Capítulo 4
Black Eden
Jacob ha ido a acostarse —dijo Alejandra en respuesta a la pregunta de Electra—. Ha volado mucho esta mañana y se encontraba mareado… Por lo visto, además, no ha dormido casi nada esta noche. Me pidió que no le molestásemos, pensaba dormir hasta bien entrada la tarde.
—Está bien —repuso Electra sin alterar ni lo más mínimo el agradable timbre de su voz—. Entonces, ¿nos vamos?
Todos siguieron al robot hasta un ascensor cercano al parque de vuelo y descendieron en él sin apenas mirarse unos a otros. Estaba claro que la ausencia de Jacob les inquietaba más de lo que estaban dispuestos a dejar traslucir… A Martín le había bastado cruzar una rápida mirada con Alejandra para comprender que había improvisado su respuesta al robot y que, en realidad, no sabía nada de Jacob. ¿Y si finalmente se había decidido a intentar la visita a Endymion, a pesar de las advertencias de Jade y de Emma? Su habilidad para alterar las transmisiones de cualquier rueda neural y desplazarse sin que nadie lo viera, probablemente le había facilitado la fuga… Pero, aún así, era una locura. Podía haber sistemas de detección automática, cámaras que grabasen su presencia en lugares no autorizados… Selene debía de estar pensando lo mismo, porque Martín la sorprendió mirando a las esquinas del ascensor en busca de grabadores camuflados.
Cuando la puerta del ascensor se abrió, se encontraron a Emma esperándolos con gesto impaciente.
—Por fin… ¡cuánto habéis tardado! Electra, te dije que me los trajeses en seguida. En Black Edén, el almuerzo se sirve a las doce en punto del mediodía, tanto si hay invitados como si no. Cuando se vive en un lugar tan hostil como este, hay que ser disciplinados en todo, empezando por los horarios.
Emma cerró su único ojo sano y giró la cabeza lentamente, como si estuviese inspeccionando a sus invitados. «Pero no puede ser —se dijo Martín—. No puede vernos…».
De pronto, la anciana abrió bruscamente el ojo y miró directamente a Deimos.
—Falta un chico —dijo—. ¿Dónde está?
—Se ha mareado en el parque de vuelo y se ha ido a descansar —repuso Electra—. ¿Voy a buscarlo?
—No, déjalo —dijo la anciana sonriendo—. Le vendrá bien recuperarse. El vuelo lunar no es un deporte para todo el mundo; hay estómagos que no lo resisten… Luego le llevarás una infusión para el mareo.
—Creo que dijo que iba a tomarse dos cápsulas de reequilibrio —comentó Selene inocentemente.
—Entonces, ¡no habrá forma de despertarlo hasta la noche! —repuso Emma con un suspiro—. Bueno, chicos, vamos a comer.
El comedor de Emma estaba en el interior de un módulo hinchable con forma de huevo. Una vez dentro, los chicos se encontraron en una habitación oval con las paredes forradas de una cerámica rosada que parecía iluminada por dentro.
La mesa, también de forma oval, flotaba en el centro de la estancia sin patas que la sostuvieran. A su alrededor había dispuestas varias sillas de madera de teca y apariencia pesada. Los invitados se fueron sentando en los lugares que Electra les indicaba. El último en hacerlo fue Martín.
—¿Cómo consiguen que la mesa flote? —preguntó, asombrado.
—Creo que se trata de un campo electromagnético combinado con la baja gravedad lunar. Tiene tantos años como la propia base, pero ha demostrado ser muy sólida.
Sobre la mesa había varias bandejas de porcelana holográfica con ensalada, queso y frutos secos. Los reflejos tridimensionales de los recipientes se mezclaban con los colores apagados de los alimentos, dándoles un aspecto irreal.
Electra sirvió primero a los chicos y luego a Emma sus respectivas raciones. Ninguno de los invitados comió con demasiadas ganas. Todos tenían el estómago algo revuelto después de la sesión de vuelo, y a eso había que añadirle la tensión creada por la desaparición de Jacob. Además, la comida tenía un sabor extraño.
—Hacemos lo que podemos con nuestras hortalizas —se disculpó Emma—. Pero todas ellas provienen de plantas transgénicas altamente modificadas para soportar las radiaciones y la escasez de nutrientes. Por eso, su sabor no es el mejor del mundo… De todas formas, una termina acostumbrándose.
Volvió a cerrar su único ojo sano y a girar lentamente la cabeza de un extremo a otro de la mesa. Entonces Martín comprendió que el parche era, en realidad, una retina artificial que enviaba secuencias videográficas directamente al cerebro. Y, sin saber muy bien cómo, advirtió que en ese momento el parche lo estaba mirando a él.
