Conocí a Dan en un concierto, en Camden, cuando tenía diecinueve años. Nunca había ido sola a Londres, pero eso no me impidió entrar en aquel bar muy decidida y coqueta y clavarle la vista. Dan era dos años mayor que yo, tocaba en un grupo y tenía la cabeza llena de las más peregrinas fantasías. Me embriagué de él, me enganché a su guapura morena desde la primera noche, y ya no lo perdí de vista. Al cabo de un mes me marchaba de casa y me iba a vivir con él a un estudio pequeñísimo en Brixton.
Londres me hechizó, y como provenía de Rushton, el anonimato me sedujo por completo. Me encantaba que cuando conocías a alguien y te presentaban, el otro no te mirara como diciendo: «Ah, ya, Mickey Maloney.» Fue como si hubiera mudado la piel y estuviera empezando de cero con otra identidad.
Y luego Dan. Iba con él a todas partes, extasiada y enamorada de la idea de estar enamorada. Yo creía que Dan me adoraba, pero en realidad sólo me concedía pequeñas dosis de atención cuando yo lo halagaba o respaldaba sus enormes expectativas de un futuro glamouroso y triunfal que, por lo visto, estaba siempre a la vuelta de la esquina. Vistos desde ahora, los dos años que pasamos juntos fueron como unas larguísimas vacaciones. Lejos del idilio de personas adultas que yo creía estar viviendo, nuestro comportamiento era el de dos irresponsables y despreocupados adolescentes a quienes se les dejaba actuar a su antojo. Cobrábamos el paro todas las semanas, bebíamos latas de cerveza barata y nos comportábamos como conejos sedientos de sexo. Nuestra cabaña del amor, como llamábamos al piso, era húmeda y sucia, pero a mí se me antojaba el paraíso. Por primera vez desde Fred, con Dan pensé que todo era posible. Él me llamaba «mi musa» y, aunque el dinero no llegaba para comer otra cosa que fideos chinos, eso no parecía importar. Éramos creativos y nada se interponía en nuestro camino.
Esto es, hasta que me quedé embazada.
Al principio Dan estaba contentísimo y no paraba de hacer promesas sobre nuestro futuro. Era como si tener una familia fuese la cosa más natural del mundo. Escribía poemas sobre el hijo que aún no tenía, fardaba de mí con sus amigos y me besaba la tripa una y otra vez. Pero luego nació Joe y todo cambió. De repente éramos tres en vez de dos y todo empezó
a hundirse. Dan se enfadaba porque yo no podía salir con él o no aguantaba toda la noche de juerga como antes, y cuando Joe se ponía a llorar, no lo soportaba. Un día (Joe tenía entonces dos meses) volví de la compra y me encontré una nota manchada de lágrimas. Dan había escrito frases muy manidas diciendo que me amaría siempre, pero que no podía renunciar a su sueño de triunfar en la música. Como si una luz se hubiera encendido de golpe, comprendí que me habían plantado de la manera más vulgar. Mi única opción era volver a Rushton con el rabo entre las piernas.
—Joder, Mickey, lo siento —murmura Fred cuando acabo de contarle la historia. Me mira frunciendo el entrecejo en un gesto solidario, pero yo le quito importancia:
—Bah, es agua pasada —digo, y soy sincera.
De hecho, me siento bien hablando de Dan. Mi explicación habitual («La cosa no funcionó») está pensada para que la gente no conozca la verdad, pero ahora me tranquiliza que Fred sepa la versión íntegra. Por una vez resulta liberador contar los hechos tal como ocurrieron en vez de cargar con todas las culpas sólo por no tener que hablar de ello.
—¿Le guardas rencor? —pregunta Fred.
—No. Tengo a Joe. Él me compensa de todo lo demás.
—¿Has vuelto a ver a Dan desde entonces?
Niego con la cabeza y me encojo de hombros.
—Se esfumó. No creo que dé nunca la cara. Me debe nueve años de asignación. Da igual, yo no quiero verlo, y para Joe sería terrible. Creo que tiene una idea determinada de su padre, y Dan difícilmente podría estar a la altura de esa idea.
—¿Y Martin? ¿Dónde encaja él en todo esto?
—Martin apareció justo cuando yo pensaba que iba a volverme loca viviendo en casa con mi madre y un bebé. Y cuando me pidió que me casara con él, le dije que sí más por pensar que Joe necesitaba una figura paterna que por otra cosa.
Fred se retrepa en la silla. Sabe escuchar. Me pregunta:
—¿Cómo era Martin?
—Soso —respondo—. Sobre el papel, bien, y créeme que me esforcé por enamorarme de él, pero todo el tiempo que estuvimos juntos fue como una condena perpetua para mí. Martin era el polo opuesto a Dan. Tardé sólo dos meses en darme cuenta de que estaba encerrada en su interminable agenda: el viernes, copas con los chicos; el sábado, fútbol; el domingo, lavar el coche; etcétera, etcétera.
—Desde luego, no te pega mucho.
—Traté de amoldarme, pero no fue posible. Me sentía todo el tiempo como una espectadora observándome a mí misma desde un rincón, hasta que finalmente volví en mí.
—¿Cómo terminó la cosa?
—Fue hace unos tres años. Desde que regresé a Rushton después de vivir con Dan, tenía muchas ganas de volver a Londres. Cuando comprendí que era perfectamente capaz de valerme por mí misma, me marché. Estaba decidida a abrirme paso yo sola. Pobre Martin. Creo que le dolió mucho; y para Joe fue injusto.
Fred guarda silencio. Cuando lo miro, veo que está observándome fijamente y algo en sus ojos hace que el corazón se me acelere.
—¿Crees que podrías volver a enamorarte, Mickey?
—No lo sé —respondo con la voz ronca. Toso e interrumpo así el contacto visual, tratando de tomármelo a broma y cambiar de tema—. Quién sabe. De todos modos, ¿qué es el amor? Aquí el experto eres tú. ¿Qué opinas? Tú eres el que va a casarse dentro de nada. Fred se despereza y se mira los pies. Sonríe irónicamente para sí.
—Ah, Rebecca —dice, pero casi parece triste, como si fuera reacio a pronunciar su nombre.
—Sí, Rebecca —replico, con la sensación de que hemos dicho demasiado y hemos llegado muy lejos sin mencionarla para nada—. ¿Cómo es la futura señora Roper?
—Wilson.
—¡Perdona! —Me palmeo la cabeza—. Wilson. Bueno, ¿cuándo me la presentarás?
Fred mira hacia los tejados y no responde.
—¿Ella.. sabe que existo? —pregunto.
Fred suspira con todo su cuerpo, se frota los ojos y luego me mira. Está serio.
—No exactamente. Ahora mismo no —confiesa—. Es complicado..
—¿Complicado? ¿Dónde está la complicación?
—No sabe nada.
—¿A qué te refieres?
Fred inspira hondo.
—No sabe lo de Miles.
Mi sorpresa es tan grande que durante un momento me quedo sin habla.
—Entonces. .
Fred mueve la cabeza.
—Sí, Rebecca sabe que yo vivía en Rushton, pero no que me llamaba Roper ni lo que le
sucedió a Miles.
Estoy estupefacta.
—Entiendo —acierto a decir.
—No tenía sentido explicárselo. De hecho, no lo sabe nadie, a excepción de ti y de mí. —
Expulsa el aire con sentimiento de culpa cuando ve mi cara de incredulidad—. Y ahora.. no puedo decírselo. Es demasiado tarde. Además, no quiero decirle nada. Estoy contento de cómo van las cosas. El pasado, pasado está.
—Ya. Y supongo que eso me incluye a mí.
Fred niega con la cabeza.
—No, por supuesto que no.
—¿Seguro?
—Seguro. Me alegro mucho de volver a verte. Lo digo de veras. Y le hablaré de ti a Rebecca, se lo contaré todo, salvo lo de Miles. Igualmente pensaba hacerlo, y. .
—¿Todo? ¿Incluido que nos llevaste a mí y a Joe a la presentación?
Fred asiente con la cabeza.
—No pienso volver a verte si eso significa hacerlo a escondidas de ella —declaro—. No está bien.
—Lo sé..
—Por favor, no hagas rarezas. No soporto a los hombres raros. Fred pone cara de corderito y yo lo miro de reojo entre ceñuda e inquisitiva.
—¿Me lo prometes? —insisto.
—Sí.
—Hum. —Me levanto para estirar las piernas y me aliso los vaqueros. Cruzándome de brazos, paseo por la terraza y finalmente me siento en el múrete. Fred viene a sentarse a mi lado. Detrás de nosotros, cuatro pisos más abajo, la calle empieza a animarse de coches y veo gente que se dirige a la boca del metro. Desde aquí arriba el mundo parece otro.
—Creo que debería ir pensando en marcharme al trabajo —dice Fred, y suspira.
—No lo digas con tanto entusiasmo —río.
—Contigo siempre quería saltarme las clases. Estar aquí arriba hace que, en cierto modo, todo carezca de sentido. Ojalá pudiéramos pasarnos el resto del día sin hacer nada.
—Lo mismo digo. —Nunca he sido tan sincera. Contemplamos la vista.
—Eh. ¡Salvado! —dice, dándome un susto. Me levanta cogiéndome del brazo y los dos reímos. En ese instante, cuando nuestras miradas se cruzan a la distancia de un beso, contengo el aliento.
5. Fred
El peor año de mi vida, 1985, comenzó como el mejor de todos. Recuerdo el tiempo que pasé con Mickey como un largo abrazo amoroso. Empezamos a besarnos bajo la nevada delante del Memorial Hall de Rushton en diciembre del ochenta y cuatro y casi no nos separamos para tomar aire hasta que me enviaron al internado a comienzos de año. No sé si lo que nació entre los dos en aquellos primeros meses fue amor o no, pero sí que me dejó más de una noche sin lágrimas que derramar pensando en ella. Me parecía que Mickey estaba muy, muy lejos, y lo único que deseaba era poder tocarle la mano. Mientras los trimestres se sucedían, por las noches soñaba que estaba de vuelta en Rushton. Flotaba por las habitaciones de mi casa como un espectro, cruzándome con Miles en los pasillos y rellanos, viéndolo hablar por lo bajo con personas semejantes a fantasmas, ocultándose tras una puerta cerrada cuando reparaba en mí. Luego oía a mamá ajetreada con los cacharros en la cocina, hablando por teléfono o seleccionando ropa para una venta benéfica, y el sonido familiar de su voz me llenaba siempre de paz. Sin embargo, invariablemente, terminaba caminando por las calles del pueblo de la mano de Mickey, bajo un sol de estío que arrojaba nuestras sombras como gigantes sobre muros y bardas. Todos esos trayectos terminaban en aquel momento de cinco veranos antes: Mickey y yo junto a la verja del cementerio con la cabeza levantada hacia el estornino que se elevó al cielo de color óxido, y yo con el corazón dividido por primera vez en mi vida.
Los sueños se desvanecían llegada la mañana. Con el estrépito de los timbres eléctricos, me encontraba de nuevo en el dormitorio oyendo el extraño ruido de otros veinte quinceañeros despertando, tirándose pedos y afanándose en los lavabos con sus cepillos de dientes, cremas antiacné y desodorantes. Me levantaba, me lavaba y me vestía, y me sumaba al bullicioso torrente de mis compañeros de clase camino del comedor en el edificio principal para desayunar e iniciar un nuevo día.
Situado en una finca de cien acres en el corazón de los Cots-wolds, el Greenaway College era (y que yo sepa, sigue siendo) el hogar de unos trescientos chavales de trece a dieciocho años. Otrora una mansión normanda, se había convertido con el paso de los años en una colección de edificios de color miel hasta formar un pequeño pueblo. En algún momento (he olvidado la fecha) un industrial Victoriano de nombre Endicot Greenaway compró los terrenos con el fin de fundar una escuela para hijos de la clase gobernante del Imperio Británico. Recuerdo que los nombres de los gloriosos muertos del colegio estaban grabados en los respaldos de las sillas, en los dormitorios colectivos y en las aulas, junto con las batallas de ultramar donde habían perdido la vida.
Yo estaba en quinto curso, a medio camino de mi estancia en el centro. Si no conseguía convencer a Miles y mamá para que me dejaran hacer sexto en un centro próximo a Rushton, me esperaban otros dos años y medio hasta salir de Greenaway. Todo lo que para mí era normal en Rushton (autobuses, tiendas, libertad de movimientos y, sobre todo, Mickey) me estaba vedado o era inaccesible. Eran cosas que pertenecían al mundo exterior, del que yo ya no formaba parte. Tenía quince años y medía un metro setenta y cuatro, y lo único que sabía de la vida era que transcurría fuera de esa finca y esos edificios. Desde que llegué allí con trece años, había vivido para las vacaciones y la posibilidad de
volver a casa. Ahora que Mickey era mi novia, la ansiedad por regresar se tornaba aún más intensa. Quería tenerla a mi lado, en carne y hueso. Quería algo más que su voz al extremo de la línea telefónica o que el olor de su perfume en una carta.
Todas las semanas me llegaba como mínimo una carta de Mickey. Sus sobres siempre eran de formas y tamaños curiosos, de colores y estampados extraños. Los adornaba con pegatinas y dibujos, o escribía con tinta metálica en tonos verdes, granates, plateados y dorados. De vez en cuando me enviaba pequeños paquetes con copias en cásete de los discos que había comprado, así como chucherías, dulces y cigarrillos aplastados. Al inicio del trimestre de verano de 1985, al final del cual tenía mis exámenes de bachillerato elemental, releyendo sus cartas por la noche empecé a darme cuenta, y a regocijarme en silencio después, de que en algún momento de aquellos últimos meses me había enamorado de Mickey.
Sus cartas cumplían, además, otro propósito. Mediante un servicio de noticias que habría podido rivalizar con la agencia Reuters, Mickey Maloney devolvió el mundo real a mi vida. Nada de lo que ocurrió los primeros cinco meses de aquel año en Rushton me pasó inadvertido, gracias a ella.
Las esporádicas visitas de Miles a casa, por ejemplo, habían cesado bruscamente al término de las vacaciones de Pascua, al volver yo a Greenaway. Mamá había empezado a organizar reuniones de cristianos los miércoles por la noche e intentado varias veces (sin éxito) convencer a Mickey para que asistiera también. La señorita McKilroy (sí, la de las grandes tetas colgantes) se había quedado embarazada, y Sam Johnson, el presunto padre de la criatura, había puesto en venta su casa de Rushton y se había mudado a Gales. Dave había sido expulsado del instituto de Bowley por enseñar el trasero desde la parte posterior del autobús escolar a un Rolls Royce a cuyo volante iba un alto magistrado particularmente falto de sentido del humor. El hermano mayor de Mickey, Scott, había alcanzado mayor notoriedad todavía dejando plantada a Alison Rawling la noche en que ésta cumplía diecisiete años, lo que la impulsó a grabarse en el brazo con un cortaplumas las iniciales de Scott en un arranque de despecho gótico («Un ejemplo para todos nosotros de por qué debemos tener fe en Dios y no en el prójimo», según la opinión de mamá, y «Un ejemplo de las trágicas consecuencias de escuchar demasiados discos de The Cure», según Mickey).
Ciertas noticias, sin embargo, no podían transmitirse por carta. Ciertas noticias tenías que verlas para creerlas.
—Padre nuestro. .
—Pásalo —me dijo Rob Oldfield al oído.
—. . que estás en los cielos..
—Fíjate en ese macarra de la cola de caballo y la sonrisa de hiena —continuó Rob por lo bajo. —.. santificado sea tu nombre..
Le di un codazo a Luke Davidson, el chico que tenía a mi izquierda, y dije entre dientes:
—Pásalo.
—. . venga a nosotros tu reino..
Miré hacia el otro lado de la nave enlosada de la capilla, a los bancos de madera reservados para los padres. Era el segundo domingo del trimestre, día que, como consecuencia de las teorías de un profesor Victoriano loco, se había fijado como el primero en que los padres de los alumnos estaban autorizados a visitar a sus hijos. Mamá tenía que venir, pero había caído enferma de gripe unos días antes, y Miles no se había presentado ni una sola vez en los dos años y medio que yo llevaba en el centro. Así pues, estaba resignado a pasearme a solas por los terrenos de la escuela mientras el resto de mi curso se largaba a almorzar. Cualquier cosa que sirviese de distracción era bienvenida, de modo que escudriñé las caras de los presentes en
busca del macarra con cola de caballo.
