Capítulo Cuatro

El resto de la semana pasó deprisa. Sara ayudó a sus pacientes a recuperarse de sus lesiones, fortalecer los músculos tras una operación o recuperar la movilidad tras un derrame cerebral. Su trabajo la mantenía ocupada, pero, de vez en cuando pensaba en las palabras de Marissa. ¿Habían notado más personas la atracción entre Jase y ella? ¿Se sentía él tan atraído por ella como lo estaba ella por él?

Todavía seguía haciéndose esas preguntas, y otras como ¿la creía Jase capaz de provocar el incendio?, mientras organizaba la comida para el reparto del sábado por la mañana. De camino al puesto de verduras enlatadas, saludó a Kaitlyn con una sonrisa.

—Creo que tenemos bastantes verduras enlatadas para alimentar a un ejército —observó Sara.

—Ojalá alguno de los colaboradores donara también productos frescos. Amy parece divertirse.

Los niños pequeños estaban en un rincón jugando bajo la supervisión de Marissa.

—Candyland es uno de sus juegos preferidos —asintió Sara.

El corazón se le aceleró bruscamente cuando Jase entró con una caja de productos enlatados.

—No esperaba verlo aquí —murmuró.

—Jase se ofreció a recoger comida donada en otros puntos de recogida —observó Kaitlyn.

Jase se paró en seco unos instantes cuando sus miradas se fundieron. Ella no sabía qué sucedería a continuación, si iba a dejar la caja sobre la mesa y marcharse, o si iba a acercarse y hablar con ella.

¿Por qué se sentía de repente como una adolescente?

—¿Qué tal te ha ido? —Kaitlyn recibió a Jase con una sonrisa.

—Tengo el camión lleno. ¿Lo dejo todo sobre esta mesa?

—¿Te vas a quedar después?

—Sin problema. ¿Qué necesitas?

—Tengo una lista de las familias necesitadas —Kaitlyn echó un vistazo a las ocupaciones de sus voluntarias—. Sara y tú podríais empezar a meter víveres en cajas. Si os parece bien a los dos.

—Estupendo —asintió Sara ¿qué otra cosa podía decir?

—No olvides incluir uno de estos en cada caja —la mujer señaló un taco de cupones—. Cada cupón les da derecho a llevarse pavo o jamón a casa.

—Entendido —contestó Jase—. Vaciaré el camión y me pondré con ello.

Sara empezó por colocar veinte cajas en el suelo y llenarlas con los productos disponibles. Aunque consciente de las idas y venidas de Jase, se mantuvo ocupada en su tarea. Hasta que… —¿Qué puedo hacer? —él se colocó a su lado.

Podía hablar con ella, asegurarle que jamás la creería capaz de incendiar su propia casa.

—Toma un puñado de comida de cada montón y mete tres o cuatro en cada caja —le indicó ella señalando la caja que estaba llenando—. No es gran cosa, pero algo es algo. Cuando pienso en cómo el Club de las Mamás me llenó la nevera cuando me instalé en la cabaña.

Jase la contempló como si intentara averiguar algo. El escrutinio resultaba inquietante y Sara intentó apartarse. Sin embargo, él no se lo permitió, sujetándola por el hombro.

—Tenemos que hablar, Sara, pero aquí no.

Ella se preguntó sobre qué querría hablar. A lo mejor su padre la quería fuera de la cabaña. A lo mejor era Jase el que lo quería. Decidió no mostrar su preocupación. No le permitiría ver lo mucho que le importaban sus palabras, porque no debería importarle.

—Ya sabes dónde vivo —contestó ella en tono jovial mientras intentaba sonreír.

Creía que Jase añadiría algún comentario, pero una pareja entró en la sala y el hombre lo llamó.

—¿Cómo te has dejado liar? Connie me convenció de que necesitaban mi fuerza masculina —el hombre y la mujer cargaban con sendas bolsas llenas de comida que dispusieron sobre la mesa.

—Es una buena causa —observó Jase que, rápidamente, hizo las presentaciones—. Tony y Connie Russo, os presento a Sara Stevens. Se aloja en nuestra cabaña. Sara, Tony es nuestro sumiller y mano derecha de Liam. Connie enseña a los niños a montar a caballo en su rancho —se volvió hacia la pareja—. No sabía que estuvierais metidos en el Club de las Mamás.

—Me enteré de él por una mamá —explicó Connie—. Solemos ayudar con el reparto de comida.

—Enseñar a los niños a montar a caballo debe ser divertido — observó Sara—. Cuando trato a algún niño, a menudo echo en falta algo más que ofrecerles, aparte de los ejercicios habituales, los juegos y la natación. Montar a caballo les enseñaría equilibrio y autoconfianza.

