Capítulo 6

La torre de los alquimistas

Al ver que era demasiado tarde para intentar la huida, Martín apretó los puños y dio un paso hacia el intruso, cuyo rostro aparecía semioculto en la penumbra.

Entonces lo reconoció.

—¡Leo! —dijo en voz muy baja, sintiendo que el corazón se le desbocaba—. ¿Eres tú?

Jacob se estremeció al oír aquel nombre. Escudriñando la oscuridad por encima del hombro de Martín, también él identificó la silueta inconfundible del androide.

Mientras tanto, Leo se había puesto en pie con aquella majestuosa lentitud que solía caracterizar todos sus movimientos. Martín no lo recordaba tan alto; su cabeza casi rozaba la cúpula transparente del planeador. En aquel momento, su rostro no dejaba traslucir ninguna emoción, pero los chicos lo conocían lo suficiente como para notar el tinte intensamente ceniciento que cubría sus mejillas, como siempre que estaba preocupado.

—Estáis locos —musitó—. Me sorprende que no os hayan matado todavía… Os creía más sensatos. ¿En qué estabais pensando cuando os metisteis en esta ratonera?

Martín y Jacob lo miraban aturdidos.

—No sabíamos que tú… ¿Qué haces aquí? —tartamudeó Jacob.

Las cejas del androide se contrajeron levemente antes de contestar.

—Esto es Endymion, chico —dijo con voz neutra—. Una ciudad enteramente controlada por Dédalo; o lo que queda de ella… En todo caso, no debería extrañaros tanto encontrarme en una base de la Corporación. Yo también pertenezco a Dédalo, ¿recordáis?

Martín se pasó una mano por la frente. Le costaba trabajo pensar en Leo como lo que era en realidad: una máquina al servicio de Hiden y de su todopoderosa compañía. Él nunca podría verlo así, después del modo en que se había arriesgado para ayudarlos a huir del Jardín del Edén…

—¿Está Hiden contigo? —preguntó Jacob, mirando hacia atrás con aprensión.

Leo lanzó una cristalina carcajada.

—¿Hiden en la Luna? ¡Hiden detesta la Luna! —exclamó—. No pondría los pies aquí por nada del mundo… O por casi nada. Quizá, de haber sabido que vosotros ibais a visitarnos, habría hecho una excepción.

Martín se dio cuenta entonces de que el ulular de las sirenas había cesado.

—¿Ya no nos persiguen? —preguntó. Leo se acercó a ellos y se quedó mirándolos fijamente. Luego alzó muy despacio una mano y revolvió el pelo de Jacob. Después, hizo lo mismo con los oscuros cabellos de Martín. Daba la impresión de que se sentía torpe, como si no encontrase el modo de expresar sus sentimientos.

—No os preocupéis por las sirenas —dijo—. Ya me he ocupado de eso. El hospital detectó la presencia de un antiguo paciente y alertó al ordenador central de vigilancia; pero ya está solucionado. Lo importante ahora es otra cosa… Estaos quietos y no digáis ni una palabra. Completamente quietos, ¿entendido?

Antes de que los chicos tuviesen tiempo de cuestionar su orden, Leo sacó de entre sus ropas una caja negra y la deslizó sobre Martín, siguiendo el contorno de su brazo izquierdo. Luego hizo lo mismo con el brazo derecho y con el pecho. Después, con un movimiento ascendente, inspeccionó el cuello y la cabeza, deteniéndose en ambas sienes y en la nuca. La caja emitía ahora un tenue resplandor azul, y de su interior brotaba un zumbido apenas audible.

—¿Qué diablos…? —empezó a preguntar el muchacho.

Un gesto imperioso del androide le hizo interrumpir su pregunta. Con movimientos precisos y cuidadosos, Leo repitió la operación que acababa de realizar deslizando la extraña caja oscura sobre el cuerpo de Jacob. La misma luz azul volvió a aparecer en el momento en que el objeto rozó la sien izquierda del muchacho.

—Lo que suponía —dijo finalmente, sacando una tarjeta ovalada de un bolsillo e insertándola en la caja—. Los dos habéis caído. Os han atrapado un par de cazadores troyanos.

Jacob y Martín le miraron con expresión interrogante.

—Son los vigilantes de este sitio, robots en miniatura —explicó Leo con voz apagada—; tan diminutos que el ojo humano es incapaz de percibirlos… Hay miles de ellos sueltos por Endymion, y, con el jaleo que habéis armado, no me extrafia que os hayan localizado. Esta caja es un escáner… ha detectado un troyano dentro de cada uno de vosotros.

Martín sintió una oleada de pánico en su interior, una marea de angustia que avanzaba rápidamente, amenazando con asfixiarlo. Tenía que detenerla… Haciendo un gran esfuerzo, el muchacho concentró su pensamiento en la imagen del Bosque de Yama, tal y como solía aparecérsele en sueños. Poco a poco, notó que el miedo empezaba a remitir. Parecía que la imagen serena del bosque actuase como un blindaje, repeliendo su insidioso avance.

—¿Esos troyanos… son mortales? —oyó que preguntaba la voz temblorosa de Jacob.

—Si no se extraen a tiempo, sí —contestó Leo—. Pero tengo razones para pensar que aún estamos a tiempo de sacarlos. Ahora mismo, están intentando localizar vuestra rueda neural —añadió, concentrando su atención en la micropantalla de su escáner—. Pero algo debe de estar confundiendo sus sensores. Parece que han detectado algún tipo de señal, pero son incapaces de localizar el implante que la emite.

Alzó los ojos del escáner y miró a los chicos con extrañeza.

—¿Vosotros sabéis algo de eso? —preguntó—. No os habrán instalado una rueda neural últimamente…

—¡Claro que no! —dijo Martín—. Ya sabes que eso es imposible…

Leo suspiró de una forma muy humana.

—Tanto mejor, entonces. Eso nos da algo más de tiempo, aunque no demasiado. Cuando los troyanos se convenzan de que no tenéis rueda neural, circularán por el torrente sanguíneo hasta el corazón; y, una vez allí, harán explotar su diminuta carga…

Los chicos lo miraron horrorizados.

—Tranquilizaos, ya os digo que tenemos tiempo. Hace unos meses, tres agentes de Uriel lograron introducirse en la colonia. Llevaban ruedas neurales ocultas, de esas que ha empezado a fabricar últimamente la corporación Kokoro. Los cazadores tardaron más de dos horas en localizar los implantes e invadir sus sistemas. Y estaban diseñados para no prolongar la búsqueda por encima de las dos horas y media. De hecho, uno de ellos no localizó el implante de su víctima y terminó explotando. El hombre murió, naturalmente. Hiden se puso furioso, porque ese hombre podría haberle sido de gran utilidad. Según él, aquello fue un despilfarro imperdonable… Ya sabéis cómo es. El caso es que desterró a la mitad de los ingenieros neurales de Endymion, enviándolos a su ciudad siberiana, Chernograd. Y a los que quedaron les ordenó que reconstruyeran completamente el sistema de búsqueda de los troyanos. Así que no os asustéis… Esos engendros tardarán mucho en darse por vencidos. Por lo que sé de vosotros, vuestro cerebro es mucho más complicado que los trastos fabricados por Kokoro, así que yo calculo que aún disponemos de tres o cuatro horas antes de que ocurra lo peor.

Mientras hablaba, Leo introdujo manualmente una orden en el panel de mandos del planeador, que comenzó a deslizarse en silencio por las calles de Endymion.

—¿Qué pasó con los otros espías de Uriel? —preguntó Jacob.

—Que ahora son espías de Dédalo —respondió Leo sonriendo con sarcasmo—. Los cazadores troyanos se apoderan de todos los sistemas del implante neural del huésped, y a partir de ese momento lo controlan completamente: graban todo lo que ve y oye el individuo, o le inducen una amnesia selectiva… Incluso, si están bien programados, se cree que podrían llegar a obligar al cerebro invadido a ejecutar las órdenes que el cazador le trasmitiera. Aunque, por fortuna, esas aplicaciones todavía no están del todo operativas.