—. . hágase tu voluntad. .
Y lo vi sentado dos filas más atrás.
—. . así en la tierra como en el cielo...
Sonriendo como el ganador de un concurso de imitadores de los Bee Gees.
—. . el pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. .
Mirándome.
—. . y perdona nuestros pecados..
Con un bronceado color caoba y la marca alrededor de los ojos de haber llevado gafas de sol. —.. así como nosotros perdonamos a nuestros deudores..
Vestido con una camisa roja y un traje gris brillante.
—. . y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos de todo mal.. Con un Rolex de oro enorme en una muñeca.
—. . pues tuyos son el reino..
Y una gruesa pulsera de cobre en la otra.
—. .el poder y la gloria. .
—¿Pasar el qué? —preguntó Luke, siguiendo la dirección de mi mirada.
—. . por los siglos de los siglos..
—Nada —respondí.
—. . Amén.
—Te apuesto lo que quieras a que lleva calcetines blancos y mocasines grises —susurró
Oldfield desde mi derecha mientras el capellán daba algunos avisos.
—¿Qué? —murmuré sin dejar de mirar a aquel hombre.
—¡Mocasines horteras! —insistió Oldfield, un poco demasiado alto para el gusto del capellán, que miró hacia nosotros con cara de enfado. Oldfield guardó silencio unos segundos antes de susurrar—: ¿Cómo crees que se llamará?
—¿El capellán?
—No, imbécil, el macarra.
Lo pensé un poco y luego respondí en voz baja:
—Miles.
Oldfield se aguantó la risa.
—Miles le pega. Yo iba a decir Trevor, Warren o algo muy hortera como Randy, pero Miles le va bastante bien..
—No —aclaré yo, torciendo el cuello para mirar sus ojos con gafas—. Quiero decir que se llama Miles. —Puse una cara que confié se semejara, aun vagamente, a la de Clint Eastwood en la escena del tiroteo final de El bueno, el feo y el malo, y luego se lo solté, sabiendo que era sólo cuestión de tiempo que el vínculo genético quedara en evidencia—. Es mi padre. Oldfield me miró boquiabierto de incredulidad. Se quedó callado y desvió la vista hacia Miles. Luego respondió a mi Eastwood con un Lee Van Cleef, mirándome duramente a los ojos como yo antes a él, esperando que me echara a reír. Pero no lo hice, porque lo que había dicho era verdad: aquel tipo bronceado era mi padre. Oldfield cerró al fin la boca y vi cómo paulatinamente su cara pasaba del blanco al rosa y de éste al rojo. Luego sus hombros temblaron y grandes burbujas de moco surgieron de las ventanas de su nariz mientras contenía la risa.
Luke me dio en las costillas y formó con la boca estas palabras: «¿Qué le pasa?»
En vez de responder, dirigí la vista hacia la base de madera del banco, entre mis pies. Visualicé a Miles y deseé verlo muerto. ¿Qué estaba haciendo aquí? ¿Por qué había venido?
Entonces recordé dónde estaba y, acordándome de mi madre, pedí rápidamente disculpas a
Dios por desear la muerte de Miles y lo cambié por desear que estuviera en cualquier otra parte del planeta. Al fin y al cabo, se suponía que tenía que estar en otra parte. Concretamente en Málaga, con su secretaria Janine, buscando emplazamiento para un nuevo club en el que invertir. O eso me había explicado mi madre.
—Es el padre de.. —oí que Oldfield decía a quien tuviera a su derecha, con los hombros temblándole todavía—. El macarra ése. Es el padre de Roper. . el macarra es su papi... Oldfield se volvió para mirarme con ojos risueños, y en ese preciso instante mi vergüenza se desvaneció, desterrada por la ira. ¿Quién se había creído que era? ¿Qué se habían creído todos? ¿Y qué si Miles se vestía como un macarra? ¿Qué significaba para mí? Yo ni siquiera conocía esa palabra antes de venir a Greenaway.
La había aprendido una vez aquí, lo mismo que había oído hablar de «plebeyos»,
«lumpen», «currantes», «horteras», acentos «chabacanos» y todos los otros vectores de clase que nada me importaban a mí, pero que tan importantes parecían para la mayoría de la gente en Greenaway.
¿Acaso los padres de Oldfield y los demás tenían un aspecto mejor, con sus aburridos trajes de tweed, sus bufandas, sus corbatas institucionales? Para mí no, desde luego. Pensé en Mickey, en mamá, en Pippa y en Dave, en toda la gente de Rushton a quien sin duda Oldfield consideraría despreciable por inferior. Lo miré con fiereza a los ojos y le espeté:
—¡Vete al cuerno, gilipollas de mierda!
El efecto fue inmediato. La histeria silenciosa de Oldfield se desvaneció tal como había surgido. Su boca recuperó la expresión pasmada. Boqueó. Torció el gesto. Apenas parecía respirar. Yo nunca había visto a nadie tan afectado por el poder del lenguaje. Fue entonces cuando noté que me bajaba por la columna un extraño escozor eléctrico. No me moví, sólo agucé los oídos: nada. Entonces lo oí, inequívoco aunque muy débil: el eco de mi exabrupto resonaba en el cargado aire de la capilla. Cuando alcé la vista, las tripas se me aflojaron de golpe. Todas las caras de los presentes estaban vueltas hacia mí y reproducían fielmente la expresión azorada de Oldfield. Luego, como el público de una final de tenis en Wimbledon que sigue la dirección de una buena volea, giraron al unísono y miraron hacia el pulpito.
El capellán, un escocés cuarentón de formidable planta, tenía los ojos del color de la pizarra mojada. Sus antebrazos eran gruesos como asados de domingo, y contaban que de joven había ganado premios cargando troncos allá en las Highlands, mientras que otros aseguraban que los fines de semana se dedicaba a rastrear los pubs del pueblo cercano en busca de ateos y alcohólicos con que liarse a puñetazos.
Que hubiera o no algo de verdad en esos rumores me pareció de repente la cosa más irrelevante, pues vi que en aquellos momentos el tipo con quien el capellán estaba pensando en liarse a puñetazos era yo. La sobrepelliz se frunció alrededor de sus brazos al abalanzarse hacia el frente y su nariz ganchuda bajó hasta el nivel del pico del águila tallada en madera que remataba el facistol.
—¡Frederick Roper! —rugió, y las chispas que despidieron sus ojos eran otras tantas promesas de condenación eterna en las llamas del infierno—. Venga a verme al claustro después del servicio.
Miles me esperaba fuera, apoyado en el Porsche 928 blanco, con los faldones de su elegante chaqueta ondeando con la brisa y las mangas de la camisa subidas a la altura del codo, como un personaje de Corrupción en Miami. Es una imagen suya que aún hoy conservo tan clara como entonces. No sé en qué película creía estar actuando mi padre, pero si lo pienso ahora, sospecho que el otro protagonista sería Burt Reynolds y la trama tendría que ver con alcohol, coches y chicas en topless rescatadas de las garras de corruptos polis téjanos. Eché a andar hacia él. El capellán no se había tragado mi explicación sobre las palabrotas
pronunciadas en la capilla y, aparte de media hora seguida de sermón sobre la naturaleza del pecado, me había impuesto una penitencia consistente en limpiar de maleza los arriates de la capilla los lunes por la mañana dos horas antes del desayuno. Cuando estuve a unos pasos de él, Miles arrojó su cigarrillo de un capirotazo y vi que caía al asfalto y daba varias vueltas de campana.
Me agarró la mano y me la estrechó, mirando mientras tanto al capellán, que nos observaba desde el umbral de la cripta. De cerca, Miles tenía un aspecto turbulento. No es que fuera sin afeitar ni nada tan superficial. Su turbulencia provenía de dentro. Estaba en sus ojos, en los oscuros pliegues de su piel. Ojeras que hablaban de noches de insomnio, preocupaciones y temores. Me recordó a los chicos nuevos que llegaban cada septiembre a la escuela, chicos que mantenían el tipo todo el día para derrumbarse luego y dormirse llorando. La voz de Miles, empero, contradecía todo eso. Era tan engreída como siempre.
—¿Qué te ha dicho ese cura? —preguntó.
—¿Por qué has venido? —repliqué yo—. Mamá dijo que estabas buscando un sitio nuevo. .
—¿Un qué?
—Un sitio para un club. En España. Dijo que. .
—Ah, sí. Eso —murmuró—. La cosa no salió bien. Venga —continuó, abriendo la puerta del coche—, vamos a beber algo.
No le dije nada mientras el coche recorría con su mágico ronroneo el largo camino particular. Mirando por la ventanilla de mi lado, distinguí entre la espesura del bosque destellos que el sol sacaba aquí y allá de varios templos y otros caprichos arquitectónicos abandonados desde hacía mucho tiempo.
Encontramos un pub a unos quince kilómetros de Greenaway y Miles me depositó en la terraza, lejos de la vista del tabernero, mientras él entraba a pedir un par de pintas de cerveza. Muchos chavales de mi edad, estoy convencido, habrían deseado tener un padre como Miles, un padre capaz de quebrantar la ley por su hijo, pero yo no me contaba entre ellos. Esos detalles de Miles me incomodaban, había en ellos una frivolidad latente. Las pocas ilusiones infantiles que yo podía haber abrigado acerca de su papel como amoroso padre de familia se habían disipado definitivamente cuando trabajé para él en Pascua a fin de reunir unos ahorrillos. Yo ya había estado antes en Clan, por supuesto, pero siempre durante el día, cuando mamá estaba ocupada y Miles se veía obligado a cuidar de mí. En dichas ocasiones el club de mi padre siempre me había parecido un lugar deprimente, desconectado de la vida y la alegría como una tumba. Miles se iba al piso de arriba para hablar de negocios y yo quedaba a mi suerte en la fantasmagórica media luz del club desierto. Con los años había visto desfilar una cohorte de mujeres de la limpieza que barrían el suelo de colillas y cristales rotos y fregoteaban la cerveza derramada en la barra. Me había preguntado a santo de qué tanto ajetreo y había intentado imaginarme la pequeña pista de baile repleta de parejas elegantísimas moviéndose al compás de orquestas y cantantes.
Las primeras noches que trabajé en el club fueron un shock. Era todo lo que durante años había insinuado aquella foto de Miles y las modelos, pero que yo siempre había negado para mis adentros. Miles era realmente el hombre que salía en el periódico. El Miles de casa, el que se levantaba tarde o haraganeaba junto a la piscina nueva en verano, fumando cigarrillo tras cigarrillo y gritando a la gente por teléfono, encajaba perfectamente allí. El club lo había moldeado y era su elemento. El hogar familiar, como comprendí enseguida, no era el centro de su universo; el club sí. Entonces, ¿qué pintaba yo?
Miles me había dado el trabajo en parte porque yo era alto para mi edad, y en parte porque le preocupaba que estar siempre metido en aquella escuela pudiese volverme blando. Había desdeñado groseramente las objeciones de mamá.
—¿No dices siempre que debería mostrar más interés por él? —lo oí decirle a ella—. Pues déjame hacer. No se trata de que vaya a estar trabajando en la barra ni nada, sólo será recoger vasos..
Mamá guardó silencio, cosa que Miles interpretó como consentimiento.
—Haré que Tony lo meta en vereda —añadió Miles, para dorar la pildora. Tony Hall, o Tony el Compinche, como yo lo llamaba para mis adentros, llevaba diez años o más trabajando con Miles. Cinco años más joven que él, era un tipo callado y meditabundo, con cuello de toro y unos ojos azules siempre alerta a los que no se les escapaba nada. Yo lo conocía de toda la vida, pero él apenas me había dirigido la palabra en todo ese tiempo, prefiriendo saludarme con un gesto de la cabeza en vez de preguntar cómo estaba. Me daba un poco de miedo, para ser sincero. Siempre parecía estar esperando que ocurriera algo malo, a sabiendas de que él sería quien tendría que solucionarlo. Miles confiaba en Tony sin reservas. Siempre que yo iba a Clan, los veía juntos, inseparables; eran el cerebro y la fuerza del club. Miles estaba en el negocio desde que era un adolescente y pensaba que cuanto antes me introdujera yo en ello, mejor. Solía decirme que también era mi negocio. Su antiguo socio, Cari, no había regresado de su viaje al extranjero cuatro años atrás, y Miles, olvidada su teoría de que Cari estaba en una clínica de rehabilitación, decía ahora que seguramente se había metido en líos con alguien más cerdo aún que el propio Cari, y que ese alguien le habría ajustado las cuentas para siempre. En cualquier caso, a Miles no le importaba ya dónde pudiera estar. La propiedad de Clan había pasado hacía tiempo a sus manos y algún día, según daba a entender en público, el club sería mío.
Miles solía ocuparse de la puerta por las noches, hasta dos horas después de abrir el local. Saludaba a los invitados y conducía a los famosos o (en el caso de las mujeres) a las guapas a mesas reservadas próximas a la suya, en el lado izquierdo del escenario. Él y Tony se reunían con ellos a eso de las nueve, y mientras Tony supervisaba la pista de baile, Miles fumaba, bromeaba y se emborrachaba.
Las primeras noches que trabajé allí conocí a mucha gente. En general sus nombres no me decían nada, pero había futbolistas, alguna estrella del rock y de la televisión, y resultaba emocionante estar cerca de ellos, observar a Miles sabiendo que era mi padre y que los otros lo respetaban (aunque jamás le habría dado el gusto de decirle que eso era lo que yo pensaba). En cambio, me imaginaba a mamá en Rushton, sola, esperando a que yo llegara a casa, bajara del taxi y me reintegrara en su mundo. Para mí, revelarle a Miles que me gustaba trabajar para él habría sido una traición a mi madre. Y tal vez a mí mismo. No estaba muy seguro. Lo cierto es que la actitud de Miles hacia mí me tenía confuso. En público siempre sonreía cuando me presentaba a alguien, como si yo fuera la persona más importante de su vida. Pero en privado apenas nos comunicábamos, y si lo hacíamos, a él no parecía interesarle nada de cuanto yo le decía. Tal vez quería herir a mamá. Era la única explicación posible a su postura ambivalente respecto a mí. Quizá tenerme allí con él, lejos de mamá, le causaba algún tipo de satisfacción. O quizá mi presencia hacía que se sintiera menos culpable. Una noche, que a la postre fue la última que trabajé en el club, subí a su despacho al final de mi jornada y encontré la puerta cerrada con llave. Eso no era extraño, en realidad. Miles celebraba reuniones clandestinas la mayoría de las noches con tipos cuyo nombre yo ignoraba y a quienes nunca me había presentado. Eran hombres de expresión ruda, invariablemente bien vestidos y escoltados por sujetos más corpulentos aún que Tony. Sin embargo, aquella noche, cuando me disponía a llamar con los nudillos, no fueron voces masculinas lo que pude oír, sino a una mujer que jadeaba y gritaba de placer, y luego a Miles, que con voz grave le decía lo que iba a hacerle a continuación.
El primer empleo que dejé por iniciativa propia fue el que mi propio padre me había dado. Al día siguiente se lo dije por teléfono, pero no el porqué, y nunca volví a pisar el club.
Sentado en la terraza del pub cercano a la escuela, vi llegar a Miles con un nuevo cigarrillo entre los labios y una pinta de espumeante cerveza en cada mano. Se sentó delante de mí, sacó
la cajetilla de tabaco del bolsillo y me la acercó a través de la mesa.
—No fumo —mentí; no quería darle el gusto de verme encender uno, cuando él sabía que mamá se enfadaría si se enteraba. Sería otro secreto entre padre e hijo, una razón más para que Miles pensara que me tenía de su parte.
—¿Vas a decirme qué diablos pasaba en la iglesia? —preguntó.
No respondí. A tenor de lo que Miles acababa de decir, no tenía sentido hablar del motivo de mi blasfemia. Además, yo ya había renunciado a justificar mis actos ante él. Que de repente mostrara interés por mí, el hecho mismo de que estuviera allí, me empujaba a ser más cauto todavía.
—Bueno ¿qué?
—¿Acaso te importa? —mascullé sin levantar la vista de la mesa. Me esperaba una regañina, pero Miles sólo dijo:
—He venido, ¿no? —Se frotó la nariz con la mano—. Ese chico raro que estaba a tu lado te estaba molestando por algo, ¿no es cierto?
