CAPÍTULO 5

Qui-Gon sabía que no debía abandonar la residencia de Manex sin decir a Obi-Wan o a Mace a dónde iba, pero no lo lamentaba. Más conversaciones significaba más retrasos. Si se hubiera ido acompañado de su padawan, lo habría puesto en una mala posición. Si debía tener conflictos con Mace Windu, no quería implicar a Obi-Wan en ellos.

Y, a decir verdad, sus instintos le decían que debía hacer esto solo. Cuatro Jedi eran cuatro opiniones, más charla y más discusión. No tenía tiempo para eso. Debía moverse con rapidez si quería encontrar a Balog.

Su comunicador emitió una señal. Era la tercera vez en una hora. Sabía que era Obi-Wan. Podía sentir que quería hablar urgentemente con él. Qui-Gon titubeó antes de apagar el comunicador. Le llamaría en cuanto tuviera algo concreto. Esperaba que su padawan lo comprendiera.

La información de Yanci podía ser inútil. No le llevaría mucho tiempo comprobar cuatro clínicas. Mientras tanto, Mace podría ir a la Legislatura Unida y hablar todo lo que quisiera.

Ya había visitado tres clínicas. Oleg no estaba incluido en la lista de pacientes. Claro que podría estar con nombre falso, pero eso era improbable. El tratamiento médico era gratuito en Nuevo Ápsolon, y se guardaban los historiales de todos los ciudadanos que requerían tratamiento. Los historiales eran accesibles mediante un escáner de retina. Cuando Oleg necesitase tratamiento, la clínica necesitaría su historial para poder tratarlo. No había ninguna duda de que correría el riesgo de utilizar su propio nombre.

Qui-Gon se dirigió a la última clínica, situada en las afueras del sector Civilizado. Hasta el momento había sido sencillo determinar si Oleg había sido o no un paciente en las clínicas. Se las había arreglado para sonsacar la información a los empleados, utilizando la amenaza o la persuasión. Las clínicas no tenían mucha seguridad. Esperaba que la última fuera igual de fácil. Si tenía suerte, Balog estaría pronto a su alcance. Sus esperanzas aumentaban a medida que caminaba hacia la entrada.

Fuera había una mujer con aire dubitativo. Qui-Gon se dispuso a abrir la puerta, y entonces notó que era ciega. Se detuvo y observó mientras ella alargaba la mano, buscando el panel de acceso de la puerta.

¿Cuántas veces le había reprochado Tahl que le dejara hacer algo por sí misma? Había aprendido a dejar que ella le sirviera el té, que accediera a un archivo, que le precediera cuando iban al lago.

«No puedo soportar que me adelantes», le decía ella. «Seré ciega, pero sigo teniendo sentido de la dirección».

Hasta el menor recuerdo de Tahl le provocaba dolor. Puede que los pequeños recuerdos fueran los peores. Su larga amistad estaba hecha de miles de pequeños recuerdos como ése. Nadarían en la superficie de su consciencia el resto de su vida. Recordaría cosas de ella que ya había olvidado. Sufriría cada vez que la recordara.

—A su izquierda —dijo Qui-Gon educadamente.

—Gracias —murmuró ella.

La mujer buscó el panel de acceso y pulsó la señal. La puerta se deslizó, abriéndose. Entró y se dirigió hacia el mostrador, que estaba justo delante. Qui-Gon pudo ver entonces que ella empleaba un sensor láser para guiar sus movimientos. Como Jedi, Tahl había decidido recurrir a sus otros sentidos para no depender de semejante tecnología.

La mujer habló un momento con el encargado, que la mandó a un asiento con voz sonora y desabrida. Al ver la expresión altiva y el rostro delgado del encargado, Qui-Gon sintió que tendría problemas. Miró el nombre en la placa identificativa y caminó hacia él.

—Buenos días, Vero. Espero que puedas ayudarme. Mi sobrino Oleg ha desaparecido. Creo que es paciente aquí. Me sería de gran ayuda saber…

Vero le interrumpió de inmediato.

—No se entregará ninguna información médica sin la debida autorización.

—Aprecio su fidelidad a las normas, pero…

—Sin excepciones.

Vero se volvió y ladró el nombre de otro paciente, ignorando a Qui-Gon.

Desde luego, era una situación diferente. En las otras clínicas había encontrado empleados amables que escucharon su historia e intentaron ayudarle. Qui-Gon podía usar la Fuerza en Vero, pero todo el mundo en la clínica estaba escuchando. Les parecería extraño que el grosero Vero cambiase de actitud. Y tampoco pensaba irse sin descubrir lo que necesitaba saber.