—¡Madre mía! —exclamó Martín, estremeciéndose—. Ahora entiendo por qué no hay ningún humano vigilando las instalaciones…

—Algún día os daréis cuenta de que los humanos no sois tan necesarios —repuso Leo con un deje de ironía en la voz—. Ya sabéis lo que dice Hiden: «Una nueva era se aproxima»…

—¿A qué se refiere? —preguntó Martín—. A nosotros, por supuesto —contestó Leo con los ojos fijos en el panel de mandos del planeador—. A las máquinas… No sé por qué, esa idea le fascina. Supongo que se imagina que, cuando se produzca la siguiente revolución tecnológica, él será el único humano capaz de controlarnos. Es típico de Hiden creerse imprescindible; está seguro de que, de un modo u otro, pasará a la Historia.

—¡Pero si ya ha hecho Historia! —observó Martín—. Ha aumentado el poder de su compañía hasta extremos que dan miedo, ha comprado la Luna… controla varias federaciones transnacionales… ¿Qué más quiere?

El planeador se deslizaba ahora por un laberinto de ruinas cubiertas de escarcha. Parecía que, en aquella parte de la ciudad, los sistemas de regulación térmica no funcionaban del todo bien. Leo se quedó mirando las desoladas hileras de módulos helados, con sus puertas y ventanas rotas.

—¿Qué quiere Hiden? —repitió con una voz extrañamente metálica—. Quiere el futuro, supongo. No puede aceptar la idea de que su influencia tenga que tener una fecha de caducidad. No puede aceptar la muerte… Quiere asegurarse de que seguirá marcando las vidas y los destinos de los hombres mucho después de que él haya desaparecido.

—Pero ¿para qué? —preguntó Jacob sin comprender—. ¿Quiere dejar un buen recuerdo?

—Quiere dejar huella, sí. Quiere que todos sepan lo excepcional que es. Pero no sabe cómo hacerlo… Por eso pasa de un proyecto a otro continuamente, probando diferentes cosas. Un gasto inútil de energía, en mi opinión. Pero la vanidad es muy poco rentable energéticamente, y siempre sale cara.

Jacob sonrió con desprecio.

—Si lo que quería era pasar a la historia como un héroe, desperdició una buena oportunidad —dijo con la vista clavada en las ruinas que se deslizaban a su alrededor—. Pudo salvar Endymion… Miles de personas le estarían hoy agradecidas, la Luna seguiría habitada… Pero no lo hizo. ¿Por qué no lo hizo?

Leo tardó unos segundos en responder.

—Supongo que en aquel momento tendría otras prioridades —contestó finalmente—. Entonces solo quería poder y dinero; ahora quiere más… Quiere reconocimiento. Y eso es, precisamente, lo que le vuelve tan peligroso. Porque lo que quiere ahora no puede comprarse… Hay que conquistarlo por otros medios. Y a Hiden no le importa cuáles sean esos medios, con tal de conseguir sus objetivos.

—Pero ¿qué puede hacer? —preguntó Martín—. No puede obligar a la gente a que reconozca sus méritos a punta de pistola…

—No, pero puede hacer muchas otras cosas: puede adjudicarse los méritos de otros. Puede engañar, mentir, confundir a la gente con sobornos y promesas, sembrar por todas partes el desconcierto y la discordia… Son muchas las cosas que puede hacer, creedme; aunque no tengo ni idea de cuáles son sus planes precisos. Lo único que sé es que el Hiden de la época de Endymion era mucho menos peligroso que el de ahora.

El planeador siguió rodando en silencio un buen trecho. Luego, bruscamente, se detuvo, y unos segundos después su techo transparente se abrió.

—Ahora tendremos que caminar un rato —anuncio Leo—. Es más seguro.

Jacob y Martín saltaron del planeador y comenzaron a ascender junto al androide por una calle en pendiente. A ambos lados de la calle, había altos edificios de plástico con las paredes cubiertas de grafitis y pintadas.

—Esta es la zona donde se atrincheraron los últimos residentes de la colonia —explicó Leo—. Tuvieron que sacarlos a la fuerza… Tardaron casi un mes en cogerlos a todos. Debió de ser muy duro sobrevivir aquí todo ese tiempo.

Al final de la pendiente, se encontraron en una plaza iluminada por globos de luz azul y roja que flotaban en el aire artificial de la colonia. Los edificios que la rodeaban estaban cubiertos de espejos, y parecían bien conservados.

—Al otro lado de la plaza hay una cinta peatonal que todavía se mantiene en funcionamiento —dijo Leo—. Nos conducirá hasta los invernaderos orientales… Allí nos pondremos los trajes. Espero que encontremos un par de ellos de vuestra talla.

—¿Vamos a salir a la superficie? —preguntaron los dos chicos al unísono.

—Me temo que no hay más remedio. La única persona que puede ayudarnos con los troyanos está ahí fuera… Se va a sorprender mucho cuando os vea.

La cinta peatonal parecía una interminable alfombra granate moteada de hielo. Leo y los chicos comprobaron en seguida que avanzaba a gran velocidad; tanta, que era preciso aferrarse con fuerza a los pasamanos de goma para no caerse. El mecanismo deslizante emitía un continuo chirrido que se oía con claridad por encima del rumor más profundo de los generadores eléctricos cercanos.

—¿Cómo supiste que estábamos en Endymion? —preguntó Jacob volviéndose a mirar a Leo, que permanecía inmóvil detrás de él—. ¿Fue por la alarma del hospital?

—Antes de lo del hospital, yo ya sabía que estabais en Endymion —fue la lacónica respuesta del androide.

También Martín se volvió entonces a mirarlo. El rostro de Leo permanecía impasible, aunque en sus ojos había un destello de malicia.

—¿Cómo podías saberlo? —preguntó Martín—. ¿Había cámaras en las calles? ¿Nos estabais vigilando?

—¿Es que crees que yo me dedico a vigilar Endymion en nombre de Hiden? —preguntó Leo burlonamente—. Eso es para robots de tercera, no para un androide de última generación.

—Pero, entonces…

—Casandra me avisó —aclaró Leo, poniéndose repentinamente serio—. No sé cómo, detectó mi presencia en las proximidades de la colonia y me dejó un dramático mensaje en mi correo interno rogándome que os ayudara.

Jacob y Martín se miraron confundidos.

—¿Casandra hizo eso? —murmuró Martín—. ¿Cómo diablos te localizó?

—¡No tengo ni la menor idea! Creí que vosotros lo sabríais… ¿Cómo se las habrá arreglado para burlar los blindajes informáticos de Endymion? Todas las comunicaciones de la colonia están intervenidas y son filtradas por los ordenadores de la policía local. Yo mismo ayudé a crear el programa de control… El caso es que, en teoría, resulta imposible enviar un mensaje no autorizado a Endymion sin que te terminen rodeando veinte agentes especiales de Dédalo.

Jacob palideció.

—¿Eso significa que Black Edén está en peligro? —preguntó en voz baja.

—En absoluto, ya lo he comprobado —afirmó Leo en tono tranquilizador—. Los ordenadores policiales no han detectado ningún mensaje ilegal en las últimas veinticuatro horas… Todo un misterio, ¿verdad? Yo sabía que Selene era vuestra experta en informática; pero parece que además tenéis vuestra propia ingeniera de telecomunicaciones. Eso no me lo habíais contado…

Los tres continuaban avanzando sobre la deteriorada cinta peatonal. Los chicos se miraron con expresión perpleja.

—No lo sabíamos, Leo —explicó Martín—. Todos nosotros hemos demostrado que poseemos algunas capacidades poco corrientes, pero Casandra… Bueno, ni ella misma tiene muy claro qué es lo que puede hacer. O al menos, no lo tenía muy claro hasta hoy…

Inmóvil sobre el planeador, Leo fijó la vista en Martín. Un brillo azulado emanaba de sus largos cabellos blancos.