—Sara es fisioterapeuta —aclaró Jase ante el gesto confuso de Connie.

—¿Quién dijo que las redes sociales son el único medio para conectar unas personas con otras?

—He traído la furgoneta —anunció Tony—. Podríamos entregar algunas cajas camino de casa.

—¿Dónde están los críos?

—Están con mi hermana —explicó Connie.

—¿Cuántos años tienen? —preguntó Sara.

—Rena tiene nueve y Marie once.

—Ya os habéis adentrado en el peligroso territorio de la adolescencia —les advirtió Sara.

—¡Y que lo digas! Tony es el que peor lo está pasando.

—Ni hablar —su esposo alzó la mano—. No vamos a empezar una discusión en público. Si quieres hablar con Sara de sujetadores y de «eso», yo me voy con Kaitlyn a ver si necesita mi ayuda.

—Lo dice como si no quisiera tener nada que ver, pero no es así —Connie le dio un golpecito amistoso en el brazo a su marido.

—Voy a amontonar estas cajas junto a la puerta —anunció Jase.

—La cabaña de Raintree llevaba tiempo vacía —observó Connie—. Tenía la impresión de que Ethan solo toleraba la presencia de Liam y de Jase en la propiedad.

—Me alojo allí de manera temporal. Hubo un incendio y no tenía adónde ir.

—¡Eres esa Sara Stevens! Lo oí en la radio. Lo siento, debe ser horrible perderlo todo.

—No lo perdí todo. Tengo a mi hija y ella es lo que más importa —Sara señaló a Amy.

—¿Fuiste tú la fisioterapeuta de Jase cuando regresó de África?

—Sí. Así nos conocimos.

—No me extraña que te ofreciera la cabaña. Te debe mucho.

Connie y Tony debían ser buenos amigos de Jase si les había hablado de la terapia.

—Trabajó mucho para recuperarse. No me debe nada.

—Me tengo que marchar —Jase regresó junto a Sara y Connie—, pero puedo entregar algunas cajas de camino, y el resto las podéis juntar para el programa de comidas del verano.

Sara había esperado que se quedara para que, quizás, pudieran empezar a hablar aunque no se tratara del mejor lugar para ello. Sin embargo, los viñedos lo reclamaban.

Los hombres cargaron las cajas en las dos camionetas y Connie y Tony se marcharon.

—Son una pareja muy agradable —le comentó ella a Jase.

—A diferencia de muchos otros matrimonios, el suyo sí parece funcionar. Tony y yo coincidimos a menudo. Me ha sorprendido verlos aquí, aunque quizás no debería, pues Connie está muy implicada en la ayuda a los niños —Jase hizo una pausa y consultó el reloj—. Tengo una reunión y no quiero llegar tarde. Te veré en el viñedo —la mirada de Jase encerraba más de una promesa.

La bodega estaba a la temperatura ideal, casi trece grados, el sábado por la tarde. Apartada del resto del viñedo, reinaba un silencio total. Jase buscó entre los botelleros hasta encontrar lo que quería, un Pinot Noir y un Merlot. Era incapaz de quitarse de la cabeza el encuentro con Sara de aquella mañana. Iba a ser fiel a su palabra. Iban a hablar.

La pesada puerta de madera de la bodega crujió y Jase se sorprendió al ver entrar a su padre.

—Creía que te habías retirado por hoy —a menudo su padre cenaba en su habitación y ya no salía.

—Estaba hablando con Liam sobre la cosecha de este año. ¿Qué tal te fue la reunión?

—Bien. Creo que la empresa de marketing con la que hablé es lo que necesitamos. Van a empezar a construir nuestra marca en las redes sociales, aparte de la publicidad tradicional.

—Construir nuestra marca —bufó Ethan—. Nuestra marca existe desde hace setenta años.

—Sí, pero hoy en día se trabaja de otra manera. Se intenta llegar al mayor número de personas.

—Adelante entonces, si crees que entran dentro de nuestro presupuesto para publicidad.

—¿Qué haces aquí abajo tan tarde? —preguntó Jase.

—Elegir el vino que quiero para la fiesta del fin de semana que viene.

Todos los años, en junio, su padre celebraba una fiesta en honor de los viticultores, vecinos y cualquier contacto que le pareciera de utilidad. Era una fiesta de gala en todos los sentidos.

—¿Una fiesta privada? —Ethan contempló las botellas que llevaba su hijo.

—No —¿qué podía decir?—. Es para una cata privada. Sara nunca ha probado los vinos Raintree.

—Si le dedicas demasiada atención —Ethan frunció el ceño—, no va a querer marcharse.