—Te has dado cuenta, ¿verdad? —dijo Emma, abriendo el ojo—. De vez en cuando, las señales del parche y las del ojo sano no se integran bien, y entonces tengo que cerrar mi ojo biológico para ver con claridad. Es una prótesis formidable, uno de esos milagros tecnológicos de la corporación Ki. Jade me lo consiguió en el mercado negro… Y la verdad es que me ha cambiado la vida.
—¿Hace mucho que conoce a Jade? —preguntó Deimos.
Emma se apartó del rostro un mechón de cabellos flotantes que le molestaba al comer.
—No mucho —contestó, masticando un bocado de ensalada—. Jade es muy joven, y lleva pocos años en esto. Pero me fío completamente de ella. Ha demostrado que tiene todas las cualidades necesarias para estar al frente de un negocio como el suyo. Sin su ayuda, probablemente Black Edén habría tenido que ser clausurado ya hace tiempo.
El segundo plato consistía en un guiso de carne sintética acompañado de una guarnición de diminutos guisantes azulados. Los guisantes tenían un fuerte sabor a yodo. Era como estar comiendo algas.
—En cuanto terminemos nos acercaremos a ver qué tal está vuestro amigo, y luego, si queréis, podemos dar una vuelta por la base —propuso Emma—. Hay muchas cosas interesantes que ver.
Martín captó la mirada de pánico que intercambiaban Selene y Alejandra. Se preguntó si Emma la habría captado también… Había leído en alguna parte que ciertas retinas artificiales incorporaban chips especiales para la interpretación de las expresiones faciales. Eran, por así decirlo, detectores de mentiras en potencia.
Mientras pensaba todo aquello, Emma había iniciado una conversación con Casandra acerca de la cerámica luminosa que tapizaba las paredes. El patrón de iluminación de los azulejos cambiaba continuamente, aunque de un modo muy sutil. Según Emma, la pared respondía a la emisión de calor de los invitados adaptando la intensidad de la luz a sus variaciones.
—Es una pared psicóloga —dijo Emma riendo—. Interpreta los estados de ánimo de los comensales. Ahora, por ejemplo, esas flores de luz parpadeantes indican que el calor que emitís, o que emitimos, ha aumentado sustancialmente en el último minuto. Curioso, ¿verdad? Es una obra de Nelson Yimou.
—¿Quién es? —preguntó Deimos.
—Un famoso escultor de interiores —contestó Emma, sorprendida—. Uno de los artistas más importantes del siglo pasado… ¿Cómo es posible que no lo sepas?
Martín tragó saliva. La situación se estaba complicando por momentos, y tanto la retina artificial de Emma como las paredes sensibles del comedor le ponían nervioso. Por muy de fiar que fuese aquella anciana, no debía averiguar la procedencia de Deimos. Y, sobre todo, no debía averiguar que Jacob se había escapado; no, al menos, por el momento… Había que pensar algo para distraerla, algo que prolongase la sobremesa y le hiciese olvidar su proyecto de ir a visitar al supuesto enfermo. Pero ¿qué? Apenas conocían a aquella mujer…
—Es usted muy afortunada poseyendo una obra original de Nelson Yimou —observó entonces Alejandra—. Muchos deben de envidiarla…
—¡Desde luego! —rio la anciana—. Y no es la única que tengo. Soy muy aficionada al arte contemporáneo, y, cuando mi marido aún vivía, decidimos reunir una buena colección. Eran otros tiempos, claro. No estábamos en la clandestinidad… Pero, a pesar de todo lo que ha ocurrido desde entonces, he logrado conservar la mayor parte de las obras de aquella época, e incluso hacerme con algunas nuevas. Son una de las pocas alegrías que me quedan en la vida, por no decir la única.
Martín lanzó una mirada de complicidad a Alejandra. Ya lo tenían: habían encontrado un tema perfecto para distraer a Emma y hacerle olvidar sus propósitos de ir a ver a Jacob.
Alejandra entendió al instante el significado de aquella mirada.
—Sería estupendo poder ver esas obras —dijo tímidamente—. En el Jardín del Edén, Hiden tenía una colección maravillosa de antigüedades, cuadros y esculturas que había comprado a los principales museos del mundo. Pero no había nada de arte contemporáneo…
—Entonces, esto os va a sorprender de verdad —dijo Emma radiante—. Vais a comprobar que el arte no se reduce solamente a cuadros y esculturas… Aquí, por ejemplo, tenemos coches y muebles de los mejores artistas de los últimos cincuenta años, piezas únicas, por supuesto… Y eso no es todo. Grabaciones cinematográficas exclusivas, piezas publicitarias irreproducibles… Pero será mejor que juzguéis vosotros mismos. Si os interesa, claro…
—¡Desde luego que nos interesa! —contestaron varias voces a coro.