—Sois muy extraños, chicos —murmuró en voz apenas audible—. Muy extraños… No me sorprende que Hiden esté tan interesado en vosotros. Y más ahora, que conoce vuestro origen.

Un estremecimiento helado recorrió la espalda de Martín.

—¿Cómo que lo sabe? —balbuceó—. Es imposible…

La cinta avanzaba ahora con mayor lentitud, y los pasamanos de goma estaban completamente recubiertos de hielo. Leo sacudió la cabeza con un gesto de cansancio.

—El mundo está lleno de traidores —afirmó con una entonación extrañamente opaca—. Quiero decir, vuestro mundo, el de los humanos… La inclinación hacia la traición es, en teoría, muy sencilla de programar en una Inteligencia Artificial. Pero a mí no me la implantaron, por supuesto… A Dédalo no le convenía dotarme de esa función. Así que esa es una de las capacidades humanas que no puedo imitar.

—Estás exagerando, Leo —dijo Jacob con enfado—. Al fin y al cabo, tú traicionaste a Hiden cuando nos ayudaste a escapar de la isla, ¿es que no te acuerdas?

Leo se rascó la cabeza. Parecía triste.

—Eso no fue traición —murmuró—. Fue una decisión acertada que os salvó la vida sin poner en peligro a Hiden. Creedme, yo nunca he querido traicionar a mi creador. No puedo hacerlo, no estoy programado para eso. Pero a veces, mis prioridades no coinciden con las suyas, y entonces surgen los conflictos. Eso fue lo que ocurrió en vuestro caso.

—O sea, que no era nada personal —resumió Martín, mirando al androide de reojo.

Leo captó la ironía de su voz.

—Bueno, puede que el factor de la antipatía personal haya determinado en cierta medida mi conducta —admitió de mala gana—. Pero esa no es la cuestión ahora…

—Es cierto —observó Jacob impaciente—. La cuestión es saber quién nos ha traicionado. ¿Ha sido Jade?

—¿Esa hermosa joven de la cicatriz? No, no ha sido ella. ¿Es que ella sabe que venís del futuro?

Jacob negó con la cabeza.

—Creo que no. En realidad, hay muy poca gente que lo sepa. A no ser que…

Miró a Martín, que adivinó al instante lo que estaba pensando.

—¡Aedh! —exclamaron los dos a coro.

Leo hizo un gesto afirmativo.

—Aedh, ese era el nombre —dijo—. Parece que ese chico está empeñado en que Dédalo os coja…

—Pero él no sabe que estamos aquí —dijo Martín, pensativo—. No tiene ni idea de adonde vamos… Así que, por ese lado, podemos estar tranquilos.

—Si te refieres a lo de Marte, yo, en vuestro lugar, no estaría nada tranquilo —observó Leo sonriendo levemente—. Hiden lo sabe, y piensa tomar cartas en el asunto. El mismo va a elegir personalmente a los agentes que se encargarán de vuestra búsqueda.

La cinta peatonal se detuvo bruscamente en medio de un túnel. La oscuridad allí era casi completa. La única iluminación existente procedía de unos diminutos globos llenos de gas azulado que flotaban a gran altura sobre ellos. Al final de la cinta comenzaba un largo tramo de escaleras cuyo final no se veía.

—Ya estamos cerca —dijo Leo—. Solo tenemos que caminar hasta el final del túnel. Si no veis bien, seguidme.

El resplandor azulado que rodeaba al androide se intensificó, iluminando las paredes del túnel como una linterna. Los chicos comenzaron a caminar detrás de aquel halo luminoso. Casi tenían que correr para no perder su pista.

—Sabe que vamos a Marte… —repitió Martín en voz lo suficientemente alta como para que Leo pudiera oírlo—. Eso significa que nos vigila… ¿Por eso estás tú aquí? ¡Claro, eso lo explica todo! Era demasiada casualidad…

El halo luminoso se detuvo bruscamente. Martín no pudo frenarse a tiempo y chocó contra la armazón dura y seca del androide.

—No seas tonto, Martín. ¿De verdad crees que Hiden me enviaría a mí para vigilaros, después de lo que pasó en la isla? —preguntó Leo con amargura—. Créeme, eso es lo último que se le habría pasado por la cabeza. A él le tiene sin cuidado lo que hagáis hasta llegar a Marte. Es allí donde piensa cogeros. Lleva meses reuniendo un ejército para afianzar su poder en el Planeta Rojo y sabe que en Marte puede hacer lo que le dé la gana sin preocuparse de las leyes transfederales.

Sin esperar respuesta, el androide reanudó la marcha. Su halo azulado fue alejándose rápidamente en las tinieblas del túnel. Tras un momento de indecisión, Jacob y Martín echaron a correr para alcanzarle.

—Pero entonces, ¿tú qué haces aquí? —preguntó Jacob jadeando aún por la carrera—. ¿No tiene nada que ver con nosotros?

—Con vosotros directamente, no. Con Marte sí… Hiden está preocupado por los avances tecnológicos que, según se rumorea, está obteniendo últimamente la corporación Uriel. Parece que es un nuevo tipo de central energética totalmente limpia y sumamente rentable… Hiden está sobre ascuas. Él lleva años intentando algo parecido a través de la fusión nuclear. Pero, si Uriel se le adelanta, todos sus esfuerzos habrán sido inútiles… Por eso me ha enviado aquí. Se supone que yo soy su experto en Física Nuclear; me programaron para eso. Pensaron que sería más fácil dominarme a mí que a un científico humano…

—Es cierto —murmuró Martín—. Alejandra averiguó mientras estábamos en el Jardín que Hiden había convertido la Luna en una especie de laboratorio nuclear… Centrales de fusión que resulten rentables, ¿no era eso lo que estaba intentando?

—Así es —confirmó Leo.

—¿Y lo ha conseguido? —insistió Martín.

—Oficialmente, sí —contestó el androide después de un instante.

A los dos muchachos no les pasó desapercibido el tono evasivo de la respuesta.

—¿Oficialmente sí? —preguntó Jacob—. ¿Eso quiere decir que, extraoficialmente, no lo ha conseguido?

El halo azulado que rodeaba al androide vibró levemente en la oscuridad.

—Extraoficialmente, las cosas son más complicadas —murmuró—. Hiden ha tenido problemas con algunos aspectos técnicos de las centrales de fusión, y es impaciente por naturaleza. Los rumores sobre la energía de Uriel le han puesto nervioso… Así que ha puesto en marcha su plan B. Y su plan B no me incluye a mí; es de una gran simplicidad tecnológica.

Habían llegado a una región del túnel que describía una cerrada curva. A partir de allí, la estructura aparecía iluminada por grandes lámparas flotantes que emitían un resplandor amarillento. Solo entonces, los muchachos se dieron cuenta de que las paredes y el techo del túnel eran de basalto toscamente tallado por una antigua máquina perforadora.

—No entiendo —dijo Martín—. ¿Por qué esa tecnología de fusión tan sencilla es el plan B de Hiden? ¿Por qué no es su plan A? Sería lo más lógico…

—Porque, en realidad, no se trata de una tecnología de fusión, Martín. Es fisión, la fisión nuclear de toda la vida. Y ya sabéis lo que eso significa. Residuos radiactivos; toneladas de residuos…

—¡Pero eso es un disparate! —le interrumpió Jacob—. Así no conseguirá engañar a nadie…

—Sí, si logra ocultar convenientemente los residuos. ¿No os dais cuenta? Para eso quiere Hiden la Luna, ¡para convertirla en un gigantesco cementerio nuclear! El piensa que nadie tiene por qué enterarse… Con tal de que Dédalo sea capaz de enviar ingentes cantidades de energía a la Tierra a bajo precio, ¿qué importa cómo lo haga? La Luna es suya, puede hacer con ella lo que quiera.