—¿Atención? —solo vamos a charlar un poco y tomar una copa de vino.

—¿Cómo sabes que no es una cazafortunas?

—No empieces —Jase suspiró.

—Está pasando apuros y quizás esté más que dispuesta a tomar lo que se le ofrezca, incluso tú.

—¿Tan buen partido me crees? —él intentó bromear.

—Cualquier mujer desearía la herencia que tendrás —como de costumbre, Ethan no bromeaba.

—A Sara no le interesa mi herencia —ni siquiera estaba seguro de que le interesara él.

—Sería una estúpida si no fuera así. ¿Cuánto tiempo va a quedarse? ¿Te lo ha confirmado?

—Puede que tenga que quedarse un poco más de lo previsto —admitió Jase tras un momento de duda—. Puede que se retrase el pago del seguro.

—¿Por qué?

—La hipoteca era muy elevada y también tenía una deuda. La compañía de seguros está investigando el incendio.

—Y tú insistes en que no es una cazafortunas —murmuró Ethan.

—Es una madre soltera atrapada en una situación que escapa a su control. Hasta mañana.

Jase no estaba dispuesto a comenzar una discusión sobre Sara. Por experiencia sabía que su padre no cambiaba nunca de parecer. En los últimos dos años había aprendido a mantenerse firme y con Sara no iba a hacer ninguna excepción.

Cuando diez minutos más tarde Jase llamó a la puerta de la cabaña, no sabía qué se encontraría. Amy podría estar acostada, o todavía no. En cualquier caso daba igual. Solo de pensar en esa mujer le dolía el alma. Le recordaba un sueño que se le había escapado.

Sara abrió la puerta, cargada de juguetes, vestida con unos pantalones cortos y un top. Los cabellos estaban recogidos con una pinza en lo alto de la cabeza de la que colgaban varios deliciosos mechones sueltos. Jase deseó tocar esos mechones, tocarla a ella.

—Se me ocurrió que podríamos celebrar una cata —en lugar de tocarla, le ofreció las botellas de vino—. Suponiendo que sea un buen momento…

—Amy está acostada —Sara echó los juguetes en un cubo de plástico—. No tengo copas de vino, solo vasos para el zumo.

—Servirán —Jase abrió la mosquitera y llevó las botellas hasta la mesa de café—. He traído sacacorchos, por si acaso no tenías.

—Menos mal.

Jase la miró a los ojos y volvió a sentir una atracción animal. Tan animal que tuvo que recordarse a sí mismo que había ido allí para charlar.

Tras abrir las dos botellas, sirvió un poco de la primera en dos de los cuatro vasos de zumo.

—¿Hasta qué hora te quedaste en el centro de día?

—Terminamos sobre las tres.

—Estoy muy impresionado con el Club de las Mamás —él le entregó un vaso—. Después de marcharme se me ocurrió una idea para promocionarlas más, para conseguir más voluntarios.

—¿Y qué idea es esa? —los dedos de ambos se rozaron cuando Sara tomó el vaso.

¡Cómo le gustaría besarla!

—Prueba el vino —ordenó con voz ronca.

Ella obedeció. Tomó un pequeño sorbo y lo retuvo en la boca. Jase empezaba a pensar que la cata había sido una muy mala idea.

—Es un poco demasiado seco para mi gusto —observó ella con sinceridad.

—Muy bien. Probemos el otro.

—¿No vas a contarme lo de tu idea?

—Antes quiero que encuentres el vino más adecuado para ti. Debería haber traído un vino dulce.

—¿También tenéis de esos?

—Sí. Hacemos uno de frambuesa que está delicioso con hielo, pero mientras tanto, prueba este.

—Perfecto —Sara sonrió.

—¿Eso significa que tomarías algo más que un sorbo?

—Desde luego —ella tomó otro sorbo y volvió a sonreír—. Podría beberme hasta dos vasos.

—¿Solo dos?

—No suelo beber mucho, de modo que cuando lo hago se me sube a la cabeza

Más le valdría no olvidarlo, pensó Jase, pues si la besaba, la quería totalmente sobria. Despejó su mente de ese pensamiento y volvió a su idea sobre el Club de las Mamás.

—Si se promocionaran más, habría más gente dispuesta a colaborar ¿verdad?

—Tiene sentido. Sé que Kaitlyn intenta difundir su trabajo, pero no es fácil.

—Exactamente. La organización necesita algo más que una página web o folletos repartidos en lugares estratégicos. Por eso había pensado acudir a Cal Hodgekins, del periódico, para que publicase algunos artículos sobre el Club de las Mamás.

