estoy confuso, confuso por todas estas cuestiones y confuso porque la respuesta fácil que tengo en la cabeza se relaciona con Mickey y su hijo Joe y lo felices que parecían y lo feliz que me ha hecho mirarlos: respuestas que no puedo darle a Rebecca.
—¿Preguntárnoslo? —se burla—. ¿Qué pretendes, Fred? ¿Que vayamos a Queen's Park y busquemos unas cuantas parejas con crios? ¿Que los pongamos en la agenda bajo la P de padres? ¿Reunirlos una vez al mes para hablar de pañales y plazas escolares?
—No —respondo, tratando de reaccionar de la manera más razonable posible—. Sólo estoy diciendo que es una cosa muy normal. Y que.. que es importante —añado—, y que.. Rebecca suelta un resoplido y me interrumpe:
—El motivo de que no tengamos amigos con hijos, Fred, es que la gente con hijos es muy aburrida. ¿Qué? —Los ojos le brillan al detectar sin duda mi gesto de indignación, y replica un tanto indignada también—: Que te suene cruel no significa que no sea verdad.
—No son aburridos —objeto.
Rebecca sacude la cabeza con una expresión de desconcierto.
—No puedo creer que te pongas en plan clueca.
—No es eso.
—Pues lo parece.. —Me dedica una sonrisa paciente y se estira con languidez en la cama, luego dobla las rodillas y se pone una camiseta—. Piénsalo bien —me dice, tumbándose de nuevo—. Los padres, por definición, son responsables. Y ser responsable significa ser aburrido. Los padres no beben —me informa— y no van a fiestas. Se pasan el día en casa, vegetando. ¿Y
quieres saber por qué? —pregunta retóricamente, sin darme opción a responder—: Porque han renunciado a vivir. Porque han volcado todas sus energías en los hijos y en el proceso se han vaciado por completo. Porque ya no están ahí compitiendo con todos nosotros. Y sí, de acuerdo, puede que un día esté preparada para eso, puede que un día necesite descansar y decida entregar el relevo. Pero de momento, no. Joder, Fred —dice, con una sonrisa malévola—
. Soy demasiado joven. —Se inclina para besarme en la mejilla—. Y tú —añade— también lo eres. —Es lo que le dije a tu padre.
Parece sorprendida por la información y, de alguna manera, eso me da ánimos.
—¿Qué? —pregunta.
—Le dije que éramos demasiado jóvenes para tener hijos.
Sigue igual de sorprendida.
—¿Él preguntó al respecto?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Hace un par de semanas. El día que estaba el vicario.
Rebecca sacude la cabeza y sonríe.
—Qué cabrón. ¿Y qué cara puso?
—Me dio la razón.
—Ah. ¿Lo ves?
Protesto, una vez más.
—Nada de «ah». ¿Qué importa nuestra edad? Mucha gente más joven que nosotros tiene hijos. Sí, gente con diez años menos que nosotros, si no más.. Seguro que si les preguntaras, no te dirían que están aburridos ni que han «renunciado a vivir».
—Es posible, pero ¿qué iban a saber ellos? Si es lo que han hecho desde que acabaron el instituto, entonces no tienen la menor idea de lo que se están perdiendo. —Se encoge de hombros, apoya el tobillo derecho en la rodilla contraria y empieza a toquetearse la uña del dedo gordo del pie—. Mamas jóvenes, ¡agh! Personalmente, no se me ocurre nada peor que estar atrapada cuidando de un crío cuando podría estar divirtiéndome por ahí. Eso sí que es desperdiciar la vida.
Me dispongo a replicar, pero me contengo. Cierro la boca, y también dejo de escuchar a Rebecca. No tiene sentido seguir discutiendo. Y no es que ninguno de los dos haya bebido. Ni que Rebecca no esté hablando en serio, igual que yo. Pero, aunque reconozco que tiene derecho a opinar así, no me quito la sensación de repugnancia que me ha inoculado. Visualizo una bonita imagen de Mickey y Joe. Caminan por un parque, cogidos de la mano, charlando animadamente y riendo. Y las palabras de Rebecca hacen añicos toda la escena. Echo un vistazo a la habitación: el enorme armario ropero importado de Bali, el televisor acabado en aluminio, la bata de Virgin Select colgada de la puerta de madera de anticuario, la lámpara diseño de Philip Stark sobre el tocador y la silla de Lloyd Loom, perfectamente emplazada frente al espejo iluminado de una boutique de Portobello Road. Luego miro a Rebecca. Ahora está de cara a mí, estirando el brazo para coger el mando a distancia, ajena a la importancia que ha cobrado para mí nuestra conversación. Paseo la mirada por sus hermosas facciones y luego me observo reflejado en el espejo.
—Ah, Fred, por cierto —dice, volviéndose hacia mí cuando el televisor se pone en marcha.
—¿Qué? —pregunto.
—¿Te importa cambiar tu coche de sitio?
—¿Cómo dices?
Me mira como tomándome por imposible.
—Es que le da a la calle un aspecto calamitoso, ¿sabes? —responde—, y dentro de un rato viene un agente inmobiliario para hacer una valoración, a ver si ponemos el piso en venta y podemos empezar a buscar otra cosa para después de casarnos. —Me sonríe y me manda un beso antes de seguir mirando la tele—. Gracias, cielo —añade, subiendo el volumen cuando encuentra un concurso.
Con un montón de cuestiones por resolver acerca de la presentación de los videojuegos el sábado próximo, el jueves salgo temprano del trabajo (a eso de las siete de la tarde) y tomo el metro hasta Knightsbridge.
Phil cumple hoy veintisiete años y nos ha pedido que vayamos de picnic juntos. Fue mi compañero de piso durante mis dos primeros años en Londres, y ahora sale con Katie, la mejor amiga de Rebecca en la facultad.
Hace una tarde agradable y hay mucha gente desperdigada por Hyde Park, jugando al fútbol, abrazándose en la hierba crecida o sentada sin más bajo los árboles leyendo un libro o el periódico. Con todo, no es difícil distinguir a la pandilla de los amigos de Phil, aproximadamente unos quince, pues el ruido y la animación los delata. Desde cincuenta metros de distancia se nota ya que están borrachos. Akash está persiguiendo alrededor de un banco junto al lago a Michelle, que grita, y otros están congregados en torno a una robusta haya centenaria, colgándose de las ramas bajas en un intento de recuperar lo que parece un frisbee. Veo a Rebecca y Eddie sentados en una estera en medio de todo el ajetreo. Ellos no me han visto aún y los observo durante un par de segundos, riéndose juntos, antes de reunirme con ellos. —Estás hecho polvo, ¿no? —me dice Rebecca—. ¿Cómo ha ido la reunión? —Lleva una elegante falda gris y un top de seda blanco. Los zapatos y la chaqueta están en el suelo y va descalza.
Vuelvo a pensar en la interminable reunión de ventas de esta tarde con Susan y Michael. Dirijo la vista hacia los relucientes dorados del Albert Memorial y los párpados me pesan.
—Agotadora —respondo, alcanzando una cerveza.
—¿Quieres? —pregunta Eddie, con la sonrisa fija y la mirada descentrada, ofreciéndome el porro que está fumando.
Niego con la cabeza.
—Mejor que no. Me quedaría grogui.
Él le pasa el canuto a Rebecca, que inhala a pleno pulmón y luego se tumba de espaldas mirando al cielo, sin dejar de fumar.
Transcurren los minutos y hago todo lo que puedo por participar en la fiesta. Juego un rato al frisbee y me tomo unas cervezas con Phil y Chas, que me interrogan sobre lo que haremos en mi despedida de soltero, dentro de dos semanas. Pero parece que la cerveza no me hace efecto ni consigue levantarme el ánimo. Al contrario, me pasa como me ha pasado siempre con la ginebra, que me vuelve más ensimismado todavía.
Quitarme a Mickey Maloney de la cabeza está resultando mucho más difícil de lo que había imaginado. Es como si ese estallido de sentimientos que experimenté hacia ella al salir de la floristería hubiera arraigado y no hubiera dejado de crecer, y ahora lo siento dentro de mí, gimiendo como un árbol batido por el viento.
—Oye —le digo a Rebecca, acercándome a ella y a Eddie, que siguen sentados y riéndose como dos bobos en la estera—. Creo que me voy a casa.
Rebecca me mira con ojos de colocada, sin entender.
—Pero ¿por qué? Si estamos aquí tan bien, relajándonos.
—Sí, hombre —dice Eddie—, quédate.
—Tengo un montón de trabajo que hacer antes del sábado —alego.
—¿Qué pasa el sábado? —pregunta Eddie.
—El gran lanzamiento de sus juegos —le informa Rebecca.
—Oh —exclama, abriendo otra lata de cerveza.
Miro a Rebecca de arriba abajo. Las cosas no van finas entre nosotros desde el episodio del sábado en el cuarto de baño. Hicimos el amor el jueves antes de ir al trabajo, pero fue medio dormidos y sin gracia, y no sirvió para despejar el ambiente.
—¿Vas a venir o no? —le pregunto.
—¿Qué? ¿Ahora o a la presentación?
—Las dos cosas.
Veo que frunce el entrecejo, concentrada en encender un cigarrillo.
—El sábado, imposible —dice al cabo—. Tengo que ir a ver a mi modisto. —Hace una pausa para dar una calada—. Y en cuanto a ahora.. creo que me quedo un rato más —decide, y me sonríe como pidiendo disculpas—. No te importa, ¿verdad, amor? Es que estoy demasiado colocada para hacerte buena compañía. . Después me iré a casa. . así podrás descansar.
—Está bien. —No la culpo. Hace una tarde espléndida y si estuviera de mejor humor, yo también me quedaría—. ¿Crees que podrás volver a tu casa por tu cuenta?
—Oh, sí, descuida.
—No te preocupes —me tranquiliza Eddie, haciendo el saludo boy scout—. Yo me encargo de meterla en un taxi.
Me inclino para dar un beso a Rebecca.
—Bueno, entonces hablamos mañana —digo—. Llámame cuando puedas. Una vez en casa, me siento al escritorio de mi cuarto y abro el segundo cajón. Dentro hay una caja de zapatos llena de fotografías que rescaté del cubo de la basura después de pillar a mi madre tirándolas pocos días después de mudarnos a Escocia. La caja ha viajado conmigo de piso en piso, pero es la primera vez que me dispongo a ojear lo que contiene. Después de buscar un rato, encuentro la foto que quería.
Es en blanco y negro, del primer día que Mickey y yo estuvimos juntos. Se nos ve tumbados uno al lado del otro sobre una alfombra de cuadros escoceses en el jardín de la casa de sus padres. Tenemos las manos entrelazadas y la cara levantada al cielo. Mi madre está
sentada en la alfombra un poco más allá, sonriendo a la cámara. De fondo, medio tapada por un peluche gigantesco, está Marie, la madre de Mickey. Lleva un sombrero de ala ancha y un extravagante sarong y está hablando con Miles. Se distingue también a Scott, el hermano mayor de Mickey, sentado en los escalones de la puerta de atrás. No aparece Geoff, el padre de Mickey, por lo que supongo que debió de ser él quien hizo la foto. Una sombra cruza el jardín desde la cerca de madera creosotada que separaba nuestras respectivas casas. La foto es de cuando Mickey cumplió un año. Yo tenía ocho meses. Ahora, sentado a esta mesa, me doy cuenta de que a partir de aquel instante congelado nuestros relojes se pusieron de nuevo en marcha, y que cualquier cosa y todo era posible.
—Lo odio.
Yo estaba tumbado en el tejado de tela asfáltica del garaje particular de Dave Kirby, en la otra punta de Rushton, lejos de casa, hablando de Miles. Ashes to Ashes de David Bowie sonaba en la radio de la casa contigua, mezclado con el chisporroteo y los aromas de una barbacoa de pollo. Faltaba un día para que empezaran las clases en el instituto de Bowley y una semana para que yo entrara a estudiar en la escuela preparatoria Rathborne para chicos. Dos meses antes en Rushton, al final del trimestre de verano, Mickey y yo habíamos hecho por última vez el recorrido desde el colegio hasta nuestras casas, cruzando el puente y enfilando la Avenida. Miles había decidido sacarme de la enseñanza pública y matricularme en la de pago. Después de dos años en Rathborne, y una vez pasados los exámenes de ingreso, me enviarían a un internado. Mickey y yo nunca volveríamos a compartir aula. Dave, larguirucho y desgarbado, capitán de nuestro equipo de fútbol en el colegio y uno de mis mejores amigos, estaba estirado boca abajo a mi lado, observando la calle a través de unos prismáticos viejos. La parte posterior de sus rodillas pestañeaba como ojos inyectados en sangre mientras hacía rebotar los talones en su pantalón corto azul marino, y los recién salidos
pelos negros de sus piernas brillaban de sudor. Era un domingo húmedo y caluroso, a dos meses de mi undécimo cumpleaños.