—La Luna no es suya —replicó Jacob con firmeza—. Eso no lo aceptaré nunca… La Luna es nuestra, de los que vivíamos aquí. No quedamos muchos, es verdad; tal vez yo sea el único… Pero me da igual. No dejaré que Hiden convierta en un basurero nuclear este lugar. Después de todo, es el único hogar que he conocido.

De pronto, Martín vio frente a él una abertura intensamente luminosa. Era el final del túnel. Leo seguía avanzando, como si no hubiese oído las últimas palabras de Jacob. Pero Martín no quería dar todavía aquella conversación por zanjada.

—Oye, Leo, todo esto no me cuadra —dijo abruptamente—. Primero dices que estás aquí para ayudar a Hiden en sus planes energéticos contra Uriel y luego reconoces que, en realidad, para eso Hiden no te necesita… Si eso es así, ¿para qué te ha hecho venir? ¿Para disimular?

Leo se detuvo. De pronto, su espalda se encorvó brutalmente, hasta hacerle parecer casi un jorobado. «Las reacciones de su estructura corporal a las emociones son aún más pronunciadas que las de los humanos», pensó Martín. Nunca antes había visto a Leo tan abatido.

Sin embargo, cuando habló, su voz sonó neutra y despreocupada.

—Hiden intenta disimular, sí —dijo—. O, mejor dicho, intenta engañarme. Quiere hacerme creer que me necesita en la Luna, pero no me ha enviado aquí por eso. En realidad, la unidad de robótica de la Corporación se encuentra aquí. Son ellos los que han desarrollado esos troyanos que tenéis dentro…

—¿Y quiere que colabores con ellos? —preguntó Jacob—. Es una forma de decirlo, sí —repuso Leo serenamente—. Quiere reprogramarme. Hay algunos aspectos de mi funcionamiento que no le gustan.

Habían llegado al final del túnel. La luz exterior, despiadada y fría, acentuaba de un modo brutal las arrugas móviles del rostro del androide. Se encontraban en un desvencijado invernadero sin plantas, lleno de anticuados utensilios de jardinería. En un armario metálico hallaron los trajes de superficie de los que Leo les había hablado. Mientras se los ponían, Martín y Jacob ni siquiera se atrevieron a mirarse. No querían que Leo notase lo conmocionados que estaban después de oír sus últimas palabras.

—Es por lo nuestro, ¿verdad? —se atrevió a preguntar finalmente Martín—. Por habernos ayudado a escapar del Jardín…

—No es solo por eso —contestó Leo en un tono que intentaba parecer indiferente—. Lo habrían hecho de todas formas… Para Hiden soy solo una máquina, y está experimentando conmigo.

—¡Pero eso es horrible! —exclamó Jacob—. ¿Qué pasará con tus sentimientos, con tu memoria…? Es posible que sufras…

—Es posible —admitió el androide—. Tal vez olvide todo lo que soy, lo que he sentido… Pero quizá no. Hiden siempre me ha subestimado. No se da cuenta de que mi voluntad es tan fuerte como la suya, o quizá más… Si Leo sigue siendo Leo después de la reprogramación, eso significará que los androides podemos resucitar. O, lo que es lo mismo: demostraré que tengo un alma. Y eso es algo que ningún humano ha podido demostrar todavía… ¡Reconoceréis que es un experimento interesante!

Con un gesto impulsivo y cariñoso, pasó un brazo sobre los hombros de Martín y el otro sobre los de Jacob.

—¿Estáis cómodos? Son de vuestra talla, ¿no es cierto? Ajustaos las botellas de oxígeno y las boquillas de respiración. Vamos a salir.

Después de atravesar la cámara de adaptación, Leo accionó el mecanismo de una vieja puerta metálica que daba acceso al exterior. A pesar del aislamiento de los trajes, Martín sintió que el frío le calaba hasta los huesos. El oxígeno puro de la botella le producía una agradable sensación de ebriedad. Estaba pisando el suelo de la Luna… Fijó la vista en sus rocas cenicientas, que reflejaban la luz extrañamente fría del sol. El traje era tan voluminoso que caminaba con torpeza, intentando ajustar sus movimientos a aquella pesada envoltura. A su lado, Jacob no parecía desenvolverse mucho mejor que él, y a cada paso rebotaba con violencia en las rocas antes de salir despedido nuevamente a metro y medio del suelo.

—Bueno, ahí la tenéis —anunció Leo—. ¿Decidme, qué os parece?

Martín alzo la vista del suelo y miró en la dirección indicada por el androide. Solo entonces vio el inquietante edificio que se erguía ante ellos, a escasos metros de la salida del invernadero. Se trataba de una torre de apariencia medieval, pero tan alta que superaba con creces a cualquier construcción similar existente en la Tierra. Estaba hecha de toscos ladrillos de basalto, brillantes y negros, y presentaba una ligera inclinación hacia el norte. A Martín le parecía el tronco quemado de un árbol gigantesco. Las almenas de la cima se recortaban en el crudo resplandor solar como muñones de ramas recién podadas.

—Dios santo, ¿qué es eso? —preguntó—. Parece salido de una pesadilla…

—Yo la llamo la Torre de los Alquimistas —contestó Leo.

—Es la cárcel de Endymion, ¿nunca has oído hablar de ella? La construyeron a finales de 2110, cuando empezaron los disturbios —explicó Jacob.

—¡Qué siniestro! —murmuró Martín sin poder apartar la vista de la torre.

—Sí, Hiden siempre ha tenido un extraño gusto por lo teatral —afirmó Leo.

—¿Todavía hay prisioneros aquí? —preguntó Jacob.

—En realidad solo queda uno —respondió el androide mientras introducía una serie de códigos en el panel de entrada de la puerta—. También a él le he puesto un nombre literario… El Hombre de la Máscara de Hierro. ¿Os suena?

—Es una vieja leyenda ¿no? —dijo Martín, tratando de hacer memoria—. Se supone que Luis XIV tenía un hermano gemelo que se pasó toda la vida encarcelado y con una máscara de hierro sobre la cara, para que nadie descubriera su parecido con el rey…

—Una gran mentira —confirmó Leo—. En realidad, ese hermano nunca existió. Pero la idea de dos hombres con la misma apariencia, uno libre y el otro prisionero, resulta muy apropiada en este caso. En seguida lo entenderéis… Eso sí, antes de que conozcáis al Hombre de la máscara de hierro en persona, debo haceros una advertencia: No digáis nada que pueda alterarle, es muy sensible. Ha sufrido mucho, y vive constantemente atemorizado, pensando que en cualquier momento puede aparecer Hiden… No le digáis quiénes sois, eso le asustaría. Dejadme hablar a mí; ya me inventaré algo.

Una vez introducidos los códigos de seguridad en el dispositivo de control, Leo presionó una de sus huellas digitales sintéticas contra el identificador y la puerta de la torre se abrió instantáneamente. Al otro lado solo había un ascensor, que comenzó a subir en cuanto Leo y sus acompañantes estuvieron dentro. El ascensor era a la vez una cámara de adaptación térmica y atmosférica.

—Podéis ir quitándoos los trajes y los cascos —dijo Leo—. Allá arriba no los vais a necesitar.

Los chicos se sintieron aliviados al desembarazarse de aquellas vestimentas, que resultaban pesadas incluso en las condiciones de baja gravedad de la Luna. Por el tiempo que duró el ascenso, Martín calculó que se dirigían hasta el último piso de la torre. Una vez arriba, el pequeño habitáculo volvió a abrirse, y sus tres ocupantes salieron a una amplia sala redonda y oscura, a pesar de las doce ventanas en forma de ranuras que filtraban la luz exterior.