Asentí con la cabeza.
—¿Quieres contármelo? —preguntó tras unos segundos.
—No.
—¿Quieres que vaya a hablar con él?
—Ya me ocuparé yo. Mira, vamos a olvidarlo, ¿de acuerdo? No tiene importancia.
—Si eso es lo que quieres..
De nuevo guardé silencio.
—¿Cómo van las clases?
Cogí la jarra de cerveza que me había pedido y tomé un sorbo, fijándome en que él había vaciado ya la mitad de la suya, aunque acababa de sentarse. Me supo acre y me revolvió el estómago, pero conseguí tragarla. Carraspeé un poco e intenté aparentar que no pasaba nada.
—Muy bien —respondí.
—¿Estudias mucho?
—Sí. —Arrugué la cara, buscando algún tema de conversación trivial—. A ratos. La Historia me cuesta, ¿sabes? Y el Latín. . Me hago un lío.. Hay chicos de mi clase que han estudiado Latín desde los siete años. .
Miles asintió con la cabeza y yo interpreté que se hacía cargo.
—Pronto tendrás los exámenes, ¿no?
—Sí. Dentro de un mes.
—No te preocupes demasiado.
—No me preocupo.
Su boca amagó una sonrisa.
—Pero tampoco te preocupes demasiado poco. Me sale bastante caro que estudies aquí.
—Ya lo sé.
—Ahora en serio, hijo, si suspendes, suspendes y ya está. Yo nunca obtuve ningún título y no me ha pasado nada.
Lo miré, impasible. No era la primera vez que lo oía decir eso.
—Siempre puedes venir a trabajar al club —añadió.
Tomé otro sorbo de cerveza.
—¿Y en cuanto al resto? —preguntó.
—¿El resto de qué?
—La escuela, en general. ¿Qué haces cuando no estás estudiando? ¿Cómo es la vida ahí?
«¿Qué es lo que quieres saber? —pensé—. ¿Que estoy harto de este sitio y que el final de
curso me parece increíblemente lejano? ¿Que pienso negarme (tanto si te gusta como si no) a hacer sexto como no sea en Rushton y con Mickey? ¿O que me aterra suspender los exámenes antes de eso? No —me dije—. Te interesa tan poco saber de estas cosas como a mí contártelas. Preferirías no saber nada, igual que te importa un comino lo que tenga que ver con mamá y conmigo que no sea de tu agrado.
»Y, aunque te dijera la verdad, tú no serías capaz de aguantarla, ¿a que no? No entenderías nada de los exámenes, de lo importantes que son para mí, de que quiera convertirme en algo decente. No lo entenderías porque crees que los exámenes son para los idiotas, y tu idea de decencia está entreverada de tipos fraudulentos y putas baratas, a espaldas de tu mujer.»
Miles encendió otro pitillo y me sonrió indeciso, esperando a que yo hablara.
—Todo va bien —dije encogiéndome de hombros.
—¿Sigues viendo a Mickey?
La pregunta me incomodó.
—Nos escribimos —respondí, y luego añadí—: Vamos a irnos juntos de vacaciones en verano.
Eso último se me escapó, porque la idea de irme con Mickey, los dos solos, había estado ocupando mis pensamientos durante meses. No quería que Miles lo supiera, por si ponía reparos y decía que éramos demasiado jóvenes. Mi idea era soltárselo a él y a mamá cuando Mickey y yo saliéramos de casa con nuestras bolsas ya hechas. El corazón me dio un vuelco, esperando su reacción, pero Miles no puso objeciones.
—Es una chica muy guapa —dijo, sonriendo un poco—. ¿Estás enamorado de ella?
No respondí. Mis sentimientos eran cosa mía. No quería que Miles (la persona que a mi modo de ver había convertido el egoísmo en una forma de arte) husmeara en ellos y me contaminara con su escepticismo ante la vida.
—Si lo estuvieras, lo sabrías.. —afirmó, con los ojos brillantes.
—Sí, claro —le espeté—, tú eres el que sabe mucho de amor, ¿verdad?
—Yo no he dicho tal cosa.
—¿Qué más te da lo que sienta por ella?
Vi que se rascaba la barbilla, absorto en sus pensamientos. No respondió y desvió la vista hacia los campos que había más allá de la terraza.
—No te caigo muy bien, ¿verdad, Fred? —dijo al fin, mirándome a los ojos.
—No.
—Pues lo siento.
Escrutó mi rostro en busca de una reacción. No le di ese gusto. Me tragué mi malestar. Yo quería a Miles, pero no, no me caía bien. Decirle lo contrario habría sido traicionarme, y no quería concederle mi perdón; Miles no había hecho nada para merecerlo. La vida para él era muy fácil, pero muy difícil para quienes lo rodeábamos. Deseaba hacerlo sufrir un poco, como yo había sufrido por su causa. No quería mentirle acerca de la opinión que me merecía.
—Sí —dije—, bueno, quizá podrías haberlo pensado antes.
—Quizá —concedió él, pero con aspereza en la voz—. Aunque quizá es lo que estoy haciendo ahora mismo, ¿no?
Levantó su jarra y bebió hasta casi apurar el líquido. Dio vueltas al resto con aire contemplativo.
—Hay algo que tengo que decirte.
Lo miré con atención. La inseguridad que había detectado en él fuera de la capilla volvía a reflejarse en su expresión. «Vamos —pensé—. Dilo. Di que vas a abandonar a mamá.»
—Ha habido ciertos problemas en el club —continuó.
Miles nunca hablaba de su negocio conmigo.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Se trata de Tony. Se ha marchado y no creo que vuelva.
«Eso no tiene sentido», me dije.
—Pero..
Miles levantó la mano para interrumpirme.
—Antes de irse me amenazó. No voy a abrumarte con los detalles, porque puede que no sea nada.
—¿Y si lo fuera?
—Entonces. . no sé. Todavía no lo sé, Fred. . pero todo.. —agregó, enfatizando esa palabra casi para sí mismo, no para mí— todo podría cambiar. —Su rostro se descompuso; estaba siendo sincero.
—No lo entiendo.
—Lo que te he dicho antes —prosiguió—, eso de que lo sentía.. Quiero que sepas que hablaba en serio. Yo no pensaba que las cosas iban a ser así entre nosotros dos. Siempre pensé
que cuando fueras un poco mayor, yo.. nosotros.. —Sacó un Zippo del bolsillo—. Fíjate —
rezongó—, ni siquiera me sale la voz.
Al inclinarse para encender otro cigarrillo, le miré el pelo y advertí por primera vez una calvicie incipiente. Quería saber qué estaba pensando esa cabeza. Tony había proferido amenazas. ¿Miles estaba enfadado, asustado, ambas cosas? ¿Se hallaba en peligro? ¿Iba a perder el club, tal vez? ¿Qué iba a hacer al respecto y por qué me hablaba con enigmas?
Cualquier otro hijo, creo yo, habría hecho esas preguntas a su padre, pero yo no me decidí. Sólo veía en ello una oportunidad para rechazarlo, aprovecharme de su debilidad y arrojarle a la cara su amor. No iba a sentir compasión. No iba a permitir que mi opinión sobre él cambiara por una nimiedad. Miles tendría que ganárselo a pulso.
—Debería volver a la escuela —dije—. Tengo cosas que hacer.
Miles levantó la vista y yo hice caso omiso de la tristeza que reflejaban sus ojos; mi expresión era seca como una piedra.
Hace tres años me enganché a un complejo y violento juego de ordenador, el Quake. Era un juego de disparar, y Eddie y yo nos pasábamos horas en el piso matándonos el uno al otro, o aunando nuestros recursos contra otros adversarios en línea. Cada vez que hacía una pausa o abandonaba el juego, me entraban unas tremendas ansias de volver a ese mundo virtual tan bellamente diseñado. Mi entorno real me parecía soso y monocromo en comparación, y lo único que me apetecía era conectarme otra vez cuanto antes.
Es lo que me pasa ahora con Mickey: una dosis me deja muerto de ganas de otra. Las relativas angustia, melancolía y depresión que invariablemente acompañaban mis primeros síndromes de abstinencia del Quake están presentes ahora, corregidas y aumentadas. (De ahí
que me encuentre apoyado en el vacío e inutilizado archivador de mi oficina, mirando por la ventana, como si fuera un enamorado quinceañero de los años cincuenta arrimado a una Wurlitzer.) Como también los flashes retínales que solía sufrir entonces, sólo que esta vez veo instantáneas y recuerdos de una infancia pasada en Rushton durante el siglo anterior, y no (menos mal) metralletas virtuales trinchando a enemigos virtuales. Con Mickey me siento muy relajado, muy. . aceptado tal como soy. Es como si me arrancaran toda la presión acumulada en los últimos quince años, tras la muerte de Miles. Es como quitarme la máscara y sonreír con mis propios labios por primera vez. Mickey estuvo allí. Sabe cómo fue. Ve todas mis imperfecciones y no me juzga por ello. Y si puede obrar ese milagro (si yo puedo ser así en su compañía), ¿dónde quedan Rebecca, Eddie y todos los demás? ¿Nos conocemos realmente los unos a los otros?
Mi portátil suelta un eructo detrás de mí, una de las últimas innovaciones de Susan, la señal de que ha pasado la hora del almuerzo y hay que volver al tajo. Suspiro profundamente, me aparto del archivador, regreso a mi mesa y tomo asiento. Me paso una mano por la frente, y al contemplar la película de sudor en la palma de mi mano maldigo a la empresa del aire acondicionado y al calentamiento terrestre por enésima vez en lo que va de día. Mi portátil ladra y empieza a jadear (otro de los truquitos de Susan), y abro el programa de correo:
«Eh, señor Romántico de la Mirada Perdida. ¿Soñando con el día de tu boda?»
Giro en mi butaca y miro por una brecha en la pared de cristal de mi despacho, entre los gráficos de tonos plata y rojo de sendos pósters de newsasitbreaks.com que sobraron de la feria tecnológica del año pasado.
Cómo no, al otro lado de las mesas del siempre animado departamento de ventas está
Susan, mirándome desde su propio cubículo de cristal. Veo que me sonríe mientras se abanica la cara con una chancleta naranja fluorescente. Niego con la cabeza y ella continúa mirándome mientras procede a teclear otra misiva. Mi pantalla ladra otra vez y leo:
«¿Con Rebecca?»
Vuelvo a mirar a Susan y niego nuevamente con la cabeza. Aparece otro mensaje en mi bandeja de entrada:
«Pues espero que no sea con otra.. »
Sin pensar (en Rebecca ni en la boda ni en las meras consecuencias de toda esta bromita) escribo a mi vez:
«Pues sí.. »
Apenas un pestañeo después de enviarla, mi respuesta aparece en el monitor de Susan. Y
yo tardo más o menos lo mismo en darme cuenta de que la confusión que me corroe ha alcanzado el dominio público.
Mi intento de evaluar la reacción de Susan queda frustrado por Jim, uno del equipo de ventas, que se ha puesto en pie y está entre ella y yo, con un teléfono alojado entre la mandíbula y el hombro y agitando los brazos como si estuviera conduciendo una bici hacia un pozo de petróleo en medio de una tempestad.
Mi frustración, sin embargo, es sólo temporal; Susan manda un mensaje a los pocos segundos.
«¿En serio?»
El índice de mi mano derecha se cierne sobre la S de mi respuesta «SÍ» cuando mis dedos quedan inmóviles sobre el teclado.
No, no puedo contárselo a Susan, aunque las ansias de liberar todas esas emociones que llevo dentro y confiarme a alguien son muy fuertes. Por otra parte, estoy convencido de que hablar de mis sentimientos será como provocar un alud que irá arrasando cuanto encuentre a su paso y cambiando para siempre la apariencia de mi mundo personal. Es lo que suele pasar,
¿no? Por ejemplo, de chaval, uno le confía a alguien alguna cosa y ese alguien se lo cuenta a otro, y de la noche a la mañana ves que todo el mundo está al corriente de lo que dijiste y no puedes echarte atrás. Deja de ser una posibilidad que tú tenías simplemente en la cabeza para convertirse en un propósito y se espera que obres en consecuencia. Y yo no puedo hacer nada de nada. No puedo ver de nuevo a Mickey sin decírselo primero a Rebecca. Mickey ha insistido mucho en eso. «Nada de rarezas», dijo. ¿Y cómo se la presento a Rebecca como una amiga cuando existe el riesgo de que a Mickey se le escape decir algo de Miles, cuando.. cuando la verdad es que ayer, sentados en la terraza de mi piso, pensé en ella como mucho más que una amiga?
Borro la S que ya había tecleado y decido poner:
«Olvídalo.»
Susan responde ipso facto.
«OK, pero si algún día quieres hablar, ya sabes dónde estoy.»
Tecleo OK y miro el emparedado de beicon y aguacate que sigue todavía dentro de su triángulo de plástico, en el alféizar de la ventana. Sé que debería comer algo, pero he perdido el apetito; en cambio, echo mano de la lata de Coca-Cola light y tomo un trago. Contemplo mi oficina, el techo de poliestireno, la diana de velero de la pared, la carta de objetivos con sus banderitas magnéticas rojas y negras (efecto colateral de un gurú de la gestión estrictamente analógica reclutado el año pasado por los de Personal). Luego, distraído y alucinado por lo que casi le revelo a Susan, hago lo que he evitado durante toda la mañana: pasar revista a mi mesa.
Me considero un tipo de persona contraria al desorden, pero lo que tengo ante mí refuta dicha opinión. Normalmente, mi trabajo es tan portátil como mi ordenador y mi móvil, pero hoy no, hoy mi mesa es un almacén de papelería. A la derecha del portátil hay un montón de iniciativas de esponsorización con sus correspondientes sugerencias de contenido, sobre las que Susan ha estado trabajando con Graham y ahora me corresponde a mí tamizar. Hay también algunas facturas de la presentación de Brick Lane que los de Contabilidad me piden que aclare. Pero nada de eso me molesta. No, la responsable de esta atípica obstinación hacia mi mesa de trabajo es la pila mucho mayor que tengo a la izquierda de mi portátil. Con la alfombrilla de Wonder Woman para el ratón (un detalle de generosidad de Michael para su sucursal británica) a modo de cimientos, el edificio de papel se balancea precariamente al borde de la mesa como una chimenea condenada. Trato de apartar la vista, pero es inútil: como ocurre con una película de terror especialmente truculenta en una coyuntura especialmente truculenta, me tiene enganchado.
Allí está: la pila de quehaceres para la boda.
Lo preocupante es que no me decido a conectar con lo que significa todo eso, y mucho menos a hacer algo al respecto. Y me asusta. Dentro de dos semanas me caso. Debería estar impaciente y emocionado, pero no lo estoy. Me siento distante de todo ello. Mi convicción se ha esfumado y parece que no puedo hacer nada para recuperarla.
Lo que hago, en cambio, es imaginarme ante el altar de la iglesia de Shotbury el día de nuestra boda mientras espero que llegue Rebecca, mirando a la gente que está detrás de mí en los bancos, buscando, siempre buscando la cara que deseo ver, la única cara que sé que no está
ni puede estar allí.
Amor. ¿Qué es eso? ¿Lo que hay entre Rebecca y yo? ¿Lo que pensaba que había entre nosotros? ¿Lo que pienso que podría haber de nuevo entre Mickey y yo? No he estado enamorado de verdad desde que era un adolescente. Tal vez esa clase de enamoramiento sólo es posible en los adolescentes, o en personas que han tenido la fortuna de que nadie les partiera el corazón. Tal vez es una locura querer más de lo que ya tengo.
—Sinceramente, estos tíos están atontados —dice Rebecca—. Tres habitaciones y jardín. Eso es lo que les dije. No una habitación e invernadero, ni tres habitaciones y balcón. No es tan difícil, ¿verdad? Y luego te salen con que si el mercado esto, si el mercado aquello. ¿Qué sabrán ellos de mercados o márketing? Tengo yo más diplomas de márketing que ellos cenas calientes en su vida, o kebabs, o lo que sea que se metan en su grasienta tripa. ¿Y quieres saber otra cosa, Fred? ¿Fred. .?
—¿Eh? —Veo de pronto la calzada y miro a Rebecca, que va en el asiento del conductor.
—¿Me estás escuchando, Fred?