Para entonces, ya habían terminado de comerse las raquíticas manzanas asadas que Electra les había servido como postre, así que Emma les invitó a levantarse de la mesa.
—La colección se encuentra en mis apartamentos privados —explicó—. Hace mucho que no se la enseño a nadie… Pero siempre es un placer para mí hacerlo. Esas obras… son lo único hermoso que he podido conservar de mi pasado. Y me emociona poder compartirlo. Espero que os gusten.
La anciana los guio hasta una construcción baja de arcilla situada a escasa distancia del comedor. Colocó el dedo índice de su mano derecha en el molde de la cerradura y la puerta de entrada se abrió, revelando un interior fresco y sombrío.
—Pasad, chicos. Esta sala contiene algunas piezas interesantes… Comencemos por esta de Lara Cooper. Un automóvil de hidrógeno, perfectamente funcional, por supuesto. Incluso me he dado algún paseo en él… Naturalmente, es demasiado valioso como para usarlo. Fijaos bien… El sello de Cooper es inimitable. Esas líneas curvas, esas superposiciones… Es un ejemplo perfecto de su Época Negra. Supongo que os sonará de los libros de texto…
A todos, en efecto, les sonaba, excepto a Deimos, que observaba con cierta perplejidad la supuesta obra maestra.
—¿Qué tiene de particular? —preguntó cándidamente—. Reconozco que es diferente, interesante… Pero ¿por qué le otorga usted tanto valor?
—Mi querido joven, ¡porque lo tiene! En el mercado del Arte podría alcanzar un precio incalculable. Cooper solo realizó diecisiete automóviles a lo largo de su carrera; y este es uno de ellos… ¿no os parece una maravilla?
Todos asintieron con calor, y Martín lanzó una significativa mirada a Deimos para que no siguiera insistiendo en exponer sus dudas, si no quería tener que contestar algunas preguntas incómodas. Ni Emma ni Jade sabían nada de la época de la que procedía, pero empezarían a sospechar que había algo raro en él si ponía en tela de juicio el valor de una obra de Lara Cooper… Eso resultaba, sencillamente, inconcebible. Hasta los salvajes de las montañas entre los que se había criado Detroit conocían y apreciaban el valor de su arte.
—Esto de aquí es un lavabo de Lucca Cavalli —continuó Erama avanzando hacia el siguiente expositor—. Es una de mis piezas favoritas. Tan simple, tan bello… Sencillamente magnífico. Me costó, literalmente, un ojo de la cara, pero lo conseguí. Le tengo un especial cariño…
—¿Qué quiere decir con «literalmente»? —preguntó Selene con curiosidad—. ¿Se refiere a…?
—¿Al parche? Sí, en efecto. Veréis, perdí este ojo en uno de mis innumerables enfrentamientos con las tropas de Hiden… Y mi enemistad con Hiden empezó, justamente, por culpa de esta pieza. Él la quería y yo también. Iba a salir a subasta, y él estaba preparado para adquirirla al precio que fuera. Pero, en el último momento, yo hice un trato con el propietario y la pieza no se llegó a subastar. Hiden se puso furioso, se lo tomó como algo personal… Fue entonces cuando comenzó a perseguirme.
Emma siguió recorriendo la sala y explicándoles a sus huéspedes los detalles más curiosos y las anécdotas más divertidas relacionadas con cada pieza. Lo cierto era que no había exagerado al cantar las alabanzas de su colección, porque todas las piezas que contenía eran exquisitas, y de un valor incalculable. Pero Martín no podía concentrarse en lo que les contaba su guía; pensaba continuamente en Jacob y en el mejor modo de ayudarle. Y solo se le ocurría una forma de hacerlo: tenía que ir en su busca y traerlo de vuelta a la base antes de que Jade y los demás advirtiesen su ausencia… Sin embargo, no sabía qué hacer para conseguir un vehículo e ir a Endymion sin que nadie se diese cuenta. ¿Cómo se las habría arreglado Jacob? Claro, él podía volverse invisible a los ojos de los demás, lo que le facilitaba considerablemente las cosas. Pero, aún así, tenía que haber cogido un vehículo, lograr que obedeciese sus órdenes…
Después de darle muchas vueltas, Martín llegó a la conclusión de que debía actuar del mismo modo en que, seguramente, lo había hecho su amigo. Lo más probable era que Jacob hubiese utilizado sus «poderes especiales» para escapar… Él tendría que hacer lo mismo. Pero sus «poderes» no consistían en pasar inadvertido, sino en introducirse en la rueda neural de otras personas y actuar sobre ellas. Eso es lo que haría; actuaría sobre Emma. Conseguiría que ella le allanase el camino… Solo tenía que colarse en su pensamiento e introducir en él las ideas que le interesaban.