Martín y Jacob echaron una ojeada al recinto, sorprendidos. Aquello no parecía una cárcel, sino una especie de taller mecánico ultrasofisticado, como los que habían visto en los reportajes acerca de las grandes escuderías automovilísticas y ferroviarias. Tanto en el suelo como en las mesas había una gran variedad de máquinas, y cientos de ordenadores desmontados se apilaban en los rincones. Sin embargo, bajo aquel aparente desorden, Martín creyó percibir una armonía de fondo que relacionaba todos aquellos objetos entre sí, orientándolos hacia una misma finalidad.

De pronto, una figura encorvada emergió trabajosamente de entre las sombras. Se trataba de un hombre viejísimo, con el rostro devastado por la edad y las radiaciones.

—¿Eres tú Leo? —preguntó—. No te esperaba hasta mañana. La revisión de tus…

El anciano se interrumpió al ver a los dos acompañantes del androide. Sus ojos centellearon con una extraña mezcla de aprensión y curiosidad.

—¿Qué es esto? —murmuró con voz ronca—. ¿Otra broma de Hiden?

Leo se adelantó a saludar al desconocido. La forma en que le palmeó la espalda le pareció a Martín inapropiadamente íntima y afectuosa. También notó que el androide susurraba un par de frases tranquilizadoras al oído del prisionero antes de volverse nuevamente hacia ellos.

—Chicos, tenéis la suerte de encontraros ante uno de los cerebros más brillantes de nuestra época —anunció en un tono casi ceremonial—. Os presento a Néstor Moebius, el inventor de la rueda neural… Y también mi creador, o al menos uno de ellos —añadió mirando significativamente a Martín.

Los chicos se quedaron observando al anciano como si se tratase de una aparición. Era cierto, ¿cómo no se habían dado cuenta antes? Aquella máscara decrépita y completamente surcada de arrugas estaba animada por las mismas facciones que habían servido de modelo para confeccionar el rostro de Leo. La similitud, unos años antes, debía de haber sido absoluta. Pero el sufrimiento moral y físico experimentado por el científico desde entonces le había hecho envejecer tan deprisa que ya nadie habría podido confundirlo con su réplica rebotica.

Martín trató de controlar la expresión de sus ojos para no asustar al anciano con su propio nerviosismo. Pero tuvo que hacer un gran esfuerzo para dominar su excitación. ¡Aquel hombre era Néstor Moebius, el colaborador científico de su padre, supuestamente su compañero en la prisión orbital de Caershid! Él debía de saber; debía de saber tantas cosas… Miles de preguntas acudieron al cerebro del muchacho, pero su instinto le dijo que aún era demasiado pronto para formularlas. Antes, tenía que ganarse la confianza del anciano… Y, por el gesto ansioso y preocupado de Leo, comprendió que no le iba a resultar nada fácil.

—Los chicos no tienen nada que ver con Hiden, Néstor —explicó con voz cálida y persuasiva el androide—. Son los sobrinos de Emma, la de Black Edén… No sé cómo, lograron colarse en Endymion, y les han alcanzado un par de cazadores troyanos.

Néstor frunció los labios. En su fatigado semblante apareció una expresión de contrariedad.

—¿Y por qué no están con la policía? —preguntó—. Ellos se ocuparán…

—Néstor, no tienen implante neurológico. Si no les sacamos esas cosas de dentro, en pocas horas morirán… ¡No son más que unos críos! Tienes que ayudarles…

—Lo siento mucho por ellos, de verdad; pero ese es un problema de la policía. El gobernador sabrá lo que debe hacerse.

—¿Edgar? ¿Esa especie de mascota de Hiden? —exclamó Leo con desprecio—. ¡Por Dios, Néstor! Son los sobrinos de Emma… ¿Sabes lo que haría con ellos ese loco vengativo?

Néstor apartó la vista de los dos muchachos y guardó un terco silencio.

—Vamos, hombre —insistió Leo—, no ha sido más que una travesura. La seguridad de la colonia no ha peligrado en ningún momento… ¡Míralos! Hasta a mí, que no soy más que una máquina, me dan pena. Jóvenes y vulnerables mamíferos… ¿No sientes algo de compasión? Después de todo, son de tu misma especie.

En el rostro de Néstor apareció una irónica sonrisa, muy parecida a la que Leo exhibía algunas veces.

—Hicimos un buen trabajo contigo, hay que reconocerlo —musitó con un matiz de amargura en su voz—. Nunca deja de sorprenderme tu humanidad, Leo. ¿Cómo pudimos hacerte tan humano? Más humano, al menos, que uno de tus creadores; más humano que yo…

—No seas tan duro contigo mismo. Yo he tenido la suerte de poder cultivar mi humanidad en los últimos años; la tuya, en cambio, ha sido vapuleada de la manera más cruel… Es lógico que se haya resentido. Pero sigues siendo tú, amigo: El gran Néstor Moebius, un referente intelectual y moral para la gente de tu generación. Y tienes que estar a la altura de tu leyenda… Vamos, aunque solo sea por esta vez.

En la penumbra del taller, Martín creyó percibir un brillo de lágrimas en los ojos del anciano. Había en el rictus de sus labios una mezcla de ira y desesperación que le hizo estremecerse.

—Seguidme —dijo por fin—. A ver lo que podemos hacer.

Los guio hasta un rincón de la estancia donde había un viejo sillón de dentista que parecía una antigüedad del siglo XX. Con un gesto, Néstor le indicó a Jacob que se sentara en él y le ayudó a ponerse los diversos correajes y cinturones que debían mantenerlo inmóvil, con la espalda completamente adherida al respaldo. A continuación, el anciano se alejó un momento y regresó con un escáner flotante que parecía una versión ampliada de la cajita negra de Leo. Deslizó el aparato sobre el cráneo del muchacho en distintas direcciones hasta encontrar lo que buscaba.

—Aquí lo tenemos —murmuró—. Todavía está tratando de localizar el implante… ¡Qué raro!

De un armarito esmaltado que colgaba de la pared extrajo unas gafas de interferencia y se las puso. Martín observó fascinado el brillo metálico de sus lentes, que cambiaban continuamente de color debido a los filtros que iban superponiéndose sobre ellas en diferentes combinaciones. Con aquel curioso artilugio sobre la nariz, Néstor volvió a acercar el escáner a la sien derecha de Jacob y lo mantuvo a escasos milímetros de su piel mientras evaluaba el resplandor azulado que emitía.

—No lo entiendo —musitó, perplejo—. Es de los nuevos… Hace ya rato que debería haber detectado la ausencia de implantes. Pero algo parece estar bloqueando su sistema de localización… ¿Cómo es posible?

Alzó los ojos hacia Leo en busca de una explicación, pero el androide se encogió de hombros, mostrándose convenientemente sorprendido.

—Puede ser que esté dañado, o que tenga algún defecto de fábrica —siguió especulando Néstor—. ¡Si es así, Hiden se va a poner furioso! Tendrá que volver a retrasar la producción, y más de uno lo pagará caro. Se lo he advertido mil veces, esos trastos todavía no son operativos. Pero nadie me hace caso…

El viejo siguió maldiciendo en voz baja contra Hiden y todos los ingenieros de Dédalo mientras cogía una pistola de microagujas y la cargaba, introduciendo en su recámara una ampolla de plástico llena de un líquido viscoso y amarillento.

—Ahora tienes que estarte completamente quieto, muchacho. Si mueves un milímetro la cabeza, puedes terminar muerto… Espera, será mejor activar los sistemas adicionales de sujeción. Así…

Dos placas metálicas surgieron del sillón a ambos lados de la cabeza de Jacob, inmovilizando su mandíbula. Jacob intentó protestar, pero aquel extraño dispositivo le impedía abrir la boca.

—Mucho mejor —aprobó Néstor—. Y ahora, prepárate, porque esto te va a doler mucho.

Con un pulso sorprendentemente firme para su estado de salud, Néstor pegó la pistola a la sien del muchacho y apretó el gatillo. Jacob aulló de dolor. Sentía que le acababan de taladrar el cráneo.