Dave estaba enfocando la casa de Sam Johnson, la última de Fern Road. Las tapias de piedra de su jardín trasero medían un metro ochenta de alto, y desde nuestra posición elevada se podía ver la esquina posterior izquierda del jardín. Había allí dos toallas rojas de baño desocupadas sobre la hierba amarillenta, junto a una exuberante mata de rododendros en flor. Yo no dejaba de pensar en Miles, hasta tal punto que era como tenerlo allí a mi lado, repitiendo una y otra vez lo que me había dicho la víspera: «Eres un chaval simpático, Fred. Te adaptarás enseguida.»
—Cómo vas a odiarlo, si es tu padre.. —dijo Pippa.
Me puse de costado para mirarla. Pippa era desgarbada y tenía el pelo moreno; sus gafas brillaron al sol y tuve que protegerme los ojos con la mano. Llevaba unos ajustados shorts verdes y un top amarillo, e iba descalza.
Mickey se había hecho amiga de Pippa seis meses antes. A veces iban juntas en autobús a Bowley para mirar ropa en Miss Selfridge y Dorothy Perkins, y a probarse cosméticos en los almacenes Brown. Como yo era un chico, quedaba automáticamente excluido de acompañar a Mickey en esas ocasiones, y al final empecé a frecuentar con Dave los salones de videojuegos de Houndsfield Street, donde nos gastábamos la paga semanal rivalizando en inscribir nuestro nombre en los primeros puestos de Space Invaders.
Miré de reojo a Mickey, que estaba tumbada al lado de Pippa con sus téjanos recortados y la camiseta de Blondie de su hermano Scott. Morena como una avellana después de ocho semanas de rondar al aire libre, miraba al cielo despejado con los ojos ocultos tras unas gafas de sol de su madre, tan grandes que le hacían cara de mosca. No se había movido un ápice desde hacía treinta minutos y siguió sin moverse.
—¿Y qué? —le dije a Pippa, retador.
—Pues que.. —Ella dudó, y yo la miré arqueando las cejas—. Que.. —continuó— de no ser por él, tú ni siquiera existirías.
La lógica de sus palabras me dejó momentáneamente desconcertado, pero no impidió que le espetara:
—Quizá hubiera sido mejor.
Pippa me miró de soslayo, entre divertida y suspicaz. Le dio un codazo a Mickey.
—¿Has oído a éste? Fred dice que preferiría estar muerto.
—Yo no he dicho eso.
—Pues casi —replicó.
—No es verdad —insistí—. He dicho que odio a Miles, no que quisiera estar muerto. Girándose ligeramente, Mickey se bajó las gafas de su madre hasta la punta de la nariz y miró a Pippa.
—No va a influir en nada —afirmó.
—¿El qué? —preguntó Pippa.
—Que Fred tenga que ir a un cole de pijos. Que estudie allí no quiere decir que vaya a volverse pijo. —Me sonrió y dijo—: No te preocupes. Todo seguirá igual. Ya lo verás. Mirándola a los ojos, casi la creí. Tenía razón en la mayor parte de las cosas que decía, pero la idea de estar en un aula extraña, rodeado de caras nuevas, me llenaba de miedo. Y todo por culpa de Miles.
Yo había estado con Miles el día anterior, caminando por Chinatown, en Soho, Londres. Hacía mucho calor, las calles estaban atestadas y los aromas exóticos de carne asada y salsas picantes impregnaba el aire. Pollos y patos muertos colgaban de los ventanales de los restaurantes como bebés extraterrestres, y Miles llegaba tarde a no sé qué cita y estaba de un humor de perros.
La causa de todo ello tenía que ver con su socio, Cari, que se había marchado al extranjero hacía dos meses y no había regresado. «Ataque de nervios —oí que Miles le decía a mamá—. Seguramente está en una clínica de rehabilitación intentando acordarse de cómo se llama.»
La abrupta huida de Cari había creado problemas (líos con abogados y por la propiedad del club) que yo no entendí, pero que Miles tuvo que solventar a cambio de una importante inversión de dinero. Según mamá, ésa era la razón de que estuviera de tan mal talante. Al llegar a Clan, Miles me dejó ocho horas en la planta baja con un bocadillo de queso y una limonada por toda compañía. Me quedé allí sentado, muerto de asco, maldiciéndolo cada minuto que pasaba.
Aparté la vista de Mickey e hice una mueca, deseando poder quedarme toda la vida en la azotea de Dave. De momento, ir a casa quería decir mal rollo. Se había instalado allí una atmósfera de tensión permanente, como si amenazase descargar una gran tormenta cuyos rayos y truenos alcanzarían el salón, la cocina y las otras habitaciones. Estábamos así desde Navidad, cuando oí a mis padres discutir toda la noche por una foto de Miles que había aparecido en una revista.
Yo había visto la foto en casa de Dave. En ella se veía a un sonriente Miles y a otro hombre con dos mujeres mucho más jóvenes e, incluso para mis ojos de entonces, más bonitas que mi madre. El recuadro contiguo decía así: «Con la gente guapa: Miles Roper, propietario de un club nocturno, pasándolo bien con las chicas en compañía del promotor de boxeo Richie Smith.» La foto no hizo que me sintiera famoso por delegación. En absoluto. Lo que sentí fue vergüenza, por mi madre y porque Miles era mi padre.
A raíz del escándalo, mamá empezó a dormir en el cuarto de invitados. La nueva situación conyugal no me pilló de sorpresa. Nunca había visto a mis padres muy unidos. Parecían habitar en mundos diferentes. Mamá era una mujer estoica y sensata, estaba implicada en la parroquia y en asuntos de la comunidad. En cuanto a Miles, jamás había pisado una iglesia, y solía burlarse cuando aparecían en casa las amigas que mi madre había hecho en Rushton gracias a sus actividades.
Yo no acababa de entender por qué no se habían divorciado ya.
—Porque tenernos a nosotros hace que se sienta mejor como hombre, y puede que no le falte razón —le había dicho mamá a la abuela una Nochevieja cuando Miles no se presentó
hasta el día siguiente.
—Será porque todavía se quieren —había dicho Mickey—, de un modo que nosotros no entendemos.
—Y porque mamá piensa que el divorcio es pecado —había replicado yo, recordando lo que oí decir un día a la madre de Steven Kent después de que su marido se largara con su secretaria.
Fueran cuales fuesen las razones, lo poco que quedaba en pie de su relación parecía operar únicamente en el terreno de la urbanidad. Hablaban de cosas prácticas, pero de nada que tuviera que ver con sus respectivos sentimientos. Yo era su vínculo, algo imposible de soslayar. Siempre me preguntaba si cuando no estaba yo con ellos llegaban a hablar siquiera.
—Lo odio igualmente —le dije a Pippa, sin hacer caso de sus ojos en blanco y mirándola fijamente hasta que dejó de ponerlos así.
—Está bien, ¿y por qué? Seguro que hace lo que cree que es mejor. Mi madre me dijo que si tuviera dinero, me enviaría a la privada. Ella fue a un colegio privado, y según ella son mucho mejores que los institutos públicos.
Yo entonces no estaba al corriente de esas cosas, como tampoco sabía que Miles había estudiado en un colegio privado y salido de allí sin título de ninguna clase. Él pensaba que el instituto de Bowley era una porquería, y no había más que hablar del asunto. Quería para mí la mejor educación posible, tanto si me gustaba como si no. Y ni siquiera mi madre, que opinaba
que Bowley estaba muy bien, iba a quitarle esa idea.
Miles hablaba desde hacía un tiempo de modernizar el club, de modo que no había problemas de dinero. Tampoco ideológicos. Miles pasó de ser un joven rebelde a trabajar muy duro y hacerse rico. Y se proponía seguir siendo rico. Incluso había votado a los tories por primera vez en su vida en las generales del año anterior, jurando lealtad empresarial a una tal Margaret Thatcher, también hija de comerciante, a cambio de una prometida disminución de los impuestos.
Yo, que tenía entonces diez años, no entendía ni me interesaban los razonamientos de Miles. Margaret Thatcher me recordaba a mi abuela cuando le daba al jerez, y mi única experiencia de socialismo mal gestionado eran los cortes de luz y el hedor de la basura en las calles durante las huelgas. Lo único que me importaba era que Miles había decidido por su cuenta separarme de mis amigos. Y lo único que sabía era que yo no quería ir a esa escuela.
—Bueno ¿qué? —dijo Pippa.
—¿Qué de qué?
—¿Por qué odias a tu padre?
Una abeja pasó zumbando y la ahuyenté con la mano, valiéndome de ella como excusa para zanjar la conversación mientras miraba al insecto evolucionar en el aire. Reparé entonces en la fachada de ladrillo oscuro de la casa de al lado. El cemento gris y polvoriento entre ladrillo y ladrillo era como un laberinto y lo recorrí con la mirada mientras mi mente seguía una ruta igualmente tortuosa.
Vamos a ver: ¿por qué odiaba a Miles? Era una pregunta que (aunque Pippa pensara lo contrario) yo ya me había formulado. Que Miles fuese un ser detestable era algo que, de hecho, había ocupado mis pensamientos repetidas veces durante las últimas semanas a medida que se aproximaban las vacaciones de verano (con todo lo que eso suponía para mí). Sobre el papel había varias respuestas sencillas. Lo odiaba porque por su culpa mi madre estaba triste y a veces enfadada. Lo odiaba porque casi nunca estaba en casa durante el día y pasaba casi todos los fines de semana en Londres. Y lo odiaba porque, para mí, no era diferente de mis profesores: las pocas veces que nuestros caminos se cruzaban, lo único que hacía era preguntarme sobre mi vida sin contarme nada de la suya. Pero por encima de todas estas razones, lo odiaba porque lo quería y no creía que él me quisiera a mí.
—Podrías negarte a ir —apuntó Mickey—. Si lo haces, él no podrá obligarte, ¿verdad? Es como cuando mi padre me dijo que no me perforara las orejas. —Se pellizcó la punta del lóbulo con el pulgar y el índice y la agitó para ilustrar sus palabras. Una estrellita plateada centelleó—. Eso no me detuvo. Me las perforé.
—Ya —dije, deseando que fuera tan sencillo—, pero tú puedes quitarte los pendientes cuando tu padre está en casa.
—También podrías escaparte.
Los dos reímos. Para Mickey, escapar era siempre la solución final, aunque nunca la había visto ponerla en práctica.
—O hacer que te expulsen —añadió—. Sería divertido, y tu padre no podría enviarte de nuevo si en la escuela no te admiten.
—Es inútil —gemí—. Me mandaría a otra escuela de ésas.
—Callaos —dijo de repente Dave—. Ya están ahí.
Nuestra reacción colectiva a la advertencia de Dave fue frenética e instantánea. Mickey se quitó rápidamente las gafas de sol y los tres nos acurrucamos junto a Dave, a codazos y dispuestos a pelear por el derecho a usar los prismáticos. Como exploradores indios, nos quedamos inmóviles contemplando el terreno que había entre nosotros y el jardín de atrás de Sam Johnson. Dos personas en traje de baño habían aparecido en el rincón de las toallas y Dave no había mentido al citarnos una hora antes: una de ellas, con un bikini blanco y negro a
lunares, era sin duda la señorita McKilroy, la maestra rubia y rolliza que había empezado a trabajar en el colegio de Rushton el pasado septiembre.
—¿Qué está pasando? —preguntó Pippa. La miré de reojo. Estaba limpiándose las gafas rabiosamente. Se las puso de nuevo y bizqueó hacia abajo con cara de frustración—. ¿Es ella?
—Sí —dijimos al unísono Mickey, Dave y yo.
Miré de nuevo hacia el rincón. Sam Johnson y la señorita McKilroy estaban sentándose en las toallas.
—¿Y con Sam Johnson? —inquirió Pippa, soltando ya una risita.
—Sí —respondimos todos.