En aquel momento, Emma, después de guiarles hasta una pantalla colgada de la pared, acababa de invitarles a sentarse frente a ella para ver un «cortometraje único» del célebre director Marcos Andrade. Según les explicó, se trataba de una pieza realizada expresamente para ella, y se desarrollaba en la propia base de Black Edén, unos veinte años antes. La película era muy interesante, y, además de su atrevida estética, tenía el aliciente de mostrar la vida en la Luna en un período anterior a la destrucción de Endymion. A Martín le habría gustado concentrarse en la pantalla y no pensar en otra cosa, pero comprendió que tal vez no dispusiera de un momento mejor para hacer lo que había planeado. Así pues, aprovechando la oscuridad del rincón de proyecciones, concentró toda su energía mental en la rueda neural de Emma, hasta estar seguro de que estaba leyendo sus pensamientos; en aquel instante, la anciana contemplaba la película recordando distraídamente la época en la que se había rodado, y preguntándose qué habría sido de algunas de las personas con las que se relacionaba en aquel entonces. No resultó demasiado difícil desviar sus erráticos recuerdos y hacerle pensar, de pronto, en Endymion. Hacía mucho que no visitaba lo que quedaba en pie de la vieja colonia… Sentía curiosidad por comprobar el estado de sus principales edificios, cuya belleza, en otros tiempos, la había impresionado. Martín se las arregló para hacerle desear ardientemente realizar aquella visita que llevaba tantos años posponiendo, en parte para no provocar un enfrentamiento más con el personal de Dédalo. En la mente de la anciana comenzó a forjarse todo un plan para llevar a cabo su propósito. En cuanto se separase de los chicos, daría la orden a sus robots de que programasen su planeador privado para ir a Endymion esa misma noche. Haría que le introdujesen los últimos códigos que le había facilitado Jade para engañar a los sistemas automáticos de vigilancia, entrando por la puerta sur de la ciudad. Una vez dentro, dejaría el vehículo y se daría un paseo entre las ruinas; nadie tendría por qué enterarse… Muy satisfecha con su proyecto, la anciana estaba a punto de concentrarse de nuevo en el argumento de la película cuando Martín le obligó a recordar la situación exacta de su planeador en el subterráneo y el modo de accionar sus principales controles. Luego, por fin, aflojó la presión sobre el cerebro de la mujer y comenzó a concentrarse él mismo en la pantalla. Ya tenía todo lo que necesitaba, al menos, de momento. Estaba seguro de que Emma pondría en marcha su proyecto y lo prepararía todo para la expedición nocturna… Lo único que tenía que hacer era lograr otra entrevista con ella a media tarde y borrar de su mente el recuerdo de aquel plan. Luego, sencillamente, la suplantaría. Sería él quien se subiese a bordo del planeador y visitase las ruinas de Endymion; eso, suponiendo que Jacob no regresase antes, que era lo más probable. Pero, si no lo hacía… ¿cómo iban a lograr mantener oculta su ausencia durante tanto tiempo? ¿Qué pasaría si los sistemas de vigilancia alertaban, mientras tanto, del robo de algún vehículo? En seguida se sabría lo que había pasado. En la oscuridad, Martín trató de distinguir el rostro de Selene y adivinar lo que pensaba. A juzgar por su expresión, estaba totalmente embebida en la película, pero, sin saber por qué, Martín tuvo la certeza de que, en realidad, estaba pensando en lo mismo que él. Eso, curiosamente, le tranquilizó… Selene ya había demostrado en más de una ocasión la fuerza de sus habilidades mentales. Si se lo proponía, podía alterar los sistemas de vigilancia de la base y borrar información de ellos… Juntos, tal vez lograsen evitar la catástrofe y traer de vuelta sano y salvo a Jacob.
Después de mostrarles una docena de piezas más de la colección, Emma se despidió de ellos, alegando que debía supervisar la llegada de un cargamento de plásticos de reparación que estaban a punto de enviarle mediante el cañón de la base industrial Kepler, situada a poco más de quince kilómetros de Black Edén. Al parecer, dicha base pertenecía también a Dédalo, pero su director llevaba varios años vendiéndoles parte de su producción a los contrabandistas de Transit sin que nadie, de momento, hubiese descubierto su fraude.