Lo último que recuerdo es subir al coche después de un decepcionante vistazo a un pequeño sótano en la zona de Carlton Vale.
—¿Qué?
—¿Me estás.. ?
—Oh, claro —respondo, rebuscando en mi memoria sus últimas palabras y aventurando una conjetura arriesgada—. Decías que te dolía la tripa, ¿no?
Rebecca pone los ojos en blanco y murmura:
—Los de la inmobiliaria, cariño. Estaba hablando de los de la inmobiliaria. —Vuelve a mirar hacia la calzada.
El rojo cereza de sus labios se contrae de repente cuando pisa el acelerador a fondo, aporrea el claxon con la palma de la mano y gira a la izquierda. La bocina suena y suena, y yo me quito las gafas de sol y contemplo el cielo azul desde el descapotable.
—¡Que te den, abuelete! —grita Rebecca por la ventanilla al enfurruñado conductor de un viejo Mini Metro al que acaba de cortarle el paso—. Bueno —continúa, guiñándome un ojo, y se recoge un rizo extraviado—, ¿quién es el siguiente?
—¿El siguiente?
—De la lista, hombre.
Miro la carpeta con el membrete «Sábado» que tengo encima del regazo. «Domingo», junto con las correspondientes a otros tantos días tachados previos a nuestra boda, está en el piso de Rebecca, de donde hemos salido esta mañana a poco de dar las ocho, «Para adelantarnos a todo el mundo y tener diez horas por delante para hacer las cosas».
—¿Qué lista? —pregunto, porque en la carpeta «Sábado» hay varias, todas esmeradamente mecanografiadas y cromocodificadas por Paul, el ayudante de Rebecca.
—Ciñámonos de momento a las inmobiliarias. Después de comer podemos pasar a las agencias de viajes. —Me da un apretón en el muslo, otra vez llena de paz y amor, sonriéndome con afecto—. ¿Has pensado algo más sobre dónde te gustaría llevarme? —pregunta. Una respuesta malvada acude a mi cabeza («A una mina de sal en Siberia»), pero me la callo. Callarme una diversidad de cosas ha sido mi salvación esta mañana. Me he callado lo incómodo que me siento al buscar piso cuando el mío me parece la mar de bien. Y me he callado la inquietud que me produce no poder mirar a Rebecca a los ojos cada vez que menciona algo relacionado con la boda. Y, por supuesto, me he callado hablar de Mickey. En resumidas cuentas, creo que gracias a mi silencio no me han expulsado físicamente del Saab ni me han dado calabazas u otras hortalizas, cosa que, lo reconozco, posiblemente me merezco.
—Bueno —digo, tratando de ganar tiempo cuando paramos en un semáforo. Lo cierto es que, como ni ella ni yo podemos tomarnos unos días libres inmediatamente después de la boda, no me he parado a preparar nada para la luna de miel—. Había pensado que..
—Las Vírgenes —me interrumpe Rebecca.
Confuso, miro hacia las dos aceras, pero las únicas personas que veo son una mujer que empuja un cochecito de bebé y dos hombres vestidos con monos salpicados de pintura que hablan frente a una cafetería.
—¿Dónde? —pregunto.
—Las Islas Vírgenes británicas —aclara—. Dice Eddie que las americanas están sobreexplotadas y..
—¿Eddie? —No puedo sino sorprenderme de que Eddie haya servido de fuente de información sobre lunas de miel.
El semáforo cambia a verde y Rebecca pisa a fondo, recorremos volando unos veinte metros de calle despejada y luego ella frena a un centímetro del último coche de un nuevo atasco. Se nota un olor acre a caucho quemado.
—El otro día en Hyde Park me explicó que había estado allí como tripulante de un yate en el que se enroló al acabar los estudios, y que aquello es hiperbonito. —Me mira y recalca—: Hiper. —No estaría nada mal.
Rebecca mira de nuevo al frente y me toca la rodilla.
—La lista. . —me recuerda.
Abro la carpeta y saco la hoja de las inmobiliarias. Reviso las que ya hemos visitado. (Rebecca: «Telefonear es una pérdida de tiempo. Hay que ir y dar la cara. Es como todo en la vida: tienes que demostrar que lo quieres.») Ya lo hemos demostrado en no menos de doce agencias, peinando toda la zona de Maida Vale, y ahora ensanchamos nuestro campo de operaciones a los alrededores de Queen's Park, mi barrio.
Leo en voz alta la primera agencia de la lista, James Peters Limited, y le doy la dirección a Rebecca: al instante, dentro de mi cabeza empieza a sonar una alarma y no tardo ni un segundo en saber por qué.
—Creo que podríamos saltarnos esa agencia —digo.
—¿Por qué? —pregunta Rebecca.
—Bah, no sé —mascullo, tratando de aparentar que la cosa no va conmigo—. He pasado alguna vez por delante. Tiene mala pinta.
—En ese caso, es posible que cobren menos comisión —contraataca ella—. Además, está
a un paso. No nos cuesta nada parar. Mira —añade, antes de que yo pueda ponerle más reparos, señalando al frente—. Es allí.
La fachada pintada al más puro estilo de los primeros ochenta (pintura que, misteriosamente, me recuerda una funda de edredón roja y gris que tuve una vez, a los diez o doce años) de una agencia inmobiliaria se va acercando poco a poco, al igual que los carteles pegados ilegalmente en el escaparate de una tienda clausurada dos puertas más allá. Pero no es eso lo que llama mi atención, sino la tienda emparedada entre los dos edificios anteriores, y cuyo elegante pero llamativo rótulo me tiene la vista paralizada a medida que, inexorablemente, sus letras se forman en mi retina.
—¡Ideal! —canturrea Rebecca.
El intermitente hace tictac mientras esperamos a que una ranchera Volvo que tenemos enfrente nos deje sitio libre. Miro desolado a los cielos y vuelvo a bajar lentamente la vista hasta ese rótulo que está a menos de cinco metros y dice: «LAS FLORES DE MICKEY.»
Radiante de felicidad, Rebecca conduce el Saab hacia la plaza que el Volvo acaba de desocupar. La sonrisa que le devuelvo es apagada y medrosa, casi en perfecta sintonía con lo que siento. Pero luego, cuando mi visión periférica me informa de un pequeño movimiento en el umbral de la floristería, dejo de sonreír por completo y me hundo cuanto puedo en el asiento del coche, doblando las piernas todo lo posible.
—Qué floristería más mona —dice Rebecca, apagando el motor. Se desabrocha el cinturón de seguridad y se sube las gafas de sol a la cabeza como si fueran una diadema.
—Sí —gruño, procurando no comprometerme y mirando decidido al frente, mientras me pregunto si podría echar un rápido vistazo a través del escaparate y verificar hasta qué punto corro peligro.
Pero no bien he hecho eso, descubro que no puedo. Allá está Mickey Maloney en persona, a un par de metros de la puerta, con el pelo recogido en un pañuelo rojo de lunares y hablando con un hombre que sostiene un gigantesco ramo envuelto en plástico. El hombre se mueve hacia un lado, y durante un momento la pierdo de vista.
—¿Realmente es necesario ir hoy? —digo, a la desesperada—. ¿No tenemos ya bastantes cosas que hacer para liarnos ahora a ver inmobiliarias?
Rebecca esboza un mohín.
—No es culpa mía que lo de mi piso vaya tan deprisa —me reprende. Y es verdad. Apenas hace dos días que colgaron el letrero y ya tiene dos ofertas en firme—. Y deja de poner pegas. Cuanto antes empecemos, antes acabaremos.
—Está bien. Vamos —digo, apeándome deprisa.
Por primera vez en su vida, Rebecca hace las cosas con lentitud. Se mira en el retrovisor y luego espera a que pase un camión. Finalmente baja del coche, lo rodea por delante y se reúne conmigo.
Señalo con la cabeza hacia la agencia James Peters Limited.
—Vamos a dar la cara ahí dentro —le recuerdo, con una sonrisa entusiasta—. A demostrarles que queremos lo que queremos..
En lo que tarda Rebecca en alisarse los costados del ceñidísimo top rosa y la microfalda de piel de topo, el genoma humano queda trazado de principio a fin.
—¿Por qué nos mira? —pregunta al cabo.
—¿Quién? —digo, repentinamente fascinado por un hilo suelto que cuelga del bolsillo de mis vaqueros.
—La chica de la floristería.
Miro calle arriba y empiezo a caminar en esa dirección.
—¿Qué chica?
Rebecca me pone una mano en el hombro, deteniéndome.
—Por ahí no. Date la vuelta. Detrás de ti.
—Pues ni idea —respondo sin mirar—. Además, deberíamos..
—Nos está haciendo señas.
—¿Ah, sí?
—Sí.
—Oh.
—Y viene hacia aquí —añade.
—Ah.
—Y ahora va a tocarte en el hombro.
—Ya.
Al notar la mano de Mickey y oír su voz diciendo «¿Fred?» con suavidad detrás de mí, me giro despacio y la miro.
Desde ayer por la mañana, cuando estuvimos en mi terraza tomando café, le ha dado el sol y en sus mejillas han aparecido pequeñas pecas, y ahora me gustaría más que nada en el mundo rozarlas con las yemas de mis dedos. Me pone triste pensar que esos cambios sólo me parecen grandes porque yo no estaba allí para ver cómo se producían. Me sorprendo mirándole los labios, recordando el día que la besé en la nieve, hace siglos.
—Mickey —exclamo, con un tono de voz inadecuado—. Qué curioso encontrarte aquí. Me mira extrañada.
—Estooo —dice, sonriendo a medias—, pues sí. Qué curioso, justo delante de mi tienda.. Oigo que Rebecca carraspea a mi lado y empiezo a asentir con la cabeza, sonriendo como un tonto a Mickey. No sé qué decir. ¿Qué se dice en una situación como ésta? Sólo sé cómo me siento: estúpido, rastrero y traidor, como si al no reconocer a Mickey cuando la veo claramente estuviera rebobinando el tiempo, borrando todo cuanto ha sucedido entre nosotros desde que nos encontramos aquella tarde en ToyZone. Rebecca carraspea otra vez, pero no puedo dejar de mirar a Mickey, hechizado por el simple hecho de estar otra vez con ella.
—Bueno, tú.. ¿tú estás. . bien? —pregunto.
Mickey todavía no sabe qué me pasa.
—Sí —responde, sin duda asombrada de mi ceremoniosidad—, ¿y tú.. ?
En ese momento Rebecca ejecuta un ataque de tos y consigue que por fin me vuelva hacia ella. —Te presento a.. Mickey —le digo—. Es una vieja amiga. Nos criamos juntos. Rebecca la mira como echándole un repaso.
—Ah, entonces se explica.
—¿El qué? —pregunta Mickey.
—Que Fred no haya hablado nunca de ti. . Se pone muy misterioso en lo que respecta a su pasado..
Mickey ladea un momento la cabeza y, casi imperceptiblemente, levanta la vista y me mira. Pero antes de que yo pueda negar con la cabeza, transmitirle un «Lo siento» o comunicarle de alguna manera lo complicado de la situación, ella sonríe a Rebecca y le dice, secándose las manos en el pantalón:
—Pues a mí sí me ha hablado de ti. Eres Rebecca, ¿no?
—Sí. —Parece un poco sorprendida por esa información, pero no demasiado; habrá
deducido que si Mickey conoce su nombre, eso quiere decir que nos hemos visto alguna vez recientemente.
Inspiro hondo mientras decido aquí y ahora tratar de compensar a Mickey por mi extraño comportamiento explicándole a Rebecca lo ocurrido. De todos modos tendrá que salir algún día, y prefiero que lo sepa por mí. De ese modo, al menos, habré cumplido mi trato con Mickey. Y, traviesa paradoja, eso se me antoja ahora mucho más importante que las sospechas que pueda suscitar en la mente de Rebecca.
—Nos encontramos por casualidad en ToyZone hace unas semanas —digo—, y me pareció que sería buena idea, ya que faltaba poco para la presentación. . Pero hasta ahí puedo llegar con la reciente historia de mi amistad con Mickey. Rebecca no me escucha; se pone a hablar con ella:
—ToyZone. No me digas que tú también eres una adicta a los juegos de ordenador. .
—No, yo.. Estaba comprando un regalo para Joe.
—¿Joe?
—Es mi hijo.
Rebecca se limita a asentir con la cabeza, pero experimenta un cambio visible. Sonríe a Mickey por primera vez, con la sonrisa del asesino, claro, como la que me dedicó la noche en que nos conocimos. Toda ella parece relajarse, desde los hombros hasta los brazos que tiene cruzados, uno de los cuales se mueve ahora para rodearme por la cintura. Observo a Rebecca mirando a Mickey de arriba abajo y me pregunto qué es lo que ve en ella que le hace estar tan cómoda. ¿Una florista, una insignificante Eliza Dolittle, más baja que ella y peor vestida? ¿Alguien que se gana la vida con un trabajo manual? ¿Una mujer que es guapa, pero que no tiene ni idea de moda ni maquillaje? Ve todas esas cosas, quizá, pero por encima de todo, creo yo, ve a una madre, alguien completamente diferente de ella y, por definición, carente de interés para mí.
En ese preciso instante veo aparecer a Joe montado en un monopatín y seguido del chico al que conoció en la presentación de los juegos. Ambos llevan pantalones superholgados y, pese al calor que hace, un gorro de lana. El otro chaval pasa de largo y se aleja unos pasos.
—¿Qué hay, mamá? —dice Joe, saltando del patín a los pies de Mickey y dándole un zapatazo a la tabla de forma que le queda apoyada en la pierna.
—Tú debes de ser Joe —dice Rebecca, otra vez con la sonrisa exagerada. Él asiente con la cabeza, indeciso, y ve que nuestras caderas se tocan.
—¿Y cuántos años tienes? —pregunta Rebecca.
Joe tuerce el gesto y la mira detenidamente.
—Cuarenta y siete. Soy enano. ¿No te lo ha dicho mamá? —Me sonríe tímidamente—. Hola, Fred. ¿Qué tal?
—Estupendo —le digo, separándome de la mano de Rebecca que me ciñe la cintura al dar un paso hacia él—. ¿Y tú?
—Muy bien —responde, con un encogimiento de hombros.
—¿Tienes algo bueno en perspectiva?
Sacude la cabeza.
—No —dice, pero luego cambia de parecer—. El sábado que viene vamos a casa de los abuelos —me informa—. A Rushton. Mamá dice que tú vivías allí..
—Pues sí. Hace muchos años. —Me arriesgo a mirar a Mickey, pero está pendiente de Joe—. Tengo muy buenos recuerdos de Rushton.
Joe se remete el flequillo bajo el gorro.
—Mamá me explicó que te marchaste cuando eras muy joven —dice, mirándome de soslayo—. ¿Nunca has vuelto?
—No —digo, con gesto triste.
Joe asiente como si comprendiera.
—¿Por qué no te vienes con nosotros? —propone—. Los abuelos estarán fuera, y podríamos..
—¡Joe! —Mickey le pone una mano en el hombro y se lo aprieta. Está colorada—. Perdón
—le dice a Rebecca—. A veces se embala un poco..
Joe parece avergonzado. Agacha la cabeza, pensativo, y gira la rueda inferior de su patín con el pie.
—Yo sólo decía que.. —murmura.
—Me encantaría —intervengo yo, tratando de aligerar la tensión—. Y en cualquier otra circunstancia estaría muy bien, pero ahora no puedo..
—¿Por qué?
—Pues porque.. No puedo porque me caso dentro de dos semanas —digo al fin. Los ojos de Joe vuelan hacia Rebecca, y luego otra vez a mí.
—¿Con ella? —pregunta.
—Sí. Con Rebecca.
Joe se suelta de su madre y deja caer el monopatín a la acera, y al momento se aleja en dirección a su amigo sin volver la vista atrás.
Mickey se queda mirándolo, estupefacta.
—Lo siento mucho —empieza—. Joe. .
—Olvídalo —le digo.
Rebecca se mira ostensiblemente el reloj y sonríe a Mickey.
—Es un encanto —afirma, y luego le tiende la mano—. Ha sido un placer conocerte —
añade mientras se dan un apretón—. Pero tendríamos que irnos, ¿no es verdad, Fred?
Mis ojos encuentran los de Mickey. Toda su cara es una interrogación, pero no tengo respuesta que ofrecerle, con Rebecca aquí. Me inclino para besarla levemente en la mejilla. Su pelo huele a flores.