Johnson trabajaba de contratista en la zona de Bowley y hacía un programa de radio los domingos por la noche desde la residencia de ancianos de Whispering Glades. Tenía la edad de mis padres y era el director de los Rushton Players, el grupo de teatro amateur que montaba obras dos veces al año en el Memorial Hall. Yo lo había visto actuar en La importancia de llamarse Ernesto el mes anterior; mi madre había colaborado en el vestuario como miembro del grupo de costura de la parroquia. Al final de la obra, Johnson besó a la señorita McKilroy en el escenario y todos los chicos y chicas de la escuela primaria que había entre el público nos miramos con los ojos y la boca muy abiertos. Scott, el hermano de Mickey, que hasta entonces había estado sentado a mi lado, tratando (sin conseguirlo) de magrear a su nueva novia, Alison Rawling, le dijo a ésta al oído pero en voz alta: «Al menos hay alguien de este pueblo que se divierte.»
—Déjanos ver —le pedí a Dave, tirando de la correa de los prismáticos.
—Ya va.
—¿Qué está pasando? —preguntó Pippa otra vez.
—Están ahí tumbados, nada más —respondió Mickey.
—Muy juntitos —añadí yo.
—Pero que muy juntitos —confirmó Dave.
Vi que Sam Johnson se ponía de pie y desaparecía unos segundos de mi vista para regresar y sentarse a horcajadas sobre la señorita McKilroy. El ambiente en el tejado del garaje de Dave ya era eléctrico a más no poder. Mickey rió nerviosa.
—Crema bronceadora —informó Dave—. Le está untando la espalda.
—Ahora me toca a mí —dije, reclamando los prismáticos.
Dave me los pasó a regañadientes.
—Siguiente —canturreó Mickey, arrimándose a mí.
Me llevé los gemelos a los ojos, hice un lento barrido sobre la pared de ladrillo y luego fui bajando por un mar de carne. Ajusté el enfoque hasta que pude ver claramente a Sam Johnson y a la señorita McKilroy, los mofletes y la nariz pronunciada de ella. La maestra se puso boca arriba y.. y. . y casi no di crédito a mis ojos: la parte superior del bikini ya no estaba.
—¡Le veo las tetas! —exclamé.
—¿Qué? —boqueó Dave.
—¡Sí! —repetí, enfocándolas—. ¡Veo las tetas de la McKilroy!
—Dame los prismáticos —dijo Dave.
—No —protestó Mickey—. Me toca a mí.
A mí me daba igual a quién le tocara. Lo único que me importaba en aquel momento era lo que tenía ante mis ojos: los grandes pechos fofos de la señorita McKilroy. Sus pezones eran como dos bolas de goma de mascar de fresa, y cada una de aquellas tetas húmedas debía de pesar una tonelada.
—¡Son espantosas! —exclamé con gran regocijo.
—Me toca —insistió Mickey, y antes de que pudiera impedírselo, me arrebató los prismáticos y empezó a mirar.
Hice visera con la mano para ver mejor, pero sin la ayuda de los prismáticos era inútil: el cuerpo de la señorita McKilroy volvía a ser una simple mancha de color rosa.
—El muy guarro —dijo Mickey un par de segundos después—. Le está poniendo crema.
—¿Dónde? —quiso saber Dave.
—Pues en las tetas, hombre.
—Déjame ver —suplicó Pippa, tirando de los gemelos.
—No, son míos —le espetó Dave.
Mickey aguantó los tirones de los dos.
—Se están sobando —dijo—. Él se ha puesto encima de ella y ahora se están morreando.
—Venga, Mickey —imploró Pippa.
Mickey siguió un par de segundos más y luego le pasó los prismáticos. Dave frunció la boca.
—Ojalá tuviéramos una cámara —dijo—. Con un teleobjetivo de esos gordos. Podríamos pegar fotos en la parada del autobús. —Movió la cabeza—. Imaginaos lo que dirían todos los padres..
—¡Ecs! —chilló Pippa—. ¡¡Con lengua!!
En cuanto oímos el potente graznido de Pippa, supimos que la habíamos pifiado. Con o sin prismáticos, el movimiento que se observó de inmediato en el jardín de Sam Johnson sólo podía significar una cosa: nos habían cazado. Segundos después, Sam Johnson estaba de pie mirando alrededor, mientras la señorita McKilroy, todavía en el suelo, trataba de ponerse a toda prisa el sujetador del bikini.
—¡A correr! —dijo Dave, y de un solo movimiento se descolgó por la cañería que bajaba por un costado del garaje.
Pippa, que se había quedado rígida, vio cómo Mickey y yo seguíamos a Dave. Caímos unos sobre los otros, jadeando por el esfuerzo y la risa.
—¡Pippa Carrier! —gritó una voz (no había duda: era la señorita McKilroy)—. ¡Pippa Carrier! No te muevas de donde estás.
Mickey, Dave y yo nos miramos.
—¿Qué hacemos? —preguntó Mickey—. La McKilroy nos hará picadillo. Mickey tenía razón. A las pocas semanas de su llegada al colegio, la señorita McKilroy se había ganado una mala fama sin parangón por su rigor y severidad. Todos los alumnos temíamos el día en que le tocaba a ella vigilar el patio, porque siempre nos caían deberes extra o algún castigo. Aunque los cuatro íbamos a dejar el colegio en breve, no creíamos que su influencia sobre nosotros, y en especial sobre nuestros padres, hubiera menguado.
—Largaos vosotros —respondió Dave—. Yo me quedo aquí con Pippa.
—Nos quedamos todos —dijo Mickey.
—No —insistió Dave—. Para qué. A mí me pillará porque es mi casa y a Pippa porque ya la ha visto.
—¿Qué crees que hará la McKilroy? —pregunté.
Dave se encogió de hombros.
—Si escondemos los prismáticos, no creo que pueda hacer gran cosa, ¿verdad?
—Supongo.. —repuse.
Mickey se aguantó la risa.
—Además, no va a ir contándolo por ahí, ¿eh? Después de lo que hemos visto que le hacía Sam Johnson..
Del interior de la casa nos llegó el sonido del timbre de la puerta. Mickey arrugó la cara.
—Claro que.. —dijo.
—Largaos —nos ordenó Dave, mirando hacia Pippa, que estaba aún junto a la cañería con los gemelos colgando del cuello—. Rápido.
Mickey y yo sabíamos desde hacía tiempo que los cables del teléfono que unían las casas de nuestros padres eran más veloces que las piernas de cualquier niño de Rushton. Por ese motivo, una media hora después de haber saltado la cerca de Dave Kirby para escabullimos de la escena del crimen, nos encontrábamos sentados en el desportillado panteón de mármol de Alexander Woolfstone en la parte más alejada del cementerio, al otro lado del río. Mickey apenas había dicho nada desde que habíamos cruzado el puente y ahora miraba con cara pensativa la cifra 1765 grabada en la tumba, detrás de nosotros, mientras la recorría con el dedo. Volví a mirar la minúscula entrada del hormiguero que tenía entre los pies en la tierra suelta y seca y removí el palo que había introducido allí. Las hormigas enloquecieron.
—¿Crees que la señorita McKilroy se lo habrá contado a nuestras madres? —pregunté. Mickey no se giró para responder:
—Ni idea.
—¿Qué crees que harán en ese caso?
—Ni idea.
Partí la ramita y eché tierra sobre la entrada del hormiguero. Las hormigas rodearon desconcertadas el nuevo territorio y luego se detuvieron para olfatear el aire como los perros en busca de un rastro.
—Mi madre conoce a la señorita McKilroy de cuando hicieron los vestidos para la obra. —
Doblé la cabeza y vi que Mickey me estaba mirando. Tenía el pelo pegado a la frente—. La tuya no la conoce, ¿verdad?
—Sólo del cole. Le comentó que yo hablaba demasiado.
—La señorita McKilroy dice eso de todo el mundo. Un día dijo que..
—Tú no has besado nunca a nadie, ¿verdad, Fred? —me interrumpió Mickey.
—Pues —respondí tras una pausa—, bueno, mi madre y mi abuela siempre me dan besos, y. . —No cuentan.
—¿Por qué?
—Pues porque no.
—Entonces no, no he besado a nadie. —Bajé la vista. Las hormigas habían empezado a despejar el agujero—. ¿Y tú?
—Una vez. A Simón Cory. En el patio. Por una apuesta. —Iba a preguntarle qué se sentía cuando ella añadió—: Pero no fue un beso de verdad.
Me giré y la miré a los ojos.
—¿Qué quieres decir?
—Con lengua.
Me acordé de lo que Pippa había dicho en el tejado del garaje y lo repetí:
—Ecs.
Mickey inclinó la cabeza de modo que el flequillo le tapó los ojos.
—Yo no haría caso de Pippa —murmuró—. Ella tampoco ha besado a nadie. —Se echó el pelo hacia atrás—. A lo mejor no tiene nada de asqueroso.
Miré sus labios. Los tenía secos por el sol, pero su perfil curvo era muy bonito. Me pregunté si ella tendría razón y Pippa no. Había visto sonreír a Mickey miles de veces y cómo formaba burbujitas de saliva en la punta de la lengua, pero nunca había relacionado esas partes de su cuerpo con los besos. Nuestras miradas se cruzaron y noté que me ponía colorado.
—En la tele da ganas de vomitar —señalé rápidamente—. Sobre todo cuando dura mucho y suena esa música sensiblera.
Mickey me miró y, con un resoplido, dijo:
—Bueno. Entonces nada.
—Nada ¿qué?
—Nada. Que no me beses. —Se puso de pie y contempló el valle. Me levanté de un salto, de modo que mis ojos estuvieron a la altura de los de ella. Mickey se mordió el labio inferior en un gesto de enfado.
—¿Quieres que te bese? —le pregunté, asombrado.
Me miró de arriba abajo, indecisa, y su expresión se endureció.
—Olvídalo —dijo, giró sobre sus talones y empezó a andar sendero abajo—. He cambiado de idea.
Me quedé donde estaba viéndola alejarse, sin saber qué hacer ni a qué atenerme. Noté
que el aire tibio me rodeaba y que una gota de sudor me resbalaba por la cara. Luego eché a correr.
La alcancé justo al llegar a la verja del cementerio y me adelanté para cortarle el paso.
—Espera —dije, jadeando.
Ella me lanzó una mirada asesina e hizo ademán de apartarme. Su cara tenía el color de la puesta de sol. Fue entonces cuando lo hice. Le puse las manos sobre los hombros, di un paso al frente y apoyé mis labios en los suyos.
Nos miramos a los ojos con las narices aplastadas. Mis mejillas recibieron sendos chorros de aire caliente de su nariz, cosa que me hacía cosquillas, y parpadeé con ganas de reír. Pero no me atreví porque Mickey estaba muy seria, de modo que aguardé. Entonces vi que ella cerraba los ojos. «Ya está —pensé—. Mickey va a hacerlo. Va a besarme con.. »
Y entonces, sin previo aviso, lo hizo. Con la velocidad de una serpiente, su lengua emergió
entre sus labios y se introdujo en mi boca. Resbaladiza como una babosa y movediza como un gusano, se paseó por mi lengua. Yo me quedé rígido. No podía moverme ni respirar. Era la cosa más extraordinaria que me había pasado nunca. Pero ¿qué hacíamos después con las lenguas en contacto?
Miré sus párpados cerrados e imploré que algo me indicara el camino. Entonces oímos un chillido y nos separamos rápidamente, mirando ambos hacia lo alto en el momento en que un estornino alzaba el vuelo de unos arbustos. Cuando bajé la vista, me sorprendió ver que el suelo continuaba bajo nuestros pies.
—Ha sido.. —empecé. Pero no sabía qué había sido, excepto algo nuevo y diferente.
—No se lo cuentes a nadie —dijo Mickey.
—¿Por qué?
—Porque no —respondió, sonriendo. Se apartó de mí y al poner la mano en la verja, se dio la vuelta y añadió—: Deberíamos volver. Se está haciendo tarde. Asentí con la cabeza y salimos del cementerio, cruzamos el río y enfilamos la Avenida. No dijimos nada en todo el camino, absortos los dos en nuestros pensamientos. Yo no sé qué
estaría pensando Mickey, pero recuerdo esa caminata con tanta claridad como cuando me despedí de ella delante de mi casa. Me daba igual si la señorita McKilroy había ido a ver a mi madre. Y tampoco me importaba que Mickey fuese al día siguiente a su nuevo colegio sin mí. Ni siquiera me preocupaba Miles. En aquel momento, mi cabeza sólo tenía espacio para Mickey.