En otras circunstancias, Martín habría insistido en acompañar a Emma para ver por sí mismo la llegada del cargamento; pero, después de lo ocurrido durante la mañana, estaba ansioso por comentar con sus compañeros la ausencia de Jacob. A los demás, por lo visto, les ocurría otro tanto, pues, en cuanto se quedaron solos, todos empezaron a hablar al mismo tiempo.
—Ese tío está Joco —fue lo primero que dijo Deimos—. Como le cojan, ¡está perdido!
Los cinco caminaban lentamente por la calle que conducía al módulo que habitaban.
—No le cogerán —aseguró Selene con gravedad—. Recuerda que puede volverse invisible…
—No para los grabadores automáticos —insistió Deimos—. Suerte que Jade y los otros no volverán hasta mañana… Eso nos da cierto margen de maniobra.
—A lo mejor ya ha vuelto —dijo Alejandra, esperanzada—. Puede que, cuando lleguemos, nos esté esperando… Lo más probable es que ni siquiera haya conseguido salir de la base.
Sus esperanzas, sin embargo, pronto se vieron defraudadas, pues al llegar a la casa la encontraron vacía.
Martín iba a comenzar a lamentarse, pero antes de que pudiera decir nada, Selene le hizo un gesto para que se callara. Si querían hablar con libertad, tenían que desconectar los micrófonos de los que les había hablado Electra… Les llevó largo rato localizarlos todos, y aún más encontrar el sistema centralizado que los controlaba, pero cuando por fin lo hallaron, Selene apenas tardó un cuarto de hora en desactivarlo.
—No ha sido muy difícil —dijo al terminar—. Lo que he hecho ha sido interrumpir la señal asegurándome de que no salten las alarmas por desconexión… En fin, ahora podemos hablar tranquilos. Martín, ¿qué ibas a decir antes?
—Iba a decir que, si Jacob no vuelve antes de la noche, pienso salir a buscarlo. Lo tengo todo previsto, me he introducido en la rueda neural de Emma y he logrado que programe un planeador para ir a Endymion.
—¿La has convencido para que te permita ir? —preguntó Alejandra, asombrada.
—No, eso habría sido demasiado… De momento, la he convencido para que desee ir ella. Ahora mismo debe de estar preparándolo todo para una expedición nocturna… Lo que me propongo es volver a verla esta tarde y hacerle olvidar el proyecto. Así, yo aprovecharé el planeador ya programado y me iré a Endymion en su lugar.
—Es demasiado arriesgado —murmuró Deimos haciendo una mueca de escepticismo—. Si sale mal, solo conseguirás empeorar las cosas… ¡Dos fugas en lugar de una! Dos vehículos robados… Jade se pondrá furiosa, se negará a llevarnos a Marte; nos entregará a Dédalo…
—No tiene por qué salir mal —sostuvo Martín con firmeza—. Hay que sacar a Jacob de Endymion cuanto antes… No sabemos cómo habrá reaccionado al ver las ruinas de la ciudad donde vivió con sus padres y su hermano. Recordará lo que les sucedió, la forma en que murieron por culpa de Dédalo… Se sentirá tan furioso que es posible que se olvide del riesgo que corre; podría perder la noción del tiempo… A mí, en cambio, esas ruinas no me afectarán emocionalmente. Lo sacaré de allí y lo traeré de vuelta.
—Es muy generoso lo que quieres hacer, pero Deimos tiene razón —dijo Alejandra—; lo único que conseguirás será multiplicar los riesgos… ¿Por qué no nos limitamos a esperarle? Jacob ya ha demostrado muchas veces que sabe cuidar de sí mismo.
—No podemos esperar —dijo entonces Casandra mirando con fijeza a Alejandra—. Martín tiene razón, Jacob necesita ayuda.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Deimos, asombrado.
—Hace un momento me ha llegado una señal. Es de él, de su cerebro… Está desorientado, está llorando… Se ha arrodillado en un jardín abandonado, junto a su antigua casa. ¡Se ha olvidado por completo de Dédalo!
—No sabía que pudieras hacer… eso —murmuró Martín, mirándola con los ojos muy abiertos.