—¡Es una idea magnífica! Estoy segura de que estarán dispuestos a publicar algo que hayas escrito. Ganaste un Pulitzer. ¿Qué más podría pedir un periódico?

Las palabras de Sara le recordaron la serie de artículos que había escrito, galardonados con el premio, junto con el reportaje fotográfico. Y también recordó por qué había dejado de escribir y guardado la cámara. El ataque había sido sangriento, brutal y mortal. Él había salvado la vida, pero las imágenes que perduraban en su mente lo atormentarían para siempre.

—¿He dicho algo inconveniente?

—No —Jase la miró a los ojos—. Es que hace mucho que no pienso en fotografiar o escribir.

Sara lo miraba como si quisiera tocarlo, aunque quizás tuviera miedo. A lo mejor el complicado matrimonio le impedía abrirse a los hombres. O le había afectado la falta de respuesta de Jase cuando le había hablado de su marido.

—Si se te ha ocurrido esa idea —sugirió ella—, y si tus instintos de reportero empiezan a despertar, puede que haya llegado el momento de volver a empezar.

Quizás tuviera razón. Quizás ya hubiera pasado tiempo suficiente. ¿Podría decirse lo mismo de su libido, mantenida en el congelador desde que descubriera la infidelidad de Dana?

—Supongo que evitarlo no es una buena estrategia.

—¿Evitarlo o negarlo? —preguntó ella con su habitual franqueza—. Porque yo he hecho ambas cosas y puedo decirte que ninguna funciona. Cuanto más entierras el dolor, más duele.

—Nunca había pensado en ello —admitió Jase—. Enterrar el dolor me pareció buena idea, sobre todo después de terminar la fisioterapia. No sé si podría haber vivido con ello.

—¿Y ahora? —los ojos marrón dorado de Sara lo miraron con dulzura.

—Y ahora no creo que evitarlo o negarlo solucione el problema.

—¿Qué problema quieres solucionar?

—No debería haberme marchado la otra noche como lo hice —Jase tomó la mano de Sara.

—Te conté muchas cosas personales —ella miró la mano y luego al Jase—, y sobre el seguro.

—Cuando era paciente tuyo, te conté lo sucedido con mi prometida.

—Formaba parte de la terapia. Cuando atiendo a alguien, es importante estar atenta a cualquier cosa que me cuente, porque no todo el dolor físico tiene un origen físico.

—Sigo queriendo saber cosas sobre tu matrimonio —admitió él—. Pero sé que te resulta doloroso.

—Es verdad. Pero lo que necesito es soltarlo, no seguir rumiándolo. Aun así, lo sucedido con Conrad influye en mi manera de pensar, en mi disposición hacia los hombres. No me siento preparada para unirme a alguien mientras esté metida en este lío.

—¿Te refieres a la investigación de la compañía de seguros?

—Sí —ella apartó la mano—. Vi la duda reflejada en tu mirada, Jase. Dudas que tendría cualquiera.

—Yo no dudo de ti, Sara.

—Pero te marchaste…

—Estaba evitando. Evitando el dolor, evitando una relación, evitando la controversia. Llevo haciéndolo dos años y se ha convertido en algo instintivo. Supongo que la pregunta sería si estoy dispuesto a formar parte de tu vida creyendo cualquier cosa sobre ti. ¿Comprendes?

—Creo que sí.

Jase deslizó una mano por la nuca de Sara y le acarició la oreja. Ella cerró los ojos un instante, como si disfrutara de su caricia, pero enseguida los abrió y él supo qué debía decir.

—No pienso ni por un segundo que incendiaras tu casa. Esa no eres tú. No es la mujer que me ayudó a recuperarme. No es la mamá que cuida de Amy. Quiero que sepas que creo en ti.

—¡Oh, Jase!

Jase sabía que besarla sería un error, sobre todo por el doloroso pasado de ambos. Pero sentía impulsos que creía muertos, impulsos fuertes que no podían ignorarse. La expresión de los ojos de Sara le indicaba que ella sentía lo mismo. La química, el deseo sexual.

En cuanto sus labios se tocaron, se produjo un estallido de fuegos artificiales. Y el motivo no era otro que el que Sara le estaba devolviendo el beso.

Jase deslizó la lengua sobre la de ella. El sabor a vino resultaba embriagador, pero aún lo era más el sabor que subyacía, un sabor dulce, a mujer. La alarma que sonó en su mente le aconsejó evitarlo, no implicarse en una relación, le recordó que bajo la pasión se escondía el peligro.

Pero Sara olía a fresas y a flores y él le acarició la espalda. Solo podía pensar en desnudarla.