—No te preocupes, el proyectil contiene un calmante muy eficaz. Dentro de unos minutos ya no notarás el dolor.

Martín contempló el rostro lívido y tenso de su amigo. No parecía que fuese a recuperarse tan pronto.

—¿Qué es lo que le ha hecho? —preguntó.

—He introducido otro cazador en su organismo. Su misión es alcanzar al primero, unirse a él y neutralizarlo. En cualquier momento, los dos saldrán por el lacrimal. Una de estas lentillas los recogerá —añadió.

Y, con unas pinzas, extrajo un pequeño disco transparente de un matraz lleno de solución salina y lo colocó sobre el ojo derecho de Jacob. Luego tomó otra lentilla similar y la depositó sobre su ojo izquierdo. Los iris de Jacob adquirieron una tonalidad púrpura.

—No sabemos por cuál de los dos lacrimales saldrá, así que hay que asegurarse. Son armas muy caras, habrá que reciclarlas. Además, quiero ver cómo han quedado.

Esperó unos minutos antes de retirar nuevamente las lentillas de los ojos de Jacob y examinarlas al microscopio.

—Buen trabajo —dijo satisfecho—. Ya no corres ningún peligro.

Mientras tanto, el calmante había comenzado a hacer su efecto. Jacob trató de fijar la vista en Martín mientras este ocupaba su lugar en el desvencijado sillón, pero los ojos se le cerraban, y una absurda sonrisa bailoteaba en sus labios. El dolor había cedido, dejando paso a un agradable cosquilleo. Era una sensación parecida a la que se experimenta cuando a uno le acarician la cabeza. Cuando oyó gritar a Martín, se aproximó al sillón y observó fascinado los ojos de su amigo, intensamente púrpuras debido a las lentillas que Néstor acababa de ponerle.

Un momento después, el anciano retiró también aquellos pequeños discos de los ojos del muchacho y los examinó con atención al microscopio.

—Bueno, aquí tenemos al otro —exclamó sin apartar la vista del objetivo—. A simple vista, no parece defectuoso… Tampoco el primero lo parecía. El caso es que algo ha fallado, pero sigo sin saber qué es. Tendremos que reanudar los ensayos de laboratorio… Hiden se pondrá como una fiera. Esto retrasará considerablemente sus planes.

De repente, alzó los ojos del microscopio y miró alternativamente a los dos chicos con expresión severa.

—¿Os dais cuenta de la temeridad que habéis cometido entrando a escondidas en Endymion? ¡Ya no sois unos niños! ¿Cómo es posible que vuestra tía no os haya advertido de las consecuencias que podía tener una imprudencia semejante? La ciudad está llena de microcámaras flotantes y de alarmas silenciosas. Seguramente habréis activado alguna de ellas sin notarlo, atrayendo a los cazadores.

—Esta no era tan silenciosa —musitó Jacob, todavía mareado por los efectos del calmante y sin pensar demasiado en lo que decía—. Era la alarma del hospital… ¡Y hacía un ruido de mil demonios!

Néstor le miró con extrañeza.

—¿La alarma del hospital? No sabía que todavía funcionara… ¿Y qué hacíais allí dentro?

Martín lanzó una mirada de advertencia a su compañero. También él empezaba a notar los efectos sedantes de la droga que Néstor le acababa de administrar, pero aún no le había afectado tanto como para no percibir los peligrosos derroteros que podía tomar aquella conversación.

Sin embargo, Jacob no parecía consciente del peligro. Una sonrisa bobalicona le bailaba en el semblante, y en sus ojos había un brillo de desafío.

—Creían que podrían impedirme entrar, pero no pudieron —contestó, arrastrando las palabras como si estuviese bebido—. ¡Quería verlo con mis propios ojos! Ese lugar, ese maldito lugar… Se lo debía a ellos; a mi hermano, a mis padres…

Néstor frunció el ceño y miró a Leo.

—¿De qué habla este chico? —preguntó—. ¿Qué hacían dentro del hospital?

Normalmente, Leo era bastante rápido improvisando respuestas. Pero, en esta ocasión, algo le hizo vacilar. Las decisiones que implicaban tener que elegir entre mentir y decir la verdad eran las más difíciles para el androide. Néstor lo sabía; se trataba de un problema generalizado con el que se había topado cientos de veces a la hora de programar Inteligencias Artificiales. Y Leo, por supuesto, no era una excepción, a pesar de su extraordinaria complejidad.

—Me estás ocultando algo, Leo —dijo suavemente—. Y debe de ser algo grave, porque, si no, habrías encontrado una respuesta de inmediato. Desde que te programamos, has progresado mucho en la emisión de enunciados falsos, y sé que puedes recurrir a ellos siempre que ves clara su finalidad.

—He aprendido a mentir, sí —murmuró Leo enrojeciendo ligeramente—. No con la perfección de los humanos, por supuesto; pero tienes razón. He progresado mucho en ese terreno.

Néstor y su réplica artificial se miraron a los ojos. En los del androide había una mezcla de impotencia y desafío. Una vaga sonrisa de ternura embelleció por un momento las facciones devastadas de Néstor.

—Me gustas, Leo —murmuró—. Eres mucho mejor de lo que nosotros te hicimos. Te has convertido en algo distinto.

Luego se volvió hacia los muchachos, que habían asistido con perplejidad al curioso diálogo entre el verdadero anciano y el falso.

—Leo teme decirme la verdad, y eso solo puede significar una cosa —dijo en tono especulativo—. Significa que esa verdad puede suponer una amenaza para vosotros, y también significa que esa amenaza le afecta emocionalmente.

Observó con detenimiento a los chicos, como si los estuviera viendo por primera vez.

—No me había fijado —admitió, sin apartar la vista de ellos—. Claro, sois vosotros. Los chicos de Hiden, a los que tú, Leo, ayudaste a escapar del Jardín del Edén. Martín… He visto tu foto cientos de veces. Eras más pequeño, por supuesto. Pero, aún así, debería haberte reconocido desde el principio… Y tú eres el otro, ¿verdad? El que se salvó de la epidemia de Endymion… ¿Cómo era su nombre? —preguntó, dirigiéndose a Leo.

—Jacob Seferis —repuso este lentamente—. Has acertado, Néstor. No son los sobrinos de Emma. Son unos fugitivos, y si Hiden los encuentra… bueno; ya te puedes figurar lo que hará con ellos.

Néstor sonrió con tanta amargura que su rostro, de repente, le recordó a Martín la grotesca expresión de una máscara antigua.

—Haría lo que ha hecho conmigo —musitó el científico—. Destruiros… No en seguida, claro. Antes, os exprimiría hasta obtener de vosotros todo lo que pudiese servirle para sus fines. Y luego… Una muerte lenta, tan lenta que al principio ni siquiera te das cuenta de que ha empezado. La muerte de la dignidad. La muerte de la voluntad. La muerte del espíritu…

—Basta, Néstor —le atajó Leo—. Estás asustando a los chicos. Ahora ya sabes lo que pasa… No les denunciarás, ¿verdad?

Una expresión ultrajada apareció en el rostro del anciano.

—¿Tan mala opinión tienes de mí? —murmuró—. ¿De verdad me crees capaz de entregar a Hiden al hijo de mi mejor amigo? ¿Cómo es posible, Leo? ¿Cómo hemos podido llegar a esto?

Había tanto dolor en su voz que Martín sintió lástima.

—No te enfades, Néstor —repuso Leo en tono apaciguador—. Solo intentaba protegerte. Los últimos meses han sido muy duros para ti. Has estado sometido a una gran presión. Cargarte con un secreto tan grave en estas circunstancias me pareció peligroso; peligroso para tu salud, quiero decir.

Pero Néstor seguía mirándolo con los ojos de un animal lastimado.