Guardo la fotografía en la caja de zapatos, que devuelvo al cajón del escritorio. Luego saco la tarjeta de Mickey de la cartera y marco su número. Sin darme tiempo a pensarlo, pulso OK. Luego cuento los tonos: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis..
—Diga —responde Mickey.
Tomo aire.
—Hola —digo—. Soy yo, Fred. Perdona que te llame tan tarde, pero es que quería preguntarte una cosa.
4. Mickey
Joe sonríe de oreja a oreja al apartar la vista de la pantalla gigante. A miles de kilómetros, la cara pixelada de su adversario, un japonés que tendrá cerca de trece años, esboza una sonrisa refractaria. Su mirada barre nerviosa la parte inferior de la pantalla como un corresponsal de televisión novato, luego se vuelve borrosa y desaparece. Después del envolvente sonido digital del juego intergaláctico, los oídos me zumban y no puedo reprimir un bostezo cuando se encienden de nuevo las luces.
Fred, que no ha dejado de ir de un lado a otro durante la última hora, aparece a mi lado. Se suma a los aplausos de los chicos y adultos que han estado pendientes de los monitores mientras Joe y su oponente peleaban. Se acerca a mí cuando Joe baja del taburete para recibir su premio: una moderna mochila de plástico que va a entregarle Nina, la promotora con funciones de azafata. Ella parece un poco fuera de su elemento, con esa dentuda sonrisa robótica y ese despliegue de poses estudiadas que encajarían de maravilla si, además, estuviera sujetando un cartón con un número en un concurso de Miss Cualquier Cosa, en vez de vigilar a una turba ingobernable de chavales adrenalínicos.
—No puedo creerlo —dice Fred, aplaudiendo orgulloso mientras Joe trata de agarrar la mochila que Nina sigue sujetando al tiempo que hace posturitas para los fotógrafos—. Ni yo mismo habría podido lograrlo.
—Bueno, al menos todas esas horas pegado al ordenador le han servido de algo —
contesto, viendo cómo Joe se abre paso hacia nosotros entre el tropel de chavales que se dirige a la batería de consolas. Detrás de él un anuncio americano de otro juego explota en la pantalla gigante, y la machacona banda sonora nos envuelve por todos lados.
—Hace muchos años, en otra galaxia.. —empieza la voz en off.
—Jolín. Esto no para, ¿eh?
—Aventuras sin fin, ésa es la idea —responde Fred, que está radiante por el desarrollo del acto, aunque debo decir que, hasta ahora, yo no me he enterado de nada.. y sí en cambio Joe, por lo visto—. Bien, ¿qué te ha parecido? —le grita en medio del follón, pero basta con ver la cara de Joe para deducir que convertirse en uno de los héroes de una presentación internacional de juegos de ordenador es lo más emocionante que le ha ocurrido en la vida.
—Una pasada —contesta.
Fred y yo sonreímos mientras él se arrodilla delante de nosotros y, loco de entusiasmo, abre la cremallera de la mochila. Dentro hay una camiseta negra de marca con el nombre de la empresa de Fred en discretas letras amarillas, dos de los últimos videojuegos y unas entradas para el cine.
Joe me mira con la boca abierta, pasmado ante unos regalos tan exclusivos. Nina se le acerca y alisa su vistosa melena castaña sobre un hombro.
—¿Qué te parece una clase en la rampa? —le propone, con su mejor voz aguda de vendedora. Lleva las uñas increíblemente largas y de color rosa, con las puntas blanquísimas, que arañan la lista de su sujetapapeles—. Irá Zack, ¿sabes? —añade—. O también podrías patinar con Quark. —Indica la rampa de monopatín que ocupa casi toda la sala y luego mira nerviosa a Fred.
—Lo estás haciendo muy bien, Nina, gracias —dice él, sin perder la oportunidad que ella
le brinda.
Ella se deshace ante el cumplido. Sonríe con complacencia y resopla desagradablemente por la nariz. Le da las gracias, mientras otro de los chavales, un chico de la edad de Joe, se aproxima entre el gentío.
—¿Son tus padres? —le pregunta a Joe.
Él asiente señalándome con la cabeza.
—Ésta es mi madre —responde, y luego ladea la cabeza—. Y Fred. . un amigo nuestro. —
Nos sonríe a los dos—. Tyler —nos dice, a modo de explicación—. Vive unas puertas más abajo.
—Hola —digo, sorprendida de Joe. Suele ser muy tímido.
Pillo a Fred sonriendo. Veo que le complace que Joe lo haya llamado «amigo nuestro». Tyler murmura un saludo y vuelve a centrarse en Joe.
—Ha sido grandioso, tío, lo del juego. ¿Vas a patinar con Quark? Lo he visto en un vídeo.. Se alejan juntos por la reluciente rampa metálica hacia donde hacen las demostraciones de monopatín y patines en línea.
Las finísimas cejas de Nina se juntan. Coloca la palma de la mano sobre su tablilla y nos mira. —Tranquilos, ya os encontraré —asegura, da media vuelta y corre tras los chicos.
—Parece que hemos quedado libres —dice Fred frotándose tímidamente la oreja. La mochila de Joe está desparramada a mis pies y me agacho para recoger los regalos. Fred me sostiene del codo cuando me incorporo de nuevo.
—Vamos a tomar una copa —propone. Me sonríe y se dirige hacia la otra pasarela camino de la barra.
Lo sigo mientras trato de cerrar la cremallera de la mochila, pendiente de los acróbatas del monopatín que escalan la empinada rampa y ejecutan volteretas desafiando la fuerza de la gravedad, mientras los focos barren la rampa captando sus evoluciones. Aunque esto es un almacén en la zona este de Londres, nunca lo dirías. Los organizadores han transformado el enorme espacio en una jungla urbana, con pasarelas entre las diversas zonas, y resulta imposible definir el perímetro del local o sus dimensiones. Nunca he estado en un sitio tan moderno y vanguardista, y hasta ahora me ha costado sudores no exteriorizar mi euforia y asombro delante de Fred.
Al pie de una escalera metálica tipo industrial, la fiesta está en pleno apogeo en la zona del bar. Un espectáculo de luces ilumina allí unos monitores gigantes al ritmo de la música ambiente, acompañado por el murmullo de conversaciones y el tintineo de vasos.
—Mamá..
Levanto la vista y veo a Joe colgado de la barra de un andamiaje. Se está abrochando un casco de color plata.
—Es fantástico —grita, y yo sonrío y lo saludo con la mano. Veo por su expresión que por fin me ha perdonado.
Cuando Fred llamó hace unos días para invitarnos a la presentación, yo estaba medio dormida y tan sorprendida de que hubiera llamado, que accedí sin pensar. Pero tan pronto hube colgado el teléfono, empezó para mí un lapso de cuarenta y ocho horas de preocupaciones que culminó en un pánico en toda regla poco antes de salir de casa.
—¿Por qué no llamas y le preguntas qué tienes que ponerte? —sugirió Lisa mientras me afanaba de un lado a otro de la floristería.
—No puedo —gemí, impotente—. Además, parecería. .
—¿Qué?
—Oh, nada—dije, totalmente desmoralizada.
Joe tampoco me sirvió de ayuda mientras procedía a revisar mi guardarropa por enésima vez.
—Tranqui, mamá. No sé por qué no te pones lo de siempre.
—¿Lo de siempre? —repetí exasperada, con un gruñido de frustración—. Es una fiesta por todo lo alto. No querrás que vaya en vaqueros y zapatillas de deporte, ¿verdad, tonto? Se trata de una presentación oficial de la empresa de Fred.
—A él le dará igual cómo vayas vestida —replicó con su habitual sabiduría de niño de nueve años, aunque era evidente que se había ofendido porque lo llamara tonto.
—Oh. . mira, ve a lavarte la cara —le solté injustamente—. Y cepíllate los dientes. Joe hizo un gesto orgulloso y salió enfurruñado de mi habitación cerrando de un portazo. Además del sobresalto, me sentí inmediatamente culpable.
Una vez a solas, examiné mi cara en el espejo del armario y comprobé que había descuidado mucho mi aspecto. La última vez que había ido a un acto similar había sido en la presentación de la empresa de telefonía móvil de Martin, y lo pasé mal de principio a fin. Por insistencia de Martin, y aunque yo no quería, me puse un vestido de noche y estuve la mayor parte del tiempo con una servilleta encima del escote para protegerlo de los colegas de Martin, que me comían con los ojos. Pensando en Fred, no creí que esa vez fuera a ser igual, pero aun así me sentía nerviosa.
Pero lo que me daba verdadero pánico era Rebecca. Una parte de mí me aconsejaba llamar a Fred y excusar mi asistencia, pero no podía defraudar a Joe, de modo que me puse a ensayar. Sujetándome el pelo detrás de la cabeza, probé con mi mirada más confiada ante el espejo.
—Qué tal, Rebecca. —Ahí, mi mejor sonrisa—. Soy Mickey. —Me saqué la lengua a mí
misma y lo intenté de nuevo—: Hola, soy Mickey Maloney. Fred y yo.. Me solté el pelo y me dejé caer en la cama, desesperada, mientras un torrente de preguntas me pasaba por la cabeza. ¿Estaría Rebecca en la presentación? ¿Sabría lo que hubo entre Fred y yo? ¿Qué le habría dicho él después de nuestro último encuentro? ¿Cómo me habría descrito? ¿Íbamos a ser los tres amigos y salir juntos? ¿Por qué, en el fondo, nos había invitado Fred? ¿Qué es lo que quería?
Ahora miro a Fred y sigo todavía a dos velas. En vez de obtener respuestas, sólo tengo más preguntas.
—¿Qué? —me dice, sonriendo al detenerse en la escalera y mirar hacia arriba. La luz se refleja en sus ojos, que parecen centellear. Lleva una camiseta gris marengo que le sienta bien a su cara ligeramente bronceada, y durante un segundo se me hace un nudo en la garganta.
—Nada —respondo, pero en parte quiero decirle: «Eso, Fred, ¿qué? ¿De qué va todo esto?
¿Dónde está Rebecca? ¿Qué está pasando? Y... ¿desde cuándo eres tan guapo?»
—Dame —dice, estirando el brazo para alcanzar la mochila de Joe, y yo se la paso alegrándome de que no pueda leerme el pensamiento.
Naturalmente, Joe tenía razón. No debería haberme vestido así. Me siento ridicula con mi traje pantalón a rayas, que es la cosa más moderna, pero aun así pasada de moda, que he encontrado en el armario. Todas las chicas llevan extravagantes prendas urbanas, con ese look desaliñado pero caro y de diseño, y aparte de un poco de brillo de labios, parecen todas muy naturales.
En comparación, siento como si me hubiera dado de morros con el expositor de cosméticos del supermercado, cuyos mal conjuntados elementos acarreo de un lado a otro en mi enorme bolso de mamá junto con todo un cargamento de efectos personales. Me lo merezco por ser tan presumida. Pensé que llevar encima cosas esenciales como un cepillo de pelo y una sudadera para Joe, por no hablar de mi abultada agenda llena de correo basura y atada con gomas elásticas, haría que me sintiese moderna y adulta. Sin embargo, me siento sencillamente rara. —Oye, Mickey, una cosa—susurra Fred cuando nos disponemos a ir hacia la barra entre
la multitud. Se ha puesto serio.
—¿Sí?
—Ahora mi apellido es Wilson.
—¿Wilson?
Mira alrededor para cerciorarse de que nadie nos oye.
—Mi madre lo decidió después de.. ya sabes. Nos pusimos su apellido de soltera. —
Sonríe buscando mi aquiescencia, pero yo sólo lo miro aturdida—. No hay para tanto, Mickey. Sólo que es mejor que no me llames Roper, si alguien pregunta. Porque ya no soy Roper. .
—De acuerdo —acierto a decir, escrutando su cara, pero él asiente como si hubiera hecho conmigo un pequeño pacto y, antes de que yo pueda añadir nada más, continúa andando. No para de saludar a gente que se le acerca, y deduzco que debe de ser bueno en su trabajo, pues todos parecen mostrarle respeto y se deshacen en elogios a su empresa, pero Fred se los quita educadamente de encima y me indica que lo siga. Se muestra muy confiado y seguro de sí mismo este Fred Wilson. Es como ver a una persona nueva. Sin embargo, una parte de mí desea reclamar la atención de la gente y decir: «Lo siento, chicos, aquí hay un pequeño error. Este hombre se llama Fred Roper.»