De repente, ella interrumpió el beso y lo apartó de su lado de un empujón en el pecho.

—Amy está ahí al lado —murmuró—, y yo… yo no puedo hacer esto.

¿Exactamente qué era «esto»? ¿Besarse hasta arrancarse la ropa? ¿Practicar sexo sobre el sofá mientras la niña dormía al lado? ¿Iniciar una relación que podría lastimar a ambos?

Como un mantra recitado en un interminable bucle, Jase se recordó: «Es una mamá. No se acuesta por diversión. Se merece a alguien que se comprometa».

Y relacionarse con Sara implicaba relacionarse con Amy. Él no se sentía hecho para ser padre. Jamás trataría a un niño con la indiferencia con la que Ethan lo había tratado a él, pero ¿qué sabía de cuidar a un hijo? ¿Qué sabía él sobre cómo hacer que una relación fuera duradera?

—No estoy achispada —le aseguró ella—, pero me emocioné cuando dijiste que creías en mí.

—No lo dije con este propósito —Jase suponía que se trataba de una excusa tan buena como cualquier otra, pero no le gustó el hecho de que Sara se inventara una excusa.

—Lo sé —susurró ella apartándose de su lado. ¿No se fiaba de ella misma? ¿No se fiaba de él?

—Te dejo el vino —él se puso en pie—. Puede que al final te guste.

—Jase, entiendes por qué te he detenido, ¿verdad? —Entiendo que el sexo puede ser distinto para un hombre que para una mujer —lo entendía, y no lo entendía—, sobre todo cuando hay niños por medio. Pero también creo que deberías admitir tus necesidades y no negarlas.

—Nunca es solo sexo. Para mí no, Jase. ¿Para ti sí lo es?

—A veces sí.

Le había ofrecido la verdad y ella lo miró defraudada. En eso se diferenciaban y, en esos momentos, la diferencia lo empujaba hacia la puerta.

—Gracias por pasarte esta noche, Jase, y por decirme que crees en mí. Significa mucho.

Jase le dedicó una pequeña sonrisa, asintió y se marchó. Quizás evitar era una virtud.

—¿Estás segura? —preguntó Marissa en su oficina.

Era tarde, Sara había visto el coche de su amiga y decidido que podría hacerle un favor.

—¿Segura de qué? —preguntó Jase desde el pasillo.

—Tengo hambre, mami —Amy tiró de la mano de su madre.

—Lo sé, cielo, serán solo dos minutos.

—Mira lo que he encontrado —Jase se acercó a la niña y sacó una moneda de su oreja.

Los ojos de Amy se iluminaron como si hubiese hecho el truco de mágica más grandioso.

—Lo puedes guardar en la hucha. ¿Tienes una hucha?

—Sí, un perrito. La señorita Marissa me lo regaló.

—Bastará. Si tu madre tarda un poco más, puede que encuentre otra moneda —Jase miró de nuevo Sara—. ¿De qué estabais hablando? ¿O no es asunto mío?

—Quiere ayudarme —le explicó Marissa—. Pero no está obligada a hacerlo.

—Simplemente me he ofrecido a recoger a Jordan, nada más —aclaró Sara—. Estaré en la ciudad y tengo que ir a recoger a Amy. No me cuesta nada traerle a Jordan.

—A mí me parece una buena idea —asintió él, aunque Marissa seguía con el ceño fruncido.

—Si accedo, tendrás que dejarme hacer de canguro con Amy si alguna vez lo necesitas. Y si quiero trabajar hasta tarde, puedo llamarte y pedirte que dejes a Jordan en el centro de día.

—Perfecto —cualquier cosa con tal de no sentirse más en deuda.

—Hablando de canguros, las dos vais a necesitar una el sábado por la noche —Jase sonrió.

—La Soirée Raintree —Marissa hizo chasquear los dedos.

—Eso es. Todos los empleados estáis invitados. Pero también me gustaría que fueras tú, Sara.

¿La había invitado Jase porque vivía en los viñedos, o se trataba de una especie de cita?

—Es un evento muy elegante —le explicó Marissa.

—No tengo nada que ponerme —el comentario de su amiga le produjo gran ansiedad.

—Eso tiene fácil solución —contestó la otra mujer—. Luego hablamos.

Sara no estaba segura de qué tendría Marissa en mente, pero sabía que podía confiar en ella.

—Arreglado entonces —Jase pasó la mano por la otra oreja de Amy—. ¡Mira!

—¡Mira, mami! —Amy mostró una moneda en cada mano.

Pero Sara ya estaba nerviosa por el evento del sábado. Ojalá entre los trucos de Jase hubiera uno que le indicara qué hacer con ese hombre.