—Lo que quieres decir es que los interrogatorios y las torturas pueden volver a comenzar en cualquier momento —dijo en tono apagado—. Y yo he llegado a mi límite… Me he vuelto débil. Podría decir cualquier cosa con tal de no volver a Caershid.

—No es cierto, amigo —dijo Leo con suavidad—. Todavía eres Néstor Moebius, el valeroso científico que lo tenía todo y renunció a ello por una buena causa. Y eres más fuerte de lo que tú mismo supones; créeme.

Néstor clavó entonces su mirada en los ojos oscuros de Martín. Percibió un ligero temblor en los labios del muchacho, su emoción, su impaciencia.

—Martín Lem —musitó—. Cómo te pareces a tu padre…

Martín arqueó las cejas, sorprendido.

—¿Eso piensa? Todo el mundo me dice lo contrario.

Néstor sonrió; esta vez, en su sonrisa no podía percibirse ninguna amargura, sino tan solo una profunda tristeza.

—No es evidente, claro —dijo pensativo—. Me refiero al parecido. Pero está ahí para cualquiera que tenga ojos en la cara. La inteligencia de la mirada, las cejas altivas y serenas… Esos dos pliegues casi invisibles en las comisuras de los labios. Cuando seas más viejo se irán acentuando; entonces, el parecido con tu padre se hará más evidente.

Jacob miró a Martín de reojo. Este captó aquella mirada, y entendió al instante lo que significaba. Andrei Lem no era el verdadero padre de Martín, por supuesto; y Jacob lo sabía… Pero, a pesar de ello, Martín se dio cuenta en ese momento de que había algo de verdad en las palabras de Néstor. No eran tan solo las imaginaciones de un viejo medio loco; era una afinidad secreta de los rasgos, algo que iba más allá de los gestos que los hijos aprenden a imitar de sus padres, sean o no adoptivos. El descubrimiento le sorprendió… Y también la perspicacia del viejo científico. Entonces recordó que Néstor Moebius no era tan solo un experto en Inteligencia Artificial, sino, ante todo, un psiquiatra; un psiquiatra de excepcional talento y con una gran capacidad de observación, que no parecía haberse resentido demasiado con el tiempo.

—Hábleme de mi padre —rogó Martín con un hilo de voz—. Usted ha estado encarcelado con él… ¿Sigue en Caershid? ¿Aún… vive?

A Néstor no le pasó desapercibida la angustia que latía bajo aquellas preguntas. Apartando una vieja pantalla holográfica del mostrador, invitó a los chicos a sentarse en él con un gesto. Él comenzó a caminar de un lado a otro de la habitación con aire meditabundo, sorteando mecánicamente los diversos objetos apilados en el suelo. Era obvio que se disponía a hablar largamente para dar respuesta a las preguntas de Martín.

—Tu padre sigue vivo —dijo de pronto, como si por fin hubiese logrado ordenar sus ideas—. Sigue preso en Caershid… No te preocupes, está bien. Ha sido sometido a varias terapias de reparación génica para contrarrestar los efectos mutágenos de las radiaciones. No todos los presos tienen esa suerte… Pero nosotros éramos especiales, claro. Hiden nunca ha perdido la esperanza de poder volver a utilizarnos para sus investigaciones privadas. Y es perseverante. Ya veis, no ha parado hasta lograrlo, al menos conmigo.

—No entiendo nada —dijo Martín, intentando dominar la emoción de su voz—. Caershid no pertenece a Dédalo, es una cárcel interestatal… Se supone que se encuentra bajo el control de las Naciones Unidas, ¿no?

Néstor se agachó a recoger una placa electrónica del suelo y se puso a examinarla con atención profesional; pero Martín notó por la fijeza de su mirada que aquel no era sino un gesto mecánico al que había recurrido para tratar de concentrarse en la pregunta.

—Las prisiones orbitales fueron un golpe de efecto magnífico en su día para la policía interestatal —explicó, jugueteando con los circuitos—. La ONU confiaba mucho en su capacidad disuasoria de cara a los militantes antiglobalización, y no se equivocó. Pero, una vez aniquilada la resistencia, esas cárceles dejaron de ser útiles. Su mantenimiento es muy costoso, y en Torre Ilion comenzaron a plantearse la posibilidad de clausurarlas y de trasladar a los presos a distintas prisiones terrestres y marcianas. Tres de las cuatro cárceles orbitales existentes se reconvirtieron en centrales de espionaje, aunque no se informó de ello a los medios de comunicación. En cuanto a la cuarta, Caershid, era demasiado grande para resultar rentable como satélite espía, y la ONU decidió desmontarla. Fue entonces cuando intervino la corporación Ki, comprando la concesión de la prisión y comprometiéndose a su mantenimiento a cambio de poder utilizar a algunos de los presos para sus propias investigaciones. Ki, a su vez, obtuvo el permiso para «subalquilar» la utilización de algunos de esos presos a otras corporaciones. Así fue como tu padre y yo caímos directamente en las garras de Dédalo.

Martín sintió que una descarga de adrenalina le electrizaba los músculos. Descargó un violento puñetazo sobre el mostrador.

—¡Qué embustero! —dijo con voz ahogada por la rabia—. Hiden me aseguró mil veces que no podía hacer nada por mi padre, que no tenía ninguna información directa sobre él…

Néstor sonrió con sarcasmo.

—Sabe tanto sobre él, que incluso se rebajó a hacerle una visita en su celda de Caershid. Vino a vernos, sí. A mí, y a él.

Y eso que odia el lugar… Pero tenía una propuesta importante para nosotros, y quería planteárnosla personalmente.

Leo se acercó a Néstor con una mano alzada en señal de advertencia.

—Néstor, no les cuentes eso a los chicos —murmuró—. ¿Para qué? Es inútil…

Pero Néstor se irguió hasta adquirir su antigua estatura, que no era despreciable.

—Es el hijo de Andrei, y tiene derecho a saber la verdad —dijo con una firmeza desconocida en su voz—. Tiene derecho a saber que su padre es un héroe… no como yo.

Se volvió hacia Martín, y este notó que al viejo científico le temblaban las manos. Estaba muy emocionado.

—Hiden nos propuso un trato —explicó—. Cambiar la horrible celda de Caershid, con sus tres metros cuadrados, por una prisión más cómoda aquí en la Luna. Eso, y algunos otros privilegios: acceso a los principales boletines de difusión científica, la posibilidad de seguir trabajando en nuestro campo… Incluso, si nuestra colaboración se revelaba fructífera, algunas semanas de vacaciones en la Tierra. Todo lo que teníamos que hacer era colaborar en su nuevo proyecto nanotecnológico. Esos troyanos… La nueva obsesión de Hiden.

—¿Y usted aceptó? —preguntó Jacob.

Néstor se encogió como si hubiese recibido un impacto en el abdomen. El dolor moral parecía ejercer sobre su maltrecho cuerpo una influencia tan violenta como el dolor físico.

—Acepté —murmuró—. No podía seguir allí, estaba al borde de la locura… Al borde no —rectificó—. Estaba ya loco. Caershid es peor que la muerte. La falta de espacio te asfixia, la ausencia de horizontes termina dañándote los ojos. ¿Sabéis cuánto tiempo llevaba sin poder mirar por una ventana? Yo tampoco lo sé; años y años. Aquí, por lo menos, puedo ver el sol, el valle rocoso, las cúpulas de cristal en la distancia… Es algo más parecido a la vida.

—Y mi padre… —murmuró Martín.

—Tu padre rehusó. Le dijo a Hiden que jamás trabajaría para él, fuese cual fuese el precio que tuviese que pagar. Yo estaba presente… Creo que en ese momento, incluso el propio Hiden quedó impresionado por su grandeza. Pensé que le iba a amenazar, a poner contra las cuerdas… Pero, no sé por qué, no lo hizo.

—¿Le habló de mí? —preguntó Martín con viveza—. ¿Le dijo que Dédalo me había llevado al Jardín del Edén?