—Sin embargo, no es la primera vez que me pasa… ¿Recordáis cuando vi la cabana del vertedero en Calcuta-Madrás? En aquel momento, no sé cómo, me puse en comunicación con el cerebro de Deimos. Y en Medusa, cuando Selene sintió la llamada de Jacob para ayudarle a vencer a Aedh, yo también la percibí… Incluso creo que fui yo quien estableció la conexión entre vosotros dos —añadió, mirando con una sonrisa a Selene—. Hice de intermediaria… En aquel momento no lo entendí con claridad, ¡estaban pasando tantas cosas importantes! Pero luego, pensando más despacio en el asunto, he comprendido que esa es, justamente, mi habilidad especial, lo que diferencia mi cerebro de los vuestros. ¡Está clarísimo! Jacob puede producir alucinaciones en la mente de los demás, Martín puede introducirse en sus pensamientos y, si es necesario, modificarlos, Selene puede programar y desprogramar cualquier tipo de máquina… Y yo puedo comunicarme en la distancia con vuestros chips cerebrales, que deben de ser parecidos a los míos. No he conseguido hacerlo con las personas que llevan una rueda neural normal, pero sí con vosotros… ¡Está claro que esa debe de ser mi especialidad!
—Sí, tienes razón —murmuró Selene pensativa.
—Pero, si estás en lo cierto, eso significa que Jacob corre un serio peligro —intervino Deimos—. No conseguirá volver por sus propios medios…
—Por eso es necesario que le ayude —insistió Martín—. Lo único que siento es tener que esperar hasta media tarde; quién sabe lo que puede ocurrir mientras tanto…
—Los sistemas de vigilancia de la base alertarán de que falta un vehículo de superficie —murmuró Alejandra—. Lo raro es que no lo hayan hecho todavía.
—Hay que manipular esos sistemas —dijo Selene con decisión—. He estado pensando en cómo hacerlo, y solo se me ocurre una manera… Electra.
—¿Qué piensas hacer con ella? —preguntó Martín—. Me cae simpática…
—Reconectaremos los micrófonos y la llamaremos. Dijo que vendría en cuanto la llamásemos… Cuando llegue, me introduciré en sus sistemas y le extraeré la información que necesitamos para filtrar las comunicaciones de los sistemas de vigilancia. Estoy convencida de que toda la red de seguridad de la base está interconectada y de que ella tiene acceso a sus terminales.
—¿Y si te equivocas? —preguntó Martín.
—Buscaremos otra solución; en cualquier caso, aún hay tiempo…
Selene se puso manos a la obra y, volviendo a conectar la red de micrófonos, reclamó la presencia de Electra en la casa. Diez minutos más tarde, el robot llamó a la puerta, preguntando solícitamente qué se les ofrecía.
—Entretenedla —les susurró Selene a los demás—. Tratad de sacarle información, aunque sin despertar sospechas… Yo voy a estudiarla discretamente y, cuando sepa lo que necesito, me lanzaré sobre ella y la desconectaré.
Alejandra corrió a abrirle la puerta y, a las preguntas del robot, contestó con una sonrisa.
—Verás, Electra, como Jade no ha vuelto y Emma va a estar ocupada toda la tarde, querríamos saber qué podemos hacer mientras tanto para entretenernos —explicó—. Ya hemos visitado el parque de vuelo y la colección artística… ¿No podríamos salir a dar una vuelta a la superficie? Si nos prestaseis unos trajes espaciales…
—Me temo que eso es imposible —repuso Electra, activando varios pilotos rojos en su parte frontal—. No estáis autorizados a salir de la base.
—¿No tenéis trajes espaciales para nosotros? —preguntó Martín arqueando las cejas.
—Hay trajes más que suficientes, ese no es el problema —aclaró el robot—. Hay que entrenarse para llevarlos, son pesados e incómodos, y el suministrador de oxígeno no se maneja con facilidad. Además, no estáis autorizados…
—Yo creo que Emma nos dará su permiso, si se lo pedimos —dijo Casandra—. ¿Por qué no iba a hacerlo?
—No lo hará. Motivos de seguridad —contestó lacónicamente el robot.
—¿Y no podríamos dar una vuelta en un todoterreno presurizado? —apuntó Deimos—. Eso sería menos peligroso…
—Repito que no estáis autorizados a abandonar la base —insistió Electra con inquebrantable paciencia.
—¿Y no podrías, por lo menos, enseñarnos todo esto? —preguntó Martín—. No me refiero solo a las calles y los espacios públicos, sino a la parte subterránea de la base, donde están los sistemas de control de la temperatura, el suministro de agua y los escudos antirradiaciones…
—El sistema de seguridad de Black Edén no permite mostrar esas instalaciones.
—¿Por qué? —preguntó Alejandra—. Al fin y al cabo, aquí nunca viene nadie… Emma dice que solo viven diez personas en todo el complejo, pero, aparte de ella, no nos hemos cruzado con ninguno de los otros habitantes… ¿Para qué hace falta tanta seguridad?
Electra se quedó callada unos segundos.
—No lo sé —contestó finalmente—. No dispongo de la información necesaria para responder a esa pregunta.