—Adiós —me despido, retrocediendo un paso.
—Adiós —dice Mickey, y en el instante en que sus ojos examinan mi rostro, me sorprendo a mí mismo confiando en que la palabra adiós le resulte a ella tan difícil de pronunciar como a mí oírla.
El domingo por la mañana voy a buscar a mi madre a la estación de King's Cross y la llevo a almorzar al piso de Rebecca. Los padres de ella están allí también y la comida sirve para que se conozcan un poco mejor, pues su único contacto previo ha consistido en una sola conversación telefónica tras el anuncio de nuestro compromiso. Mamá está muy aislada en Escocia; esta excursión a Londres es el resultado de meses de persuasión. George, como era de prever, despliega todo su encanto y buen humor durante la comida, pero en el fondo me huelo que los dos, él y Mary, encuentran a mamá demasiado puritana para su gusto. Así es como ella misma se presenta: una aburrida y amargada matrona escocesa, muy
diferente de como yo la recuerdo cuando era un niño. Las pocas veces que interviene en la conversación es para hacer preguntas educadas sobre la iglesia de Shotbury y el tipo de servicio religioso que habrá el día de la boda.
Cuando nos despedimos en el andén de la estación a la mañana siguiente, es innegable que mi madre se siente aliviada; está contenta de irse a casa.
—Es una chica preciosa —me dice—. Cuídala bien. Organiza tu vida en función de ella. Es lo que yo he hecho con Alan.
—Mamá.. —Pero me quedo sin palabras. Quisiera poder hablarle de las dudas que me asaltan. Quiero que sea otra vez mi madre y me simplifique las cosas, que me explique dónde y cómo encajo yo en el mundo. No deseo seguir sintiéndome aislado—. Saluda a Alan de mi parte
—le digo poco antes de que suene el silbato y ella suba al tren. Cuando se despide con la mano, creo ver lágrimas en sus ojos, pero luego se retira de la ventanilla y ya no estoy seguro. Me alejo de allí preguntándome si mi madre ve en mí a Miles y si es eso lo que nos mantiene mucho más alejados que los cientos de kilómetros que median entre su casa y la mía.
En los días sucesivos tengo tanto que hacer que apenas me queda tiempo para meditar sobre mis apuros. Es como si mis pies estuvieran encolados a una cinta transportadora que me lleva hacia mi boda, y nada, absolutamente nada, pudiera frenarme. Llega el jueves por la tarde y voy en coche con Eddie hasta más allá de Kingston-onThames, a un pub llamado Rose and Thorn. Llegamos sobre las siete y media. Es un local pequeño y cursi con pretensiones de antigua posada, a pesar de que los enormes bloques de pisos de los suburbios londinenses están a poco más de medio kilómetro. Las vigas de madera del pub están atestadas de cascos de la Guerra Civil inglesa, mosquetes de nuevo cuño y demás parafernalia de anticuario. Hay un par de lugareños sentados a la barra, y al fondo una máquina de discos vomita himnos de rock suave a un volumen tan bajo que no turbaría el sueño de un bebé. Pero no estamos aquí por el ambiente, sino porque aquí empieza mi fin de semana de despedida de soltero. Digo fin de semana, pero gracias a Dios (debido a que Eddie ha tenido problemas para reservar plaza en el barco), en principio sólo durará hasta el sábado. Y digo gracias a Dios porque, francamente, no estoy de humor para estas cosas. Aunque pronto me doy cuenta de que soy el único al que le pasa.
Mientras van llegando paulatinamente los otros integrantes de la fiesta (nueve en total), el ritmo de las copas aumenta y eso disipa enseguida mi depresión, sofocada por los vapores étnicos. Juego al billar con Andrewy John, dos de mis viejos compañeros de cuarto en la Universidad de Manchester, y charlo largo y tendido con Will, la única persona de Kemble (el colegio donde terminé estudiando cuando mamá decidió que nos mudáramos a Escocia) con quien he mantenido contacto.
A las nueve y media cogemos las bolsas y vamos con Eddie a la parte de atrás del pub. Hay varias barcas amarradas a un par de destartalados pontones en la orilla del Támesis. Subimos a bordo del Naseby, nuestro hogar provisional para las próximas dos noches, y el crepúsculo se va diluyendo en una bruma cargada de alcohol.
Al día siguiente sigo utilizando la bebida como anestésico mientras vamos corriente abajo, deteniéndonos aquí y allá en pubs ribereños, lanzándonos los unos a los otros por la borda, tomando el sol en cubierta y olvidándonos de todo lo que no sea el aquí y ahora. Pero al anochecer, una vez amarrados frente al cuarto pub del día y recién cenados, la anestesia deja de hacer efecto. Es como si hubiera bebido para estar sobrio, no al revés, y me siento terriblemente solo en medio de mis amigos.
Dejo a los demás en el camarote, subo a cubierta y camino hasta la proa. Una vez allí, me siento con las piernas colgando por la regala y enciendo un cigarrillo que le he birlado a Eddie hace un rato. Pese a la cantidad de alcohol que he consumido, noto perfectamente el efecto de la nicotina. Mis pulmones la absorben como esponjas y la esparcen por mi corriente sanguínea, y por primera vez en esta semana, la tensión desaparece de mis hombros y entonces (en cuanto tengo la guardia baja) languidezco como un niño melancólico, sabiendo que no pinto nada aquí
y que todo ha cambiado.
Miro el cielo estrellado que se refleja en las tranquilas aguas oscuras. Desde aquí el río parece no tener fondo, como si, en caso de caerte, pudieras ir bajando y bajando a través de la oscuridad, cada vez más lejos de la luz y el aire. Me imagino a Miles. Me es imposible no hacerlo, como siempre que pienso en la muerte. Me pregunto cómo debió de ser para él. ¿Supo enseguida que había llegado su fin? ¿Experimentó la misma mezcla de impotencia y desesperación que me invadió a mí cuando me abandonó?
¿Qué pensaría Miles de todo esto? ¿De Mickey? ¿Y de mí? ¿De cómo me siento? «Es una chica muy guapa», dijo. Puedo verlo ahora en aquel pub, sonriendo antes de preguntarme:
«¿Estás enamorado de ella?» Trago saliva mordiéndome el labio para no pensar en él. Es en vano. Ojalá le hubiera respondido entonces, ojalá le hubiera permitido entrar en mi vida antes de que me dejara definitivamente. Creo que le habría complacido. Aunque las cosas le iban mal con mamá, Miles habría querido que yo fuera feliz, ¿no?
—¿Por qué no estás aquí? —susurro con la voz ronca y la garganta seca—. ¿Por qué no puedes estar aquí para decírmelo tú mismo?
Una lágrima solitaria me desciende por la mejilla. Bebo de la botella de cerveza y doy otra calada al cigarrillo. No voy a llorar por él, después de tanto tiempo. Me digo a mí mismo que no importa lo que él hubiera podido pensar. Está muerto, eso es lo único que importa. Todo lo que creo saber acerca de Miles carece de sentido. Es pura apariencia. Él ni siquiera existe. Oigo pisadas en la cubierta, y al volverme veo a Eddie que avanza tambaleante hacia mí
con la cámara todavía en la mano.
—Niño travieso —me regaña, con un gesto hacia el cigarrillo, y luego se sienta a mi lado.
—Apágala —le digo.
No hace caso. Me pregunta:
—¿Por qué?
—Porque no puedes vivir así, hombre, delante de una cámara.. como un actor. Accede a desconectarla.
—¿Estás bien?
—Sí —respondo, pero automáticamente me encuentro justificándome a mí mismo, tapando lo que llevo dentro, como siempre—. Me ha dado un poco por la lágrima, nada más. Será el alcohol. .
—¿Estás nervioso por lo de la boda?
—Algo así.
—Menudo cambio de vida, ¿eh?
Asiento con la cabeza.
—Es lo que hay —dice—. Mejor no estarse quieto mucho tiempo, uno se acaba aburriendo.
—Supongo.
—Es bonito este lugar, ¿no? —señala Eddie, tumbándose de espaldas—. En Londres nunca se ve un cielo tan estrellado. Hay demasiada luz. Tienes que alejarte de la electricidad para apreciar algo así.
—Gracias por encargarte de todo.
—¿Lo has pasado bien?
—Sí.
—Estupendo, porque..
—Porque ¿qué? —pregunto al ver que no continúa.
—No sé. —Vuelve a callar, sin duda tomándose tiempo para organizar sus pensamientos demasiado ebrios—. Es difícil —dice al cabo—. A veces es difícil ser amigo de alguien. A veces cuesta encontrar el punto.
—¿Qué quieres decir? —pregunto, lanzando la colilla al río, en cuya superficie las estrellas se agitan borrosas.
—Mientras lo hayas pasado bien, ya está. .
—Sí. ¿Y mañana. .? —le pregunto. Su cara está en sombras—. ¿A qué hora calculas que regresaremos?
—Hacia el mediodía. ¿Por qué?
—No, por nada —digo, poniéndome de pie—. Venga, vamos a ver qué hacen los otros. Mientras volvemos hacia la popa y el camarote, pienso en mi coche aparcado frente al Rose and Thorn allá en Kingston, y pienso en montar en él. Y pienso también en las numerosas direcciones que podría tomar.
6. Mickey
Debí imaginarme que sería muy guapa. Era obvio que Fred iba a casarse con alguien tan moderno y a quien le fueran tan bien las cosas como a él, pero no sé por qué no lo imaginé. A partir de lo poco que sabía de Rebecca, me había hecho una imagen de ella lo menos amenazadora posible. De modo que cuando Susan dijo que las fiestas de negocios de Fred no le parecían «lo bastante Gucci», yo interpreté que era una esnob demacrada y brujesca, hecha para ir de compras por zapaterías de marca y para improvisar unos canapés de nouvelle cuisine. Y cuando me enteré de que nunca se quedaba a dormir en casa de Fred, me pareció
todavía más incorpórea. Supuse que tendría un pisito en Chelsea, que sería sumisa y opaca, en contraste con todo el brillo de Fred. Llegué incluso al extremo de creer que Rebecca se había ganado con mañas el afecto de Fred hasta engatusarlo para que se prometieran formalmente. Pero no había tenido en cuenta que sería una persona de carne y hueso; no sólo eso, sino hermosa, lista, supermoderna, sexy, inteligente y, encima, que hiciera tan buena pareja con Fred. Y es eso, verlos tan unidos, lo que me angustia. He pasado todos estos años pensando en Fred como una cosa del pasado, y ver ahora que existe en el presente es como recibir dos bofetadas. Porque Rebecca está bien; está tan bien, de hecho, que es la clase de mujer que quizá, en otra vida, con un vestuario diferente, un cambio total de corte de pelo, maquillaje y colección de CDs, podría ser mi amiga. Y me siento como una estúpida integral, estúpida porque no le pregunté a Fred sobre ella, estúpida porque él debería haberme dicho que estaba prometido a una mujer de bandera, y estúpida porque eso me importe. Toda la semana, desde que la vi delante de la floristería, no he parado de darle vueltas, pero esta mañana, por el bien de mi cordura y el de Joe (que carga con el peso de mi mal humor), estoy tratando con todas mis fuerzas de quitarme a Rebecca, o mejor, a Rebecca y a Fred, de la cabeza. Durante el viaje en coche a Rushton con Joe, voy pensando que lo único sensato es olvidarme de Fred. Tengo que cortar esos hilos sueltos que todavía nos unen, en vez de tejer otros nuevos. Él tiene su vida y yo, la mía. Creer que encajamos de alguna forma es una simpleza.
Estaba tan ocupada montando la tienda que no he vuelto a Rushton desde hace medio año. Cada vez que voy, me fijo en que ha desaparecido otra colina, otro arroyo, otro bosque de los que salpicaban el trayecto del autobús escolar. Esta vez veo una especie de polígono industrial, varios edificios bajos hechos con bloques de cemento que parecen misteriosamente desiertos. Al tomar la vieja carretera, me encuentro de pronto en una vía de circunvalación con tantas rotondas que tengo la sensación de conducir por un juego de la oca. La sorpresa es aún mayor cuando entro en el pueblo. El Gordon Arms es ahora propiedad de una cadena de pubrestaurantes y sobre la puerta un letrero anuncia el menú de domingo a 4,99 libras, mientras que el aparcamiento del Memorial Hall se ha convertido en un mini parque de atracciones con su castillo de camas elásticas para saltar.
Pero eso no es todo. Al pie de Hill Drive hay una valla publicitaria con un remedo de acuarela donde se ve un callejón sin salida flanqueado por falsas viviendas Tudor, con sus ventanas de celosía, sus caminos particulares adoquinados y un terrier de aspecto retozón. La propaganda anuncia «cómodas y aisladas casitas de campo en el corazón de la campiña». Parece que Jimmy Dughead ha vendido sus tierras a promotores urbanísticos y las «cómodas
casitas de campo» se han tragado los campos que componían la campiña. Y sí, un poco más arriba de nuestra casa, en la entrada de la finca, hay huellas de grandes neumáticos en un trecho de arena y un tractor abandonado donde antes estaba la verja. Las llaves de repuesto de la casa de mis padres están bajo el felpudo de la puerta de atrás, igual que cuando yo era una adolescente. Le he dicho varias veces a mi madre que piense un escondite más ingenioso, pero ella siempre insiste en que conoce a todo el mundo en el pueblo y que no teme por su seguridad. Por lo que veo, eso va a cambiar. Miro hacia el fondo del pequeño rectángulo de césped, al tiovivo con su bolsa de plástico llena de pinzas de la ropa y los árboles que hay al final del jardín. En el campo de más allá, las imponentes estructuras de madera de las nuevas viviendas trepan como esqueletos a la línea del horizonte. La casa huele a mis padres: una curiosa mezcla de polvo, té y laca de pelo. Es raro estar aquí sin ellos, como si la casa vibrara con los sonidos de baja frecuencia de sus moradores, como tu emisora favorita a poco volumen. Pulso el interruptor que hay al entrar en la cocina y los largos tubos fluorescentes zumban, parpadean y al fin se encienden del todo. Sobre el hule con motivos florales hay una nota de mamá. Nos dice que ha dejado en la nevera un pastel para almorzar. Joe y yo nos miramos. Mi madre nunca ha destacado por su pericia culinaria. Joe se arriesga a abrir la nevera y saca una fuente de cristal con una masa recocida y chata. Mira por debajo para ver de qué es.
—Cecina —dice, y yo arrugo la nariz igual que él—: ¡Puaj!
—Hay huevos. Haré una tortilla o algo —sugiero, señalando el plato de porcelana que hay al lado.
Joe me pasa los huevos con una expresión desdeñosa.
—Tienen mala pinta —replica, cogiendo uno—. Éste está cubierto de porquería.
—Es porque son de la granja que hay más abajo —digo con un gesto de desaprobación—. Huevos de corral.
—Yo no quiero. No llevan fecha de caducidad.
—No vas a morirte por comer uno —río—. ¿De dónde crees que salen los huevos?
—Del súper —responde, y se inclina para acariciar a Oscar, el gato, que maulla entre sus piernas.
Decido ocuparme primero del gato, ya que para eso hemos venido. Hay un cuartito junto a la cocina con una puerta que da al garaje. Una lavadora vieja ocupa casi todo el espacio, además de un perchero de acordeón repleto de prendas de abrigo. Encima de la cajonera de pino hay una hilera de tarros llenos de sospechosos productos en salmuera y cubos de plástico que contienen patatas fangosas y calabacines del huerto de papá. Hay asimismo un montón de dominicales antiguos y varios manuales de jardinería vetustos. Oscar entra y sale del cuartito empujándome la mano mientras yo abro una lata de comida para gatos, sin darme tiempo a poner en su cuenco unos cuantos grumos marrones. Le hago cosquillas para que se aparte, pero él consigue que se me caiga el tenedor; suelto un taco, me agacho para recogerlo y entonces reparo en una marca con la palabra «Scott» escrita al lado. Debajo de los abrigos, junto a la puerta que da al garaje, la pared tiene una regla dibujada a mano con marcas descoloridas de rotulador, recuerdo de nuestras fases de crecimiento. Me olvido de Oscar, que ha volcado la lata y está sacando la comida con la zarpa, y pongo el dedo en la pared. Abajo hay una señal con la inscripción «Mickey, 6», y dos dedos más abajo otra que dice «Fred, 5 ¾», escritas en tinta verde. Sigo las marcas hacia arriba, pasando el tirador de la puerta, hasta que Fred me supera en altura a la edad de doce años. Apoyo la mano en la pared, palpando el espacio donde habría estado él. Desde que supe que se había cambiado el apellido, notaba como si nuestra infancia fuera un dibujo a lápiz que alguien hubiera borrado de forma chapucera, pero ver estas marcas me devuelve directamente a ella y la torna real. Miro a Joe, que está poniéndose los patines en línea, y reparo en que mi madre tomó nota
una vez de nuestra estatura. Resulta extraño, teniendo en cuenta que parecían no gustarle los niños. Pero eso lo pienso porque me consta que nunca fui su retoño preferido. Ese privilegio lo ostentaba Scott, quien, con su actitud distante respecto a la familia, siempre tuvo a mi madre pendiente de él. No es de extrañar que Scott acabara siendo piloto de aviación y que se pase la vida lo más lejos posible de aquí.