De pronto, oyó un estruendo detrás de él. La mujer ciega había tirado su silla, y después la que tenía al lado. Intentó levantarlas, poniéndose en el camino de otro paciente. Empezó una discusión.

—¡Callen! ¡Callen! ¡Esto es una clínica! ¿Qué está haciendo? ¡No toque eso! ¡No se mueva! —Vero rodeó el mostrador, alterado por la conmoción.

La aguda mirada de Qui-Gon vio que la mujer derribaba a propósito un florero.

—¡Cuidado con mis ginkas! —gritó Vero, lanzándose a por las flores.

Supo que lo hacía por él. Le estaba dando un poco de tiempo.

Alargó la mano sobre el mostrador y giró la pantalla de datos para tenerla de frente. Tecleó rápidamente el nombre de Oleg. Para su alivio, el historial apareció ante él. Oleg había dado una dirección cercana a la clínica. Su próxima cita era en dos semanas.

Devolvió la pantalla a su posición original, pasó junto a Vero, que recogía las flores y reñía a la mujer por tirarlas, enderezó una silla y ofreció una mano a la mujer para ayudarla a sentarse. Se inclinó hacia su oído.

—Gracias por su ayuda.

—Usted sabe cuándo ayudar y cuándo no —dijo ella—. Eso es raro.

—Tuve una buena maestra.

Qui-Gon salió con rapidez. La puerta se cerró tras él, aislándolo del griterío. Había memorizado la dirección y recordaba la calle por haberla cruzado camino de la clínica. Se dirigió rápidamente hacia allí.

La dirección era de un pequeño hotel. Preguntó por Oleg y le dijeron que había salido, pero que mirara en el café de la esquina. Así lo hizo, algo sorprendido porque Oleg no fuera más discreto.

El dueño estaba limpiando las mesas del frente y, tras preguntarle, le señaló una mesa del fondo.

A la mesa se sentaba un hombre pequeño y rubio, rodeando con las manos una taza de zumo. Qui-Gon se sentó ante él.

—Ya era hora —dijo Oleg nervioso—. Cada minuto que paso aquí me pone en más peligro.

—He venido lo antes posible —repuso Qui-Gon.

Evidentemente, Oleg esperaba a alguien que no conocía. Eso explicaba por qué no se había molestado en usar un nombre falso. Era evidente que el joven no acostumbraba a tratar con el peligro. Miraba continuamente a todas partes, buscando posibles problemas. Cualquiera que fuera buscándole lo identificaría enseguida.

—Tengo el archivo —dijo Oleg—. No lo tengo encima, pero no está lejos de aquí. Y te prevengo que estoy dispuesto a disparar si intentas cualquier cosa. He subido el precio.

—¿Por qué?

Qui-Gon pensaba seguirle el juego. Supuso que Oleg hablaba de la lista, claro. No quería comprársela. Si aún la tenía, eso significaba que Balog no.

—Tengo que dejar el planeta —repuso Oleg, secándose la frente húmeda con una servilleta—. ¿Crees que esto es fácil? Hay demasiada gente buscándome.

—Igual puedo conseguir más.

—Aclárate ahora. No tengo tiempo que perder. —Su comunicador se encendió, lo escuchó por un momento y respondió con los ojos fijos en Qui-Gon—. Sí, eso es. Aún lo tengo. ¿Acepta mi precio? Bien. Entonces nos veremos allí. ¿No puede ser antes? De acuerdo. —Apagó el comunicador—. Como ves, hay otros que sí pagarán mi precio. Tengo una cita, pero puedes comprármela tú antes. Así que decídete. O ahora o nunca.

—Nunca. El precio es demasiado alto. Lo siento.

Qui-Gon se levantó, y Oleg pareció ponerse todavía más nervioso.

—Mira, no tengo por qué vendérselo a esa persona. No me cae bien. Es un Absoluto, y yo los odio. Me arruinaron la salud. De verdad que prefiero que la lista acabe con un Obrero. Puede que te parezca un traidor, pero sólo intento cuidar de mí mismo. Igual podemos llegar a un acuerdo.

—Lo siento —volvió a decir Qui-Gon, volviéndose y saliendo del café.

Se situó fuera de la vista de Oleg, pero sin dejar de verlo mediante su reflejo en el escaparate del café. ¿Sería Balog el postor que había llamado? Tenía el presentimiento de que sí. Oleg había empezado a sudar. Y había dicho que no quería que la lista cayera en manos Absolutas.

Estaba muy cerca. Lo sentía. Toda su concentración estaba centrada en el hombrecito nervioso del café. La ira y la pena se habían comprimido en su interior hasta formar una ardiente bola que amenazaba con estallar en llamas, y se esforzó por apaciguarla. Paciencia, se regañó. Tendría a Balog muy pronto.