—¿Son muy complicados esos sistemas de seguridad? —preguntó entonces Selene a bocajarro—. ¿Desde dónde se controlan? ¿Tú colaboras con ellos?
—Son muy complicados, en efecto. Incluyen cientos de cámaras y micrófonos, y sistemas automáticos de alerta cada vez que ciertas puertas se abren. Las zonas más vigiladas de la base, ademas, requieren códigos especiales para acceder a ellas. Esos códigos cambian cada día… No solo el personal humano dispone de ellos, también los robots. Nosotros colaboramos con el sistema, pero no podemos burlarlo ni modificarlo. Eso solo puede hacerlo Emma.
—¿Puede hacerlo desde su rueda neural? —preguntó Martín.
—No. Existe un sistema especial… No estoy autorizada a revelar su funcionamiento.
—Es suficiente, chicos —dijo Selene con decisión—. ¡A por ella!
Deimos y Casandra se lanzaron sobre el robot y lo inmovilizaron mientras Selene, por detrás, retiraba algunos tornillos de su coraza metálica para acceder a sus sistemas internos.
—¿Qué hacéis? —preguntó Electra en el mismo tono sereno y encantador que siempre empleaba—. No estáis autorizados a hacer eso… Voy a activar la alarma: tres, dos, un…
Selene desconectó un cable del complejo entramado que estaba examinando y el robot se quedó mudo antes de completar la cuenta atrás.
—¡Menos mal! —resopló Martín—. Ha estado a punto de delatarnos… ¿Y ahora qué?
—Los códigos —murmuró Selene examinando las placas electrónicas del interior—. Hay que obtener sus códigos para acceder a las zonas de máxima seguridad… Así, más tarde, cuando salgas, podrás utilizarlos. Luego, situaremos a Electra ante las cámaras de vigilancia y sustituiremos tus grabaciones por las suyas… Tenemos que alterar su memoria y obligarla a obedecer nuestras órdenes. He desconectado sus sistemas de comunicación, así que ya no puede ponerse en contacto con el resto de la base… Bien. Ahora, activaremos su placa básica y observaremos su funcionamiento. Aquí dentro tiene una interfaz de control, que nos permitirá acceder directamente a su programación.
Dando por terminadas las explicaciones, Selene se concentró de lleno en la interfaz interna de Electra, examinando uno por uno sus programas. A su alrededor, sus compañeros la observaban sin atreverse a decir nada, por miedo a distraerla. Resultaba tan impresionante ver la seguridad con la que se movía en medio de aquella selva de instrucciones digitales, que uno perdía la noción del tiempo. Cuando, por fin, la muchacha levantó la cabeza para pedir la cubierta de la parte posterior del robot, Martín no habría sabido decir si habían transcurrido algunos minutos o varias horas.
—Ya está. Tengo los códigos —anunció Selene, tendiéndoselos a Martín en una pequeña lámina electrónica—. Lo mejor sería que los memorizases… He alterado el sistema de recepción de órdenes para que Electra dé prioridad a las nuestras, por encima incluso de las de Emma. También he borrado de sus registros toda esta manipulación… Ya veréis; cuando la reconectemos, no recordará nada.
Pronto se demostró que Selene tenía razón; en cuanto la cubierta posterior estuvo atornillada y el dispositivo de encendido conectado de nuevo, Electra comenzó a hablar como si nada hubiese ocurrido.
—Si queréis una alternativa al paseo por la superficie lunar, puedo sugeriros que visitéis el mirador del oeste; es el único lugar de la base desde donde se puede observar directamente el paisaje exterior, y tenéis permitido el acceso. También os recomiendo el Lunario, una sala de proyecciones tridimensionales que permite reproducir, previa petición al robot de acceso, cualquier zona conocida de la Luna. Es muy interesante… Antes, cuando venía más gente, era uno de los lugares favoritos de los visitantes de la colonia.
—Está bien, iremos al Lunario —dijo Martín—. Pero luego, más tarde, me gustaría ver a Emma… ¿Dónde puedo encontrarla?
—Estará supervisando la descarga de mercancías hasta bien entrada la tarde; pero, a eso de las seis, hora lunar, todos los días acude al jardín experimental para echar un vistazo a sus plantas. Allí podrás hablar con ella.