En cuanto a mí, sin embargo, creo que mamá comprendió enseguida que le habían dado gato por liebre, y que en vez de aquella fantasía de tutús y mofletes de melocotón, le salió un pequeño marimacho mugriento que siempre se ponía del lado de su padre. Y, si bien creo que ahora se enorgullece de mí, eso no cambia el hecho de que buena parte de mi vida adulta la haya pasado intentando ser el polo opuesto a mi madre. Hasta ahora siempre he guardado rencor a esta casa y a cuanto representa, pero de repente me alegro de que mis padres sigan viviendo aquí y de que esta pared conserve, a pesar de los años, las marcas de mi tránsito por la vida. Joe parece tener un sexto sentido: levanta la vista y sonríe.
—¿Qué pasa? —pregunta.
—Nada. He descubierto una cosa, nada más.
Camina bamboleándose teatralmente hacia mí, pues sólo lleva puesto uno de los patines, y le muestro las marcas de la pared.
—¿Soy más alto que Fred? —dice, mirando su estatura cuando tenía nueve años.
—No sé. Vamos a verlo.
Aparto unos cuantos trastos y Joe se sitúa de espaldas contra la pared.
—Vaya —exclamo, con una sonrisa—. Eso es trampa. Tienes que quitarte el patín. Joe obedece. Pongo un manual de jardinería sobre su cabeza y lo sostengo contra la pared. Joe se retira y mira.
—Soy más bajo —dice, decepcionado.
—Si comes huevos —río—, crecerás.
Durante mi infancia siempre supuse que el verdadero propósito de las fiestas religiosas era comer mucho sin sentirse culpable. Ajena a cualquier posible significado espiritual, yo me lanzaba a las tartas, los bollos, el pavo con todo su relleno y el pan de cereales con muchísima mantequilla. Sólo cuando me di cuenta, durante un examen de Religión en 1984, de que la Pascua tenía un sentido místico (y no era simplemente un concurso para ver quién consumía más chocolate), decidí interrogar a mis padres sobre sus creencias. Y ellos se salieron por la tangente con mucho tacto.
En casa el tema de la religión se trataba con tanto recelo como superstición. Así fue hasta que me quedé embarazada y, de repente, se armó la de san Quintín. Pero hasta aquel aciago día, cuando hicieron que me sintiese como la primera pecadora de la especie humana, mis padres habían mantenido un severo pacto de silencio sobre asuntos de moral. Mi instinto me decía que bajo aquella apariencia había todo un torrente de resentimientos por ambas partes. Probablemente se debía al hecho de que, anteriormente a mi llegada al mundo, hubo una auténtica bronca entre la parte Maloney (católicos irlandeses) de la familia y los abuelos Richie, que pusieron en evidencia sus reparos hacia el prometido de su hija declarando que el Papa era Satanás, que todos los curas abusaban de niños y niñas y que lo único que podía arreglar Irlanda era una bomba. Los Maloney se desquitaron informando a los Richie (en público) de que eran ordinarios, terrible acusación que, aunque tal vez acertada, colocó a mamá en la senda del esnobismo durante el resto de su vida de casada. A fin de mortificar a papá y sus presuntas raíces cultas, la nueva señora Maloney se propuso adoptar ciertas tácticas atemorizadoras de su madre, la loca abuela Richie, quien,
desde que su marido fuera atropellado por un autobús, residía en Dartford con un arisco bullterrier en una casita de planta baja con pavimento de guijarros. Al igual que la abuela Richie, mamá nos negaba la paga si usábamos el nombre del Señor en vano: vaya por Dios, maldita sea, qué diablos y otras exclamaciones parecidas eran particularmente inaceptables, aunque, cosa curiosa, Cristo como palabrota conseguía atravesar su cedazo censor. Además, hacía la señal de la cruz cada vez que se topaba con un judío, un musulmán o un protestante baptista, pero aseguraba admirar a los mormones (claro que en Rushton no había ninguno). Todos los años, llegada la Cuaresma, intentaba sin éxito dejar de fumar y se mostraba muy desdeñosa si alguien pretendía comprar condones en la farmacia de Bowley, donde ella trabajaba tres días a la semana.
Esa actitud idiosincráticamente católica hacia el control de la natalidad debió de ser la causa de sus dos confesados «errores». Scott y yo. Todavía es motivo constante de sorpresa que mis padres llegaran a hacer el amor. . dos veces. Un verdadero misterio rodea al hecho de que Marie Richie, la del pelo cardado y los zapatitos con piedras de imitación y bolso a juego, llegara a liarse con el tímido y apocado Geoffrey Maloney, irlandés de segunda generación. Se casaron en Hemel Hempstead y pasaron la luna de miel cerca del territorio ancestral de mi padre, en Derry. Cuenta la leyenda que papá iba a pescar a diario en las aguas tranquilas del lago cercano, mientras que mamá se quedaba sentada en su viejo Ford envuelta en un abrigo de pieles falsas derramando hasta la última lágrima por la vida de glamour que jamás iba a tener.
Dieciocho meses más tarde, al nacer Scott, los jóvenes señores Maloney se mudaron aquí, a Hill Drive, y empezaron a decorar la casa en tonos naranja y púrpura. Ya de recién casados disentían prácticamente en todo, pero mamá, con su habilidad para recurrir a la lágrima como una diva de Hollywood, se salía casi siempre con la suya. Por esa razón consideraba a papá un calzonazos y así lo manifestaba sin cesar, hasta que alguna vez él le soltaba un exabrupto y se iba a su huerto durante horas. Cuando eso ocurría, mamá componía su última permanente, apretaba sus pintarrajeados labios y, con su mejor tono de mujer maltratada, sentenciaba:
«Fijaos, hijos míos. Hay que ver qué cruel es vuestro padre.»
Pero ésa era una de sus dramáticas fantasías, alimentadas por años y años de secreta adicción al melodrama. Nada le habría gustado tanto como mantener grandiosas y apasionadas peleas, pero papá de cruel no tenía ni un pelo. Al contrario, la torturaba con su paciencia de santo. Incluso hoy es tan sufridor y leal como un perro apaleado, después de haber aguantado a mamá en sus diversos brotes de fanatismo video-aeróbico, adicción a los tranquilizantes, adquisición ingente de tupper-wares, venta piramidal (incluida una franquicia de ropa interior voluptuosa), depresión, un ligue fracasado con el vendedor de un concesionario de Peugeot y, últimamente, varios sustos por cánceres fantasma.
Mamá nunca le ha agradecido que soportara todo eso, aunque nadie lo diría, puesto que su meta en la vida parece consistir fundamentalmente en mantener las apariencias de cara a la buena gente de Rushton, personas a quienes (como le he señalado yo en muchas ocasiones) seguro que les importa un comino. Mamá siempre fanfarroneaba en público de que papá estaba
«en el negocio del petróleo», mientras en privado fustigaba a su JR Ewing por no ser un hombre emprendedor y carecer de lo que ella llamaba «empuje». A mi modo de ver, la falta de chispa y ambición de papá no debe sorprender, ya que mamá siempre echaba por tierra cualquier idea que se le ocurriera. No reconoció ni una sola vez que el aburrido trabajo de papá como supervisor del floreciente negocio de las gasolineras en Hertfordshire nos proporcionaba el pan de cada día y servía para pagar las compras que ella hacía por catálogo. Pero así como el reservado Geoffrey Maloney mantenía a su mujer dentro de la normalidad e intentaba compensar en lo posible su falta de aptitudes maternas, ella se quejaba amargamente de tener que aguantar a su marido. Seguro que lo peor que pudo ocurrir fue que
Miles y Louisa Roper se mudaran a la casa de al lado. Los Roper alimentaron todas las aspiraciones de mamá en cuanto a estilo de vida, y como ella se había pasado la vida señalando las cosas que tenía en común con la gente que la rodeaba, viéndose realizada en el papel que creía ocupar dentro de su comunidad, se sintió ensombrecida por sus elegantes vecinos, y hacía comparaciones entre ambas casas y jardines, buscando sin piedad la menor excusa para opinar que lo de ellos era siempre mejor.
Hasta que el matrimonio empezó a hacer aguas, creo que a mi madre le gustaba ser vecina de los Roper, convencida quizá de que, por aquello de la proximidad y el contacto, algo del glamour de Miles o de la belleza y elegancia de Louisa se le habían pegado. Siempre he considerado a mamá responsable en parte de la marcha de Fred, pero, si lo pienso caritativamente, para ella debió de ser un shock tremendo descubrir que los Roper eran muy diferentes de lo que creía. Cuando todo explotó, mi madre tuvo una reacción desmesurada, manifestando su vergüenza por estar tan cerca de quienes había tenido por amigos y censurándolos en términos propios de la prensa amarilla. Y así, mientras ella se ponía las botas lanzando exabruptos contra sus vecinos, Louisa y Fred se escabulleron de Rushton y, en un abrir y cerrar de ojos, los Roper desaparecieron para siempre. Desde mi antiguo dormitorio, miro por la ventana la casa donde vivía Fred. No sé quién la habita ahora, pero han vuelto a pintarla. Parece una damisela disfrazada con peluca y maquillaje de escena, pero a cualquiera que esté en el ajo no se le escapa que la capa de pintura es más gruesa en el porche delantero, donde en tiempos las pintadas con espray afearon la casa. Me apoyo en el repecho y miro la antigua habitación de Fred, pero la ventana está
oscurecida por una de esas cortinas opacas a prueba de niños y me concentro en mi propia ventana; rasco la pegatina de un arco iris que lleva fijada al cristal más de veinte años y esconde una pequeña grieta producto de una piedra que Fred tiró con demasiada fuerza. Nunca se me dio bien la Biología, pero de repente me pregunto si las mariposas visitan alguna vez sus viejos capullos. En tal caso, me pregunto si sentirán la extrañeza que experimento yo aquí en mi antiguo cuarto. Es como volver después de años a la celda de una prisión, intimidada por la cercanía de estas cuatro paredes que han sido testigos de tantas emociones, pero sabiendo que lo que queda de mí en este lugar no es más que una huella polvorienta.
De adolescente yo siempre suponía que viviría en una casa mucho más grande que la de mis padres. Lo consideraba un derecho natural, un paso lógico en la evolución, que yo tendría más dinero que ellos y que mi estilo de vida sería, con el tiempo, no sólo desahogado sino también lujoso. Pero las cosas no han ido como pensaba, y ahora que vivo en un piso pequeño envidio a mis padres el que sus trastos sólo llenan el cuarto de Scott y que tengan espacio suficiente para dejar el mío como estaba.
Me siento en el taburete bajo frente a mi vieja mesa de tocador, palpando el borde de tela estampada de flores que asoma debajo de la superficie de cristal, y contemplo mi imagen reflejada en tres rectángulos de espejo. Sujeta en el extremo superior hay una vieja foto mía con Joe de bebé. Lo sostengo en brazos de manera que su espalda está pegada a mi abdomen y ambos miramos a la cámara con la misma expresión de impaciencia. Es la clase de foto que le gusta a mi madre, pero opino que ninguno de los dos hemos salido nada bien. Dejo la foto en su sitio y miro hacia el armario que tengo detrás. Dentro hay varios abrigos y trajes de mi madre envueltos en plásticos de la tintorería. En un extremo del colgador hay un pequeño recipiente de porcelana que contiene hierbas. Acerco la nariz a los agujeritos de la parte superior, pero no sé si estoy evocando un recuerdo o si el perfume es real. Suspiro y cierro la puerta del armario. No tiene sentido estar aquí; me deprime. Salgo al rellano y voy a la ventana, siguiendo una ruta silenciosa sobre la moqueta beige que cubre las tablas que crujen debajo. Desde la ventana contemplo el jardín trasero.
Joe parece aburrido y un poco harto. Está inclinado contra la cerca, junto a la puerta de atrás, rozando los patines contra el sendero pedregoso que va desde el camino particular hasta un lado de la casa y sigue paralelo a la cerca del jardín. Me dispongo a llamar su atención desde aquí arriba cuando veo que su expresión cambia. Su rostro se anima con una gran sonrisa, se aparta de un salto de la cerca y empieza a andar sobre los patines hasta la parte delantera. Estiro el cuello para averiguar la causa de su alegría, pero no alcanzo a verla. Cuando llego al pie de la escalera, oigo voces en el camino particular y, desanimada, deduzco que mis padres han regresado antes de lo previsto. Rápidamente revuelvo entre las figuritas de porcelana que hay en el estante contiguo al espejo en busca de la llave de la entrada. Sin embargo, cuando consigo abrir la puerta, mi sorpresa es mayúscula. En el camino de grava hay un viejo Renault 5 rojo aparcado detrás de mi furgoneta. Joe está sentado al volante con cara de éxtasis. De pie junto a la puerta del conductor está Fred, sonriendo paciente mientras Joe juega con el volante y las palancas. Noto que la sangre me sube a las mejillas cuando Fred mira tímidamente hacia mí y me saluda con la mano antes de sacar a Joe del coche.
—Eh, mamá —dice Joe, acercándose—. Al final ha venido. —Mira muy contento a Fred, que se aproxima a mí haciendo tintinear las llaves en su mano.
—Hola, Mickey —me saluda, casi como si se disculpara.
No puedo creer que esté aquí. Desde luego, era la última persona a quien esperaba ver. Ladeo la cabeza tratando de encontrar respuestas en sus ojos, pero él evita mi mirada escrutadora.
—Qué bien que hayas venido —exclama Joe—. Me estaba aburriendo mucho. Pongo mala cara a mi hijo y luego miro a Fred.
—No puedes aburrirte —replica él—. Estamos en Rushton. Hay muchas cosas que hacer
—añade, riendo.
—Tienes una pinta horrible —le digo, apartándome para franquearle el paso. De cerca, veo que tiene los ojos inyectados en sangre y que parece que no hubiera dormido. Instintivamente, quiero tocarlo, acariciarle la mejilla y preguntarle qué ha pasado, pero no puedo. Además, no me da oportunidad de hacerlo.
—Gracias. —Entra en casa y se limpia los zapatos en el felpudo.
—¡Mamá! —me riñe Joe—. Qué mala eres. Vamos, Fred. —Pasa como una flecha por mi lado y va a la cocina, antes de que yo pueda decirle que se quite los patines. Cierro la puerta, y mientras Fred está de espaldas a mí, compruebo rápidamente mi aspecto en el espejo del recibidor. Me llevo las manos a la coleta y tiro con fuerza, aunque el efecto apenas se nota.
—¿No estabas en tu despedida de soltero? —pregunto, entrando en la cocina con la máxima naturalidad de que soy capaz, pero mi corazón late a mil por hora.
—Estaba. He vuelto esta mañana.
—¿Qué es una despedida de soltero? —pregunta Joe, sentándose en una silla de la cocina para quitarse los patines.
—Es una reunión de hombres que van a alguna parte, beben demasiado, se encuentran mal y luego se preguntan qué pintan allí—dice Fred, y me mira.
—¿Por qué?
—Buena pregunta —responde Fred, sonriendo para mí—. Lo sabrás cuando seas mayor. Bueno, el caso es que he recordado que veníais a Rushton y he pensado daros una sorpresa. Confiaba en que el aire libre me sirviera para recuperarme un poco. Joe parece plenamente satisfecho con esa explicación.