—Ya sé adonde quieres ir a parar; te preguntas si te utilizó para chantajearle… —Néstor frunció el ceño, concentrándose en sus recuerdos—. Lo cierto es que ni siquiera te mencionó; ni a ti ni a tu madre.

—Es extraño, ¿no? —dijo Jacob—. Si le hubiera dicho que Martín estaba en sus manos, Andrei tal vez habría colaborado…

Leo emitió una musical carcajada.

—Qué ingenuidad la tuya, muchacho. ¿Crees que Andrei Lem no sabe que Hiden puede amenazar a su familia en cualquier momento, estén donde estén? Sus tentáculos llegan a todos los rincones del planeta; y más allá, como lo demuestra este lugar. No es necesario vivir en el Jardín del Edén para sentir su presión… En realidad, si no fuera por el interés que Hiden siente por las capacidades de Martín, ya habría utilizado esa baza. Pero a Hiden le interesa más Martín que su padre. Andrei Lem es un gran científico en su terreno, pero no es el único. Martín, en cambio, sí es único. O casi… —añadió mirando a Jacob—. El caso es que Hiden no quiere que Andrei se entere de lo que ha descubierto acerca de su hijo. Eso le daría un cierto poder sobre él, un cierto margen para negociar.

—Andrei nunca negociaría con el futuro de su hijo —le interrumpió Néstor.

—En todo caso, se daría cuenta de que Hiden quiere a Martín vivo, y no muerto; y eso sería un alivio para él —prosiguió Leo imperturbable—. No, a Hiden no le conviene que Andrei sepa la verdad sobre Martín. Creo que lo que pretende es utilizar al padre para chantajear al hijo, y no a la inversa.

Se hizo un silencio incómodo durante el cual cada uno sacó sus propias conclusiones acerca de las últimas palabras de Leo. Néstor parecía exhausto después de su confesión. Sus ojos se hundieron en una especie de opacidad inexpresiva. Jacob lo observaba con una mezcla de desprecio y lástima. Martín, en cambio, sintió de pronto una inexplicable admiración hacia el viejo y derrotado científico. Había claudicado, cierto; se había sometido al chantaje de Hiden; pero lo había hecho porque, a pesar de todas las torturas y sufrimientos, aún le quedaba la suficiente humanidad como para amar un poco la vida. Quería volver a contemplar el horizonte, a ver las estrellas, a disfrutar de la belleza del Universo; y eso era algo que Martín podía comprender muy bien. En cuanto a su padre… Bueno, su padre era un héroe, siempre lo había sabido. Y en los héroes siempre hay algo incomprensible, una profundidad que da vértigo, incluso cuando se les ama.

—Podrías venirte con nosotros —dijo de repente, mirando a Néstor—. Te ayudaremos a escapar de aquí… En pocas horas habremos abandonado la Luna, y ya no tendrás que preocuparte por Hiden.

Mientras hablaba, Martín notó que Leo se envaraba, alarmado. Pero ya era demasiado tarde para echarse atrás. Si Néstor aceptaba, lo sacarían de Endymion. Después, ya se vería.

Sin embargo, Néstor hizo un gesto negativo con la cabeza, sonriendo con tristeza.

—No, Martín. Te lo agradezco, os lo agradezco a todos —añadió mirando a Jacob y a Leo, como si la propuesta hubiese partido de los tres—. Soy demasiado viejo para huir. ¿Dónde podría esconderme? Las ramificaciones de Dédalo están en todas partes. Vosotros mismos no sois más que unos fugitivos en constante peligro. Y yo no quiero volver a Caershid. Prefiero morir antes que regresar a ese lugar. Si hay algo que Hiden sabe hacer a la perfección, es robarte la esperanza…

Se hundió en un oscuro mutismo, como si, de pronto, se hubiese olvidado de sus visitantes. Jacob se encogió de hombros, asqueado por aquella nueva muestra de cobardía. Martín, sin embargo, captó en ese instante una parte de la corriente de pensamientos del anciano. Y supo que, si no había aceptado su propuesta de huida, había sido por ellos, para no ponerlos en peligro. Néstor no era, después de todo, un cobarde, a pesar de su última derrota ante Hiden. Aquel descubrimiento reconfortó a Martín, inundándole de una agradable sensación de calidez. «No se puede catalogar a un hombre por un solo Episodio de su vida —pensó—. Los hombres pueden cambiar; un cobarde puede volverse valiente, y a la inversa. Los hombres somos impredecibles…».

Era una idea que le llenaba de esperanza.

—Debéis iros —dijo Leo, devolviéndole a la realidad—. Se está haciendo tarde, y vuestros amigos deben de estar muy preocupados por vosotros. Vamos, os acompañaré hasta el planeador…

Néstor se despidió de los dos jóvenes con una tímida sonrisa.

—Me alegro de haber podido ayudaros —les gritó cuando ya estaban entrando en el ascensor—. Martín Lem… Eres un digno hijo de tu padre.

Mientras bajaban, los chicos se ajustaron los cascos e hincharon los trajes para hacer frente al gélido exterior lunar. Martín aspiró una bocanada de oxígeno de su botella y cerró los ojos. Su padre estaba vivo… Y, por lo que Leo había dicho, seguiría estándolo mientras Hiden pensase que podía utilizarlo para chantajearle a él.

Cuando volvió a pisar el suelo lunar, gris y pedregoso, Martín se giró para mirar a Jacob. Los dos avanzaban dando gráciles saltos de bailarines, como en un sueño. Leo se desplazaba de la misma manera, aunque sin casco ni traje espacial. Con su larga barba y sus cabellos blancos flotando a su alrededor, parecía un mago surgido de un relato fantástico.

A poca distancia de la torre, estaba esperándolos un planeador con el distintivo de Dédalo en las puertas. Leo debía de habérselas ingeniado para tomarlo prestado temporalmente sin que los dispositivos de seguridad de Endymion lo detectasen. Cuando las puertas se abrieron, Martín oyó la voz del androide a través de los altavoces del traje.

—He programado este trasto para que os devuelva a Black Edén por la ruta más segura. He comprobado la localización de los controles de Dédalo y su trayectoria en las próximas dos horas, así que no hay peligro. De todos modos, tened cuidado…

Antes de que la cúpula se cerrara, Martín miró por última vez el rostro venerable del androide y su flotante cabellera blanca.

—¿Y tú, por qué no vienes con nosotros? —le dijo a través del comunicador.

Leo sonrió de un modo extraño.

—Soy un androide, Martín. El concepto de la libertad es algo que todavía no entiendo bien. ¿Cuándo es libre un androide, cuando dejan de utilizarlo? No sé, no lo tengo claro. Además, sería estúpido poneros en peligro.

—¡Pero, si te quedas, te borrarán la memoria! —oyó decir a Jacob a través de los altavoces—. No puedes permitirlo…

—No os preocupéis por eso —repuso Leo guiñándoles un ojo—. El viejo Leo todavía tiene un par de ases guardados en la manga… Confiad en mí.

Jacob y Martín siguieron mirando al androide mientras el planeador iniciaba el despegue. Lo último que vieron fue el tenue brillo azulado que desprendían sus ropas y el halo de sus cabellos flotantes enmarcándole el rostro.

—Tal vez no sepa lo que es la libertad, pero sí sabe lo que es el valor —dijo Jacob.

Entonces, como movidos por un impulso simultáneo, los dos se quitaron los cascos y los tubos de oxígeno y se abrazaron. Se alegraban de estar juntos. Se alegraban de sentirse unidos por un destino común en medio de aquel paisaje hostil y desolado. Se alegraban de respirar aquella atmósfera artificial y de saber que pronto estarían fuera de peligro en el confortable oasis de Black Edén. Pero, sobre todo, se alegraban de haber visto a Leo, y de saber que tenían en él a un aliado en el que siempre podrían confiar.