Siguiendo el consejo de Electra, los chicos se dirigieron al Lunario para matar el tiempo mientras esperaban la caída de la noche artificial. El lugar era verdaderamente instructivo, y permitía hacerse una idea muy próxima a la realidad acerca de las principales instalaciones lunares que aún seguían en pie, así como de otras muchas que ya no se utilizaban desde hacía años. Deimos solicitó una proyección de la red transecuatorial de telescopios, de la que había oído hablar en varias ocasiones. La grabación tenía más de una década, pero, aún así, resultaba sumamente interesante. Parecía increíble que las distintas federaciones terrestres hubieran sido capaces de coordinar sus esfuerzos para construir una infraestructura tan amplia y compleja como aquella, con sus miles de telescopios parcialmente enterrados a cincuenta kilómetros unos de otros, cubriendo todo el perímetro del ecuador lunar.
—¿Y todo esto, ahora, está en manos de Dédalo? —preguntó Alejandra con incredulidad—. Qué locura, es un disparate…
—No solo esto —murmuró Martín con los dientes apretados—. También el superacelerador ecuatorial de partículas, y la red de radiotelescopios de la Cara Oscura, y todas las plantas de extracción de oxígeno a partir de las rocas lunares… Todavía no consigo explicarme cómo logró Hiden hacerse con todo.
—Ofreciendo mucho dinero… Es la única explicación —dijo Selene pensativa—. ¿Creéis que tendrán alguna grabación de la ciudad de Endymion en la época en la que todavía estaba habitada?
En respuesta a su pregunta, el robot del Lunario les ofreció varias películas viejas de la colonia. La calidad de sus imágenes tridimensionales dejaba mucho que desear, pero, aún así, permitían hacerse una idea muy precisa de lo que había sido la vida en la capital lunar. Se veían con toda claridad sus gigantescas cúpulas recubiertas de hielo para aislar el interior de las peligrosas radiaciones cósmicas, así como los amplios invernaderos de plástico transparente que albergaban los huertos a partir de los cuales se alimentaba a toda la comunidad. Había, incluso, un breve documental sobre la inauguración de la Gran Catedral de Endymion, un templo plurirreligioso cuyas torres, gracias a la escasa gravedad lunar, alcanzaban alturas nunca vistas en la Tierra.
Pero lo más impresionante de aquellas grabaciones no eran los edificios de Endymion ni sus principales infraestructuras, sino la animación que reinaba en todas partes. Las calles subterráneas, iluminadas con una luz que recordaba mucho a la del amanecer terrestre, aparecían llenas de gente de todas las edades haciendo sus compras o dirigiéndose a sus lugares de entretenimiento favoritos. Había pistas de patinaje, parques de vuelo, canchas de baloncesto con canastas situadas a una altura asombrosa, y campos de tenis de unas dimensiones superiores a las de un campo de fútbol terrestre; y en todos aquellos lugares había gente, gente riendo y disfrutando, comiendo palomitas y bocadillos, bebiendo cervezas y refrescos, animando a gritos a su equipo o charlando tranquilamente entre sí… ¿Dónde estaba toda aquella gente? ¿Qué habría ocurrido con ellos después de la gran epidemia que obligó a cerrar la colonia? Muchos habrían muerto… ¿Y los demás? ¿Recordarían la ciudad con nostalgia o la habrían borrado para siempre de su memoria?
—Me alegro de que Jacob no pueda ver esto —murmuró Selene con tristeza—. Le haría demasiado daño.
—Ahí, entre toda esa gente, podrían estar sus padres. Incluso él… Sí, tienes razón —la apoyó Alejandra—. Es mucho mejor que no lo haya visto.
—Lo que está viendo en este momento es aún más terrible —observó Martín—. Las ruinas de todos estos sitios… Aunque era muy pequeño cuando se fue de la colonia, es posible que le traigan recuerdos. Tiene que estar pasándolo muy mal.
—Espero que eso no le lleve a comportarse de un modo imprudente con los agentes de Dédalo —intervino Deimos—. Puede que su rabia le incite a hacer alguna locura…
—Esperemos que no —repuso Martín poniéndose en pie y mirando su reloj—. Tiene mucha práctica en esconderse, estuvo haciéndolo durante meses. Por muy afectado que esté, no creo que llegue a descuidarse tanto como para que lo descubran.
La última de las películas de Endymion había concluido, y la oscuridad reinante durante la proyección había ido transformándose gradualmente en una agradable penumbra.
—¿Te vas? —preguntó Alejandra, mirando a Martín.
—Sí, ya es casi la hora que me dijo Electra… Voy a esperar a Emma en su jardín. Si todo va bien, desde allí me iré directamente al planeador.
—Busca a Jacob en las ruinas del hospital —dijo Casandra en tono soñador—. Ahora está allí… Lo he visto.
—Espero encontrarlo antes de que lo hagan… otros. ¡Deseadme suerte!
—Toda la del mundo —repuso Deimos—. ¡La vas a necesitar!