—Te he visto en la pared —dice, dando un salto—. Ven a verlo. Corretea por el linóleo en calcetines y Fred lo sigue al cuartito de la lavadora.
Me paso una mano por la boca y aprieto los labios, deseando que el corazón me lata más despacio. ¿Por qué me resulta todo tan normal? ¿Cómo puede Fred entrar en esta casa y que se me antoje lo más natural del mundo, cuando hay miles de razones en contra? Lo oigo reír con Joe y una parte de mí tiene ganas de reír también, pero hay otra que quiere decirle que se vaya. No puede hacerse amigo de Joe; no es justo. Claro que Joe es sólo un niño y Fred le ha salvado el día presentándose aquí. ¿Merece la pena que Joe se enfade cuando, si he de ser sincera, Fred me ha salvado el día a mí también?
Soy incapaz de mirarlo cuando regresa a la cocina.
—Está todo muy cambiado, ¿verdad? —dice.
Asiento con la cabeza.
Se asoma por la ventana y mira hacia el antiguo terreno de Jimmy Dughead.
—Es increíble, han edificado en el campo. Me pregunto si se les aparecerá el fantasma del toro. —¿Qué toro? —pregunta Joe.
Fred levanta las cejas.
—¿Tu madre no te ha contado lo del toro?
—Fred —lo prevengo, pero se me escapa la sonrisa.
—Vamos, Fred, cuéntamelo —suplica Joe con entusiasmo.
—Hace muchos años.. —empieza. Mira a Joe, luego a mí, como si acabara de ocurrírsele una idea—. De hecho, creo que teníamos la misma edad que tú ahora. Tu madre y yo enterramos una lata con un tesoro en ese campo de allá.
—¿Qué había dentro? ¿Qué clase de tesoro?
—No lo recuerdo, pero era importante. En fin, Jimmy Dughead, el horrible granjero propietario del campo, decidió trasladar a esa parte de sus terrenos al mejor toro que tenía, Hércules, y no podíamos recuperar el tesoro.
—Y a mí se me ocurrió un plan para distraer al toro, pero no funcionó —añado, mirando a Fred. —¿Qué pasó? —pregunta Joe.
—Le pegué un tiro —dice Fred, rascándose detrás de la oreja.
Joe se queda patidifuso.
—¿Un tiro?
—Sí. Lo maté allí mismo.
—¿Con un arma de fuego?
—Yo creía que era de mentirijillas, como las que utilizan para dar la salida en las carreras de atletismo, pero resulta que no. Sólo pretendía asustar a aquel monstruo.
—¿Y qué pasó después?
—Para abreviar —digo, con una mirada a Fred conminándolo a no entrar en detalles—, salimos bien parados.
—Bueno, más o menos —me corrige él—. Mi padre me puso de vuelta y media y me castigó sin salir durante no sé cuánto tiempo, pero Mickey sí salió bien parada. Tu madre siempre se las apañaba.
Veo que todo esto divierte a Joe. Nunca ha tenido la oportunidad de situar a su madre fuera del contexto familiar, y oír hablar a Fred ahora de nuestra adolescencia hace que me considere bajo otra luz. Me está mirando de una manera nueva, como si viera a una persona y no a su aburrida mamá. Eso me incomoda y también me cohibe extrañamente. Me encanta recordar esas anécdotas para mí misma, pero me resulta raro que Joe las conozca, como si eso pudiera empujarlo a perderme el respeto.
—¿Qué pasó con la lata del tesoro? —le pregunta a Fred.
Él se encoge de hombros.
—Ni idea. Imagino que todavía está allí.
—¿Vamos a buscarlo? —propone, metido ya en la aventura. Nos mira a los dos.
—Es imposible que esté allí, cariño —respondo—. Están construyendo casas; seguro que ya lo habrán desenterrado.
—Tal vez no —apunta Fred con malicia.
—¡Ni se te ocurra, Fred! Es una propiedad privada.
—Ah —dice, y sonríe—. ¿Y desde cuándo te importa a ti eso?
Sale el sol mientras Fred, Joe y yo avanzamos entre ladrillos amontonados y hormigoneras por el antiguo campo de Jimmy Dughead. De cerca, las casas nuevas se ven débiles. Sus armazones de madera parecen ensambladas chapuceramente, como un decorado de mala calidad, y se diría que la primera ventolera puede echarlas abajo. Mientras caminamos por el solar desierto, Fred entretiene a Joe con un monólogo absurdo acerca de los futuros habitantes.
—¡Vaya! El señor Jones está en el váter. ¡Perdón! —dice, haciendo una mueca y agitando una mano ante la cara por un supuesto mal olor—. Buenos días, señora Jones —continúa, atravesando un futuro portal para entrar en un futuro jardín y quitándose un supuesto sombrero—. Tiene usted un jardín maravilloso. ¡Es impresionante!
Joe se muere de risa y yo río también mientras Fred se para, inspira hondo y mira más allá de los árboles hacia los tejados de Rushton. Trato de leer sus pensamientos, pero no sé qué
es lo que siente, si nostalgia, pesar o simple rechazo. Parece empeñado en no dejarme decir una sola palabra seria ni hacer pregunta alguna. Su táctica funciona de maravilla con Joe y debo reconocer que su buen humor es contagioso.
—Era por aquí, ¿no? —dice de repente, mirándome. Su luminosa sonrisa me llega al corazón.
—Todo está tan cambiado.. No me acuerdo. —Miro alrededor. Nos encontramos en una parcela delimitada por postes de madera unidos entre sí mediante tiras de cordel.
—Pues deberías acordarte —bromea—. La idea fue tuya. Fuiste tú quien dijo que enterráramos el tesoro en medio de los cuatro robles. —Señala hacia los árboles—. Tiene que estar por aquí.
A Joe se le ilumina la cara.
—¿Empezamos a cavar? —pregunta entusiasmado, mirando la tierra apisonada.
—Primero será mejor sondear un poco. ¿Y si probamos con esas estacas? —propone Fred. Joe y él van hasta una esquina de la parcela, sacan la estaca de allí, van a otra y hacen lo mismo. Al observarlos, siento el peso del tiempo transcurrido desde la última vez que Fred y yo estuvimos aquí. Formo una visera para protegerme del sol y sonrío cuando Joe me hace señas con su estaca.
—Toma —dice Fred al volver—, colabora un poco.
Me pasa una estaca y durante un segundo sus dedos cubren los míos. Lo miro, preguntándome qué es lo que trata de comunicar, pero la ocasión pasa y él se da la vuelta para ayudar a Joe con la otra estaca. Qué espectáculo: los tres caminando en círculos con la cabeza baja, acribillando el suelo con unos postes.
Al cabo de un rato Fred deja a Joe y viene a ayudarme.
—No te importa que me haya presentado de improviso, ¿verdad? —dice. Vuelvo la cabeza y me aparto el pelo de la cara. El sol está detrás de él y forma un halo en torno a su cabeza, y me sorprende ver lo alto y fuerte que parece. Me sonrojo sin poder evitarlo.
—Podría pasar perfectamente sin tus ideas de bombero —respondo entre risas. Creo que el aire libre le ha sentado bien. Tiene color en las mejillas y su sonrisa es de felicidad.
—¿Sabes?, me siento como liberado —dice, y enseguida baja la voz—. ¿A que no sabes lo que he hecho? —Se muerde el labio, y a mí me da un vuelco el corazón. Me quedo mirándolo con los ojos muy abiertos, esperando que me diga que ha tomado una importante decisión.
—No. ¿Qué?
—He dejado el móvil y el reloj en el coche. —Extiende los brazos y se ríe. Muevo la cabeza sin saber qué decirle. Me siento como asfixiada al darme cuenta de qué
era lo que yo quería oír.
—¡Lo he encontrado! —chilla Joe, y Fred se aleja corriendo.
Clavo mi estaca en el suelo con fuerza innecesaria, diciéndome a mí misma que debo renunciar a mis fantasías.
En efecto, la estaca de Joe ha topado con un objeto en el subsuelo. Fred me mira, y sus ojos centellean al sol.
—Podría ser.
—Seguramente será una roca —digo yo, pero también estoy impaciente. Joe ya se ha puesto a gatas y está cavando con las manos. Es extraño verlo ensuciarse de esa manera. Suele ser muy melindroso en lo que respecta a llevar la ropa limpia. Fred se acuclilla a su lado y luego también yo, y nos echamos a reír los tres mientras arañamos el hoyo.
—¡Ya lo tengo! ¡Ya lo tengo! —grita Joe.
Fred se agacha y pasa la mano alrededor del hoyo, sacando a los pocos segundos la lata redonda.
—¡Dios mío! —exclamo, y bato palmas de alegría—. ¡No puedo creerlo! Ábrela, Fred, vamos.
Fred también se ríe mientras forcejea con la tapa, pero está oxidada y no cede.
—Imposible. Está atascada. Tendremos que llevarla a la casa. Vamos, Joe, ayúdame con las estacas.
Yo echo paletadas de tierra al agujero y procuro dejar la superficie nivelada. Luego salto encima para aplanarla. No sé si es de frustración, de júbilo, o de ambas cosas, pero el caso es que dar saltos me sirve como terapia. Voy a jugar con Fred y a disfrutar del presente, porque si intento ver señales en todo cuanto él hace, puedo volverme loca.
—¡Mamá! —chilla Joe—. ¡Nos vamos!
—Vale —digo, recuperando el resuello mientras me aliso los pantalones.
—Yo iría por la ruta tradicional, ¿no te parece, Mickey? —Fred me guiña un ojo.
—Después de usted —respondo, haciendo una venia y extendiendo el brazo hacia los árboles y el arroyo del pie de la loma.
La maleza es mucho más intrincada de lo que yo recordaba. Estoy llena de zarzas cuando cruzamos la zanja que mira a la parte posterior de nuestro jardín. El riachuelo es apenas un hilo de agua y el sol atraviesa la cúpula de ramas moteando la corriente.
—El truco es pasar corriendo —afirma Fred, señalando la empinada orilla del otro lado.
—Ni hablar —replico, y río—. Las pasaderas ya no están, y fíjate la de barro que hay.
—Aparta, aparta —dice Fred, pasándome la lata. Luego mira a Joe—. Lo he hecho miles de veces. Mira y aprende..
Finge escupirse en las manos y se las frota. Joe se muere de risa. Fred se precipita terraplén abajo, se mete en el arroyo y el pie se le hunde con un ruido líquido en el lodo del fondo. Con gran esfuerzo, consigue sacar el pie y continúa hacia la otra orilla, pero ha perdido impulso y aterriza espatarrado en la cuesta. Resbala hasta el agua y Joe y
yo nos reímos como locos.
—Muy gracioso —dice Fred, mientras se sacude el barro de las manos. Se queda mirándonos desde la corriente. Está empapado y cuando se pasa la mano por el pelo, deja una estela de fango.
Joe lanza un grito de guerra y echa a correr para salvar el arroyo de un salto y trepar por la otra orilla, pero Fred lo placa en pleno salto y al momento están los dos revolcándose en el arroyo y tirándose agua.
Los veo hacer el animal y río, porque, aunque Joe está calado, no me importa. No recuerdo haberlo visto nunca tan desinhibido, y al verlos abrazarse y jugar, levanto la vista al cielo y aspiro el aire fresco, oyendo sus gritos y a los pájaros. Quisiera que este momento durara siempre.
Cuando por fin llegamos al jardín de la casa de mis padres, Joe y Fred están sin aliento. Abro la puerta y les ordeno quitarse los zapatos. Se quedan los dos en el umbral, con cara de pilluelos, tiritando patéticamente, con las manos juntas al frente como extras de Oliver Twist.
—Os traeré ropa seca —digo sonriendo—. ¡No os mováis de aquí! ¿Entendido?
Vuelvo a bajar con unas toallas y ropa vieja mía para Joe.
—Es lo único que he podido encontrar —le digo a Fred pasándole un viejo pijama de mi padre y un jersey marrón con coderas de piel. Joe ríe al ver su mueca—. Te está bien empleado, Fred Roper. Desnúdate y meteré la ropa en la lavadora.
—¿Cómo? ¿Aquí delante?
—Me pondré de espaldas —bromeo. Pillo a Joe mirándonos, ahora a mí, ahora a Fred. Está sonriendo, y lo miro para disimular mi vergüenza—. Tú también. Vamos. Quítate todo eso. Pone cara de tímido y yo cedo.
—Bueno, está bien, parecéis dos niñas..
Me voy a la cocina y los dejo en paz. Pero miro. Observo por la ventana de la cocina cuando Fred se quita la camiseta mojada, y noto el abdomen tenso al ver su pecho y los pliegues de su estómago cuando se dobla. Aparto la vista, mordiéndome los labios, y voy a buscar papel de periódico al cuartito de la lavadora para tapar la mesa de la cocina antes de depositar encima la lata del tesoro.
Por fin, Fred y y Joe entran por la puerta de atrás.
—Qué sexy —digo, mirando de arriba abajo a Fred cuando me pasa su ropa. Lo suelto en plan socarrón, pero la verdad es que está muy sexy aun con la cara sucia de barro.
—Vamos, Fred, abre la lata —pide Joe, sentándose a la mesa.
—Esto servirá. —Abro el cajón de la cocina y le paso a Fred un destornillador. Recojo las prendas de Joe, me dirijo al cuarto de la lavadora y la abro. Voy metiendo la ropa y mirando las instrucciones en las etiquetas de la de Fred. Siento un curioso alborozo al tener en las manos su camiseta de marca. Sabiendo que nadie me mira, me la acerco a la cara y aspiro su olor.
—¿Mickey? —me llama Fred.
Nerviosa, vuelvo a la cocina.
Fred ha introducido ya el destornillador bajo la tapa. Nos mira a Joe y a mí.
—A la una. . a las dos..
—Venga, venga —lo apremia Joe, incapaz de aguantar más tiempo la intriga. Fred coloca la mano encima de la lata y le toma el pelo.
—No sé si vale la pena—dice, expulsando el aire de los carrillos. Joe aporrea la mesa y grita:
—¡Fred!
Fred le pasa la lata.
—Hazlo tú.
Se retrepa en la silla, mirándome, mientras Joe se pone de pie y levanta la tapa. De repente es como si fuera hijo de los dos y estuviera a punto de abrir un regalo de Navidad.
—¡Ecs! —exclama, y extrayendo un paquetito de mal aspecto, pregunta—: ¿Qué es esto?
—Ah —suspira Fred, tomando el paquete por una esquina—. Esto, Joe, es nuestro polvo espacial.
Me inclino hacia delante.
—¿Qué más hay dentro?
Joe saca dos arrugados billetes de una libra.
—¿Y esto? —pregunta, alisándolos sobre la mesa.
—Son viejos billetes de banco. Ahora valen una fortuna —dice Fred.
—Queríamos comprar entradas para el circo —explico, cogiendo uno de los billetes, maravillada de que el verde del papel se haya conservado tan bien y de lo joven que se ve a la reina—. ¿Te acuerdas, Fred?
—¿Cómo se llamaba ese mago que vivía en la casa grande, camino de Bowley? —pregunta chasqueando los dedos en un intento de recordar el nombre.
—Andy no sé qué.. ¡Andy Buckley! —decimos los dos al unísono.
—Dios mío, ¿te acuerdas, Mickey?
Cómo no voy a acordarme. Mientras tanto Joe va sacando lo que hay en la caja: tarjetas, goma de mascar, cigarrillos, billetes viejos, llaves, cochecitos de plástico, la navaja y la lupa de Fred, así como minibotellas birladas de whisky Grant y ginebra Gordon's. Es como un viaje al pasado.
El último objeto son unas gafas de sol. Veo que a Fred le cambia la cara. Joe separa las varillas y se pone las gafas, que le van grandes y le resbalan por la nariz.
—¿De quién son? —pregunta.
—Eran de mi padre —responde Fred despacio.
Joe capta el tono de Fred, se quita las gafas y se las da.
—Oh —dice.
Fred se queda unos segundos mirándolas.
—Estas gafas mágicas me las regaló él. Para ahuyentar a los malos. Lo miro y me entran muchas ganas de abrazarlo.
—¿Cómo es tu padre? —pregunta Joe, pero veo que Fred no quiere responder.
—Verás, Joe, su padre murió prematuramente —digo.
—Lo siento.
Contemplo el tesoro desplegado sobre la mesa, para romper el momento de tensión.