No debería importar, pero sí importa. Ni Fred Wilson tiene que ver conmigo ni yo con Fred Wilson, y siento que al negar su pasado, me ha negado también a mí. Porque yo formaba parte de Fred Roper. La experiencia compartida que nos unía podía haberse alargado como una tela de araña con el paso de los años, pero seguía estando ahí. Ahora me doy cuenta de que, a pesar de las promesas, Fred hizo borrón y cuenta nueva y, pese a todos esos años de separación, él se sintió feliz de ser otra persona.
Claro que, bien pensado, ¿por qué no iba a cambiarse el nombre? Lo que le sucedió fue tan horrible que no puedo culparlo por tratar de olvidarlo todo. La gente se reinventa constantemente por motivos más nimios; si yo hubiera estado en su piel, quizá habría hecho lo mismo. Para ser sincera, creo que habría sido estupendo darme ese lujo. Al menos Fred no vio lo que pasó, a diferencia de mí. Él no estuvo presente. Él no percibió aquel espantoso olor que me ha perseguido durante años.
—Voy un momento al servicio —le susurro mientras saluda a otro colega más.
—No me muevo de aquí, ¿vale? —dice, y eso hace que me sienta halagada. Estoy tan acostumbrada a cuidar de Joe y de la tienda, que ya he olvidado lo bonito que es que alguien se preocupe de ti.
Tras examinar los extraños símbolos de una de las puertas, concluyo que debe de tratarse del aseo de señoras y abro la pesada puerta. Durante un momento miro hacia atrás, preguntándome si no me habré equivocado al ver una batería de paneles de acero inoxidable. Les doy empujoncitos, pero no pasa nada. Hasta los retretes son demasiado sofisticados para mí. Una chica rubia aparece detrás de mí y acude al rescate. Empuja con fuerza uno de los paneles, que cede y deja ver un cubículo de acero inoxidable con un inodoro digno de la Guerra de las Galaxias.
—De lo más fácil, ¿verdad? —dice, y sonríe solidarizándose conmigo.
—Gracias.
Cuando salgo, está esperando lavándose las manos en una fuente de agua.
—Has venido con Fred, ¿verdad? —pregunta.
—Sí. —Le sonrío y cojo una gruesa toalla blanca de tocador que hay en un montón junto al lavabo.
—Soy Susan —dice, remetiéndose el flequillo detrás de la oreja al tiempo que apoya la cadera en el lavabo, sin dejar de mirarme. Saca un paquete de tabaco del bolsillo de sus extraños pantalones y enciende un cigarrillo—. Fred es mi jefe —explica—. Aunque, para serte
franca, la mandona soy yo.
—Me llamo Mickey.
Da unas caladas con aire pensativo, observándome.
—Me gusta el look retro —dice, con un gesto de la cabeza hacia mi atuendo. La miro a los ojos, preguntándome si es una grosería. Ella se da cuenta.
—No, de verdad. Te sienta de maravilla.
Estudio una vez más su rostro franco y ancho y decido que habla en serio.
—¿Quieres decir que he llegado a esa fase en la que, de tan pasada de moda, voy a la moda?
—Querida, estás divina —dice Susan parodiando a una actriz de cine, y las dos reímos.
—Me siento como una tienda de accesorios andante —confieso, haciendo una mueca hacia mi superbolso.
Susan alarga la mano:
—Lo pondré con las cosas de Fred.
Agradecida, le paso el bolso y vamos hacia la puerta, aunque es un misterio cómo sabe ella dónde está la puerta.
—¿Hace tiempo que conoces a Fred?
—De toda la vida, pero hacía bastante que no nos veíamos.
—Pues me alegro de que hayas venido. Así podrá divertirse un poco y no ser el tipo aburrido que sólo piensa en el trabajo, como suele hacer en estos actos.
—Ah, ¿sí? —digo, incapaz de contenerme—. ¿No suele acompañarlo Rebecca?
—¿Rebecca? —repite Susan, como si yo estuviera bromeando, y luego se fija en mi expresión—. Deduzco que no te la han presentado.
—Pues no.
—Bien, digamos que no le va este rollo. —Hace una mueca y abre la puerta—. No es lo suficiente Gucci, encanto —añade en plan confidencial—, no sé si me entiendes. Encuentro a Fred charlando junto a la barra. Me sonríe y me pasa un vaso, pero está
conversando con otros dos hombres. Deduzco que hablan de cosas de informática, pero para mí es como si fuera marciano. Abro muchos los ojos mientras miro a Fred por encima del vaso.
—Perdona —dice, y me mira tranquilizadoramente—. Te lo traduciré. Éstos son Peter y Tim. Los reyes de los artículos para el hogar. Pídeles lo que quieras, desde pintalabios a pantallas para lámparas. Os presento a Mickey.
—Formas parte de la pandilla de Fred, ¿eh? —me pregunta Peter con un florido acento cockney. Es bajo y calvo y golpea su vaso con un grueso anillo de platino con verdadero brío.
—No, no —tartamudeo, sintiéndome como una impostora—. Yo soy. . soy florista.
—Florista —repite Peter, moviendo con la cabeza—. Pues quizá eres la persona que andábamos buscando. ¿No te parece, Tim?
Tim, quien sin duda es su ayudante, asiente con ganas.
—Oh, bueno, no.. Sólo tengo una pequeña floristería. No es..
—Es muy bonita —me corta Fred, deslizando discretamente un pie para presionarlo contra el mío—. Está en Kensal Rise, cerca de vuestras oficinas.
—Sí, estamos junto al canal —dice Peter con suficiencia, y me mira—. ¿No podrías venir y animarnos un poco el local? A mí no me va ese rollo de los cestos florales, pero nuestra oficina en Nueva York tiene flores fabulosas por todas partes. Todo muy moderno.. Miro a Peter, luego a Fred, y otra vez a Peter.
—Pues.. supongo que podría ir a echar un vistazo.. —respondo, siguiendo el ejemplo de Fred, que asiente de forma alentadora.
—Lo harías la mar de bien —asegura, y se vuelve a Peter—. En serio, es una florista excelente.
—Arréglalo, Tim —dice Peter, y empieza a alejarse—. Hasta luego, Fred, Mickey..
—¿Me das tu número de teléfono? —pregunta Tim, sacando una agenda electrónica de bolsillo.
Sonrío a Fred mientras le doy las señas a Tim.
—Te llamaré el lunes para concertar una cita —concluye muy decidido después de cerrar su agenda electrónica.
Fred choca su vaso conmigo cuando Tim se marcha.
—Ya ves, no ha sido tan difícil. Quién sabe, la empresa de Peter es enorme. Si consigues entrar, habrás dado en la diana.
—Hum, bueno, ya veremos.
Sonrío, no quiero ser demasiado optimista. Es increíble que Fred haya podido hacerme ese favor y, aparentemente, sin esfuerzo. En comparación, me siento como una completa aficionada. Llevo varios meses hecha un lío por el texto de un anuncio que puse en el periódico local, y aquí está Fred organizando supercontratos mientras se toma una copa. Comparado con mi pequeño negocio, me parece estar ante un mundo muy distinto.
—Oye, ¿no tendrías que.. bueno, hacer vida social.. ? —le pregunto mientras él tira de mí
hacia la barra y se me pone muy cerca.
—Sí, pero no tengo ganas. —Sonríe y me pasa otro combinado.
—Te lo advierto —digo, tomando un sorbo del potente cóctel frutal—. No estoy acostumbrada a beber. Esto sabe de muerte.
—Creo que deberíamos ir a ver el juego de realidad virtual, en la sección de la selva. ¿Qué
dices? —Me sonríe otra vez.
—Ya entiendo —bromeo—. Quieres que me emborrache para poder ganarme. El viejo truco. Pues no te será tan fácil engatusarme.
Estiro el brazo en ademán de golpearlo en las costillas (el alcohol empieza a hacer efecto), pero él es más rápido y esquiva el golpe.
—Vamos —dice—. A ver cómo están esos famosos reflejos tuyos.
—¡Rapidísimos! —exclamo bufando—. Como siempre. Espera y verás. Pero mientras camino detrás de él me siento ofuscada, y también vagamente feliz. Me alegro de que Rebecca no haya venido. Es estupendo tener para mí sola al hombre más importante y popular de la reunión, aunque sé que esto no durará. Y mientras pasamos junto a todas esas chicas tan atractivas, me dan ganas de pararme, señalar a Fred y decir en voz bien alta: «¿Lo veis bien? Pues una vez fue mío. Todo para mí sola.»
Al día siguiente amanezco con la peor resaca que recuerdo en muchos años. No sé ni lo que hago mientras intento preparar una comida ligera, y mi estado de ánimo no mejora cuando aparece Joe con el teléfono en la mano.
—Es la abuela —anuncia, pasándome el aparato.
Me limpio las manos en un paño. Mi madre no me saluda.
—No puedo creerlo. Después de tanto tiempo pensaba que ya te habrías sacado a ése de encima. ¡Fred Roper! —exclama, y parece impresionada de verdad—. Joe me lo ha contado todo. —Hola, mamá —digo, desoyendo su perorata y sintiéndome extrañamente propensa a interrumpirla con viejos y nuevos insultos.
—Me he quedado de piedra. Cuando pienso en su padre.. ¡Oh! —Traga aire y ya me la imagino en la escalera de la casa de Rushton, llevándose teatralmente una mano al pecho. Al instante, noto que me pongo a la defensiva, como un gato al sacar las uñas.
—Vamos a ver: ¿cuál es el problema? —le pregunto entre dientes, pensando que ojalá
fuera capaz de decir «tu problema».
—Ya sabes, hija, yo siempre he dicho..
—¡Mamá! —la interrumpo, con la paciencia agotada—. Olvídalo de una vez. Eso pasó hace mucho tiempo. Fred lleva una vida completamente distinta. Es un hombre responsable, amable y, para tu información, ha sido estupendo verlo otra vez. No tiene nada que ver con Miles.. —
Callo, rabiosa por estar haciendo lo que siempre hago: justificarme delante de ella. Sé que nunca funciona.
—Pero ¿y Joe? Piensa en tu hijo..
—¡Mamá! —Inspiro hondo—. Por favor. Esto no tiene nada que ver contigo.
—Es que estoy preocupada por mi nieto, cariño. Alguien ha de velar por él —dice con voz de beata, y me contengo para no replicarle.
Desde que Joe nació, ella siempre ha insinuado que yo era una madre horrible. He de procurar no sulfurarme. No voy a empezar siquiera a enumerar sus faltas. Me siento tentada de acusarla de leer aquellas cartas y de haber sido la culpable de que Fred y yo hayamos sufrido tanto durante estos años. No, es inútil. Ella siempre cree que obra bien. No tiene sentido tratar de explicarle todo el daño que ha hecho, porque ella lo negaría sin más.
—¿Llamabas por algo en particular? —pregunto.
—Vamos al velatorio del primo de tu padre, este fin de semana no, el otro. Pensaba si podrías venir a dar de comer a Oscar mientras estamos fuera. Oscar es el anciano gato de mis padres.
—Es que ahora mismo aquí todo el mundo parece estar de vacaciones —añade, y capto que eso lo ha dicho para mi padre, que debe de estar cerca.
—Descuida, iré —digo, y cuelgo apresuradamente.
A medida que transcurre la semana me siento molesta y nerviosa, pero no es el negocio lo que me preocupa, tampoco Joe ni ninguna de las otras cosas que normalmente me inquietan. No, el problema es que, a pesar de los esfuerzos de mi madre por quitármelo de la cabeza, no dejo de pensar en él. En Fred.
Asalta mis pensamientos a cada instante y me sorprendo a mí misma manteniendo conversaciones imaginarias con él. Pasan los días y no tengo noticias suyas, eso hace que me muera de ganas por hablar con Fred. El jueves me doy un madrugón para ir a comprar género al mercado y, de regreso, mientras renovamos todo el surtido de la tienda, Lisa decide que ya no aguanta más.
Como de costumbre estamos en la trastienda, detrás de la caja registradora. No hay mucho espacio, el suficiente para una mesa grande y una vieja pila de porcelana. He colocado un par de estantes donde tenemos cintas, la máquina de las tarjetas de crédito, un hervidor, un tarro de café y, ocupando el lugar de honor, la radio, que ahora suena con música pop. La mesa, entre Lisa y yo, está llena de helechos de diversas clases. Encima hay un manojo de flores, cuyos tallos apuntan hacia nosotras, y vamos cortando uno por uno el extremo inferior de los mismos antes de meter las flores en los cubos negros.