—Menudo botín, ¿eh? —Miro a Joe, pero es evidente que él no opina lo mismo.
—¿Ya está? —pregunta examinando el interior de la lata.
—¿Cómo que «ya está»? —dice Fred, recuperado el buen humor. Deja las gafas a un lado, coge su navaja y prueba el filo con el pulgar y el índice—. Estamos hablando de nuestra infancia.
Reconozco que a Joe no le falta razón. Quisiera llorar por mi inocencia perdida, por los momentos felices representados en estos objetos. Pero, sobre todo, quiero llorar porque veo a Fred tal cual es, veo a mí Fred, al Fred que yo conocí.
—¿Qué haremos con todo esto? —pregunta Joe.
Fred se encoge de hombros.
—No lo sé. Toma, si quieres, puedes quedarte con esto. —Le da la navaja.
—¿Me la regalas?
—Claro, de todos modos ya ni me acordaba de ella.
—Eso da igual —dice, examinándola—. Que no te acordaras de ella no quita que siga siendo tuya.
Le sonrío a Fred, y él a mí.
—Ya sé —exclama Joe de repente—. Deberíamos enterrar más tesoros para poder desenterrarlos un día.
Y mientras ellos hablan de los detalles, a mí sólo se me ocurre que si tuviera que guardar algo en lugar seguro, no lo pensaría dos veces: guardaría este día de hoy.
Joe insiste en que Fred se quede a cenar, y ni Fred ni yo ponemos demasiados peros. Preparamos una montaña de salchichas y puré de patata y abrimos una botella de vino. Al caer la noche, coloco la ropa de Fred y de Joe sobre el radiador y saco el candelabro que le regalé a mamá las pasadas Navidades. Al poco rato las ventanas de la cocina están empañadas y el ambiente es distendido mientras Fred y yo rememoramos nuestra infancia, los amigos que teníamos en la escuela primaria y las aventuras que corrimos juntos. Finalmente Joe empieza a bostezar. Río y le toco la cara.
—Vamos, muchacho. Hora de acostarse.
—¿Tan pronto? —protesta.
—Sí —insisto—. Venga, levanta. Todavía no he hecho la cama de mi antiguo cuarto, o sea que acuéstate en el de la abuela, ¿de acuerdo?
Accede de mala gana. Me da un beso en la mejilla y se queda de pie junto a Fred. Fred le da un puñetazo en broma en el hombro.
—Hasta la vista —dice.
Joe le devuelve el golpe y hay una pausa. Intuyo que quiere saber cuándo volverán a verse, o si Fred estará aquí por la mañana. Sé cómo es cuando se trata de concretar, y desearía que no dijese nada. No sé lo que pasará en los próximos cinco minutos, mucho menos en las próximas cinco horas. Pero Joe se decide, besa a Fred en la mejilla, sale corriendo de la cocina y va escaleras arriba.
Fred se queda mirándolo y luego mira la mesa. Silencio. Después de tanta intimidad y de jugar todo el día a la familia feliz, me siento nerviosa otra vez. No quiero romper el hechizo. De momento, al menos.
—¿Un cigarrillo? —pregunto, y Fred asiente con la cabeza.
Nos sentamos juntos en el escalón de la puerta de atrás y es como si volviéramos a ser adolescentes. Fumanos en silencio contemplando largo rato el dosel de estrellas sobre nuestras cabezas.
—Lo he pasado muy bien hoy —afirma Fred en voz baja.
—Has estado increíble con Joe —digo, sincera—. ¿Sabes?, serías un gran padre.. —Callo y cruzo los brazos. Ha sonado espantoso y se produce un silencio incómodo—. Quiero decir. . un día. . tú y. . —Aplasto el cigarrillo, irritada por haber metido la pata al no querer pronunciar el nombre de Rebecca.
Guardamos silencio de nuevo, y, aunque me apetece mucho hablar del pasado, antes o después el presente tiene que imponerse. Me preparo para formular las preguntas que deseo hacerle. Finalmente me decido a hablar.
—Ella no sabe que estás aquí, ¿verdad? Quiero decir Rebecca.
Fred expulsa el humo y tira el cigarrillo al desagüe.
—No. —Suspira—. Claro que no. Está en Brighton celebrando su despedida de soltera. No hay tono de disculpa en su voz, y cuando se gira hacia mí, sé, por fin, que el motivo de su presencia aquí soy yo.
—Tenía que venir.
—Me alegro de que lo hayas hecho.
—Pensaba que me daría miedo estar aquí otra vez, pero son muchos los recuerdos felices.
—Suspira hondo y mira al cielo. Luego vuelve la cabeza hacia mí—. Me acuerdo de cuando te espiaba desde mi habitación.
—Era yo la que te espiaba a ti.
—No me digas —ríe—. Ahora en serio. Una noche te pillé desnudándote.
—Ah, eso. Ya lo sé. —Le sonrío pagada de mí misma.
Fred cambia de postura y me mira.
—¿Cómo que ya lo sabes?
—En las Navidades del ochenta y cuatro. La noche previa a la disco en el Memorial Hall. De verdad: lo hice a propósito.
Fred pone cara de asombro y luego se echa a reír a carcajadas.
—Vaya, Mickey—dice al final—. Teníamos que irnos juntos de vacaciones, ¿verdad?
—Estuvimos a punto de hacer muchas cosas..
La frase queda flotando en el aire. He sacado a relucir nuestro pasado común, hasta este preciso momento, y Fred lo sabe. No sé cuánto tiempo nos quedamos mirándonos a los ojos. Sea como sea, basta para saber que lo que comenzamos hace muchos años no ha terminado aún. Ni de lejos.
El mundo parece sumirse en el silencio y siento como si me derritiera bajo la mirada de Fred. Sin darme cuenta, estoy inclinándome hacia él.
En el último momento me entra pánico, retrocedo bruscamente e interrumpo el contacto visual. Bajo la vista y me pongo a toquetear el borde de mi jersey. «¿Qué estoy haciendo? —
pienso—. ¿Qué estoy. .?»
No tengo tiempo de pensar nada más. En un abrir y cerrar de ojos, Fred me agarra de la nuca y me atrae hacia él. Antes de que yo pueda verle la cara, nuestros labios chocan en un beso tan descontrolado que es casi violento.
Separándome para respirar, tomo su cara entre mis manos y nuestras bocas vuelven a unirse con avidez, nuestros cuerpos, apretados el uno contra el otro como dos imanes. Noto cómo me hierve la sangre y el corazón me late con infinito alivio. Es como si me hubieran rescatado de la cautividad y volviera a ser yo por primera vez en años. Fred me quita la diadema que llevo en el pelo y me lo suelta. Yo introduzco las manos bajo su camisa de pijama y palpo la piel de su espalda; lo deseo tanto que hasta me duele. Entonces me doy cuenta de que estoy temblando.
Fred se aparta y rodea con sus manos mis mejillas.
—¿Tienes frío? —dice, apoyando su frente en la mía.
—No —río—. Sólo es..
Pero no sé decir lo que es ni describir la excitación que siento, y Fred no necesita una respuesta. Busca mis labios otra vez, y así, besándonos, nos levantamos y entramos en la cocina, tambaleándonos hacia la mesa. Sin dejar de besarme me tumba en la mesa y yo lo atraigo encima de mí. Le agarro del pelo mientras nos abrazamos y es como si no existiera nadie más en el universo. Doblo las piernas y lo rodeo con ellas mientras nos apretamos y besamos, sin tomar aliento, y lo único que me acude a la cabeza es que me he pasado media vida guardando esto dentro de mí, y ahora es como una gran liberación. Noto sus manos recorriéndome la piel y lo deseo, lo deseo como jamás he deseado a nadie ni a nada. Es la escalera lo que delata a Joe. Al conocer la anatomía de esta casa como a mi propio cuerpo, oigo crujir ese peldaño de en medio y el sonido me llega como una bala. Aparto a Fred, boqueando y bajándome la blusa.
—¿Joe? —digo, con una voz que parece un graznido y mirando significativamente a Fred, que se pone colorado y retrocede hasta caer en la silla.
Me precipito al vestíbulo e intercepto a Joe en el escalón inferior. Su mirada inquisitiva me desarma.
—¿Puedo beber un poco de agua? —dice.
—Claro que puedes —respondo, con ganas de ponerme a gritar cuando la realidad me da con el puño en la cara—. Ahora te la llevo, ¿vale?
Cuando voy a llenar un vaso del grifo, le hago una seña a Fred para que no diga nada. Luego, como una sonámbula, subo la escalera.
Joe está sentado en la cama de mis padres. Le paso el agua.
—Que duermas bien.
—Mamá —dice cuando ya estoy en la puerta—. ¿Fred se queda a dormir?
—No lo sé, cariño —contesto, dándome la vuelta. Toda la pasión de unos minutos atrás desaparece lentamente al ver su cara—. No creo.
De nuevo en la cocina, veo que Fred ha recogido los vasos de vino y los está llenando. Ahora, intentando mantener una pose digna con ese pijama, se le ve ridículo. Me pasa un vaso.
—Lo siento. Joder, Mickey..
Da un paso hacia mí, pero yo lo detengo poniendo una mano sobre su pecho.
—No puedo, Fred —digo, procurando no llorar—. Quiero, pero no puedo. No quiero ser. .
—¿Ser qué?
—Una.. bueno, no sé.. —vacilo, temblorosa, bajando la vista al suelo—. Tú te casas la semana que viene.
Fred se aparta.
—No pretendía que te sintieras así. .
—Lo de hoy ha sido muy bonito, pero nos hemos dejado llevar por la nostalgia. —Mi voz suena firme—. Será el vino..
Trato de reír antes de tomar un sorbo, pero eso no me ayuda. Cuando vuelvo a mirar a Fred, noto cómo las lágrimas me cosquillean dentro de la nariz.
—Eso no lo dices en serio. Tú sabes que ha sido algo más..
Y yo no sé qué pasa después, cómo sucede todo, porque sé que Fred va a pronunciar las palabras que he deseado escuchar durante mucho tiempo. Y, aunque dentro de mí hay una quinceañera que anhela con todo su ser este momento romántico, también está mi yo de aquí y ahora, un yo cargado de experiencia. Han ocurrido demasiadas cosas y es mucho lo que está en juego. Levanto una mano para interrumpirlo.
—No. No sigas.
Fred frunce el entrecejo.
—Pero.. pero ¿tú no.. ?
—Claro que sí —digo, atragantándome—. No se trata de eso. Ya no tenemos dieciséis años, Fred. Ahora apenas nos conocemos.
—Pero, Mickey.. —empieza, y yo niego con la cabeza.
—Aunque nos lanzáramos a esto, yo no puedo asegurarte que sólo porque nos hayamos reencontrado vamos a tener un final feliz y todo será estupendo. Significaría comenzar de cero otra vez. Rebecca es una chica preciosa y te quiere. No puedo decirte que renuncies a casarte por algo que quizá no funcionaría. Yo tengo una familia. Está Joe. . y todo lo demás. Me dejo caer en la silla, apenas capaz de contener el llanto.
—¿Y no podríamos.. ? No sé.. —Fred expulsa el aire. Se sienta delante de mí y sacude la cabeza, estirando los brazos para tomarme las manos sobre la mesa, pero ahora no puedo tocarlo.
—Es inútil. No funcionará.. lo de vernos otra vez. —Trago con dificultad. Lo miro, con los ojos rebosantes de lágrimas—. Lo que hubo entre nosotros fue muy real. Procuremos no estropearlo.
Yo estaba enamorada, más enamorada de lo que nadie ha estado nunca, pero no quería que nadie lo supiera antes de habérselo dicho a Fred. Entretanto, fue el mayor, mejor y más fabuloso secreto del mundo. Un secreto que sin duda estaba volviendo locas a mis amigas, y mirando los rostros expectantes de Pippa, Lisa y Annabel, sentadas las cuatro en el McDonald's que había frente a la parada del autobús, en Bowley, me sentía infinitamente superior, fantásticamente superior.
—Bueno, ¿lo estás, Mickey? —repitió Lisa.
Me encogí de hombros, presumida, y guardé mis carpetas en la mochila. En todas ellas había un recordatorio de Fred. La de Geografía estaba adornada con una inscripción alusiva a Fred cuyas letras eran una serie de garabatos enlazados entre sí. En la portada de mi libro de Francés decía «J'AIME FR», a lápiz y con una flecha tridimensional alrededor. Donde había echado el resto era en la parte interior de mi libreta de Inglés, donde en grandes letras mayúsculas decía «AMO A FRED ROPER», hecho que no se le había escapado a Pippa.
—Lo está —afirmó Pippa—. Fijaos en su libreta de Inglés.
—A ver —dijo Lucy abalanzándose para agarrarla.
—No —repuse yo, poniendo rápidamente la mano encima.
—A cambio de otro batido —trató de sobornarme Annabel.
—¡No! ¡He dicho que no! —reí—. Son cosas íntimas.
—Pero yo te la he visto en clase de Inglés —protestó Pippa—. Vi cómo lo escribías.
—¿Y qué?
—¿Qué pone? —preguntó Lucy, que siempre detestaba que la dejaran al margen.
—Nada —dije, abriendo y cerrando la libreta durante una microfracción de segundo y metiéndola después en mi mochila.
—¡Cómo eres, Mickey! —protestaron Annabel y Pippa casi al unísono. Hice un gesto como diciéndoles que no se metieran donde no las llamaban y luego removí
la pajita en el fondo de mi vaso de batido.
—En realidad no era nada —dijo Pippa, molesta—. Fred Roper. . —Dejó escapar un gran bostezo de mentirijillas—. Qué aburrido.
—¿Aburrido? —espeté yo.
—Sí, qué aburrido —corroboró Annabel—. No nos cuentas nada de nada.
—Porque no hay nada que contar —aseguró Pippa.
—Eso tú no lo sabes —repliqué yo, a la defensiva.
Pippa esbozó una sonrisa astuta y dijo:
—Entonces, ¿sí hay algo?
—¿Sí, Mickey? —preguntó Lucy, nerviosa—. ¿Lo has hecho con él?
Las miré a las tres, exasperada y a la vez satisfecha de su interés. Dejé que la intriga flotara unos instantes en el ambiente.
—No —respondí al cabo—. Pero voy a hacerlo...
—Tara Anson sí lo ha hecho —dijo Annabel con retintín.
—¿Con quién? —pregunté escéptica.
—Con Paul White, el de sexto.
—¿Paul White y Tara Anson? —me mofé—. No creo.
—Es verdad —confirmó Lucy—. Tara se lo contó a Catherine después del parcial de Biología. Y Catherine se lo dijo a Lorna, y ésta a Annabel.
Annabel asintió. Precisamente por eso yo no quería hablar de Fred.
—Pero si ni siquiera salía con él —señaló Pippa.
—Ya. Una putilla —dije, mirándolas con aires de superioridad.
—Al menos ella no tontea —repuso Annabel, que admiraba a Tara—. Tú llevas siglos yendo con Fred y todavía no lo has hecho.
—Pero hemos hecho casi todo lo demás —contraataqué.
—¿Dedos y tal? —preguntó Lucy.
Mojé una patata en el grumo de ketchup que había quedado en el envase de cartón.
—Y más cosas.
—Entonces, ¿se la has visto? —preguntó Pippa.
—Tocado.
—¿Y qué? ¿Qué tal?
—Muy bien —respondí, sin querer entrar en detalles. Pippa y Lucy se arrimaron la una a la otra soltando risitas. Annabel se acercó también.
—Tara dice que la de Paul White es espantosa —informó en tono confidencial.
—Pues la de Fred no —contesté, poniéndome de pie al ver que llegaba el autobús—. Es la mejor.
Intrigada, Pippa subió conmigo al autobús y nos sentamos al fondo como teníamos por costumbre. Una vez terminado el ritual de gritarse insultos, tirarse papeles y cambiar cigarrillos, ya a las afueras de Bowley, Pippa suspiró ruidosamente.
—¿Has repasado las Mates? —preguntó. Negué con la cabeza—. Yo tampoco —añadió.
—No me lo creo. Tú siempre estudias. A mí no tienes por qué mentirme.
—Tú tampoco a mí —replicó como ofendida.
—Yo no te miento —dije, mirándola a la cara. A aquellas alturas Pippa ya debía de saber que era mi mejor amiga.