A simple vista parece todo muy caótico, pero una de las cosas que más me compensan en mi trabajo es que a las nueve, cuando abrimos la tienda, las flores tienen su mejor aspecto y el local se ve ordenado. O al menos ésa es la idea.
—Mickey. —Lisa chasquea los dedos delante de mi cara.
—¿Eh?
—Baja de la nube.
Sacudo la cabeza y le sonrío.
—No has oído nada de lo que te he dicho, ¿verdad?
Me pongo tensa.
—¿Era algo sobre los oasis? —pregunto.
—Sí. —Me mira exasperada—. De eso hace cinco minutos.
—Perdona.
Lisa deja sus tijeras de podar.
—Sé que estás pensando en él.
—¿En quién? —pregunto con cara de inocente, pero sé que me ha descubierto. Lisa se lleva una mano a la cadera y levanta las cejas.
—No sé lo que hay entre tú y Fred, pero está claro que la cosa no ha terminado. ¿Cuándo tienes que verlo otra vez?
—No lo sé —suspiro, metiendo un alambre por la cabezuela de una gerbera naranja y arrollándolo en torno al tallo—. Ahí está el problema. Que no sé nada. La otra noche lo pasamos de maravilla, pero todo quedó abierto, no concretamos nada.
—¿Tú quieres verlo?
—Pues claro que quiero, pero la cosa es complicada. De entrada, Fred está a punto de casarse.
—Entonces, ¿por qué te invitó a esa presentación?
Me encojo de hombros sin saber qué responder.
—Mira, tú pensabas contarle lo de Peter, el de la fiesta. ¿Por qué no vas a visitarlo? —
continúa.
—¿Qué? ¿Ahora?
—¿Por qué no? Eres tú la que me llama a mí impulsiva.
—Pero si es tempranísimo. .
—¿Y qué? ¿Desde cuándo importa la hora en estas cosas?
Tardo un buen rato en convencerme de que Lisa tiene razón. Cuando me meto en la furgoneta, ya estoy medio mareada de emoción, como si me dispusiera a hacer algo particularmente prohibido. Es una locura, en realidad, porque si estoy tratando de demostrar algo, sólo me lo demuestro a mí misma. No hay nadie más a quien le importe esto y, sin embargo, sigo dándole vueltas y más vueltas intentando persuadir a la remilgada Mickey de que es una buena idea.
Después de mucho buscar, resulta que la calle de Fred no es lo que yo esperaba. Me la imaginaba pija y elegante, pero es la típica calle comercial londinense, sucia, con plátanos a ambos lados y una parada de autobús con baches. Verifico en mi manoseado callejero la dirección que anoté con lápiz de ojos en mi agenda cuando Fred nos dejó a mí y a Joe en un taxi después de la fiesta, y aparco en una línea amarilla frente a la vieja casa adosada. Debo de haber pasado por aquí innumerables veces y ahora me choca que Fred haya estado viviendo en este lugar todo el tiempo sin que yo lo supiera.
Apago el motor y bajo de la furgo en el momento en que un cincuentón sale de una casa dos puertas más allá y empieza a hacer jogging en dirección a mí. Lo saludo con la cabeza y le digo hola, pero él mira con recelo y simplemente me rehuye.
Está claro que hay una guerra de artistas urbanos en este barrio, porque hasta el último trecho de pared aparece pintado con vistosos graffiti. Me subo las gafas de sol y observo las viejas ventanas del edificio de Fred preguntándome cuál será su piso. No veo señales de vida en ninguna de ellas, a excepción de un gato rubio y gordo sentado en la ventana salediza de la planta baja que pestañea lentamente al sol.
Se oye un estruendo un poco más allá cuando el dueño de una cafetería sube la persiana metálica, y decido concederme unos minutos y prepararme mentalmente antes de entrar en casa de Fred. El dueño del bar baja una silla de plástico de las que hay sobre la mesa de fórmica para que yo pueda sentarme. Me guiña el ojo y se pone a silbar al son de la radio y a barrer el suelo, y entonces, mientras toqueteo el azucarero, se me ocurre que hacía siglos que no tenía tiempo para estar un rato así, a solas. Apoyo la barbilla en el puño y disfruto del momento
aspirando el aroma del café recién molido mientras mis ojos se relajan ante el sol que entra por las ventanas alumbrando como un reflector de partículas de polvo. Al otro lado de la ventana está el piso de Fred, y me doy cuenta de que experimento una emoción tan ridiculamente familiar que casi me echo a reír.
Pese a nuestros temores, cuando terminamos la primaria y yo empecé a estudiar en el instituto de Bowley después de un caluroso verano, el hecho de que Fred asistiera a otro centro apenas tuvo consecuencias en nuestras vidas. Nos adaptamos a las cosas, como hacen los niños. Él hizo nuevas amistades y yo también, pero seguíamos teniéndonos el uno al otro cuando nos faltaban los amigos y durante esas largas tardes de domingo entre la tierra de nadie televisiva y la hora de acostarse.
Yo estaba celosa entonces. Cuando Fred me describía su elegante escuela, me ponía los dientes largos oír hablar de sus grandes campos de deporte, sus laboratorios de idiomas y el chulísimo departamento de Arte. Dicho esto, no habría cambiado mis sábados por la mañana, cuando papá preparaba una fritura, por las clases de Fred el fin de semana, claro que al menos él parecía estar aprendiendo algo. En comparación, mi paso por el sistema educativo del instituto se me antojaba tedioso y más bien inútil.
Cuando sucedía algo importante (si había alguna pelea entre alumnos), se lo contaba a Fred, pero, por regla general, cuando llegaba a casa por la tarde me había olvidado ya de la escuela, que por lo visto no me aportaba nada nuevo. Aparte de que los váteres olían peor que en el cole de Rushton y había más caras en los espejos, las únicas diferencias reales que yo veía eran que las sillas de mi instituto parecían más grandes, los castigos, más prolongados, y que teníamos que andar más entre clase y clase.
Al igual que en la escuela primaria, los profesores me reprendían sin cesar por mirar las musarañas o por hablar en clase, y la única cosa que me inspiraba era el mapamundi descolorido que tapaba una de las paredes del aula. Me quedaba mirando los continentes pintados de tonos pastel, saboreando los nombres de las ciudades extranjeras, y fantaseaba como una cría viajando en un coche rojo trucado con la misión de localizar al astutamente disfrazado 00Fred, que dominaba el dialecto local y estaba siempre a punto para liquidar a los malos y restablecer el orden.
Luego volvía a la realidad, y lo que mantenía mi interés cotidiano eran los episodios de Dallas y los detalles extracurriculares de la vida escolar. Fumaba tabaco al fondo del campo de deportes, me formaba despectivas impresiones de todos los profesores y grababa palabrotas en los pupitres con un compás cada vez que se me presentaba la ocasión. Si evitaba meterme en mayores problemas era porque Pippa, mi compinche de primaria, me dejaba copiar sus pulcros deberes por las mañanas en el autobús, a cambio de que yo la dejara ser la subjefa de nuestra pandilla.
Como jefa de pandilla, yo estaba muy ocupada en llevar la voz cantante a la hora de decidir quién era amigo de quién, quién prefería a qué solista masculino de qué grupo pop y quién llevaba el corte más moderno cortesía de Crops & Bobbers, la peluquería de la calle mayor de Bowley. Y el tema más absorbente de todos: los chicos. Huelga decir que los que teníamos a mano en el instituto eran repulsivos y dignos de nuestro escarnio, pero en privado se nos caía a todas la baba. Para demostrar mi superioridad dejé correr entre las chicas de mi clase el rumor de que me había «morreado con un chico» e inventé expresiones faciales que daban una impresión muy diferente de la experiencia que había tenido de hecho. El Beso Secreto de Mickey se convirtió en susurrado tema de conversación y, a falta de mejores chismes, mi fama de experta besadora se exageró
sobremanera al tiempo que las chicas hacían concursos para adivinar la identidad del besado, y
tan gorda fue haciéndose la bola que ya no pude revelar que sólo se trataba de Fred Roper. Al principio me sorprendió salir impune de mi embuste, pero a medida que pasaba el tiempo y mi estado de secreta iluminación sexual persistía, empecé a tomarle gusto a la fama. Para no ser superada por Tracey Hitchin, mi rival de 2C, hice correr la voz de que yo me había
«desarrollado» antes. Ni siquiera Pippa conocía la verdad. Sorprendentemente, nadie llegó a descubrir que me metía papel higiénico en las pequeñas copas de mi sujetador, como tampoco se olieron que el abdomen hinchado que mostraba una vez al mes, como si estuviera embarazada, era una combinación de patatas fritas con queso y cebolla y control muscular. Mientras que todo el mundo iba diciendo «Pobre Mickey», yo me tragué hasta tal punto mi supuesta feminidad que casi llegué a creer que había escrito en serio la carta que apareció en la página de consultorios de la revista Jackie acerca de un tampón que se me había quedado atascado.. «allí abajo».
A decir verdad, yo no sabía a qué atenerme acerca de lo de «allí abajo». Evitaba cualquier conversación al respecto con mi madre, por suponer que era una chica rara y sufría disfunciones. En privado, miraba mi pecho plano y mi cuerpo infantil con impaciencia y rezaba para que empezara a pasar algo de verdad, cualquier cosa.
Luego, cuando cumplí trece años, Fred terminó sus estudios en la preparatoria de Rathborne y se fue al internado. Aunque sabíamos que eso ocurriría y estábamos prevenidos, su repentina ausencia definitiva fue un golpe terrible. Para mí, era como si se marchara a la otra punta del planeta. Cuando se alejó por Hill Drive en el Porsche de Miles, supe que allí
terminaba una época, y pese a que le hice jurar que me escribiría todas las semanas y me explicaría con detalle su nueva vida lejos de casa, no lo hizo. En su ausencia, el mundo enloqueció con la irrupción de la pubertad. Adiós al papel higiénico de relleno: en su lugar vi crecer y crecer mis pechos, como también crecieron las peleas con mis padres por los diversos, muy tempestuosos y brevísimos amores que tuve con una selección de jóvenes granujientos.
Cuando Fred volvía al pueblo, apenas lo veía, tal era mi ensimismamiento con lo que consideraba mi dramática y plenamente realizada existencia. Había que comprar discos, teñirse el pelo, ir a fiestas, y Fred sólo era el vecino de al lado. Y, encima, pijo. Nada me había preparado, pues, para la llegada de Fred en las vacaciones de Navidad dos años más tarde. De repente había cambiado mucho: no sólo era más alto y corpulento, sino que le había salido la barba y llevaba el pelo cortado a la moda. Al observarlo por un resquicio en los visillos de mi comedor y verlo abrazar a Louisa, su madre, en el camino particular de su casa, envolviéndola en los pliegues de un gabán militar de segunda mano pero increíblemente moderno, no me quedó la menor duda de que Fred ya era un hombre. La conmoción, incluso a través del cristal ahumado de la ventana, fue tremenda.
No fui la única afectada. Con la necesidad imperiosa de nueva savia masculina en Rushton, y en vistas a la discoteca que iba a abrir por Navidad, casi todas mis rivales femeninas ficharon a Fred como posible pareja de besuqueo y baile lento. Hasta Annabel Roberts, la chica más guapa de mi clase y blanco de mis peores deseos, decidió hacerse amiga mía cuando descubrió que Fred y yo éramos vecinos.
Dudo mucho que Fred fuera consciente de su nuevo estatus social, o de que tantas chicas de Rushton suspiraran por él, pero yo decidí que el premio iba a ser para mí. Tal como veía las cosas, Fred me pertenecía por derecho. Lo conocía mejor que ninguna, vivía más cerca de él que nadie y tenía muchas oportunidades para seducirlo. De modo que la noche anterior a la disco, para asegurarme de que Fred supiera lo que había disponible, dejé las cortinas abiertas mientras me desnudaba.
Al fondo del Memorial Hall el fango se había congelado formando aristas y los charcos eran un espejo de hielo, pese a lo cual yo me sentía de un humor cálido y animado. Después de varias horas emperejilándome en casa de Pippa, por fin estaba preparada: mis pestañas pesaban con la dosis extra de rímel azul eléctrico, mis labios eran como dos caramelos de fresa, e iba totalmente perfumada con medio envase de espray corporal Impulso. No sólo eso, también tenía alcohol y cigarrillos.
—¿Qué es eso? —me preguntó Pippa cuando desenrosqué el tapón de una botella de naranjada y aspiré los acres efluvios del turbio brebaje que había obtenido gracias a las botellas que mi padre guardaba en el armarito ad hoc.
—Ginebra, Martini, Cinzano Rosso. . y algo verde.
Pippa arrugó la nariz cuando le pasé la botella.
—¿No nos emborrachará?
—Ésa es la idea —dije, con una sonrisita.
—Pero hace mucho frío, Mickey. ¿No podemos beberlo dentro? —suplicó Pippa, que trataba de entrar en calor pateando el suelo, con lo que los pendientes de Santa Claus que se había comprado para la fiesta se bamboleaban. No había motivo para que tuviera frío, con aquellos zapatos de invierno y la bufanda de mohair que asomaba bajo su grueso abrigo del colegio.
—No —insistí. Como ya le había explicado, no nos convenía llegar antes que Fred. Yo no quería ser una más. Haríamos nuestra entrada cuando estuviera claro que todo el mundo iba a fijarse en nosotras—. Bebe. Te hará entrar en calor —le sugerí. Pippa tomó un trago, torció el gesto y se palmeó el pecho antes de devolverme la botella. Aplasté mi cigarrillo con la puntera de mis zapatos de charol y tacón de aguja y asomé la cabeza para echar un vistazo al interior.
Pude ver que habían transformado totalmente el Memorial Hall. El belén de artesanía quedaba oscurecido por la Disco de Terry, que habían alquilado en Bowley. Luces de color rojo, azul y verde vibraban encima de la barra e iluminaban la pista de baile, mientras la enorme bola de cristales colgada del techo arrojaba sombras caprichosas a las paredes como un banco de peces plateados y convertía las gastadas tablas del suelo en un torbellino mágico. Había serpentinas colgadas de una red con globos color de rosa que la gente agitaba al pasar. Una oleada de emoción se apoderó de mí cuando me pegué a la pared sin ser vista y di un trago a escondidas.
—Tienes escarcha en el flequillo —dijo Pippa.
—¿Sí? —Procedí a arreglarme el flequillo, tieso y peinado hacia atrás con la ayuda de una capa solidificada de laca con purpurina—. ¿Quieres ir a mirar? —pregunté, ansiosa. Pippa puso los ojos en blanco. Era la vigésima vez que se lo pedía en otros tantos minutos.
—Venga —supliqué.
Ceñuda y hastiada, Pippa salió del escondite y fue a echar una ojeada.
—Sí, está dentro —dijo un minuto después.
Me froté las manos de alegría. Iba a ser una gran noche.
—¿Qué tal estoy? —pregunté, tirando del extremo de la falda de tubo hacia las rodillas, que se me habían puesto moradas.
—Bien.
Me olfateé las axilas de pura paranoia.
—No huelo a sudor, ¿verdad? —Hice la comprobación, agarrando la tela de mi top y acercándosela a Pippa, que tosió y agitó la mano frente a la nariz.
—No —dijo, poniéndose bizca.
—Entonces, vamos, que empiece la fiesta. —Eché a andar hacia la puerta, contoneándome.
Dentro, la música estaba a tope y las mesas de los rincones oscuros empezaban a llenarse.
—Allí está —dije, dándole un codazo a Pippa.
Fred estaba hablando con Dave y un grupo de nuestros antiguos amigos de la escuela primaria. Se le veía mucho más moderno que al resto con su camisa azul a rayas, y al hablar se levantaba el flequillo a bufidos.
Apretando los labios, envolví la botella de naranjada con mi delgada cazadora de raso para meterla de contrabando y caminé lo mejor que pude hasta una mesa rinconera.
—¿Nos está mirando? —le pregunté a Pippa con los dientes apretados.
—Mickey —rezongó.
—¿Sí o no?
Ella volvió la cabeza y miró directamente hacia Fred.
—Sí —respondió, saludando con el brazo levantado.
Yo se lo agarré, lanzándole una mirada amenazadora.
—Ni se te ocurra.
—¿Qué pasa? —preguntó, irritada.
—El truco es hacerse la indiferente —dije, sentándome enseguida y fingiendo que no me importaban los chicos. Saludé a Annabel, Lucy y Claire, y al poco rato nuestra mesa estaba llena de chicas del instituto de Bowley.
La disco no tardó en animarse de lo lindo. Quedaban cuatro horas preciosas hasta el toque de queda de medianoche, y como en la cocina del Memorial Hall sólo servían naranjada y Coca-Cola, todos llevaban su ración de alcohol y estaban dispuestos a colocarse lo antes posible.
—Bueno, Mickey, ¿hay alguien que te guste en especial? —gritó Annabel para hacerse oír mientras repartía furtivamente su botella de Cinzano y limonada.
—Puede —respondí—. ¿Y a ti?
Asintió con la cabeza mirando significativamente hacia donde se encontraba Fred.
—Pero no te lo voy a decir.
Mosqueada, me puse en pie e inicié una infatigable campaña en la pista de baile. Yo no iba a seguirle la corriente, eso era demasiado obvio. Dejé bien claro que a mí no me importaba nadie en especial, encabezando nuestras evoluciones alineada con Claire, María y Denise. Hacia las once, Fred aún no había tenido oportunidad de acercarse a mí.
— Relax! —canté al unísono con Frankie Goes To Hollywood, adelantando un pie con las manos en la cintura mientras giraba con un salto de noventa grados a la vez que las demás.
—¡Mickey! —Era Lisa, que me gritaba al oído.
—¡¿Qué?!
—Es Pippa. Dice que vayas. Está en los lavabos.
Señaló hacia atrás con el pulgar, indicando la puerta de los servicios que había al fondo. Me salté la cola que había para entrar, llamé fuerte con la mano y grité el nombre de Pippa. Oí
que descorrían el pestillo desde dentro y abrían la puerta. Pippa estaba arrodillada sobre el linóleo granate, agarrada a la taza del váter. Me miró con los ojos inyectados en sangre y las puntas del pelo empapadas de vómito.
—¡Cielos, Pippa! —Entré y cerré la puerta.
—Agh —acertó a decir ella, y se puso a vomitar otra vez.
Aparté la vista para frenar las arcadas que me daba el olor del alcohol regurgitado al alimón con cacahuetes a medio masticar.
Pippa gimió y yo le froté la espalda. Entonces oí la voz por los altavoces.
—Señoritas, agarren a sus parejas. Vamos a calmarnos un poco —canturreó Terry entre acoples del micrófono mientras cambiaba el disco.
Eran Wham!, Last Christmas, mi canción favorita. Eso no podía perdérmelo.
Me agaché, presa del pánico.
—¿Te encuentras bien? —le pregunté a Pippa—. Es que. .
Ella me interrumpió con un acceso de vomitera. Entre escupir y toser, soltó un breve gemido.
—No te vayas, Mickey —imploró mirándome. A pesar de la poca luz de los aseos, pude ver que estaba de un pálido verdoso.
—Tranquila, enseguida se te pasa —dije con la mayor amabilidad que pude, agachándome a su lado mientras trataba sin éxito de limpiar aquello con papel higiénico satinado. A todo esto, mi letra favorita iba sonando sin que yo estuviera allí para disfrutarla.
—¿Quién hay ahí dentro? —Era la señora Bevan-Jones, la directora del Club de Jóvenes de Rushton, que se ocupaba ahora del puesto de bebidas—. Aquí hay mucha cola. Abrí cautelosamente la puerta del excusado y salí.
—Es Pippa. No se encuentra muy bien.
—¿Y eso?
—Algo que ha comido le ha sentado mal —mentí—. Está echando la primera papilla. —Vi la mala cara de la señora Bevan-Jones y rectifiqué enseguida—: Está devolviendo.
—Santo cielo —exclamó ella con un gesto de desaprobación—. Tendrá que salir de ahí. A lo mejor el párroco puede acompañarla a casa.
Oí que Pippa vomitaba un poco más detrás de mí.
—¿Mickey? —Su voz parecía un balido.
—Espera —le grité. Miré a la señora Bevan-Jones—. Creo que iré a buscar un poco de agua —dije con una mueca.
La señora Bevan-Jones asintió con la cabeza, me apartó y golpeó la puerta del váter. Me escabullí, sintiéndome culpable.
Sabía que Pippa se lo tomaría fatal, pero la señora Bevan-Jones era una autoridad en primeros auxilios. Lo que no sabía ella de hacerle el boca a boca a una muñeca Lagrimitas no lo sabía nadie, y cuando por fin se le pasara, Pippa me agradecería que la hubiera dejado en tan buenas manos.
La pista de baile era ya un hervidero de parejas en movimiento y busqué con la mirada a Fred, recorriendo el perímetro de la sala. No tardé en dar con él. En mitad de la gente, Annabel lo tenía bien sujeto por el cuello. Aunque bailaba con los ojos cerrados, era obvio que lo estaba conduciendo hacia el manojo de muérdago colgante. Me quedé clavada en las sombras, sintiendo que me asfixiaba al verlos bailar como yo había planeado hacerlo. En ese momento Terry tiró del cordel y la red llena de globos cayó del techo, y todo el mundo levantó la vista extasiado mientras los globos descendían en romántica cascada. Ciega de lágrimas, giré sobre mis talones, crucé la puerta y salí de la sala.
Había empezado a nevar. Me levanté el cuello de la cazadora, tiritando mientras gruesos copos flotaban a mi alrededor para formar un fina capa en los escalones del Memorial Hall. No había nadie en la calle y sólo las frenéticas luces navideñas que adornaban el escaparate del supermercado Spar alteraban la blanca quietud. Eché a andar, perdida toda esperanza, mientras a mi espalda, en el calor del local, cantaba George Michael.
¿Qué me había creído? Era obvio que Fred saldría con Annabel. ¿Qué posibilidades tenía yo? ¿Por qué iba Fred a pensar en mí como otra cosa que una vieja amiga?
—¡Mickey! Espera.
Oí la voz de Fred que gritaba y me detuve, sin mirar atrás. Rápidamente me enjugué las lágrimas y hundí las manos en los bolsillos.
—¿Adonde vas? —preguntó sin resuello al darme alcance. Iba en mangas de camisa, y tenía cara de frío y las mejillas de un rosa subido.
Me encogí de hombros y bajé la vista. Los zapatos de tacón no me habían causado
problemas a la hora de bailar, pero ahora me estaban matando.
—A casa —murmuré, evitando la mirada de Fred. Lo último que quería era que se diese cuenta de lo furiosa que estaba.
—¿No vas a quedarte hasta el final? —dijo, mirando hacia la disco. Arrugué la nariz.
—Me estaba aburriendo —contesté, reemprendiendo la marcha y tratando de no cojear.
—Creía que bailaríamos juntos —añadió, y noté en su voz que estaba desilusionado. Me volví. De la boca de Fred salían penachos de vapor blanco y la nieve empezaba a cuajar sobre su pelo.
—¿De veras? —dije, consiguiendo aparentar indiferencia—. Me ha parecido que estabas ocupado.
—No seas así. Vamos, apenas te he visto desde que llegué a casa. Volvamos dentro, anda. Negué obstinadamente con la cabeza.
—Pero si es Navidad. . —Dio un paso hacia mí.
—¿Y qué? —gruñí, sin dejarme embaucar por su tono amistoso.
Fred puso los ojos en blanco y sonrió.
—Bueno, pues si no vas a bailar conmigo ahí dentro, Mickey Maloney, tendrás que hacerlo aquí fuera —rió, y luego me agarró y me situó en medio de la calle.
—¡Fred! —protesté, pero se me escapaba la sonrisa mientras él me tomaba por la cintura y sostenía mi mano en la suya. Tras la puerta del Memorial Hall, la amortiguada voz de Tina Turner empezó a cantar What's Love Got to Do with It, y Fred giró conmigo en la calzada.
—Hola, por fin —dijo, sonriéndome—. ¿Qué quieres por Navidad?
«A ti, tonto», tuve ganas de gritar. Pero me encogí de hombros y adopté mi maleado tono de «viejos colegas»:
—Poca cosa. Supongo que me pondrán jerséis, como siempre. Va a venir la abuela Ritchie, y ya sabes lo loca que está. ¿Y tú?
—En casa todavía no se habla de la Navidad. Miles no se ha presentado aún.
—¿Qué.. ? Entonces, ¿no has visto a tu padre?
—Pues no. Y mamá está rabiando. Si Miles no aparece, creo que no celebraremos nada.
—Oye, no creo que haya inconveniente si vienes a mi casa. Supongo que miraremos la tele y eso. Ponen una de James Bond, creo.. —Mis ojos se fundieron con los de Fred.
—Mickey —dijo, quitándome de la punta de la nariz un copo de nieve.
—¿Qué?
—Cállate —susurró, me atrajo hacia él y me abrazó con fuerza. Y entonces, mientras la nieve caía y empezaba a cubrir nuestras pisadas, Fred me besó.
El propietario de la cafetería interrumpe mi ensueño al acercarse para limpiar un poco de café derramado en mi mesa. Sonriendo, pago la consumición y salgo con el desayuno que he encargado. Estoy convencida de que mi visita al piso de Fred no puede interpretarse más que como un sencillo pasaba-por-aquí, y de que él se alegrará de verme. Pero tan pronto aparto mi tembloroso dedo del timbre, el valor me abandona por completo. En esos segundos vitales, mientras espero ver la sombra de Fred al otro lado de los cristales de la puerta, me entran todas las dudas. Fred, o la idea de Fred, está sólo en mi imaginación, y obrar con arreglo a ese sentimiento es como tratar de alcanzar el sol poniente en un bote de goma pinchado. Esto es absurdo; busco la amistad de un hombre del que no he sabido nada en quince años. Es de chiripa que todavía nos llevemos bien y nos riamos el uno con el otro. Todo esto es pura nostalgia por mi parte, porque en tiempos lo quise tanto que habría dado la vida por él, pero ¿ahora? No, ahora es un hombre maduro y debe de estar tan
tranquilo en la cama acurrucado con la mujer con quien va a casarse. Todo el cuerpo me está diciendo que eche a correr, y cuanto más permanezco ante el portal, mayor es la sensación de estar de nuevo en Rushton haciendo gamberradas. Ya me dispongo a salir pitando cuando la puerta se abre y tengo un sobresalto.
—¿Mickey? —dice Fred, que parece y suena desconcertado, con la mano en el pestillo de seguridad.
Tiene marcas en la cara, el pelo todo revuelto y aplastado aquí y allá. Lleva un pantalón de pijama y el torso desnudo. Está moreno y musculoso, y cuando bosteza, veo el perfil de sus costillas. Como yo estoy un escalón más abajo, el pecho de Fred ocupa todo mi campo visual. Inmediatamente noto que la sangre me sube a la cara.
Hace mucho tiempo que no estoy tan cerca de un hombre semidesnudo y hace siglos que mis impulsos sexuales están en cuarentena. Quiero decir encerrados en una isla a muchos kilómetros de la civilización. Pero a la vista de Fred, las murallas se abren y todo cobra vida otra vez. Antes de que sepa lo que me pasa, las hormonas están agitándose en ciertas partes de mí que ya no recordaba que existieran.
—¿Qué hora es? —pregunta, rascándose el vello del abdomen. La última vez que se lo vi era liso y no tenía pelo, y he de cerrar la mano para no tocárselo y reclamarlo otra vez como mío. —Las ocho, o así —respondo, mirándolo a los ojos para no bajar la vista otra vez—. Lo siento, no he tenido en cuenta la hora. Para mí es como si fuera mediodía. Ya me marcho.
—No, no —dice, abriendo más la puerta—. Pasa, pasa.
—Olvídalo —digo con la voz rota, llena de confusión y miedo—. He venido en mal momento. Si Rebecca está aquí...
—¿Rebecca? —repite sacudiendo la cabeza—. Tranquila. Rebecca nunca duerme aquí y Eddie no volvió anoche. Estoy solo en casa. Entra.
Se agacha para recoger propaganda del felpudo y se incorpora otra vez. Entro en el edificio y subimos la escalera.
Mientras piso con cuidado la moqueta raída, me conmino a no mirarle el trasero. ¿En calidad de qué estoy yo aquí? ¿De amiga? Sí, eso. Una amiga del barrio. Pero no bien pienso esto, sé que lo que me tiene confusa es la idea de ser amiga de Fred. Joe no tuvo problema en llamarlo «amigo nuestro», pero ¿qué clase de amiga soy yo?
No puede decirse que seamos muy buenos amigos, pero eso no nos convierte en ex amigos, ¿o sí? ¿O se trata de una amistad nueva? Y en tal caso, ¿por qué habría de importar el pasado? Si somos nuevos amigos, ¿debería alegrarme menos de que estemos solos? ¿Una amiga, de la clase que sea, tendría en la cabeza las palabras «Rebecca nunca duerme aquí»
repitiéndose como un mantra a medida que está cada vez más a solas con Fred en su casa?
Me ceñiré a ser una vecina. Siempre es más seguro, menos comprometedor, aunque sea el tipo de vecina que fisga tras los visillos. Lo cierto es que estos últimos días he deseado ver dónde vivía Fred; quería verlo en su contexto y he imaginado que su casa sería muy moderna, llena de sofás de diseño y mobiliario minimalista. Y por eso me choca cuando empuja la puerta con el pie y entramos en su piso.
La sala de estar huele a cerrado y a tabaco rancio y el sofá está cubierto de periódicos. Fred coge una camiseta del respaldo y se la pone, del revés. Me siento intrépida y nerviosa al mirar el montón de vídeos y CDs. Hace siglos que no estaba en el piso de un tío y no sé muy bien qué hacer.
Me pregunto cuál es la razón de que Rebecca no se quede nunca aquí, cuando de repente veo una parte del cuarto de baño, cuya puerta está entreabierta, y deduzco una de las posibles razones. Hay una Game Boy sobre la cisterna del váter y la tapa está levantada. Una planta necesitada de riego ocupa una esquina del alféizar y el cristal opaco está astillado. No es lo que
una chica quisiera ver, y desde luego está muy lejos de ser lo que le gustaría a Rebecca (muy poco Gucci, por utilizar las palabras de Susan).
—Pondré agua a hervir —dice Fred yendo a la cocina.
—No te molestes —contesto, pero sé que la voz me sale nerviosa y asustadiza—. He traído desayuno. —Le muestro la bolsa del bar de enfrente—. Café y bocadillos de salchicha. Fred se revuelve el pelo y empieza a bostezar.
—Tú desayunas, ¿no? —pregunto.
Él sonríe e interrumpe el bostezo.
—Claro. Perdona, todavía no estoy despierto del todo.
—Ah. ¿Te acostaste muy tarde?
—Tuve que salir con un montón de gente del trabajo. Terminamos en un bar. He llegado hacia las cuatro de la mañana, creo.
—Menuda marcha —digo sonriendo, pero en el fondo se me cae el alma a los pies. Me he pasado estos últimos días pensando en todo lo que tenemos en común, pero creo que me engañaba. La realidad es que Fred lleva una vida completamente distinta de la mía. A las cuatro de la madrugada yo pensaba en levantarme, no en acostarme.
Echo un vistazo a la cocina, pero no acabo de encontrar un espacio donde dejar la bolsa. Sobre la mesa de pino hay un portátil abierto, rodeado de montañas de papeles, mientras que la encimera ostenta una pila de platos sucios junto a un envase de comida rápida india. Me asomo a la sucia cristalera del salón, con ganas de abrirla para que entre un poco de aire fresco.
—¿Qué hay ahí fuera? —pregunto.
—Poca cosa. Una terraza. Si quieres, te la enseño.
Asiento con la cabeza y Fred abre la puerta.
La vista es impresionante y respiro hondo.
—Esto es precioso —digo, cruzando el piso de madera y mirando entre las chimeneas—. Con un poco de esfuerzo, podría quedarte muy bonito. Fíjate cuánta luz; es estupendo.
—¿Sí? Nunca se me había ocurrido. —Fred pestañea al sol—. La verdad es que nunca había estado aquí fuera tan temprano.
—Tienes suerte de disponer de esta terraza. Yo me pasaría el día aquí —afirmo, sentándome en una de las butacas de plástico y sacando los vasos de café de la bolsa de papel, que luego coloco en la abandonada jardinera de ventana.
Fred se deja caer en la otra butaca y cruza las piernas. Parpadea mucho cuando le paso el bocadillo. Lo desenvuelve y mira dentro del pan.
—Bañado en ketchup. Me sorprende que te acuerdes.
—Tal como solía prepararlos Miles.. —Me callo de golpe, consciente de mi falta de tacto. Nos quedamos mirándonos unos segundos. Me llevo una mano a la boca.
—Lo siento.. No quería..
Fred sacude la cabeza y sonríe.
—No pasa nada.
—Este desayuno —digo, alargándole el café— es lo menos que podía hacer para agradecerte lo de la otra noche. Tienes un nuevo fan que te adora.
—¿De veras? Eres muy amable. No sabía que te importara tanto.
—No me refería a mí —aclaro con una sonrisa—, sino a Joe. Dice que eres muy molón. Es más, creo que quiere ser como tú.
—Espero que se lo hayas quitado de la cabeza.
—Lo he intentado, pero no es fácil.
Fred sonríe.
—Bueno, me alegro de que se lo pasara bien. —Hace una pausa y guiña un ojo, el sol le molesta—. ¿Y qué me dices de ti?
—¿De mí? Me pareció increíble. De hecho, por eso he venido. Tengo fantásticas noticias y no podía guardármelas más tiempo. —Sonrío a Fred, que me mira arqueando las cejas—. Peter, el Peter que me presentaste la otra noche.. —le explico—. No nos ha fallado. Bueno, eso es decir poco. Fui a su oficina y me ha contratado para que les organice las flores todas las semanas.
Fred se mueve en su asiento.
—Es estupendo, Mickey.
—Y que lo digas. Lo que piensa pagarme basta para cubrir todos mis impuestos. Y todo gracias a ti.
Fred me enseña el bocadillo.
—Estamos en paz. Esto es justo lo que necesitaba.
—Joe también está muy contento —prosigo—. No lo reconocerías; ha cambiado desde la otra noche. Le ha dado la tabarra a todo el mundo e incluso ha quedado con el chico que conoció allí, en la presentación, Tyler, para este fin de semana. —Doy un mordisco a mi bocadillo.
Fred sonríe mientras acaba de masticar.
—¿Sabes? —dice—, Joe es muy. . muy guay. Es la primera vez que conozco a un niño de verdad. Quiero decir, desde que yo lo era, ¿entiendes? Suponía que eran un poco, no sé, una carga.. Pero Joe. . —Hace una pausa buscando la palabra—. Joe es interesante. Sin poder evitarlo suelto una carcajada mientras levanto la tapa de mi vaso de café.
—No te extrañe tanto. Los hijos no son extraterrestres. Tú fuiste pequeño una vez, y si no recuerdo mal eras.. bastante interesante.
Hace una mueca.
—Supongo. Creo que lo había olvidado.
—En fin. Joe tiene a quién salir —bromeo—. Es lógico que sea. . guay. Fred asiente, mira su bocadillo y luego a mí. Como si fuera a decir algo.
—¿Qué? —le pregunto sonriendo.
—Nada. Nada.
—¿Qué?
—Es.. No tiene importancia, sólo que. . —Parece inquieto—. Ya sé que no es asunto mío, pero cuando estaba con Joe en el mostrador de sushi, le mencioné a Martin..
—¿Y?
—Yo pensaba que Martin era su padre, pero Joe me dijo que no. Noté que hablar de ello le resultaba violento. Simplemente me pilló de sorpresa.
—Ah.
Bajo la vista. Siempre me pongo a la defensiva cuando oigo a Joe hablar de su padre o de Martin con alguien. Paso tanto tiempo tratando de hacer el papel de padre y madre que cuando Joe menciona su confuso origen, siempre me sorprende. Yo nunca pienso que eso sea un problema, pero para él quizá lo es. Me sorprende que le hablara a Fred de ello.
—Perdona. —Parece avergonzado—. No debería haber dicho nada..
—No seas tonto. No me importa. Es una larga historia, nada más. Él sigue masticando y extiende el brazo como si dispusiéramos de todo el tiempo del mundo, y pienso que realmente le debo una explicación en nombre de Joe. Mi hijo detesta explicar nada, de modo que me toca a mí hacerlo. Me dispongo a dar mi acostumbrada versión de los hechos cuando se me ocurre que hace mucho que no confío lo suficiente en nadie como para contarle la verdadera historia. Miro a Fred, que está a la expectativa, y de repente me parece correcto contársela a él. A medida que voy desgranando los hechos, empiezo a sentirme aliviada.